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Hacer cometa todo lo que ocurre en la mente Alma Karla Sandoval Advertencia o tres prolegómenos a oscuras a) Si como dijo Flaubert: “El corazón tiene sus letrinas, y sólo la pluma de un escritor verdadero es capaz de limpiar y pulir esa podredumbre”, ahí tienen el cómo y el porqué la literatura se comporta como una revolución alternativa. b) Cortázar le roba al Martí la idea de hacer del arte una metralla. Es cierto, los Che Guevaras del lenguaje desparecieron, comenzado por Bolaño, hasta que alguien como Yaxkin Melchy, gritó: “¡Un, dos, tres por todos mis amigos! c) En el país donde la poesía destaca por comportarse como la tía Chofi, aún después del degarramiento de las vanguardias, el mole de guajolote y los descalzonados infrarrealistas; en un país donde algunos poetas tienen un calabozo, perdón, un canon de taller de Instituto de Cultura o tutoría de fundaciones al servicio de una sola visión de mundo en sus metáforas; en un país que presume el almidón de sus versos bien planchados y rechaza aquello que por silvestre o salvaje no tiene lugar en sus topografías porque la belleza es una sola, en ese país es donde deben alternarse la vueltas y revueltas de otros imaginarios poéticos. I y más que uno: Para qué un telescopio En aras de contar cómo escribió su primera novela, Enrique Vila-Matas construye París no se acaba nunca, en esa bildungsroman, el catalán revela cómo se despidió de la poesía y por qué. Al llegar a la página 213, reflexiona sobre el drama de muchos escritores jóvenes que al principio de su proceso creativo, si son imaginativos, suelen construir mundos poéticos propios, forjados en gran medida por sus lecturas, pero más adelante, a medida que la intensidad imaginativa va disminuyendo, van viendo cómo se acomodan a la realidad, caen en la prosa cotidiana y eso es lo que los hace sentir que han traicionado sus principios poéticos de primera hora. “Algunos, los más 1


inteligentes y obstinados, se resisten a rendirse tan fácilmente y mantienen la fe en su poesía algunos años más, pero lo que no saben en que por mucho que lo hagan, la poesía ya los ha abandonado a ellos hace mucho tiempo”, acota Vila. Para abordar el trabajo del jovencísimo Yaxkin Melchy, no es necesario hablar de ese abandono (aunque vuelva a él más adelante) pero sí de la confrontación en la que se encuentra la poesía. Ese debate encara dos visiones, recientemente en México, la de Jorge Fernández Granados quien sostiene que tal vez la poesía actual discute con sus métodos porque discute fieramente con ella misma. El autor de Principio de incertidumbre dice que la labor poética es una zona, dentro del lenguaje, de reinvención y por lo mismo de inestabilidad, una revolución. Para una lengua la poesía es su gran laboratorio. De ella pueden surgir fusiones atómicas, híbridas, nuevos materiales con propiedades desconocidas o monstruosos clones. Es posible, también, que no exista ya la poesía dentro del espacio prestigioso donde se supone que debería estar, y es posible que no sólo se trate de una convención tipográfica demasiado cargada de historia. Si sobrevive, dependerá no tanto de quienes la veneren en sus vitrinas sino de quienes logren sacarla de ellas. Por su parte, Victor Manuel Mendiola, elegante y sin arrugas en sus pantalones, afirma que la idea de lo espontáneo, lo auténtico, la embriaguez y, en una palabra, de la libertad del yo del lenguaje fue poco a poco despojando a la poesía de sus mejores recursos. Para él, la perdida no sólo del diálogo, la descripción, el relato, sino la música y el significado volvió a muchos de los poemas “objetos verbales” que no tienen valor para casi nadie porque esos poemas están cerrados o abiertos sólo para ellos mismos. Mendiola recalca que en su afán de novedad, espontaneidad, experimentación y libertad, los poetas se despojaron de sus más ricas prendas. La siguiente frase suena lapidaria: “Quizá sería mejor decir que, al desnudarse de la riqueza de los recursos líricos más valiosos, con los nudos de su propia ropa se ahorcaron en una acto valiente, pero decepcionante”. Estas dos posturas nada tienen de nuevo, pensemos en Paz y Huerta. De lo que quiero hablar aquí es de que tal vez Los poemas que vi por un telescopio de Yaxkin, reconcilie a los dos bandos. Ahí donde la poesía pura y la de la experiencia no pueden juntarse, el trabajo de Melchy es hilo que sutura porque no es material del cuerpo herido. Aunque muchos lectores censuren la sucesión de códigos binarios que en apariencia vuelve autista ese texto, o se desconcierten con la 2


hibridez textual y el perfomance visual que juega con pastiches deliberados y una recreación de formas que reflexionan sobre los mismos versos desde la intención del autor que no se contradice dibujando que la poesía fallece tras las fórmulas correctas; a pesar de todo, Yaxkin teje diálogos entre las distintas voces de personajes que construye y se destaca por la descripción de ambientes futuros, así como por el relato de una intensa búsqueda literaria. Incluso crea la figura de Meme Rocha, el abuelo escritor que relataba historias antes de bailar tras las estrellas, “cuando la mitad del día era negro y la gente telecopiaba el cielo”. Asimismo La oferta de Los poemas que vi por un telescopio comprende una música de ritmos trepidantes. En consonancia con ello, el significado de cada página es rizomatico, puesto que de la voz de una estrella se derivan varias más. De ahí que la revuelta lingüística de Melchy apele a la voz estudiada por Bajtin quien rechaza la concepción de un "yo" individualista y privado. Recordemos que para el ruso, el "yo" es esencialmente social. Cada individuo se constituye como un colectivo de numerosos "yoes" que ha asimilado a lo largo de su vida, algunos de los cuales provienen del pasado; estos "yoes" se encuentran en los lenguajes, las "voces" habladas por otros y que pertenecen a fuentes distintas (ciencia, arte, religión, clase, etc.). Estas "voces" no son sólo palabras sino un conjunto interrelacionado de creencias y normas denominado "ideología". En ese tono dialógico y retratando, que no denunciando, el ganador del Premio Elías Nandino, consigue resemantizar la utopía revolucionaria del bloque de los sesenta/setenta porque ya no son las dictaduras que desaparecen muchachos latinoamericanos todos, “juntando sus mejillas con la muerte”, la amenaza. No, a principios del siglo XXI estos muchachos son mecánicos, deben correr tras la luz de las estrellas antes que los oprima el totalitarismo tecno-global del imperio. Si bien no son los mismos jóvenes del mayo de París, éstos escuchan una música estelar que los convoca a moverse envueltos en la realidad de sus ojos descalzos.

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Lo único que les que queda es mirar hacia lo arriba. Como consecuencia surge una mitología propia que abreva de Vallejo y Huidobro en Trilce y Altázor. Lo digo por la descomposición semántica del verso al final del libro donde después de asumir una reconciliación imposible con el padre, el mensaje se traviste, es una sucesión de ceros y unos, cuya aparición simbólica no es difícil comprender en el contexto del poemario. Por eso el telescopio, como lupa que agranda la miniatura de un planeta donde la poesía está a su vez está disminuida. Esa lupa es el arma con que se defiende el yo, quien reconoce y entroniza, tal vez desentronizando, a las vanguardias cuya pólvora vieja vuelve a arder. Por ende la huella del futurismo como proyectil con rumbo a una temática a lo Roberto Bolaño, seguidor de Blaise Cendrars. Cuando el chileno escribe: En aquel tiempo yo tenía veinte años. Había perdido un país, pero ganado un sueño.

Sigue la ruta de Blaise que en “La prosa del Transiberiano” cuenta: En aquella época era yo adolescente. Tenía apenas dieciséis años y ya no me acordaba de mi infancia

Melchy responde desde la era del vacío donde asume el rechazo a la adultez que se entiende como adiós a la poesía, no en balde se asume: Incapaz de ser mayor de treinta años porque soy poeta Incapaz de impedir que a esta computadora le salgan pequeños insectos de estiércol en los códigos binarios

Bajo este sistema va preservándose el instante poético. Ya una vez la legendaria Dolores Castro escribió que hacer poesía es salvar los segundos. En Los poemas que vi por un telescopio hay una permanente labor de rescate de la inocencia. Este fragmento da fe: Miro al niño que escribe soy su secretario recuerdo que le dije que yo vería a las estrellas por todos los días de la muerte

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Esta actitud frente al cielo es típica de los románticos. La luna, aunque sea de baba como la del poeta, sólo puede brillar de noche. Según la lógica romántica y su hambre de brújula, los astros del ritmo necesitan oscuridad como la muerte. Su fin es el mismo, recuperación de la harmonía. En palabras de Albert Beguin, los poetas atormentados, perseguidos por el sentimiento de “poca realidad”, con su destino vinculado al problema del conocimiento y deseosos de confiarlo a una certidumbre que todo su ser reclama, viven con los ojos fijos en una promesa, en una estrella lejana. Así es como se esboza una astronomía del cielo romántico, que bajo especies eternas y en figuras nocturnas de un brillo singular reproduce las imperfectas configuraciones de los países terrestres. Por eso en el libro de Yaxkin encontramos: Incluso en México incluso en México escribo poesía porque también hay estrellas que son semáforos estrellas que son desviaciones de las rutas por donde transitan los buses estrellas que son cloacas estrellas que juegan con mihermana en su orfandad frente a la televisión porque en México hay estrellas y el universo es un regadío de estrellas mi México ya no existe

¿Nos suena a Roque Dalton en “El gran despecho?, ¿nos involucra en una visión postpolítica del mundo ? ¿es la desaparición de un país y el desencanto como consecuencia lo que promueve la apatía? , ¿se puede hablar de la literatura como revolución entonces si una de esas voces astrales del libro de Melchy señala que se ha congelado la literatura, que es el tiempo del miedo y el día debería quemarse como el ajedrez inacabado que arde en un sueño? No sé. Parto con estas revolucionarias frases: No somos la generación de Facebook o de Internet. Saint Exúpery dice que: “Sólo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible para los ojos”. Somos la generación sin nombre, la generación que olvida ver con el corazón por distraerse en la demasía de cosas para ver con los ojos. Somos la generación de los ojos abiertos y el corazón cerrado. La vida es un rayo, es un flash, no pasa, sólo se percibe. No se vive para hacer, se vive para sentir, pero sólo se siente al hacer. Se quiere vivir como se siente, pero se vive como se hace. Somos entonces sólo lo que movemos. Caminamos acompañados por la vida sólo para encontrar que al final siempre estuvimos solos, cargando las sombras del alma, siempre queriendo prender una luz y en cambio haciendo una nueva sombra”. Eso escribió en un ensayo José María Tejeda, que no nunca ha leído los poemas que vi desde un telescopio, pero es mi alumno. 5


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Hacer cometa todo lo que ocurre en la mente