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ideas izquierda Revista de Política y Cultura

SEPTIEMBRE 2013

LA ARGENTINA DESPUÉS DE LAS PASO KIRCHNERISMO, PERONISMO Y ELECCIÓN HISTÓRICA DEL FRENTE DE IZQUIERDA Dossier crisis CAPITALISTA MUNDIAL Escriben: CHRISTIAN CASTILLO | ROBERTO GARGARELLA | NOAM CHOMSKY PAULA VARELA | EMMANUEL BAROT | FERNANDO AIZICZON | HERNÁN CAMARERO

ENTREVISTAS: ANWAR SHAIKH | MANUEL CALLAU


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IDEAS DE IZQUIERDA

SUMARIO 3 EDITORIAL 4 LA PRIMAVERA ÁRABE Y EL FIN DE LA ILUSIÓN DEMOCRÁTICA (BURGUESA) Claudia Cinatti

7 “LAS CHISPAS DE LA PRIMAVERA ÁRABE SIGUEN VIVAS, Y PUEDEN TRANSFORMARSE EN LLAMAS” Noam Chomsky

8 LA DERROTA DEL GOBIERNO, EL PERONISMO Y LOS DESAFÍOS DE LA IZQUIERDA Christian Castillo

ALGUNAS REFLEXIONES EN TORNO AL CRECIMIENTO DEL FIT Alejandro Schneider

11 LOS FINES DE CICLO Y EL VOTO A LA IZQUIERDA Paula Varela y Adriana Collado UN MILLÓN DE AMIGOS Daniel Link

16 LOS CONTORNOS DE LA DEPENDENCIA Esteban Mercatante

19 DOSSIER: CRISIS CAPITALISTA MUNDIAL LA DISCORDANCIA DE LOS TIEMPOS DE LA CRISIS CAPITALISTA MUNDIAL Paula Bach “ENFRENTAMOS UN ESCENARIO DE ESTANFLACIÓN, DEFLACIÓN, PERSISTENTE DESEMPLEO” Entrevista a Anwar Shaikh RESPUESTAS TEÓRICAS A LA CRISIS Claudio Katz

25 IZQUIERDA Y POPULISMO EN AMÉRICA LATINA LA IZQUIERDA QUE NO ES. SOBRE LA “NUEVA IZQUIERDA” EN AMÉRICA LATINA Roberto Gargarella ¿QUÉ CLASE DE IZQUIERDA? Matías Maiello y Fernando Rosso

31 LOS INTELECTUALES EN FRANCIA Y EL RETORNO DE MARX Entrevista a Emmanuel Barot

33 LENIN, EL ESTADO Y LA HEGEMONÍA Juan Dal Maso y Fernando Rosso

36 UN INTENTO FALLIDO DE ENJUICIAR A TROTSKY Hernán Camarero

39 LA HISTORIA, LA POLÍTICA Y LA MEMORIA Juan Hernández

42 “IDEAS QUE SON IMPRESCINDIBLES PARA CAMBIAR AL MUNDO DE HOY” Entrevista a Manuel Callau

45 LA CULTURA OBRERA EN CUESTIÓN Fernando Aiziczon

STAFF CONSEJO EDITORIAL Christian Castillo, Eduardo Grüner, Hernán Camarero, Fernando Aiziczon, Alejandro Schneider, Emmanuel Barot, Andrea D’Atri, Paula Varela COMITÉ DE REDACCIÓN Fernando Rosso, Juan Dal Maso, Ariane Díaz, Juan Duarte, Esteban Mercatante, Celeste Murillo COLABORAN EN ESTE NÚMERO Manuel Callau, Anwar Shaik, Noam Chomsky, Roberto Gargarella, Juan Hernández, Claudio Katz, Daniel Link, Claudia Cinatti, Adriana Collado, Paula Bach, Matías Maiello EQUIPO DE DISEÑO E ILUSTRACIÓN Fernando Lendoiro, Mariano Mancuso, Anahí Rivera, Natalia Rizzo PRENSA Y DIFUSIÓN ideasdeizquierda@gmail.com

www.ideasdeizquierda.org Entre Ríos 140 5° A - C.A.B.A. | CP: 1079 - 4372-0590 Distribuye en CABA y GBA Distriloberto www.distriloberto.com.ar ISSN: 2344-9454

47 RESEÑA DE REPRESENTAR EL CAPITAL, DE FREDRIC JAMESON Esteban Mercatante


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EDITORIAL

De la lectura de las elecciones primarias del 11 de agosto (PASO) se destacan dos hechos clave: la dura derrota del gobierno a manos de otro sector del peronismo, encolumnado detrás de Sergio Massa en la provincia de Buenos Aires, y la histórica elección que realizó el Frente de Izquierda y de los Trabajadores, que obtuvo casi un millón de votos en todo el país, quedando con posibilidades de consagrar diputados nacionales y legisladores en varias provincias. Estas elecciones confirmaron la etapa de decadencia que atraviesa el kirchnerismo y pusieron en evidencia la división del peronismo, en un período en el que el “modelo” encuentra sus límites, aunque no se expresen (todavía) bajo la forma de una crisis catastrófica de la economía. En este tercer número de Ideas de Izquierda, Christian Castillo analiza el panorama político nacional luego de las PASO y los desafíos que se le plantean a la izquierda, y las respuestas de contragolpe del gobierno luego de la derrota, como la suba transitoria del mínimo no imponible del impuesto al salario, o la escandalosa represión que se produjo en Neuquén cuando la mayoría de los legisladores convalidaba la entrega del petróleo y el gas no convencional a la multinacional Chevron. Paula Varela y Adriana Collado realizan un análisis comparativo con otros momentos de la historia reciente donde se combinaron los elementos que caracterizan la situación actual: “fin de ciclo” y ascenso electoral de la izquierda, factores que estuvieron presentes a finales tanto del gobierno alfonsinista como de la Alianza, que fue una especie de “etapa superior” del menemismo; así como las similitudes y diferencias tanto de los elementos políticos objetivos de la situación como de las estrategias políticas de la izquierda. Completan el tema de tapa de este número, opiniones de intelectuales como Alejandro Schneider y Daniel Link. Como parte de la sección nacional, Esteban Mercatante realiza una completa radiografía de la preminencia del capital imperialista en la economía argentina, sostenida sin cambios en los años “nacionales y populares”. El dossier de este número está dedicado a una explicación marxista del estado de situación de

la crisis capitalista internacional. Paula Bach analiza la discordancia de los tiempos en la dinámica de la crisis en las distintas regiones del mundo y ensaya un posible diagnóstico de la misma. Entrevistamos también al destacado economista Anwar Shaik, quien ofrece una lectura de las causas y consecuencias de la crisis, e incorporamos una contribución de Claudio Katz que describe las teorías que intentan explicarla. La crisis está entre una de las causas centrales de los procesos de lucha de clases que cruzan lo que se conoció como la “Primavera Árabe”. En un momento en el que muchos señalan que la “primavera” podría transformarse en “invierno”, Claudia Cinatti da una panorama del complejo proceso de la región y los probables escenarios, en el marco del posible ataque imperialista sobre Siria. Completando la sección internacional, Noam Chomsky opina sobre la situación en los países árabes y la política exterior e interna de los Estados Unidos. También el debate de ideas se despliega en este número a nivel internacional y regional a través de artículos que recorren cuestiones históricas sobre las que es necesario seguir reflexionando. En la sección abierta a las polémicas, Roberto Gargarella debate con las definiciones del libro de los politólogos norteamericanos Steven Levistsky y Kenneth Roberts, que recopila trabajos que tratan sobre “el regreso de la izquierda” en Latinoamérica en la última década. Intervienen en este contrapunto Matías Maiello y Fernando Rosso, con una lectura sobre las tendencias fundamentales, de clase, que determinaron los cambios políticos de la última década en el continente, su manifestación distorsionada en los regímenes políticos, así como apuntan qué tipo “izquierda” es necesaria, en un momento en que varios de estos los gobiernos llamados “posneoliberales” están en declive. Por su parte, el intelectual marxista francés, Emmanuel Barot –que en este número se suma al Consejo Editorial de la revista– nos da un panorama de la intelectualidad de izquierda en Francia y las distintas modalidades de una cierta “vuelta”

de Marx en el escenario intelectual y cultural francés. A su vez, Hernán Camarero critica la “biografía” de Robert Service, reconocida mundialmente por sus tergiversaciones históricas y teóricas y sus ataques al revolucionario ruso León Trotsky, de cuyo asesinato en México se cumplió otro aniversario el 20 de agosto. La cuestión del Estado y la hegemonía en el pensamiento de Lenin cruzó el itinerario de los debates marxistas en el siglo XX. Juan Dal Maso y Fernando Rosso, reflexionan sobre esta cuestión y polemizan con una lectura unilateral de la “autonomía de la política” que realizara el reconocido intelectual marxista francés Daniel Bensaïd. Juan Hernández, a propósito de la entrevista a Daniel James publicada en el número 2 de Ideas de Izquierda, reflexiona sobre la historia, la política y la memoria a partir de una mirada de la obra del historiador inglés. En la sección dedicada al panorama cultural, entrevistamos a Manuel Callau, actor y director de la puesta en Buenos Aires de la obra Marx en el Soho de Howard Zinn, que reafirma la vigencia del pensamiento de Marx y las resonancias de la obra en escenario cultural argentino. Fernando Aiziczon analiza los aportes y las limitaciones de la escuela de los denominados “Estudios culturales”, a partir de la lectura del clásico de Richard Hoggart La cultura obrera en la sociedad de masas, considerado uno de los textos fundantes de esta perspectiva de análisis y que recientemente fue reeditado en nuestro país. En el primer número de esta revista planteamos precisamente que en pleno fin de ciclo de la experiencia kirchnerista y frente a una oposición republicana estéril, hacían falta ideas de izquierda. La elección realizada por el FIT, tanto como el escenario que abrieron las PASO y los posteriores sucesos de la política nacional, muestran que algunas de esas ideas comienzan a tomar carnadura en sectores obreros, juveniles y de la intelectualidad. Queda el desafío de transformar esa influencia en una poderosa fuerza militante e Ideas de Izquierda se propone aportar desde la reflexión y el debate a esa tarea.


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PRIMAVERA ÁRABE

La “primavera árabe” y el fin de la ilusión democrática (BURGUESA) El optimismo inicial que despertaron los levantamientos del mundo árabe y musulmán de 2010-2011 parece estar apagándose bajo los golpes de la reacción.

Claudia Cinatti Miembro del staff de la revista Estrategia Internacional.

¿De la promesa de la revolución a la reacción? Siguiendo la metáfora estacional, la “primavera democrática” estaría retrocediendo a un largo “invierno” producto de la represión abierta combinada con las “transiciones gatopardistas” que apenas disimulan la continuidad en el poder de las viejas instituciones en las que se basaron los regímenes dictatoriales, con el apoyo explícito de Estados Unidos y otras viejas potencias coloniales como Francia. En Túnez, la cuna de los levantamientos, el partido islamista moderado Ennahada anunció su disposición a conformar un “gobierno técnico” luego de sus tumultuosos 18 meses en el poder, marcados por la crisis política, la represión y el empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores y jóvenes. En Bahrein, la rebelión shiita contra la monarquía Al Jalifa, un agente de Arabia Saudita, está siendo ahogada en sangre. En Yemen, con la asistencia de Estados Unidos, el viejo régimen persiste bajo la sombra protectora saudita. En Libia, las fuerzas “rebeldes” que hegemonizaron la lucha contra la dictadura de Kadafi y hoy se disputan el control estatal y las cuotas de petróleo, le dieron a la OTAN y las potencias imperialistas la oportunidad de lavarse la cara para hacer olvidar que durante décadas sostuvieron a los regímenes dictatoriales del mundo árabe. En Egipto, el ejército acaba de dar un golpe de Estado usurpando la movilización masiva contra el gobierno de Morsi del Partido Libertad y Justicia (islamista moderado). Con la cobertura de un gobierno títere civil integrado por la oposición laica

y “democrática”, las fuerzas armadas lanzaron una feroz represión contra la Hermandad Musulmana (HM), asesinando en un día al menos a 1.000 de sus miembros, en nombre de una supuesta “guerra contra el terrorismo islámico”. Mientras tanto avanzan en estabilizar un régimen más bonapartista que permita restaurar el orden y las condiciones de dominio establecidas por la dictadura. Esta política tiene su máxima expresión simbólica en la liberación del exdictador Mubarak. En Siria, la militarización del levantamiento popular espontáneo contra el régimen dictatorial de Bashar Al Assad derivó en una guerra civil sangrienta en la que participan fracciones financiadas y armadas por Arabia Saudita, Qatar y Turquía, detrás de quienes operan discretamente Estados Unidos y otras potencias. De esta manera, Siria se ha transformado en un campo de batalla para los intereses geopolíticos de diversos actores, incluida Rusia. A pocos meses de cumplirse el tercer año del inicio de la “primavera árabe” el panorama parece sombrío. Sin embargo, la visión de la rápida imposición de una reacción en toda la línea es tan falsa como la ilusión de un triunfo fácil de una supuesta revolución democrática, antidictatorial y policlasista, a la que lamentablemente adhirió gran parte de la izquierda internacional1. Estamos ante procesos profundos, con desigualdades según el país del que se trate, que involucran un conjunto complejo de fuerzas sociales –clases, fracciones de clases, comunidades religiosas y minorías étnicas– y ponen en juego los intereses geopolíticos de diversos Estados, en una región clave que concentra las mayores reservas de petróleo del mundo.

Indudablemente la “primavera árabe” pasará por diversas etapas –lucha revolucionaria, elecciones, golpes contrarrevolucionarios, retrocesos– antes de que termine de dirimirse la relación de fuerzas para toda una etapa histórica y de que la revolución o la contrarrevolución den su veredicto.

Un complejo juego de intereses Durante al menos tres décadas, Estados Unidos se apoyó en las monarquías y dictaduras árabes para mantener el orden, garantizar la seguridad del Estado de Israel –su principal aliado junto con Arabia Saudita– y lidiar con desafíos regionales como el conflicto palestino o las pretensiones hegemónicas de Irán. Los cambios geopolíticos que trajo la primavera árabe dejaron al descubierto el deterioro de la capacidad norteamericana para recomponer el orden regional e imponer su voluntad por sobre aliados y adversarios, después del fracaso de las guerras de Irak y Afganistán. La emergencia de potencias regionales como Rusia y China, que conservan poder de veto en las Naciones Unidas, complican los planes de la administración Obama. Estas contradicciones se han puesto en evidencia en Siria, donde el gobierno norteamericano quedó ante el dilema de iniciar una acción militar unilateral, muy antipopular y con escasa legitimidad, o no intervenir y arriesgarse a que su inacción sea leída –correctamente– como un signo de debilidad del poderío norteamericano. En este marco, viene recrudeciendo la disputa entre sunitas y shiitas2, la división histórica del


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Qatar, que en los últimos años ha mostrado su voluntad de disputarle a Arabia Saudita la primacía ideológico-política en el mundo musulmán, e incrementó su influencia desde las pantallas de la cadena Al Jazeera, también interviene en el bando rebelde sirio a favor de los sectores ligados a la Hermandad Musulmana. Es imposible comprender la dinámica de la “primavera árabe” y sostener una política correcta por fuera de este complejo rompecabezas.

Tres escenarios

Foto: www.diario.latercera.com

mundo islámico expresada desde la revolución iraní de 1979 en el enfrentamiento entre Arabia Saudita e Irán, que dio un salto con el pase de Irak a la esfera de dominio iraní luego de que la mayoría shiita se quedara con el poder tras la caída de Saddam Hussein y el retiro de Estados Unidos. Quizás Siria sea el ejemplo más claro y trágico de cómo los intereses de potencias imperialistas y regionales ahogaron el levantamiento popular contra Assad y hoy influyen en la guerra civil en curso. El régimen de Assad (dominado por la minoría alawita, un desprendimiento de la rama shiita) no solo cuenta con el apoyo de Rusia e Irán, sino también de Hezbollah, un movimiento que se hizo muy popular entre las masas de la región por haber derrotado al ejército israelí en la guerra del Líbano de 2006 pero que hoy defiende a sangre y fuego a la dictadura siria. A grandes rasgos, el bando “rebelde” está dividido entre un sector laico ligado a occidente, un sector islamista radicalizado relacionado con Al Qaeda y un sector islamista moderado colaboracionista con el imperialismo, compuesto por diversas fracciones sunitas patrocinadas por Arabia Saudita, Turquía y Qatar, que a su vez tienen rivalidades entre sí. La monarquía saudita tiene una política muy activa para aplastar las tendencias revolucionarias de la “primavera árabe” e instrumentar los recambios políticos al servicio de sus intereses, reafirmando su rol difusor del wahabismo, una variante extremadamente conservadora y rigurosa del islam,

tanto contra otras versiones del islamismo sunita como contra la influencia shiita que se amplió de Irán hacia Irak, luego de la caída de Saddam Hussein, y llega al corazón del reino saudita en la Provincia del Este, donde conforman el núcleo del proletariado petrolero. En Bahrein, el pequeño reino gobernado por una monarquía sunita cliente, colabora de manera decisiva para sofocar la rebelión de la mayoría shiita. En Siria, la caída del régimen de Assad se transformó en una pieza clave en su puja con la teocracia iraní. En Egipto reconoció abiertamente su apoyo al golpe, de esta manera espera que quede fuera de carrera la Hermandad Musulmana, un rival histórico dentro de los equilibrios internos del islamismo sunita (en lo que sorprendentemente coincide con el régimen de Assad). Como parte de esta política, junto con Emiratos Árabes Unidos y Kuwait le ofreció al gobierno cívico-militar que asumió tras el derrocamiento de Morsi, una suma generosa de 12.000 millones de dólares –cuatro veces la ayuda económica y militar de Europa y Estados Unidos–. Turquía interviene a través del Ejército Libre Sirio, entrenado dentro de sus fronteras. Además de tener una política exterior más ofensiva hacia el mundo musulmán, lo que llevó a algunos analistas a hablar de “neo otomanismo”, su principal interés es mantener a raya a la minoría kurda siria3 que amenaza con reencender las tendencias independentistas de los kurdos en Turquía, justo cuando el gobierno de Erdogan está negociando una suerte de autonomía limitada a cambio de que el PKK abandone la lucha armada.

La “primavera árabe” tiene aún final abierto. Sin embargo, las tendencias objetivas que se han puesto de relieve parecen ir delineando los contornos de tres escenarios posibles, no necesariamente excluyentes entre sí durante un período: 1) Escenario de “balcanización”. El trazado de la mayoría de los actuales estados nacionales de la región fue producto de la disgregación del imperio Otomano y del reparto en zonas de influencia entre diversas potencias coloniales, que terminaron estableciendo fronteras arbitrarias4. Con el fin de los protectorados de Gran Bretaña y Francia, los sunitas que constituían el núcleo de la burocracia militar y estatal del imperio otomano siguieron desempeñando ese rol, incluso en países donde la mayoría era shiita, quedaron marginados de las estructuras de poder. Hoy estas estructuras están crujiendo, sobre todo en países con fuerte renta petrolera. En Irak, la política de Estados Unidos fue intentar tejer un equilibrio de poder entre las tres principales comunidades: shiitas (mayoritaria), sunita (dominante bajo Saddam Hussein, hoy desplazada) y kurdos (aliados de Estados Unidos que los usa para impulsar sus intereses regionales). Con el retiro de las tropas norteamericanas ha vuelto a estallar la guerra civil entre sunitas y shiitas y las tendencias al desmembramiento del Estado. En Libia hay una tendencia similar a la disgregación estatal entre Bengazi y otras zonas bajo dominio de clanes y fracciones rivales. Por último, en Siria esta dinámica se vislumbra tras los bandos de la guerra civil. 2) Escenario “argelino”. El golpe de Estado en Egipto y la persecución lanzada contra la HM, que puede concluir incluso con su completa ilegalización, han alentado la comparación con la situación abierta en Argelia en 1992 tras la victoria del Frente de Salvación Islámico (FIS) en la primera vuelta de las elecciones parlamentarias. En ese momento, ante la perspectiva casi inevitable de un gobierno del FIS, el ejército argelino con el apoyo de la burguesía liberal y potencias imperialistas, dio un golpe preventivo y evitó ese escenario. La brutal represión contra el FIS llevó a que un sector del islamismo se radicalizara y tomara el camino de la lucha armada, en una guerra civil sangrienta que duró una década y terminó con el fortalecimiento de la dictadura y el Estado. Aunque no se puede descartar, un escenario de este tipo parece poco probable: a diferencia de Argelia de principios de la década de 1990, en Egipto hay en curso un proceso revolucionario que puso en movimiento no solo a una nueva generación harta del despotismo y con aspiraciones democráticas, sino también a la clase obrera cuyos »


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PRIMAVERA ÁRABE

“Siria se ha transformado en un campo de batalla para los intereses geopolíticos de diversos actores, incluida Rusia.

intereses llevarán tarde o temprano a enfrentar al gobierno cívico-militar, que busca restablecer las condiciones previas a la caída de Mubarak. Y esto nos lleva al último escenario. 3) Escenario revolucionario. A pesar de que en algunos países del mundo árabe y musulmán avancen tendencias reaccionarias, el proceso revolucionario en Egipto sigue siendo el más profundo de la “primavera árabe”. Difícilmente la represión a la HM sea suficiente para derrotarlo. En la enorme potencialidad de lucha y organización de la clase obrera y la juventud, que viene haciendo una importante experiencia política con los distintos “desvíos”, está la posibilidad de que se reabra la perspectiva de la revolución social. Esa es nuestra apuesta estratégica. En una nota reciente sobre la situación abierta por la caída del gobierno de Morsi en Egipto, el investigador francés G. Kepel plantea que: “no es debido al azar que cuanto más los países involucrados son rehenes de una apuesta regional e internacional que los sobrepasa, –y se articula en torno del control del petróleo y del gas o del conflicto israelí-palestino–, más el estado de cosas es catastrófico para la aspiración democrática”5. El desarrollo de los acontecimientos está mostrando que la llamada “primavera árabe” no se deja encasillar en fórmulas simples de “revoluciones antidictatoriales” que ignoran las estructuras de clase, las condiciones históricas de la constitución de la mayoría de los Estados del Medio Oriente y el Norte de África, producto de la disgregación del imperio Otomano y el reparto colonial, y el significado estratégico que tiene la región para el dominio imperialista. Egipto, Libia, Siria y el proceso árabe de conjunto están recordando una vez más la vieja lección que los marxistas revolucionarios –y Trotsky en particular– sacaron a principios del siglo XX: que no

hay “revolución por etapas” y que la resolución efectiva de las demandas democrático-estructurales está indisolublemente ligada a la lucha por el poder obrero y popular, contra la burguesía (liberal) y el imperialismo, en una dinámica de revolución permanente.

1 Con distintos argumentos, entre quienes sostuvieron estas posiciones se encuentran: la Liga Internacional de Trabajadores (LIT-CI), cuyo principal partido es el PSTU de Brasil, Izquierda Socialista de Argentina, sectores del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) de Francia, e intelectuales referenciados en esta corriente como Gilber Achcar. 2 Esta división ocurrió en el año 632, en los inicios de la historia del islam, originada en la disputa por la sucesión del califato, tras la elección de un representante del clan Omeya, perteneciente a la aristocracia tribal de la Meca, en detrimento de la línea de los descendientes de Mahoma. 3 El gobierno turco estableció un proceso de diálogo con el Partido de Unidad Democrática (PYD), considerado como la “franquicia” siria del Partido de Trabajadores del Kurdistán (PKK) que inició en 1984 una lucha armada dentro de Turquía, y cuyo dirigente Abdula Ocalan se encuentra en prisión desde que Turquía viene equilibrando su alianza con Estados Unidos con el manejo del problema nacional kurdo, que el imperialismo norteamericano viene instrumentando a su favor, notablemente en Irak. 4 El tratado de Sykes Picot, suscripto en el curso de la Primera Guerra Mundial, estableció el primer “diseño” del Medio Oriente que se concretó con el desmembramiento del Imperio Otomano y la puesta de sus territorios bajo mandato de Francia y Gran Bretaña por parte de la Liga de las Naciones. A excepción de Irán y Arabia Saudita, los estados del Golfo –Qatar, Bahrein, Kuwait– fueron creación británica y tomaron la forma de pequeños protectorados. Este mapa se volvió a rediseñar a la salida de la Segunda Guerra Mundial con la partición del territorio histórico palestino y la fundación del Estado de Israel.

Egipto. El proceso revolucionario más clásico de la “primavera árabe” Tanto por sus motores democráticos, sociales y estructurales como por las fuerzas sociales que puso en movimiento, el proceso revolucionario egipcio que se inició con la caída del dictador Mubarak, es el más profundo y el más clásico de los levantamientos de la primavera árabe. La virulencia del golpe de Estado del 3 de julio y la represión lanzada por el ejército es quizás la prueba más concluyente de este carácter. Aunque sin transformarse en hegemónica, la clase obrera jugó un rol fundamental en la caída de Mubarak: sectores avanzados del movimiento obrero como los trabajadores textiles de Mahalla, venían siendo la clave de la resistencia a la dictadura desde al menos 2006. El proceso de huelgas y organización se ha desarrollado de manera exponencial en los últimos dos años y medio.

A la caída de Mubarak, el ejército asumió la “transición democrática” con el aval de Estados Unidos y el apoyo de la Hermandad Musulmana –a la vez un movimiento social y un partido político, como la definiera O. Roy– que vio en este desvío la posibilidad de transformarse en factor de poder. El plan de gobierno de la HM, que combinaba una democracia tutelada por el ejército con un sesgo islamista y un programa económico neoliberal, hizo que los 80 años de preparación se licuaran en un año en el poder. El gobierno de Morsi, electo por una minoría –y por una base electoral ajena que en la segunda vuelta prefirió votar a la HM frente al candidato mubarakista– leyó mal su verdadera legitimidad. Sus intentos discretos de islamizar la constitución, de concentrar el poder y ponerse por encima de la justicia, y sus planes de negociación con el FMI, que incluían medidas

muy impopulares como la quita del subsidio estatal a bienes básicos como la gasolina, en el marco de una política represiva hacia sectores avanzados del movimiento obrero y la juventud, se demostraron por fuera de la relación de fuerzas y llevaron a su caída. El golpe del 3 de julio es un retroceso pero difícilmente sea el cierre de este proceso, ya que la clase obrera objetivamente se encuentra enfrentada al ejército que por su rol en la economía es parte de la clase dominante. La analogía histórica no es con la revolución rusa de 1917, que en solo siete meses llevó al proletariado al poder, sino con la revolución española, es decir, un proceso de ritmos prolongados, determinado en gran medida por la ausencia de una dirección obrera revolucionaria, que puede pasar por diversas situaciones antes de que se resuelva con el triunfo de las masas o de las fuerzas de la reacción.


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“Las chispas de la Primavera Árabe siguen vivas, y pueden transformarse en llamas” A propósito de los cambios que se vienen sucediendo en una región donde EE. UU. ha concentrado sus esfuerzos durante la última década, el profesor norteamericano Noam Chomsky opina sobre la política exterior imperialista en Medio Oriente y el Norte de África, el momento de la Primavera Árabe, y el telón de fondo de la crisis capitalista.

Foto: www.arabianoilandgas.com

Noam Chomsky “En lo central la política norteamericana apenas ha cambiado”. Existe un cambio de retórica, y por supuesto algunas modificaciones que responden al cambio de las circunstancias, pero en lo central la política norteamericana apenas ha cambiado de lo que ha sido la norma durante mucho tiempo. El gobierno de George W. Bush fue inusualmente aventurero y violento, y causó un grave daño a Estados Unidos (para no hablar de los desastres para la región [de Medio Oriente, N. de R.]), por lo que ha habido algunas restricciones y una vuelta a la norma.

revertido sustancialmente con un brutal golpe militar. Ahora parece que Egipto se dirigiera a uno de los períodos más oscuros de su historia, pero las chispas de la Primavera Árabe siguen vivas, y pueden transformarse en llamas. Israel ve exultante cómo Siria se dirige al suicidio, y en todas partes las fuerzas democráticas han sido contenidas o heridas severamente. Se presenta a sí mismo como una “ciudad en medio de la selva”, disfrutando la playa mientras los árabes locos se matan entre ellos, y “pasando por alto” sus propias y brutales políticas represivas (con el apoyo de Estados Unidos).

“Los principales aliados de Occidente, las dictaduras petroleras, bloquearon cualquier intento de reforma”. La Primavera Árabe fue un proceso muy prometedor, aunque limitado en su alcance. Los principales aliados de Occidente, las dictaduras petroleras, bloquearon cualquier intento de reforma (con apoyo occidental). Hubo un progreso significativo en Túnez y Egipto. Túnez está en un limbo. En Egipto, el progreso ha sido

“Todos estos años se ha dado una concentración extraordinaria de la riqueza en un minúsculo sector de la población”. En EE. UU., la guerra de clase unilateral se ha vuelto más extrema bajo las políticas neoliberales que se han extendido como una plaga casi en todas partes. Todos estos años se ha dado una concentración extraordinaria de la riqueza en un minúsculo sector de la población, y una consecuente concentración de poder político, tan extremo que el 70%

más bajo en la escala de ingresos no tiene influencia en la política y están efectivamente privados de derechos. Mientras, aumenta lentamente su influencia la parte superior de la escala y la fracción superior del 1%, concentrado cada vez más en las instituciones financieras que sobreviven a expensas del gasto público, determina en gran medida la política en lo que se ha transformado cada vez más en una plutocracia. Al mismo tiempo, la mayoría sufre el estancamiento o la decadencia, y el debilitamiento de los sistemas de previsión relativamente limitados. Decenas de millones buscan trabajo (o han abandonado la búsqueda, desesperanzados), hay un montón de trabajo para hacer (una infraestructura que colapsa, escuelas con presupuesto insuficiente, etc.), y las corporaciones y los bancos rompen récords de ganancias. Un montón de trabajo por hacer, muchas manos dispuestas, muchos recursos y ventajas únicas, pero el sistema está tan podrido que es imposible reunir todo. Traducción: Celeste Murillo


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LA ARGENTINA DESPUÉS DE LAS PASO

La derrota del gobierno, el peronismo y los desafíos de la izquierda Christian Castillo Sociólogo, docente de la UBA y de la UNLP, dirigente del PTS.

Las primarias de agosto confirmaron las tendencias que se venían desarrollando previamente. Mostraron la foto de la decadencia del gobierno, con los peores resultados electorales del kirchnerismo en toda la década. La derrota frente a otra fracción del peronismo que encabezó Sergio Massa en la provincia de Buenos Aires, terminó de dar alcance nacional al fracaso. Está en curso una división de lealtades dentro del peronismo y sus aparatos sindical y clientelar. Si esta enorme debilidad política del gobierno no se convierte en una crisis más aguda, es porque las contradicciones de la economía no se manifiestan de manera catastrófica. La derrota oficialista y la división del peronismo se combinan con un ascenso de la izquierda clasista, que realizó una impresionante elección, cuestión que plantea además de enormes desafíos, una responsabilidad política y quizá histórica. El 28 de agosto, casi en simultáneo, los gobiernos de Neuquén y Jujuy lanzaban duras represiones con decenas de heridos (uno con balas de plomo) sobre manifestaciones obreras y populares: en la provincia patagónica contra el acuerdo de entrega a Chevron de los recursos petroleros y gasíferos, y en el norte contra un reclamo de los trabajadores estatales por aumento de salario en una de las provincias con menores remuneraciones y mayores niveles de precarización laboral. Tan brutal fue el accionar represivo que hasta el oficialista Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), dirigido por Horacio Verbitsky, tuvo que salir a denunciar el hecho. Dos días después, y en medio de una campaña macartista de demonización del diputado local del Frente de Izquierda y de los Trabajadores, el dirigente histórico de la fábrica Zanon, Raúl Godoy, por haber estado junto a los manifestantes, el gobierno nacional cerró filas con el gobernador neuquino Sapag y denunció un increíble “complot de la ultraizquierda con la derecha”. El apoyo vino por boca del secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, en un acto donde se anunciaron fondos por $ 132

millones para obra pública en treinta y tres intendencias neuquinas. No se le puede negar consecuencia a Parrilli: hoy defiende la entrega del petróleo a Chevron como lo hizo cuando era diputado del Partido Justicialista en tiempos de Menem y fue el miembro informante de su bancada del proyecto de privatización de YPF. Poco antes, el gobierno nacional había realizado dos anuncios buscando recuperar la iniciativa luego de la derrota electoral. El primero fue en respuesta a una decisión adversa de la justicia de los Estados Unidos que dio la razón a los “fondos buitre” en su disputa con el gobierno nacional. El anuncio consistió en el envío de un proyecto de ley para reabrir el canje de la deuda externa con

quienes quedaron fuera de las renegociaciones anteriores, junto al planteo de canjear en forma voluntaria los bonos de deuda actuales por otros que se cobrarían en Buenos Aires (ante la posibilidad de que sean embargados por la justicia yanky los fondos que se depositen para pagar deuda en Nueva York). La medida es ante todo política, ya que el gobierno contaba con plazos judiciales de al menos un par de meses para apelar ante la Corte Suprema norteamericana antes de tomar medida alguna. El segundo anuncio fue la exención del pago del impuesto a las ganancias en la cuarta categoría a quienes ganen de $ 15.000 de salario bruto ($ 12.540 de bolsillo) para abajo sin distinción de solteros y casados, subiendo también un 20% la


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“uno de los elementos más destacado de la votación del FIT en las primarias ha sido el importante porcentaje de votos recibidos en numerosas fábricas y lugares de trabajo, en particular donde hubo candidatos trabajadores del FIT.

escala de pagos a quienes cobran entre $ 15.000 y $ 25.000. Con esta medida dejarían de tributar Ganancias dos de cada tres de quienes venían haciéndolo hasta el momento, reduciéndose el impacto según el gobierno a solo algo más del 10% de los asalariados y a un 0,7% de los jubilados. La medida viene con trampa, ya que no solo no elimina el impuesto para el conjunto de la clase obrera, sino que al ni siquiera establecer ningún mecanismo automático de actualización, ni del mínimo ni de las escalas, según el incremento de haberes abre la variante de que sea una medida meramente transitoria cuyo efecto se licuaría con los aumentos salariales del año próximo. Aun con estos límites, es evidente que el gobierno debió ceder parcialmente a un reclamo que fue central en la convocatoria al paro del 20 de noviembre del año pasado y que influyó en la pérdida de votos obreros. No es casual que Sergio Massa tomara, buscando hacer demagogia, este punto en su campaña, el único en el que su cuestionamiento al gobierno fue “por izquierda”. A estos anuncios hay que agregar una serie de “gestos” con los que el gobierno busca reacomodarse políticamente, como Sergio Berni y Scioli enarbolando el discurso de “seguridad” típico de la derecha y ampliando la presencia de la gendarmería del Proyecto X en la provincia o la presencia en los programas políticos de TN, el canal de cable del grupo Clarín, de funcionarios y candidatos del oficialismo, algo que no ocurría desde hacía mucho tiempo. Con estas medidas, el gobierno aspira de mínima a que no se estire en las elecciones de octubre la diferencia entre el intendente de Tigre y el candidato oficialista Martín Insaurralde en la Provincia de Buenos Aires. Aun cuando quedase con mayoría parlamentaria tanto en la cámara de Diputados como en la de Senadores, una derrota por más de diez puntos en el principal distrito electoral, dejaría al gobierno con una fuerte debilidad política para sus últimos dos años de mandato, acelerando los tiempos de realineamientos en el peronismo y dejando en una situación difícil el plan presidencial de Scioli. Si en el voto a Massa y otras variantes opositoras se hicieron notar no solo los sectores de las clases medias de las grandes ciudades que protagonizaron los cacerolazos (que ya

eran opositores al gobierno), sino también los del interior pampeano (donde el kirchnerismo perdió un 20% de los votos a CFK en 2011), en el voto al FIT se expresó parte del proceso de descontento obrero con el gobierno. Los motores de esta crisis de la clase trabajadora con el kirchnerismo vienen siendo los ataques parciales al salario (directos, vía el impuesto a las ganancias aplicados a los salarios, que ahora se liquidó para los salarios menores a $ 15.000; indirectos vía la inflación, aunque las paritarias para los sectores en blanco permiten mantener el nivel general al ritmo de la inflación), las malas condiciones de trabajo (como la precarización) y la disconformidad social por cuestiones estructurales como los servicios públicos (ferrocarriles, inundaciones), además de las cuestiones comunes a todas las clases sociales, como el rechazo a la corrupción de la casta política. El FIT también recibió una parte del voto “progresista” de clase media, sobre todo en la juventud, y entre los estudiantes la votación a la izquierda estuvo claramente por sobre la media general.

El significado del voto al Frente de Izquierda A diferencia de lo ocurrido luego de las elecciones primarias de 2011, en esta ocasión los medios de prensa trataron de minimizar la muy importante votación nacional del FIT. Dos años atrás presentaban el triunfo que significaron los más de 500.000 votos que nos permitieron pasar el piso proscriptivo del 1,5%, tanto en la fórmula presidencial como en varios distritos, como si fuera el producto de la campaña en las redes sociales del “milagro para Altamira”. Hoy el intento es minimizar el hecho de que prácticamente duplicamos los votos respecto de las primarias de 2011, y que es probable el ingreso de diputados del FIT (la única fuerza de izquierda que podría lograrlo) al Parlamento nacional y en distintas legislaturas locales, lo que constituiría una novedad política importante. En realidad el intento de disminuir el peso de la izquierda se dio durante la misma campaña, cuando varios encuestadores no dieron cuenta de nuestra intención de voto. En Provincia de Buenos Aires nos daban entre un 1,2 y un 1,8% de los votos, es decir, por abajo o apenas por arriba del piso

necesario para estar en la elección de octubre, cuando promediamos casi un 4% en el distrito, con votaciones superiores al 5% en varios municipios. Lo mismo ocurrió en otras provincias. En resultados que van de 4 al 11% no se puede hablar de un mero error estadístico sino de una clara intencionalidad política de no hacer trascender el apoyo de los trabajadores y la juventud a una opción que, en medio de una crisis en la relación del kirchnerismo con la clase obrera, levanta un programa claramente anticapitalista y socialista. Pero más allá de estas maniobras de la prensa, está instalado que la izquierda hizo en las primarias una muy buena elección que nos deja bien posicionados de cara a octubre. Es cierto que en los “fines de ciclo” del alfonsinismo y de la “convertibilidad” ya se había dado el fenómeno de un incremento de los votos a las distintas fuerzas de izquierdas (ver la nota de Paula Varela y Adriana Collado en este mismo número). Pero las diferencias saltan a la luz no solo por la inédita extensión nacional que tuvo el voto al FIT, sino porque estamos ante un frente conformado por tres organizaciones que nos reivindicamos trotskistas y que nos basamos en un programa de 26 puntos que plantea la lucha por la independencia política de los trabajadores del gobierno y todos los bloques capitalistas, y articula las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores y los sectores oprimidos junto con demandas transitorias que atacan la propiedad capitalista y plantea la lucha por un gobierno de los trabajadores y el pueblo impuesto por la movilización de los explotados y oprimidos. Es un voto que expresa el reconocimiento de franjas de la clase obrera y la juventud a una intervención política sistemática en las luchas políticas y reivindicativas que tuvieron lugar durante toda la década kirchnerista. Una intervención política que se incrementó a partir que logramos mayor visibilidad luego de la campaña de 2011, expresada en hechos como la denuncia del espionaje ilegal de la Gendarmería en el llamado Proyecto X; en la campaña por la perpetua a Pedraza y a todos los responsables del crimen de Mariano Ferreyra; en la disputa con el gobierno por la plaza el 24 de marzo; en la denuncia de los crímenes sociales como los de Once y Castelar o las inundaciones de La Plata; en el »


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Foto: María Paula Avila Alejandro Vilca y Nicolás Del Caño, militantes del PTS y candidatos del Frente de Izquierda a primer diputado nacional en Jujuy y Mendoza respectivamente

impulso a decenas de listas sindicales antiburocráticas o la participación en distintos combates obreros contra las patronales y los gobiernos. Mientras los sectores de izquierda que han optado por el kirchnerismo están hoy licuados defendiendo la entrega a Chevron y la represión a las luchas obreras y populares; y quienes abandonaron la lucha por la independencia de clase y fueron furgón de cola de distintas variantes de centroizquierda, han quedado reducidos a su mínima expresión. Los resultados confirman el acierto que fue la conformación de un frente de estas características, una política que desde el PTS veníamos realizando desde 2007 (cuando fuimos juntos a las elecciones con Izquierda Socialista y el MAS) y a la que en 2011 logramos se sumen los compañeros del Partido Obrero.

Posibilidades y desafíos Hasta octubre tenemos planteada una dura pelea en el terreno electoral para lograr diputados, legisladores y concejales de izquierda y de los trabajadores. Una disputa que estará cruzada con la intervención en las distintas luchas, como fue en las primarias el enfrentamiento contra el gobierno de Macri de los trabajadores del subte, donde

la empresa y el PRO buscaron generar un enfrentamiento entre usuarios y trabajadores a partir de la denuncia que estos hicieron de las condiciones de inseguridad de las nuevas estaciones inauguradas en la línea B. En particular, atacaron a nuestro compañero Claudio Dellecarbonara, delegado de esa línea y primer candidato a senador por el FIT en la Ciudad de Buenos Aires. La importancia de contar con bancas de izquierda pudo verse claramente en las movilizaciones neuquinas contra el acuerdo con Chevron, donde Raúl Godoy fue el vocero parlamentario de la lucha dada en las calles por el movimiento estudiantil (con una presencia muy significativa), sindicatos como ATE, ATEN, judiciales o los ceramistas, el pueblo mapuche y tantos otros que marcharon contra la entrega y la represión. Desde nuestro punto de vista, uno de los elementos más destacado de la votación del FIT en las primarias ha sido tanto el importante porcentaje de votos recibidos en numerosas fábricas y lugares de trabajo, en particular donde hubo candidatos trabajadores del FIT. Por solo tomar dos ejemplos mencionemos la asamblea de más de un centenar de trabajadores en la autopartista Lear (una fábrica con 900 obreros) para discutir

las propuestas del FIT o las reuniones realizadas en los distintos turnos de la gráfica Donnelley, ambas situadas en la zona norte del Gran Buenos Aires. O la importante delegación de decenas de trabajadores de la fábrica metalúrgica Liliana, que venía de triunfar en una importante lucha, en el acto de campaña que realizamos en Rosario. Y así podríamos citar decenas de hechos similares. Esto es relevante porque nuestro desafío estratégico es la construcción de un gran partido revolucionario de la clase obrera, con decenas de miles de militantes en las principales industrias y servicios y en la juventud trabajadora y estudiantil, con lugares de dirección en decenas de sindicatos, centros de estudiantes y otros organismos del movimiento de masas, es decir, de una vanguardia obrera y de la juventud con capacidad de dirección sobre las amplias masas. Lograr hoy la militancia no solo sindical sino política de decenas de trabajadores por establecimiento, que compartan la necesidad de construir una alternativa política de la clase trabajadora, es un paso importante en este sentido. Sobre todo cuando, en plena época electoral, con las suspensiones en FATE y Volkswagen y los despidos


IdZ Septiembre en TATSA, tenemos muestra de lo que harán las patronales si la economía se desacelera. Necesitamos una militancia obrera que esté a la altura para responder a los ataques patronales. La claridad en el rumbo estratégico es central si no queremos seguir el derrotero de anteriores experiencias en la izquierda que se reclama del marxismo revolucionario a nivel nacional e internacional, para las cuales los avances en el terreno electoral y la obtención de bancas parlamentarias no fueron una palanca para una construcción orgánica en la clase obrera ni para una intervención superior en la lucha de clases sino frecuentemente la antesala de su decadencia. Nacionalmente tenemos el ejemplo del MAS, que fue un partido con cierta influencia sindical (como parte de “nuevas direcciones” que eran frentes únicos con sectores del peronismo opositor) pero crecientemente electoralista, que tendió a alianzas cada vez más oportunistas con el PC (primero el Frente del Pueblo ‘85-‘87 y luego Izquierda Unida en el ‘89, cuando caía el Muro de Berlín), y una línea claudicante hacia la burocracia sindical. Además, su pérdida creciente de práctica y punto de vista internacionalsita les impidió prever el comienzo de los procesos antiburocráticos en la exURSS y Europa del Este, encontrándolos en ese momento aliados al PC. Otro aspecto muy importante de este derrotero fue la organización partidaria en base a un criterio “geográfico-poblacional” en función de las circunscripciones electorales y no de las fábricas, gremios y concentraciones decisivas en la lucha de clases. Así, de conjunto, fue un partido que no se preparó para intervenir en forma revolucionaria en la lucha de clases, y terminó claudicando a la burocracia en las grandes luchas contra las privatizaciones de comienzos de los ‘90 (telefónicos, ferroviarios, SOMISA, etc.), y estallando en el ‘92 (cuando el núcleo de su dirección se dividió por la mitad y un sector fundó el MST). Internacionalmente podemos citar el caso de la corriente The Militant, que como tendencia interna del Partido Laborista, llegó a controlar la municipalidad de Liverpool y luego de liderar la lucha contra el poll-tax no estuvo a la altura de resistir el ataque de la conducción del Partido Laborista que estaba en pleno proceso de derechización del partido. O el derrotero de las distintas tendencias del trotskismo en Francia que llegaron a obtener sumadas un 11% en la elección presidencial de 2002, 2.973.293 votos (con un 5,72% obtenido por Arlette Laguillier de Lutte Ouvrière, un 4,25% por Olivier Besancenot por la hoy disuelta Ligue Communiste Révolutionnaire y un 0,47% por Daniel Gluckstein por el Parti des Travailleurs) frente a solo un 3% obtenido por el Partido Comunista Francés (y que antes habían obtenido cinco diputados europeos en 1999 en un frente entre la LCR y LO). Hoy LO ha decrecido en su influencia electoral y en el movimiento obrero practica una política sindicalista adaptada a la conducción de la CGT, como se vio por ejemplo en la lucha contra el cierre de Continental, donde levantaron como programa el cobro de la indemnizaciones en vez de sostener la nacionalización bajo gestión obrera de la empresa. La LCR, por su parte, se autodisolvió en el

Nuevo Partido Anticapitalista (NPA), un partido sin delimitación estratégica entre reforma y revolución, que luego de un primer momento de auge (principalmente alrededor del crecimiento de la figura de Besancenot) hoy está en una crisis profunda. Mientras desde la clase dominante se intentan distintas variantes para suceder a un

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kirchnerismo que se agota, para nosotros se trata hoy de batallar desde el Frente de Izquierda y de los Trabajadores con el claro objetivo de poner en pie un verdadero partido revolucionario, capaz de jugar un rol decisivo en los acontecimientos que tenemos por delante.

Opinión

Algunas reflexiones en torno al crecimiento electoral del FIT Alejandro Schneider Historiador, docente e investigador de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Nacional de La Plata.

El notable crecimiento electoral del Frente del Izquierda en todo el país en los pasados comicios del 11 de agosto evidenció toda una serie de cuestiones. En primer lugar, reflejó un largo proceso de construcción, gris, cotidiano y silencioso en el seno de la clase obrera. En este sentido, los partidos que conforman el frente son una parte activa y constitutiva de las dificultades diarias en las que nos encontramos sometidos los laburantes. La participación en numerosos combates contra la sagrada alianza entre la patronal, la burocracia sindical y los gobiernos se encontró expresada en esta importante elección. Si bien existen significativos antecedentes en estos enfrentamientos, en los últimos años la acción gremial de la izquierda ha sido más notoria en diferentes espacios laborales. Desde las multitudinarias protestas por el crimen ejecutado por la patota ferroviaria contra Mariano Ferreyra y demás trabajadores, hasta la lucha por la precarización laboral y la conformación de distintas organizaciones de base, se fue erigiendo lentamente una fuerte presencia de la izquierda con una clara posición clasista dentro del movimiento obrero. En segunda instancia, la izquierda trotskista ha crecido en forma significativa entre los jóvenes. El incremento descomunal de la inflación, los problemas habitacionales y de salud, la falta de oportunidades laborales, la imposibilidad de acceder a una mejor oportunidad de vida, entre otras cuestiones, ha llevado a que muchos jóvenes vean en el FIT una alternativa real y concreta para dar a conocer esos problemas. Tercero, el crecimiento del trotskismo reflejó cada vez más la falsedad del kirchnerismo de presentarse como un movimiento político combativo y antineoliberal. Su actuación a favor de los grandes capitales como Monsanto y Chevron, su aparente política a favor de los derechos humanos que se desenmascara con socios como Gerardo “601” Martínez, el Proyecto X y

el represor César Milani, y su escandaloso nivel de enriquecimiento de la mano de personajes como Ricardo Jaime y Lázaro Báez, impactaron en el aumento del voto hacia el Frente de Izquierda. A eso se suma que el resto de las variantes patronales (radicalismo, macrismo, socialistas sojeros, etc.) tampoco representan una posición o una alternativa distinta. Más aún, en los territorios que gobiernan tienen una política similar al Poder Ejecutivo Nacional: inundaciones en la Capital Federal y en Buenos Aires, nulo control a las empresas privatizadas como se expresó con la explosión en Rosario, extracción ilimitada de recursos minerales en las provincias andinas, etc. De esta manera el giro a una opción de izquierda, manifestada en los comicios, muestra un cierto rechazo anticapitalista y la aceptación de un programa de corte socialista. En cuarto lugar, el FIT fue la única agrupación que propuso un programa político que no sólo condensó las demandas más profundas de la clase trabajadora, sino que lo pudo hacer en forma clara por medio de una atractiva campaña electoral. En este escenario, la notable elección del FIT expresó el crecimiento de una corriente abiertamente de izquierda y clasista. El trotskismo lentamente se está convirtiendo en una alternativa seria y coherente ante otras procedentes del campo de la izquierda. El trotskismo es la única corriente política que ha continuado con las posiciones principistas del marxismo, o sea, la lucha irreconciliable contra el capitalismo por el socialismo junto con la necesidad de crear un partido obrero revolucionario a escala mundial. Si bien no creo que la solución de los verdaderos problemas del capitalismo pase por tener diputados o leyes sancionadas en el parlamento, considero que es muy importante disponer de una voz dentro de las instituciones burguesas. Entre otros factores, esa participación es necesaria porque permite dar a conocer los mecanismos de explotación en los que se encuentra sometida la clase trabajadora. Creo que en octubre, por todas las razones antes mencionadas, el Frente de Izquierda puede seguir mejorando su presencia electoral.


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Los fines de ciclo y el voto a la izquierda Paula Varela Politóloga, docente de la UBA, investigadora del CONICET. Adriana Collado Socióloga y docente de la UBA.

1989 Tucumán 1.34% (7.703)

Formosa 0,41% (663)

Misiones 0,86% (2.668)

La Rioja 0,98% (1.003)

Corrientes 0,84% (3.132) Santa Fe 2,96% (45.617)

San Luis 2,37% (3.249)

Entre Rios 1,63% (9.127)

Mendoza 4,99% (34.641)

CABA 5,67% (115.527)

Neuquén 2,30% (3.433)

La Pampa 2,03% (2.919)

Córdoba 2,82% (43.244)

Jujuy 6,49% (13.036) Salta 5,015% (19.509)

La Rioja 3,33% (4.006) San Juan 2,01% (4.604) Mendoza 3,51% (22.852)

Salta 12,94% (76.906)

Tucumán 3,62% (17.865) Santiago del Estero 1,13% (3.531)

Santa Fe 6,13% (60.773) Córdoba 3,11% (40.325) CABA 20,19% (269.852)

Neuquén 6,98% (12.267) Buenos Aires 9,10% (482.887) Santa Cruz 5,46% (4.583)

esta extensión territorial y de su importancia relativa para un fortalecimiento de la izquierda como alternativa política. De la comparación con el fin de ciclo de 1989, lo primero que salta a la vista es que, excepto en La Pampa, en todas las provincias del interior del país ascendieron los votos de la izquierda. Lo segundo es, sin embargo, más relevante en la medida en que permite analizar la relación entre extensión e intensidad del voto. Como puede observarse en el mapa, la coalición IU tenía presencia electoral en el total de provincias del país. Esta extensión correspondía a lo que podríamos denominar una lógica geográfico-poblacional de construcción partidaria del MAS, en combinación con los resabios del aparato del PC que aún intentaba mantener alguna presencia territorial. Sin embargo, si uno mira la intensidad del voto en cada provincia, encuentra que solamente en CABA y PBA (junto con Tierra del Fuego) el voto a la izquierda supera el 5%. Más aún, en

2013

Catamarca 1,85% (2.753)

Buenos Aires 5,19% (326.092)

Rio Negro 3,16% (6.262) Chubut 2,56% (3.637)

El carácter nacional de la elección del FIT y, a través del FIT, de la izquierda en general, es uno de los datos más destacables de esta elección. Si se toma este elemento para la comparación con 1989 y 2001, la diferencia es visible y, como grafican los mapas, la izquierda va ganando carácter de fuerza nacional. Esto abre el interrogante acerca de las posibles hipótesis explicativas de

Chaco 0,96% (3.707)

Catamarca 1,19% (1.500)

San Juan 1,24% (3.271)

A lo largo y a lo ancho

2001

Jujuy 2,20% (4.441) Santiago del Estero 0,85% (2.546) Salta 2,02% (7.311)

armados de sucesión. En ese impasse, se abren interrogantes para la izquierda acerca de su posibilidad de ser no sólo expresión de la crisis del proyecto K, sino también de constituirse en un actor político significativo revirtiendo la tendencia de lo que ocurrió con la izquierda del ‘83 en adelante. En esta nota elaboramos algunas comparaciones entre las elecciones de 1989, 2001 y 2013 a fin de realizar un primer análisis de la elección de la izquierda en las PASO, a la espera de los resultados de octubre.

Tucumán 7,86% (64.600)

Tierra del Fuego 5,72% (1.592)

Santiago del Estero 4,13% (18.142) Formosa 5,27% (13.566) Chaco 2,62% (13.792)

Catamarca 4,23% (8.347)

Santa Fe 4,50% (77.909)

La Rioja 3,70% (6.344)

Entre Rios 2,61% (19.106)

San Juan 1,75% (6.672)

Córdoba 6,96% (128.721)

Mendoza 8,74% (84.002) CABA 12% (223.046)

Neuquén 8,29% (26.916) Rio Negro 6,58% (21.150) Chubut 3,32% (9.255) Santa Cruz 10,09% (15.025)

Santa Cruz 2,78% (1.729)

Jujuy 11,95% (38.009)

Buenos Aires 6,18% (511.896) La Pampa 1,53% (2.956)

Mapas elaborados por Esteban Salizzi, geógrafo UBA.

Desde el fin de la dictadura militar, los fines de ciclo, tanto del alfonsinismo como de la convertibilidad, han refractado en un aumento de votos para la izquierda. El MAS de los ‘80 en su coalición electoral con el PC (Izquierda Unida) hizo su mejor elección en el ‘89 alcanzando bancas de diputados1. En 2001, la izquierda en general (IU, PO, PTS, MAS y AyL), logró también una buena elección a nivel nacional y muy buena en la Ciudad de Buenos Aires2. Hoy nos encontramos nuevamente en un escenario electoral en el marco de un fin de ciclo pero con una diferencia sustancial: el agotamiento del kirchnerismo aparece como un hecho cada vez más tangible pese a que no ha desplegado aún una crisis económica catastrófica. Esa es la tendencia que se ha mostrado en las PASO y que es esperable se repita o profundice en octubre. La dinámica de este fin de ciclo parece más bien signada por una creciente desilusión política que se estira en el tiempo y permite observar casi en cámara lenta los

NOTA METODOLÓGICA Para la comparación se consideró como “izquierda”: 1989, IU (MAS+PC) y PO; 2001, IU (MST+PC), PO, PTS, MAS y zamorismo; 2013, FIT (PO, PTS, IS), MAS, MST, zamorismo, Camino Popular y Podemos. Si bien estas dos últimas fuerzas se presentaron en alianzas hegemonizadas por candidatos de la centroizquierda, consideramos que sus votos pueden ser leídos como votos “hacia izquierda”. Para construir los porcentajes se tomó como base el voto positivo (y no el voto válido en general) debido a que esto permitía la comparabilidad con las fuentes de las elecciones de 1989 y 2001. Todos los cuadros y gráficos son de elaboración propia. Las fuentes utilizadas para la elaboración de este informe son: http://www.elecciones.gov.ar/sitios/sitios.htm, http://andytow.com/atlas/totalpais/index.html y http://www.juntaelectoral.gba.gov.ar/.


IdZ Septiembre la mayoría de las provincias los porcentajes oscilan entre el 1 y el 2%. Si miramos la elección de 2013, encontramos que la izquierda tiene presencia electoral en 20 distritos del país (4 menos que en 1989), pero que la intensidad de esta presencia es cualitativamente superior. Supera el 5% en 10 distritos (CABA, Buenos Aires, Córdoba, Jujuy, Salta, Tucumán, Formosa, Mendoza, Neuquén, Río Negro y Santa Cruz), y en 6 de esos 10, supera el 8%. Este tipo de intensidad en la extensión muestra más bien una combinación entre el “espacio electoral” que ha abierto la crisis del kirchnerismo y la estrategia de construcción de “bastiones partidarios” ligados a procesos de lucha y/organización de sectores de trabajadores y sectores populares. Dicho en otros términos, combinación (no exenta de tensiones) entre “cobertura territorial” e “inserción orgánica” de la izquierda. Esta relación entre extensión de los votos e inserción orgánica de la izquierda se cualifica mejor si incorporamos en la comparación el fin de ciclo de 2001. Dos elementos saltan a la vista. El primero, que la izquierda tiene presencia electoral en 6 provincias más que en 2001 (Chaco, Formosa, Entre Ríos, La Pampa, Río Negro, Chubut). El segundo, que esta mayor extensión se combina con un aumento considerable de los votos en todas las provincias del interior del país (excepto Santa Fe y San Juan). La explicación de este aumento en el interior del país resulta de la combinación de tres procesos que tienen envergadura nacional, pero que adoptan distinto peso según la provincia: a) el lugar ganado por la izquierda en las principales luchas sociales de los últimos 15 años en el país (desde las luchas contra las consecuencias del neoliberalismo, hasta la recomposición social y gremial de la clase trabajadora expresada en el sindicalismo de base)3; b) la crisis de la centroizquierda, que es una característica general de los fines de ciclo y siempre ha sido explicación del aumento de votos de la izquierda en estos escenarios. IU creció en el ‘89 al calor de la debacle del proyecto alfonsinista, pero también del PI que apoyó la candidatura de Menem. En el fin de la convertibilidad, el carácter cada vez más antiobrero de la Alianza en el gobierno (como centroizquierda realmente existente con el Frepaso en su interior) también aporta al crecimiento de la izquierda (básicamente IU y el zamorismo) como única opción para el voto progresista. El actual agotamiento del ciclo kirchnerista y la imposibilidad de construir una oposición centroizquierdista por fuera del FPV (debido a que las “banderas” de este sector las levanta el propio gobierno en decadencia) producen un doble proceso: las alianzas de tipo UNEN en CABA que traccionan votos de descontento con un perfil republicano, y un traslado de votos al FIT y al resto de la izquierda. Este traslado sería un error leerlo como “puro voto prestado” en la medida en que es parte también de los “dividendos” que obtiene la izquierda por su presencia en las luchas sociales y políticas a nivel nacional que mencionamos más arriba; c) el impacto del FIT en 2011 que se posicionó como “la izquierda” a nivel nacional a través de la campaña contra el carácter

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El peso del FIT Una de las características de esta elección es la pronunciada diferencia entre el FIT y las otras fuerzas que conforman el “voto de izquierda” en el país. Si se desglosa el 5,77% que sacó el conjunto de la izquierda a nivel nacional, el 73% corresponde al FIT. Si a esto se agrega una mirada territorial, el único distrito donde las otras fueras de izquierda cobran relativo peso es en CABA. Esto es lo que explica que el FIT sea cuarta fuerza política a nivel nacional, y se haya constituido en la “marca de la izquierda” en la Argentina actual.

proscriptivo de las PASO y de su combinación con la campaña programática, constituyendo un perfil diferenciado de izquierda clasista. A continuación daremos ejemplos de distintas provincias en que estos procesos juegan de forma diferenciada y en combinación. En Salta y Jujuy, cada fin de ciclo implicó un aumento significativo y acumulativo de la influencia electoral de la izquierda. Ambas provincias, desde mediados de los ‘90 en adelante, han sido vanguardia de luchas sociales contra la privatización y los efectos del “neoliberalismo” y la izquierda ha tenido presencia en ellas. Desde 2003 en adelante, estas provincias fueron también escenario de las luchas “de la recomposición social y gremial de la clase trabajadora” a través de los conflictos docentes, de estatales y de los ingenios en Jujuy. Esto ha permitido que el FIT haya ganado presencia electoral ya desde 2011 (incluso antes en Salta, donde hay un diputado provincial del PO desde 2009) y pegue un salto en 2013, en que una de las “revelaciones” de la elección ha

Gráfico 1.

sido el candidato Alejandro Vilca del PTS. En el caso de Jujuy es muy interesante la lectura regional de los votos que permite medir relativamente la relación entre esta participación orgánica en las luchas sociales y la influencia electoral, como puede observarse en los resultados en los ciudades obreras de Palpalá (10,72%), Ledesma (7,4%) y San Pedro (6,21%). Se combina con este proceso, el hecho de que en ambas provincias la crisis del kirchnerismo sin una centroizquierda que pueda capitalizarla transfirió una serie de votos de ese espacio hacia la izquierda. En Mendoza, una de las provincias en que más sorprendió la elección del FIT (7,61%), la situación parece responder más a la dinámica entre espacios político-electorales, en la que el FIT capitalizó el voto de rechazo a la casta política (con la apuesta por un joven candidato como Nicolás Del Caño) y al régimen conservador de la provincia (que se manifiesta en la reconstrucción de la UCR). Si se observan los votos que perdió el kirchnerismo entre 2011 y 2013 (127.000) y los que ganó el »


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LA ARGENTINA DESPUÉS DE LAS PASO

La izquierda que te banca Un dato relevante surge de la lectura de las tres provincias en las que, para la elección de 2013, el FIT ya ocupaba bancas de diputados provinciales: Córdoba, Salta y Neuquén. En las tres provincias hubo aumento de votos en relación a 2011, siguiendo la tendencia nacional (ver gráfico 2). Sin embargo, lo que llama la atención es la proporción del aumento del voto en Neuquén. A diferencia de lo que pasa en Córdoba y Salta, en donde el voto al FIT aumenta poco más de un 30%, en Neuquén este aumento es de más del 100%. Esto tiene una doble explicación. En primer término, la relación entre la izquierda y la vanguardia neuquina que señalábamos antes y el papel de Zanon en esta relación. La llamada

“banca obrera” ha sido ocupada estos dos primeros años por Alejandro López y Raúl Godoy, los dos dirigentes más reconocidos de la fábrica ceramista. En segundo término, se explica también por la propia utilización de la bancada que ha operado, de hecho, como expresión política del “movimiento social y de lucha” de la provincia. El papel jugado por Godoy la semana pasada en relación a la protesta social contra el acuerdo de YPF-Chevron y a la represión ejercida por el gobierno de Sapag (y avalada por el gobierno nacional en forma escandalosa) es la muestra más evidente de esta política de utilización de las bancas legislativas como apoyo y potenciación de los procesos de lucha de clases.

FIT entre una y otra elección (58.400), se observa que el FIT traccionó la mitad de los votos que perdió el FPV (los de la “desilusión por izquierda del kirchnerismo”), mientras la UCR traccionó la otra mitad (sumando, además, votos que perdió PRO). Esta prevalencia de una lógica de espacios electorales no niega en absoluto, más bien se combina, con un voto ligado a la extracción de clase. Los dos distritos con mejores resultados para el FIT son los dos de composición más obrera: Las Heras (10%) y Maipú (9,45%). En Neuquén es central tener en cuenta dos elementos para entender la elección del FIT en 2013. Por una parte, la existencia de una vanguardia compuesta por estatales, docentes, ceramistas, estudiantes, mapuches, etc., que es muy fuerte en la provincia, particularmente en la capital. Por otra parte, la influencia de la lucha de Zanon, asociada a la izquierda, particularmente al PTS, a lo que se sumó, desde 2011 la banca obtenida en la legislatura provincial. Esta relación entre voto a la izquierda y movimientos sociales se observa territorialmente en la disposición geográfica de votos al FIT, en la que los barrios populares del oeste de la ciudad de Neuquén el FIT obtuvo cerca del 9%; en el barrio Parque Industrial, un gran dormitorio obrero, superó el 10% (llegando a conquistar el lugar de segunda fuerza debajo del MPN en varias mesas); y más en general, hizo una muy buena elección en las ciudades más grandes, sacando casi el 8% en el departamento de Confluencia (que comprende la Capital, Centenerio, Plottier, Cutral Co y Plaza Hiuncul) –ver gráfico 3–.

Un voto menos bronca y más de izquierda

Gráfico 2.

El hecho de que el fin de ciclo kirchnerista que está en curso se desarrolle, hasta el momento, sin crisis económica y del régimen político, también permite cualificar el actual voto a la izquierda. Considerando el voto en blanco y nulo como expresiones distorsionadas de crisis orgánica, y estableciendo la relación entre estos “votos crisis” y los votos de la izquierda, encontramos relaciones completamente distintas en el fin de ciclo de 2001 y el actual. Como puede observarse en los gráficos, en CABA el voto nulo y blanco (sumados) alcanzaron casi el 30% en 2001, mientras que el voto a la izquierda alcanzó poco más del 20% (dos tercios). Si miramos PBA la situación es similar. El voto nulo y blanco (sumados) alcanzaron más del 25% en 2001, mientras la izquierda el 9% (poco más de un tercio). Esta relación permite ver que, si bien los porcentajes de voto a izquierda en 2001 en CABA y PBA son claramente mayores, tienen sin embargo un componente de “voto crisis” que el actual voto es improbable que tenga en la medida que no hay crisis en curso. La actual relación entre voto a la izquierda y voto nulo/ blanco, permiten la hipótesis de un voto menos bronca y más de izquierda o, si se quiere, más ideológico-político (ver gráfico 4).

Hora de desafíos Gráfico 3: comparación de votos de la izquierda según años de referencia fin de ciclo (Jujuy, Neuquén, Salta y Mendoza).

Esta primera comparación entre las tendencias señaladas por las PASO y el peso electoral logrado por la izquierda en los fines de ciclo de 1989 y 2001 permite poner sobre la mesa


IdZ Septiembre dos peligros que un proyecto de izquierda anticapitalista y socialista como el del FIT debe tener presentes para no recorrer el mismo camino que IU. El primero, el de una extensión territorial disociada de la influencia política en procesos de organización y movilización de franjas de trabajadores y sectores populares. El segundo, el de un crecimiento ligado estrictamente a la crisis (y su consecuente derrumbe de los proyectos centroizquierdistas en los fines de ciclo) sin que este pueda convertirse en alternativa política ante las posibles sucesiones que preparan (también aprovechando los tiempos lentos de este fin de ciclo) las variantes burguesas, contenidas hoy en el peronismo. Las derivas que tuvo la estrategia de IU resultan suficiente aliciente para estar atentos a estos peligros. El sector que profundizó la alianza con el PC terminó formando el Frente Grande (predecesor del Frepaso-Alianza) y hoy es parte del kirchnerismo; el sector que evitó este camino (MST) terminó en una alianza tan degradante como la anterior: con la burguesía agraria en el “conflicto del campo”, y luego con el pinosolanismo. En cierta medida, el FIT (que se reinvindica trotskista) es resultado de la persistencia de una estrategia de independencia de clase opuesta a la estrategia de alianzas de IU. Esto no lo blinda, sin embargo, contra los peligros que surgen de la propia tensión entre el terreno electoral y el de la construcción en posiciones estratégicas. La especificidad de este fin de ciclo ralentizado plantea como desafío la utilización del actual momento electoral como plataforma de fortalecimiento de la construcción en fábricas, lugares de estudio y movimientos sociales, pero también como plataforma de politización de dicha construcción contra la tendencia a estrategias corporativas o sindicalistas a las que están sometidos esos ámbitos. Este desafío, que tiene como objetivo de coyuntura las elecciones de octubre, se presenta como el principal debate a desarrollar entre los trabajadores, trabajadoras, jóvenes e intelectuales que apoyan el FIT.

Opinión

Un millón de amigos

Daniel Link Escritor y docente en la Facultad de Filosofía y LetrasUBA. Algunos de sus libros son Monserrat; La mafia rusa; Teatro completo; Clases. Literatura y disidencia; Fantasmas. Imaginación y sociedad, entre numerosas obras de ficción, ensayo y compilaciones temáticas.

Es habitual que antes de las elecciones los círculos íntimos discutan sus intenciones de voto. Como estuve, en los días previos a las PASO, arrastrado por vientos laborales contradictorios, no hablé demasiado del asunto (mi inclinación electoral por el FIT es ya bastante regular) pero me sorprendió que dos amigas (cuyas simpatías están con el poder regente, del que se beneficiaron en los últimos años) intentaran “cambiar” mi voto: “Votá por Zamora”, me dijeron, como si uno, a esta altura del partido, votara nombres y simpatías personales. Me cae bien Luis Zamora, por supuesto, pero desde los tiempos de Izquierda Unida no entiendo lo que hace. Todavía más sorprendido me sentí cuando algunos miembros de mi familia (cuyos vínculos callaré por temor a represalias laborales) me confesaron, ex post facto, haber votado al FIT. “Persevera y triunfarás” no suena demasiado a un fragmento de discurso de izquierda (de hecho, ningún uso formulaico del lenguaje debería ser parte del repertorio discursivo de la izquierda) pero en este caso me pareció que se aplicaba bien al “batacazo” del FIT: un trabajo sostenido en las instituciones, un discurso coherente (hasta la monotonía, como sucede con las verdades sencillas: “la Tierra rota sobre sí”) y una sutil política de alianzas permitió una performance electoral que ni los propios integrantes del FIT (para no hablar de los charlatanes que se dedican a las encuestas) hubieran previsto en voz alta. ¿Por qué votamos al FIT? Naturalmente, porque compartimos algunas de sus premisas, porque suscribimos algunas de sus posiciones, porque (como decía Manuel Puig) nos gusta la izquierda, y porque nos parece que, en una sociedad arrasada por los últimos diez

años de ejercicio de un populismo inconsecuente (porque a la vista está que una cosa es proclamar a bocajarro determinadas preocupaciones y otra muy diferente llevarlas a la práctica), el discurso de la izquierda merece un lugar social (parlamentario, pero también en los medios de comunicación, etc.) adecuado a su potencia de transformación. No se trata de sentarse a festejar el millón de amigos (o casi) acumulado sino de seguir construyendo: políticas de alianza cada vez más inclusivas (sin perder de vista el círculo de tiza que señala qué cosa se corresponde con una esperanza de izquierda y qué es meramente una chapucería o un espejismo), relaciones con los diferentes sectores del electorado cada vez más sólidas, líneas de acción que vayan más allá de los presupuestos teóricos históricamente aceptados de la izquierda (porque no se puede participar de un espacio de izquierda sin revisar permanentemente los propios presupuestos teóricos). El ciclo de la bonanza económica parece haber cesado y, con él, vuelven viejos fantasmas –la inflación, la deuda externa (que ha estallado en nuestra cara una vez más, y ya van...), la desigualdad social– a los que se agregan otros nuevos: la depredación de los recursos naturales, el envenenamiento de la tierra, el aire y las aguas, y, sobre todo, la sempiterna desilusión que provocan los proyectos populistas cuando se revelan sólo como la máscara más festiva (más carnavalesca, más libidinal) de la desabrida derecha liberal. Todo eso deberá constituir la agenda de la izquierda en los próximos años y de cómo trate todos y cada uno de esos problemas dependerá su suerte. Como hasta ahora las cosas han venido haciéndose bien, es probable que las simpatías por la izquierda (como debe ser) crezcan, y que permitan imaginar un futuro, mucho más que caracterizar dogmáticamente un pasado –que suele ser lo que más se le critica a los sectores que todavía sostienen un sueño, una esperanza, una espera: el final del ciclo capitalista.

1 Luis Zamora ingresó como diputado nacional y Silvia Díaz como diputada provincial por la Pcia. de Buenos Aires. 2 A nivel nacional la izquierda obtuvo 3 bancas de diputados por CABA: Patricia Walsh por IU, y Luis Zamora y Marta Castaño (reemplazada inmediatamente por José Roselli) de AyL. A nivel de PBA, IU obtuvo 2 diputados provinciales y una decena de concejales. Un año antes (elección de 2000 en CABA), Patricio Etchegaray, Vilma Ripoll y Jorge Altamira ingresaron a la legislatura porteña. En 2003, AyL obtuvo dos diputados nacionales por CABA y 8 legisladores porteños, e IU renovó una de sus dos bancas en CABA. 3 Para un análisis de esta inserción de la izquierda a nivel nacional, véase Castillo y Rosso “Apuntes del PTS sobre la construcción de un partido revolucionario en la Argentina”, Estrategia Internacional 28, 2012.

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Gráfico 4: comparación votos nulos/blancos en Pcia. de Buenos Aires y CABA (1989-2001-2013).


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ECONOMÍA

El capital extranjero y su presencia avasallante en la economía argentina

Los contornos de la dependencia Uno de los indicadores que permiten medir de forma descarnada la distancia entre discurso y realidad respecto de los cambios estructurales que alega haber introducido el kirchnerismo –en el sentido de una recuperación de soberanía– es la presencia del capital extranjero en la economía argentina. Esteban Mercatante Economista, Instituto de Pensamiento Socialista Karl Marx. En el primer número de Ideas de Izquierda analizamos la abrumadora presencia del capital imperialista como articulador (junto con los grandes propietarios) del agropower. Muy lejos está de ser un fenómeno limitado a algunos sectores. Cualquier rama productiva hacia la que dirijamos nuestra mirada, nos revelará un panorama similar: la presencia del capital extranjero no hizo más que profundizarse durante la última década, continuando con la firme tendencia de períodos previos. Resulta muy revelador a este respecto el ranking de las 1.000 empresas líderes que elabora anualmente la revista Prensa Económica1. En la rama aceitera y cerealera, la norteamericana Cargill y la francesa LDC se encuentran a la cabeza del ranking sectorial (y ocupan respectivamente los lugares 3 y 4 entre las 1.000 más grandes). En el sector alimenticio, a la nacional Arcor (puesto 16 en el ranking general) la siguen inmediatamente la francesa

Danone (puesto 62), Bagley (71) que asocia a Danone con Arcor, la suiza Nestlé (85) y las norteamericanas Kraft Foods (92) y Pepsico (139). En las automotrices, sector mimado en los acuerdos comerciales regionales, no existe ni una empresa que no sea de capital extranjero. En supermercados, la francesa Carrefour (7) ocupa nada menos que el segundo puesto. La rama química y petroquímica la dominan lejos la yanqui Dow (30) y la belga Solvay Indupa (78). En el sector bancario, al Banco Nación (25) lo secunda el anglo-hongkonés HSBC (49), y lo sigue el español Santander Río (53). En la muy nacional producción de granos los insumos básicos provienen abrumadoramente de la norteamericana Monsanto (64), la suiza Syngenta (115) y la japonesa Pioneer (525), entre los que logra colarse la nacional Don Mario (301) en el tercer lugar. En petróleo, a la hoy recomprada YPF (1) y a la “multilatina” Petrobras (8), les siguen la anglo-neerlandesa Shell (10), la empresa de capitales chinos y argentinos Pan American Energy (14) y las norteamericanas Esso (20) y Chevron (88), el

flamante socio de YPF. La británico-neerlandesa Unilever (33) ocupa el primer puesto en limpieza y cosmética, seguida por las yanquis Procter y Gamble (81), Avon (151) y Kimberly Clark Argentina (159). En neumáticos, los primeros puestos corresponden a la italiana Pirelli (126) y la japonesa Bridgestone (152). En Bebidas, la hoy belga-brasileña Quilmes (42) está primera, y la sigue Sistema Coca-Cola (55), representación oficial de la marca yanqui en el país. Poco más atrás (cuarto puesto) está Danone rama bebidas (146), seguida por Coca Cola Femsa (157), con capitales de origen mexicano y norteamericano. En calzados dominan la estadounidense Nike (196) y la alemana Adidas (240). En maquinaria agrícola la norteamericana Ind. John Deere (113) ocupa lejos el primer lugar, y la sigue la también yanqui AGCO (316). Podríamos continuar esta lista largamente. Incluso en las ramas donde no ocupan los primeros lugares y hay jugadores locales con posiciones dominantes, es notoria la presencia extranjera en los segundos puestos. En todas las escalas


IdZ Septiembre

y en todas las áreas de la economía nacional puede registrarse la misma tendencia. Resulta inevitable que se susciten numerosas objeciones. ¿Por qué desde el punto de vista marxista, es decir, el de la apuesta por la emancipación de la clase trabajadora, las banderas del capital tendrían alguna importancia? ¿Se trata de ser “nostálgicos” de lo nacional? ¿Es que acaso la burguesía autóctona puede calificarse bajo algún estándar de “progresiva” respecto del capital trasnacional imperialista? Ante todo, no se trata de ningún modo de ninguna ponderación positiva de la burguesía nacional, que supo mostrar durante todo el siglo XX su faceta enteramente vasalla y reaccionaria. Sus principales fracciones se han mostrado siempre más prestas a privilegiar las modestas ventajas que pudieran ofrecer las migajas que caen de la mesa del festín que se dan las corporaciones imperiales al que son invitados en segunda fila, que a acompañar los –muy modestos por otra parte– atisbos de autonomía nacional que intentaron algunos gobiernos de la región en distintos momentos históricos. No se trata entonces de repudiar el relevo de este actor por el capital extranjero por cualquier supuesta virtud que tenga. La amarga conclusión de Aldo Ferrer, de que se trata de una clase sin “densidad nacional”, puede ser parcial al no poner sobre el tapete todas las determinaciones que operaron contra las posibilidades de desarrollo de una burguesía más dinámica en el país, pero sí expresa el conformismo con el cual esta clase se adaptó prestamente a su destino semicolonial y tendió a focalizarse en la rentabilidad de corto plazo, siempre dispuesta a entregar posiciones al capital trasnacional a cambio de un buen fajo de dólares. Se trata de precisar lo que es materialmente la formación económico social argentina, es decir, cómo se produce, se reparte y se reinvierte (o no) el plusvalor generado en el espacio nacional. En este análisis el origen de las distintas fracciones del capital está lejos de ser un dato irrelevante.

Veamos lo que nos dice la Encuesta de Grandes Empresas en la Argentina (ENGE), que elabora el INDEC. La misma trabaja con las 500 empresas no financieras de mayor tamaño en el país. Estas empresas equivalen a alrededor del 33% del valor agregado del país si consideramos solo los sectores productivos incluidos en la encuesta (es decir, excluyendo aquellas ramas del producto nacional en las cuales no hay ninguna empresa incluida en la encuesta), indicio de una fuerte representatividad. Esto significa que podemos aproximar tendencias más generales sobre esta base. ¿Qué nos dice la ENGE? Lo que nos muestra es que las empresas con participación extranjera en el panel de las 500 más grandes pasaron de ser 219 en 1993, a 322 en 2011. De punta a punta, tenemos un crecimiento del 47% en 18 años. La última década, presentada como una de recuperación de soberanía y “renacionalización”, resalta por una marcada estabilidad en el panel: de un pico de 340 empresas con participación extranjera en el panel en el año 2003, éstas se redujeron en apenas 18 empresas durante estos años. Y esto no es tanto consecuencia de una política específica (que prácticamente no hubo), como el producto de una modesta repatriación de algunos de los dólares fugados por los grandes empresarios durante los años de agonía de la convertibilidad, que luego de la brutal devaluación permitieron comprar capitales locales a precios de bicoca con sólo una proporción menor de lo fugado. La conclusión entonces es que el 65% de las grandes empresas tienen participación de capital extranjero, es decir, que poco más de un tercio son de capital enteramente nacional. Además, alrededor del 55% de las grandes empresas tienen una participación de capital extranjero que supera el 50%, es decir, que su presencia no se reduce a meras participaciones minoritarias. Otros datos le agregan al cuadro más elocuencia: aunque las empresas de capital nacional corresponden al 35% del total, apenas representan el 20,2% del valor bruto de producción del total del panel y 19,6% del valor agregado. En lo que

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“En las automotrices, sector mimado en los acuerdos comerciales regionales, no existe ni una empresa que no sea de capital extranjero.

hace a las utilidades, explican el 13,1% de la utilidad de las 500 grandes empresas. Es decir, que la mera consideración del número absoluto de empresas subestima la penetración del capital extranjero que muestra la ENGE.

Extranjerización y dependencia (o por qué la primera importa) Si volvemos al recorte de las 500 empresas que toma la ENGE no es un dato nada menor que en 2011 los 498.000 asalariados contratados por empresas con participación extranjera (el 64% del total de trabajadores contratados por empresas del panel) producían un 80% de las utilidades generadas por el panel. Utilidades que ascendían a 104.000 millones de pesos, lo que significa nada menos que 322 empresas extranjeras tenían en 2011 utilidades netas por un valor equivalente al 5,5% del PIB. La proyección de esta proporción al conjunto de la economía resulta abrumadora. No puede más que decirse que la economía argentina tiende cada vez más a convertirse en un espacio en el que se valoriza de forma privilegiada el capital imperialista. Con el resultado, claro está, de que la plusvalía así generada es administrada globalmente, y su sucesiva acumulación en el espacio nacional queda condicionada a decisiones tomadas en casas matrices de metrópolis distantes. No resulta sorpresivo que la remesa de utilidades de empresas al extranjero haya duplicado su nivel promedio como proporción del PIB en la primer década del »


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ECONOMÍA

“En 2011 los 498.000 asalariados contratados por empresas con participación extranjera (...) producían un 80% de las utilidades generadas por el panel.

siglo XXI respecto de la década anterior, pasando de un promedio equivalente al 1% del PIB a uno de alrededor de 2%. Aunque las maniobras del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, hayan logrado frenar en los últimos años esta sangría, difícilmente podría presentarse como un cambio estructural lo que depende de indicaciones no escritas de un secretario (que suelen tener además como contrapartida otros jugosos negocios para las empresas). Mucho predican varios voceros del empresariado la necesidad de más inversiones extranjeras para el desarrollo económico, pero esto significa sencillamente que por cualquier adelanto productivo que por esta vía se pudiera introducir, el drenaje de riqueza por remesas de utilidades será una sangría aún mayor. Sumada a la deuda pública externa constituyen una expoliación formidable que enriquece al capital financiero y las economías de los países imperialistas2. Sobrevuela el fantasma de Chevron y las garantías de libre disponibilidad de las divisas equivalentes a un 20% de la producción para las empresas que realicen inversiones en shale por un monto superior a los 1.000 millones de dólares. Ese 20% representa un salvoconducto para enviar al extranjero buena parte de las ganancias amasadas en Vaca Muerta. Podría objetarse, sin embargo, que de ningún modo la penetración de capital trasnacional es un fenómeno que se restrinja a los países semicoloniales y dependientes. De hecho, los datos de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés), revelan que el principal destino de la inversión extranjera son las economías más ricas. Es decir, que la mayor parte de los capitales trasnacionales fluyen de una potencia imperialista a otra, y no hacia las semicolonias. Sin embargo, es una formalidad limitar el análisis a estos flujos, sin ponerlos en relación con la gravitación muy distinta que tiene en los países imperialistas y en las economías dependientes el propio capital local, que junto con la regulación estatal establece los lineamientos a los cuales los flujos de capital extranjero tienden a acomodarse. En el caso de las economías dependientes, en cambio, suele ser el capital extranjero el que impone los lineamientos. Y, como muestran de forma elocuente los datos ya

provistos, no sólo está presente en la economía argentina sino que ocupa gran parte de los puestos de mando. La Argentina “clusterizada” del siglo XXI, donde apenas 10 complejos productivos explican más del 70% de las exportaciones, el capital extranjero se encuentra a la cabeza de la mayoría de las cadenas productivas, las integra como eslabones en entramados globales, determina las pautas tecnológicas y logra concentrar el grueso de las ganancias. El desarrollo local es una función del capital transnacional. Que no se trata de una cuestión secundaria ni mucho menos, lo ponen de relieve no sólo las unilateralidades varias que pueden encontrarse en las características particulares que muestra el desarrollo desigual y combinado en economías dependientes como la Argentina, sino también los impactos que tiene sobre la macroeconomía el conjunto efectos que se derivan de la condición de dependiente, sumada a la del atrasado (en relación a los niveles de desarrollo que muestran las economías más ricas) que le está indisolublemente ligada y tiende a reforzarse bajo los efectos de la dependencia. La primera es la ya mencionada sangría de las remesas. Pero también tenemos los déficits comerciales, que son efecto de un comercio en condiciones que son desventajosas por las asimetrías productivas existentes3. Durante las últimas décadas ambos impactos se profundizaron, por la presión reforzada a través de la OMC y los organismos multilaterales de crédito por incrementar la apertura en el comercio y las inversiones (que hoy nuevas rondas de tratados apuestan a profundizar). Esto contribuyó a acrecentar los problemas estructurales que conducen a déficits comerciales (aunque el boom de las materias primas haya opacado un poco estos efectos de largo plazo), así como a aumentar las inestabilidades causadas por movimientos de capitales que buscan rentabilidad en muy corto plazo; pero además la apertura fue un vehículo para reforzar el ingreso del capital imperialista, que adquirió numerosas empresas locales o desarrolló nuevos negocios con miras al mercado mundial. Por último el endeudamiento público, que tiene su origen entre otros elementos en la necesidad de administrar la macroeconomía inestable, pero como hemos visto en reiteradas ocasiones sólo patea los problemas para que estallen luego de forma mucho peor. Detrás del capital extranjero se recorta la presencia de las grandes potencias, con EE.UU. a la cabeza. Estas potencias piensan y actúan globalmente, en defensa de los intereses de sus capitales transnacionalizados y también del orden capitalista global (desarrollando además rivalidades entre ellas). Recordemos cómo el gobierno “nacional y popular” se mostró tan presto a responder al reclamo de la exembajadora yanqui Vilma Martínez, cuando en 2009 los obreros de la compañía norteamericana Kraft ocupaban la planta de Pacheco, enviando fuerzas represivas para desalojarla. Un hecho a todas luces de baja intensidad alcanzó, sin embargo, para poner en evidencia las grandes fuerzas que estarán en pugna ante cualquier escalada de la lucha de clases. No

se puede perder de vista que cualquier iniciativa revolucionaria de la clase obrera deberá hacer frente no sólo a la burguesía argentina y el aparato represivo del Estado nacional, sino al imperialismo, que hoy –basta con ver Medio Oriente para comprobarlo– muestra el mismo vigor como principal fuerza de la contrarrevolución internacional que en tiempos del clásico libro de Lenin. No faltan quienes hoy siguen pretendiendo que, previo a cualquier perspectiva de que la clase trabajadora pueda proponerse la conquista del poder, es necesario un mayor desarrollo del capitalismo y algún tipo de “liberación nacional” del imperialismo, y que las pretendidas batallas “contra las corporaciones” de estos tiempos son un avance en ese sentido (ver por ejemplo Eduardo Basualdo). Pero el capitalismo argentino se encuentra hoy plenamente desarrollado como capitalismo dependiente. No existe estrategia de “desarrollo autónomo” capitalista que vaya a cambiar significativamente sus contornos, por la principal razón ya mencionada de que los sectores más gravitantes de la burguesía argentina no tienen ningún interés en ese sentido. Sin romper de cuajo con el imperialismo, la expoliación imperialista no hará más que profundizarse, aunque sus efectos se desdibujen parcialmente durante algún breve interregno de condiciones extraordinariamente favorables que permitan crecimiento económico y acumulación de reservas monetarias –como ocurrió la última década para América Latina tomada de conjunto gracias al boom de las commodities– aún a pesar de que esta tendencia de fondo no se vea alterada. Contrariando la ilusión de que durante estos años las cadenas se relajaron un poco, en realidad el capital trasnacional no hizo más que seguir avanzando. Solo la clase trabajadora puede proponerse cortar con este nudo gordiano de la dependencia, expropiando los resortes económicos fundamentales en manos del capital imperialista y los grandes empresarios nacionales asociados por mil lazos a él, para ponerlos a funcionar bajo gestión obrera en función de las necesidades obreras y populares, y no de las ganancias de los grandes pulpos globales. Blog del autor: puntoddesequilibrio.blogspot.com 1 El último ranking disponible es el publicado en Prensa Económica 311, Buenos Aires, octubre 2012. 2 Aunque el monto de riqueza que fluya de remesas y por el rendimiento de activos financieros desde un país como la Argentina podrían parecer a primera vista poco significativos para economías del tamaño de la norteamericana, la cosa cambia cuando consideramos el efecto agregado de los flujos provenientes del conjunto de las economías dependientes. Resulta muy revelador a este respecto el análisis que hacen Gerárd Duménil y Dominique Lévy, “El imperialismo en la era neoliberal: respiro y crisis de la Argentina”, Realidad Económica 225, Buenos Aires, marzo de 2007. 3  Acá no estamos ante un fenómeno que se limite a los países dependientes. Los EE. UU., por ejemplo, viene registrando un déficit comercial crónico desde hace quince años. Pero claro, el rol privilegiado del dólar en el sistema monetario mundial le permite financiar este déficit sin mayores inconvenientes (al menos hasta el presente).


La discordancia de los tiempos de la crisis capitalista mundial Un aspecto clave del arte del análisis económico político consiste en diferenciar los fenómenos estructurales de aquellos coyunturales en los que la crisis económica se manifiesta. Esta labor de unir y separar exige comprender que si los fenómenos coyunturales no se pueden identificar directamente con los estructurales, tampoco pueden comprenderse en forma independiente los unos de los otros. Paula Bach Economista, Instituto del Pensamiento Socialista Karl Marx.

La crisis económica mundial que estalló en 2008/9 y su curso ulterior, pusieron de manifiesto distintas líneas de falla estructurales en el equilibrio capitalista imperante durante el período de ofensiva neoliberal. A saber: crisis de creación “exuberante” de capital ficticio; desindustrialización norteamericana subproducto del proceso de deslocalización productiva; límites a la prolongación del “círculo virtuoso” chino-norteamericano y a la persistencia del desarrollo de Alemania como potencia exportadora. Esas líneas de falla se encuentran a su vez atenuadas por otros aspectos estructurales que se gestaron durante los años neoliberales o dieron fundamento a nuevos factores actuantes. A saber: desarrollo de la mundialización financiera y en gran medida productiva del capital; intervención masiva del Estado capitalista como rescatista de última instancia; y herencia de fuertes elementos de crisis de subjetividad de la clase obrera1. La combinación particular del conjunto de estos aspectos estructurales contribuye en una parte importante a explicar los diferentes momentos de la crisis económica mundial. El actual reanimamiento parcial de Estados Unidos, combinado con las políticas monetarias que el año pasado implementó

el BCE2 y la por ahora suave desaceleración de la economía china, dieron paso a una coyuntura de crisis no catastrófica, desigual y signada por un crecimiento débil de la economía mundial.

Crecimiento “modesto”. ¿Por qué? Uno de los interrogantes a resolver –que otorga valores concretos a la mencionada desigualdad–, es la contradicción entre la recuperación de la economía norteamericana y su debilidad, luego de tres rondas de inyección masiva de dinero (QE)3 que triplicaron la base monetaria. Las medidas de intervención estatal lograron detener la caída libre de la economía que comenzó a fines de 2008 y consiguieron recomponer la cadena de crédito. Junto con la destrucción (controlada) de capitales que la misma crisis provocó, contribuyeron a alentar un crecimiento durante los últimos 3 años de aproximadamente el 2,2%4, impulsando una reducción de la desocupación que había superado el 10% y permitieron al sector financiero cambiar buena parte de títulos respaldados en hipotecas, por dinero en efectivo. Como señala el economista norteamericano R. Duncan, sin estas medidas “la economía estadounidense habría caído en una nueva Gran Depresión, y con ella el resto del mundo”5. A su vez la tasa de ganancia se recuperó y la productividad se incrementó fundamentalmente como consecuencia de la mayor explotación del trabajo debido a que la caída de la economía fue »

“La crisis económica mundial que estalló en 2008/9 y su curso ulterior, pusieron de manifiesto distintas líneas de falla estructurales en el equilibrio capitalista imperante durante el período de ofensiva neoliberal.

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20 mucho menor que la caída del empleo. El límite son masas de dinero que no logran reinvertirse productivamente superando el crecimiento débil y permitiendo a la economía retornar a los parámetros previos a la crisis. Como subproducto de esta situación, parte del capital monetario acumulado alimentó el crecimiento de la bolsa de valores y otros títulos y otra parte fue exportada, inundando los mercados externos de dólares en busca de diferenciales de interés. Aspectos importantes de la explicación de esta contradicción deben rastrearse en las características del crecimiento de las últimas tres décadas, que combinó desindustrialización en un polo y reindustrialización en otro. Este proceso adoptó en Estados Unidos la forma de deslocalización productiva y tiene hoy en la decadencia de Detroit uno de sus más claros exponentes. El economista francés I. Johsua señala que a partir de los años ‘80 y ‘90: “Las empresas multinacionales, las inversiones directas en el extranjero y las deslocalizaciones han venido en realidad a coronar un proceso”6 que expresa una mutación en las formas de la exportación de capital. Si a principios del siglo XX dicha exportación adoptaba fundamentalmente la forma de empréstitos estatales y financiamiento público o parapúblico para infraestructura de transporte, el grueso de la exportación de capitales en la actualidad adoptó la forma de capitales para la producción. Esta forma de exportación de capital “penetrando los antiguos espacios sociales, destruyendo las antiguas relaciones de producción (...)”7, estuvo asociada a la ausencia de condiciones para la acumulación del capital en los antiguos centros industriales y prefiguró la actual estructura productiva norteamericana. El resultado de un proceso de deslocalización del capital hacia países de mano de obra extremadamente barata que inauguró la “era Wal-Mart”8, se combina ahora con la sobrecapacidad forjada por la burbuja inmobiliaria y del crédito que siguieron a la crisis del 2001. A estos factores se agrega la tendencia al desendeudamiento de los hogares norteamericanos y las señales de agotamiento del “modelo exportador” chino. La propia lógica de “mundialización productiva” del capital con las consecuencias que acarreó sobre la economía norteamericana, aparece hoy como una nueva barrera a la acumulación ampliada y un límite para la efectividad de los estímulos monetarios sobre la economía real.

¿Hacia un retiro de las medidas de flexibilización cuantitativa? Se implementaron hasta ahora tres rondas de flexibilización cuantitativa desde 2008 y ante cada retiro, la economía comenzó a mostrar peores guarismos lo cual siempre acabó en una nueva flexibilización. Pero las consecuencias de la contradicción entre expansión monetaria y baja inversión productiva, repercuten ahora sobre la propia efectividad de las medidas ya que gran parte del dinero fluye hacia la bolsa y los mercados de commodities, incrementando los precios de las acciones y de las materias primas. Mientras todos los indicadores de la economía norteamericana señalarían la “inconveniencia” de retirar las medidas monetarias, la Fed, cuyo funcionamiento el economista norteamericano

W. Greider denominó sugestivamente Secrets of the Temple, está buscando el momento oportuno para retirarlas. Hay aquí una contradicción lógica: el discurso oficial asocia el retiro de las medidas a una recuperación sólida de la economía, a una disminución del desempleo por debajo del 7% y a una inflación que supere el 2%. Ninguno de estos factores está en escena. Es de sospechar que la contradicción entre grandes masas de capital dinerario con escasos destinos de inversión que están calentando demasiado la burbuja bursátil, habita los “secretos del templo”. Este asunto coloca a la economía norteamericana entre dos fuegos y el fuego de la burbuja podría estar más cerca de lo sospechado. En este contexto el escenario más probable es un intento de retiro progresivo de los estímulos manteniendo la tasa de interés oficial en los reducidos niveles actuales. Una política tal, dependiendo de su magnitud, amenazaría al crecimiento norteamericano. El valor de los Bonos del Tesoro se contraería elevando la tasa de interés de mercado y el valor del dólar y cambiando al menos en parte el sentido del flujo de capitales que se dirigirían con más vigor hacia Estados Unidos. En consecuencia los precios de las materias primas sufrirían una presión mayor a la baja y el retiro de capitales de muchos países “emergentes” (ya hay síntomas en Brasil), agudizaría las presiones devaluatorias y por tanto inflacionarias complicando la situación de desaceleración de esas economías. Por supuesto el grado en que estos efectos se manifiesten, depende tanto del nivel real del retiro de los estímulos como del estado de los restantes sectores claves de la economía mundial. Pero la concreción de una medida de este tipo estimularía una tendencia convergente hacia un ritmo menor de crecimiento, minimizando las actuales desigualdades. El compás de una tendencia tal depende del grado en que este proceso se desarrolle. Hay que tener en cuenta que es altamente probable que de presentarse una situación demasiado crítica, la Reserva retorne al 100% de los estímulos. No obstante, incluso los “tanteos” pueden poner en coincidencia los fenómenos coyunturales con los estructurales, en un panorama internacional signado por grandes líneas de falla.

Alemania: demasiado débil para dominar, demasiado fuerte para alinearse Desde el principio del estallido de las crisis de endeudamiento estatal en 2010, Ángela Merkel sostiene una política doble. Por un lado un discurso “duro”, expresión de la ambición alemana de imponerse como imperialismo fuerte liderando a Europa. Su concreción le sugeriría una política schumpeteriana (de “destrucción creativa”) sobre los países de la Eurozona en estado crítico, avanzando con un euro fuerte hacia una centralización de capitales. Pero Alemania es demasiado débil y demasiado dependiente de la situación de la zona euro, que a su vez es demasiado crítica, para que esta política sea posible. Y sobre este talón de Aquiles machaca insistentemente Estados Unidos. La política alemana, es en realidad una combinación de inyecciones monetarias (los denominados “rescates”) y planes de austeridad avalados por la Troika9. Lo cierto es que

uno de los factores que contribuyeron al diseño de la coyuntura actual, es en algún modo consecuencia de que Alemania –por necesidad– cedió al menos en parte a las exigencias norteamericanas. La promesa de intervención del BCE en casos críticos y de inyección de liquidez a largo plazo en la Eurozona así como las sucesivas reducciones de la tasa de interés, son síntomas de una subordinación relativa. En parte puede considerarse esta política como resultado de la conjunción del temor a una nueva catástrofe financiera y la disminución del crecimiento alemán como consecuencia, fundamentalmente, de la situación recesiva en la Eurozona. La combinación de esta concesión y la continuidad de los planes de austeridad sobre los países de Europa Meridional e Irlanda, dio por resultado un contexto en el cual el riesgo financiero fue temporalmente apartado del centro de la escena, pero la situación recesiva en el conjunto de la Unión Europea pasó a mostrar síntomas de japonización. Dicho de otro modo, se está instalando en Europa una tendencia al estancamiento de largo plazo que podría eventualmente alternar años de recesión y años de crecimiento muy débil. Lo contradictorio es que si por un lado las medidas de “flexibilización cuantitativa” debilitan al euro y la posición alemana, por el otro, la solución “schumpeteriana” implicaría quiebra de países, una diáspora del euro y un contagio internacional de consecuencias varias veces superiores a la caída de Lehman, cuestión que en última instancia haría aún más débil la posición relativa de Alemania. J. Habermas señala que: “Luego de la fundación del Imperio en 1871, Alemania asumió una posición hegemónica calamitosa y parcial, la cual, en palabras del fallecido historiador Ludwing Dehios, era ‘demasiado débil para dominar el Continente pero demasiado fuerte para alinearse’”10. Señala también que “Gracias a la exitosa unificación europea de posguerra, tanto la Alemania dividida como la Alemania unida evitaron tropezar con el mismo antiguo dilema”11. Pero se pregunta si la situación de Alemania no está cambiando nuevamente luego de las catastróficas consecuencias de su poderío a lo largo del siglo XX. Y la situación de Alemania efectivamente está mutando porque la crisis de 2008/9 puso de manifiesto el agotamiento de las condiciones que le permitieron salir de la crisis del ‘70 y emerger como potencia exportadora. Proceso que tiene múltiples antecedentes, como la deslocalización industrial durante años hacia países asiáticos, luego hacia la absorbida RDA y los restantes países de Europa del Este –con la consecuente degradación de conquistas de los trabajadores alemanes– y la conformación de la Unión Europea y la Eurozona. La crisis de la división del trabajo establecida al interior de la zona euro que se puso de manifiesto a partir de 2008/9, se tradujo en un límite a la expansión alemana que vuelve a ponerla en una condición en la que es demasiado débil para dominar a Europa, pero demasiado fuerte para subordinarse a un Estados Unidos declinante. Sin embargo este proceso se hace más crítico y más elástico debido a que la internacionalización del capital financiero y la relativa mundialización del


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capital productivo, retrasan el desarrollo de políticas nacionales independientes. En todo caso, a esta altura parece un dato a tener en cuenta el hecho de que una debilidad mayor de Alemania –dentro de ciertos límites– así como el riesgo potencial de la desaparición del euro, más allá del doble discurso y de su estrategia, tiende a impulsarla hacia una relativa subordinación.

Los dilemas de la desaceleración de la economía china La economía china se encuentra en proceso de desaceleración habiéndose reducido su crecimiento desde tasas de dos dígitos al actual pronóstico que orilla el 7,5%, el ritmo más lento de expansión desde el año 1990. Con una inversión de capital fijo que ronda el 50% del PBI incluyendo una gran inversión estatal en infraestructura, existe en China una pronunciada tendencia a la sobreacumulación de capitales. El auge del crédito de los gobiernos y prestamistas locales que contribuye a sostener el crecimiento, genera a su vez una fuerte acumulación de deuda y agudas presiones sobre el sistema financiero. Estos elementos que se ponen de manifiesto ya sea como tendencias o como elementos actuantes en la coyuntura, son expresión de los límites estructurales que el “modelo exportador” chino –basado en una particular “división del trabajo” establecida con Estados Unidos–, enfrenta desde el estallido de la crisis de 2008/9. En este contexto la reconversión de China hacia el mercado interno es una tesis que ya lleva varios años y está muy asociada a las distintas alas de la burocracia más o menos ligadas al capital extranjero. Dicha reconversión como “modelo alternativo” (sin negar incrementos del consumo interno que ya están produciéndose) permanece un proceso de improbable ejecución –al menos sin grandes convulsiones internas y externas– debido a que implicaría un incremento sustancial de los salarios que, aún habiendo aumentado durante los últimos años, continúan siendo la ventaja comparativa más importante de China. La gran incógnita reside en la forma de manifestación de esos elementos estructurales que va a marcar el ritmo al cual el proceso de desaceleración de la economía china tenga lugar y que puede prefigurar en el mediano plazo escenarios internacionales muy diversos. En este contexto se puede definir que el ritmo de la desaceleración china está asociado fundamentalmente a dos factores. El primero es el crecimiento de Estados Unidos, cuestión que nos remite nuevamente al principio. El segundo está dado por las medidas de estímulo interno del propio gobierno chino. En última instancia fue la combinación del reanimamiento norteamericano luego de la caída 2008/9 y el gigantesco plan de estímulo fiscal en 2008, lo que le permitió a China retornar a tasas de crecimiento de dos dígitos en 2010, convirtiéndose en una contratendencia fundamental a la crisis económica internacional. Según los últimos datos disponibles la desaceleración de China sería en el presente año, menor a la esperada. Que esta tendencia se mantenga o se revierta, depende en gran parte –aunque no de manera lineal– de la perspectiva de

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“ La gran incógnita reside en la forma de manifestación de esos elementos estructurales que va a marcar el ritmo al cual el proceso de desaceleración de la economía china tenga lugar y que puede prefigurar en el mediano plazo escenarios internacionales muy diversos.

la economía norteamericana. Sin ser su intención inmediata, el gobierno chino estaría preparado para actuar con poderosas medidas estatales si la crisis se agudizara demasiado. Pero es difícil suponer que dichas medidas resulten exitosas si van acompañadas de una caída abrupta de las exportaciones.

actual en el que probablemente se acelerarían las tendencias al proteccionismo y a la formación de bloques económicos así como las tensiones geopolíticas, dando nuevas formas a una lucha de clases casi con seguridad más aguda.

Breve reflexión final La continuidad de un escenario de crecimiento débil con desigualdades como el actual, en tanto el riesgo financiero esté relativamente fuera de escena y dadas las fallas estructurales, no necesariamente prefigura una situación poco convulsiva. Si el “momento Lehman” que implicó una pérdida de control por parte de la burguesía, supuso tendencias defensivas hacia una mayor coordinación de las políticas estatales, la continuidad de la situación actual podría acelerar reposicionamientos y políticas tendientes a la formación de bloques comerciales12 en el marco de crecientes tensiones geopolíticas como se está viendo hoy en torno a Siria. A su vez los elementos estructurales que en muchos países13 se manifiestan como desaceleración o como elementos de fin de ciclo, en ausencia de crisis económicas catastróficas, dan lugar al reanimamiento político de amplios sectores de masas, observándose en muchos casos episodios iniciales de retorno a escena de la clase obrera. Aunque no pueden descartarse como segunda posibilidad nuevos estallidos financieros, una tercera posibilidad podría estar dada por el hipotético caso de una convergencia hacia un crecimiento mundial extremadamente débil, cercano al estancamiento, aunque sin colapso financiero. Una situación tal no plantearía necesariamente una mayor cooperación interestatal. Se trataría en realidad de un escenario económico mucho más crítico que el

1  Crisis que empieza a dar signos de reversión como puede verse desde Sudáfrica, Túnez o Egipto –más allá de la compleja situación en curso (ver artículo al respecto en esta misma edición)–, hasta América Latina. 2  Banco Central Europeo. 3 Acrónimo de Quatitative Easing. Puede traducirse como flexibilización cuantitativa y es la operación mediante la cual la Fed inyecta dinero en la economía, recomprando Bonos del Tesoro. 4  El promedio de décadas anteriores ronda el 3,3% y se calcula que sería necesaria una tasa de crecimiento del 5% anual para recuperar el nivel de la economía previo a la crisis. 5 Duncan, R., “¿Una nueva depresión mundial?”, New Left Review 77, septiembre-octubre 2012. 6 Johsua, I., Une trayectoire du capital, París, Éditions Syllepse, 2006, p. 140. 7  Ibídem, p. 132. 8  Sistema de ventas basado en importaciones baratas desde China que contribuye a perpetuar la desindustrialización reduciendo el valor de la fuerza de trabajo norteamericana. 9  Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario internacional. 10  J. Habermas, “Merkel’s european failure: Germany dozes on a volcano”, Spiegel on line International, 9/8/13. 11 Ídem 12  El creciente interés norteamericano por la Alianza del Pacífico en Latinoamérica o las iniciales negociaciones del Tratado Transatlántico con la UE, son algunos síntomas. 13  Como en Brasil, Bolivia, Chile o Turquía.


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“Enfrentamos un escenario de estanflación, deflación, persistente desempleo” Anwar Shaikh, economista político de origen pakistaní residente en los EE. UU., comparte sus opiniones sobre las raíces que explican la crisis iniciada con el crack de Lehman Brothers en 2008 y las perspectivas. IdZ: ¿Cómo ve el panorama de la economía norteamericana y mundial cinco años después de la quiebra de Lehman Brothers? Lo primero en lo que quiero hacer énfasis es que la Gran Depresión que estamos atravesando, la que llamo la primer Gran Depresión del siglo XXI, está siguiendo los tiempos previsibles. Es decir, que no es un hecho anómalo o inusual sino bastante normal. Y está conducido por la dinámica interna del sistema. El segundo punto es que resulta impresionante lo importante que ha sido la intervención estatal para mantener a flote el capitalismo. Al contrario de la ideología del libre mercado, en la práctica el gobierno ha sido completamente crucial para mantener a los mercados financieros en funcionamiento y evitar que los grandes jugadores colapsaran. Pero la consecuencia es que se mantiene el sistema a flote sobre un mar de dinero impreso y prestado. El tercer punto es que es igualmente llamativo que el desempleo no haya sido tratado de igual forma. El entusiasmo por mantener en crecimiento el capital de las finanzas y los mercados de activos, contrasta con un esfuerzo muy limitado para reducir el desempleo. Y eso, en mi opinión, es porque juega un rol positivo desde el punto de vista del sistema, ya que mantiene los salarios retraídos en relación con la productividad, lo que incentiva la rentabilidad. Lo mismo se ve en Europa y Estados Unidos. En mi opinión hay una malinterpretación: la gente cree que es algo que los funcionarios y reguladores no logran comprender. Yo creo que lo comprenden muy bien, solo que pueden estar dispuestos a correr el riesgo de que se desencadene completamente una depresión profunda, si eso redujera los salarios y generara un quiebre en el Estado de bienestar, en los sindicados y en todas esas cosas que son trabas desde su punto de vista. IdZ: ¿Cuál diría que es la situación de los EE. UU. en lo que respecta a los indicadores de rentabilidad? Los balances corporativos muestran que la tasa de ganancia aumentó en los últimos años, y

sin embargo la inversión sigue retraída. Creo que está relacionado con lo que acaba de plantear. Antes que nada, insisto, la cuestión no es solamente la situación poscrisis sino también el momento anterior, fundamental para dar lugar a la crisis. Lo que he comprobado es que la tasa de ganancia cayó de forma bastante pronunciada entre 1947 y 1980, el momento en el que comenzaron la administración de Reagan y las políticas neoliberales. El efecto de esas políticas fue reducir el crecimiento de los salarios en relación con la productividad, en los tradicionales términos marxistas, aumentar la tasa de plusvalor. Eso

Anwar Shaikh Enseña en la New School for Social Research. Economista político, tiene una prolífica producción en diversas áreas, criticando las teorías del crecimiento, el crédito y los precios neoclásicas, así como las neokeynesianas. Ha realizado importantes contribuciones a la teoría marxista, como el desarrollo de una crítica a la teoría del comercio internacional basado en las ventajas comparativas desde los postulados de la teoría del valor trabajo. Ha publicado entre otros libros Valor, acumulación y crisis y Teorías del comercio internacional. En su sitio web es posible acceder a muchos de sus trabajos http://homepage.newschool.du/~AShaikh/.

permitió que la tasa de ganancia se mantuviera estancada, o incluso que se recuperara ligeramente. Podemos decir que esas políticas tuvieron un efecto muy positivo desde el punto de vista de la rentabilidad que fue detener la caída en la tasa de ganancia. Pero la acumulación no depende solo de la tasa de ganancia. Depende de la tasa de interés, ya que es la diferencia entre la tasa de ganancia y la tasa de interés la que incentiva la inversión. El mismo argumento de que la inversión depende de la diferencia entre la tasa de ganancia y la tasa de interés está en Marx, Keynes, y en toda la teoría económica. Y lo que es muy importante entender aquí es que la tasa de interés también fue reducida de forma acentuada desde los años ‘80 hasta el presente. Esta caída tuvo un efecto marcadamente positivo en la tasa de ganancia neta, en la diferencia entre la tasa de ganancia y la porción que va a pagar intereses. Hizo que aumentara notoriamente, tanto que hubo un boom de inversiones, pero no tanto de inversión real como de inversión financiera. Esto se debe a que, al hacer caer el costo del capital se permitió que este fluyera por todo el mundo con bajos costos, y eso significa que la inversión en las economías centrales no fue tan sólida como lo hubiera sido de otro modo ya que el capital se dirigió al extranjero, y también a los activos financieros de distinto tipo, la especulación con terrenos, etc... Así que tenemos estos booms de las “punto com”, el boom de los bienes raíces, y de los más diversos tipos de activos financieros. Es posible entonces explicar por qué la inversión real no aumentó tanto, ya que la tasa de ganancia solo permaneció moderadamente estancada, al mismo tiempo que la inversión financiera y el capital en las finanzas registraron un crecimiento formidable.


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IdZ: Políticas como la “relajación cuantitativa” [QE, por sus siglas en inglés, Quantitative Easing] aplicadas luego de la crisis, y más en general las masivas inyecciones de liquidez en todo el mundo, han tenido este mismo efecto de alimentar la valorización en la esfera financiera y no la inversión real. Correcto. Incluso antes de la crisis la tasa de interés estaba muy baja, ya que desde los años ‘80 se observa una tendencia descendente de la misma. Eso generó un gran boom. En cierta medida falso, ya que se logró mediante un descenso en las tasas de interés. Pero fue un boom, es decir, generó aumentos de empleo, disminución de la tasa de desocupación, también una enorme actividad especulativa como ya he señalado. Pero cuando golpea la crisis, ese límite ya se había alcanzado, no hay cómo seguir avanzando con la tasa de interés porque ya estaba prácticamente en la zona de la trampa de liquidez keynesiana1. Así que el giro del gobierno, al menos en EE. UU., fue intentar bajar la tasa de interés de largo plazo. Esta también había caído, pero menos que la de corto plazo que ya estaba muy baja. Básicamente eso fueron los QE1, QE2 y QE3. Tratar de mantener bajas las tasas de largo plazo, para evitar que la burbuja inmobiliaria colapse por completo. Por supuesto, el efecto es que se mantienen las burbujas. Y la pregunta pasa a ser: ¿qué pasará si los mercados deciden que ya no es posible mantener esta situación y que el Estado ya no es capaz de mantener esta política? Creo que vimos que cuando Bernanke [Ben, presidente de la Reserva Federal, banco central de los EE. UU.] apenas amagó con la posibilidad de discontinuar el QE3, generó una formidable ansiedad en el mercado de bonos, porque por supuesto los valores de los bonos caerían como consecuencia de un probable aumento en la tasa de interés. Incluso aunque la variación fuera muy pequeña. Esto es un signo de la fragilidad del sistema. ¿Cuáles son las alternativas? A EE. UU. parece estar yéndole relativamente bien, a Europa obviamente no. Pero el sistema a nivel global se muestra muy sensible ante la posibilidad de aumentos en las tasas de interés. IdZ: ¿Qué posibilidades hay de que los EE. UU. y Europa eviten la perspectiva de un crecimiento severamente bajo durante varios años? Bueno, para mí no está para nada claro que puedan evitarlo. En mi opinión, el escenario que enfrentamos, como buen escenario, es Japón. Es decir, un panorama de estanflación, deflación, persistente desempleo –aunque cubierto– y nulo

crecimiento. Ese es el escenario bueno. El escenario malo es que los mercados entren en pánico. Ante los intentos de salir de la situación de “supresión” de las tasas de interés, el pánico podría tener lugar de todos modos –incluso en condiciones de seguridad de las tasas de largo plazo– y el gobierno podría no ser capaz de mantener bajo control la tasa de interés, y por lo tanto que empiecen a colapsar las burbujas. Los activos ficticios que tienen los bancos y empresas, los que tenemos como agentes privados –carteras de acciones, fondos de pensión, bienes inmuebles– son todos muy sensibles a un cambio en el humor de los mercados. Algo de esto ya está ocurriendo. Detroit acaba de entrar en quiebra, Grecia está efectivamente quebrada, también Chipre. Considerando todos estos elementos no creo que esté para nada claro que los gobiernos de los diferentes países puedan contener la situación. Así que diría que el mejor escenario pueden ser diez años más, cinco o siete, de estancamiento. El peor escenario sería un quiebre rápido a nivel global y que los mercados financieros comiencen a hundirse. Quisiera poner el énfasis en que cuando considero estos escenarios me estoy manejando en los marcos de las actuales reglas de juego del sistema, es decir, que se prioriza ante todo preservar el mercado de activos, las grandes corporaciones, y olvidarse de los desempleados, los pobres, y demás. Esas reglas pueden cambiar. No veo ningún movimiento en ese sentido en EE. UU., pero es concebible que podría ocurrir en otros países que enfrentan estos problemas más críticamente. IdZ: Y en este “mejor escenario” que prevé, ¿cuáles serían las consecuencias para las llamados “economía emergentes”, que vienen mostrando en tiempos recientes tasas de crecimiento más altas que las economías desarrolladas? Me parece claro que la India y China, los jugadores realmente grandes en el escenario mundial, han llegado a sus límites. Ya no pueden bajar más sus tasas de interés, están teniendo problemas en sostener sus mercados domésticos, las tasas de crecimiento están cayendo... están cayendo a niveles que el resto del mundo estaría feliz de mostrar, pero están cayendo. Y ya hay muchos problemas que se están creando en su seno, que no están siendo capaces de afrontar o están tapando. Así que, insisto, no soy muy optimista sobre el futuro de estos países. Creo que tienen severos problemas con consecuencias políticas. Y en los marcos de las reglas del sistema, están obligados a proteger a las grandes corporaciones y bancos, dado que para eso está el Estado, y no

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creo que este pueda ir más allá de eso. Así que, insisto, los límites son en mi opinión muy importantes. IdZ: ¿Cómo resumiría las ideas básicas del libro que acaba de terminar? El punto central del libro es que la teoría es crucial para poder comprender correctamente lo que hacemos en la práctica. Es necesario que comprendamos de dónde viene la inflación, cómo se determinan las tasas de cambio por la operación de los mercados, cómo se determinan los salarios y la rentabilidad, la tasa de interés, la conexión entre tasa de interés esperada, tasa de ganancia y acumulación, cómo se acumulan las deudas y se generan burbujas. Yo no estoy con la corriente neoclásica, que cree que el sistema puede ser representado en términos de mercados perfectos e información perfecta y demás, ni con la corriente opuesta, en la que están recayendo ahora varios neoclásicos, que sostiene la noción de competencia imperfecta e información imperfecta. Yo creo que esa es una trampa. Estás entrampado en pensar el mundo en términos de perfecto o imperfecto de forma excluyente. Yo vengo de una tradición más antigua que se remonta a Smith, Ricardo y Marx, incluyendo en cierta medida a Malthus, Mills e incluso Keynes, la cual plantea que existe una dinámica de competencia real que opera con sus propios principios y leyes, que es muy turbulenta y logra su balance teniendo mucho de un lado y poco del otro, mediante excesos y faltantes. Se puede desarrollar una macrodinámica para predecir estos movimientos. El propósito de mi libro es mostrar que se pueden explicar las principales cuestiones que deben afrontar los economistas, el comportamiento microeconómico, las curvas de consumo, los precios relativos, las tasas de cambio, las tasas de interés, la dinámica de la rentabilidad, la de la demanda efectiva, del desempleo, de la inflación. Mi libro representa un intento de mostrar que se pueden tratar todos estos elementos de forma unitaria sin tener que apoyarse en la competencia perfecta o el equilibrio general, pero mostrando que se los puede considerar de forma teórica. Así que la mitad de mi libro es un intento de desarrollar un equivalente moderno de la economía política clásica, incluyendo la teoría de Keynes allí, y la otra mitad se centra en mostrar que esto no es un ejercicio meramente teórico. Busca mostrar la importancia del análisis teórico del mundo en que vivimos.

Entrevistó y tradujo: Esteban Mercatante.

“ Al contrario de la ideología del libre mercado, en la práctica el gobierno ha sido completamente crucial para mantener a los mercados financieros en funcionamiento y evitar que los grandes jugadores colapsaran. Pero la consecuencia es que se mantiene el sistema a flote sobre un mar de dinero impreso y prestado.

1 Keynes definía que la trampa de liquidez se produce cuando se alcanza un nivel de tasa de interés tan bajo y la disposición de los agentes económicos a conservar efectivo es tran grande, que la política monetaria pierde su efectividad para actuar sobre la situación económica [N. de R.].


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Respuestas teóricas a la crisis Claudio Katz Economista, investigador, profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). La reciente conformación de la Sociedad de Economía Crítica (SEC) consolida un ámbito de cuestionamiento a las concepciones predominantes en el pensamiento económico. El nuevo organismo ha coronado varios años de jornadas de investigación, actividades con movimientos sociales y confluencias latinoamericanas. En el lanzamiento de la SEC se discutió intensamente el impacto de la crisis global sobre las teorías contemporáneas1. Esa turbulencia mantiene estancadas a las economías centrales. En Europa se destruyen conquistas históricas de los trabajadores, mediante pactos fiscales regresivos de unificación continental. En Estados Unidos las clases dominantes han combinado la retracción salarial interna, con una gigantesca emisión de dólares para exportar la crisis. Japón continúa languideciendo frente a rivales asiáticos, que reproducen con mayor éxito su propio modelo. Sólo el continuado crecimiento de China contuvo la transformación de una fuerte recesión en depresión general. Pero ese contrapeso afronta severas limitaciones, dadas las crecientes dificultades de China para consumar un giro hacia el mercado interno, sin perder competitividad internacional. Otras economías intermedias han crecido en forma coyuntural, tanto por la recepción de la liquidez internacional sobrante, como por la significativa valorización de las materias primas. Ese encarecimiento de las exportaciones básicas explica el respiro que logró América Latina, a pesar del vulnerable modelo imperante. Este esquema se asienta en la agro-exportación, la minería a cielo abierto, las maquiladoras, el

turismo y las remesas. Recrea la vieja inserción dependiente en el mercado mundial, consolida la desigualdad y enriquece a nuevos grupos locales asociados con el capital extranjero. ¿Cuáles son las principales interpretaciones teóricas de este nuevo escenario mundial y regional? Los neoliberales se han vuelto más pragmáticos. Justifican sin sonrojarse todos los socorros estatales que contrarían sus prédicas a favor de la competencia y el riesgo. En Latinoamérica se olvidaron de los elogios a España o Irlanda y ahora prefieren ensalzar los Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos. Reivindican a los países embarcados en el extractivismo, haciendo malabarismos para demostrar las “ventajas comparativas” que aportaría esa depredación de recursos naturales. Por su parte, los keynesianos de la heterodoxia conservadora atribuyen todos los problemas de la economía global a la desregulación financiera, y esperan resolverlos con mayor supervisión bancaria. Pero olvidan la abundancia de reglas que no se aplican por el simple veto de los financistas. Como idealizan las regulaciones, suelen desconocer que la especulación es una actividad constitutiva y no opcional del capitalismo. Esta corriente reconoce las fragilidades del modelo imperante en América Latina, pero apuesta a corregirlo mediante intervenciones del Estado. Nunca explican cómo se podría gestionar adecuadamente un esquema tan inconveniente. Afrontan la misma contradicción, cuando buscan compatibilizar el extractivismo con la industrialización o el aumento de los beneficios empresarios con la mejora del nivel de vida popular. Finalmente existe una tercera respuesta conceptual en el seno de la economía crítica, que subraya el carácter capitalista de la crisis actual. Remarca la variedad de desequilibrios intrínsecos que

genera un sistema de competencia por beneficios surgidos de la explotación. En ese ámbito han resurgido las concepciones marxistas que explican la crisis actual por contradicciones localizadas en el sub-consumo, la financierización, la sobreproducción o la caída de la tasa de ganancia. Algunos autores ponen el acento en la obstrucción de la demanda que suscita el reemplazo de una norma de consumo estable por modalidades de compra más inciertas. Otros pensadores resaltan la sobre-acumulación de capitales que acompaña la expansión de la titularización y los derivados. Hay teorías que remarcan la multiplicación de los excedentes generados por la nueva competencia global y explicaciones basadas en el declive porcentual de la tasa de ganancia, que impone las inversiones sin empleo de la mundialización neoliberal2. Todas estas visiones aportan fundamentos teóricos para indagar el nuevo patrón de reproducción dependiente de la economía latinoamericana. Al situar los desequilibrios de nuestra región en el traumático marco del capitalismo global, contribuyen a superar las miradas afectadas por la estrechez localista. La renovación de la economía marxista está creando un polo de atracción frente al descontento existente con la ortodoxia neoclásica y la heterodoxia convencional. Un apasionante horizonte de estudios comienza a vislumbrarse, para encontrar nuevas respuestas a los viejos problemas. Página web del autor: www.lahaine.org/katz. 1 Ver: Martín Kalos, “Nace la Sociedad de Economía Crítica”, ANRed, 10/06/13 (www.anred.org); www.jornadaseconomiacritica.blogspot.com. 2  Un análisis detallado en Katz, Claudio, “Interpretaciones de la crisis”, La crisis capitalista mundial y América Latina, Buenos Aires, CLACSO, 2012.


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izquierda y populismo en américa latina En esta sección abierta presentamos un contrapunto sobre los cambios políticos que atravesaron el continente en la última década; dos lecturas polémicas sobre The Resurgence of the Latin American Left. Por un lado, Roberto Gargarella hace una reseña crítica sobre los usos del término “izquierda” en la compilación de Steven Levitsky y Kenneth Roberts. Por otro lado, Matías Maiello y Fernando Rosso analizan las tendencias fundamentales de la década y apuntan qué “izquierda” es necesaria en momentos de declive de los llamados gobiernos “posneoliberales”. La izquierda que no es. Sobre la “nueva izquierda” en América Latina Roberto Gargarella Sociólogo, Doctor en Derecho, profesor de la Escuela de Derecho de la UTDT y de la UBA. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran: The Legal Foundations of Inequality, The Accountability and Democratic Judiciaries in Latin America, Africa, and East Europe.

Breve introducción En este trabajo quiero examinar críticamente el concepto de “izquierda” que se emplea en el libro The Resurgence of the Latin American Left (Levitsky & Roberts 2011), una obra editada por dos de los más importantes latinoamericanistas de nuestro tiempo, Steven Levitsky y Kenneth Roberts. La motivación principal que guía a mi trabajo es la de cuestionar la noción de “izquierda” empleada en el libro que, según entiendo, nos compromete con una concepción teórico-política muy difícil de aceptar. Esta discusión se inscribe en una larga conversación que se ha ido dando en los últimos años, referida al (así llamado) “resurgimiento de la izquierda en América Latina” (Arnson & Perales 2007; Arnson et al 2009; Cameron & Hershberg 2010; Madrid 2011; Panizza 2005). La definición del concepto de “izquierda” que se utiliza en la introducción de The Resurgence of the Latin American Left resulta, si bien elaborada, decepcionante. Ella dice: “(El concepto de) Izquierda refiere a actores políticos que buscan, como un objetivo programático central, reducir las desigualdades económicas y sociales”. Si bien esta es la definición que se reserva para el término “izquierda,” Levitsky y Roberts aclaran luego el significado de lo dicho, con un

párrafo extenso que sigue a continuación de la frase citada, y que resulta mucho más amplio e inclusivo que la definición inicial –llamemos a esta la “definición ampliada”. Dicen ellos, entonces, que: Los partidos de izquierda buscan utilizar la autoridad pública para distribuir la riqueza y/o los ingresos hacia los sectores con menores ingresos, erosionar las jerarquía sociales y fortalecer la voz de los grupos desaventajados en el proceso político. En la arena socioeconómica, las políticas de izquierda procuran combatir las igualdades enraizadas en la competencia de mercado y en la propiedad concentrada, aumentar las oportunidades para las pobres, y proveer de protección social en contra de las inseguridades de mercado. Aunque la Izquierda contemporánea no se opone necesariamente a la propiedad privada o a la competencia de mercado, ella rechaza la idea de que pueda confiarse en las fuerzas no reguladas del mercado para satisfacer las necesidades sociales. En el ámbito político, la Izquierda procura aumentar la participación de los grupos menos privilegiados y erosionar las formas jerárquicas de dominación que marginan a los sectores populares. Históricamente, la Izquierda se ha concentrado en las »


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POLÉMICAS

diferencias de clase, pero muchos partidos de Izquierda, contemporáneamente, han ampliado ese foco para incluir las desigualdades basadas en el género, la raza o la etnia.

Presentada la definición, permítaseme examinarla a partir de sus principales partes componentes.

Objetivo programático: todos los gobiernos son de izquierda Que la definición en torno a cuándo un partido o gobierno es de izquierda gire tan centralmente en torno a si dicho partido ha tomado como “objetivo programático central” reducir las desigualdades sociales y económicas, implica ya un comienzo complicado. El criterio propuesto es impreciso, obviamente engañoso, además de ser a la vez sub-inclusivo y sobre-inclusivo. La definición es sub-inclusiva, porque nos lleva a considerar que un gobierno no es de izquierda, a pesar de haber llevado adelante una práctica consistentemente adecuada a los ideales y valores de izquierda, sólo por el hecho de que, en su plataforma de gobierno original, dichos compromisos no aparecieran explicitado de modo claro. Esta posibilidad resulta en verdad muy esperable a partir de la dinámica generada por sistemas híper-presidencialistas y partidos catch all, como los que distinguen a la Latinoamérica actual. Sin embargo, la definición de “izquierda” propuesta en The Resurgence… nos llevaría a “sancionar” a dicho gobierno no calificándolo como uno de izquierda, en razón de las declaraciones programáticas realizadas antes de su llegada al poder. Lamentablemente, y a la vez, la definición resulta sobre-inclusiva. Y es que se trata de una definición que pone un peso indebido en el aspecto económico de lo que significa ser de izquierda, a la vez que reduce y modera de modo asombroso los que vendrían a ser los principios económicos propios del pensamiento de izquierda (volveremos sobre este punto más adelante). Ser de izquierda ya no requiere abolir la propiedad privada, ni desafiarla de modo significativo, sino sólo trabajar para la reducción de las desigualdades –una exigencia que (por lo que vemos en la práctica que se evalúa en el libro) resulta todavía más devaluada, ya que no va a significar mucho más que conseguir ciertas reducciones en términos de la pobreza existente. Un gobierno que consiga reducir en algo los niveles de pobreza presentes antes de su llegada al poder, ya pasa a calificar como –potencialmente– un gobierno de izquierda. Así presentada, la definición resulta muy hospitalaria para gobiernos y líderes políticos de los más variados. Ello así, al punto de que la misma permite incluir como de izquierda, sin mayores inconvenientes, a gobiernos que nadie consideraría como gobiernos de izquierda, tales como los de Vicente Fox en México (2000-2006); Álvaro Uribe (2000-2010); Alejandro Toledo (2001-2006); o Sebastián Piñera (2010-2014). Notablemente, todos estos presidentes pueden alegar –como lo han hecho– que su gestión de gobierno ha permitido reducir los altos índices de pobreza registrados en sus respectivos países, antes de su llegada.

Todos los líderes citados cuentan con estadísticas que les permiten realizar, con algún grado de sensatez, afirmaciones auto-elogiosas en términos de lucha contra las desigualdades sociales existentes. Levitsky y Roberts podrían objetar lo dicho señalando que no todos los gobiernos citados tenían un compromiso programático con la igualdad. Pero ello tampoco es cierto. Cualquiera de los partidos mencionados (y que muchos consideraríamos de derecha) incluía en un lugar relevante, dentro de su plataforma, objetivos fuertemente igualitarios. El partido de Alejandro Toledo prometía, entre sus nueve objetivos centrales, el de “eliminar la pobreza extrema y la desigualdad”; Uribe incluyó en su plan de acción inicial consideraciones muy claras referidas a los males generados por la pobreza extrema y la desigualdad, llegando a declarar una “guerra” directa contra la primera (algo significativo en un gobierno empeñado utilizar metáforas bélicas); Fox aseguró que sus prioridades estarían encabezadas por objetivos como el de reducir la pobreza; y Piñera se comprometió a luchar prioritariamente por terminar con la “pobreza dura”. En definitiva, lo que nos queda es la decepcionante conclusión según la cual, desde el 2000, básicamente todos los gobiernos latinoamericanos han sido de izquierda, lo cual significa vaciar de contenido al término “izquierda” y, por tanto, no afirmar nada más que una tautología.

Economía: propiedad privada y reformas de mercado en el proyecto de izquierda Concentremos ahora nuestra atención en el contenido económico de la definición de “izquierda” utilizada por Levitsky y Roberts. Pensemos entonces en el contenido económico que podríamos considerar propio de una definición aceptable del término “izquierda,” para luego compararlo con el contenido que se le atribuye en el libro. Comencemos, por caso, por Karl Marx. En El Manifiesto Comunista hay una frase que ya es clásica, a través de la cual Marx propone sintetizar su visión sobre el tema. Allí se dice que “la teoría de los Comunistas puede ser resumida en una sola frase: Abolición de la propiedad privada”. Si tomáramos la definición y, sobre todo, el desarrollo que hacen de la idea de “izquierda” los autores convocados en The Resurgence…, nos encontraríamos con que esa sola línea marxista es ya por completo ajena al entendimiento que hacen todos los académicos invitados sobre lo que significa y ha venido significando ser de izquierda en América Latina. Ocurre que ninguno de los gobiernos que en la obra se consideran de izquierda ha abolido la propiedad privada. Lo que es mucho peor, ninguno de tales gobiernos se ha planteado dicho objetivo como un ideal regulativo; ninguno lo ha escrito en sus textos de propaganda ni lo ha hecho figurar en sus plataformas electorales. Las cosas no son tan diferentes si dejamos al comunismo y a Marx de lado, para utilizar, por caso, una definición más o menos común sobre lo que es el socialismo. Al mismo se lo ha podido definir, razonablemente, como “la doctrina según la cual la propiedad y control de los medios de producción –capital, tierra o propiedad–

debe estar en manos de la comunidad como un todo, y administrada en el interés de todos”. Si tomamos en cuenta esta definición, nuevamente, nada de lo que ha ocurrido en América Latina en los últimos años se parece a ello, ni lejanamente. La pregunta que uno se hace entonces, es la siguiente: si no nos queda, para la izquierda como proyecto económico, un cuestionamiento fuerte a la propiedad, ¿qué es lo que nos queda? Obviamente, uno podría –debería– responder, nos queda un cuestionamiento fuerte a las políticas de mercado, y su reemplazo por otras políticas que no pongan su centro en el mercado. Pero no. Estamos también muy lejos de ello. Dicen Levitsky y Roberts en las conclusiones del libro: Contra algunas expectativas provenientes tanto de la izquierda como de la derecha, los nuevos gobiernos de izquierda no enterraron el modelo de mercado. De hecho, y conforme a estándares históricos, las reformas socioeconómicas introducidas por los gobiernos de izquierda contemporáneos han sido bastante modestas. En la mayoría de los países de la región, los rasgos centrales del modelo de mercado, incluyendo a la propiedad privada, el libre mercado y la apertura a las inversiones extranjeras, permanecen intactos (Levitsky & Roberts 2011: 413, 415).

En definitiva, lo que vemos es que, según The Resurgence…, los gobiernos latinoamericanos de izquierda nos refieren a administraciones que han contribuido al fortalecimiento, o al menos la continuidad –antes que el socavamiento– de las viejas políticas “neoliberales”, que alientan la concentración económica, y se basan en el respeto a la propiedad privada, el apoyo a la inversión extranjera, y las protecciones al libre mercado.

Política: conviviendo con la concentración del poder político La propuesta de los autores presenta, en este respecto, otro problema serio: ¿de qué modo considerar de izquierda a regímenes híper-presidencialistas, de autoridad concentrada y baja participación popular autónoma? La dificultad del caso resulta particularmente evidente cuando The Resurgence… incluye artículos como el de Benjamin Goldfrank, que dejan en claro la falta de compromiso de la “nueva izquierda” regional, en términos de participación política. Goldfrank concluye su estudio sosteniendo que: En los términos establecidos por los editores de este volumen, ninguno de estos casos de gobiernos de izquierda puede considerarse como implicando orientaciones radical democráticas a nivel nacional… Los intentos de profundizar la democracia en América Latina se encuentran en la actualidad limitados tanto por los defensores de las instituciones representativas, que resisten la introducción de instituciones participativas, como por aquellos más plebiscitarios, cuyos esfuerzos por controlar la participación terminan socavando tanto la democracia participativa como la representativa (Goldfrank 2011: 182-3).


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En definitiva, resulta difícil entender por qué es que, a la luz de evidencias como las que presenta Goldfrank a lo largo de su artículo, los editores y los distintos autores de la obra (incluyendo al propio Goldfrank) siguen hablando de gobiernos de izquierda en América Latina. De mi parte, me interesa defender una visión de la izquierda que, al mismo tiempo (y contra lo que se asume en el texto de Levitsky y Roberts), subraye la importancia de la democracia económica y la democracia política (o, en otros términos, critique tanto la concentración del poder económico como la concentración del poder político). Esta definición alternativa del término “izquierda” (definición que aquí simplemente propongo, sin intentar defenderla en detalle –tarea que dejaría para otra oportunidad) se vincula mejor, según diré, con los ideales y tradiciones del pensamiento de izquierda. El hecho de que la definición de “izquierda” utilizada en The Resurgence of the Latin American Left sea una definición esencialmente económica, para la cual la concentración del poder político no representa un problema, resulta particularmente curioso, a la luz de la tradición de la izquierda occidental, y sobre todo teniendo en cuenta lo que podríamos llamar la “primera izquierda” latinoamericana. Y es que, desde sus orígenes, y al menos hasta bien entrado el siglo XX, las fuerzas más contestatarias, radicales, igualitarias, de la política latinoamericana, fueron consistentemente defensoras de la democracia política, una defensa que llevaron siempre de la mano de sus reclamos por la democracia económica. A través de sus reclamos por la democracia política, dichas fuerzas de avanzada mostraron su oposición al proyecto político conservador –un proyecto verticalista, de autoridad concentrada– que tanto peso adquiriera en los años que siguieron a la independencia. Mientras tanto, a través de sus reclamos por la democracia económica, ellas se presentaron, fundamentalmente, en oposición al proyecto económico liberal, caracterizado por su anti-estatismo, su defensa de la libertad y la desregulación económicas, su complacencia frente a la concentración económica, y su descuido de la cuestión social. Como ejemplos relevantes en dicho recorrido, podrían mencionarse las tempranas medidas dispuestas por el uruguayo José Gervasio Artigas, combinando iniciativas asambleístas con disposiciones económicas fuertemente igualitarias (reflejadas, por caso, en su notable Reglamento Provisorio); los discursos asociacionistas y favorables a la democratización de la propiedad, de políticos como Juan Montalvo, en Ecuador; o las notables demandas democratizadoras aparecidas en México desde el momento mismo de la lucha independentista –comenzando por los reclamos por la tierra de los “curas revolucionarios”, Miguel Hidalgo y José María Morelos, hasta llegar a las exigencias de democratización política y repartición de la tierra avanzadas por el liberalismo radical mexicano, en la Convención Constituyente de 1857 (Gargarella 2013). Nadie resumió mejor este doble compromiso radical, a favor de la democratización política y

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“Lo que nos queda es la decepcionante conclusión según la cual, desde el 2000, básicamente todos los gobiernos latinoamericanos han sido de izquierda, lo cual significa vaciar de contenido al término “izquierda” y, por tanto, no afirmar nada más que una tautología.

” económica, que el político colombiano Murillo Toro, cuando dijo: Toda reforma política debe tener por objeto una reforma económica, y si antes de querer realizar ésta planteamos aquella, corremos el riesgo no sólo de trabajar estérilmente, sino de desacreditar a los ojos del pueblo que no discute, el principio que queremos ver en obra... las formas políticas no valen nada si no han de acompañarse de una reconstrucción radical del estado social por medio del impuesto, y de la constitución de la propiedad de los frutos del trabajo. ¿Qué quiere decir el sufragio universal y directo aunque sea secreto en una sociedad en que [muchos de los votantes] no tienen la subsistencia asegurada y dependan por ella de uno solo?

Murillo Toro dejaba en claro, de ese modo, que el cambio en pos de una sociedad más igualitaria requería radicalizar los cambios políticos realizados, duplicando la apuesta: la democracia política debía pasar a acompañarse con cambios dirigidos a asegurar la democracia económica, esto es, las bases materiales del cambio político propuesto. Dicho lo anterior, quisiera resaltar de modo especial la forma en que estos primeros radicales tradujeron sus reclamos por la democratización de la política en demandas decididamente anti-presidencialistas, incondicionalmente críticas de la concentración de la autoridad. El punto es especialmente notable, sobre todo cuando pensamos la cuestión desde el siglo XXI, y vemos la facilidad con que se asocia a la izquierda con la defensa de gobiernos de autoridad concentrada. Lo cierto es que, desde su propio nacimiento en América Latina, el pensamiento más radicalizado de la región se mostró inequívocamente contrario a esa concentración del poder y defendió la democracia política –y así una postura claramente anti-presidencialista– antes que la verticalidad política.

Conclusión: un concepto renovado, que debe ser resistido A lo largo de este trabajo, presenté objeciones a la definición del término “izquierda” que se ofrece en The Resurgence… a partir de una diversidad de razones. La principal ventaja de la definición que utilizan los autores es que recoge ciertos usos habituales, muy extendidos, del lenguaje común. La gran desventaja es que, además de imprecisa, la definición permite que se

acomoden dentro del campo de la izquierda algunos gobiernos que –tal como los autores reconocen a lo largo de la obra– no desafían la propiedad privada; no van hacia el socialismo; no pueden considerarse siquiera socialdemócratas; no generan relaciones más igualitarias; concentran el poder; no democratizan la sociedad; asumen comportamientos autoritarios; persiguen a minorías; y para peor tienen poco que ver con la tradición de los partidos y programas de la izquierda, y muy poco en común con la historia del radicalismo político latinoamericano.

Bibliografía Arnold, J. & Samuels, D. (2011): “Public Opinion and Latin America’s Left Turn” en S. Levitsky & K. Roberts (eds.), The Resurgence of the Latin American Left, Baltimore: The John Hopkins University Press. Arnson, C. et al (2009): La “Nueva Izquierda” en América Latina: Derechos Humanos, Participación Política y Sociedad Civil, Woodrow Wilson International Center for Scholars. Arnson, C. & Perales, J. (2007): The “New Left” and Democratic Governance in Latin America, Woodrow Wilson International Center for Scholars. Cameron, M. (2009): “Latin America’s Left Turns: beyond good and bad”, Third World Quarterly vol. 30, N. 2, 331-348. Cameron, M. & Hershberg, E. (2010): Latin America’s Left Turns, Boulder, Lynne Rienner Publishers. Gargarella, R. (2013): Latin American Constitutionalism, 1810-2010, Oxford: Oxford University Press. Goldfrank, B. (2011): “The Left and Participatory Democracy. Brazil, Uruguay, and Venezuela” en S. Levitsky & K. Roberts (eds.), The Resurgence of the Latin American Left, Baltimore: The John Hopkins University Press. Levitsky, S. & Roberts, K. (eds.) (2011): The Resurgence of the Latin American Left, The John Hopkins University Press. Madrid, R. (2011): “The Origins of the Two Lefts in Latin America,” Political Science Quarterly vol. 5, N. 4, 587-609. Panizza, F. (2005): “The Social Democratisation of the Latin American Left,” Revista Europea de Estudios Latinoamericanos y del Caribe 79, Octubre, 95-103.


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¿Qué clase de izquierda?

Matías Maiello Sociólogo, Instituto de Pensamiento socialista Karl Marx. Fernando Rosso Comité de redacción. El libro The Resurgence of the Latin American Left (El resurgimiento de la izquierda latinoamericana), una recopilación de trabajos dirigidos por Steven Levitsky y Kenneth Roberts, analiza lo que llama el “giro a izquierda” en Latinoamérica producido a finales del siglo pasado y comienzos del actual. Definen las transformaciones de la izquierda contemporánea producidas bajo el reinado de la llamada etapa “neoliberal” y en los años siguientes; y afirman que la izquierda actual se caracteriza esencialmente porque tiene “como objetivo programático central reducir las desigualdades económicas y sociales”. Es verdad que, como critica Roberto Gargarella en este mismo número de Ideas de Izquierda, podría leerse esta limitada definición como una “capitulación conceptual” que remite a una noción abstracta que daría por resultado un reguero de gobiernos de izquierda en la región. Ahora bien, nuestra pregunta: ¿Se puede discutir “izquierda” y “derecha”, o la propia evolución política de los países de la región, sin tomar como coordenadas la acción de las masas –en especial de la clase trabajadora– y del imperialismo?

La política sin (lucha de) clases El límite central del análisis de Levitsky y Roberts está en su lectura circular de los procesos políticos. Hechos que son relevantes para entender los giros del último período, como las crisis económicas o financieras, el retroceso del movimiento obrero, la caída de la URSS y el mal llamado “socialismo real” o la pobreza estructural; aparecen enumerados en el texto, pero cuando se estructura la explicación de conjunto recaen en un análisis “politicista” de los cambios en las formas de gobiernos y regímenes. Tomando como un hecho dado el fortalecimiento de la democracia, la tesis central de Levistsky y Roberts es que las variaciones entre las orientaciones de los gobiernos que llaman “de izquierda” y los distintos regímenes políticos tienen su explicación esencial en la trayectoria de los partidos y en su forma de acceso al poder. Ante la pregunta “¿Por qué Venezuela produce un Chávez y Chile un Lagos?”, su explicación remite a que “la variación en la política de izquierda y las orientaciones del régimen está enraizada en las vías hacia el poder de los partidos”1. Es decir, una forma de régimen o de gobierno se

explica por otra forma, la del partido o movimiento. Los autores encuentran las causas en las consecuencias y dejan sin explicar el proceso de conjunto porque aunque las superestructuras “ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos casos, su forma”2; las formas no se explican a sí mismas, sin entender el curso general de las luchas históricas. Los regímenes políticos –que son la forma del Estado–, son el producto de las cristalizaciones en equilibrios más o menos inestables de las relaciones de fuerzas entre las clases; y la actividad de las clases tiene como determinación en última instancia las tendencias de la economía. La política, que tiene su relativa autonomía, no puede independizarse de estas relaciones estructurales, de las que es expresión más o menos distorsionada en el terreno superestructural. Este método marxista general permite comprender las causas profundas de los cambios políticos. En los países dependientes o semicoloniales estas relaciones entre las clases se desarrollan de una manera particular. En su corto exilio mexicano, León Trotsky sistematizó esta particularidad en los países llamados “atrasados”: En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros3.

La estabilidad de la democracia y aceptación por parte de los partidos o movimientos a los que Levitsky y Roberts ubican dentro de la “izquierda” es para los autores una de las condiciones


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de posibilidad de su retorno en Latinoamérica –otras condiciones son las desigualdad social estructural y las crisis económicas–. Pero no explican cuáles son las causas profundas de esta estabilización democrática en un continente que estuvo marcado durante toda su historia por las permanentes rupturas del orden democrático burgués y las frecuentes tendencias a distintos tipos de bonapartismos sui generis. La relativa estabilidad democrática de las últimas décadas se debe menos a una “maduración” cívica o republicana de las sociedades, que a la derrota de los procesos revolucionarios y de aguda lucha de clases producidos en el continente en los años ‘60 y ‘70 del siglo pasado. Son democracias “poscontrarrevolucionarias”4. Como afirmó León Rozitchner para el caso argentino: “la democracia fue abierta desde el terror y no desde el deseo”5. El peso del imperialismo refortalecido durante la etapa “neoliberal” y la debilidad relativa de las burguesías nacionales, se combinó en este período histórico con un debilitamiento subjetivo (y también objetivo) de las clases trabajadoras del continente, lo que posibilitó otras condiciones especiales de poder estatal que le dieron estabilidad hasta cierto punto a las democracias burguesas. La combinación de las crisis recesivas que afectaron prácticamente a todo el continente entre 1998-2002 –y en algunos casos llegaron a convertirse en “crisis orgánicas”, es decir, crisis de conjunto, económicas, políticas y sociales– y las consecuencias

que tuvieron en la lucha de clases obligaron a cambiar las orientaciones de los gobiernos. Con el cambio de siglo se abrió una fase de crisis agudas y tendencias a la acción directa en la lucha de clases, con episodios como las jornadas revolucionarias de 2001 en Argentina o los levantamientos de octubre de 2003 y de mayo-junio de 2005 en Bolivia. En medio de grandes movilizaciones fueron derribados gobiernos en Ecuador, Argentina, Bolivia, Perú, mientras en Venezuela, en abril de 2002, la movilización popular derrotaba un intento de golpe pronorteamericano contra Chávez. El primer gran límite que tuvo este momento de movilizaciones fue la ausencia del sujeto más peligroso, la clase trabajadora. El proceso de conjunto tuvo un carácter predominantemente popular, campesino e indígena, la clase obrera con los golpes de las derrotas anteriores y los efectos de la recesión, no pudo erigirse en sujeto centralizador y hegemónico. La llegada a los gobiernos de movimientos o partidos de “izquierda” (en la definición de Levitsky y Roberts) son el producto de una carencia y una resignación. La carencia de los movimientos populares que impidió conformar un “nuevo bloque histórico”, en términos de Gramsci, que permita llevar hasta el final las movilizaciones e imprimirles un curso revolucionario, para lo que era imprescindible el concurso de la clase obrera; y una resignación de las clases dominantes para aceptar un necesario cambio político y limitadas reformas sociales, si se quería evitar la radicalización y la apertura

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de procesos revolucionarios. Fue la profundidad de los procesos lo que determinó las características particulares de cada gobierno, que en todos los casos representaron diferentes vías de “pasivización” de los movimientos de masas6. A partir de 2003 acceden a los gobiernos Kirchner y Lula, se consolida Chávez, posteriormente asume Evo Morales, lo que va dando cuenta del cambio de escenario político al calor de las nuevas relaciones de fuerza. En estos dos últimos casos se produce un cambio de régimen. En Venezuela, el chavismo basado en las fuerzas armadas y los pobres urbanos adquiere rasgos de aquello que mencionábamos con la cita de Trotsky como “bonapartismo sui generis”. En Bolivia, Evo Morales llega al poder bajo el impulso del movimiento campesino e indígena, adquiriendo características de “frente popular”, en tanto que a diferencia de los gobiernos burgueses normales está sostenido por las organizaciones de masas del campo y la ciudad. En el otro extremo, en Brasil y Uruguay, donde se mantiene una mayor continuidad en la relación de fuerzas, los cambios de gobierno se dan “en frío” como medidas preventivas para evitar el contagio del clima regional. En una segunda etapa los nuevos gobiernos se van consolidando al calor del crecimiento económico, o lo que los mismos Levitsky y Roberts llaman el “boom de las materias primas”, usufructuando la “fortuna” de los beneficios que la economía mundial volcaba sobre el continente. Sin embargo, el escenario de conjunto tampoco termina de comprenderse si no se marca la acentuación de la declinación hegemónica del imperialismo norteamericano, que se expresó en el debilitamiento de la presión imperialista sobre la región, con EE. UU. concentrando esfuerzos en el Gran Medio Oriente (ocupaciones empantanadas de Irak y Afganistán) y debiendo sobrellevar la crisis económica luego de 2007. El mayor margen de maniobra de los gobiernos de “izquierda” fue posible y estuvo condicionado por un menor protagonismo relativo, hasta ahora, de las clases fundamentales: el imperialismo y la clase obrera.

El desgaste de los gobiernos “de izquierda” y los nuevos fenómenos Luego de años de baja lucha de clases, la situación está cambiando en América Latina. No es la crisis económica aún lo más dinámico sino el progresivo agotamiento de los gobiernos a los que Levitsky y Roberts incluyen en la categoría de “izquierda”. Este fenómeno político es el marco de la irrupción de la juventud y de las movilizaciones de masas. Esta situación ha abierto una dinámica aún incipiente, inicial, de intervención de la clase obrera, y entre los sectores avanzados viene dándose un proceso de ruptura con aquellos gobiernos. Lo vimos durante el paro del 20 de noviembre de 2012 en Argentina, en la confluencia inicial de estudiantes y trabajadores en Chile el 11 de julio de este año, en la lucha por las jubilaciones así como en el proceso de conformación del Partido de Trabajadores en Bolivia, en la lucha docente en Uruguay, también en » el paro del 11 de julio en Brasil7.


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“La combinación de las crisis recesivas que afectaron prácticamente a todo el continente entre 1998-2002 –y en algunos casos llegaron a convertirse en “crisis orgánicas”, es decir, crisis de conjunto, económicas, políticas y sociales– y las consecuencias que tuvieron en la lucha de clases obligaron a cambiar las orientaciones de los gobiernos.

El crecimiento económico de la última década renovó la disposición social objetiva de las fuerzas de la clase obrera, el Capital volvió “trágicamente” a revitalizar bajo formas diferentes las fuerzas sociales de su sepulturero, cuando creyó que lo había derrotado definitivamente y había enviado a sus intelectuales “orgánicos” a decretar su muerte. Pero además, mientras continúa el declive de su hegemonía, EE. UU. vuelve a presionar sobre su patio trasero. La crisis internacional empuja a este país a una nueva ofensiva, dándole nueva vida a la Alianza del Pacífico (un acuerdo comercial con México, Colombia, Chile y Perú), y a las negociaciones del tratado de libre comercio Acuerdo de Asociación Transpacífico (TTP), que comprende a Brunei, Canadá, Chile, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur, Japón y Vietnam. Mientras comienzan a volver a escena los actores fundamentales del drama latinoamericano, se desarrollan multitudinarias movilizaciones populares que combinan demandas económicas con demandas democráticas. Las “estrellas” de la izquierda latinoamericana según la concepción de Levitsky, como el PT de Brasil, gobiernan junto con la derechista bancada evangélica y son vistas por las masas como parte de un régimen anacrónico divorciado de sus necesidades.

¿Qué izquierda? Si tomamos tanto los casos de Chile, como de Brasil, Bolivia y Argentina, con diferentes ritmos y expresiones políticas nacionales, vemos cómo, producto del desgaste de la “izquierda a la Levitsky”, de Evo Morales en Bolivia, del PT en Brasil, del kirchnerismo en Argentina, o en el caso de Chile (con la entrada del PC a la Concertación), se está desarrollando la tendencia al surgimiento de sectores de masas que se ubican a la izquierda. De esta forma, comienza a darse en América Latina un fenómeno político que desde hace

años viene atravesando la situación europea producto de la crisis de los partidos tradicionales y el proceso de polarización política en el marco de la crisis económica. Emergentes emblemáticos de este proceso fueron el Front de Gauche en Francia y Syriza en Grecia. Partidos articulados alrededor de figuras electorales, desligados de la lucha de clases, que poco y nada han servido frente los ataques que se vienen sucediendo contra los trabajadores y sectores populares. Esto plantea como cuestión no ya qué es la izquierda –pregunta que guía a Levitsky y Roberts– sino qué izquierda hay que construir. Si se trata de construir una variante de izquierda en los marcos del régimen democrático burgués, o una izquierda obrera y revolucionaria para la intervención en la lucha de clases. Las jornadas de junio en Brasil salieron a enfrentar la enorme desigualdad de un país donde para unos pocos se construyen grandes estadios de fútbol mientras que para las grandes mayorías se aumenta el pasaje de un sistema de transporte público en decadencia. También las calles estuvieron cruzadas por el cuestionamiento a la casta de políticos burgueses cuya preocupación principal pasaba por intentar legalizar su propia impunidad ante las denuncias de corrupción. Sin embargo, estos cuestionamientos a estas “democracia para ricos” conviven con la idea de que la democracia burguesa es la única democracia posible. Frente a este fenómeno, y a la cuestión de las demandas democráticas, a la que hace referencia Roberto Gargarella, cobran especial actualidad las banderas que la clase obrera supo levantar en la Comuna de París de 1871: que todos los funcionarios y cargos electivos cobren un salario igual al de un trabajador medio; la revocabilidad inmediata de mandatos para todos los cargos electivos; la eliminación de la institución bonapartista de la presidencia de la república, así como de las oligárquicas cámaras de senadores, y la conformación de una

cámara única que fusione los poderes ejecutivo y legislativo; la elección de todos los jueces por sufragio universal, entre otras. Este conjunto de medidas democrático radicales, íntimamente unido a otras demandas transicionales que respondan a las demandas económicas y sociales, no apuntan a “mejorar” el poder constituido, sino establecer un puente para desarrollar un verdadero poder constituyente que retome el camino de formas democráticas superiores como las que esbozó la Asamblea Popular boliviana de 1971 o los Cordones Industriales que se pusieron en pie durante los primeros años ‘70 en Chile. Si hay algo que se demostró en la última década es que ninguno de los gobiernos que Levinsky y Roberts catalogan como de “izquierda”, ni en su versión nacionalista ni en su versión “social-liberal”, dieron solución a los grandes problemas latinoamericanos: su dependencia, el atraso estructural (que en algunos casos se profundizó con la reprimarización de la economía), la probreza o el trabajo precario que es masivo en el continente; pese a una década de crecimiento. Solo puede serlo un poder constituyente que exprese la alianza de clase entre los trabajadores, los campesinos y sectores populares, aquel cuya ausencia marcó los procesos de la década anterior. Que sea capaz de romper las cadenas de la opresión imperialista y afectar los intereses del gran capital, sin lo cual no se pueden resolver los grandes problemas estructurales que vienen dejando planteados las movilizaciones que atraviesan la región, como la salud, el trabajo, el transporte, la vivienda, la cuestión agraria, el saqueo de los recursos naturales, entre otros. La disputa por las tradiciones pasadas de “la izquierda”, tiene para nosotros este sentido programático y estratégico, como preparación para los combates del presente y el futuro.

1 Steven Levitsky y Kenneth M. Roberts, The Resurgence of the Latin American Left, Baltimore, The John Hopkins University Press, 2011. 2 Carta de F. Engels a J. Bloch, 22 de septiembre de 1890, en Marxists Internet Archive (www.marxists. org). 3 León Trotsky, “La industria nacionalizada y la administración obrera”, Escritos Latinoamericanos, Bs. As., Ediciones IPS-CEIP, 2013. 4 Laura Lif y Juan Chingo, “Transiciones a la democracia”, Estrategia Internacional 16, 2000. 5 León Rozitchner, Acerca de la derrota y de los vencidos, Bs. As., Editorial Quadrata & Ediciones Biblioteca Nacional, 2011. 6 Para una interpretación de los principales fenómenos políticos en Latinoamérica de la última década, ver: Eduardo Molina, “Cambio de década en Amércia Latina. Notas para un balance de los gobiernos nacionalistas y progresistas”, Estrategia Internacional 27, 2011. 7 Para un análisis más detallado de este fenómeno ver: Eduardo Molina, “El retorno de la clase trabajadora”, Ideas de Izquierda 2, 2013.


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Los intelectuales en Francia y el retorno de Marx Entrevistamos a Emmanuel Barot, filósofo de la universidad de Toulouse II -Le Mirail y militante de la Corriente Comunista Revolucionaria del NPA de Francia, durante su estadía en Buenos Aires. Es miembro del Seminario colectivo “Marx au XXIe siècle: l’Esprit & la Lettre” y ha publicado entre otros textos Révolution dans l’Université. Quelques leçons théoriques et lignes tactiques tirées de l’échec du printemps 2009, Marx au pays des soviets ou les deux visages du communisme y Sartre et le marxisme. IdZ: La crisis ha traído como consecuencia un retorno del interés por las ideas de Marx en un público amplio. ¿Cómo ves que se refleja este fenómeno de la intelectualidad francesa? La crisis ha acentuado un movimiento previo de crítica a la ideología dominante neoliberal. Con la aparición de la cuestión del antiterrorismo como modo de gobierno mundial, luego del ataque a las torres gemelas en 2001, se suscitó el primer acto de distancia de la intelectualidad con esta interpretación del mundo profundamente reaccionaria que fue el neoconservadurismo americano. Toda la temática del “fin de las ideologías” comenzó a ser caracterizada como la “ideología posmoderna” del período neoliberal. Jugó un rol el altermundialismo y el

eslogan de “otro mundo es posible”, con sus límites, y con la crisis económica del 2007/8 se acrecentó la crisis ideológica y retornó también el “nombre” de Marx. Este retorno se da en modalidades muy variables; no son solo los intelectuales de izquierda, también la burguesía y sus medios hablan de Marx. Ya no como un “perro muerto”, que hay que invisibilizar, o como el supuesto “papá del estalinismo”, sino que comienzan a hablar de él como un “pensador economista clásico” que analizó las crisis sistemáticas del capitalismo. IdZ: En este retorno hay también mucha dispersión de temas, muchos de ellos académicos y rutinarios; y por otro lado “mil marxismos” ante

la caída del estalinismo. ¿Cuáles son para vos los principales debates teóricos en el marxismo francés y europeo actualmente, y cuál es el lugar de la estrategia política en esta dispersión? Existe en Francia una particularidad: inclusive durante los 30 años de reflujo total de la izquierda, una corriente ideológica marxista ha sobrevivido, mal que mal, contra la corriente y de varios modos. Más que nada en las organizaciones no estalinistas, ya sea en su forma ortodoxa, limitados a la repetición, como en las organizaciones políticas tipo Lutte Ouvrière, o ya sea entre quienes tienen de referencia teórica a la antigua Ligue Communiste Révolutionnaire, en una clave de revisión oportunista, y también algunos que dejaron el PCF con la debacle del »


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estalinismo. Por otra parte, aunque formalmente Marx había desaparecido del mapa ideológico del período, en ciertos ámbitos académicos, mediante colectivos de trabajo, el marxismo no desapareció por completo. Sin embargo las evocaciones a Marx no son todas propicias a una politización real. Transformado en una palabra que se mantenía y nada más, el marxismo sí había desaparecido como paradigma teórico y político pertinente para los movimientos de lucha social, y era reemplazado por un posmodernismo muy variado con figuras como Deleuze, Foucault, Guattari e incluso Negri. IdZ: En este mapa que estás planteando, ¿cómo es, en la evolución de tu generación, formada en Foucault o Deleuze, el regreso al marxismo, teórica y políticamente? Es diferente pensar las corrientes de los años ‘60 que a las actuales, porque es una generación de pensadores que nacieron en los años de la II Guerra Mundial, como Foucault o Althusser y comenzaron a criticar teóricamente, buscando emanciparse del estalinismo. A través de la discusión con ciertas figuras heterodoxas como Sartre, y también en un diálogo con el trotskismo, un marxismo heterodoxo también, pero además la corriente de más larga trayectoria oposicionista. De ahí provienen figuras posteriores como Guattari. Es influyente el grupo Socialismo o Barbarie, de Lefort y Castoriadis, que proviene del trotskismo, pero que progresivamente va abandonando el marxismo y participa de esa nebulosa posmoderna que viene después. Luego el contexto posterior al ‘68: estabilización capitalista, reflujo de las luchas sociales y políticas, y descomposición de los aparatos reformistas de la izquierda e incorporación al régimen. Mientras a la izquierda se había suscitado el método de la acción directa en las luchas del ‘68, y cierto “romanticismo terrorista” en el que cayó la estrategia. En un contexto así es que se desarrollan pensamientos que representan bien el momento, elaboraciones teóricas que no se pueden solo analizar en una simple lectura determinista como consecuencias del contexto “antimarxista”, sino que tienen una coherencia propia. Isabelle Garo en su reciente gran libro Foucault, Deleuze, Althusser & Marx. La politique dans la philosophie [París, Demopolis, 2011], muestra cómo esas tres figuras, que intentaron desarrollar una alternativa al proyecto de emancipación del marxismo, a pesar de todo lo hicieron en relación con él. Althusser de manera muy evidente, pero también Foucault y Deleuze durante 30 años mantienen una relación, un diálogo y una discusión con Marx que es central en sus debates filosóficos y políticos. Garo hace una contribución importante porque se propone un análisis a la vez materialista y dialéctico, que muestra, justamente en términos de sus contradicciones, el desarrollo de estas figuras, y sus ambivalencias en un período de reflujo de la lucha de clases. Es importante esclarecer el espacio intelectual de los últimos 30 años porque mantiene una influencia muy importante y una adhesión en los intelectuales de la extrema izquierda. A pesar de la crisis capitalista se continúan utilizando ciertos recursos teóricos propios de un posmodernismo que ya ha quedado

atrás históricamente, pero mantiene efectos en la izquierda en general, en los intelectuales y en los movimientos sociales, especialmente en el movimiento estudiantil francés. La fórmula de André Tosel de los “mil marxismos” se aplica, porque continúa la dispersión y la división. Los grupos políticos y los grupos en la Universidad en lo esencial continúan por carriles separados. Hay mucha heterogeneidad, pero el punto común es que la mayor parte de los académicos que se referencian en Marx no han retornado a una ligazón, perdida hace 30 años, entre la teoría y la práctica. En la letra, en las palabras, en lo formal, los lazos entre la teoría y la estrategia reingresaron en la escena, en un contexto de nuevas luchas. En el contexto de crítica al neoconservadurismo que mencioné, va a surgir una radicalización del análisis sobre la democracia: ¿cómo construir una democracia radical? Figuras como Badiou, Balibar, Ranciére, Zizek o Negri, y en ese contexto también Daniel Bensaïd. En particular aquellos como Zizek por ejemplo, editan a Mao, Robespierre, Lenin, e incluso algunos textos de Trotsky, pero los editan como los grandes teóricos de la estrategia del siglo pasado. El retorno de la cuestión estratégica, en la letra está presente, pero en todo caso es un regreso teórico a los temas de la estrategia, pero no a los problemas de la práctica. El caso más ambiguo, y que para nosotros es más interesante, es el de Daniel Bensaïd. Tenemos que pensarlo dialécticamente porque ha teorizado el retorno de la cuestión estratégica, pero en términos que lo han conducido al abandono progresivo de la referencia marxista de la dictadura del proletariado, primero en la LCR con el abandono del término, y luego en el proyecto del NPA donde esta desaparición trae consecuencias para la práctica. El aporte de Bensaïd al marxismo desde este punto de vista debe ser el objeto para nosotros de un examen muy profundo. Sus lecturas de Walter Benjamin y Marx son muy ricas para nosotros, porque efectivamente desarman el dogmatismo y el mecanicismo que caracterizó a parte del marxismo del último siglo. Necesitamos hacer nuestro el sentido crítico y la atención a la dialéctica histórica que tienen sus elaboraciones, pero también tenemos que ver el peligro de cómo se fue de la estrategia marxista, y no compartir sus mismas debilidades. Las inflexiones teóricas de Bensaïd fueron superadas por su propio movimiento, en un sentido antideterminista, y tuvieron consecuencias en la política y la estrategia. Creo que no podemos abandonar los “fundamentals” del marxismo, a saber, el antagonismo entre dos clases, que es algo que no se puede salvar sin el resultado en una revolución socialista que exige una organización y una estrategia a la altura de las tareas del proletariado mundial. IdZ: En Francia el “rechazo a la dialéctica” ha sido moneda corriente desde los ‘60 en adelante. ¿Qué posición tenés acerca del lugar de la dialéctica en la teoría marxista, puede ser relevante para la militancia política? Yo comencé la defensa teórica de la dialéctica en el campo universitario en un momento que

no estaba militando, pero pienso que ya era una lucha vinculada directamente con mis preocupaciones políticas. La naturaleza teórica de la dialéctica tiene la capacidad de analizar la totalidad social en términos de una multiplicidad, muy compleja, de contradicciones: económicas, sociales, culturales e ideológicas. ¿Cómo podemos comprender y analizar la dinámica de las revoluciones árabes sin insistir sobre las ambivalencias de todas las revoluciones democráticas? Detrás de la dinámica democrática, hay reivindicaciones sociales que hablan de un proceso social profundo. Tenemos que comprender los significados de estas contradicciones y analizar las revoluciones mediante los recursos centrales del marxismo, y como dice Marx en un prólogo a El capital, la dialéctica en “su aspecto racional es un escándalo y una abominación para la burguesía”, porque es “esencialmente crítica y revolucionaria”. Recíprocamente hay que ver que la mayor parte de los retornos a Marx, no lo son a la dialéctica, porque ésta es lo que el posmodernismo de Foucault o Deleuze (incluso también Althusser) pusieron como blanco de su ataque. En Francia ya desde los años ‘50 Deleuze era furiosamente antidialéctico, no solo con Marx, sino con Hegel. El retorno de la dialéctica es una referencia que hoy puede servirnos de criterio para situar a los intelectuales y su relación auténtica con Marx. No es por azar que en la degeneración de la II Internacional la premisa teórica era el abandono de la dialéctica, con Bernstein violentamente, y progresivamente con Kautsky. No es tampoco casualidad si la estalinización de la III Internacional se traducía en una “dialéctica” completamente osificada y mecánica. Al contrario, los revolucionarios que lucharon contra esas degeneraciones retomaron la dialéctica en un sentido agudo. Lenin utilizaba una dialéctica muy brillante para analizar las contradicciones de la guerra en 1914/5. Rosa Luxemburg para criticar el creciente reformismo de la socialdemocracia alemana. Trotsky para ilustrar la realidad del período de transición en la URSS, marcado por desestabilizaciones, formaciones híbridas y ambivalencias. Éste es el mayor ejemplo que tenemos, evidentemente la situación hoy no es la misma, pero el contexto de época capitalista sí lo es. En la actualidad pienso que sirve para pensar las modalidades de todo este retorno a Marx que aún no está articulado estratégicamente, ni asociado a la reorganización práctica de las fuerzas del movimiento obrero y los trabajadores. Una fuerte alianza entre la teoría y la práctica refuta la relación mecánica, determinista entre ambas: deja a la teoría una dinámica propia donde cuenta con cierta libertad real de desarrollo con relación a la práctica, pero va siempre a la par con la política práctica y comprometida con la “situación”.

Entrevistó: Gastón Gutiérrez (IPS Karl Marx). Traducción: Guillaume Loïc (CCR) y Gastón Gutiérrez.


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Lenin, el Estado y la hegemonía Juan Dal Maso Comité de redacción. Fernando Rosso Comité de redacción. Se dice muy seguido y muchas más veces de lo que se lo fundamenta, que el marxismo carece de una “Teoría del Estado” y de una “Teoría de la Acción Política”. Sin entrar a discutir hasta dónde el marxismo debería tener formalizadas tales teorías con mayúsculas, este sentido común impuesto como una verdad revelada en los ámbitos académicos esconde las genuinas aportaciones de la tradición marxista clásica tanto para la compresión del Estado como de la acción política. Y aunque resulte muchas veces acusado de ser un pensador “asiático”, totalitario y antidemocrático, da la casualidad de que el aporte de Lenin resulta fundamental en este sentido, por lo menos en lo que hace a la tradición marxista clásica y sus derivaciones, al punto de que muchos de los que reivindican a Gramsci como una suerte de “superación” del legado de Lenin, precisamente desconocen de forma grosera cómo el propio comunista italiano tomó al líder revolucionario ruso como su referencia inmediata en las cuestiones de la hegemonía. En este artículo haremos referencia al modo en que Lenin pone en relación la centralidad de la política, su “base de clase”, tanto en el sentido de su carácter de clase como de su carnadura social, y cómo esto se expresa en una concepción del Estado y de la hegemonía de la clase obrera. Destacamos de antemano que la fortaleza del enfoque de Lenin es lograr un punto de vista “equilibrado”, de interdependencia dialéctica entre la autonomía de la política y sus determinaciones sociales. Este enfoque de Lenin permite justamente “poner límites” a ciertos fenómenos y fragmentos discursivos. Por ejemplo, la famosa “autonomía de la política” que, bien mirada, actúa como contrapeso crítico de los puntos de vistas economicistas, pero a su vez puede derivar en una teoría de la necesidad de una casta política “eterna”, así como en posiciones “sustituistas” de los sujetos socialmente concretos, como en cierta medida fue el caso del posicionamiento de Gramsci sobre la URSS. Es que precisamente los puntos de vista de Lenin se articulan en torno a una concepción del Estado, partiendo de su definición en base a su carácter de clase, pero estableciendo diversas relaciones y aspectos que hacen a los vínculos entre las clases, de éstas con el Estado y del Estado con la sociedad, visto históricamente. Para desarrollar algunos de estos tópicos, tomaremos en cuenta un fragmento de un trabajo del intelectual marxista francés Daniel Bensaïd »

Ilustración: Mepol


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“La concepción leninista del Estado y la política, entonces, supone una articulación concreta en la que política y administración de las cosas se unen en la consolidación del poder social de la clase obrera.

sobre El Estado y la revolución, ya que tiene el mérito de expresar de manera concentrada algunos de los principales cuestionamientos a la concepción de Lenin, justamente en la cuestión del Estado, las clases sociales y la política: En El Estado y la revolución, Lenin rompe radicalmente con “el cretinismo parlamentario” del marxismo ortodoxo. Conserva sin embargo su ideología gestionaria. Así, imagina aún que la sociedad socialista “no será ya más que una oficina, un solo taller, con una igualdad de trabajo e igualdad de salario”. Tales fórmulas recuerdan ciertas páginas en las que Engels sugiere que la extinción del Estado significará también una extinción de la política en beneficio de una simple “administración de las cosas”, cuya idea es tomada prestada de los saintsimonianos; dicho de otra forma, a una simple tecnología de gestión de lo social, donde la abundancia postulada dispensaría de establecer prioridades, de debatir opciones, de hacer vivir la política como espacio de la pluralidad. (...) Se trata aquí claramente, no sólo de la extinción del Estado, sino claramente de la extinción de la política, soluble en la administración de las cosas. Como ocurre a menudo, tal utopía, en apariencia libertaria, se vuelve utopía autoritaria. El sueño de una sociedad que no sería “toda entera más que una única oficina y un solo taller”, no remitiría en efecto más que a una buena organización de su funcionamiento. Igualmente, un “Estado proletario”, concebido como un “cartel del pueblo entero”, puede fácilmente conducir a la confusión totalitaria de la clase, del partido, y del Estado, y a la idea de que, en este cartel del pueblo entero, los trabajadores no tendrían ya que hacer huelgas, puesto que sería hacer huelga contra sí mismos1.

Política, administración de las cosas, Estado obrero Criticando la supuesta “utopía” de cuño saintsimoniano de Lenin, Bensaïd introduce una operación teórica que implica la oposición entre “política” y “administración de las cosas”, sin explicar del todo si la distinción entre ambas actividades implica una diferencia de calidad o solamente de grado. Dado que si la diferencia es

de calidad, la “autonomía de la política” es mucho más pasible de transformarse en una teoría de la política como actividad especializada y separada del quehacer de la clase trabajadora. Por el contrario, para Lenin en el Estado obrero de transición no hay diferencia sustantiva entre “política” y “administración de las cosas” (podría decirse también “resolución de los grandes problemas de las masas trabajadoras”), y eso se expresa tanto en lo que hace a las condiciones de posibilidad del gobierno de la clase obrera, como a la relación entre peso social del proletariado y dirección política del Estado, en una concepción de hegemonía obrera superior a cualquier teoría unilateral de “autonomía de la política”. Esta concepción general debe articularse a su vez con la progresión de la revolución socialista internacional, ya que la toma del poder y la construcción del Estado obrero comienzan a nivel nacional: mientras en el plano interno el Estado obrero modifica la relación entre “política” y “administración de las cosas”, en el plano internacional la persistencia del capitalismo y la lucha de clases implica la permanencia de la política, en primer lugar de la estrategia orientada a la lucha por el poder obrero, tal cual está contemplada en la Teoría de la Revolución Permanente de León Trotsky. A su vez, en el plano interno, los retrocesos que puede tener la construcción socialista en la historia concreta (como demostró en la URSS el surgimiento de una casta burocrática), o la pelea entre diferentes intereses de clases inscripta en la misma transición, requieren nuevas respuestas políticas, como las planteadas por Trotsky en el combate por revitalizar los soviets y la pelea por pluripartidismo soviético. En dos textos de 1917 (“¿Podrán los bolcheviques mantenerse en el poder?” y “La catástrofe que nos amenaza y cómo luchar contra ella”2), Lenin desarrolla una serie de planteos programáticos en los que demuestra cómo los trabajadores son capaces de dar una salida propia a los problemas económicos y sociales, y hasta de organizar su propio Estado. Demandas que no solo se refieren a la organización política, sino que apuntan a la transformación de la organización económico-social en el camino a una transición socialista, y que podrían sintetizarse en el control

obrero y popular sobre el conjunto de la producción y distribución. Partiendo de la concepción marxista de que el Estado es esencialmente un órgano de opresión y explotación de una clase sobre otra (desarrollada previamente en El Estado y la revolución), afirma Lenin con relación al aparato del Estado: “El proletariado no puede ‘apoderarse’ del ‘aparato de Estado’ y ‘ponerlo en marcha’. Pero sí puede destruir todo lo que hay de opresor, de rutinario, de incorregiblemente burgués en el viejo aparato de Estado y reemplazarlo por su propio aparato. Los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos son precisamente este aparato”3. Luego de demostrar todas las ventajas de los soviets, que surgieron en Rusia en 1905 y fueron una forma históricamente más desarrollada del Estado-Comuna, organismos mil veces más democráticos que cualquier república democrática burguesa, Lenin afirma de manera muy simple que: “La principal dificultad que enfrenta la revolución proletaria es la instauración a escala nacional del sistema más preciso, meticuloso, de registro y control, de control obrero, de la producción y la distribución de los productos”4. Más adelante explica los dos “aparatos” con los que cuenta el Estado burgués moderno: Además del aparato de opresión por excelencia –el Ejército regular, la Policía y la burocracia–, el Estado moderno tiene un aparato que está íntimamente vinculado con los bancos y los consorcios, un aparato que realiza, si vale la expresión, un vasto trabajo de contabilidad y registro. Este aparato no puede, ni debe ser destruido. Lo que hay que hacer es arrancarlo del control de los capitalistas; hay que separar, incomunicar, aislar a los capitalistas, y a los hilos que ellos manejan; hay que subordinarlo a los soviets proletarios; hay que hacerlo más vasto, más universal, más popular5.

Por último Lenin afirma que: Podemos “apoderarnos” de este “aparato de Estado” (que bajo el capitalismo no es totalmente un aparato de Estado, pero que lo será en nuestras manos, bajo el socialismo) y “ponerlo en marcha” de un solo golpe, con un solo decreto, porque el verdadero trabajo de contabilidad, control, registro y cálculo es realizado por empleados, la mayoría de los cuales son, por sus condiciones de vida, proletarios o semiproletarios6.

Esto en apariencia sería contradictorio con lo que afirma en El Estado y la revolución, donde dice –siguiendo a Engels– que el Estado de transición –la dictadura del proletariado– no sería un Estado en el “sentido estricto”. Pero la realidad es que está planteando la cuestión a dos niveles diferentes. En el primer caso se refiere al Estado como órgano de opresión de la minoría sobre las mayorías, como fueron todos los tipos de Estado históricamente conocidos, incluido el capitalista. En cambio el Estado obrero o la dictadura del proletariado es el órgano de dominación de la mayoría sobre la minoría, y en este sentido no es un Estado en el sentido estricto. En el segundo caso, se refiere al aparato administrativo del Estado,


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haciendo hincapié en el registro y control de la producción y distribución –que durante siglo XX, con el desarrollo de las formas estatales, se extendieron a la salud, la educación, y la obra pública. Bajo el capitalismo, estas funciones están orientadas a las necesidades generales de la sociedad pero bajo la lógica de la ganancia capitalista, por lo que el Estado burgués no puede garantizarlas de manera verdaderamente universal7. En este punto Lenin precisa qué es lo que se debe destruir del Estado burgués y qué es lo que hay que conservar-transformar, para ponerlo al servicio de un nuevo Estado proletario; no una nueva forma, sino más precisamente un nuevo tipo de Estado. Contra los reformistas que niegan la necesidad de la destrucción-disolución del Estado y apuestan a su “transformación” pacífica, y contra los anarquistas que hablan de “destruir todo tipo de Estado de la noche a la mañana”, Lenin piensa las formas concretas de la dictadura del proletariado: cómo debe organizarse el Estado y la economía para iniciar el camino al socialismo, como condición para –en el marco del impulso al desarrollo de la revolución mundial– pelear por el comunismo, la extinción de todo tipo de Estado. La concepción leninista del Estado y la política, entonces, supone una articulación concreta en la que política y administración de las cosas se unen en la consolidación del poder social de la clase obrera como condición previa para el proceso histórico de superación de la sociedad de clases y el Estado.

Estado obrero, hegemonía y clase obrera Analicemos entonces la cuestión de si de esta concepción se desprende un totalitarismo en el cual los obreros no pueden hacer huelga contra su propio Estado. A diferencia de lo que dice Bensaïd, la posición de Lenin no supone la simple e inmediata disolución de la política en la “gestión de las cosas”, sino que hace mucho más compleja la cuestión de la política en tanto mediación entre las clases, y entre estas y el Estado. En su discurso pronunciado en la reunión conjunta de los militantes del PC(B) de Rusia delegados al VIII Congreso de los Soviets de Toda Rusia y del Consejo de los Sindicatos de Moscú, realizada el 30 de diciembre de 1920, Lenin –como parte de una polémica con Bujarin y Trotsky en los momentos difíciles del llamado “comunismo de guerra” que pronto sería reemplazado por la NEP– realizó una serie de señalamientos muy importantes para definir la relación del Estado obrero con la clase obrera, en el sentido precisamente opuesto al que propone Bensaïd. Lenin partía de que la hegemonía del proletariado no podía ser dirigida a través de los sindicatos de masas sino de la vanguardia organizada en el partido para luego precisar las relaciones entre la clase obrera, el campesinado, la vanguardia de la clase obrera, los sindicatos y el Estado en un análisis claramente orientado a sostener el Estado obrero y el poder social de la clase obrera en forma simultánea: Se comprende que en 1917 hablásemos del Estado obrero; pero ahora se comete un error manifiesto

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“Contra los reformistas que niegan la necesidad de la destrucción-disolución del Estado y apuestan a su “transformación” pacífica, y contra los anarquistas que hablan de “destruir todo tipo de estado de la noche a la mañana”, Lenin piensa las formas concretas de la dictadura del proletariado: cómo debe organizarse el Estado y la economía para iniciar el camino al socialismo.

” cuando se nos dice: “Para qué defender, y frente a quién defender, a la clase obrera si no hay burguesía y el Estado es obrero?” No del todo obrero: ahí está el quid de la cuestión (...) En nuestro país, el Estado no es, en realidad obrero, sino obrero y campesino (...) nuestro Estado es obrero con una deformación burocrática. Y hemos tenido que colgarle –¿cómo decirlo?– esta lamentable etiqueta o cosa así. Ahí tenéis la realidad del período de transición. Pues bien, dado ese género de Estado, que ha cristalizado en la práctica, ¿los sindicatos no tienen nada que defender? ¿Se puede prescindir de ellos para defender los intereses materiales y espirituales del proletariado organizado en su totalidad? (...) Nuestro Estado de hoy es tal que el proletariado organizado en su totalidad debe defenderse, y nosotros debemos utilizar estas organizaciones obreras para defender a los obreros frente a su Estado y para que los obreros defiendan nuestro Estado. Una y otra defensa se efectúa a través de una combinación original de nuestras medidas estatales y de nuestro acuerdo, del “enlazamiento” con nuestros sindicatos. Porque el concepto de “enlazamiento” incluye que es necesario saber utilizar las medidas del poder estatal para defender de este poder estatal los intereses materiales y espirituales del proletariado organizado en su totalidad8.

Superando la tradición del constitucionalismo burgués, que se propone limitar el poder mediante la división de poderes, haciendo abstracción de que es una mera subdivisión del mismo poder de la clase explotadora, Lenin es clarísimo en su posición de articular fuerzas sociales e instituciones políticas para que la “hegemonía” de la clase obrera no se transforme en una sustitución de la clase obrera por el aparato estatal presionado por millones de campesinos. Y en ese sentido, la “hegemonía” en la que está pensando Lenin contiene un sistema de contrapesos al mismo tiempo muy complejo (por las fuerzas sociales que se propone articular) y muy sencillo (por su claridad de cuáles son los problemas a resolver) entre la vanguardia y las masas de la clase obrera y entre la clase obrera de conjunto y el campesinado, que a su vez debe expresarse en la relación entre las organizaciones obreras y el Estado. Nada más lejos de “la confusión totalitaria de la clase, del partido, y del Estado” en la que “los trabajadores no tendrían ya que hacer

huelgas, puesto que sería hacer huelga contra sí mismos”. En la concepción leninista, que a su vez daba un rol muy importante a la construcción cultural, la diferencia entre política y administración de las cosas resulta relativa, uniendo la democracia política con la industrial. En este contexto, la autonomía de la política, perfectamente conocida por Lenin, estaba integrada en un pensamiento sobre el Estado en el cual el fin de la sociedad de clases no haría que se terminasen los diferendos, los debates y controversias entre los seres humanos, pero sí la necesidad de una casta “especializada” en la política (entendida esta como una mediación al interior de los conflictos) separada de los productores. Por el contrario, la ilusión en la perennidad de la política, similar a la idea althusseriana de la perennidad de la ideología, podría considerarse como una expresión de la adaptación del marxismo a la idea posmarxista de la democracia “consensual” como horizonte insuperable del “movimiento social”. Blogs de los autores JDM: losgalosdeasterix.blogspot.com.ar FR: elviolentooficio.blogspot.com.ar

1 Daniel Bensaïd, “El Estado, la democracia y la revolución: una vez más sobre Lenin y 1917”, vientosur.info, 4/12/07. 2 Incluidas en las recientemente publicadas Obras selectas de Lenin, de Ediciones del Instituto del Pensamiento Socialista Karl Marx 3 V.I. Lenin, “¿Podrán los bolcheviques mantenerse en el poder?” (octubre de 1917), en Obras selectas, Buenos Aires, Ediciones IPS, 2013. 4 Ídem. 5 Ídem. 6 Ídem. 7 Cabe aclarar que en estos textos de 1917, Lenin plantea el programa del “control” para un momento particular del desarrollo del proceso revolucionario en Rusia, incluso sin plantear la expropiación generalizada, pero desde una perspectiva transicional, en el camino de un programa general hacia la “expropiación de los expropiadores”. 8 V. I. Lenin, Obras Tomo XI, Moscú, Progreso, 1973.


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Crítica a una reciente biografía

Un intento fallido de enjuiciar a Trotsky Hernán Camarero Historiador, docente de la Universidad de Buenos Aires, investigador del CONICET. Autor del libro A la conquista de la clase obrera. Los comunistas y el mundo del trabajo en la Argentina, 1920-1935.

Ilustración: Sergio Cena

El pasado 20 de agosto se cumplieron 73 años del asesinato de León Trotsky. Las razones que justifican la evocación de su figura son evidentes. Figura prominente del marxismo ruso en las primeras cuatro décadas del siglo XX y teórico de la revolución permanente. Protagonista central de la revolución de 1905 y de la insurrección de octubre de 1917. Junto a Lenin, uno de los líderes máximos del régimen socialista en sus seis o siete primeros años. Creador del Ejército Rojo y estratega armado durante la guerra civil. Tras la entronización de la burocracia de Stalin, enemigo de la degeneración del sistema soviético. En sus últimos años, impulsor de la Oposición de Izquierda y de la Cuarta Internacional. Dada su relevancia como personaje histórico, no es extraño que a su estudio se hayan dedicado centenares de publicaciones. Últimamente se sumaron muchos nuevos aportes, desde la investigación historiográfica y periodística, la literatura y hasta el cine, contribuyendo a reinstalar a Trotsky no sólo como objeto de reflexión del pasado sino como punto de referencia política. Vale destacar la gran biografía presentada recientemente por el francés Jean-Jacques Marie: Trotski. Revolucionario sin fronteras. En el terreno local, con proyección para toda el área de habla castellana, también es encomiable la calificada reedición de obras escogidas del fundador de la Cuarta Internacional que está emprendiendo el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones (CEIP) “León Trotsky” y el Instituto de Pensamiento Socialista (IPS) de Buenos Aires. En este contexto, queremos examinar otra extensa obra, escrita por el británico Robert Service: Trotski. Una biografía. Traducido al español y comercializado desde 2010, el libro fue muy promocionado en el mercado editorial y respaldado en ciertos ámbitos periodísticos y académicos. Sintoniza con una corriente historiográfica liberal hoy en boga, esencialmente hostil a la revolución rusa y al marxismo, entre cuyos representantes se cuentan Orlando Figes, Richard Pipes, Geoffrey Swain, Ian Thatcher y Simon Sebag Montefiore. Como catedrático de Historia Rusa en la Universidad de Oxford, Service se dedica desde hace muchos años al pasado soviético y al despliegue de la experiencia comunista a nivel internacional. Sus más importantes libros ya fueron traducidos al castellano: Historia de Rusia en el


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siglo XX (2000), Rusia: experimento con un pueblo (2004), Camaradas: breve historia del comunismo (2009), y su trilogía biográfica, formada por Lenin (2001), Stalin (2006) y el texto en cuestión, Trotski (2010). La principal novedad de la obra es la consulta de las cartas y documentos depositados en los archivos de la Hoover Institution (Universidad de Stanford), vinculados al propio Trotsky y a sus seguidores, y la revisión de papeles guardados en la Universidad de Harvard y en el Archivo Estatal Ruso de Historia Social y Política.

Una biografía sociológica, política y teóricamente superficial Lo distintivo del texto es el peso conferido a los rasgos más íntimos del personaje, intentando desbrozar sus rasgos psicológicos, sus hábitos y su relación con familiares, amigos y colaboradores. La imagen personal de Trotsky que se desprende de este ejercicio, más allá de conceder que era fascinante y excepcional, está básicamente orientada a la condena. En la semblanza se señala su cultura e inteligencia, su talento como orador y escritor, su energía y capacidad de trabajo, así como su valentía y compromiso con su causa. Pero la lista de defectos presentada es abrumadora: vanidad, autocomplacencia, arrogancia, hipocresía, demagogia, cinismo, doble moral, torpeza en las tácticas políticas, brutalidad en el trato a sus enemigos de clase, “predilección por el terror”. La dimensión social pasa a segundo plano frente a la constante descripción de intrigas políticas. Los colectivos “masas”, “proletariado”, “burguesía” o “burocracia” (puestos así, entre comillas, pues parece que al autor no le consta su existencia), apenas reportan como telón de fondo y no cobran vida en los grandes eventos, sino como invocación de los propios individuos bajo análisis. Service tiene una incomprensión sobre la participación autónoma de las masas en la escena histórica, las cuales casi no aparecen referidas en los grandes procesos revolucionarios en cuyo marco debe insertarse al biografiado. La insípida y escueta descripción de los hechos de octubre de 1917 aparece expuesta como un complot y golpe de Estado jacobino-bolchevique antes que una genuina insurrección popular. Hay una tendencia a disolver las grandes complejidades de las luchas teóricas, ideológicas y políticas a meras rencillas de individuos por la acumulación de poder. Eso se hace claro ya cuando se analiza la inserción del exiliado Trotsky en la vida interna del POSDR y la II Internacional, y el modo como se explican las simpatías o antipatías que signaron su relación con Axelrod, Plejánov, Mártov o Lenin. Más adelante, Service logra convertir las apasionantes convulsiones históricas en las que el Trotsky intervino (revoluciones, guerra civil, luchas con la naciente burocracia soviética), en relatos apocados y monótonos, sin fuentes documentales originales ni datos novedosos. Esto se complementa con un examen poco sofisticado acerca del complejo mundo de las ideologías en juego. El libro no ofrece los aportes que puede brindar una biografía político-intelectual, aún cuando el personaje que debía

estudiarse descolló en el plano de las ideas. Más aún, Service ostenta un desinterés por el desarrollo del pensamiento socialista marxista, y por ello casi ignora los varios aportes que Trotsky realizó en ese plano: desde análisis políticos en sus múltiples temporalidades y dimensiones hasta incursiones en el ensayo historiográfico, económico, sociológico, filosófico y la crítica literaria. Por ejemplo, un puñado de oraciones ramplonas le alcanzan para referirse a una de las principales contribuciones de Trotsky: su concepción de la revolución permanente y el papel conductor de la clase obrera en el proceso histórico de los países económicamente atrasados (sintetizada en la obra homónima de 1930, pero ya esbozada un cuarto de siglo antes). Hay negligencia por desentrañar tanto los orígenes de dicha teoría (anclados en una discusión dentro de la socialdemocracia alemana y rusa, que parece ignorarse, pues va mucho más allá de la conocida influencia de Parvus y conducen a los propios Marx, Engels, Kautsky, Mehring, Riazanov y Luxemburgo), como sus implicaciones para la reconstrucción del pensamiento estratégico de Trotsky. También son superficiales las escasas referencias al “gran debate” desplegado en 1924-1926 entre éste último y los partidarios del “socialismo en un solo país” (Stalin y Bujarin). Lo mismo ocurre con los análisis que Trotsky hizo sobre los problemas de la revolución china, los peligros del triunfo del nazismo, el exterminio de los judíos, el estallido de una nueva guerra mundial, los frentes populares (particularmente en la guerra civil española) o acerca de la burocratización del Estado soviético, del PCUS y de la Tercera Internacional.

Trotsky: ¿engranaje o alternativa al despotismo totalitario? Según Service, el bolchevismo fue una peculiar y quizás distorsionada interpretación y aplicación de las ideas marxistas al suelo ruso. Su resultado fue una revolución-conquista del poder, entendido como un acontecimiento más bien vacío de toda legitimidad popular y democrática. El autor advierte que lo que acabó moldeándose fue un despotismo totalitario, que no debió esperar al ascenso de Stalin para su desenvolvimiento, pues ya estaba inscrito en las raíces mismas del diagrama político pergeñado por Lenin. Se nos informa que Trotsky compartía puntos comunes con aquella perversa matriz, sólo que disponía de libreto propio hasta 1917. Desde ese entonces, fue un convencido aplicador de aquel sueño mutado en la pesadilla del terror de Estado, del que sólo comenzó a esbozar planteos críticos cinco o seis años después, al ser marginado de la toma de decisiones. Pero ya no pudo impedir que el sistema dictatorial en manos del más astuto Stalin lo derrotara, arrojándolo a la marginalidad y exterminándolo, con el beneficio, entonces, de otorgarle una imagen heroica que lo liberara de su responsabilidad en la creación del monstruoso experimento autoritario. En esta visión, pues, Trotsky no fue una alternativa, sino una variante de un fallido y trágico experimento histórico, y el estalinismo, la continuación, realista y natural, del proceso iniciado »

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“La dimensión social pasa a segundo plano frente a la constante descripción de intrigas políticas. Los colectivos ‘masas’, ‘proletariado’, ‘burguesía’ o ‘burocracia’ (puestos así, entre comillas, pues parece que al autor no le consta su existencia), apenas reportan como telón de fondo.


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“ En esta visión, pues, Trotsky no fue una alternativa, sino una variante de un fallido y trágico experimento histórico, y el estalinismo, la continuación, realista y natural, del proceso iniciado en 1917, y no su negación burocrática, contrarrevolucionaria y antisocialista.

en 1917, y no su negación burocrática, contrarrevolucionaria y antisocialista, como afirma el trotskismo. Desde Service, la lucha de esta corriente (presentada como un itinerario de ilusiones, insensateces y necedades) y el intento de su aniquilación por el estalinismo devienen en accidentes históricos inexplicables. Se acaban borrando y confundiendo los límites entre víctimas y verdugos. Aquí no hay ingenuidad: el objetivo es el de pulverizar la posibilidad de toda crítica de izquierda marxista al estalinismo. Por cierto, esta operación, antes que impulsar, obstaculiza el legítimo ejercicio de reflexión que se le presenta a la propia tradición generada por la revolución y por el mismo Trotsky para dar cuenta de los fenómenos ocurridos tras la toma del poder: la tendencia al cercenamiento de la democracia obrera y de la vitalidad de los soviets, la uniformización política o la creciente sustitución de la clase por el partido, que los bolcheviques pusieron provisoriamente en práctica a fin de asegurar la existencia del régimen y sostener un inminente proceso revolucionario mundial (que finalmente no triunfó), y que de medidas de excepción devinieron en permanentes. En cambio, el volumen de Service termina gobernado por el juego de corroborar, y de sancionar, cuán lejos se hallaba Trotsky del universo burgués republicano. Se inquieta al comprobar “hasta qué punto era hostil a las ideas e instituciones de la democracia liberal” y tenía “la aguja del compás fija en la perspectiva del comunismo revolucionario”. Es obvio: el personaje histórico en cuestión era marxista. No había que esperar a leer más de 600 páginas para enterarse de ello. ¿Para qué juzgar exclusivamente al biografiado según convicciones extrañas a él, en vez de contrastar la eventual correspondencia o distancia entre sus ideas y las de la tradición política en la que se inspiraba o entre aquellas y sus efectivos comportamientos y conductas? Pero el peso de los prejuicios tiñe toda la obra y acaba por hacer naufragar la posibilidad de considerarlo un estudio equilibrado. Y la última frase del libro es una evidencia, cuando afirma, en una suerte de balance de Trotsky: “La muerte le sobrevino pronto porque luchaba por una causa que era más destructiva de lo que nunca hubiera imaginado”. A eso queda reducida la idea que el autor tiene del socialismo…

Olvidos y menosprecios historiográficos Asimismo, son notables los vacíos de consideración bibliográfica y la ausencia de confrontación con otras elaboraciones, especialmente, las que ponen en cuestión varias argumentaciones de Service, cuyo libreto se abastece en lo esencial, en una biblioteca en donde queda claro el privilegio de una perspectiva liberal-conservadora. El autor apenas avisa de la existencia de otras biografías globales sobre Trotsky, mencionando: la ya tradicional del intelectual marxista y emigrado polaco Isaac Deutscher, publicada en tres tomos bajo los títulos de El profeta armado, El profeta desarmado y El profeta desterrado (19541963) y la del historiador académico trotskista francés Pierre Broué, Trotsky (1988). Si bien son obras de igual o mayor envergadura que la

de Service, éste solo atina a despreciar su relevancia, despachándolas como apologéticas y negándose a cotejar con ellas. Los documentados trabajos (y los 80 volúmenes de los Cahiers Léon Trotsky) que Broué, uno de los primeros investigadores en examinar los archivos de Harvard, realizó durante medio siglo sobre esta figura y sus temas próximos, no merecieron la atención de Service. Ni siquiera se alude a la existencia de la biografía antes citada del historiador Jean-Jacques Marie (aparecida en su idioma original en 2006), ignorando también el resto de su producción, desde el Centre d’Etudes et de Recherches sur les Mouvements Trotskyste et Révolutionaires Internationaux (CERMTRI) y la dirección, junto al historiador y sociólogo ruso Vadim Z. Rogovin, de la revista Les Cahiers du mouvement ouvrier, que editó medio centenar de números desde 1998. Marie también consultó los nuevos materiales de los archivos rusos y produjo una serie de libros sobre la guerra civil de 1917-1922, el levantamiento de Kronstadt, sendas biografías de Lenin y Stalin, y una gran cantidad de estudios sobre Trotsky y el trotskismo. Service nunca explicita las razones de esta omisión; seguramente sea debido a la adscripción ideológico-política de Marie. En todo caso, es evidente la colisión de perspectivas: para el historiador liberal británico Trotsky es un objeto teórica y políticamente muerto; para Marie la actualidad de éste permanece intacta, pues permite comprender y actuar sobre los problemas candentes del presente: las consecuencias de la crisis capitalista y la construcción de una alternativa socialista. Service desecha, asimismo, otra cantidad de investigadores y ensayistas que en el último medio siglo hicieron abordajes al tema, contrarios o disímiles a su punto de vista, como Ernest Mandel, Alain Brossat, Daniel Bensaïd, Michael Löwy, Al Richardson, Tony Cliff, Alex Callinicos, Reiner Tosstorff, Tim Wohlforth, Damien Durand, Alexei Goussev, Paolo Casciola, Marcel Liebman, Moshe Lewin o el ya mencionado Rogovin, entre muchos otros. *** En síntesis, el libro de Service no se caracteriza por su originalidad conceptual ni por un tratamiento ecuánime de las diferentes interpretaciones en juego sobre el tema. El uso de nuevas fuentes primarias y el exhaustivo relato condujo al autor al mismo lugar al que ya habían llegado hace mucho tiempo varios historiadores anticomunistas, liberales y conservadores (y ex estalinistas). La finalidad parece ser la de interpelar a un lector no muy especializado en la materia, el cual no debería estar desprevenido de las intenciones ideológicas del investigador británico, convenientemente revestidas de desapasionada “objetividad histórica”. Desde un punto de vista político, el volumen es un producto más de una campaña reaccionaria en la que, a través de un intento de demoler la figura de Trotsky, se procura arrasar con las tradiciones mismas del marxismo, del socialismo y de la revolución rusa.


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Algunas reflexiones sobre Doña María, de Daniel James

La historia, la política y la memoria En el número anterior, Ideas de Izquierda publicó un interesante diálogo entre el historiador británico Daniel James y los compañeros Paula Varela, Jonatan Ros y Leonardo Norniella. James es ampliamente conocido en nuestro medio por sus obras Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina (1946-1976) (1990) y Doña María. Historia de vida, memoria e identidad política (2004). En este artículo nos proponemos discutir algunos problemas relativos a la historia, la política y la memoria que surgen de la lectura de Doña María, cruzados con las reflexiones del autor volcadas en la entrevista. Juan Luis Hernández Historiador, docente UBA.

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James conoció a María Roldán a través de Cipriano Reyes, a mediados de los años ochenta en la ciudad de Berisso, donde estaba estudiando los orígenes del sindicalismo peronista. Entre 1987 y 1988 le realizó una veintena de entrevistas con el objetivo de obtener datos fácticos relacionados con su investigación. Pero luego advirtió que doña María en su relato estaba reconstruyendo en forma selectiva su pasado, tratando de darle un sentido general a su vida. A partir de esta constatación –y la evidente empatía con la mujer– el autor se propuso escribir un libro sobre la historia de María Roldán, con la expectativa de reconstruir el contexto cultural, ideológico y moral en el cual transcurrió su vida. La parte central de la obra está compuesta por el testimonio de doña María, organizado en forma temática y por un conjunto de ensayos interpretativos referidos a diferentes discusiones teórica-metodológicas.

Consideramos relevante para entender la organización del relato que propone Daniel James, el concepto de patrón clave de la estructura narrativa, definido como el elemento que reproduce, a lo largo de la narración, una matriz reconocible de conducta que da coherencia a la experiencia de vida del narrador. En Doña María, el patrón clave es la búsqueda de una vida mejor, a partir del rechazo de la injusticia social y la adopción de un compromiso consecuente con el activismo sindical y político. El centro de su experiencia política está ubicado en la década del ‘40 del siglo pasado, a partir de un puñado de acontecimientos fundacionales: la creación del sindicato de trabajadores de la carne, la huelga de noventa y seis días de 1945, la fundación del Partido Laborista ese mismo año, los sucesos del 17 de octubre de 1945, la victoria electoral de Perón en febrero de 1946, el papel de Evita. Esos diez años constituyeron la matriz de la historia de vida de la protagonista: toda su existencia posterior girará en

torno de esos acontecimientos. James afirma que el modelo narrativo utilizado por Doña María para expresar ese núcleo central de significado es la épica. Los momentos fundacionales de su historia de vida adquieren en su relato niveles de epopeya, en la cual Perón es el héroe máximo y el 17 de octubre la bisagra que separa en dos momentos la historia de doña María, de Berisso y del pueblo argentino. La épica se complementa con el romance, estructura narrativa que da cuenta del rol del individuo y que permite aflorar su personalidad. En el relato de doña María está entrelazada la defensa de sus compañeros de clase de la prepotencia patronal y su orgullo como obrera, con una cultura marcada por la colaboración y armonía de las clases en una sociedad justa y equilibrada entre sus distintos actores. Un valor muy importante para doña María es el respeto: respeto de la patronal hacia ella, pero también respeto de los trabajadores hacia los patrones, una especie de pacto para la “coexistencia civilizada” del »


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capital y el trabajo. Este patrón narrativo se halla acosado por otro, más oscuro y resbaladizo, que remite a las mayores decepciones de su vida: el tronchamiento de su carrera política-sindical, los límites de la gestación de una nueva sociedad. La ironía trágica es la estructura narrativa que aparece en el relato para dar cuenta de estas decepciones y/o traiciones, atribuidas a la providencia, a Dios o a un destino inescrutable, registro subsumido en las formas dominantes de la epopeya y el romance. El análisis de James otorga mucha importancia a las anécdotas narradas por doña María. Son relatos de autoridad, que presentan la interacción entre el narrador y otra persona de mayor jerarquía y poder, adentro o afuera de la planta. En algunas, doña María se enfrenta a la autoridad con dignidad, para cumplir directivas del sindicato o para salir en defensa de sus compañeras, en otras prima una situación de respeto por parte de personalidades de mayor status y/o autoridad que ella. Estas anécdotas están atravesadas por el patrón clave del relato de doña María anteriormente descripto, pero también aparecen otros episodios claramente relacionados con el patrón oscuro. Así, en 1950 doña María iba como candidata a diputada provincial pero fue reemplazada a último momento por una mujer rica que puso mucha plata en la campaña electoral. Un registro similar aparece cuando James intenta conocer la relación de doña María con el laborismo. La narradora hace un extraño rodeo: cuenta que el mismo día en que Cipriano Reyes fue arrestado junto con varios de sus seguidores, ella habría viajado con su marido a Magdalena para realizar un trámite ante la Municipalidad.

Cuando volvió a Berisso, su casa fue allanada y ella detenida, liberada luego de varios días de interrogatorio donde no se le comprobó delito alguno. Resulta evidente que con “el viaje” la protagonista pretende poner distancia de la detención de Reyes. Similar actitud asume respecto de otro suceso amargo: la desaparición del Partido Laborista, primero a instancias de Perón, quien en 1946 no aceptó ninguna forma de partido obrero independiente y exigió su disolución; y después por el propio Cipriano Reyes, quien en 1960 cerró el partido sin dar ninguna explicación. El autor comprueba que en distintos momentos doña María trastoca, corre, las fechas de las dos desapariciones del laborismo, para disminuir la responsabilidad de Perón o para acomodar los hechos al relato de su propia historia de vida. Aparecen también en el relato episodios contradictorios, no aclarados, por ejemplo un vecino le informa a James que durante la huelga de 1945, María Roldán, junto con otras mujeres activistas, recorría los comercios revólver en mano, presentándose como las “pistoleras de Reyes” y amenazando a los comerciantes que no se sumaban a la huelga, episodio que doña María no incluyó en su testimonio. El autor solo atina a preguntarse si resulta lícito acceder al “testimonio silenciado” de la huelga a través de un tercero, cuando él no tiene forma de establecer la veracidad del mismo.

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La historia oral ofrece valiosas herramientas para explorar la subjetividad y la memoria colectiva de los sujetos sociales, pero su utilización exige a los investigadores cumplir con ciertos requisitos. En un relato oral son siempre

importantes las variaciones del tono, volumen y ritmo del habla, portadores de significados distinguibles para el entrevistador pero difíciles de volcar al relato escrito. La velocidad del habla y sus cambios durante la entrevista, puede implicar distintas intencionalidades: la desaceleración puede significar mayor énfasis y cuidado o dificultad para expresarse, la aceleración puede remitir a un intento de eludir aspectos incómodos de la historia, una mayor familiaridad con el tema o una carencia de importancia para el narrador. La aplicación de estos conceptos es irregular y discontinua en la obra de James. Cuando analiza las anécdotas el énfasis está puesto en el contenido de las mismas más que en las variaciones antes mencionadas. Otro tema controversial es el problema de la veracidad. En las entrevistas suelen aparecer acontecimientos desconocidos así como aspectos desconocidos de acontecimientos conocidos, por eso, según Alessandro Portelli: “Las fuentes orales nos dicen no sólo lo que hizo la gente sino lo que deseaba hacer, lo que creían estar haciendo y lo que ahora piensan que hicieron.” Es habitual que el cambio de perspectiva por el paso del tiempo modifique los hechos del pasado en las versiones de los protagonistas, omitiéndose aquellas acciones posteriormente vistas en forma crítica. En estos casos, la información más preciosa puede estar en lo que ocultan los informantes antes que en lo que cuentan. Entonces, el olvido (“lo que ocultan los informantes”) puede ser más valioso que lo que recuerdan (“lo que cuenten”). Aquí radica, en nuestra opinión, uno de los aspectos más problemáticos de Doña María: el relegamiento conceptual del olvido y el silencio. Siguiendo a Marc Augé, definimos al olvido como la “pérdida del recuerdo” y al recuerdo como “una impresión que permanece en la memoria”. Al ser finita la capacidad de recordar, el olvido se transforma en el artífice de la memoria, o como dice Augé: “Los recuerdos son moldeados por el olvido, como el mar moldea los contornos de la orilla”. Michael Pollack, por su parte, destaca la importancia del silencio, que según él es la subsistencia del recuerdo pero invisibilizado. El silencio es lo no-dicho, lo que subsiste pero no está expresado. El investigador puede presumir la existencia de un episodio no contado a partir de otros indicios, y –contextualización mediante– inferir la lógica –o no– de su existencia. Esto permite interpretar de manera distinta el episodio de las “pistoleras de Reyes”: al momento de la entrevista era hegemónica la “teoría de los dos demonios”, lo cual no propiciaba el rememorar episodios violentos del pasado. No se trata entonces de forzar el relato a partir de lo dicho por un vecino, sino utilizar este episodio para pensar desde otro lugar la construcción del testimonio de doña María. El otro aspecto controvertible del libro es la ausencia de otras voces, las pertenecientes a los personajes potencialmente más cercanos a doña María: familiares, compañeras de trabajo o de militancia en las décadas del ‘30 y del ‘40, vecinos, el mismo Cipriano Reyes. En fin, los testimonios de todos aquellos “que nos importan a nosotros y a los que nosotros les


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“En aras de comprender los orígenes de la adhesión de los trabajadores al peronismo, no se profundiza en los puntos ciegos del relato de la protagonista, lo que puede convertir lo que es un estadio de la subjetividad obrera en algo estático e inmodificable.

resultamos importantes” (a los que Ricoeur conceptualiza con la noción de allegados), que estuvieron presentes en los acontecimientos fundacionales del relato de vida de doña María, no son invocados por el autor, lo cual entendemos va en desmedro de su trabajo de investigación y reflexión.

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Una idea que sobrevuela la entrevista del número anterior es la llamada doble conciencia. Hablando sobre su padre –obrero metalúrgico comunista inglés– James afirma, refiriéndose a sus compañeros de trabajo, que “entre el respeto y la reivindicación de su trabajo como delegado y sus ideas políticas había un abismo”, alegando que esta experiencia familiar le ayudó a entender el peronismo, especialmente las tensiones entre el accionar obrero y los principios de colaboración de clase que sustenta la ideología peronista. No hay dificultad alguna en la utilización de la expresión doble conciencia como metáfora para indicar una situación concreta del movimiento obrero. Pero si se pretende darle status epistemológico para explicar la subjetividad de los metalúrgicos británicos o los trabajadores de Berisso, conviene ser cautelosos. En nuestro medio, la fractura entre la acción de la clase y su identidad política ha sido ampliamente discutida. Juan Carlos Torre se valió de esta noción para explicar el surgimiento y ascenso del clasismo en los años setenta, resaltando la contradicción entre la reconocida conducta honesta de los dirigentes clasistas y su capacidad para obtener conquistas sociales frente a la no aceptación de sus ideas políticas por los trabajadores. Una tesis sumamente problemática, ya que resulta difícil aceptar que

las bases sindicales no conociesen la ideología y las posiciones políticas de los dirigentes clasistas, o establecer un corte tajante entre los principios de acción sindical y los principios políticos de las corrientes sindicales. Tampoco parece razonable confundir la incapacidad de las corrientes clasistas para armar una alternativa política a nivel nacional con el rechazo político e ideológico de sus principios por los trabajadores de base. Por el contrario, recientes investigaciones han demostrado que miles de trabajadores respaldaban en el Gran Buenos Aires al clasismo y a las Coordinadoras Interfabriles, y que la prensa de izquierda circulaba profusamente al interior de las plantas fabriles. Es entonces más lógico pensar la agudización de las tensiones del peronismo como expresión de la crisis de la identidad política de la clase obrera en aquellos años, en términos de un proceso mediado por la experiencia de la propia clase, entre otros factores a considerar. Es en este punto en el que entendemos posible introducir con provecho el concepto de construcción de hegemonía, tal como fue elaborado por Antonio Gramsci en la primera mitad del siglo pasado. Este concepto intenta dar cuenta de las disputas por las significaciones de sentido operadas en las sociedades modernas, a través de las cuales se forjan y modifican los relatos provenientes de las distintas instituciones y aparatos de la sociedad civil en las cuales los individuos están insertos. La subjetividad interviene y al mismo tiempo es forjada en esta arena de disputa, en la cual la memoria colectiva, entendida como relato compartido por un conjunto de individuos que comparten una mirada común sobre el pasado, juega un rol decisivo. En el análisis

de historias de vida como la de doña María, nos parece también relevante introducir el concepto de construcción de hegemonía, para observar críticamente las modificaciones producidas en la sociedad durante el tiempo transcurrido entre el momento que la protagonista ubica la matriz de su historia de vida y el momento en que está efectuando su narración, que serán de importancia a la hora de procesar sus recuerdos y reconstruir su trayectoria vital. Si el resultado de una entrevista depende de una transacción entrevistador/entrevistado, en la cual los objetivos distintos de ambos deben conciliarse y a la vez responder a una lógica de veracidad, ésta última sólo puede inscribirse dentro de los valores y los sentidos de significado de la época, que pueden ser distintos de aquellos que primaban en el momento de los hechos relatados. Doña María es un ejemplo notable de lo que una historia de vida reconstruida a partir de la metodología de la historia oral puede aportar a la historia social. Pero la historia, como decía E. P. Thompson, es la ciencia del contexto y el proceso. Y a la luz de este axioma podemos apreciar también los riesgos de este método: en aras de comprender los orígenes de la adhesión de los trabajadores al peronismo, no se profundiza en los puntos ciegos del relato de la protagonista, lo que puede convertir lo que es un estadio de la subjetividad obrera en algo estático e inmodificable. Una vez más cabe alertar, la doble conciencia en lugar de operar como clave explicativa puede transformarse en un bloqueo a la comprensión del devenir de la conciencia obrera. La autotransformación de la subjetividad a partir de la propia experiencia de la clase es el punto de partida de toda verdadera revolución social.


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“Ideas que son imprescindibles para cambiar al mundo hoy”

Foto: Fernando Lendoiro

Entrevistamos al actor y director Manuel Callau, quien empezó su carrera en el seminario de Raúl Serrano, recorriendo el país haciendo teatro; fue por ejemplo, parte del primer grupo de teatro que hizo tres obras en el Chocón en los ‘70. Fundador y docente de la Escuela de Teatro de Buenos Aires, con numerosas obras en teatro, cine y televisión, actualmente dirige la puesta en Buenos Aires de la obra Marx en el Soho, de Howard Zinn, con la actuación de Carlos Weber.

IdZ: ¿Cómo surge esta la idea de poner Marx en el Soho sobre tablas? En España, fui a trabajar allá y un director, Jorge Eines, me dijo “Tengo una obra que me gustaría que hagas”. Estábamos hablando de hacer monólogos –los actores vivimos soñando con hacer una obra que pueda meterse en una valija y rajar con ella por todos lados. Y la verdad es que leo la obra y me quedo impresionado, fundamentalmente por la perspectiva humana que tiene el personaje –un personaje que todos tenemos como “ubicado” en un plano puro de idea, y perdemos de vista lo que este tipo tuvo que padecer para ser coherente con lo que pensaba… ¡Y lo que laburó para que esas ideas pudieran dar a luz! Ideas que son, desde mi punto de vista, imprescindibles para cambiar al mundo hoy.


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Cuando me vengo para la Argentina me vine con la obra. Me encontré con Carlos [Weber] y le digo: “Vos podés hacer muy bien esta obra, y yo estoy dispuesto a dirigirla, si vos querés”. La leyó y le encantó, y enseguida armamos algo. Ensayamos un mes y medio con la idea de que fuese un espectáculo que pudiera hacerse en cualquier lugar: con luz/sin luz, con decorado/sin decorado... Y así recorrió el primer tramo de su vida Marx en el Soho: en los sindicatos, en barrios, en clubes. IdZ: La obra de Zinn es del año 1997; ustedes la han aggionardo y hacen que Marx, por ejemplo, cuando lee las notas periodísticas, sean de los diarios actuales. Para nosotros, no hace falta que uno descubra la pólvora, Marx fue un estudioso. Yo lo imagino sacando información de todos lados. De la Enciclopedia británica y de la más mínima cuestión que pudiera registrar. Con Carlos pensamos: ¿tiene anotador; tiene una libretita? ¿Recortes? ¿Los guarda? Está ahí en el paraíso y quiere venir a hablar, a aclarar, porque está saliendo todo esto y no le gusta… Entonces aparece la excusa para que pongamos algunos elementos que nos son más cercanos, y que le permiten al público también acercarse al pensamiento de Marx. Estuvimos tentados en un momento de ponerle “... en Boedo, o en Almagro, o en San Telmo”, pero nos parecía que se nos achicaba el conflicto, que se nos achicaba el discurso. Y que era la gente la que tenía que vincular con su propio universo esto que le estaba “tirando” Marx. IdZ: Me acordaba de las funciones de 2008, leyendo las noticias de que en Estados Unidos la gente estaba viviendo en carpas… Es verdad. Trabajamos así, si encontramos por ejemplo lo que pasó en Asunción del Paraguay [el incendio de un supermercado en 2004]... lo metimos nosotros. El “Conozco a Jesús. No va a venir. Es que tiene muchos más fieles que yo”, no es de la obra. Había cosas en la obra que eran para otro tipo de público, nosotros tuvimos que recurrir a cosas de viejo comicastro que no alteran nada la esencia, pero que sin embargo consideramos nosotros –acerca del pensamiento de Marx– para nuestro público. IdZ: ¿Quién es el público que va a ver Marx en el Soho? ¿Es un público heterogéneo? Es heterogéneo, pero hay mucha gente joven. Es heterogéneo en cuanto a su procedencia: estudiantes, trabajadores, artistas, intelectuales… en su mayoría jóvenes. Y nos llama mucho la atención que, por ejemplo, ironizan mucho… ahora les damos un cartoncito y la gente nos dice cómo vino, qué le pareció, nos deja su correo… Hemos armado una suerte de atril donde le pedimos a la gente que escriban, que pongan lo que quiera, lo que se le ocurra, lo que le pasó… Y ponen unas cosas infernales. Desde los elogios a la parte artística, pero también reivindicando la figura de Marx esencialmente, y reivindicándola casi de una manera futbolera, como cantitos: “¡Aguante Carlitos, aguante Marx!”.

IdZ: Zinn en un prólogo a la obra cuenta que cuando la escribió, la figura de Marx estaba demonizada; pero con la crisis capitalista en el medio, con la edición de libros de Marx, ¿notás algún cambio en el público? Howard Zinn era –falleció hace unos pocos años– un intelectual brillante, pero no dejaba de vivir “en el centro del Universo”. Y las cosas que pasaban en otras partes del mundo, no en el centro, no son las mismas. Yo no sé si en Argentina y en Latinoamérica los ‘90 y este momento no son parte de una misma línea donde la presencia de la ideología y de la voluntad, el deseo, el interés, la transformación no han sido una constante. Que los medios de comunicación, que hoy –desde mi punto de vista– son constitutivos del sistema, hayan “atenuado” la realidad, intentado minimizarla o descomprimirla o hacernos creer que somos una banda de pelotudos que andamos pululando por la Tierra, es una cosa. Pero la realidad es otra. Es cierto que el triunfo del patilludo impune y su proyecto neoliberal nos dejó paticonfusos a más de tres, ¿no?; pero a pesar de eso la gente siguió peleando, siguió luchando, y siguió generando cosas; siguieron apareciendo organizaciones sociales y formas de lucha. IdZ: Es que con la caída del Muro de Berlín, la desaparición de la URSS; en los ‘90 reivindicar a Marx era más a contracorriente… El ámbito de Zinn era el ámbito universitario. Tal vez lo que vos decís sea así… La realidad es tan compleja, tan diversa, tan “prismática”. Cuando creemos que “los noventa fueron esto”, que “los ochenta fueron aquello”, que “¡en los setenta y en los sesenta pasaron tantas cosas!”, podemos sacar conclusiones maravillosas de esto, de aquello, pero del río al mar, la línea no es recta.

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Yo me acuerdo del ‘85, cuando hicimos el “teatrazo”, el Teatro Abierto, que se trataba de que la gente en el barrio, junto con sus artistas, organizara un acontecimiento artístico-cultural durante 48 horas, con la consigna: “En defensa de la democracia, por la liberación nacional y la unidad latinoamericana”. Y, por supuesto, todos los medios dijeron que no existió eso. ¡Pero fue exactamente lo contrario! En el cierre del “teatrazo” de Villa Real, que se hizo en un club que se llama “Jorge Newbery”, apareció un grupo de patinadores de sesenta personas (niños, adolescentes y mayores) con la consigna “En defensa de la democracia, por la liberación nacional y la unidad latinoamericana” y con la música de fondo de “New York, New York”. IdZ: ¿Qué objetivos se han propuesto con esta obra? El solo hecho de ser actores –actores con más de 40 años de profesión–, y querer hacer esta obra, en el ‘98, en el 2008, en el 2007, en el 2013… solo eso, implica una cosa jugada importante. Nosotros no vamos a “bajar línea” jamás, pero nos vamos a posicionar frente a la realidad. No somos aplaudidores ni perritos decorativos; tenemos nuestras posiciones, aceptamos la diversidad como fuerza. Pero también queremos hacer lo que nosotros consideramos que es necesario, para nosotros y para nuestra comunidad –para la comunidad a la que pertenecemos. Necesitamos recrear nuestro eje de sentido permanentemente. No consideramos que un actor sea un tipo que se pavonea delante de los demás porque tiene linda pinta o porque tiene no sé qué… Consideramos que en la esencia de nuestro trabajo está la identificación. Cuando se produce el milagro de la identificación, se produce el milagro del teatro. A través de la identificación uno puede pasar ideas, imágenes, emociones...»

Foto: Fernando Lendoiro


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cuestiones que los políticos matarían por poder manejar. Nosotros lo hacemos porque es la naturaleza de nuestro trabajo. Y tenemos nuestra manera de pensar. Pero somos respetuosos, a ultranza, del carácter del trabajo del actor; de la particularidad del trabajo del actor. IdZ: ¿Qué opinión tenés acerca de lo que viene haciendo el gobierno nacional o el de la ciudad como política hacia los actores? El otro día me hicieron una nota para la revista Noticias –la verdad que reflejó bastante lo que yo pienso–, pero hubo un concepto ahí que se mezcló. Aparece acerca justamente de este país del “blanco y negro”, del “Kirchner o Magnetto”. Y entonces digo: “si son socios”. En realidad, yo quise decir esto: “Fueron socios –y yo me asocio con alguien que tiene el mismo proyecto que yo–”. Yo creo que no son lo mismo, pero defienden el mismo sistema. Defienden las mismas reglas del juego. Y se necesitan mutuamente. Para justificar su incapacidad para transformar la sociedad (o su no-deseo de transformar la sociedad). ¿Quién puede estar en contra de la renacionalización de Aerolíneas Argentinas? ¿Quién puede estar en contra de la nacionalización de las AFJP? ¿Quién puede estar en contra de lo mucho que se hizo para juzgar a los responsables del genocidio que tuvimos en la década del ‘70 y ‘80? Nadie bienpensante puede estar en contra de que se meta preso, en cárcel común, a toda esa manga de delincuentes. ¿Verdad? Ahora: ¿Qué hacemos con la guita de las AFJP? ¿Qué hacemos con la línea de bandera? ¿Qué proyecto de país hay? Entre las cosas que más cuentan (en la ausencia de proyecto de país) es el proyecto político-cultural. Y lo pongo en este orden porque lo cultural es una cosa mucho más compleja, donde todo el mundo está construyendo todo el tiempo. Todos construimos el proyecto cultural del país. Pero un gobierno define qué gestión artística para aportar a lo cultural desde una perspectiva de proyecto de país. Qué país quiero; qué valores quiero incentivar. Marx habla en la obra de Howard Zinn de los niños educados a partir de la solidaridad, que es una cosa que también nosotros hemos corregido, o aumentado. Dice: “Los que son educados con lo que este sistema plantea no son mejores que los educados a partir de la solidaridad”. Acá aparece con claridad –y esto es una cosa inevitable para todas los sistemas: “Cuéntame qué le estás dando a la comunidad (y cómo la comunidad participa en la gestión artístico cultural) y te diré qué modelo social y político estás llevando adelante”. En el ‘85, cuando Teatro Abierto le lleva el proyecto a “Pacho” O’Donell –secretario de Cultura, puesto por Alfonsín–, en la Ciudad de Buenos Aires, y le despliega que uno de los objetivos que tiene Teatro Abierto es que la comunidad, junto con sus artistas, elabore un proyecto, y que durante 48 horas sean ellos los que organizan, los que definen cómo, a qué hora… La respuesta de Pacho O’Donell es: “Pero eso es inmanejable”. Nosotros le dijimos: “Sí. Es lo mejor que tiene el proyecto”. Por supuesto, nunca nos dieron ni una caja de clavos… Pasó en todos los municipios, sean manejados

Una obra hoy necesaria Extractos de la entrevista a Carlos Weber (realizada por el programa de radio Pateando el Tablero el 29/06/13), quien interpreta a Marx en Marx en el Soho, actualmente en el Teatro SHA (Sarmiento 2255, CABA) los viernes y sábados a las 21 horas.

“[Zinn] tuvo la necesidad de traer a Marx a la tierra, para que –como dice la obra– ‘limpie su nombre’, aclare lo que se ha tergiversado de él, porque lo han convertido durante muchos años en un monstruo. Y naturalmente, nosotros sabemos por qué lo convierten en un monstruo: porque el hombre hizo el único análisis exhaustivo sobre la realidad del capitalismo, y eso es una herramienta muy peligrosa. Entonces había que destruirlo. Y para destruirlo mejor y más rápidamente hay que demonizarlo”. “Lo que está pasando con Marx en el mundo es extraordinario: ha vuelto a las universidades, como libro de consulta permanente en todas partes, ha vuelto a los diarios… ha vuelto al debate. Todo el mundo está diciendo algo respecto al análisis de Marx sobre la realidad del capitalismo; que esto lo predijo la dialéctica de Marx; Marx dijo que el capitalismo estaba cavando su propia tumba. Y esto es lo que está ocurriendo. No sabemos cuántos años más va a tardar en cavarla, ni qué vendrá luego, no lo sabemos; pero sabemos que esto que está pasando ahora no es una ‘crisis de bancos’; no es una ‘crisis financiera’: es una crisis terminal del capitalismo”.

por los radicales, sean manejados por los peronistas. El “teatrazo” fue un acontecimiento que se hizo también en Uruguay, en Chile, en Paraguay, en Perú, en México, en Costa Rica, el mismo fin de semana (48 horas ininterrumpidas). No apareció en ningún lado… pero ocurrió. Fue “inmanejable”; sin embargo, no pasó absolutamente nada –a no ser que queramos atribuirle el terremoto de México a este fenómeno, ¿no? IdZ: Es un concepto restringido del arte: que la gente solo puede ir a ver, y no participar de la producción artística… Así es. IdZ: La participación así es un poco “inmanejable”, pero al mismo tiempo, a lo mejor, más fructífera… Es lo que yo considero. Y es lo que considero la piedra basal de un proyecto verdaderamente cultural. Por supuesto que no es “tirar papelitos para arriba”. IdZ: La respuesta “Esto es inmanejable” en realidad quiere decir: “Esto así yo no lo puedo manejar”. ¡Claro! “Yo no lo puedo manejar… Y ustedes tampoco”. Los críticos, los medios tradicionales...

“Marx recuerda el episodio de la Comuna de París porque realmente fue un estallido popular, social, interesantísimo; un experimento muy interesante donde confluyeron allí, en la Comuna, distintos pensamientos; muchos de ellos encontrados también, no vayan a creer que todo era ‘un orden’… no. [...] La Comuna de París tenía entre sus miembros dirigentes muchos enfrentamientos, muchas distintas visiones acerca de cómo tenía que avanzar ese proceso; pero lo que está claro es que por primera vez el pueblo pudo tener sus propias leyes; eso es algo impensado en aquellos tiempos –imaginémonos lo que fue. Ahora sigue siendo impensado que nosotros tengamos nuestras propias leyes: miremos lo que pasa con la educación en la Argentina, que están ‘recortando’ todo; lo que pasa con la salud; lo que pasa con los transportes; lo que está pasando con la tercerización del trabajo… [...] Si nosotros pudiéramos tener nuestras propias leyes esto no pasaría.… Por eso Marx está tan exaltado recordando aquel episodio, y él dice que ‘había mucho del socialismo que yo soñé’ en aquella revolución”.

En Caballito empezó el “teatrazo” con una carrera de embolsados… no era un hecho “teatral”… Hay mucho para hablar de la historia de la resistencia artístico-cultural. IdZ: ¿Se puede relacionar entre esto que contás, ocurrido a la salida de la dictadura, y el 2001? En esos momentos de quiebre cuando la gente se suma a participar, y ocurren esas experiencias más colectivas… Yo participé del primer Teatro por la identidad. Y el día que fuimos a hacer la primera función, en el [Centro Cultural Ricardo] Rojas, y cuando estaba por empezar nos vienen a decir: “¿Pueden hacer otra función?”. ¡Nunca en teatro pasó algo así, que antes de haber hecho la primera función ya te estén pidiendo otra…! A partir de ahí, ese fenómeno que es Teatro por la identidad (y que también podemos hablar un montón de cosas: cómo se ha utilizado; cómo fue utilizada la lucha de las Abuelas [de Plaza de Mayo]); también es la muestra de que hay un pueblo vivo; un pueblo que con proyectos esté a la altura de sus manos que pueda construir, que pueda operar sobre la realidad.

Entrevistaron: Demian Paredes y Ariane Díaz.


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La cultura obrera en cuestión Un comentario sobre La cultura obrera en la sociedad de masas, de Richard Hoggart. Fernando Aiziczon Historiador, UNC.

Cultura obrera y cultura de masas Mucha gente comentó cómo “pegaron” algunos spots del Frente de Izquierda en las elecciones primarias de este año por la afinidad que despertaron en sectores de trabajadores, en la juventud y en la población en general. Las razones pueden ser muchas pero sin dudas cualquier spot o propaganda funda su eficacia en la capacidad de interpelar sentidos, creencias, valores, es decir, el universo de aspectos que suele denominarse como “cultura”, en su acepción más amplia. En uno de los spots puede verse a un joven trabajador de Coca Cola que camina por su barrio razonando su condición de precarizado; con un lenguaje llano y sentado en un cordón de la vereda el joven hace números de cuántos años de su trabajo le llevaría alcanzar lo que gana un diputado en 4 años de mandato: “¡133 años!”, concluye indignado. Otro spot muestra a un grupo de trabajadores fabriles que mira y comenta con desconfianza el mensaje de sus dirigentes sindicales que les anuncian en una asamblea la imposibilidad de ir por más (“muchachos, con el salario llegamos hasta acá”), al momento que un obrero de base pregunta irónicamente a su compañero si esos dirigentes, por su forma de hablar y vestir, no son acaso la misma patronal (“¡¿éste es el patrón?!”). Se podría pensar que en ambos casos los spots expresan sentimientos genuinos de miles de trabajadores cansados de su condición de precarios o que están indignados por la complicidad con la patronal que sostienen sus representantes, y que estas propagandas reflejan esos sentimientos de un modo bastante cercano al que cualquier trabajador puede encontrar en su cotidianeidad. Diríamos entonces que esos sentimientos pertenecen efectivamente a una clase: la clase obrera, con sus diferencias internas, sus matices idiosincráticos, su fragmentario modo de pensar al mundo y todo lo que querramos colocar como complejidad que evite simplificar su universo. Pero de lo que difícilmente podríamos dudar es de su carácter de clase. ¿Y qué podríamos decir del modo en que el candidato de la derecha porteña, Mauricio Macri, festejó sus buenos resultados electorales en

la misma contienda? Al son de la cumbia “no me arrepiento de este amor” de la cantante tropical Gilda, Macri bailó frente a las cámaras de TV junto a sus candidatos pertenecientes en su mayoría a la clase alta. Claro que su modo de bailarlo difiere notablemente de aquellos que escuchan cumbia por tradición cultural, pero lo que aquí queremos remarcar es cómo una música típica de una clase social puede ser apropiada y reformulada por otra clase transformando su sentido: el “gesto cumbiero” de Macri es la forma mediante la cual las clases altas se re-elitizan, se muestran al público como humanas y capaces de practicar un baile de masas sin por ello perder sus ideas reaccionarias: el burgués que baila una cumbia incrementa su poder racial en la medida en que practica el baile del dominado, aunque jamás logre sentir el ritmo como un auténtico “negro cumbiero”. Como se sabe, la cumbia en Buenos Aires estuvo originalmente confinada y

estigmatizada como ritmo de los pobres marginales, rasgo acentuado tras la emergencia de la “cumbia villera” con sus letras “tumberas” referidas al sexo, las drogas y el alcohol, cantadas en un lenguaje plagado de neologismos “trasgresores”. No obstante ello y con el paso del tiempo ambos géneros, al igual que el cuarteto cordobés, supieron hacer de la condición marginal un buen negocio y en la medida en que mercantilizaron sus ritmos y letras negociaron la “entrega” de una música de clase a sectores de clase alta, quedando la cumbia y el cuarteto como música de masas despojada del tinte clasista originario.

Estudios culturales Con estas cuestiones estamos planteando parte de los temas que abordan los denominados “Estudios Culturales” (Cultural Studies), una perspectiva de análisis originada en Inglaterra a fines de la década del ‘50, donde se superponen varias »


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CULTURA Lecturas críticas

“El logro de Hoggart consiste en capturar cambios culturales especialmente en las actitudes de jóvenes generaciones y mostrar cómo a pesar del bombardeo modernizante del consumo y la publicidad persisten y se superponen viejas y nuevas tradiciones. disciplinas por entonces marginales (antropología, lingüística, estudios literarios, psicoanálisis). Se consideran como referentes fundacionales a Richard Hoggart, Raymond Williams y E. P. Thompson, que si bien no comparten el mismo marco teórico (el marxismo en Williams y Thompson) sí coinciden en su interés (y oficio) relacionado con la educación de adultos de la clase obrera inglesa, y es esa sensibilidad de clase la que los llevó de diferentes modos y en distintas épocas históricas a investigar la manera en que los obreros y obreras ingleses viven, trabajan, se organizan, luchan, hablan, discuten, se divierten, sufren y fundamentalmente leen, desde los primeros periódicos obreros hasta la llegada de los medios masivos de comunicación: televisión, radio, cine, novelas escritas o telenovelas, incluyendo fenómenos como la emergencia y metamorfosis de géneros musicales tradicionales y modernos. La cultura obrera en la sociedad de masas, de Richard Hoggart, editado en Inglaterra hacia 1957 y disponible hoy en castellano en las librerías, es en este sentido una obra fundacional con un plus que la torna especialmente interesante. Hoggart no es un intelectual de clase media atraído por un objeto de estudio exótico para él; al contrario, Hoggart es un miembro nacido y criado en la clase obrera inglesa de los años ‘20-‘30, una clase que luego de la Segunda Guerra Mundial experimenta el cambio cultural hacia una sociedad de masas y sobre la cual se aplican políticas estatales de “bienestar”: becas de estudio para hijos de trabajadores, acceso a la universidad, estabilidad y perspectivas de crecimiento económico que fundamentalmente impactan en un abandono de las tradiciones culturales de aquella clase cuyos nuevas generaciones ahora comienzan a despegar –a través del consumo masivo– hacia la clase media (en este sentido, otro hijo de aquella época puede leerse en el reportaje al historiador Daniel James aparecido en el número 2 de Ideas de Izquierda). Esa cercanía-lejanía de clase que practica Hoggart al escribir este libro (y lo hace cuando ya es un reconocido académico inglés), ese desclasamiento hacia arriba que lo hace predecir (ingenuamente) la conformación de una gran clase media o una “sociedad sin clases” homogeneizada culturalmente, sumado a que escribe en primera persona combinando experiencias de vida del autor con observaciones etnográficas, le otorga un peculiar atractivo de lectura: “Escribo principalmente sobre la mayoría que toma las cosas tal como viene; sobre algunos dirigentes sindicales que, cuando se quejan de la falta de interés en su movimiento, se refieren a

‘la gran masa apática’; sobre lo que los compositores de canciones llaman, a modo de cumplido, ‘la gente del pueblo’; sobre lo que la clase trabajadora describe, con más sobriedad, como ‘el hombre de la calle’”1. El párrafo precedente es una suerte de declaración de principios del culturalismo: lo que importa no es la interpretación teoricista alejada del registro empírico –muy común en las ciencias sociales a la hora de dar cuenta del por qué determinados actores o clases hacen lo que hacen–, ni la construcción idealizada de una clase; lo que Hoggart intenta hacer es mostrar las actitudes tal cual se muestran ante él (modos de hablar, tonos de voz, formas de consumir, de entender las relaciones de género) y cómo esas actitudes son explotadas por los publicistas de masas para precisamente tornar a esa clase en un cliente fiel al que siempre se le brinda lo que pretende escuchar, comer o leer. El método de Hoggart es obsesivamente descriptivo pero permite ingresar mejor a cuestiones complejas como por ejemplo la ambigua religiosidad de la clase obrera o su aparente aceptación del orden monárquico inglés: asistir a misa, votar al laborismo o leer revistas populares referidas a la realeza británica, ¿son prácticas autoevidentes o requieren un análisis más fino de cómo son resignificadas por los trabajadores? El logro de Hoggart consiste en capturar cambios culturales especialmente en las actitudes de jóvenes generaciones y mostrar cómo a pesar del bombardeo modernizante del consumo y la publicidad persisten y se superponen viejas y nuevas tradiciones: por ejemplo la vieja tolerancia característica de la clase obrera se continúa luego bajo la (nueva) forma del concepto de libertad; el antiguo sentimiento de pertenencia a un grupo se prolonga en el igualitarismo democrático posterior, pero lo que destaca Hoggart en estos y otros casos es que el cambio cultural anticipa un futuro sombrío: la “libertad” en abstracto suele fundirse con el relativismo y el escepticismo (“todo vale, y todo vale lo mismo” o “tengo la libertad de no elegir”), el democratismo ingenuo puede convivir con nuevos prejuicios tales como la exigencia de practicar una “apertura mental” sin mayores precisiones, y en ambos casos la realidad muestra un cinismo que evita toda polémica frontal, o peor aún, la emergencia de actitudes evasivas y descomprometidas junto a la ausencia de parámetros que sirvan para ponderar un tipo de acción (“no importa lo que uno haga si uno lo hace de corazón”). Otro aspecto destacable es la descripción de las fronteras de clase ilustrada como el “nosotros” de

la clase obrera y el “ellos”, es decir, todos aquellos que no son considerados pares o miembros de clase: El mundo de “ellos” es el de los jefes, sean estos individuos del ámbito privado o, como suele ser el caso más corriente en la actualidad, los empleados públicos. “Ellos” pueden ser, según la ocasión, cualquier persona cuya clase social no sea la de los pocos individuos a los que la clase trabajadora reconoce como tales. Un médico que muestra dedicación por los pacientes no será uno de “ellos” en tanto médico; en cambio en tanto seres sociales, él y su esposa sí serán “ellos”. Un cura será uno de “ellos” o no según cómo se comporte (…) “Ellos” son los que están “en la cima”, los de “arriba”, los que reparten “ayudas sociales”, los que nos convocan para ir a la guerra2.

Lo mismo ocurre con los trabajadores de bajo rango que buscan diferenciarse de su clase o cumplen funciones de protección de los de arriba: es el caso de los policías, por ejemplo. Se abre así un análisis de clase no tan determinado por la posición objetiva y sí más definido por las actitudes, funciones o comportamientos sociales.

Límites políticos del culturalismo Hoggart reconoce un olvido importante en su libro: no le interesan los sectores que pugnan por evitar la domesticación consumista de la clase obrera y a los que nombra difusamente como “minoría con conciencia social”, es decir, todos aquellos que buscan cambiar la conciencia política de los explotados en vistas de su emancipación. Este es el flanco más débil de los estudios culturales al modo en que lo presenta Hoggart ya que como él mismo lo reconoce la clase obrera, para mantener su cohesión, su “nosotros”, también suele consolidarse como clase conservadora, con sus principios y valores inamovibles e impregnados de resignación, hostil al cambio y renuente en reconocerse con capacidad para autoorganizarse políticamente. Por eso Hoggart naufraga al autolimitarse a registrar las formas en que los hombres “comunican su sentido del mundo y sus valores” y nada más, lamentándose luego por la pasividad que el capitalismo inocula en los explotados. Es que en el mismo punto en que los estudios culturales plantan bandera y dejan la posta a lo que vendrá en los años ‘80 y ‘90 como moda intelectual (el multiculturalismo), se abre la puerta para el vuelco hacia un teoricismo apolítico refugiado en la supuesta fidelidad a lo que el observador (hoy abrumadoramente un intelectual de clase media) dice que es la cultura: las formas diversas y contingentes en que los individuos otorgan sentido a sus vidas. O la cumbia para todos y todas.

1 Richard Hoggart, La cultura obrera en la sociedad de masas, Buenos Aires, Siglo XXI, 2013, p. 49. 2 Ibídem, p.95.


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REPRESENTAR EL CAPITAL, de Fredric Jameson

Buenos Aires, FCE, 2013.

Esteban Mercatante

No debemos engañarnos por la extensión del reciente libro de Fredric Jameson sobre el Tomo I de El capital de Karl Marx. Se trata de una obra compleja, que nos propone una lectura de El capital para los tiempos actuales. Para Jameson, la cuestión central del Tomo I está en la representación: cómo reconstruir teóricamente una totalidad de la que solo son visibles sus síntomas. Ante la dificultad de la tarea resulta inevitable –nos dice Jameson– que cualquier intento sea una mezcla de éxito y fracaso: partiendo de elementos individuales, procesos históricos y perspectivas diversas, algunos aspectos quedarán en primer plano y otros serán omitidos o tergiversados. Jameson destaca el uso que hace Marx de la figuración. En parte, sugiere, este uso refleja los procesos de reificación inherentes al capitalismo: la reificación, objetiva y no meramente ilusoria, es sin embargo un proceso figurativo, una traslación de una cosa a términos diferentes. Pero Jameson entiende que juega además un rol específico en la arquitectura de El capital; “es señal de que el texto de Marx ha ascendido hacia una cierta consciencia de sí mismo, ha alcanzado una altura desde donde por un instante puede contemplar la totalidad de su objeto” (89). Representar... muestra cómo Marx encadena una serie de paradojas y enigmas que, apenas parecen haberse resuelto, dan lugar a otros de mayor alcance. El capitalismo involucra numerosos problemas, y su resolución implica una variedad de exploraciones que toman la forma de ondas que se van superponiendo. Se plantea un problema (por mencionar uno: ¿cómo puede a través del intercambio de equivalentes surgir un plusvalor?); paulatinamente emerge una resolución al mismo (la adquisición de una mercancía que es generadora de valor, la fuerza de trabajo), pero esto plantea nuevos problemas (¿cómo puede esta mercancía generar un valor mayor al que cuesta sin violar las leyes del intercambio de equivalentes?).

Cada nuevo problema nos obliga a seguir un curso de investigación que estábamos ya dando por concluido. Muchas de las cuestiones que se plantean resultan ser en realidad la misma, e involucran la misma respuesta, pero en un plano o registro diferente, ilustrando el abordaje dialéctico de la representación de Marx. Jameson distingue en El capital tres partes diferenciadas. La primera sección, aquella en la que Marx desentraña las sutilezas metafísicas de la mercancía y nos revela por qué el dinero debe llegar a ser lo que es, segregado del mundo de las mercancías, es para él un breve espectáculo de apertura, un tratado completo por sí mismo. Jameson nos recuerda que Althusser recomendaba en Para leer El capital aproximarse al libro salteándose estos capítulos, y él no desecha del todo el planteo. Sin embargo, no debe entenderse el énfasis en destacar la semiautonomía de la primera sección como una desestimación de la centralidad que tiene para toda la obra una cuestión que recorre los primeros capítulos y es fundamental para Marx desde sus trabajos de juventud: la alienación, tratada acá más precisamente como enajenación. Esta categoría permanece a la vez central y reconvertida; se transmuta para Jameson a una dimensión completamente distinta, no filosófica. A partir de la segunda sección nos confrontamos con el cuerpo central de la obra, que Jameson sintetiza en el capítulo “La unidad de los opuestos”. Finalmente, retomando la analogía musical, Jameson ve los últimos dos capítulos del Tomo I, “La llamada acumulación originaria” y “La teoría moderna de la colonización”, como una coda. Una particularidad que encuentra Jameson es que, a diferencia del resto de la obra no son sincrónicos sino diacrónicos: el asunto central del libro ha sido concluido, y en estas páginas finales se entrecruzan diversos temas al tiempo que nos introducen más plenamente en el devenir histórico. Con esta distinción Jameson parece seguir los pasos de Althusser; pero ya Karel Kosíc supo argumentar de forma muy convincente que el entrecruzamiento entre sincronía y diacronía que caracteriza al método de Marx, recorre toda la obra, y en ningún modo puede relegarse a una coda. Respecto del viejo tópico de la relación entre estructura y sujeto, Jameson considera que Marx navega en El capital en la ambivalencia, pasando de la exaltación del sistema y sus contradicciones, a resaltar el protagonismo de los proletarios, que con su acción crean a su verdugo -y pueden, también, liquidarlo. Sin embargo, Jameson lee El capital como un libro que no trata de política, ni es siquiera sobre el trabajo, sino

sobre el desempleo, como lo revela el encadenamiento que constituye el cuerpo central del libro que concluye en la ley general, absoluta, del capitalismo, que es la producción de población obrera sobrante. La acumulación de capital se caracteriza por la búsqueda de un incremento de la productividad industrial que genera al mismo tiempo capital excedente y desempleo. Las últimas páginas del libro de Jameson sí remarcan la significación política de su lectura de El capital. Sostiene que el desempleo es la otra cara ideológica de un programa basado en la exigencia de “pleno empleo”; al contrario, para Jameson, se trata de ver de otra manera a las poblaciones de todo el mundo que “se han caído de la historia”, poniendo en primer plano la cuestión de la explotación como punto de partida para comprometerse en una política transformadora a escala global. Es que para Jameson, la política es un asunto de un siempre atento oportunismo, y no de la teoría o la filosofía. Y respecto de la teoría política, la identifica con el constitucionalismo y la considera siempre reaccionaria, además de extemporánea en la época en que el capital ha fusionado economía y política. Pero además señala que El capital no es político en el sentido de que no hay en él consideraciones estratégicas. Partiendo de una concepción limitada de la política –cuando en realidad la relación estructura/sujeto es una dimensión política central–, finalmente Jameson se inclina a resolver la ambivalencia que encuentra en el texto de Marx en favor de la estructura. Su acento en la ausencia de política en el Tomo I de El capital, revela toda una forma de entender el marxismo, que descompone lo que es en realidad la unidad de una visión del mundo, crítica científica de la sociedad, teoría de la revolución y arte de la estrategia. Aunque en las páginas de El capital no se desarrollan definiciones estratégicas, la crítica inmanente de la sociedad capitalista y la estrategia revolucionaria guardan una relación menos “contingente” de lo que asume Jameson. El capital constituía para el propio Marx una parte integrante del “todo artístico completo” que eran sus escritos (Carta a Engels, 31/7/1865), sin admitir distinción entre dimensión política y económica de su labor. Como no podía ser de otra forma, la representación de la totalidad que es el Tomo I de El capital por parte de Jameson, que revela nuevas resonancias tanto como registra omisiones significativas, es también una mezcla de éxito y fracaso. Intervención polémica que revisita numerosos tópicos a la vez que produce una lectura original –tanto como parcial– del Tomo I.


OBRAS ESCOGIDAS ESCRITOS LATINOAMERICANOS EN MÉXICO [1937-1940] León Trotsky

NOVEDAD SEPTIEMBRE Escritos Latinoamericanos reúne las más relevantes cartas, artículos, entrevistas  y discusiones de León Trotsky sobre este continente durante su exilio en México (1937-40). También conforman esta compilación una selección de artículos de la revista Clave, órgano difusor de  la IV Internacional para el mundo de habla hispana, algunos elaborados por el gran revolucionario ruso y, otros por dirigentes trotskistas de la época, como Liborio Justo, Octavio Fernández o por el célebre pintor Diego Rivera.

LA LUCHA CONTRA EL FASCISMO EN ALEMANIA León Trotsky “Aislado en una isla turca, escribió desde lejos una serie de textos sobre el ascenso del nazismo en Alemania, cuya calidad como estudios concretos de una coyuntura política no tiene parangón en los anales del materialismo histórico. (...) La naturaleza internacionalista de su intervención, destinada a armar a la clase obrera alemana contra el peligro mortal que la amenazaba, se mantuvo durante toda su vida” (Perry Anderson).

STALIN, EL GRAN ORGANIZADOR DE DERROTAS LA III INTERNACIONAL DESPUÉS DE LENIN

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MI VIDA INTENTO AUTOBIOGRÁFICO

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MARX Y ENGELS David Riazanov

LA CRISIS DE 1929 Y EL EMERGER NORTEAMERICANO Isaac Joshua VISÍTENOS EN

LA MUJER, EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN Wendy Goldman

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COMUNIDAD, INDIGENISMO Y MARXISMO Javo Ferreira CEIPLEONTROTSKY.ORG


Ideas de Izquierda 03, septiembre 2013