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N潞 256-Diciembre 2007 Fundada en 1992 La revista decana de Santa Pola 3.000 ejemplares distribuci贸n gratuita

Antonio L贸pez rescata en un libro las canciones populares de la villa - La navidad nos trae una intensa actividad festiva y comercial - Los colectivos culturales celebran sus actos para despedir el a帽o

La ONG Icnelia hace realidad la primera escuela santapolera en Nicaragua


Editorial

La felicidad absoluta

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Edita:

C/ Campoamor, nº 1 - entresuelo 1 03130 Santa Pola (Alicante) Tel. 96.541.42.25 www.portalsantapola.com jjescenas@gmail.com

REDACCIÓN

Director: José Juan López Lafuente Redacción: José Juan López Colaboradores: Augusto Soler, Graham Sanders, Oficina del Valencià, Antonio Muñoz Castillo, Gaspar López, Eugenio Cases, Clara Vidal, Agripa Hervás Diseño y maquetación: José Juan López Imprime: Quinta Impresión. Tel. 96.510.69.75 Depósito Legal: A-489-1992 Fundada en: 1992 Tirada: 3.000 ejemplares Distribución gratuita PUBLICIDAD

Departamento propio Teléfono: 653.84.49.03 Todos los derechos reservados. Los dibujos, fotografías y artículos que se publican son propiedad del editor. Esta publicación no puede ser reproducida, distribuida, comunicada públicamente o utilizada con fines comerciales, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sin la previa autorización por escrito del editor. El editor no se responsabiliza de la opinión de sus colaboradores.

Ya que estamos en plenas navidades, una época en que los sentimientos saltan a flor de piel, permitidme que os haga una confidencia: me siento un ser privilegiado, tocado por la varita mágica del destino. Soy uno de esos afortunados que ha sido capaz de sentir un momento de felicidad absoluta. Algo que muchos humanos persiguen durante toda su vida sin alcanzarlo. Incluso muchos llegan a vivirlo, pero no se atreven a sentirlo. Y mucho menos a expresarlo. Yo lo viví el 23 de noviembre a miles de kilómetros de aquí. Sería arduo contar en estas líneas la odisea que supone llegar hasta la comunidad de El Progreso, un punto que no aparece en ningún mapa del mundo, protegido por un denso manto de selva tropical. En ese lugar en medio de la nada, los santapoleros hemos hecho historia. Una pequeña y más que modesta anotación entre más de veintiún siglos de historia colectiva, por supuesto. Pero no por pequeña es menos válida. Para los niños de El Progreso el hecho sí que supone un hito en su corta y particular historia. Contarán a sus hijos, y luego a sus nietos, que unos españoles -con vestimentas raras y aparatos que atrapaban sus caras sonrientes- llegaron un día allí para crear el colegio en el que ellos estudiaron. Una escuela que construyeron con la mejor madera de la zona, cuidando cada detalle para que ellos se sintieran cómodos, con un corredor para que no se mojaran en el recreo cuando llovía, que era casi todos los días. Con mucha claridad, hasta con libros para que pudiesen estudiar. Les contarán que esos españoles venían de una ciudad que se llamaba Santa

Pola, un lugar donde la gente todavía era capaz de ayudar a sus hermanos cuando lo necesitaban. Y a la escuela la llamaron “Mari Carmen”. ¡Qué raro! No era un nombre de santos o vírgenes, como en otras comunidades. Nos contaron que Mari Carmen era el nombre de una de las personas que dieron la plata para construirla. Y les pedirán que, como ellos hicieron cuando eran niños, rezaran cada día por las personas que se habían acordado de ellos desde un remoto lugar del otro mundo. Los niños de El Progreso casi no tienen infancia. Apenas levantan un palmo del suelo ya se han convertido en adultos

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ontarán a sus hijos, y luego a sus nietos, que unos españoles venidos de una ciudad que se llamaba Santa Pola llegaron un día allí para crear el colegio en el que ellos estudiaron

JOSÉ JUAN LÓPEZ Director

jjescenas@gmail.com

forzados. Ellos ayudan a sus padres con las vacas, talando árboles, recogiendo la cosecha. Ellas son amas de casa precoces, cuidan de sus hermanos menores, buscan el agua en los manantiales... Cumplidos los catorce ya casi son carne de casamiento. Recuerdo a Carmen, que a sus 35 años había parido doce veces y nueve hijos le sobrevivían. Me conmueve pensar a qué edad empezaría a ser madre. Ninguno tiene la dentadura completa. No pasan hambre, es cierto. Su agricultura de supervivencia les permite comer todos los días. Pero es tan básica su alimentación que el crecimiento se estanca. Y que nadie piense que los Reyes Magos se acordarán de ellos la noche mágica. Esos niños merecen una vida mejor. Sueño en seguir representando a Icnelia, la ONG santapolera, durante muchos años y seguir viajando a El Progreso y a otras comunidades donde continuaremos creando colegios. Y sueño llegar dentro de una década y comprobar con orgullo que algunos de esos niños y niñas abandonaron a sus familias para estudiar en la universidad de Bluefields. Y que volvieron a casa a enseñar a sus padres y hermanos nuevas y mejores maneras de vivir. Y que plantaron cacao y dejaron de talar la selva, que aprendieron a conservar su verdadero tesoro. Que cada casa tiene electricidad aprovechando la energía del sol. Que han sabido vivir en comunión con la naturaleza. La felicidad absoluta fue ver nuestro colegio “Mari Carmen”. Pero ya saben, la felicidad dura un instante, el que pasa antes de pensar en el siguiente reto.

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Santapoleros en Nicaragua

Reportaje

Escenas nº 256 - Diciembre 2007

Nicaragua, año II

JOSÉ JUAN LÓPEZ

H a c e exactamente un año iniciábamos en Escenas una nueva sección de reportajes a través de los que pretendíamos transmitir a nuestros lectores la experiencia que vivimos en primera persona -como miembros fundadores de la ONG Icnelia- en Nicaragua, país centroamericano donde la organización santapolera pretendía llevar a cabo sus primeros proyectos de cooperación internacional. Doce meses después, Icnelia y Escenas damos un nuevo paso adelante. Ésta vez con la gran satisfacción de comenzar a ver cristalizado nuestro trabajo, nuestro primer proyecto educativo que hemos podido materializar gracias al impagable apoyo recibido por tantos y tantos santapoleros durante los últimos meses. Éste es el relato de un nuevo descubrimiento en América. El del primer colegio de Icnelia en Nicaragua.

Fotos: José Juan López, Javier Moreno, Augusto Soler, Juan Bautista Miralles Ni el más avezado escritor podría haber descrito con palabras el sentimiento que experimentamos a media mañana del sábado 24 de noviembre. Acabábamos de llegar a uno de los lugares más remotos de la selva nicaragüense, una pequeña comunidad bautizada con acierto como El Progreso, como queriendo definir el espíritu con el que años atrás arribaron hasta este lugar las treinta y cinco familias que hoy la habitan, en busca de una vida mejor, de un progreso personal, familiar y económico. Atrás quedaban más de nueve horas de duro trayecto atravesando la impresionante masa vegetal que conforma la selva, cada vez más carcomida por un despale arbóreo

atroz que en pocas décadas puede acabar con ella como un virus mortal. Por un instante olvidamos todos los dolores, el cansancio, el sudor que te empapa, el sueño… Si nuestros antepasados arribaron a estas tierras hace más de quinientos años en busca de “Eldorado”, nosotros llegamos cinco siglos después persiguiendo nuestro “maná” particular, con la esperanza de contemplar el fruto del trabajo de muchas personas aquí y allá, de esa colaboración sincera entre hermanos a miles de kilómetros de distancia. Ni en nuestros mejores sueños pudimos imaginar el disparo de adrenalina que supuso para nuestro espíritu la contemplación

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i nuestros antepasados arribaron a estas tierras hace más de quinientos años en busca de “Eldorado”, nosotros llegamos cinco siglos después persiguiendo nuestro “maná” particular, el fruto del trabajo de muchas personas aquí y allá

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El centro de la comunidad de El Progreso está rodeado de selva tropical. Desde esta perspectiva se aprecian tres construcciones de madera: a la izquierda la cocina, en el centro atrás, el colegio “Mari Carmen” financiado por Icnelia y a la derecha, en primer término, la habitación cural.


Reportaje

Los cinco expedicionarios de Icnelia: Augusto Soler, Juan Bautista Miralles, Luís Belmar, José Juan López y Javier Moreno

del colegio “Mari Carmen”. Dejando abajo la tímida estela de agua del incipiente río, en lo alto de un cerro lo veíamos levantarse majestuoso sobre el resto de construcciones de madera del centro social de la comunidad de El Progreso: la modesta capilla utilizada como antigua escuela, la cocina de leña, el dormitorio cural, la letrina… Y destacando sobre todas ellas, ahí estaba, altiva, nuestra “Mari Carmen”. Los seis jinetes del apocalipsis La segunda expedición de Icnelia a Nicaragua se preveía un tanto especial, principalmente por dos motivos. Uno, era la primera vez que iríamos a comprobar los resultados de nuestros proyectos de desarrollo ya en marcha. Y dos, experimentábamos un nuevo y arriesgado proyecto de turismo solidario que deseábamos consolidar para futuros viajes. Y el experimento salió redondo. A la compañía de mi inseparable Augusto Soler, juntos como representación oficial de la ONG, añadía esta vez la presencia de tres

amigos, de tres valientes, a los que de alguna forma hemos utilizado como “conejillos de indias” en este novedoso proyecto, y que han disfrutado con nosotros de una de las más intensas experiencias de su vida. Luis,

mejor acompañante, mejor guía, mejor amigo. A sus 24 años, este ex seminarista de Waslala, al que conocimos el año pasado como hombre de confianza del padre Miguel Ángel en la parroquia de San Mateo en

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xperimentamos un arriesgado proyecto de turismo solidario. Luís, Javi y Juan Bautista se convirtieron en unos excelentes compañeros de fatigas con los que compartimos alegrías y sufrimientos, sentimientos a flor de piel y aventura, mucha aventura Javi y Juan Bautista se convirtieron en unos excelentes compañeros de fatigas, con los que compartimos alegrías y sufrimientos, diversión e inconvenientes, sentimientos a flor de piel y aventura, mucha aventura. Y los cinco “icnelianos” estaríamos incompletos si no destacáramos la enorme labor del “sexto Beatle”, nuestro ángel de la guarda en Nicaragua: Óscar Oswaldo Chavarría Guevara. No podíamos encontrar

Bluefields, reúne las características innatas de un buen nica: simpatía, honradez, arrojo, vitalidad, lealtad. Creo que si hubiese tenido que arriesgar su vida por nosotros, no se lo habría pensado. Así que Oscarcito se quedó con un trocito de nosotros allí en su tierra. Si algún enajenado nos hubiese podido ver cruzar la selva, embarrados hasta las cejas a lomos de las bestias, hubiese pensado que éramos los seis jinetes del

apocalipsis. Rumbo hacia El Progreso El viaje hasta la comunidad de El Progreso es toda una experiencia no apta para indecisos o escrupulosos. El punto de inicio es el embarcadero del Canal de Bluefields, una verdadera cloaca donde van a parar todos los desechos imaginables. La bahía bluefileña es una especie de Mar Menor, abrazada por dos mangas de tierra y salpicada de islas en su interior. Sería un lugar bellísimo y paradisiaco de no ser por la contaminación putrefacta que predomina en su hábitat. Desde luego, no es un lugar recomendable para caerse al agua. Aquí no existe el más mínimo rubor por tirar al mar las basuras, ya sean sólidas o líquidas. Justo en el embarcadero, una casa en “primera línea de mar” abre su ventana con vistas al puente. La señora trajina con unos pedazos de carne no identificados (suponemos que de animal) y, tras prepararlos para ser cocinados, derrama el líquido sobrante a través un

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Reportaje

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Una mujer echa sin pudor desperdicios de comida al sucio canal de Bluefields

tubo adosado a la ventana que lo despide directamente al canal. El señor de la casa de al lado saca su bolsa de basura y la vuelca al canal. Eso sí, la bolsa vacía se la lleva para aprovecharla. Mientras esperamos nuestra embarcación, desde arriba del puente nos contemplan con curiosidad tres criollos que a las seis de la mañana están borrachos como cubas. Esta escena es de foto segura. Uno de los tipos incluso posa para nosotros, pero se siente tan importante que baja a contarnos su vida, con su inseparable botella de guaro en la mano. Luis aguanta estoicamente su historia, contada en ese idioma tan singular de aquí, que mezcla lo peor del inglés con lo peor del español. Menos mal que los españoles le caemos bien. Después de que zarpe una panga comercial cargada hasta los topes de pasajeros y de mercancías con destino a alguna comunidad, llega nuestro patrón Francisco con sorpresa. El motor fuera borda de 25 caballos se ha estropeado y no podemos utilizar la panga, así que tenemos que alquilar un bote con un 15 caballos. ¡Eso para ir raudos y veloces! Después de cargar las alforjas y las

mochilas, zarpamos constatando que cualquier mal movimiento en ese inestable bote podría dar con nuestros huesos en la sucia bahía de Bluefields, así que será mejor estarse quietos. Mientras salimos del canal observamos las casas de madera junto a la orilla, rematadas en estrechos pantalanes de tronco que terminan con una caseta de madera. Es la letrina de la casa. Y desagüe,

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Basura acumulada en las aguas de la bahía

La espectacular visión de los manglares a ambos márgenes nos deja boquiabiertos por la espectacularidad de la salvaje vegetación. En ese momento agradecemos que el motor de nuestro bote sea lento. Pero no todo el trayecto por el Torsuany iba a ser idílico. Las últimas y copiosas lluvias habían hecho crecer el río y comenzamos a encontrar dificultades. Ramas y

l señor de la casa de al lado saca su bolsa de basura y la vuelca al canal. Eso sí, la bolsa vacía se la lleva para aprovecharla.

por lo que se ve, no hay. Imaginen dónde va a parar todo. Torsuany arriba Salvado el trayecto en bote por la bahía, nos dirigimos a remontar el río Torsuany entrando por su desembocadura. Es todo un espectáculo introducirse en el río. En alguna ocasión les he contado que se siente uno de la misma forma que aquellos compatriotas aventureros hace más de quinientos años, porque lo que nosotros estamos viendo es lo mismo que sus retinas retuvieron entonces. Aquí no ha hecho mella la mano del hombre.

troncos se amontonaban en algunos tramos cerrando completamente el paso. No queda más remedio que bajarse y despejar el camino a mano. Los dos primeros obstáculos no supusieron mucho esfuerzo. El tercero ya parecía cosa seria. Óscar se lanzó al agua para intentar abrir un canal, pero era imposible. En ese momento nos sorprendió la presencia de dos lugareños que aparecieron como por arte de magia. Uno de ellos era Chilo, el líder de la comunidad de El Gorrión y nuestro anfitrión. Más arriba nos esperaban con las mulas, pero conscientes de este problema, bajaron a

ayudarnos, y no sin esfuerzo consiguieron que el bote pudiese continuar. No quedaba mucho para llegar al punto de desembarco, pero aún nos encontraríamos más sorpresas, entre ellas la hormiga negra de 5 cm. de longitud que mordió al hijo del panguero que nos acompañaba. Estos troncos sí que parecían insalvables, hasta el punto de que nos planteamos bajar del bote y continuar a pie. Óscar volvió a mojarse y esta vez ni Javi ni Luis se resistieron a la tentación de comenzar la aventura. Así que, junto a Francisco, se echaron manos a la obra a intentar desenredar una madeja de grandes troncos. Cómo no, el resto aprovechamos para sujetar el bote e inmortalizar en imágenes aquel momento. Después de intentarlo de varias maneras diferentes sin éxito, alguien recordó aquello de “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” y, haciéndose con una tabla consistente, fueron haciendo palanca bajo el tronco más grande hasta que la madeja cedió. Pura aventura. El último obstáculo estaba salvado y pudimos llegar al punto de encuentro. Lodo, sudor y lágrimas Mi primer movimiento al abandonar el

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Si el río insiste en no dejarte pasar, no queda más remedio que ponerse manos a la obra y sacar los troncos como buenamente se pueda


Reportaje

Apenas habíamos desembarcdo, el lodo nos dio la bienvenida

bote y pisar tierra firme fue un hundimiento de 40 centímetros en el lodo. Y lo peor es que no había forma de sacar la bota del barro. “Bien empezamos”, pensé. A orillas del río Torsuany nos esperaba un grupo de colonos de las comunidades de El Gorrión y El Progreso. A Chilo ya lo hemos nombrado. Es uno de esos tipos hábiles y despiertos, comprometidos con su gente. No en vano es el líder de El Gorrión y el delegado zonal que coordina las siete comunidades de esa comarca. Llegó aquí hace casi ocho años desde El Rama para buscar una vida mejor, y se puede decir que lo va consiguiendo. Los otros tres baquianos –guías- eran don Francisco, un hombre de 75 años curtido en mil batallas y todavía con la vitalidad de un joven; su nieto Carlitos, un chaval de 10 años que ya sabe de sobra lo que significa cruzar la selva; y Pablo, que aparenta más edad de la que tiene, delgado como una anguila pero fuerte como un oso. Sigue sorprendiéndonos la habilidad de esta gente para caminar por el lodo sin hundirse y su sentido de orientación para cruzar la selva sin perderse. Supongo que será genético. Así que, a lomos de mulas y caballos –yo siempre me pido mula, es más lenta

pero más segura, como un motor dieseliniciamos los seis jinetes un recorrido con escala por la frondosa selva tropical. Nos esperaban tres largas horas hasta hacer noche en El Gorrión. Tengo que reconocer que esta vez no sufrí tanto como el año pasado, quizá voy mejorando la técnica y, a pesar de

Alimenta el espíritu la contemplación del paisaje

el tacto de la tierra nicaragüense. Pero, eso sí, alimenta el espíritu la contemplación del paisaje, sentirte tan diminuto ante la majestuosidad del entorno que te abraza. Cruzar literalmente la selva, a veces por improvisados senderos que los baquianos tienen que ir despejando a golpe

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l recorrido a través de la selva tropical es uno de los momentos más intensos de la expedición. No exento de dificultades, porque son constantes las subidas y bajadas imposibles a cerros enlodados los problemas de movilidad de mis piernas, iba más relajado y se notó al final. Sin lugar a dudas, el recorrido a través de la selva tropical es uno de los momentos más intensos de la expedición. No exento de dificultades, porque son constantes las subidas y bajadas imposibles a cerros enlodados, momentos en los que la bestia se hunde en el fango hasta la panza, incluso tramos en los que es necesario apearse y subir o bajar a pie, ante la dificultad y el peligro de caer rodando cuesta abajo entre las rocas. Más de uno sufrió en sus carnes

de machete, cubiertos por una cúpula verde que lo envuelve todo. Jamás nadie podrá comprenderlo sin estar allí, sin sentir esa humedad del cien por cien, sin escuchar solamente los pasos de las bestias, el cantar de los pájaros y los mil sonidos del viento meciendo las hojas de los árboles. Cruzar los cauces de ríos limpios y transparentes, donde sería utópico encontrar contaminación, porque… ¿quién la iba a generar? El descanso del guerrero Después de tres horas cabalgando

llegamos al final de la primera etapa. Estábamos en el centro de la comunidad de El Gorrión a eso de las cuatro de la tarde. Un buen vaso de posol –un fresco elaborado con maíz machacado, agua y azúcar- sirve como reconstituyente después de horas de ayuno, tan solo roto por las barritas energéticas de Luis y Javi. Nuestra parada y fonda era la capilla de la comunidad, una caseta de madera de unos 30 m2 en la que pasaríamos la noche. Una vez estiradas las piernas, lo primero era bajar al río a desenlodarse y refrescarse un poco. El centro social de El Gorrión está hecho a imagen y semejanza de cualquier otra comunidad. Emplazado en lo alto de un cerro –desde el que se divisa el mar-, encontramos la capilla, la cocina, la escuela Santa Elena –dependiente del Vicariato de Bluefields, la habitación cural y la letrina, todo ello cercado con alambre de espino. El primer trabajo en la capilla es colgar las hamacas, tarea en la que Óscar es un experto. En el exterior comenzaba a caer la noche, todo un espectáculo de color. A nuestro alrededor, las luciérnagas nos guiñaban sus luminarias como queriéndonos dar la bienvenida. Comenzó entonces la tertulia

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La densa vegetación de la selva llega a oscurecer el día

Carlitos, don Francisco, Pablo y Chilo, nuestros guías hasta El Progreso

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Reportaje

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despale indiscriminado. Enormes claros se abren entre la densa vegetación. Aunque el gobierno intenta poner freno a la situación, ésta es una zona sin ley, aquí nadie se preocupa por vigilar, está dejado de la mano de Dios. Los colonos son conscientes de que en unas décadas pueden acabar con la selva, pero no encuentran alternativa: “La ganadería es nuestro sustento. ¿Y si no despalamos, cómo podemos salir adelante?” Esa noche en El Gorrión vivimos una de las experiencias más intensas de mestizaje cultural. Si Chilo nos transmitió su forma de vida, Juan Bautista relató sus vivencias en los dos años que fue a la mar, lo que nos llevó a la conclusión de que había pocas diferencias entre el esfuerzo de ganarse la vida en la selva y el de ganársela a bordo de un arrastrero en Santa Pola. “A las cuatro y media de la madrugada salíamos a faenar. Dormíamos a ratos en un catre rodeados de ratas, de olor a humedad y a gasoil. Cuando aún no te habías acomodado… ¡A chorrar! Nos levantábamos y echábamos las redes. De nuevo al incómodo catre en un ambiente insano, y al rato… ¡A calar! Comenzábamos a subir a bordo las redes para sacar y seleccionar la pesquera. Y así varias veces hasta que regresábamos a casa más de doce horas después”. A Chilo le impactó la dureza de las condiciones que le describía Juan Bautista. Tal es así que, en los días posteriores, era fácil oírle gritar entre sus compañeros: “¡A chorrar!”, o “¡A calar!”, incluso “¡Al catre!”. La cultura santapolera acababa de sembrar su semilla en la selva nicaragüense. Llegada a meta La hamaca está bien para tumbarte el rato de la siesta, pero una noche entera es un suplicio para los que no estamos acostumbrados, apenas puedes conciliar el sueño. Casi es mejor dormir en un banco de madera de la capilla. Otros tienen la suerte de quedarse durmiendo hasta de pie, pero son los menos. Aquella mañana amaneció con una densa niebla. Durante la noche

había diluviado de esa forma en la que sólo llueve aquí. Así que íbamos a tener una jornada pasada por agua. Las nubes estaban bajas y el chubasquero era hoy prenda obligatoria. Iniciamos la segunda parte de nuestro recorrido en dirección hacia El Progreso. Los caminos estaban más embarrados si

de Luis enreda sus patas delanteras en un tronco y da con sus huesos en el suelo, circunstancia que salva dignamente y con agilidad felina. Por fin cruzamos la verja de espino y somos capaces de bajarnos de las bestias, atendiendo el amable recibimiento de nuestros anfitriones. El Progreso si sitúa al sur del municipio

Espectacular vista de la comunidad de El Progreso rodeada de selva

cabe, pero la ilusión de llegar a nuestro punto de destino y ver nuestro primer colegio era más fuerte que todos los inconvenientes que pudieran surgir. La belleza del recorrido hacía el resto. Dos horas y pico después arribábamos al río que circunda la loma propiedad de José Silva, el líder de la comunidad. José ha donado una manzana de terreno –alrededor de una hectárea nuestra- para el centro social. La última subida parece que no termina, con el ansia de llegar a cruzar la línea de meta. Incluso, en la recta final, el caballo

de Bluefields y pertenece a la zona 7. Está formado por 35 familias que viven aisladas en sus fincas, distantes entre ellas incluso más de una hora de camino. Nadie nació allí. La mayoría de los colonos llegaron desde finales de la década de los noventa desde otras zonas del país, ocupando unos territorios que pertenecían a los Ramas, etnia precolombina de la que sobreviven unas tres mil personas, pero que nunca cultivaron la tierra, dedicándose más a la pesca y asentándose en zonas más próximas a la costa. Sin embargo, los Ramas encabezan

una batalla legal con el gobierno del país por que sea reconocida su titularidad sobre las tierras y los colonos les paguen un tributo que sería inviable para ellos. Aquí la mayoría tienen una escritura o un documento privado de la compra de los terrenos, pero no título de propiedad, con lo cual no disponen de ninguna garantía jurídica sobre sus tierras. Otros ni siquiera compraron. Simplemente se establecieron. Es lo más parecido al Far West. Sobreviven cultivando una agricultura de subsistencia, prácticamente para sus necesidades: maíz, arroz, frijoles, bananos, yuca, repollos, frutos tropicales y poco más. Más suerte tienen los que son propietarios de alguna cabeza de ganado. Una vaca o un ternero son literalmente un seguro de vida. Además de proporcionar a la familia leche para beber o hacer cuajada, es su único patrimonio. Por poner un ejemplo, si algún miembro de la familia sufre enfermedad o accidente grave, vender una vaca les permite viajar hasta la ciudad y pagarse el hospital. O eso, o la muerte. Aquí no hay ambulatorio médico, ni siquiera medicamentos. Una brigada médica viene cada tres meses para solucionar problemas básicos, pero es totalmente insuficiente. Conscientes de que nosotros portábamos un botiquín de urgencia para la expedición, uno de los colonos se acercó para pedirnos ayuda. Trabajando en sus tierras se le enredó el machete en unas ramas y se lastimó accidentalmente en la parte posterior de la cabeza. Tenía un corte profundo de unos seis centímetros, eso sí, se lo había limpiado bien con agua, pero le dolía mucho –aunque sus gestos no lo demostrasen- y cada vez se sentía peor. Pudimos al menos desinfectarle la herida y administrarle algún calmante, una cura totalmente básica que para él significó un mundo. La futura escuela “Mari Carmen” La manzana de terreno del centro social de la comunidad resulta amplia y espaciosa. Quizá algún día, si sigue creciendo El Progreso, podría convertirse en algo así

Durante nuestra estancia en El Progerso pudimos convivir estrechamente con las gentes de las comunidades de la zona 7 reunidas allí 12


Reportaje

Reunión con las familias beneficiarias del colegio “Mari Carmen”

como el centro de una aldea. Pero de momento sólo es el sitio donde se reúnen los domingos para celebrar misa y comentar cómo le ha ido a cada uno. Es el líder de la comunidad o delegado de la palabra el que suple en este caso al sacerdote. Un par de veces al año llegan por aquí para bautizar, casar, dar la primera comunión o confirmar los padres Miguel Ángel, Israel y Flavio, que tienen a su cargo no solo la ciudad de Bluefields, sino toda una extensa área de los ríos que incluye casi cuarenta comunidades a las que sólo se puede acceder en panga o en bestia. Realmente encomiable el esfuerzo que realizan cada vez que salen de gira. Una de las construcciones que más destaca es la antigua Escuela San Antonio, que también hace las veces de capilla. De una superficie claramente insuficiente para albergar a los 35 niños y niñas de la comunidad que acuden al colegio, y en un estado de deterioro que no es recomendable para esta función. A pocos metros aparece la silueta de “Mari Carmen”, la primera escuela que Icnelia construye en Nicaragua gracias a la donación de una familia santapolera. No es pasión de padres, pero bajo nuestro punto de vista –y aquí coinciden incluso los técnicos de educación- es el mejor colegio de todas las comunidades que hemos visto. La diferencia de calidad con respecto al resto de construcciones salta a primera vista. Nos encantó comprobar que está

prácticamente terminada, a falta tan solo de colocar las puertas y ventanas, pintar su fachada exterior para protegerla de las inclemencias del tiempo y dotarla del mobiliario y material escolar. En poco más de dos meses se ha hecho el trabajo, y el resto estará listo para antes de Navidad. La dirección de

La foto de recuerdo con “los españoles” se convirtió en imprescindible para muchos

secados las paredes y el suelo, uniéndolos en forma de inglete para evitar que las juntas tengan holgura y queden bien selladas. El techo se cubre con láminas de cinc. Una de las mejoras realizadas al proyecto original ha sido un corredor con barandilla en la fachada principal de la escuela,

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l maestro de obra ha estado acompañado en todo momento por dos padres de familia de la comunidad que se turnaban. Ésta era una de las condiciones para realizar el proyecto

obra ha sido realizada por Ángel Vargas, un buen profesional de confianza, que ha estado acompañado en todo momento por dos padres de familia de la comunidad. Ésta era una de las condiciones indispensables para realizar el proyecto: que las propias familias aportasen su trabajo. Se ha empleado madera de nancitón, uno de los árboles de mayor calidad de la zona. En esta ocasión ha sido inviable una construcción mixta de cemento y madera, ya que las grandes dificultades de comunicación del lugar hacen imposible el traslado de los materiales. Los árboles se talaron en las inmediaciones y algo que llama la atención es la perfección del corte de los tablones hecho a mano con motosierra a gasolina. Mientras se procede al secado, se construye la estructura interna, tras lo cual se forra con los tablones previamente

prolongando el techo de cinc. El motivo es que los niños dispongan de un lugar de esparcimiento fuera del aula cuando está lloviendo y no pueden salir afuera. Reunión con las familias Los responsables de Icnelia mantuvimos una reunión con varios de los padres y madres de familia de la comunidad de El Progreso, en la que nos hicieron partícipes de las particularidades de la construcción de la escuela. Por supuesto, se hizo la valoración para justificar el material empleado, dónde y cómo se conseguía, así como el informe sobre el trabajo del maestro de obra. Pudimos contrastar que el dinero ha sido bien empleado y que se ha gastado lo necesario para la construcción. Es obvio decir que los colonos de El Progreso nos transmitieron su agradecimiento y

satisfacción por nuestro proyecto educativo y por haber elegido su comunidad como beneficiaria del primer colegio. Para ellos es muy importante que sus hijos puedan estudiar en las mejores condiciones posibles, no obstante hicimos mucho hincapié en que deben comprometerse a que los niños completen el curso. En el pasado ciclo, de los 35 que empezaron sólo finalizaron 24, dándose un absentismo escolar superior al 30%. Los niños y niñas, desde muy temprana edad, ayudan a sus padres en las tareas del campo o del ganado, perdiendo unos años preciosos de formación. Esta reunión fue muy positiva porque los mismos padres se implicaron pidiendo dos mejoras en el proyecto inicial. Por un lado, la necesidad de canalizar agua potable desde un manantial próximo hasta el colegio, para que los niños puedan beber y asearse sin necesidad de desplazarse. Por otro, pidieron para los niños mochilas para el transporte de los libros, ya que suelen deteriorarse al llevarlos en la mano o en bolsas de plástico con la habitual y pertinaz lluvia de la zona. José Silva, en representación de todas las familias de El Progreso, expresó su sincero agradecimiento al pueblo de Santa Pola, a través de la ONG Icnelia, por la ayuda que se les está prestando en éste y otros proyectos, no sólo a ellos, sino al resto de comunidades. El aplauso mutuo que nos regalamos al finalizar la reunión fue el momento más emocionante de nuestra expedición.

Varias vistas del colegio “Mari Carmen”, el primero construido por Icnelia en las comunidades de la selva nicaragüense 13

Escenas nº 256 - Diciembre 2007


Reportaje

Escenas nº 256 - Diciembre 2007

Nuestros primeros turistas solidarios no En una interesante experiencia de turismo solidario, Icnelia puso en manos de tres santapoleros la posibilidad de vivir la aventura de sus vidas. Durante dos semanas, Luis, Javi y Juan Bautista se convirtieron en protagonistas de su propia película. En esos catorce días pisaron a fondo Nicaragua: los barrios deprimidos de Managua, su caótico tráfico, la buena estrella de una Granada con olor a España, la monumentalidad de León desde las cúpulas de su catedral, el inolvidable baño en el océano Pacífico, la indescriptible sensación de respirar el azufre en el cráter de un volcán activo, las reservas

RUMBO A TIERRA NICA

JUAN BAUTISTA MIRALLES El Gringo Español

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Después de realizar un larguísimo viaje y cruzando como bien se dice el charco, llegamos a Nicaragua entrando por Miami U.S.A. Nada más salir del aeropuerto de Managua, lo primero que noté en mis carnes fue el olor peculiar que desprende ese país, un olor extraño, quizás fuese madera quemada; quizás fuese el propio olor del gentío que allí corría de un lado para otro, vendiendo agua embolsada, periódicos, quizás las frutas que a pie de arcén se vendían, basura quemada; posiblemente los trozos de pollo embolsado o quizás fuese la libertad de toda esa gente de acampar a sus anchas en el rincón más impredecible que pudieses imaginar. Un olor que me transportó a muchísimos años atrás de la historia y extinguido ya en mi recuerdo. Encontramos una gente con una energía trepidante, subsistiendo al límite de toda posibilidad imaginable, viviendo al día y sin pensar casi nada en el mañana, acogiéndote como si uno más de ellos fueses, pero nuestras caras eran de tan asombro que no podíamos imaginar cómo un ser humano podía ser tan feliz dentro de un lugar tan obsoleto de higiene, de trabajo, de economía por los suelos y una infinidad de necesidades médicas y políticas. Yo personalmente en pocas horas quise ya palpar lo que allí se respiraba, lo que sus gentes pensaban, absorber todo

lo que mis ojos veían, unirme a su costumbre. Pero el haber nacido en otro lugar tan sumamente diferente a lo que existe allí, con otra mentalidad de ver el mundo, de vivir con tu prójimo tan cerca, de valorar la vida, de valorar el aire que respiras, valorar la familia y el valor de nuestra persona, el no tener fe con tu espíritu y dejar que tu alma sólo tenga validez al morir, y dedicar tu vida a luchar por conseguir poder y más poder, y con la sola obsesión de superar a tus hermanos con dinero y más dinero, el mirar por el hombro al que menos tiene y ridiculizar los actos nobles con falsas esperanzas. Qué hermoso país Nicaragua, donde aún existe el amor al prójimo, donde cuerpo y alma se funden para darte el espíritu de lucha constante por sobrevivir día a día y dar lo que no deberían, pues ser un nica es algo de una fe que se extinguió años atrás en este hermoso país tan vivo y a la vez tan amargo. Dejando atrás la vida casi urbana de Nicaragua, ahora me sumerjo en la parte más excitante, más hermosa y verdadera

que existe y nunca cambia: la majestuosa selva, la naturaleza ruda, dura y rebosante de vida en cada milímetro de suelo y aire. Insectos millones, cuantiosos animales y también encontramos personas, gente que allí habita, parte de la propia naturaleza y hermanados con ella, con corazones vírgenes de odio, almas libres y espíritus

guiados por la mano de Dios, que para ellos sí que es el único que llega a todos los lados (algo que está casi por extinguir en mi país). Jamás podía imaginar que aquel lugar y aquella gente me embriagara con tanto amor, con tanta paz y conociendo los peligros que la propia naturaleza deja caer en la selva pues, señores míos, los peligros allí se solucionan con garra, con fuerza y con la ayuda de todos para todos, y sufrir lo que mi vecino sufre, creo que también va faltando en mi tierra natal. En un ecosistema tan puro y tan inhóspito alcancé a fundir la vida mundana y rutinaria con la vida salvaje y limpia que nacía por cada rincón de aquel bello lugar. Viví pocos días allí, pero esos días superaban a muchos años de aquí, sólo me impedía quedarme con aquella gente mi familia y la tierra a la cual también amo. Nicaragua ha sido para mí, y creo que para mis compañeros de viaje, algo que nos ha cautivado y enamorado, donde hemos dejado vivencias, recuerdos y parte de nuestro corazón impregnado por cada rincón del país que pisaron nuestros pies. No sé cuándo podré volver a pisar Nicaragua otra vez, pero sí sé dónde podré volver a percibir ese místico olor, como sentir su cariño, disfrutar con las risas de los niños sucios por fuera y tan limpios por dentro, cerrar los ojos y escuchar la voz de la naturaleza y el fervor de aquellos que viven con ella y morirán junto a ella, en mi corazón guardo todo ello. Serían muchísimas las horas que podría describir mis sentimientos y vivencias en Nicaragua, por breve que fuese el viaje, pero hay tanto absorbido y por absorber que un solo día nica es casi una vida aquí. (¡Viva la Toña!)

LUÍS BELMAR Temperatura 29º; humedad 95%; lluvias intermitentes pero intensas; barro 1,5 m. en adelante; ganas de experimentar en este mundo completamente para mí 100%; dormir 20%; comer lo que te dan; beber en un manantial. No sabría por dónde empezar a contar mi experiencia en Centroamérica, sin duda alguna una de las más auténticas que se pueden vivir hoy en día. Intentaré definirlo como un regreso al pasado, hace 480 años, cuando los españoles llegaron por primera vez a este soberbio país. En ese lugar no ha pasado el tiempo, he pisado lugares por donde habitualmente pasean los jaguares o los pumas. Mi primer contacto con la selva cuando dejamos el bote fue sencillamente estremecedora: barro hasta la cintura, árboles de 50 metros de alto, hojas tan grandes como un hombre… Lo extraordinario en este lugar es lo habitual, sitios que en mis mejores sueños no he sido capaz de imaginar, árboles que eclipsan el sol. Debido al intenso follaje, la luz no es capaz de llegar al suelo. La majestuosidad de la vegetación no es comparable a ninguno de los bosques que conozco. Por las noches, sales de la cabaña y el cielo está completamente cubierto de nubes, pero, sin embargo, hay una explosión de luz, las luciérnagas están por todas partes, los sonidos de la noche son como mínimo extraños, es un lugar con tanta fuerza que en cualquier momento, tanto de día como de noche, te atrae. Los riachuelos del interior de la selva son cristalinos, pero no por ello menos intrigantes. Bañarte en ellos es cuanto


Reportaje

os cuentan su experiencia en Nicaragua biológicas del país... Pero nada comparado con la expedición a las comunidades de la selva y la convivencia con sus gentes. Arroz y frijoles, hamacas y bichos, troncos en el río, días y días mojados... Dicen con razón que “sarna con gusto, no pica”. A todos ellos este viaje les ha cambiado en cierto sentido su percepción de la vida. Y además, con el convencimiento de que los beneficios de su viaje repercutirán en los proyectos de desarrollo que Icnelia lleva a cabo en Nicaragua. Ellos son nuestros mejores embajadores y así lo expresan. Para que cunda el ejemplo y otros aventureros acepten el reto.

UNA EXPERIENCIA INOLVIDABLE

NICARAGUA EN MI MOCHILA

menos atrevido, no sabes qué te ha rozado. La niebla que nos acompaña en algunos pasajes le da el aspecto prehistórico que se merece, en este lugar el tiempo va más despacio. Todo movimiento cuenta, nunca sabes qué estás pisando. El simple roce con una planta significa que la parte afectada se cubre de vida. Para que me entiendan, si rozas un brazo, de inmediato lo tendrás lleno de insectos, arañas, etc. En definitiva, uno de los pocos lugares de la Tierra que todavía es capaz de hacerte estremecer. Lo más increíble es que hay gente que sobrevive en este lugar falto de todo confort. Son gente muy fuerte, sencilla, silenciosa y, sobre todo, agradecida. La forma de vida en este lugar no sería posible sin la unión que tienen entre ellos.

madre e hijo tuvieron que hacer el mismo viaje, esta vez debatiéndose entre la vida y la muerte tras ser picado por una serpiente “terciopelo” mientras trabajaba en el campo junto a su padre. Ese viaje y la posterior hospitalización del niño le costaron a la familia el trabajo de un año. El escuchar esta historia que sale con voz tímida de una madre triste, mientras surcas el río Torsuany y su hijo te mira y te sonríe, hace que se te encoja el corazón. Otra muestra de los “kilos” de recuerdos que han regresado en mi equipaje es la imagen de Carlos, otro niño que, tras ser picado por una hormiga de un tamaño cinco veces superior a la más grande de las hormigas que conocemos por estas latitudes, con una mordedura que, según dicen -y les aseguro no quiero comprobar- produce una semana de dolor intenso y posiblemente algo de fiebre, sacudía su mano, la metía en el agua, apretaba sus dientes, miraba a Francisco -su padre- suplicando un remedio y no derramaba ni una sola lágrima. En Nicaragua, como en todos lados, hay de gente de todo tipo, pero yo he conocido a hombres, mujeres y niños fuertes, amables y luchadores, individuos con una vida nada fácil, seres humanos que han nacido en unas coordenadas que no les facilitan en nada su existencia y que, para colmo, en muchos casos deben sufrir a sus gobernantes, y sin embargo siguen adelante e intentan progresar. Una vez de regreso a mi tierra, sentado en mi hogar y disfrutando de las innumerables comodidades que nos brinda este llamado primer mundo, me he replanteado mi opinión sobre la labor de algunas ONG’s y ahora creo que su trabajo es realmente encomiable y en gran medida necesario. Por último, permítanme que desde estos últimos renglones envíe un gran saludo a Óscar, el joven y alegre nicaragüense que nos prestó sus servicios como guía en este viaje y al cual ICNELIA le va a costear parte de sus estudios universitarios. A él y a su maravilloso país les deseo de todo corazón un futuro de color verde, el color de la esperanza, el color de Nicaragua.

En cuanto a la labor que realiza ICNELIA en las comunidades de la selva, creo que es imprescindible para el desarrollo de estas gentes, el haber proporcionado a los indígenas los medios para que, con sus propios recursos, hayan construido un bonito colegio, y a la vez darles esperanzas para que la vida en un futuro sea más fácil. La escuela, además, hace una labor social como salón de reuniones. Es como la casa del pueblo en donde no existe pueblo. La sonrisa de los niños y los adultos cuando se ven reflejados en la pantalla de una cámara digital es indescriptible. Personalmente tengo que agradecer a ICNELIA la oportunidad que me han dado de poder conocer otro mundo en donde lo más importante es la persona.

JAVI MORENO ¿Nicaragua…? Tengo que confesar que cuando Luís me expuso por primera vez la posibilidad de viajar a Nicaragua, lo primero que tuve que hacer es consultar un mapa para poder situarla exactamente dentro del continente americano. Una vez ubicada pregunté: ¿y por qué Nicaragua? Entonces Luís me habló de ICNELIA y de su trabajo en este país. Al igual que antes, también he de manifestar que nunca me he sentido atraído por el mundo de las ONG’s, es más, casi me sentía receloso cuando me hablaban de una de ellas. Así pues, los motivos finales que me llevaron a efectuar este viaje fueron la posibilidad de realizar un viaje con un buen amigo, Luís Belmar, y mi afán por conocer otras tierras y culturas, aderezadas estas dos razones con la promesa de aventura que supone adentrarse en una auténtica selva. Con mi mochila cargada con estas razones, mi cámara de fotos y lo estrictamente necesario emprendí el viaje. Hoy, una vez ya en casa, sentado delante de mi ordenador, mientras intento plasmar en un folio algunas de las experiencias vividas en esos días, me doy cuenta que a pesar de que alguna de mis camisetas se quedaron en Nicaragua, mi mochila ha vuelto mucho más cargada que cuando partí. Plegados entre ropa sucia y húmeda, un par de zapatillas y algún que otro regalo, ha regresado, por ejemplo, el recuerdo de una mujer que, dejando a su familia en la selva, nos acompañó junto con uno de sus hijos en el viaje de retorno desde las comunidades a Bluefileds. El motivo de su viaje era una intervención quirúrgica en el codo de uno de los brazos de su hijo, roto y mal curado ya hacía varios meses, razón por la cual el chico había perdido totalmente la flexión en el mismo. Pero el historial clínico del chaval de unos 10 años de edad no termina aquí, unos años antes

Escenas nº 256 - Diciembre 2007

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Santapoleros en Nicaragua 12  

Reportaje sobre Icnelia en la revista Escenas de Santa Pola

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