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La mujer siforofenicia (Mc 7.24-30) Alba Arroyo Había escuchado de las cosas que hacía, y que estaba en una casa cercana, compartiendo con los suyos. Algo dentro de mi me hizo sentir que solo Él podría echar fuera el espíritu inmundo que estaba atormentando

Mi corazón, y amor de madre me llevaron hacia a Él. Mientras caminaba, en mi espíritu sentía paz y esperanza. Pero mi mente, mi mente, solo me hablaba de dudas, temores e inseguridades. ¿Cómo iba a acercarme a Él? ¿Cómo entrar en aquel espacio donde solo estaban los suyos, los que Él amaba? ¿Qué derecho podía tener yo?


El paralítico del tejado (Marcos 2.1-12) José Gracia En el principio parecía una locura. Les decía, una y otra vez, que estaban locos. Que me dejaran en el lugar donde estaba. Además, lo único que escuchaba de este Jesús, era que siempre estaba ocupado. Mientras me cargaban me preguntaba; qué podía hacer este hombre por mí. La verdad es que mi mayor parálisis estaba en mi espíritu. Sentía un gran vacío en mi interior. Me gobernaba un pensamiento de oscuridad y mortandad. Cuando estuvimos frente a la casa, se dieron cuenta de que no podíamos entrar. Les dije; regrésenme al lugar de donde me sacaron. Pero no se dieron por vencido. Me tomaron con más fuerza y comenzaron a subirme por el tejado, ya habían hecho una abertura, comenzaron a bajarme, y allí estaba Él. Al ver a mis amigos, lo hizo con una mirada determinada y segura, y fue entonces cuando emitió aquellas palabras; Hijo, tus pecados quedan perdonados. ¡En mi alma sentí un alivio y toda aquella oscuridad se disipó! Mi cuerpo seguía igual, aun así, sentía que mi espíritu caminaba y en ocasiones hasta corría por el mismo cielo. Y allí, en medio de aquella discusión, Jesús tornó su mirada hacia mí y me dijo; levántate, toma tu camilla y ve a tu casa.


Tomás (Juan 20.24-31) Salvador Robles Llegué a preguntarme; cómo había sido posible que se hubiese aparecido sin yo estar allí. Lo primero que pensé fue que Él estaba molesto conmigo por aquella conversación en la que le dije que no sabíamos a dónde iba y que por tanto no sabíamos cuál era el camino. Pero Él fue muy claro en su respuesta cuando dijo; yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre, sino por mí. Y la verdad es, que aun en medio de mis temores y dudas, le creí. De repente mi mente se volvió un caos, ya Él no estaba, todos tenían una versión distinta de lo que había pasado. Ya no sabía a quién creer. Y ahora, resultaba que se había aparecido. Y cuando menos lo pensaba volvió a aparecer. Fue entonces, que estando frente a Él, escuché su voz diciendo; la paz sea con ustedes. ¡Su voz era la misma! Caminó hacia mí y me dijo; mira mis manos; y trae tu mano y métela en mi costado. No seas incrédulo; ¡cree! Y mi corazón creyó, y pude expresar con mi boca; ¡mi Señor, mi Dios! Hoy creyendo en Él y viviendo por Él.

Narraciones para jueves santo  
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