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MATEO 21:15-16

Luego de la entrada triunfal y de la purificación del templo, encontramos un episodio que bien merece nuestra consideración. Al templo, “casa de oración”, llegaron ciegos y cojos y Jesús los sanó. Entraron muchachos aclamando: “¡Hosanna al Hijo de David!”1 (Sal 118:25). Pero los sacerdotes y escribas se indignaron, sintieron enojo, ira por lo que se proclamaba: “¿Oyes lo que estos muchachos dicen?”. El Señor de inmediato les cuestionó su actitud y les respondió que si acaso no habían leído la Escritura “De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza” (en Salmos 8:2 “fundaste la fortaleza”). Era un clamor profético. Estos muchachos imploraban que viniera la salvación ya: “¡sálvanos ahora, te ruego!”. Se acercaba el tiempo de la redención, el momento del sacrificio del Cordero de Dios quien traería salvación a su pueblo y al mundo. Hoy, necesitamos una juventud osada, atrevida para Dios, que se levanten como el águila y proclamen, clamen y aclamen “el kerigma”, las buenas nuevas de salvación sin temor al qué dirán, a la crítica y la censura. Debemos orar por los niños, las niñas y los jóvenes de nuestra congregación para que levanten su voz en todo tipo de oración profética y ministren a las almas perdidas. Para que den testimonio de que “hoy” es el día aceptable, de que es hora de venir a Jesús. Que su clamor esté lleno de la Palabra, que su alabanza testifique de la grandeza de Dios, que sus labios y su corazón estén sellados con la gracia, la santidad y la verdad, que levanten manos limpias sin iras ni contiendas, que more en abundancia la palabra de Cristo y que, incluso en su ruego, haya un vino nuevo de alabanza y adoración cada día. Que sean templos vivos del Espíritu Santo. (Col 3:16-17). Que su palabra apaciente a muchos y esté ungida. Que traiga un grito de liberación y de sanidad. Que sus palabras sean puertas de paz y asombro. Debemos orar por niños y jóvenes consagrados como Samuel, Timoteo, Tito, David y José, quienes fueron de testimonio y lideraron, y glorificaron a Dios con su vida. Son nuestro presente y nuestro futuro. Es responsabilidad de nosotros orar por ellos, protegerlos en intercesión y apoyarlos cuando ministran al Señor… ¡Por nada y de ninguna forma debemos estorbarlos! Rubén Arango Ministerio de Investigación Bíblica 1


CLAMOR Y RUEGO JÓVENES