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MEGADROIDE MORFO-99 CONTRA EL SAMURAY MALDITO JULIO CALVO DRAGO HYPEREDICIONES SEGUNDA EDICIÓN 2010 Diseño de portada, diagramación y fotomontajes: Julio Calvo Drago Fotografías: Marvin Olivares Julio Calvo Drago Corrección de estilo: Julio Calvo Drago Megadroide Morfo-99 contra el Samuray Maldito se aprecia mejor en Adobe® Reader® 8. No se garantiza una adecuada visualización de este libro y sus contenidos en versiones anteriores de dicho programa. Este libro se puede descargar en: www.hypertexta.com

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¿QUIÉN FUE PRIMERO? ¿EL MEGADROIDE O EL SAMURAY?

uién sabe cuándo, cómo, dónde y por qué dio inicio la pelea a muerte entre el Megadroide y el Samuray. Desconocidas son también las causas que defienden estos personajes de anime japonés. Lo único que se sabe con certeza es que el Megadroide Morfo-99 (supuestamente el bueno) y el Samuray Maldito (supuestamente el malo) viven en pugna, reiteran su propia existencia a través de la desexistencia del otro, de la aniquilación del otro. Todo ello en un clima de violencia extrema y tecnología cibernética para morboso deleite de las masas adictas a los medios de comunicación. El Megadroide Morfo-99 es una especie de robot transformer con un total de 99 transformaciones, de 99 identidades diferentes (de ahí su nombre). En este relato se vale de tres o cuatro de ellas para enfrentar a su odiado contrincante. Pero cada uno de esos cambios de identidad remite a una anécdota violenta de la cotidianidad


guatemalteca, de modo que se muestra cómo la realidad y la ciberfantasía retroalimentan mutuamente su violencia y destructividad. Ultrarredundante, ultraviolento, ultratecnológico. Megadroide Morfo-99 contra el Samuray Maldito es una parodia que aparentemente celebra (pero realmente denuncia) la violencia porque sí, la injustificada pasión por el puñetazo nacida del qué fregados, si ya con la adrenalina arriba se olvidan causas y razones y todo lo que importa es romperle la cara al otro. Se puede pensar en este relato como en una especie de naranja mecánica elevada a toronja digital. Julio Calvo Drago Guatemala Circa 2002


MEGADROIDE MORFO-99 CONTRA EL SAMURAY MALDITO1 (Electro-Satán ciberno-yo postechnomodern hypersimulative dub style mix)

<ON /para poder asestarle un golpe. La maniobra es2 exitosa. Ryu se pone de pie inmediatamente y, poseído de una furia que le desorbita los ojos, concentrando todo el poder de que puede hacer acopio en los nudillos de una mano, profiere un grito ensordecedor y revienta la mandíbula del Samuray de un poderoso puñetazo. Toma, maldito. Que la katana abandone tu mano, dé vueltas en el aire y ensarte su filo en aquella roca. Tú, estréllate contra el suelo. Que tu cuerpo y sangre golpeen la tierra con estrepitoso Dolby Stereo Surround. Te clavaría la rodilla en la boca del estómago y luego te ensartaría los dedos de una mano en el cuello, mientras que con la otra te martillo la nariz, los dientes y la cara a puros puñetazos, ¡PAM! ¡PAM! ¡PAM!, hasta deformarte el rostro. Reconstruírtelo. O más bien desconstruírtelo. Porque yo soy tu muerte. Tu cibermuerte. Yo te

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El autor se tomó la libertad de revisar el relato y de efectuar variaciones en él, de modo que este texto presenta diferencias con respecto al publicado en elAcordeón, suplemento cultural de elPeriódico, el 24 de enero de 1999, págs. 2b-5b. La mayoría de cambios es atinen­ te a redacción y forma. Las variaciones importantes se indican en notas al lado de la página a lo largo del texto. 2

La acción se narra ahora en tiempo presente.


<techno_death.exe>. Yo = no Samuray Maldito. Yo = Samuray Maldito. Pero no. Ya que estoy de pie, mejor corro hacia el arma. En ella reside todo tu poder. El androide se acerca a la espada, la toma en sus manos e intenta extraerla de la roca, pero no puede. La katana irradia un aura de un dorado sofocante que lo deslumbra y le carboniza las manos de metal. En medio del ¡AAAAARGHH! dolorido del androide, la espada abandona la piedra, levita en el aire y vuela a la mano de su dueño. “No tan rápido, rey Arturo de pacotilla. Jamás tendrás tu Excálibur”, ríe el guerrero de la sombra. “Necesitarás mucho más que una espada voladora para vencerme, Samuray Maldito”, replica el Megadroide, quien luego baja la cabeza, como quien hace una reverencia, pero solo para que en esta, ¡POM! ¡POM! ¡POM!, se abran tres compuertas. El Samuray apenas está terminando de ponerse de pie cuando ¡FFFFFFFFHHH! ¡PAW!, un proyectil le traspasa el pecho y ¡BUUUUUUMMMMMM!, miles de esquirlas y pedazos de carne caen desparramados por todo el paraje. Ese habría sido el fin del Samuray Maldito si no es porque, de las celulas SilicOrg® Biotronik® HgGolem® Serie B2 que lo componen, surge CyBorgia®, infoespíritu


regente del Cyber-Infraspace®, para asistir a su fiel esbirro con un efectivo <info­ ton.reassemble_samuray _maldito.hggolem.exe/>. Los pedazos de carne, sin perder su color, adquieren textura metálica y empiezan a desplazarse unos en busca de otros. Mercurio rojo. Gotas en desplazamiento. La materia no se crea ni se destruye, solo se aglutina. ¿Lo anterior es un pensamiento del Megadroide o una afirmación del Samuray? Lo cierto es que la sentencia, verbalizada o solo una imagen mental, es seguida por una risa macabra, y las gotas de mercurio rojo ya se han fusionado para configurar de nuevo el cuerpo del guerrero nigromante. “La paranoia es el máximo estado de alerta”. Burroughs. El asombro es pérdida de alerta. Cuando el Megadroide regresa de su asombro, un sablazo ya rasgó su abdomen de acero, una patada lateral con media vuelta le sacudió la cara, y otra lateral con salto, clavada en la quijada, lo levantó en el aire para luego aventarlo al suelo. Al robot le hierve la sangre (y su rabia le concede literalidad a la metáfora). Ryu enciende sus micropropulsores invisibles, despega los pies de la tierra y queda flotando en el aire. Luego extiende los brazos, tira la cabeza atrás y profiere a todo pulmón: “¡CONEXIOOOOOOOOOOOOÓN AHORAAAAAAAAA!”. HyperSorcerer®, motor operativo de la EtéreaNet®, después de responderle


con un frío pero empático: “Vaya. Por fin algo de acción. Esto ya parecía caricatura japonesa para niños”, procesa el input en microsegundos/ <Código de conexión://92 2309YL44f3939223AFUFG2829864076AXKYL09987484FHF>/<Código de acce­ so://011010111010110110110111111000000010101000111011> /processing /pro­ cessing/processing/connection_succeeded/waiting_for_reply/waiting_for_reply/wa iting_for_reply/satelliteLink=F8/ De modo que Ryu, ya conectado, grita esta vez: “¡MORFO-38C: TRANSFOR­ MAAAAAAAAAAAAAR!”. Suspendido en el aire, el Megadroide adopta la posición fetal, cruza los brazos, se lleva las palmas a los hombros para darle campo de acción a su eje centro-horizontal y comienza a transformarse: los omóplatos se desplazan hacia fuera, la espalda cervical se corre hacia abajo, las aletas se doblan hacia dentro, motor compresiona con freno, pectorales giran noventa grados, timón vira a la derecha, contensores axiales emergen,


freno se hunde hasta el fondo,

bus se parquea, ayudante cobra los pasajes,

¡servidos los de Palín! El bus para. Baja más gente que la que sube y, por fin, por un momento, la sardinera le da un poco de respiro a la ley física aquella de que dos (o más) cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio. Gracias a Dios, porque ya de Palín en adelante comienza el calor. Y el tramo hasta Escuintla va a seguir siendo lento hasta el día que inauguren la nueva carretera. “Buenas tardes, amables personas que nos acompañan en esta unidad de transporte extraurbano. Mi nombre es >>>CHAYANNE<<< Y esta tarde me acompaña >>>LUCERITO<<<”. “Ah, puchis. ¿Cómo así, vos?”, contesta el otro payaso, mientras los pasajeros del bus se atoran de la risa. “¡Ay, perdón! Me confundí. Vos estás muy feo para ser Lucerito. Y yo pues no seré Chayanne, pero una cosa sí te digo: tengo un MPA increíble”.


“¿Qué es eso de MPA, vos? ¿'Malas Pulgas Ambulantes'?”. Sonrisas del público. “¡Cómo sos de mula, vos! MPA quiere decir ‘Maldito Pegue Asesino’. Quiere decir que tengo pegue, pues”. “Pero con las moscas”. De nuevo la risa de los pasajeros. “¡Nombre! Te voy a contar a vos y a todas las damas, caballeros y etcéteras que abordan este bus. El otro día iba yo caminando por la calle y estaba esperando a que el semáforo me diera vía porque quería pasarme a la otra banqueta”. “Y se nota que lo lograste”, interrumpe el compañero a la vez que hace gestos afeminados, con lo que provoca las carcajadas del público. “Va, no seás payaso pues. Te estaba contando que iba a cruzar la calle, cuando en eso se me para…”. “¡Eso sí es milagro, ve!”, vuelve a interrumpir el compañero. Más carcajadas de la gente. “¿Qué?”. “Nada. Decías que en eso se te para”. “Sí, que en eso se me para a la par un Ferrari Testarossa rojo último modelo con vidrios paralizados, digo, polarizados. Yo sólo veo que bajan el vidrio eléctrico. Cuando miro para adentro, lo venía manejando una mamaíta así tipo mi amorcito Ana


Bárbara: canchita, ojitos claros, blanquita y con una minifalda que en lugar de pijazos tenía morongazos, porque se le miraba hasta el alma. Y no mirás pues que la canchita me dice ‘subite’. ‘Subite’, me decía. Y yo que me hago el difícil y le digo ‘uy-noseñorita-usted-me-está-confundiendo-yo-no-soy-de-esos-yo-soy-un-payaso-decentey-cuando-lo-hago-lo-hago-por-amor’. ‘Subite’, me seguía diciendo. ‘Subite’. Y ya me había convencido. Ya estaba por abrir la puerta del deportivo, cuando termina de decirme ‘subite a la banqueta, animal, que te vua pasar tirando a la miércoles jueves viernes sábado y domingo'”. Todos se matan de la risa otra vez. Los payasos siguen contando chistes. Ya de último, cuando agarran confianza, se echan uno de Pepito bien malcriado, pero buenísimo. Si hasta el piloto (que no sé por qué los pilotos se van haciendo siempre los serios) viene exorcizando demonios a través de la risa, cuando “Muchas gracias, estimados pasajeros de esta unidad de bus. Mi nombre es >>>CUCHILLITO<<<”. Y cuchillón es el que se saca de la camisa el infeliz. “Y yo soy >>>PISTOLÍN<<<”.


Dice el otro, sacándose tamaña escuadra del pantalón. “¡Y esto es un asalto!”, dicen los dos payasos a coro. La gente se calla por un momento. Luego todos ríen tímidamente, como queriendo creer que lo del asalto es otra de las payasadas de aquellos dos. Pero Pistolín deshace pronto el mito cuando alza el cañón al techo y deja ir el gran morongazo. Mujeres y niños gritan casi al compás del disparo. El piloto pega tal frenazo que por poco se va en la cuneta. Hasta los payasos se ahuevan. “No te detengás, hijuelagramputa”, le grita Pistolín al piloto. Y este, casi encunetado, se ve obligado a reanudar la marcha. El mismo payaso dice, dirigiéndose ahora a los pasajeros, ensordecidos por el disparo: “Bueno, pisados. Que ninguno se me vaya a poner al brinco porque se va horrible”. Pistolín se queda a la par del conductor. De ese modo controla mejor todo el bus y está listo para quebrarle el culo a cualquier cerote que se las quiera llevar de Ultra Seven. O de Megadroide Morfo-99. Mientras tanto, Cuchillito pasa por todos los asientos, pone el filo de su arma en las gargantas de los pasajeros y les da así una punzocortante motivación para que entreguen toda pertenencia de valor. De ese modo, conforme pasa el payaso, cada señor, cada señora, cada señorita, cada joven se quita el anillo,


saca su billetera,

suelta la pulsera,

entrega el bolso, despliega la coraza,

entrega el efectivo, ajusta los brazos,

pasa el monedero, extiende el escudo,

desdobla las manos, extrae la katana láser de su funda y ¡KIAAAAA!, de un sablazo le parte un cachete en dos al Samuray, ¡YAAAAAA!, le abre el abdomen de otro sablazo, ¡HUUUUUU!, le clava una lateral en la frente, ¡UAAAAAAH!, le encaja una trescientos sesenta voladora en la sien con tal fuerza que lo hace dar un vueltegato en el aire y pegar boca abajo contra el suelo, ¡AAAAAAAAHHH! Cuando el Samuray levanta la cara, su vista se topa con una jovencita en kata de tigre parada enfrente de él. Se trata de la nueva transformación del Megadroide Morfo-99: Miyuki, la geisha asesina, su verdadera identidad. “Eres una caja de Pandora, Megadroide. Veo que te has convertido en una perra”,


jadea el Samuray Maldito. “Te voy a enseñar a tratar bien a las mujeres, horrenda abominación del más allá”. Todo indica que el apelativo de perra no le agrada nada a Miyuki. Por aquel insulto el Samuray ya no tiene chance ni de ponerse de pie, mucho menos de evitar que la androide lo tome de las axilas con ambas manos, lo levante, le meta un rodillazo en los genitales, le dé un cabezazo en la nariz y luego lo lance hacia arriba, solo para dejarlo caer y, camino al suelo, recibirlo con una sañuda patada frontal bien propinada en el esternón. De nuevo hay un estruendoso impacto del Samuray contra la tierra. Pero allí no acaba la saña. Miyuki no le permite ni siquiera levantar la cabeza. Una patada en el cráneo hace que el guerrero de la sombra entierre la cara en el lodo. Y solo entonces Miyuki apacigua su furia. Parada a la par del Samuray, respira profundo, vuelve a desenvainar la espada, la toma con las dos manos, la levanta lo más alto que puede (sus manos y la espada tiemblan) y “¡Ishiro! ¡Ishiro!”. “¡InfraGothik®! ¡Ayúdame!”. “¡Ishiro! ¡El dolor es una punzante ilusión!”. “InfraGothik®, ayúdame por favor”, grita el Samuray con desesperación.


“¡Ayú…!”. “¡Ishiro! ¡Escúchame! El dolor es una punzante ilusión”. “¡Claro!”, comprende al fin el guerrero de la oscuridad. “<el_dolor_es_una_ punzante_ilusion.neurodata.com/neuroprojector.doc/searching/searching/searc hing/waiting_for_reply/waiting_for_reply/waiting_for_reply/neurodata_file_is_op en/connecting_with_[_megadroideMorfo99,_microCPU]/creating_hologram/creati ng_hologram/creating_hologram/hologram_done>”. Justo en el momento en que va a dejar caer el filo de su katana sobre el cuerpo del Samuray, nuestra heroína siente una fuerte punzada en la pierna derecha. El dolor es tal que no puede evitar soltar la espada, doblar la pierna y caer. El Samuray se incorpora en un dos por tres. Invertidos ahora los papeles, Miyuki, desde el suelo, ve a su enemigo de pie. Se da cuenta de cómo en la mano del Samuray se ha materializado, en forma de holograma, una muñeca igual a ella con un alfiler de luz láser atravesándole la pierna derecha. Y el vudú virtual no acaba allí. Con la otra mano el Samuray materializa un nuevo alfiler, que luego inserta en el brazo izquierdo de la muñeca. El dolor no se hace esperar. “¡AAAAY, malditos hombres! Creen que porque nos penetran son más poderosos


que nosotras”, protesta la Megadroide. “Es que me gustas cuando mueres porque estás como ausente”, responde el Samuray con el mayor de los sarcasmos. Y mientras altera el verso de Neruda, clava un tercer alfiler en el oído derecho de la muñeca. Ya insertado, lo empuja lentamente hacia dentro a la vez que va diciendo: “Encuentro fascinante cómo a las mujeres todo les entra por un oído y les sale por el otro.” La aguja sale por el oído izquierdo. Otro grito de dolor. “Voy a crucificar tu cibercerebro, niña tonta”, dice esta vez el guerrero de la sombra, y se dispone a atravesarle un cuarto alfiler por la frente para que le salga por la parte trasera del cráneo. De ese modo, con dos alfileres cruzados, destruye la fuente de poder y ¡hasta nunca, Megadroide! Pero Miyuki saca fuerzas de flaqueza para levitar en el aire, extender los brazos y pronunciar el ciberconjuro: “¡CONEXIOOOOOOOOOOOOÓN AHORAAAAAAAAA!”. Desde el satélite, HyperSorcerer hace su trabajo/ <Código de conexión://92230 9YL44f393922 3AFUFG2829864076AXKYL09987484FHF>/<Código de acceso://011 010111010110110110111111000000010101000111011>/processing/processing/p rocessing/connection_succeeded/waiting_for_reply/waiting_for_reply/waiting_f or_reply/satelliteLink=F8/


“Todos los hombres son iguales, querida. No confíes en ellos”, aconseja HyperSorcerer mientras le da la conexión. Miyuki, sin contestarle nada, adopta la posición de una persona corriendo para darle campo de acción a su eje centro-vertical y termina la fórmula de conversión con: “¡MORFO-24G: TRANSFORMAAAAAAAAAAAAAR!”. Los antebrazos se despliegan hacia fuera, los dedos se insertan en las manos, la coraza se pliega al pecho, las piernas se doblan hacia atrás, la suspensión hidráulica gira a la derecha, los pies se despliegan hacia arriba, el motor compresiona, el auto se detiene, las manos se estrechan, las últimas palabras son dichas, se cierra el negocio. “Muy bien, ingeniero. Cuente conmigo. Déjeme preparar los materiales y yo le estoy dando una llamadita el próximo jueves para confirmarle cuándo puedo empezar a dar los cursos de capacitación”.


“Entonces espero su llamada, licenciado”. “Cómo no. ¿Va con prisa o entra a la casa a tomarse un cafecito?”. “Fíjese que sí voy algo preciso. Por eso ni apago el carro. Gracias de todos modos”. “Bueno, no le quito más su tiempo. Gracias por traerme a la casa”. “De nada, licenciado. Me saluda a su esposa”. Dentro del lujoso automóvil, los profesionales vuelven a darse la mano en la acostumbrada sobredespedida. Tocan otro punto del asunto. Vuelven a despedirse. Tocan otro punto del asunto. Vuelven a despedirse. En ese pase-feliz-tarde-ah-se-meolvidaba-preguntarle están, cuando un picop Dodge Ram del año se estaciona en la casa de enfrente. Se abre la portezuela y sale un tipo panzón, casi calvo, de cincuenta y tantos años de edad y con sus buenos traguitos encima. El señorón camina con decisión de Terminator hacia el Mercedes del ingeniero. Cuando está a unos tres metros de distancia de este, sin dejar de avanzar, saca su lethal weapon (una escuadra nueve milímetros), extrae un cargador de su bolsillo, lo inserta en la empuñadura de la pistola, quita el seguro, levanta el cañón a la altura de su pecho y llega a la portezuela. Solo entonces los despreocupados profesionales voltean a ver para que sus ojos se topen nada más y nada menos que con


>>>RAMBO LÓPEZ<<< ***EL JUSTICIERO DE LA MUERTE***

Perfil3: • Nacido en algún pueblo del interior. • Estudiante de promedio regular en algún internado católico del país. • Víctima de acoso psicológico por parte de sus compañeros de estudios, que solían molestarlo con motes como indio, sapo y otros que aludían a su estatura baja, complexión llena y piel morena. • Filosofía: – Chafa y cura, comida segura. – El comunismo es el demonio. – Este país sólo con mano dura se compone. – Pisto en mano. – El tamaño es lo que importa. • Militar graduado con honores. • Estuvo en la montaña echando reata contra la guerrilla. • Duerme con una pistola bajo la almohada, se despierta a medianoche bañado en sudor frío y dispara un cargador entero contra el techo de su habitación.

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A este perfil se le suprimieron algunos datos de la vida de Rambo López y se le añadieron nuevos. Así mismo, el perfil se presenta ahora ordenado por puntos.


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Director de un par de dependencias estatales en tiempos de Kjell y Lucas. Dueño de una casa grande en colonia de clase media baja y de tres o cuatro carros último modelo. Ahora militar retirado. Principales temas de conversación: – Armas. – Carros. – Culos. Preferencias cinematográficas: – Cualquiera de vergazos y balazos. Preferencias musicales: – Cualquiera de Chente. Invita las rondas de guaro en los puteros más caros de la ciudad. Escoge a la patoja más bonita de la casa, paga una hora con ella, se la lleva al cuarto y, ya que están solos, se acuesta boca abajo y le pide a la puta que por favor le meta un banano en el culo. Después se incorpora y, con la fruta colgándole del chiquito, comienza a moverse todo sensual, como imitando la danza de una bailarina exótica, y es así como se satisface sexualmente. Luego le da


más dinero a la chava para que vaya y les diga a sus amigos que qué polvo más rico el que se echaron, que qué grande la tiene y que qué de a huevo coge. “¡Narcos hijos de la gran puta! ¡Malditos! ¡Váyanse de mi casa o les quiebro el culo!”, grita Rambo, mostrándoles el cañón del arma. “Pero señor, ¿no me reconoce? Soy yo, su vecino de enfrente”, dice el licenciado, extrañado por la confusión paranoica de su vecino, mientras el ingeniero palidece, pues es el más cercano al cañón. “¡Sho, hijo de sesenta mil putas! ¡A mí no me vengás con pajas! ¡Váyanse a la mierda o les quiebro el culo!”. “¡Pero si yo vivo aquí, señor! Tranquilícese”. Para qué le dijo que se tranquilizara. “A mí nadie me va a decir que me tranquilice”, contesta Rambo y ¡POOM!, golpea la mano del ingeniero con la empuñadura de la pistola. El ingeniero, conteniéndose el ¡AAY!, rápidamente quita la mano de la portezuela en un movimiento reflejo. El licenciado, temiendo que al salir del vehículo le metan un plomazo, voltea a ver al policía en la garita de la entrada al residencial, como queriendo pedirle ayuda por telepatía. Para su sorpresa el policía está observando toda la escena, pero no se atreve a hacer nada.


Cuando el licenciado regresa la vista a su vecino, el hijo adolescente de este ya salió de la casa y se interpuso entre el carro y su papá. “Papa, déjelos. Él es el vecino”, trata de explicar el muchacho. “Andate para dentro, patojo cerote”. “No, papa. Vámonos para la casa. Usted ya viene muy tomado”. “¡Sho, patojo cerote!”. Y de un violento empujón quita a su hijo de en medio. “Sabe qué, licenciado. Mejor vámonos de aquí", se apresura a proponer el ingeniero. “Está bien, ya nos vamos”, dice después, dirigiéndose a Rambo para que se calme. Luego mete primera y maneja el carro como dos o tres cuadras adentro del multirresidencial. Ya lejos de la presencia de Rambo, el licenciado le ofrece disculpas al ingeniero por todo lo sucedido, se baja del auto y se despide. Regresa a pie a su casa y, camino allá, se da cuenta de que sus manos tiemblan. No sabe exactamente si por miedo o por ira. “A ver si el ingeniero quiere trabajar conmigo después de esto. Necesito cerrar el negocio o mi situación económica va a seguir jodida”, piensa. Y aunque duda que el vecino tenga madre, no deja de mentársela. Llega a casa, le cuenta a su esposa lo ocurrido y los dos se preocupan. Nada les quita la idea de que tienen como vecino a un asesino en potencia.


Ya de noche el licenciado no puede dormir. Sueña que Urko (el gorila bélico y medio idiota de El planeta de los simios), vestido con una guayabera color yema de huevo rancio y un pantalón de vestir color caca, digo caqui, se le acerca, le apunta con una pistola, dispara y ¡AAAAAHHH!, el licenciado despierta de madrugada gritando y sintiéndose impotente. Y lo de impotente léase también con cierta connotación sexual, pues siente que no hay manera de meterle la verga a su vecino. Sin embargo, ya de madrugada es vencido por el cansancio y el efecto de un par de píldoras para dormir. Se tranquiliza por fin y siente la suave distensión de todos sus músculos, hasta el momento agarrotados por el miedo. Ya relajado recuesta la cabeza en la almohada, cierra los ojos y sueña que TIMA HORA * NOTICIA DE ÚLTIMA HORA * NOTICIA DE ÚLTIMA HORA * NOTICIA DE Ex militar ametrallado en su casa (KARMANOTICIAS/INFERNEWS).— Individuo no identificado, presunto miembro de un escuadrón vengador que se dedica a dar muerte a individuos prepotentes, abusivos y faltos de madre, se introduce a altas horas de la noche en la residencia del señor


Rambo López, ubicada en la colonia X de la zona Y de esta capital, y descarga una ráfaga de ametralladora AK-47 sobre López hasta provocarle la obvia, esperada y por todos deseada muerte. A eso de las tres de la mañana el asesino salta la verja, rompe la ventana, fuerza la chapa, abre la puerta, carga el arma, quita el seguro, dispara los vibrocontensores, jala el gatillo, reconfigura el escudo, despliega las garras biónicas, pega un zarpazo y el Samuray sale disparado como cinco o seis metros atrás, solo para ir a somatar la espalda contra el suelo. Cuando trata de ponerse de pie siente en su estómago un retortijón que lo hace vomitar sangre. Se sienta entonces y mira su abdomen. Las


rasgaduras en la piel son tan profundas que reconoce algunas de sus entrañas. Quiere lamentarse por el dolor, pero un ¡GRRRRRRRR! extremadamente cercano lo ensordece. Cuando levanta la cara, su vista se topa con dos hileras de colmillos babeantes y afilados, cada uno tan grande como un fémur humano. “Conque ahora te volviste un animal, ¿eh Megadroide?”, dice el Samuray con mordacidad. La ciberbestia, con el tamaño de cinco osos, ojos de lobo, dientes de piraña y garras de tigre, solo emite un fuerte rugido en respuesta. Se trata de la nueva transformación del Megadroide Morfo-99: Hiperfuria4, la bestia carnicera, su verdadera identidad. “Como ya no puedes usar la cabeza, prefieres usar la fuerza bruta, ¿verdad, Megadroide?”. “Muy bien, Ishiro. Tú ganas. Voy a usar la cabeza”, contesta Hiperfuria, cuya voz tiene la gravedad de un long play de vinilo sonando a bajas revoluciones. Y mientras contesta aquello, retrocede y retrocede, como toro preparándose para embestir al torero. ¿Embestir piensa el Samuray? Pero ya lo intuye demasiado tarde. Cuando Ishiro apenas empieza a agarrotarse llevando codos y rodillas al rostro, la bestia ya se dejó venir contra él.

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Nombre cambiado.


¡ZZZZUUUUUUUUMM! ¡POWN! “¡AAAAAAAHHHHHHHHHH!”, grita el guerrero de la sombra mientras cae de espaldas al precipicio. Hiperfuria, en su instinto predador, poseído por la rabia y un hambre natural de vísceras, lo sigue hasta el fondo (no hay Lucifer que se resista a caer cuando en el abismo lo espera la carne). Las piedras no lo detienen. Avanza. Sus colmillos, húmedos a causa de la baba apestosa, vibran con el rugido bestial. Llega al fondo del barranco, busca al Samuray, lo encuentra, se le acerca, lo huele, emite otro rugido, escupe saliva, abre las fauces, acerca el hocico… La situación se pone aquí tan tensa que es mejor ir a un corte comercial. Después de ver la casa de nuestros sueños en Prados del Alto (precio), descargar manualmente nuestra libido con el generationsex de las Spice Girls y descubrir que las mujeres de no sé qué tribu africana se atavían con colmillos de elefante incrustados en las mejillas para alejar malos espíritus y exploradores pervertidos, según se puede leer en el nuevo número de la International Pornographic, regresamos a la acción. Como recordarán, el Samuray Maldito cayó al fondo del abismo, y el Megadroide, transformado en Hiperfuria, descendió a la sima para devorarlo. Los colmillos del animal buscan el cuello del Samuray. Una vez ensartados, nada los hace retraerse. Penetran profundo y desgarran tendones. La sangre fluye a borboto-


nes y anega los gritos de dolor del Samuray. Muere. Muere, maldito. Desángrate y muere mil muertes antes de morir. Y no te olvides de ir dejando tu rastro de sangre cuando vayas camino al infierno, que hasta allá he de seguirte para continuar matándote, muriéndote, desentrañándote (literalmente). Yo muerte. Yo tánatos. “¡Cierra ya los ojos, maldito Samuray Maldito, y trágate el veneno de la oscuridad!”, grita Hiperfuria, con su voz cavernosa, mientras devora al guerrero de la sombra. “¡JA JA JA JA! De acuerdo, Megadroide. Tú ganas”, dice esta vez el Samuray, con todo el sarcasmo que el dolor y el desangramiento le permiten. “Ahora vas a pelear contra la oscuridad. ¡JA JA JA JA!”. A continuación, el guerrero de la sombra cierra los ojos y <el_cielo_se_oscur ece_por_treinta_dias_y_treinta_noches.neurodata.com/infragothik_blackout.apocal yptikbot.doc/connecting/searching/searching/searching/waiting_for_reply/wai­ ting_for_reply/waiting_for_reply/connecting_to_[_cyberplanetVirtualAtmosphere ]/connection_succeeded>. Y de pronto, oscuridad. Plena, total, extendida hacia cualquier punto al que se dirija la vista. Un inmenso techo negro, de miles y miles de metros cuadrados de extensión, se materializa en microsegundos para tapar el cielo y volverlo todo oscuro. El oxígeno apenas circula y poco a poco la asfixia y el pánico empiezan a invadir el


el alma bestial de Hiperfuria. Cuando las pupilas del ciberanimal se dilatan al máximo, este ve a lo lejos entradas de luz, salidas de túnel por las que se cuelan fulgores de luz blanca y diáfana, trinos de pájaros, aleteos de mariposas e imágenes de bellas muchachas, vestidas únicamente con túnicas blancas transparentes, llamando al animal apenas con una sonrisa y un suave gesto manual. El Samuray sabe ser macabro: goza con darle vanas esperanzas a la fiera. Hiperfuria siente que el respiro lo abandona, por lo que corre hacia las entradas de luz. Pero el Samuray, que se ha vuelto invisible dentro de toda aquella oscuridad, no lo deja huir. Lo patea, le mete zancadillas, le abre la piel a sablazos y se burla de él. “¿Quieres luz?”, le dice, para luego prenderle un fósforo en los ojos. Hiperfuria, como todo buen animal, no puede evitar temerle al fuego y sale corriendo en dirección opuesta a la llama. No obstante, en algún momento de reflexión, el zoorrobot se detiene y pronuncia las palabras cibermágicas. “¡CONEXIOOOOOOOOOOOOÓN AHORAAAAAAAAAAAA!”. HyperSorcerer rápidamente procesa el input/ <Código de conexión://922309YL44f3939223AFUFG2829864076AXKYL0998748 4FHF>/<Código de acceso://011010111010110110110111 1110000000101010001 11011>/


invalid_code/ ¿? ¡CONEXIOOOOOOOOOOOOÓN AHORAAAAAAAAA!/ <Código de conexión://92 2309YL44f3939223AFUFG2829864076AXKYL099 87484FHF>/<Código de acce­ so://011010111010110110110111111000000010101000111011>/ invalid_code/ ¿? ¡CONEXIOOOOOOOOOOOOÓN AHORAAAAAAAAA!/ <Código de conexión://92 2309YL44f3939223AFUFG2829864076AXKYL099 87484FHF>/<Código de acce­ so://011010111010110110110111111000000010101000111011>/ you_are_fucked!/you_are_fucked!/you_are_fucked!/ “Me temo que ya no podrás transformarte, Megadroide”, dice HyperSorcerer en un tono grave y resignado. “¿Qué sucede, HyperSorcerer?”. “Error terminal del sistema”, contesta el motor operativo de la EtéreaNet. “InfoZombie®, último integrante con CyBorgia e InfraGothik de la terna maldita que rige el Cyber-InfraSpace, logró inyectarme un virus letal, por lo que ya no podré asistirte más. El info-ente atravesó mis barreras antivirus y se infiltró en mi programa. Justo


en este momento está destruyendo todos mis comandos y muy pronto comenzaré a desvariar. Lo siento, Megadroide, realmente hubiera querido ayudarte pero no tengo por qué más que sí porque sí no ya verás que la próxima reencarnación iré al mar por la mar que sí misma y no transitar por cervantes que café escribamos vanidad o furia muchos enterrar de no podrá para yo peleo tú peleas todos peleamosupercalifragilísticoespirialidosoperahouse telerecontraradiotransmi sión insurg distant a lo cercan por cuatro igual a 63.98888Ce-000 1 0043 djlls ooe399f ñ'96slk o kdkdd000 e3da{oe54n v’´'ab+{an 445 0 98nbk os kñiu902_ 0s a059fciwe´'abj´'abpá'87pw9envc ‘wa9ejmpnm´'ab{kl 8000 lsdkr oaq oweur co3 01 dfllks jdjkl30890 j0we21’ jñ'96aspwieur/)()...” “¡JA JA JA JA!”, ríe el Samuray mientras presencia la muerte de HyperSorcerer. “...oiduf0q9834 r02938jh s09w s09whhodskhdlal lskjse oaspp’34882dh9 a|s480 ´'abñ'969 kao9c 32oonnow jfap pifp p98w8e pqwd{jhrlkl kajdl liu p88 08difkljlk lsiuerb cd928...”/ connection_succeeded/ connection_succeeded/ connection_succeeded/ “Estás conectado, Megadroide. Ya puedes transformarte”, dice una voz desconocida,


pero amigable. “HyperSorcerer, requiescat in pace, te envía un saludo desde el cibercielo. Desde ahora yo soy tu nuevo ángel de la guarda, WizardBot® 1.0 a tu servicio. Y te digo una cosa: los virus de InfoZombie son mi especialidad”. Y después de que Hiperfuria termina la fórmula con ¡MORFO-89Z: TRANSFOR­ MAAAAAAAAAAAAAR!, WizardBot encapsula el virus, modifica el programa de este, se conecta con el CPU bioelectrónico del Samuray Maldito y le revira el virus al guerrero de la sombra. De pronto el guerrero deja de reírse cuando un abrupto dolor (el dolor de la separación, de la despedida, de las cosas que están unidas a la fuerza y no pueden seguir así por lo que actúan en consecuencia lo quiera uno o no) comienza a invadir y desconfigurar sus células de mercurio. Mientras tanto el Megadroide, luego de adoptar la posición de Cristo crucificado para darle campo de acción a su eje centro-transversal, esconde los antebrazos, abre el pecho hacia fuera, dispara los vibrocontensores, reconfigura el escudo, repliega la coraza, despliega las garras biónicas,


pega un zarpazo y el Samuray sale disparado como cinco o seis metros atrás, solo para ir a somatar la espalda contra el suelo. Cuando trata de ponerse de pie siente en su estómago un retortijón que lo hace vomitar sangre. Se sienta entonces y mira su abdomen. Las rasgaduras en la piel son tan profundas que reconoce algunas de sus entrañas. Quiere lamentarse por el dolor, pero un ¡GRRRRRRRR! extremadamente cercano lo ensordece. Cuando levanta la cara, su vista se topa con dos hileras de colmillos babeantes y afilados, cada uno tan grande como un fémur humano. “Conque ahora te volviste un animal, ¿eh Megadroide?”, dice el Samuray con mordacidad. La ciberbestia, con el tamaño de cinco osos, ojos de lobo, dientes de piraña y garras de tigre, solo emite un fuerte rugido en respuesta. Se trata de la nueva transformación del Megadroide Morfo-99: Hiperfuria, la bestia carnicera, su verdadera iden/ ¡Este capítulo ya lo vi! ¡ZAP! /cinos molestos vapulean, linchan y le prenden fuego a presunto delincuen/ ¡ZAP! /yección letal tiene tres compuestos: el primero anestesia al condenado a muerte, de modo que este pierda el conocimien/


¡ZAP! /gan con las manos en alto! ¡Los tenemos rodea/ ¡ZAP! /blemas extremos requieren soluciones extre/ ¡No hay nada en la tele!/OFF> El niño5 vuelve a prender el televisor, lo apaga, vuelve a prenderlo, ZAP, ZAP, ZAP, y lo apaga. Conecta el Nintendo en un impulso casi animal (o infantil en este caso, lo cual explica todo), pero ¿qué va a jugar ahora? Lo invade un hastío cuando lee los títulos de los videocasetes, ya jugados al hartazgo. Mortal Kombat (I, II, III, IV…) Street Fighter. War Gods. Superdoom. Killing Gore. Superultramegahyperdeath. Tira los casetes a la cama y sale corriendo del cuarto como un energúmeno desesperado. Qué aburrido estar castigado y no poder salir de casa. Pero eso sí, nunca más vuelve a sacar malas notas en el colegio. Se hace la promesa por diezmillonésima vez. Va al cuarto de su hermano mayor. Este y sus amigos están allí encerrados. El niño pega el oído a la puerta para escuchar de qué hablan. El hermano sorprende a sus amigos con el típico relato ese de que el-otro-día-me-eché-verga-con-fulanitoni-un-solo-trancazo-me-pudo-meter-porque-cabal-cuando-me-tiró-una-manada-yome-alejé-y-le-pegué-una-patada-lateral-en-la-mera-cara-entonces-él-me-tiró-una-manada-

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Este personaje tenía nombre. Ahora es simplemente el niño.


y-yo-me-agaché-y-le-di-una-patada-en-los-huevos. El niño se aburre y se va. La verdadera acción está en el cuarto de los papás, donde también la puerta está cerrada. Mamá le pide explicaciones al desgraciado borracho mujeriego de papá, y papá le deshace la cara a vergazos a mamá en respuesta. Mamá le vuelve a pedir explicaciones. Papá le vuelve a meter sus cachimbazos. Nada que el niño no haya visto (ni oído) antes. Así que se aburre y se va. Del cuarto de sus papás se va a la cocina, de la cocina se va a la sala, de la sala regresa a la cocina, de la cocina pasa al comedor, del comedor se va saltando a la sala, sube, baja, sube, baja las gradas al segundo nivel haciendo ruidos de nave espacial, se va al jardín, encuentra tirada su honda, la recoge, comienza a estirarla, da vueltas, y vueltas, y vueltas. En eso ve al gato de la vecindad paseándose por la pared divisoria de las dos casas. Recoge piedritas del jardín. “¡Nave rebelde a base! ¡Nave rebelde a base! ¡Tengo un caza imperial en la mira! ¡Necesito refuerzos!”, dice el niño mientras estira el hule de la honda para después soltarlo y dejarle ir un cachimbazo al misho. No logra meterle la pedrada, aunque sí un buen susto. El gato sale corriendo, y el niño detrás de él. “¡Falcon a Lasserbeam! ¡Falcon a Lasserbeam! ¡Cuidado! ¡Caza imperial a las cuatro! ¡Caza imperial a las cuatro! ¡Voy detrás de ti! ¡Ya lo tengo en la mira! ¡Voy a dispa-


rar!”. Y le deja ir otro guamazo que le pasa rozando la cola. El gato sube por la verja, se va a la calle y se salva así de la ira de Junior Skywalker, caballero Jedi. En eso (y hablando de Star Wars), el niño ve tirada en la grama su espada de luz (de plástico). Tira la honda, recoge la espada, la alza por encima de su cabeza y comienza a blandirla. El sonido del aire cortado alimenta la hiperactividad del niño, que no deja de espadear contra quién sabe qué constructo de su imaginación con pantalla de 36 pulgadas full color. En eso se queda quieto. “Vas a morir, Godzilla. Te llegó tu hora”, dice. Y se deja ir contra la flor de Pascua que su mamá tiene sembrada en un rincón del jardín. “¡Toma! ¡Toma! ¡Toma tu merecido, monstruo maldito!”, le dice a la pobre planta, que solo recibe los golpes. Tallos se quiebran, hojas caen al suelo, pétalos rojos se desprenden de las flores demolidas. De repente la planta ya no soporta el castigo, se ladea y cae al suelo. Queda toda bañada en su savia lechosa y blanca, que no para de borbotear de su interior. El niño mismo tiene la cara llena de salpicaduras de sangre blanca, pero en la euforia de su juego no siente ardor alguno y sigue dándole y dándole a la Pascua. Por fin, en un respiro que le da más a la planta que a sí mismo, ve al Káiser echado a un lado de la puerta. El pobre pastor alemán se echa fácil fácil sus trece o catorce


años de edad, está enfermo y ya no tarda en pasar a mejor vida. Por supuesto que el niño no hace ninguna de estas consideraciones. Sin la más mínima gana de sosegarse, se le queda viendo al perro y le dice: “¡Hasta aquí llegaron tus atrocidades, Samuray Maldito! ¡Prepárate para recibir tu merecido!”. El Káiser ni se da por enterado de la amenaza. Tampoco se fija que el niño va corriendo por su rifle de balines. El niño regresa como al minuto y, como todo buen combatiente, comienza con su rito de preparación para la batalla. Nuestra pequeña máquina de hacer la guerra se amarra la cinta camuflada en la cabeza, se coloca el cincho de municiones en la espalda, se mete la pistola en el pantalón, se pinta rayas negras en la cara, toma algunos cartuchos, carga el rifle, apunta el arma, extiende los codos, jala el gatillo,


esconde las orejas,

retrae la quijada,

activa los retropropulsores, desenvaina la katana y ¡HUAZZZZ! El samuray, sin desembarazarse aún del virus, pierde su mano de un sablazo: la mano de su propia katana. Fatality! Finish him! Los chorros intermitentes de sangre le hacen saber, sin embargo, que su corazón aún late. Not finished. Yet. Justo cuando está por voltear la cara para ver la nueva transformación del Megadroide, ¡POWNNNNN!, un puñetazo le hunde un ojo al fondo del cráneo, ¡PAWNNNN!, un talonazo en la nuca lo hace escupir sangre y ¡FUAZZZZZZZZ!, la punta de la espada le abre una mejilla y parte de la nariz. “La vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas…”, profiere el Megadroide sin mucha filosofía (considera que las palabras de la cita pondrán a reflexionar por sí solas), mientras ¡TAZZZZZZ!, ensarta su talón en los genitales, estómago y dientes del Samuray en una poderosa frontal triple. Combo: 237 333 puntos. “…no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas…” ¡FUIZZZZZ! ¡PUMPUM-PUM-POWWWWWN! Trescientos sesenta voladora contra la cabeza con seguidilla cuádruple de puños en el abdomen y la cara. Supercombo: 456 789 puntos.


“…no es un poema, aunque soñemos muchas cosas…”. ¡POWN! ¡POWN! ¡POWN! ¡JUAZZZ! ¡FUIZZZZZZ! Tres voladoras circulares en el rostro, una barrida quebrando rodillas y un sablazo en el estómago. Supercombo triple: 8 465 387 puntos. “…el ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo…”. ¡PUMMM! ¡PUMMM! Puñetazos simultáneos en el rostro y abdomen botan al suelo al guerrero de la sombra. Flawless victory! Finish him! Y justo cuando el Samuray ya terminó de incorporarse: “…eso es: un movimiento perpetuo. Augusto Monterroso”. La katana del Megadroide atraviesa el vientre de Ishiro, el Samuray Maldito, para salir ensangrentada por la espalda. Este, sin fuerzas para sostenerse de pie, cae sobre sus rodillas y hasta entonces puede ver cara a cara a su rival. ¡PUMMMM! El asombro lo golpea más duro. Su vista se topa con un guerrero imperial de katana, pelo negro en cola de caballo, kimono de mangas largas y hakama flojo. Toda la vestimenta es negra. Quiere creer que se trata de una alucinación, de un holograma o, a lo sumo, de una alegoría de esta narración, pero no. Se trata de la nueva transformación del Megadroide Morfo99: Ishiro, el Samuray Maldito, su verdadera identidad. Con la fuerza del asombro, el Samuray (el verdadero) se incorpora, extrae la espada de su cuerpo, la tira al suelo, termina de vencer el vértigo del virus, neutraliza


este, se ve a sí mismo (al Megadroide) a los ojos y dice: “De acuerdo. Lo admito. De tus cuatro transformaciones, esta es la única con la que verdaderamente has logrado impresionarme, Megadroide Morfo-99”. “Espera a ver entonces las otras 95”, le contesta el Megadroide quien, ante los ojos estupefactos de Ishiro, activa la fórmula de transformación con: “¡CONEXIOOOOOOOOOOOOÓN AHORAAAAAAAAA!”. WizardBot acude a dar el protocolo de conexión, de modo que el multitransformer sólo termina con ¡MORFO-78F: TRANSFORMAAAAAAAAAAAAAR!, para luego levitar en el aire, extender los brazos y adoptar la posición de/ OFF>


JUSTIFICACIÓN DEL JURADO CALIFICADOR DE SU FALLO A FAVOR DE “MEGADROIDE MORFO-99 CONTRA EL SAMURAY MALDITO” (Extracto de la noticia titulada Julio Roberto Calvo Drago es el ganador del concurso de cuento Bancafé-elPeriódico, publicada en elPeriódico, 14 de enero de 1999, página 2)

l jurado calificador, integrado en esta ocasión por los escritores nacionales Luis Alfredo Arango, Arturo Monterroso y Rubén Nájera, reconoció que se trata de una pieza imaginativa y original, que busca una expresión innovadora, en la que convergen elementos cruciales de nuestras contradicciones urbanas, tecnológicas y sociales. Además, está planteada con recursos del lenguaje y tipografía que sirven eficientemente al propósito de la narración y que, lejos de pretensiones literarias, buscan correspondencia cercana con el tema abordado. El lenguaje, en particular, se apoya en un vocabulario extraído de los juegos de video, en el manejo


de esa especie de metalenguaje de la informática que permea cada vez más a las nuevas generaciones, pero también el habla coloquial, logrando crear un corredor de comunicación entre la realidad virtual y la vida en el mundo cotidiano. Esto último es, precisamente, el principal logro del trabajo: fusión de conciencias (o realidades) integrado con difusión de lenguajes y grafismos.


EL FENÓMENO DE LA CIBERLITERATURA Carlos René García Escobar

l siglo XX ha sido una centuria signada por generaciones diferenciadas por características peculiares que las convierten en paradigmas de sí mismas y para las que las devienen. Veamos: Las generaciones de los años diez vieron surgir los movimientos vanguardistas y se perfilaron como las pioneras del siglo, con toda la potencia de sus descubrimientos en torno a la humanidad y sus acciones inconscientes. Las de los veintes y treintas vieron y sufrieron la recesión económica mundial y el principio de las grandes luchas libertarias de las colonias europeas en el mundo, más los significativos inventos y descubrimientos del momento. Las de los años cuarenta afrontaron la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas; entre otras, la reconstrucción, el modernismo y la Guerra Fría entre las dos potencias resultantes. Las de los años cincuenta y sesenta vimos surgir un mundo nuevo como resultado de aquellas secuelas. El comunismo y el existencialismo europeos campeaban en oposición a los métodos modernistas y alienantes del neocapitalismo surgente, y este los reprimía. Así vimos cristalizarse las in-


dependencias de países colonizados africanos y asiáticos y desarrollarse una nueva forma —aún no cristalizada— de independización de la férula capitalista en los países latinoamericanos, impulsada por su pobreza y miseria y el ejemplo de los cubanos. Los años setenta y ochenta, ya en la posmodernidad, quién sabe cuál de las dos fue la llamada década perdida. Y ahora en los años noventa, cuando el tiempo parece correr precipitadamente, no hemos dejado de estar en guerra en uno que otro espacio de la Tierra, pero la cibernética ha ganado el terreno con creces y ya estamos en los tiempos cuando casi absolutamente todo se mide por el grado cibernético de desarrollo y funcionalización. Es el caso que llegamos al año dos mil, y son precisamente las computadoras las que nos pretenden controlar y programar la existencia de aquí en adelante. Se ha dicho que los escritores son, en lo que escriben y publican, el reflejo de su sociedad. En tal virtud podemos colegir el imaginario de las distintas generaciones de escritores contemporáneos de su época a través de las distintas generaciones literarias, tanto euronorteamericanas –que son las que mejor conocemos– como guatemaltecas; estas últimas, bebedoras de aquellos manantiales. Digo esto porque, aparte de las obras clásicas del siglo XX que europeos y estadounidenses legaron a la humanidad, también, sobre todo, la cultura pop norteamericana legó una especie de


de literatura, conocida como mass literatura o literatura de evasión, en la que, en aras de la natural imaginación, filosofía y psicología social de las generaciones de principios de siglo, aparecen los superhombres como nuevos héroes e ídolos que las masas urbanas han venido consumiendo desde que estos, virtualmente, resuelven conflictos sociales atinentes a una conciencia colectiva y masificada que anhela el bienestar y el confort. Es decir, héroes superhombres que enfrentan al mal, personificado en los delincuentes y en los opositores y desestabilizadores de los regímenes de pueblos que viven las democracias capitalistas de sus sociedades en el usufructo del poder económico, político y social. Así fue como en los años cincuenta y sesenta fuimos testigos –a través de los cómics y series televisivas basadas en ellos– de las hazañas de Superman, Batman, los Halcones o el Halcón de Oro, Tarzán, la Mujer Maravilla, el Hombre Araña, Dick Tracy, Flash, el pato Donald, el ratón Mickey y ya no digamos los héroes conquistadores y colonizadores de las tierras del oeste norteamericano, donde los malos son los indios de esas extensas tierras; y los buenos, los blancos como Roy Rogers, Gene Autry, Hopalong Cassidy, el Llanero Solitario y Red Ryder, entre otros. Todo eso también llevado al cine años después, con todo y la ideología de corte racista y dominante que lo ha caracterizado desde siempre.


La fórmula latinoamericana paralela a estos personajes extranjeros fueron los personajes mexicanos, los Supersónicos y las caricaturas de Rius, más la heroína Mafalda del argentino Quino. Debe agregarse que la ciencia ficción se fue convirtiendo paulatinamente en parte de nuestro imaginario generacional a través del siglo, a pesar de que para muchos de nosotros, ya en los años setenta, se formulaban entonces héroes reales de carne y hueso como el Che Guevara, Luis Turcios Lima, Nora Paiz, César Montes, Otto René Castillo, Roberto Obregón y Fidel Castro, así como en otros ámbitos Augusto César Sandino, Farabundo Martí y Camilo Torres, entre muchos más. Es ya en los años ochenta cuando los héroes de mass media de ciencia ficción –interpretación científico-literaria del futuro de la Tierra y de los mundos desconocidos extraespaciales, cuya existencia se supone o se confirma según el caso de apariciones de ovnis– y cibernéticos, sobre todo televisivos, se consolidan en el consumo y en el imaginario de la niñez y juventud guatemaltecas, aunados a los héroes mundiales del rock. Para entonces ya es abundante la literatura de este nuevo género en todos los ámbitos de la cultura en general, sobre todo en los países superdesarrollados con precursores del mismo como Julio Verne, George Orwell, Ray Bradbury, Arthur


Clarke, Michael Crichton, Fred Hoyle, H. G. Wells, Howard P. Lovecraft y el inefable Isaac Asimov, entre muchos otros. Las grandes compañías cinematográficas se encargaron de llevar esta literatura al cine, la televisión y el vídeo. Para los guatemaltecos, el género literario como tal nos ha llegado tarde, como tantas cosas a lo largo del siglo XX. Lo hemos cultivado muy poco quizá porque el conflicto armado interno de cuatro décadas no nos lo permitió, o porque hemos estado más preocupados en nuestras realidades que con frecuencia superan la imagi­ nación, o por muchas otras razones más que incluirían los procesos de gustos estéticos de la lectura, de lecturas exclusivas o personales y de mercadeo de libros, etc. Ni siquiera el primer paso en la Luna en 1969 inspiró este género literario en los guatemaltecos, sino al contrario: se sintió como que si la hubieran desvirginizado, lo cual provocó la indiferencia o el lamento de los poetas locales. En Guatemala, es Cristina Camacho quien ha cultivado el género desde su poesía, quien esto escribe en algunos cuentos, y Jorge Godínez, en la novela. Lo cual indica la falta de preferencia por él por los demás escritores, o bien el desconocimiento o indiferencia que poseen al respecto. Ahora resulta que tenemos este cuento que se publica en este volumen, titulado Megadroide Morfo-99 contra el Samuray Maldito, que viene a inaugurar prácticamente


una nueva forma de escribir historias en Guatemala, finalizando el siglo XX y comenzando el siglo XXI. Cuento ganador del certamen que anualmente ha impulsado el diario elPeriódico, es una narración cuyo personaje principal es el lenguaje cibernético que contiene, por medio del cual se articula un argumento, banal de por sí, como lo es una cotidiana batalla entre dos entes del espacio que los niños actuales acostumbran a ver como descanso de sus clases, y por el que quien no entiende el lenguaje electrónico-cibernético de las computadoras, no goza los movimientos de los personajes en combate, aunque todo lo perciba intuitivamente. Pero no solo se trata de una batalla espacial, sino que nuestro autor muestra su conocimiento de historias de guerreros medievales europeos, de poetas y escritores de nuestro siglo como Neruda, Monterroso y Burroughs, y también se permite transformar frases, en un tiempo dogmáticas como que la materia no se crea ni se destruye, solo se... aglutina, dice, por no decir transforma como lo propuso Newton. Sencillamente se percibe el asunto como que se trata de un niño que ve caricaturas en televisión de seres y robots espaciales cuya violencia, a su vez, refleja la cotidiana violencia de su casa, por lo que decide salirse a jugar fuera de ella, donde vuelve a encontrar la violencia con que la televisión no logra mitigar su aburrimiento, provocándola por sí mismo, destruyendo las plantas del jardín


y atacando imaginariamente al perro de la casa con sus juguetes bélicos. O sea, un mensaje, se adivina, contra la enajenación que producen estas series televisivas en la mente de los niños y cuyos efectos buscan la destrucción por la destrucción y el daño mismos. Estamos, pues, ante un autor especial, que se ha tomado su tiempo para construir un nuevo lenguaje literario basado en la cibernética, lo cual no es nada nuevo en otras esferas más adelantadas de la Tierra, pero que en Guatemala es pionero. Julio Calvo ha descubierto un metalenguaje válido en los tiempos de hoy, por lo que su trabajo literario, con base en esta premisa, lo perfila ya como un autor destacado que aún tiene mucho más que decirnos en el futuro próximo, el cual esperamos le sea promisorio, en el sentido de emprender vuelos, como el quetzal, elevando el nombre de la patria hasta las ignotas alturas de la espacialidad... ¿O del espacio cósmico? Carlos René García Escobar Colonia La Florida, zona 19 Día de los Santos Inocentes 28 de diciembre de 1999


LA REBELIÓN DE LO IRRACIONAL6 Arturo Monterroso

“Lo fantástico manifiesta un escándalo, una rajadura, una irrupción insólita, casi insoportable, en el mundo real.” Roger Caillois

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Artículo publicado en elAcordeón, elPeriódico, el 18 de abril de 1999, págs. 6b-7b.

n la solapa del libro de Jaime Alazraki En busca del unicornio: Los cuentos de Julio Cortázar, encuentro que “lo fantástico no es ya una evasión o digresión imaginativa, sino una forma de penetrar en el mundo más allá del orden que lo sustenta; y rompiendo cualquier atadura, proclama con tanta maravilla como temor la rebelión de lo irracional contra la hegemonía esterilizadora de lo racional”. Inicio este comentario sobre Megadroide Morfo-99 contra el Samuray Maldito, el trabajo ganador del segundo certamen de cuento Bancafé-elPeriódico, con estas


frases de Alazraki, porque la historia que nos cuenta Julio Calvo, su autor, parte de una dicotomía que crea una atmósfera binaria, donde la narración oscila constantemente entre la realidad cotidiana y el mundo fantástico de los personajes de ficción que habitan el incierto universo de los videojuegos y las caricaturas. Uno tiene la impresión de que enciende el televisor y se abstrae de la realidad para participar de la batalla entre dos personajes: el Megadroide Morfo-99 y el Samuray Maldito, dos guerreros cibernéticos. El clima de violencia en el que hábilmente nos precipita Julio Calvo podría ser catártico si no fuera porque su correspondencia en la vida real nos golpea cotidianamente y la ficción solo es reflejo de un mundo que ya conocemos. “Te clavaría la rodilla en la boca del estómago —escribe Calvo apenas al iniciar la narración— y luego te ensartaría los dedos de una mano en el cuello, mientras que con la otra te martillo la nariz, los dientes y la cara a puros puñetazos, ¡PAM! ¡PAM! ¡PAM!, hasta deformarte el rostro. Reconstruírtelo. O más bien desconstruírtelo. Porque yo soy tu muerte. Tu cibermuerte…” Un poco más abajo continúa: “¡PAW!, un proyectil le traspasa el pecho y ¡BUUUUUUMMMMMM!, miles de esquirlas y pedazos de carne caen desparramados por todo el paraje.” Con todo lo repugnante que puedan parecer las palabras de la anterior descripción,


¿no nos suenan familiares esas frases: “miles de esquilas” y “pedazos de carne desparramados”? No solo nos parecen familiares debido a que las escuchamos a diario en la televisión y en el cine, sino porque pertenecen, incontestablemente, a nuestra historia inmediata, a nuestra propia guerra reciente. Y uno empieza a preguntarse: ¿es ésta una historia de ficción o la disfrazada réplica de nuestra realidad? Y tiene que continuar leyendo para presenciar la transformación del Megadroide, como un transformer que se puede comprar en cualquier juguetería, y caer en la cuenta de que no solo se transforma el personaje, sino la ficción deviene realidad, a partir de un mecanismo de desvanecimiento y empalme, como dos melodías distintas que se sobreponen en sus extremos opuestos, para encontrarnos de pronto a bordo de un bus extraurbano que llega a Palín. De aquí en adelante, la narración y el diálogo refieren una historia cotidiana donde el humor se transforma en violencia. Se produce un asalto a mano armada. Y, mientras los pasajeros son despojados de sus pertenencias, la narración se dispersa en frases aisladas que empiezan a transformarse paulatinamente, como el mismo Megadroide, que recupera el protagonismo de la escena y vuelve a nuestra pantalla, pasando, por una sutil transición, del hombre que pone un cuchillo en la garganta a un pasajero en la camioneta que llega a Palín, al Megadroide que de un sablazo le abre el abdomen al Samuray Maldito.


Hay una insistencia en la batalla entre los dos guerreros cibernéticos, que multiplica y alarga, quizá innecesariamente, las escenas de los golpes, solo diferenciadas por matices. No obstante, un análisis más detenido podría ofrecernos la explicación de que esa intención exhaustiva persigue reflejar las tediosas secuencias de esos programas de dibujos animados y de algunos juegos interactivos. Pero hay, en este retorno de los guerreros, una situación inesperada: la introducción de un personaje femenino, Miyuki, una geisha asesina —no podría ser diferente, dado el carácter violento de la secuencia—, ocasión que aprovecha el autor para establecer una relación conflictiva entre las representaciones de hombre y mujer, sin que la introducción del tema adquiera un carácter relevante y solo sirva para reafirmar a la violencia como motivo central. Otro aspecto que debe notarse es la inclusión, bastante insistente, del uso de vocablos propios de la informática, de la internet y del Nintendo, no ausentes de ironía. Así leemos: "¡InfraGothik®! ¡Ayúdame!” (InfraGothik con el signo de marca registrada), y frases como: “…el_dolor_es_una_punzante_ilusion.neurodata.com/neu roprojector.doc/searching/searching/searching/waiting_for_reply/waiti ng_for_reply/waiting_for_reply/neurodata_file_is_open/connecting_with_[_meg adroideMorfo99,_microCPU]/creating_hologram…”, como una invasión extraña a


lo que sucede en pantalla, siguiendo un proceso cuyo origen podría ser el deus ex máchina del teatro antiguo, utilizado como recurso para salvar a un personaje. Más aún, la inclusión de una sintaxis abrumadora, donde se mezclan números y letras para emular códigos —un buen ejemplo de ello es el código binario de los lenguajes de la informática— quizá busque, en última instancia, remitirnos a la forma como participa el espectador o la persona que interactúa en un juego de Nintendo o de computadora. La secuencia de la transformación de los guerreros se repite de la misma manera como se repite el mecanismo de desvanecimiento y empalme entre una dimensión y otra. Es como si hubiéramos subido a un péndulo que oscila entre lo fantástico y la realidad, cuya esencia es, no obstante, la misma. Y de esta forma, el autor nos regresa al mundo real para vivir un nuevo capítulo violento. Esta dicotomía, este pasar continuo de una dimensión a otra, crea una dinámica que busca explicar la particular visión de la existencia que puede traducirse como un estado de guerra incesante, pensado quizá bajo la inevitable influencia de nuestros años de guerra, persecución y miedo que hemos vivido en Guatemala. La introducción de personajes y situaciones que nos reflejan y que reproducen nuestras actitudes —como el asalto en la camioneta o los personajes de la colonia


de clase media— es acertada, excepto en las secuencias en que el autor recurre a las fórmulas, creando personajes estereotipados, como en el caso de Rambo López, el justiciero de la muerte. Igualmente me parece que no siempre es afortunada la utilización del lenguaje escatológico y del habla popular. Objetivamente, estos son tropiezos del oficio. El mérito del trabajo de Julio Calvo, sin embargo, se centra sobre todo en su habilidad para introducirnos al juego, buscando una forma creativa de confrontarnos con nuestra realidad por medio de lo fantástico contemporáneo, como evidencia de que así como los tiempos cambian, nuestra simbología tiene ahora nuevas referencias. Si bien el lector podría quedarse varado más de alguna vez al leer este inusitado texto, debido sobre todo a la grafía utilizada —muy creativamente, hay que decirlo—, la secuencia narrativa tiene el mérito de ser del todo inesperada como inesperado es el epílogo: al final de la historia caemos en la cuenta de que es un niño el personaje que ve la televisión y de que, en el momento en que se lee off, precedido por la frase ¡No hay nada en la tele!, el autor nos precipita en un instante de la vida de este espectador —que somos todos nosotros—, cerrando el relato con una fotografía de la violencia doméstica. El niño regresa a su realidad, que es tan absurda como la batalla del Megadroide y el Samuray, y transita en un vacío que solo llenan los personajes de ficción, cuya


expresión se limita al incesante combate, ya sea en La guerra de las galaxias, en Mortal Kombat o en Godzilla. Y que tiene correspondencia en el ataque del niño al gato de la vecindad, a la flor de Pascua en el jardín, destrozada con su espada láser de caballero Jedi, y a su propio perro, a quien dirige su ira, cargada de proyectiles, disparados con un rifle de balines. Nos queda un sentimiento de vacuidad donde queda flotando la última escena de la batalla entre el Megadroide Morfo-99 y el Samuray Maldito, batalla que de ninguna manera termina sino hasta que en el televisor se oprime el botón donde se lee OFF.

Arturo Monterroso Guatemala, 15 de abril de 1999


Megadroide Morfo-99 contra el Samuray Maldito  

Escoge una identidad. Escoge un arma. Megadroide Morfo-99 contra el Samuray Maldito. Por Julio Calvo Drago.