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1 Chapter 5

La Brecha

Stair, Rick, Peter y Larry estaban haciendo toda clase de ruidos graciosos con la garganta, imitando el sonido del motor de un coche. Los patrones de la alfombra del comedor se habían convertido en una carretera perfecta para la colección de coches miniatura de Stair; mientras que las patas de la mesa y sillas se habían transformado en un intrincado laberinto, donde podían ocurrir los más fantásticos choques. Los niños se habían entretenido así por bastante rato. Cada vez que un coche chocaba, Stair lo llevaba al mecánico para arreglarlo. El supuesto garaje era una caja donde los niños guardaban todos los coches. Stair dejaba el coche “averiado” y tomaba otro para seguir jugando. Fue en una de esas idas, que el niño notó que faltaba su coche de juguete favorito. Tenía especial predilección por su Modelo T azul, porque sus puertas y cajuela se abrían y cerraban y las ruedas tenían pequeñas llantas reales. Pero ahora no podía encontrar el auto en ningún lugar. La Hermana María estaba ocupada con su tejido mientras supervisaba el juego de los pequeños niños. Cerca de ella, un bebé envuelto en mantas suaves, dormía profundamente en su cuna. El resto de los niños estaban en clases con la Señorita Pony. La monja observaba la cara preocupada del pequeño Stair, cuando un toque decidido se oyó en la puerta principal. -¡Yo ablilé, Hermana María! – se ofreció Stair saltando de su lugar en la alfombra. Creyendo que se trataba del cartero, la mujer permitió que el pequeño llevara a cabo la tarea. Viviendo en una gran mansión con sirvientes, que siempre hacían esa clase de cosas, Stair sentía una fascinación genuina por hacerse cargo de actividades que aparentemente solo podían hacer los adultos.


2 El niño corrió a la puerta principal y, parándose de puntillas, logró alcanzar la cerradura de la puerta. Cuando abrió la puerta, el niño descubrió a un hombre, cuya altura le recordó al Tío Bert. El hombre inclinó su cuerpo ligeramente para hablar con él. -Buenas tardes, señor. ¿Es este el Hogar de Pony? – preguntó el hombre con una voz tan profunda que hizo que Stair pensara que se había tragado un sapo. Stair no respondió al inicio, solo se reía y movía la cabeza. -No.- dijo finalmente el niño riéndose. -¿Está usted seguro que éste no es el Hogar de Pony, señor? – el hombre preguntó de nuevo haciendo su mejor esfuerzo para aparentar seriedad. -No. No soy un “señol”. ¡Soy un niño! – respondió el niño y después, sus ojos captaron una sombra azul detrás del hombre. El niño ladeó la cabeza hacia su derecha y el hombre le siguió la vista, volteándose. El movimiento del joven le dio a Stair una vista completa. Los ojos del niño se abrieron con asombro cuando descubrió que detrás del hombre, en el estacionamiento del patio frontal, había un Ford Cupé Modelo T azul cobalto, que era una copia exacta de su carro de juguete favorito. El hecho de que este auto fuera de tamaño normal no era relevante para la vívida imaginación del niño. -¡Mi auto! – gritó con asombro. -¿Disculpa? – preguntó el hombre entretenido. -¡Tlajiste mi auto! ¡Glacias! – explicó el niño sonriendo abiertamente y abrazando las piernas largas del hombre de pura emoción. -¡Hey! ¡Jovencito! Tómalo con calma. ¡Es solo un auto alquilado! – se rió el hombre. -¿Eles el ayudante de Santa? – preguntó Stair ignorando la explicación del hombre. -¡Por Dios, no! – el hombre rió de todo corazón, y pensando que era necesario presentarse, se quitó el sombrero y agachándose para estar más cerca del nivel del niño, dijo: -Soy Terrence Graham. Encantado de conocerlo, joven – dijo ofreciendo su mano derecha. Stair, que no estaba acostumbrado a ser tratado como adulto, encontró realmente graciosa la situación. -Hola, Sr. Clam – contestó Stair estrechando la mano de Terrence, riéndose un poco más. -No, no Clam, Graham – repitió el hombre lentamente. -Claam- dijo el niño nuevamente haciendo que el hombre riera una vez más. -Graham, con una G – explicó, pero viendo la cara de acertijo del niño, pronto se dio cuenta que era muy pequeño para saber cómo deletrear.


3 -¿G? ¿Sr. G?- preguntó el niño frunciendo el ceño, mientras sus ojos sonreían aun. -¡Está bien! Me puedes llamar Sr. G. si así lo quieres, amigo - se rindió el hombre. -¡Santa María, Madre de Dios!- exclamó una voz femenina desde dentro de la casa, resoplando por la sorpresa, - ¡Sr. Grandchester! -Hermana María, debe disculpar mi intromisión sin previo aviso – dijo el hombre haciendo una reverencia cortés frente a la mujer. -¡Dios bendito! No está usted siendo entrometido para nada, hijo. Pase. – dijo con calidez mientras le ofrecía la mano. En vez de estrechársela, Terrence besó respetuosamente la mano de la Hermana María; si el joven no hubiera gozado ya de los buenos favores de la dama (como los gozaba) se los hubiera ganado con el gesto. El hombre, seguido de cerca por Stair, entró en la casa, que a primera vista encontró muy modificada. La vieja sala se había convertido en un vestíbulo, la puerta interior estaba entreabierta y permitía observar un gran salón, con un enorme árbol de Navidad. La monja hizo pasar al visitante al salón, pero en vez de invitarlo a sentarse allí, lo condujo a un comedor de igual tamaño, donde otros pequeños estaban jugando con una pila de juguetes regada sobre la alfombra. -Debe disculparme por traerlo aquí en lugar de recibirlo adecuadamente en la sala, Sr. Grandchester –explicó la Hermana María, -pero no puedo dejar a los pequeños sin atención por mucho tiempo. La monja se sentó cerca de la cuna, invitando a Terrence a sentarse frente a ella. -¿Le puedo ofrecer algo de tomar, Sr. Grandchester?¿Tal vez café o chocolate? -Hace mucho que no tomo chocolate, hermana. Así que creo que me hará bien un poco, si es usted tan amable. -¿Puede vigilarlos mientras vuelvo? – preguntó observando a los niños. Terrence miró a los hombrecitos jugando en el piso. -Creo que puedo manejarlo, hermana– contestó cortésmente, pero ligeramente dudoso de sus habilidades como niñera. -¡Genial! Volveré enseguida. Espero que Isabella no llore mientras no estoy – dijo la Hermana María dirigiéndose hacia la puerta. -¿I…Isabella? – preguntó Terrence confundido, observando que solo había niños jugando en la habitación, pero la Hermana María ya había desaparecido tras las puertas de la cocina y no podía escucharlo. -¡Isabella está ahí! – dijo el pequeño Alistair señalando la cuna. El joven se levantó y caminó hacia la mencionada cuna, para descubrir que estaba ocupada por un pequeño bebé que dormía pacíficamente.


4 -Ya veo. Parece muy tranquila ¿Llora a menudo? – preguntó Terrence a los niños. -¡Todo el tiempo! – contestó uno de los compañeros de Stair. -¿Lo hace? – preguntó el joven, mirando a la puerta de la cocina y deseando que la monja regresara pronto – Oh Dios, ¿y qué debemos hacer si llora? -¡No sé! – dijo un segundo niño encogiéndose de hombros. -Tía Candy calga al bebé así – imitó Stair sosteniendo uno de sus carros de juguete y arrullándolo como si fuera un bebé. -¿Tía Candy? – repitió Terrence mirando de nuevo al niño. Observó su rostro más detenidamente, sonriendo interiormente al reconocer la cálida sonrisa y los brillantes ojos oscuros tras los redondos anteojos. –Él debe ser el hijo del Elegante – pensó y después, alarmado por la posibilidad, se preguntó si su padre estaría cerca. Su humor estaba preparado para reuniones más agradables por el momento, así que aun cuando sabía que eventualmente debiera enfrentar a los parientes de Candy, esperaba que esa proeza pudiera ser dejada para después. -Stair – llamó al niño, que de inmediato reaccionó mirándolo, lo que confirmó sus sospechas ¿Dónde están tu mami y tu papi? – preguntó casualmente. -En casa – fue la cándida respuesta de Stair. -¿Estás aquí solo? – preguntó Terrence sentándose en la alfombra cerca de los niños que habían recogido su juego. Stair sonrió de nuevo y negó sacudiendo la cabeza enfáticamente. -La Tía Candy está conmigo, y la Señolita Pony y la Helmana Malía, y Petel, y Lick y Laly y Césal y Cleopatla - explicó asintiendo ante la mención de cada nombre. -¿Y dónde está tu tía Candy? – dijo el hombre levantando la ceja con una chispa en su mirada. -Tlabajando- contestó el niño con naturalidad y tras una pausa, añadió con el tono de alguien que tiene algo importante que decir - ¿Sabías que la Tía Candy puede coselte la piel con una aguja si te caes? -Ella me cosió estos puntos y no lloré – se unió el tercer niño que había permanecido callado hasta entonces, mientras enseñaba su pierna vendada. - Muy impresionante – contestó Terrence reprimiendo una sonrisa. El cambio súbito en la conversación de los niños era algo nuevo para él. En ese momento la puerta de la cocina se abrió finalmente y Terrence se apresuró a ayudar a la hermana María con la bandeja. Pronto, todos los asistentes a esa reunión no planeada, disfrutaban una taza de chocolate caliente, mientras la Hermana María retomaba la conversación que apenas había iniciado.


5 -Debo decir que su visita es muy bienvenida, Sr. Grandchester. Pero me temo que la persona a la que seguramente desea ver, no está en casa en este momento. -A pesar de que no puedo negar que he venido con la expresa intención de ver a Candice, existe otro motivo que me ha hecho invadir la propiedad con esta visita no anunciada, hermana. -¿En verdad? ¿Puedo preguntar sus motivos? – preguntó la monja impresionada por la formalidad del hombre. -En una de sus cartas, Candice expresó su deseo de regalar a la Señorita Pony algo especial para Navidad y me ofrecí a comprar el regalo durante mi gira. Así que estoy aquí en mi carácter de mensajero y transportador del paquete. -Eso es muy considerado de su parte, Sr. Grandchester, pero Candy no debió haberlo molestado tanto. -Para nada, hermana María, yo mismo me ofrecí a hacer la transacción y le dije que enviaría el regalo por mensajería especial. Solo omití lo especial que iba a ser – sonrió de medio lado con una luz pícara en sus ojos. - Así que asumo que no solo la Señorita Pony recibirá una sorpresa esta noche – dijo la mujer con intención. Viendo que tenía mucho tiempo, la Hermana María aprovechó el momento para preguntar acerca de la gira de Terrence. El joven no estaba acostumbrado a tener conversaciones largas con alguien distinto a su madre, pero por alguna extraña razón se sentía suficientemente cómodo con la monja. Había algo del genuino interés de Candy por otros en el trato amigable de la Hermana María, que lo hacían olvidar su usual reserva. Así que le relató su gira exhaustivamente a la dama, mencionando ligeramente su encuentro con Candy, claro que sin los detalles más íntimos. No obstante esta omisión, el relato de sus viajes estaba tan lleno de detalles coloridos que pronto capturaron la atención de la Hermana María. La dama estaba tan absorta en la conversación que apenas recordó mecer la cuna de Isabella cuando la niña se empezó a mover en sueños. Incluso los niños que jugaban distraídamente en el suelo, se las ingeniaron para captar partes de la historia. Antes de que pudieran darse cuenta cuanto tiempo habían estado hablando, el sonido de una campana, el tintineo de las risas infantiles y el ruido de pasos firmes anunciaron el fin de la escuela. En cuestión de segundos después de que la campana sonó, una verdadera tropa de alrededor de veinte niños apareció de la nada en el comedor, que ya no parecía tan grande lleno con la presencia revoltosa de tantos niños. Poco después de la llegada de los niños, la Srita. Giddings entró con su figura regordeta y sonrisa brillante. Terrence pensó que aparte del hecho de que su cabello estaba completamente canoso, la anciana lucía exactamente como la recordaba de su primera visita en el invierno de 1913.


6 La anciana abrió la boca, asombrada al darse cuenta quién estaba de pie en su comedor. Se quitó los lentes por un segundo y los volvió a poner en su lugar. Después se sostuvo la cara con las dos manos, aun incapaz de pronunciar una palabra. -Buenas tardes, señora, es un placer volver a verla – dijo Terrence mientras hacía una reverencia, siendo el primero en reaccionar tras el primer momento de mutuo reconocimiento. -¡Dios Santo! ¿Es usted Sr. Grandchester? – preguntó acercándose al hombre alto con la imprudente curiosidad de aquellos que han vivido lo suficiente para no preocuparse por los convencionalismos sociales. -¡Ha crecido mucho, hijo! Mírese, un hombre adulto, sin duda. Bienvenido al Hogar de Pony – saludó espontáneamente, abrazando al hombre con su usual calidez maternal. Tomado por sorpresa, Terrence aceptó el abrazo afectuoso de la anciana sin decir una palabra. Ser tratado con esa inocente dulzura, por alguien distinto a su propia madre, era una novedad extraña para el joven. Recordó que en su primera visita, las dos damas habían sido amables y cálidas. En ese entonces las había tomado desprevenidas, habían ignorado su existencia hasta el momento en que había aparecido en la puerta, así, que durante toda la entrevista se mantuvo cierta reserva. No obstante, ahora la Srita. Pony le daba la bienvenida como a un hijo pródigo que regresa al hogar tras una larga ausencia. Era abrumador, pero inesperadamente agradable. -En verdad me ha dado una grata sorpresa, hijo – dijo la anciana cuando rompió el abrazo – pero no debiera hacer cosas como esa a un alma vieja como la mía. Puede que no lo resista, ¿sabe? -Debe disculparme entonces, señora, pero estoy llevando a cabo un importante encargo de su hija – explicó él – He traído un paquete para usted en su nombre. -¿Quiere decir Candy? -Candy le pidió al Sr. Grandchester traer un regalo para usted, Señorita Pony, o algo así – intervino la Hermana María, sabiendo que la Señorita Pony no era de las que esperara hasta la mañana de Navidad para abrir un regalo dado con anticipación. - ¡No me diga! ¡Qué amable de su parte traerlo para mí, Sr. Grandchester!- dijo la dama con asombro. Luego, tras una pausa, se dirigió de nuevo al hombre con un tono distinto - ¿Cree que pueda ver el regalo ahora? – dijo guiñando el ojo pícaramente.

Candy no podía creer lo que veía. Aun cuando su alma ansiaba la presencia de Terrence, se había resignado a la idea de que podrían retomar la correspondencia hasta el final de su gira. De cierta forma, se había sentido algo decepcionada por el hecho de que él no había expresado ningún deseo de verla durante las fiestas; aun cuando le había preguntado explícitamente sobre sus planes tras la gira. Ella había pensado que su relación se encontraba en un momento incierto, y probablemente él quería algo de tiempo – y distancia – para aclarar


7 sus sentimientos antes de hacer el siguiente movimiento. A pesar de la emoción que le dejó su última carta y la foto que la acompañaba, últimamente había albergado algunas dudas en su corazón. La furtiva idea de que el interés de Terrence pudiera haber decaído en el transcurso de las semanas previas no le había permitido una noche completa de descanso. -¿Qué te hace pensar que un hombre como él, sofisticado y distinguido, pueda tener intenciones serias con una simple chica provinciana que fue su novia en la Secundaria hace un millón de años? – le había susurrado al oído una vocecilla interna durante sus noches de insomnio, como saliendo del rincón donde se ocultaban sus inseguridades más profundas, - ¿Y si conoció a alguien más que llamara su atención en las últimas semanas de su gira? A pesar de estos pensamientos inquietantes, Terrence estaba justo ahí, sentado en el salón y mirándola con sus ojos tornasol. Era evidente por su media sonrisa traviesa, que él estaba disfrutando su estupefacción. Y para empeorar las cosas, el muy pícaro parecía haber conquistado a todos en la casa, porque todos le estaban dando la bienvenida como si fuera su propio hogar. -¿No estás contenta de ver que el Sr. Grandchester nos vino a visitar tras su agotadora gira, Candy? El pobre viajó desde San Francisco, solo para traerme este exquisito regalo- dijo la Señorita Pony, divirtiéndose horrores a costillas de Candy. La expresión de perplejidad mezclada con enamorada felicidad y un toque de rabia, se expandía por toda la cara de Candy y era fácil que la anciana la leyera. La rubia, haciendo un esfuerzo por evitar los ojos de Terrence, vio el mueble al que había aludido la Señorita Pony. Debía reconocer que la pieza era exquisita. Alcatraces y rosas habían sido tallados en el marco del respaldo y los reposabrazos. Los balancines eran de roble sólido, dando al conjunto la apariencia de estabilidad y fuerza, mientras que el asiento y el respaldo estaban tapizados con piel suave. -Creo que debo agradecerles a ambos el regalo. Quería cambiar la silla vieja, ahora que tenemos este nuevo salón, pero no podía encontrar el tiempo para comprar una nueva. Los dos han sido de lo más considerados – agradeció con sinceridad la Señorita Pony. - También debo agradecerte por el regalo de Navidad, Candy – añadió la Hermana María – señalando una caja cuadrada bajo el árbol – Sin embargo, creo que esperaré hasta Navidad para abrirlo. Candy lanzó una mirada a Terrence y de inmediato comprendió que el regalo adicional para la Hermana María había sido su idea. -Deben agradecer a Terrence por pasar por todos estos problemas para comprar los regalos en mi lugar. Debo admitir que él pagó todo solo, así que no me agradezcan hasta que le haya pagado. -No digas eso, Candy – dijo el joven y por un segundo Candy pensó que algo como un suave rubor había cruzado su semblante.


8 - El Sr. G me tlajo1un legalo también, tía. – intervino Stair sorprendiendo a la audiencia – Mi auto azul es tan glande como el tuyo ahola. - ¿Qué quieres decir, Stair? – preguntó Candy confundida y atónita por el sobrenombre con que el niño había llamado a Terrence. -Es una larga historia – dijo el hombre riendo. -Podemos dejar las largas historias para después de la cena, ¿no creen? – interrumpió la Señorita Pony y después añadió – Candy, debes saber que el Sr. Gradchester ha aceptado nuestra invitación de quedarse para las fiestas. Al principio no quería, pero insistí firmemente. ¿Puedes creer que no había hecho aun planes? -¿De verdad? ¡Quién lo hubiera pensado! Una celebridad tan ocupada como lo es él – comentó la joven con un dejo de ironía en su voz. -¡Sí! Y ahora podemos monopolizarlo por unos días. ¿Podrías mostrarle el camino hacia la habitación de huéspedes mientras preparamos la mesa, querida? Ante esa indicación, Terrence tomó a Stair con el mayor de los cuidados y lo dejó en el piso. Por un momento, Candy sintió que su corazón se derretía ante la vista del hombre que amaba interactuando con el niño. Aun así, todavía debía decidir si iba a dar la bienvenida abiertamente al joven, o regañarlo primero por darle la impresión equivocada, todo por una buena broma. -¡Qué hombre tan irritante! Si hubiera sabido que le importaba tanto como para recorrer todo ese camino para visitarme, hubiera dormido bien los días pasados … ¿o no? –pensó ella, enojándose más cada minuto al ver el brillo diabólico en los ojos del hombre. Podía decir que él se estaba regocijando con el éxito de su broma. - ¿Serías tan amable de seguirme? – preguntó con un asentimiento de cabeza, girando rápidamente la espalda para guiarlo a través de los pasillos. Terrence se despidió de las damas y, tomando su equipaje que se encontraba en una esquina de la habitación, siguió a la joven. Él sabía que ella estaba furiosa con él por haber llegado sin anunciarse y aun cuando él ignoraba qué tan enfadada estaba; decidió disfrutar la vista de sus ojos encendidos. Pronto llegaron a una puerta en la nueva sección de la casa y Candy la abrió sin ceremonia. La habitación, a pesar de no ser pretenciosa, olía a cedro nuevo, sábanas frescas y espigas de lavanda secas que se encontraban en un jarrón sobre la mesa de noche. Terrence pensó que no podía haber pedido un descanso más acogedor tras una gira agotadora. La cama, cubierta por un edredón de retazos hechos a mano, le recordó que no había tenido una noche de descanso completo en más de dos días.

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Aquí se hace una referencia a la dificultad que algunos niños pequeños tienen para pronunciar la “ere” en español.


9 Demasiado enojada para notar las señales de fatiga en la cara del joven, Candy esperó hasta que Terrence dejara sus maletas en el piso para enfrentarlo. -¿Podrías dejar de jugar, Terrence? ¿Por qué no me dijiste que pretendías venir aquí? – dijo secamente, y estaba en camino de darle un completo sermón, pero fue interrumpida por el movimiento rápido del hombre. Antes de poder evitarlo, él se había aproximado peligrosamente al punto de que podía sentir su aliento rozando su nariz. -¿Y perderme la oportunidad de ver esos felinos ojos encendidos con fuego? No lo creo – él susurró a sus oídos, mientras se inclinaba hacia la pequeña figura – Además, te lo mereces por hacerme creer que el pequeño caballero de anteojos podía ser mi rival. -¿Quieres…quieres decir…Stair? – preguntó Candy estupefacta. -Sí, su novio que no se queja sobre sus muchos trabajos, señorita. Verá, nosotros, los actores de Shakespeare disfrutamos siempre una venganza bien planeada – declaró sonriendo. Candy finalmente entendió lo que sucedía, dándose cuenta que él no la había perdonado por bromearlo esa noche en Pittsburgh. -¡Esa…esa fue una broma inocente! – se defendió levantando su índice como para enfatizar su punto. De enojados, ahora sus ojos se habían transformado en pánico al verse arrinconada. Terrence no podía decidir cuál de las dos expresiones era más provocativa para él. Instintivamente, se acercó aun más. -¡Te..Terrence! No…. - murmuró ella, poniendo ambas manos sobre su pecho en un débil intento para resistirlo. -¿Ahora soy Terrence para ti? – preguntó, sus labios acariciando el lóbulo de su oreja y mandando llamas a través de su cuerpo - En Pittsburgh todavía era Terry. ¿No? Ella pudo sentir claramente su corazón acelerándose cada segundo. Sin grandes esfuerzos la tomó en sus brazos y aumentó la fuerza de su abrazo. Candy sabía que era imposible reaccionar ahora y él, sintiendo que ella se había rendido, se aventuró más. Sus labios comenzaron a encender sus sienes y mejillas con besos parecidos al toque de una pluma. -¡Te extrañé! – suspiró con un tono totalmente diferente, su aliento dejando un ardiente camino a través de la piel de su rostro. -Yo también te extrañé, Terry – murmuró ella con un suspiro, con los ojos cerrados y olvidando todas las dudas e insomnio en un instante. -Eso está mejor – sonrió él, justo antes de que sus labios reclamaran las suyos. Esta vez se trató de un beso con todas las de la ley. Los labios de él cubrieron los de ella con pinceladas envolventes, que aumentaban su presión en cada suave contracción; hasta que ella involuntariamente respondió abriendo los labios. Por un breve momento, él dudó, pero envalentonado por su propia pasión, finalmente profundizó dentro de la boca de ella, saboreándola completamente por primera vez.


10 Para Candy, la invasión inicial a su cuerpo fue inesperada y fascinante al mismo tiempo. Nunca imaginó que un beso pudiese convertirse en un intercambio tan privado. Aun inexperta como era; sus propios sentimientos hacia Terrence estaban tan bien definidos para ese momento, así que dio la bienvenida a su avance a más íntimas expresiones. Como poseída por una extraña fuerza que nunca antes había sentido, sus brazos respondieron enredándose en su cuello, mientras la lengua de él acariciaba la suya. Los brazos de él la rodearon tan fuertemente, que su pecho y caderas estaban firmemente presionados contra su figura, de un modo que no podía ser más cercano. Fue entonces que ella percibió por primera vez un estremecimiento desconocido que derritió sus entrañas e hizo que su vientre temblara. Cada minuto se hacía más pesada su respiración, y dejó escapar un suave gemido, que lo estimuló a él aun más. Por mucho que él estaba disfrutando sus reacciones, se dio cuenta que pronto debían parar. Su pulso se estaba elevando y el resto de su cuerpo pronto comenzaría a responder a su dulce entrega de una forma lejana a la castidad; cuando comenzó a besarla, no había previsto que las cosas se pudieran poner tan ardientes en un segundo. Sin embargo, sin intención de separarse abruptamente, decidió aligerar lentamente el intercambio, reduciendo el calor de su abrazo y los besos poco a poco.


11 Cuando finalmente se separó de sus labios, recargó su frente en la de ella, con los ojos todavía cerrados, aun sintiendo la deliciosa pesadez de su aliento sobre el rostro. La abierta aceptación de ella a la expresión física de él, era una deliciosa sensación nueva para él. Comprendió que era solo el preludio de las cosas que podían venir. Inconscientemente, él sonrió y abrió los ojos para verla. -Entonces, Señorita Andley, ¿cree usted que necesitaré mi careta de esgrima? – bromeó él y ella soltó una risita, lanzando su cabeza hacia atrás. Él pensó que no había nada más encantador que sus risitas tintineantes. -Creo que sabe perfectamente que ya superamos esa fase, Sr. Graham – respondió ella, viéndolo de nuevo y observando sus ojos iluminados con ese intenso fuego que por primera vez había notado en Pittsburgh. El poema de Blake llegó instantáneamente a su mente y tuvo que bajar la mirada, insegura de sus propias reacciones si seguía mirándolo – Creo que debemos irnos ahora, la Señorita Pony y la Hermana María deben estar esperándonos para cenar – añadió ella, sabiendo que no podían quedarse solos en la habitación por más tiempo. -Creo que tienes razón – aceptó renuente. Mientras lentamente la liberaba de su toque, recorrió sus brazos con sus manos. Incluso bajo las largas mangas de su uniforme, la piel de ella tembló con el roce. Después, tomando la mano de ella en la suya, la condujo fuera de la habitación. Ambos caminaron de regreso a las habitaciones principales de la casa, agarrados de la mano, sin decir una palabra.

Cuando la pareja llegó a la puerta del comedor, Candy soltó discretamente la mano de Terrence, y él hizo su mejor esfuerzo para reprimir una sonrisa al ver su hermoso rubor. No obstante, no podía esconder las chispas en sus ojos que revelaban su felicidad. La Señorita Pony, que era bastante vieja y experimentada para no comprender lo que sucedía, sonrió en su interior. Las comidas en el Hogar de Pony eran un asunto complejo que Terrence no podía haber previsto. Alimentar a veinticuatro niños y a un bebé al mismo tiempo, era ciertamente una tarea aterradora. Sin embargo, parecía que las tres mujeres de algún modo se las arreglaban para mantener el desastre bajo control, evitando que se convirtiera en un caos total. Haciendo esfuerzos para mantenerse aparentemente tranquila, Candy realizó sus tareas habituales y después de un rato, estaba de nuevo en marcha, sirviendo sopa, limpiando narices y haciendo caras graciosas a Isabella. La bebé estaba completamente despierta, tomando ansiosamente su biberón y acunada cómodamente en los brazos de la Hermana María. A petición de la Señorita Pony, Terrence estaba sentado a su lado y mantenía una animada conversación con la dama. No obstante, a cada momento, sus ojos seguían a Candy, como embrujado con cada pequeño movimiento. La Señorita Pony y la Hermana María intercambiaron miradas de complicidad observando toda la escena.


12 -¿Toda esta felicidad había estado siempre aquí, a su lado? ¿Era tan simple de alcanzar? – se preguntó a sí mismo, mientras observaba en silencio como Candy mimaba a los niños, cortaba la hogaza de pan con manos rápidas y hablaba con Stair que era verdaderamente un parlanchín. Terrence confirmó que el niño era de hecho un verdadero tesoro y había heredado de su fallecido tío, no solo el parecido físico, sino también un gran número de gestos y maneras, ocupando un lugar muy alto en los afectos de Candy. El niño parecía corresponder con generosidad, ya que era obvio que adoraba a su Tía Candy, tanto como su tío y su propio padre lo habían hecho antes que él. El joven no podía evitar pensar que de no ser por las decisiones desastrosas tomadas en Nueva York diez años antes, en lugar de que estuviera sentado en su regazo el hijo de Archibald y Annie Cornwell, su amada Candy podría estar cargando a sus propios hijos; los que él podría haberle dado hace tanto tiempo. Una súbita punzada de arrepentimiento pellizcó su corazón ante la comprensión del tiempo perdido en amargo dolor. -Cometí un grave error al dejarte ir, amor, -pensó- Sufrí las consecuencias todos estos años, pero fue justo porque fueron mis propios actos, ¿pero tú? ¿Qué habías hecho tú para merecer mi abandono? ¡Te traté con crueldad, Candy! Y ahora, me das la bienvenida sin reproches. ¿Puede un bastardo como yo merecer una segunda oportunidad? Ignorando los sombríos pensamientos del joven, ella le sonrió desde su lugar al otro lado de la mesa, y una suave calidez se deslizó en su pecho despejando la oscuridad por un momento. -Debemos hablar- le dijo a ella, moviendo los labios sin emitir sonido. -Después – contestó ella de manera similar con otra sonrisa. La cena transcurrió con su murmullo y confusión característicos. La comida era simple, pero sabrosa y abundante. Los más pequeños solo cenaron sopa de fideos con vegetales, pan y leche caliente mientras que los niños más grandes y los adultos, asado y ensalada además de la sopa. Al final de la cena, había mucha expectativa sobre el postre, que era pie de manzana que aparentemente era un gran favorito entre todos los niños. Candy se levantó para cortar en rebanadas un par de pies gigantes y la Señorita Pony se encargó de servir las bebidas calientes. -¿Té o café? – preguntó la anciana a Terrence con su acostumbrada amabilidad. -Té – contestó Candy antes de que el joven pudiera responder y luego simplemente le acercó a la Señorita Pony la mitad de un limón y un terrón de azúcar. Inmediatamente y sin vacilar, continuó sirviendo el pastel, empezando con los pequeños. Terrence, que estaba feliz de ver que ella recordaba sus preferencias de manera tan exacta, no hizo ningún comentario, pero la seguridad de que él le preocupaba creció un poco más dentro de él. Sin saber los pensamientos del joven, Candy continuó su trabajo. Mientras estaba concentrada en su tarea, recordó una de las cartas de Terrence en que le decía en broma que no necesitaba


13 usar un disfraz para dar la facha de bruja. Mirando el pie, que ella había horneado la noche anterior, una idea cruzó su mente. Cuando llegó el turno de darle a Terrence su pedazo, le sonrió traviesamente y dijo bajando la voz: -Tenga cuidado del pie de una bruja, Lord Macbeth; puede ahogarse con una manzana envenenada. El joven la miró recordando la broma juguetona en la que se habían enfrascado a través de las cartas, entendiendo que ella había hecho el pie. La última vez que él había hablado de habilidades culinarias con Candy, hacía ya muchos años, la joven le había confesado que en su departamento en Chicago, era Albert quien cocinaba, porque ella no podía cocinar ni para salvar su propia vida. Así, que vio la rebanada con desconfianza. Una vez sentada cómodamente en su lugar, Candy observó la renuencia de Terrence para probar el postre, y difícilmente podía ocultar su diversión, viéndolo tomar con precaución un pedazo con el tenedor. La Señorita Pony y la Hermana María se dieron cuenta de todo el juego e hicieron su mejor esfuerzo para fingir que no entendían. La rubia estaba sentada justo frente a él y con gran confianza se llevó un pedazo a la boca. El hombre continuaba viendo a su alrededor, observando como todos parecían creer que el pie era comible. Finalmente, decidió probar su suerte y tomó un bocado. Para su gran sorpresa, el postre estaba de hecho muy bueno. Su expresión alejó su desconcierto. -Hombre de poca fe – le dijo ella sacudiendo la cabeza - ¿Por qué dudas que un marimacho pueda aprender a hornear un pie? La Señorita Pony y la Hermana María no pudieron contenerse esta vez y soltaron una carcajada seguida muy de cerca por la misma Candy. Entendiendo que había sido víctima de la sed insaciable de burla de la joven, se les unió de todo corazón con su propia risa. Terrence pensó que no podía recordar la última vez que disfrutó una comida con una compañía tan feliz. En ese momento, el timbre del teléfono interrumpió las risas, Candy se levantó como si la hubieran pinchado y corrió a contestarlo. Terrence la siguió de nuevo con la vista. -Hola …….. -¡Oh, Albert! Estaba esperando tu llamada desde ayer. …….. -Está bien, está bien; te perdono, pero sabes que siempre me pongo celosa si me ignoras – se rió ella - ¿Cómo están todos? …….


14 -¿Annie está vigilando bien la dieta de la Tía Elroy? ……. -¡Qué bien! Te dije que las cosas funcionarían bien de esa manera. Solo confía en tu Candy para arreglar las cosas por ti, Bert. …….. -Seguro, Stair está bien. Puedes decirle a Annie que no se preocupe. Está haciendo nuevos amigos y portándose maravillosamente. ¿Cuándo vendrás a recogerlo? …….. -¡Está bien! Todos están ansiosos de volver a verte, sabes que eres su favorito. Además, te tengo una pequeña sorpresa cuando vengas. Estoy segura que te gustará. …….. -Lo sé, lo sé…, pero seguramente entiendes que debo pasar la Navidad aquí, Bert. Es un día muy importante en el Hogar de Pony. No se pueden arreglar sin mí. Te prometo que iré de nuevo a Chicago después de las fiestas, así me podrás mimar todo lo que quieras. ……. -Está bien. Les daré tus saludos. Saluda a Annie y Archie de mi parte. …….. -Yo también te quiero, Bert. Mientras se desarrollaba la conversación de Candy en el teléfono, la Señorita Pony vio como se transfiguraba la cara de Terrence. De pronto, se desvaneció la luz cálida y brillante de sus ojos, mientras que el resto de sus rasgos se endurecían. -Albert viene el día 21 – anunció una vez que colgó – Viene para llevar a Stair de regreso a casa. Tu Mami te extraña mucho, Stair - añadió mirando al niño con atención. Terrence permaneció en silencio, centrando su atención en su taza de té. -Se sorprenderá mucho al ver que estás aquí, - dijo ella dirigiéndose al joven. -Tal vez – contestó secamente. Candy percibió el cambio en su estado de ánimo. Sabía que Terrence era propenso a súbitos vaivenes de humor, pero no había presenciado uno de ellos en muchos años; así que la tomó desprevenida. La conversación giró hacia otra dirección y Terrence recobró la compostura. No obstante, su cara empezó a reflejar signos de cansancio. Dándose cuenta de todo esto, la Hermana María y la Señorita Pony sugirieron con tacto a su invitado retirarse temprano para recuperarse del viaje. El joven apreció la consideración de las damas y excusándose, dejó el comedor hacia la habitación de huéspedes. Candy, que esperaba


15 cruzar una o dos palabras con él antes de acostarse, estaba consternada con su retirada tan apurada, sin siquiera intercambiar una mirada con ella. Incapaz de explicar su conducta, y confiando en que después tendrían tiempo de hablar de eso, la joven se dedicó a sus tareas nocturnas acostumbradas. Decidió que había muchas razones para estar feliz ese día para desperdiciar tiempo enfadándose sin un buen motivo. Terrence secó su cabello recién lavado frotando muy enérgicamente. Había pensado que una ducha antes de ir a la cama pondría sus pensamientos en orden, pero aparentemente la estrategia no había funcionado del todo. Usando solo el pantalón de la pijama y aun con una toalla alrededor de su cuello, se sentó sobre la cama. Distraídamente, se recostó sosteniéndose en los codos, contra las almohadas; con la mente perdida en pensamientos confusos. Miró alrededor de la habitación e identificó el lugar en que Candy y él se habían estado abrazando y besando tan solo unas horas antes. Su corazón se saltó uno o dos latidos ante el recuerdo de lo que sintió al tenerla en sus brazos. En toda su vida, nuca había besado ni había sido besado con tan absoluta y clara pasión. Era tal cual lo había soñado por tanto tiempo, con Candy no solo aceptándolo completamente, sino demostrando igual urgencia en su manera de responderle. Aun cuando ninguno de los dos había verbalizado sus sentimientos mutuos; para él, el hecho de que ella se hubiera entregado tan voluntariamente, había sido tan bueno como la más tierna confesión de amor. Sabía que habría hecho o dicho cualquier cosa que ella le hubiera pedido en ese momento. Pero ella no le pidió nada. Durante toda la cena – estaba plenamente consciente de eso – le había costado todas sus habilidades histriónicas no verla como un completo tonto y coordinar sus pensamientos para mantener una conversación cortés. Entonces, justo cuando había sido capaz de lograr un dichoso equilibrio al final de la cena, la llamada de Albert – o más bien la interacción de Candy con Albert por teléfono – habían hecho que se reavivaran las viejas inseguridades de Terrence. Solo un pequeño hilo de racionalidad había mantenido las riendas de sus enfurecidos impulsos bajo control en ese momento. A pesar de que aun era joven y apasionado, años de dificultades y desilusiones le habían enseñado a contener sus reacciones en público. Por tanto, había podido dominar sus violentos sentimientos recurriendo al silencio. Estaba consciente que su súbita despedida debía haber sido extraña y confusa para Candy, pero había sido preferible a un arranque abierto frente a las damas de la casa. Por esa razón, había agradecido la sugerencia de la Señorita Pony y la Hermana María de retirarse, para poder darle tiempo de superar su incomodidad. Pensar no estaba ayudando mucho. Su lado racional le decía que estaba reaccionando desproporcionadamente. Terrence se dijo a sí mismo que Albert era el padre adoptivo de Candy y su mejor amigo. Más aun, en su carácter de amigo, había estado con ella por muchos años. Si el hombre hubiera albergado otros sentimientos hacia ella, con seguridad la hubiera cortejado hacía mucho tiempo. ¿o no? Y por lo que hacía a los sentimientos de ella, ¿no le había demostrado ella, esa misma noche, hacia dónde apuntaba su corazón?


16 -Y aun así… No pude soportar cuando ella dijo “su” Candy, diciendo que había estado esperando su llamada, y que había estado celosa, aun cuando solo estuviera bromeando– pensó Terrence, ahora acostado de espaldas; con los ojos volviéndose grisáceos mientras su temperamento se elevaba de nuevo -¡Fue tan repugnante escucharla llamarlo “Bert” una y otra vez, que pensé que iba a vomitar en ese justo instante! Terrence recordó con claridad que Albert había salvado su vida una ocasión, y para empeorar las cosas, había sido él el que había enviado a Candy a estudiar a Inglaterra; así que técnicamente, estaba en deuda con Albert por haberla conocido. Además, él había sido su amigo y protector durante todos estos años, mientras Terrence estaba atado a otra mujer. Sabía que sus celos eran totalmente irracionales y estaban fuera de lugar. -Es...es solo que no puedo soportar la idea de que pudieras amar a otro hombre, Candy – su mente recordó de nuevo el sabor de sus labios bajo sus apasionadas caricias – Si estuvieras aquí conmigo ahora…y si me dijeras con esos labios que me amas, que voy a ser tu hombre y tú mi mujer, solamente entonces me sentiría totalmente tranquilo. La realidad lo golpeó con fuerza en ese preciso instante: nunca habían hablado acerca de sus sentimientos de manera abierta, ni en sus tiempos en el colegio, ni cuando se encontraron de nuevo. -Si ¡ese es el tema principal! Necesito escucharte decir que me amas y decirte directamente lo que siento por ti! Debo encontrar el momento y el lugar para dejar las cosas bien claras entre nosotros, antes de que Albert venga, de otra manera me voy a volver loco. Con esa resolución en mente, finalmente se fue a la cama y lentamente cayó dormido profundamente soñando con ella.

No había amanecido aún y todos los habitantes de la casa aun dormían, cuando las botas de Candy sonaron en la cocina. Haciendo el menor ruido posible, la joven comenzó a preparar un desayuno ligero de avena y café fresco. Mientras llenaba la cafetera con agua, Candy repasó por centésima vez en su mente los eventos de la noche anterior. Apenas podía creer que Terrence y ella habían dormido bajo el mismo techo. Por años, se había resignado a la idea de que nunca lo volvería a ver. Solo en algunos momentos, en aquellos furtivos ratos en los que la celosa guardia que había puesto a sus sentimientos fallaba, se había atrevido a soñar que tal vez…de alguna manera…algún día, la vida le diera la oportunidad de tener esperanzas de nuevo. Pero prontamente la razón la obligaba a descartar esas consideraciones tan improbables. Increíblemente, esos sueños imposibles se veían ahora materializados y Terrence estaba ahí, de carne y hueso, descansando en la habitación de huéspedes. -Y ahora no hay dudas de sus intenciones conmigo – pensó sonrojándose furiosamente ante el recuerdo de su abrazo apenas unas horas antes - ¡Oh vaya! ¡No puedo creer mi conducta imprudente! Candy sabía que no podían seguir así por siempre, pretendiendo que solo estaban poniéndose solamente estaban renovando una antigua amistad que había sido interrumpida hacía mucho


17 tiempo. Necesitaban una conversación larga y seria, pero temía las heridas que tendrían que reabrir en esa plática. La Srita. Pony había dejado ese punto claro como el cristal cuando había hablado con ella la noche anterior, antes de irse a la cama. No era costumbre de la anciana meterse en la vida de Candy, pero en este caso en particular, se había tomado la molestia de tocar el tema. La joven recordó que la había tomado por sorpresa que la Señorita Pony la visitara esa noche en su habitación. -Candy, sabes que la Hermana María y yo siempre hemos respetado tus decisiones respecto de tu relación con el Sr. Grandchester en el pasado y también durante los últimos meses, comenzó a decir la anciana viéndola con el amor de una madre – pero si me permites esta vez, me gustaría saber en qué términos se encuentra su relación en estos momentos. - Bueno…eh...no hemos hablado del tema completamente…hasta…ahora – había balbuceado la joven bajando la mirada. -¿Pero no puedes seguir teniendo la idea engañosa de que él solo está interesado en ti como amiga, Candy, o si? – preguntó la Srita. Pony sentándose en la cama junto a la joven. -No, Srita. Pony, creo que puedo decir con seguridad que me considera como mujer, no solo como una amiga,-había confesado con los ojos aun fijos en sus nerviosas manos. -¿Pero te ha hecho saber sus sentimientos con claridad? -No con palabras, si es lo que usted está preguntando. Lo sé por su conducta,- se las arregló Candy para explicar, esperando que la Señorita Pony no necesitara más explicaciones. -Bueno, eso también está bastante claro para mí. –dijo la Señorita Pony sonriendo – El pobre hombre está totalmente cautivado y eso es precisamente lo que me preocupa, Candy. -No…no estoy segura de entender lo que trata de decir. – preguntó Candy confundida por la enigmática expresión y palabras de la Señorita Pony. ¡Oh Candy! – y la Srita. Pony suspiró profundamente – Un hombre enamorado puede ser bastante torpe expresando sus sentimientos, aun en las situaciones más alentadoras. Y en el difícil caso en el que se encuentra el Sr. Grandchester ahora, sabiendo que en el pasado te causó tanto dolor, aun involuntariamente, con seguridad debe estar luchando mucho para encontrar el valor de hablar contigo. Su corazón debe estar lleno de inseguridades y dudas sobre tus sentimientos hacia él. -¿Lo cree? – se las arregló Candy para preguntar con los ojos abiertos por la sorpresa. -¿No notaste su cambio de humor esta noche? -Oh, sí, bueno…pero en cualquier caso, él siempre ha sido un hombre temperamental – trató de razonar Candy. La Srita. Pony no contradijo a la joven, pero la miró con atención antes de continuar.


18 -Candy, ¿le has aclarado al Sr. Grandchester la naturaleza de tu relación con el Sr. Andley? – preguntó la dama entrecerrando los ojos. - ¿Mi relación con Albert? – había preguntado la rubia, incapaz de comprender hacia donde estaba llevado la Srita. Pony la conversación – Claro, Terry sabe que Albert es mi padre adoptivo. Además, Albert y él se conocen bastante bien. Cuando estábamos en Londres, ambos eran los mejores amigos. -Tal vez lo sepa aquí – dijo la Sra. Pony señalando su sien, - pero aun tiene fuertes dudas acá, añadió señalando su corazón. Candy abrió la boca con incredulidad. -¡No puede estar sugiriendo que Terry está celoso de Albert! - Por una vez, trata de ponerte en sus zapatos. Él ha estado lejos por... ¿cuánto tiempo? ¿Nueve, diez años, cierto? En todo ese tiempo, el Sr. Albert y tú se han vuelto muy cercanos; como hermanos, diría yo. Pero tu Sr. Grandchester no lo ha atestiguado. De repente, escucha tu conversación con el Sr. Andley por teléfono, mientras hablas con él con tanto afecto e incluso dices que lo quieres. ¿Tú crees que un hombre tomaría a la ligera que la mujer que ama demuestre afecto hacia otro hombre? El Sr. Andley puede haber sido tu tutor legal cuando eras menor de edad, pero ahora eres una mujer adulta y él aun es un hombre joven soltero. ¿Has pensado en eso? Candy se quedó callada un momento. Rápidamente buscó en sus memorias. Recordaba con claridad que durante su estancia en el Colegio San Pablo, Terrence se había puesto celoso en más de una ocasión. De hecho, ahora que pensaba en el tema, sus celos habían sido totalmente irracionales y fuera de lugar. Para empezar, ellos solo eran amigos en ese entonces – si se podía considerar amistad a sus constantes discusiones – no obstante, él se ponía beligerante como esposo engañado cada vez que mencionaba a Anthony. En ese tiempo, Candy había sido incapaz de identificar las reacciones de Terrence como explosiones de celos, pero ahora sabía más que entonces. Él había sido posesivo con ella casi desde el inicio de su relación. Sus peleas sin sentido con Archibald habían sido también prueba de su temperamento celoso y si era honesta, debía admitir que él había sospechado de cualquier joven que se acercara a ella. Los pensamientos de Candy se detuvieron cuando otro recuerdo vino a su mente. -¿Cuál es tu relación con el Sr. Albert?-le había preguntado él una vez, con cierto nerviosismo en la voz y sus ojos se habían vuelto de un azul grisáceo; exactamente del mismo modo que ocurría cuando discutían sobre Anthony. Candy recordaba vagamente como se habían relajado sus hombros cuando le contó la historia de cómo había conocido al Sr. Albert y como se había convertido en su amigo mayor favorito y el hombro en el cual llorar sus penas. Después de eso, la amistad de Terrence con Albert se había vuelto tan íntima que sus sospechas desaparecieron completamente. Años después incluso había consentido que ella viviera con Albert en el tiempo en el que él sufrió amnesia. No obstante, debía admitir que el razonamiento de la Srita. Pony cobraba perfecto sentido;


19 todo eso había pasado hace mucho, mucho tiempo. La confianza de Terrence en Albert podía haberse erosionado con el paso del tiempo. Más aun, a pesar de los besos que había compartido con Terrence, debía admitir que no habían hablado aun sobre sus sentimientos. Siendo el hombre celoso que siempre había sido, podía estar enfurruñado en su habitación en ese instante, pensando las cosas más locas, mientras ella hablaba con la Srita. Pony. -Veo que empiezas a entender lo que trato de decir – dijo la Srita. Pony leyendo la expresión de Candy como un libro abierto – Candy, asegúrate de tener una larga plática con el Sr. Grandchester lo antes posible, y mientras tanto, no hables tanto del Sr. Andley delante de él. No ayudará que te escuche elogiar al Sr. Andley tan frecuentemente como lo haces. -Haré mi mejor esfuerzo para animar a Terrence a hablar, Srita. Pony, lo prometo –le reafirmó a la Srita. Pony. Su conversación no había durado mucho después de eso, pero el contenido de la plática la había mantenido en vela hasta tarde. Ahora, necesitaría una dosis más fuerte de cafeína para permanecer despierta en el trabajo. La cafetera empezó a silbar avisándole que el café estaba listo. La joven sirvió la negra bebida en la taza más grande que pudo encontrar y estaba aun de pie frente al fregadero, buscando el azúcar, cuando sintió una presencia familiar a sus espaldas. -Aun eres un pájaro madrugador ¿eh? – preguntó Terrence con su voz de barítono un poco más baja que lo usual. - Siempre- contestó volteando a verlo – Sé que no eres un amante del café, ¿pero te importaría acompañarme? ¿Avena, tal vez? – ofreció notando que él estaba completamente vestido y aparentemente listo para empezar el día. - Eso estaría bien. Gracias. La joven se volteó para servir el cereal y colar el café para su invitado, mientras hacía las preguntas rutinarias que uno hace al saludar a alguien por la mañana. Él contestó someramente, un poco distraído por su silueta marcada bajo las líneas simples de su uniforme de enfermera. De acuerdo a la moda de ese entonces, era común que la mayoría de las mujeres utilizaran vestidos más bien sueltos y de líneas masculinas. Pero el uniforme de enfermera de Candy se ajustaba a su cintura, y las curvas naturales de sus caderas y glúteos estaban marcadas suavemente por su falda recta. Terrence pensó que no le importaría para nada que Candy usara todos los días ese atuendo un poco pasado de moda. - Nada de ropa sería mucho mejor para iniciar el día – sonrió, con la imaginación andando otra vez a mil por hora. -Aquí tienes – dijo la joven mientras le daba el café – Ten cuidado, está muy caliente. -Gracias – contestó rozando su mano mientras tomaba la taza.


20 Candy instintivamente retiró la mano. Se dio cuenta que sus ojos estaban otra vez inflamados con esa mirada particularmente feroz que comenzaba a reconocer. Si quería aprovechar la ocasión para hablar, no iba a ayudar permitirle engancharla en otro intercambio silencioso de caricias. -Estaré en la clínica durante la mañana – le avisó sirviendo la avena y sentándose para conversar cortésmente. -Pensé que no trabajabas diario en la clínica. -De hecho no. El Dr. Martin tiene otra enfermera que lo ayuda cada tercer día. Pero hoy me acaba de llamar pidiéndome que lo ayude con una cesárea. Mi colega en la clínica no tiene entrenamiento quirúrgico, así que necesita mi ayuda para la operación. Estará aquí en cualquier momento para recogerme. - La Srita. Pony me dijo ayer que normalmente conduces tu propio auto. – señaló él, pensando que la atención del doctor era innecesaria. - Bueno, la paciente vive en una granja cercana y llamaron allá al Dr. Martin, pensando que sería un parto normal. Desafortunadamente, las cosas no salieron conforme a lo planeado y está llevando a la madre y a su esposo a la clínica de la villa. Pensó que en el camino podía recogerme y traerme de regreso cuando el bebé y la madre estuvieran a salvo. De cierta manera, siempre se preocupa cuando conduzco sola, especialmente con las condiciones del clima y todo ese hielo en los caminos. -Qué amable del doctor – dijo Terrence con una pizca de molestia en la voz. A Candy le sorprendió su tono. -¿Puede ser que esté resentido porque estaré fuera algunas horas? ¿O él está…? – pensó tratando de interpretar su humor. - Oh bueno, después de tantos años trabajando con él, creo que el Dr. Martin me considera como si fuera su hija, más que su empleada. También lo veo como parte de mi familia – añadió casualmente mientras veía como se relajaba bastante su expresión ante su comentario. -¡Oh Dios! En verdad debemos hablar acerca de esto pronto o me mantendrá como rehén para asegurarse que estoy fuera del alcance de cualquier hombre vivo – dijo, mitad preocupada y mitad asombrada. Candy cambió el tema tratando de aligerar el ambiente. Habló de la villa y sus habitantes, relatando detalladamente a Terrence todo sobre el lugar donde trabajaba. Ambos sabían que debían tocar el tema fundamental de su relación. Sin embargo, la alegría de compartir el desayuno en un ambiente tan calmado era tan sobrecogedora en su simple belleza, como para arruinarlo con dolorosos recuerdos del pasado. -Es tan acogedor de esta manera – pensó Candy – Parece como si hubiéramos estado casados todos estos años y simplemente estamos desayunando juntos como en cualquier día de trabajo.


21 Así que, incapaces de encontrar el valor para dejar que sus corazones hablaran por ellos, permanecieron en los terrenos seguros de la plática intrascendente. -¿Qué opinas si te voy a recoger después de la cirugía para que me muestres la villa? – sugirió él cuando habían terminado de comer, con un brillo distinto en sus ojos. -Bueno, eso podría convenirle al Dr. Martin, pero no creo que nuestra pequeña villa pueda ofrecer gran entretenimiento para un hombre de mundo como tú. -Mis gustos pueden ser mucho más simples de lo que pudieras suponer. Un paseo bonito por los alrededores de la villa puede ser suficiente para mí. -Si es así, tal vez pudieras acompañarme también a la tienda. La Srita. Pony quiere que compre algunas cosas para el relleno del pavo que planea cocinar para Navidad – dijo ella levantándose y llevando las tazas y platos vacíos al fregadero – Prometo que no tardará mucho. Además, no habrá ningún reportero que te moleste – continuó hablando mientras le daba la espalda para lavar los platos. -No soy yo el que debe preocuparse por los reporteros – dijo poniéndose de pie en silencio. -¿Qué quieres decir? – preguntó ella, pero no recibió respuesta. Antes de que ella pudiera preguntar de nuevo, sintió la calidez de su cuerpo mientras se inclinaba sobre su espalda. Con las dos manos de él sujetando firmemente ambos lados del fregadero, ella se vio atrapada de nuevo en una posición comprometedora. -Quiero decir que no me importa en lo más mínimo si me toman una fotografía caminando por una villa del Medio Este con esta hermosa enfermera; pero no sé si a ti te importaría que el apellido aristocrático de tu familia se vea públicamente relacionado con el mío – susurró en su oído. -Terry…por favor, hazte a un lado – quiso protestar ella con un pequeño hilo de su acostumbrada voz. -¿Por qué? – preguntó él con irreverencia - ¿Tanto te disgusto? -Sabes perfectamente bien que no es así. Pero esto…no es apropiado- argumentó ella. -Entonces, debías de haber tenido mayor cuidado en abotonar apropiadamente esta blusa – replicó con la voz ronca. Antes de que Candy pudiera reaccionar, su dedo índice recorrió su nuca dibujando una línea imaginaria, alcanzando tan abajo como lo permitía la abertura de su blusa. Lo siguiente que pudo notar era el ya familiar toque de sus labios besando su nuca, mientras una de sus manos rodeaba su cintura, presionándola contra su cuerpo. Los escalofríos que recorrieron su médula eran prácticamente insoportables. La sencilla fragancia de miel y manzanilla del jabón que ella había usado en la ducha, inundaba su piel y provocaba los sentidos de él. Así, a pesar de que él parecía tener el control de la situación, estaba dolorosamente consciente que estaba atrapado en su propio deseo.


22

-¡Me estás volviendo loco! – murmuró él entre besos mientras luchaba contra su urgencia incontrolable de dejarse llevar. Abrumados ambos por su incapacidad de controlarse, no supieron si agradecer o maldecir cuando unos segundos después, el fuerte sonido de una bocina hizo que Terrence se detuviera. -Ese debe ser el Dr. Martin – dijo ella casi resollando – Debo irme. -Lo sé – aceptó él, mientras a regañadientes abotonaba la infame blusa. Apresuradamente, la joven se separó de su abrazo para ponerse la capa y el gorro de enfermera y tomar su bolso. Cuando volteó, él pudo captar un destello del rojo carmesí que había teñido sus mejillas. -¿A qué hora debo recogerte? – preguntó él visiblemente complacido ante la vista de su encantador rubor. -A las once estaría bien. La Srita. Pony o la Hermana María pueden darte las indicaciones – añadió antes de desaparecer tras la puerta trasera de la cocina. Terrence, con el sabor de su piel aun fresco en su boca, decidió acabar de lavar los platos que Candy había dejado en el fregadero. En su interior, se prometió reunir el valor para hacer “la pregunta importante” antes del final del día.


23 La villa era tan pequeña como pintoresca. No le tomó mucho a Terrence encontrar la Clínica Feliz siguiendo las indicaciones precisas de la Hermana María. Era evidente que el edificio había sido anteriormente una casa y que alguien había hecho un gran trabajo transformándola en un pequeño pero decente hospital. El vestíbulo era ahora la recepción y el comedor funcionaba como la sala de espera. Cuando Terrence llegó a las once en punto, fiel a su característica obsesión por la puntualidad, una enfermera madura lo recibió en el escritorio de la entrada. Estaba tan ocupada ordenando archivos que no levantó la cara para verlo cuando él le habló. -Buenos días, señora – empezó él. -Buenos días. Por favor, tome asiento y espere hasta que yo le llame – contestó la mujer a la ligera. -Disculpe usted, pero creo que no comprende – insistió él. -Claro que si lo hago, señor. Sé que su caso debe ser urgente, pero estamos un poco retrasados en la agenda hoy porque el doctor está terminando una cirugía. Por favor, tome asiento y le llamaré pronto – insistió la mujer, señalando los asientos en la sala de espera. Terrence, que no estaba acostumbrado a que lo hicieran esperar, se sintió un poco frustrado. No obstante, ya que le habían dicho que la cirugía estaba por terminar, supuso que de todas maneras tendría que esperar a que Candy terminara su trabajo. Una joven pareja afroamericana con una pequeña niña, una anciana y un hombre de unos treinta años estaban también en la sala de espera. Terrence se sentó junto a la anciana cruzando las piernas mientras se quitaba su sombrero homburg. La anciana, que se entretenía tejiendo, levantó la vista para mirar al recién llegado. El elegante sombrero de fieltro y el sobretodo cortado impecablemente, que hacía perfecto juego con el traje que llevaba, le hicieron pensar que el extraño había nacido en sábanas de seda. También notó que su conducta era segura y su apariencia sana, lo que le hizo preguntarse qué clase de dolencia lo habría llevado a la clínica. Unos minutos después de su llegada, Terrence vio que se abría la puerta de la sala adjunta y de ella salía un hombre robusto de casi sesenta años, pelo cano y bata blanca, saludando a todos en la sala de espera. -Buenos días a todos – dijo el Dr. Martin saludando con calidez a todos sus pacientes – Siento haberlos hecho esperar tanto, pero hoy es un gran día para nuestra villa. ¡Tenemos una nueva vecina! Los Stewart acaban de tener una hermosa niña. - Qué gusto por ambos, Doctor. ¿La Sra. Stewart está bien? – preguntó la mujer afroamericana. -Oh si, muy bien, Sra. Johnson. Su familia debe cuidarla por más tiempo que el acostumbrado, ya que la tuvimos que operar, pero estará bien. Ahora, creo que es momento de atenderlos a todos ustedes – explicó el doctor y viendo a la enfermera de la recepción preguntó: - Cynthia, ¿a quién debo ver primero?


24 -El Sr. y la Sra. Johnson han traído a su pequeña Paulette con fiebre leve, Doctor. Después sigue la Sra. Donnell, el Sr. Kennedy está después de ella y el caballero de allí es el último – contestó la enfermera. El Dr. Martin vio al hombre alto con la apariencia de la Costa Este y sonrió ampliamente. -Este joven no es mi paciente sino un huésped muy bien recibido – dijo el médico ofreciendo su mano a Terrence – Es un honor conocerlo, Sr. Graham. -El honor es mío, señor – contestó Terrence levantándose y estrechando la mano del doctor con un apretón fuerte – Candy me ha hablado muy bien de usted. -Estoy seguro que ha exagerado. Usted, por el contrario, es tal cual lo describió ella; pero venga, venga, lo está esperando arriba. Debe estar en la segunda habitación a la izquierda – dijo el hombre mientras señalaba el camino al segundo piso. Terrence entendió que era bienvenido a subir y encontrarse con la dama. -Gracias doctor, y acepte mis disculpas por robarme a su enfermera esta tarde. - ¡Ni lo diga! Soy yo el culpable de aprovecharme de su buen corazón, llamándola cuando no está de guardia. ¡Espero que ambos tengan un fin de semana maravilloso! Diciendo esto, el Dr. Martin volteó a ver a la pareja con la niña enferma, dejando libre a Terrence para buscar a Candy. El joven, por supuesto, no necesitaba más estímulo. Cuando subió, caminó por el pasillo y tocó con fuerza a la puerta. -Adelante – dijo la voz cantarina de Candy. Terrence entró a la habitación pintada completamente de blanco y rodeada por grandes gabinetes llenos de medicinas, botellas y vendas. Había una mesa en la cual se encontraban dos bandejas de metal con instrumental quirúrgico arreglado pulcramente. Cerca de la mesa, pudo ver un carro de lavandería. Terrence vio que el delantal blanco que Candy había usado esa mañana estaba ahora ahí, cubierto con algunas manchas de sangre. La vista lo horrorizó. Nunca había pensado realmente en el duro trabajo que Candy hacía diariamente. Recordó que atendió su herida la noche en que había entrado por error a su habitación. A pesar de su juventud e inexperiencia en ese entonces, Candy no había flaqueado un centímetro ante la vista de su sangre. De alguna manera, ella había sabido intuitivamente qué era lo mejor para detener la sangre y sus manos no habían flaqueado mientras lo vendaba. - Mi dama no es una jovencita frágil que flaquee al ver sangre – pensó con orgullo. Definitivamente, el trabajo como enfermera quirúrgica no era algo para una persona con corazón delicado, pero el temperamento valiente de Candy, combinado con su disposición dulce y corazón cariñoso, eran perfectos para la tarea. Pensó que esos rasgos de su carácter habían alentado en él la admiración profunda que sentía por ella. -¡Ella es como una hoguera en una noche de invierno; cálida y relajante, pero al mismo tiempo, todo lo consume!


25 -Perdón por haberte hecho esperar – rogó Candy, la voz viniendo del baño adyacente mientras entraba a la habitación. Terrence vio que se había cambiado el uniforme por un vestido color naranja con falda plisada, que le llegaba a los tobillos. El tono del vestido iluminaba su cara de forma maravillosa. Al entrar, la joven notó el delantal y se apresuró a deshacerse de él y alejar el carro de lavandería. -Disculpa el desorden – dijo ella avergonzada. -¿Estás bromeando? Este lugar está tan limpio y ordenado que me hace pensar que lo estoy profanando con mi presencia – contestó con una media sonrisa. -Deberías haber visto el hospital de Mary Jane. Estaba tan reluciente que en comparación este lugar parecería un basurero – se rió mientras estiraba la mano para alcanzar su capa, pero antes de que pudiera hacerlo, él la tomó primero y la puso sobre sus hombros. -Creo que me debes un paseo por la villa – le recordó suavemente. - Y pienso cumplir con mi palabra, Sr. Graham. ¿Nos vamos? Ambos bajaron las escaleras y Candy se despidió de su colega y de los pacientes de la sala de espera con su característica sonrisa cálida, intercambiando las felicitaciones tradicionales por las fiestas. No se veía al Dr. Martin por ningún sitio, ya que estaba ocupado con sus pacientes en el consultorio; así que la pareja se retiró sin verlo de nuevo. Una vez en la calle, Terrence le ofreció su brazo a Candy y ella puso la mano en él muy suavemente. Se preguntó qué pensarían sus vecinos cuando los vieran caminando juntos del brazo por la villa; pero después se dio cuenta que no le importaba si llegaban a la conclusión que el deslumbrante hombre con quien caminaba, estaba involucrado románticamente con ella. Y, si era honesta, sus interacciones privadas el día anterior y esa misma mañana no podían ser catalogadas de manera diferente. Así que sonrió por dentro y tomó su brazo más firmemente. A pesar de que el día era frío, el sol estaba en lo alto y había cierta efervescencia en el aire. Debido a las inminentes fiestas, varios habitantes de la villa estaban fuera esa mañana haciendo sus compras de Navidad. Terrence y Candy caminaron despreocupadamente por las encantadoras tienditas y pasaron algún tiempo en la Tienda de Comestibles del lugar mientras la joven escogía algunas hierbas y nueces para el relleno de la Srita. Pony. Mientras Candy revisaba meticulosamente la mercancía, Terrence saboreaba la delicada belleza de compartir hasta el más prosaico momento con ella. Inevitablemente, su mente viajó a algunos años atrás, cuando había estado esperando en una tienda, mucho más sofisticada y cara, mientras otra mujer terminaba de comprar regalos unos días antes de Navidad. Recordó


26 la molestia extrema que había sentido y su insoportable mal humor, mientras Susannah y su madre lo arrastraban a través de los Almacenes B. Altman2. De hecho, si era honesto, la mayoría de los recuerdos de su vida con Susannah estaban teñidos de cierta incomodidad, frustración o desprecio. Aun cuando había sido capaz de cultivar cierta estima hacia Susannah, ésta se había alimentado principalmente de lástima y preocupación por sus sufrimientos, el mayor de los cuales había sido sus relaciones familiares desafortunadas. Con los años, había comprendido que la desgracia más triste de Susannah era la relación con su madre. Ambas dependían una de la otra de un modo enfermizo y perverso. Incluso en los tiempos en los que la carrera de Susannah apenas comenzaba, la Sra. Marlowe había dependido económicamente de los ingresos de su hija para sobrevivir, como si los roles de madre e hija se hubieran invertido antes de tiempo. No obstante, la Sra. Marlowe controlaba las decisiones y la vida de la joven con una rienda tiránica que consternaba a Terrence. Al mismo tiempo, la mujer malcriaba a su hija cumpliéndole cada capricho, incluso si tenía que atravesar grandes penas para cumplir con las exigencias frecuentemente irracionales de Susannah. Era como un callejón sin salida en el que ambas se abusaban, se manipulaban y mimaban, incapaces de romper con ese círculo vicioso. Entendiblemente, Susannah se había convertido en una persona enfermiza, egoísta a un grado monstruoso y completamente incapaz de estar sola en la vida. Terrence no podía olvidar como le repelía su carácter inmaduro y débil y provocaba su despectivo desdén. Dicho brevemente, aun cuando Terrence se compadecía de su situación y hacía lo mejor para darle alguna clase de consuelo, apenas podía soportarla. Algunas veces, a pesar de sus grandes esfuerzos para entenderla, Terrence perdía la paciencia y discutía con ella, instándola a tomar fuerzas y superar su dependencia infantil. No obstante, esas peleas solo servían para amargar su ya precaria relación y envenenaban el ambiente que tenían que compartir. Por esa razón, había dado la bienvenida a la decisión de Susannah de emprender una nueva carrera, esperando que por fin pudiera encontrar una salida para desarrollar cierta independencia y, al mismo tiempo, darle a él un respiro de su presencia sofocante. Desafortunadamente, sus intentos como dramaturga habían sido inesperadamente interrumpidos debido a su súbita enfermedad, que eventualmente había acentuado sus modos inmaduros y caprichosos. Durante todos esos años, Terrence no había podido evitar comparar a Susannah con Candice. Tenía un recuerdo vívido de la pasión contagiosa de Candy por la libertad y su increíble capacidad de tomar decisiones por sí misma, frecuentemente con una fuerza osada contrastaba con su apariencia más bien dulce y frágil. Era tan pequeña y delgada a los quince años que era casi increíble que ese pequeño cuerpo pudiera contener una mente tan voluntariosa.

2

B. Altman and Company fue una tienda departamental fundada en 1865 en la ciudad de Nueva York, por Benjamin Altman. Tenía su tienda estrella en la Quinta avenida y la Calle 34.


27 Así que cuando Terrence la recordaba en privado, repetidamente se preguntaba cómo habría evolucionado a la edad adulta esa increíble joven independiente, que había conocido alguna vez. Ahora la tenía justo frente a él, en el cuerpo fascinante de una mujer, aun esbelta y no realmente alta, pero irradiando seguridad en cada movimiento e interacción. En la pequeña clínica, en las calles mientras le mostraba la villa, en casa rodeada de niños ruidosos, dondequiera que fuese y con quien fuese que hablara; Candy desplegaba una vitalidad contagiosa. Terrence sentía, intuitivamente, que ella era la única mujer en la Tierra que podía tocar la cuerda correcta en su corazón y disipar la oscuridad del pasado. De cierto modo, el siempre lo supo y, por esa razón, el haberla dejado ir iba más allá de su entendimiento. -¿Quieres nueces, Terry? – le preguntó ella sacándolo de sus pensamientos. Terrence vio que su cara se había pintado con un rubor rosado por la caminata reciente en el frío matutino. Se dijo que ésa era sin duda una vista para recordar. -¿Debemos picotear golosinas antes de la comida, Enfermera Andley? – preguntó y tomó algunas nueces garapiñadas que ella le ofrecía. -Unas pocas no harán daño. Después de todo nos tomará por lo menos media hora llegar al Hogar de Pony. -En ese caso, deberíamos irnos ahora, porque aun debemos caminar de regreso a la clínica. Dejé el auto estacionado ahí. ¿Te ayudo con eso? – dijo señalando la bolsa de víveres que ella estaba cargando. -¡Claro! ¡Gracias! Salieron de la tienda y caminaron de nuevo en dirección a la Clínica Feliz. Cuando llegaron, Terrence guió a Candy al lugar en el que había dejado el auto y estaba a punto de abrirle la puerta, cuando notó que ella se había quedado paralizada mientras miraba fijamente el automóvil. -¿Qué pasa? – preguntó él intrigado por su expresión. -¡Este auto! Es del mismo color y modelo que uno de los coches de juguete de Stair – dijo ella. -¿En verdad? Eso podría explicar su entusiasmo cuando llegué ayer por la tarde. Él fue quien me recibió en la puerta principal y vio el auto – contó él. Candy levantó la vista como tratando de resolver un acertijo. -Terry, creo que Stair piensa que de hecho este auto es su juguete. Quiero decir, como si el juguete hubiera crecido hasta alcanzar el tamaño normal de un auto de verdad. -¿Lo crees?- preguntó riéndose mientras le ayudaba a entrar en el vehículo.


28 -Sé que suena gracioso – continuó ella cuando él subió al auto y encendió el motor – pero Stair tiene una imaginación increíble para un niño de su edad. ¿Te dijo algo acerca del coche cuando lo vio? -¡Bueno, si! Creo que me agradeció por haberle llevado “su” coche. Claro que le dije que solo era un coche alquilado, pero no estoy seguro que entienda la idea. -Seguramente no tiene la menor idea de lo que significa alquilar algo. Creo que mejor le hago algunas preguntas cuando lleguemos a casa. -Realmente se parece a su tío, incluyendo eso de tener ideas locas y una gran pasión por las máquinas, ¿eh? – señaló sonriendo. -Puedes estar seguro – respondió ella y ambos rieron fuerte. Terrence condujo el auto fuera de la villa, pero cuando iba a tomar el mismo camino que había usado previamente, Candy sugirió tomar un camino alternativo. -Toma la siguiente salida a la izquierda. Prefiero usar este atajo. Nos llevará directamente al patio trasero del Hogar de Pony y es mucho más rápido; sin embargo el Dr. Martin siempre dice que es demasiado solitario para que yo conduzca sola – explicó ella con una sonrisa pícara. -El buen doctor parece estar muy apegado a ti, creo, y tú eres tan insolente que no sigues su consejo. Eso es muy malo de tu parte, muchachita- contestó juguetonamente mientras viraba el auto en la dirección que sugirió Candy. -¡Lo sé! Pero él es un hombre tan dulce que no se ofende – contestó ella riéndose. -¿Lo conoces desde que eras pequeña? – preguntó él con verdadera curiosidad, una vez que sus celos habían desaparecido después de conocer al hombre en cuestión. -¡Oh, para nada! Lo conocí en Chicago. Yo ya era enfermera y estaba buscando un nuevo trabajo. Él tenía una pequeña clínica en el centro de la ciudad 3. Trabajé para él por casi un año antes de mudarme de nuevo al Hogar de Pony. -Pero, tú tenías trabajo en un hospital grande antes de eso ¿no? –preguntó él intrigado. Hasta ahora, ninguno de ellos había compartido mucho sobre sus vidas después de su separación. -Sí, pero me despidieron – replicó haciendo un puchero cómico. -¿Te echaron? – se carcajeó él - ¿Qué diablos hiciste para merecértelo? Candy suspiró profundamente; un poco insegura si debía contarle a Terrence toda la historia. -Vamos, Candy, dime qué pasó – demandó él notando su reticencia.

3

Usualmente los vecindarios más pobres se encuentran en las partes centrales (que son las más viejas) de las grandes ciudades americanas.


29 -Está bien, pero debes prometerme que tendrás en cuenta que todo lo que te voy a contar pasó hace muchos años, está superado y solucionado ¿Trato? – dijo ella, agitando su dedo índice como advertencia. -¡Me estás asustando! Pero está bien, lo prometo. ¿Qué pasó? Candy vio directamente sus ojos azules, aun valorando cuánto de la historia podía soportar él. Algo en su intensa mirada le dijo que él hablaba con seriedad, y finalmente decidió ser honesta con él. -Hace unos diez u once años, por alguna razón aun desconocida para mí, Neil Reagan desarrolló…una especie de … afecto hacia mí – inició ella eligiendo sus palabras con cuidado – Comenzó a hacer todo clase de cosas que yo hubiera considerado imposibles, como mandarme flores, y...-ella bajó la vista instintivamente – pidiéndome que saliera a citas…con él. En ese punto, Terrence pisó el freno, deteniendo el auto abruptamente. -¿Estás diciendo que el maldito hijo de perra tuvo el descaro de cortejarte? – preguntó con voz elevada y la indignación tiñendo su cara – Seguramente no permitiste sus avances, ¿o sí? -Por supuesto que le aclaré que no estaba interesada, pero eso no es motivo para que uses tu lenguaje grosero frente a mí, Terrence. –lo regañó- Te dije que esto pasó hace mucho tiempo; ¡no hay razón para enojarse sobre esto! El joven respiró profundamente pero sus ojos mostraban su turbación interna. Candy, sin saber que más hacer o decir, se le quedó viendo en silencio por un momento. -Te pido disculpas por mi lapsus, continúa. – dijo él, una vez que había recobrado su autocontrol. - Bueno, cuando rechacé a Neil, su hermana y él usaron su influencia para hacer que me despidieran de mi trabajo y después hicieron que me pusieran en la lista negra, así que no pude obtener otro puesto en ningún hospital de Chicago. Pensaron que si me acorralaban, eventualmente aceptaría casarme con Neil. Pero estaban verdaderamente equivocados - dijo con una pizca de orgullo en su voz. Candy hizo una breve pausa observando la reacción de Terrence. El hombre estaba callado y tenía esa característica expresión inescrutable cruzándole el rostro. Decidió continuar. -Fue entonces que encontré al Dr. Martin y su Clínica Feliz. Apenas tenía pacientes y no estaba en su mejor forma, pero fue lo suficientemente amable para contratarme y darme una paga decente. De cierta manera, creo que Dios nos puso en el camino del otro para un propósito. Me ayudó dándome un trabajo y, cuando me di cuenta que tenía un problema con la bebida, me sentí obligada a ayudarlo a él. -Él…era…alcohólico – dijo Terrence, su mano izquierda apretando el volante. -Sí, había perdido a su esposa hacía poco tiempo y había empezado a beber mucho para sobrellevarlo. Era una lástima ver su talento médico desperdiciado de esa forma, porque de


30 hecho es un muy buen médico. Afortunadamente, desde que me contrató, se sintió de cierta manera responsable por mí, verás, y comenzó a luchar contra su problema. Cuando fue capaz de mantenerse sobrio, empezamos a recibir más y más pacientes hasta un punto en el que él se sintió útil nuevamente. -Estoy seguro que tu presencia le ayudó mucho – murmuró Terrence, evitando su mirada. - Ambos nos ayudamos, - dijo ella, notando que el joven se había puesto triste – Esos fueron tiempos difíciles también para mi, y tener un amigo cerca siempre ayuda. Después de algún tiempo, decidí regresar al Hogar de Pony y el Dr. Martin se quedó en Chicago. Había estado viviendo aquí por algunos meses cuando murió el único doctor del área. Pensé que el Dr. Martin estaría interesado en tomar su lugar y le escribí dejándole ver que tal vez aquí se le necesitaría. - Obviamente aceptó tu invitación – dijo él encendiendo el auto de nuevo. - Como lo puedes ver; ha estado viviendo en la villa por casi ocho años. Se ha convertido en alguien en quienes todos confían y respetan. Sin mencionar que siendo el hombre de buen corazón que siempre ha sido, algunas veces se olvida cobrar sus servicios. Si sabes lo que quiero decir. Candy continuó hablando por un momento, pero Terrence permaneció la mayor parte del camino de regreso al Hogar de Pony en silencio. Algunas veces solo contestaba con monosílabos cuando ella le preguntaba algo, pero nada más. Aun cuando la joven hizo grandes esfuerzos para cambiar a temas más amigables y tratar de mantenerse alegre, fue inútil. Nada parecía mejorar su estado de ánimo. Cuando finalmente llegaron al Hogar de Pony, Candy, que estaba completamente frustrada con su súbito mal humor, dio las gracias a Dios de poder interactuar con otras personas, que tal vez pudieran aligerar el humor del joven. Era prácticamente imposible pasar un minuto en el Hogar de Pony lejos de la constante presencia de los niños. Mientras caía la tarde, el humor de Terrence mejoró notablemente, en parte porque interactuar con niños era de alguna manera una novedad para él, y parte porque teniendo un alma sensible, él respondía a su apertura. Percibiendo que su máscara de lejanía caía una vez más, Candy pudo relajarse y disfrutar la tarde de ocio a pesar de que el frío clima no permitía que pasaran tiempo fuera. La mayor parte de la tarde jugaron toda clase de juegos con los niños. Tras la cena, todos se reunieron alrededor de la chimenea para leer en voz alta una selección de cuentos de Mamá Ganso. La Hermana María, Candy y Terrence se turnaban para hacer las voces de los personajes, mientras la Srita. Pony hacía de narrador. Los niños seguían el argumento con gran entusiasmo, riéndose y aplaudiendo cada vez que los héroes lograban ganarle a los villanos. El pequeño Stair, que se había vuelto muy apegado a Terrence, pasó la mayor parte de la tarde sentado en su rodilla y finalmente se quedó dormido en sus brazos. Cuando otros niños comenzaron a bostezar, la Srita. Pony supo que era momento de dar por terminada la reunión y mandar a los pequeños a la cama.


31 Candy le pidió a Terrence que la siguiera para acostar a Alistair. Caminaron a través de un pasillo de la casa que el hombre no había visto antes, hasta que llegaron al área de los dormitorios infantiles. Terrence vio de reojo las literas y escuchó el acostumbrado murmullo de los niños mientras se preparaban para dormir. Para su sorpresa, no se detuvieron ahí, sino que continuaron caminando hasta llegar a una habitación distinta, donde finalmente entraron. Cuando Candy encendió una de las lámparas, la luz le permitió distinguir el lugar y comprendió por los toques claramente femeninos en la decoración, que era la habitación de Candy. La joven levantó la ropa de cama y pidió a Terrence dejar al niño dormido. Con manos bien entrenadas y rápidas, la joven le quitó los zapatos y la ropa a Stair sin despertarlo. Después, le puso la pijama y lo cubrió con una manta suave. Cuando volteó para ver al joven, lo descubrió mirándola con la expresión más dulce en su semblante. Candy se sintió profundamente conmovida ante ese destello inusitado de ternura, pero no queriendo despertar al niño, se llevó el dedo a los labios indicándole que debían dejar la habitación en silencio. Terrence la siguió sin decir una palabra, aun desconcertado por los complejos sentimientos que lo habían estado asaltando toda la tarde y la noche. Una vez que llegaron de nuevo al salón, la Señorita Pony y la Hermana María continuaron hablando con la joven pareja otro rato cuando Candy dijo: -Le pregunté a Stair acerca de su coche azul y puedo decir definitivamente que en verdad cree que el coche de Terry es suyo. -¿De dónde sacó esa idea? – preguntó la Hermana María riendo. -Creo que todo empezó porque su coche azul está perdido y el auto de Terry es del mismo color y modelo. Tras la comida, busqué sin suerte el carrito en la caja donde guarda los otros juguetes y en mi habitación – contestó la joven. -¿No crees que pudo dejarlo en la cabaña? – sugirió la Srita. Pony, con las manos ocupadas en su bordado. -¿Cabaña? – interrumpió Terrence. -Deje le explico, Sr. Grandchester – contestó la Srita. Pony – El Sr. Andley, que es un amante de la naturaleza, está particularmente apegado a las montañas que rodean el Hogar de Pony y hace algunos años construyó una cabaña de madera a unas veinticuatro o veinticinco millas de aquí, en el Monte MacIntyre. El Sr. Andley la usa una o dos veces al año como retiro cuando está muy cansado de sus compromisos sociales y de negocios. Se queda ahí solo por algunos días y después regresa a su vida habitual. Candy cuida del lugar a lo largo del año. Hace una semana, Candy fue a limpiar y dejar algunas provisiones; se llevó a algunos de los niños con ella, porque querían jugar con la nieve allá. Stair fue con ellos y se llevó sus juguetes. - Así, Señorita Pony, usted sospecha que el juguete se pudo quedar allá – concluyó la Hermana María - ¿Crees que es posible, Candy?


32 -Es probable. Recuerdo haber visto a Stair y Larry jugando con el coche azul en el comedor de la cabaña. De hecho, ahora que lo menciona, creo que es la última vez que recuerdo haber visto el juguete. - Tal vez sea buena idea buscar el coche ahí. Si encontramos el juguete, podríamos disuadir al niño de la idea equivocada que tiene. No me gustaría verlo llorar cuando me vaya llevándome lo que cree que es suyo – propuso Terrence en tono serio. El hecho de que él hablara de su “partida” con una expresión tan dura hizo que Candy se preocupara. -¿Por qué no van allá mañana? – dijo la Srita. Pony dirigiéndose la pareja – Hoy no nevó y de hecho, la temperatura subió un poco a comparación de otros días. Estoy segura que los caminos aun están en buenas condiciones para llegar a la cabaña si se conduce con cuidado. Sr. Grandchester, si no estuviera aquí no lo propondría, pero ya que está con nosotros, ¿nos haría el favor de llevar a Candy allí? -Srita. Pony, ¿está queriendo decir que no conduzco con cuidado? - Solo un poco briosa, querida – respondió la Srita. Pony y con este último comentario, la Hermana María no pudo reprimir la risa.

Candy se sentó junto a su ventana. Su habitación apenas estaba iluminada por la tenue luz de su lámpara de mesa. En sus manos tenía su viejo rosario y libro de oraciones. Por una razón que claramente podía identificar, esa noche no se podía concentrar lo suficiente para iniciar sus oraciones. En su mente, repasó los eventos de los dos días previos, tratando de encontrar una interpretación racional para ese acertijo llamado Terrence. Un minuto era un amante apasionado y el siguiente podía alejarse y evadir su contacto visual, como si ella hubiera hecho algo malo. Candy sabía perfectamente que así había sido siempre el carácter de Terrence. Cada vez que se sentía inseguro o sospechaba que algo podía herirlo, hacía a todos a un lado y y se eclipsaba de la escena, tal y como si se retirara tras bastidores después de una actuación. Sin embargo, la joven pensaba que hacía muchos años que habían superado la fase inicial de desconfianza. Era verdad que habían estado separados por mucho tiempo, pero pensaba que a través de su correspondencia y encuentro en Pittsburgh, su relación había florecido de nuevo. Contrario a toda lógica, en las últimas veinticuatro horas había regresado a sus cambios de ánimo confusos de una forma que estaba causando estragos en ella. -¿Por qué un momento me besa como si no hubiera mañana y al siguiente ni siquiera desea contestar mis preguntas? Primero se pone celoso por ninguna razón; luego hace un escándalo por algo que pasó años atrás, cuando estábamos separados y no comprometidos. ¿Hay final para sus enfurruñamientos? Y luego, cuando pudimos aprovechar el viaje, se rehúsa a hablar. ¿Para qué se molesta en venir hasta aquí si va a estar callado y melancólico? - Terry, algunas veces siento que odio tu tendencia insoportable a alejarte tanto como te he amado siempre. ¿Es imposible que lleguemos a entendernos, Terry? ¿O esta brecha de diez años entre nosotros demasiado grande como para superarla?

La temporada de narcisos 5  
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