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1 Capítulo 3 Macbeth Enamorado

Hogar de Pony, 27 de octubre de 1924.

Querido T.P.: Escribo esta carta con la esperanza que la recibas antes de que salgas de gira. Yo misma estaré fuera a partir del 6 de noviembre. No sé cómo puedes soportar viajar y estar lejos de casa todo el tiempo. Aun no he comenzado a empacar y me siento renuente a irme. Puede ser que Albert y tú se adapten mucho mejor que o a eso de viajar sin parar. Hablando de eso, debo decirte que acabo de recibir noticias de Albert. Regresará para Acción de Gracias. ¿No es maravilloso? Ha estado fuera por más de cinco meses y muero por abrazarlo y decirle cuanto lo he extrañado. Espero que esta vez pueda quedarse y pasar más tiempo conmigo. En cualquier caso, todo eso deberá esperar hasta diciembre. Ahora es momento de prepararse para el invierno y eso significa mucho trabajo en el Hogar de Pony. Esta semana coseché las últimas manzanas, peras y chabacanos del huerto de la Señorita Pony y estamos haciendo las conservas que necesitaremos para los siguientes meses. Tanto cocinar suele poner de mal humor a la Hermana María, pero la Señorita Pony parece disfrutarlo. Por cierto, ambas te mandan su cariño. Por favor, dile a tu madre que siempre ha tenido un lugar en mi corazón. ¿Viajará esta temporada? La última vez que hablé con Archie, me dijo que hay rumores de que trabajará en películas. ¿Es cierto? ¡Oh bueno! Ahora estoy divagando. Esta será la última carta que te envíe hasta Navidad. Por favor, cuídate mucho durante tu viaje y gracias de nuevo, en nombre de la Señorita Pony, por el favor que nos harás.


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Saludos, Candy PD 1: Puede estar seguro, señor, que mis niños tendrán todos los dulces y pastel solo para ellos, ya que una bruja como yo puede hornear sus propios pasteles cuando se le antoje. Pero usted no tendrá oportunidad de probar uno si continúa actuando como un verdadero caradura poniéndome apodos. PD 2: .T.P. significa Tonto Presumido, ¿Cuántas veces debo decirte que mi nombre es Candice?

El constante ruido de la Gran Terminal Central no parecía importarle tomando en cuenta que el alboroto dentro de su cabeza era mucho más estrepitoso. Ya instalado en su compartimento privado, hizo esfuerzos para revisar su itinerario por centésima vez. Una vez más, miró su reloj de pulsera levantando la manga de su impecable saco Brooks Brother1. Estaba ansioso por comenzar este viaje. Tratando de calmar su ansiedad, se quitó la chaqueta de raya fina y su sombrero homburg2, los colgó en un gancho cerca de la puerta y regresó a su asiento. Justo después de hacerlo, el tren empezó a moverse. Cerró entonces los ojos y nuevamente tuvo la esperanza que todo saliera según lo esperado durante esa gira. En un movimiento reflejo, tocó otra vez el bolsillo de su chaleco donde había guardado la última carta de ella. Experimentó una mezcla de emociones al recordar cada palabra. La había leído tantas veces tratando de dilucidar el párrafo que hablaba de Albert. Durante los meses anteriores, Candy se había referido a él en varias ocasiones. En una de sus primeras cartas, le había contado la historia de como el “Sr. Albert”, que ambos conocían de sus tiempos de escuela, había resultado ser el padre adoptivo de Candy. La sola idea había sido impactante para Terrence y le había tomado cierto tiempo acostumbrarse a ella. Tras haber digerido las noticias, la mención constante al nombre de Albert en las cartas de Candy había quedado justificada, por lo menos por un tiempo. Sin embargo, posteriormente, el interminable tema “Albert” había agotado su paciencia. La verdad era que, a pesar del abrumador vínculo legal entre Candy y Albert, todavía existía cierta incomodidad que Terrence no podía disipar. La idea de que Albert no era un hombre muy mayor y que en realidad no tenía lazos de sangre con Candy, no le permitía bajar la guardia. ¿Sería muy extraño que una mujer de 26 años se enamorara de un hombre como Albert, que apenas tenías 36 o 37 y aun estaba soltero? Terrence sabía que no era imposible. De hecho, no era inusual encontrar a un hombre casado con una mujer diez o más años menor que él. 1

Brooks Brother es la cadena de ropa masculina más antigua de Estados Unidos y tiene su sede en Madison Avenue en Manhattan, Nueva York. Se fundó como negocio familiar en 1818 y desde 2001 es parte de Retail Brabd Alliance. Hoy en día también ofrece ropa para mujer. 2 Un Homburg es un sombrero de fieltro formal, un fedora de estilo tirolés, caracterizado por una melladura única que recorre el centro de la corona (llamada «corona en canalón»), ala rígida con acabados tipo «rizo de tetera» y bordes ribeteados. Está hecho de fieltro rígido y lleva una banda y el borde ribeteado con otomán. Aunque es un sombrero formal, no es una alternativa a la chistera.


3 Tal vez todo eso no hubiera significado nada si Candy no insistiera en escribir acerca de Albert en términos por demás entrañables. Terrence no podía olvidar que el hombre había vivido con Candy durante el tiempo que él había sufrido amnesia. En aquellos días, ellos ignoraban la relación legal que existía entre ambos. Los sentimientos pudieron haber nacido en ese entonces, por lo menos del lado de Albert. Más aún, Albert había estado con Candy después de romper con Terrence. Ciertamente ese había sido el momento en el que la relación entre la joven y el magnate se había fortalecido. Este último pensamiento carcomía las entrañas de Grandchester aun diez años después. No obstante, era precisamente el hecho quela relación de Albert con Candy parecía haber transcurrido sin cambio aparente en el transcurso de los años, lo que servía a Terrence como único argumento para respaldar su propia causa. Solo, solo que, ¿qué pasaría si Albert estaba esperando pacientemente a Candy para que madurara y olvidara el pasado? Terrence sabía, por experiencia propia, que un hombre podía amar a la misma mujer por varios años aun después de perder toda esperanza. Un suave toque en la puerta interrumpió los pensamientos de Terrence al instante. -Pase- dijo y un hombre en el inicio de sus cincuentas entró al compartimento. - Su té, Sr. Graham, con un solo terrón – ofreció el hombre - ¿limón está bien? – preguntó dejando la taza sobre la mesa del compartimento. - Limón está bien, Hayward – contestó distraídamente, con los ojos fijos en la ventana. - ¿Necesitará alguna otra cosa, señor? – preguntó Hayward. - Creo que no. Solo toque a mi puerta veinte minutos antes de que lleguemos a Boston. - Si señor – y con un breve asentimiento el hombre desapareció cerrando la puerta tras de sí. Tras estar en el negocio del espectáculo por más de una década, Terrence tenía derecho a consentirse con algunas comodidades durante sus giras. El compartimento privado era una de ellas, así como la ayuda de un asistente. Durante los últimos cuatro años, Terrence hacía uso de los servicios del diligente Martin Hayward para lidiar con temas prácticos y estaba contento con su trabajo. El hombre, quien era inglés, trabajaba como su secretario personal, reservando habitaciones de hoteles, empacando y cuidando el equipaje, ordenando sus comidas cuando no quería salir a comer con la compañía o haciendo cualquier trámite que pudiera necesitar. Hayward era discreto; por eso le gustaba a Terrence. Después de que Hayward desapareció, Terrence continuó meditando sobre el mismo tema. Sus pensamientos volaron al distante lugar de Indiana donde se encontraba Candy. Había calculado que, al día siguiente, Candy estaría tomando el tren a Indianápolis para visitar al primer patrocinador de su lista. El deseo de verla de nuevo se iba volviendo cada vez más y más urgente. Nuevamente se preguntó cómo es que ella luciría con la edad que ahora tenía. Aun conservaba en su memoria la imagen de su brillante sonrisa y sus rebeldes rizos. Se preguntaba si el brillo que tanto amó siempre aun resplandecería en sus grandes ojos verdes.


4 Durante los meses que se habían escrito hasta ahora, en más de una ocasión pensó en pedirle una foto. Después, descartó la idea. Ella siempre había mantenido la comunicación en un tono ligero, sin hablar nunca de temas muy personales, sin tocar el tema de su pasado en común. En ese contexto, le pareció impropio pedir una foto. Así que se contuvo de hacerlo. Solo podía esperar que pronto las circunstancias cambiaran para bien. Mientras el tren de Terrence se aproximaba a Boston, Candy terminaba de empacar. Ya que la joven iba a estar fuera por más de veinte días, necesitaba pensar bien lo que llevaría. Repasó en su mente la lista de cosas que aun necesitaba empacar: los planos de las obras que habían hecho a la casa, las fotos del trabajo terminado, incluyendo el nuevo salón de clases y la enfermería, cartas de la Señorita Pony y la Hermana María para todos los donadores, fotografías de los niños en diferentes épocas del año, copias al carbón del presupuesto del siguiente año y otros documentos para mostrar a los patrocinadores. Todos esos artículos encabezaban su lista. También tenía que empacar algunos bordados y frascos de conservas hechas por la Señorita Pony como regalo para los donadores. Con tantas cosas que llevar, debía ser muy selectiva con sus cosas personales. Sin embargo, no había hecho el mismo recorrido desde 1920 para nada. Había aprendido a escoger unas cuantas piezas que pudiera combinar entre ellas. Ahora, también debía tomar en cuenta la fiesta de Acción de Gracias de Annie. La última parada a su regreso sería Chicago. Ya que los Andley, Cornwell y Brighton eran los mayores patrocinadores, no podían ser excluidos de la visita anual. Así que Candy había aprendido a combinar los asuntos de negocios con los familiares para bien del Hogar de Pony. En una sola visita, asistiría a la cena de Acción de Gracias, haría feliz a Annie, vería a Albert y obtendría un cheque para los niños. La joven abrió su armario pensando en la fiesta. A pesar de sus preferencias por viajar tan ligera como fuera posible, debía llevar algo para la ocasión. La joven no quería decepcionar a Annie vistiendo inapropiadamente ese día. Vio los tres vestidos que Annie le había llevado el mes anterior. El que más le atraía era un vestido rojo de coctel de tela muy fina y dobladillo asimétrico que llegaba a sus tobillos. El rojo siempre había sido su color favorito. No obstante su primer impulso, cuando estaba a punto de tomar el vestido rojo, un segundo vestido captó su atención. -

¿Qué es esto? ¿una bata o un camisón? – preguntó Candy cuando Annie se lo mostró la primera vez.

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¡Claro que no! ¡es un vestido de coctel! ¿No lo ves? – respondió Annie con aire ofendido.

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Pero Annie ¡es más corto que mi ropa interior! – exclamó escandalizada.

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¡Eso será lo nuevo el año que entra, Candy! – explicó Annie con paciencia – El dobladillo subirá aun más. Todas usarán la falda solo una pulgada debajo de la rodilla. ¿No es escandaloso?


5 -

¿Lo dices en serio?

-

¡Absolutamente! Sabes que siempre estoy al día sobre las últimas tendencias en París – dijo Annie con orgullo. En ese aspecto Archie y Annie eran un par de apasionados por la moda.

Candy miró de nuevo la extraña prenda cortada en líneas simples. Era un vestido sin mangas, de corte recto envolvente con joyería Art Decó y aplicaciones decorando el escote redondo. Además del particular largo, había otro detalle que hacía al vestido único. Prácticamente goteaba cuentas de cristal en tonos plata, gris y verde pálido sobre una sedosa tela gris claro. -

¡Es gracioso! ¡Las cuentas se mueven con el vestido! – se rió Candy tras observarlo de nuevo.

-

Entonces ¿te gusta? – preguntó Annie, complacida de ver ese particular brillo en los ojos de Candy que sabía que aparecía cada vez que la rubia veía algo que le resultaba atractivo.

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Bueno, parece cómodo de usar. Ni colas o faldas largas con las que me pueda tropezar. Además, es sofisticado en su simplicidad. Deberé acostumbrarme a mostrar mis piernas como si tuviera cinco años de edad, pero puedo soportarlo.

-

Sabía que este vestido tenía tu nombre escrito en él – dijo Annie con alegría. Entonces, hizo una pausa y con un poco de duda en su voz añadió- Solo asegúrate de no usarlo cuando la Tía Elroy esté cerca. Haría un alboroto sobre el largo del dobladillo.

Ante este último comentario, Candy no pudo evitar carcajearse. -

Alboroto es decir poco– dijo finalmente cuando recobró la compostura.

Candy volvió de su recuerdo y miró el vestido de nuevo. Una sonrisita traviesa apareció en su cara. Si la Hermana María hubiera visto su expresión en ese momento, hubiera sabido que la joven iba a hacer una jugarreta. -Bueno, Tía Elroy – dijo Candy con malicia, hablando consigo misma ante el espejo - ¿Qué te parecería tener algo que mirar el Día de Acción de Gracias? Y con una nueva travesura en su mente, empacó el vestido y el suntuoso sobretodo plateado que Annie le había dado para hacer juego con el vestido. El paisaje montañoso le dijo a Candy que pronto llegaría a su destino. Era la mañana del 13 de noviembre. Había estado viajando por casi una semana y estaba ansiosa por llegar al siguiente hotel y darse una ducha. Su itinerario estaba particularmente cargado ese año. Había viajado primero a Indianápolis a visitar al Sr. y la Sra. Jones que eran amigos de la infancia de la Señorita Pony. Eran dueños de una cadena de librerías y habían ayudado a la Señorita Giddings – como la llamaban- desde


6 que inició su labor en el orfanato. Como siempre, la habían recibido con calidez y habían respondido con un generoso donativo. La siguiente parada había sido Cincinnati. Ahí había visitado a las Hermanas Josefinas de Bourgh para entregar algunas cartas de la Hermana María a sus superioras. También se reunió con un viejo banquero que había sido paciente de Candy en Chicago años antes. El buen hombre se había convertido en un fiel benefactor del Hogar de Pony desde entonces. Este año, su donativo había sido mayor que los anteriores. Su siguiente destino era Pittsburgh. En esa ciudad había acordado una reunión con una persona a la que no conocía. El contacto se había establecido a través de las conexiones de Albert con la familia Carnegie. El difunto Andley Carnegie, el magnate del acero, había sido inmigrante escocés como el abuelo de Albert. Ellos se habían conocido durante su viaje a Estados Unidos, mucho antes de que ambos amasaran sus fortunas. En el transcurso de los años, los dos hombres habían mantenido una cercana amistad hasta la muerte del Sr. Andley. El Sr. Carnegie había muerto cinco años antes, pero su viuda, la Sra. Louise Carnegie participaba aun en cualquier caridad que pudiese encontrar, y Candy esperaba que el corazón de la anciana mujer se conmoviera y diera un donativo generoso al Hogar de Pony. Si todo salía como lo había planeado, Candy iría a comer con la Sra. Carnegie esa misma tarde. Poco a poco el campo dio lugar a los suburbios de la ciudad. El cielo estaba gris y parecía como si pronto fuera a llover. Candy se quitó el guante derecho y tocó la ventana para sentir la temperatura. El termómetro debiera estar en unos 5° en ese momento. Candy pensó que realmente necesitaría un baño caliente antes de encontrarse con la Sra. Carnegie. Quería dar una buena impresión y estar completamente despierta por la tarde. Cuando el tren llegó a zonas más habitadas, Candy se sorprendió ante la vista de dos ríos que prácticamente dividían la ciudad. En el centro, un terreno triangular estaba conectado al resto de la zona urbana por una impresionante cantidad de puentes. El tren circuló sobre una de esas imponentes construcciones y entonces supo que estaban por arribar a Penn Station. Eran las nueve treinta cuando Candy se bajó del tren. Con cierta dificultad, la joven trató de abrirse paso entre la multitud. Parecía que todo Pittsburgh tenía algo que hacer en Penn Station esa mañana. El maletero que la ayudaba con su equipaje no comentó nada, así que pensó que el revuelo era algo común en ese lugar. Pronto consiguió ella misma un taxi y se dirigió al Hotel Renaissance de Pittsburgh. Cuando Candy decidió que el Hogar de Pony no podía depender exclusivamente de los donativos de Archie y Albert, hizo un acuerdo con su padre adoptivo. Albert respetaría su decisión, si ella aceptaba su ayuda para pagar sus gastos de viaje. Ya que el magnate se había mostrado inflexible en ese punto, Candy no había tenido opción. Así, le permitiría consentirla con hoteles a lo largo de sus viajes. Normalmente la Señorita Pony sugería los lugares – ya que ella conocía bien a la mayoría de los donadores y las ciudades en las que vivían – y George reservaba las habitaciones con varios meses de anticipación. No obstante, esta vez, al entrar en el gran lobby, pensó que la Señorita Pony se había excedido al escoger ese lugar. La luz matinal se filtraba a través de un gigantesco domo de cristal, que por sí mismo era una maravilla arquitectónica. Bajo el domo, una majestuosa escalinata de mármol gritaba que el lugar estaba hecho para aquellos que sabían lo que era el lujo. Para empeorar las cosas, el


7 conserje recibió a Candy con todo el rimbombante protocolo que el apellido Andley usualmente atraía. Candy conocía muy bien la rutina. La joven suspiró internamente. Hacía mucho había comprendido que ser una Andley estaría siempre inevitablemente relacionado a esas circunstancias. Sin importar lo discreta de su vida en el Hogar de Pony, una vez en la ciudad, sería tratada como una mujer importante. Aunque siempre se sintiera incómoda con esa idea, por su propia paz mental debía aceptarlo y vivir con ello. Una vez sola en su habitación, sus ojos vagaron alrededor y chocaron con un hermoso arreglo frutal en una canasta. La joven se alegró de leer una tarjeta de la Sra. Carnegie sobreella. Candy lo tomó como un buen presagio. Feliz con la consideración de la dama, dio un mordisco a un chabacano con gran gusto y su sabor ácido y dulce le hizo agua la boca. Después continuó inspeccionando la habitación. Cerca de la cama había dos grandes ventanas. Las cortinas transparentes estaban abiertas, así que miró a través del cristal de las ventanas para ver la calle. En ese momento varios automóviles se estacionaban justo en el lugar y una multitud parecía abarrotar la entrada del hotel. -¡Por Dios! Hablando de ciudades bulliciosas. ¡Y yo que creía que Chicago estaba aglomerado! – dijo indiferente mientras se separaba de la ventana para entrar al baño.

A las once treinta la rubia ya estaba bajando las escaleras de mármol del lobby. Se había puesto un vestido color malva de una fina gabardina entretejida. Una bufanda de seda negra alrededor de su estilizado y elegante cuello, un abrigo y un sombrero cloché del mismo color completaban la cómoda combinación. Dejó sus llaves al recepcionista y tomó un taxi que la llevara a la reunión acordada. Justo cuando se había ido, un hombre de mediana edad con lentes y vestido con un traje de negocios bien cortado, se acercó al recepcionista. -¿Esa era la Señorita Andley? – preguntó el hombre de lentes. - Si, la misma – contestó con reservas el empleado. - ¿En qué habitación se hospeda? – pregunto el hombre de nuevo, deslizando un billete de cinco dólares al recepcionista quien súbitamente se volvió más comunicativo. - Habitación 178, señor. Pero me temo que la dama no volverá hasta la tarde. - Eso está perfectamente bien. Gracias. Sin decir otra palabra el hombre se volteó y subió las escaleras de mármol hacia su propia habitación. La Sra. Louise Whitfield Carnegie era una dama cerca de los setenta años, de cabello canoso y con toda la pinta de viuda rica del Noreste. Había sido hija de un pudiente hombre de negocios


8 de Nueva York, pero a pesar de su crianza de alta cuna, era sensible ya que no había tenido una vida fácil. Su madre había sido inválida y Louise se había hecho cargo de ciudarla hasta su muerte. Cuando la anciana mujer finalmente conoció a Candy esa tarde, quedó gratamente impresionada con la sencilla joven. Ambas entablaron fácilmente una animada conversación y Candy describió con coloridas palabras como la Señorita Giddings había decidido, en un inicio, empezar un orfanato. Mientras hablaban, la Sra. Carnegie observaba detenidamente a la joven, tratando de encontrar rasgos del viejo William Andley en la cara de Candy. -¿Conoces la historia de tu bisabuelo y mi difunto marido? – preguntó la Sra. Carnegie disfrutando su té. - No señora, pero me gustaría escucharla – invitó Candy con una sonrisa y la anciana respondió de la misma manera. - Bueno, William Andley era cinco años mayor que mi Andley, pero se convirtieron en los mejores amigos cuando se conocieron en el barco que los trajo a Estados Unidos en 1848. Andley tenía solo trece años en ese entonces y no tenía un centavo al igual que el joven William Andley. Tan pronto como llegaron a Nueva York se separaron, mi Andley vino a Pittsburgh donde dos tías suyas vivían y William encontró su lugar en Chicago. Sin embargo, siempre se escribían y se visitaban cada vez que podían. Andley asistió a la boda de William en 1853. - ¿Y cuándo se casó usted con el Sr. Carnegie, señora? – preguntó Candy mientras tomaba su té. - Oh, mi Andley estuvo soltero por un largo, largo tiempo – se rió la mujer- Cuando nos casamos él tenía cincuenta y un años. Me temo que su madre pensaba que ninguna mujer podría merecer a su Andra, como ella lo llamaba. - Pero me imagino que finalmente se convenció que usted sería una buena esposa. - ¡Para nada!- dijo la anciana dama agitando su mano como descartando la idea – ¡Tuvimos un largo y difícil compromiso por más de seis años! Rompimos y nos reconciliamos dos veces durante ese tiempo. Fue todo muy difícil, querida. Si la madre de Andley no hubiese fallecido, tal vez no hubiéramos podido llegar al altar. Comenzaba a pensar que moriría siendo una solterona.- dijo la mujer riendo de todo corazón. - Eso debe haber sido realmente duro – dijo Candy pensando que conocía esa clase de sentimiento – Sin embargo, de alguna manera fue muy romántico – añadió con melancolía. - Bueno, de hecho estábamos profundamente enamorados, mi niña. Tal como tu bisabuelo y su esposa. Mi Andley me dijo una vez que se enamoraron a primera vista. Entiendo a la dama, ya que William Andley era un hombre de lo más guapo. - ¿Cómo eran mi bisabuelo y su esposa? No tenemos ninguna fotografía de ellos en casa, ¿sabe?


9 - Bueno, temo decirte que nunca conocí a la Sra. Andley. La primera vez que vi a Wiliam Andley fue el día de mi boda. En ese entonces ya era viudo. Sin embargo, lo recuerdo muy bien. Para ese tiempo había amasado su fortuna y estaba a la mitad de sus cincuentas. Era muy alto, tenía la mandíbula cuadrada y se conducía con un aire distinguido. Era muy escocés. Asistió a la ceremonia con su hijo William, tu abuelo. Ambos eran rubios como tú, pero era el Sr. William Andley Padre quien tenía tus ojos verdes, mi niña. De repente Candy se dio cuenta que la Sra. Carnegie no sabía nada sobre su adopción. -Bueno, Sra. Carnegie, debo desengañarla en este punto. Soy una Andley solo por adopción. El Sr. William Albert Andley me adoptó cuando tenía trece años. Antes de eso, vivía en el Hogar de Pony. La Srita. Giddings me crió – explicó Candy con naturalidad. -¿Estás hablando en serio, niña? – preguntó la dama con incredulidad - ¡Podría haber jurado que tus ojos y esos hoyuelos en las mejillas son iguales a los del fallecido William Andley Primero! - Bueno, me han dicho antes que me parezco mucho a la Sra. Rosemary Brown, la fallecida hija del Sr. William C. Andley. Pero nunca hubiera imaginado que también tengo algún parecido con el Bisabuelo William – dijo Candy levantando ambas cejas. -¿Estás segura que no tienen lazos de sangre? – insistió la dama. - Si señora, estoy absolutamente segura. Nunca conocí a mis padres, ya que me abandonaron a las puertas del Hogar de Pony cuando era un bebé. Así que, por más que quisiera impresionarla con una historia fantástica sobre mi origen, la verdad es tan simple como esta: mis padres, quienesquiera hayan sido, no podían afrontar mi educación y me dejaron en el Hogar de Pony. Trece años después, un buen hombre acaudalado, sin ninguna relación conmigo, se convirtió en mi tutor legal. Solo estoy agradecida con el Sr. William Andley por adoptarme y protegerme desde entonces. Mi parecido físico con la familia es solo una feliz coincidencia – concluyó Candy. - El joven Sr. Andley debe haber sido casi un niño cuando te adoptó entonces – continuó la Sra. Carnegie haciendo cálculos mentales. - Ciertamente señora, solo tenía 24 y todavía no tomaba posesión pública de su fortuna. No obstante, le aseguro, ha sido un padre responsable para mí, o tal vez más como un hermano mayor o joven tío. Es protector, pero me da libertad y me malcría tanto como pudiera hacerlo un hermano mayor. Pero, sobre todo, somos los más íntimos amigos. Candy continuó explicando como el Sr. Andley había aceptado alegremente su decisión de trabajar y vivir en el Hogar de Pony y como había apoyado su devoción a los pequeños huérfanos de Indiana. Vio la oportunidad de explicar que uno de los grandes problemas de la administración del orfanato había sido siempre la falta de medios para ayudar a los niños a continuar con su educación cuando no los adoptaban a una edad temprana. -La mayoría de la gente quiere adoptar bebés o niños muy pequeños por obvias razones – explicó Candy vehementemente – Por tanto, los que son mayores se ven rechazados una y


10 otra vez. Esto por sí mismo es muy desalentador para los pobrecillos. Encima de eso, no les podemos ofrecer ninguna ayuda para continuar su educación secundaria y encontrar un buen trabajo si nunca son adoptados. Yo misma casi sufrí esa suerte. Si no hubiese sido por el Sr. Andley, no sé qué hubieran hecho la Señorita Pony y la Hermana María conmigo. - Así que tal vez podamos hacer algo para contribuir a la educación de esos pobres niños, querida. Mi Andley siempre creyó que lo mejor que uno puede hacer por las personas es darles una educación adecuada – dijo la anciana y Candy se dio cuenta que estaba en camino de lograr su misión en Pittsburgh.

Eran más de las 6 de la tarde cuando Candy regresó al Renaissance de Pittsburgh mientras la lluvia caía persistentemente en la ciudad. La joven estaba orgullosa de sí misma y se sentía llena de energía por su éxito. La Sra. Carnegie había prometido un generoso donativo. Acordaron verse la mañana siguiente en el banco para arreglar los detalles del acuerdo. Apenas podía esperar ver a la Señorita Pony y contarle toda la historia. Cuando abrió la puerta de su habitación, ya estaba oscuro y tuvo que encender las lámparas. Cuando las luces empezaron a iluminar la habitación, Candy pudo distinguir un enorme arreglo floral sobre la mesa. Para alguien que no fuera apasionado a la jardinería, el arreglo podría haber sido solo un hermoso detalle en la habitación. Pero, para Candy, el conjunto de flores en el jarrón azul cobalto frente a ella, era una verdadera maravilla. El florero rebosaba lirios azules y narcisos blancos y amarillos, todas ellas flores primaverales. La única explicación para ese milagro a mediados de noviembre, era que el arreglo había sido comprado en una tienda altamente sofisticada. Probablemente, era una florista con provisión durante todo el año de uno de esos invernaderos que cultivaban especies híbridas. Candy estaba tan asombrada de tener un pedazo de Pascua en su habitación, que le tomó un momento preguntarse quién habría enviado tal regalo. No obstante, tras un momento de contemplación, sus ojos vieron un sobre encima de la mesa, junto al florero. En el papel blanco solo se podía ver su nombre. Incapaz de organizar la maraña de alterados pensamientos, permaneció mirando fijamente su nombre escrito con una caligrafía muy familiar. No fue sino hasta varios minutos después que la joven se atrevió a abrir el sobre.

Pittsburgh, 13 de noviembre de 1924.

¿Está disfrutando Pittsburgh, Señorita Andley? Yo mismo acabo de llegar esta mañana. Me hubiera gustado estar ahí para recibirte, pero la llegada de mi tren estaba programada media hora más tarde que el tuyo. Actuaremos en el Teatro Gayety mañana y pasado mañana. ¿Estás sorprendida?


11 Bueno, siento que te debo una explicación. Debo confesar que planeé todo para que mi visita coincidiera con la tuya. Robert, que siempre me malcría, me dejo elegir las fechas de nuestro compromiso en Pittsburgh. El resto fue cuestión de simples matemáticas. Debes estarte preguntando como obtuve información exacta sobre el itinerario de tu viaje. ¿Puedes adivinar? La Señorita Pony fue mi cómplice en esta travesura. Ya que está hecho, supongo que tarde o temprano tendrás que perdonarnos. No obstante mis planes, no puedo imponerte mi presencia si no tienes tiempo para verme. Sé que tienes cierto número de compromisos durante tu estancia en la ciudad y no me atrevería a entrometerme. Sin embargo, ¿crees que pudieras hacer espacio en tu ocupada agenda para un viejo amigo? ¿Estarías disponible para ir al Teatro mañana en la noche? ¿Tal vez una cena después? Mando un boleto para ti y, si quieres, mandaré a mi asistente, el Sr. Martin Hayward para escoltarte. Por más que me gustaría hacerlo yo mismo, debo estar en el teatro un par de horas antes de que empiece la función. Si no estás disponible, solo llámame a mi habitación para hacérmelo saber. Me estoy quedando aquí en el Renaissance en la habitación 238. Si no recibo ninguna llamada tuya, daré órdenes al Sr. Hayward para que te recoja a las 8:00 mañana en la noche. Es tan británico como el Pudín de Yorkshire3, así que no lo hagas esperar. Tuyo, Terrence Candy leyó la carta cinco o más veces antes que su cerebro pudiera procesar su significado. Se tocó el pecho para sentir el latido salvaje de su corazón. Cuando finalmente pudo ordenar a sus músculos que se movieran, la joven se recostó en la cama, sosteniendo aun la carta. No sabía qué pensar o hacer. -¡Está aquí! ¡Dios mío!¡Dios mío! – continuaba repitiéndose – Debo estar soñando…¡Dios mío! - No puedo creer que se encuentre en este mismo hotel. ¡Su habitación debe estar en el segundo piso! – pensó sentándose al borde de la cama – Podría llamarlo ahora mismo …si solo tuviera el valor de hacerlo, - Candy recordó que no había escuchado su voz en diez años. Sin quererlo, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. - ¿Y me preguntas que si quiero verte mañana, Terry? ¿Estás tan ciego que en verdad creíste que alguna vez pudiera rechazarte? –sonrió a través de sus lágrimas – ¡Si solo supieras lo que significas para mí, hombre insufrible! La joven se levantó, aun mareada por la emoción. Se las arregló para caminar al tocador, ponderando lo que haría. Miró su reflejo en el espejo y súbitamente la idea de que la siguiente noche asistiría a su actuación irrumpió en su cabeza. Las tres veces en que lo había visto actuar

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El pudín Yorkshire es un pan en forma de cuenco de masa horneada, con forma de cuenco, especialidad del Reino Unido. Se elabora con una masa líquida hecha con harina, huevos, agua o leche. Puede ser originaria del condado de Yorkshire, aunque es muy popular a lo largo de todo el territorio británico.


12 vinieron a su memoria. De hecho, desde que Terrence dejó Inglaterra en 1913, siempre había sido así entre ellos: un completo y absoluto desastre. Era como si el destino se opusiera a su encuentro con todas sus fuerzas. -¡Temo que esto pueda pasar de nuevo! – dijo en voz alta - ¿Y si me enfermo? ¿Y si pierdo mi boleto? ¿Y si hay un terremoto o algo…? – entonces la joven se dio cuenta de la ridiculez de sus razonamientos- ¡Ten valor, Candy! Nunca has sido una cobarde ¿o si? A pesar de su determinación, los pensamientos negativos mezclados con las emociones exaltadas la mantuvieron despierta hasta altas horas de la noche. El día siguiente había transcurrido como en la bruma. Años después, Candy trataría de recordar infructuosamente qué había pasado esa mañana y la subsecuente tarde. Difícilmente recordaba haberse reunido con la Sra. Carnegie en el banco y haber firmado una serie de documentos ahí. La conversación que sostuvo con la mujer, sus despedidas y su promesa de visitar el Hogar de Pony en primavera no se quedaron grabados en la mente de la joven. Si la buena mujer no le hubiera escrito después, recordándole esas cosas, la joven no hubiese sabido nunca lo que había dicho. Habiendo comido muy poco –lo que era totalmente atípico en Candy – y apenas logrando recordar el número de su habitación de hotel, la joven pasó horas tras la comida intentando descifrar como reuniría el valor para encontrarse otra vez con Terrence Graham Grandchester. Por una vez, deseó haber tenido la presencia de ánimo y serenidad de George Johnson. En toda su vida no había conocido a otra persona capaz de controlar sus emociones y disimular lo que estuviera sintiendo o pensando. Por mucho que hubiera esperado que su actual amistad con Terry pudiera convertirse en algo parecido a una relación romántica, no estaba segura si él podía corresponder a sus sentimientos. Si él no la consideraba con potencial interés amoroso, quería por lo menos disfrutar de la ventaja de mantener sus verdaderos sentimientos solo para ella. Lo último que quería era importunarlo sin necesidad si él no podía responder a sus sentimientos. Desafortunadamente, Candy temía que Terry fuera capaz de adivinar lo que ella sentía por él, con solo verla a los ojos. -¡Debes calmarte! – se regañó a sí misma tras horas de consideraciones inútiles - ¡Si no empiezas a vestirte en este momento, nunca lo lograrás! Fue entonces cuando la realidad le pegó con fuerza. Se recordó a sí misma escogiendo el vestido para la fiesta de Acción de Gracias de Annie con la maliciosa intención de impactar a la Tía Elroy. ¡Usar el más escandaloso “último grito de la moda” en una reunión familiar era una cosa, pero hacerlo en un lugar público y frente a Terrence – de todas las personas – era una cosa totalmente distinta! En un movimiento reflejo vio el reloj colgado en la pared. Eran las 7 pm, definitivamente muy tarde para salir y comprar otro vestido. Tras evaluar otras posibilidades, Candy tuvo que aceptar que ninguna otra cosa en su equipaje era adecuada para una noche en el Teatro.


13 “¡Está bien, Candy, te lo tienes bien merecido! ¡Te salió el tiro por la culata con tu pequeña broma, tonta! – nuevamente se regañó a sí misma mientras caminaba nerviosamente alrededor de la habitación. Un segundo vistazo al inexorable reloj le hizo darse cuenta que se estaba quedando sin tiempo, -¿Te vas a quedar congelada y pasarás la noche dentro del armario? –trató de razonar con ella misma – Si vas a ser la comidilla de esta noche en Pittsburgh, mejor que lo hagas con dignidad – y con esta última resolución la joven cuadró los hombros y comenzó su aseo. Nunca había sido una persona que tardara mucho en acicalarse, cambió su ropa interior a un teddy4 lo suficientemente corto para el infame vestido. Como odiaba los ligueros, simplemente enrolló sus medias de seda color miel en sus rodillas para permitir mayor libertad de movimiento. El cabello no era un asunto en el que tuviera que trabajar demasiado ya que sus rizos naturales se refrescaban con solo una pizca de aceite de almendra y agua, pareciendo un perfecto bob ondulado con los dedos. Sopesó ponerse la banda de la cabeza con aplicaciones de pequeños brillantes que Annie le había escogido, pero descartó la idea creyendo que era demasiado para su gusto. En su lugar, como única pieza de joyería, se puso un par de granates negros cuadrados que colgaban en la parte inferior de sus aretes Art Decó de plata. Vio en el espejo como los acentos del granate en el juego brillaban cuando movía la cabeza. Estaba contenta con el efecto. El maquillaje era también un tema fácil. Algo de polvo, labial rosado y un discreto delineador eran más que suficiente para ella. Una vez vestida, un par de tacones con correa en T en una gama de estaño oscuro y un clutch cuadrado a juego completaban el atuendo. Estaba sacando su sobretodo plateado ribeteado en piel del armario cuando escuchó un golpe firme en su puerta. Miró el reloj de nuevo. Eran las 8 en punto. Cuando abrió, un hombre delgado con bombín y lentes hizo una reverencia ante ella. Extendió su mano para presentarse ella misma. -Usted debe ser el Sr. Hayward. Soy Candice White Andley. - Encantado, señorita, - dijo el hombre mientras brevemente estrechaba la mano de Candy – El Sr. Graham le envía su agradecimiento por su disposición para presenciar su actuación. Puedo ver que está usted lista. - Está en lo correcto, Sr. Hayward. ¿Nos vamos ya? – preguntó inclinando la cabeza. El hombre hizo un gesto a Candy para que encabezara la marcha y ella hizo caso a su señal. Fuera, la noche era fría y la joven pensó que sería una caminata desagradable al teatro. Para su sorpresa, un automóvil los esperaba en la entrada del hotel. Candy pensó que era gracioso usar un auto cuando el teatro estaba justo en la siguiente calle, pero considerando la temperatura, agradeció la extravagancia.

4

El teddy o body es una pieza de ropa interior que combina panty y camisola. A partir de los años 20 se comenzaron a reconocer las propiedades del teddy. Se trataba de una pieza cómoda y femenina que incorporaba detalles de pasamanería. En esta década se introdujeron nuevas telas en la confección, géneros más suntuosos y llamativos como la seda. La silueta se modificó un poco para dejar entrever mejor las curvas femeninas pero continuó con las bases de su creación, suelta y suave. Los breteles eran finos para hacerlos algo más sensuales y delicados, y el muslo cada vez quedaba más al descubierto.


14 Antes de que pudiera darse cuenta, ya estaban en el Gayety. Al bajarse del coche, Candy hizo una pausa para leer el nombre de Terrence escrito a lo largo de la marquesina. Estaría encarnando a Macbeth esa noche. -Ahora tienes este desafiante papel protagónico – pensó – ¡Siempre supe que estabas destinado para grandes cosas! Con este inspirador pensamiento, Candy entró al teatro. Cuando Hayward le ayudó a quitarse el sobretodo, tuvo que usar toda su energía inicial para mantener un aire despreocupado. Su audaz atuendo captó más de una mirada. Para su gran consuelo, el Sr. Hayward parecía tan inalterado y calmado como antes. Así que, alegremente aceptó su brazo cuando se lo ofreció. A medida que caminaban a través del vestíbulo del teatro y subían la escalera alfombrada, Candy pudo sentir que las borlas al final de cada una de las hebras de cuentas de cristal de su vestido, se movían a cada paso. -No podría haber elegido un mejor atuendo si quería ser notada,- se burló de ella misma internamente. Ignorante de los pensamientos de Candy, Hayward condujo a la joven a través de los pasillos del teatro. Cuando finalmente el hombre se detuvo, abrió una puerta e indicó a Candy que entrara. -Su palco, señorita – dijo. Observando el área privada de asientos, Candy se sintió confundida. -¿El señor Graham tiene otros invitados esta noche, Sr. Hayward? -No señora, el Sr. Graham pensó que este palco tenía la mejor vista del escenario. Por eso, lo reservó en su totalidad para usted. Ahora, si me disculpa, regresaré por usted cuando la obra termine. -¿No se quedará usted y verá la obra conmigo, Sr. Hayward? - Agradezco su consideración, Señorita Andley – respondió el hombre halagado – pero tengo deberes que cumplir- y diciendo esto último, el hombre cerró la puerta dejando a Candy con sus propios pensamientos. Una vez sola, Candy escogió un asiento en la fila delantera y comenzó a inspeccionar el teatro. Confirmó que tendría la mejor vista de los actores desde esa perspectiva. Estaba tan cerca del escenario que sentía que podía tocar el telón de terciopelo. Entonces la asaltó el pensamiento de que posiblemente Terrence pudiera verla desde el escenario. No obstante, pronto se dio cuenta que era muy improbable, ya que él tendría los reflectores apuntando a su cara la mayor parte del tiempo, y el resto del teatro estaría a oscuras. -Entonces, te veré, pero tú no me verás, Terry…no aun- pensó sonriendo internamente – Creo que lo prefiero de ese modo. Me dará tiempo de acostumbrarme a tu presencia y recomponerme.


15 En ese momento las luces del teatro comenzaron a apagarse dejando el lugar en la oscuridad. El telón se abrió y el corazón de Candy se detuvo por un momento que pareció durar una eternidad. En la bruma del oscurecido escenario, una súbita luz iluminó la escena lo suficiente para permitir al público ver a tres mujeres. La palidez de sus rostros estaba acentuada por las túnicas negras en que estaban envueltas. Los efectos de un trueno anunciaron el inicio de la gran obra. -¿Cuándo volvemos a vernos? ¿Bajo lluvia, rayo y trueno? – dijo la primer bruja. Candy escuchó con avidez el críptico diálogo que recordaba de sus años de secundaria. Siguieron los primeros intercambios entre Duncan, sus hijos y los heraldos del campo de batalla, anunciando la victoria de Macbeth. Pronto, gracias a otro cambio en las luces y en el sonido del trueno, la escena se movió de nuevo al brezal donde las extrañas hermanas se encontraron. Finalmente, mientras el corazón de Candy subía por su garganta, el mismo Macbeth apareció en escena y dijo su primera línea. -Un día tan hórrido y hermoso como este nunca había visto yo. Su voz era tan poderosa como la recordaba, solo que más profunda y tal vez más rica en cuanto a las modulaciones que desplegaba. Su figura era aun más imponente que en sus recuerdos. A medida que avanzaba la obra y las luces lo bañaban, ella podía apreciar que era la silueta más alta de todos los actores de la compañía. Candy sintió un escalofrío recorriendo su espalda. Ver su cara en la fotografía de un periódico nunca se podría comparar al máximo placer que ahora experimentaba, viéndolo por primera vez en muchos años. Era una mezcla de descubrimientos y reconocimiento. Había ciertas cosas que se alegraba contemplar de nuevo, como su mentón partido, el modo en el que arqueaba su ceja izquierda y esa característica curva de sus labios, que utilizaba para expresar distintos estados de ánimo. Al mismo tiempo, había varios nuevos pequeños detalles que ella nunca había visto. Había crecido en altura y talla, sin embargo su figura aun era proporcionalmente atlética. Su cabello estaba corto, pero eso lo sabía antes por los periódicos. No obstante, a medida que los reflectores lo iluminaban, pudo observar que sus hebras estaban ahora oscurecidas con tonos de chocolate y castaña asada. Su piel estaba un poco más bronceada que antes, probablemente porque con frecuencia pasaba más tiempo al aire libre, ya que había empezado a montar de nuevo. Tal vez el mayor cambio era el modo en el que se conducía en el escenario. Se movía con mayor seguridad y su cuerpo, así como su voz tenían un mayor repertorio de recursos para transmitir significados. Podía hacer que un simple gesto transmitiera las emociones y pensamientos del personaje. Una mirada, ondear la mano o un simple paso eran suficientes para que expresara mil cosas. La obra era perfecta para que Terrence exhibiera sus habilidades. Frente a los ojos de Candy su Macbeth experimentó múltiples cambios. Al principio fue el gran héroe y pronto se convirtió en el ambicioso pero aun dubitativo conspirador. Después, fue el amante, el esposo manipulado, solo para convertirse rápidamente en el asesino despiadado y posteriormente en un alma atormentada carcomida con angustiante culpa. Su maldad y creciente perversión eran tan palpables que por un momento la asustaron. Finalmente, su fuerza en la batalla final


16 cuando él moría luchando, lo convirtieron en un trágico héroe. Candy se preguntó cómo podía fingir emociones tan distintas en solo dos horas y medias. Demasiado pronto, el Rey Malcolm dijo la última línea de la obra y toda la audiencia se puso de pie en una ovación. Candy vio estupefacta a la multitud. Todo este teatro rugiendo en admiración era tan distinto de la pequeña chusma burlona de Rockstown. A través de los años, Terrence había ido de un amargo desaliento y la pérdida total del control en sí mismo al absoluto éxito. El corazón de la joven se hinchó con orgullo. -¡Mi amor, has superado tus propios demonios!- pensó - ¡Has ganado tus propias batallas por ti mismo, Terry. Este aplauso es la justa prueba de que por mucho eres un mejor hombre. Estoy tan orgullosa de ti! En ese preciso instante se encendieron todas las luces, el telón subió una vez más y la compañía apareció de nuevo. Todos los actores hicieron una reverencia y después uno por uno recibió su reconocimiento. Al final, la compañía dio un paso atrás y dejó a Terrence Graham solo para ser especialmente aclamado por el aplauso del público. Fue cuando hizo una reverencia levantando la cabeza en un movimiento enérgico, que sus ojos azul oscuro encontraron los de la única ocupante del primer palco. Fue muy rápido para que los observadores se dieran cuenta, pero por un efímero segundo, cuando la vista de Terrence la captó, sonrió. El telón cayó por última vez. Todos los actores se relajaron, regresando a sus verdaderas identidades y yendo lentamente hacia sus camerinos. No era raro para los miembros de la compañía ver a un apurado actor protagónico volando prácticamente del escenario. Ese era el modo común en el que Terrence finalizaba una función. Se escabullía a su camerino antes de que alguien pudiera respirar. Esa noche no fue la excepción. No obstante esta típica reacción, Terrence sabía bien que no era él mismo esa noche. De hecho, nada esa noche era parecido a cualquier momento anterior en su vida. Desde esa breve mirada sobre el escenario, todos los sonidos de la atmósfera se desvanecieron dejándolo momentáneamente sordo. La tierra detuvo su movimiento porque ella estaba ahí, viéndolo, y en sus ojos había algo parecido a la admiración profunda. ¿Todo eso era por él? Su corazón estaba henchido; sus sonoros latidos eran lo único que podía escuchar, mientras el resto del mundo estaba en silencio. Todo el día…no, más bien toda la gira, desde el inicio, había sido un crescendo constante de dudas y emoción. Había planeado este encuentro con tanta esperanza pero con todo el miedo de que algo pudiera interponerse evitándolo. El día anterior, desde que Hayward había entregado las flores y la nota en su habitación, Terrence prácticamente había dejado de respirar. Al ver que no llamó, sabía que asistiría a la función. Sin embargo, estuvo tentado a ir a su habitación y hablar con ella al fin, pero su idea inicial de esperar fue más fuerte. Por mucho que deseara verla de nuevo, no quería que este encuentro fuera tan vulgar como simplemente tocar a su puerta. Su naturaleza dramática necesitaba algo más especial, ya que uno no espera diez años y se deja caer como en un día de trabajo común y corriente, simplemente para decir hola. No obstante, pasó una noche de insomnio y nerviosa anticipación.


17 Para empeorar las cosas, el ensayo de esa mañana había sido un completo desastre. Cuando llegó el momento, le costó tres veces más de concentración prepararse para la función. No obstante, cuando Hayward le avisó que Candy ya estaba sentada en el palco, una extraña paz invadió su mente. Era algo que nunca había experimentado. Aun recordaba la noche del estreno de Romeo y Julieta y no pudo evitar comparar el sentimiento. Ella también había estado ahí, pero la sombra del accidente de Susannah y la presión que sufría no le habían permitido disfrutar la presencia de Candy. Esta vez había sido totalmente distinto. Una vez en el escenario, la corriente de energía dentro de él era la más fuerte que había sentido nunca. Su conexión con el personaje, tan distinto como era Macbeth de su verdadera identidad, había sido la más profunda que había logrado, y sobre todo, había disfrutado inmensamente la función. A pesar de todas esas cosas buenas, nada se comparaba al breve vistazo de su esbelta figura aplaudiendo a rabiar desde el primer palco. No podía evitar recordar la visión de su cara en Rockstown. Su profunda tristeza y lágrimas estaban tatuadas por siempre en su mente. Pero esta noche no era una visión. La misma mujer que ocupaba su corazón – la mujer adulta que era ahora – había estado ahí, luciendo su sonrisa más brillante para él. A mitad de estos inusualmente felices pensamientos, fue interrumpido por un toque en su puerta. -¿Terrence puedo pasar? – sonó la voz de Robert Hathaway. - Pasa Robert – respondió y un segundo después entraba al camerino la robusta figura de Hathaway caracterizado como el rey Duncan. -¿Vienes a cenar con nosotros? – el hombre preguntó casualmente. - No esta noche, Robert – contestó mientras empezaba a desmaquillarse – Tengo un compromiso previo. - ¿En verdad? – dijo Hathaway con incredulidad, pero sabiendo por experiencia que no serviría de nada interrogar a su antiguo pupilo, decidió no averiguar más – Está bien, que tengas una velada agradable entonces. Y diciendo esto, el hombre cerró la puerta dejando solo a Terrence. Mientras Terrence se acababa de cambiar rápidamente, Hayward había regresado al lado de Candy. Cuando el hombre llegó para escoltarla, las emociones que la obra habíaprovocado en la joven aun estaban frescas. -¿Podré ver al Sr. Graham? – le preguntó primero. - Claro, Señora. De hecho, el Sr. Graham estaría honrado si usted acepta su invitación para cenar con él. Pero primero, se tiene que deshacer de sus admiradores y de los reporteros que lo estarán esperando fuera. Candy recordó entonces la noche que Terrence visitó Chicago para actuar en el papel del Rey de Francia. La escena de la abrumadora multitud esforzándose por captar algo de él, mientras


18 ella trataba de alcanzarlo en vano, estaba tatuada en su memoria. En verdad no quería que esa noche se repitiera. -¿Y cómo planea hacer eso? – preguntó la mujer curiosa. - Bueno, señora, tenemos nuestros métodos. Primero, la llevaré al auto y después rescataremos al Sr. Graham antes de que la multitud lo aclame. Y tal cual lo dijo, Hayward condujo a la joven fuera del teatro y dentro del automóvil. Tuvo cuidado de bajar las persianas del asiento trasero, lo que hizo que Candy se preguntara que clase de impertinente sol esperaba el hombre a esa hora de la noche. Él se subió al asiento del conductor y condujo alrededor de la manzana un par de veces y después por la calle trasera del teatro. “Señora, no importa lo que escuche fuera, no suba las persianas- instruyó y de pronto Candy entendió lo que quería decir, ya que segundos después, el ruido de la gente y los flashes de las cámaras llovieron sobre el automóvil. Entonces, en una masa confusa de voces y luces, la puerta trasera se abrió y cerró rápidamente. Mientras el auto empezaba a moverse de nuevo, y aun en una bruma mental, captó su presencia justo junto a ella. Ninguno de los dos fue capaz de hablar en un principio y un indescriptible silencio se adueñó de la atmósfera. De pronto, no podían decir si aun era de noche o si la mañana había llegado inexplicablemente. Era como si diez años no hubieran transcurrido tan lenta y dolorosamente, y aun así, el paso del tiempo era innegable, ya que les tomó un tiempo acostumbrarse a la imagen más madura de ellos mismos. En su interior, Terrence se burló de sí mismo, ya que todas sus capacidades histriónicas desaparecieron por un instante. Sin importar lo mucho que trataba de hablar, no podía pronunciar una sola palabra. Aun en la oscuridad, sus ojos se perdieron en las nítidas chispas verdes dentro de los de ella. -¿Cómo estás? – Candy fue la primera en hablar, aun cuando difícilmente pudo reconocer su propia voz. Inconscientemente, una tímida sonrisa comenzó a dibujarse en su cara. - Verdaderamente feliz de volver a verte, Pecas – se las arregló para contestar con voz ronca. Candy puso los ojos en blanco y su sonrisa se hizo más grande. -¿Alguna vez me llamarás por mi verdadero nombre? – preguntó. - Ese es mi nombre privado para ti. ¿Te gustaría que te llamara simplemente Candice, como cualquier tipo por ahí pudiera hacerlo? - Tal vez no. – se río y de pronto la atmósfera se relajó. - Bueno, Madame Pecas, dime, ¿disfrutaste la función de esta noche?


19 - No haré tal cosa – dijo burlonamente mientras cruzaba los brazos sobre su pecho – lo último que un Engreído Arrogante como tú necesita son las palabras de alabanza que equivocadamente crees merecer. - ¡Hieres mis sentimientos! – contestó frunciendo el ceño, listo internamente para el juego que ambos sabían jugar tan bien – Contrario a lo que piensas, una estrella necesita cierto reconocimiento tras una agotadora actuación. Tal vez debiera regresar al teatro ahora y unirme a esa gente tan ansiosa por cantar mis alabanzas, ya que tú estás tan renuente a aceptar por lo menos que pasaste un buen rato. - Si lo dijera ¿te conformarías con eso? – preguntó con incredulidad, arqueando una ceja. - Tal vez no…tal vez debiera preguntarte después quien tuvo la mejor actuación. - A esa pregunta, probablemente contestaría que Lady Macbeth estuvo fantástica, en especial durante su tormento, caminando sonámbula y lavando sus manos llenas de sangre. - La Sra. Sanders hizo una excelente Lady Macbeth, efectivamente, pero yo estaba pensando en otros actores que también hicieron un extraordinario trabajo. - El Sr. Hathaway por ejemplo – sugirió poniendo su dedo índice en la barbilla, como si pensara el asunto. - Oh bueno, Robert es un experimentado actor de increíble talento, pero sabes que su papel esta noche no era tan importante dentro de la obra. - ¡Eso no significa nada! Su actuación fue sobresaliente de todas maneras…también creo que el fantasma de Banquo fue impresionante – añadió, disfrutando su creciente impaciencia. - Tal vez estás pasando por alto a un gran actor que resulta tenía el papel protagónico esta noche – sugirió casualmente colocando su codo izquierdo sobre el asiento trasero para descansar su sien en su puño cerrado. - No estoy segura de quien estés hablando – fingió ignorancia, pero pronto lamentó su juguetona broma ya que el hombre respondió acercándose peligrosamente y tomando su mano antes de que pudiera reaccionar. - Vamos Candy, ¿no dirás que yo te gusté esta noche? – susurró mientras su aliento rozaba sus oídos. - ¿No lo viste justo ahí, en el escenario, cuando nuestros ojos se encontraron por primera vez, Terry? – confesó bajando la vista, incapaz de seguir con el juego. Él no respondió, pero la sonrisa en sus labios contestó en su lugar. El sonido de su nombre abreviado en su boca penetró en sus oídos, acariciando su alma. En ese tiempo nadie, salvo su madre, lo llamaban de esa forma. Por un momento permaneció quieto, disfrutando la calidez de su mano en la suya. ¡Apenas podía creer que después de tanto tiempo la estaba tocando de nuevo! Su mano aun era pequeña y suave, tal como la recordaba.


20 -Hemos llegado, Sr. Graham – anunció Hayward desde el asiento del conductor. Candy no sabía si debía odiar al hombre por romper el encanto o si debiera agradecerle por salvarla de exponer sus sentimientos en la primera hora de la cita. -¿Es esto una cita? – se preguntó súbitamente. Después de pensarlo brevemente, debió admitir que ciertamente parecía una. Mientras Terrence la ayudaba a bajar del coche, el continuo toque de su mano en la de ella le hizo preguntarse cómo podía sentirse tan acalorada a pesar del frío de la noche. Con seguridad la temperatura había caído cerca de los 3 grados, pero no era consciente de eso. -¿Tienes frío? – preguntó tomando su mano para colocarla en la parte interior de su brazo derecho.- Estás temblando. -¿Lo estoy? - Vamos, entremos. Hayward diligentemente abrió la puerta principal del edificio que, desde el exterior, parecía una de esas antiguas casas de piedra adornada con decoraciones de madera. Dentro, Candy pudo apreciar que se trataba de un boyante restaurante con una banda de jazz tocando en el fondo. El lugar estaba tenuemente iluminado por velas en las mesas y algunas lámparas estratégicamente distribuidas en las paredes. Todos parecían tan absortos en la música y la conversación, que solo un empleado que ayudó a los recién llegados a quitarse sus abrigos se dio cuenta de su llegada. El mesero saludó a Hayward como si se conocieran y respetuosamente hizo una reverencia ante Terrence y la dama. Antes de que los ojos de Candy pudieran acostumbrarse a la oscuridad del lugar, el mesero los condujo a una sala privada con grandes ventanales que permitían una majestuosa vista de la ciudad. -¿Es todo por hoy, señor? – escuchó Candy la voz de Hayward dirigiéndose a Terrence, que permaneció cerca de la puerta hablando por un momento con su secretario. Candy trató de recomponerse mirando el perfil del Triángulo Dorado5 que podía distinguirse desde la ventana panorámica. Al parecer, el restaurante estaba situado en el lado de las colinas de Pittsburgh, con una excelente vista de los ríos y las luces de la ciudad. Se había volteado de espaldas pero aun podía escuchar las últimas palabras de Hayward mientras Terrence lo despedía. Durante el breve silencio que siguió, pudo sentir inconfundiblemente la mirada de Terrence recorriendo su figura. Entonces se volteó y sus ojos lo captaron desprevenido. Ella se sorprendió de ver en sus ojos un extraño brillo que nunca había visto. Era de una naturaleza tan intensa que hizo que se le aflojaran las piernas. -La vista desde este lugar es increíble – murmuró tratando de aligerar el ambiente ¿Dónde…dónde estamos? - En West End – respondió con una pizca de ronquera en su voz. Lentamente caminó hacia la ventana para unirse a la joven – Esta zona se llama Monte Washington, por mucho el punto 5

Triángulo Dorado es el nombre que se le da al área del centro de Pittsburgh, que es un terreno triangular flanqueado por dos ríos.


21 más alto de Pittsburgh. La vista desde esta habitación es genial, pero si pudiéramos subir a uno de los funiculares que tienen aquí, podrías contemplar una mejor vista aun. Nunca he observado otra vista urbana tan imponente. - Veo que has estado aquí antes – dedujo ella. - Puedes decirlo, Pecas. La gente de Pittsburgh ama a Shakespeare. Algunas veces venimos más de una vez al año – contestó. En su interior, se alegraba que el tema le permitiera recobrar la compostura. Mientras Terrence le explicaba a Candy como había descubierto el aislado restaurante en el que se encontraban en uno de sus viajes; se reprochó internamente. Su lapsus no tenía excusa. Hasta ahora, se las había arreglado para mantener su imperturbable apariencia usando sus bien entrenadas habilidades, pero solo treinta minutos de estar junto a ella habían sido suficientes para perder el control sobre sí mismo. A pesar de que su cercanía dentro del coche había sido tentadora y el contacto de su mano estimulante, había actuado bien hasta que ella se había quitado el abrigo. Cuando las luces de la habitación iluminaron sus piernas, la inesperada visión de un par de bien formadas pantorrillas femeninas había dado pie a los pensamientos más inquietantes dentro de él. -¡Maldición! ¡Ya no eres un muchacho, Graham! – pensó - ¡no empieces a actuar como uno o pronto te ganarás otra bofetada en la cara! Ambos se quedaron observando el horizonte por un momento más, parándose a una distancia prudente uno del otro, hasta que el mesero entró con una bandeja. De repente, Candy se dio cuenta que había vuelto su apetito; por lo que recibió la comida con gran alegría. -Casi olvidaba que hoy no comí mucho – exclamó mirando los platillos que el mesero servía mientras se le hacía agua la boca. - No creo que una glotona como tú pudiera olvidarse de comer alguna vez – dijo ayudándola a sentarse. - ¡Eres un grosero! ¡El caballero presente debe estar pensando que soy una troglodita! – se quejó con un puchero. El aludido mesero solo sonrió ante su comentario. - No te preocupes, Harry te guardará el secreto – dijo Terrence riéndose. - ¡Para!...de cualquier forma, no permitiré que tus molestos comentarios arruinen mi cena. ¡Se ve delicioso! ¿Qué es? – preguntó volteando a ver al mesero. - Es Cordero Galés, vegetales al vapor y papas asadas, señora – explicó el mesero – El padre del dueño era de Gales, verá. Es la especialidad de la casa. ¿Qué desean tomar? ¿Vino tinto tal vez? Candy miró al mesero impactada y Terrence se empezó a reír.


22 -¡Santo Dios! Debieras ver tu cara Candy. ¡Pareces un miembro de la Unión Femenina de la Templanza6! – se burló. - Pero la Prohibición…7 - dijo casi ahogándose. - Siempre hay formas de darle la vuelta a cualquier prohibición, Pecas – le guiñó el ojo con naturalidad- pero a juzgar por tu cara creo que mejor debes tomar ginger ale8. Por favor, Harry, tráenos dos vasos. El gracioso incidente y el sonrojo subsecuente de Candy pusieron a Terrence de tan buen humor que pronto la conversación durante la cena se volvió fluida y placentera. Antes de que pudieran darse cuenta, los dos habían perdido la noción del tiempo. Una vez que se sintió suficientemente cómoda, Candy recobró su relajado estilo de conversación, informando detalladamente a Terrence de su éxito con los patrocinadores que había visitado hasta ese momento y el fondo que planeaba crear para la educación de los niños de Pony con la ayuda de la Sra. Carnegie. Sin embargo, ya que no era una persona que hablara solo de sus propios asuntos, preguntó con candidez acerca de sus giras y las ciudades en las que había estado. Él respondió cuando le preguntaba, alentado por la apertura que ella inspiraba en él. Un hombre reservado por naturaleza, como él, hubiera encontrado extraño ser cuestionado de esa manera si no hubiera sido ella quien estuviera haciendo las preguntas. A su lado, bajaba su acostumbrada guardia y su corazón se sentía reconfortado. Ella, por su parte, hacía su mejor esfuerzo para memorizar cada uno de sus movimientos y rasgos. Desde el brillo en su pelo con raya de lado, su impecable smoking Cunningham y las imposibles lagunas azules de sus ojos, estaba haciendo un inventario detallado de su presencia. También tomó cuidadosa nota de las noticias más recientes de su gira, sabiendo que lo seguiría con el corazón cuando se hubiera ido. Antes de esa noche había estado en Boston, Montpellier y Búfalo. Tenía que quedarse un día más en Pittsburgh y seguirían 8 ciudades antes de llegar a la Costa Oeste. -¿No te cansas nunca, Terry? – preguntó ella frunciendo los labios, y el hombre se preguntó si sería su nombre abreviado pronunciado por ella o el brillo en sus rizos cortos lo que hacía que su pulso latiera más rápido. - Estoy acostumbrado a viajar, pero debo confesar que uno se harta al final de una gira. No obstante, creo que tú no eres la persona indicada para hablar sobre una vida tranquila. ¿No crees que la clínica en la villa y el trabajo en el Hogar de Pony al mismo tiempo son mucho para una sola persona? - Oh, debes estarte riendo de mi estilo nada sofisticado de vida– se rió tras su vaso de ginger ale – pero amo la enfermería ¡así que es como un juego para mí!

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La Unión Femenina Cristiana de la Templanza era una asociación de mujeres cuyo objetivo era combatir la influencia del alcohol en las familias y la sociedad. Este grupo influyó en la institución de la Prohibición durante los años 20. 7 La prohibición es el período de la Historia de los Estados Unidos en que la venta de licores fue prohibida en el país por ciertas razones políticas y morales. La Prohibición se instaló en 1919 y terminó en 1933. 8 Refresco de jengibre


23 -¿Un juego? ¡Me alegra nunca haber estado en posición de ser tu juguete, digo tu paciente, entonces! - Ríete de mí si quieres, pero soy muy buena enfermera y mis pacientes y el Dr. Martin están felices con mis servicios. - Pero puro trabajo y nada de diversión… - Lo sé, lo sé – lo interrumpió, dejando a un lado por un momento el Bara Brith9 que disfrutaban como postre – Empiezas a sonar como Annie. - ¿Se te ha ocurrido que tal vez la Sra. Del Elegante pudiera tener algo de razón en esto? Te convertirás en una amargada solterona antes de que te des cuenta – la provocó a propósito, sabiendo que sus comentarios no habían sido requeridos. - ¡Oh, nada que ver! – descartó riéndose –Soy perfectamente capaz de hacerme cargo de mis tareas y ver a mi novio favorito cuando lo necesito. Además, él nunca se ha quejado acerca de mis trabajos – dijo mordiendo el pastel de frutas con gusto. Entonces fue turno de Terrence de atragantarse con el té. -¡Estás bromeando! – dijo cuando pudo recobrar la voz. -¡Acerca de mi novio? – preguntó de forma inocente – Claro que no. Él es el hombre más adorable de los que conozco. ¿Cómo podría estar bromeando sobre él? Candy sonrió pícara mientras observaba la cara de Terrence palideciendo cada vez más. No sabía que le había pasado como para decir una cosa tan ridícula, pero la reacción de Terrence, tan similar a un episodio súbito de celos, no tenía precio. ¡Dios! ¡Lo estaba disfrutando! -¿Quieres ver su fotografía? – continuó mientras abría su bolso, dándole un pequeño libro de fotos que guardaba en su cartera. Los ojos de Terrence no pudieron evitar ver cuando ella abrió el libro y lo puso frente a su cara. Con los ojos bien abiertos, vio la foto de un pequeño niño, prácticamente un bebé, con grandes ojos oscuros y una brillante sonrisa. -Él es Alistair, mi queridísimo novio. ¿No es una preciosidad? – preguntó con orgullo, mientras el color volvía a la cara de Grandchester al finalmente darse cuenta que había estado jugando con él. -Muy bien, Señorita Pecas – pensó- Si quieres jugar… - Así que este es el pequeño del Elegante. Tiene los ojos y la sonrisa de su homónimo - dijo en voz alta tan pronto como recobró la compostura. -¡Te diste cuenta! Siempre lo he pensado así, desde el día que nació. ¿Te he dicho que yo ayudé en el parto?- Continuó hablando mientras le mostraba otras fotos del niño cuando era más pequeño. 9

Bara Brith es una especie de pastel de frutas típico de la cocina galesa.


24 -¿Lo hiciste? -¡Si! Estuve con Annie mientras estaba en espera y el Dr. Martin me permitió recibir al bebé cuando vino al mundo. La primera vez que lo tomé en mis brazos, abrió sus ojos, y vi los ojos oscuros de Stair mirándome una vez más. Me quedé estática. No tienes idea la emoción que da sostener una nueva vida, especialmente cuando el bebé tiene un parecido sorprendente con alguien a quien amas, Terry. La cara de Candy estaba radiante por el recuerdo y Terrence se imaginó que se vería mil veces más hermosa y brillante si el bebé fuera de ella. Estaba a punto de perdonarla por el sucio truco ya que encontraba su sonrisa irresistible, pero demasiado orgulloso para ese gesto decidió esperar la siguiente oportunidad para hacerle pagar. Después de todo, la venganza es un plato que se sirve frío. Por el momento, solo quería disfrutar el tiempo con ella. De hecho, estaba a punto de cambiar de tema, cuando decidió llevar la conversación en una dirección inesperada. -Ahora que hablamos del Inventor – dijo Terrence, y su voz y su actitud se volvieron serias – Sé que han pasado muchos años desde su muerte, pero creo que debo decirte que en verdad siento tu pérdida. Era un gran tipo. Ojalá hubiera tenido la oportunidad de conocerlo mejor. -Te lo agradezco, Terry – agradeció bajando la vista, viendo las fotos del pequeño Alistair una vez más – Sabes, hace diez años que Stair partió, pero aun no puedo acostumbrarme a la idea de que no se encuentre más entre nosotros. Algunas veces siento que uno de estos días va a tocar a mi puerta y me dirá “¡Candy ya regresé! Lo veo venir con uno de sus desastrosos inventos y todos nosotros riéndonos juntos en el momento en que explotara o algo, como la feliz pandilla que alguna vez fuimos. - Algunas veces es difícil dejar ir – susurró Terrence con nostalgia, con la vista perdida en la vacilante llama de la vela que decoraba la mesa. Candy percibió su cambio de humor. Sus palabras habían sonado tan profundamente abatidas que no pudo evitar recordar a Susannah. -Debe estar pensando en ella. ¿Cómo pude ser tan insensible? – pensó - ¡Mi queridísimo Terry, debes de estar sufriendo incluso ahora! De pronto Candy se dio cuenta que era el momento adecuado para tocar el tema que por largo tiempo había aplazado. -Terry – comenzó usando su tomo más dulce – Te ruego aceptes mis disculpas por no mandarte una carta con mis condolencias justo después de la muerte de Susannah. Estaba impactada y apenada cuando me enteré. Nunca lo pude haber imaginado. ¡Era tan joven!...Desgraciadamente, vivimos lejos del pueblo y los periódicos siempre nos llegan muy tarde. En ese entonces todavía no teníamos radio como ahora. Cuando finalmente llegaron las noticias, había pasado más de un mes desde su funeral. Ahora que lo vuelvo a pensar, creo que todavía habría podido mandar una tarjeta, una nota o algo, pero al final la indecisión me paralizó. Después, cuando me mandaste la primera carta, no mencionabas una sola palabra sobre ella. Así que supuse que no estabas preparado para hablar de ello.


25 Terrence levantó la vista para ver a Candy. La joven instintivamente había alcanzado su mano sobre la mesa, y en su cara se reflejaba la más sincera muestra de arrepentimiento. -Yo…yo siento mucho no haberte podido ofrecer ninguna clase de consuelo en el momento adecuado, Terry. Sé lo difícil que es perder a alguien que amamos. Pero si mi amistad puede ser de alguna ayuda ahora, te prometo que no te dejaré esta vez –murmuró visiblemente conmovida. Le tomó a Terrence un momento entender que Candy tenía la impresión de que él aun sufría por la muerte de Susannah. Podía ver que en verdad estaba preocupada por él. Por un momento, dudó, preguntándose cómo explicar un tema tan delicado, especialmente cuando estaba tan íntimamente relacionado con su pasado en común. No había planeado abordar el tema en su primer encuentro, pero ahí estaba, como conjurado por un caprichoso giro del destino. ¿Cómo hacerlo sin ser hipócrita? -Candy, agradezco tu preocupación – inició, su mano correspondiendo al toque de Candy, entrelazando sus dedos con los de ella – Debo admitir que la muerte de Susannah fue dolorosa, pero para ser honesto contigo, no es como tú lo supones. - ¿Qué quieres decir? - Quiero decir – vaciló, sabiendo que una confesión inevitablemente llevaría a otra – A lo largo de los años, aprendí a cultivar un sincero afecto por Susannah. Aprendí a apreciar su talento y virtudes, aun cuando también descubrí sus defectos, que no eran pocos. No pretendo hablar mal de una persona muerta en este punto. Es suficiente decir que pude aceptarla tal como era, sin adornos y sinceramente llegué a estimarla. No obstante, no estoy sufriendo más por su muerte. Los ojos de Candy se abrieron por la confusión. -No me mires de esa manera, Candy. Eres una mujer tan generosa que seguramente te resulta difícil entender la complejidad de algunas personalidades. En este mundo, hay personas que al mismo tiempo pueden ser egoístas y generosas, valientes y cobardes, héroes y villanos. Susannah era así… y también yo lo soy…De cierta manera, éramos muy parecidos en nuestras paradojas y nuestra relación era igualmente contradictoria. También debo admitir una grave falla de mi parte. Temo que te desilusionaré. El corazón de la mujer se encogió, alejando inconscientemente su mano de la de Terrence. El hombre bajó la vista, tratando de encontrar el valor para continuar. -Sé que te prometí que la haría feliz. De cierta manera, con seguridad lo hice. Desafortunadamente, si en tu idea de una relación feliz incluyes que uno debe de estar enamorado del otro, debo de admitir que nunca logré alcanzar ese estándar. Candy estaba anonadada. Nunca hubiera imaginado –ni en sus más locas pesadillas – que el amor de Susannah no hubiera sido correspondido por tantos años. Se sintió herida y desconcertada por las noticias.


26 Terrence comprendió que necesitaría un momento para digerir las noticias, así que respetó su silencio. -¿Estás diciendo que tú…que tú solo actuaste ante ella? ¿Qué solo pretendiste amarla todos estos años? –dijo finalmente Candy. Nerviosamente se levantó de su asiento, incapaz de seguir mirando a los ojos a Terrence. Como buscando una forma de escapar de la verdad, se acercó a la ventana y sus ojos se perdieron en un distante punto del paisaje nocturno. -No del modo que supones, Candy – se defendió – Cuando le ofrecí mi protección, dejé claro que estaba unido a ella por gratitud y honor. Ella lo entendió perfectamente y me aceptó de esa manera. -Pero ella esperaba que un día la amaras – insistió Candy sin voltear a verlo. Estaba consciente que sonaba recriminatoria, pero no podía ocultar su profunda desilusión. - Tal vez así lo esperaba, pero nunca hablamos de eso. Sé bien que se supone que el amor sea la razón para un compromiso como el que hice con ella, y juro por mi vida que lo intenté, pero no lo logré. A pesar de esta falla, mi conciencia está tranquila porque la estimé, la apoyé durante su rehabilitación, la animé a emprender una nueva carrera, le proveí de la manera en que un esposo lo hubiera hecho, aun cuando solo era mi prometida. Estuve con ella cuando se enfermó y durante el doloroso tiempo en el que su enfermedad progresó. Aun cuando su propia madre había perdido la esperanza de encontrar alguna cura, yo insistí hasta que habíamos consultado a todo médico que el dinero pudiera pagar para salvar su vida. Cuando toda la ciencia fue en vano, estuve junto a su lecho la noche que expiró. Nunca le di una razón para quejarse. Pero no la amaba, porque lo mío con ella no estaba escrito. Mi corazón no respondía a mis órdenes en ese aspecto. Para ese entonces, Terrence también había dejado la silla y deambulaba por la habitación mientras hablaba con seriedad. Sus palabras penetraron los oídos de Candy como espadas, punzando su corazón y derribando su punto de vista sobre el tema. A medida que Terrence narraba como había estado al lado de Susannah, hasta el último momento de su vida, su arranque inicial lentamente cedió. También sentía que su admiración por Terrence crecía inmensamente cada minuto. Había sido fiel, generoso y comprensivo con alguien que no amaba y no muchos hombres pueden decir eso acerca de sus relaciones con las mujeres que dicen amar. Aun así, aun había algo que necesitaba saber para reconciliarse con la verdad revelada en sus palabras. -¿Crees que fue feliz? – preguntó finalmente volteando a verlo a los ojos. - Lo sé – respondió directamente – Me lo dijo en varias ocasiones y de nuevo antes de morir. Dudo que alguien pueda mentir en un momento como ese. - ¿Y cómo han sido las cosas para ti desde que ella murió? Terrence caminó en dirección a Candy hasta que estuvo exactamente frente a ella, lo suficientemente cerca para tocar sus brazos si se decidiera a hacerlo.


27 -Fue triste verla partir. Fue una vida desperdiciada – contestó mientras una nube cruzaba por sus ojos – Era una mujer joven y su vida pudo haber sido muy distinta si no se hubiese enfermado. En cualquier caso, te estaría mintiendo si te dijera que sufrí por ella del modo en que tú lo hiciste cuando Anthony murió…puedo sonarte cruel, pero tras dos años, no puedo decir que honestamente la extrañe, no en el modo en el que tu aun extrañas a Alistair. Lo que pasa, es que a pesar de que la estimaba, nunca fui cercano a ella. Teníamos muy diferentes maneras de ver la vida y nuestras opiniones apuntaban en diferentes direcciones. Como amigos, éramos un extraño par, porque además del teatro teníamos muy poco en común. Candy estaba desconcertada por la abrumadora carga de las confesiones de Terrence, sus palabras hicieron que su mente girara con más y más preguntas. -¿Había sido feliz él todos estos años como lo había prometido? ¿Podía alguien ser feliz sin amor? Pero la faltó valor para seguir preguntando. En ese momento, el mesero tocó y entró de nuevo para limpiar la mesa. Al hacerlo, dejó la puerta abierta por un momento. La música del restaurante siguió a Harry, hasta que alcanzó los oídos de Terrence. El joven se dio cuenta que la conversación se había vuelto muy triste. ¿Era posible que cada vez que veía a Candy las cosas estuvieran condenadas a terminar con un sabor desagradable? Debía hacer algo para cambiar el curso de la noche. -¿Cuándo fue la última vez que bailaste, Pecas? – preguntó en un impulso. -¿Disculpa?- preguntó ella frunciendo el ceño, incapaz de entender su intención - ¿Dijiste bailar? - Lo que quiero decir, de manera muy desarticulada, es que me gustaría bailar contigo. ¿Te gustaría bailar con un viejo compañero de colegio? – e hizo una reverencia. - Eso estaría bien, Terry – respondió con una sonrisa tímida y la nube a su alrededor empezó lentamente a disiparse. Antes de que ella pudiera reaccionar, él la había tomado por la muñeca y la guiaba fuera del privado hacia el salón. Como era muy tarde, la mayoría de los clientes se había marchado ya. Así que tenían la pista de baile solo para ellos. La banda de jazz había terminado su actuación y únicamente el bajista, el baterista, el pianista y la cantante seguían trabajando. Las notas de una melodía diferente empezaron a flotar en el aire mientras Terrence tomaba a Candy en sus brazos para bailar una suave canción. Agotada por todas las emociones de la noche, Candy no se rehúso a que él la guiara. Se movieron lentamente y el corazón de Candy empezó a latir más rápido con cada paso. Había descansado tímidamente su mano sobre su brazo, pero en cada nuevo giro sus cuerpos se acercaban más, hasta que ella sintió que su propia mano rozaba la nuca de él. Él estaba


28 ligeramente inclinado hacia ella y su mejilla tocaba la suya constantemente de manera suave. Su loción oriental con acentos de cedro y especias penetró en la nariz de ella. La mujer junto al piano comenzó a cantar. Candy, que era una ávida admiradora de la radio, reconoció inmediatamente la canción. Había llorado con la letra más de una vez, ya que podía reconocer su propia historia en cada estrofa. Irónicamente, ahora que la bailaba en brazos de Terrence, la canción no era tan triste como antes, sino mil veces más hermosa. Se fue el romance que era tan divino. Se rompió y no puede repararse Debes seguir tu camino, Y yo debo seguir el mío. Pero ahora que nuestros sueños de amor han terminado…

Que haré Cuando estés lejos Y yo esté triste ¿Qué haré? ¿Qué haré? Cuando me pregunte quien Te está besando ¿Qué haré? ¿Qué haré con solo una fotografía A quien contarle mis problemas? Cuando esté sola Con solo sueños sobre ti Que no se harán realidad ¿Qué haré?10

Terrence no estaba siquiera prestando atención a la letra; apenas tenía suficiente dominio sobre sus sentidos para percibir algo aparte de su calor. Por años solo soñó con un momento como ese, abrazándola mientras se movían lentamente alrededor de la pista de baile. El joven estaba consciente que estaba excediendo la distancia aceptada entre dos bailarines que no fueran enamorados reconocidos, pero no podía evitarlo. Lo único que sabía es que mientras más se acercaban físicamente, se sentía vivo y fuerte. Enterró su mejilla en sus perfumados rizos. Sus ojos se perdieron ante la vista de su cuello y sus brazos desnudos. Él siempre había admirado el tono pálido de su tez y la ilusión de desnudez que su atuendo creaba era una abierta invitación para acariciarla. Aun así, por el momento, se contentó con acariciarla 10

El original de esta canción en inglés se titula “What’ll I do” escrita por Irving Berlin en 1923. Para escuchar la música que inspiró los pasajes de esta fanficción los lectores pueden referirse a la siguiente lista en línea: https://www.youtube.com/playlist?list=PLLQi3ZsiAZEpGa1sFAs0ZjlRq-7onPI1m


29 únicamente con la mirada. En ese instante, sintiendo la forma de su cintura bajo su mano, se dio cuenta que su plan original de cortejar a Candy lenta y cautelosamente no era un esquema viable. Mandar cartas a un viejo amor, cuyo recuerdo había conservado durante años, había sido suficiente por unos cuantos meses. Pero ahora, tras esta noche, habiéndola tenido entre sus brazos, con sus deseos por ella vivos como nunca, sabía que las cosas debieran ir mucho más rápido. Eran casi las 5 am cuando regresaron al hotel. Ambos recogieron sus llaves en la recepción. El recepcionista, que sabía perfectamente bien quienes eran, les dirigió una intencionada mirada. Eso hizo que Terrence considerara la conveniencia de enviar a Hayward a sobornarlo antes que dejaran Pittsburgh. Lo último que necesitaba era una escandalosa nota en los tabloides con el nombre de Candy implicado. Por mucho que quisiera que el mundo entero supiera que estaba enamorado de la mujer más increíble del mundo, quería hacerlo apropiadamente, no a través de un malicioso artículo que únicamente mancharía el buen nombre de ella. Terrence escoltó a Candy a su habitación, caminando a distancia, sin atreverse a tocarla de nuevo. No podía confiar en su autocontrol cuando estaban a solo unos metros de su habitación. Cuando llegaron a la puerta, ella lo miró a los ojos y le regaló una tímida sonrisa. -Gracias por tan encantadora velada, Terry. Me divertí como nunca. - Me alegra – contestó y no supo que decir. Se preguntó si había leído de más en los ojos de ella mientras bailaban. -¿Te…te irás mañana? – murmuró finalmente, sin darse cuenta de la hora. -Ya es mañana, Terry – se rió ella, mostrando sus hoyuelos – pero la respuesta es si, mi tren parte a las 8 en punto, así que apenas tengo tiempo de darme una ducha y empacar. Creo que desayunaré en el tren para acelerar las cosas. - Te iré a dejar – dijo él dándolo por hecho. - No, por favor, no te molestes. Debes descansar bien para tu actuación de esta noche – declinó ella. - Dije que te iré a dejar – insistió con firmeza, con un sentimiento de deja-vú flotando en el aire, -Te recogeré aquí en dos horas. Espero estés lista. Y diciendo esto último, se fue, sin darle oportunidad de negarse otra vez. Ligeros copos de nieve caían cuando llegaron a la estación a las siete y media. Terrence había utilizado de nuevo uno de sus trucos para evadir a un par de reporteros que ya lo estaban esperando en el lobby. La pareja dejó el hotel por una de las puertas de servicio con una Candy riendo a todo pulmón, mientras Terrence levantaba la solapa de su gabardina y bajaba su fedora. Encontrando toda la situación extremadamente cómica, Candy no podía parar de bromear sobre su aspecto de gánster y su dramático escape. Terrence tomó revancha inmediata con burlones comentarios recordándole como parecía que sus pecas se habían multiplicado a la luz del día. Mientras conducía en silencio hacia la estación, Martin Hayward se preguntaba que le


30 pasaba a su comúnmente sombrío patrón. Fue en medio de ese alboroto infantil que llegaron a la estación. Dejando a Hayward en el coche, la pareja caminó lentamente a través de los pasillos de la estación, ambos temiendo internamente su inminente separación. Candy se había puesto un traje sastre negro con falda recta que le llegaba a los tobillos. El único toque de color era una mascada roja y un broche que le hacía juego adornando su sombrero cloché. Terrence pensó que aun con este sobrio atuendo le parecía seductora, con sus mejillas y labios más rosados que nunca debido al frío matutino. Mientras esperaban a que anunciaran el tren, Candy habló sobre sus planes para las vacaciones. Le preguntó a él sobre sus propios planes, pero más allá de mencionarle la fecha en que su gira terminaría, no le reveló mucho más. Fue entonces cuando una voz se escuchó en el altavoz anunciando la salida para Filadelfia. Terrence se aseguró que un empleado de la estación ayudara a Candy a subir su equipaje en el vagón, mientras ellos se quedaban un momento en la plataforma. -Así que estarás en Chicago para Acción de Gracias – comentó él, con los ojos fijos en ella. - Si, Albert estará allá para ese entonces. Desafortunadamente Eliza y Neil también estarán por ahí – añadió mordiendo su labio inferior, ignorando el efecto que esto tenía en su interlocutor. - Menuda reunión familiar– se burló, pero entonces, recordando lo molesto que los hermanos Leagan podían ser, añadió – Cuídate y aléjate de esos dos, ¿me escuchas? - Lo haré, Terry. No te preocupes por mí. Sé cómo lidiar con ellos – contestó sonriendo y blandiendo su puño. - Buena chica – sonrió a su vez mientras el tren silbaba. - Terry, creo que es hora de nuestra despedida. Gracias por todo y cuídate – dijo subiendo al vagón y extendiendo su mano al joven. - Hasta luego, Candy – dijo estrechando su mano. Otro silbato sonó en el aire y su mano dejó ir la de ella. Dio dos pasos atrás y volteó de espaldas para esconder su turbación con toda la intención de alejarse de la plataforma. Pero de repente, como un destello luminoso en una esquina de su mente, el recuerdo de otros momentos de su pasado estalló en toda su realidad. Giró sobre sus talones rápidamente, y con pasos firmes caminó hacia Candy, que aun estaba parada en los peldaños del vagón de pasajeros. Antes de que la joven pudiese comprender que es lo que estaba pasando, vio como él se quitó el sombrero con una mano y con la otra levantó su cara, acercando la suya hasta que sus labios se encontraron con los de ella en un profundo beso. Paralizada y atónita por la sorpresa, Candy no se resistió. Por el contrario, permitió que los labios de él acariciaran los suyos a voluntad, dejando una senda cálida y húmeda y mandando escalofríos por su cuerpo. Fue hasta que el tren se comenzó a mover que sus labios se


31 separaron. Lo 煤ltimo que Candy pudo ver antes de entrar en el tren fue la sonrisa petulante de Terrence mientras le dec铆a adi贸s desde la plataforma. Por un largo rato, Candice White Andley no supo ni c贸mo se llamaba.

La temporada de narcisos 3  
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