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1 Epílogo

Un Jardín Inglés En agosto de 1925, tras pasar una semana tranquila en Escocia, Terrence Graham y su esposa llegaron a Stratford-Upon-Avon. En los meses previos, la pareja había estado de gira en el Sureste, regresando a Nueva York en julio, justo a tiempo para empacar para una mudanza definitiva a Inglaterra. No sin gran pena, se habían despedido de los Hathaway y de sus leales empleados con un buen finiquito y buenas recomendaciones para un trabajo futuro. Había sido imposible una visita final a Indiana o Chicago. Candy avisó a los Cornwell y también a la Srita. Pony y la Hermana María de su partida inminente por teléfono. Para su sorpresa, al recibir la noticia, Archie se había movido verdaderamente rápido, organizando un viaje improvisado a Nueva York para una última despedida. También había invitado a la Srita. Pony y a la Hermana María para viajar con ellos. Sin embargo, aun cuando las damas podían haber dejado a los niños en las manos capaces de las novicias, rehusaron la invitación. Al ser almas desinteresadas, no querían hacer las cosas más difíciles para su querida hija. Así que prefirieron quedarse en casa y orar por Candy como lo habían hecho desde que era un bebé. No obstante, la separación había sido tan dolorosa como era de esperarse. La Srita. Baker y Annie prometieron visitar a los Graham muy pronto. Albert envió un telegrama desde Francia diciendo que George y él los visitarían a finales de agosto, en su regreso hacia Estados Unidos. Mientras todos sus amigos y familia desaparecían en la distancia cuando el barco dejó el puerto, Candy suspiró mientras su esposo la abrazaba con fuerza. A pesar de la tristeza del momento, sus corazones estaban envalentonados por la certeza de que su amor mutuo los sostendría, sin importar lo que les deparara el futuro. Con tanto viaje y emociones conmovedoras en los primeros meses de su embarazo, una mujer de menos carácter se hubiera enfermado o deprimido. Por fortuna Candy nunca había sido una chica aprensiva o débil. Tras haber desaparecido las náuseas matutinas, tuvo un embarazo saludable y sin complicaciones, lo que le permitió mantenerse en movimiento todo el tiempo y afrontar su nueva vida, con el apoyo del amor de Terrence. Sin embargo, ya embarazada de cinco meses, Candy se sintió aliviada cuando cruzaron finalmente el umbral de su nuevo hogar.


2 Terrence había alquilado el mismo chalet en el que se había quedado el año anterior durante su retiro en primavera. Al abrir las puertas del estudio, su corazón se había detenido. En esa misma habitación había agonizado por la duda y el miedo, tratando de redactar su primera carta para Candy. Estar de vuelta en el mismo lugar, habiendo asegurado su amor, provocó en él los sentimientos más placenteros. Verla tararear alrededor con su figura volviéndose más redonda mientras su hijo crecía dentro de ella, lo ponían aun más feliz, como si eso fuera posible. Como era de esperarse, Candy extrañaba tener cerca a sus amigos y familia. Sin embargo, el cambio de Nueva York a Stratford le había sentado muy bien. Siendo de corazón una chica de campo, los alrededores naturales y más silenciosos le sentaban y mejoraban mucho el ánimo. El viejo chalet tenía un jardín trasero enorme, que daba al río y un pequeño jardín frontal, que los inquilinos anteriores habían descuidado tristemente. Desde la primera vez que vio el pasto casi seco y la hiedra marchita, decidió empezar un nuevo jardín. Al ser casi finales de verano, era una época perfecta del año para empezar el proyecto. Contrató a alguien para limpiar la hierba y labrar la tierra, mientras planeaba el diseño para la primavera siguiente. Cuando el Duque los visitó a mediados de septiembre y su hijo le preguntó bromeando por la salud de su madrastra, Richard Grandchester había volteado a ver a su nuera y su jardinero mientras trabajaban en el patio trasero. Con una sonrisa maquiavélica había dicho: -Ya sabes, mala hierba… -Tal vez debiera mandar a Candy a enseñar a tus jardineros de Arundel Park – dijo Terrence refiriéndose a la propiedad principal de su padre en Cheshire, donde la Duquesa pasaba la temporada otoñal normalmente. Por supuesto, solo había sido una coincidencia que Eleanor Baker llegara a Stratford durante esos días. Había cancelado toda la temporada invernal para cuidar a Candy durante el final de su espera. La dama tenía planeada una visita larga para ayudar a su nuera tras el nacimiento del niño, pasar las fiestas con la joven familia y regresar justo después del cumpleaños de su hijo. Había alquilado una casa cerca de la de su hijo para evitar entrometerse. Sin embargo, había sido inevitable encontrarse a Richard Grandchester un par de veces en la casa de su hijo. Afortunadamente, ambos habían enfrentado el encuentro con distante educación. En los años por venir, los dos tendrían que acostumbrarse a esas reuniones por el bien de su hijo y nietos. Se esperaba que el niño naciera al inicio de la gira de Terrence por Londres. Desafortunadamente para la joven pareja, Terrence no se podía dar el lujo de tomar un permiso especial de ausencia durante su primera temporada en la Royal Shakespeare Company. Por tanto, estaba más que agradecido que su madre y su nueva ama de llaves pudieran estar con su esposa cuando llegara el momento. Sin embargo, las cosas resultaron ser de diferente manera. El bebé, voluntarioso e impredecible como sus padres, había llegado inesperadamente dos semanas antes de tiempo, haciendo posible que el nuevo padre estuviera presente en el nacimiento de su hijo. Terrence decidió llamarlo Richard, por el personaje de Shakespeare que él había representado en el tiempo en el que fue concebido. Candy sabía que Terrence no iba a reconocer abiertamente la verdadera razón de su elección, pero lo dejó mantener la pretensión. Después de todo, lo que


3 verdaderamente importaba era que su corazón estaba llegando lentamente a un acuerdo con su padre. A pesar de la reticencia del joven, el orgulloso abuelo no cabía en sí con la noticia. Finalmente, al día siguiente del nacimiento de Richard, Candy mudó todos sus recortes y cartas viejos al antiguo Joyero Damasceno.

Por los siguientes diez años, la vida en el chalet de los Graham transcurrió pacíficamente, tanto cómo es posible cuando dos personas obstinadas y de fuerte opinión viven juntas y enfrentan las dificultades del mundo. Sin importar un buen número de portazos seguidos de reconciliaciones apasionadas, su vida era todo lo que se puede llamar feliz y completa. La familia creció con el tiempo, con una niña que nació un par de años después del nacimiento del mayor y un segundo niño, que llegó como bendición final cinco años después. Entre estos felices acontecimientos, la pareja atravesó por la dolorosa experiencia de un aborto. A pesar de los malos tiempos, el nombre de Terrence se volvió más y más respetado en los escenarios británicos y la reputación de Candy como voluntaria de la Cruz Roja y benefactora de todas las causas nobles le hizo ganar renombre en Warwickshire y más allá. Eventualmente, habían adquirido el viejo chalet y Candy lo había transformado en uno de los lugares más bellos en el área, con el jardín más esplendido del condado. Patty, que se había quedado en Oxford trabajando como profesora tras graduarse en 1926, visitaba el lugar cada verano. Otros amigos queridos los visitaron durante esos años, entre los cuales William Albert y los Cornwell fueron los más asiduos. El derrumbe de Wall Street en 1929 fue una sorpresa amarga para la mayoría de los inversionistas y empresas. La fortuna de Albert Andley no fue ajena a los efectos de la crisis, pero en términos generales, sobrevivió con pérdidas mínimas. Las decisiones conservadoras de Albert en los cinco años anteriores por fin habían dado fruto, asegurando el trabajo de quienes trabajaban en su empresa. Ese mismo año había vendido Lakewood, justo unos meses antes del Derrumbe como parte de los esquemas económicos de Albert. Los Leagan fueron aun más afortunados. Usando toda clase de trucos – no todos legales - el Sr. Leagan y su hijo aprovecharon los tiempos revueltos para iniciar nuevas aventuras de negocios en Estados Unidos y el extranjero. Sus hoteles y casinos se extendieron con gran éxito. Desafortunadamente, a pesar de tener más dinero, no mejoraron su carácter ni fueron más felices. Eventualmente, Neil contrajo un matrimonio conveniente pero sin amor y Eliza se quedó soltera. En 1931 murió Beatrix Grandchester. Su hijo mayor y su hija se habían casado ventajosamente con otros miembros de la nobleza antes de que ella muriera. Por tanto, solo el hijo menor del Duque y Beatrix permanecía en la Mansión Grandchester en Londres. No obstante, cumpliendo la promesa hecha a su madre, el joven se mudó con su tío, el Conde de M****, que en realidad era su padre biológico. Un año después de estos tristes eventos, el Duque visitó a su único hijo en Warwickshire para anunciarle que se retiraría de la política e iniciaría un largo viaje. Fue una mera coincidencia que dicho viaje acabara en Nueva York. Tras su regreso a Inglaterra en 1933, el Duque vendió su villa de Lake District y remodeló la de Edimburgo.


4 El Hogar de Pony continuó operando albergando más de 30 niños cada año. La Sra. Carnegie se había mantenido fiel a su promesa, otorgando educación universitaria a aquellos niños que permanecieran en el Hogar sin ser adoptados. Al mismo tiempo, Candy y Annie se habían unido para continuar apoyando económicamente a la institución incluso después de que la Srita. Giddings se retirara en 1933. Incapaz de continuar con sus amados niños debido a lo débil de su corazón, la Srita. Giddings había vivido con William Albert Andley por los últimos dos años de su vida. Terrence había tomado un permiso de seis meses en 1935 para que Candy y sus tres hijos pudieran estar en el lecho de muerte de la Srita. Giddings. Fue en una mañana soleada de abril cuando la Hermana María y Candy dijeron una última oración mientras el alma de la buena señora volaba hacia el Creador. Si no hubiera sido por la presencia de Terrence a su lado, Candy no hubiera sabido cómo enfrentar un evento tan desgarrador. En la primavera de 1936, Eleanor Baker realizó su visita anual a la familia de su hijo. Se había retirado tres años antes y en ese entonces vivía en Edimburgo mientras escribía sus memorias. Una tarde cálida, mientras los niños tomaban su siesta, Eleanor y Candy se sentaron bajo la glorieta para tomar té y tener una plática de mujeres. La brisa de la tarde olía a rosas, lavanda, manzanos en flor y narcisos. A la distancia, el río Avon murmuraba como si la brisa primaveral acariciara sus aguas. Las damas mostraban una bella postal. Eleanor, siempre elegante y bien parecida a pesar de sus sesenta años, estaba encantadora con su vestido matutino Madeleine Vionnet. Candy usaba un vestido blanco con estampado floral que marcaba su cintura, aun atractivamente esbelta, a pesar de cuatro embarazos y treinta ocho años. El tiempo parecía sentarles a ambas mujeres que asumían su propia edad con gracia. Como la mayoría de las mujeres ese año, estaban discutiendo el romance del Rey Eduardo con Wallis Simpson. Era el mayor escándalo que la Monarquía Británica había enfrentado desde los excesos del Príncipe Regente un siglo antes. Por supuesto, Candy y Eleanor simpatizaban con los amantes y les deseaban lo mejor. A lo largo de la conversación, Candy había dejado caer a su suegra más de una señal sobre el derecho que el amor real y puro tenía de vivir libremente y salir a la luz. Sin embargo, Eleanor solo sonreía de manera enigmática. Mientras Candy servía el té, Eleanor observaba el jardín bajo la sombra de su sombrero Florentino blanco. Habiendo visto el patio llano en 1925, estaba asombrada con la transformación que el lugar había sufrido a lo largo de los años. -Has hecho verdaderas maravillas con este lugar, Candy – dijo Eleanor cambiando el tema tácticamente para elogiar de nuevo los logros de su nuera en la jardinería. -Bueno, las flores son mi pasión después de Terry y nuestros hijos – contestó ella con una mirada soñadora – Además, el Sr. Simms me ayuda mucho cuidando el jardín. Muchas veces me veo a mi misma solo como su asistente. -¡Bla, bla,bla! Sabes muy bien que la mayor parte del mérito es tuyo. Cuando veo este jardín y recuerdo el lastimoso estado en el que se encontraba, me asombro ante los milagros que haces


5 con las flores… y también con los corazones de las personas. Uno solo tiene que ver el modo en el que Terry convive ahora con su padre. -Han progresado mucho, ¿verdad? – contestó Candy encantada de recordar la última vez que el Duque los había visitado. -¡De hecho! Pero las cosas nunca hubieran funcionado tan bien si no hubieras convencido a Terry de registrar oficialmente a sus hijos con el apellido Grandchester. Eso derritió el corazón de Richard como malvavisco, querida. ¡Fue la mejor jugada! - Bueno, después de todo ese el verdadero apellido de Terry. Aquí en Stratford todos saben quién es. Algunas veces, cuando sale y la gente lo saluda por las calles, lo llaman su señoría. Al principio ponía cara de enojado cuando sucedía. Pero ahora creo que se ha acostumbrado. Pero sabes que aun utiliza el nombre artístico de Graham. -Hablando de eso, ¿qué quiso decir Terry el otro día con dejar la Royal Shakespeare Company? Candy se puso seria y dejó su taza de té sobre la mesa del jardín. -El Sr. Bridges-Adams va a renunciar tras esta temporada. Parece que tiene algunos proyectos interesantes dirigiendo una ópera y un posible trabajo en la Academia Real o el Consejo Británico. Le ofrecieron su puesto a Terry pero puede que no lo acepte. -Teme que los mismos problemas de presupuesto puedan presentarse en producciones futuras y con el Festival1, ¿verdad? -Si…y al parecer está pensando en un retiro anticipado. -¿Estás hablando en serio? – preguntó Eleanor levantando la ceja. Terrence cumpliría cuarenta al siguiente año y estaba en la cumbre de sus capacidades histriónicas. Muy pocos pensarían en el retiro en esas condiciones. -Sí, estamos hablando muy en serio. Terry aun ama a Shakespeare, pero creo que está cansado de viajar, Eleanor. Ha estado haciéndolo por casi veintitrés años. Nuestros hijos crecen muy rápido y quiere pasar más tiempo con ellos antes de que sea demasiado tarde. Después de todo, nuestra situación económica es más que cómoda como está en este momento, a pesar de la crisis internacional. -Ya veo… me temo que viajar es uno de los inconvenientes de nuestra profesión. – aceptó Eleanor frunciendo los labios – Si hubiera podido intercambiar la gloria en el escenario por la de una familia, hubiera escogido esto último. De hecho, como sabes, una vez traté de hacerlo… pero bueno … ya voy a empezar de nuevo …los remordimientos no sirven ahora ¿o no? -¡Cierto! Dios ha puesto las cosas en su lugar después de todos estos años ¿verdad? -Hablas sabiamente, querida – concluyó Eleanor tomando lentamente otro sorbo y después volvió a cambiar el tema – Ahora debemos hacer planes para el verano. Estaré encantada de 1

El Festival – Eleanor se refiere al Festival de Stratford-on-Avon, un importante festival de música y drama, que Bridges-Adams dirigió por un lapso de 15 años.


6 quedarme con mis nietos mientras ustedes dos tórtolos disfrutan solos. ¿Dónde planean ir esta vez? -¿Me creerías si te dijera que esta vez nos queremos quedar en casa? De repente nos dimos cuenta que no hemos tenido esta casa para nosotros desde que Richard nació. Así que creo que este año tomaremos vacaciones en casa.

Chicago, 14 de mayo de 1936. Querido Tío G: ¿Cómo están mi tía Candy y tú? Todo está bien conmigo, a pesar de mi molesta hermana. Sé que debes estar riéndote, pero tener una hermana de diez años puede ser una piedra en el zapato, ¿sabes? ¡Sin embargo creo que a Anne se le pondrán los pelos de punta este verano! El Tío Bert me prometió llevarme a África con él. Dice que serán las primeras vacaciones que toma en los últimos veinte años y quiere que sean especiales. Iremos a El Cairo, Marruecos y después a Kenia. Estoy emocionado con los preparativos, pero mi padre me advirtió que solo me dejaría ir si mantengo mi primer lugar en el cuadro de honor de la escuela. Pero sabes que eso nunca ha sido difícil para mí. Los exámenes finales ya han empezado y hasta ahora lo estoy haciendo bien. Así que ya estoy empacando para África. De cualquier forma, creo que el tío Bert necesita el descanso mucho más que yo. Sabes que cuando la Srita. Pony y después la Tía Elroy murieron, estuvo muy triste y todo eso. Pero desde que está planeando este viaje ha mejorado mucho su humor. Estoy seguro que juntos nos divertiremos mucho. Dice que podremos pasar un par de días con ustedes en nuestro regreso a Estados Unidos. Ahora, hablando del futuro, quiero contarte un gran secreto. El próximo ciclo escolar empezaré mi penúltimo año de secundaria y mi padre ya está pensando en la universidad. Quiere que estudie Administración en Harvard como él. Pero temo que lo decepcionaré en eso. Quiero estudiar Ingeniería en Boston y después, si tengo suerte, haré la especialidad en MIT. Creo que es lo mejor para mí. La Tía Candy siempre dice que mis inventos son mejores que los del Tío Alistair, porque los míos funcionan más antes de que exploten. Si voy al MIT podría descubrir la forma de que funcionaran correctamente. ¿Qué opinas? Hablé de esto con la Tía Patty cuando vino la Navidad pasada, y me dijo que ahí tienen un gran programa de ingeniería. Ella es mi cómplice y me ayudará con el proceso de admisión cuando llegue el momento. Tiene algunos colegas que trabajaron ahí. Ahora solo tengo que convencer a papá que la administración no es lo mío. Pero para eso cuento con la Tía Candy.


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Así que por favor dile que necesito de sus poderes de persuasión cuando los dos vengan en diciembre. Sé que puede hacer que Papá dé vueltas a su alrededor si quiere. Bueno, creo que es todo por ahora. Por favor, dale mis saludos a la Tía Candy y a mis primitos Rick, Gwen y Terry. La próxima vez que te escriba será desde El Cairo. Saludos, Stair Terrence dobló la carta de Alistair con una sonrisa brillando en su cara. Se rió de nuevo al recordar las líneas del chico referentes a los poderes de persuasión de Candy. Sabiendo de primera mano la extensión de su encanto, el hombre anticipaba que el “Viejo Elegante”, sin saberlo, tenía ya la batalla perdida. Las tensiones políticas en Europa con la asunción de Adolfo Hitler al poder y su reciente alianza con Mussolini eran preocupantes, por decir lo menos. Siendo un liberal de corazón, Terrence despreciaba las políticas promovidas por esos líderes, las cuales consideraba peligrosas y muy cercanas a una dictadura. Con tantas malas noticias, era muy agradable recibir una carta tan alegre y sin preocupaciones como la de Alistair. Terrence siempre había sentido debilidad por el joven. Más aun, estaba convencido de que Archibald dejaría al chico encontrar su propio camino. Sin embargo, si estallaba de nuevo una guerra, haría todo lo que estuviera en sus manos para ayudar a Archibald a mantener al chico fuera de peligro. El actor se levantó de su silla cuando terminó la revisión de toda su correspondencia. Ya era la primera semana de junio y sus hijos estaban en Edimburgo para pasar el verano. Miró las repisas de su gran librero pensando qué libro de poesía quería llevarse a la cama esa noche. Sus ojos barrieron su gran colección de ediciones antiguas de las obras y poesía de Shakespeare. Sin embargo no estaba de humor esa noche para los sonetos de Shakespeare. En su lugar, tomó el viejo libro de Candy de poemas de William Wordsworth. Cuando salió de su estudio, la casa parecía especialmente callada y se preguntó que estaría haciendo su ruidosa esposa. Al entrar a la recámara principal, el fonógrafo tocando “Más de lo que tú crees” y el sonido del agua corriendo desde el baño rompieron el silencio. -¡Ahí estás! ¿Dónde te escondías? – preguntó Candy saliendo del baño. La mujer se acercó a su esposo y colocó las manos de él en su hombro y cintura, bailó juguetonamente unos cuantos pasos con él. Terrence la siguió alegremente. Él sabía que esa era una canción que le gustaba especialmente a ella. Ella había comprado el disco cuando él se encontraba en una de sus giras, diciendo que le daba cierto consuelo durante su ausencia. Al haber perdido a su tercer hijo ese año en un aborto, Candy había estado particularmente deprimida durante los meses que siguieron al desafortunado evento. El que él estuviera lejos, incluso cuando se trataba de un breve viaje de recaudación de fondos, había hecho las cosas aun más difíciles para ella. De alguna manera la canción la hacía sentirse mejor. Él recordó esa noche de 1929, cuando regresó a Stratford unos días antes, sin avisar; ansioso por estar con ella. La había encontrado sola en el salón, sentada en la oscuridad. Incluso en su


8 dolor, sus ojos se habían iluminado cuando él entró a la habitación. Después de eso, él se había saltado la temporada invernal ese año para quedarse con ella y sus dos hijos. Heridos por su pérdida, ambos se necesitaban más que nunca. A su tiempo, su duelo emocional terminó y sus corazones sanaron. Tres años después nació Terrence Jr. Ahora, totalmente recuperada, su sonrisa era tan brillante como siempre había sido desde el día que la conoció. Pero, en ese momento, también vio una pizca de picardía en sus ojos mientras se movían lentamente con la canción. -¿Qué opinas si tomamos un baño caliente antes de ir a la cama, amor? – preguntó ella sugestivamente. Por toda respuesta, él sonrió y comenzó a desatar su corbata. Ella caminó hacia su tocador. Con calma empezó a quitarse las joyas mientras él entraba al baño. Cuando ella finalmente entró al baño de nuevo, solo con sus bragas francesas y su fina camisola, él ya estaba instalado cómodamente en la bañera. Ella admiró su cuerpo en forma un segundo, anticipando la sensación de sus cuerpos bajo el agua caliente. Sin embargo, recordando que todavía tenía que soltar su cabello, se volteó hacia el espejo del baño y comenzó a quitarse los pasadores. -¿Alguna novedad en el correo? – preguntó ella mientras los tirabuzones que había arreglado con estilo en su peinado, caían en sus hombros. -Solo de Alistair y Albert. ¡Viajarán a África y puede ser que nos visiten en su regreso a Estados Unidos a finales de verano! – contestó Terrence mientras admiraba la vista de su esposa quitándose la ropa interior justo frente a él. Sus rizos, ahora más largos, caían en sus hombros y le hacían sentir la necesidad de acariciarlos. -Aun me siento de veinte años cuando la veo. ¡Dios, tiene la espalda más hermosa! –pensó él. Cuando Candice volteó, con el cabello suelto y se metió a la tina, Terrence experimentó el mismo sentimiento que tenía al volver a leer un buen poema. Se conoce cada estrofa pero el efecto que produce en nuestra alma es nuevo. Ella se sentó entre las piernas de él, recargando la espalda en su pecho, sin decir una palabra. Sabía bien hacía donde se encaminaban, ya que las manos de él comenzaron a vagar sobre su cuerpo, con el pretexto de enjabonarla. Experimentado como era para prender la llama en ella, muy pronto ella no pudo resistir la tentación de voltearse hacia él. Un segundo después, eran uno.

El año siguiente, en primavera, Richard Grandchester tuvo un infarto y murió en su villa de Edimburgo. Así, su hijo Terrence se convirtió en el 15° Duque de N***. Tras el escándalo de la abdicación del Rey Eduardo VIII, el diciembre anterior, el hecho de que Terrence sucediera a su padre tras vivir como plebeyo por tanto tiempo, era peccata minuta. Con la amenaza de una nueva guerra, el Rey Jorge VI tenía cosas más importantes que hacer que cuestionar la sucesión de un Ducado.


9 Terrence y su familia se mudaron a Arundel Park, convirtiéndola en su residencia principal y pasando alternativamente la temporada invernal en Londres y sus veranos en Escocia. Fue una completa lástima que Eliza Leagan nunca fuera invitada a visitar a su “querida prima” la Duquesa, en una de sus propiedades a lo largo de Inglaterra. Durante ese otoño, la nueva Duquesa hizo que se removiera la mala hierba de Arundel Park y con los años hizo mejoras notables en los jardines. Su rosario y jardines de narcisos se volvieron famosos en todo Cheshire.

En temporada de narcisos (que saben que la meta de la vida es crecer) olvidando el por qué, recuerda el cómo En temporada de lilas que proclaman que el motivo de despertar es el soñar, recuerda el entonces (olvidando el parecer) En temporada de rosas (que asombran nuestro aquí y ahora con el paraíso) olvidando el si, recuerda el sí. En temporada de todas las dulces cosas más allá De lo que la mente puede comprender, recuerda buscar (olvidando el hallazgo) Y en un misterio existir (Cuando el tiempo de vez en cuando nos haga libres) olvidándome, recuérdame -E.E. Cummings

FIN

Mis más profundo agradecimiento a Begoña por su desinteresada labor en la traducción al español. Josephine Hymes

La temporada de narcisos 12 epilogo  
La temporada de narcisos 12 epilogo  
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