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LA TEMPORADA DE NARCISOS Por Josephine Hymes Una fanficci贸n basada en Candy Candy Final Story


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Prólogo A todo aquél que emprenda esta lectura: La historia que aquí se presenta no intenta hacer innovaciones estéticas con su composición, eventos, o símbolos. El cuento se basa –más o menos- en una historia escrita por Kyoko Mizuki e ilustrada por Yumiko Igarashio en los años 70s. Esta misma historia fue recontada por la propia Mizuki en una serie de dos novelas y finalmente revisada y editada en reciente publicación titulada Candy Candy: Final Story (noviembre, 2010). Por lo tanto, la presente pieza de ficción puede ser cualquier cosa, menos una historia original. Aún como una historia escrita por una aficionada, este texto no es el resultado de una sola mente creativa. De hecho, está plagada de ideas que han salido de las mentes de las fanáticas de la historia, especialmente aquellas fans que activa y entusiastamente participan diariamente en el foro de Candy y Terry en http://www.candyterry.com/forums. Así pues, esta narración nació como producto de las discusiones, sentimientos y especulaciones compartidos por las fans con respecto a las traducciones no oficiales de Final Story, así como del anime y el manga. Es por lo tanto justo, hacer un pleno reconocimiento a todas las participantes del mencionado foro que han inspirado esta fanficción. Se merecen especial mención las siguientes personas:  La administradora del foro, conocida por muchos como Candyterry;  Sara Nardo quien amablemente leyó los borradores originales en inglés, enviándome valiosa retroalimentación e ideas múltiples para mejorar la versión final;  Rosemary555 cuyas ilustraciones aparecen en esta publicación;  Nuria Márquez, quien ha elaborado una serie maravillosa de arte en tercera dimensión inspirada en esta historia. El lector puede admirar dicho arte en: http://www.youtube.com/channel/UCv7f8k5fE4Y1mzXxqgAJ34w http://nmarquez72.deviantart.com/  Elisa , quien diligentemente realizó la traducción al español y con paciencia aceptó toda mi retroalimentación para mejorar el manuscrito.


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La aficionada que articuló esta historia solamente ha entretejido sus propias ideas con las de sus compañeras foristas con el fin de orquestar una interpretación de la historia que refleja sus preferencias y puntos de vista al respecto de Candy Candy. Por lo tanto, al leer esta historia – si el lector se atreve a continuar- puede usted tal vez estar o no de acuerdo con ciertos eventos que tal vez encuentre improbables para una secuela real de la historia que usted leyó o vió en su infancia. Por favor, no lo tome a título personal. La escritora solamente intentó complacerse a sí misma y a la vez usó la escritura como un tipo de terapia para reducir el estrés de su vida profesional. Tuvo después el atrevimiento de pensar que tal vez otros podrían disfrutar el texto y por eso lo comparte con usted por este medio. Durante la redacción de esta historia, se realizó algo de investigación preparatoria con respecto a los usos y costumbres de la época (1920s y 1930s), periodo en el que se desarrollan los acontecimientos de esta pieza de ficción. Se han tomado como inspiración tanto libros, películas, y música de moda en aquel periodo histórico. También se utilizaron obras de Shakespeare, fotos, y artículos de enciclopedias varias. La escritora no ofrece disculpa alguna por las ideas así tomadas, ya que en una fanficción que no se realiza con fines de lucro, no se infringen derechos de autor de ningún tipo. Finalmente, con respecto a la clasificación, la historia podría considerarse como apta para adolescentes y adultos. Alguna discreción habrá de utilizarse con respecto a ciertos pasajes en los que se usa lenguaje vulgar o se representan escenas en los que la sensualidad es evidente. Considere usted esto antes de leer, si es que le incomoda ver a los personajes de esta historia representados como individuos adultos. Habiendo dicho esto y si a usted no le importa leer algo que carece de originalidad con tal de matar el tiempo, puede usted seguir adelante leyendo este prosaica historia de amor llena de clichés desgastados.


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LA TEMPORADA DE NARCISOS. CAPITULO I DOS CARTAS

EPISODIO 1 Voces infantiles flotaban en el ambiente. Era una de esas espléndidas mañanas estivales en la campiña de Indiana, cuando los saúcos están en flor. Candy había recolectado una cesta entera de esas diminutas flores blancas, y la señorita Pony estaba a punto de usarlas para preparar su famosa bebida de saúco1. No mucho después de que la anciana hubo vertido el azúcar en agua hirviendo, la dulce fragancia de las flores comenzó a invadir la cocina. La señorita Pony cerró sus ajados ojos deleitándose en el aroma y cuando los

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La bebida de flores de sauco y limón era un tipo de ponche –con o sin alcohol – que era común preparar durante el la primavera en la época Victoriana. La Señorita Pony, conservaba tal vez esta receta como herencia familiar, prueba de que quizá la anciana venia de una familia con ricas tradiciones y larga historia.


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abrió de nuevo, la imagen de su hija sacando el correo del buzón le llamó la atención. - Candy es ya toda una mujer- pensó la señorita Pony mientras observaba a la joven a través de la ventana de la cocina. La chica acababa de festejar su vigésimo sexto cumpleaños, apenas el mes anterior. Había habido una gran fiesta que había reunido a todos los hijos mayores del Hogar de Pony: Los Cornwell con su pequeño heredero; Jimmy Cartwright, quien llegó desde Chicago donde estudiaba, Tom Stevenson desde Lakewood, Patricia O'Brian que viajó sola desde Oxford. . . Todos se habían confabulado con la hermana María para preparar una fiesta sorpresa. Incluso el señor Andley había podido asistir, dándose un respiro de sus continuos viajes alrededor del mundo. - Todo el mundo la quiere- sonrió la señorita Pony, mientras mezclaba constantemente el ponche. - ¿Y cómo no quererla si es realmente una bendición para todos? La anciana recordó todas esas ocasiones en las cuales la joven había demostrado ser de crucial importancia en la vida de todos sus amigos. Candy había estado al lado de Annie durante los meses difíciles de su embarazo, sin dejarla ni un solo minuto hasta el día del nacimiento de su primogénito. Después, estuvo al lado de Jimmy cuando el señor Cartwright falleció, apoyándolo hasta que el chico siguió adelante con su vida. De hecho, fue gracias a ella que Jimmy había decidido ingresar a la Universidad, como su padre había deseado. Fue de nuevo Candy quien jugara un papel vital cuando ocurrió el brote de escarlatina en el Hogar de Pony, y también había sido Candy quien había trabajado incansablemente para reunir fondos para los niños inmigrantes de la escuela de Patty, antes de que ella se fuera a Oxford para estudiar su doctorado. - Siempre haciendo a un lado sus dolores y preocupaciones por el bien de los demás,- pensó la señorita Pony con un suave suspiro, - me alegro que por lo menos la hermana María y yo estemos aquí para cuidar de ella. Sin embargo, a veces me pregunto si esto es todo lo que ella necesita.


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En ese momento se escucharon los pasos apresurados de Candy que entraba a la cocina. La señorita Pony redujo el fuego en la estufa y se volvió hacia la joven. - ¿Alguna noticia?- preguntó la anciana casualmente. - Déjeme ver. Aquí hay una carta de los señores Hawthorne. - A verla,- dijo la señorita Pony mientras se limpiaba sus manos regordetas en el delantal – deben haber enviado la donación que prometieron. Candy, vestida con pantalones de mezclilla y una camisa a cuadros, extendió el montón de sobres, sobre la mesa de roble para poder clasificar el correo, mientras la señorita Pony leía distraídamente la carta. - Llegó otra postal de Albert- añadió Candy - una pequeña nota de Annie… y… La señorita Pony levantó la vista de la carta que estaba leyendo, notando el repentino silencio. Candy se había derrumbado literalmente en una silla cercana y sus mejillas habían perdido su color habitual. - ¡Santo Dios, Candy! ¿Qué es lo que pasa?- exclamó la anciana ¿Candy?- llamó de nuevo, acercándose a la muchacha. - No es… nada - respondió por fin la rubia con voz enronquecida. - Candice White Andley- la regañó la señorita Pony -¿Crees que me voy a tragar eso? No te has puesto pálida por nada. Dime ¿Qué pasa? La señorita Pony observó que las manos de Candy temblaban mientras sostenía la carta sin abrirla. Estaba como en trance, mirando fijamente el sobre. - ¿De quién es la carta?- preguntó la señorita Pony.


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- ¡Es una carta de Terry!- contestó la joven finalmente, casi gritando, y luego, parándose de un salto, como si la hubiesen pinchado con una aguja, salió corriendo de la cocina. Sus movimientos habían sido tan rápidos que la señorita Pony difícilmente tuvo tiempo para notar que los ojos de Candy estaban llenos de lágrimas. - ¿Qué está pasando aquí?- preguntó una tercera voz femenina, la de la hermana María, quien entró entonces en la habitación. La monja encontró a la señorita Pony sentándose pesadamente en la silla que Candy había ocupado segundos antes. - ¿Qué pasó, señorita Pony? Creo haber escuchado a Candy gritar. La señorita Pony le hizo señas a su compañera de todo la vida invitándola a que se sentara a su lado. Cuando la hermana María vio la expresión solemne en el rostro de la señorita Pony, entendió que algo serio pasaría en el Hogar de Pony. - Sucede, hermana María - dijo la anciana rompiendo el silencio mientras sacaba un pañuelo de su bolsillo para limpiar sus gafas –que finalmente el señor Grandchester encontró el valor para comunicarse con Candy.

La hermana María intercambio una mirada de complicidad con su amiga, mientras tomaba entre sus manos la cruz de madera que colgaba sobre su pecho. - Sabíamos que esto iba a ocurrir desde que nos enteramos del lamentable fallecimiento de la señorita Marlow ¿No es así, señorita Pony?- replicó la monja. - Lo sé, amiga mía, pero le tomó algo de tiempo decidirse. Había comenzando a pensar que nunca lo haría. - Creo que pasó poco más de un año - añadió la hermana María alzando los ojos como haciendo cuentas mentalmente - creo que es el tiempo


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apropiado para guardar el luto que se espera en estos casos. El señor Grandchester siempre me pareció un hombre con decoro a pesar de su carácter poco convencional. - Quizás esperó tanto tiempo porque era lo apropiado, o quizás fue porque tenía miedo- comentó la señorita Pony pensativamente- pero lo que realmente cuenta aquí, es cómo Candy va a reaccionar a cualquier noticia que esa carta pueda traerle. - ¿Qué pudo usted observar?- inquirió la hermana María. - Estaba en shock y creo que también estaba llorando- respondió la anciana, mientras se ponía de pie y se acercaba a la ventana. El viejo árbol de tulipas2 que dominaba la vista en la cima de la colina de Pony todavía estaba en flor. -Supongo que ella leerá su carta bajo la sombra del Padre Árbol. - Espero que eso apacigüe un poco su corazón- comentó la hermana María y después, como pensándolo mejor, añadió: Es obvio que este gesto del señor Grandchester la tomó por sorpresa. Sin embargo, debo decir que me intriga que así sea. La señorita Pony se volvió para ver a su vieja amiga con una mirada soñadora en el rostro. - Me temo que ese es el efecto que el amor tiene en el corazón humano; volviéndonos inseguros, ciegos ante el poder que ejercemos sobre el ser amado. Sabe usted, hermana María, a mí me parece que esta carta llegó de manera totalmente inesperada para Candy porque, después de tantos años, ella había perdido ya toda esperanza en este amor. - Creo que en su mente lo hizo- añadió la monja- pero obviamente su corazón no se había dado por vencido.

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El árbol de tulipas, o tulipero (Yellow Poplar, en inglés) es considerado el árbol representativo del estado de Indiana. En esta narración el Padre Árbol es un tulipero ya que por su forma y altura podría bien corresponder a la idea que todos los fans tienen de este emblemático árbol, y porque a su vez se considera típico del estado donde se encuentra el Hogar de Pony (en el contexto de la presenta historia).


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- En eso estoy de acuerdo- respondió la anciana, mientras volvía a sus ocupaciones.

EPISODIO 2 El Padre Árbol florecía fielmente cada mes de mayo. Sus flores, similares a magnolias amarillas con matices color pistache, duraban apenas un mes o algo así, pero su belleza hacía que la espera de todo un año valiera la pena. Candy se recordaba a sí misma, junto con Annie, recogiendo las flores que caían del árbol a principios de junio, para luego guardarlas en sus cuadernos como recuerdo de la primavera. En las largas y frías noches de invierno, las niñas solían contemplar aquellas flores secas deseando que volviera la primavera. Ahora, los primeros días de junio habían llegado de nuevo. Sentada al pie del árbol, Candy alzó su rostro para observar las pocas flores que aún se sostenían en las ramas. La luz del sol se filtraba por el denso follaje del tulipero. Candy respiró profundamente, sintiendo el olor del verano flotando en el aire. Con la carta en sus manos, sus ojos examinaban las palabras de la misiva por enésima vez. Tenía miedo de leer de más o de menos en las breves palabras que él había alcanzado a escribir. Stratford, 7 de mayo, 1924 Querida Candy: ¿Cómo has estado? No estoy seguro si esta carta llegará a tus manos alguna vez, pero tenía que probar mi suerte. Me decidí a enviarla a la única dirección con la cual sospeché aún podrías tener contacto. Tal vez estoy asumiendo demasiadas cosas, pero espero que estés enterada que ha pasado más de un año. . . y yo había estado planeado, más bien,


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manteniendo la esperanza de poder contactarte al final del primer año. Sin embargo, mi indecisión me impidió hacerlo por otros seis meses más. Pues bien, está dicho. Esto es apenas una obertura. Si no envío esta carta ahora, nunca lo haré.

T.G. P.D. Debes saber que nada ha cambiado en mí durante todos estos años.

Los ojos de Candy estudiaron cada línea y curva de la escritura de Terrence. Su letra, clara y decidida, no había cambiado en nada. De eso estaba segura. Sin embargo, no sabía cómo interpretar sus palabras. - Hace un año y medio- susurró Candy con nostalgia. Por supuesto, la joven sabía muy bien lo que había ocurrido en diciembre del año antepasado. Había sido en una mañana gris a finales de febrero, cuando había descubierto la noticia en los obituarios. Todavía podía recordar cómo sus piernas habían flaqueado cuando sus ojos tropezaron accidentalmente con el título de un anuncio que hablaba de la muerte de Susannah Marlow. Al parecer, la joven había sucumbido después de una larga y difícil batalla con una rara enfermedad. Susannah no había vivido lo suficiente para casarse con Terrence, a pesar de que habían sostenido una larga relación. Él por su parte, fiel a su promesa, la había apoyado hasta el final. Siendo la persona de buen corazón que Candy siempre había sido, la joven había sentido un profundo dolor al enterarse de la lamentable noticia. Por mucho tiempo había confiado que Susana le traería a Terrence un poco de tranquilidad después de su tortuosa adolescencia. Él por su parte, pensaba Candy, era el único que podía hacer feliz a Susannah. Era lo mínimo que la actriz se merecía después de su sacrificio… lamentablemente, una vez más, las esperanzas de Candy habían sido frustradas.


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Candy sabía que Terrence había sufrido profundamente después de su rompimiento, diez años atrás; su casi encuentro con él en Rockstown era la prueba fehaciente de su dolor. Sin embargo, la joven no se consideraba inolvidable. ¿Y cómo podría una simple chica de campo, sin grandes atributos, sin elegancia ni belleza considerarse inolvidable? Visto así, no era pues difícil creer que Terrence habría terminado enamorándose de Susannah y que ambos vivirían felices para siempre, justo como Candy había deseado. La única cosa que ella quería sobre todas las demás, era que él fuera feliz. Así que la partida de Susannah había sido un duro golpe para Candy. Su muerte había dejado a Terrence viudo antes de llegar a ser esposo. En ese entonces, Candy había temido que la naturaleza sombría del joven, en semejantes circunstancias, podría desatar de nuevo sus demonios; quizá llevándolo a hundirse en la depresión o tal vez en algo peor. Durante semanas se debatió preguntándose lo que podía hacer para llevarle algo de consuelo. Sin embargo, la muchacha dudó, insegura de su poder para ofrecer al joven un poco de alivio para su pena. ¿Cómo consolar a un hombre que había perdido a alguien tan querido como Susannah seguramente había sido para él? Además, siempre estaba de por medio la interrogante de cómo podrían los demás malinterpretar sus intenciones. Dios sabía que ella no esperaba tomar ventaja de la situación. Pero ¿Qué dirían los demás? ¿Qué pensaría el mismo Terrence? Estas consideraciones fueron más fuertes que su determinación, por lo que decidió confiar en que sus oraciones brindarían al joven cualquier posible ayuda que llegase a necesitar. Finalmente sus oraciones fueron escuchadas, o al menos eso creía ella. El año anterior, Candy se había sentido aliviada al enterarse que Terrence parecía seguir adelante con su vida. Su carrera tenía más éxito que nunca y no había habido rumores sobre abatimiento o indicios de nuevos problemas con el alcohol. Nada parecía fuera de lugar. Entonces fue el turno de Candy para notar algo más amargo. Ahora era oficial. Terrence la había olvidado. Él estaba vivo, libre, fuerte, en pie y sin ella. Candy estaba feliz por él, sinceramente feliz. Ese era el Terrence Graham Grandchester que había conocido y admirado siempre. Sin embargo, en el fondo de su corazón, ella lloraba su propia pérdida, comprendiendo que él había dejado de quererla. Tarde o temprano, un hombre apasionado como Terrence, no podía quedarse solo durante toda su vida. Con menos de treinta


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años, una posición económica holgada, con la fama a sus pies, y tan apuesto como siempre, no tardaría mucho en encontrar al alguien de quien volverse a enamorar. Seguro entonces se casaría y tendría sus propios hijos; hijos que no serían de ella. Al pensar todo eso, y muy a pesar de sí misma, Candy volvía a sentir la misma vieja punzada de celos doliéndole en el pecho. Terrence podría haberla olvidado, pero ella aún no podía arrancarlo de su corazón. Sin embargo, Candy había siempre mantenido en secreto estas penosas reflexiones, sin confiárselas a nadie; ni siquiera la señorita Pony o a la hermana María. - ¿Para qué?- se había dicho a sí misma cuando había sentido la necesidad de abrir su corazón a alguien -No sirve de nada llorar sobre el agua derramada. Esa siempre había sido su filosofía. Por lo tanto, el año anterior había redoblado sus esfuerzos para llevar a cabo las ampliaciones al viejo edificio del Hogar de Pony que sus dos madres habían soñado por tanto tiempo. Estos planes le habían traído cierta felicidad y estaba agradecida por eso. Y ahora, de repente, llegaba esta carta, diciendo tanto y tan poco a la vez. -

. . .había estado planeado, más bien, manteniendo la esperanza de poder contactarte al final del primer año - decía la carta.

Sus palabras eran parcas, casi crípticas; sin embargo, también estaban llenas de posibles significados. Desde el principio, -él había planeado- acercarse a ella. Todo esto era muy confuso para Candy. La joven escuchó un ruido sordo sobre la hierba. Era una de las flores del Padre Árbol que había caído de la rama que había sido su hogar original. Candy alcanzó la flor y suavemente acarició su corola en forma de trompeta. - ¿Qué quieres decir semejantes planes, Terry?- se preguntó hablándole a la flor. -¿Es acaso mi amistad lo que quieres recuperar? Si es así. ¿Por qué esperar hasta que Susannah muriera para hacerlo? Si me hubieses escrito en los años anteriores con el propósito de ponernos de nuevo en contacto, solamente como amigos, yo te hubiera respondido Terry.


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Sin importar lo difícil que hubiese sido para mí fingir, te juro que te habría respondido. Incluso consideré hacerlo en una ocasión, escribiéndote una carta que nunca me atreví a enviarte. Por el contrario, si lo que buscas ahora es algo más, ¿Cómo es que ya estabas pensando ponerte en contacto conmigo tan pronto murió Susannah? ¿No la amabas?- fue la pregunta impensable que inevitablemente cruzó por su mente– Entonces, todos estos años tú continuaste . . . Fue ahí que Candy detuvo sus pensamientos. Eso no podía ser. La joven se cubrió el rostro con ambas manos. Un dolor de cabeza muy familiar comenzaba a palpitar en sus sienes. Una parte de ella estaba deseando que la carta nunca hubiese llegado. Sin embargo, ahora era un hecho innegable que descansaba sobre su regazo. La señorita Pony tocó la campana llamando a todos para el almuerzo. La joven dobló el papel con cuidado y lo introdujo de nuevo al sobre. A continuación, tomó la flor amarilla que guardó en su bolsillo junto con la carta. No podía quedarse ahí por más tiempo. Había muchas tareas pendientes que le esperaban en la casa. Lentamente bajó la colina y mientras lo hacía, Candy decidió que tenía que responder lo más pronto posible. Sin embargo, no sabía lo que diría. EPISODIO 3 La señorita Pony y la hermana María habían acordado no preguntarle a su hija sobre la carta y Candy se sintió muy agradecida por su discreción. Había mantenido la compostura durante toda la jornada, cumpliendo con todas sus usuales tareas. No obstante, a pesar de su energía, no pudo engañar a sus maestras. Candy estaba demasiado callada y pálida para aparentar normalidad. Cuando finalmente se fue a la cama, después de cenar con poco entusiasmo, las dos mujeres solo intercambiaron miradas. Sin embargo, se mantuvieron fieles a su decisión y no dijeron nada. Durante el día, Candy había decidido explicarse toda aquella situación de la manera que más le convenía para conservar la calma. Era mejor pensar que Terrence solamente buscaba ponerse en contacto con una vieja amiga. En el


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pasado, seguramente Terrence había tenido miedo de hacerlo por evitar que Susana se pusiera celosa y por lo tanto no quería molestarla, así que se había mantenido al margen. Pero ahora todo era distinto. Él ahora era dueño de sí mismo y podía, de así desearlo, tomar la decisión de reanudar su amistad con ella. No había ninguna razón para interpretar sus escasas palabras de una manera diferente. Quizá estaba ignorando algunos detalles de la carta, como el plazo de un año que él se había impuesto, pero no quería arriesgar su corazón con especulaciones. Por lo tanto, en ese ánimo, decidió responder a la carta. A la mañana siguiente, después de enviar su carta, había hecho algunos comentarios ocasionales, sobre la intención de Terrence de reanudar su amistad con ella. - No quiero que empiecen a sacar conclusiones con respecto a la carta – había advertido a las damas que la miraban con incredulidad – esto simplemente se trata de dos amigos poniéndose al día y nada más. Se los aseguro.

La señorita Pony y la hermana María no hicieron ningún intento para contradecir a Candy, ni hicieron ningún tipo de comentario.


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LA TEMPORADA DE NARCISOS EPISODIO 4 La noche era cálida y el cielo estaba lleno de estrellas. A pesar de las luces de la ciudad todavía era posible divisarlas en el firmamento. El joven sintió la calidez particular del aire de verano acariciarle el rostro cuando salió del Met3. Había sido una noche memorable. Su sensibilidad artística le aseguraba que esta noche de estreno haría historia en el arte Americano. George Gershwin era sin duda un talentoso compositor y esta nueva pieza magistralmente ejecutada por la banda Whiteman, era lo mejor que había escuchado de Gershwin. “Rapsodia en azul”, ese era el nombre. - Un buen título, - pensó. Le hizo una señal a su chofer que lo estaba ya esperando, para hacerle saber que había decidido caminar hasta su casa esa noche. El aire de la noche y algo de ejercicio le harían bien.

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El Metropolitan Operan House de Nueva York


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Encendió un cigarrillo tranquilamente y comenzó a caminar por la calle con su paso característico. Parecía como un sueño el sentirse tan libre, tan vivo, después de ocho largos años de opresión. Había sido un cambio tan drástico que le había tomado algo de tiempo acostumbrarse. No es que se quejara.

La sensual introducción de Gershwin aun resonaba en sus oídos, mientras recordaba su vida de los últimos meses. La temporada había sido todo un éxito y los nuevos proyectos para el próximo otoño le mantenían entusiasmado. Ahora, podía ir a casa a leer las nuevas obras, por su propia cuenta. Podría saborear las líneas al leerlas en voz alta, sin importar que tan tarde quisiera quedarse despierto. Nadie le reprocharía por ello, ni lo importunaría con su intrusiva presencia mientras trabajaba. Por primera vez en mucho tiempo se sentía dueño de su propio destino. Desgraciadamente, tenía que admitir que había ganado una victoria amarga. El último año de vida de Susannah había sido una experiencia miserable para


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la joven. Sin importar que tan nefasta hubiera sido su relación, nunca había deseado su muerte. ¿Cómo podría? La pobre muchacha no había sido más que una criatura débil y atormentada. Además, sus dolencias físicas habían sido tan duras con ella, que merecía su compasión y no su resentimiento.

Cualquier cosa que hubiera ocurrido en el pasado, había quedado atrás. El médico había dado la noticia de la muerte inminente de Susannah a principios de 1921. No había podido hacer nada por ella, salvo esperar. De hecho, había tenido varios meses para aceptar la verdad y para prepararse para el momento final antes de que realmente sucediera. Sabía que una vez que ella se hubiera ido, tenía que tomar una serie de decisiones y que algunas de ellas no iban a ser muy agradables. El mismo día del entierro de Susannah, supo exactamente lo que tenía que hacer.

Una semana después del funeral de Susannah se había sentado a hablar con la señora Marlow de una vez por todas. Aun lo recordaba bien.

- Creo que hay algunos asuntos urgentes que tenemos que tratar, señora, - le dijo, sentado en la sala de su casa.

La mujer se había quedado simplemente en silencio, como esperando lo peor de este joven en cuya casa había vivido durante más de tres años. Ahora ya no tenía la excusa de ser su futura suegra y estaba lista para ser expulsada de la casa del joven tarde o temprano. Estaba consciente de que no era muy estimada por el joven actor.

- Creo que hemos llegado a un punto donde nuestros caminos deben separarse, señora Marlow- espetó él, optando por el método directo.


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- Sabía que esto pasaría - respondió la mujer con expresión agria. - Solo requiero de un par de días para empacar mis cosas, Terrence. No voy a seguir imponiendo mi presencia por más tiempo. - Se equivoca señora Marlow, no estaba diciendo que usted debe dejar esta casa. De hecho, estaba hablando de todo lo contrario- respondió él tranquilamente.

La señora Marlow abrió la boca pero de ella no escapó ningún sonido.

- He alquilado un departamento en la Villa4. Me mudaré allí mañana por la mañana. Si no le importa, señora, llevaré conmigo los muebles de mi habitación y del estudio. El resto está a su disposición- explicó. - Pero esta casa… - la mujer balbuceó. - Fue de Susannah desde el principio. La compré para ella, así que creo que es justo que usted se quede con ella – añadió.

Entonces él, sintiendo que la información necesaria había sido transmitida, se puso de pie, mientras buscaba algo en el interior del bolsillo de su chaqueta.

- Aquí tiene, - dijo extendiéndole a la mujer un sobre grande. - Estas son las escrituras de la casa. Están registradas a nombre de Susannah. Aunque ella nunca tuvo tiempo de escribir un testamento, pero siendo usted su madre, no creo que tenga ningún problema en reclamar la propiedad. También hay un poco de dinero en el sobre. Pensé que podría utilizarlo mientras decide qué hacer con su vida de ahora en adelante.

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Terrence se refiere al barrio conocido como “Greenwich Village” o simplemente “The Village”.


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La mujer recibió el sobre sin decir una palabra, sin saber cómo responder a ese regalo inesperado. En el fondo de su corazón, la señora Marlow sabía que ella y su hija habían agraviado a Terrence terriblemente, por lo que ahora era difícil entender la generosidad del joven.

- Mañana cuando me vaya, el chofer y el ama de llaves vendrán conmigo también. Fue decisión de ellos. Espero que no les guarde rencor, - dijo fríamente. - Ya veo- apenas susurró ella. - Una cosa más, señora- dijo antes de retirarse, con una chispa de determinación en sus ojos. - Me gustaría que entendiera que nuestra relación ha llegado a su fin. Por favor, no espere nada más de mí en el futuro. - Y con esta sutil advertencia el hombre salió de la habitación.

A la mañana siguiente dejó la casa sin decir una sola palabra a la señora Marlow, quien había decidido quedarse en sus aposentos. Terry no la había visto desde entonces y deseaba que las cosas siguieran así. Incluso las almas más nobles reconocen que hay momentos en los que se tiene que terminar con la caridad.

Esa había sido la parte más difícil, recordó él.

Sin embargo, el otro tema que en realidad era el que más importaba, no era tan sencillo como mudarse a otro barrio y comenzar a vivir solo. Si hubiera conocido a su propio corazón hace diez años como lo conocía ahora, las cosas habrían sido muy diferentes. Pensaba que ahora, a sus veintisiete años, sabía


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exactamente lo que tenía que hacer, pero saberlo y hacerlo eran cosas muy diferentes.

Sus sentimientos se habían mantenido inamovibles. El único cambio era que ahora eran más profundos y maduros. “La ausencia hace que el cariño crezca,” dicen algunos. Al menos sabía que en su caso era así. Por desgracia, un hombre no puede alejarse de la vida de una mujer un día, para luego recuperarla después de diez años, como si nada hubiese pasado. La sola idea de la escena, hacía que su corazón saltara de inquietud.

Ahora bien, aún estaba de por medio el problema del periodo de luto. No podía acercarse a una mujer cuando el cuerpo de su ex novia apenas había descendido a la tumba. No es que él se preocupara por guardar las apariencias. De hecho, estaba convencido de haberle dado a Susannah más de lo que ella merecía en vida, pero también sabía que Candy, como la mayoría de las mujeres, se preocuparía más por esos detalles. Después de todos los errores que había cometido, ahora tenía que mostrar cierta delicadeza, por lo menos.

Además, todavía se estaba planteando la cuestión de cómo iba a lidiar con sus propios miedos. Un océano de “¿Y si?” desordenaba su mente cada vez que pensaba en Candy. Creer que ella podía aun estar interesada en él era una arrogante presunción. No, no esperaba tanto. Sin embargo, se atrevía a pensar que ella no le guardaba rencor. Sabía que de ser así, la mujer tendría todo el derecho de sentirse así. Estaba firmemente convencido de que todo había sido su culpa de principio a fin, pero confiaba en el carácter dulce e indulgente de Candy para que lo recibiera con amabilidad, al menos, como a un viejo amigo.

Por supuesto, también existía la cuestión de si sería posible reanudar una amistad. ¿Qué posibilidad había de que ella siguiera estando soltera? Una


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mujer como ella no podría ir por la vida sin despertar el interés de los hombres a su alrededor. Terrence sabía que la belleza interior y exterior de Candy eran un premio que muchos codiciarían y por ende, estarían prestos a luchar por conquistarla. La sola idea de que ella estuviera casada con otro hombre le era repulsiva, pero tenía que admitir que la probabilidad de que así fuese era muy alta.

Estaba consciente de que sus probabilidades de éxito eran mínimas. Sin embargo, sabía que tenía que ponerse en contacto con ella para saberlo, aun a costa de hacer el ridículo una vez más. Si después del primer contacto, descubría que ella era de otro hombre, tendría que aceptarlo y desaparecer de su vida para siempre. Sus manos sudaban cada vez que su mente divagaba en esa dirección.

Pensaba que el tiempo haría desaparecer sus escrúpulos. Se repetía esto una y otra vez, tratando de darse valor con ese pensamiento. Cuanto más pronto se acostumbrara a la idea de buscar a Candy otra vez, su decisión crecería también. - Cuando pase el primer año estaré listo para actuar- Ese había sido su mantra. Sin embargo, el tiempo había pasado y su corazón estaba tan nervioso como el primer día que la idea le había pasado por la mente.

Podría ser ahora un hombre hecho y derecho, pero cuando se trataba de Candice, todavía se sentía como un adolescente inseguro. - Estoy condenado,- pensó, recordando sus sentimientos durante los últimos seis meses. Justo cuando su autoimpuesta fecha límite se acercaba, había tratado que sus planes llegaran a buen término, pero había sido en vano. Tomaba una


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resolución un día, solo para desecharla al día siguiente al encontrarle algún defecto.

Fue entonces cuando sucedió la cosa más extraordinaria en toda su joven carrera de actor. La Real Compañía de Teatro Shakespeare le había extendido una invitación para trabajar con ellos como artista invitado en su temporada de invierno de 1923. Era un gran honor y un gran logro para un actor tan joven. Su madre había sido la primera en instarlo para aceptar; y no era que él realmente necesitara de estímulo alguno para dar el sí a la invitación. De hecho, para Terrence, esa era la excusa perfecta para retrasar sus decisiones por un mes o dos después de la temida fecha. Sabía que estaba escapando estúpidamente de sí mismo y de sus sentimientos más apremiantes, pero aun así aceptó la oferta.

Por lo tanto, viajó a Inglaterra, donde pasó los meses más exitosos de su carrera, hasta ese momento, actuando en una serie de funciones diferentes. ¡Había sido tan emocionante! La compañía había estado trabajando en Stratford-Upon-Avon, Newcastle y en Londres y en otros lugares más. Por lo tanto, antes de que su mente pudiera digerir la realidad, estaba de regreso en la ciudad donde habían aclamado su Hamlet cuatro años atrás. Este era el mismo Londres donde su madrastra lo había maltratado, como el hijo bastardo que era. Ahora era recibido como un artista consumado, admirado y respetado por sus colegas y por la sociedad londinense en su conjunto. ¡Qué triunfo! Qué alegría perfecta hubiese sentido, si tan solo Londres no estuviese plagado de sus recuerdos con ella. Parecía que aún de otro lado del mar le era imposible escapar a su memoria.

Su compromiso inicial con la Compañía había sido por poco tiempo, es decir de noviembre a enero. Sin embargo, su éxito había sido tan sólido que había recibido otra invitación para unas cuantas actuaciones durante la temporada


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de primavera en marzo y abril. Por desgracias, para él, toda esta gloria se veía empañada por su agitación interna. Cuanto más tiempo le llevaba decidirse, peor se volvía su humor. Era realmente un asunto muy exasperante.

Cuando sus compromisos profesionales llegaron a su fin, decidió tomar un descanso antes de volver a Nueva York. Necesitaba un poco de tiempo para comenzar a pensar seriamente en su situación y empezar a actuar. Regresó a Stratford-Upon-Avon y alquiló una casa en las afueras, esperando que en este retiro, encontraría algo de paz para finalmente reunir el coraje que le faltaba.

Terrence recordaba aquellos días de soledad en aquella antigua casa de campo, como una de las etapas más importantes de su vida, porque se concentró en hacer el más profundo examen de consciencia. Pensó en mil maneras de producir el encuentro. Argumentó en contra de sí mismo una y otra vez, rechazando tal método como demasiado melodramático, o aquél otro como demasiado prosaico.

¿Cómo comunicarse con ella? Esa era la primera interrogante. No sabía dónde podía estar ella después de tantos años. ¿Podía simplemente arriesgarlo todo de una sola vez y viajar a Chicago a buscarla? ¿Dónde debía ir si fuera ese el caso? ¿A la mansión de los Andley? Y si así lo hiciera ¿Qué podría él decir en semejante situación?:

- ¿Cómo estás, Archibald? Estoy buscando a tu prima, la misma a la cual dejé ir por estúpido ¿Serías tan amable en decirme dónde está? – se había dicho a sí mismo, mirando su reflejo en el espejo.


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- ¡Mierda! No culparía al hombre si me matara en el acto, - concluyó desechando la idea al instante.

Luego pensó en las bondadosas damas del orfanato. Estaba seguro que Candy se había mantenido en contacto con ellas durante todos estos años. ¿Debía ir ahí y hablar con ellas? La mera idea de enfrentar a aquellas amables mujeres que una vez lo habían recibido calurosamente en su casa, le daba miedo.

- No, no podría mirarlas a los ojos sin sentirme avergonzado por mi conducta. Yo lastimé a su querida hija. ¿Cómo podía ir ahora con ellas para pedir su ayuda?

Quedándose sin mejores opciones, había decidido finalmente escribir una carta. La enviaría al Hogar de Pony con la esperanza que las damas pudieran redirigirla a cualquier lugar donde Candy pudiera estar. Había escrito tantas versiones de la misiva, que ya había perdido la cuenta.

¿Cuál sería el texto apropiado? ¿Debía ser simple y directo? ¿Debía verter todo su corazón en una solo carta? ¿Qué tan lejos podía llegar? ¿Un simple “hola” sería demasiado frío? Decirle “mi amor” ¿estaría fuera de lugar? ¿Podría escribir con ardiente pasión o con cautela como correspondería a un simple conocido?

Habían sido todas estas consideraciones las que lo habían atormentado por varios días, hasta que la mañana del 7 de mayo lo tomó por sorpresa. Era el vigésimo sexto cumpleaños de Candy. Así que obedeciendo a un impulso de último minuto, redactó aquella casi incoherente carta que con gran nerviosismo envió después por correo. Incluso, cuando ya estaba cerrado el


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sobre, necesitó hacer tres viajes a la oficina postal antes de poder reunir el coraje para finalmente depositar la carta. Sin embargo, cuando lo hizo, sintió como si hubiera sido poseído por una energía nueva y empacó todas sus cosas a toda prisa, llamó a su asistente para que reservara su boleto y partió hacia América, como si una cita previamente fijada requiriera de su regreso a Nueva York de inmediato.

EPISODIO 5

Terrence suspiró de nuevo al reconocer las sobrias formas de su edificio. Había llegado el fin de su paseo nocturno.

- Voy a dejar el auto en la cochera, señor. - Le dijo su chofer con su marcado acento italiano, mientras salía del automóvil. - ¿Cree que me va a necesitar mañana? - No, Roberto,- dijo Terrence distraídamente. - No tengo planes para este domingo. - Entonces, será hasta el lunes señor Graham. - Añadió el hombre, quien llamaba a su jefe por su nombre artístico. El único que Roberto conocía.

El joven dijo adiós a su chofer agitando brevemente su mano para luego entrar a su edificio. El portero estaba dormitando y no quiso molestarlo. Así, que en silencio tomó su camino hacia las escaleras.

Había sido un día muy largo; de hecho, había estado fuera toda la jornada. Temprano en la mañana había desayunado con su madre, después había asistido a una larga reunión con Robert Hathaway y toda la Compañía Stratford. Los planes para la nueva temporada comenzarían en septiembre y


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ya estaba exigiendo toda su atención. Más tarde había estado en una sesión de fotos e inmediatamente después había asistido a un aburrido almuerzo con su solicitor5, como él insistía en llamar al abogado que llevaba sus asuntos de negocios, y el resto de la tarde había trabajado en el teatro, ensayando por su cuenta. Su velada musical en el Met había sido su forma de concederse un rato de indulgencia después de un día agotador.

Giró la llave y la puerta se abrió lentamente. La habitación no estaba en total oscuridad. El ama de llaves había dejado la luz del vestíbulo encendida. Terry apreció la consideración de la señora O'Malley. Gracias a eso pudo ver una mancha rosa en la parte superior de la mesa de té de la sala.

Los ojos de Terry estuvieron a punto de salirse de sus órbitas, cuando entendió que la respuesta que tanto había estado esperando había llegado al fin. Prácticamente se abalanzó para arrancar el sobre de la mesa, pero una vez que lo tuvo entre sus manos, le tomó un tiempo abrirlo. Estaba perdido, repasando la forma particular de la letra de Candy; todavía pequeña y femenina como la recordaba. Entonces, después de otro segundo de vacilación, abrió el sobre y leyó lo siguiente:

Hogar de Pony, 15 de junio 1924.

Estimado Terry:

5

En el original en inglés, Terrence emplea el término “solicitor” que es normalmente usado en Inglaterra para designar a los abogados que se encargan de asuntos civiles y de negocios. El hecho de que él rehúse utilizar el término “lawyer” que es más comúnmente usado en Estados Unidos nos habla de su resistencia a americanizarse, a pesar de haber vivido ya en ese país por varios años.


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Me ha sorprendido gratamente recibir tu carta. Me alegra que no estés resentido conmigo por ser tan mala amiga; especialmente cuando en todos estos años nunca encontré tiempo para escribirte unas líneas, ni siquiera para enviarte una tarjeta de navidad. Te prometo que esta vez seré más constante en mi correspondencia contigo.

Tu idea de enviar la carta al Hogar de Pony fue en realidad muy acertada. He estado viviendo y trabajando aquí desde hace casi nueve años. Trabajo en una pequeña clínica y ayudo a la señorita Pony y a la hermana María cuidando de los niños. Últimamente también estoy involucrada en la recaudación de fondos para nuestro querido hogar. A veces viajo a algunos lugares para visitar a nuestros benefactores, pero siempre me siento más feliz cuando estoy aquí, en este pequeño rincón en el campo. ¿Sabes? Estamos planeando hacer algunas mejoras en el Hogar este año. Todos estamos muy ocupados con esos planes.

Así que ya ves, sigo siendo la misma chica poco sofisticada que alguna vez conociste, solo que con algunos años más encima. Annie por lo general me regaña diciéndome que estaré en camino de convertirme en una solterona, si insisto en seguir viviendo aquí. Pero este es mi hogar y me encanta.

Bueno, me temo que vas encontrar mi estilo de vida un tanto aburrido en comparación con tus aventuras teatrales y tus viajes. De todas formas, como parece que todavía te interesa mi amistad, me alegra mucho poder ponerme en contacto contigo nuevamente.


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Atentamente

Candy.

P.D. la señorita Pony y la hermana María siguen siendo tus más grandes fans. Han seguido tu carrera de muy de cerca y te envían cordiales saludos.

*****

El amanecer estaba llegando cuando Terrence por fin cayó dormido. La carta, que él literalmente ya se había aprendido de memoria para ese momento, todavía estaba descansando sobre su pecho.

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