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Stanford. La empleada del año El Universal Lunes 08 de junio de 2009 El 18 de febrero de 2009 se destapó uno de los mayores fraudes en México. La firma Stanford, que presidía el millonario texano Allen Stanford, era investigada por las autoridades de Estados Unidos. Las causas: malos manejos y presunto lavado de dinero. Stanford operaba en México una empresa de fondos de inversión, pero en ésta también se ofrecían de manera ilegal inversiones en dólares con altos rendimientos fuera del país, en paraísos fiscales. Tras meses de ocurrido el desfalco, los saldos aún no se dan a conocer, aunque se estima que el fraude tocó a 4 mil 500 inversionistas mexicanos por más de mil 200 millones de dólares. Gabriel Bauducco, en su libro Imperio de Papel, da cuenta de los excesos que se realizaron en las oficinas en México; la forma en la que se enganchaba a clientes. Ta

El viernes 14 de octubre de 2005 amaneció con el clima del otoño que había llegado a la ciudad de México, pero se resistía a enfriar la temperatura. Todo ese mes los índices de contaminación ambiental estuvieron altos y moverse en las calles era una experiencia no muy agradable. Por esa época, las oficinas de Stanford en México ya estaban en el mismo lugar que cuando todo se derrumbó en la calle Andrés Bello 10, en Polanco. La única diferencia con el momento de la debacle, es que entonces sólo tenían el sexto piso del edificio y parte del séptimo. Desde allí operaba el escuadrón de captadores de dinero que, entre otras cosas, inflaba las arcas del banco de Antigua. —En realidad, el giro de la empresa era consultoría de personas morales —me dice el señor X—. Nos dedicábamos a la consultoría en cuanto a recursos humanos, contabilidad, asuntos fiscales, etcétera. Consultoría de cómo mejorar tus ventas, tu negocio en general. Aunque la verdad es que ya se captaba dinero desde ese entonces. Tan es así que había clientes que mandaban voluntariamente su transferencia al banco en Antigua, ya fuera desde Estados Unidos o desde México. Si lo reportaron o no, eso fue asunto de cada uno. El hecho de que tú hagas una transferencia bancaria no implica que le estés reportando ese dinero a Hacienda. Lo cierto es que ésa no era la única manera en que muchas personas sacaban su dinero de México, asegura mi informante. —Había algunos otros clientes que llegaban con un cheque de un banco estadounidense. Bank of America, Bank of New York. Ellos le dejaban un cheque a su asesor de Stanford y mediante un área de operaciones, un área secreta, esto se metía en un paquete y se mandaba en el pounch, en un avión privado que rentaba Stanford México y volaba a Antigua. En ese avión se alternaba gente de recursos humanos, de confianza de David Nanes, de contraloría. Eran básicamente tres. La aeronave salía por lo menos una vez al mes, cuando se juntaba una cantidad interesante de cheques. Esos documentos podían ir a nombre del banco, porque finalmente tú, como cliente, tenías una cuenta bancaria y podías hacer el cheque a tu nombre o a nombre de Stanford International Bank, y atrás le ponías “para depósito en la cuenta tal”. Cuando el bando en Antigua recibía esos documentos, los mandaba al cobro en Europa o Estados Unidos. Es decir, el proceso era complicado: avión de México a Antigua y ahí el dinero se lo tomaba como bueno al cliente, desde que el cheque tocaba el banco, sin embargo todavía la institución tenía que mandar a cobro esos papeles. Por eso Stanford International Bank también tenía cuentas abiertas, más de 50 en todo el mundo. Así funcionó durante más de 10 años. —¿En qué periodo? —Hasta 2005.

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—Por qué dejaron de hacerlo? —Porque detuvieron un avión y ya no se pudo seguir. —Es claramente ilegal sacar dinero en cheques sin declararlo. —Sin embargo muchos grupos financieros lo hacían. —Existían algunos otros a los que ya les habían detenido aviones. Si tú eras mi cliente y venías con un cheque de Bank of America, podías decirme: “ a ver señor, aquí está un documento por 200 mil dólares. ¿Te lo doy?” Sí, como no. Pero no te puedo firmar como que lo he recibido…. X sonríe, levemente, de la misma forma que debe de haberlo hecho cuando esta conversación era real y en lugar de un periodista, tenía enfrente a un inversionista. X sonríe como le dijeron que tenía que sonreír: con cara de que ninguna situación desagradable se presentaría, con cara de “estoy haciendo algo irregular, pero el mundo lo hace y nunca ha salido mal”. Así ha girado esta gran rueda financiera durante años, sin aparentes víctimas ni victimarios.

—No podías firmar porque estando en territorio nacional no es legal captar dinero para entidades financieras en el extranjero. —Sí, podía pero la recomendación era no hacerlo. Tenía que explicarle: “yo no soy el captador del dinero, sólo te voy a hacer el favor de mandar tu cheque, para que no te arriesgues a que en la aduana de Toluca te lo detengan”. Todas las mensajerías privadas salen del aeropuerto de Toluca. Allí hay un equipo de aduana, que aleatoriamente abre los sobres para ver de qué se trata. Buscan drogas, efectivo, valores que no sean susceptibles de transportarse de esa manera. Cheques, por ejemplo. La realidad es que todo lo que parece estar relacionado con bancos, lo abren. Y no abren 15%. Abren 50%, por lo menos. X dice que así funcionaban las cosas. Que si cualquier cliente mandaba sus cheques por mensajería privada, lo más probable era que el sobre fuera abierto y terminara en manos de Hacienda. Entonces, al poco tiempo los clientes tenían que dar explicaciones por el dinero que sacaban del país. ¿Por qué está mandando un cheque para afuera? Porque tengo una cuenta en Stanford International Bank. ¿Ah sí?, ¿desde hace cuándo y por cuánto, y por qué no lo había reportado ante Hacienda? ¿Por qué no había pagado los impuestos sobre las ganancias que había obtenido con esa cuenta en el extranjero? Es su obligación como mexicano reportarlo al fisco. Uno podía decir que tenía un amigo en Antigua (qué casualidad, en Antigua, un lugar con un régimen fiscal preferente) y que le estaba prestando dinero. Pero si la aduana interceptaba un sobre con un cheque mayor de 10 mil dólares estadounidenses, uno estaba en problemas, porque en la mayoría de los casos los cheques iban a nombre de ellos mismos y llevaban su propio número de cuenta. X lo dice claramente: “si te cachaban, estabas jodido”.

Por eso los directivos del grupo siguieron los preceptos que Allen Stanford heredó de su padre y de su abuelo para la operación del negocio. “Un testamento de habilidad y comprensión de los valores y riesgos que son necesarios para alcanzar el éxito”, dijo Stanford apenas en la primera edición bimestral de 2009 de la revista World Finance. Allí, el magnate aseguró todo se daba “trabajo duro, una visión clara y valores para el cliente”. Eso, el cliente ante todo. Por eso idearon este particular sistema de mensajería privada, exclusiva e ¿ilegal? —¿La gente confiaba? —Totalmente. Son clientes que tenían varios años con uno, que después de mandar un cheque veían que se acreditaba y que no había problema, que podían revisar su estado de cuenta, tanto físicamente como vía

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internet. Se les pagaba a una buena tasa. La gente confiaba, sobre todo porque cuando pedía dinero, su dinero estaba; veía a un banco con estados financieros auditados, regulados. Por más que ahora te digan sí, pero el auditor era un negrito con un despacho. Pero cuando tú te metías a revisar la información, veías que el auditor era CAS Hewlett, que tenía oficinas en Europa. Básicamente en Inglaterra, la más grande, y otra en Antigua. Era un auditor serio. Cuando sabías que la base de datos más grande del mundo, Dunn & Bradstreet, le daba al banco una calificación de 5A, que es la más alta en ese rango que ellos pueden otorgar, confiabas. Te ponían por escrito cuánto valía el bando, y que el índice de quiebra del banco en Antigua era menos de 1%. Lo que te daba a entender que para que quebrara, tenía que suceder una catástrofe mundial… El “servicio de mensajería” no tenía fechas específicas para los vuelos desde el aeropuerto de Toluca, pero la mayoría se programaban los viernes. Todo dependía de la cantidad de dinero que se juntara. Cuando la suma superaba el millón y medio de dólares, el vuelo se a agendaba. El hombre X dice que eran básicamente tres personas las que hacían esos viajes con regularidad: Maricamen Martínez, la contadora; Verónica Spíndola, directora de recursos humanos y David Handelman, el Mini-Me.

—¿Cuál era el monto más alto que alcanzaban a transportar? —No mucha gente se enteraba de eso. Sólo tres o cuatro personas. Creo que no había límite. —Supongo que no viajaban en un auto cualquiera. ¿En qué iban al aeropuerto? —No. Las llevaban en camioneta blindada o en coche blindado de David. Los cheques iban en portafolios. Cuando estás en un avión privado, la gente de aduana entra y te solicita el pasaporte. Si quiere checar una maleta, te la pide. La verdad es que la revisión es mucho menos estricta que en un vuelo comercial. Hoy hay rayo láser, no te quitan los zapatos. “¿Y a qué va a Antigua?” “Trabajo para un grupo que tiene oficinas allá, voy a una junta”. Los viajes de esas tres personas comenzaron a ser más frecuentes y el personal de aduana y de migración se percató de los movimientos. Ellos mismos deben de haber avisado a la Procuraduría General de la República. Los directivos de Stanford México trataban de rotarse para no llamar la atención, pero no había mucha gente en la que Nanes confiara para esos asuntos. El 14 de octubre de 2005 le tocó a Verónica Spíndola. Rondaba los 30 años, tenía el cabello negro y lacio, los ojos café y se arreglaba muy bien. No es de esas mujeres de belleza despampanante. Tampoco era de las que pasaban inadvertidas. Pero si por algo era posible que destacara era por sus modales y su seguridad. Se había casado aproximadamente a finales de 1003, y su vida —salvo por los viajes a Antigua— corría con apabulladora normalidad. Llevaba un tiempo trabajando en la compañía y era de las mejores empleadas. Sabía que tenía un lugar importante, se le notaba. Iba preparada: su portafolio de papeles, su computadora portátil, lo necesario para que nadie sospechara. Había pasado por ese proceso otras veces. Era casi de rutina. Te subes al avión y entonces entra personal del aeropuerto. Allí te preguntan si tienes algo que declarar. Y siempre los empleados de Stanford deben de haber contestado: “no, nada”. Como lo dijo mi informante, a diferencia de los vuelos comerciales, al menos en ese momento, en el aeropuerto de Toluca no había máquinas de rayos x ni detector de metales en el sector de abordaje de los vuelos privados. Las primeras veces aduana y migración no deben de haber dudado. Pero cuando los viajes se hicieron recurrentes las cosas cambiaron. Esa vez, como todas las anteriores, Verónica guardó su maletín en una gaveta del avión, se sentó y esperó que nada fuera diferente. Pero cuando los encargados de la inspección subieron y pidieron revisar su portafolios. Era un hecho, los días del “correo privado” se habían terminado. En ese instante Verónica llamó a David Nanes. Él no era de lo que hacían habitualmente los viajes para llevar los cheques a Antigua, pero todos sabían que justo ése era un momento de fragilidad en las operaciones de la empresa.

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El hombre X dice que Nanes habló de inmediato con Allen Stanford y que el millonario viajó a México en esos días. O, al menos, eso es lo que Nanes le dijo a sus empleados.

—Ahí se destapó un capítulo muy gris para Stanford. Todos estábamos preocupados. David logró frenar, de manera efectiva, pero no sé de qué forma, a la prensa, a los noticieros. Solamente en un par de publicaciones se dijo que se había detenido un avión con cheques en dólares. Nunca se consignó el nombre de Stanford. En algún periódico salió el nombre de Verónica, pero no mencionaba que era por una situación relacionada con Stanford. Nanes se movió mucho. Es verdad, los periódicos no se ocuparon del asunto. Seguramente porque el nombre del banco no estaba involucrado. Todavía con algunas imprecisiones, sobre todo en las fechas, La Jornada del 22 de octubre de 2005 dice: La PGR detuvo en Toluca, Estado de México, a una mujer que pretendía sacar del país más de 5 millones de dólares. (…) Ayer, en el aeropuerto de Toluca, Verónica Espíndola (sic) Balandrazo fue detenida antes de abordar un vuelo a la isla caribeña de Antigua, en posesión de 5 millones 168 mil 573 dólares que no había declarado a las autoridades aduaneras. El Ministerio Público Federal adscrito a la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada logró obtener un arraigo contra Espíndola Balandrazo, ya que será investigada como presunta responsable de un delito equivalente al contrabando y operaciones con recursos de procedencia ilícita (lavado de dinero).

—Fueron unas tres semanas difíciles —recuerda el hombre X—. Pensábamos que esto iba a salir a la luz pública y que perderíamos clientes, y estaríamos en problemas, porque se trataba de una captación irregular de dinero. No podía difundirse.

—Lo irregular consiste en que un banco que opera en México no está autorizado para captar dinero y llevárselo al extranjero. ¿Esto es correcto? —Exactamente. Tal cual. Tú no puedes solicitar negocios para tus compañías filiales en el extranjero si estás en suelo mexicano. Esto está prohibido.

X dice que cuando Verónica Spíndola fue detenida se negó a declarar hasta que llegaran los abogados de la empresa. Toda la horda de abogados acudió a donde estaba ella. Entonces sucedió lo obvio: la mujer fue formalmente detenida, no había un abogado que pudiera evitarlo.

—Mas no en una correccional o en una cárcel cualquiera —me dice X—. Quedó en una especie de casa de seguridad.De hecho, su esposo podía visitarla. David también la iba a ver. Hablaba mucho con ella. Nosotros estábamos preocupados porque Verónica es una buena persona. Preguntábamos por ella todos los lunes en nuestra junta habitual de las 8 de la mañana. “¿Y cómo está Verónica? “Está tranquila —respondía Nanes— Quiero que sepan que está siendo cuidada y monitoreada por nosotros. El señor Stanford está enterado de todo esto. De hecho vino a México”. —Pero a ustedes, los empleados, no les consta que haya venido, ¿o sí? —No nos consta. Vino un grupo de abogados de Estados Unidos. Hicieron maravillas. David Nanes decía: Stanford tiene dinero. Podríamos sacarla pero quedaría una mancha en su expediente. Lo que tenemos que

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hacer es demostrar que no ha hecho nada malo. Y, sí, finalmente le costó mucho dinero a Stanford en términos de abogados, tiempo y paciencia, pero dijeron que darían mordidas.

—¿Y qué pasó con los cheques? —Fueron detenidos por Hacienda. Hubo que avisarles a los clientes, lo cual fue un asunto muy desagradable. Decirles: “oye, fíjate que en el proceso de sacar tu cheque, en esta ocasión el avión fue detenido y el documento lo tiene Hacienda, la aduana o la SIEDO. Hubo clientes sumamente molestos… —Cancelaron los cheques, supongo. —Se cancelaron los cheques. Mucha gente pidió al banco de donde era el cheque un stop payment, que le llaman. Pero ése no era el asunto. El asunto era… —Aduana, Hacienda o PGR no iban a cobrar los cheques, el asunto era que los estaban sacando de manera ilegal…

—Exacto, Bueno, irregularmente. Ilegal suena mejor. Si es un cheque mayor a 10 mil dólares, tienes que reportarlo. El cheque es gringo y ese dinero ya está fuera de México… Yo simplemente en mi talonario le puso 100 mil dólares y te lo di. Pero ese dinero no está en México. Lo que está en México es el pedazo de papel. Sin embargo, para la ley, da lo mismo si es cheque mexicano o extranjero. La ley fiscal interpreta que si estás sacando un cheque por más de 10 mil dólares y no lo reportas, estás incurriendo en un delito fiscal. Aunque la cuenta y el dinero estén en San Antonio, si tú lo sacas por avión desde México, es suficiente para estar fuera de la ley. Finalmente, después de todo, se zafó de la bronca a los clientes. Muchos de éstos eran miembros de la acomodada comunidad judía mexicana, me cuenta X. —Estaban sumamente molestos. Culpaban a Stanford de cualquier futura auditoría fiscal que pudieran recibir. Hubo un sinnúmero de juntas entre David Nanes y los banqueros con personas a quienes se les habían quedado atorados los cheques. David contrató unos abogados y conseguimos devolverle los cheques a la mayoría, en las instalaciones de Stanford México. Los recuperaron mediante un notario que fue a la oficina. Sólo uno de ellos enfrentó una auditoría posterior. Pero no necesariamente fue por eso. A los otros jamás se le llegó una auditoría. Los clientes cuyos cheques quedaron detenidos y no pudimos recuperar, de todas formas fueron a las oficinas, con el notario, para firmar un papel que decía que sabían que el documento no había sido depositado en el banco de Antigua y que lo cancelaban. En efecto, los poderes, que detallaban las especificaciones de los cheques perdidos, fueron firmados a nombre de Fernando Reygadas Anfossi y Moisés Castro Pisaña, para que tuvieran la facultad de recoger esos documentos ante las autoridades. Avanzado enero de 2006, Verónica Spíndola se reintegró a sus actividades ordinarias en la oficina. Intentaba ser la misma, no cambiar su semblante, no ser especial ante la vista de sus compañeros. Pero ella sabía muy bien que esos 90 días de detención la habían cambiado para siempre. Nada sería igual desde entonces. Sus deseos de seguir adelante estaban intactos, pero algo dentro de ella había cambiado: su confianza, su humor, sus sensaciones.

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Stanford. Viva la vida GABRIEL BAUDUCCO •SEGUNDA DE DOS PARTES El Universal Martes 09 de junio de 2009 Trabajar en Stanford era entrar a un mundo de excesos. En el libro Imperio de papel se revela que los salarios del escruadrón de captadores de inversiones llegaban hasta 600 mil dólares al año, en algunos casos. Pero para pertenecer a la firma había que mantener un elevado estatus de vida Se movían como miembros de una colectividad exclusiva. De gente como ellos se pueblan los restaurantes caros y algunos clubes. "Aquí viene gente de negocios", hemos escuchado decir a dueños de muchos restaurantes y siempre nos hemos preguntado quiénes son, qué cara tienen, para quién trabajan, cuánto ganan, dónde viven. ¿Son gente normal? El escuadrón estaba acostumbrado a vivir a lo grande, a codearse con los ricos del país; aunque en realidad su nivel de ingresos, en algunos casos, alcanzara sólo para mantener las apariencias. El hombre X vivía esa vida de lujos prestados. -Había de todo. Algunos ganaban 40 o 50 mil pesos al mes. Otros, 600 mil dólares al año. Y dependiendo de cómo te fuera, pasabas de comprarte zapatos en Ferragamo a visitar la tienda de Antonio Solito 8, una de las sastrerías más costosas del país, o mandabas traer zapatos de Europa. Siempre podían ir un poco más allá. Un día se compraban camisas en Etro o en Prada, pero luego conocían a un camisero de primer nivel que viajaba desde Hong Kong para visitar al escuadrón. -En eso se va la vida de un banquero. Te vistes como tienes que vestirte para ganar cada vez más dinero. Tu cinturón era Hermes, tus calzones eran Etro, tus mancuernillas para las camisas valían 500 dólares, tu coche de lujo, más lo que gastabas en comidas. Pero no sólo quienes trabajábamos en Stanford, eh! Eso es el famoso bluff. Andas en un BMW330 con un maquinón, como si pudieras correr en la ciudad de México. Nos volvíamos target perfecto para un secuestro exprés. No éramos la clase de persona a la que iban a secuestrar para pedir un millón de dólares de rescate, porque se nos notaba que no éramos empresarios, pero con un raspón que te den, con que se lleven tu coche y lo que traes puesto, ya te quitaron más de 500 mil pesos. A mí me sucedió, igual que a todos. Había quienes cambiaban de gimnasio por uno más exclusivo, se compraban otro coche, cambiaban de restaurantes. No te das cuenta enseguida, pero si no eres imbécil, en algún punto miras atrás y... sí, te cambió la vida. Para las mujeres era igual. Sus vestidos, sus zapatos, sus bolsos, sus joyas, servían para impresionar, para seducir, para ganar poder en un mundillo manejado por hombres en el que ellas, las únicas cuatro captadoras de México (tres en el Distrito Federal y una en Monterrey), competían de igual a igual. Pero los números mandan. Ellas eran cuatro, éste era un juego de hombres. Aunque no les iba nada mal. Cuando el escándalo se desató, una de ellas apareció mucho en los medios. Rochelle Sidney tuvo la buena o la mala suerte de ser asesora financiera de la actriz Laura Zapata. Su caso fue tomado como modelo en la prensa. Ella, por ejemplo, "tenía dos autos de lujo y un departamento verdaderamente enorme", asegura el hombre X. Las oficinas de Stanford en México dejaban boquiabiertos a los visitantes, acostumbrados a visitar otros bancos. *** Un lujo que utilizaban como parte de un discurso visual de fortaleza. Desde las ventanas, la amplitud del Campo Marte les regalaba la vista de la Bandera de México ondeando en cámara lenta. Era difícil que un cliente llegara ahí y no tuviera la sensación de poderío. La gente se iba con la certeza de tratar con una empresa seria. Cuando me lo cuenta, X deja ir su mirada hacia ninguna parte, y se acomoda en la silla como si aún estuviera sentado en la sala de juntas que le era tan familiar. Ese mismo sentimiento querían despertar los asesores cuando tenían citas fuera de las oficinas con prospectos de inversores, por eso no escatimaban en gastos. Las comidas con los clientes eran frecuentes. ¿Qué vino quiere tomar? El que quiera, de verdad. Cuando las expectativas eran que ese sujeto podía entregarle una buena cantidad al grupo, los asesores ni siquiera lo pensaban, para eso tenían su presupuesto. No importaba si acababan gastando 5 o 6 mil pesos en una comida, o en un viaje si era un buen prospecto. Lo que importaba era la inversión que podían conseguir. *** ¿Qué tan lejos llegaban las farras con los clientes?

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Eso dependía de cada promotor, dice mi fuente. ¿Qué si llegaban a invitarlos al Men's Club o al Solid Gold, algunos de esos lugares donde las chicas bailan sin ropa y se toman copas con los clientes? Pues, sí, en algunos casos, sí. Pero no eran la mayoría. -Más bien era preferible invitarlo al Abierto de Tenis de Acapulco y de ahí a (la discoteca) Baby'O y luego, tal vez, a algún putero, eso dependía de cada asesor y de cada cliente. Podías llegar tan lejos como quisieras. Había muchas maneras de conseguir clientes... te iban recomendando. Pero también podías salir de antro y conocer gente, hacerte de un círculo que podía invertir. -Los clientes grandes, de varios millones, ¿cómo llegaban? -Ésos siempre eran por referencias y demandaban mucho trabajo y tiempo. Y cuando tenías un cliente muy grande, de por lo menos entre cinco y 10 millones, podías solicitar un viaje en avión privado para llevarlo a Antigua. -Para que hiciera su depósito en persona. -No, para que fuera a convencerse, para que conociera. Allí se entrevistaban con Juan Rodríguez Tolentino, el presidente de Stanford International Bank. Les explicaban en qué invertía el banco, les mostraban los pormenores tecnológicos y hasta las bóvedas donde guardaban los estados de cuenta que la gente pedía que no fueran entregados en México. Les daban los detalles acerca de los filtros que usaban para evitar la recepción de fondos de lavado de dinero. La gente quedaba complacida. X no recuerda ningún caso de un cliente que, tras hacer ese viaje, se hubiera negado a invertir en el banco. No, a diferencia de otros asesores financieros, los de Stanford no se metían con regularidad en la necesidad de proveer de muchachas a sus clientes. -No era como en las casas de bolsa, donde el ambiente es otro, ahí puedes irte a una comida, estar con cinco mujeres y fajarte con dos al mismo tiempo y después a ver a dónde te ibas. Claro, si le tenía que pagar el Solid Gold a un cliente, pues se lo pagaba, si era eso lo que quería se lo daba, pero no era el estilo de Stanford -dice el hombre X, con cierto aire de dignidad-. Preferíamos invitarlo a un restaurante de lujo. Era mejor vernos en otro lado, invitarle una botella cara y una buena comida. Y la verdad es que el cliente no escatimaba en pedir lo mejor. Ése era el distintivo de Stanford. -¿Y así se comportaban todos los ejecutivos? -Bueno -X sonríe-, había compañeros que eran más osados. Se iban de desmadre junto con los clientes a conocidos antros de Polanco. Ahí agarraban viejas y se las echaban. Pero no les pagaban. Iban a Moma o la Love. Aunque, en realidad, eso era algo que hacían sólo algunos. Qué rico, ¿no? Rico, sí, en todo el sentido de la palabra. Ellos podían hacer lo que otras instituciones bancarias apenas soñaban. Si eras un cliente importante, el escuadrón podía invitarte a torneos de la ATP, series masters de tenis. Y con un poco de suerte, desde luego fuera de competencia, podías acabar peloteando un rato con Pete Sampras o con John McEnroe. La cantidad de dinero que Stanford destinaba a los patrocinios deportivos abría muchas puertas, compraba unas cuantas sonrisas y aseguraba importantes inversiones. Algo parecido sucedía con el golf. La inmensa carpa montada con los lujos de la "calidad Stanford" albergaba cientos de invitados. *** Los mariscos y el caviar, los salmones y el mejor alcohol. Todo estaba dispuesto para que los invitados disfrutaran de un torneo de golf con los mejores jugadores de la PGA. Y no sólo eso. Los buenos clientes del banco eran invitados un par de días antes al ProAm, cuando antes de la competencia podían jugar con Vijay Singh, Sergio García o Camilo Villegas, estrellas del golf. Allí, el mundo Stanford se mostraba en su mayor esplendor. El logotipo y la marca estaban en todas partes: las tribunas, las gorras, la ropa. Los invitados se alojaban en el lujoso hotel Peabody y por la noche asistían a un concierto de Aretha Franklin. El esplendor construido con grandes nombres y con viajes exclusivos hacía que las personas que se acercaban al banco se sintieran atraídos por la oleada de glamour. Quizás no sea cierto que esta compañía gastaba menos dinero que otras en materia de posicionamiento y mercadotecnia. Quizá lo único cierto es que su estrategia de exclusividad funcionaba de manera cabal. Ah, al cliente no le gusta el golf ni el tenis... bueno, pregúntale si le gusta el polo. Entonces lo llevaban a Inglaterra, para ver jugar al equipo de Stanford en el que, por cierto, también jugaba el príncipe Harry. *** Cada tres meses el ejército de ejecutivos de Stanford se reunía en una Top Producers Convention (TPC). Esos encuentros eran una especie de recompensa para quienes habían llegado a su cuota de captación. Allí conversaban sobre las expectativas de crecimiento, analizaban las inversiones del banco, recibían conferencias de personalidades, los cerebros de la economía mundial. Allí, también se divertían. Vaya, cómo se divertían. Ir a una de esas conferencias era pertenecer a la élite de los banqueros. Si trabajar para Stanford ya era bueno, ser parte del grupo de los mejores captadores de capital era grandioso. Claro, eso no duraba para siempre. Dependiendo del desempeño que cada uno de los ejecutivos tuviera, era invitado a una reunión pero mirar desde muy afuera.

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Era en esas reuniones donde los muchachos se relajaban, y las grandes cantidades de dinero que ganaban los empleados se hacía más evidentes. *** Aunque la mayoría de las veces las TPC se realizaban en Houston o en Miami, también se organizaron reuniones en Venezuela, Panamá, Memphis, un par en México, Londres, Zurich, Nueva Orleáns y Nueva York. Encabezando a los vendedores y algunos ejecutivos de marketing, hacían su aparición Sir Roberto Allen Stanford, Juan Rodríguez Tolentino (presidente del Stanford International Bank en Antigua) Jim Davis (director y jefe de finanzas) y Laura Pendergast (jefa de inversiones). También asistían asesores del banco provenientes de diferentes partes del mundo. Ése era el caso del ex canciller mexicano Jorge Castañeda, quien ha reconocido que como parte del consejo de asesores asistió a dos reuniones en Washington y una en Nueva York. *** Estaba dicho, Allen Stanford sabía bien cómo montar los mejores escenarios para que sus negocios fueran iluminados por la presencia de grandes personajes. Los grandes nombres externos, y la seguridad de los discursos de los internos, constituían un espectáculo para los ejecutivos, quienes tomaban nota de cada palabra, cosechando argumentos para las futuras citas con sus clientes. "Estamos en una gran institución", se convencían los miembros del escuadrón. En lo que va del año, llevamos mil millones, y todavía falta el último trimestre. Esta vez, rompimos un récord. Ahora, la utilidad del banco creció 30%. No, pues está increíble. Más tarde Laura Pendergast presentaba un resumen de cómo habían invertido el dinero. Nos movimos a la plata porque tiene más valor industrial y el oro ha bajado 30%, también compramos certificados de petróleo. Nos cambiamos de euros y de libras a dólares (¿a dólares, en plena crisis? Nadie preguntó eso). *** -Esa tipa es una maga, pensábamos todos. Te ponían delante a los analistas financieros más famosos, y ellos decían que estaban de acuerdo con lo que el banco hacía. Y, además, Luego salía un reporte trimestral auditado, donde supuestamente cada documento que publicaba el banco, para podérselo mostrar al cliente, tenía que ser revisado por la Superintendencia de Bancos, Entonces, no había duda. Decías, eso es bueno, esto es oficial. La gente que nos critica no tiene ni idea. Esto es la crema de la banca privada. Estos tipos en verdad saben cómo ahorrar dinero, pagando 4.5 en vez de 2%, y lo hacen bien. Habían maravillosos discursos del señor Stanford. Había videos. Había de todo... en fin, salías muy orgulloso y convencido de esas convenciones. -¿Convencido? -Bueno, engañado, tal vez. Sin embargo, esas reuniones que habitualmente duraban tres días, tenían una agenda de trabajo sólo hasta las 4 de la tarde. Luego de eso, viva la vida Stanford. Los organizadores eran conscientes de que cuanto más lujo mostraran a sus empleados y a los demás, más reforzarían el concepto de solidez, que tanto les importaba. En esos viajes, los empleados podían elegir si llevaban a su pareja o viajaban solos. *** Ellos sabían consentirte después de hacerte corretear la zanahoria como hámster en una rueda, durante tres meses. Era agotador. Era como tirarte al agua fría con pirañas y tiburones, cruzar el Canal de la Mancha y una vez que tocas tierra, ya hay un cabrón pisándote los dedos... Y vas para el otro lado, decía un compañero. No había descanso. Entonces, cuando acabábamos las reuniones del día, nos íbamos a cenar con los compañeros. Y si habíamos viajado solos, terminábamos yendo al equivalente a algún Solid Gold, del lugar en el que estuviéramos, o a la disco de moda. *** Los captadores eran las auténticas estrellas del grupo. No eran quienes aparecían en los medios, ni los que al final de cuentas se llevaban los laureles en las presentaciones trimestrales, pero sin duda eran los que mantenían el crecimiento del negocio. Quizá por eso en una ocasión en que la TPC fue convocada en Zurich, los organizadores resolvieron reconocer el grado de importancia que ellos tenían y les prepararon un show para demostrarlo. Una noche, decidieron llevarlos a cenar a un tradicional restaurante suizo. Largas mesas, trajes típicos, comida en demasía. El asunto es que cuando llegaban al lugar, los ejecutivos se encontraban con una alfombra roja que los recibía. Y a los lados, una horda de falsos paparazzi que los fotografiaban, como si hubieran sido verdaderas celebridades. Por un momento tuvieron la extraña sensación de ser protagonistas. Ese tipo de detalles hacía que los empleados de Stanford se consideraran parte de un grupo inigualable. Miembros de una de las empresas más poderosas del mundo, capaces de obtener lo que otros intentaban pero no conseguían con facilidad: llevar cientos de millones de dólares a las arcas del banco. Meses después, el encuentro fue en Nueva York.

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Los autobuses se habían detenido varias calles antes de llegar. Un viernes al atardecer, las calles angostas de Wall Street se habían convertido en un embudo que no les permitía seguir. Pero no fue un error. Desde ese punto hasta las puertas del restaurante Cipriani, en el 55 de Wall Street, una alfombra roja que cubría varias cuadras recibía a los invitados. En el trayecto, se encontraban con grandes reflectores que, como si fuera la "batiseñal", proyectaban el logotipo de Stanford, el águila, por todas partes. Curioso modo de adueñarse del centro bursátil que maneja la economía mundial. Mañosa forma de marcar un territorio al que nunca pertenecerían. Era una decisión institucional. Esa empresa no sería pública, no cotizaría en la bolsa. Nadie más que Stanford y sus allegados conocerían las tripas de la compañía. En esa calle, desde las ventanas de las oficinas de sus competidores, JP Morgan y City Group, algunas personas se asomaban para ver aquel carnaval, preguntándose qué estaba pasando. Mientras avanzaban, los invitados se encontraban con diferentes artistas que actuaban para ellos. Incluso un tenor cantaba desde uno de los balcones, con las alas del águila de Stanford desplegadas a sus espaldas por el efecto de un reflector. Había comenzado a llover, pero en unos cuantos minutos la mayoría de los invitados estarían disfrutando de una de las más memorables fiestas que haya experimentado el mundo de los empleados del grupo en toda su historia. Nadie podía creer el grado de opulencia al que habían llegado. Las grandes columnas del salón principal de Cipriani emulan lujos palaciegos. La altura de los techos, la luz brillante que emana de los candiles, la lustrosa historia de los pisos en los que generaciones de adinerados caminaron, servían de escenario para la cena de gala. No había una razón especial para semejante festejo. No era un aniversario de nada, no se había terminado aún guerra, no estaba por nacer un sucesor. La única excusa para el dispendio era la sencilla y persistente idea de que cuando más se hablara del grupo en determinadas esferas, mayor cantidad de dinero lograrían captar para sus diferentes empresas. *** Los muchachos del escuadrón estaban felices. Nunca antes habían ido a una fiesta como ésa. Seguramente, para muchos era incluso su primera vez en Nueva York. Todos trataban de comportarse con naturalidad, pero el entusiasmo les robaba la cordura. Reían, brindaban más de la cuenta, hablaban fuerte y gesticulaban con grandilocuencia. En ese encuentro de la TPC tocaba entregar los premios a los empleados del año. Los 10 candidatos dieron un pequeño discurso. *** A la mañana siguiente, los muchachos del escuadrón no acababan de creer lo que habían vivido. Qué importaban las presiones de los tres meses anteriores. Qué importaban las presiones de los tres meses anteriores. Qué importaban las críticas de la competencia y la desconfianza de los clientes. Nada que tuviera la magnitud de aquella fiesta podría ser falso. Ese día se internaron en las reuniones de siempre. Los discursos sobre el rumbo de las operaciones de la empresa y las visitas de los nombres famosos. Nada nuevo...

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09/06/2009

Standfor  

Standfor La empeada del año. Standfor Viva la vida.

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