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CapĂ­tulo I La Carta


“(...)..Las sombras se apoderan prácticamente de todo lo que rozan, casi instantáneamente… eso explica tantos seres aquí con la vista perdida, tantos entes paralizados. Debes entender que sois parte de ellos, uno más. El caos se ha tornado tranquilo estos días, ellos ya asumen su estado de silencio... Ni recuerdan si quiera lo que es motivarse al ver la luna reflejada sobre el agua. Desolador, pero no menos interesante, al menos, conservarán la eternidad entre sus fríos dedos. No temáis, que el temor te humaniza, si queréis pasar desapercibido, mostraos inmune a cualquier tipo de emoción. Verás cómo se mueven, despacio, sigilosos, en busca de una víctima más. Que no os sorprenda su cordialidad y galantería, es parte de la trampa. Os enseñaré a hablar como ellos, a pensar como ellos, a vivir como ellos.. Preparad tu alma o lo que queda de ella, ya que te han impuesto compenetrarte en la oscuridad. Mantened los labios apretados, frente al horror que estáis por enfrentar. Debo decirte, mi amigo, que aún no habéis visto nada. Tu carruaje seguramente llegará mañana a media noche, cuidaos de las autoridades, ellas están bajo el poder oscuro. Desgraciadamente, la confianza resulta ya algo poco visto por estos lares. Os esperaré en la puerta de la iglesia del pueblo, daos prisa cuando llegues, tratad de que nadie os note y ve por las calles oscuras. Con aprecio, tu fiel amigo… Olivier.” Así sin más, confundido ya, y abstraído por las dudas, Zagiel guardo la carta apresuradamente entre sus ropas, mientras el carruaje seguía en movimiento. Estaba solo, solo frente al infierno, interno y el que lo rodeaba. Observo detenidamente su herida, profunda pero ya cicatrizada, resultante del ataque de las bestias de la noche, que lo habían convertido en contra de su voluntad, en parte de la Oscuridad que se adueñaba poco a poco de los pueblerinos. Así como de su ser, que por una parte, progresivamente deseaba sangre humana para poder subsistir, y su otra parte intentaba conservar la calma y no caer en la locura, planteándose sin otra alternativa, ser frío, para poder controlar y saciar así, su profunda sed de venganza… La noche estaba templada, ideal para caminar en soledad, clima perfecto, para que los caballeros oscuros salgan de cacería, y reclutamiento de nuevas almas para el maligno ejército que, hora tras hora, sumaba adeptos. Zagiel se acurrucó sobre el asiento de cuero, cayó en un sueño profundo a pesar de las escasas comodidades del interior del carruaje. Y se durmió bajo la luz de la luna, quien hizo brillar un relicario que lleva en su cuello desde niño, que él porta como protección…


CapĂ­tulo II Las Bestias de la Noche


“Los No-muertos se despertaron, se sintieron reconfortados frente al paisaje que observaban, adoraban ver arder a los pueblerinos, en general sustraían sus armas, antes de quemar sus hogares y destruirlos. A las mujeres y niños se los llevaban como esclavos, como juguetes o bien resultaban ser comida para ellos. A los jóvenes se los convertía en vampiro, sólo a los que ellos dispusieran, se tomaban el trabajo de ser selectivos con ellos. Extrañamente estaban alterados, un estado nervioso los abrumaba, pero reían enfáticamente al pensar que era la locura la causante de ello. En el fondo, su instinto los alarmaba con el presentimiento de que El elegido había llegado. Todos en la legión vampírica estaban al tanto de la Profecía, pero nadie creía profundamente en ella, pues se conformaban con construir su nuevo imperio, quitándole importancia a la idea de que un hijo de Eva pudiese estar destinado a vencer tan monstruosa potencia, ni que él portase el suficiente poder para hacerlo. Por lo que a ellos respectaba, disfrutaban alimentándose de los habitantes del lugar o bien los torturaban y aniquilaban indiscriminadamente, y dependiendo de sus bienes, se apoderaban de ellos o quemaban sus propiedades, como símbolo de humillación y desprecio hacia la raza humana. Hombres, mujeres y niños envueltos en la oscuridad total, dependientes de la sangre y la supervivencia a costa de los demás, carentes de total sentido en sus acciones, pero dotados de estrategia, calma e inteligencia en cuanto a sus modalidades. Mostraban refinamiento más allá de su condena a subsistir como bestias. Una comunidad entera, en constante aumento, dispuesta a destruir todo lo que se le enfrentara y que no fuere de su misma especie. Si bien, no sólo habían asimilado la educación, organización y cultura del ser humano sino que portaban la misma misión que él: perpetuar la especie y expandirla sobre la faz de la Tierra, afín de crear la Era Oscura, que perduraría para las generaciones posteriores...” Zagiel despertó de forma abrupta, por un estrepitoso golpe que había sacudido el carruaje. Había pasado ya el bosque, supo así que se encontraba cerca, lo que no sabía era qué tan, pero lo presentía. El olor a carne quemada fue desapareciendo lentamente. La diligencia dejó de moverse, Zagiel supo que había llegado. Lo que veía en parte lo atemorizaba, pero no le sorprendía. Pudo ver proyectado lo que Olivier decía en la carta. El paisaje era aterrador, casas incendiadas, gritos y sollozos que se escuchaban lejanos, salvo la luz que irradiaban los incendios, y la luz lunar, no alumbraba nada más. Zagiel perdido, en esos gritos por un instante, se reincorporó rápidamente y bajó de un salto del carruaje. Se arregló un poco las vestiduras y ocultó su relicario, un bien familiar, perteneciente a su difunta madre, muerta recientemente hacían ya 3 meses. Él y su madre eran tan unidos como podrían madre e


hijo serlo en sí, su pérdida fue un golpe duro, pero supo sobrellevar el duelo en su interior. Un penetrante olor a putrefacción particularizaba la zona, haciendo que Zagiel tuviese arcadas al principio, hasta que se acostumbrase con el pasar del tiempo. Sin embargo, se tornaba fugazmente inquieto frente a su alrededor, como si experimentara un extraño estado de euforia frente a tanto desastre. Sin duda, la mordida había empezado a hacer efecto, haciendo que Zagiel empalideciera con cada paso que daba. Mientras tanto, Olivier, párroco de la iglesia del pueblo, esperaba impacientemente la llegada de su amigo, esperanzado de que los síntomas de la mordida no transformaran a Zagiel totalmente en un vampiro dispuesto a matar todo ser humano, guiado por su olfato, que junto con la vista y el oído son los sentidos más desarrollados gracias a la enfermedad, entre otras cosas. Zagiel apuró su paso, ignorando forzosamente sus síntomas, caminó unas cuadras, y llegó a la iglesia. Buscó en su saco su reloj, faltando cinco minutos para medianoche, suspiró y se sentó, sobre los primeros peldaños de la iglesia. Progresivamente dejo de escuchar los gritos lejanos, las llamas de las casas ardiendo, se le nubló la vista y se debilitó súbitamente. Olivier, abrió la puerta de la iglesia y divisó a Zagiel, mientras que éste, con sus últimas fuerzas y ya a punto de desmayarse, se dejó caer hacia un costado, quedando recostado sobre los grandes y fríos escalones. Olivier lo tomó de los brazos, y sin emitir sonido, lo llevó a rastras hacia el interior de la iglesia. Si bien los vampiros habían arrasado con la mayoría de la estructura edilicia del pueblo, su raza no les permitía entrar a las iglesias, así como escapaban al agua bendita, la cual el párroco había rociado alrededor de la iglesia para espantarlos. Una vez dentro, Olivier llevó a su amigo hacia su habitación, bastante sencilla y humilde, iluminada por velas, y en la cual se podía ver un crucifijo sobre la cabecera de su cama de madera, un ropero, su mesa de luz y sobre ella el rosario y la Biblia. Frente al ropero, se encontraba el escritorio donde tenía su tintero, papeles y pluma, lugar donde escribió su llamado a Zagiel, informándole de la maldición que había sido engendrada en el pueblo. Zagiel temblaba, apretaba con fuerza las sábanas con sus manos y sudaba en frío. Luego de seis horas, los síntomas se atenuaron y logró conciliar nuevamente el sueño, estando bajo compañía de Olivier, quien lo cuidaba de que no se lastimara por los movimientos espásticos, impulsados nerviosamente por los síntomas de la mordida. El párroco sabía bien su final, pero aún así se mantuvo a su lado para que pudiese controlar su enfermedad, y lidiar con ella, por más que estuviese arriesgando su propia vida al permanecer al lado de lo que prontamente sería


un monstruo. Al fin y al cabo, entendi贸 entonces que esa era su misi贸n y estaba dispuesta a cumplirla.


CapĂ­tulo III El Encuentro


“Han pasado ya 7 años, desde entonces, y aún no supero el error que cometí. La atrocidad que cometí... Todo fue mi culpa, y él murió conmigo, cuando me quedó mirando fijamente a los ojos, con una leve mueca en sus labios. “Sabía que pasaría… ha llegado el día, mi amigo, ha terminado mi trabajo. ¿Por qué lloráis si sois ahora un diamante brillante, cortante y pulido? Vos seguís siendo un alma del Señor aunque la eternidad os condene...” Y dejó de respirar, pero no dejó de mirarme. Amigo, padre y mentor de lo que soy ahora, al servicio de la crueldad y dependiente de la sangre humana. Él, en su locura, me alimentó con víctimas, y me enseñó todo lo que había logrado observar de los vampiros para poder entrar en su Legión. Mi demencia una noche no pudo más, y sin darme cuenta lo maté. Y no sentí culpa. No me contuve, no supe contenerme. Mi instinto, mi sed, fue más que yo y maté a quien desde un primer momento fue testigo de mi nueva vida, de mis crímenes como vampiro, y quien me procuró que no olvide mis mas profundos sentimientos, ni mi pasado, pero que los durmiera en lo mas hondo de mi ser. Y los dormí demasiado, lo suficiente como para no evitar morderlo. No pude salvarlo, había perdido demasiada sangre. Yo le había sacado demasiada sangre como para que pudiese seguir con vida. Y él tan sólo me miro sonriente y se fue...” Zagiel cerró de golpe su libro, más bien su diario, donde anotaba, desde que Olivier se lo había dado como regalo en su último cumpleaños, todos sus pensamientos, con la idea de que si se olvidara quién era, si se encontrara fuera de sí, releyera y recordara lo que verdaderamente es como ser humano, evitando que la locura lo hiciera olvidar de lo que aprendió a esconder, lo que cuidadosamente tapó con la indiferencia, durante años a ojos de los demás. Él había aprendido a no llorar, no deseaba hacerlo, sin embargo una lágrima cayó por su mejilla. Siempre pensó que llorar es un acto de debilidad, y con más razón no lo haría, ya que los hombres no lloran.. Los vampiros no lloran. Guardó debajo de su almohada blanca su diario. Y se acomodó el sobretodo que llevaba puesto. En su cuello aún colgaba su relicario, y en su bolsillo conservaba el reloj. Todo en su mismo lugar, como hacían ya 7 años desde que él había llegado, cuando las sombras habían tomado el lugar. El pueblo había cambiado, los vampiros reconstruyeron los hogares, castillos enormes, maravillas hechas por sus propias manos, ya que a ojo de los demás pueblos, resultasen verse como humanos, y más aún para los próximos turistas que desearan visitarlo. Ropas oscuras, pieles pálidas, y un enorme festín nocturno, que iluminaba al pueblo y lo animaba, festejando las cosechas y ganancias venideras, entreteniéndose con algún sacrificio humano o bien disfrutando con la vista de las doncellas vampiresas que bailaban al ritmo de


la música que algunos de los de su especie, habían tenido el don para componer y ejecutar. Salvo los esclavos humanos, nadie concurría a la iglesia a rezar, los vampiros con el tiempo se habían vuelto un poco más tolerantes y respetuosos con las creencias de los humanos con poder, les convenía al menos, dar esa imagen. Sin embargo, el trato se mantenía implícitamente despótico como siempre había resultado ser. Saltó como de costumbre, cuidando que nadie lo viera, por la ventana de la habitación, y dió una vuelta manzana para distraer a los no-muertos, si es que se encontraba con uno, haciéndoles creer que tenía su propio hogar cerca de allí. Fuera de su casa, Zagiel era prácticamente un vampiro más, seguro de sí mismo, arrogante, frío pero no menos cordial, fuerte, con un humor particularmente sarcástico o hasta burlón si lo requería, dándole esto un toque de extraña simpatía. Siempre con una actitud despreocupada, y hasta desinteresada, y siempre con el toque de locura justo, sin dejar de ser coherente. Se mostraba por momentos reservado, por momentos mas receptivo frente a las relaciones con los vampiros, mal que mal, debía hacerlo, pero no permitía que nadie se acercara demasiado. Esa noche su intuición le decía que podría llegar a ser diferente, pero no prestó mucha atención a ese mensaje interior. Y se dirigió a la fiesta nocturna, sin muchos ánimos. No quedaba muy lejos, solo a cinco casas de donde se ubicaba la iglesia. Los seres de la noche bailaban al compás de la música, mientras que habían grupos apartados de jóvenes vampiros, observando más bien el panorama, a la espera de conquista de alguna bella joven que les correspondiera para pasar el resto de la fiesta juntos y por qué no, el resto de la eternidad también, más por compromiso que por neta elección de aquello que había dejado de latir hace tiempo. Zagiel, para no ser menos, se dispuso a observar a las doncellas. “Nada interesante” Pensó para sí. Sin embargo, súbitamente sintió una presencia detrás de él y saltó nerviosamente. Su ceño tenso y sus ojos profundos se tornaron sorpresivos al ver una extraña dama callada mirándolo atentamente, a los ojos ahora. Zagiel: -No debería hacer eso, iba a matarla de un golpe. (Esboza, aparentando tranquilidad en su voz) Dama: -Perdóneme (ríe, progresivamente mira el suelo... Calla nuevamente y lo sigue mirando). Zagiel: -Qué Q. (Tartamudea y alza la voz para disimular los nervios) QUÉ HACE?


Dama: -Lo observo, es Ud. un ser bastante extraño. (Levanta una ceja) Ah!, No me sorprende, en fin... Disculpe si lo incomodé. (Se arregla el vestido y empieza a irse) Zagiel la toma apresuradamente del brazo, y la suelta, más nervioso aún pero controlando sus impulsos, se recompone y recupera sus rasgos fríos. Zagiel: -Dígame su nombre, por lo pronto yo un rostro no olvido. (Dijo, mirándola de reojo) Dama: -Ya volverá a tener noticias mías, mi lord. (Le clava sus ojos penetrantes unos segundos con una sonrisa cándida, mira hacia el tumulto y camina despacio entre el gentío vampírico. Finalmente desaparece) Zagiel trata de seguirla con la vista, tiene temblores nerviosos, respiró profundo y se tomó una copa de una de las mesas vacías que había en el lugar. Estando solo uno se aburre, pero crea incertidumbre en el pensamiento de Zagiel respecto de la muchacha y su encuentro poco fortuito, se encoge de brazos y decide caminar hacia la iglesia, sorteando a los vampiros quienes luego de la fiesta, deciden ir de caza a los pueblos vecinos. Entra sigilosamente por la ventana, suspira, se recuesta en la cama del cuarto, cruzándose de brazos y mira fijo el techo. Su mente se llenó de incontables cuestionamientos hacia su extraño comportamiento y el cruce ocurrido, el Interrogatorio duró media hora más hasta que finalmente decidió dar por finalizado el tema y cerró los ojos, negándose a seguir exprimiendo su cerebro con incógnitas que deberían ser resueltas posteriormente. Acomodó la cabeza en la almohada y al cabo de una hora termino durmiéndose, la vela que iluminaba se consumió y quedó su rostro apenas iluminado por la luna, asomada en la ventana…


CapĂ­tulo IV La Intriga


Un día más iluminaba sobre el pueblo, donde ya luego de 7 años había tomado unos cambios. Los vampiros después de la apoderación del mismo, dieron oportunidad a los humanos restantes poder convivir con ellos, cumpliendo el rol de ciervos, a cambio de perdonarles la vida. Les convenía por el simple hecho de mantener una imagen de normalidad en el pueblo, y tener la posibilidad de realizar cosas que la luz solar no les permitía, como lo es el mantenimiento de los hogares y bienes, mientras los seres de la noche dormitaban y recuperaban fuerza para sus planes nocturnos. Zagiel despertó antes de que el sol le tocara la piel, y apresuradamente corrió la cortina, oscurecía moderadamente el pequeño cuarto. Escribía en su diario, lo ocurrido la noche anterior y le surgió esa curiosidad intensa por saber quién era la dama extraña de la fiesta. Zagiel se dedicó a limpiar las estatuillas, los bancos polvorientos de la iglesia, para manutención de la misma, un deber que cumplía su tan querido amigo Olivier. Lustraba cuidadosamente la puerta del Sagrario cuando detrás del Altar observa una pequeña compuerta entreabierta. Desde que había llegado a la iglesia jamás se había percatado de aquella compuerta, ni siquiera cuando Olivier estaba con vida. Zagiel dejó el trapo, se acercó a la pequeña caja incrustada en la pared, donde observó un extraño tubo con un líquido de coloración lila, terminó de abrir la compuerta y sacó el elemento, lo observó cuidadosamente y destapó el tubo, el cual contenía un corcho. Lo inhaló profundamente y no percibió aroma alguno. Lo tapó de nuevo y se lo llevó con él a la habitación. Se sentó en la cama y lo estudió por horas, pensando entre ocurrencias desfachatadas, qué podría pasar si lo bebía. “En el peor de los casos me mataría, pero creo que no es problema, me reencontraría con Olivier, dejaría de sentirme tan solo y culpable...”. Dejó de pensar e impulsivamente lo tomó de un sorbo, y se recostó en la cama, esperando lo peor. Se quedó tenso, con el ceño fruncido con la mirada perdida, pero no sintió absolutamente nada. Se giró observando al techo, intentó pararse pero súbitamente cayó inconciente al suelo. Fue como si un sueño profundo se hubiese adueñado de él. Al llegar la noche, recuperó la conciencia, se palpó las manos, asegurándose de que su visión fuese correcta, se sentó y miró a su alrededor. Se alteró de golpe, al ver que se encontraba en la cama, tapado, y la ventana estaba abierta, corría una brisa fresca y la cortina seguía tapándola. Notó un papel en la cómoda, sostenido con el tubo de la pócima, que contenía las siguientes líneas: “Sois libre.”. Más aterrado quedó aún, al ver que la elegante caligrafía pertenecía a Olivier. Se tomó la cabeza con las manos, aterrado, quedó con la mente en blanco y procuró calmarse, respiró profundo, pero no podía evitar temblar. Se perdió en el sueño, entre espasmos y respiros profundos para intentar relajarse, con la nota en sus manos, apretada contra su pecho…


Esa noche, Zagiel iba paulatinamente transformándose, sin saber que en su cuerpo corría la ventaja subliminal sobre los no-muertos y el éxito secreto, que Olivier había guardado tan bien toda su vida... Un estudioso herbolario y alquimista, dentro de sus múltiples facetas, aparte de su vida dedicada al Sacerdocio.


Capítulo V El Sueño


La noche transcurrió tranquila las primeras 3 horas de la madrugada, todo en el pueblo se encontraba en paz, al menos en los alrededores de la iglesia y casas aledañas. Los No-muertos habían ido de caza, costumbre y diversión de su raza, para poder recaudar alimento y manterse eternamente jóvenes e intactos, como ancestralmente han hecho. Todo se encontraba en paz, el viento arruyaba levemente a los animales de la noche y la luna se mostraba más brillante que otras noches. Zagiel, mientras tanto, se encontraba dando vueltas en su cama de manera impulsiva. Se encontraba intranquilo, alarmado y con la respiración agitada. Se aferraba a la almohada, y rasgaba las sábanas con fuerza, como si el cuerpo le ardiera. Finalmente envuelto en sudor abrió súbitamente los ojos, quedando sentado y tenso sobre la cama. Miró a la ventana, para cerciorarse que aún era de noche. Prendió una vela y alumbró todo el cuarto, progresivamente las sombras se agrandaban detrás de la cama y la cómoda. Se sentó sobre el límite de la cama, y buscó en su cajón de la cómoda su diario, para poder escribir la pesadilla que había soñado. “Estaba solo, tal como ahora estaba solo. Y sentía un frío punzante. Olivier hablaba tranquilo, como si me diese paz desde donde estuviera. Y me vi en un tumulto de gente, con destrucción a mí alrededor. Como si hubiese vuelto al principio de todo esto. Buscaba a mi amigo, el cual se escuchaba tan cercano a mí, como si me susurrara las palabras en mi oído… Y me detuve, me detuve a alzar la mirada, y la vi a ella. Seguía escuchando las plegarias de Oliv, pero me focalizaba en ella. Ésta vez tenía el pelo suelto, al viento, se movía lento, y fijaba sus ojos en mí... leía sus labios de los que escapaba mi nombre. De repente me vi a oscuras, y no vi más nada, mi desesperación, quería encontrarla, a ella, y quería escuchar nuevamente las plegarias de Olivier.” Quedó con su pluma en el tintero, agarrada suavemente con su mano y trató de recordar algún detalle más con lucidez, pero fue en vano. Más calmo ahora, cerro su diario, y desvelado por tal sueño, decidió pasear por las afueras. Sacó su rostro a la brisa nocturna, la cual acariciaba dulcemente su pelo y sus rasgos, algo tensos, algo cándidos. Notó un frío particular, por lo que optó en ponerse un elegante sobretodo para abrigarse. Sin embargo, le agradaban las noches frías, donde podía meditar, sin que se durmiera, donde podría observar la luna en paz y soledad. Salió por la ventana, como de costumbre, se metió entre casas, por si las dudas, él no confiaba sólo en la tranquilidad y el silencio de la noche, sabía que los No-muertos eran tan o más sigilosos que él mismo.


Caminó entre los árboles y arbustos, quienes bailaban con el viento, y Zagiel mientras tanto, se perdía en las estrellas. En un momento, se le escapó un suspiro, e hizo una mueca de rareza, como si no estuviera correcto, no comprendía qué sucedía en su comportamiento. Recordó la pócima, y atribuyó a ella sus futuros cambios. Vio luz en el lugar donde había sido la anterior fiesta, unos días atrás, optó por ir hacia allí. No observó nada que no esperara, como lo sería vampiros ebrios, y un par de mujeres ofreciéndose en estado de alcoholismo, riendo estruendosamente. Se encogió de brazos, y siguió observando el lugar, frente a una desilusión que lo envolvía, debido a lo que sería una búsqueda frustrada por la doncella, decidió retirarse luego de tomar una copa de vino. Al pasar la puerta de la vieja cantina, incursionó para su regreso a casa, saciando su sed vampírica con alimañas pequeñas que encontraba en su paso. “Zagiel”, se oía como un susurro perdido en el viento. Zagiel se detuvo y enarcó una ceja, mirando hacia su alrededor, para verificar que no fuese nada peligroso. Detrás de él, sólo un par de hogares a oscuras, árboles, y él en el camino. En frente, una pequeña arboleda que seguía el camino, el cual bifurcaba en el atajo que él solía tomar en lo que sería el inicio de éste. Eran él y la noche. Pero no confiaba. Por lo que avanzó cuidadosamente unos pasos más. “Zagiel!”... Ésta vez era una voz tenue, con un halo de dulzura, cual cántico de un ángel. Y Zagiel sintió un cálido aliento en su lado izquierdo del cuello. Giró rápidamente el rostro, desencajado, e instintivamente agarró al ser del cuello y lo trasladó hasta un árbol, quedando frente a frente, a la luz de la luna. Zagiel cegado por el sobresalto, volvió a pestañear y divisó un rostro pálido rosáceo, de ojos grises, nariz pequeña, labios de un rojo intenso moderadamente gruesos, y un cabello levemente ondeado con matices castaños oscuros. Observó entonces su mirada clavada en sus ojos profundos, tensa y conteniendo el aliento. Se reincorporó y la soltó rápidamente, se alejó unos pasos, y alterado le dijo: Zagiel: -“NUNCA MÁS hagas eso, estás buscando que te mate un día de estos, ¿verdad?” (Con el ceño fruncido, mirándole el rostro y el suelo de manera alterna) Dama: -“Deberías estar acostumbrado¨ (tose) ¨Qué cortés recibimiento, parece que estamos destinados a encontrarnos en situaciones poco cómodas.¨ (se acomoda el cabello). Zagiel: -“Perdón, en verdad no quise hacerte daño¨ (dijo y se acercó despacio) ¨¿Te encuentras bien?”


Dama: -“Si, este... Bueno, yo ya me iba” (se torna nerviosa, y avanza para regresar al camino). Zagiel la toma del brazo. Y le dice entre risas. Zagiel: -“¿Acaso voy a tener que detenerte siempre? Está bien, no me incomodas, sólo me asustaste un poco.” Dama: -“Me sentiría yo más cómoda si por favor me soltaras el brazo, temo que me lo quiebres” (dice bromeando, y con un fondo de petición) Zagiel: -“¿Qué haces aquí a esta hora? y fundamentalmente: ¿Cómo es que sabes mi nombre?” Dama: -“Aquí todo se sabe, ¿no estabas al tanto de ello?” (acerca su rostro, mirándolo fijamente a sus ojos) Zagiel: -“Parece ser que yo soy el último en enterarme de las cosas, como por ejemplo, tu nombre. Aún no me lo ha dicho, Señorita...” (se torna galante mirándola a los ojos, sin dejar escapar demasiado interés). Dama: -“Alice, Zagiel, Alice¨ (le dice con molestia). ¨Es peligroso estar aquí, ¿por qué no vas a tu casa de una vez?” (mira hacia los costados del camino, perdiéndose su mirada en la oscuridad) Zagiel: -“Tú eres la mujer aquí, tú deberías estar desprotegida” (la señala un poco disgustado) Alice: -“Lo soy, pero no le temo a este lugar, lo conozco desde... Desde hace mucho tiempo, Zagiel. Ya, no más. Te acompaño” (lo toma del brazo tensionada y lo obliga a avanzar) Zagiel: -“Pero... cómo es que...” (se calla y se deja llevar por Alice). Durante el resto del trayecto permanecieron en silencio, observándose, estudiándose, y molestos. Alice por la subestimación de Zagiel, y él por la incertidumbre y fascinación que lo ensordecía mientras veía los cabellos de Alice moverse con cada paso que daba. Fascinación que Zagiel, se negaba a admitir rotundamente. Alice mientras tanto, luchaba por evitar encontrarse con los ojos de Zagiel, los cuales la alteraban y hacían que clavara sus ojos grises en el camino, tensionando la mandíbula y sellando los labios, como si no quisiera dejar notar su respiración entre cortada. Zagiel al pasar por la iglesia se detuvo, y suspiró. Alice lo miró extrañada, y observó la iglesia y volvió sus ojos a Zagiel: Alice: -“¿Qué sucede? ¿Cuánto falta?” (le pregunto de manera cortante, pero lenta) Zagiel: -“Nada. Es aquí” (miro hacia la ventana, manteniendo la forma monosilábica de hablar.) Alice: -“¿¡Aquí!? ¡Por Lilith! ¿Vives aquí?” (levanto una ceja, e hizo una mueca de sorpresa, mirando de reojo a Zagiel)


Zagiel: -“Sí. ¿Te molesta? Así como has venido, puedes irte. Te agradezco. Buenas noches.” (Sube la ventana del cuarto contiguo al edilicio religioso, sin girarse a mirar a Alice) Alice: -“Zagiel...” (Hace una pausa) ¨No voy a irme¨ (su rostro ve hacia el suelo y su voz se hace suave, tal como cuando menciona su nombre). Zagiel: -“Bien, quédate ahí si te complace, o si así lo deseas, pasa. Me da igual” (habla levemente desde la ventana, mirándole las vestiduras, se encoge de brazos y remueve la vela ya consumida, para cambiarla por una nueva, que alumbre el cuarto.) Alice: -“...Mi raza no me lo permite, Y: ¿cómo puedo entrar si todo está lleno de agua bendita?” (alza la voz, para que Zagiel logre escucharla). Zagiel reaparece en la ventana, y la observa estupefacto por un segundo, luego parpadea rápidamente y se reincorpora. Zagiel: -“Lo sabía... Bien, déjame ayudarte”. Zagiel sale nuevamente por la ventana, toma sorpresivamente a Alice y la pasa por la ventana, sin que toque las paredes, las cuales se encontraban protegidas por el agua bendita que Olivier había puesto desde que tuvo a cargo la iglesia. Alice se queda parada, y se corre para que Zagiel pudiera pasar, ambos se acomodan y Zagiel observa que Alice se encontraba algo quieta por lo que le dice: Zagiel: -“Despreocúpate, aquí nadie te hará daño, ponte cómoda” (le regala una de sus mejores sonrisas). Alice queda en silencio obnubilada por un segundo, y sacude levemente la cabeza y asiente. Mira cuidadosamente la cómoda, algo intrigada, pero se encontraba algo cansada, por lo que opta acostarse en la cama próxima. Zagiel, mientras tanto, se sacaba el sobretodo, y sacudía sus zapatos negros, tratando de remover el polvo. Al pasar veinte minutos Zagiel se gira y hace ademán a hablar, pero encontró a Alice acurrucada en la cama, sumida en un profundo sueño. Zagiel trató de no hacer ruido para no despertarla, apagó la vela y se sentó contra la pared cerca de la ventana, por la cual entraba la luz de la luna, que hacía brillar los cabellos de Alice sobre la almohada y dejaba ver su rostro angélico y pacífico, el cual observaba lejanamente Zagiel desde las sombras del cuarto. Sus ojos progresivamente encendieron un brillo particular, mientras observaban a la doncella de sus sueños, recostada en su cama. Por primera vez detuvo sus pensamientos pulsantes dentro de sí, y simplemente disfrutó del paisaje en silencio.


Cap铆tulo VI La Revelaci贸n


Zagiel despertó lentamente, aún sin ser de día y a pocos minutos del amanecer, si bien el sol afortunadamente no daba directo ni gran parte de sus rayos, que a causa de esto Olivier prefirió que él se mantuviera en ese cuarto, él siempre solía correr las cortinas por si acaso, al menos, para evitar ocasionales quemaduras. Pero aquel momento fue distinto, y Zagiel estaba realmente cansado, sin sueño pero cansado, como si el sueño no se hubiese hecho presente esa noche. Se puso de pie lentamente, sin hacer ruido alguno, por temor a que Alice, quien seguía profundamente dormida se despertara y notó que en el lapso de lograr despertarse del todo y la lentitud, se lograban dibujar en las paredes algunos rayos solares, por lo que apresurado, cerró las cortinas de manera súbita. Un gesto de horror se apoderó de su rostro apaciblemente frío, al observar que sosteniendo la cortina, las puntas de sus dedos daban hacia la ventana, a quienes acariciaban suavemente los rayos matinales. Soltó la cortina rápidamente y se miro las manos, comparando sus finos y largos dedos, todos ellos sanos y pálidos. Volvió a mirar incrédulo hacia las cortinas, tomó su tapado y se retiró sigiloso hacia el pasillo que conectaba con una de las puertas que daban hacia la iglesia. Destrabó los cerrojos medio oxidados de una de las puertas de la entrada principal, y con fuerza la abrió, saliendo despacio y observando cuidadosamente las cercanías. Por primera vez Zagiel volvía a apreciar luego de 8 años, lo que era una arboleda iluminada por el sol, observaba conmovido cada casa que veía, cada pájaro que cantaba y volaba, en el amanecer del abrumado pueblo. Entendía, entonces, el poder conferido, y como un golpe en la cabeza recordó la pócima, y progresivamente las palabras, el papel escrito y el sueño con Olivier. Zagiel se tornó pensativo frente al nuevo poder que tenía, cómo y para qué lo usaría, pero disipó esos pensamientos dejándolos en mano del destino. Y quedó por unos minutos en blanco. Cerró los ojos y respiró profundo el ozono de la mañana, sentado en los peldaños de la iglesia. Se sentía relajado, experimentaba un estado de paz que lo abrumaba mientras sentía la luz llegar hacia él. Disfrutaba cada segundo de la brisa cálida que le acariciaba la piel. Del silencio adornado con cánticos de las aves, interrumpió el grito alterado de Alice, desde la habitación. Zagiel abrió los ojos y corrió hacia adentro pensando que quizás había sido quemada por la luz solar, a lo cual más rápido corrió hacia el cuarto. Abrió de un portazo a lo que Alice miró fijamente en los ojos de Zagiel, con el diario de la cómoda, sostenido por sus frágiles manos.


Zagiel de una secuencia pánico-tranquilidad pasó a entrar en un estado de alteración frente a tal ultraje. Zagiel: -¿¡QUÉ ESTÁS HACIENDO CON MI DIARIO!? ¡SUELTALO! (gritó en un impulso de nerviosismo, mientras le arrebataba el diario de las manos de manera brusca) Alice: -Mataste a tu mejor amigo... (Miró hacia el suelo y sus ojos se pusieron vidriosos) Zagiel: -Sabes como es nuestro estado de frenesí por instinto. Así es que sucedió, no fue premeditado, así que evítate tus acusaciones e indagaciones porque no quiero hablar de ello. (Cerró el diario de un golpe, y lo guardo mientras se reincorporaba en la cómoda) Alice no medió palabra, y sus ojos se pusieron aún más vidriosos, con el cuarto a oscuras, se sentó al mismo tiempo que una lágrima manchó su falda. Zagiel había desarrollado un poder auditivo casi inhumano, para lo cual había aumentado considerablemente los límites de sus frecuencias auditivas, a razón de esto, oyó el impacto de la lágrima. Se movió por tal fragilidad que una necesidad de darle protección surgió dentro de él, acompañado de una aceleración cardíaca jamás experimentada. Exhaló y se sentó al lado de Alice, mientras que ella se alejó unos centímetros de Zagiel y éste dijo: Zagiel: -Perdóname, no quise responderte así, pero detesto que se metan con mis cosas personales, y tomé como una acusación tu comentario. (Le tomó la mano) Alice mantenía la mirada hacia abajo y con la otra mano se secó las lágrimas de los ojos y dijo: Alice: -La que pide perdón soy yo, sé que fue un comentario instigador, me retracto… Aún así me surgen muchas preguntas. (Dijo, aliviando la tensión y de manera interesada) Zagiel: -No será necesario que preguntes, puedo contarte todo lo que sé… Aún así el que tiene preguntas más interesantes soy yo, como por ejemplo: ¿Cómo es que has logrado toparte conmigo? ¿Cómo sabes mi nombre? (se le acercó, girándole la cara para que quedaran frente a frente) Alice se levantó de un salto y se paró contra la puerta del cuarto, un tanto nerviosa e incómoda, mantuvo sus labios sellados hasta que logró esbozar: Alice: -Debo irme. Zagiel: (extrañado) -¿Por qué? He dicho algo malo? No fue mi intención que te pusieras así. Aparte, a dónde se te ocurre ir si es de día aún? Sabes bien que es difícil escapar de un astro tan grande frente a nuestra letal muerte, salvo ocultándonos en las sombras. (Habla más rápido con intención de persuadirla)


Alice: -Este…yo… (Se molesta y se pone más nerviosa aún) Muy bien, tienes razón, no puedo salir gracias al sol y debo quedarme en esta pocilga. No son tus encantos, digo, Palabras (alza la voz), si, palabras lo que me incomodan, es el lugar, eres tú, es todo. (Se altera y su voz se torna suave, pero firme). Déjame salir de aquí. Zagiel: -Pero, está bien, saldremos de aquí, iremos a la iglesia y te mostrare cuán bonito es. (Dice entusiasmado y la toma dulcemente del brazo) Alice: -¡NO! (grita impulsivamente), sabes que mi raza no me lo permite y si saben que estoy aquí contigo y en aquel lugar me… me matarán. Ya es suficiente el riesgo que corro estando a tu lado. (Se suelta el brazo de un sacudón y queda de espaldas hacia él) Zagiel: -No te entiendo, de verdad no te entiendo... (Suspira, desanimado) Ah, muy bien, nos quedaremos aquí entonces, por lo que a mi respecta me iré a dormir, he dormido un tanto incómodo sentado anoche. (Habla lentamente y se dirige hacia la cama) Alice: -Bien, duerme, yo esperaré y ni se te ocurra pensar que me quedaré a tu lado, aquí de pie estoy muy bien (ofendida y molesta, se cruza de brazos y mira hacia la ventana tapada) Zagiel se encoge de brazos, se acuesta y cierra los ojos, no se notaba su molestia, por lo que optaba más por la indiferencia frente a tal situación. Al poco tiempo cae en sueño profundo. Mientras tanto, Alice, seguía de pie, con pensamientos de cómo explicarle quién era, las respuestas a las preguntas de Zagiel, la verdad en si. Meditaba posibles alternativas para escapar, pero el clima acompañaba con un día fresco y soleado y no planeaba nublarse, por lo que descartó la idea de irse. Por lo pronto, se calmó y giro hacia donde se encontraba Zagiel, y quedó observándolo durante un largo tiempo. Estupefacta y de pie, frente a tan peculiar espécimen, se arrodilló en silencio para verlo de más cerca. Se apoyó sobre sus brazos y quedó con su rostro mirándolo a él ungido en un sueño profundo, el que acompañaba con una respiración lenta, pacífica. Alice, por un momento, deseó que el tiempo se detuviera. Que aquel preciado momento luego de la tensión de la discusión, era único para ella. Se atrevió y le acarició el rostro, como si acariciara una delicada pluma. Alice: -Me traerás tantos problemas.. Esbozó en voz baja, mezclado con un suspiro y le acomodó el pelo, que tapaba uno de sus ojos. Fue entonces que de los nervios pasó a la paz que le transmitía Zagiel, y que en verdad quería quedarse con él, más allá de los riesgos. Irremediablemente se encontraba maravillada por su presencia y había generado en ella un sentimiento de Esperanza que no había sentido desde su niñez, hacían 208 años atrás.


Ya con un poco de sueño, Alice callada y sin hacer ruido alguno, se dispuso al lado de él en la cama, mirándose frente a frente. Se le acercó sigilosamente y le besó la suave mejilla, lo miró unos segundos y se acomodó nuevamente. Así, de a poco, quedó dormida junto a él, aguardando a que la luna apareciera para los dos en la ventana.


Capitulo VII Las Tinieblas


“Roja es mi sangre, rojo es mi corazón, suerte de amor, no te apartes jamás”. Es todo lo que se escuchaba en la lejanía, el sonido de su voz envolvía y transformaba de un verde fulgoroso cada hoja de los sauces cuyas ramas caían como cascada, sobre sus antiguas raíces oscuras. Hacía remolinos de aire cálido sobre los suelos aledaños a ella, como si demostrara a la madre Natura, el óptimo control de sus poderes. Mientras, repetía con ahínco las palabras dulces, de una vieja creencia gitana. De repente, al pie de un camino de tierra, entre la arboleda espesa, encontró un camino de pétalos de rosas. Esbozó una sonrisa, tan brillante como el sol, y correteó por el camino juntando alternamente los pétalos caídos. Al llegar, le esperaba un colorido pero pequeño rosedal. La joven niña se detuvo frente a la primera rosa que vio. Se inclinó, cerró los ojos, e inspiró profundamente para captar hasta la última molécula de aroma de la rosa. Oyó un ruido al otro lado del camino, de donde había venido. En un momento de impulso, corrió evadiendo el pequeño arbusto de flores carmesí y encontró unas viejas casas, bien pintadas, como si se hubiesen construido un par de días atrás. Zagiel, con sus manos entrelazadas en su frondosa espalda, se dejaba ver por la luz del día, pensando extrañado qué había sido de Alice, luego del último encuentro nocturno que tuvieron. A medida que su mente divagaba en posibilidades estimativas de su reencuentro con Alice en el pueblo, observaba poco indiferente el rosedal carmesí con el que se distraía de a ratos. Por alguna extraña razón se instaló perplejo frente a las plantas, cuando empezó a percibir un aroma similar al de Alice, el que recordaba con dulzura, en su fondo aún, con vestigios de sentimientos humanos. A su vez, la niña lo observaba sigilosamente, desde una de las paredes de los hogares esplendorosos, su vista era clara, a pesar de la luminosidad del día y de la distancia en la que ella se encontraba. Zagiel miro a su alrededor, no se encontró con nada fuera de lo normal, las casas, la arboleda, y frente a él, las rosas carmesí. Sin embargo, notaba que algo le resultaba incómodo, ojos de un ser anexo a él, le incomodaban y mucho. Se apartó del rosedal, y circuló unos pasos, registrando el paisaje primaveral, mirando con sospecha hacia lo lejos, los edilicios renovados. La niña, entre las sombras de las casas, sin pánico alguno, esperó a que el nuevo individuo se acercara hacia su poco esmerado escondite. Zagiel iba sintiendo un nuevo e inesperado temblor dentro de sí, como cuando sufrió la transformación bestial hacia la inmortalidad. Pero ésta vez


no era una sensación traumática, sino una mezcla de curiosidad, y un presentimiento de encontrar algo ya vivenciado, un recuerdo o una ilusión. No sentía temor, pero aún así su temblor e incertidumbre lo alteraban un poco por la presencia desconocida que pudiese encontrar. Se acercaba de a pasos, simulando tranquilidad, cuando por error pisó una rama y la quebró, ocasionando un ruido perceptible para la criatura entre las sombras de las casas. El muchacho escuchó una risa aguda y por consiguiente un correteo. Del límite sombrío vio salir una pequeña niña, con una vestidura similar a la que recuerda haber visto en Alice, pero éstas de un tono más azulado. De cabellera bucleada y clara, ojos grandes y de un color turquesa casi tan parecido al color del mar. Ambos hicieron silencio, estudiándose mutuamente. Zagiel: -¿Cómo te llamas? Una niña tan inquieta es inusual en estos lugares tan pacíficos... (Irrumpió Zagiel, con voz tenue, pero interrogativo) La niña rió y un haz de luz posó sobre las rosas, con sus pequeños pies se acercó mediante saltos, como si danzara con la brisa suave que corría. Sus bucles se movían al compás de sus pequeños saltitos hasta que se detuvo a una distancia cercana a Zagiel. Niña: -Me parecías más alto a lo que mi hermana me contaba (ríe de nuevo). Soy Miranda, ¡sabía que vendrías! (Salta de nuevo, efusiva y entusiasta) Se le acerca a Zagiel, éste se reclina para que la pequeña pudiese llegar a su oído. Miranda: -¡Me gustas como cuñado! (le susurra jocosamente) Zagiel se pone de pie nuevamente, sin habla prácticamente y con una sorpresa que le gobernaba desde su cara estupefacta, hasta las manos temblorosas. Recobra el respiro e inmediatamente recurre a una risa forzada, para no incomodar a Miranda. Sin embargo, había tanto ruido en su mente que le resultaba difícil recomponer la calma que lo caracterizaba. Miranda le toma la mano, y lo lleva entre tropiezos hacia el camino que continuaba luego del rosedal, acompañando el paisaje con arboledas y posteriormente las casas refaccionadas que la comunidad vampírica había realizado. Había pasado ya el suficiente tiempo, como para que Zagiel, aparte de lidiar para con la nueva y poco tratable sociedad, así como sus asuntos interpersonales con Alice, la nueva persona en la vida de él, luego de Olivier, investigara sobre los movimientos de los líderes oscuros del pueblo. Olivier había dejado una breve reseña en su diario, aportando datos sobre qué y quiénes eran aquellos que habían venido a terminar con la paz que


rondaba en tan bello y recóndito lugar. Zagiel se recluía en su habitación, espacio donde en las noches de desveló, recurría al recorrido de la tinta negra en las hojas ya amarillentas de aquel preciado regalo. Leía y desempolvaba dentro de sí, recuerdos, pensamientos, emociones e información que jamás había compartido con nadie, salvo con su mentor.

“15 de Marzo: 6 son los entes, de finos rasgos, de destreza animal imponente. Han venido en paz, repiten... Cuya rotulación se cae a pedazos con el panorama que han sembrado… (…) Usan vestiduras de finas telas, oscuras, para que lograran resaltar sus pálidas pieles que brillan durante la noche, a la luz de la luna. Así como sus afilados dientes, los cuales alteran su tamaño al momento de alimentarse. Me sorprende enormemente, el gran apetito con el que buscan, se mueven. Casi un rito, un conjuro o una danza. 10 de Abril: Se les ve desgastados, enfermos y hasta con rasgaduras en la piel, cuando se encuentran hambrientos y no consiguen una presa para saciarse. Tienen gran capacidad del habla, sus conversaciones son variopintas y cautivantes, cultos, superficialmente educados, pero siniestros a la sombra, tal como el animal mismo con sus raíces más arcaicas de comportamiento primitivo... (...) Uno de los 6, se hace llamar Luthian, de apariencia más jovial, centrada, diplomática. Llamativamente intuitivo, tiene la particularidad de lograr la sumisión mediante el poder mental para con aquellos ajenos a la especie. (…) 23 de Abril: Hoy, es día de San Jorge, ellos celebran mientras yo me encuentro escondido entre la arboleda de los bosques. El incienso les dificulta rastrearme por medio del olfato, por lo que así me presento de manera silenciosa, a observar y escuchar, lo irrepresentable e indecible. …(…) Realizan una especie de rito, queman una joven y hablan en lo que parece ser rumano. Los niños y los jóvenes le escuchan, parecen ensordecidos, felices y hundidos en un frenesí bestial... (…) Alzan sus manos al cielo, y funden sus gritos de violenta alegría con los sollozos del cuerpo consumido en llamas ya, junto con hierbas y alhajas que le rodeaban. Luthian, habla nuevamente, han vivido lo suficiente como para manejar varias lenguas, pero no para desligarse de su idioma materno. Nombra a Thalik, quien parece ser su hermano mayor, robusto, de buenas facciones, ojos celestes fulgorosos, cabello tan oscuro como el azabache.


Me retiré, corrí de a ratos, hasta llegar a la iglesia. Me hundí entre las líneas de cientos de documentos sobre Etnología, Mitología, Demonología, Biología y tantos más géneros. Ahondé mis conocimientos sobre ellos y supe entonces cómo empezar a tratarles. Era conciente de que ellos venían a enraizarse en estas tierras, y yo no tengo el suficiente poder como para repelerlos. Según cuenta la profecía, existe aquel mitad humano, mitad Mullo, quien será capaz de desventrar las sombras de estos lugares. Mientras tanto en turbias aguas, queda el futuro de estas regiones, y en manos de Nuestro Señor, las vidas de sus habitantes. Así sería, al menos por unas generaciones, el fin de los Strigoi, los seres de la noche...¨ -¿Zagiel? ¿Estás bien? (Miranda miraba fijamente y con un ceño de interrogación casi gracioso) Zagiel reaccionó de un salto, miró hacia abajo y recordó a Miranda. Se encontraba mareado. Se rascó la cabeza y tomó la mano de Miranda de manera rápida, pero suave. Zagiel: -Miranda, ¿podrías decirme dónde está tu hermana? Miranda: (entre risas) – ¿¡Estás loco!? ¡No! Es un secreto, ¡por supuesto! Zagiel le soltó la mano, y ya al límite de perder la paciencia, insistió con la misma pregunta. Miranda se mantuvo callada, con risas que se le escapaban de sus labios sellados. Lo miró y lo agarró de las manos, y sin decir palabra se echaron a andar, dejando atrás las casas nuevas, el rosedal y sus rosas carmesí; y la brisa primaveral para adentrarse en la zona más urbana.

Zagiel  

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