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Número 37 Sábado, 19 de marzo de 2011

El perseguidor 7

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RECUERDO El último viaje de Ezequiel Pérez Plasencia

NOVELA El orden del día

por

por

IGNACIO BORGOÑÓS

JAVIER DORESTE

EZEQUIEL PÉREZ PLASENCIA (1957-2011)

La ilustración de portada es del pintor Juan Heredia (Cartagena, 1958), amigo íntimo del escritor tinerfeño.


2 El perseguidor

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EZEQUIEL PÉREZ PLASENCIA /ESCRITOR Con motivo de la publicación de su primera y hoy única novela, El orden del día, tuve la suerte de mantener una entrevista con su autor, Ezequiel Pérez Plasencia (Santa Cruz de Tenerife, 1957-Cartagena, 2011) en un ya lejano septiembre de 2008. En esta conversación, Ezequiel revela algunas de las claves de lo que auguraba iba a ser una prometedora carrera como novelista si la muerte no nos lo arrebata ese ya funesto jueves 24 de febrero de 2011. Ezequiel Pérez Plasencia, una de las mejores voces narrativas españolas de nuestro tiempo, fue uno de los diez galardonados con el Premio Internacional de Cuentos Juan Rulfo 1999 con su excelente y cortaziano Decena de un cronopio, así como de los libros de relatos El teléfono y otros cuentos (1989) y La ilusión de los vencidos (1998) y del fascinante libro de viajes (íntimo, personal pero siempre literario sobre sus experiencias en Cuba) El regreso de Calvert Casey, entre otros títulos.

“EL PERIODISMO ES BUENO SI SABES ABANDONARLO A TIEMPO” EDUARDO GARCÍA ROJAS - ¿Por qué El orden del día? - El narrador o personaje --como usted prefiera-- lo explica en el texto: Camus barajó varios títulos para esa magistral novela breve que es La caída, y desechó el susodicho por razones que desconocemos, acaso por mera indecisión. A mí me pareció hermoso y adecuado, y lo registré de inmediato antes de finalizar la novela, que el lector juzgue el título elegido para esta mixtura de géneros: narración, poesía, cuento, ensayo, crónica, autoficción. - ¿Qué quiere contarle al lector con esta novela? - Algunos asuntos interrelacionados entre sí: amores fugaces y otros más duraderos, variedad y fragmentación en todos los órdenes de la existencia, vivencias y convicciones diversas del tiempo actual, en el que una mayoría actúa por mimetismo o al dictado de los grandes medios de malinformación de masas, las sevicias a que nos vemos sometidos bajo la máscara del bien común y occidental. Alguien ha dicho que nuestra vida es como un árbol feraz al que basta sacudir para obtener gran cantidad de asuntos, pero sólo se pueden recoger unos pocos y convertirlos en arte. - ¿Cree que esta novela le ha servido como acto de exorcismo? - Sí, en gran parte, porque nuestros demonios, filias y fobias se revitalizan a la vez que se contradicen o se silencian para luego reaparecer con una contundencia que requiere una respuesta categórica y firme. Ése es el juego, la comedia de la vida, y de nuestra actitud y aptitud depende de nuestro triunfo o fracaso. De cualquier manera, como usted sabe, el laberinto es la patria de los que dudan. Con ello quiero decir que la sabiduría de

la incertidumbre sigue estando tan vigente ahora como en la época de Cervantes. - ¿Cuánto hay de verdad y de mentira en la novela? - Con franqueza, generalizando, estamos en un estado en que resulta de una vasta complejidad delimitar ficción y realidad, mentira y verdad. Los sociólogos, poetas, psiquiatras, ensayistas y filósofos navegan en un mar de perplejidades muy alejado del picacho o torre de marfil que les permitiría observar con mediana agudeza y distinguir así lo verdadero de lo falso. La verdad de las mentiras coincide raras veces con la realidad, si nos atenemos a la belleza, que al fin y al cabo es el secreto de la vida. La belleza de una frase, un lienzo, una sombra, unos compases de piano, la lindeza interior de un ser -sea éste instruido o analfabeto--. En fin, hay muchos diálogos en este libro que, creo, bastan por sí solos para describir situaciones, estados de ánimo, disidencias, pensamientos, transgresiones, puntos de vista, manipulaciones. - Escritor y periodista o periodista y escritor. ¿Es el periodismo una buena trinchera para saltar a la literatura? - Puede serlo, pero por supuesto no es la única. La lectura y relectura de textos enjundiosos, el silencio observador del que lleva una vida umbrátil y el autodidactismo suelen ser plataformas más eficaces para garantizar que ese viaje sea fructífero. El periodista está limitado, su lenguaje es estrecho, hay cosas que no se pueden decir por imposición de los poderosos y las grandes empresas de la información, todo depende de la capacidad intelectual y los retos de cada uno de nosotros. No me canso de repetir que el periodismo es bueno para un intelectual si sabe abandonarlo a tiempo. Este libro, por ejemplo, lo ha construido la litera-

La literatura canaria debe ubicarse, si puede, en el concierto internacional de las letras en castellano. Desconozco la obra más reciente en el archipiélago. Sólo daría cuatro nombres: Manuel Padorno, Rafael Arozarena, Arturo Maccanti y Andrés Sánchez Robayna

tura a través de mi persona. - Entonces ¿qué le parece el periodismo que se está realizando en la actualidad en las islas? - En este mundo globalizado da igual que vivas en Canarias, Extremadura o la Cochinchina. Hace unos meses estuve en las islas después de cuatro años, y me sorprendió verificar que la cantidad de zoquetes engreídos, bodrios inmensos y bien remunerados ha aumentado considerablemente, lo cual significa que se han dado muchos pasos atrás. Pienso que el lado oscuro de Internet --hay una ignorancia que asusta-- se ha cobrado muchas víctimas; con la red, la gente maneja muchísimos datos insustanciales y poco fiables para esculpir una obra de envergadura. Hay poco oro y abundante oropel. Por lo demás, el periodismo es un oficio tan digno como el de empelada del hogar, fontanero o arquitecto. - ¿Cree que El orden del día podrá ser entendida por algunos como su particular ajuste de cuentas con el oficio periodístico? - Llámelo como quiera. Yo hablo de lo que conozco, de mi experiencia, de lo que observo a mí alrededor, en el mundo. Me considero agraciado si el testimonio implica una invitación a pensar, reflexionar, a reír. En cualquier caso, podría tratarse de un ajuste de cuentas, pero en primer lugar conmigo mismo, una especie de ejercicio de autocrítica. Por encima de todo, han sido razones éticas, morales y estéticas las que me han acompañado en este trayecto. - Ahora reside en la península. ¿Cómo ve a Canarias desde la distancia? ¿Qué opinión le merece sus movimientos culturales, como el literario? - Canarias es la tierra en la que nací, nada más, los localismos y folclorismos me la refanfinflan. Bueno, el clima es benigno.


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CANARIAS DESDE LA DISTANCIA Canarias es la tierra en la que nací, nada más, los localismos y folclorismos me la refanfinflan. Bueno, el clima es benigno. Los políticos (léase subufones) han diseñado unas islas habitables sólo para unos pocos. Ese provincianismo con ansia de gran ciudad me hace reñir. La literatura canaria debe ubicarse, si puede, en el concierto internacional de las letras en castellano. Desconozco la obra más reciente en el archipiélago. Sólo daría cuatro nombres: Manuel Padorno, Rafael Arozarena, Arturo Maccanti y Andrés Sánchez Robayna. Considero que la literatura, no sólo en español, va a menos --por decirlo con Juan Goytisolo-- en todas partes. ¿Dónde está el Tolstoi guanche, el Chejov argentino, el Flaubert mejicano, el Machado de Assis chileno? Por cierto, ¿dónde habita el Montaigne de nuestro tiempo?

Los políticos (léase subufones) han diseñado unas islas habitables sólo para unos pocos. Ese provincianismo con ansia de gran ciudad me hace reñir. La literatura canaria debe ubicarse, si puede, en el concierto internacional de las letras en castellano. Desconozco la obra más reciente en el archipiélago. Sólo daría cuatro nombres: Manuel Padorno, Rafael Arozarena, Arturo Maccanti y Andrés Sánchez Robayna. Considero que la literatura, no sólo en español, va a menos --por decirlo con Juan Goytisolo-- en todas partes. ¿Dónde está el Tolstoi guanche, el Chejov argentino, el Flaubert mejicano, el Machado de Assis chileno? Por cierto, ¿dónde habita el Montaigne de nuestro tiempo? - Pero ¿qué le pide usted a un libro? - Con el tiempo uno se vuelve exigente con los demás y consigo mismo. Hay que diferenciar producto editorial de texto literario. Mis lecturas han sido asistemáticas, unas me han conducido a otras. Nunca he ocultado mis preferencias; no quiero ser repetitivo. Al cabo es la relectura lo que marca el fuste de un texto. Lo terrible es que muchísimas mediocridades se venden como “lo mejor de la última década” o “lo más destacado de su generación”. He leído abundante morralla para poder valorar el mérito de quien lo merece. A un libro le pido que sea capaz de desestabilizarme, interrogar, dudar de las creencias hasta ese momento más arraigadas, capacidad de subversión. Lucrecio y Virgilio lo consiguen. Los escritores de moda me dan pena, sólo no pasa de moda quien nunca ha estado de moda. La sujeción al caduco esquema desarrollo-nudo-desenlace, el estancamiento en las sagradas formas del arte, la precariedad imaginativa y la ausencia de riesgo conducen a productos que no innovan y por tanto son prescindibles. - ¿Y por qué ahora una novela?

Como he dicho alguna vez, un cuento de Borges vale más que la obra completa de Pérez Reverte. En el cuento no debe faltar ni sobrar una palabra, en la vieja novela se permiten la digresión y pesadez, aburrimiento, papanatismo, relleno, con toda mi indiferencia para productos que son un calco de otros

- Dicen que lo último que le llega a un escritor que lo sea es la amplitud, y la única regla del juego es la libertad, lo cual proporciona acicate y estímulo. Bergman afirmaba que en arte y literatura valen menos cien pájaros en mano que el que continúa volando. Busco lectores cómplices, que suelen ser más de los que creemos, y para ello he trazado algunas trampas, porque dificultad y sana provocación vienen a ser una cortesía del autor con el lector. Comparto la concepción novelística del gran ensayista ruso Mijail Batjin: el escritor anómalo o maldito siempre me ha interesado, el que aniquila fronteras de géneros, exalta la improvisación creadora e incluso destroza normas de verosimilitud. No obstante, pasado y presente han de engarzarse: La lozana andaluza y las pinturas de Goya o Hopper tienen en común una modernidad asombrosa que también atañe a san Juan de la Cruz y José Ángel Valente, pues “como pertenece sólo al presente muere con él”. Me siento cómodo en este novedoso territorio, menos presionado, tal vez porque aún no he descubierto molde alguno, con un subjetivismo y autenticidad insospechados que refuerzan la decisión de acometer un trabajo menos solitario de lo que a menudo se piensa o declara. Todos tenemos al alcance el arte universal, y yo dispongo de tiempo --el que quede-- para seguir acercándome a ese acervo colosal en busca de sabiduría y belleza. Dispongo de la noche mil dos, dispongo de árboles miríficos para abrazar o posarme en ellos. Somos lo que hacemos, ganamos lo que damos. - África también está presente en gran parte de El orden del día, el pueblo saharaui, política y letras internacionales, invasión y ocupación de Irak… - África es un continente expoliado, esquilmado, humillado por los sucesivos imperialismos, y a Occidente no le gusta

que le recuerden las barbaries perpetradas. No descubro nada, sólo lo subrayo, porque hoy la solidaridad es una pieza de museo. Niños nacidos prácticamente muertos, desnutrición… Son seres que sólo buscan pan y agua para sobrevivir, por no hablar del racismo, xenofobia y aporofoia (odio, aversión al pobre, xenófobos hay muchos pero aporófobos, casi todos). Hay tres pulsiones básicas: hambre, sed y sexo. Por mera cercanía geográfica, los canarios hemos sido y somos más receptivos y solidarios que otros pueblos. Ahí están el problema saharaui, el sida, los niños-soldados, el Congo, traficantes de personas… Se acumulan cada vez más las muertes vertiginosas, castigos minuciosos, genocidios sin fin. La literatura excelente de J. M. Coetzee, Naguib Mahfuz o Edward Said, por sólo citar a tres nombres, corrobora con suma lucidez un asunto que necesitaría miles de libros bien leídos en todas partes del mundo. Lo de Irak no deja de ser una muestra espeluznante. - Es también un gran especialista en el relato corto. ¿Qué le atrae de este género literario? - El cuento me parece un arte muy sutil, complejísimo, un reto que me incita a dar lo mejor de mí y, además, adecuado a los tiempos que corren, pese a la resistencia de los editores. El brasileño Rubem Fonseca es el mejor cuentista vivo, el tiempo lo pondrá en su sitio, ojalá sea pronto, para disfrute de los lectores. Ahí están Alfred Polgar, Maupassant, Isaak Babel, Rulfo y tantos otros. Como he dicho alguna vez, un cuento de Borges vale más que la obra completa de Pérez Reverte. En el cuento no debe faltar ni sobrar una palabra, en la vieja novela se permiten la digresión y pesadez, aburrimiento, papanatismo, relleno, con toda mi indiferencia para productos que son un calco de otros.


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EL ORDEN DEL DÍA Presentación de El orden del día, de Ezequiel Pérez Plasencia, en la librería Nogal de Las Palmas de Gran Canaria el 23 de abril de 2009./CANARIASSOCIAL.COM.

JAVIER DORESTE (*)

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e los que conocí militando en la clandestinidad, antes de la muerte de Franco, he terminado haciendo dos grupos: los resentidos y los que siguen viviendo. Esta clasificación no tiene nada que ver si unos u otros traicionaron o, para decirlo con sus palabras, volvieron a la realidad, se adaptaron, se integraron, decidieron que desde el poder y las instituciones se podía cambiar la sociedad o hacer algo por la gente. No, no tiene nada que ver. De resentidos y vivientes, por llamarlos de alguna manera, hay entre los que cambiaron de chaqueta y entre los que mantuvieron los ideales de transformación de la sociedad. He conocido directores generales que en absoluto se han mostrado resentidos con el pasado y he conocido militantes combativos en la actualidad que achacan sus fracasos personales a los años de militancia clandestina. Y viceversa, sé de más de un "cuadro" o "profesional" de la administración democrática que despotrica de aquellos años de lucha clandestina y también conozco los que no reniegan de esos años ni les achacan los problemas que puedan estar pasando. Por si no ha quedado claro los resentidos son aquellos que echan las culpas de sus males, errores y demás a la época de la militancia clandestina, a la célula, el partido, etc. y los vivientes son los que recuerdan esa época con cariño o al menos sin rencor. Y ambas categorías no tienen nada que ver con los cambios de chaqueta y demás, sino con una especie de ética hacia el pasado que muy pocos reconocen. Por eso, la lectura de El orden del día, se convierte, para cualquier persona, en un acto gratificante, no sólo a nivel estético, sino a nivel ético. Pues más allá del pasado, Ezequiel Pérez Plasencia mantiene una actitud profundamente ética con todo lo que transcribe en su novela, por llamar a este libro de alguna forma. Una actitud ética ante el mismo hecho de escribir, ante el respeto y defensa del idioma que le lleva a sublevarse contra los que prostituyen y pervierten nuestro patrimonio común, la lengua, en redacciones y tertulias políticas. Pero no sólo por la torticería política, sino en deportes o en sucesos. Ezequiel defiende que da lo mismo sobre lo que escribas y para quién, sea lo que sea debe hacerse con respeto al idioma y a la inteligencia de los lectores. Y ha de reconocerse que esto último, el respeto a la inteligencia de los destinatarios, no brilla, en nuestras letras, últimamente. Lo que se nos trasmite es que el idioma común, sirva para lo que queremos que sirva, debe ser usado con un doble respeto. Hacia el pasado, pues es depositario de los que lo usaron antes que nosotros, y hacia el futuro, para que los que lo lean en otros tiempos distintos al nuestro sepan lo que están leyendo.

Ezequiel Pérez Plasencia mantiene una actitud profundamente ética con todo lo que transcribe en su novela, por llamar a este libro de alguna forma. Una actitud ética ante el mismo hecho de escribir, ante el respeto y defensa del idioma que le lleva a sublevarse contra los que prostituyen y pervierten

Y este respeto de pasado y futuro no tiene sentido o, mejor, se unen en el presente, en nuestro tiempo, en nuestra actualidad. De nada sirve escribir para el futuro, como lo hacen algunos elitistas, pues eso es escribir para lo desconocido. El escritor escribe para el presente, para los lectores habituales, para todos los públicos. Cierto es que no debe dejar de apuntar hacia el pasado pues la herramienta que usa le ha sido dada por otros y tampoco debe abandonar el horizonte del futuro para pasar la herramienta a otros en el mejor estado posible, pero siempre debe tener en cuenta su presente, su tiempo. Esto lo hacen los buenos escritores sea cual sea el tema o la forma que elijan. Desde luego que hay varias formas de hacerlo, unos pueden rendirse a las modas o refugiarse en el abstraccionismo ininteligible (formas de escapar a la necesaria ética del escritor) y otros toman el toro por los cuernos y deciden enfrentarse a la tarea de escribir con la misma o más honestidad de la que reclama Jorge Rodríguez Padrón en su demoledor Discurso del cinismo. No se trata de invocar la literatura social de antaño ni definirse por una u otra escuela literaria. Todo eso da lo mismo. Se pretende reivindicar lo "crítico radical", no como ataque feroz a la sociedad sino como examen minucioso, buscando su raíz, de las cosas que nos rodean, de nuestro tiempo y, desde luego, el lenguaje, las formas y maneras con las que nos expresamos y se expresa el escritor. Esta actitud reclamada por Rodríguez Padrón es semejante a la que mantiene Pérez Plasencia. Su mirada, ya se proyecte sobre una historia de amor, sobre la redacción de un periódico insular (que es peor que decir de provincias) o una clínica de desintoxicación, es siempre crítica en los dos sentidos.

Ahí se encuentra uno de los méritos de este libro. Nos obliga a reflexionar sobre lo escrito más que sobre lo contado. La prosa del autor es tan natural que te lleva hasta al final sin apenas darte cuenta, pero cuando dejas de leer instantáneamente empiezas a reflexionar sobre lo leído y terminas buscando libros o autores sobre los que te llama la atención la infatigable memoria de Ezequiel. Pues El orden del día puede leerse como una historia de desamor y traiciones, como la descripción gogoliana de las miserias de determinada prensa insular o el tránsito de un paciente. Las tres historias se entrelazan magníficamente, sin confundirse, manteniendo constantemente el hilo rojo que las une y obligándonos, como lectores, a revisar nuestros prejuicios e ideas. Y a medida que pasan las páginas, más y más lúcidas se vuelven las palabras de Ezequiel. Y esta lucidez es la que hace que disfrutemos con el texto, no sólo por lo estético sino por lo ético. Por ello inicié este texto recordando a los amargados que achacan sus males a un pasado de nebulosa militancia. Nuestro autor, lúcido insistimos-, reivindica y describe ese pasado, lo alude constantemente, pero nunca lo lamenta. No llora sobre la leche derramada sino que, levantando la vista, tira para adelante como siempre han hecho los escritores auténticos, aquellos que viven para escribir y de esta forma examinar lo que nos rodea y darlo a los lectores en páginas tan sinceras como las que comentamos. (*) Javier Doreste leyó este texto en la presentación de El orden del día (Ezequiel Pérez Plasencia. Ediciones Benchomo. Santa Cruz de Tenerife. 2008) en la librería Nogal de Las Palmas de Gran Canaria, el 23 de abril de 2009


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LA LITERATURA Y/O LA VIDA IGNACIO CESTAU

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scribir sobre un autor recientemente fallecido, que has admirado en vida porque su prosa te ha brindado momentos inolvidables durante su lectura, por su sobriedad carente de adornos superfluos, densidad, nada le sobra; su intensidad cargada de significados sociales y morales, y su rigor expresivo puede resultar interesado, comprometido y sesgado hacia un reconocimiento laudatorio. Si además has compartido con él confidencias vitales, opiniones y dudas sobre el significado mismo de la vida y la literatura, y la relación entre ambas. Y si también le has acompañado en algunas vicisitudes profesionales, con la modesta ayuda que un abogado laboralista puede ofrecer a un trabajador maltratado por una empresa periodística, con nuestros desequilibrados códigos laborales; cuando la ignorancia y envidia de “jefes” y “emboscados compañeros” le enviaron al globalizado “ejército de reserva de los desempleados del mundo”. Y por si fuera poco, si en la intimidad del sufrimiento y del gozo, te ha revelado parte del universo vivido y soñado que se esconde detrás de algunas de sus obras, no sólo resulta comprometido escribir sobre él, sino puede resultar temerario. Pues ello, no sólo no me va a hacer desistir del intento de recordarle por escrito, sino que es un motivo más, si no el de más peso en la balanza para hacerlo. Ezequiel Pérez Plasencia fue un español más que nació en Tenerife, tras nuestra cruenta guerra civil, en el seno de una familia de los vencidos, de los perdedores, lo que condicionó su existencia infantil y juvenil. Allí conoció el amargo sabor de la derrota y las estrecheces que había que pagar por ella. Pero también aprendió algo que luego dio título a una de sus obras, La ilusión de los vencidos, y que el amor que proviene de la adversidad tiene, como la sangre, color rojo. Tal vez por ello, como expresión de algo íntimo, aquel libro lo abría la cita de Céline de “es más difícil renunciar al amor que a la vida”. En qué estaría pensando. Su origen determinó su orientación política primero, y después, su vocación literaria. Y ese origen también le dio las pautas sociales y morales de conducta. Allí aprendió que la lucha por la subsistencia debe ir acompañada de la dignidad, y tuvo su mejor escuela y sus mejores enseñanzas, y como en tantas familias de vencidos, empezó a levantar la vida y a dar la cara, tomando como ejemplo vivo a una “madre coraje”, que tan determinante fue en su vida como en la de sus hermanos, tras la desaparición prematura de su padre. De ahí pasó en lógica coherencia a incorporarse a la causa comunista, en una de las organizaciones que entonces libraba la batalla contra el franquismo. Y viviendo el compromiso político y social, nació la

llama de la vocación literaria, como vehículo para retratar la condición humana y penetrar en su alma. Y la literatura ganó, porque de esa decisión surgió un escritor de fuste, que combinó lo vivido, lo particular, en retratos sociales y humanos que desde el detalle, la ternura y el drama de experiencias muy concretas de su entorno, ya sea de Santa Cruz de Tenerife (Barrio de La Salud), en La Habana, o en cualquier otro lugar, trascendía a preocupaciones universales, que pueden interesar y conmover a cualquier ciudadano del mundo. Como ocurre en los viajes internos a los barrios de La Habana y Santa Cruz de Tenerife, que residen en El regreso de Calvert Casey. Desde sitios muy localizados y personajes singulares, se alzan preocupaciones humanas en forma de bella escritura, con palabras con forma de estilete. O esas descripciones de personajes de barrio que fluyen en las páginas de Los caminadelado, término que para su libro tomó prestado de El Farola, un parado, un pibe que decía “estos políticos caminan de lado, parece que van enfilados a lo que prometen, pero siempre se tuercen para defender lo suyo, no lo nuestro”, puede ser un personaje de cualquier barrio del planeta. Y que se puede decir, con permiso de otras opiniones, de lo que para mí hasta ahora son dos obras maestras, su cuento Decena de un cronopio, premiado con el más prestigioso galardón de cuentos en castellano, Premio Juan Rulfo, y la novela El orden del día. Relatos introspectivos en los que se desnuda sin pudor y pone de manifiesto su vida con sus miserias y grandezas, en los que el viaje que nos brinda a su interior, nos permite participar de todo aquello que produce inquietud y desvelos en el ser humano, como el fracaso, el amor, la locura, el sentimiento de solidaridad, el afán de justicia. Asistimos a un recorrido desde los valores políticos de su origen militante, a la vuelta a sus orígenes vitales, a la reivindicación de algo tan sencillo como la decencia. Acaso hay algo más revolucionario. Estas dos obras, además, contienen las entrañas de los ajustes de cuentas que todo ser humano hace consigo mismo, constituyendo un verdadero ejercicio de exorcismo, de expulsión de los demonios que incorporó a su vida, cuando la frustración le apartó del cauce principal y le arrastró por meandros turbulentos. Pero son también un homenaje a quienes hizo sufrir y una petición desesperada de perdón, por ello están llenas de guiños y reconocimientos para ellos. La narrativa de Ezequiel tiene además otra característica, que reconozco sin sonrojo que me fascina, y, aunque parezca una redundancia, crea una literatura llena de literatura. En su difícil y borrascoso caminar por la vida, la lectura constituyó una parte esencial de dicha andadura. Desde el lado de la trinchera del lector, configuró todo un universo propio, y como lector vivió momentos de plenitud, acumuló una

La narrativa de Ezequiel tiene además otra característica, que reconozco sin sonrojo que me fascina, y, aunque parezca una redundancia, crea una literatura llena de literatura. En su difícil y borrascoso caminar por la vida, la lectura constituyó una parte esencial de dicha andadura

vasta cultura literaria, de forma imaginaria dialogó, debatió e incluso se enfureció con multitud de autores cuyos libros devoraba. Amó a Cortázar, Rulfo, Camus y tantos otros. Y ese universo propio, adquirido como lector, lo incorpora como fuente de su espacio literario. Por sus páginas transitan gran parte de aquellos escritores que le impresionaron, le influyeron, a los que admiró y a los que detestó. Sus personajes se relacionan y se confrontan con ellos, se funden en una ósmosis narrativa de absoluta armonía, en las antípodas de la cursi erudición, tan querida de escritores vulgares, para crear un cuadro coral de diálogo entre ellos (personajes y escritores), similar al diálogo que se produce entre instrumentos musicales en una sinfonía; creando una fusión entre literatura y vida, como una reivindicación de la propia literatura y de los lectores. Reivindica que leer es una forma de vivir y que se vive también con intensidad y que algunas veces sirve para salvar y rescatar vidas tediosas. Sin duda, la concesión del premio Juan Rulfo por Decena de un cronopio, significó el espaldarazo que tanto necesitó y, además, le unió mágicamente al admirado autor de “Pedro Páramo”, transmitiéndole una mayor seguridad por el reconocimiento internacional que comportaba, reconocimiento que no se trasladó ni a España ni a Canarias. Probablemente otro escritor de otro lugar del territorio nacional que hubiera recibido el mismo galardón, habría tenido un mayor reconocimiento público y habría gozado de mayor atención de los medios. Parece que los autores canarios no pueden disfrutar del eslogan publicitario de una conocida cerveza canaria, “que suerte vivir aquí”. Pero, en todo caso, le permitió darle la energía necesaria para acometer su novela “El orden del día” y parece que algunas otras que dejó sin publicar tras su muerte y que espero que pronto salgan a la luz. Para terminar, puedo concluir que Ezequiel nos ha dejado una obra corta, pero con carácter y personalidad, y con un reconocible estilo propio, y con un mundo literario que tiene su referencia en ese mundo que versificó Blas de Otero: “Un mundo como un árbol desgajado una generación desarraigada unos hombres sin más destino que apuntalar las ruinas” Pero tristemente nos ha dejado, y parafraseando nuevamente a Blas de Otero: “Pero la muerte desde dentro, ve pero la muerte desde dentro, vela pero la muerte desde dentro, mata”.

S/C de Tenerife, marzo de 2011


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AHORA SÍ QUE EL MAR NO NOS DICE NADA

A

hora sí, Ezequiel, ahora sí que el mar no nos dice nada, por mucho que aventamos nuestros más vehementes recuerdos sólo encontramos el insomnio de las olas, el silencio locuaz de una “psique sin cuerpo”. Nos has dejado solos, y la soledad, como tú escribiste, es un arma de doble filo, que te puede conducir a la lucidez o a la locura. Has dejado inconclusa una novela que caminaba con paso firme hacia tu “sueño realizado”, ahí dejabas cada brizna de tu ser cada noche, arañando horas al orden del día. Decías que habías metido a mi Orfeo entre tus páginas, a ese cronopio, con el que los dos nos sentíamos identificados, cuya música desafiaba, como nuestro admirado perseguidor de Cortázar, las leyes de la razón y del mundo, a ese “cabrón” capaz de eyacular en las puertas del cielo; y yo no podía sino sentir la imposibilidad de corresponder a tan tamaña gratitud. Tú eras - y eres - así, tremenda y humildemente generoso, siempre dando mucho sin que te acuciara la necesidad que abruma a tantos “juntaletras, líderes de opinión, politicastros, letraheridos” de la actualidad, siempre reclamando su eternamente renovado derecho de “pernada” en este mundo agitado “por las añagazas de todopoderoso dios-mercado”. La primera vez que nos vimos, Ezequiel, el que suscribe estas líneas andaba recién empapado de La decena de un cronopio. Y como muestra de mi admiración por tan pequeño gran libro, galardonado con el Premio Internacional de Cuentos Juan Rulfo, publiqué el capítulo “Viernes” en mi blog Insólitos. Caminando por el “lado salvaje de la literatura”; y tú, que tuviste, a pesar de tu limitada movilidad, la gentileza de ir a esperarme al instituto donde trabajo siempre llegaste más temprano de lo habitual a las citas, incluso a la última-, lo hiciste cargado de libros; pero, sobre todo, de palabras, inteligentes y exquisitas “palabras” para celebrar el milagro de esa literatura que, preservando su autenticidad, no está “domesticada por el stablishment de las letras” – cómo te gustaba esa expresión-. Dos horas que pasaron con una velocidad endiablada para dejar una estela tan indeleble que todavía ahora, frente a este mar sin respuesta, se exhiben como voluminosas estrellas que ganan en intensidad cada vez que son revividas. Vida y Literatura. Cuántos nombres sobre el tapete: desde Bernhard hasta Idea Vilariño, desde Onetti, Chejóv o Roth hasta los más recónditos y malditos escritores canarios y cubanos, todo enriquecido con múltiples anécdotas y referencias. Tampoco faltaron las excrecencias del actual panorama literario, la mafia de los pre-

mios, el eterno candidato al Nobel – que ya dejó de serlo-, los errores editoriales, la izquierda, la derecha, Internet, toxicomanías varias, Albert Camus…, para volver sobre tu propio material y su posible difusión digital. Después vino un contacto continuado a través de muchos emails y de varias citas para intercambio de libros y experienciasentre ellas, dos inolvidables comidas literarias en el Mesón Andaluz con José Bonaque y con Tino Fernández-, para volver a enzarzarnos de nuevo en un renovado capítulo de supervivencia a través y por la Literatura, consolidando en cada comunicación nuestra amistad. En horas de insomnio como estas me llegaban tus correos meticulosamente escritos – te enfadabas si se colaba alguna errata ortográfica-: algunos embadurnados por el desaliento e incluso la desesperación de un ser vencido por las circunstancias; otros, en cambio, rezumaban esperanza y cargamentos de fe por tu trabajo; pero ninguno quedaba exento de tu sentido del humor; es más, muchos de ellos concluían con el colofón de una punzada verbal llena de agudeza, en la que era difícil adivinar tras su manto de ironía tu verdadero estado de ánimo, quedando en el mío entonces inoculado el virus de la preocupación. Mas quién me iba a decir que el único email aparentemente inocuo, esterilizado para el desasosiego, que recibí hace dos semanas iba a ser el último. Mi efusiva respuesta por una buena noticia jamás halló correspondencia, sólo el mutismo. Un mutismo tan inquietante, si cabe, que el de este maldito mar que nada dice. Releo tus artículos, Ezequiel, tus relatos, tu novela, con la avidez del discípulo que disfruta aprendiendo de un gran maestro. Y me digo que, efectivamente, “la vida es un camino minado”, que da igual --bien lo sabía Abel Cainus-, los destinos que uno elija, cuando sólo uno ha de elegirte a ti, consumándose el azaroso fatum de la miserable existencia humana. Un accidente absurdo convertido en “hacha homicida” nos ha arrebatado para siempre tu presencia, dejando en suspenso una brillante carrera literaria. Ahora que habías dejado atrás tantos escollos y sorteado peligrosas minas en el camino, ha venido la muerte, “tan jodiendo”, a desordenarlo todo. El mar ya no dice nada – este es uno de los títulos que barajabas para tu novela-, pero seguiremos observándolo, escudriñando en su silencio nuestro propio reflejo, o más bien la reverberación de nuestro profundo deseo de regresarte. Mientras tanto, tu magnífica obra hablará por él. (*) Joaquín Piqueras(Alguazas, Murcia) es escritor y poeta.

JUAN DE DIOS GARCÍA (*)

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CANARIASSOCIAL.COM

JOAQUÍN PIQUERAS (*)

LIBRO, CAFÉ, COPA Y TABACO e acuerdo perfectamente. Conocí a Ezequiel Pérez Plasencia en julio de 2007, entre las butacas del edificio modernista Casa Pedreño, en Cartagena, donde cada verano se celebra las charlas entre los escritores invitados al festival La Mar de Letras. Esa edición estaba dedicada a Méjico. El periodista Juan Cruz moderaba una mesa redonda en la que intervenían el politólogo Jesús Silva-Herzog y el novelista Jorge Volpi. Entre los tres esbozaron con claridad el complejísimo estado de putrefacción de la política azteca contemporánea. Allí estábamos con la boca abierta los asistentes habituales. Entonces llegó el turno de preguntas y escuché por primera vez ese tartamudeo molesto y entrañable que rompía el silencio de la sala. Preguntaba algo sobre el laberinto formado e n t r e Chiapas, el PRI, el castr ismo, Bush… En fin, yo no le presté más atención, porque la política me interesa hasta un límite y porque estaba deseando bajar a la calle a echar un cigarrillo esperando la siguiente ponencia. Ezequiel bajó a fumar también a los pocos minutos. Éramos dos desconocidos comunicadores natos, así que el saludo y la conversación apasionada prendió en seguida. Allí nos retratamos ambos, un par de locomotoras, felices, recién presentados y compartiendo nuestro entusiasmo infinito por los libros. —Mañana viene Bárbara Jacobs. ¿Has leído Vida con mi amigo? —No... ¿Y ahora quién va a intervenir? —La periodista Diana Washington. Va a contar su experiencia en la investigación de los feminicidios en Ciudad Juárez. Ezequiel se sabía el programa de memoria. Vivimos con un optimismo adolescente toda esa semana, emborrachándonos con Antonio Ortuño, Daniel Sada, Elena Poniatowska, Juan Villoro, Guadalupe Nettel, Alberto Rui-Sánchez, Sergio Pitol, Mario Bellatin, Coral Bracho, abrazando a los autores vivos y recordando a tragos la admiración por grandes de Méjico como Elizondo, Rulfo, Revueltas, Ibargüengoitia, Paz,

Arreola... Sellamos nuestro aprecio regalándonos los libros de nuestra cosecha y desde entonces nos veíamos con la frecuencia que podíamos, literatura mediante, porque la literatura fue, sin hipérbole, la génesis y el pulso de nuestra amistad. Se me agolpan cientos de escenas agradables junto a él: los largos paseos por el puerto mediterráneo donde su vanidad de creador nunca hundía su capacidad de admiración como lector, sus tímidas y jugosas preguntas al final de cada recital en el Aula de Poesía Carmen Conde, sus reflexiones pictóricas y musicales con la cultísima camarera italiana de la cafetería Nova, su presencia etílica en las terrazas del casco histórico, su sempiterno periódico bajo el brazo, su gracioso descubrimiento de internet con casi diez años de retraso… Encarnaba la generosidad intelectual, por lo que vivió una total integración entre los artistas, eruditos y pensadores de la ciudad: desde el grupo de narradores de la tertulia Mandarache hasta círculos de pintores, periodistas, abogados, admiradores como el lector José Bonarque, como el poeta punkrocker Joaquín Piqueras o como la librera cómplice y creativa Ana Escarabajal. La última vez que nos vimos fue precisamente en la librería Escarabajal, acompañado de una amiga —las “amigas” de Ezequiel es un tema de tesis doctoral— y con cara de preocupación lectora. —No están los Cuentos completos de Onetti en el escaparate. Ni siquiera están dentro. ¿Te lo puedes creer? ¡Y la edición de Alfaguara salió hace seis meses! Voy a encargarlos. No tengo otra opción. Le contesté con una sonrisa cotidiana y le di una palmada tranquilizadora en el hombro sin ser consciente de que esa sería mi despedida. Querido Ezequiel, tan extraterrestre, tan afectuoso. Libro, café, copa, tabaco: los cuatro elementos que componían a mi amigo. Escribo este grito-homenaje seis días después de su muerte, unas horas antes de que jueguen en el estadio Cartagonova mi equipo y el suyo. El resultado me importa un carajo. Él mantuvo siempre su orgullo tinerfeño, yo le quería animar y habíamos quedado en asistir juntos al partido. —Juan de Dios, ¿y si me insulta algún ultra del Cartagena al alegrarme de un gol del Tenerife? —preguntaba entre la broma y la cautela. —Ni caso, Ezequiel. Yo te protegeré. Y nos reíamos, y le daba un ataque de tos en medio de la risa, y nos seguíamos riendo. (*) Juan de Dios García (Cartagena, 1975) es escritor y director de la revista de literatura El coloquio de los perros (www.elcoloquiodelosperros.net)


El perseguidor 7

Sábado, 19 de marzo de 2011

IGNACIO BORGOÑÓS (*)

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compañé a Ezequiel hasta el último momento, hasta la esquina justa del cristal tras el que su caja mortuoria se adentró en el horno crematorio para convertirse en cenizas. En ese momento fue en el que le dije en voz muy baja: “ya no te puedo acompañar más, Ezequiel, ahora tienes que hacer tú solo el viaje”. Pues sí, con la autoridad que me da su amistad infinita, con la autoridad que me da haberlo conocido y la de haberlo oído hablar sobre libros, es con la que me dirijo a ustedes para narrarles el lujo de haber tenido un amigo y un maestro literario tan grande. Quizás ustedes, los canarios, conozcan una versión más amplia en el tiempo del escritor Ezequiel Pérez Plasencia, pero yo conocí la última, su etapa cartagenera, que es la que viví y de la que les voy a hablar, si me lo permiten. Para empezar diré que no quiero equívocos, la vida de Ezequi –como lo conocíamos los íntimos, léase el pintor cartagenero Juan Heredia Gil y yo mismo–, no fue fácil. Lo entenderán enseguida: la primera vez que llegué a la UCI del hospital Santa María del Rosell para verle tras su parada cardiorrespiratoria, las únicas batas que estaban colgadas en la antesala, eran las que les correspondían a los visitantes del box número dos, el suyo. Él eligió la soledad, vivir en el exilio de Cartagena. Que ahora nadie me venga con las tertulias que frecuentaba, los intelectuales que cenaban con él y otras monsergas producto del desconocimiento de su vida. Él simplemente era un tipo que solía leer en la cama y no conocía horario, pues igual lo llamabas a las ocho de la tarde y se acaba de despertar, o te llamaba de madrugada porque no podía dormir. Ezequiel gustaba del fútbol, de la literatura, de las mujeres atractivas y de sus amigos, y dado que

EL ÚLTIMO VIAJE DE EZEQUIEL PÉREZ PLASENCIA desde hace años su salud se había visto mermada por una cierta parálisis en una pierna que lo hacía caminar despacio, redujo su actividad al barrio tan céntrico en el que vivía, donde era toda una institución, y donde dejaba muestras de su sapiencia futbolística entre amigos, de su maestría literaria en las librerías o en largos paseos hasta el puerto con quienes él elegía, y de su buen gusto con un rastro de piropos a las mujeres de buen ver. A la reunión semanal que tenía por agrado y no por compromiso con el maestro Heredia y conmigo en la cafetería Nova, él la bautizó como la secta. Una reunión que se sigue celebrando hoy en día, con una vela en su honor, y donde Ezequiel nos regalaba el don tan preciado de su opinión, siempre polémica, incorrecta, pero sabia, endulzada eso sí, de memoria canaria, del gofio que añoraba, de registros de su lengua guanche, de bellas palabras hacia su madre, de una camiseta blanca con el siete de Juanito que le regalaron cuando era niño, de la amistad que le unió a Valdano y a Cappa en el ciclo glorioso del Tenerife. Jamás podré olvidar las conversaciones sobre libros que teníamos en su apartamento, auténtica biblioteca de Alejandría, plagado de tesoros de la Literatura, sí Literatura con mayúscula: Camus, Borges, Onetti. Era un apartamento austero, con una mini cadena para escuchar música clásica, recortes de grandes obras de arte contemporáneo pegados en las paredes, un cenicero con el cigarrillo siempre hume-

ante, el portátil encendido para ver si llegaba la inspiración magistral que le ayudara a terminar su última novela, la que se ha quedado encerrada en ese mismo portátil. Y es que a pesar de haber escrito El orden del día, lo que no estaba precisamente previsto entre los puntos a tratar era su muerte. Porque Ezequi nos ha dejado demasiado pronto. Desde mi egoísmo podría decir que me ha dejado huérfano de recomendaciones literarias, jamás se me olvidará que días antes de su fallecimiento me dijo: Nacho, lee a Thomas Bernhard. Y así cuántas veces, cuántos libros, cuántas discusiones sobre autores, cuantas perlas literarias como ésa de: “un solo cuento de Borges vale más que toda la obra de Pérez-Reverte”, que no sé si lo decía por convicción, por joderme como cartagenero, o por ambas. Ezequi siempre fue un cachondo mental. Yo lo imaginaba en Tenerife como un tipo a la izquierda de la izquierda, y ya aquí en Cartagena, puedo asegurarles que era un tipo muy grande pese a su pequeña estatura, un tipo siempre dispuesto a hacerte reír con sus comentarios, con esa sonrisa a medias que anticipaba lo que te iba a decir. Me encantaba acusarle de ser un comunista pensionista y decirle que él no había leído a Javier Marías, para incomodarle y que saliera veloz a por un ejemplar de Marías en su biblioteca. Qué estupendo, Ezequiel. Sin duda era un animal literario. En su

entierro hubo lectura de Stefan Zweig, él hubiera preferido Borges. Recuerdo que hablaba muy bien de El maestro de Petersburgo, de Coetzee, también de Joseph Roth, Tolstói, Dostoievski, Clarice Lispector, Goytisolo, Edward Said o Amos Oz. Y admiraba tanto a Onetti que guardaba el dinero que había sacado del cajero para pasar la semana, entre las páginas de sus cuentos. Pero si hay algo que me molestara de él, era esa mala suerte que tuvo como escritor, pues sus méritos fueron demasiado grandes para una industria editorial de miras tan cortas, sólo preocupada por el rédito del Top Ten de ventas en El Corte Inglés, y no por la calidad literaria. Digamos entonces con toda convicción que él estaba ya fuera de tiempo, el reconocimiento tan merecido que ahora le hacemos, debió llegar mucho antes en forma de publicación con una gran editorial. Podría haber sido un tipo a lo VilaMatas, un escritor metaliterario reconocido y con el privilegio por delante de poder vivir de la literatura. El regreso de Calvert Casey, Los caminadelado y sobre todo, El orden del día, son una pequeña muestra de su altura intelectual. Qué gran escritor hubiera sido si hubiese tenido un buen editor. Ahora que purguen sus pecados quienes no le ayudaron a editar cuando estaba en su mano, o quienes lo editaron mal, pues Ezequiel, pese a quien le pese, ya está en el Olimpo de los escritores malditos, ese Olimpo al que sólo están invitados los que saben de literatura, no los que dicen que saben. Buen viaje, amigo, el último que harás, pero será el viaje que te vengará, el que ya te ha convertido en leyenda. Serás objeto de estudio, ya lo verás, y por aquí abajo entre los que te admiramos, nunca dejaremos de pronunciar tu nombre. De eso ya me encargo yo. (*) Ignacio Borgoñós (Cartagena, 1975) es escritor.


8 El perseguidor

Sábado, 19 de marzo de 2011

UN CAMINADEFRENTE MARTA CANTERO (*)

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l término se lo sugirió un parado, El Farola, un pibe no tan pibe de su barrio: Los caminadelado. “Hombres y mujeres de corazón pequeño, hipócritas que aborrecen la sinceridad… Los caminadelado son vanidosos y aduladores, solemnes y serviles, oportunistas y rutinarios, pero inteligentes”, opinaba Ezequiel Pérez Plasencia, y recurría a una frase de Graham Green para darles la estocada: “Nuestros enemigos no son los ignorantes ni los simples, por crueles que éstos sean; nuestros enemigos son los inteligentes y corruptos”. Las conversaciones de barrio dieron mucho de sí como fuente de inspiración para Sesé [entrañable diminutivo con que se le conocía], nacido en las entrañas del tinerfeño barrio de La Salud y marcado por la marginación social de sus gentes, la lucha diaria con que, como él, trataban de sobreponerse cada día a los embates de la vida. Sobre ellos, y la sociedad en general, el escritor desplegaba su lúcida capacidad

de observación y análisis para describir con certeza situaciones y personajes. La calle y las letras. En la combinación de ambos mundos esta el origen y originalidad de la vida y obra de este autor tinerfeño, fallecido de forma repentina y absurda. Culto y cultivado a conciencia, con esmero y esfuerzo diario, Ezequiel Pérez Plasencia es sobre todo un ejemplo de superación. Un caminadefrente que tuvo el valor de mirarse al espejo, de descubrirse y aceptarse tal como era, reconociéndose tanto en sus miserias como en sus grandezas: “¿Por qué no arremeter contra mí mismo para luego hacerlo con poderío moral contra la sociedad?”, escribe en El orden del día, y añade: “Habitar la libertad no es tan sencillo como pueda parecer, vivirla es tarea compleja… La libertad es lucha sin tregua, militancia, precaución frente al goloso y extendido nihilismo, actuar sin temor cuando en la vida llega la hora de exhibir vicios y ocultar virtudes”. Sesé era también eso. Un hombre pequeño y valiente, que pagó un alto precio por su libertad: rechazos, soledades, desprecios… En La voz del vacío dice: “La

gente huye de mí, la gente busca mi compañía. A veces yo lloraba. Sólo hace dos meses que llegué y cretinos y cínicos se alegran de verme más consumido, más viejo, más huraño”; y en su novela recuerda que “en una sociedad hipócrita y mojigata, ser libre es un trabajo de envergadura”. Él se sobrepuso a los miedos y rencores con inteligencia y altura de miras, y lidió contra la desesperanza con su amor al amor y a la propia existencia: “La vida es generosa y nos da la posibilidad de crearnos a nosotros mismos todos los días”. En Cartagena renació, tras atravesar el blanco desierto de las clínicas y psiquiátricos que nos retrató en su particular viaje a las profundidades de la naturaleza humana. Un nuevo Ezequiel resurgió de sus cenizas, más sabio y más honesto si cabe, igual de implacable en la crítica pero ya sereno: “La verdad es una larga paciencia, una dilatada exposición”, reflexiona en El orden del día. Y, ¡como no!, la profesión. El periodismo. Gran conocedor del nido de vanidades que son las redacciones, en las páginas de su primera novela [trabajaba en la

MR. EZEQUIEL EN EL CANTÓN FEDERICO GONZÁLEZ RAMÍREZ (*)

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n la intimidad era Sesé, pero nunca me permití traspasar el umbral de una confianza hecha de tardes inacabables, intensas y únicas al borde de cada palabra con la que crearon buen periodismo un nutrido grupo de jóvenes en los primeros años noventa, en Tenerife. Para mí siempre fue Ezequiel, con todas sus letras, a pesar de que año tras año crecieron los afectos y la vida compartida. Vida compartida, pese a la distancia, porque Ezequiel sabía, quería compartir. Jamás hacía esgrima con su amplio conocimiento de la literatura, con sus lecturas permanentes, ni con su exquisito paladar para el balompié bien jugado, ni con el finísimo cordón umbilical que le unía a nombres y apellidos de la izquierda social de las Islas. Ezequiel buscaba compartir, y por eso pude compartir con él, sucesivamente, los afectos de Marta, el sinsabor del periodismo, el placer de la literatura, el placer no menos intenso del fútbol, y el barrio de La Salud, su casa y --en mi infancia-- mi segunda casa en Canarias. Los caminadelado, su primer volumen artículos publicados en prensa, pura literatura- contenía ya la esencia de la que sería una obra breve e inmensa: insobornable reflexión crítica y fervor por la palabra. Los caminadelado, esa forma de llamar a quienes no van de frente que tenía un pibe amigo suyo de La Salud y que Ezequiel hizo suya. Los caminadelado que ejercen el poder, gurús literarios, capataces de redacciones, líderes políticos. Los caminadelado, antítesis de la consciente posición ética y frontal que el mismo Ezequiel encarnaría. Los caminadelado, irónica, tierna y poderosa expresión con la que referirse a buscadores de atajos, a asaltadores de lo público,

a habitantes inmerecidos del escaparate literario. Los caminadelado: todo lo que Ezequiel podía haber sido para sobrevivir en sus islas, y no quiso ser. Decena de un cronopio, El regreso de Calvert Casey, El orden del día… La obra de Ezequiel Pérez Plasencia está, ahora sí, en el atril de los lectores atentos. Y, posiblemente, de lectores más neutrales, quienes no se encuentren en la tesitura de discernir entre el magnetismo vital de su autor y la obra misma. Con Ezequiel literatura era vida, y la vida se convertía en artículos, cuentos, novelas, literatura, al fin. Ezequiel callaba, parpadeaba, hombre de palabra precisa, pensaba, reía con una risa entrecortada y amable, una risa inteligente –pocas risas he conocido inteligentes- y de esos ingredientes vitales se nutría la alquimia de su literatura. Los días iniciales de su partida a Cuba, donde germinaría ese tributo suyo a Calvert Casey, las aparentes rutinarias conversaciones, las idas y venidas previas a un viaje caribeño, estaban esculpiendo ya una de sus escasas e imprescindibles obras. Cómo no sorprenderse, todavía, de ver el doméstico material con el que se crean las rutinas convertido en zaguán, prólogo creativo, de auténtica literatura. Como Casey, Ezequiel no pudo luchar con su condición insular, ni procurar lecturas más lúcidas para la inmensidad de su palabra. La isla no se elige. No es negociable: la isla es, está rodeada de agua y no hay pacto posible. Y todo isleño sabe de la dictadura de la geografía, de la existencia de más islas dentro de la isla. No hay elección en el hecho de ser isla. Así que Ezequiel, como hicieron otros antes, en los muros de la Academia, orinó con fuerza en uno de los templos del periodismo tinerfeño y se mandó a mudar al que sería, desde entonces, su lugar en el mundo.

segunda al cierre de su edición] Sesé se despacha a gusto con quienes fuimos sus compañeros en los distintos periódicos en que ejerció, con un rigor castrense, sus funciones de corrector. Hay mordacidad en sus opiniones sobre los ‘plumíferas’ que fue conociendo –“Ah, el columnismo, esa enfermedad infantil del periodismo”–, pero también ternura hacia quienes integramos este oficio de engreídos mal pagados, y comprensión ante las dificultades que entraña su ejercicio. Mucha calle, vivencias; bares de copas, y alcohol; las librerías, interminables horas de lectura; soledades y amores; retrospecciones y recaídas; su madre, la familia; las horas insomnio y el arte de escribir; los amigos; los pasillos del hospital y el abismo; de nuevo el amor; o ese premio que no llega; el esfuerzo y la esperanza. Ezequiel Pérez Plasencia era un escritor autobiográfico, que se sirvió de todo lo que observó, conoció y sintió para elaborar exquisitas composiciones literarias que ponen en evidencia que poseía lo que tantos autores ansían: talento. Las Palmas de Gran Canaria, a 14 de marzo de 2011 (*) Marta Cantero es periodista

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Mr. Ezequiel en el cantón. Así lo llamé desde entonces, en broma nuevamente compartida, cada vez que nos unía el teléfono, en conversaciones semanales. Así lo llamé la víspera, la última. Curiosamente, mucho más larga que ninguna. Ezequiel, como el Mr. Witt de Sender, había elegido su esquina en el mundo y miraba sorprendido desde allí. El cantón, al contrario que la isla, está hecho de decisiones y de la fertilidad de la utopía. Ezequiel se convirtió entonces, en el cantón de Cartagena, en el cónsul de la amabilidad, en el porteador de la enseña de la literatura como forma de vida, con las credenciales de la elegancia intransferible de chico de barrio, afectuoso, enamorado y enamorador, cónsul único de la bonhomía y de la diplomacia lúcida en un cantón construido por él mismo con amigos, frases, libros, esperanzas, retos, una república en una esquina del mundo donde fundar su felicidad verdadera. La última vez que vimos a Ezequiel fue para presentar El orden del día, su última novela. Fue un empeño de Marta. Llamamos a todos los amigos, en Las Palmas de Gran Canaria. Fueron ocho: Josefina Betancor, la viuda de Manuel Padorno;

Javier Doreste, que lo presentó; Enrique Suárez; Tony Sosa; Tony Murphy… Convirtió Canarias social en una habitación más de su hogar de quimeras. El 18 de enero de 2011 envió un correo, en el que aceptaba con generosidad inaugurar una nueva apuesta literaria. En el documento adjunto, la primera parte de su nuevo libro: Oficio de vencidos. Echo de menos su voz. Me ocurre con otros dos grandes escritores canarios: Manuel Padorno y José María Millares Sall. Algo tenían las voces de ambos, una extraña combinación de timbre y tono, la forma de acariciar cada frase, voces únicas dedicadas por siempre al mimo de la palabra. La voz de Ezequiel era también, entrecortada, una voz distinta y única. La de un gran escritor. Pero era, además, la voz que estuvo en los momentos duros. La voz de nuestro irrepetible cónsul en el territorio de la amistad y la palabra. Las Palmas de Gran Canaria, 15 de marzo de 2011 (*)Federico González Ramírez es escritor y periodista. Director de Canarias Social.


Ezequiel Pérez Plasencia