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hijo y no lo «ayuda» a mirar a lo divino a través de los demás no es familia, y el matrimonio que la ha iniciado no es matrimonio, sino tan sólo yuxtaposición de individuos que no «son», sino que sólo «hacen» algo, juntos. Su convivencia, incluso la sexual, es una convivencia forzada. Los individuos «yuxtapuestos» de esta manera someten a los hijos a una educación igualmente forzada, que a veces es muy liberal. De cómo uno entienda su propia casa depende también su relación con el mundo. Las palabras «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad [...] en todo animal que serpea sobre la tierra» (cfr. Gn 1, 28), fueron dichas no a Adán o a Eva, sino a la comunión de sus personas. Y en función de cómo entiende la palabra «multiplicaos», así entiende la palabra «someted la tierra». Según cómo él entiende el amor lo entiende todo, incluyéndose a sí mismo. Aquel que considere al otro hombre como si fuese de usar y tirar, a fortiori considerará así el entero mundo. El hacer en el que un hombre no está presente para el otro hombre hasta dar la vida por él, y que por este motivo es tan sólo una realización del deseo desenfrenado de poseer el mundo y al hombre mismo, no «educe» (no saca) a nadie de «un país lejano» y no introduce a nadie en la casa familiar. Este hacer no sólo destruye al hombre, sino también al mundo que «desea vivamente la revelación de los hijos de Dios [...] para participar en la gloriosa libertad [de ellos]» (cfr. Rm 8, 19-21). La descendencia y los frutos de la tierra han sido dados como una promesa a nuestra esperanza. Por eso, ni la tierra ni la descendencia constituyen el objeto de nuestro puro hacer técnico, sino que exigen la acción propia de nuestra libertad, que se expresa precisamente en la esperanza, en el amor y en la fe. Por consiguiente, los desastres ecológicos provocados por el hacer técnico no se pueden resolver con otro hacer igualmente técnico. Sólo la conversión de los hombres, es decir, que respondan con todo su ser a la llamada de los demás seres, hará justicia a los hombres y al mundo. Tampoco el mundo quiere ser tratado de forma puramente técnica. El signo de si se dan o no las conversiones son los matrimonios o las familias cuya realidad no se reduce a un vaivén productivo y consumista. El matrimonio y la familia, cimentados en lo divino, no se someten a las estadísticas, sobre las cuales las ciencias sociológicas, luego, intentan construir normas para la sociedad. «El peso de estas alianzas de oro», dijo el Joyero a los futuros esposos, «no es el peso del metal. Es el peso especíico del ser humano, de cada uno de vosotros, y vosotros dos juntos» (Karol Wojtyla, El taller del Orfebre). La identidad de los hombres, su beatitud y el deseo que de ésta tienen, son un don del más allá, que las ciencias no son capaces de rozar siquiera.

EL QUE SE SIENTE TRATADO COMO UN OBJETO TRATA A LOS DEMÁS DE LA MISMA MANERA. UTILIZADO, UTILIZA TODO Y A TODOS, EMPEZANDO POR SU PROPIO CUERPO Y POR EL DE LOS DEMÁS. LA TRAGEDIA DE TANTOS MATRIMONIOS, DE TANTAS FAMILIAS Y DE LA SOCIEDAD, CONSISTE PRECISAMENTE EN QUE SON LAS DEBILIDADES LAS QUE UNEN EL HOMBRE A LA MUJER, LOS HIJOS A LOS PADRES O LOS PADRES A LOS HIJOS.

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Humanitas 58  
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