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(...) HACE FALTA LLENARLO CON ALGO QUE FUNCIONE COMO SI FUESE PRECISAMENTE SU APELLIDO. POR TANTO, CUANDO SE LE PREGUNTA «¿POR QUÉ TE COMPORTAS ASÍ?», NO RESPONDE CON «¡PORQUE YO SOY ASÍ!», SINO CON «PORQUE YO SOY ESTA O AQUELLA OTRA FUNCIÓN SOCIAL», O LO QUE ES LO MISMO, «NO QUIERO PERDER LO QUE TENGO». SE ALEJA CADA VEZ MÁS DE SÍ MISMO, VIVE EN «UN PAÍS LEJANO», DONDE INTENTA «LLENAR SU VIENTRE CON LAS ALGARROBAS QUE COMEN LOS PUERCOS» (CFR. LC 15, 13-16).

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todos a hacer ciertas cosas mientras que son capaces de hacerlas. El que ya no funciona así, o el que todavía no funciona así, es eliminado del juego automáticamente. El que esquiva la «pro-vocación» al amor escapa de la libertad. No acepta que el otro lo llame, y él mismo no llama a nadie. En cambio, acepta que se le trate como a una manzana buena para comer, agradable a la vista y útil para adquirir de ella la capacidad de hacer algo distinto de lo que en realidad desea en ese momento. Lo acepta porque él mismo quiere tratar así a los demás. El hombre que no es libre, el hombre que depende de esta o de aquella cosa, se vuelve cada vez más perezoso, aunque produjera muchas cosas útiles, o incluso indispensables para la supervivencia. Es más, los esclavos están siempre ocupados por miedo a tener que trabajar. En efecto, ellos no conocen la esencia del trabajo, de ese entrar en lo sagrado del otro hombre. No amar al otro, hasta el punto de darle la propia vida, es algo que acaba en el ateísmo porque no mira hacia lo divino gratuito. El ateísmo humilla al hombre mucho más de lo que lo haya hecho el paganismo que, al admitir que el hombre esté ligado a otra cosa aparte de a aquellas del mundo pasajero, no lo reduce a una manzana buena para comer, agradable a la vista y útil para saber hacer otras cosas igualmente agradables y útiles (cfr. Gn 3, 6). Así es obvio por qué el ateísmo no sostiene el matrimonio ni la familia. Habitar ielmente en la presencia iel del otro hace que el hombre se deienda del tiempo que pasa y devora todo lo que se le somete: en la casa familiar el hombre sigue siendo él mismo. La presencia iel del otro ayuda al hombre a no identiicarse con el tiempo, y por tanto a salvarse, permitiendo que entrevea la presencia de lo divino que no pasa. Ésta, al ser la presencia por siempre, exige al hombre que sea iel en su estar presente para los demás hombres. El hombre ahonda raíces en la ininitud de Dios precisamente con la «ayuda» de los demás a quien él es iel. La idelidad propia del matrimonio, al alcanzar la eternidad y al echar en ella los cimientos de la casa familiar, que resiste al tiempo y a sus insidias, releja, tal vez de la manera más adecuada posible, la idelidad con la que Dios contrae matrimonio con el hombre. En la casa que se ha ediicado con estas presencias ieles, el hombre se siente «a gusto». Comienza a sentirse «a gusto» en el amor de los padres. El amor de éstos al revelar cuál es su propia procedencia, dice al hijo su destino. En la presencia recíproca de los padres, del uno para el otro, trasluce para el hijo la presencia de Dios. Con la «ayuda» del amor de los padres, el hijo camina hacia esa presencia y trasciende a la familia misma, puesto que desde la familia empieza a estar pre sente para los demás hombres. La familia que retiene al

Humanitas 58  
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