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EL HOMBRE QUE NO ES LIBRE, EL HOMBRE QUE DEPENDE DE ESTA O DE AQUELLA COSA, SE VUELVE CADA VEZ MÁS PEREZOSO, AUNQUE PRODUJERA MUCHAS COSAS ÚTILES, O INCLUSO INDISPENSABLES PARA LA SUPERVIVENCIA. ES MÁS, LOS ESCLAVOS ESTÁN SIEMPRE OCUPADOS POR MIEDO A TENER QUE TRABAJAR. EN EFECTO, ELLOS NO CONOCEN LA ESENCIA DEL TRABAJO, DE ESE ENTRAR EN LO SAGRADO DEL OTRO HOMBRE.

H 238

El hombre tocado por el amor, es decir, el hombre llamado a serlo, se recoge en su propio ser y, volviendo a poseerse y haciéndose dueño de sí mismo (dominus sui), responde al amor adecuadamente, es decir, con todo su ser. En este diálogo, cuya esencia consiste en ofrecer la propia vida al otro, nace la autoconciencia del hombre. Cuando se ofrece a sí mismo, él es aún más él mismo, porque aquel a quien se ofrece intenta responderle a su vez con el amor. La presencia del uno y del otro, esa recíproca «parusía» (en griego par-ousia signiica estar presente para alguien), constituye el espacio en el que el hombre se revela a todos, incluso a sí mismo. Todas las palabras y todos los actos que el hombre hace, si no están llenos de esta presencia, están vacíos; no hacen lo que dicen y no dicen lo que hacen. No revelan al hombre, porque son una mentira. Los discípulos de Emaús, escribe San Lucas, «le habían conocido en la fracción del pan» (Lc 24, 35). Pensemos en las cenas, en los almuerzos de las familias, en los que el uno está presente para el otro, y pensemos también en los ámbitos en donde, en cambio, falta tal presencia. La mentira es siempre una trampa que uno pone al otro. La Eucaristía es una realidad propia de la familia. En la Eucaristía es donde se revela el amor en el que se realiza la libertad. Las personas, al revelarse la una a la otra, crean un espacio en donde habitar. La una habita en presencia de la otra y, habitando en esa presencia, le ofrece su propia presencia para que la habite. En otros términos, el hombre, habitando en la parusía del otro, participa de su ser y del habitar que de éste deriva, es decir, de su conocer la verdad y de su hacer el bien, viviendo en la misma casa. La casa es el lugar en el que el hombre se siente bien, porque allí ha nacido del amor y no por casualidad. Este sentirse a gusto, o sentirse amado, se expresa en el apellido que él añade al verbo «soy». El hombre se presenta indicando, con la ayuda del apellido, la casa fa miliar, es decir, el amor del que proviene. Es como si dijese: «¡Mirad, soy amado! He aquí el amor en el que habito y que constituye mi dignidad». En algunas lenguas eslavas, el apellido o patronímico con el que el hombre se identiica revela la iliación y su origen, que es el padre. En cierto sentido, quien ve al hijo también ve al padre, porque en el amor del padre es donde el hijo habita. Esta es la salvación y la beatitud del hombre. Por tanto el hombre, buscando ser feliz, sale de sí mismo en busca del otro, porque sólo con la ayuda de otra persona logrará ediicar la casa de la beatitud. El libro del Génesis es insuperable en la descripción de este caminar y ediicar la casa de los hombres. Adán busca ayuda en primer lugar en las cosas y en los animales, pero aun habiéndoles dado nombres, se da cuenta de que en vez de ser ayudado pierde la

Humanitas 58  
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