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Año Sacerdotal

de su celo abrasador por la salvación de las almas. No es que se ignore el tema de la vocación de todos los cristianos a la santidad, como aparece en la Sagrada Escritura (ver Mt 5, 48; 1 Ped 1, 16) y lo ha corroborado el Concilio Vaticano II, sino que en las “conidencias” aparece la santidad de los sacerdotes estrechamente vinculada con su necesaria identiicación con Cristo y, consiguientemente, con el fruto de su acción pastoral. Aunque en esta edición de las “conidencias” no se encuentran citas explícitas de las Ss. Escrituras, el tema de la identiicación del sacerdote con Cristo evoca sin duda el tema paulino de que “ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (ver Gal 2, 20). La lectura de las “conidencias” revela un conocimiento cabal, y que, si no fuera sobrenatural, resultaría sorprendente, de la vida sacerdotal: de la grandeza de su vocación al servicio de la gloria de Dios y de la santiicación de los hombres, del amor a Jesucristo como meollo de su identidad, y, por qué no decirlo, de los peligros a que está expuesta y de las laquezas y pecados que pueden mancharla y hacerla incoherente y hasta sacrílega. Puede decirse que no hay aspecto de la vida sacerdotal que no reciba un amoroso requerimiento de parte de Jesús en estos textos tan impregnados por el amor misericordioso, paciente y puriicador del Salvador: la oración, el desapego de los intereses materiales, el celo por la salvación de las almas, la disponibilidad para el servicio de los ieles, el amor por el trabajo pastoral, la celebración fervorosa del Santo Sacriicio de la Misa y de los demás sacramentos, la atención delicada y generosa de los pobres, el recurso periódico y humilde al sacramento de la Penitencia, el examen de la propia vida a la luz de las exigencias del Evangelio, y tantos otros. Hay, sin embargo, un tema que es recurrente sin ser exclusivo, y es el de la castidad y pureza de los sacerdotes. Esta acentuación es del todo natural porque hay un estrecho nexo entre la castidad y la caridad: un corazón puro es la condición necesaria para ver a Dios (ver Mt 5, 8), y como el sacerdote debe ser un testigo de las cosas de Dios, de aquello que “no se ve” (ver Hebr 11, 1.3), se comprende hasta qué punto un sacerdote que no es coherente con la consagración en celibato que hizo en su ordenación, está, no obstante la validez de los sacramentos que administre, en condición del todo anormal para el ejercicio fecundo del sagrado ministerio pastoral Como no es posible detallar todos los aspectos de la obra que aquí se presenta, se ruega la comprensión por no hacer mención amplia de dos temas que ocupan espacio importante en las “conidencias” y son el Espíritu Santo y la Santísima Virgen María. Son temas, por así decirlo, “envolventes” y omnipresentes. La Virgen María, en cuyo seno purísimo se encarnó el Verbo eterno del Padre, es, en cierto modo, la imagen del sacerdote constituido en instrumento de Cristo por el sacramento del Orden. Al Espíritu Santo está dedicado el bello texto de consagración, compuesto por la Venerable Sierva de Dios, que se lee como última página del volumen, y que termina con estas palabras: “Espíritu Santo, transfórmame con María y en María, en Cristo Jesús, para gloria del Padre y salvación del mundo. Amén”.

CARDENAL JORGE MEDINA ESTÉVEZ

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Humanitas 58  
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