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PARTE IX

LA DICTADURA La represión dentro de la represión ilegal 106. ENRIQUE RAAB: Imagino sus ojos en blanco, su cráneo golpeando los escalones al ser arrastrado

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esde la ventana que daba al pozo de luz salían, gloriosas, las arias de todas las óperas. María Callas era casi como del barrio. El departamento de la calle Viamonte al 300 bullía de lírica. Siempre. Daniel y Enrique eran cultos, informados, elegantes. Daniel trabajaba en el departamento de Prensa del Colón. Enrique era uno de los mejores periodistas del país. Ese piso de Viamonte fue el que el grupo de tareas de la ESMA reventó la noche del 16 de abril de 1977. De allí se llevaron a la culta pareja formada por Daniel Girón y Enrique Raab. ……………………………………………………………………………………... Enrique nació en Viena el 2 de febrero de 1932. Corridos por Adolfo Hitler, sus padres llegaron a la Argentina con sus dos hijos: Enrique y Evelina. De chiquito, cuando estudiaba piano y concurría a la primaria en la escuela que había en Corrientes y Reconquista, se lo solía ver a Enrique con kipah y peiot.1 Como correspondía a un chico culto y con aspiraciones, hizo el secundario en el Colegio Nacional Buenos Aires. Pero Enrique ya era en los 50 como siempre sería, el más testarudo. No terminó el bachillerato: no lograba ponerse de acuerdo con su profesor sobre la manera de ver la historia nacional. Y el que ponía las notas era el profesor. Enrique, que además del español dominaba inglés, francés, alemán e italiano nunca tuvo su título de estudiante secundario. A los 18 ya estaba en la Cinemateca Argentina. Ahí escribió sus primeras críticas de cine, uno de sus tantísimos amores. Llegó a ser, antes de los 60, presidente del primer cine club de la Argentina, Gente de Cine. Ahí vio... todo. La avidez cultural de Enrique no se agotaría en el cine, pero casi agotaría al cine, aunque en 1962 ganase con su cortometraje José (hoy, como su autor, también desaparecido) el premio del concurso anual del Instituto de Cinematografía. Apenas comenzada la década del 60 entró a trabajar en la Editorial Abril. El periodismo argentino tiene mucho para agradecerle a quien 1 Los bucles que llevan los judíos ortodoxos.

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Editorial Perfil

Enrique Raab fue una de las grandes plumas del periodismo argentino y militante de PRT, que toleró, a pesar de sus rígidas directivas, su homosexualidad. Fue secuestrado junte a su pareja Daniel Girón el 16 de abril de 1977. Continúa desaparecido. Perfil publicó Crónicas ejemplares, una recopilación de sus mejores trabajos.

lo tomó en la editorial: apareció con Enrique uno de esos raros ejemplares que son a la vez el maestro, la síntesis y el ejemplo. Divertido y profundo, culto y popular, comprometido y frívolo. Enrique se inscribió en la tradición de los grandes escritores del periodismo argentino como Roberto Arlt, Osvaldo Soriano, Martín Caparros o Jorge Asís, con la diferencia de que nunca escribió con ambición de literatura. No escribió novelas. Escribió lo de todos los días con aliento eterno.2 Desde las crónicas estiró los límites del género y nadie que quiera ser periodista en la Argentina debería dejar de leer, al menos una vez sus trabajos en Primera Plana, Panorama, Confirmado, Todo, Adán, La Nación Gente, Satiricón, Crisis, La Opinión, Análisis, El Cronista Comercial y Clarín.3 O sea, las míticas redacciones de una época gloriosa. 2 “El propósito de estas notas nada tiene que ver con la literatura, pero sí con ese trabajo repentista, imperfecto y desprolijo que es el periodismo”, anotó en la introducción de Cuba, vida cotidiana y revolución, que Ediciones de la Flor publicó en 1974, recopilando ocho crónicas que había hecho para el diario La Opinión desde la isla. Comentó Ulanovsky en su libro Paren las rotativas: “Demasiada humildad la de Raab. Sus crónicas -tanto las de Cuba como tantas otras que hizo en su vida periodísticason vívidas, ejemplares por lo bien pensadas, planteadas y escritas, repletas de datos todavía vigentes”. 3 La más completa recopilación de sus trabajos se encuentra en Enrique Raab: Crónicas ejemplares. Diez años de periodismo antes del horror (1965-1975), (selección y prólogo de Ana Basualdo),

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Quienes lo conocieron en alguna de ellas hablan de él como un maestro siempre dispuesto a compartir sus conocimientos. En los 60, en el edificio de Editorial Abril, de Leandro N. Alem y Tres Sargentos, Enrique aparecía muy formal, con trajes con chaleco y pelo muy corto. En los 70 pasó a usar “gabanes de loneta y pantalones de gabardina con zapatos abotinados de suela gruesa”.4 Dijo Ana Basualdo: “Quienes compartimos con Enrique Raab algún momento de la vida periodística de los años sesenta y setenta sabemos que fue el reportero más dinámico de cualquier redacción; el que mejor daba cuenta de una manera de entender (unidos) el periodismo, la cultura, la política y la calle”.5 Un integrante de aquella redacción de La Opinión recuerda ahora para este trabajo: “Nunca hablé del tema homosexual con Enrique Raab pero era notorio que vivía con su compañero. En la redacción había gente ilustrada y tolerante y no recuerdo muestras de homofobia. Gente del ambiente éramos unos cuántos, de modo que no habría resultado convincente ponerse a moralizar a contramano”. Enrique tuvo algunas charlas con militantes del Frente de Liberación Homosexual, pero no un acercamiento. No priorizó su imagen homosexual pero tampoco la ocultó. Sin embargo, rara vez que se lo recuerda se toma en cuenta este dato que no podía menos que ser central en su militancia, en su escritura, en su vida. Militó en el PRT, que incluso después del golpe le ofreció a Enrique un trabajo en París. Querían que montase una oficina allí para apoyar la lucha en la Argentina. No era poco París para Enrique, había vivido allí seis meses como corresponsal de Análisis y había mantenido un romance con un pianista.6 Pero no creía en esas oficinas internacionales. Pensaba que su puesto de combate estaba acá. ¿Cómo hizo Enrique para compatibilizar su vida privada con las rígidas directivas del PRT? Su vida con Daniel era conocida por quienes lo frecuentaban, estaban siempre juntos, vivían juntos y si bien eran recatados y no daban muestras públicas del amor que los unía, no disimulaban más allá de lo que las normas de seguridad exigían. Pero era un tiempo en que nadie hablaba. ¿Lo habrá sabido el PRT? Es difícil pensar que no. ¿Lo habrá sabido la Triple A? Sus conocidos cuentan de las amenazas de la organización de ultraderecha que Enrique recibió entre noviembre de 1975 y enero de 1976. Su hermana reconoce que “había guardado durante mucho tiempo una amenaza escrita de la Triple A, que decía cosas como ‘judío’, ‘Estás muerto’, ‘comunista’, ‘rusito’”.7 No dice si las amenazas hacían mención a su homosexualidad. Buenos Aires, Perfil, 1999. Allí tanto los textos sobre Portugal como la cobertura de una temporada marplatense sirven como muestra del mejor periodismo nacional. 4 Testimonio de Martín F Yriart en Crónicas ejemplares. 5 Ana Basualdo en Crónicas ejemplares, p. 13. 6 Alberto Szpunberg en Crónicas ejemplares, p. 22. 7 Evelina Raab de Rosenfeld en Crónicas ejemplares, p. 21.

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Todos le decían que tenía que irse. Su mamá, su hermana, sus amigos. Pero se quedó. Trabajó en una publicación más o menos clandestina como Nuevo Hombre y se embarcó en un último proyecto, una revista que se iba a llamar El Ciudadano. Haciendo un número 0, esos ensayos previos que toda publicación realiza antes de salir a la calle, entrevistó al brigadier Osvaldo Cacciatore. Terminado el reportaje fue franco y le preguntó a Cacciatore si había razones para que él tuviera que irse. Tanto lo tranquilizó la respuesta del brigadier que volvió a su departamento de Viamonte con Daniel y con las arias de ópera. No suena nada casual que en el cuento Las tres carabelas, de Blas Matamoro, el escritor, que compartió alguna redacción con Enrique, relate el secuestro de un Enrique y un Daniel, atisbado desde el departamento de un Ernesto, más aún si se tiene en cuenta que Ernesto era un amigo de Raab y Girón, que vivía exactamente enfrente, cruzando el pozo de luz: “Muchas tardes nos juntamos en el departamento de Ernesto, lleno de objetos art nouveau, a tomar copas y escuchar discos de Luciene Boyer y Sarah Leander. Al menos, a ellas no les tocará ningún peligro. Pertenecen a un mundo pasado cerrado, del que no se puede salir y en el que no se puede entrar. La ventana interior da a un patio de luces y coincide con la ventana de Enrique. Daniel, su compañero, suele asestarnos, a cualquier hora, un concierto de ópera vociferante. María Callas acaba con las vocecitas del music hall. Una noche vienen por Enrique. Se oyen unos tiros. Sacan a Enrique por la escalera. Imagino sus ojos en blanco, su cráneo golpeando los escalones al ser arrastrado, contando más allá de la conciencia, la altura de la escalera. Llaman al portero y le dicen que limpie la sangre. Dos pisos más abajo, unos ruidos poderosos nos despiertan. Oímos cristales que se rompen, objetos pesados que caen al suelo, gritos, cosas que se deslizan por el pasillo, haciendo chillar las baldosas lustradas. El departamento está vacío, hay astillas, vidrios rotos y papeles por el suelo, y el viento intenta sacar los objetos más livianos al pasillo.”8 ……………………………………………………………………………………... “Desaparición de Enrique Raab - Legajo Nº 276 Este desafortunado periodista trabajó en su momento para los diarios Clarín y La Opinión así como en las revisas 7 días y Visión. El día 16/4/1977 fue rodeada totalmente la manzana donde se asienta su domicilio por personas fuertemente amadas, a escasos cien metros de la Comisaría Seccional 1ª de Capital Federal. Obligaron al portero a acompañar a los captores hasta el departamento de su vivienda, ametrallaron la puerta de acceso (causando heridas a Raab), y encapucharon a ambos residentes, Raab y Daniel Girón, para introducirlos en un vehículo que partió con destino desconocido. Una semana después, Girón fue liberado, sin conocerse aún la situación de Raab."9 8 Matamoro: Las tres carabelas, pp. 43-44. 9 Nunca Más. Informe de la Comisión Nacional Sobre la Desaparición de Personas, Buenos Aires, Círculo de Lectores, 4ª ed., 1985, p. 369.

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107. EXILIO: ¡Andate!

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ba ser un chonguito más, de esos que llenaban las horas de terror. Pero apenas el pibe se fue, cayó la Policía y encontró un paquetito de marihuana. Néstor Perlongher juró que no era suya, que no sabía cómo había ido a parar ahí. Pero sí sabía, el chonguito debía haber sido. Su foto volvió a salir en las revistas. La diferencia entre la primera vez —aquella nota de la revista Así en donde lo mostraban de frente, como un intrépido militante, con uso de la palabra, con razonamiento e ideas— y este de ahora, era brutal. Ahora estaba de espaldas y desnudo. Era un cualquiera “en una fiesta negra”. Era un puto. El culo feo de Néstor, sin piedad, sin ilusión, en todos los kioscos del país, como escarnio y lección. Pasó seis meses de ese año 1978 en la cárcel de Devoto. Su padre lo ayudó con los costos del juicio, pero cuando salió de la cárcel, pidió que le reintegrase hasta el último peso. Así Néstor perdió el departamento de la calle Talcahuano, el que había comprado haciendo encuestas, trabajo al que volvió para empezar de nuevo, con su voluntad inquebrantable. Editó su primer libro de poesía, Austria-Hungría, que pronto lo revelaría como la gran promesa de la poesía nacional. Se le abrieron otros caminos. Sobre el Frente diría mucho después: “A la distancia, la tendencia del FLH a la hiperpolitización puede leerse como una postura delirante; cabría analizar empero, si una sociedad que es capaz de pergeñar dictaduras tan monstruosas no hace que, necesariamente, cualquier mínimo planteo humanista −como el reclamo de una mayor libertad sexual— tienda a convertirse en un cuestionamiento radical de las estructuras socioculturales en su conjunto”. 1 Pero lo pensaría después, en los 80, ya viviendo en San Pablo. Antes de que los 70 terminasen, todavía tuvo ganas de una experiencia más en Argentina. Iniciando sus trabajos académicos que culminarían en Brasil con su tesis doctoral para su obra antropológica La prostitución masculina2 organizó un pequeño grupo de estudios con el que salió a fotografiar la oferta sexual de taxi boys por la calle Lavalle en plena dictadura. En 1981 la Universidad de Campiñas de Brasil le otorgó una beca para continuar sus estudios. Vino entonces la última pelea familiar. En la casa del sur en donde había aversión a los libros, su padre, desorientado con ese hijo al que nunca pudo entender, le gritó: “¡Andate!”.

1 Néstor Perlongher: Prosa plebeya. Ensayos 1980-1992, Buenos Aires, Colihue, 1997, p. 84. 2 Publicada en Argentina por Editorial La Urraca, en 19 93, y hoy prácticamente inhallable.

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Néstor Perlongher, la “Rosa Luxemburgo", fue el líder del Frente de Liberación Homosexual. Militante, poeta, sociólogo y antropólogo, se exilió en Brasil en 1981 cuando ya el Frente se había desintegrado.

Al mejor estilo Charly García, compró varios aerosoles de pintura. Y pintó “Andate!” a lo largo del frente de la casa paterna. Y se fue. En el largo y penoso viaje en micro Buenos Aires-San Pablo escribió la que quizás sea una de las mejores poesías argentinas de fin de siglo pasado. Su nombre no podía ser más claro: Cadáveres.3

3 Se encuentra en Revista de Poesía (Buenos Aires), núm. 1 (abril de 1984) y en Perlongher: Prosa plebeya.

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108. EL MUNDIAL: Veinticinco millones de argentinos / jugaremos el Mundial

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ay uniones que parecen eternas. Cuando en 1977, el jefe de la División Moralidad de la Policía Federal habló en las Jornadas de Psicopatología Social de la Universidad de Buenos Aires frente a los estudiantes de Psicología Social, no hacía más que reproducir el matrimonio Policía Federal/UBA que había tenido su máximo representante en el doctor De Veyga a principios de siglo XX. Todo volvía a aquella época, pero mucho, mucho más macabro. “Hay que espantar a los homosexuales de las calles para que no perturben a la gente decente”, dijo el jefe de la Policía desde el estrado universitario, asegurando que la homosexualidad era una “enfermedad congénita”. Los estudiantes anotaron en sus carpetas y no dijeron nada. Eso era “psicopatología social” para la UBA de la dictadura. Durante el Mundial de Fútbol 78 los militares no solo construyeron paredones para ocultar las Villas Miserias, un horror que no debía ser contemplado por los turistas y, especialmente, por los periodistas extranjeros, agentes de una campaña internacional que atacaba a un país “derecho y humano”. También se ocupaban de inyectarles paranoia a los padres con el eslogan: ¿Sabe usted dónde está su hijo ahora?”, más perverso aún para aquellos padres que no lo sabían porque los propios militares se lo impedían. En los primeros meses de la dictadura, con enorme discreción y fundamentalmente en el Gran Buenos Aires, algunos lugares permitían todavía a los homosexuales de la época, en especial en días laborables, algún mínimo espacio de encuentro. Por Ramos Mejía estaba Jauja, Quemoquemo en Avellaneda, además tímidamente se mantenían abiertos Freedom, el Vikingo, de Santa Fe y Callao, y La Gayola, en Caseros. Monalí de Lanús, un boliche bailable que parecía un club de barrio, donde dos chicas lesbianas ponían discos simples en un Winco1, fue cerrado después de que un grupo −que siempre se presumió de la Triple A− ametrallara el frente del local, produciendo una cinematográfica estampida de travestís por los techos del barrio. En Paraguay y Larrea había un sauna en el que disimuladamente “pasaban cosas”, aunque ya había cerrado otro sauna que en los primeros 70 había prosperado discretamente, el Juventus, en Pacheco de Melo y Azcuénaga, que comenzó a perder su encanto el 7 de febrero de 1973, día en que una razia de la Policía Federal se llevó detenidas a cuarenta personas después de fotografiarlas y “escracharlas” en los diarios. El Juventus fue el primero −y durante muchísimos años− el único que tenía cuartos reservados oscuros, algo así como un antecedente de los dark rooms, esos cuartos que ahora existen en varios boliches y locales gays en la Argentina, que reemplazan como ámbito priva1 Canciones que iban desde Roberto Carlos y Silvana Di Lorenzo a Alberto Hammond y Gary Glitter y conseguían llevar al público al delirio cuando se escuchaba Quiero gritar, quiero llorar por Trocha Angosta. En La más maravillosa música recreé, literariamente, una noche en Monalí.

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do y pago las antiguas teteras públicas, sin la adrenalina que ofrecía la presencia de extraños al rito, en especial de policías. Los cines ya no eran lo que habían sido. El director del Ente de Calificaciones Cinematográfico, Miguel Tato, declaró en 1975: “Tenemos controlar las actividades homosexuales en las salas cinematográficas, epicentro de homosexuales en busca de aventuras o ya embarcados en ellas".2 Solo permanecieron abiertos el Rosmarie, de Corrientes y Suipacha, y el Avenida, de Avenida de Mayo al 600, que durante meses no dejaban de pasar Verano del 42 o Nace una estrella. Había que darle una propina al acomodador para que, cuando llegase la Policía, avisase iluminando el techo con su linterna. Era la señal. Como podían, los muchachos se acomodaban la ropa y, rígidos, miraban hacia el frente, como siguiendo la historia que quizás habrán terminado conociendo, de tanto ir a la sala. En todo caso, era difícil que se salvaran de la visita a la comisaría, con el “2º H”, el famoso edicto policial, encima. El Mundial también requirió que se espantase aún más a los homosexuales. En junio de 1978, mientras Mario Kempes mataba en la cancha de River, debido a las presiones del obispo de San Martín, monseñor ' Menéndez,3 se cerró La Gayola. “En los meses siguientes se repitieron procedimientos similares que dejaron un saldo de más de mil cuatrocientas personas detenidas.”4 Otra vez, como ocurría en el gobierno de Juan Carlos Onganía, la homosexualidad se veía violentamente replegada sobre sí misma. Ya no eran tiempos de boletines ni manifestaciones. El fugaz paso por las calles, la efímera aventura militante se acabó de repente. La homosexualidad fue obligada a recluirse ahí, de donde no quería que se escapase: la vieja y querida tetera volvió a ser el club, la libertad entre urinarios, el foso Iibertario, el único espacio permitido. “Las teteras vivían su momento de gloria en una época en que las casas, los autos, los rincones de las plazas y los puertos, todo lugar de reunión de los homosexuales, estaba sometido al escrutinio y la violencia de la fuerza pública.”5 Esto no significaba que los baños públicos no fueran también objeto de constantes visitas policiales, o peor aún, del uso de, literalmente, “carnadas”. Cuenta Carlos Jáuregui en su historia que “se utilizaban menores prostitutos para seducir y luego acusar de corruptor al ‘vicioso’ que caía en la trampa. Pero sería muy ingenuo pensar que tal práctica −de por sí detestable− obedecía simplemente a un afán de limpiar las calles de ‘sujetos indeseables’. La campaña estaba dirigida hacia mayores de edad, adultos o ancianos, que aparentaran una buena posición económica; ciertos profesionales con prestigio social −médicos, abogados, etcétera− eran las presas más codiciadas. Luego de algunas horas de ‘ablande’ se les informaba la posibilidad de solucionar el problema mediante el pago de una fuerte suma de dinero. Las víctimas, presionadas por las circunstancias, 2 Última Hora (18.5.1975). Citado por Sebreli: Escritos sobre escritos, p. 325. 3 Quien, en esos mismos años, según las abuelas de Plaza de Mayo, se negaba a recibir a familiares de desaparecidos. Por su iniciativa, en la década del 60, se inició en la Argentina la Liga de Madres de Familia. 4 Jáuregui: La homosexualidad en la Argentina, p. 169. 5 Rapisardi y Modarelli: Fiestas, baños y exilios, p. 39.

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habitualmente pagaban sin realizar ningún tipo de denuncia.6 Hay cientos de testimonios de gavs que cuentan este tipo de historias desde los 60 hasta ya entrados los 90. Como cualquier paseo por la ciudad podía ser el pasaporte para un 2º H, los homosexuales se acostumbraron a viajar en taxi, lo cual encarecía la vida cotidiana pero resultaba preferible a pasar cinco días en Devoto. Pero lo que ocurría en la Argentina no era solamente una dictadura sino un Proceso de Reorganización Nacional con bendición y exigencias eclesiásticas. Ya monseñor Adolfo Servando Tortolo, arzobispo de Paraná y vicario castrense, en su mensaje pascual de 1976, con motivo del Sábado de Gloria, había analizado el estado en el que los militares habían encontrado al país: "Esta corrupción moral llega a la raíz de la conciencia, a la que tarde o temprano arranca todo poder de reacción. Un ejemplo típico son el cine y la pornografía que corrompen de un modo sutil y pérfido, corrupción contra la cual casi no hay sanción”.7 Por si no quedaba claro, monseñor Vicente Zazpe, arzobispo de Santa Fe, En la cuarta charla radial sobre el tema Se necesita un hombre nuevo dijo aplaudiendo al nuevo gobierno que entre 1960 y 1976 hubo “un período casi demencial. Las voces se tornaron en gritos y las ideas en desesperación. El cine, el arte, la moda, el baile, la literatura o la canción, han vehiculizado de todo para asombrar o aturdir. Surgieron movimientos de liberación de la mujer y hasta un llamado frente de alegre liberación de homosexuales”.8 Hay que tener en cuenta que Monseñor Zazpe sigue siendo recordado aún hoy, a años de su fallecimiento, como parte del ala progresista de la Iglesia argentina, lo cual permite imaginar el vuelo del ala reaccionaria. Hay una anécdota rescatada por Rapisardi y Modarelli en su libro que muestra que, finalmente, el deseo siempre consiguió colarse y que no hubo manera de prohibir todo, pese a la intención explícita. Mientras, como decía insistentemente la marchita, “Veinticinco millones de argentinos / jugaremos el mundial”, un grupete de argentinos que no gritó el 3 a 1 contra Holanda, en el partido final del 25 de junio de 1978, armó su fiesta en los baños de Retiro. O quizás simplemente se trató de una versión demasiado libre de aquello que se cantaba como “la justa deportiva sin igual”: “Se estaba festejando el triunfo. Venían hordas de varones de todos lados, salían de los trenes, de las alcantarillas, con banderas, camisetas, se llenó el baño, y un grupo de locas nos quedamos ahí durante un buen rato, a ver si de tanta algarabía se ligaba algo. De pronto las luces se apagan; quedamos casi a oscuras. Era un sueño. Todos los tipos se pusieron a cantar y uno gritó a ver quién es el macho que me la chupa. Los disfrazados de machos aparecimos enseguida. Las mariquitas armamos en la tetera la contrafiesta del Mundial”.9 6 Jáuregui: O. cit, p. 169. 7 La Prensa (9.4.1976). 8 La Prensa (31.5.1976). 9 Testimonio de la Turca para Rapisardi y Modarelli: O. cit., p. 75.

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109. RAFFAELLA CARRÁ : Lucas, Lucas, ¿qué te ha sucedido / Lucas, / ¿dónde te has metido / Lucas, Lucas, / nunca lo sabré

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a noticia corrió rapidísimo entre los “entendidos”. El mensaje venía en un disco. Se multiplicó por decenas, centenas, miles de parlantes. Desde cualquier radio a cualquier hora, desde la televisión. Tantos años después suena a alucinación colectiva, a un éxtasis exagerado. Pero habría que haber vivido en aquella época gris para entender que cuando en 1978 salió a la venta el disco de Raffaella Carra, de tapa negra, con la palabra Raffaella en grandes letras verdes, con una foto de la diva italiana con su pelo rubio y una enorme flor roja, más de uno pensaron en una reivindicación. Ese disco, con el que la cantante sedujo al país, sonaba machaconamente con el mega hit Hay que venir al sur. Pero los homosexuales más festivos de la época escucharon una canción que venía en el lado B. Se apoderaron del tema musical como un guiño, un saludo amable en medio de tanta desolación. Fue una contraseña, como si masticaran un chicle entre los aztecas. La canción se llamaba, modestamente, Lucas y nunca tanta ambigüedad había llegado a una canción popular: “Lucas, Lucas, ¿qué te ha sucedido? / Lucas, Lucas, / ¿dónde te has metido?/ Lucas, Lucas, / nunca lo sabré. / La historia sucedió de pronto y todavía no la entiendo. / Si no te importa te la cuento / tal vez me puedas ayudar. / Él era un chico de cabellos de oro / yo le quería casi con locura / le fui tan como a nadie he sido / y jamás supe qué le ha sucedido. / Porque una tarde desde mi ventana / le vi abrazado a un desconocido / no sé quién era / tal vez un viejo amigo / desde ese día nunca más lo he vuelto a ver. / Lucas, Lucas / ¿qué te ha sucedido? / Lucas, Lucas, / ¿dónde te has metido? / Lucas, Lucas / nunca lo sabré. / Yo siempre me creí atrayente / así lo piensa mucha gente / o él no me ha entendido nunca / o hay algo que no marchó bien.”1 En una época en donde en la Feria del Libro se llegó a prohibir el libro de física La cuba electrolítica porque pensaron que era un manifiesto químico-marxista la módica historia de la muchacha que un día vio a su chico abrazado “con un desconocido” y a partir de ahí, lo perdió de vista, no inmutó a los censores, que no hicieron una lectura sexual de la canción (ni, por supuesto, una lectura política, ya que más allá de que obviamente no fue intención de autores, no deja de sonar paradójico el éxito de una canción que habla de un muchacho que desaparece en la Argentina del 78). La chica se preguntaba por qué se habría ido ese chico, sin dejar rastros, siendo que ella era “atrayente”. Había que verla a Raffaella bailar en medio de sus boys con ajustadas calzas brillantes para entender algo. La canción fue adorada por multitudes en la Argentina, y nenitas y nenitos la cantaban en fiestas infantiles y actos escolares Aún hoy suena en casamientos y cumpleaños. 1 Boncompagni, Ormi, Boncompagiii y L.G. Escolar: Lucas, del L.P. Raffaella (1978).

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Editorial Perfil

Raffaella Carrá se convirtió en un icono gay durante los años de plomo de la dictadura, tas ‘'locas" porteñas hicieron una lectura homosexual de las letras de sus hits como Lucas o Pedro. Y se entusiasmaron con sus inquietantes boys

De aquella época queda una leyenda urbana gay que todavía se cuenta en “el ambiente” y sobre la que nadie puede dar más precisiones. Se trata del tiempo en que la Carrá reinaba en el espectáculo argentino. Al ser una de las pocas visitas internacionales en épocas de la dictadura (Ornella Vanoni tenía la entrada prohibida al país por haber dicho que aquí se vivía “un infierno"), Raffaella fue de las que inauguró la costumbre de dar recitales en estadios. Tanto fue el éxito de la cantante en la Argentina que su película Bárbara,2 - de 1980, se filmó íntegramente Buenos Aires. Cuenta la historia de un joven príncipe (Jorge Martínez) que se hace pasar por fotógrafo y se enamora de una cantante famosa recién llegada de Italia (Raffaella Carrá). El muchacho se hace llamar “Pedro” y la canción que la estrella le canta fue otro éxito de Raffaella: Pedro. Las maricas de la época siempre desconfiaron de que Pedro contara una historia de amor heterosexual. La canción dice así: “Yo paseaba sola por las calles / sacando fotos a los monumentos / la típica extranjera con un aire extraño / que recorre entera toda la ciudad / de pronto y a la vuelta de una es2 Bárbara, 1980. Dirección: Gino Landi. Guión: Massimo Franciosa. Estreno en Argentina: 12 de junio de 1980. Raffaella Carrá, Jorge Martínez, Charlie Diez Gómez, Edda Díaz, Irma Córdoba, entre otros.

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quina / me llama suavemente un muchachito / con cara de inocente y aire formalito / se ofrece como guía para la ciudad. / Pedro, Pedro, Pedro, Pedro Pé, ¡el mejor de toda Santa Fe! ¡Te lo demostraré! / ¡Menudo formalito, el muchachito! / Menudas cosas aprendí con él. / Me conozco de memoria las estrellas. / He visto todo menos Santa Fe. / Estoy enamorada, locamente. / ¡Estoy tan trastornada, que no sé! / Me ha embrujado con sus ojos de chiquillo. / Me ha dado lo mejor de lo mejor. / Pedro. ¡Bendito Pedro Pé! / Se acaban mis pequeñas vacaciones. / Me tengo que marchar de Santa Fe. / Mi cuerpo nuevamente vuelve a casa. / Mi corazón se queda en Pedro Pé. / ¡Jamás te olvidaré!”.3 Para las maricas era obvio: se trataba de un nuevo guiño de la diva que tenía en ellos un público más que fiel. No veían otra razón por la cual, de todas las calles de la ciudad, los autores hubieran elegido la Avenida Santa Fe, tradicional avenida de yiro de los 70 para ubicar su historia. El “apellido” Pé de Pedro no les dejaba lugar a dudas: “Es puto. Pedro Puto”. Aducían además, con razón, que el encuentro descrito era, para la época, mucho más típico del levante homosexual que heterosexual. Más de un marica quiso hacer creer a sus amistades que la historia de la canción es la que había protagonizado él mismo con un bailarín de Raffaella Carrá. Lo más probable es que los productores de Raffaella, conocedores del poder de compra de sus fans homosexuales, hayan diseminado por allí algunos guiños que en Europa ni sorprendían y aquí se tomaban como aire puro. Sin dudas, en los últimos 70 y primeros 80, Raffaella Carrá fue responsable de algunas de las pocas alegrías de los homosexuales nativos. Y se lo supieron agradecer. Como muestra de la modernización del país derecho y humano, la Policía comenzó a usar el Digicom, una pre-computadora que podía averiguar los antecedentes de cualquier ciudadano. Y como a la Policía le interesaban los antecedentes de todos los ciudadanos, ahí donde había un patrullero con Digicom, los agentes hacían formar largas y engorrosas colas. Nada debía escapar al control. Con un humor que sólo un marica acostumbrado al maltrato podía permitirse, más de un homosexual de la época contestaban a la requisitoria policial con un desconcertante: “Nombre: Raffaella Carrá. Dirección: Baños de Retiro”. Los agentes no sabían qué hacer y ante la enorme cola formada, terminaban dejando ir al maricón que aseguraba que para enamorarse bien, había que venir al sur.

3 Boncompagni, Escolar, Boncompagni, F. Bracardi: Pedro, del L.P. ¡Bárbara! (1980).

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110. MALVINAS: Cruzaba en medio del fuego enemigo, cargando sin vacilar los cilindros de la comida o el mate cocido

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l 2 de abril de 1982 la dictadura argentina entró en Puerto Argentino, Malvinas. Habían metido al país en una guerra y la sociedad, que días antes había llenado la Plaza de Mayo pidiendo el fin del régimen,1 volvió a llenarla pero esta vez para apoyar la decisión del presidente de turno, el etílico general Leopoldo Fortunato Galtieri. Edgardo Esteban era un pibe de 18 años, de Haedo. Estaba haciendo el servicio militar obligatorio en el Grupo de Artillería Aerotransportada de Córdoba cuando lo convocaron para ir a Malvinas. Podría haberse negado, por ser sostén de madre viuda, pero “tenía esa fiebre colectiva de luchar por lo que nos pertenece”.2 Con sus prejuicios de barrio, el 25 de abril fue embarcado para Malvinas en un Boeing de Aerolíneas. En las tensas horas previas a la lucha real fue que conoció al cabo Dumas: “–Miren quién viene ahí –dijo Sergio en un momento y me pegó una patada en los pies. – ¡Cuidado, cuidado! –gritaba Germán, mientras afectaba la voz– ¡Cuidado, chicas! –advertía– ¡Ponerse contra la pared! – ¿Se salvó el puto este? –preguntó Piccolo con seriedad. El que venía era el cabo Dumas. Volvía del frente con una cara de destrucción impresionante; rengueaba y tenía toda la ropa embarrada. Volvía desarmado y destruido. Pasó por donde estábamos nosotros y algunos se reían o hacían chistes referidos a sus inclinaciones”.3 A Edgardo el cabo le caía decididamente mal. Dumas era uno de esos militares que, según el general Rosendo Fraga, “ni siquiera ingresa en los institutos militares”. Cien años de represión no pudieron impedir que el cabo Dumas se florease en Malvinas repartiendo el rancho a los congelados soldados. Inscripto en la tradición de “Clarinete con bombete” y la Queca, nadie sabe cómo habría tomado Dumas, de haberse enterado, las declaraciones que en ese tiempo hacía el coronel Esteban Solís, quien en abril de 1982 decía “que los soldados británicos de la Royal Marine leían revistas pornográficas, consumían drogas y tenían ciertos artefactos que nos hicieron especular en la práctica de la homosexualidad”.4 Solís, como todos los argentinos, sabía que la homosexualidad estaba del lado de los ingleses. Así lo contó Néstor Perlongher, asombrado por el nivel de obsesión que el tema homosexual había adquirido en el país en los primeros años 80: “Tomo un taxi y el chofer me comenta: ‘Seguro que los oficiales de las Malvinas se los pasaron a todos los gurkas’”. El fantasma gurka 1 Por la represión en la Plaza hubo un muerto. 2 La Gente, núm. 54 (septiembre de 2003). 3 Edgardo Esteban y Gustavo Romero Borri: Iluminados por el fuego, Buenos Aires, Sudamericana, 1993, p. 95. 4 Citado por Rodríguez Molas: La hora de la espada y del balcón, p. 103.

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es reflotado por Pablo Macharowsky (clase 63), uno de los chicos de la guerra en una entrevista en la revista El Porteño de septiembre del 83: “Un compañero mío me habló de los gurkas, llevaban una perla en la oreja izquierda o en la derecha, y la ubicación representaba al homosexual pasivo o activo”.5 Por eso se sorprendió Edgardo al ver la cantidad de compañeros suyos dispuestos a pasar la noche con el cabo Dumas. Y se indignó: “Era una aberración para mí saber que había entre nosotros un cabo con esa clase de vicios y que los ejerciera impunemente en medio de la guerra. Él estaba aprovechándose de la situación y eso para mí era inadmisible, así que tenía mucha bronca. Tampoco me gustaba que mis propios compañeros considerasen eso como normal. A los 19 años yo era un típico pibe de barrio que aún no había vivido muchas experiencias sexuales. [...] Sabía que existían los trolos, pero nunca pensé que me iba a encontrar en plena guerra con uno de ellos y que para colmo sería mi superior. No podía concebir al Ejército con esa clase de conductas. Que el cabo Dumas pudiera moverse y hacer de las suyas sin que nadie lo reprendiera también me desmoralizaba”.6 En su libro, Edgardo cuenta que Dumas no cesó, en las semanas previas al combate, de proponerle encuentros íntimos. Ante la resistencia de este, el cabo aprovechaba su poder para humillarlo. Una noche que Edgardo estaba haciendo guardia con el soldado Sánchez, Dumas se llevó a su compañero a “su cálido hogar”. Edgardo explotó de bronca. Las guardias estaban diseñadas para ser hechas de a dos, por el frío y la soledad. Y a él estos trolos lo dejaban solo. Pero algo cambió a lo largo de la guerra: “Él carecía de misión de combate; toda su misión se restringía al rancho, pero cuando en las primeras líneas los combates sembraron el mayor dramatismo, el cabo se puso en situación de guerra y arriesgando su vida a la par de cualquiera, cruzaba en medio del fuego enemigo, cargando sin vacilar los cilindros de la comida o el mate cocido. Él preparaba la comida en la zona del rancho de campaña, que no era otra cosa que un camión ubicado en un lugar seguro y acondicionado para ese fin. Desde ahí el cabo se internaba en las fortificaciones y las visitaba, una por una, con el bienvenido regalo de sus guisos y locros suculentos. Hacia el final esa rutina no fue posible, primero porque no había comida y segundo porque el frente se volvió impenetrable; pero al cabo no lo acobardaban las bombas. Lo vi manejando un obús y colaborando con los tiradores; se jugaba todo; corría a buscar los cajones con las municiones, atravesando áreas peligrosas. Realmente demostraba que tenía valor y que estaba en la guerra también para pelear. Su actitud contrastó con la de ciertos oficiales como Gilbert, que se hacían los machitos con los soldados pero cuando hubo que ‘poner huevos’ no se les vio la cara”.7 5 Néstor Perlongher: “El sexo de las locas”, El Porteño, núm. 28 (mayo 1984). 6 Esteban y Romero Borri: O. cit., pp. 96-97. 7 Ib., p. 98.

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Y siguió Esteban con su reconocimiento: “Dumas estuvo llevando municiones y colaborando con el último obús de nuestra unidad y no se había movido de ahí hasta que se acabaron las municiones. Parecía dispuesto a morir por eso, así que yo estaba sorprendido del coraje que demostró cuando verdaderamente hacía falta. El cabo peleó con bronca. Daba la impresión de que se hubiera transformado y que quisiera hacer algo para ayudar a que esta guerra resultara triunfante. Por la forma en que se había quedado en el frente hasta el final, en momentos en que la mayoría se replegaba, él parecía dispuesto a dejar su vida en Malvinas. El cabo Dumas, como nosotros, sobrevivió y nadie podría decir que la sacó barata”.8

8 Ib., p. 98.

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111. LA OTRA MEJILLA: No hacía mal a nadie. ¡Dios mío! ¿Por qué lo mataron?

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espacio, el patrullero avanzaba. Ellos sabían que no tenían que darse vuelta, ni mirar siquiera distraídamente. Eran sospechosos: eran jóvenes caminando de noche por la ciudad de las dictaduras. El patrullero dio vuelta a la manzana. Otra vez, despacio, avanzó. Ellos no miraron. “– ¡Qué entrenamiento! –se burló Víctor nervioso, aludiendo a nuestra conducta. Yo, que regresaba siempre solo a casa por las noches, sabía cómo se acercaban por detrás. Los reconocía por el ruido del motor y el roce amortiguado de las ruedas sobre el asfalto. En un comienzo, el sonido me sobresaltaba y me volvía pero después comprendí que debía quedarme quieto y caminar mirando hacia adelante, como si nada (nadie) pasara, si quería dormir tranquilo en mi cama.”1 Era supervivencia pura: mirar al coche hubiera significado que quizás eran degenerados buscando sexo: les hubiera caído el 2º H, la noche en la comisaría, algunos días quizás averiguación de antecedentes. Eso era vivir en el territorio dominado por las dos dictaduras: la militar y la heterosexual. Oscar Hermes Villordo contestó en 1992 al periodista Miguel Russo: “– ¿Cómo se sentía usted, doblemente marginal, como ciudadano civil y como homosexual? – Terrible. Como en una tiniebla sin salida”.2 Si al grupo de amigos de La brasa en la mano en los 50 no les faltó la humillación del grito o la paliza, a los de La otra mejilla, a finales de los 70, se les agregó ese lugar común, la muerte. Aquella violencia subterránea explotó en rojo en las calles de la dictadura.3 Recordó Villordo: “La Policía o las demás fuerzas que masacraron a este pueblo tenían que completar un determinado número de detenidos, entonces llevaban a cualquiera por simple sospecha. Toda una sociedad sufriendo la humillación del poder”.4 Villordo contó en La otra mejilla “aquello que el informe Nunca más pasó .por alto respecto de la persecución a homosexuales durante la época, contra los cuales la Policía aplicaba torturas específicas. Como en el caso del Holocausto, la mención de crímenes de lesa humanidad que tuvieron como objetivo a divergentes sexuales, parece llegar solo de forma no oficial y siempre tarde”.5 Efectivamente, el informe que la Comisión Nacional por la 1 Oscar Hermes Villordo: La otra mejilla, Buenos Aires, Sudamericana, 1986, p. 48. 2 Russo: “El sexo es lo más sagrado que tenemos”. 3 Viendo esta continuidad, quizás no haya estado tan errado Perlongher cuando escribió, como vimos, que “esos secuestros, torturas, robos, prisiones, escarnios, bochornos que los sujetos tenidos por ‘homosexuales’ padecen tradicionalmente en la Argentina –donde agredir putos es un deporte popular– anteceden, y tal vez ayuden a explicar el genocidio de la dictadura”. 4 Russo: O. cit. 5 Rapisardi y Modarelli: Fiestas, baños y exilios, p. 90. Es cierto, los estudios sobre los homosexuales víctimas del Holocausto alemán recién comenzaron a realizarse a partir de 1980, más de treinta años después de clausurados los campos de exterminio, lo cual hab la claramente del desinterés por esos datos. Entre los estudios más importantes, se destaca el de Rüdiger Lautmann, “The Pink Triangle” en Journal of Homosexuality donde asegura: “Inmediatamente después de la llegada de los nazis al poder, en los

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Desaparición de Personas entregó al presidente Raúl Alfonsín no contiene una sola referencia explícita a los castigos especiales sufridos por los homosexuales durante la dictadura. No hay precisiones sobre homosexuales desaparecidos, pero se conoce la muerte del joven Federico, a la que se hace referencia en el capítulo 105 de este libro, y que uno de los asesinados por los crímenes del 82-83, Marino Suárez, había tenido participación en el Frente de Liberación. En su historia La homosexualidad en la Argentina, Jáuregui revela que “uno de los integrantes responsables de la CONADEP afirma la existencia de, por lo menos, 400 homosexuales integrando la lista del horror. El trato que recibieron, nos informó, fue similar al de los compañeros judíos desaparecidos: especialmente sádico y violento. En su totalidad fueron violados por sus moralistas captores”.6 Ya fallecidos ambos, se sabe ahora que estos datos fueron suministrados a Jáuregui por el rabino Marshall Meyer, quien se sintió en falta frente al militante por los derechos de los homosexuales por la escandalosa omisión del Nunca más, que se habría debido a las presiones del ala católica de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. No consta en el Nunca más, pero Meyer aseguró haber recibido testimonios de ex detenidos desaparecidos que informaban sobre la existencia de violaciones y maltratos crueles en contra de homosexuales, hombres y mujeres, o quienes, a los ojos de los secuestradores, parecían serlo.7 En La otra mejilla los soldados y marineros promiscuos y dispuestos a entregarse por un cinturón, una camisa o una comida en su día de franco, ya no existían. Los uniformes ya no serían una invitación a la lujuria, sino la amenaza siempre cumplida de violencia y humillación. Si en La brasa en la mano la homosexualidad era todavía un pecado nefando del que nadie podía por esos datos. Entre los estudios más importantes, se destaca el de Rüdiger Lautmann, “The Pink Triangle” en Journal of Homosexuality donde asegura: “Inmediatamente después de la llegada de los nazis al poder, en los primeros momentos, había unos cuantos centenares de prisioneros homosexuales en los campos de concentración; después la cifra creció hasta los mil. El número total de prisioneros homosexuales in ternados en los campos durante toda la época nazi fue de aproximadamente 10.000 (aunque la cifra real podría situarse entre 5 y 15.000)”; y el estudio de Heinz Heger, un sobreviviente homosexual de los campos de concentración, quien dice en The Men With the Pink Triangle: The True Life and Death Story of Homoosexuals in the Nazi Death Camps, Boston, Alyson, 1980, p. 14. “Durante los doce años que duró el régimen nazi, casi 50.000 hombres fueron condenados por homosexualidad, la mayoría de los cuales ciertamente acabó en los campos de concentración y no sobrevivió. Muchos otros gays también fueron infernados en los campos de concentración sin que mediara ningún tipo de procedimiento legal, y a estos hay que añadir los que fueron ejecutados en el Ejército por actos homosexuales. El número total de muertos, por lo tanto, tuvo que ser de varias decenas de miles.” Dice Mondimore en su Historia natural de la homosexualidad: “Después de la guerra surgió la monstruosa verdad sobre el Holocausto, pero se ignoraba la persecución de los homosexuales formaba parte de esa verdad. El índice de más de veinte volúmenes de transcripciones y otros documentos de los juicios de Nüremberg no incluyen entre sus setecientas páginas dato alguno sobre los homosexuales. Las personas encarceladas por los nazis por razones de homosexualidad no tuvieron derecho a la compensación económica que recibieron otras víctimas”. Esto último ocurrió después de la publicación del libro de Mondimore, bien entrada la década del 90, y por el incansable trabajo de las agrupaciones defensoras de los derechos de homosexuales. Mondimore dice además que “los dos libros de lengua inglesa que hablan de la persecución nazi a los homosexuales se catalogan generalmente en las bibliotecas norteamericanas como ‘estudios de gays y lesbianas’ y no como las demás obras del Holocausto. Cabe preguntarse por qué el asesinato sistemático de homosexuales por parte de los nazis se considera un tema de homosexualidad y no de asesinato sistemático”. 6 Jáuregui: La homosexualidad en la Argentina, p. 171. 7 Grupo Nexo: “1982-1983 Dictadura Militar”.

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mano la homosexualidad era todavía un pecado nefando del que nadie podía hablar, en La otra mejilla estaba en carne viva. Se la mostraba para escarnio de su poseedor. Ya no era la Plaza San Martín el lugar de encuentro, ahora era un billar ubicado bajo el puente del ferrocarril que cruza Avenida del Libertador, a la altura del actual Paseo de la Infanta. Pero los escenarios centrales de la novela eran las cárceles y las calles en la época de la dictadura militar y las oficinas de la dictadura heterosexual. Los personajes de Villordo padecen constantemente en sus lugares de trabajo una humillación de la que no saben ni pueden defenderse. Por ejemplo, en la cafetería de la oficina donde trabajaba el narrador de la historia y su amigo Ernesto, solo por estar sentados juntos –y porque en la oficina se había corrido el rumor de que eran homosexuales– debían soportar que el cafetero les dijese con sorna: “¿Qué te sirvo, ricura?”, o que un tercer compañero, mirándolos, dijese en voz alta: “Dios los cría y ellos se juntan. ¡Qué te parece! ¡Ya no se puede estar! ¡Ahí los tenés!”. No hubo, hasta ese momento –no lo habría después– ninguna relación entre los dos amigos y el tercer compañero de trabajo, por lo cual esos comentarios no se debían a ningún rencor personal. El oficinista continuó: “¡Deberían hacerles un peritaje anal! ¡Este es un lugar respetable! ¡A ver si se creen que todos somos maricas! ¡Maricas! ¡Yo que la empresa los echaba a patadas! ¡Mozo, un cortado!”.8 También cuenta: “Daniel había sido un ordenanza que a poco de entrar mereció el nombre nada imaginativo de Daniela (el más fácil que se aplica al homosexual cambiándole el propio por el femenino), y que habiendo sido descubierto por una denuncia anónima debió recoger él mismo el rimmel que se ponía y el espejito en que se miraba del armario privado que cada empleado tiene, donde los guardaba, e irse sin más porque los jefes, al tanto por el aviso, no podían ser menos ni hacer menos que despedirlo violentamente”.9 Según Villordo, ese era el estado en el que vivía un homosexual en una oficina cualquiera a fines de los 70. “El machismo es el fascismo de entrecasa”, había escrito el Frente hacía ya casi diez años, en lo que parecía – y quizás lo fuera– otra vida. Recuerdan algunos militantes que Villordo se deshacía enérgicamente de los boletines que le alcanzaban, así como de la revista Somos, del Frente. Nunca tuvo espíritu militante y es bastante evidente que vivió con miedo gran parte de su vida, y que necesitó de una gran voluntad para terminar contando todo lo que contó. Por eso no se sabe qué cara puso cuando fue a pedirle a Victoria Ocampo que firmase un documento para apoyar a un gay acusado en un juicio de asesinato y le dijo que se trataba de “un lío de homosexuales”, a lo que la honorable dama contestó: “Un lío de putos, querrás decir”.10 En esas oficinas con fascistas de entrecasa es que el narrador del libro cuenta: “Tantas veces había querido convencerlo de lo que le decía, que me 8 Villordo: O. cit., p. 80. 9 Ib., p. 81. El subrayado es mío. 10 Rapisardi y Modarelli: O. cit., p. 89.

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reproché insistir, volver a la carga sobre lo mismo. Pero la experiencia me había demostrado que de quienes había que temer era de los que no se manifestaban, de los que nos miraban callados condenándonos con su silencio. Cuántos vía crucis había visto padecer en la oficina provocados por los amables de todos los días, que nos saludaban y nos trataban mejor que los otros, pero que, llegado el momento, se pronunciaban en contra tomando distancia. Eran los perdonavidas de siempre que ni siquiera dictan sentencia, pero que adoptan la actitud del respetable, vacíos de sí mismos y del prójimo. Los que no se diferenciaban en nada de los chicos de la escuela que zahieren al compañerito afeminado, o simplemente delicado, porque no es igual a ellos: los que acorralan al distinto haciéndole sentir la fuerza de la mayoría, oscura y feroz, obedientes a razones que los alcanzan más allá de lo que imaginan. Los que no se diferenciaban de los muchachos, digo, porque eran los mismos que habían crecido convirtiéndose en adultos”.11 La situación descripta por Villordo recuerda inmediatamente al personaje del oficinista gay interpretado por Antonio Gasalla en la película La tregua,12 donde por el solo hecho de ser afeminado, apenas entra a trabajar en la oficina, se convierte en el objeto de burlas de sus compañeros de trabajo. Ernesto, uno de los personajes de La otra mejilla, llega una mañana a la oficina con un profundo tajo en el muslo, rengueando y con la evidente apariencia de quien ha sufrido una pelea. Todos dan por sentado que había sido por un “levante callejero”, cosa que en realidad había ocurrido, pero es espeluznante el desprecio de sus compañeros ante la desgracia. Entre todos, que no podían ni tomarlo en serio, parecía haber un pensamiento tácito: “Se lo buscó”: “Él había dicho a los compañeros de oficina, al llegar, que había sido un accidente, cosa que no le creyeron y los hizo sonreír, y que las heridas eran simples raspaduras, afirmación que les confirmó que mentía y que les hizo soltar la carcajada. [...] Con esa perspectiva por delante (el día de trabajo acababa de comenzar) la sangre no debía manifestarse en ninguna parte”.13 Quizás en la época no haya podido verse, pero ahora parece bastante evidente que la dictadura militar y la heterosexual se presuponían y se justificaban mutuamente. Recordó Emilio J. Corbière, que compartió la redacción de La Nación en la época de la dictadura con Oscar, que “fue un buen compañero de redacción. Era solidario, inteligente, un escritor de fuste metido a periodista. Debo recordar que Villordo era un enemigo de los militares, un enemigo de la dictadura, y nos juntábamos con él, con Jorge Emilio Gallardo, Raúl Ivacovich y Carlos Alemán para comentar, en voz baja, durante las tertulias del 11 Villordo: O. cit., p. 82. 12 La tregua de Sergio Renán con Héctor Alterio, Luis Brandoni y Ana María Picchio, sobre la novela de Mario Benedetti. También el menor de los hijos de Alterio, interpretado por Oscar Martínez, es homosexual. Despreciado por su hermano mayor (Brandoni) e incomprendido por su padre, el muchacho –artesano– decide irse de la casa familiar. Estrenada el primero de agosto de 1974 fue candidata al Oscar como mejor película extranjera y perdió a manos de Amarcord, de Federico Fellini. 13 Villordo: O. cit., pp. 88-89.

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diario, la grave situación de sangre y crímenes que se estaba produciendo en el país”.14 Villordo describió, desde la literatura, uno de los procedimientos habituales de la Policía de los 70, el de detener arbitrariamente a dos transeúntes para interrogarlos sobre sus relaciones. En este caso, el narrador y su joven amigo Lucio, intentando cruzar Avenida Libertador, quedan aprisionados por el tránsito en el medio, al lado de uno de los pilares. Conversan, y por el paso de un tren sobre el puente, se acercan para poder escucharse “cuando mano se asentó pesada sobre mi hombro y me obligó a volverme y ver al policía que había estado observándonos oculto detrás del pilar. Mi primera reacción fue mirar hacia Lucio y comprobé que a él otra mano lo había asido y lo obligaba a volverse y a encontrar al otro policía. Pronto estuvimos rodeados por varios, surgidos también de la sombra, y yo vi el patrullero estacionado más allá. La confusión de los ruidos seguía todavía arriba cuando nos apartaron llevándonos a uno y otro lado del puente. Una vez separados, el interrogatorio tenía dos o tres pasos obligados y una sola salida –o, mejor, una ‘entrada’-. Yo lo sabía. Los pasos consistían en el pedido de documento, la incautación de ese documento y la espera mientras los uniformados resolvían qué hacer. La demora hasta que el conciliábulo pronunciara su veredicto pocas veces daba por resultado la devolución del documento. Lo que generalmente ocurría era el traslado a la comisaría, sin más trámite. Después de entregarle el mío al policía, me dispuse a contestar las preguntas. Lo de siempre. ‘Que qué estábamos haciendo’. Buscando un taxi. El paso del tren nos había sorprendido y nos quedamos a mirarlo. ‘Que qué éramos’. Amigos. ‘Que adonde íbamos’. Al hospital. – ¿Desde cuándo lo conoces? – Desde hace poco. – ¿Qué estaban haciendo? – Ya se lo dije. Mirando el tren. Buscando un taxi”.15 Pero La otra mejilla es la descripción también del vía crucis homosexual que pasaba por las estaciones de los ladrones menores, los vividores, el chantaje y terminaba en la cárcel. Allí uno de los personajes, Víctor, es encerrado por el edicto 2° H; está solo en la celda pero hacen entrar a alguien de traje, al que casi no ve y que prácticamente lo obliga a realizarle una fellatio. Cuando terminan, el hombre se levanta y se va. Todo sería tan rápido que solo la escupida en el piso le confirmaría a Víctor que lo que pasó fue real: “Su soledad, desde ese momento, fue muy grande. Confinado en la celda, arrinconado por el remordimiento, sintió el abandono de su condición. Ni siquiera tuvo el consuelo de llorar porque algo oscuro le indicaba que las lágrimas no lo desahogarían -no lo redimirían- de la pena de ser homosexual y haber sucumbido a la tentación. No podía pensar, no entraba en sus cálculos, que había sido arrastrado por otro igual, o parecido, hacia la fellatio que lo 14 Emilio J. Corbiére: “Con la brasa en la mano”, Argenpress (5.1.2004). 15 Villordo: O. cit., pp. 158-159.

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había sido arrastrado por otro igual, o parecido, hacia la fellatio que lo preocupaba y afligía. La culpa era suya”. Cuando hace los trámites para salir en libertad, Víctor comprueba que el misterioso hombre de traje que entró y salió de su celda era el comisario. En esas celdas Víctor ve al muchacho de pelo largo al que patearon y escupieron entre varios policías porque pidió lavarse el pelo; al otro al que encerraron cinco días por averiguación de antecedentes y también al que humillaron al grito de “¡A vos te gusta la carne de chancho!”. Villordo cuenta la historia de uno de los dieciocho homosexuales asesinados, presuntamente por el Grupo Cóndor. El miedo respira en cada página: “Fijate –dijo volviéndose a mí– que entran en la sala donde el director está ensayando y tiran bombas incendiarias. Queman el teatro a la vista y paciencia de todos. Y escapan sin que nadie los persiga. Decime, ¿por qué no les dan su merecido? Nunca más se oye hablar de ellos. Nadie los busca, es como si se los hubiera tragado la tierra. Claro, son delincuentes, no homosexuales. [...] ¿A quiénes persiguen, querés decirme? ¿Dónde está el delito? ¿Cuál es la culpa? ¡Hacen que les tengamos miedo! ¡Eso es todo! ¡Nos han llenado de miedo! ¿Pero a quién, te pregunto otra vez? ¿A qué? [...] Ya sé son muchas peguntas. Y ahí está la cuestión. ¿Sabés qué es ser homosexual? Ellos hicieron que me diera cuenta. Un homosexual es una respuesta que no tiene pregunta. Vos y yo, y vos –me señaló a mí– somos respuestas sin preguntas. ¡Eso es lo que somos! Cada vez que leo un crimen en los diarios me acuerdo de aquel muchacho que vi muerto cuando era chico. ¡No se me puede borrar! ¿Y sabés? –dejáme que termine–, las respuestas sin pregunta son un misterio y los misterios son de Dios. ¡Ay del que juzga a una respuesta sin pregunta!”.16 Villordo mostró la espiral violenta que creció de los gritos y golpes de los 50 hasta el asesinato y la tortura de los 70. Así murió, según él, uno de los 19 asesinados del fin de la dictadura, en manos de un comando que nunca fue investigado como veremos en el siguiente capítulo: “Lo primero que oyó fue la voz de Víctor que hablaba, que suplicaba en un tono que no le conocía. La sombra que había entrado salió de nuevo al pasillo, prendió la luz apretando el botón y espió a uno y otro lado para ver si encontraba a alguien. [...] Al salir a hacer la inspección había dejado abierta la del departamento donde vio a Víctor sostenido por la otra sombra. El audaz que espiaba tenía en la mano un cuchillo cuya hoja brilló amenazante hasta que la luz se apagó. Entonces oyó que la puerta se cerraba, que adentro Víctor era golpeado, que lo castigaban y revolcaban arrastrándolo porque le pareció escuchar el peso de un cuerpo tironeado, empujado y la voz que gemía y decía ya sin fuerzas ‘¡No me humillen!’. Salió afuera en un arranque de furia, él también, tan manso, en el momento en que se abría la puerta y las dos sombras huían, escapaban, ganando las escaleras, y una de ellas, la del cuchillo, al verlo, 16 Villordo: O. cit., pp. 185

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arremetió contra él, hiriéndole la mano, y siguió su carrera después, llamada por la otra que le gritaba ‘¡Dejálo!’, ‘¡Dejálo!’. Trató de contener la sangre que chorreaba con el pañuelo [...] y entró en el departamento, cuya puerta había quedado entornada y cuya luz estaba encendida. En medio del consultorio aparecía Víctor caído, apuñalado, inmóvil, con los ojos del estupor de la muerte”.17 Villordo, como debería haber hecho la sociedad y no hizo, puso la pregunta que sí tiene respuesta y abarca casi todas las páginas de este libro. Para los compañeros de trabajo, él se lo había buscado. Para los diarios “acuchillaron a otro homosexual”. Para los vecinos, mataron al marica. En la novela es la madre de Víctor quien pregunta: “No hacía mal a nadie. ¡Dios mío! ¿Por qué lo mataron?”

17 Villordo: O. cit., pp. 196

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112. EL COMANDO CÓNDOR: Vamos a acabar con teatros de revistas y homosexuales.

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l primero fue José Emilio Scatena, el 25 de enero de 1982. Tenía 52 años. Impresionó la saña y ferocidad del asesinato, con cuchillas y golpes de karate. Después, los amigos Alberto Pintos, de 32 años y Luis Meza, de 30, aparecieron brutalmente asesinados. Fue el 20 de junio de 1982, en un departamento de la calle Larrea. Hubo dos asesinatos más: Alejandro Bchrach, 76 (30.6.82); César Díaz Goñi, 37 (5.7.82), Y entonces vino el incendio. El 22 de julio estallaron las bombas y el cartel de Sexcitante, en el teatro El Nacional, se prendió fuego, pero en principio nadie relacionó una cosa con la otra. El teatro de Corrientes 980 fue destruido por las llamas y dejó a Susana Giménez, Juan Carlos Calabró y Osvaldo Pacheco sin escenario. Fue un día de duelo para el teatro nacional. Un autodenominado “Comando Cóndor” se responsabilizó por el atentado. El gobierno nacional, que por entonces huía de la derrota de la Guerra de las Malvinas, se hizo el distraído. La causa de oficio que abrió la Justicia dictaminó que no podía determinarse si el incendio había sido o no intencional, pese a que se probó que simultáneamente hubo focos de fuego en el escenario y el hall del teatro y que habían sido producidos por bombas. Según el Comando Cóndor1 en ese teatro “se representaban obras atentatorias contra la moral”. Y siguieron los asesinatos. Ricardo Ramírez, 56 y Eduardo Bushe, 38 (26.8.82); Ernesto A. Edrera, 50 (24.9.82); Mario Duchini, 60 (25.9.82); Carlos Salvo (12.12.82); Rodolfo Solari, 57 (11.2.83); Elias Barinaga, 60 (21.2.83); Julio César Tonina, 37 (19.6.83); Jorge Mario Lenouyel, 53 (17.7.83); Rubén José Macir (7.83); Marino Suárez, 32 (19.8.83), Pedro Bartolomé Molina, 64 (14.9.83), Moisés Preciado Keschales, 82 (17.10.83), Alejandro Morawsky, 50 (18.11.83).2 Feron 19 personas asesinadas con saña pocas veces vista. Para la misma época, el Comando Cóndor en otro comunicado distribuido subrepticiamente en diarios y algunas radios, aseguró: “Vamos a acabar con teatros de revistas y homosexuales”, llevando ya el fallido a lugar común. Insistían con “acabar” con homosexuales. La mayoría de los casos, hasta hoy, continúa impune. El jefe de la División Homicidios de la Policía Federal, comisario Nelson Horacio Corgo, justificó su ineptitud –o desgano– para encontrar a el o los asesinos declarando a la prensa: “Los homosexuales viven manteniendo relaciones superficiales, yo estoy seguro que si pudiera revivir a uno de los que murieron el otro día y le preguntara: ‘¿Quién lo mató?’, diría: ‘No sé, un tipo que conocí hace media hora’”.3 Por si hacía falta confirmar el prejuicio de Corgo, en 1 El comando pertenecía al grupo filonazi Nuevo Orden. Sus ramificaciones llegan hasta la profanación de tumbas judías a fines de los 90. En las primeras informaciones se lo denominó “Grupo Halcón”. 2 Jáuregui: La homosexualidad en la Argentina, p. 172. y Clarín (14.7.1983). 3 Clarín (23.7.1982).

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la conferencia de prensa dijo: “En muchas partes ya es corriente que le digan ‘le presento a mi pareja’ y uno piensa encontrarse a una hermosa muchacha y se encuentra con un tipo de bigote”.4 Pese a que cada asesinato era ampliamente informado en los diarios,5 nadie, ni el gobierno ni la prensa, investigaron seriamente la suma de homicidios ni al Comando Cóndor.

4 Ib. 5 “Cuando muere una persona homosexual, para los medios no ha muerto un ser hum ano. Lo que ha muerto es su sexualidad. Si la víctima de un crimen es una persona común y corrien te, la noticia de su muerte es anunciada en los periódicos, generalmente, según la profesión de la víctima o de acuerdo a conceptos generales como persona, individuo, etcétera. En cambio los homosexuales muertos son homosexuales o, mejor dicho, son amorales, apelativo con el cual una sutil segunda lectura tiende a la justificación, a la explicación, cuando no a la aprobación del hecho.” Carlos Jáuregui: “Ser gay en la Argentina”, El Nuevo Periodista (Buenos Aires), núm. 95 (junio de 1988).

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113. EL TIGRE: Y había que ver el monte poblado de marquesas, de reinas y princesas despavoridas.

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l lugar más cercano a la Capital, en donde la Policía Federal no tenía jurisdicción, eran las islas del Tigre. Hacia allá se fue el loquerío. La Gendarmería, encargada del orden en aquellos parajes, tenía menos medios para la represión, y así, a lo largo del canal Santa Rosa, se fue armando una serie de cabañitas que si bien no fue “zona liberada”, construyó un mito modesto pero entrañable: las grandes fiestas homosexuales del Tigre. Nadie sabe si la “Gran Fiesta” transcurrió en la dictadura o antes, lo que sí aseguran es que cayó Gendarmería y todo terminó en desbande. Carlos Arcidiácono contó en Ay de mí, Jonathan una anécdota que más de uno juran que es verdadera: “El Delta es una zona de aluvión. Y aluvión, a despecho de la euforia de las locas que siempre organizan fiestas. En una de ellas fue tal el escándalo, que vino la Prefectura. Y había que ver el monte poblado de marquesas, de reinas y princesas despavoridas, y alguna que otra bailarina a los saltos sobre los charcos y la paja brava. Entre los reflectores de la lancha y los gritos, parecía una estampida de gran-guignol. No quedó casi nadie, pero agarraron al dueño de la casa que, con gran dignidad, bajó las escaleras del muelle vestido de Salomé. No dijo una palabra. Se sentó bien atrás y se abrazó a un parante, cubriéndolo de gasas. Y cuando habían entrado las pocas locas lelas que se dejaron sorprender, la lancha pegó un gran rugido y partió. Salomé se quedó: el parante era un poste del embarcadero. Con tanto trapo casi se ahoga, es cierto. Pero antes muerta que tonta".1 En los primeros setenta, el boliche Cats en el Delta fue objeto de una redada hecha por Gendarmería, que instaló la costumbre de las maricas de salvarse nadando por entre los riachos o camuflarse entre la vegetación exuberante, escondiéndose del haz de luz de las linternas militares. Sin embargo, durante la dictadura, Cats siguió funcionando. También abrió, ya en los 80, el boliche Free, en la boca del Carapachay, pero en febrero del 81 una razia llevó a 300 personas y con ellos, al boliche mismo. Epicentro del carnaval de la isla de Santa Rosa es el restaurante Riviera, que instaló desde la época de la dictadura la tradición de las fiestas de carnavales, uno de los primeros ámbitos del país en donde parejas hetero y homosexuales se divirtieron y bailaron sin mirarse de reojo.

1 Carlos Arcidiácono: Ay de mí, Jonathan, p. 149.

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114. LA CASA ROSADA: Lo conocí un día que entró golpeando las botas al dormitorio

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a casa es rosa. Completamente rosa. Así, incluso, es como se la conoce: la “Casa Rosada”. Una de las casas más famosas del país, junto con la casita de Tucumán y la casa de Gran Hermano. Pero la Casa Rosada es, además, la casa del poder argentino. Ahí están los presidentes, ahí firman, discuten y negocian, ahí se escriben los destinos de millones de argentinos. Ahí, debajo de las botas ensangrentadas de Videla y Harguindeguy, cerca de las corbatas secas de Martínez de Hoz y de la cháchara vacía y nefasta de los militares del 76, un grupo de muchachos hicieron honor al rosado de la Casa. La historia fue contada por un participante directo de los encuentros sexuales que ocurrieron en el Casino de Oficiales, al lado de la comisaría, dentro de la Casa Rosada, en 1979. El muchacho en cuestión –en la época, con poco más de 20 años– contó que más de una noche se quedó a dormir en ese Casino de Oficiales con quien era en ese momento su pareja, un estudiante de abogacía de 23 años, recién egresado como oficial de Policía de la escuela Ramón L. Falcón, y de novio como Dios manda. “Era una situación no sabida, aunque ahí adentro él me presentaba como su pareja a otras maricas tapadas. Era muy amigo de un chico de la Casa Militar, un teniente de caballería espléndido, al que uno veía y se desmayaba: alto, engominado y de bigotes. Lo conocí un día que entró golpeando las botas al dormitorio, muy estilo macho pesado. Me relojeó un segundo, recostado como estaba yo en la cama, junto con mi pareja, y lanzó un suspiro delator. Se quejaba de que tenía los pies hechos mierda. Y yo le dije: ‘¿Y entonces por qué no te sacás las botas?’. Me miró sorprendido, pero con mucha gracia me respondió: ‘¿Sacarme las botas, estás en pedo? ¡Mirá cómo me lucen!’”.1

1 Testimonio de la Richard para Rapisardi y Modarelli: O. cit., pp. 48 -49.

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Bazan Osvaldo - Historia de la homosexualidad en la Argentina - Parte 9  

LA DICTADURA La represión dentro de la represión ilegal

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