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PARTE V


PARTE V

EL BAJO FONDO Tango, inmigración y anarquismo

47. LA NUEVA CLASE OBRERA: Ese tercer sexo se compone de las mujeres que quedan sin hombre con quien aparejarse

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es tenían miedo a las mujeres. O, al menos, a “esas” mujeres que bajaban de los barcos y tan poco se parecían a la imagen finisecular de lo que una dama criolla debía ser, según los hombres que mandaban en el país. Esas mujeres que competían con el hombre, que ponían en duda su liderazgo o prescindían de él, tenían que volver urgentemente a la casa, a cuidar a los chicos y al marido. El país patriarcal que se buscaba, el que iba a entrar en la división internacional del trabajo como granero del mundo, dejando en manos de los países centrales el cobro de los valores agregados a las materias primas, no necesitaba talleres ni fábricas. No precisaba de obreras revoltosas. Así como se esperaba que los varones fueran padrillos reproductores, a las mujeres solo se les pedía que cumplieran cabalmente su función de madres, que cuiden la cría, que no se entrometiesen en cuestiones para las cuales “la naturaleza” no las había preparado. En esto, Estado e Iglesia estaban de acuerdo. Don Julio Argentino Roca consideró que una vez reglamentado el país con leyes laicas (educación, registro civil, matrimonio) se podían reanudar las relaciones con la Santa Sede, hecho que se concretó en 1900. 1 El miedo a la fuerza femenina, a perder ese lugar que las mujeres querían ocupar descuidando la maternidad, se acentuaba por la crisis económica. En 1901, los problemas sociales y sindicales iban en aumento mientras seguían llegando barcos de inmigración pero se frenaban las inversiones extranjeras.

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“La crisis en las relaciones entre Iglesia y Estado, que alcanzó su punto álgido durante el primer gobierno de Roca y el de Juárez Celman, se irá atemperando paulatinamente. Las circunstancias del proceso político nacional (la crisis del 90, la Revolución del Parque, la caída de Juárez Celman, el nacimiento de la Unión Cívica de la Juventud, etcétera) la crisis del proyecto liberal, y la contraofensiva del campo católico, son factores que, indudablemente llevaron a un replanteo de estas relaciones. Durante los gobiernos de Sáenz Peña y de Uriburu, se envían distintas misiones diplomáticas con el fin de reestablecer relaciones con la Santa Sede. Hecho que ha de concretarse durante la segunda presidencia de Roca. El campo católico ha de conseguir algunas victorias importantes, como ser la derrota parlamentaria del proyecto de ley de divorcio propuesto por el diputado Olivera, en 1902. Esa fue la primera gran victoria de los católicos luego de las derrotas legislativas experimentadas en la década d 1 ochenta. Otro hecho que demuestra una renovada presencia pública de la Iglesia, es la aprobación, construcción e inauguración del Cristo de los Andes, en 1904, como símbolo de paz entre Argentina y Chile. O la inauguración, el día de la Inmaculada, de la Basílica de Lujan, como parte de los festejos del Centenario”. Abelardo Jorge Soneira: Las estrategias institucionales de la Iglesia Católica/1 (1880-1976), Buenos Aires, Centro Edi-tor de América Latina, 1989, p. 71. 153


En Capital Federal, con 800 mil habitantes, los desocupados llegaban a 40 mil. El 25 de mayo de ese año se creó la Federación Obrera Argentina (FOA). Hubo huelgas de panaderos, picapedredros, cigarreras, alpargateros, marmoleros, trabajadores del Mercado Central y estibadores. En Rosario, fue fuerte la huelga de obreros de una refinería de azúcar, que terminó en enfrentamientos con la Policía, un obrero muerto y huelga general en toda la ciudad. En todos estos conflictos, la presencia de las mujeres fue fundamental. Joaquín V. González, ministro del Interior de Roca, supo que esa olla que se estaba cocinando en la clase obrera podía explotar en cualquier momento. Por eso le pidió a Juan Bialet Massé 2 un trabajo de inteligencia sobre esos posibles revoltosos, que se llamó Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República. 3 Allí, con una mirada paternalista, desaconseja el trabajo de la mujer después de haber constatado las pésimas condiciones en las que se desarrollaba el empleo femenino en todo el país: “La misión de la mujer, en lo que a cada sexo toca en la perpetuación y mejora de la especie, es la maternidad, la crianza y educación de los hijos; en el vientre de las mujeres está la fuerza y grandeza de las naciones, 4 y en sus primeros cuidados, la honradez y el espíritu de los hombres. En la mujer casada, la vida del taller es incompatible con tales funciones, de una manera general; en la soltera, menor de edad, lo es también por lo que afecta a los órganos de la generación y porque es casi imposible salvar su moralidad en una edad en que la razón no puede substraerse al imperio de las pasiones y a las solicitudes de la carne”. 5 Para Bialet Massé, si las dejaban sueltas, las chicas necesariamente iban a terminar revolcándose con sus patrones o compañeros de trabajo. “El trabajo de la mujer no puede, pues, admitirse sino por las fatalidades del destino: en la viuda sin amparo, en la mujer soltera que no tiene familia que la socorra, o en el trabajo de eso que se llama el tercer sexo. [...] Ese tercer sexo se compone de las mujeres que quedan sin hombre con quien aparejarse, por efecto de las emigraciones a las colonias o a países extraños, y que están representadas por millones de hombres; de las que, por efecto de 2

Juan Bialet Massé (1846-1907). Nació en Mataró, España y llegó a la Argentina en 1873. Médico, abogado, ingeniero agrónomo. De amplia y destacada trayectoria en la educación, fue vicerrector del Colegio Nacional de Mendoza, rector del Colegio Nacional de San Juan y de La Rioja, profesor de Medicina Legal en la Universidad de Córdoba, concejal de la ciudad de Córdoba, doctor Honoris Causa de la Universidad de Córdoba y ganó el primer premio de la Academia Nacional de Medicina en 1885 por su trabajo “Lecciones de Medicina Legal aplicada a la legislación de la República Argentina”. Dueño de la calera más importante de Córdoba, contratada para las obras públicas de todo el país, estuvo preso en circunstancias confusas por ser responsable del dique San Roque, que se rompió en 1892. Fue declarado inocente. Publicó varios libros y tratados sobre las distintas disciplinas en las que profundizó. 3 Editado en 1904, es un trabajo monumental, un registro insuperable sobre las condiciones de vida de los trabajadores argentinos. Para hacerlo, Bialet Massé entró en talleres, astilleros, curtiembres, fábricas. Recorrió el país entero en una época en la que las comunicaciones, claro, eran bastante dificultosas. 4 Así como los hombres no son dueños de su semen, las mujeres, no lo son de su vientre. La Nación es más importante, dicen estos intelectuales, corroborando a Avellaneda con su frase; “No hay nada en la Nación superior a la Nación misma”. 5

Juan Bialet Massé: “La mujer y el niño”, en Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República (II), Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 654. 154


una moral extraviada, han renunciado o las han renunciado al matrimonio y que llegan en su delirio hasta la castración.” 6 Bialet Massé se quejaba amargamente contra aquellos que daban trabajos a las mujeres: “La funesta oficina telefónica, devorando mujeres en la flor de la juventud; ya había fábricas que se llevaban al taller a las madres, quedando el pequeñuelo encargado a una vecina, que no le hacía caso”. 7 Otra cosa que sacaba de las casillas al catalán, constructor del averiado dique San Roque, fue el trabajo nocturno de las chicas: “Si se permite alargar la jornada de la mujer, durante la noche, o se permite que trabaje durante ella, es substraerla completamente a las funciones del hogar, es condenarla a una degeneración cierta, y a sus hijos al abandono y a la muerte”. 8 Algo sabía de cargar culpas, el honoris causa cordobés. Si trabajás de noche, tu hijo se muere, decía alegremente. “No se puede permitir el trabajo de la mujer, ni por excepción cualquiera que sea; es atentatorio de la humanidad, y es también abrir la puerta a los abusos; puesto el sol, la obrera debe estar en su casa, atendiendo a sus hijos, o durmiendo con su marido”. 9 Había temor a esas mujeres fuertes que querían trabajar y entrometerse en la vida política y social del país. En esto estaban de acuerdo no solo la Iglesia y el Estado patriarcal burgués: también algunas de las organizaciones obreras. En 1906, la Unión General de Trabajadores (UGT) 10 apoyó la decisión de excluir a los menores y las mujeres de las fábricas. Aducían la facilidad con que padres y maridos podían conseguir que las mujeres no adhiriesen a las huelgas. Pero “con seguridad, otro factor era el miedo a la competencia de mano de obra barata”. 11 Víctor Mercante, a quien ya vimos preocupado por las medallitas y las cartitas de las chicas pupilas de los colegios religiosos, escribió en 1909: “La estadística seca pero elocuente nos dice que la mujer destinada a esposa y madre con un marido capaz de reducir con éxito las necesidades del hogar, forma un porcentaje bajo. Hay un fuerte contingente de mujeres que no se casan [...] otro que trabaja y provee como un hombre a la caja del hogar. [...] Han invadido muchos campos y es para la mano de obra una especie de japonés, competente y peligrosa, porque si no manda y la dirigen, es sumisa, exige poco, hace mucho y cumple bien”. 12 En ese clima, el intelectual más famoso y ambiguo de la época, Carlos Octavio Bunge, hablaría del peligro de las hembras superiores a los machos. Es para contarlo extensamente.

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Ib., pp. 654-655. Ib., p. 651. 8 Ib., p. 656. 9 Ib., p. 656. 10 La U.G.T. fue creada por los gremios socialistas escindidos de la dirección anarquista de 7

la F.O.A. 11 Donna Guy: El sexo peligroso. La prostitución legal en Buenos Aires 1875-1955, Buenos Aires, Sudamericana, 1994, p. 90. 12 Víctor Mercante: La mujer moderna. Citado por Salessi: Médicos, maleantes y maricas, p. 207.

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48. CARLOS OCTAVIO BUNGE: Era el beso del sueño imposible.

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uestra raza está en decadencia desde hace muchos siglos, como toda raza degenerada, produce hembras superiores a los machos”, 1 escribió Carlos Octavio Bunge, la gran promesa intelectual de principios del siglo xx, Muy joven, el primogénito de los Bunge fue enviado por Roca a Europa para estudiar los métodos de educación de los países centrales. El chico, buen mozo, reconcentrado, prolífico, prolijo, había nacido en 1875 y fue diploma de honor en la Facultad de Derecho en 1892, después de haber recibido las mejores notas en el Colegio Nacional. Escritor de novelas, de teatro, 2 músico aficionado al que le gustaba tocar el piano con sus hermanas, fue un representante claro de la oligarquía de principios de siglo, con sus veraneos en las chacras de San Isidro, sus viajes por Europa y su espanto por la cultura local y cualquier forma de democracia. Como escribió en su libro Nuestra América: 3 “Todavía sin curarse eficazmente del bienestar del pueblo, se perora sobre el sufragio popular, la libertad y la igualdad. Y bueno, esta maldita fiebre nos arrasa aun a absurdas revueltas, a utopías perniciosas, el funestísimo afán de innovarlo y reglamentarlo todo”. Como escribió Emilio J. Corbiére, refiriéndose entre otros a Miguel Cañé, Eduardo Wilde, Paul Groussac y Carlos O. Bunge: “A veces pensaban como librepensadores, pero actuaban casi todos como conservadores de ideas antidemocráticas en la política nacional”. 4 Según Salessi: “La preocupación por la degeneración o decadencia de una sociedad de mujeres ‘masculinas’ y hombres ‘femeninos’ fue una constante de la obra de Bunge”. 5 En su novela Los envenenados hablaba del tema y describía a su protagonista, Pachín del Valle, de una manera particular: “¡No resultaba, por cierto, la de Pachín, una figura imponente! Levantaba del suelo apenas vara y media sobre unos enormes tacones. [...] Con su rostro rigurosamente afeitado y sus facciones suaves y correctas, parecía un efebo. Su voz resultaba aflautada [...] sus ademanes eran lentos y melosos. [...] Era tan frívolo e ignorante como una bella damisela. [...] Acostumbrado a sus dobles y redobles tacones -mitad exteriores, mitad interiores-, que andaba naturalmente de puntillas, cruzando el áspero sendero de la vida como una bailarina y con sus mismos movimientos graciosos 1

Carlos Octavio Bunge: Viaje a través de la estirpe y otras narraciones, Buenos Aires, Biblioteca de la Nación, 1908, p. 106. 2 El estreno porteño de su primera obra, Revolución en Chulampo, el 20 de septiembre de 1904 en el teatro San Martín, provocó un escándalo. Un grupo numeroso de alumnos en huelga de la Universidad de Buenos Aires, a quien Carlos había criticado agriamente, indignados consiguieron parar la representación con silbidos y gritos. Al final de la obra, Carlos salió a hablar y se enfrentó con ellos y con toda una hilera de políticos parlamentarios que se habían considerado infamados por la obra que acababa de representarse. 3

Bunge: “Terapéutica de la política criolla”, en Nuestra América, Barcelona, sin datos editoriales, 1903, libro IV. 4

Emilio J. Corbiere: “La cultura obrera argentina como base de la transformación social (1890-

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Salessi: Médicos, maleantes y maricas, p. 184.

1940)”.

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Archivo General de la Nación

Carlos Octavio Bunge, intelectual y aristócrata, el pensador de la el¡te que no logró salir jamás de un armario que él mismo ayudó a construir.

y ondulantes”. 6 Estos personajes, que Bunge conoció tan bien, no pisaban con su paso gracioso y ondulante los charcos de orina y sangre del 24 de Noviembre. Carlitos era un dandi porteño, con monóculo y ramillete de flores en el ojal, 7 muy poco frívolo: sus preocupaciones literarias, filosóficas y sociológicas lo hicieron codearse con lo más representativo de la cultura porteña, dentro de la que llegó a ser la gran figura. Murió joven, a los 42 años, y nunca se casó. En 1899, en viaje iniciático por Inglaterra, comprobó lo aceptada que estaba la homosexualidad en los ambientes intelectuales, siempre, claro, en la mayor privacidad. Cuenta Sebreli que “ingresó en la Universidad de Oxford, donde la relación sentimental entre varones era común, conoció lo que los ingleses llaman ‘a romantical friendship atfirst sight’ y adhirió a las teorías del esteta Walter Pater, romántico tardío y precursor de los decadentes, que exaltaba las amistades masculinas de la Italia renacentista. En 1902, viajó a España, donde frecuentó el círculo homosexual de Antonio de Hoyos, legendario aristócrata y literato madrileño, a quien dedicó un artículo en la revista 6 Bunge: Los envenenados. Escenas de la vida argentina de fines del siglo XIX, Madrid, Espasa Calpe, 1926, pp. 30-31. 7

Como el conde de Montesquiou en los círculos áulicos parisinos.

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revista Nosotros, de 1908”. 8 Quienes han escrito sobre Bunge siempre pintan un costado oscuro en el escritor, la vida intelectual como “vía de escape para otros sentimientos”, 9 dando a entender una homosexualidad oculta. En sus escritos póstumos, hay un texto que quizás haya sido la única pista que Bunge estuvo dispuesto a brindar sobre su vida privada: “Ha de encanecer mi cabeza y mi corazón permanecerá joven. Lo he de conservar así, porque lo cuido y tengo aprisionado. No he querido recoger las flores del borde del camino. Sé que entre ellas no está la que había de embriagarme con su perfume. No puede estar; no existe. Por eso, cuando, en mi último día cierre por primera vez los brazos -que siempre tuve extendidos- no hallaré calor en el beso que había de llegar. Era el beso del sueño imposible”. 10 En todo caso, la luz intelectual de principios de siglo xx, el niño mimado que tenía a su disposición los teatros, las revistas y el Estado para difundir su pensamiento, el más bello de los pensadores de la elite, no salió jamás de un armario que él mismo ayudó a construir.

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Sebreli: Escritos sobre escritos, p. 303.

9

Eduardo Cárdenas y Carlos M. Payá: “Carlos Octavio Bunge, un triunfador disconforme”, Todo es historia (Buenos Aires), núm. 173 (1981), p. 36. 10 Bunge: “Alma Joven”, en El Capitán Pérez. Narraciones vulgares, Madrid, Espasa Calpe, 1927, p. 143.

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49. DAFNE,

LA MUJER-HOMBRE: Vecinos de la calle Entre Ríos y Belgrano han sido testigos de los flirteos que mantuvo con una simpática señora

como era inteligente, inventó lo de la violación para que la dejaran Quizá tranquila. Al menos allá en Sorbona, Parma, Italia le sirvió como excusa para huir de la casa familiar y no aparecer nunca más. Tenía 14 años y, devastada, contó que un insano la violó. Les explicó eso a sus padres. Les dijo que lo mejor que podía bacer, para olvidarse del horrible momento, era irse, irse lejos, para siempre. Justo pasaba por Sorbona una compañía teatral de las que fatigaban la península con comedias populares y números de circo. Se podía ir con ellos, el único problema era que en la compañía, en ese momento, estaban necesitando un galán. Dafne Vaccari, que así se llamaba, no tuvo inconveniente. Fue galán joven y así partió para siempre de su insignificante pueblo. Desde luego, ya era todo un hombrecito. Llegó a Francia para el fin de la Belle Époque pero no se debe haber encontrado con Gabriel Iturri. Es que a Dafne no le seducían los grandes salones del faubourg Saint-Germain. A ella le tiraban más los mitines de ideas avanzadas de Lyon, Marsella y otras ciudades francesas, en donde predicó la palabra anarquista finisecular. Dafne tenía ideas sociales. Pero las cosas se pusieron feas para Dafne en Europa. Excesiva policía, como sucede habitualmente cuando hay ideas consideradas excesivamente novedosas. Como marinero de la tripulación del vapor Francia, Dafne llegó a América. Era su manera de comenzar el 1900. Y Buenos Aires le pareció fascinante. Mucho movimiento, mucha vida, mucho anarquismo. Trabajó un tiempo más como marinero en las chatas de Serrano, en Barracas. Ahí se enteró de un posible empleo que lo podía devolver a Europa. Y se mandó, nomás, como cuidador de ganado en pie, a Londres. Nadie sabe qué cosas anduvo haciendo la italiana vestida de peoncito argentino en Londres, pero pocos meses después de haber desembarcado en Inglaterra, decidió regresar a la Argentina, esta vez para quedarse. La esperaban allende el Río de la Plata las chacras de Luján, en donde fue peón contratado para juntar maíz en la cosecha. De Luján pasó a San Antonio de Areco. Su trabajo ya no fue como peón de campo sino como albañil. Pero había decidido ocuparse de algo más descansado y eso solo podía ocurrir en Buenos Aires. Ya nadie la conocería como Dafne Vaccari. Ahora sería Arturo de Aragón. Con ese nombre consiguió trabajo como cobrador de la casa de Moltedi y Cía., en donde “logra obtener el mayor aprecio de sus superiores, tanto por su extraordinaria actividad como asimismo por su ejemplar honradez”. 1 Ya no se volvería a vestir como un peoncito. Ya no se ensuciaría las manos en tareas camperas. El cronista de Caras y Caretas cuenta que "en esta posición Arturo tiene oportunidad de verse mezclado en más de una aventura amorosa, algunas de las cuales son verdaderamente interesantes y pintorescas 1

Aquiles Escalante: “Dafne Vaccari. La mujer-hombre”, Caras y Caretas, núm. 406 (1906), p. 65 159


Biblioteca Nacional

Dafne Vaccari, la mujer-hombre que enloqueció de amor a su vecina provocando los celos del marido engañado. En su trabajo como cobrador de la casa Moltedi y Cía. se hacía llamar Arturo de Aragón.

pintorescas”. 2 ¿Qué le habrá pasado por la cabeza al periodista Aquiles Escalante, autor de la nota, al descubrir las aventuras amorosas de Dafne? Quizás nunca lo haya sabido, pero el periodista fue el primero en hacer referencia en la prensa y la literatura argentinas de una relación entre dos personas del mismo sexo, en las que éstas aparecen descriptas de manera no humillante, casi festiva. Escalante no usó ninguno de los insultos habituales de la época ni tampoco las calificaciones pseudomédicas de los profesores de la Facultad de Medicina. Lástima que a Dafne/Arturo las cosas le hayan comenzado a ir mal. Tuvo viruela y lo mandaron al lazareto, por lo cual perdió su empleo. Hay que recordar que en 1906 las leyes laborales no contemplaban ningún beneficio para un buen trabajador que hubiera contraído una enfermedad. Pero cuando salió del lazareto, Arturo se las ingenió para encontrar, como muchacho, un puesto en la Policía. Sin explicar por qué Dafne no está más en la Policía, Escalante señala: “Actualmente Dafne Vaccari pinta cuadros y cultiva también algunas veces la literatura”. 3 Una vida de aventuras: marinero, revolucionario francés, peón en Luján, vigilante de vacas en viajes transoceánicos, cajetilla en Buenos Aires, internado por viruela, pintor y poeta. Y claro, enamorado. Alguien con pasiones tan fuer-

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tes no podía dejar de encender corazones. Cuando Escalante habla de los devaneos amorosos del muchacho Arturo, olvida totalmente su pasado como Dafne: “Vecinos de la calle Entre Ríos y Belgrano han sido testigos oculares, además, de los flirteos que durante un año casi, mantuvo con una simpática señora que vivía en aquella calle, donde su esposo tenía establecida una importante casa del ramo de mueblería. A este idilio puso fin el marido ‘engañado’, liquidando su negocio un buen día y marchándose a Italia con su familia”. 4 El periodista Escalante contraría el tono que en la época, y en la Argentina, se usaba para hablar de hechos como el que describió. Lo hizo en 1906. Habría que esperar casi noventa años para que se volviese a contar la homosexualidad de una manera tan desprejuiciada. El final abrupto de la nota de Escalante deja abierto más de un interrogante. Después de contar lo del mueblero engañado que parte a Italia, acaba el texto diciendo: “La interesante heroína de esta historia, que parece novela, ha resuelto vestir desde ahora con el traje que corresponde a su sexo”. 5 No parece haber sido una decisión voluntaria, sin embargo no hay más aclaraciones. Pero Dafne no sería la única chica que no aceptaba el relegado papel de vientre patriótico que se le tenía asignado. Por ahí andaba María López.

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50. EL PEÓN MUJER: Se la hizo vestir las ropas propias de su sexo que llevaba en una valija

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ebían ofrendar su vientre para el futuro de la Patria. Ese era el deber de las mujeres. Lo aprendió antes, incluso, de llegar a la Argentina. Ya en España le ocurría lo mismo. Por eso María López, que tenía otros planes para su vida y necesitaba trabajar, resolvió, en su infancia huérfana de Lugo,

Biblioteca Nacional

María López consiguió trabajar de peón en una época en la que las mujeres tenían vedado el acceso al mundo laboral gracias a su traje y actitud masculinos. La Policía la detuvo y el diario La Prensa aclaró: "Su transición no responde a ocultar alguno punible”.

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vestirse de hombre y enfrentar lo que viniera. Así fue como llegó a la Argentina, con sombrero de ala ancha, saco y camisa ordinarios, pantalón metido dentro de las cañas de las botas masculinas, chambergo común. Cinco meses pasó trabajando como peón en una estancia, en Pirán, hasta que un día, el jueves 14 de marzo de 1907, decidió darse una vuelta por Buenos Aires. El paseo resultó tan extraño que mereció un registro en los diarios de la época. Apenas bajó María, en Constitución, el agente de Investigaciones, E. Franchini, la vio y le resultó “altamente sospechoso”. “Después de anotarse sus datos personales, y no existiendo motivo para mantenerla detenida, se la dejó en libertad, pero se la hizo vestir las ropas propias de su sexo que llevaba en una valija.” 1 En el diario La Prensa se ocuparon de aclarar que “la protagonista del cambio de sexo que nos ocupa hoy, es aún muy joven. De modo que el desenvolvimiento con que usa los trajes masculinos es propiamente un hábito natural más que la resultante de una preparación o estudio especial. Su transición no responde a ocultar alguno punible; hace acercado con su traje al sexo fuerte porque, dotada de una naturaleza especial, está bien constituida y le son más factibles los trabajos del hombre que los destinados a la mujer”. 2 Y agrega un dato bastante exótico del que no hay más rastros: “Hace algunos años produjo sensación en esta capital la llegada de una pareja de jóvenes mujeres que se habían unido en matrimonio en España”. Si sindicatos, gobierno e Iglesia no querían que las mujeres trabajasen, María López, con solo 16 años, supo cómo desafiarlos.

1

“Una mujer hombre”, El País (Buenos Aires) (15.3.1907).

2

“La joven que viste de hombre: interesante odisea”, La Prensa (Buenos Aires) (15.3.1907) 163


51. ESCÁNDALO

EN LA

ESCUELA SUPERIOR

DE

GUERRA: No hemos querido

abordar el incidente de la Escuela Superior de Guerra

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l porteño quiso enterarse de lo que ocurría. Entonces compró La Prensa y leyó: “En asuntos que afectan honda y desagradablemente la disciplina militar, y que atañen directamente al honor de la institución armada, ya sea en un solo miembro o en un determinado grupo de la misma, no es posible entrar en detalle en la exposición del o los mismos al tratar de contrarrestar sus efectos, porque los resultados necesariamente serían de peores consecuencias que las que el hecho produce al buen nombre del Ejército”. 1 Bueno, de mucho no se enteró. Esperó un día y resolvió cambiar de diario. Ahora intentaría informarse a través de La Nación: “No hemos querido abordar el incidente de la Escuela Superior de Guerra, cuya índole exigía prudentes y estudiadas reservas, pues se hallaba en tela de juicio el honor de un miembro del Ejército, que hasta la fecha, mereció respeto y consideración de sus superiores y compañeros de armas. En esta cuestión se ha procedido indudablemente con sensible ligereza, porque algo debían valer los antecedentes de ese oficial, sobre el cual se hacen recaer acusaciones que lastiman su honra y sin más base de fundamento que supuestos actos cometidos en la niñez. Este desgraciado asunto ha entrado ahora en la vía en que se debía haber encarrilado desde el primer momento. Esto es en manos de la justicia militar. El inculpado acaba de solicitar el nombramiento de un juez instructor, a fin de que se forme el correspondiente sumario, confiando plenamente en que su reputación quedará a salvo. Corresponde, pues, por lo tanto, suspender todo juicio hasta que los tribunales militares pronuncien el fallo. Y no anticipar ni opiniones ni críticas, que solo servirían para extraviar la opinión y para crear dentro del Ejército resentimientos y discordias susceptibles de menoscabar la disciplina”. 2 “¿Para qué compra el diario uno?”, podría haberse preguntado el señor que quería informarse a través de la prensa. El redactor explica que un hecho ocurrió, un hecho del que, parece, todos estaban al tanto. Admite que no quiso contar más. Para el periodismo de la época había algo por encima del deber de informar: el honor del Ejército. El hecho en cuestión había ocurrido en 1906 y es de difícil reconstrucción. Todos mienten, todos ocultan, todos disfrazan. Lo que revela que estaban hablando de un hecho “nefando”. Cenaba en su casa el mayor Juan Comas, del Batallón 10 de Infantería, con su esposa, un amigo y sus hijos. Comas era hijo de una familia aristocrática de Entre Ríos, su padre llegó a ser presidente del Senado de esa provincia. Interrumpió la cena, habían llamado a la puerta. Fue a atender: le traían una esquela de parte de un oficial del Batallón, un amigo bien intencionado. La notita desataría un crimen. 1 2

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“Un hecho grave”, La Prensa (14.3.1907), p. 4. “En la Escuela de Guerra un incidente comentado”, La Nación (15.3.1907), p. 7.


Archivo General de la Nación Archivo General de la Nación

El mayor Juan Comas (en el centro, arriba) del Batallón 10 de Infantería fue acusado por el capitán Arturo Masedo (der.) -en una declaración firmada por toda la oficialidad- de prácticas homosexuales. Comas lavó su honor asesinando a su denunciante. Fue absuelto y la prensa nacional se encargó de tapar el escándalo.

Allí le secreteaban que el capitán Arturo Masedo había conseguido hacer firmar a toda la oficialidad una declaración en la que se afirmaba que él, Comas, tenía o había tenido relaciones homosexuales. El objetivo del rumor: la “muerte moral” del mayor y su separación del cargo. La fuente del rumor: algunos soldados, entre ellos el conscripto Juan José Crenna. Enceguecido, tomó una espada, se despidió de su esposa, sus hijos y el amigo y salió a dar batalla. Fue hasta el cuartel y habló con su superior. Le dijo que todo era una infamia, que de ninguna manera, que cómo podían creer algo así de él. que venía de una buena familia, que era oficial del Ejército argentino (lo debe haber dicho todo con mayúsculas, seguro). El superior le contestó que le creía, que seguro 165


que seguro, que cómo iban a pensar algo así de él, que de ninguna manera que nadie lo creyó. Pero que igual, mejor si renunciaba. “Está muerto moralmente, Comas”, le anunció el superior. El mayor se desesperó. Ignoraba la historia de los templarios, pero la estaba repitiendo, casi exactamente seiscientos años después. Entonces resolvió esperar a Masedo. Habló con algunos colegas, con los pocos que aceptaron entablar un diálogo con él. Todos le aseguraron que no creían “eso” que andaban contando los soldados. ¿Cómo iban a pensarlo de él? No era un lunfardo cualquiera, era un oficial del Ejército argentino, el partero de la Patria, el que había conseguido que su bandera no fuera atada al carro de ningún vencedor (sí, también lo deben hacer dicho con mayúsculas). Pero mirándolo con más asco que lástima, le aseguraron que estaba muerto moralmente. Que lo mejor era renunciar. Comas pensó en matarse. Lo pensó obsesivamente. Lo volvió a pensar. Estaba ya muerto. Se lo habían dicho dos veces. Escribió tres cartas. Una a su esposa. Otra a su amigo dilecto. Se estaba despidiendo. La tercera carta fue para la oficialidad, a la que le recriminó lo ocurrido. Llegó Masedo. Comas le disparó. Lo mató. Intentó suicidarse. No lo hizo. Fin. A partir de allí, la obra montada para que nada parezca que fue lo que fue. Para el Ejército, condenar a Comas hubiera sido, en parte, aceptar que lo que decían Masedo y los conscriptos era real. Para los diarios, contar el hecho significaba echar un manto de duda sobre la sexualidad de un oficial del Ejército que tenía que servir de parámetro y modelo para la construcción de la virilidad argentina. Ninguna de esas cosas podía ocurrir. La recreación, a pesar de que no se menciona la palabra “homosexualidad”, se puede hacer a través del trabajo “Exaltación pasional y responsabilidad penal. Informe pericial presentado al Consejo de Guerra permanente para jefes y oficiales del Ejército”, de los médicos Ramón Giménez, Ángel Godoy y Bernardo Pérez Avendaño, quienes investigaron el caso a pedido de la fuerza. Publicaron su informe en los Archivos, de marzo-abril de 1907. Los diarios dieron una versión lavada del asunto. Tanto que en todos se borró especialmente ese “amigo predilecto” que aparecía en los informes de los peritos. Simplemente, no estaba. Aseguraron que cuando le llevaron la notita a Comas, estaba únicamente con su familia. Y que después, escribió dos cartas, no tres. El amigo, mejor que no apareciese, por las dudas. 3 Al que se le escapó lo que nadie podía decir fue a Eusebio Gómez, quien 3

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La observación es de Jorge Salessi: Médicos, maleantes y maricas.


publicó el primer capítulo de La mala vida en los Archivos de julio-agosto de 1907, dos meses después del fallo de la justicia militar. Allí escribió: "Los invertidos son celosos y esta pasión los lleva hasta el crimen. Un sensacional proceso recientemente debatido ante la justicia militar, acaba de dar la prueba al respecto”. 4 Según el boletín militar número 86, del 18 de abril de 1907: “El acusado fue instado por una fuerza irresistible, que violentó su ánimo hasta obligarlo a matar irreflexiblemente [sic] al difamador de su honor”. También llegaron a la conclusión de que el testimonio del conscripto Juan José Crenna era “poco digno de fe”. Comas fue absuelto. Más tarde, entre 1917 y 1921, ya como teniente coronel, sería gobernador de Formosa.

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Gómez: “La mala vida”, Archivos (1907), p. 189. 167


52. LOS COMPADRITOS: Y se trajearon y acicalaron con un narcisismo exagerado de mujer, evidentemente sexual y sospechoso.

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omo si la peste nunca se hubiese ido, el sur quedaría para siempre en la memoria de los dirigentes como un lugar enfermo, un pesadillesco y multitudinario lazareto al aire libre, en donde cada inmigrante, cada lunfardo del bajo fondo, era un posible foco infeccioso que había que controlar. Las enormes casas que la burguesía abandonó por la fiebre amarilla en 1871. en San Telmo, Monserrat y San Cristóbal, con el patio central y su infinidad de cuartos, fueron ocupadas por los recién llegados. Desde la elegancia intelectual de fin de siglo, Eugenio Cambaceres describe el conventillo con antipatía en la novela En la sangre: “Hileras de cuartos de paredes de madera y techos de cinc rodean un patio bastante sucio. Es enero y el hacinamiento humano unido al tufo de los braseros en que se fríe con grasa, hacía el aire irrespirable”. 1 Sin embargo el sur resistió, creció, se inventó un vocabulario, el lunfardo, que no solo llegó hasta nuestros días sino que sigue reinventándose cada día y es la marca lingüística más clara de “lo porteño”, y por extensión, del país unitario, de “lo argentino”. Pero no solo eso, además dio origen a uno de los hitos culturales de la Nación que sigue siendo, en el siglo xxi, distintivo argentino en el mundo: el tango. Los lunfardos, esos delincuentes que según De Veyga presentaban “ninguna animación en el semblante, ningún rasgo original en los gestos, nada, en una palabra, que indique la existencia de un espíritu imaginativo o tan solo despierto. Todos tienen un aire triste, apático o al menos apocado. [...] En su lenguaje son lo mismo: palabra difícil, ademanes lentos y perezosos, frases cortas y mal ligadas. Se diría que hablan de mala gana [...] ofreciendo siempre como fisonomía el cuadro más banal que pueda concebirse. Inútil es decir que su inferioridad profesional, lo mismo que su situación biológica y esta expresión fisonómica idiotesca no son sino el resultado de una limitación marcada de sus facultades intelectuales”, 2 fueron quienes, a despecho de la ciencia y el Estado, le dieron identidad cultural a la época y al lugar. Un país se estaba inventando en la ciudad, la escuela estatal laica intentaba fijar el español como idioma común, pero en las calles y en los patios de los conventillos el cocoliche zumbón, la mezcla extraña, los acentos exóticos se cocían en el crisol de razas. “La violenta afirmación que denota el tango era quizá necesaria, a fines del siglo pasado, para nuestra falta de seguridad. Eramos un pueblo que no se sentía totalmente en su casa y corría el peligro de perderse a sí mismo. [...] La poca unidad lograda duramente por el país

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Cambaceres: En la sangre. De Veyga: “Los lunfardos, estudios clínicos sobre esta clase de ladrones profesionales, por el Dr. Francisco de Veyga. Profesor de la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Director del Servicio de Alienados de la Policía de la Capital”, Archivos (1903), p. 656. 2

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En la última década del siglo XIX comenzó a estallar en el bajo fondo una música nueva: el tango. En La Boca surgieron cafés musicales exclusivamente masculinos donde el tango se bailaba entre hombres. Por esto y por su extremo gusto por el arreglo personal, los compadritos eran considerados “afeminados”, “relajados” y amorales.

por el país, fue perturbada por las inmigraciones: el malón blanco, como se las llamó”. 3 No hubo un centro exacto, un lugar donde estallase la bomba que repercutió en los círculos concéntricos del barrio, la ciudad, el país, el mundo. El tango parece haber sido una inconsciente creación colectiva que simultáneamente fue iluminando a Montevideo en los bailongos de las “academias”; al café de La Pichona, en realidad, el prostíbulo de Pavón entre Rincón y Pasco; a la negrada de los cuartos de Palermo; o a la esquina de Necochea y Suárez, a tres cuadras del actual puente Nicolás Avellaneda, en el extremo en que La Boca se moja en el Río de la Plata. Con flauta, bandolín, guitarra o arpa, violín y a veces también armónica, andaban los musiqueros, los “tangueros” y “serenateros” por los bares. Músicos ambulantes más aplicados que exquisitos amasaban el barro de habaneras, del batuque negro, de los aires de su Italia meridional, de mazurcas, valses y milongas que traían los carreros y cuarteadores que entre llegada y partida, con sus chatas del interior, se pasaban unos días entre mate, baile, payadores y chinas. Según Tulio Carella, “burdeles y pulperías son frecuentadas por ellos y por gente de avería: hombres dispuestos a todo, matones, guarda espaldas, corredores de ‘cuadreras’, marinos, soldados, guitarreros, 3 Tulio Carella (1912-1974). Autor y crítico. Publicó en el diario Crítica de Buenos Aires cínicas y comentarios sobre arte y especialmente sobre temas cinematográficos. Dramaturgo, algunas de sus obras son Don Basilio mal casado y Coralina. Autor de dos ensayos fundamentales de la cultura popular argentina del siglo XX: El tango (mito y esencia) y Antología del sainete criollo. El párrafo aquí citado es de El tango (mito y esencia), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1966, p. 18. 169


guarda espaldas, corredores de ‘cuadreras’, marinos, soldados, guitarreros, chinas cuarteleras y de las otras, toda la morenada y toda la gringada”. 4 Iban esos musiqueros por los bares, tocaban sin parar horas y horas, en vez de aplausos recibían cada tanto una moneda, un salvoconducto en medio de la gresca o la simple indiferencia de los borrachos. En la esquina de La Boca “desde 1890 ó 1895, en tres de las cuatro esquinas había sendos cafés musicales sin mujeres”. 5 Acá ya no había simples “musiqueros”. No había todavía bandoneones pero para tocar en Necochea y Suárez había que tener hinchada de algún barrio, fanáticos que los siguieran hasta ahí, algún mínimo cartel. “Durante los conciertos se bebía nerviosamente y era cosa de machos hacerlo sin medida. Se trataba en su totalidad de un público de amorales y agalludos. [...] El tango y el alcohol eran uno, y nada se entendía mejor con las penas. [...] El tango era para ellos cosa de fuertes, como un vaso doble de ajenjo o una puñalada. Por eso los compadritos no pudieron comprender nunca que los ladrones desdeñasen el tango, que los sobraran sin disimulo por su pasión, o diciéndoles sin vueltas no más que eso era cosa de mujeres zonzas o de afeminados.” 6 Los ladrones pensaban que los compadritos andaban en cosas de afeminados. José Tallón habla varias veces de la “amoralidad del compadrito”. Y lo describe de manera ambigua: “Melena cuadrada y galera negra, gris o color pulga, requintada hacia la oreja. Cuello bajo, abierto, volcado, corbata plastrón con perla o con brillantes. La pechera y los puños postizos y almidonados, con un cuadriculado rosa o celeste, sobre un fondo eremita. En los puños rumorosos, los gemelos de oro con iniciales. El saco -más bien cortonegro o azul, o gris, o de gustos escoceses, cruzado y de hombros altos. Las solapas anchas y cerradas sobre el plastrón, con vistas de raso (si el saco era negro) o ribeteadas con trencilla de seda. Los sacos de color llevaban delante seis botones de nácar, y entre los dos tajos cortos de los costados de atrás –sacos culeros se los llamaba– tres botones de nácar de cada lado. El chaleco también era cerrado y podía ser de piqué blanco o de grueso raso de fantasía. De los bolsillos del pecho caía una pesada cadena de oro que se anudaba en el primer ojal, bajando entonces el colgante, de cuyo extremo pendía un medallón de oro esterlina. El pantalón bombilla a la francesa, liso o cuadriculado, con un vivo o cordón de raso a lo largo y de cintura muy alta, y ajustado sobre el empeine del botín o de la bota, con tres botones de nácar en la botamanga. El botín o la bota eran de cabritilla reluciente. El ta-

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Ib., p. 21. José Sebastián Tallón (1904-1954). Poeta, boxeador, dibujante, considerado por María Elena Walsh como el precursor de la poesía infantil en Argentina. Se lo puede incluir como integrante del “Grupo Literario de Boedo”, cuyos principales referentes fueron Leónidas Barletta, Elias Castelnuovo, Nicolás Olivari y Lorenzo Stanchina. Fue amigo de Conrado Nalé Roxlo y Raúl González Tufión. Por su casa de la calle Brasil desfilaron los escritores e intelectuales de su época como Jorge Luis Borges, César Tiempo y Alvaro Yunque, en veladas que comenzaban los domingos a la tarde y culminaban los lunes a la madrugada. El tango en su etapa de música prohibida, Buenos Aires, Instituto Amigos del Libro Argentino, 1964, p. 58. 6 Ib., p. 59. 5

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nácar en la botamanga. El botín o la bota eran de cabritilla reluciente. El taco alto, llamado ‘taco pera’, terminaba en una punta del tamaño de una moneda de veinte centavos. Las botas, de finas y de blandas que eran se podían doblar y meter en el bolsillo. Y en fin, además de tanto enjailaifarse a la moda (‘jailaife’ se le decía al bien vestido, y lo derivaban de jai laife pronunciación inglesa de high life, que significa literalmente alta vida) [...] les gustaba ponerse alguna vez los anillos sobre los guantes y llevar un ponchito de vicuña en los hombros. Como se ve, para vestirse y adornarse los compadritos eran exagerados, Eran exagerados en todo. El término relajados era el que se aba para definirlos en la época. [...] Y se trajearon y acicalaron con un narcisismo exagerado de mujer, evidentemente sexual y sospechoso; tomaron el tango y lo llevaron a los medios sexuales obscenos. El contoneo criollo del caminar, que tuvo su origen en los tacos altos, ellos lo hicieron medio tilingo, si no amariconado. Y de la misma manera, a la coreografía del tango le dieron un estilo propio de exageraciones eróticas”. 7 El pudor con el que Tallón se refiere a la “evidencia sexual y sospechosa” no le impide admitir que esa “evidencia” hiciera al hombre del tango reo “amariconado”. Esto por sí solo no prueba, obviamente, la homosexualidad del compadrito, cuestión a la que no apunta esta investigación. Pero sí habla de su falta de prejuicio con respecto a la imagen ofrecida. Recordemos que estamos hablando de una historia de ocultamientos, sobreentendidos y palabras no dichas. De Veyga, sin embargo, no le tiene miedo a las definiciones y asegura con su habitual “inefabilidad científica”: “El amor en ellos (los lunfardos) se inicia siempre por la homosexualidad, después, cuando han llegado ya a la edad madura, buscan la aproximación normal, pero más por interés biológico que por necesidad genésica; la mujer representa para ellos una fuente de sostén y, sobre todo, de amparo. Es la mina, según su expresión”. 8 Las “minas” de las que aquí se habla son mujeres de cuidado, con el cuchillo en la liga y el cachetazo pronto. La Tero, la Barquinazo o Antonina la Chata tenían más poder que la Policía en esos antros donde no había noche que no terminase a botellazo limpio. Las mujeres del tango del 900 sabían usar la daga y el puñal, podían salir “con botas de caña alta, que llegaban: asi a la rodilla y en la derecha calzaba la daga un sable bayoneta”. 9 Según Sebreli: “Al contrario de la homosexualidad masculina, que era oculta, el lesbianismo, aunque menos abundante, exhibía agresividad maleva: Pepita Avellaneda, la primera cancionista de tango, vestía de varón según la leyenda, disputaba a Gardel los amores de madame Jeanne”. 10 Pepita no era po7

Tallón: O. cit., pp. 46-49. De Veyga: Archivos (1903), p. 518. 9 Tallón: O. cit., p. 40. 10 Sebreli: Escritos sobre escritos, p. 283. Pepita Avellaneda (nombre real: Josefa Calatti). Cancionista. Cupletista de varietés. Porteña, fue tonadillera y cupletista a principios del siglo xx en Montevideo y Buenos Aires. En su repertorio incluyó varios tangos. Actuó en todos los lugares, desde los cafés cantantes de la Boca, hasta los teatros picarescos como el Cosmopolita o el Alcázar y en los más distinguidos de la época, como el Armenonville y el Palais de Glace. En el café concert Variedades, de Rivadavia y San-tiago del Estero, compartió temporadas con el actor Florencio Parravicini. En su decadencia, trabajó 171 8


ca cosa en la época: “Pepita, que en realidad se llamaba Josefa Calatti, era de carácter impulsivo, que ante nada se arredraba y era capaz de poner ‘en vereda’ a toda una ‘indiada’, aun a costa de tener que bajar del escenario y empezar a repartir ‘cachetazos’ entre los ‘patoteros’. Sabía ‘cantar las cuarenta’ al más ‘pintado’ pero era camarada leal, sin guardar luego ningún resquemor”. 11 Una anécdota de la época, que quizás sea nada más que una leyenda urbana con fuerza de tradición oral, afirma que la cantante Rosita Quiroga relataba a sus amigos que un día se encontró con la Merello, a quien le elogió una pulsera que Tita, también cantante, llevaba en un tobillo. Tita agradeció el elogio y respondió: “Me la regaló mi marido”. “¿Quién es tu marido?”, dicen Rosita que preguntó. “Azucena Maizani”, contestó Tita. Quizás haya sido sólo un chiste de Rosita Quiroga. Quizás haya sido apenas un chiste de Tita Merello. O quizás no. Tallón sigue dando pistas sobre el compadrito: “Lo sexual psicopático, lo erótico relajado, lo venéreo petulante, estaba hasta en el modo de andar del compadrito mismo. [...] A distancia se percibía su olor a casa pública, a degeneración mental, a heredo alcohólico, a erotomanía. [...] Desde el perfume del peinado al brillo de los zapatos, todo en él era erótico. Y desde la mirada al modo de caminar, y desde el hablar amanerado al enjoyamiento de las manos pulidas”. 12 Y también se ocupa de las extrañas relaciones entre el compadrito y su mujer, generalmente prostituta, que lo despide con un beso cuando se va a trabajar al prostíbulo mientras él se queda mirándose al espejo. Eran relaciones violentas: “Cuando le pegaba, ella se dejaba pegar, siendo como era capaz de pelearlo como un guapo, porque no la castigaba con la brutalidad de los que no tenían recursos mejores para señorear a sus rameras, sino con exigencias de dueño lindo, o de enamorado celoso” 13 y aclara, desbarrancando “científicamente”: “También podía ser efecto de la histeria. No hay hombre afeminado -aunque sólo lo sea por exquisitez de temperamento- que no sea histérico y agresivo. Cualquier neurólogo puede dar fe de ello”. 14 Un periodista de la época, Vicente Rossi, puntualizaba: “Los compadritos rioplatenses solían adoptar una pose característica cuando estaban parados, exactamente la misma que el vestido ceñido obligaba a las damas de aquella época, poses de figurín de revistas de moda”. 15 Histéricos, amariconados. Así describen a los compadritos los defensores de la época, como el Armenonville y el Palais de Glace. En el café concert Variedades, de Rivadavia y Santiago del Estero, compartió temporadas con el actor Florencio Parravicini. En su decadencia, trabajó en el guardarropa de damas del cabaret Chantecler, dé la calle Paraná. Falleció el 21 de julio de 1951. Solía comenzar su números cantando: “A mí me llaman Pepita, jai, jai / de apellido Avellaneda, jai, jai / cuando canto en la milonga / conmigo no hay quien pueda”. 11 Enrique H. Puccia: Intimidades de Buenos Aires, Buenos Aires, Corregidor, 1990. 12 Tallón: El tango, pp. 32 y 49. 13 Ib., p. 50. 14 Ib., p. 50. 15 Vicente Rossi: Cosa de negros, Buenos Aires, Hachette-Del Solar, 1958, p.163. Citado por Sebreli: Escritos sobre escritos, p. 283. 172


de aquella tradición. Es más, decían que andaban en cosas de afeminados, que los despreciaban los ladrones de la época. Que posaban como mujeres. Esa era también la descripción que hacían de ellos los periodistas de la época. Y que tenían relaciones homosexuales, agregaba la ciencia. Los compadritos, a despecho, se echaban el ponchito de vicuña, los anillos sobre los guantes y salían a caminar sobre sus tacos altos mientras sus mujeres peleaban con dagas que llevaban en la liga. Cada tanto los “jailaifes” le daban una buena paliza a la puta que los mantenía. Para que aprenda. Eso sí, con exigencia de dueño guapo. Es decir, lindo.

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53. LOS PEDERASTAS DEL BAJO: Ojete en Peligro

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n los excusados y letrinas de Buenos Aires podía leerse: “Aquí se caga / aquí se mea / y se le da por el culo / a quien lo menea” o “Si quieres conservarte / bueno y sano / no des a las mujeres / lo que tienes en la mano”, un consejo que reconocía la apabullante presencia de sífilis entre las prostitutas, pero dejaba la puerta abierta para otro tipo de alegría sexual. En un excusado para varones de Bahía Blanca un profesor alemán, 1 recolector de perlas escabrosas, vio el pedido de algún necesitado: “Si quieres tener / el cuerpo sano / agarrámelo con la mano”. Más allá de la pintoresca ambigüedad de los compadritos, el bajo fondo del fin del siglo xix bullía de homosexualidad concreta aunque disimulada. Así lo confirmaba, alarmado, Eusebio Gómez, a quien ya vimos visitando con intenciones científicas los saraos uranistas: “El grupo de los homosexuales existentes en Buenos Aires es numeroso. Han llegado a formar una rama de la prostitución propiamente dicha, porque el ejercicio de su tráfico obedece, en una inmensa mayoría, no solo al deseo de satisfacer las imposiciones de su naturaleza, sino, muy especialmente, al de obtener un lucro. ‘Los hombres nos pagan –decía un profesional contestando á preguntas que le dirigíamos– porque han llegado a comprender que solamente nosotras les podemos dar el amor verdadero’. Los hombres pagan, agregaríamos, porque el núcleo de los pervertidos se desarrolla cada día más, en proporciones tales que omitimos señalar por temor de que se nos tache de exagerados”. 2 Gómez acepta que si decía la verdad en cuanto a números, no le iban a creer. Escritos de médicos y policías hablan de la presencia de homosexuales en los prostíbulos del bajo fondo, en convivencia pacífica con todo tipo de lunfardos. Esta convivencia parece haber molestado profundamente a Borges, quien algunos años después escribiría sus líneas más homofóbicas en el primer número de la revista Sur. “Añadiré otro ejemplo curioso: el de la sodomía. En todos los países de la tierra, una indivisible reprobación recae sobre los dos ejecutores del inimaginable contacto. Abominación hicieron los dos; su sangre sobre ellos, dice el Levítico. No así entre el malevaje de Buenos Aires, que reclama una especie de veneración para el agente activo –porque lo embromó al compañero. Entrego esa dialéctica fecal a los apologistas de la viveza, del alacraneo y de la cachada, que tanto infierno encubren”. 3 Mientras muchos inmigrantes y anarquistas parecen haber cruzado rela1

Roberto Lehmann-Nitsche (1872-1938). Antropólogo alemán. Profesor de la Universidad de La Plata. En 1923 publicó en Alemania bajo el seudónimo de Víctor Borde un libro llamado Textos eróticos del Río de la Plata. Ensayo lingüístico sobre textos sicalípticos de las regiones del Plata en español popular y lunfardo, recogidos, clasificados y analizados por el autor. De limitada tirada y repercusión en círculos científicos alemanes, el tratado, un conmovedor registro minucioso de chistes, anotaciones en excusados, poesías, adivinanzas y frases guarangas del Río de la Plata, fue editado en Argentina, en Buenos Aires, por la Librería Clásica, en 1981. De allí se extraen estos textos. 2 Gómez: La mala vida, pp. 181-183. 3 Jorge Luis Borges: “Nuestras imposibilidades”, Sur (Buenos Aires), año 1 (primavera 1931), o. 134. 174


ciones sin mayores inconvenientes con homosexuales de la época, exponiéndose despreocupadamente a ser tomados como tales, para horror de Borges, las fuerzas vivas se vieron en la necesidad de redoblar sus esfuerzos en la cruzada heterosexista. Así, el subcomisario Adolfo Batiz, a quien ya conocimos asqueado porque en la estatua de Mazzini se juntaban “pederastas”, en su libro Buenos Aires, la ribera y los prostíbulos en 1880 hace una nada velada defensa de la prostitución, 4 exculpa al compadrito como “un tipo que no hace más daño que exagerar las modas en el vestir”, 5 pide “ser tolerante con los tipos modernos, cada cual tiene el derecho a vivir a su manera y tiene derecho a la vida y respeto que se merece toda persona en cualquiera de las clases sociales en que se encuentra”, 6 pero previene duramente contra la “pederastia” 7 y decreta, ubicándose como jefe moral de la población, lugar que obviamente le quedaba grande: “Cada uno tiene el derecho de ocultar al mundo sus debilidades (menos los pederastas) y no sé hasta qué punto se pueden llamar debilidades a ciertos caprichos exigidos por la naturaleza”. 8 O sea, dentro de la heterosexualidad, todo. Fuera de la heterosexualidad, nada. El historiador e investigador Andrés Carretero habla de “fiestas negras”, “donde además de alcohol se consumían drogas y había intercambios de parejas, no estando ausentes los homosexuales masculinos o femeninos”. 9 Esto ocurría en 1906. O sea, nada nuevo bajo el sol. Aunque consigna un dato que hasta aquí no se había visto, también del mismo año: en la calle 25 de Mayo, en Buenos Aires, había una perfumería que sufrió un allanamiento policial: “Este y algunos otros procedimientos, permitieron tener conocimientos de laboratorios y farmacias que vendían drogas con recetas falsas y entre los consumidores aparecieron homosexuales masculinos en un número inusitado. Se sabía la existencia de ellos, pero se desconocía la verdadera importancia de su número”. 10 4

Elogia incluso “el remate”: “(Muchachos diablejos) que siguiendo la tradición desean un poco de jolgorio, luego, pues, no es de extrañar que gozando del buen humor, antes de terminar el baile, hicieran un circulo cuyo cordón era resguardado por una hilera de muchachos de línea y al centro se echaba la mujer más fea o más linda para rematarla, el remate estaba lleno de dichos criollos y chuscadas del caso, salidos de los labios del rematador o concurrencia, de manera que por noche remataban tres o cuatro mujeres en medio de la risa”. Adolfo Batiz: Buenos Aires, la ribera y los prostíbulos en 1880, pp. 82-83. 5 Ib., p. 43. 6 Ib., p. 96. 7 Es llamativa la cantidad de menciones que hace Batiz en el libro a "la casa que existe en Roma y que proporciona modelos a los pederastas pasivos y de la que se ha hablado mucho en la prensa diaria, y que hace o hacía al tráfico de los modelos pedidos por los pederastas de los distintos países de Europa, en la forma que se hace el tráfico de la carne humana blanca de las mujeres, como quien pide un cojudo para cría y echarlo a la manada, lo que nos indica que la degeneración del homosexualismo ha tomado proporciones verdaderamente excepcionales solo comparables a los tiempos del imperio romano decadente. Estamos, y es una verdad amarga en cuanto al hecho se refiere, en la Roma decadente”, p. 86. Se refería a una “agencia de proporcionar modelos” que parece haber tenido “existencia en la vida pública” en la “calle Corso Umberto I”. Varias veces vuelve a agitar Batiz este “peligro” que viene de Italia. Casualmente el mismo país del que era héroe Mazzini y del que llegaban los obreros anarquistas. 8 Ib., p. 100. 9 Andrés Carretero: Prostitución en Buenos Aires, Buenos Aires, Corregidor, 1999, p. 89 10 Ib., p. 99. 175


En cualquier lado, por cualquier motivo, aparecían homosexuales en la Buenos Aires de principio de siglo XX. Una poesía, famosa en los tugurios del Bajo, vuelve a demostrar la comunidad entre lunfardos e “invertidos”. Se llamaba Décimas del prisionero, de autor anónimo, y llegó hasta nuestros días a través del libro del antropólogo alemán: "Después de haber recorrido / el mundo de arriba abajo. / ¡Aquí me tienen, carajo / en la prisión sumergido! / Ahora sí que me han jodido / con esta nueva receta / la cagada se completa / con estas, putas, prisiones. / Temblorosos los cojones / ¡tanto hacerme la puñeta! / El que es medio bufarrón / ese pasa buena vida / porque toma por querida / algún macho bien culón. / Coje a su satisfacción / y se queda muy derecho, / porque ha sacado el afrecho / que tenía allí guardado. / Pues no lo había sacado / después que allí cayó preso. […] ”Esto suele suceder / al que duerme descuidado, / que algún mal aficionado / le haga saltar el rivete / le haga sonar el ojete / con el mayor desenfado. / Así, señores, más vale / que no perdamos el tino / porque el que ha sido buen vino / suele salir buen vinagre”. 11 En el bajo fondo platense, Lehmann-Nitsche registra las palabras “puto”, “mino”, atenuado a veces como “ministro”, “bufarrón”, que vendría del español “bujarrón”. Buceando en el vocabulario lunfardo de fin del siglo XIX, se encontró el alemán en Ensenada con varias palabras que designaban al homosexual: “bufo”, “bufarra”, “bufarreta”, atenuado a menudo en “buzo”, “buitre”, “hiena”, “pulgo” (el macho de la pulga). También “manflora”, “manflorón”, “marica” y “maricón”. Registra también “dar por retambufa” como coito anal y anota que retambufa es retaguardia, de aquí “retambufero”, el pederasta activo. “Recibir por retambufa”, “llevar por detrás”, “recibir por el orto” son expresiones que “equivalen a practicar la sodomía”. 12 Le llamó la atención al antropólogo alemán el uso de la “acusación homosexual” entre países latinoamericanos. Dice que los argentinos “imputan inclinaciones homosexuales” a los brasileños y los peruanos a los ecuatorianos. Tanto que parece que hubo una época en Argentina, a fines del siglo XIX, que decir “brasilero” era decir “homosexual”, en especial “activo”. Y hacerlo “a la brasilera” era “coito anal”. 13 Pero nada tan curioso como un dibujo al que hace mención y que fue publicado por la “prensa difamatoria”. Aunque no llegó hasta nuestros días el registro impreso, Lehmann-Nitsche narra que apareció la bandera brasileña, ese redondel azul (negro en la impresión) con la franja blanca cruzada, pero en lugar de decir Ordem e Progresso, como reza oficialmente, le cambiaron las palabras respetando las iniciales: “Ojete en Peligro”. El profesor pide con sentido común: “Debería ponerse fin a este abuso provocativo mediante medidas gubernativas. ¡La 11

Lehmann-Nitsche: O. cit., p. 74. Ib., p.312 13 Ib., p.312 12

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ponerse fin a este abuso provocativo mediante medidas gubernativas. ¡La prensa difamatoria peruana es, por lo demás, aun más terrible!”. 14 También de fines del siglo xix parece ser la palabra “tortillera” para designar a las lesbianas. Según el profesor, parece haber sido tomado de la expresión francesa: se tortiller que significa “enroscarse, hacerse una rosca, como la serpiente”; o bien de tortiller des anches, o sea, “contonearse, llevar un meneo de caderas que no es natural” que es, asegura el profesor “el que ejecutan las lesbianas en su tribadismo”. 15 Finalmente, hay una adivinanza popular de la época: 16 “Hombre con hombre lo hace / hombre con mujer también / pero dos mujeres solas / nunca lo pueden hacer”, que jugaba con el evidente conocimiento del público sobre la existencia de las relaciones homosexuales masculinas. ¿Respuesta?: la confesión.

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Ib., p. 312. Ib., p. 312. 16 Fue registrada por Lehmann-Nitsche, con pequeñas variantes, en las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, La Rioja, Entre Ríos, Jujuy y San Juan. O. cit., p. 175. 15

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54. ANARQUISMO Y RADICALISMO: Oíd hermanos mis cánticos rojos

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i el lunfardo fue su lenguaje y el tango su cultura, el bajo fondo tuvo también su política: el anarquismo y el radicalismo. 1 Leandro N. Alem 2 hablaba de los desposeídos y con su enorme barba blanca recorrió el país atacando al “Régimen” y pidiendo mayor inclusión social y política. Para los anarquistas era un compañero de ruta más estratégico que ideológico pero compañero de ruta al fin. Cuando en 1892 los conservadores destrozaron comités parroquiales al grito de “¡Abajo la chusma!”, los radicales amenazaron con pulverizar al Régimen en las urnas. Se lo impedirían de varias maneras hasta 1916. Pero en esos años previos a la Ley de Sufragio Universal, radicales y anarquistas coincidieron más de una vez en las revueltas violentas contra las argucias de Julio Argentino Roca para mantener el poder del Régimen que querían desintegrar. Seguramente el gesto final del suicidio de Alem, pegándose un tiro mientras atravesaba la ciudad en un carruaje sin que el cochero lo advirtiese, recorriendo medio Buenos Aires ya muerto, fue lo suficientemente romántico como para lograr el respeto anarquista. “He terminado mi carrera, he concluido mi misión. Para vivir estéril, inútil y deprimido, es preferible morir. ¡Sí, que se rompa, pero que no se doble!”, escribió en su carta postuma. Ese tiempo, hasta la consagración del radicalismo con la llegada al poder de Hipólito Irigoyen, es el tiempo en el que el tango salta del prostíbulo a las calles, para ser bailado por hombres en las esquinas, aún sin llegar definitivamente al Centro, aún pecaminoso, pendenciero, anarquista. El vals El obrero de Martín Olegario Saldías decía: “Compañeros, cruzados, hermanos / que altaneros marcháis a la lucha / detened vuestro paso y escuchad / mi sonora y rebelde canción. / Oíd hermanos mis cánticos rojos / deteniendo el cordel de la brida”. 3 La huelga de los inquilinatos de 1907 4 tuvo rápidamente una milonga que apareció en el sainete Los inquilinos del payador y escritor Nemesio Trejo: “Señor intendente / los inquilinatos / se encuentran muy mal / pues los propietarios / o los encargados / nos quieren ahogar. / Haber [sic] si usted puede / sacarnos el lazo / y dejarnos vivir. / Pues de lo contrario / se va 1

Blas Matamoro: "Historia del tango”, Historia Popular, Centro Editor de América Latina, núm. 16, p. 14. “La orilla es mal vista por las clases altas y las clases medias asimiladas a aquellas porque representa el peligro de un enfrentamiento fatal con el enemigo. El enemigo es la industria tanto como la clase trabajadora que la encarna; igualmente la baja clase media, la chusma inmigrante sin profesión fija, que aspira a ascender socialmente y competir con la oligarquía en los puestos de mando social. El orillero pide que se le abran las puertas de la universidad, de las escuelas militares y de los cuartos oscuros en que no se vota falazmente. Así como tiene su partido, el radical, la orilla tiene su cultura". 2 Leandro N. Alem (1842-1896). Fundador de la Unión Cívica Radical. Abogado. Combatió en Cepeda y Pavón. Fue uno de los caudillos de la Revolución de 1890, que provocó la renuncia del presidente Juárez Celman. Diputado bonaerense primero, nacional después. Se suicidó el 10 de julio de 1896. 3 Citado por Tabaré de Paula: “El tango: una aventura política y social. 1910-1915”, Todo es historia, núm. 11, p. 13. 4 Josefina, un ama de casa legendaria, organizó la llamada “Rebelión de las Escobas” por el aumento del precio de los alquileres de los conventillos. Rápidamente la protesta se extendió hasta el precio del pan y de la carne y encontró en su camino a algunos rebeldes letrados, como el estudiante Di Tomaso o el doctor Del Valle Iberlucea. Citado por Tabaré de Paula en “El tango”. 178


a armar en todos / la de San Quintín. / Abajo la usura / y abajo el abuso / arriba el derecho / del pobre también. / Pedimos cantando / bailando y en solfa / justicia y justicia / que nos haga usted”. El gran payador de la época, Gabino Ezeiza, 5 fue radical y cuando ganó las elecciones Yrigoyen, de quien era amigo, improvisó en un comité radical: “Usted me propone un tema / que yo le cante a Yrigoyen. / Ese es mi tema querido / el que siempre a mí me oyen. / Yo que lo conozco tanto / digo que a su sentimiento / lo acompaña la honradez / la probidad y el talento”. 6 Por una cruel coincidencia, Gabino murió el mismo día en que Yrigoyen asumía la primera presidencia, el 12 de octubre de 1916. Pero 26 años antes, en una de esas cuatro noches que aterraron a la ciudad con balazos y muertes durante la Revolución del 90, Gabino Ezeiza conocería a Andrés Cepeda, autor de la milonga La conscripción, otro grito anarquista en contra de los valores consagrados por el régimen: “Madre, la Patria me llama / te dejo, voy a partir / qué triste será vivir / lejos del ser que se ama / Toda mi sangre se inflama / al recordar la maldad / con que nuestra sociedad / al abismo nos arroja, / deshojando hoja por hoja / la flor de la libertad”. Si Gabino era el artista radical, Andrés era el más claro ejemplo del artista anarquista. Pero sería mucho más que eso. Casi la descripción exacta de uno de esos chicos que José Ingegnieros estereotipó en su trabajo sobre los canillitas. Andrés era poeta, músico, anarquista, ladrón, borracho, lunfardo, pendenciero, homosexual. Todo lo que el poder execraba. Lo pagó caro. Muy caro.

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Gabino Ezeiza (1858-1916). El padre de los payadores argentinos, fue quien introdujo la milonga en la payada, ya que hasta ese momento los payadores rioplatenses usaban el cielito, la cifra, la habanera, la vidalita y el estilo. En la Argentina se celebra el día del payador el 23 de julio, en conmemoración de la payada que Gabino tuvo con Juan de Nava, en 1884, en Montevideo. 6 Alberto González Toro: “Síganme, aunque me digan aburrido. Campañas políticas en Argentina”, Clarín (Buenos Aires) (16.11.2003). 179


55. EL MALEVO CEPEDA: ¿Te acordás hermano, la Rubia Mireya, que quité en lo de Hansen al loco Cepeda?

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ajo corto, rápido, rojo y rápido. Supo -y no dijo, podrían haber sido sus últimas palabras pero no, los tangos hablarían de eso- por qué el cuchillo se le hundía en la ingle. La placita de México y Paseo Colón quedó desierta. Rápida, roja y corta la extrema discusión. Todavía no eran las seis de la mañana del 30 de marzo de 1910. A los cuatro que venían con él se les hizo fácil perderse en la ciudad antes de que el sol los delatase. Dos se fueron por México hacia el oeste. Los otros dos, entre los que iba el matador, se perdieron por la zona de los diques. Habían salido, minutos antes, del café La Loba Chica 1 donde habían pasado toda la noche. Los tres marineros ingleses que pasaban por ahí de casualidad, vieron todo y nunca sabrían el porqué de esos insistentes cuchillazos buscando la ingle del adversario. No había un lunfardo que les explicase que esa era la costumbre que tenían los homosexuales cuando, debido a cuestiones de honor, protagonizaban una pelea con cuchillo. A la ingle. A la sangre del sexo. Los ingleses le avisaron a Juan Quintana, vigilante de la esquina de Venezuela y Paseo Colón. Cuando Quintana llegó corriendo encontró el charco de sangre, a él en el medio y enseguida supo que estaba frente a Andrés Cepeda. Lo había visto en innumerables rondas de reconocimiento. Andrés era uno de los fichados por el “manyamiento”. 2 Respiraba, todavía, Cepeda, pero la vida se le iba de a borbotones. Quintana preguntó nombres, motivos, datos. Andrés respiraba difícil, pero respiraba. Sin embargo no habló, su mano izquierda se abrió por última vez. Cayó el cuchillo. Había muerto. “La muerte, según el informe médico expedido por el doctor Carlos de Arenaza, se produjo por una herida cortante en el tercio superior externo del muslo izquierdo, lo que le provocó una grave hemorragia externa. En el parte policial consta que ‘tenía 40 años, era alto, delgado, trigueño y tenía una cicatriz en el lado izquierdo de la cara; vestía saco negro, chaleco de fantasía color oscuro con pintas verdes, pantalón gris a rayas, zapatos de cuero amarillo y sombrero ‘Orion’ negro. Entre sus pertenencias se hallaron: el citado cuchillo, que era de cabo negro con tres remaches amarillos, hoja de 20 centímetros marca ‘Bianco’; una vaina de cuero negra; una revista literaria; un 1

La Loba Chica, café ubicado en México 171/173, Buenos Aires. Propiedad de Rosa Balerío, a quien se la conocía por ese seudónimo y vivía en concubinato con Cesáreo Baneira, también de malos antecedentes. Datos del investigador y payador Víctor Di Santo: “Andrés Cepeda”, Club de Tango (Buenos Aires), núm. 40 (enero/febrero 2000). 2 El reconocimiento policial, conocido en años posteriores como el “mangiamiento”. Se realizaba en la azotea del departamento de Policía. Se lo conocía en lunfardo como la “yira”. El preso iba de comisaría en comisaría para ser reconocido por el personal de cada una de ellas. En la práctica, era un encarcelamiento constante. 180


Andrés Cepeda, toda una leyenda de la Buenos Aires lunfarda de comienzos del siglo XX . Poeta, delincuente menor, anarquista y homosexual, sus tangos fueron cantados por Carlos Gardel.

pañuelo de color lila a cuadros y otro blanco con guardas de color; dos cartas; un portamonedas de cuero colorado con dos pesos, moneda nacional; dos facsímiles de billetes de banco; una etiqueta de cigarrillos ‘La Paz’; una cartera de color marrón con 45 centavos en monedas, una corbata de seda color gris con pintas granates, y estaba registrado en Defraudaciones y Estafas con el N2 635’. Hasta aquí, la letra fría del sumario instruido por la comisaría 2a, única documentación válida encontrada.” 3 Lo que los ingleses no supieron entonces era que presenciaron la muerte de “el divino poeta de la prisión”, uno de los primeros poetas del tango argentino, amigo de Carlos Gardel, de Fray Mocho, de Gabino Ezeiza, de José Razzano: de hombres que de alguna manera marcaron para siempre la cultura argentina. A cien años de su muerte, todavía un grupo de investigadores discute acaloradamente sobre los detalles de la vida de Andrés Cepeda. Di Santo publicó su trabajo en el 2000, descalificando en parte investigaciones anteriores de Miguel Angel Lafuente y José Barcia, quienes escribieron sendas comunicaciones sobre Cepeda para la Academia Porteña del Lunfardo. También descalifica a Luis Soler Cañas, quien investigó al poeta y publicó sus trabajos en la prensa, y a Víctor Barrenechea, autor de Andrés Cepeda, su drama y su poesía. Vidas azarosas. De los asilos a las cárceles, hoy prácticamente inhallable. ¿Por qué tanto debate por un delincuente con más entradas en la cárcel que poesías? Seguramente por la fascinación que provoca aún hoy un hombre que podría haber sido estrella de la época y prefirió ser fiel a sus inquietantes convicciones. Pese a tantas discusiones, pese al disfraz bienintencionado de la época, que buscó e inventó romances con mujeres, ningún investigador pudo eludir el tema de la homosexualidad. Aunque les hubiera gustado. Andrés no les dio oportunidad aunque también se encargó de dejar un montón de pistas falsas sobre su personalidad. Eran purretes. Andaban por el Once, por el Paseo Colón, por las rancherías de Pompeya, por Beodo. Eran inseparables, los chicos. Andrés había conocido a Gabriel Alno y desde ese día habían compartido aventuras. 3

Di Santo: O. cit. 181


Eran purretes. Andaban por el Once, por el Paseo Colón, por las rancherías de Pompeya, por Boedo. Eran inseparables, los chicos. Andrés había conocido a Gabriel Alnoy 4 y desde ese día habían compartido aventuras. Hasta que ambos decidieron escaparse de sus casas. Juntos, como los chiquitos que retrataba Cambaceres; revoltosos, como los describía Ingegnieros; homosexuales, como los determinaba De Veyga. Los cafés vieron a Andresito con su cajón de venta de cigarrillos, con su cajoncito de lustrabotas, con su caterva de amigos canillitas que vivían en la calle, en las chozas que armaban cerca del puerto. Había nacido en 1869 y después de varios años de pandilla entre el Paseo de Julio y la recova del Once, a los quince cayó enfermo. Alguien lo llevó entonces de vuelta a la vieja casa paterna. El padre de Andrés ya había fallecido. Andrés se quedó ahí, en el barrio de San Cristóbal, escuchando a su hermana Zulema que le leía poesías criollas de la revista uruguaya El Fogón, muy popular en ese entonces. Se despertó el poeta del chico de la calle. Quiso saber las letras, el alfabeto, su mágica juntura. Ya tenía veinte años en 1889 cuando conoció a Enrico Malatesta, 5 quien lo invitó a que se sumara junto con Gabriel al trabajo del local donde se imprimía La Hoja Obrera. A partir de los 24 años, Andrés fue detenido una y otra vez. Di Santo hizo un registro extenso de esas detenciones y demostró que en ninguna de ellas el motivo declarado por la Policía para detenerlo fue la militancia anarquista. La primera vez, el 1B de abril de 1894 en la esquina de Belgrano y Caridad, a las 20.30 horas, por contravención al edicto que no permitía llevar armas. Lo que mandó a Andrés a la comisaría fue un pequeño cuchillo de mango negro de madera. Después, el 13 de diciembre del mismo año, lo llevaron acusado de robarle un reloj de pared a la señora Catalina Bares, de la calle Rioja 2.280, cerca de la calle Caseros. Lo describieron como “argentino, de 25 años, soltero, blanco, pelo castaño, de bigotes ídem, ojos castaños, cigarrero, lee y escribe”. El 7 de abril de 1895 fue detenido en la esquina de Bulnes y Gorriti. Lo mandaron al Depósito de Contraventores acusado de ebriedad y desorden. Dos meses después. Medianoche de junio. Andrés estaba en un almacén ubicado en Soria 530 escuchando a un cantor y guitarrero. Entró el vigilante y les indicó que debían retirarse. Pequeña batahola, dos de los parroquianos fueron asaltados y lesionados por cinco personas entre los que, dijo la Policía, se encontraba Cepeda. Preso. Al mes, en un almacén de Liniers y Venezuela, otra vez detenido por ebriedad y portación de armas. 4

Di Santo descree de la amistad con Alnoy (“Noy”, lo llama) porque dice que a pesar de sumar entre ambos un centenar de entradas en distintas comisarías, nunca lo hicieron juntos. 5 Enrico Malatesta (1853-1932). Líder anarquista que vivió en la Argentina desde 1885 hasta 1889. Publicó aquí el periódico La Questione Sociale, propuso la creación de sociedades internacionales de carpinteros, ebanistas y anexos. En 1887 ayudó a constituir la Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos. Junto con Pietro Gori dieron un gran impulso al anarcosindicalismo en el país y fueron especialmente temidos y combatidos por el Régimen. 182


El 10 de noviembre se agarró a trompadas con un tal Félix Gallo, en Zavaleta y 92. Le dejó un ojo en compota mientras el otro le lanzaba cuchillazos a la ingle. Fue detenido y acusado de lesiones. El 3 de abril de 1896 lo llevaron por hurto pero fue sobreseído. Tres meses después, el 20 de julio, protagonizó una de esas grescas míticas del arrabal. Entró con tres amigos al almacén de Independencia y Castro Barros. Pasó a la trastienda del lugar, en donde unas diez personas compartían unos tragos de ajenjo y de ginebra. Entró resuelto Andrés, encaró a dos o tres del grupo y les comenzó a gritar. Como en las películas, uno se paró, agarró un banco y lo lanzó a los visitantes. La riña terminó en desbande cuando llegó la Policía, que solo encontró a los que no pudieron fugar: “Tres del bando ofendido, con diversas heridas; uno con un hachazo en la cara, otro con las dos manos tajeadas y el más grave con una profunda herida en el vientre”. 6 La marca sexual de la ingle que ya no se podría borrar. Andrés escapó aunque recibió dos balazos. Lo encontró grave la Policía al día siguiente en su casa de la calle Oruro. No le pudieron sacar una sola palabra de lo sucedido. Así arreglaban sus cosas los hombres. Un mes después ya estaba repuesto y el 22 de agosto a las once de la noche, en Europa y Soria, los de la comisaría 28 lo detuvieron, borracho. Como no pudo pagar la multa, lo mandaron a la alcaldía 2a. El 4 de enero de 1897 como a las once de la noche, Andrés y su pandilla entraron al café de San Juan y Alberti, directo a discutir acaloradamente con un parroquiano al que Cepeda terminó cacheteando. El otro quiso sacar un arma pero Andrés, más rápido, lo acuchilló y salió corriendo. Dos meses y medio estuvo prófugo, hasta que cayó en la madrugada del 20 de marzo, cuando según la Policía intentó asaltar a una persona en Deán Funes y Constitución, donde lo detuvieron. El 4 de mayo a la una de la madrugada participó de una pelea entre varios en Pasco entre Cochabamba y Constitución. Lo detuvieron por lesiones. En octubre otra vez adentro, por ebriedad y portación de armas. Ahí se abrió un período de 18 meses de tranquilidad pero en 1899 volvió a las comisarías: el 26 de abril por sospecha de hurto; el 8 de octubre por complicidad en intento de estafa; y el 12 de noviembre por tentativa de estafa: seis meses de arresto. Con el nuevo siglo le fue aún peor. El 29 de abril de 1900 fue detenido por estafa y “sospechamos que a partir de este hecho comenzaron los problemas para Cepeda”, dice Di Santo, como si hasta ahora Andrés hubiera pasado sus días en un lecho de rosas. Lo había admitido De Veyga, la Policía utilizaba los códigos y edictos, alegaba contravenciones para crear un “delincuente reincidente” y entonces pedir su “vigilancia activa”. 7 Y Andrés Cepeda era justo el candidato para requerir “vigilancia activa”. La esencia del mal según De Veyga. La comisaría de investigaciones avisó: “Este sujeto es conocido por los 6 7

Di Santo: O. cit. Salessi: Médicos, maleantes y maricas, p. 158. 183


La comisaría de investigaciones avisó: “Este sujeto es conocido por los nombres de Manuel González o Rufino o Rogelio Domínguez y como es un individuo peligroso y carece de bienes ni ocupación alguna, soy de la opinión que debe ser conocido por el personal de la repartición”. Firmaba la nota el comisario Carlos J. Costa y significó para Andrés ser detenido arbitrariamente durante los próximos diez años, los últimos de su vida, cada vez que lo encontraba un policía. “Un verdadero vía crucis”, sintetiza Di Santo. El 19 de marzo de 1901, en Cabrera y Bustamante, lo detuvieron y lo enviaron al departamento acusándolo de desertor a la Ley de Enrolamiento. Declaró que no se enroló porque la autoridad se lo impedía: siempre lo detenían. El 17 de enero de 1902 la causa alegada para arrestarlo fueron amenazas de muerte a un vigilante. Nada calmaba la ira existencial de Andrés. Iba caminando con cuatro amigos a las once de la noche del 17 de marzo de 1903 por Independencia, entre Pozos y Sarandí. Estaban un poco ebrios. Una vez más se iba a dar la secuencia de “grupo caminando amistosamente + riña entre ellos”. Nadie contó por qué Andrés y “Barberito” (Salvador Lavera), que venía en el grupo, comenzaron la pelea. Todos sabían que la cosa venía de largo. Andrés arrancó del enrejado de uno de los árboles de la calle una varilla de hierro. No fue un altercado menor. Andrés tiró al piso a Barberito con un fierrazo que le pegó en la oreja izquierda. Una vez en el suelo, le siguió pegando. Los gritos en la noche porteña avisaron al botón de la esquina y los detuvieron. En la comisaría 28 aseguraron que entre las ropas de Andrés encontraron una nota que decía “Magdalena, yo creo que me van hacer causa porque lo lastimé al barbero, después te informaré al respecto”. Andrés no solo rechazó ser el autor de la nota, sino que aseguró no entender qué hacía ese papel ahí. Negó conocer a Magdalena 8 alguna. Los investigadores, siempre tan dispuestos tanto a creer en la heterosexualidad de Andrés como a desechar indicios de homosexualidad, aseguran que convivía con Magdalena Deuconte, en Salcedo 2933. Se basan en ese papelito y en otro encontrado más tarde que Andrés siempre desmintió. Es cierto que Andrés falsificaba habitualmente los datos sobre su vida, 9 pero sus biógrafos aseguran sin demasiadas pruebas que, siendo adolescente, se enamoró de una chica y por la traición de esta se dedicó a la bebida y la mala vida. Y como no les parece suficiente dato para hablar de la deseada heterosexualidad de Andrés, juran también que su amor imposible fue una chica de clase alta y que al no poder concretar ese romance se entregó a los vicios.

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En el folleto de poesías Hojas sueltas Cepeda publicó una poesía a la que tituló Magdalena. A lo largo de sus entradas en las comisarías, siempre dio direcciones distintas, muchas de ellas falsas, pero verosímiles: todas estaban en jurisdicción de la antigua parroquia de San Cristóbal (ver Di Santo: O. cit.). 184 9


Sus biógrafos parecen no querer asomarse al abismo de la personalidad de Cepeda. Aducen que sus poesías siempre se dedican al amor heterosexual. Otra vez aparece el problema de cómo dialogar con la historia de la homosexualidad en épocas que si bien parecen haber podido convivir con los diferentes sexuales, nunca hubieran permitido el registro de afirmación homosexual. Eso era tan impensable como que Carlos Gardel hubiera escrito sobre el amor entre hombres y hubiera podido cantar y publicar esas canciones. 10 Muchos años más tarde, el amigo y compositor de Carlos Gardel, José Razzano, muy amigo de Andrés, diría que a Cepeda lo encerraba la Policía por anarquista, en un intento por limpiar su imagen, quizás culposo por haberse quedado con los derechos de sus composiciones. Es más romántico un anarquista que un ladrón pendenciero. Es tan poco confiable el registro policial, tan proclive a inventar causas, que poco es lo que puede asegurarse al respecto. Lo más probable es que haya sido una mixtura lunfarda, un personaje bohemio del bajo fondo que podía reunir todas las características. En la detención del 9 de junio de 1904 por la comisaría 2a, fue acusado de agresión a la autoridad y lesiones. Eso se puede deber a que estaba borracho, a que le gritó una consigna anarquista al vigilante de la esquina o a que el policía lo quiso detener para otro manyamiento y Andrés se resistió. O como dijo un diario de la Capital “por estafar a un chacarero de Chacabuco”. Lo que parece estar fuera de toda duda es que Andrés no dejaba las cuentas de honor sin saldar. El 4 de febrero de 1905 iba caminando por Viamonte, mirando el piso, y al llegar a Rodríguez Peña sintió algo en el ambiente. Se paró en seco. Levantó la mirada. El laberinto que habían ido tejiendo en la ciudad por casi un año, finalmente los convocaba en ese punto vacío de una Buenos Aires que dormía la siesta del verano. Se reconocieron sin palabras. Ahí estaba el Barberito. No tardó nada en brillar en la mano del Barberito un cuchillo; en la de Andrés, un puñal. Eran las cuatro de la tarde y no hubo testigos de los insultos, de las miradas fieras, del dolor antiguo. El Barberito sintió el tajo en la cara al tiempo que Andrés perdía para siempre la posibilidad de usar el pulgar izquierdo y el meñique derecho. 10 La historia de la cultura universal está plagada de disfraces heterosexuales que la sociedad obligó a usar a sus protagonistas. Aunque para algunos siga siendo un mito que el modelo original de La Gioconda fuera un muchacho querido por Leonardo Da Vinci o que En busca del tiempo perdido de Marcel Proust pueda ser leído en clave homosexual. Sin embargo, hay una poesía de Cepeda que Gardel grabó como un vals, En vano, en vano, en donde se habla de un amor sin especificar sexo, un subterfugio bastante común en la literatura de la “cofradía”: “En vano, en vano / quise discreto / guardar en secreto / mi amor por ti. / Pero ya no puedo más ocultarte / que para amarte / solo nací. / Te amo y te adoro / con amor ciego, / con todo el fuego / de la pasión. / Por ti he perdido / la paz del alma, / la dulce calma / del corazón. / Mi amor es grande, / grande y profundo / como en el mundo / no puede haber. / Si me dejara / el alma mía / tal vez un día corresponder”. Claro que, como todo en la vida de Andrés, está teñido de ambigüedad. En el disco grabado por Gardel en 1912, el tema está firmado por Gardel/Razzano. No sería la única vez que el dúo se apropie de poesías de Cepeda o de otros autores. No había ley de propiedad intelectual y para qué dejar los derechos en manos de alguien ya fallecido. Según José Barcia en su “Comunicación Académica Ns 97 de la Academia Porteña del Lunfardo” la poesía es de Cepeda: “el hermoso vals En vano, en vano fue traducido al inglés, y al francés. Gardel lo cantó en Montparnasse y refería que los parisienses le pedían los versos para aprenderlos de memoria”. Hay otras fuentes que también aseguran la autoría de Cepeda de estos versos.

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Cuando llegó la Policía, los lunfardos dieron clase de caballerosidad. Dijeron que eran amigos, que pasó un desconocido que agredió a Cepeda y que Barberito sólo quiso ayudar. Podían ser cualquier cosa, menos “batidores”. 11 Demostrando la arbitrariedad de la represión, Barberito fue a parar por este hecho menor, sin testigos ni acusador, siete años a la penitenciaría. Andrés estuvo preso durante nueve meses. Pero ya en 1906 la ciudad era para Andrés una cárcel continua. La persecución era sistemática. Si cruzaba de una jurisdicción a otra era detenido para el manyamiento. Estaba enfermo, triste y sentía al mundo como una enorme pata de elefante que le aprisionaba el pecho. Le escribió al jefe de Policía: “Esto es terrible, señor jefe, y conozco la nobleza de su corazón. Estoy enfermo y como se me niega la asistencia médica, acudo a usted para que se digne siquiera hacerme remitir a un hospital. Soy un ser humano y como tal aprecio mi existencia aunque es tan mísera y triste”. Como cualquiera podía esperar, excepto un romántico como Cepeda, nadie lo escuchó. Cuando asumió como jefe de Policía Ramón L. Falcón, volvió a escribir: “Respetable señor. Con el respeto que su distinguida persona merece, el que suscribe se permite molestar la atención de v.s. con estas líneas, las cuales persiguen el solo fin de manifestar a v.s. lo siguiente. Señor Jefe, cuatro años y meses hace que debido a una disposición, recorro las comisarías del municipio a los efectos del reconocimiento y como comprendo que ya no queda un solo agente o empleado que no esté cansado de verme todos los días en los calabozos, vengo humildemente a manifestárselo a v.s. abrigando la esperanza de que tomará en consideración lo conocido que soy y se apiadará de mí, pues como digo, durante el tiempo que menciono, solamente horas logré permanecer libre. Debo hacer presente, que desde que existe esta disposición, solo unos cuantos desgraciados estamos sujetos a ella, motivo por lo cual solo servimos de incomodidad en las comisarías, pero como tal vez v.s. ignora esto, me permito hacerlo notar, como también digo, que la mayoría que andamos en (la gira) no estamos en la galería pública, como yo, que solo pesa sobre mí una condena del juez por tentativa de estafa. Por estas razones y sin discutir los actos de mando, solicito de v.s. se digne ordenar me dejen cumplir mi arresto en el depósito de contraventores, favor que sabré agradecer eternamente, pues como digo, solo de estorbo sirvo en las comisarías. Dios guarde a Ud. por muchos años. Andrés Cepeda”. Demasiado ingenuo, el anarquista peleador esperó una respuesta de Falcón quien, como vimos, tres años después hablaría de “ciertos focos de patología social inasimilables a nuestra personalidad colectiva”. 12 El 4 de noviembre lo encontraron a las tres de la mañana intentando robar en una casa de la calle Victoria 2520. Es la última entrada por delito registrada, ya que todas las demás son por el manyamiento. Cuando a Gardel le acercaron en 1925 el tango Tiempos viejos, un éxito 11

Ya veremos que hay dos tangos cantados por Gardel, que están inspirados en la muerte de Andrés Cepeda y que destacan el cumplimiento de ese imperativo varonil de no delatar. 12 Ver la página 115 del capítulo 33 de este libro. 186


Cuando a Gardel le acercaron en 1925 el tango Tiempos viejos, un éxito que José Muñiz cantaba en La maravillosa revista de Manuel Romero y Luis Bayón Herrera, el morocho del Abasto puso como condición para interpretarlo que se le cambiase la estrofa “¿Te acordás hermano, la Rubia Mireya / que quité en lo de Hansen al loco Cepeda?”, porque sentía que esa mención no le hacía honor a su amigo. Por eso en su versión se escucha “que quité en lo de Hansen al loco Rivera”. 13 En las primeras grabaciones que realizó Gardel, en 1912, de catorce temas, cinco son de Cepeda: Me dejaste, 14 La mariposa, 15 El almohadón, 16 A mi madre, 17 y Yo sé hacer. 18 Lola Membrives también incluyó en su repertorio trabajos de Andrés, como El pingo del amor, que se convirtió un éxito en su voz. 19 Hay algunos otros datos sueltos, en general contradictorios, sobre la vida de Andrés. Cuenta el payador Francisco Bianco que Andrés era “un paisano del pueblo de Brandsen, aventurero por cierto, le dio por recorrer los paisajes del gran Buenos Aires, en donde se puso a tono con amigos orilleros de todo ambiente. Todas sus poesías las escribió hallándose preso y se difundieron y popularizaron por la voz de los viejos troveros de los barrios porte13

Hoy, el tango de Romero y Canaro figura a veces con la letra “el loco Cepeda”, a veces con “el loco Rivera” y hasta “el guapo Rivera”. 14 “Estilo. En los discos aparece como obra de Gardel; sus versos, en realidad, pertenecen al ‘divino poeta de la prisión’, Andrés Cepeda. Para el cantante fue trascendental haber descubierto la obra de Cepeda: cinco de las composiciones de 1912 llevan letra suya, aunque ninguna esté acreditada.” Héctor Ángel Benedetti: “Apostillas al Gardel de 1912. Una descripción reseñada de sus primeras grabaciones”, Todo es Historia (junio 2003). 15 “Estilo. También conocido como Gorjeos y como La mariposa liviana. Los versos son de Andrés Cepeda; Gardel volvería a grabarlo en 1917, en 1929 y en 1930. La partitura fue dedicada a Lola Membrives.” Benedetti: O. cit. 16 “Vals. Otra poesía de Andrés Cepeda, ahora puesta sobre la música de ¿Qué me habrán hecho tus ojos? (Tu diagnóstico], de José Betinotti, que a su vez era otra de las viejas melodías criollas que venían repitiéndose de canción en canción. Entre los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX estos motivos seguían siendo tomados con total despreocupación por cuanto cantor quisiese, bien para adaptarle estrofas propias, bien para cuando olvidaban la música de las ajenas; y así fue como quedaron establecidos y ‘firmados’ durante este período. Además de en El almohadón, las notas de ¿Qué me habrán hecho tus ojos? se escuchan en otras composiciones, como A 1a Guardia Nacional (Gabino Ezeiza).” Benedetti: O. cit. 17 “Estilo. Otro título de Andrés Cepeda, aunque en la etiqueta del disco figure sólo Gardel. Cabe aclarar que Luisa Rovira ya había grabado para la misma Columbia un estilo de idéntico nombre, e Ignacio Corsini otro para el sello Victor. En realidad, A mi madre como título o subtítulo era muy común. Gardel hará un nuevo registro en 1920, rebautizándolo Pobre madre." Benedetti: O. cit. 18 “Cifra. En su original, estas décimas se titulan Hernández (también recitadas como A Hernández o como José Hernández, por sus líneas iniciales: ‘Dijo Hernández con razón / en acriollado lenguaje / es al ñudo que lo fajen / al que nace barrigón...’). Son de Andrés Cepeda. Sus versos fueron muy divulgados y hubo una época en que cualquier músico le ponía su propia melodía en cualquier ritmo, siendo la de Gardel una más entre tantas (aunque más afortunada por haber accedido al registro fonográfico). Cepeda despliega en Hernández un verdadero catálogo de actividades rurales, comparando la instrucción escolar con la que da el trabajo en el campo: pialar, poner un apero, bolear en campo raso, carnear una res, capar un potrillo, arar, sembrar, cosechar, armar un lazo trenzado, hacer de baqueano en el desierto, participar en la esquila y en la yerra, domar un mañero, etcétera. Parte de la música de Yo sé hacer reaparecerá en El pangaré, estilo que Gardel graba cinco años más tarde.” Benedetti: O. cit. 19 Luis Soler Cañas: “La mala vida. Crónica de un poeta ladrón”, Clarín (4.6.1972), p. 26. 187


ños”. 20 Hay quien afirma que su gran compañero “en la vida y en el arte” fue el payador Luis Galván, 21 hecho que no corrobora ningún otro biógrafo. Y entonces, la muerte. Di Santo dice: “El origen de la pelea jamás fue develado oficialmente, ya que ninguno de los intervinientes pudo prestar declaración, ni se detuvo a los testigos del hecho. La versión que circuló por décadas, fue que se trató de un arreglo entre homosexuales, opinión, que si bien nunca fue avalada, tampoco fue desmentida”. No se entiende por qué Di Santo asegura que la versión “nunca fue avalada” ya que él tenía conocimiento de las dos comunicaciones de la Academia Porteña del Lunfardo, que ampliamente avalaban la “versión” de la homosexualidad: la de Miguel Ángel Lafuente en donde consta: “Parece confirmarse, empero, la versión de que Cepeda era homosexual activo. Días pasados, con los señores académicos Alposta y Bossio, visitamos al anciano poeta Martín Castro, 22 con quien conversamos acerca de viejos escritores populares. Al referirse a Cepeda nos ratificó Castro que aquel tenía inclinaciones sexuales aberrantes. Un individuo vejado por Cepeda se habría convertido en motivo de burla para sus compañeros y conocidos. Por esa razón emigró a Montevideo, pero tiempo después, al regresar a Buenos Aires, se vengó de Cepeda infiriéndole una puñalada. Esta es, en síntesis, la versión de Martín Castro” y la de José Barcia, que decía: “Hablé con un viejo malandrín. Lo había conocido y más de una vez compartieron el cuadro en la leonera. Me aseguró que la muerte de Cepeda fue el epílogo de una disputa por la posesión de un muchacho maricón, porque tanto Cepeda como su matador eran bufarrachos”. 23 Castro aseguró, según Lafuente, que a Andrés Cepeda le gustaban los “jopendes”. Si fue por venganza o disputándose un lindo “jopende” como trofeo sexual, será difícil saberlo. Lo que se conoce es que al asesino no le fue tan bien. Poco tiempo después en Palermo, en la calle Tagle, cerca del ferrocarril, murió acuchillado. Las deudas del arrabal siempre se pagan. Andrés tuvo oportunidad de denunciar a su asesino segundos antes de la muerte, cuando el oficial Quintana se lo preguntó. No lo hizo y ese gesto inspiró más tarde dos tangos que cantaría Carlos Gardel. 24 Apenas disfrazando algunos nombres, la “gesta” de Andrés quedó grabada en Sangre maleva, con música de Dante Tortonese y letra de Juan Miguel Velich y Pedro Platas: “Por 20 Texto de Francisco N. Bianco, de una nota de 1959, que consta en el sitio de Internet todotango.com. 21 “Andrés Cepeda, hombre misterioso e infortunado, tuvo sin embargo un compañero en la vida y en el arte, Luis Galván, quien le dedicó unas décimas de despedida cuando apareció muerto de una puñalada en el paseo Colón en 1908.” Amalia Sánchez Sívori: Diccionario de payadores, Plus Ultra, 1979, p. 53. 22 Miguel Ángel Lafuente: “Comunicación N° 259”, Academia Porteña del Lunfardo (Buenos Aires) (septiembre 1968). 23 José Barcia: “Comunicación N° 97”, Academia Porteña de Lunfardo (Buenos Aires) (abril 1966), p. 6. 24 Según la interpretación del abogado, productor radial y director del sitio de internet todotango.com, Ricardo García Blaya, en una investigación corroborada por el tanguero Oscar del Priore.

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Boca, Avellaneda, Barracas, Puente Alsina, / Belgrano, Mataderos y en todo el arrabal / paseó sus gallardías el zurdo Cruz Medina, / que fuera un buen amigo, sin grupo servicial. / Templado en el suburbio, fue taita entre matones, / vivió tejiendo sueños allá en el callejón, / en donde por las noches rondaban los botones / y en el café del barrio gemía el bandoneón. / Era un malevo sin trampas, sin padrinos y sin gloria; / sin miga de tanta historia, pero buen mozo y de acción. / Caseros lo vio jugarse sin aflojar ni un chiquito, / y en la nueve queda inscripto su coraje de varón. / Pero una noche oscura, guapeó en Avellaneda, / y en una rinconada del trágico arrabal / sonaron tres balazos y sobre la vereda / caía un hombre herido blandiendo su puñal. / Se oyeron los auxilios, corrió la Policía, / y en un charcal de sangre, sonriendo al taita halló, / que herido mortalmente, rebelde en su agonía, / con voz de macho entero, sin pestañear habló; / No me pregunten agentes, el hombre que me ha herido, / que será tiempo perdido porque no soy delator. / Déjenme, nomás, que muera, y esto a nadie asombre, / que el varón para ser hombre, no debe ser batidor”. Otro homenaje en clave está en el tango No fue batidor, con música de Enrique Mora y letra de Germán Rienda: “Los barrios porteños, lo vieron pasearse / luciendo su estampa en toda ocasión. Y allá en Mataderos, buscó refugiarse, / sentando su hombría de guapo en la acción. / Por hombre derecho llegó a conquistarse, / no solo gran fama, sino un corazón, / por quien una noche llegara a jugarse / la vida en un duelo, frente a otro varón. / Sin padrinos ni testigos / se encontraron los rivales y el silencio de la noche un disparo interrumpió. / Y el malevo en desventaja por las armas desiguales / con el pecho ensangrentado como un macho allí cayó. De pronto un auxilio, y allá en la cortada / tendido en la calle se ve aquel varón... / que ayer entre taitas bien fuerte tallaba, / y al que hoy un cariño, sus manos pialó. / Rodeao de botones, se aguanta rebelde, / no afloia ni un pucho y en tanto dolor, / con gesto de rabia, los labios se muerde, pa' no dar el nombre de aquel que lo hirió. / Y el malevo ya vencido, / palpitando su agonía, / mirando a la Policía, / suplicaba en su dolor: / ‘Déjenme morir tranquilo, / sin que deschave su nombre / que el hombre para ser hombre ¡No debe ser batidor!’”. Impresiona gratamente la falta de prejuicio de los autores que obviamente conocían la homosexualidad de Cepeda o al menos el mito de su existencia y, sin embargo, hablan no solo de su “coraje de varón”, su “voz de macho entero”, su “hombría de hombre de acción” sino que además lo erigen como ejemplo de masculinidad al no ser “batidor”. Cumple el “deber ser” no por su sexualidad sino por su actitud honrosa ante la vida. Si bien no fue un dato muy difundido el hecho de que tanto Sangre maleva como No fue batidor estuvieran inspirados en Andrés Cepeda, los iniciados sí sabían de qué se trataba. Para ellos era un homenaje bastante claro a un anarquista reputado como delincuente y homosexual. Menos optimista podría ser pensar que los autores cubrieron al poeta difunto con loas a su masculinidad para disfrazar su homosexualidad. Sin embargo, en ninguna de las dos canciones se utiliza el subterfugio de la mujer por la cual habría muerto el muchacho, lo que le daría cabalmente su interpretación heterosexual que ninguno de los auto189


le daría cabalmente su interpretación heterosexual que ninguno de los autores estuvo dispuesto a hacer. Andrés, rubio, picado de viruela, con bigotazo enorme, vivió rápido y murió a los cuarenta. Sus poesías son tristes, muy tristes. Tuvo la virtud, la desgracia, de ser el cometa que encarnó el espíritu del paso de un siglo a otro. Brilló, repartió fuego, desapareció. En su velorio, más que simbólicamente, la Policía entró y se llevó a casi toda la concurrencia según le contó Raymundo Bianco, “el argollero de Constitución” a su sobrino Francisco. 25 Con su muerte se iba también una Buenos Aires lunfarda que de allí en más soportaría demasiadas traiciones. Y así como Andrés no figuró en las canciones que escribió y que se siguieron cantando en todo el siglo XX, el barro que le dio origen también sería negado. La Policía se los llevó a todos.

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Bianco: O. cit.


56. EL TANGO DECENTE: La oligarquía concede al tango el derecho de ser tocado en público

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l enfrentamiento fue cultural y puede decirse que terminó en empate. El sur mostraba el tango. El norte, su mirada europea. Las escaramuzas fueron reales: de un lado los malevos, los compadritos; del otro, los “patoteros”, chicos bien de familias distinguidas, que habían viajado a Europa y gozaban de su inmunidad bajando a los “quilombos” del sur, después de hacer escándalos en los teatros de variedades que se abrieron a principios del siglo XX, a todo lo largo de la recién inaugurada Avenida de Mayo. Pero los “patoteros” o “indiadas” no llegaban hasta los “piringundines” de La Boca, no era prudente. 1 Cuando andaban por los lugares del tango, lo hacían incitando a “cerrar esos peringundines inmundos, indignos de constituirse en lugares de diversión para gente distinguida, que conocía los cabaret de París. Y las incursiones fueron mayormente exitosas”. 2 Un reflejo perfecto de las tensiones sociales y políticas entre el Régimen y el radicalismo. “El carácter de la pugna no era musical, sino social”, escribió Tulio Carella. 3 Los primeros indicios del armisticio los dio el Armenonville en Avenida del Libertador y Tagle. Un lugar para escuchar tango pero ya sin la presencia de los anarquistas, las prostitutas pobres, los obreros. Un jardín, con kioscos y paseos en donde cenar al aire libre en las noches de verano. El tango se adecentaba. El Armenonville, el Royal Pigalle, el Elysée podían pagar sueldos a los músicos que comenzarían a vestirse bien y ser profesionales. Cambió musicalmente el grupo de tangueros, que podía entonces, además de bandoneones, contar con un piano. El “contra-tango” que pedía Manuel Gálvez estaba por nacer. Como bien escribió Carella: “El tango declara una época, la explica”. En pleno festejo del Centenario, el 25 de mayo de 1910, en la paqueta Avenida de Mayo, frente al palco presidencial, la banda militar tocó el tango de Bevilacqua y Timarni, Independencia. 4 Ya nada sería igual. Solo dos meses antes la Policía había arremetido contra los llorosos amigos de Andrés Cepeda en su velorio. Era, efectivamente, el fin de una época. Ahora el tango era oficial. Dos años más tarde, la oligarquía comprendería que los tiempos estaban 1

“En lo de jugar a la guerra con el malevaje, los patoteros estaban mejor en el barrio de prostíbulos de Junín y Laval\e, en la dmtiasquería del bosque de Palermo, en lo de Hansen, o en el café La Pajarera, del stud del mismo nombre, frente al costado bajo del hipódromo. En tiempos en que no estaba permitido el box lo practicaban en la quinta Delcasse, como así la lucha romana, el palo y la esgrima. A precursores de vasta resonancia en las memorias del deporte argentino -Lenevé, Jorge Newbery- se los vio ir en las barras que se divertían dando palizas modernistas a los malevos.” Tallón: El tango, p. 68. 2 Matamoro: Historia del tango, p. 20. También aclara: “A veces, en cambio, era el patotero quien salía derrotado. Cielito Traverso, famoso matón del barrio del Abasto y uno de los dueños del café O’Rondeman en que hizo sus primeras armas Carlos Gardel, mató en una reyerta a uno de los Argerich”. 3 4

Carella: El tango, p. 13. Tabaré de Paula: El tango, p. 10. 191


cambiando, frente a un radicalismo cada vez más beligerante. Ofreció entonces la Ley Sáenz Peña, de voto secreto, universal y obligatorio para los ciudadanos varones. A esa concesión política le correspondería otra, cultural: “La oligarquía concede al tango el derecho de ser tocado en público. En el Palais de Glace, el barón Demarchi reúne a una multitud aristocrática, hace bailar el tango con y sin cortes y lo aprueban todos los presentes. Es una incitación a abandonar las antiguas letras y los primitivos temas, pornográficos y prostibularios, y a volverse decentes”, describió claramente Matamoro. 5 Los antiguos conspiradores del radicalismo pasarían a integrar las filas del Estado liberal. Los músicos de la orquesta típica verían abrir las puertas de los salones aristocráticos. Tango y radicalismo, para entrar al gran mundo, debieron pagar un peaje, limpiarse de todo aquello que el poder no estaba dispuesto a soportar. Debieron apuntar contra sus viejos camaradas. Y lo hicieron gustosos. “Todo confirma que la consagración general sobrevino cuando el tango del lupanar murió con los lupanares”, se alegraba Tallón 6 y pedía “el tango del futuro será aquel cuyas letras, expurgadas de indignidades y de lugares comunes, sean una expresión decorosa de la vida del pueblo, nada más que del pueblo”. Es bastante claro, Tallón se arroga para sí el derecho de decidir cuáles serían las “indignidades”. Y quiénes estarían de más en ese “nada más que del pueblo”. Con la fe de los conversos, el tango se hizo oficialista y machista olvidando su alegre comienzo de burdeles, anarquistas e invertidos. Al radicalismo le pasaría algo similar: cuando el 7 de enero de 1919 ordenó la represión a los obreros de los Talleres Metalúrgicos “Pedro Vasena” estaba pagando el peaje que la oligarquía le pedía para ejercer el poder.

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Matamoro: O. cit., p. 24.

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Tallón: O. cit., p. 82.


57. GRAN CONCENTRACIÓN MASCULINA: Aquello fue un éxito, una consagración, una glorificación del clero nacional

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l 8 de mayo de 1910 las fuerzas del sur tomaron la ciudad por asalto. La manifestación recorrió Callao para horror del país patriarcal, que veía cómo la chusma avanzaba por la avenida que consideraban impoluta. No sabían que por las noches los invertidos del Centro la recorrían desde Rivadavia hacia el Bajo en busca de satisfacción carnal, pidiendo discretamente un cigarrillo. Pero eso podían obviarlo. Era de noche. Era subrepticio. Lo que no podían obviar era la marcha de cientos, miles de anarquistas, solo dos semanas después de los festejos del Centenario. Peor aún, lo que más molestó la mirada virtuosa del poder fue la presencia de mujeres obreras en la manifestación. Esas mujeres de las que hablaba Bunge. Esas mujeres que, bien había enseñado Bialet Massé, tenían que estar en la casa, cuidando a su marido y sus hijos predisponiendo el vientre para poblar la Patria. Los hombres de verdad tenían que hacer algo. Curiosamente, los hombres que tomaron la dirección del evento que debería poner las cosas en su lugar también vestían polleras. Fueron los curas. Ellos organizaron la primera “Gran Concentración Masculina”, una demostración entre política y religiosa en donde se afirmó el sexo masculino como depositario de todas las virtudes. Y donde quedó claro que el poder era algo masculino. 1 Parece un disparate, pero ocurrió en Buenos Aires, el 28 de mayo de 1910. Con el argumento de oponerse “al miedo que reina en nuestras calles”, la Iglesia invitó a marchar por Callao hasta Retiro, en donde habló el monseñor Miguel de Andrea con el objetivo de contrarrestar “el efecto disolvente de la manifestación anarquista del 8 de mayo”, oponiendo a la “barbarie” de “los hijos de las tinieblas”, que avanzan desde el barrio sur, las fuerzas del “alma nacional que desfilan por Callao”. 2 El Estado, otra vez en buenas migas con la Iglesia Católica, no solo dio el visto bueno oficial a la concentración, sino que además le agregó “el aporte concreto de una comisión en donde figuraban -entre otros- Manuel de Iriondo, Carlos Casares, Carlos Tornquist, Enrique Santamarina, Manuel Ocampo, Gustavo Martínez Zubiría, Miguel A. Martínez de Hoz”. 3 En el periódico La Voz de la Iglesia, hablando de la marcha de la masculinidad, aseguraron que “aquello fue un éxito, una consagración, una glorificación del clero nacional en la persona de un dignísimo miembro suyo”. 4 La chusma tenía que aprender quién llevaba los pantalones. O las sotanas.

1 Dos años más tarde se promulgaría la Ley Sáenz Peña, de sufragio universal, entendiendo masculino como “universal”. Las mujeres deberían esperar para poder votar. 2 David Viñas: Laferrère. Del apogeo de la oligarquía a la crisis de la ciudad liberal, Rosario, Imprenta de la Universidad Nacional del Litoral, 1965, p. 28. 3

Ib., p. 28.

4

“Suceso del domingo 29. Monseñor De Andrea”, La Voz de la Iglesia (1.6.1910).

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58. LOS ENFERMOS LUNFARDOS: Fue tal el horror de estos sujetos a la autoridad policial, que por mucho tiempo no fueron vistos en las calles

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a promiscuidad entre médicos y policías logró no solo que los primeros actuaran como los segundos, sino que estos se creyeran imbuidos de la autoridad científica de aquellos. No solo fue “lo mismo un burro que un gran profesor”. También fue lo mismo un gran profesor que un burro. Y todos se lanzaron a teorizar, especular y decretar sobre situaciones para las que no estaban preparados. Ya vimos al subcomisario Batiz asegurando que los “pederastas” eran los únicos seres en la tierra que no tenían el derecho de ocultar “sus debilidades”; al jefe de Policía Falcón hablar de “focos de patología social”; y al abogado policial Gómez husmear en los “saraos uranistas”. Hay más. En 1912, la Revista de Policía hizo una descripción de los tipos delictivos. Allí se decía: “El pederasta. El tipo más repugnante, síntesis de una relajación de la verdad humana y natural. Estorba a la sociedad, daña las costumbres, mata los ideales de la vida, transforma las leyes físicas, en una palabra: es tan abyecto, que por su culpa, fueron incendiadas dos grandes ciudades de los tiempos antiguos. [...] Este es parásito que suele dar trabajo a la Policía. Algunos son verdaderos delincuentes que, validos de las circunstancias particulares en que efectúan las sustracciones o hurtos, obtienen la impunidad por la actitud prescindente de las mismas víctimas. [...] No es muy abundante este parásito en Buenos Aires, por lo menos en forma que permita conocerlos. No obstante, la Policía no descuida e interviene cada vez que conoce una guarida. [...] El coronel Falcón, 1 siendo jefe de Policía, dispuso en una oportunidad que fueran detenidos todos los sujetos conocidos, de esta clase. Llevados al local del entonces Escuadrón de Seguridad, allí permanecieron arrestados varios días, por la contravención ‘escándalo’; sometidos a trabajos de cuartel y después de pelados a máquina y vestidos decentemente con arreglo a su sexo, en cuyos actos se produjeron escenas aprovechables para estudios, fueron puestos en libertad. Fue tal el horror de estos sujetos a la autoridad policial, que por mucho tiempo no fueron vistos en las calles”. Usaron el terror. Y estaban muy orgullosos de eso. Por el lado de la ciencia, el médico teniente general De Veyga le dio al poder la excusa perfecta para la cacería que se desarrolló a lo largo del siglo XX. Era 1910, no había todavía ley de sufragio universal, las clases medias deberían aún esperar muchos años para llegar a la Casa Rosada y la oligarquía buscaba por cualquier medio estirar sus privilegios de clase. En el último año de los Archivos, De Veyga publicó una nueva versión de su trabajo de 1903 que en aquel momento se llamó “Los lunfardos, estudios clínicos sobre esta clase de ladrones profesionales”, y en 1910 se rebautizó “Los lunfardos. Co1

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El mismo al que Andrés Cepeda había escrito pidiendo comprensión por su situación.


clase de ladrones profesionales”, y en 1910 se rebautizó “Los lunfardos. Comunicación hecha a la Sociedad de Psicología”. La conclusión del médico general de división, otra vez como los trabajos de Ingegnieros, no fue solo el devaneo intelectual de un médico encaramado en lugares de privilegio del Estado. Tuvo una influencia atroz en la vida cotidiana de miles de personas durante casi cien años. “Siendo el lunfardo un delincuente incorregible, debe procederse con ellos en forma diferente de la que hasta ahora la autoridad judicial ejerce contra esta clase de sujetos. La Policía no tiene recursos legales para proceder contra ellos; los tiene -a estos individuos- inscriptos en su registro, fotografiados y prontuariados, como se dice ahora; conociéndolos los persigue en los parajes públicos donde ellos actúan, arbitrarios; al efecto, donde quiera que los encuentra los arresta, inculpándoles cualquier contravención vulgar; ebriedad, escándalo, porte de armas, y bajo este pretexto, puramente simulado, 2 los mantiene en el Depósito de Contraventores durante el tiempo que prescriben los reglamentos policiales y digo los reglamentos policiales, porque hasta ahora no existen penalidades legales entre nosotros, que castiguen las contravenciones; el Código de Policía todavía no ha sido dictado. Hace un año el Consejo Municipal de Buenos Aires sancionó un Código de Contravenciones en el cual estaban incluidas las faltas de esta naturaleza, como simples infracciones de orden municipal [...] pero no tenía en manera alguna el alcance represivo que exige esta materia.” 3 Después de reconocer que la Policía mentía alegremente para detener a la gente, asume el doctor general de División que eso tan bien no estaba. Entonces barrunta una idea genial para sacarse de encima a la escoria social: “La única medida legal y eficaz que podría tomarse contra los lunfardos, conociendo su incorregibilidad, sería la secuestración definitiva; tal medida debería tener además como complemento, la privación de los derechos civiles del sujeto, es decir, su declaración legal de incapacidad”. 4 Finalmente, aquí era donde Ramos Mejía, De Veyga, Wilde, Groussac, Julio Argentino Roca, Cañé, Cambaceres, Julián Martel, Joaquín V. González, Ingegnieros y todos ellos querían llegar. Para esto había servido acusar al Estado de ineficiente por no haber parado la peste cuarenta años antes. Para esto las cátedras de Medicina Legal, la promiscuidad con el poder oligárquico (después de todo, la medida sonaba más humana que la aplica-da por Roca a los indios en su campaña), el maridaje entre la UBA y la Federal. Para esto las traducciones al francés, la creación del 24 de Noviembre, la publicación de los Archivos. Para esto el poder había producido su maquinaria intelectual.

2 Podemos colegir, sin ser muy aventurados, que todos los ejemplos vistos aquí, de Andrés Cepeda a “La Bella Otero”, fueron casos armados por la Policía. No tenían ningún impedimento para ello. 3 De Veyga: Archivos (1910), p. 526. 4 Ib., p. 527.

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Para barrer de las calles a la “escoria”. “Nada más sencillo ni más legal, al mismo tiempo, que considerar al delincuente habitual como un incapaz e inepto para el ejercicio de la vida civil, como lo es para la vida social; esta incapacidad es de hecho para todo individuo secuestrado en una cárcel, porque sabemos que el condenado está privado de los ejercicios de estos derechos; pero aquí se trata de extender esta medida al individuo salido de la cárcel, dándole una situación de incapacidad permanente o por lo menos indefinida; así, bastaría solo que los medios de vida del sujeto fuesen sospechosos que su conducta fuese irregular, aun cuando no delinquiera, para inmediatamente y por la sola acción policial, volver al secuestro.” 5 ¿Para qué perder tiempo inventándole una contravención? ¿Para qué esperar a que delinca? Que la Policía, por sí sola, determine quién va a ser secuestrado definitivamente y listo. Tiene un segundo de duda el doctor, y se pregunta si será posible un tratamiento de reeducación que vuelva al lunfardo a la vida civil. Pero su humanismo no dura demasiado, ya que en seguida se responde: “Yo creo a ese respecto que todo tratamiento educativo resultaría completamente ineficaz; el lunfardo es un degenerado inferior, por lo pronto; con estos sujetos, poco puede la educación y esto lo sabemos por todas las tentativas hechas en este sentido; en diferentes partes del mundo y por diversos medios; después este degenerado es un maníaco, obra como tal; su actividad se ejerce bajo una forma impulsiva, de tal manera, como lo hemos dado ya a entender, que su tendencia al robo no es más que una impulsión mórbida sistematizada; pretender dominar estos impulsos, borrar de la mente de estos maníacos su idea, su obsesión, es una utopía. ”En la misma condición que se encuentra el lunfardo, se encuentran todos los sistematizados, degenerados o no, que entran a los asilos y se sabe cuán poco puede no ya el tratamiento coercitivo y el tratamiento educativo, pero ni siquiera los numerosos medios psicoterápticos iniciados con este fin; habría indiscutiblemente, dado el número enorme de estos sistematizados, que establecer asilos especiales para ellos. De modo que así lo único que cabría es discutir este punto bajo su fase exclusivamente financiera y ver si resulta más económico para el Estado (no ya para la sociedad que sufre directamente la acción nociva de toda esta clase de malhechores) el proveer a su sostenimiento en establecimientos especiales que en tenerlos, periódicamente o por fracciones, detenidos y alimentados sin usufructo alguno”. 6 Ya determinó que no hay nada que discutir, excepto los problemas menores, burocráticos. No solo irán adentro los lunfardos ladrones o aquellos a quienes la Policía señala como tales ya que les inventaban las contravenciones. También serán secuestrados definitivamente “los sistematizados, degenerados o no”. O 5 6

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Ib., p. 527. Ib., p. 528.


sea, todos los que la Policía diga que son ladrones, más todos los que diga que son degenerados más... eh... cualquier otro, por las dudas. Las cosas son así y no se discuten, además, ¿cómo discutirle a alguien que puede determinar la “secuestración definitiva”? Hombre práctico el médico general de División, quería ver si ya que estaban podían los secuestrados hacer alguna changa como para pagar el favor que el Estado les estaba haciendo: “Faltaría ver si fuera posible aprovechar del trabajo de esos sujetos, una vez encerrados en la forma más conveniente para su propio sostenimiento, tal como se hace con los penados y con los alienados crónicos”. 7 Pero no se hacía muchas ilusiones: “Mi opinión es que de estos individuos, dada su falta absoluta de disciplinamiento y de apego al trabajo, poca cosa se podría obtener; sin contar que por su notoria invalidez mental, los oficios o funciones a que se les pudiera dedicar, serían muy reducidos a la par que de muy reducido aprovechamiento. Pero de todos modos, la reclusión perpetua, previa declaración de incapacidad civil, es la única solución legal y eficaz del problema profiláctico que he sentado”. 8 Abrió la puerta para que todos los monstruos salieran a jugar. A cazar. El miedo se instaló en el siglo, todos fueron sospechosos. Nunca las fuerzas de la represión iban a poder terminar de agradecer a los científicos el aval que les habían dado. 9 Podría decirse en su favor que sólo pidió la “secuestración definitiva”. Muy poco tiempo después un intelectual anarquista propondría otra solu-ción más práctica y aún más definitiva: el suicidio.

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Ib., p. 528. Ib., pp. 528-529. 9 Como muestra sirva la necrológica publicada en La Nación, el 12 de octubre de 1948, a la muerte del doctor: “Dr. Francisco de Veyga. Falleció en esta capital. Tras una larga consagración a la medicina al servicio de nuestras Fuerzas Armadas, a la docencia y a la sanidad, desaparece, más que octogenario, el general de División Dr. Francisco de Veyga, miembro honorario de la Academia Nacional de Medicina y profesor de nuestra Facultad de Ciencias Médicas. Nacido en esta capital el 19 de agosto de 1866 y doctorado en 1890, dedicóse a la medicina militar, completando sus estudios en la escuela superior de aplicación de esa rama en París de 1891 a 1892. Practicante ya en la sanidad de la Armada, a su regreso de Europa pasó al cuerpo de sanidad del Ejército con el grado de cirujano de brigada, para serlo de división a poco y de ejército en 1898, alcanzando en 1906 el grado de inspector general y el de cirujano mayor en 1908. Ya en 1893 fue profesor suplente de medicina legal de la Facultad de Ciencias Médicas, siendo designado luego titular, para ser catedrático honorario a partir de 1900. También había sido profesor interino de Psicología de la Facultad de Filosofía y Letras. Muchos y valiosos fueron los servicios que prestó el doctor Veyga al país en la rama de su especialidad médica. Fundó y dirigió la clínica criminológica y la de observación de alienados de la Policía de la Capital Federal, en 1900; fue miembro del Departamento Nacional de Higiene y de la comisión encargada redactada el Codex argentino. […] El Dr. Francisco de Veyga se había retirado del servicio activo en 1914, con el grado de general de sanidad. Su desaparición suscitará hondo pesar en nuestros círculos militares y académicos, en los cuales siempre gozó justo aprecio su caballerosidad y su especializada e integral consagración científica”. 8

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56. LOS INVERTIDOS: Tomá... ahora, ahora te queda lo que tú llamas la última evolución. .. ¡tu buena evolución!

a traición estaba en marcha. El poder había decidido que tango y radicalismo entraban en los salones solo si afuera quedaban anarquistas, obreros, prostitutas, homosexuales. Los primeros tuvieron que hacer profesión de fe repudiando a los segundos. Faltaba todavía una defección más. José González Castillo –que había entrado al mundo del teatro con Los rebeldes, cuadro filodramático de una entidad obrera 1 y era un anarquista que peleó con el Estado cuando quiso ponerle de nombre a su hijo “Descanso Dominical Castillo” y terminó concediendo ponerle “Cátulo”– presentó en 1914 su obra Los invertidos. En principio, una osadía. La palabra no se usaba en la prensa ni siquiera negativamente todavía. Quizás algún invertido de la época haya llegado al teatro esperando –habida cuenta de los antecedentes anarquistas del autor– no una reivindicación que los tiempos no hubieran tolerado de ninguna manera, pero al menos una primera aproximación neutra al tema, algo que sirviera para no sentirse tan solo, tan monstruoso; la mano tendida que siempre ofrecieron los anarquistas. Se habrá achicado en su asiento. Se habrá arrepentido de haber ido. Se habrá arrepentido de haber nacido. A eso parecía incitar la obra. Que, sin embargo, le ofrecía una solución rápida y definitiva a su “problema”: el suicidio. La obra, por lo demás bien escrita, 2 cuenta la historia de Clara, una señora de clase acomodada del Buenos Aires de principios de siglo XX, casada con el doctor Florez, con quien tiene dos hijos: Julián y Lola. Clara tiene un amante, Pérez, pero descubre que Pérez además es amante de Florez, su marido. Clara está casada con Florez que sale con Pérez que sale con Clara. Clara mata a Pérez y le alcanza un arma a Florez para que se mate y no sea un mal ejemplo para los hijos. Florez está escribiendo un peritaje médico legal sobre un invertido: “Hay una ley secreta, extraña, fatal, que siempre hace justicia en esos seres, eliminándolos trágicamente, cuando la vida les pesa como una carga... Irredentos convencidos... el suicidio es ‘su última, su buena evolución’”. En el informe, hablando del invertido que está analizando pero también de sí mismo, Florez anota: “Cuando están bajo la acción del momento, que llamaremos crítico, de la noche especialmente, [los invertidos] se convierten en mujeres, en menos que mujeres, con todas sus rarezas, con todos sus caprichos, y sus pasiones

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Archivo General de la Nación

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Pedro Orgambide: “Plumas libertarias”, Clarín (17,9.2000). González Castillo fue además autor de alguna buena letra de tango, como Silbando: “Y, desde el fondo del Dock, gimiendo en lánguido lamento, / el eco trae el acento / de un monótono acordeón, / y cruza el cielo el aullido / de algún perro vagabundo / y un reo meditabundo / va silbando una canción...”. 198 2


Archivo General de la Nación

José González Castillo, escritor anarquista y padre de Cátulo Castillo, reprodujo en su obra teatral Los invertidos todos los prejuicios de la época contra la homosexualidad. De todas maneras, la obra fue prohibida.

siones, como si en ese instante se operara en su naturaleza una transmutación maravillosa y monstruosa (como poseído). ¡Es la voz de los ancestros, el grito del vicio, el llamamiento imperioso de la decadencia genésica, heredados de un organismo decrépito y gastado en su propio origen por la obra de un pasado de miseria material y anímica”. Clara, que de sonsa no tiene un pelo, cuando le entrega el arma le dice, haciéndolo esclavo de sus palabras: “Tomá... ahora, ahora te queda lo que tú llamas la última evolución... ¡tu buena evolución!”. Al comienzo de la obra, la mucama Petrona recuerda a un homosexual y dice: “Lo vi pocas veces hasta que, según me dijeron, se mató... Y mire lo que son las cosas, ¿no?... ¡Casi todos los mariquitas que yo he conocido o he oído decir, han muerto lo mismo... como si “juera” un castigo de Dios!”. 3 El invertido que fue a ver la obra el día del estreno, aparte de haberse achicado en su butaca, debió escuchar al autor, al anarquista de las soluciones rápidas, vitoreado por el público según contó el diario La Mañana: “A instancias del extraordinario público que una vez terminada la obra pidió al autor que hablase, hizo este uso de la palabra, manifestando entre otras cosas: que según una estadística publicada en 1905, los ‘anormales’, en Buenos Aires alcanzaban a la suma de más de diez mil, lo que hacía, desde luego : 3 Según Salessi, de esta manera la sugerencia de que ‘casi todos los mariquitas’ se suicidaban aparecía al mismo tiempo como una noción popular y una pena divina. El licenciado Carlos Alberto Barzani, en su trabajo “Uranianos, invertidos y amorales. Homosexualidad e imaginarios sociales en Buenos Aires (1902-1954)”, premiado en el 2° concurso de monografías de la Facultad de Psicología de la UBA y en las v Jornadas de Residentes de Salud Mental del área metropolitana 1998, como el mejor trabajo en el área institucional, dice que “este mensaje (el suicidio como la mejor posibilidad para el homosexual) se repite insistentemente a lo largo de toda la obra como el final inevitable de todos los invertidos”.

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sas: que según una estadística publicada en 1905, los ‘anormales’, en Buenos Aires alcanzaban a la suma de más de diez mil, lo que hacía, desde luego, que la enorme proporción tomara un carácter alarmante. Agregó el señor González Castillo que era humano atacar por todos los medios el incremento de la degeneración que ha inspirado su obra”. 4 En el diario Crítica dijeron: “Agregó el señor González Castillo que tratar por todos los medios de ataca: el mal, convenciendo a la multitud del desprecio y la lástima de que era ‘dignos’ –lo pondremos entre comillas– esos seres dotados de una si se quiere segunda naturaleza, era hacer obra moralizadora”. 5 El anarquista hacía “obra moralizadora” convenciendo a la multitud de que debía despreciar al invertido y al invertido de que debía despreciarse a sí mismo hasta llegar al suicidio. Mientras González Castillo traicionaba sus ideales, el delicado Carlos Octavio Bunge traicionaba sus deseos más íntimos y secretos. Con nostalgia Carlitos añoraba “los auxilios que prestaba la terapéutica a la humanidad doliente, las grandes convulsiones sociales –pestes, hambres –guerras [que] contribuían en primera línea a eliminar a los degenerados. En Buenos Aires, por ejemplo, las revoluciones, la tisis, la fiebre amarilla y el cólera han barrido al elemento negro [...] algo semejante ha sucedido en todos los países americanos con las razas aborígenes”. 6 Como ya no hay pestes en las cuales confiar, Carlitos se queja de “la poca frecuencia y menor crueldad de las guerras [que], facilitan ahora la obra de la medicina en la perpetuación de los degenerados”. 7 Por eso propone una salida genial: “El mejor medio de su eliminación, cuando se llega al caso extremo de la disolución por la herencia, es hoy, podría decirse voluntario: el suicidio. En las universidades alemanas varios moralistas han publicado en los últimos lustros obras de una lógica admirable, sosteniendo el deber del suicidio en ciertos casos. [...] ¡Son tan pocos los degenerados que poseen el valor para el suicidio!”. 8 Despreciados y humillados, los invertidos tenían que saber que su vida no valía y que lo mejor que podían hacer era matarse. No lo decía un médico metido a policía. No lo decía un policía enfrentando a un lunfardo. Lo decía un artista anarquista desde el escenario del teatro. No había escapatoria posible. En una escena especialmente aleccionadora de Los invertidos, el doctor Florez le decía a su amante Pérez, poco antes de matarse: “Este vicio, esta 4

La mañana (13.9.1914). Crítica (13.9.1914), citado por Salessi: O. cit., p. 372. 6 Bunge: “Estudios filosóficos" en La cultura argentina, Buenos Aires, 1919, p. 248. 7 Ib., p. 249. 8 Ib., p. 249. Era cierto. El propio Bunge murió de muerte natural, a los 42 años, el 22 de mayo de 1919, después de haber confesado y comulgado a pesar de que a lo largo de toda su vida no había hecho más que mofarse de la religión católica. Tan profundo cambio marcó en los últimos tres días de su vida desde que se confesó hasta que murió, que se lo pasó rezando el Credo y revisando lo escrito por él a lo largo de su vida. No encontró nada en contra de la Santa Madre Iglesia pero autorizó a sus hermanos que si por ahí encontraban algo ofensivo, lo quitaran para siempre. Ya se había disfrazado lo suficiente ante el poder terrestre, haciendo creer que no era lo que era. Iba a empezar ahora a disfrazarse frente al poder celestial. 5

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Florez le decía a su amante Pérez, poco antes de matarse: “Este vicio, esta aberración que es ya una segunda naturaleza en mí, empieza a tener su crisis y tú la has provocado... Desde anoche te tengo asco... y me lo tengo a mí mismo (llorando). Soy un desgraciado”. Sin embargo, aun con sus buenas intenciones moralizadoras, a diez días de estrenada, el gobierno municipal la prohibió. No podían permitir que en pleno centro de la ciudad un cartelón enorme dijese Los invertidos. Si quieren, que se maten. Pero que no hagan ruido.

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60. ROBERTO ARLT: ¡Andate, bestia! ¿Qué hiciste de tu vida?

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espués de la prohibición de Los invertidos, como bien explica el escritor Leopoldo Brizuela, “toda publicación de una obra con ‘tema homosexual’ fue un acto de política editorial muy combativo y muy riesgoso”. 1 A solo doce años de la obra de González Castillo, Roberto Arlt publica su obra fundamental El juguete rabioso. Allí, el adolescente Silvio Astier va a dormir a una de las “piezas amuebladas por un peso” en la calle Lavalle, cerca del Palacio de Justicia. En medio de la noche lo despierta “un brazo horriblemente flaco [que] se alargaba”. 2 Se trata de un adolescente que recorre la noche de Buenos Aires, que se arregla “con dos o tres dueños [de pensiones] y cuando cae a la pieza un chico que vale la pena nos avisa por teléfono”. 3 El diálogo entre los dos adolescentes es dificultoso, pleno de desconfianzas mutuas y de palabras no dichas: “–Entonces usted... vos sos. Arrastrándome me empujó al borde del lecho y se sentó a mis pies. –Sí, soy así, me da por rachas”. 4 Este tramo de El juguete rabioso suele ser considerado –por algunos homosexuales y heterosexuales– una muestra de la homofobia de Roberto Arlt. Astier echa al adolescente del cuarto, gritándole: “¡Andate, bestia! ¿Qué hiciste de tu vida?”. 5 El libro publicado en 1926 6 marca el comienzo de la literatura urbana argentina. La homosexualidad había sido proscripta en todos los ámbitos. De Veyga desistió de escribir un libro sobre el tema cuando finalmente notó que con sus escritos colaboraba con la difusión del asunto. En la prensa ni siquiera se usaban subterfugios: simplemente, no se hablaba de lo que no había que 1 Leopoldo Brizuela (comp.): Historia de un deseo. El erotismo homosexual en 28 relatos argentinos contemporáneos, Buenos Aires, Planeta, 2000, prólogo, p. 17. “En este marco puede entenderse la notoria escasez de cuentos con tema homosexual en la literatura argentina, pero además, el hecho de que la mayoría de los textos que hemos podido encontrar estuviera ‘escondido’ en medio de una colección, sin referir directamente al tema desde el título, y sin dar título, por supuesto, a casi ninguno de los volúmenes.” 2 Roberto Arlt: El juguete rabioso, Buenos Aires, Losada, 10a ed., 1995, p. 88. 3 Ib., p. 90. 4 Ib., p. 90. 5 Ib., p. 91. 6 En esto parecemos un tanto atrasados con respectos a otros países latinoamericanos. El chileno Augusto D’Halmar publicó en 1924 su novela La pasión y muerte del cura Deusto y antes aún, en 1895, el brasileño Adolfo Caminha había escandalizado a su país con la potencia sexual de Bom Crioulo. Nota con acierto el profesor argentino Daniel Balderston sobre cómo (no) han sido registradas estas novelas en la historia de la literatura americana: “Las historias literarias de América latina pocas veces han sabido tratar con franqueza -o siquiera tratar- la sexualidad en la literatura, y más aún, la homosexualidad. Los historiadores de la literatura emplean diversas estrategias para eludir estos asuntos. Sus argumentos y, sobre todo, sus silencios ponen de manifiesto cómo los prejuicios forjan los cánones literarios. [...] En este sentido, es revelador lo que dicen los historiadores literarios de Augusto D’Halmar, especialmente de su novela La pasión y muerte del cura Deusto (1924), la historia del amor trágico entre un cura vasco y un muchacho andaluz en Sevilla. En las varias docenas de historias literarias que he examinado, las palabras ‘homosexual’ y ‘homoerótico’ raras veces se usan para describir ese amor, y algunas de las descripciones del contenido de la novela son irrisorias”. Daniel Balderstone: “El pudor de la historia”, en El deseo, enorme cicatriz luminosa, Venezuela, 2S ed., 2003.

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hablar. Como ocurrió desde el debate por el Código Penal se supuso que al no nombrar la homosexualidad se conseguiría que no existiese. Cuando en la antigüedad las autoridades eclesiásticas decretaron que era un “pecado nefando”, sabían muy bien qué estaban haciendo. El silencio fue la mejor prohibición. Por eso, la aparición intempestiva del adolescente homosexual en las páginas de El juguete rabioso marca más la extrañeza que la homofobia de Arlt. “¿Y esto?”, parece preguntarse. Era parte del descubrimiento de Astier. El mundo, confirmaría Silvio también en esa habitación por un peso, era distinto, mucho más ancho, complejo y apasionante que lo que le habían contado. En la época en que los homosexuales no aparecían sino en los trabados médico-policiales, Roberto Arlt hace aparecer uno en la habitación de su protagonista. Y hasta se pregunta por su identidad: “¿Quién era ese pobre ser humano que pronunciaba palabras tan terribles y nuevas?... ¿que no pe-día nada más que un poco de amor?”. 7 Es cierto, Astier tratará al joven de “degenerado”, “loco”, le dirá que lo que piensa “es una bestialidad” y propondrá: “¿Por qué no se va a lo de algún médico... algún especialista en enfermedades nerviosas?”. Peor aún, el adolescente homosexual presenta varios rasgos de haber internalizado la homofobia ambiente. Pero, ¿podría haber sido de otra manera? Poco más de diez años antes, una obra teatral escrita por un anarquista había sido prohibida aun proponiendo el suicidio homosexual como gran solución. Arlt cuenta lo que ve y lo que puede contar. Su sensibilidad, sin embargo, le permite saltear algunas de las abominaciones de la época. Corrobora esta visión el hecho de que tres años más tarde publique Los siete locos; allí hará una referencia aséptica nada condenatoria sobre el tema: La angustia lo niveló para el seno de una multitud silenciosa de hombres terribles que durante el día arrastran su miseria vendiendo artefactos o biblias, recorriendo al anochecer los urinarios donde exhiben sus órganos genitales a los mozalbetes que entran a los mingitorios acuciados por otras ansiedades semejantes”. 8 En El juguete rabioso Astier no ve nada de malo en acertar a la mañana siguiente los dos billetes que el adolescente le ha dejado. Entra en una lechería y toma un café. Sale de ahí y va al Paseo de Julio. Se compraría un arma con la cual dispararse al corazón. Queda más clara la actitud de Arlt cuando comprobamos que hubieron de pasar veinte años para que en la novela argentina aparezcan otros rasgos de homosexualidad. 9 7

Ib., p. 84. Roberto Arlt: Los siete locos, Buenos Aires, Losada, 13s ed., 1997, p. 96. 9 Según Brizuela en su prólogo de Historia de un deseo, existe un relato (no una novela) de Salvadora Medina Onrubia, en su libro La casa de enfrente, llamado Quinto piso de la década del 30. El primer cuento de tema homosexual fue publicado recién en 1949 por Manuel Mujica Lainez y se llamó El cofre. 203 8


En 1946 Bernardo Kordon publicó Reina del Plata. Allí se describen algunas anécdotas de un grupo de amigos en 1930 y 1943. El tono ya no sería el de asombro de Silvio Astier. Ahora era simplemente asco: “La otra noche salió con Villanueva. Se fueron al bosque de Palermo. Villanueva se paró al frente del Monumento de los Españoles y se puso a fumar tranquilamente debajo de un farol. Pasó un auto, bien despacito. Era una ‘voiturete’. La manejaba un pituco, ‘un turrito’. Villanueva lo chistó, habló con el tipo y terminó subiendo al auto. Anduvieron un rato y se detuvieron en un lugar oscuro. Mi hermano venía detrás. Y le pegaron una paliza al pituco ese y le sacaron la cartera. Llevaba cincuenta pesos”. 10 Y agrega: “En el bosque de Palermo esas cosas pasan a todas horas”. También describe la seducción que un muchacho deportista, Alberto Fiacini, ejerció sobre un señor mayor quien le paga una habitación en un conventillo y lo colma de invitaciones. Fiacini apenas puede superar el asco que le produce “el invertido”, como lo llama Kordon. Cuando salen a dar una vuelta en la “voiturete” del señor (“Podés llamarme Don Chicho”): “Alberto Fiacini sintió un odio tal que pensó inmediatamente en golpearlo. Se acordó de Villanueva y de Sixto, el hermano del Negro Ferreira. En varias ocasiones habían golpeado a tipos así. Ahora le dominaba el impulso de hacer lo mismo. Y también él robaría: comprobaba que podía hacerlo. Un golpe con todo el alma y ese fantoche caería sin necesidad de más. [...] Y sentía miedo. En ese momento llegaba a temer de todo. De pronto sentíase desamparado, muy poca cosa, un animalito indefenso en poder de ese hombre, y por momentos, le dominaba el odio o el temor, mientras el auto lentamente daba vueltas por los bosques de Palermo”. 11 Después de vagar por la ciudad Fiacini decide ir a pedirle plata a Don Chicho: “Pudo sacarle varios billetes ‘prestados’ y después de tenerlos en la mano buscó un pretexto para retirarse inmediatamente, simulando apuro. Chicho estaba en bata y corrió hacia la puerta. Tenía los ojos como vidrios empañados. Fiacini pensó que debía de estar borracho y más posiblemente bajo los efectos de una droga. Con voz aguda le gritaba: –¿Tomastes la plata y ya te vas? ¿Te espera una mujer? –No es eso. Pero tengo que estar en un lado. Chillaba histéricamente. –No te vas a ir. No quiero. Quiero estar con vos. Alberto sintió un impulso loco de hacerlo callar. Hasta entonces, lo había dominado siempre una mezcla de repulsión y temor, pero ahora le maduraba un sorprendente odio. Avanzó con los puños cerrados y trémulos. ¡Tantas veces lo había pensado! Pegó en la cara, en los brazos. Gimiendo, el otro se dejó caer al suelo. De allí alcanzó a decirle una vez más: –No te vayas”. 12

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Bernardo Kordon: Reina del Plata, Buenos Aires, Cronos, p. 21. Ib., pp. 75-76. 12 Ib., pp. -8-79. 11

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Alberto se enferma y Don Chicho va hasta el conventillo a visitarlo, conciliador. Alberto no lo recibe. Sólo le dice: “No me traiga nada y váyase en seguida. ¿No se da cuenta que me da asco? ¿Que estoy enfermo de asco?”. 13 Dos días después, un muchachón pregunta por él en el conventillo: “–¡Tomá esto, cachifito!– y golpeaba con mucho conocimiento. Pese a la confusión del momento asoció inmediatamente al atacante con los boxeadores noveles que protegía el hombre de la ‘voiturete’ colorada. Atinó a defenderse pero ya el muchachón corría hacia la calle”. 14 En la segunda parte del libro, ya en el año 1943, Kordon habla de dos amigos, Mario y el Correntino, que van caminando bajo “las altas palmeras de la Avenida Sarmiento”. Los muchachos llegan cruzando el puente del ferrocarril a Villa Desocupación, en la zona de Puerto Nuevo: “Mario observó varias figuras que aparecían en las puertas de ciertos ranchos, luciendo asquerosos quimonos y medias largas. –¿Mujeres? –preguntó ansioso. –No. Son maricones. Abundan como moscas. A lo largo del terraplén no faltan atorrantas, pero no las dejan vivir en el campamento. Agotado de la brutal caminata, Mario se echó a lo largo de la puerta de la covacha, contemplando la ciudad que irrumpía detrás de los terraplenes de ferrocarriles y de los bosques del parque. Nuevamente estaba en Buenos Aires. Y contemplaba la silueta de cemento con el temor y la ilusión que un paria puede sentir por un dios hermoso, cruel y potente. Lentamente pasó un policía montado. Después una vocecita aflautada interrumpió sus meditaciones. –¿Llegaron recién? Torció la cabeza y encontróse con una figura repugnante. Un muchacho alto y flaco, los brazos en jarra, el rostro envilecido con colorete. –Mirá, querida. Andate pronto. No son horas para hablar con niñas. Se incorporó, trémulo. –¡Andate, que te bajo un diente! Y cuando lo vio alejarse, moviendo las caderas, le gritó: –¡Dios te salve, m’hijita! El Correntino por su parte comentó: –¡Pobres cosos! Los criollos los aguantan para robarles. No les dejan ni la ropa. Y los polacos calman los nervios pegándoles tamañas palizas”. 15 La brecha entre el texto de Arlt de 1926 y el de Kordon de 1946 retrata claramente la distinta relación que con la minoría homosexual tuvo la mayoría heterosexual en esos veinte años. En el medio, la primera dictadura argentina de Félix Uriburu en 1930 y el pánico homosexual instaurado por el escándalo de los cadetes del Colegio Militar de 1942 determinaron que la 13

Ib., p. 80. Ib. 15 Ib., p. 82. Es el primer registro literario argentino de la presencia de travestís. 14

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única forma de relacionarse de allí en más fuera la violencia. Si en la década del 20 las cosas no habían sido demasiado fáciles para los “invertidos” en el 30 iban a empeorar. Y en los 40 iba a comenzar para los homosexuales el período más negro del siglo XX.

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61. LA MAFIA ROSARINA: Entre los que cayeron detenidos en la Alcaidía, había un médico rosarino muy conocido

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osario ardía. Era el puerto prostibulario y eran los años calientes en los que la ciudad pasó a ser la “Chicago Argentina”. La Zwi Migdal, la más importante mafia de tratantes de blancas que existió en el país, se había establecido en la ciudad y los prostíbulos vivieron sus días de gloria. El matonismo rosarino tuvo su auge hasta la década del 30, cuando el régimen fascista de Félix Uriburu usaría a la Zwi Migdal para su campaña antisemita. Si bien la organización contaba con israelíes, no era menos cierto que la propia comunidad israelita había marginado desde siempre a los mafiosos. La campaña antisemita y moralizadora de Uriburu sembraría de miedo al país pero para eso faltaban unos años. Mientras tanto, en Rosario florecían los prostíbulos en donde los franceses de la seccional cuarta competían con los rufianes polacos y judíos. Así Madame France, en Balcarce 42, ofrecía habitaciones tapizadas con espejos, y en la esquina de Brown y Balcarce el París y Londres juntaba a la “gente distinguida” de la ciudad entre 1915 y 1930. Otros prostíbulos conocidos de la época eran El clandestino de Aurelia, El café Italia, de Güemes 2.010, el Stud El Piojo, de Güemes 1.987, el San Petersburgo, de Güemes al 2.400, o el bar Liemenevich, en Balcarce 176 bis. 1 Tanto fragor sexual, con tanta promiscuidad entre el poder y los rufianes, apenas dejó lugar para la prostitución masculina. Según los autores del trabajo rosarino: “Una casa que disfraza con fachada inocente las reuniones concurridas de los homosexuales da, poco antes de 1930, la única nota inusual en una sección donde los maricones 2 no son demasiado visibles. El local, ubicado en Santiago y Rivadavia, cae muchas veces en los allanamientos de la Policía rosarina, que se preocupa de perseguir a los homosexuales mientras permite la explotación de las mujeres en los prostíbulos autorizados por la comuna y regenteados por los personeros de la Migdal. La presencia de los homosexuales es destacable, no es consignada casi en los diarios de la época y los testimonios no citan abundancia de ellos en la vida prostibularia de la ciudad”. 3 En una ciudad sitiada por la prostitución y los arreglos violentos, la homosexualidad era oculta. Mientras todos los días la prensa diaria se ocupaba de la prostitución femenina, los “maricones” no aparecían ni para mal En Montevideo, una ciudad en muchos aspectos comparable con Rosario, la cosa parece haber sido distinta: 4 “El gremio de los homosexuales pasivos ara sumamente importan1

Héctor Zinni y Rafael Ielpi: “Clandestinos de ambos sexos” en Rosario, prostitución y rufianismo. Un trabajo fundamental y muy bien documentado para entender la mafia prostibularia rosarina de principios de siglo pasado. 2 El destacado pertenece a los autores. 3 Ib. 4 La comparación la hacen Ielpi y Zinni basándose en el libro de Ramón el Loro Collazo: Historias del Bajo (crónicas), Montevideo, Afa, 1967. 207


te en el Bajo, porque los maricones eran muy necesarios. Sus trabajos consistían en ser mandaderos, cocineros, mucamos y ayudantes de vicio cuando alguna meretriz los solicitaba para un trabajo especial, porque dos hacían de pan y uno quedaba en el medio. Nunca pude averiguar en qué consistía hacer de jamón y queso. De cualquier modo, los maricones eran imprescindibles porque a un verdadero hombre no le agradaba trabajar en ese ambiente. Los maricones eran terriblemente femeninos y por las mañanas hacían pequeñas reuniones en las provisiones o almacenes para comprar los elementos de limpieza. En mi negocio también lo hacían y al encontrarse se besaban como lo hacen las mujeres sin importársele quién los miraba o quién pasaba en esos momento por la calle”. 5 Valientes los orientales besuqueros, más si se tiene en cuenta que el 31 de julio de 1913 el Honorable Consejo Penitenciario del Uruguay aceptó el plan del Estado de Indiana, de los Estados Unidos, para la “esterilización de los criminales o reincidentes y de los degenerados, que evita por medio de la vasectomía de Sharp [...] la procreación y trasmisión de la herencia morbosa que tanto influye en la producción de la delincuencia”. Parece que habían llegado a la conclusión de que la homosexualidad era hereditaria: el Ministro de la Legación del Uruguay en Cuba, Rafael J. Fosalba decía que la medida era “útil para combatir las consecuencias hereditarias catastróficas por el elevado número de idiotas, locos incurables, pervertidos sexuales y demás degenerados que forman legión en todas las naciones”. 6 El jefe de Policía de Montevideo, Juan Carlos Gómez Folle, en la década del 20, hizo especial hincapié en el combate de “otro aspecto de la delincuencia, representativo de los tiempos que corren”, el que ofrecía “la larga serie de degenerados de toda especie que infectan la capital, desde los depravados sexuales hasta los consumidores de estupefacientes, desde los afeminados indecorosos hasta las pervertidas en todo lo que de más noble y puro tiene la mujer”. 7 El trabajo de los homosexuales en los prostíbulos que Collazo registró en Montevideo también era común en Buenos Aires, según cuenta Carella: “En casi todos los lenocinios había pulgos 8 que se encargaban de cocinar, limpiar, hacer los mandados y servir en el reservador”. 9 Un memorioso recordó en Rosario: “Los maricones tenían sus reuniones también en la casa de Santiago y Rivadavia. Me acuerdo que una vez que la Policía allanó la finca, encontraron a muchísimos hombres vestidos con ropas femeninas, haciendo una verdadera orgía. Entre ellos, entre los que cayeron detenidos en la Alcaidía, había un médico rosarino muy conocido. Al otro día, fui por la Jefatura y me dijeron lo que había pasado, y si quería ver a los tipos. Había un negro grandote, que se abanicaba con un abanico, todo 5 6

Collazo: O. cit. José Pedro Barran: Amor y trasgresión en Montevideo, 1919-1931, Montevideo, Banda Orien-

tal, 2001. 7

Ib. El masculino de “pulga”. Homosexual en lunfardo. 9 Carella: El tango, p. 25. 8

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a los tipos. Había un negro grandote, que se abanicaba con un abanico, todo vestido de mujer todavía. Todos estaban disfrazados así”. 10 Otro lugar de encuentro de homosexuales rosarinos en las primeras décadas del siglo XX era “una casa en Avenida Corrientes al 200. [...] El más conocido entre los habituales concurrentes, era un homosexual apodado la Renée. Allí, en los altos de la tienda La Vencedora, celebraban sus encuentros y fiestas, que terminaban muchas veces con la irrupción imprevista de la Policía, sobre todo en la época en que era más urgente la limpieza periódica de los vidrios de la Jefatura, menester para el que los vigilantes elegían siempre a los maricas, obligados entonces a entregarse con trapo, jabón y agua a la muy femenina pero nada agradable tarea”. 11 Policía y Zwi Migdal tenían un punto en común: el machismo que vedó la entrada de homosexuales a las secciones cuarta y novena, las zonas de la prostitución de la época. Mientras la Policía encarcelaba a los homosexuales para humillarlos haciéndoles lavar los vidrios, los matones polacos les propinaban palizas históricas. Los homosexuales eran “condenados a ejercer su comercio sexual en condiciones por demás subrepticias”. 12 Rosario en los años locos fue zona liberada. Para hombres heterosexuales.

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Testimonio de Luis Cosulich, en entrevista realizada por Zinni y Ielpi en el Hotel Savoy, de Rosario, el 28 de abril de 1971. En Rosario, p. 84. Los autores no cuentan por qué Cosulich fue a la Jefatura. Es probable que haya sido periodista. También es evidente que los detenidos eran expuestos sin mayores inconvenientes. 11 Ib., p. 80. 12 Ib., p. 80. 209


62. SIGMUND FREUD: Lo que el análisis puede hacer por su hijo va en otro sentido

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ra 1935. Un médico austríaco le contestaba a una madre norteamericana una carta: “Por su carta entiendo que su hijo es homosexual. Me impresiona el hecho de que usted misma no mencione esa palabra al informarme sobre él. ¿Puedo preguntarle por qué la evita? La homosexualidad no es, sin ninguna duda, una ventaja, pero tampoco algo de lo que avergonzarse, no es un vicio, no es una degradación, y no puede catalogarse como una enfermedad; lo consideramos una variación de la función sexual producida por una cierta detención en el desarrollo. Muchas personas respetables de los tiempos antiguos y modernos han sido homosexuales, entre ellos algunos grandes hombres (Platón, Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, etcétera). Es una gran injusticia y una crueldad perseguir la homosexualidad como si fuera un delito. Si no me cree, lea los libros de Havelock Ellis. [...] Al preguntarme si puedo hacer algo, supongo que quiere decir si puedo abolir la homosexualidad y hacer que su lugar la ocupe la heterosexualidad normal. La respuesta es que, en general, no podemos prometer que se logre. [...] Lo que el análisis puede hacer por su hijo va en otro sentido. Si es infeliz, neurótico, está atormentado por conflictos o se muestra inhibido en la vida social, el análisis puede aportarle armonía, paz mental y una gran eficacia, tanto si sigue siendo homosexual como si cambia”. 1 Sí, el médico austríaco es, Sigmund Freud. También escribió: “En general, emprender la conversión de un homosexual plenamente desarrollado en un heterosexual no ofrece muchas más perspectivas de éxito que hacer lo contrario, excepto que por razones prácticas, esto último nunca se ha intentado”. 2 Según cuenta Mondimore, “las descripciones de Freud de homosexuales perturbados que fueron a su consulta para que los tratase fueron utilizadas por teóricos posteriores para sostener su propio argumento de que la homosexualidad era, de por sí, prueba de que había un problema mental. Freud no compartía esa opinión”. 3 Partiendo de aquellos trabajos freudianos sobre los pacientes del austríaco, los analistas llegaron a conclusiones fantásticas. Para ellos, los homosexuales tenían “todas sus relaciones perturbadas: eran obsesivos, narcisistas. inmaduros, incluso paranoides, estaban movidos por el miedo, la decepción y el odio tanto en sus relaciones sexuales como no sexuales. Los teóricos psicoanalíticos llegaron a definir a los homosexuales defectuosos en muchas áreas de la vida, incapaces de mantener relaciones maduras, ‘fijadas’ en un momento infantil de decepción, abandono y rabia, que actuaban implacablemente en los conflictos inconscientes de las relaciones fútiles, narcisistas, superficiales y breves. Freud seguramente hubiera estado disconforme con 1 Sigmund Freud: “Carta a una madre americana”, American Journal of Psychiatry, núm. 107 (1951), p. 786. Citada por Mondimore: Una historia natural de la homosexualidad, p. 102. 2 Freud: “Caso de homosexualidad femenina” citado por Mondimore: O. cit., p. 102. 3 Mondimore: O. cit., p. 101.

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superficiales y breves. Freud seguramente hubiera estado disconforme con estas ideas”. 4 La psiquiatría convertiría en pacientes a miles de personas que luchaban por tener una identidad propia al privilegiar, arbitrariamente, la atracción entre sexos diferentes como la norma y desde allí juzgar a toda la sexualidad. Visto desde esa caprichosa posición la homosexualidad se percibe como algo “detenido” en algún lugar de la infancia, una “perversión”. La mayoría se impuso a sí misma “científicamente” como norma y de esa manera logró marginar a las minorías. Alguna vez el Concilio de Letrán dijo que el matrimonio era heterosexual, monogámico y sagrado. Todo lo demás fue pecado. Ahora la ciencia decía que el ser humano era heterosexual. Todo lo demás era enfermedad. El nuevo mito inauguraría cien años más de desgracias para los no heterosexuales. En Argentina, un país con una clase media tan apegada a soluciones mágicas y especialmente a cualquier cosa que se haga acostado en un sillón sin otro esfuerzo más que hablar, el psicoanálisis se convirtió en la nueva fe. Los nuevos cruzados en nombre de la ciencia se creyeron con derecho a todo. Adolfo Bioy Casares registra con ironía hasta dónde podían llegar estos profesionales: “En poco tiempo le chocaron dos veces, por detrás, el coche nuevo, y el psicoanalista le aseguró que el hecho era una prueba evidente de homosexualidad reprimida”. 5

4

Ib., p. 103. Adolfo Bioy Casares: Descanso de caminantes. Diarios íntimos, Buenos Aires, Sudamericana, 2001, p. 237. 5

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63. URIBURU

Y EL PRÍNCIPE: Argentina es la joya más preciada de la corona bri-

tánica

J

osé Evaristo Uriburu (h) podía estar satisfecho. No solo era hijo y yerno de ex presidentes argentinos (José Evaristo Uriburu y Julio Argentino Roca, padre de su esposa, Agustina Roca), sino que además, como embajador argentino en Londres, vivía en una mansión de estilo georgiano en el paquetísimo barrio de Belgravia, a costas del Estado argentino, casi un bien de familia. Faltaba poco para que su cuñado, el futuro vicepresidente Julio Argentino Roca (h) lanzara su frase inmortal: “La Argentina es la joya más preciada de la corona británica”. El embajador sentía que era el hombre exacto en el lugar exacto. Muy pronto su primo, José Félix Uriburu, también sería presidente. Tendría el “honor” de dar el primer golpe de Estado argentino. José Evaristo (h) tenía una hermosa esposa, hijas adorables y un hijo varón, José Evaristo Uriburu (III), matriculado en Cambridge, políglota, inteligente y hermoso, del tipo latin lover, morocho, alto, veinteañero y seductor. Se había hecho amigo nada menos que del príncipe Jorge, el hijo menor del rey Jorge v y la reina María. Tan amigos eran que el principito solía comer en la residencia argentina. Un golazo diplomático. Le caía muy bien al embajador la amistad de su hijo con el duque. Hasta esa noche en que se levantó a tomar agua y vio al príncipe Jorge, que había cenado en su casa y despedido horas antes, escabullirse como una sombra. Salía del dormitorio de José Evaristo (III) acomodándose torpemente las ropas desordenadas. Hubo una discusión descomunal entre padre e hijo sobre los alcances de la política de relaciones anglo-argentinas. Resultado: dos lámparas rotas (pagó el Estado argentino) y regreso sumarísimo para el nieto Uriburu a Buenos Aires. La del duque no era la primera historia homosexual de la monarquía. La historiografía británica reconoce que Ricardo I Corazón de León, rey y cruzado de Inglaterra de 1189 a 1199, estuvo enamorado del rey Felipe de Francia. Era un amor correspondido. Pasaron varios años juntos en la Tercera Cruzada a Palestina. Nadie se incomodó con eso. Distinta fue la historia de Eduardo II, rey desde 1307 a 1327, quien murió por orden de su esposa, Isabel de España, con la introducción de un hierro candente en el ano como castigo ejemplar. Antes había visto cómo su entorno asesinó primero a su amante, Piers Gaveston, y después a su segundo amor, Hugo el Despenser, a quien le cortaron los genitales, los quemaron en público y luego decapitaron. José Uriburu y el príncipe Jorge habrían protagonizado una historia más apacible. Se conocieron en una recepción diplomática y fueron inseparables. Tenían poco más de veinte años. Solían pasar los fines de semana en la residencia del príncipe en Gerald Square, en el mismo barrio de Belgravia, aún hoy una de las zonas más caras del mundo. En las veladas más paquetas del Londres descontrolado de los años 20, andaban juntos, el argentino y el inglés, y si bien no dejaron testimonio público (era una época en la que la ac212


tividad homosexual, aun en privado, era un delito criminal penado con cadena perpetua), tomaban mini-vacaciones en las casas de campo de amigos que “alentaban la relación y los miraban con simpatía”, según el historiador Donald Spoto. 1 Los amigos del príncipe promovían la amistad porque pensaban que de esa manera Jorge iba a sentar cabeza y olvidar esa obsesión que tenía por el actor, dramaturgo y estrella inglesa de los años 20, Noel Coward. No fue así. Desde el otoño del 23, cuando se conocieron en un teatro, hasta la muerte del príncipe, 19 años después, Jorge y Noel vivieron un romance con idas y vueltas, que fue el eje de los chismorreos londinenses. El príncipe, el menor de los hijos del rey Jorge V, tenía cuatro hermanos: Eduardo (que llegó a rey como Eduardo VII, y abdicó a la corona para casarse con la plebeya Wallis Simpson), Alberto, (después rey Jorge VI, padre de la actual reina Isabel), Enrique y María. Jorge era un Isidoro Cañones de la Londres de entreguerras, una ciudad hipócrita, victoriana y libertina. Campeón de tango en Cannes, habitué de la Riviera francesa, Jorge, alto, rubio, el más inteligente, elegante, simpático y culto de la familia, el consentido de la reina, el más lejano en la línea sucesoria. Cuando perdió la amistad de Uriburu se consoló con la de un aristócrata italiano primero y después con la de un arquitecto francés. Tenía un corazón elástico, sí. Al mismo tiempo, escribía cartas apasionadas a Coward, al francés y al amigo argentino. Allí apareció en su vida Kiki Whitney Preston, “la chica de la jeringa de plata”, quien le abrió las puertas a la cocaína y la morfina. Hay versiones no confirmadas por el biógrafo Spoto de otro argentino en la saga: Jorge Ferrara, un bisexual quien, a instancias de Kiki, se habría sumado a repetidos ménage á trois estadounidense-argentino-británico. La familia real, al enterarse del entuerto, le pidió a Eduardo, príncipe de Gales, que ayudara a su hermano díscolo. Pésima idea. Eduardo tenía organizado un viaje por Sudamérica para “afianzar relaciones comerciales”. Anduvo por Perú, por Chile, por Brasil y, claro, por la Argentina. Al enterarse del itinerario, el príncipe Jorge aceptó gustoso el convite de su hermano. Era la oportunidad que buscaba para reencontrarse con su amor latino. Fue en 1931. Era presidente el primo del dandi, José Félix Uriburu. Se sabe que los príncipes pasaron por Ascochinga, y se alojaron en la estancia San Miguel. No hay constancias de que haya habido allí algún reencuentro, pero Donald Spoto asegura que tuvo lugar. 2

1

Donald Spoto: Esplendor y ocaso de la dinastía Windsor, Buenos Aires, Javier Vergara, 1996. Ser incluido en la biografía, a pesar de tratarse de una biografía no oficial, confirma que José, para el príncipe, no fue un capricho de una noche, sino una historia que no terminó con el enojo del embajador. 2 También lo asegura Juan José Sebreli en Escritos sobre escritos, p. 305. 213


Al regreso, Eduardo fue claro: “Papá, Jorge es incorregible”, le dijo al Rey. El Rey llamó a Jorge y le espetó: “En mis tiempos la gente así tomaba como un deber el suicidarse”, demostrando que González Castillo y Bunge ni siquiera habían sido originales. Como Jorge parece haber sido uno “de esos degenerados que no poseían el valor para el suicido” tuvieron que pensar otra solución. Y comenzó entonces el operativo para desposar al muchacho que culminó con éxito en octubre de 1934 cuando lo casan con la princesa Marina de Grecia, linda, inteligente, sofisticada y ambiciosa. Se convierten así en los duques de Kent. Pero el duque de Kent fue apresado en Londres en 1941, travestido y borracho junto a Coward. El dato nunca trascendió. Un año después, moría en un accidente de aviación de la Segunda Guerra Mundial. Y quedó travestido para la historia en héroe de guerra, lo que en alguna medida encierra cierta justicia poética.

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Historia de la Homosexualidad en la Argentina - Parte 5  

PARTE V EL BAJO FONDO Tango, inmigración y anarquismo