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pinamar


Hernรกn Vanoli

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Vanoli, Hernán Pinamar - 1a ed. - Buenos Aires : interZona editora, 2010. 142 p. ; 22x14 cm isbn 978-987-1180-62-2 1. Narrativa Argentina. i. Título cdd a863

© Hernán Vanoli, 2010 © interZona editora, 2010 Pasaje Rivarola 115 (1015) Buenos Aires, Argentina www.interzonaeditora.com info@interzonaeditora.com Diseño: Gustavo J. Ibarra Imagen de tapa: IStockphoto isbn 978-987-1180-62-2 Impreso en la Argentina. Printed in Argentina Libro de edición argentina No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la trans­misión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.


Hoy, me acordé de las tardes de verano juntos sí, ya lo sé, tengo que seguir mi vida pero esta es una canción solo una canción de despedida Los Lunes Y también hay una vieja escoba que ya no barre nada Leónidas Lamborghini


Apagué el televisor donde pasaban una y otra vez esas imágenes, periodistas que hablaban de guerra civil, de riesgo país, de estallido social, humo negro, policías a caballo, ancianos con cacerolas, adolescentes izquierdistas con pañuelos en la cara, un asco, y entonces se me ocurrió escribir un diario, hermano mío, tengo que escribir este diario y mandártelo a tu casa en México apenas vuelvas de tus vacaciones, canalizar la frustración que me produce encender la tele y ver un chino que llora porque le robaron el arbolito de navidad, no soporto ver gente que llora, me hace mucho mal, el llanto del chino me hace pensar en esa nena vietnamita y desnuda de la famosa foto, que dicho sea de paso ahora preside una ong, pero la nena llora porque atrás hay un pueblo en llamas, incendiado con napalm, y acá en cambio el chino llora porque le robaron mercadería y un arbolito de navidad en el que no cree, comprado solo para ganar la simpatía de esos clientes que apenas tengan la oportunidad van a robarle todo lo que encuentren, a saquear su pequeño supermercado chino, a llevarse cada pote de lácteos podridos, y que en caso de no encontrar nada útil van a llevarse el arbolito para llenarlo de luces chinas y festejar una navidad en la que ellos, sus saqueadores, tampoco creen. Atrás, en lugar del tanque de guerra que puede adivinarse en la foto que hizo famosa a la hoy funcionaria, hay vecinos y punteros peronistas que aprovechan la situación y se llevan un pollo congelado, pasta de dientes, quesos untables, latas de arvejas o inmundicias similares. Nunca vi imágenes de otro país con gente que roba comida frente a policías que lo permiten, 11


policías que uno podría pensar que casi lo festejan, y si lo festejan es porque esos policías saben que después van a comerse ese pollo que está robando su hermano, o su primito, o su sobrino, o incluso su mismísimo hijo, todo el mundo sabe que acá los policías y los delincuentes pertenecen a la misma familia, que todos los policías y los indios y los políticos delincuentes y los delincuentes comunes pertenecen a la misma familia peronista, y que van a comerse ese pollo con las manos, a tragarse hasta el cartílago, porque en este país cualquier cosa blanda y ligeramente carnosa es considerada un manjar divino, no importa si se trata del intestino o de la lengua de un animal, eso no importa. Los policías no solo permiten el delito sino que también se ríen, se burlan por la envidia que sienten y siempre sintieron con respecto al chino, porque el chino trabaja y después vuelve a China o viaja a los Estados Unidos, y ellos se van a quedar acá, toda su vida presos en este infierno africano, custodiando los grandes supermercados del mismo modo en que sus jefes peronistas custodian las grandes fortunas en sociedad con los punteros, socios del mismo club de narcotraficantes de provincia. Tendría que analizar por qué me molesta tanto que la gente llore, la cara de una persona que llora es espantosa, ver llorar a alguien es un momento de mucha obscenidad, nunca podría enamorarme de alguien que llora en público, nunca podría casarme o votar a alguien que llora frente a los demás, nunca le daría las llaves de mi auto a alguien que llora y no le importa que el resto de la gente vea su cara deformada, sus mocos, su saliva brillante que cuelga de los dientes a los labios. Ayer papá lloró en el living, lloró en los hombros de mamá, lloró como el chino, o como un lactante que al nacer comprende que toda su vida va a ser rehén de los millonarios intendentes del conurbano bonaerense, esos son los peores, brother, nada peor que un millonario peronista, quizás solo un universitario peronista amigo del peor es nada sea peor que eso. Candelaria y yo nos fuimos a nuestra habitación, me di cuenta de que ella estaba angustiada y hubiese querido consolarla pero no 12


pude, tuve miedo de que también se largase a llorar, de que todo el mundo se largase a llorar, de que Irene llorase en la cocina, imagino pocas cosas más desagradables que ver llorar a Irene, quizás coger con Irene sea todavía más desagradable. Hace unos años tuve una seguidilla de sueños en los que cogía con Irene, nunca llegué a contártelos ni tampoco los conté en terapia. En mis sueños Irene me ataba al sillón donde los domingos papá se sienta a leer el diario y empezaba a desnudarse enfrente mío, primero se sacaba su delantal hecho a medida y se quedaba en enagua, una enagua con los breteles sucios y desteñidos por su transpiración, y bailaba cumbia, su gigantesco culo bailaba cumbia debajo de la enagua en forma podría decirse hasta poética, y mientras bailaba terminaba de desnudarse, su cuerpo aborigen y deformado por la carne y el mate y los bizcochos de grasa que consume en cantidades industriales financiadas por el dinero de mi familia caía al suelo, y en el suelo se abría de piernas. Para ese entonces yo también estaba completamente bañado en transpiración, como si la suya se me hubiese contagiado, el contagio de su transpiración y de su cumbia me producía unas náuseas imposibles de describir, pero al mismo tiempo una erección tremenda, ingobernable como este basurero al que los medios corruptos siguen llamando país. Entonces el sueño terminaba y yo me levantaba exhausto, a veces húmedo y pegajoso, empapado en vergüenza y humillación, sumergido en un mareo asfixiante, con los músculos del cuello contracturados, y con la intimidante sensación de que esa enagua con suave perfume a carne frita me rozaba la piel, procedía a abrir el grifo de la ducha, a bañarme mientras imaginaba el funesto desenlace de ese sueño. Entre dormido y despierto imaginaba las perversiones a las que me sometía esa Irene poseída por la cumbia, con una erección incontrolable imaginaba a Irene sometiéndome gracias al cuchillo que usa para cortar la carne de sus empanadas fritas, su sonrisa reflejada en el filo del cuchillo que usa para preparar esas empanadas que papá elogia con desmesura y mastica con desesperación, cuyo mero 13


olor puede llegar a producirme dos o tres días de fatídica diarrea, ardor estomacal y vómitos. Imaginaba que después de obligarme a cogerla Irene me sacrificaba para convertirme en el relleno de una grotesca empanada casi tan gigante como su culo, una empanada que mi propia familia comería un sábado por la noche, mi familia devorándome sin imaginar que esa carne era en realidad carne de su carne. Podía imaginarlo todo con una claridad extraordinaria, Irene encubierta por policías ineptos y haraganes, provenientes quizás de la misma tribu aborigen de la que sin lugar a dudas proviene ella aunque cada vez que puede me enrostra sus supuestos orígenes españoles, protegida por esos policías que se dedicarían a echarle la culpa de mi desaparición a cualquier ciudadano de bien, o simplemente dirían que no existen pruebas de mi muerte y que es probable que yo haya abandonado el país, de lo que ganas no me faltan, pero desgraciadamente este verano la crisis y todo este circo obligaron a que papá decidiera que nuestra familia tiene que pasar las vacaciones en Pinamar, un lugar horrendo, y esa es otra de las razones por las que voy a escribir este diario, por eso y porque todos los seres humanos necesitamos desahogarnos, y también porque te extraño mucho, hermanito del alma.

Por primera vez desde mi regreso tengo en claro lo que voy a hacer. Voy a investigar qué pasó con Lucio, cueste lo que cueste, y sospecho que en su cuaderno puede haber alguna clave. Venía siguiendo a mi hermano desde hace alrededor de una semana, escondido en un taxi o camuflado en la cola del banco que queda frente a su edificio, viéndolo salir por la mañana, esperando el momento para volverle a hablar. Porque con él sólo me interesaba conversar, no quería pedirle plata. Necesitaba explicarle muchas cosas, preguntarle otras, estaba juntando valor. Dudo que estuviera al tanto de mi cercanía. Hasta que en el diario de ayer leí que Lucio y su mujer están desaparecidos: la policía los busca desde hace cuatro días. 14


Salieron con su flamante Citroën C4 en dirección a Pinamar, y la última imagen que se tiene de ambos es la de una cámara de seguridad de una estación de peaje en la autopista La Plata-Buenos Aires. Sus hijas, Rosario de dos años y medio, y María Esperanza de seis meses, a Dios gracias quedaron en manos de nuestros padres. No hablo con ellos desde hace más de diez años, no conozco a las bebés. Estuve lejos durante mucho tiempo. Para mitigar la soledad, esta mañana estuve revisando las notas que escribió Lucio hace más de diez veranos. Me llegaron en una encomienda a Coyoacán, una tarde de febrero de 2002. Se trata de un cuaderno de hojas rayadas y tapas duras, forrado en papel araña, que aún conserva restos de arena y olor a mar. En realidad, el material cayó en mis manos en un momento complicado de mi vida, y hasta ahora nunca tuve el coraje de leerlo completo. Hoy, un día de lluvia, de incógnito en Buenos Aires, sé que lo necesito para entender qué paso con mi hermano. Esta mañana saqué el cuaderno del sobre de plástico donde lo tenía escondido y pasé largo tiempo acariciándolo, como si fuese un gato o una reliquia. Empecé a leerlo haciendo esfuerzos para no perderme en esa letra en imprenta que a veces no respeta los renglones, testimonio de una gran crispación. No me hizo bien: afrontarlo es sumergirme en la gestión de mi pasado.

Releo lo que escribí sobre Irene y siento algo parecido a la culpa, a decir verdad, Irene es una empleada muy leal, ineficiente, haragana y mentirosa pero leal al fin, una mujer que conoce sus limitaciones y las limitaciones de la clase social a la que pertenece y por eso se esfuerza en progresar, una buena mujer capaz de guardarme algunos secretos sin pedirme nada a cambio, que sabe cuándo hablar y cuándo callar, y que mandó a sus hijos al colegio, e incluso tiene una hija que asiste a la universidad pública. No recuerdo bien qué estudia la hija de Irene pero una vez ella le mostró su foto a mi querido amigo Felipe, hace algunos años, cuando todavía estábamos en el colegio secundario 15


Irene le mostró a Felipe la foto de su hija, y en un principio me ofendí porque nunca me había mostrado esa foto, tenía esa foto escondida en la billetera y nunca me la había mostrado, hasta que comprendí o mejor dicho confirmé que Irene está secretamente enamorada de Felipe, que como a casi todas las mujeres, sin distinción de nivel de inteligencia o de clase social, le gustaría coger con Felipe, mezclar sus flujos corporales y sus genes con los de Felipe, ser castigada y humillada por Felipe mientras cogen, y que su hija era solo la posibilidad mediada de cumplir sus anhelos más estúpidos y animales, y que estaba dispuesta a entregarle a Felipe a su hija odontóloga o contadora estudiante de la universidad pública, a Felipe y no a mí. Felipe le dijo que su hija era muy linda, además de mentir que su hija era muy linda llegó a compararla con Jennifer López, mi amigo puede ser muy delirante, puede ser muy cruel en el más amplio sentido de la palabra pero no por eso deja de ser encantador para las mujeres, o quizás sea eso lo que lo hace encantador para todo el mundo, o quizás pensó que la hija de Irene se parecía realmente a Jennifer López, aunque eso no importa básicamente porque Felipe puede encontrar hermoso a un pedazo de bofe tibio con un conveniente agujero si está de ánimo suficiente. De todas formas Felipe no mencionó una palabra con respecto a la posibilidad de que Irene le presentase a su hija, ni una palabra, solamente la elogió y dijo que era parecida a Jennifer López. Y a pesar de eso, a pesar del desprecio de Felipe hacia la maravillosa Jennifer López que le sonreía desde esa foto carnet, a pesar de que Irene solo me pasó la foto de su hija esa misma noche cuando terminé de cenar mi ensalada caprese con agua mineral, a pesar del maltrato le dije a Irene que me gustaría conocer a su hija, que estaba realmente interesado y que me entristecía muchísimo el hecho de que ella se la hubiera ofrecido a Felipe en lugar de a mí, porque yo pertenecía a la familia que había pagado su deformidad, su gordura y sus bizcochos de grasa a lo largo de todos estos años, y de alguna manera me sentía con cierta prioridad con respecto a Felipe, con 16


más derecho que Felipe a conocer y abusar de su espantosa hija estudiante de la universidad pública, parecida además a Jennifer López. A esto se lo dije de otra manera, obviamente me expresé de otra manera porque mi experiencia en talleres de escritura me enseñó a escribir y a expresarme con propiedad, los talleres literarios me enseñaron a tratar con gente de muy diversa calaña, gente que merecería estar presa o al menos trabajando, gente a la que le haría muy bien trabajar alguna vez en su vida, y cuando digo trabajar digo trabajar, vos sabés hermano mío lo que significa esa palabra, trabajar y no ejercer el ocio rentado que se propugna en las facultades de humanidades de la universidad pública, subsidiadas con el dinero de los pobres, donde se dictan unas carreras a las que por supuesto la hija de Irene no accede. Incluso en una época llegué a salir con la hija de un famoso político peronista que asistía a un taller literario, salí con la hija de un millonario peronista, de los peores, a esto no te lo conté, salí con la hija de un político corrupto y millonario apoyado por los amigos del peor es nada, y me da tanta vergüenza que por eso tampoco lo mencioné en terapia. Tendrías que haber visto el regocijo de Irene, la alegría de ese parásito que día tras día moviliza su culo por la cocina de mi casa cual piquetero mendigándole al Estado cuando le comenté que me encantaría conocer a su hija, su ampulosidad al explicarme que no pensó que yo estuviera interesado, que no creyó que ni Felipe ni yo estuviésemos interesados, pero que en particular no creyó que yo quisiera conocer a su hija porque siempre hablo así sobre la gente que vive en la provincia. Y no solo hizo eso, no solo me echó en cara mi manera de expresarme, con una pacatería insufrible, sino que agregó que su hija estaba de novia con un compañero de su facultad, y con siniestro orgullo agregó que el muchacho ese, que ese pobre desgraciado alumno de la universidad pública, era hijo del dueño de una pinturería muy importante en la provincia, no entendí muy bien si en González Catán o Tristán Suárez, o alguna otra localidad de calaña semejante, da exactamente lo mismo, 17


seguro que un páramo no asfaltado y lleno de policías indigentes y de cartoneros capaces de robar pintura solo para drogarse con su olor. Su reacción me descolocó por completo y cuando pude asimilarla, cuando mi conciencia pudo asimilar la falta de respeto contenida en su respuesta no tuve otra opción que aplicar el método que aconsejó mi psicólogo para bloquear estallidos de ira, mover los dedos del pie al interior de mi zapatilla, cerrar los ojos y hacer girar mi cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, respirar hondo, pensar en cosas buenas, por ejemplo en mi futuro una vez que me anime a decirle a papá que abandoné completamente la carrera de ingeniería ambiental, que abandoné la asquerosa universidad donde quiso encerrarme y que voy a dedicarme al turismo. A esto nunca te lo dije y espero que me des tiempo para arreglarlo, pero lo cierto es que abandoné la facultad hace ocho meses y medio, la abandoné porque la ingeniería ambiental no me interesa en lo más mínimo, y tampoco me interesa pudrirme en esa detestable universidad religiosa, un chimpancé que pague la cuota podría recibirse de ingeniero en ese lugar, no me cabe ninguna duda. Te contaba que hice los ejercicios y logré bloquear la ira, conseguí que la ira se desinflara y al final desapareciera por completo, sentí un hermoso placer al controlar la ira y decirle a Irene que era una verdadera lástima, que me daba pena en serio que su hija parecida a Jennifer López después de haber sido quemada en un estanque de brea no pudiera concederme una cita, y que cuando estuviera libre por favor no se olvidase de pasarme su contacto, o su e-mail en el mejor de los casos, porque, como vos sabés mejor que nadie, hermano querido, soy un poco tímido en las conversaciones telefónicas.

Lucio retomó sus estudios de ingeniería ambiental apenas volvió de esas vacaciones, tras una discusión violenta con nuestro padre. Para esa época me mandaba mails desgarradores pidiendo que 18


por favor le enviase un pasaje para venir al d.f. a vivir conmigo, prometiendo que iba a ser mi secretario privado, mi esclavo. Me hubiera encantado ayudarlo, pero yo estaba hundido. Tras el tiempo que nos habíamos tomado durante mis vacaciones en Europa, apenas volví a México, mi pareja tuvo un accidente de tránsito en la autopista a Toluca, donde perdió una pierna y mató a un matrimonio de ancianos que viajaba al estado de Guerrero en una pequeña camioneta. Fue un veraño extraño. Al volver de mis vacaciones, y por alguna extraña razón, todos mis amigos empezaron a evitarme, o me acompañaban apenas esporádicamente, como si yo hubiera tenido la culpa de algo, como si ellos no la hubieran tenido. Hasta que de a poco empezaron a volver y a pedirme cosas, Lucio fue mi único cable a tierra. Cada vez que yo venía a Buenos Aires nos encontrábamos e íbamos de copas por la zona de Retiro. Empezábamos con gin tonics, Lucio adoraba el Bombay Sapphire, siempre con Schweppes, si no había Bombay tenía que ser Tanqueray, nunca gin Beefeather, Lucio adoraba despotricar contra el Beefeather, a su juicio caro y de peor calidad. Éramos generosos, Lucio siempre andaba con sus amigos e invitábamos tragos frutales, daikiri de ananá, de frutilla, de durazno o de limón, margaritas a chicas extranjeras, de un lado a otro de la ciudad, de taxi en taxi, o cuando se podía en el auto de Felipe si es que Felipe conseguía desligarse de su mujer, o en la camioneta del hermano del Duque, varios días seguidos, días de gira. Supongo que transcribir este diario letra a letra, en la computadora portátil que me regaló Eduardo apenas volví, resucitar esas palabras, es una manera de sentirme cerca de mi hermano, de fortalecerme con su humor, de entender cómo empezó todo. Con Lucio nunca hablamos con profundidad de estos escritos. Si llego a encontrarlo voy a proponerle que los quememos juntos.

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Ahora, con más distancia, puedo reconstruir lo que pasó ayer a la tarde, es muy doloroso, papá lloró y después mamá dijo que papá lloraba porque lo traicionaron, y acto seguido, sin que yo se lo preguntase, aclaró que podía quedarme tranquilo porque no éramos pobres y todo estaba bajo control, y mientras me lo decía volví a tener la espantosa sensación de que, ella también, estaba a punto de largarse a llorar. No hubiera podido aguantarlo, que mamá explotase en un llanto histérico mientras aclaraba que no éramos pobres, que pasado mañana nos íbamos a Pinamar porque mejor pasar año nuevo allá, que a papá iba a hacerle bien despegarse de todo. La voz de mamá estuvo a punto de quebrarse un par de veces, estaba con su robe de chambre, los ojos rojos sin maquillaje, la piel como de pasta de almendras color piel, sus dudas cuando le pregunté por la traición, cuando me dijo que a papá lo habían traicionado sus amigos. Mamá prefirió no contestarme cuando le recordé que cuando papá se emborracha dice que no tiene amigos, no dijo nada cuando aclaré que cuando papá se emborracha con las botellas de champagne que guarda para los momentos especiales jura que sus verdaderos amigos vivían en el espantoso y gracias a Dios lejano barrio de Mataderos, cada vez que papá se emborracha, te acordarás brother, cuenta historias de cuando iba a las canchas de fútbol y después tomaba vino moscato en taperas que no cumplen con los mínimos requisitos de salubridad. Ya que hablaba del moscato voy a contarte una anécdota que se vincula con mi futuro laboral en el mundo del turismo, hace tanto que no nos vemos que extraño contarte mis anécdotas, hermano querido, tenés que saber que el moscato es uno de los peores brebajes que probé en mi vida. Una mañana en que me hice la rata del colegio con Felipe y con Benny, hace un par de años, fuimos a una pizzería de la Avenida Corrientes y pedimos pizza con moscato, rodeados de oficinistas y de bancarios y de actores de segunda que debían salir de algún ensayo en esas salas que abundan alrededor de la Avenida Corrientes, Felipe, Benjamín y yo pedimos una jarra de 20


vino moscato, allá en Europa es todo tan distinto, pero intentá imaginarlo por un segundo, ponete en mi lugar. Yo mismo convencí a mis amigos de pedir pizza con moscato, les dije que la pizza y el moscato podían llegar a ser una atracción muy redituable en caso de que trabajásemos con turistas europeos de cerebro subdesarrollado, los convencí de que era absolutamente imprescindible que probásemos la pizza con moscato y cosas todavía peores, como la tripa gorda o el mondongo, si es que pretendíamos convertirnos en verdaderos empresarios hoteleros y del turismo, o si incluso nos atrevíamos a soñar con nuestro propio emporio en la industria del turismo, porque como te dije no pienso terminar mi carrera de ingeniero, no pienso perder tanto tiempo, eso nunca, y principalmente no pienso volver a pisar en mi vida la mediocre universidad religiosa. El moscato resultó venir servido en una extraña jarra de metal, un brebaje amarillento que no hizo otra cosa que recordarme el querosén o alguna otra sustancia de un nivel tóxico similar, su gusto me generó tal ardor estomacal que sentí que mi nariz iba a achicharrarse, o que iba a hundirse en mi cara, o a desaparecer, o simplemente a caerse sobre las mesas de fórmica mugrienta de esa pizzería, dejándome transformado en un verdadero monstruo, a merced de la cirugía estética, solo en la vida, como esos seres nauseabundos que duermen en la calle gracias a Dios cubiertos por una gigantesca e infecta frazada, individuos que no se sabe si están vivos o muertos pero lo que sí se sabe es que la sociedad preferiría que estuviesen muertos. Fue así que no tuve mejor idea que obligar a Benjamín a probar el brebaje, sentí la imperiosa necesidad de que mi amigo Benja se sacrificase por nosotros y fuese el primero en mojar sus labios y arruinar su aparato digestivo con el moscato, y Benny Benja no tuvo otro remedio que aceptar, el bueno de Benny tuvo que tomar el moscato antes que nosotros, tuvo que prestarse como conejillo de indias para que nosotros tuviésemos tiempo de asimilar la espantosa proximidad del moscato con respecto a nuestros estómagos, todavía puedo acordarme del movimiento de 21


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