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EN EL CERRO SAN COSME HUGO RAMIREZ ALCOCER

 laplumadelescritor.com


EN EL CERRO SAN COSME Primera edición Prohibida su reproducción ©laplumadelescritor.com 2012 Primera edición: noviembre de 2012 ISBN: 978-84-615-6721-8 DL: B.30.383-2012 Impresión y encuadernación: Barcelona Printed in Spain – Impreso en España hra31093@hotmail.com


A: la familia Calloccunto, en ella a la inmensa masa abandonada que sufre las iniquidades de un sistema explotador.


“La vida y la muerte van juntas, unidas, en busca de un ideal perfecto y un mundo mejor�


PRIMERA PARTE


En el cerro San Cosme

I

El reloj marcaba la cinco de la mañana. Una crisis de tos, a esa hora, despertó a Anselmo que se incorporó para eliminar varias bocanadas de sangre sobre el suelo. Débil, pálido, asustado, con voz ahogada y entrecortada, llamó a su compañera Jacinta. Con el silencio por respuesta se levantó de la cama y alcanzó con dificultad el umbral de una habitación silenciosa y lúgubre donde se apoyó observando las camas vacías de sus hijos. Se encontraba solo en aquella casucha sedienta de calor y alegría, llena de dolor y sufrimientos como el cerro que nunca dejaba de toser. Dio media vuelta y, tanteando la pared, se dirigió a la puerta de la calle. La abrió y se fue alejando, acompañado de una tos seca y persistente que tambaleaba su cuerpo conforme descendía del cerro. “¡Tengo que llegar! ¡Tengo que llegar!”, repetía con una debilidad que apenas le permitía mantenerse en pie. Avanzó un trecho y se detuvo. Un nuevo acceso de tos, seguida de otra bocanada de sangre hicieron que se desvaneciera cayendo sobre el suelo terroso. Casi muerto, con un hálito de vida, fue hallado por sus vecinos a la luz del alba sobre un charco de sangre. –¡Vamos, deprisa, llevémoslo al hospital! Doroteo, al quiosco, avisa a su mujer. Llegaron a urgencias en pocos minutos. Sobre las manos entrelazadas por debajo de su cuerpo, lo introdujeron en volandas, guiados por un auxiliar que les fue abriendo las puertas hasta el área de medicina, donde fue acostado sobre una cami11


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lla para ser atendido por la enfermera. –¿Su corazón aún late, señorita? –preguntó Samuel cuando la enfermera retiró el estetoscopio del pecho de Anselmo. –Sí, joven, pero muy débil. La existencia de este pobre infeliz pendía de un hilo y de la resistencia de su corazón, que en cualquier momento podía sucumbir. La enfermera lo sabía y procedió resuelta. –¡Irene, Irene! –llamó con insistencia. –¡Diga, señora! ¡Diga! –exclamó la auxiliar que llegaba con unos frascos de suero. –Deme eso y llamé al médico. Este hombre se está muriendo. –Ya lo hice señora, no contestan. Estarán dormidos. Seguramente, pensó la enfermera. La noche de esa guardia había sido complicada. Se atendieron no menos de siete tuberculosos. Las enfermedades respiratorias y diarreicas formaron un caos que disminuyó con el alba. –¡Insista, Irene!, llame a la central, que vengan pronto. La enfermera no esperó. Hizo lo que se hace en estas situaciones. Con mucha dificultad y después de varios intentos, canalizó una vena por la cual introdujo el suero a chorro. Pasó un buen rato hasta que se presentó el equipo de guardia. El médico residente de tercer año dirigía el grupo. Era alto, de tez blanca y de facciones delicadas, el típico intelectual con gafas de lunas gruesas. Fue quien abrió la puerta de la estancia e irrumpió con el equipo. Minutos después la puerta se volvió abrir. El interno salió y se acercó a los vecinos de Anselmo que estaban en el corredor del servicio comentando el estado de salud de su amigo y la insensibilidad de algunos médicos. La conversación fue interrumpida por el galeno. –¡A ver! ¿Hay algún familiar entre ustedes? ¡Venga, venga! –llamó gesticulando. El vecino más íntimo, aludido por el ademán del médico y por las miradas de sus compañeros, lo siguió de cerca mientras le explicaba las circunstancias en que lo hallaron cuando iban a trabajar. Al traspasar el umbral, reparó en la escena oculta 12


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tras las puertas. Al fondo, sentado sobre una silla de ruedas, se encontraba un sujeto de unos veinte años de edad, pálido, sudoroso, agitado, hueso y pellejo, más esqueleto que hombre. Como Anselmo, que postrado sobre la camilla varios pasos delante de aquél, era examinado por otro médico. Sin salir de su asombro, vio también como una y otra vez le pinchaban el brazo tratando de sacarle sangre. El cirujano hacía lo mismo en el pie buscando una vena. Frente a la entrada, hacia la derecha, un residente de tercer año con tres alumnos de medicina en círculo departía sobre el caso. De pronto, Samuel fue sacado de su ensimismamiento por el interno. Sentado a su izquierda delante de un pequeño escritorio, el médico que lo había requerido esperaba para completar la historia clínica de Anselmo. Samuel no supo si esa noche tuvo un mal sueño o una horrible pesadilla. Con la cabeza apoyada sobre el brazo, había sentido que le cogían la mano y lo sujetaban por detrás. En ese trance, despertó gritando. Asustado, se sentó en la cama. “He tenido un sueño horrible, chola”, le dijo a su mujer que despertó sobresaltada por los gritos. “Tonto, tonto, mil veces tonto. Ha sido una pesadilla, no un sueño”, respondió ella. Su marido insistió en que había sido un sueño. Largas y pesadas sombras amorfas lo envolvían y lo arrastraban a un abismo oscuro y profundo. “También me jalaban el pie, chola, te lo juro”. No lograron cerrar los párpados, el cantar del gallo y el despegue de la aurora los sorprendió. “Ya, taita, arriba. Arriba, levanta. Tienes que ir a trabajar, ya está aclarando”. Mientras desayunaban, él insistió en el sueño. Su mujer lo dejó con esa idea. Es más, le dijo: “De seguro que alguien del barrio se va a morir y se ha venido a despedir de ti. Eso es, taita, alguien conocido te ha dicho adiós, ya lo verás”. Esto le levantó el ánimo a Samuel, pero no le quitó el mal presagio de encima. “Chola, ¿y si es alguien que me quiere llevar a mejor vida? Tal vez el Liberato o la Petronila…”. Samuel tenía sus razones para tener clavada en su cerebro esta idea. Su di13


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funta madre y, a su vez, la difunta madre de su madre le habían atosigado el cráneo con sus sueños. Le habían dicho que tarde o temprano se cumplen. Le contó a su mujer uno tras otro los que recordaba. “Mi madre decía –replicó ella, su mujer, apurándolo–, que si es un mal sueño y lo cuentas antes de medio día, no se cumple. Así que no te preocupes y apura o llegarás tarde al trabajo”. No se conformó con contárselo a su mujer. Al salir, como le dijera su difunta madre en una ocasión, se dirigió al tacho de basura y escupió una y otra vez para romper el mal presentimiento que tenía. “Horrible sueño, que te quemen con esta basura donde quiera que vayas a parar”, dijo en voz baja y salió presuroso para el trabajo. Sin saber cómo ni por qué, ahora se encontraba allí, junto al camillero que hacía rodar la camilla al servicio de radiología para unas placas de los pulmones. Por un corto pasadizo en penumbras, avanzaron hacia el fondo. Una puerta con un letrero indicaba que habían llegado. En ese momento, sin darse cuenta, cogió a su amigo por el brazo, con intención de evitar su tránsito por ese abismo misterioso, oscuro y tenebroso que es la muerte. Para Samuel esto empezaba a encajar con su sueño, pero de una manera diferente, distorsionada, sin sentido, pero de alguna manera empezaba a cuadrar. “¿Por qué no vendrá tu mujer?”, preguntó sin soltarle de la camisa. “Hace rato que se le ha avisado”. La tardanza de Jacinta lo llevó a pensar que Doroteo había ido primero a su trabajo a pedir permiso, estaba seguro de ello. No había otro motivo para que la mujer no estuviera ya al lado de su marido. Esa funesta mañana, la confusión y el dolor se extendían deprisa por todos los rincones del servicio estrangulando la quietud como una peste, lacerando la carne, los sentidos, ahogando también la respiración del estragado cuerpo de Anselmo, que era el segundo que esperaba turno en radiología. El radiólogo, un hombre joven, salía del interior con el rostro sombrío y el ceño fruncido, que expresaba no se sabe si pena, dolor, odio o algún otro sentimiento de espanto o una mezcla 14


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de todos ellos. “¡No es posible, un tuberculoso más!”, murmuró observando que varios pacientes esperaban turno sentados en unos bancos. –Siguiente –dijo y volvió a entrar. –¡Este es urgente! –exclamó el camillero–. Está muy mal. Seguidos de Samuel y del auxiliar, llegaron hasta la mesa de examen a donde fue trasladado Anselmo. Allí, el radiólogo centró el cabezal de las radiaciones y se retiró a una cabina. Tras él, presurosos, camillero y auxiliar también se protegieron de las radiaciones. Por su lado, Samuel, ajeno a todo esto, contemplaba compasivo a su amigo con la abrumadora tristeza que le roía en lo más profundo. “¡Por tus hijos y por tu Jacinta, resiste! ¡Por ellos tienes que vivir!”, le decía entre dientes sujetándole con una mano por la camisa, mientras con la otra empuñaba un pañuelo con el que le limpiaba el cuello, la cara y la frente manchados de sangre y tierra; a la vez, de sus negros y grandes ojos desbordaban algunas lágrimas. –Ya pueden llevarlo –les dijo el radiólogo después de un discreto chasquido tras accionar el disparador de las radiaciones. La camilla se deslizó por el pasadizo, de regreso. En el trayecto, niños, hombres y mujeres con sus males esperaban ser atendidos mientras los médicos vestidos de blanco y las enfermeras de turquesa, con sus caras de preocupación, iban de uno a otro lado abriendo y cerrando puertas. De rato en rato, algún grito lastimero, voces: “¡Pide tres unidades de sangre, “O” positivo! ¡Una ampolla de adrenalina!”. –A ver, usted, espere afuera –le dijo una enfermera a Samuel. –Me está ayudando, señora –respondió el camillero. –Los auxiliares lo harán. Por favor, señor, espere afuera – reiteró la enfermera. Con sus vecinos, y todos los que estaban por las inmediaciones, salió a una gran sala, mientras que Anselmo era llevado a la cama número cinco de urgencias. Envuelto por la pesadumbre y agobiado en su clandestino 15


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sentimiento, Samuel se encerró en el retrete y empezó a susu rrar, en el silencio, una oración tras otra, exhortando al todopoderoso por la salud de su vecino. Después de enjugarse las lágrimas con el dorso de la mano, salió y se encaminó donde esperaban sus compañeros. Razonaba en su privacidad cubierta de oprobio, “La vida no es eterna, lo sé; todo tiene fin, también lo sé; ¡pero aún es tan joven! Señor. Por favor, no te lo lleves”. Trataba de no martirizarse, de ser optimista ante las circunstancias. Cuanto más se lo proponía, más lo enredaban en sus contradicciones las conjeturas. El camillero le tomó del hombro. –Hoy puede tocarle a él, mañana ¿quién sabe?... Nuestro hado y el de toda la humanidad es el mismo, como individuos no somos nada; como pueblo, como masa, lo somos todo, hasta eternos como el tiempo. –¿Qué tratas de decirme? –Olvídalo, olvídalo, Samuel. Así te llamas, ¿verdad? –Así me llamo. ¿Pero qué tratas de decirme? –Nada importante –le dijo cuando se acercaba a sus vecinos. El camillero había tratado de decirle algo, tal vez hablarle sobre la ley de la contradicción o de la vida frente a la muerte y de paso explicarle la situación social del país y en concreto de la tuberculosis, que diezmaba la juventud. Pero no quiso ser inoportuno. Sólo atinó a despedirse con un: “¡Adiós, Samuel!” –Hasta pronto –le respondió, levantando la mano. Eran seis los vecinos que lo esperaban y no podían quedarse más tiempo. El retraso acumulado ya era para perder un festivo, ser amonestados o, incluso, despedidos. Por eso, cuando lo vieron asomarse, le dijo uno de ellos: –¿Dónde te has metido? –Fui al baño. –Mira, Samuelcha, hemos decidido retirarnos al trabajo. Alguien tenía que quedarse a esperar a Jacinta y era el más indicado. Como Anselmo, era todo corazón, siempre dispuesto a sacrificarse por los demás. 16


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–¡Vayan! Esperaré a su esposa. Después de morderse las uñas de un lado a otro y mirar el reloj de rato en rato, se serenó y fue a sentarse. La expresión de su cara se tornó indiferente. Su pensamiento se retrotrajo al sueño de la noche anterior y a las palabras que le dijo su mujer: “Tenía razón. Anoche te despediste de mí. ¿Por qué yo? ¿Por qué no Doroteo o Sebastián? A lo mejor también lo ha hecho con todos ellos. ¡Soy un salado, eso es lo que soy! Hace tres años, doña Crisálida; hace un año, Plutarco. Ahora tú. ¡No puede ser!”. Mientras esperaba a Jacinta, conversó consigo mismo para volverse a martirizar con lo mismo. –Sorprendido de nuevo por el camillero, salió de sus pensamientos. –¿En qué piensas? Parecías en las nubes. –¿Crees en los sueños? –Pues claro, de vez en cuando tengo uno. Son horribles, otros no tanto, los hay también agradables. –He tenido uno espeluznante. –No te compliques, hombre. Alguien muere todos los días. También alguien sueña todas las noches. Los sueños… Los hijos de Anselmo llegaron antes que su mujer. Entraban agitados. Samuel, que se dio cuenta de la presencia de los chicos, esperó que tras ellos ingresara la madre. El camillero advirtió la distracción. Enmudeció por unos segundos y se hizo a un lado entregándole una tarjeta. –Esta es mi dirección y teléfono. Para servirte en lo que pueda. ¡Adiós! Vio que la claridad de la entrada por la que habían pasado los chicos –y por la que se iba el camillero– era la misma, pero su contorno no resplandecía como en el sueño. Se despistó por un momento y lo relacionó con el abismo oscuro y profundo por el que había sido arrastrado Anselmo. Miró a los chicos. Estaban angustiados y acudían a él desesperados; y, aunque las miradas lo decían todo, era necesario pronunciar las palabras. –¿Y vuestra madre? ¿Dónde está vuestra madre? –¡No lo sé! Doroteo le dijo que viniera para acá. 17


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–¿Cómo esta mi padre? –preguntó Rosendo. Samuel les relató un breve resumen y se sentaron a esperar. Comprendían la situación de su padre. Guardaron un rato de silencio hasta que Juan le dijo a su hermano: –Se morirá igual que el cholo Plutarco. –¡Calla! No hables esas cosas. Papá es fuerte. Se pondrá bien, ya verás. Rosendo había visto cómo se llevaron una tarde a Plutarco. Unos vecinos, entre ellos Samuel, lo habían sacado de su casa en la cima del cerro llevándolo al hospital. Dolores, su esposa, había ido llorando, gimiendo tras ellos, “Taita no te me mueras ahora, no me dejes”. –Tenía tisis, Rosendo. Eliminó abundante sangre, igual que papá. –Te he dicho que no hables así, Juan. –Pero es cierto, además es un salado –añadió refiriéndose a Samuel. –¡No, Juan! Cómo puedes hablar de él así. Lo único que ha hecho es ayudar a papá. –Sí, pero es de mal agüero –insistió Juan. Samuel también pensaba eso de sí mismo. Se quedó hasta el final consolando a la buena de Jacinta y a sus hijos.


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