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AREÍTO

Sábado 1 de marzo de 2014

Aporte

HOY

Andrés L. Mateo

Fernando Cabrera

Las ponencias de Masa Crítica: Primer Seminario Internacional de la Crítica Literaria en [la] RD.

L

DIÓGENES CÉSPEDES/ DCESPEDES@CLARO.NET.DO

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a ponencia de Fernando Cabrera titulada “Escribir la belleza: ¿una pasión en extinción?” contiene tantos temas dispersos, inconexos y sin desarrollo que la coherencia está de antemano perdida, pero puedo retener una petición de principio acerca de la imposibilidad de definir, y menos escribir, la belleza debido a la simple razón de que esta no existe y la pregunta de Roland Barthes fustiga como un látigo a la opinión: ¿bella como quién? Cabrera, como miembro del partido del signo, repite el concepto de literatura “como instrumento primario de expresión de nuestra civilización” (p. 141). Al igual que León David, vitupera, debido a la reproducción de la misma ideología, a la crítica dominicana: “Con los críticos literarios dominicanos, acontece una situación similar, igual de agreste y baldía.” (p. 144). En razón de esto, arguye el ponente, “muchos creadores se ven la necesidad de asumir la defensa de su propia causa y la de su generación” (Ibíd.). Para Cabrera la ausencia de crítica académica y no académica, por falta de tradición, provoca que muchos críticos, a fin de alcanzar notoriedad, incursionen en los distintos “géneros” de la ficción. Repetición del cliché milenario de la esterilidad del crítico como creador. En esto se emparenta con la opinión de León David, aunque al final, como perdonavidas, Cabrera concluye en lo mismo de su colega y limita el rol del crítico al de un contemplador respetuoso “pero incondicional al material tocado” y debe “constituirse –más que en maestro juez– en pieza clave de socialización en la búsqueda del lector idóneo; ofreciendo vías inéditas para acceder a una plena (pero paradójicamente inagotada) interpretación.” (p. 145). La palabra clave de la política del partido del signo es la interpretación, derivada de la hermenéutica, esa teología del significado del texto como verdad. Cabrera cree que el crítico, en esa vertiente ideológica del elogio-condena-silencio, es un empleado público, privado o gerente de mercadeo de la mala calidad de los poetas y escritores: “está en las manos de escritores y críticos detonar mecanismos de presión para que el Estado asumo (como de hecho, empieza a sumir a través del Ministerio de Cultura) su inalienable rol de patrocinador y difusor de los valores de la literatura nacional.” (p. 146). Miembro del partido del signo, Cabrera ignora que el Estado y el Ministerio de Cultura no tienen por función difundir “los va-

lores literarios”. Solamente la crítica artística y literaria establece los valores, fuera de los instrumentalismos (cinco en total) y los paradigmas antropológicos del lenguaje (seis en total), para lo cual debe mostrar que el ritmo es el valor y el sentido su orientación política en contra de las ideologías de época y en contra del Poder y sus instancias. Ese ritmo y esa orientación del sentido son la forma y el valor de la obra y eso está ausente de los textos de las generaciones contemporáneas, cuyas obras literarias se dedican a contar historias y a reproducir sentimientos y emociones y sentimientos propios y ajenos. La obra de valor es una aventura del lenguaje y del sujeto como protagonistas de lo desconocido. Como crítico, me dedico a realzar ese valor donde lo encuentro, aunque no sea en la totalidad de la obra. El resto es literatura del partido del signo. Por pudor, la siguiente ponencia, la del suscrito, no puede ser analizada. Léanla los ponentes que figuran en “Masa crítica” y sabrán en qué consiste la teoría del signo y su aplicación al discurso crítico-literario de Pedro Henríquez Ureña. La ponencia siguiente, de Andrés L. Mateo, son fulgurazos como los que publica en su columna de “Hoy”. Es una simple opinión que él lanza al ruedo y una forma elegante de administrarse para que nadie se sienta atacado. Por eso solo figuran nombres de críticos muertos: Max, Pedro Hen-

ríquez Ureña, Valldeperes y Pedro René Contín Aybar, vindicado este último del mal crítico por Mateo. En el fulgurazo Diez aparecen los nombres de los críticos vivos, pero no son críticos, sino como si fueran “críticos”, es decir, que parecen y no lo son, donde el ponente Mateo echa manos al manoseado “parecer” opuesto al “ser” utilizado cuando analiza, con su ¡Oh Dios!, la política dominicana. Los vivos ejercen “como” críticos literarios, pero no lo son. El único que sale medio indemne de ese fatalismo es Giovanni di Pietro: “quizá el único activo como crítico en el sentido estricto”. (p. 175) Luego de evocar el caso de Marianne de Tolentino y el escarceo con Manuel Rueda y su poema “Canon ex única”, Mateo afirma que este fue el motivo por el cual ella abandonó la crítica literaria, y concluye sin apelación: “además de que no existe la tal crítica literaria dominicana, tenemos la paradoja de tener críticos en fuga.” (Ibíd.). Con esta teoría del signo han hecho su labor crítica los grandes genios de la crítica que en la humanidad han sido. Pero como dice Matos Moquete en su ponencia, uno de ellos, quizá el más conocido y menos estudiado, Pedro Henríquez Ureña, no se reduce, con su estilística bien aplicada, a la esterilidad de sus compatriotas que utilizaron el impresionismo, el subjetivismo personal o el comentario superficial como sinónimo de la crítica. Ni tampoco utilizaron la teleología del fulgurazo Trece de Mateo, quien al igual que todo el que niega la crítica, la invoca en el inconsciente, porque sabe, como poeta o escritor, que si la crítica no escribe una sola línea acerca de sus obras, estas no existen. Concluye Mateo con este finalismo fatal: “Por todo lo que antecede, oyendo el martillar de los canteros, invoco al fantasma de la crítica dominicana y digo: ‘Requiéscat in pace, amén.” (p. 176). Todo tiempo pasado fue siempre mejor, es el cliché de esta contundencia de los muertos citados por Mateo. Este estereotipo se la encuentra por doquier. León David la encontró a raudales en once grandes y pequeños escritores. Encontró lo que buscaba. Puedo buscar mil opiniones de grandes escritores a favor de la crítica, pero no lo haré, puesto eso no prueba nada. Son los discursos de los críticos los que prueban su existencia. Y el partido del signo, en esta hora de crisis del signo, tiene interés en que todo pasado sea mejor. Con su teoría del signo, los miembros del partido del signo (estilistas, estetas, historicistas, “biografistas”, marxistas literarios, metafísicos, etc.) duermen tranquilos el sueño eterno del dualismo del signo. Son felices, pues no tienen necesidad de plantearse: ¿y cuál es mi teoría del lenguaje y el signo, y cuál es mi teoría de la literatura cuando escribo, y cuál es mi teoría del ritmo, del sujeto, de la historia, del Estado, de la traducción? Otros pensaron ya por ellos: Platón, Aristóteles, Hegel, Husserl, Heidegger,Nietzsche, Derrida, Foucault, etc. La teoría del signo de estos filósofos, no lingüistas, responde en nombre de los que afirman que el lenguaje y la lengua son un instrumento y que el signo es una dualidad compuesta de un significado y un significante, que ese signo es una convención, es decir que no es radicalmente arbitrario ni radicalmente histórico y que entre este y el objeto existe una doble ausencia: la del significante y el lenguaje opuesto a la vida.

01 03 2014 areito pdf ok  
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