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Aporte

AREÍTO

Sábado 1 de marzo de 2014

HOY

JOSÉ MARÍA HEREDIA Y HEREDIA, EL POETA QUE LE REGALAMOS A CUBA El primer poeta de América es Heredia. Sólo él ha puesto en sus versos la sublimidad, pompa y fuego de su naturaleza. El es volcánico como sus entrañas y sereno como sus alturas”.

José Martí

CARMEN HEREDIA DE GUERRERO

S

iempre escuché decir al abuelo Mariano Heredia Mendoza, en las entrañables tertulias familiares, que los dominicanos le habíamos regalado un poeta a Cuba, y se refería a su pariente José María Heredia y Heredia. “El Cantor del Niágara”, con el correr de los años, y tras la huella del abuelo, estando en España visitamos la ciudad de Palencia -comunidad de Castilla y León- donde había nacido el abuelo en 1868, en busca de su acta de nacimiento. Comprobé entonces al conocer todos los apellidos de sus ascendientes que el parentesco con el poeta del que él presumía, era cierto, incluso por ambas partes. Y es que José María Heredia y Heredia era hijo de dos primos hermanos nacidos en Santo Domingo, José Francisco Heredia y Mieses y de María Mercedes Heredia y Campuzano. Tan familiar me era el personaje como su famosa “Oda al Niágara”, leída por el abuelo con verdadero deleite, que me dispuse a investigar sobre la vida del poeta. En uno de mis viajes a Cuba tuve la oportunidad de platicar con el reconocido intelectual Ángel Augier, gran estudioso de la obra herediana, lo que me llevó a descubrir al aedo, y conocer al hombre. Diversos factores incidieron en la formación y sensibilidad de José María Heredia. El accidentado discurrir de su existencia, casi siempre circunscrita al espacio geográfico en el que se desarrolla la alegoría de su estimable y breve vida, estuvo marcado por las circunstancias históricas, que están presentes hasta en el hecho fortuito de su nacimiento en Santiago de Cuba un 31 de diciembre de 1803. Allí emigraron sus padres, -ya la madre grávida del futuro poeta, según apunta César Nicolás Penson- como otras familias dominicanas, a diferentes destinos, como consecuencia del Tratado de Basilea de 1795. Breve fue el tránsito en la ciudad cubana, la familia Heredia partió a Florida, donde el padre ocuparía el cargo de asesor en la Intendencia de Pensacola. Regresan a La Habana en 1810 y un año después emprenden viaje hacia Venezuela, designado el juez Heredia oidor de la Audiencia de Caracas. El azar, el mal tiempo, abate la embarcación y la lleva hasta las costas dominicanas. Allí quedó la familia al cuidado de sus parientes, mientras el padre continúa viaje a Venezuela. A pocos meses nace en Santo Domingo, su hermano Rafael, a quien tras su muerte temprana le dedica, años después, su poema “En el sepulcro de un niño”. Al brillar la razón en su alma pura Miró los males del doliente suelo: Gimió; y los ojos envolviendo al cielo, Voló buscando perennal ventura. José María continuó en Santo Domingo los estudios, que había iniciado con su padre, confiado al canónigo Correa Cruzado en la Escuela del Arzobispo Valera. El oidor Heredia regresa en 1812 para llevar consigo su familia a Venezuela. Durante estos años de tensiones, el joven José María, cuya vida había transcurrido entre libros, fue testigo del desborde de pasiones propias de tiempos de guerra y de pugna de ideas, madurando más allá de la adolescencia. En este momento turbulento – proceso de independencia de Venezuela- se define su poderosa vocación lírica y nacen sus primeros ensayos. En 1815, con solo 12 años, escribe el poema “Las ruinas de Mayquetía”. El paisaje tropical, el mar y la visión temprana de la independencia latinoamericana, despertaron en él emociones y sensaciones inolvidables que serán reflejadas en su poesía. En diciembre de 1817 arriba de nuevo a La Habana la trashumante familia. Durante este año en Cuba despierta en el adolescente

JOSÉ MARÍA HEREDIA Y HEREDIA

la pasión amorosa. Belisa o Belinda a ella dirigirá su lírica. Yo te amo, zagala hermosa, Tres lustros apenas cuento: Paga pues el amor mí Y venturosos seremos. En un nuevo periplo parte la familia a Veracruz. El magistrado Heredia toma posesión en la Audiencia Mexicana. En este período se consolida la naciente personalidad literaria del joven José María. En 1819 escribe su primera obra dramática “Eduardo IV o El usurpador clemente”. Su poema en tono meditativo y melancólico “En el Teocalli de Cholula” de 1820, es considerado uno de los momentos más solemnes de la lírica en lengua española. Hallábame sentado en la famosa Choluteca pirámide. Tendido El llano inmenso que ante mí yacía, Los ojos a espaciarse convidaba… En 1821 tras la muerte del padre regresan a Cuba. Integrado a su tierra natal que apenas conocía, nace en el poeta el fervor patriótico y su concepción americanista, que lo lleva a participar en reuniones políticas y literarias. “El joven Heredia poseía una cultura y personalidad literarias superiores a las de la mayoría de quienes cultivaban las letras en La Habana”. En 1821 obtiene el grado de Bachiller en Leyes y publica el periódico literario “Biblioteca de Damas”. Ya para entonces estaba inmerso en la densa atmósfera prerrevolucionaria. Su evolución ideológica se reflejó en su poesía, su poema “El dos de mayo” es un canto de combate. “Libertad, noble amor a la patria Odio eterno a la audaz tiranía”. En 1822 Heredia se une a una organización revolucionaria, la “Logia Caballeros Racionales”, rama del movimiento “Soles y Rayos de Bolívar”, y se compromete en una conspiración de amplias ramificaciones. En medio de la atmósfera de agitación entre criollos y peninsulares, se dictó auto de prisión contra el poeta. Clandestinamente sale en un bergantín desde Matanzas hacia Boston. Con apenas veinte años emprendía su perpetuo destierro. En 1824 escribió su famosa oda “Niágara”, una de sus más célebres.

“Torrente prodigioso, calma, calla Tu trueno aterrador: disipa un tanto Las tinieblas que en torno te circundan Déjame contemplar tu faz serena Y de entusiasmo ardiente mi alma llena”. En agosto 1825 parte a México y escribe “Vuelta al Sur” e “Himno del desterrado”. Es nombrado por el presidente Victoria oficial de la Secretaría de Estado, ese mismo año es representada su tragedia “Sila”. Dirige en 1826 el periódico crítico literario “El Iris”, y es habilitado por el Congreso del Estado de México para ejercer la abogacía. En 1827 casa con mexicana y tiene prole. Edita su poemario, lo que contribuyó al reconocimiento de su genio poético. La idea de volver a Cuba a ver a su madre lo obsesiona, se acoge a la amnistía de 1836, sólo tres meses y regresa a México sin retorno. Herido de muerte aun escribe sus últimos versos: “A Dios” y “La oración del poeta moribundo”. Muere en México el 7 de mayo de 1839. Sus restos perdidos reposan en una fosa común. Poeta fundamental, ensayista, traductor, narrador, periodista, abogado, es considerado el primer romántico de América. Menéndez Pelayo lo calificó como “primer lírico del parnaso cubano, el que de la crítica europea de su tiempo ha obtenido más unánimes y calurosos elogios”. Primer poeta de América lo llamó Martí y en uno de sus ensayos sobre el poeta, decía a la posteridad: “Allí murió y allí debía morir, el que para ser en todo símbolo de su patria, nos ligó en su carrera de la cuna al sepulcro, con los pueblos que la creación nos ha puesto de compañeros y de hermanos: por sus padres con Santo Domingo, semillero de héroes, donde aún, en la caoba sangrienta, y en el cañaveral quejoso, y en las selvas invictas, está como vivo, manando enseñanzas y decretos, el corazón de Guarocuya…”

Bibliografía: Ángel Augier Pedro y Max Henríquez Ureña Joaquín Balaguer Emilio Comas Paret.

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