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tico enseñaron a cocinar a las nativas, a vestirse, a educar a los hijos, a las "labores propias del hogar". Sin embargo pocos o ningún historiador hace mención a la participación de la mujer española en el imperio español de América. Bernal Díaz cuenta un baile realizado al terminar la Conquista y menciona a unas cuantas mujeres asistentes a esa fiesta, pero ahí se detiene: en el baile. Pero sí es interesante saber o conocer las otras labores mencionadas.

La popular “Monja Alférez”, protagonista de lances guerreros en la era virreinal.

Y no vamos a referirnos a las que... "cuando besan...", sino a las que vinieron al Nuevo Mundo después que Colón, despistado, llegó con su tres carabelas a este continente. Entre 1509 y 1519 llegaron 308 hijas de Eva, las suficientes para comenzar otro tipo de colonización. Sabemos que la Conquista la hicieron soldados de un ejército formado "al vapor", con un solo mando, pasando de todo lo que se puede pasar en un mundo desconocido con un clima infernal y embutidos en un vestuario que les haría sudar la gota gorda que tendría "aromas" de propiedades anestésicas. Luego está la otra colonización, la de los frailes levantando conventos, ensañando a leer, estableciendo colegios, propagando su fe para cambiar la de los naturales, etc., etc. Y también tenemos la colonización no menos importante de las mujeres que, con sus conocimientos del quehacer domésPAGINA 12

En los tiempos de Carlos V, los españoles que deseaban venir al nuevo continente estaba obligados a viajar con su esposa, y los que ya estaban residiendo en las islas, haciendo "vida libre", como en la Dominicana, Cuba y muchas otras del Caribe, se vieron obligados, por orden real, a regresar a convivir con su mujer y, desde luego, cumplir con el proyecto divino de "crecer y multiplicarse". Claro que los hubo que daban por muerta a la "paisana" que los esperaba en España, pues preferían pasar por "alegres viudos" y seguir administrando olímpicamente su preciosa soltería. Pero no contaron con que Carlos V había recibido una carta de una tal Catalina Zapata en la que le pedía al V de Alemania y I de España, que hiciera lo posible para que su marido, con el que se había casado hacía ya seis años, volviera a casa para por lo menos tener un hijo o diez con él. Esta historia la cuentan muchos historiadores, sobre todo Bernal Díaz. Se trata del licenciado Arcillo. Este zascandil licenciado disfrutaba en la isla La Española sin acordarse de su Catalina. Ésta, discurre escribirle al rey para contarle sus cuitas, y el rey, que sabía mucho de eso, ordena de inmediato al Juez de Residencia de la mencionada isla que localice al olvidadizo Arcillo, y lo hace así: "Por parte de Catalina Zapata. Vecina de

Llerena, me es fecha (hecha) relación de que ella es casada con el licenciado Arcillo, que al presente reside en la isla La Española, el cual ha seis años que éste reside en dicha isla sin venir a hacer vida maridable con ella, aunque por su parte ha sido requerido para ello, de que ella recibe mucho agravio e daño, e me suplicó e pidió merced mandase proveer en ello lo que mi merced fuese...; por ende vos mando que luego que veades lo susodicho hagáis parecer al dicho licenciado Arcillo e lo apremiéis que en el primer navío que de la isla salga se parta para estos reinos, se venga a hacer vida maridable con la dicha su mujer". Pero los historiadores no nos dicen si el Arcillo pudo partir en alguno de los navíos o haya puesto de pretexto el imposible "tránsito" de éstos por el Caribe. Lo más seguro es que siguió de zascandil en La Española con una mulata de buen ver.

Dama española del virreinato.

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