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ANTIGÜEDADES, REPRODUCCIONES Y FALSOS EN LAS COLECCIONES ECLÉCTICAS MADRILEÑAS DE FINES DEL SIGLO XIX. EL MUSEO DE JOSÉ LÁZARO GALDIANO Y OTROS CASOS

GLORIA MORA

En la segunda mitad del siglo XIX cambian los parámetros del coleccionismo en toda Europa y también en España. Los nuevos coleccionistas no son ya sólo miembros de la nobleza tradicional, sino profesionales liberales (financieros, empresarios, médicos, juristas, ingenieros y arquitectos, etc.) pertenecientes a una burguesía que se ha enriquecido gracias al desarrollo de las obras públicas, el comercio o la banca, y al ejercicio de sus respectivas profesiones. Esta nueva aristocracia del dinero formará colecciones caracterizadas por su ecléctica mezcla de arte, arqueología, monedas y medallas, objetos decorativos, muebles, libros… abarcando un amplio arco cronológico y geográfico que va desde la Antigüedad hasta época contemporánea, desde Occidente hasta China y Japón. Son colecciones en las que encontramos, aparentemente con el mismo nivel de importancia, piezas auténticas junto a copias y recreaciones de épocas posteriores, y también falsos. Al igual que en las Wunderkammern del Renacimiento, cada objeto


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tenía como finalidad demostrar el alto estatus económico, social y cultural, así como la curiosidad intelectual del propietario. Es también la época en que se organiza el moderno mercado del arte, con anticuarios establecidos y conocidos en toda Europa, casas de subastas con sus catálogos, revistas especializadas y publicaciones que, gracias a las litografías, hacen propaganda de los objetos contribuyendo a aumentar su valor. Precisamente uno de los rasgos distintivos de estos coleccionistas es la compra en los centros europeos (París, Londres, Berlín, Roma; también Nueva York) del comercio de obras de arte y objetos arqueológicos, tanto originales como imitaciones y falsificaciones. La autenticidad de los objetos no era un factor prioritario, ya que la finalidad de la colección era (y es) aparecer ante los coetáneos como un espejo de la cultura y la fortuna del propietario, reflejo de sus virtudes y símbolo de prestigio para esta nueva clase social en pleno proceso de asimilación a la antigua nobleza en decadencia que se veía abocada a vender sus posesiones a los nuevos ricos (por ejemplo, las casas ducales de Osuna y Algete, los marqueses de Leganés, Jerez de los Caballeros y Somosancho, o incluso un parvenu como el marqués de Salamanca, que, arruinado dos veces, hubo de subastar sus colecciones en París). Como en las colecciones europeas de la segunda mitad del XIX, en las españolas abundan los pequeños bronces renacentistas y del siglo XVIII (fig. 1) y las reproducciones del XIX que se producen en serie, como el muy difundido Fauno Danzante cuyo original, hallado en 1830 en la Casa del Fauno de Pompeya, se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles (fig. 2)1. A imitación de los gustos de la vieja aristocracia, y aprovechando las grandes posibilidades de compra-venta, las antigüedades tendrán un papel dominante en

El pintor Joaquín Sorolla adornó el jardín de su casa madrileña con varias reproducciones en bronce de esculturas clásicas famosas, entre ellos el Fauno de Pompeya: RUIZ BREMÓN 1993, 74-75 nº 234. 1

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estas nuevas colecciones burguesas, para formar parte del programa decorativo ecléctico y suntuario de sus palacetes2. En la España de la segunda mitad del XIX las posibilidades de coleccionar eran amplias y variadas. La Guerra de la Independencia (1808-1814) y la Desamortización de Mendizábal (con las leyes de 30 de agosto de 1836 y de 29 de julio de 1837) habían puesto en circulación una gran cantidad de bienes artísticos, a lo que hubo que añadir las propiedades de muchos nobles arruinados. Los decretos reales que desde 1833 impedían la salida de España de estos bienes se incumplían sistemáticamente, por lo que muchas ventas se realizaban en la capital del mercado de arte y antigüedades, París, con destino a coleccionistas europeos o – ya a fines de siglo – norteamericanos3. La ausencia de una legislación con penas de cárcel o multas que impidiera el tráfico de bienes artísticos tenía como consecuencia una cierta permisividad en la compra-venta de objetos de arte, antigüedades y bibliotecas, sobre todo en el ámbito de la Iglesia. Además, los proyectos de obras públicas promovidas por el Estado (carreteras, ferrocarril) en la segunda mitad del XIX dieron lugar a descubrimientos arqueológicos que pasaron a las colecciones de los museos provinciales o, a partir de 1867, del nuevo Museo Arqueológico Nacional, pero también a manos privadas. Al mismo tiempo proliferaron las solicitudes de permisos para realizar excavaciones por parte de particulares, una cuestión que preocupó especialmente a la Real Academia de la Historia, garante desde la Real Cédula de 1803 de la protección y conservación de los «monumentos antiguos descubiertos o que se descubriesen en el reino»4. Esta situación de descontrol sólo empezará a paliarse a comienzos del siglo XX con diversas medidas: la prohibición legal de sacar de España objetos de arte; la orden de catalogación de todo el VILLACORTA BAÑOS 1993, 170-171. MARTÍNEZ RUIZ 2009; MERINO DE CÁCERES 1990; TORTOSA, MORA 1996, Apéndice legislativo. 4 Acerca de todos estos temas, véase TORTOSA, MORA 1996. De próxima publicación: PAPÍ, MORA, AYARZAGÜENA en prensa. 2 3

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patrimonio (1900), y sobre todo con la Ley de Excavaciones Arqueológicas de 1911 y su Reglamento de 1912, que incluye la creación de un organismo dedicado a la Arqueología: la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades5. El panorama de los principales coleccionistas de la época es singular: forman un grupo bien cohesionado con acusada presencia en las instituciones científicas más importantes y fuertes vínculos con la política, al tiempo que mantienen estrechas relaciones con profesionales de la arqueología y del arte (académicos, profesores universitarios, conservadores de museos), los cuales, muchas veces, actuaban además como agentes-marchantes (caso de Antonio Vives Escudero, por ejemplo; o, en lo que respecta a la pintura, de Joaquín Sorolla), y también con anticuarios de prestigio como Juan Lafora Calatayud, que era amigo e informante de Vives y en cuyo local de la Carrera de San Jerónimo nº 51 solían reunirse al atardecer «académicos, historiadores, arqueólogos, investigadores y coleccionistas», entre ellos el propio Vives, el director de la Real Academia Española, el conde de las Almenas, el marqués de Valverde, Pablo Bosch, etc.6. El trabajo que aquí presento es sólo el avance de una investigación en curso, y en él pretendo únicamente plasmar una serie de ideas que espero desarrollar en el futuro: el estudio de los mecanismos de actuación de algunos coleccionistas de arte y antigüedades del último tercio del siglo XIX y primeras décadas del XX, sus relaciones recíprocas y con el ámbito académico, los políticos y el mundo de los anticuariosmarchantes, así como el doble juego en la defensa del patrimonio y el expolio paralelo del mismo, facilitando y aun participando activamente en la venta de los bienes artísticos, arqueológicos y documentales de la nación a coleccionistas y museos españoles y extranjeros. ALEGRE ÁVILA 1997; LAVÍN BERDONCES 1999. Sobre Lafora, su tertulia y otros anticuarios-marchantes de Madrid, cf. MARÈS DEULOVOL 2006, 247-264. Sobre el conde de las Almenas: MARTÍNEZ RUIZ 2005. 5 6

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Podemos comenzar con una anécdota muy significativa. Mª Elena Gómez-Moreno relató un caso famoso en el que participó su padre, Manuel Gómez Moreno, en marzo de 19117: «Era bien conocido […] el afán del cabildo zamorano por convertir en dinero las pertenencias de la Catedral» vendiéndolas a coleccionistas españoles o extranjeros (generalmente de Estados Unidos). A oídos de Gómez Moreno llegó la noticia de que un tal Sr. Gargollo, marqués de Valverde, miembro de la tertulia de Osma, «coleccionista y chamarilero por lo fino», tenía en su poder el magnífico bote de perfumes de marfil de la sultana Zobh, con intención de venderlo (junto con otras arquetas de época califal) a un coleccionista estadounidense, con la complicidad de Antonio Vives y del anticuario Lafora. Gómez Moreno y Guillermo de Osma, conde consorte de Valencia de Don Juan, intervinieron advirtiendo del asunto a las más altas autoridades, incluido D. José Canalejas, presidente del Consejo de Ministros; en 1912, el propio Osma y el hispanista Archer M. Huntington aportaron 25.000 ptas cada uno para comprar el bote y donarlo al Museo Arqueológico Nacional. Poco después, Osma redactó una Real Orden obligando a inventariar los tesoros de las iglesias, que a partir de entonces deberían ser conservados en museos diocesanos o catedralicios subvencionados por el Estado, y prohibiendo su venta. Aún así, ha resultado siempre muy difícil conocer el patrimonio real de la Iglesia a causa de la tradicional opacidad de esta institución, y recientemente han saltado a la prensa casos escandalosos de venta de bienes artísticos de propiedad eclesiástica en casas de subastas de gran prestigio. Algunos de estos coleccionistas de fin de siglo fundaron museos públicos con sus propias colecciones, cediéndolas al Estado bajo el estatus jurídico de fundaciones: José Lázaro Galdiano; Guillermo de Osma, conde consorte de Valencia de GÓMEZ-MORENO 1995, 241-244. El caso está relatado en detalle por MARTÍN BENITO, REGUERAS GRANDE 2003; agradezco al Dr. José Mª Lanzarote (European University Institute) la noticia de este artículo así como otras valiosas informaciones relacionadas con el tema. 7

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Don Juan; Enrique de Aguilera y Gamboa, marqués de Cerralbo; también Benigno de la Vega-Inclán, marqués de la Vega-Inclán. Otros consiguieron vender o donar sus colecciones a particulares o a museos y fundaciones: así, el marqués de Salamanca al Museo Arqueológico Nacional, Rafael Cervera al hispanista Archer M. Huntington, Pablo Bosch al Museo del Prado…, en los dos últimos casos gracias a la intervención, como agente intermediario y tasador, de Antonio Vives (quien también logró vender su colección de bronces al Museo Arqueológico Nacional). Se trata de colecciones eclécticas que reflejan una moda entre estos personajes relevantes de la alta burguesía. Al mismo tiempo, el contenido responde a unos intereses ideológicos concretos relacionados con la tendencia liberal-progresista, fundamentados en una nueva concepción de la historia de España promovida por el Estado liberal, vinculada a la corriente de regeneración cultural y científica de España surgida a fines del siglo XIX, con la que estos coleccionistas estaban profundamente comprometidos y que culminaría con la creación de instituciones para el progreso científico (Junta para Ampliación de Estudios fundada en 1907, Centro de Estudios Históricos en 1910, Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades en 1912) y la promulgación de leyes para la conservación del patrimonio histórico-artístico-arqueológico y el control y regulación de las excavaciones arqueológicas, dificultando así la salida de España de sus bienes patrimoniales. Antecedente y modelo para posteriores coleccionistas fue sin duda José Salamanca, banquero, empresario, coleccionista, que obtuvo de Isabel II el título de marqués. Como ya se ha dicho, la ruina de sus negocios le obligó por dos veces a vender sus colecciones de pintura en el Hôtel Drouot de París. La parte de antigüedades (vasos magnogriegos, estatuas, bronces antiguos y falsos), procedente en gran parte de adquisiciones y hallazgos

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realizados durante los trabajos de ferrocarril en Italia, fue comprada por el Museo Arqueológico Nacional en 18748. En los años finales del siglo XIX y primeras dos décadas del XX, se instalaron en Madrid una serie de coleccionistas pertenecientes a esta nueva casta de profesionales liberales que darán un objetivo diferente a sus colecciones, en consonancia con los cambios políticos y culturales que simultáneamente se suceden en España. El primero de ellos es José Lázaro Galdiano (1862-1947), abogado de origen navarro, empresario, financiero, editor, redactor y crítico teatral de La Vanguardia, periódico de Barcelona, bibliógrafo, coleccionista. Establecido en Madrid, y casado con la dama argentina, también coleccionista, Paula Florido, hizo construir en la zona nueva de la ciudad (ampliada precisamente por Salamanca) el palacete de estilo neorrenacentista que llamó «Parque Florido», donde instaló su colección y su editorial, en la misma época que Osma y Cerralbo9. La valiosa documentación del archivo Lázaro Galdiano (cartas, documentos y recibos de compras, etc.) se perdió durante la Guerra Civil, cuando su palacete se convirtió en cuartel-prisión (Lázaro estaba en París cuando estalló la guerra y allí se quedó, pasando después a Nueva York)10. A su regreso a España, legó su colección de unos 13.000 objetos al Estado, que creó la Fundación Lázaro Galdiano en 1948. Sus colecciones son de amplio espectro: arte (pintura, escultura, muebles, textiles, objetos litúrgicos, retablos y trípticos, coros), antigüedades, libros y manuscritos e incunables, monedas y Museo Arqueológico Nacional, Archivo, exp. 1873/29: catálogo manuscrito de las antigüedades del palacio de Vista Alegre. Véase el texto de José Beltrán Fortes en este mismo volumen. 9 JIMÉNEZ-BLANCO, MACK 2007a. 10 En el Archivo Histórico Nacional se conservan varios legajos relacionados con Lázaro Galdiano: su expediente académico de la Facultad de Derecho de la Universidad Central, 1890-1895 (Universidades, 4316, exp. 1), así como otros papeles (Diversos, Serie General, 334-344; Nobleza, Someruelos, C.26, D.25). Agradezco la información al Dr. Carlos Saguar, de la Fundación Lázaro Galdiano. 8

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medallas, armas, pequeños bronces del Renacimiento y del siglo XVIII11 (fig. 3). Lázaro compraba en el mercado anticuario español, pero sobre todo en subastas en París, Londres, Roma, Berlín, Nueva York, lugares a los que viajaba con frecuencia, y especialmente durante las largas estancias en el extranjero entre 1904 y 1908 y en las décadas de 1930 y 1940. Estuvo muy relacionado con Antonio Vives (compra-venta de bronces antiguos12), Guillermo de Osma, Archer M. Huntington y otros coleccionistas; quizá también con Rafael Cervera. El catálogo de su colección fue publicado en dos tomos por su propia editorial, La España Moderna, en 1926 y 1927: La colección Lázaro. Incluye cartas transcritas y traducidas de historiadores y críticos de arte, directores de museos, profesores universitarios, académicos y arqueólogos (entre ellos Pierre Paris) de Europa y de Estados Unidos, referentes a la excepcional calidad de las piezas y a la importancia de la colección en general. La procedencia de las piezas es muy variada: algunos Goyas procedentes de la colección de los Duques de Osuna; libros, Grecos y Goyas de la colección Salamanca; un millar de libros de la biblioteca de Antonio Cánovas del Castillo y documentos del archivo personal del político, fallecido en 1897; una mesa que había sido de Godoy, regalada por las provincias españolas al Príncipe de la Paz13; el cuaderno de dibujos de Francisco Pacheco, incompleto, con 56 retratos de hombres ilustres de España (los siete restantes en poder de Alfonso XIII), que antes había pertenecido a Valentín Carderera14. Gracias al catálogo conocemos además los nombres de muchos de los coleccionistas a los que compró Lázaro directamente, o bien de los propietarios originales, lo que nos permite comprobar la amplia circulación europea de obras de arte, libros y antigüedades. Algunas piezas compradas a coleccionistas europeos podrían proceder del expolio durante Estudiados por COPPEL ARÉIZAGA, 2001. GARCÍA Y BELLIDO, GARCÍA-BELLIDO 1993. 13 Inv. 954; REINACH 1926, vol. I, nº 42. 14 Sobre la colección Carderera, cf. LANZAROTE GUIRAL 2010. 11 12

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la Guerra de la Independencia y años posteriores: por ejemplo, un Frontal bordado adquirido en España por Molinier, conservador del Louvre (nº 142 del Catálogo), objetos litúrgicos de iglesias y catedrales, capiteles hispanoárabes de Toledo y Córdoba, o las ocho piezas de la vajilla de Sèvres con las iniciales de Carlos IV y Mª Luisa de Parma. Las antigüedades15 eran pocas pero escogidas: una jarra tartésica, varios bronces celtibéricos o ibéricos, piezas visigodas, materiales hispano-árabes (como capiteles de Medina Azahara, monumento a cuya restauración contribuyó16), algunas piezas romanas, una importante colección de monedas y medallas de todas las épocas y culturas y también falsos como la urna cineraria supuestamente romana, de mármol, conocida como «urna del pajarito», con inscripción en latín dedicada por una mujer a su pájaro (nº inventario 8210); había pertenecido al cardenal Camillo Massimo, y en 1678 la compró el VII marqués del Carpio en la almoneda de los bienes del cardenal. Junto con otras esculturas de la colección Carpio, la tapa fue adquirida por Felipe V e Isabel de Farnesio y se conserva actualmente en el Museo del Prado; parece que la urna quedó en manos de particulares y salió al mercado de antigüedades en el siglo XIX, siendo entonces comprada por Lázaro Galdiano. En realidad se trata de una excelente falsificación producida por talleres romanos en el siglo XVI17 (fig. 4). La colección de Lázaro Galdiano es reflejo de sus ideas regeneracionistas: amor por el patrimonio nacional, conservación de monumentos (contribuyó a la restauración de Medina Azahara), búsqueda y recuperación del pasado glorioso de España, que se sitúa en el Siglo de Oro, como modelo para Estudiadas por REINACH 1926 y 1927. También el pintor Sorolla tenía capiteles de Medina Azahara, al parecer regalados por Ricardo Velázquez Bosco, arquitecto restaurador del monumento desde 1910: cf. RUIZ BREMÓN 1993, 52-54, nº 132, 133, 135, 136, especialmente nº 136 que consta como un regalo de Velázquez Bosco a Sorolla. Sobre Velázquez Bosco: ORDIERES DÍEZ 1995. 17 ELVIRA BARBA, CARRASCO FERRER 2001; CACCIOTTI 1994. 15 16

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el progreso de la nación: de ahí el interés por la adquisición del cuaderno de Francisco Pacheco con los retratos de los viri illustres españoles de esa época (Lope de Vega, Góngora…); interés por la producción artística hispana como reflejo de la riqueza artística del país. En definitiva, para Lázaro el coleccionismo es seña de identidad, reflejo de un modelo estético y también vía para la educación del pueblo; esta educación se refuerza con la fundación en 1888 de una editorial, La España Moderna, destinada a publicar aquellas obras de literatura y ciencia que pudieran servir al objetivo de su vida: contribuir al progreso intelectual y científico de la sociedad española18. Tras la reciente reforma del museo, los objetos de uso cotidiano de Lázaro y su familia (especialmente vajillas, servicios de té y cuberterías) han pasado a formar parte del museo junto con sus propias colecciones, distribuidas por materiales: plata, bronces, cerámicas, tapices y tejidos, escultura en piedra, tallas…; los frescos de los techos, pintados por Eugenio Lucas Villamil, amigo y protegido de Lázaro, presentan temas relacionados con el uso de cada habitación19. Contemporáneo de Lázaro fue Guillermo Joaquín de Osma y Scull, conde consorte de Valencia de Don Juan (1853-1922), diplomático, político, arqueólogo. Estudió en París, en la Universidad de La Sorbona, y se graduó como Magister Artium en la Universidad de Oxford. Ejerció la carrera diplomática entre 1877 y 1891. Casó con Adelaida Crooke, quien heredó de su madre el título de XXIIIª Condesa de Valencia de Don Juan y de su padre una colección de arte, antigüedades y libros. Fue socio de número de las Reales Academias de Ciencias Morales y Políticas y de Bellas Artes de San Fernando, miembro de la Hispanic Society of America, y miembro honorario de la ROMERO RECIO 2007, 53. La revista del Museo, «Goya», recoge abundante bibliografía sobre Lázaro Galdiano en el nº 261 (1997), y sobre otros coleccionistas españoles, europeos y americanos coetáneos en los volúmenes 267 (1998), 273 (1999), 279 (2000) y 291 (2002). 18 19

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Society of Antiquaries de Londres. Además ejerció diversos cargos políticos a partir de 1891: diputado por el distrito de Monforte de Lemos (1891-1919), subsecretario del Ministerio de Ultramar (1895-1897) subsecretario del Ministerio de Hacienda (1897), ministro de Hacienda (1903-1904 y 19071908), presidente del Consejo de Estado y senador vitalicio (1919). A la tertulia de los domingos por la tarde en su palacete neomudéjar de la c/ Fortuny nº 53, esquina al antiguo Paseo del Cisne (hoy Paseo de Eduardo Dato), asistían políticos, intelectuales, artistas, arqueólogos e historiadores, profesores de Universidad y académicos como el Duque de Alba, Antonio Florit (director de la Real Armería), el marqués de Valverde (marchante implicado en el asunto del bote y las arquetas califales de Zamora), Manuel Gómez Moreno, Elías Tormo, José Ramón Mélida, los arabistas Julián Ribera y Miguel Asín Palacios, Ramón Menéndez Pidal, Francisco Javier Sánchez Cantón…20. Todos ellos formarán parte del Centro de Estudios Históricos, fundado en 1910 como institución integrante de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. En 1916 Osma fundó el Instituto Valencia de Don Juan en el mismo palacete que albergaba sus colecciones y las heredadas por su esposa: documentos, libros, objetos de arte español medieval y moderno (muebles, cerámica de reflejo metálico, tapices y tejidos), monetario (compró dos de los monetarios más importantes de la época: el del Marqués de Molins y el de Ramón Siscar y de Montolíu), objetos arqueológicos (fig. 5). En 1925, el entonces director, Manuel Gómez Moreno, cedió al Museo su propia colección de monedas romanas e hispánicas. El Instituto Valencia de Don Juan (IVDJ) fue reconocido por ley de 11 de agosto de 1918, con un patronato integrado por Antonio Maura, Miguel Asín, el Duque de Alba, Archer M. Huntington (como presidente de la Hispanic Society of 20

Sobre la tertulia: GÓMEZ-MORENO 1995, 145-148, 186-187, 282-284.

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America) y C.H. Read, del British Museum. Tras la muerte repentina de Osma en 1922, presidió la tertulia y dirigió el museo Antonio Vives. Era una institución al margen de la intervención oficial, y el hecho de que el presidente perpetuo del patronato fuera el Canciller de la Universidad de Oxford la salvó del saqueo y detención de sus trabajadores durante la Guerra Civil, ya que Mª Elena Gómez-Moreno, hija de D. Manuel, director de la institución desde 1925, tuvo la idea de que se izase en el palacete la bandera inglesa, convirtiéndolo así en territorio bajo protección de la embajada británica21. Enrique de Aguilera y Gamboa, marqués de Cerralbo (18451922), es el único coleccionista de este grupo proveniente de familia noble y con ideología conservadora: era carlista, jefe del partido tradicionalista, quizá miembro de la Logia del Gran Oriente, aunque no hay constancia documental de tal vínculo en el Archivio di la Masonería. Fue coleccionista desde niño, y en sus muchos viajes culturales por Europa adquirió obras de arte y arqueología, monedas, medallas, libros, etc.22. Como senador defendió la protección del patrimonio y la Ley de Excavaciones Arqueológicas de 1911 y su Reglamento de 1912: por ello fue nombrado vicepresidente de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades y director de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas (CIPP), ambas creadas en 1912. Fue también miembro destacado de otras asociaciones científicas más vinculadas a las ideas liberales y regeneracionistas: vicepresidente de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, socio fundador de la Sociedad Española de Antropología, Etnografía y Prehistoria (fundada en 1921). Cerralbo financió excavaciones y también las emprendió él mismo, siempre en contacto con los mejores profesionales, como Juan Cabré y Aguiló (fig. 6); realizó estudios de arte rupestre, paleolítico y cultura celtibérica. En su obra Páginas de la historia patria, por mis excavaciones arqueológicas, merecedora del 21 22

GÓMEZ-MORENO 1995, 468. NAVASCUÉS BENLLOCH et al. 1996.

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Premio Martorell de 1911, intenta explicar los orígenes de los pueblos peninsulares, tema que constituía una de las preocupaciones científicas de ese momento, cuando se estaba definiendo lo ibérico y, gracias a sus propios trabajos, comenzaba a atisbarse lo celtibérico. En sus colecciones arqueológicas y artísticas figuran, además de materiales procedentes de sus excavaciones en los yacimientos de Torralba y Ambrona, multitud de estatuillas y bustos expuestos en el llamado “Salón de Ídolos” (fig. 7), de cronología y procedencias diversas: de Egipto a Roma, algunas son piezas auténticas, otras son bronces renacentistas o del siglo XVIII, pero muchas son falsificaciones que el Marqués compró en sus viajes, no sabemos si engañado o simplemente por gusto23. En su testamento cedía al Estado sus colecciones y su palacio, como museo cuyo primer director fue uno de sus protegidos, el arqueólogo Juan Cabré ya mencionado. A esta galería podemos añadir otros personajes, como Pablo Bosch y Barrau (1862-1915), banquero catalán establecido en Madrid, periodista, fundador y director de El Rhin, mecenas, accionista de la Institución Libre de Enseñanza, miembro del Ateneo de Madrid, de la Sociedad Española de Amigos del Arte y de la Asociación Española de Coleccionistas, vocal del patronato del Museo del Prado desde su fundación en 1912 y de la Junta de Iconografía Nacional (fig. 8). Gran coleccionista y viajero, desde su juventud empleó su fortuna en comprar obras de arte. A finales del siglo Arthur Engel menciona el monetario de Pablo Bosch, que vio en su casa de la calle de Alcalá nº 72, compuesto por 8000 piezas entre monedas celtibéricas y medallas24. Según Antonio Vives, había heredado la colección, bastante importante, de su padre, que a su vez había comprado el monetario de Antonio Valcárcel Pío de Saboya y Moura, Conde de Lumiares, un importante académico de la primera

Las falsificaciones egipcias del marqués de Cerralbo están siendo estudiadas por M. Jaramago y G. García Fernández. 24 ENGEL 1886-1890, 23. 23

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mitad del siglo XIX25. Una parte del monetario de Bosch fue adquirida por Rafael Cervera, y de éste pasó en 1902 al hispanista americano Archer M. Huntington, como se verá26. En su testamento, Bosch legó al Museo del Prado su colección de pintura (del siglo XVI a Goya); también ofrecía su colección de monedas y medallas junto con las vitrinas que las contenían y el “bargueñito” con 946 monedas autónomas de España, designando a Antonio Vives para la selección y ordenación. El legado fue aprobado por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes el 4 de marzo de 1916, quedándose el Museo con 89 pinturas, 947 medallas europeas y varios centenares de monedas españolas seleccionadas por Antonio Vives27. Benigno de la Vega-Inclán y Flaquer, II marqués de la VegaInclán (1858-1942), empezó como marchante de arte y se convirtió en un prestigioso coleccionista plenamente integrado en los círculos políticos y académicos (fue retratado por Joaquín Sorolla en su serie de retratos de políticos, aristócratas, académicos y hombres de ciencia). Cedió al Estado cuadros, muebles y objetos de su colección como fondo fundacional del Museo Romántico, inaugurado en 1924 y al que también contribuyó el marqués de Cerralbo. Su labor en pro del patrimonio se centró en la creación de la Comisaría Regia de Turismo en 1921 y en la restauración (en algún caso con apoyo financiero de Huntington) de la Casa del Greco en Toledo y la de Cervantes en Madrid. Pero al mismo tiempo se conoce su papel como agente e informante para la venta de obras artísticas o antigüedades, destinadas especialmente al mercado americano, así como las excelentes relaciones comerciales que mantenía con la familia Ruiz, en unos años en que ya existía suficiente legislación al respecto28.

VIVES ESCUDERO 1924, vol. I, CLXXXIII y CLXXXVI; 1926, vol. II, 27. MORA 1997, 192 y 201. 27 MUSEO DEL PRADO 1916, 5-7. 28 Leyes de 1915, 1926 y 1933: TORTOSA, MORA 1996, 212-213 (Apéndice Legislativo). MARÈS DEULOVOL 2006, 249, 253-254. La familia de 25 26

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El millonario norteamericano e hispanista Archer M. Huntington (1870-1955)29 fundó en 1904 la Hispanic Society of America con los fondos de su propia colección; la parte de arqueología30 se compone, en gran parte, de los objetos hallados en sus excavaciones en Itálica con Arthur Engel en 1898, de los comprados a Jorge Bonsor, y, en muchos casos, de los adquiridos gracias a las informaciones proporcionadas por Antonio Vives: así en el caso del magnífico monetario del prestigioso médico oftalmólogo, político y coleccionista Rafael Cervera, que compró en París en 1902 poco antes de la muerte de su propietario, y que era en esa época la mejor colección de moneda hispánica (antigua, visigoda, islámica, medieval y moderna), ahora depositada en la American Numismatic Society 31. Aunque Huntington presumía de no haber comprado nunca en España para no expoliar el patrimonio español, sabemos que adquiría en París y Nueva York objetos o colecciones enteras de procedencia española sobre las que recibía información de sus agentes, especialmente de sus amigos Bonsor y Vives32. Antonio Vives y Escudero (1859-1925)33, miembro de la Real Academia de la Historia, de la Hispanic Society y del Deutsche Archäologische Institut de Berlín, catedrático de Epigrafía y Numismática de la Universidad Central, también coleccionista, resulta un personaje misterioso, con sombras sobre sus actividades como arqueólogo (incluido un juicio por excavaciones clandestinas en Menorca) y sobre todo como asesor, agente, marchante e informante de coleccionistas como

anticuarios y marchantes Ruiz es actualmente objeto de investigación por la Dra. Mª José Martínez Ruiz (Universidad de Valladolid). 29 PROSKE 1963. BENDALA et al. 2008. JIMÉNEZ-BLANCO, MACK 2007b. 30 BENDALA et al. 2008. 31 MORA, 1997, 195-199. El monetario ha sido recentemente vendido en Sotheby, New York (marzo 2012). 32 EAD. 1997, 197. 33 CELESTINO 2008.

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Huntington, Osma, Cervera, Bosch y Barrau, etc.34. La imposibilidad de acceder por el momento a sus papeles y correspondencia, depositados en el Archivo del Instituto Valencia de Don Juan (del que fue director tras la muerte de Osma, de 1922 a 1925), no permite por el momento esclarecer su actuación en el comercio anticuario español de comienzos del siglo XX. Pero encontramos continuas menciones a su participación en la compra-venta de antigüedades por parte de los mejores coleccionistas y museos de su época y de los anticuarios más conocidos, como Juan Lafora de Madrid, tal como se puede comprobar en el catálogo de su colección de bronces, adquirida por el Museo Arqueológico Nacional gracias a una suscripción pública35. Relacionado con todos ellos aparece el pintor Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923). Está vinculado sobre todo a Huntington, como es sabido su gran mecenas, pero me interesa destacar aquí sus relaciones con Antonio Vives y con el numísmata Rafael Cervera, hasta ahora desconocidas. Hace unos años pude tener acceso al testamento de Cervera, por el cual se nombraba a Vives cuidador de su monetario y a Sorolla de la colección de pintura, ambas legadas a su hermana Carmen; tanto Vives como Sorolla eran sus amigos y debían encargarse de tasar las colecciones en su justo valor y cuidar de que se vendieran adecuadamente36. Cuatro cartas de Cervera a Sorolla, fechadas GARCÍA Y BELLIDO, GARCÍA-BELLIDO 1993, 17-18. Vives presenta una trayectoria similar a la de Wolfgang Helbig, consejero de Giovanni Barracco y de otros importantes coleccionistas de Roma, coleccionista él mismo y también anticuario-marchante, trabajo al que se dedicó tras dejar su cargo de segundo secretario del Istituto di Correspondenza Archeologica en 1887: NOTA SANTI, ROSSINI, CAGIANO DE AZEVEDO 2000, 12. 35 GARCÍA Y BELLIDO, GARCÍA-BELLIDO 1993, 11. 36 Archivo de Protocolos de Madrid, sign. 40.072, testamento de D. Rafael Cervera y Royo otorgado el 9 de marzo de 1898, ante el notario D. Joaquín Costa y Martínez, fol. 110r, cláusulas 7ª y 8ª. Además de médico, Cervera fue un político liberal republicano que defendió la libertad de cátedra y la abolición de la esclavitud y perteneció a diversas instituciones culturales de espíritu regeneracionista: MORA 1997, 184-185. 34

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entre 1887 y 1892 y conservadas en el archivo del Museo Sorolla, me permiten deducir que Cervera fue protector y mecenas del pintor en los primeros años de éste en Madrid37. Sorolla poseía una pequeña colección arqueológica compuesta por originales y reproducciones38: escultura, relieves y un fragmento de sarcófago, originales de los siglos IV a.C. a IV d.C. (nº 1 a 9 del catálogo), además de capiteles árabes de Córdoba y de Medina Azahara (nº 130 a 136, quizá regalados por Velázquez Bosco, como ya se dijo), dos denarios republicanos (nº 186 y 187). El busto de Tanit (nº 1), procedente del santuario de Es Cuiram (Ibiza), pudo ser un regalo o venta de Antonio Vives, que tenía muchas antigüedades púnicas obtenidas por compra o por sus propias excavaciones. El marqués de Viana le regaló dos estatuas de Cástulo, posiblemente el togado del jardín (fig. 9) y la estatua femenina (nº 4 y 5), según carta fechada el 19 de enero de 1916 y conservada en el archivo del museo39. Pero Sorolla fue también marchante de pintura, comprando él mismo por encargo de otros (como Huntington) o para vender en el extranjero40. Por ello pienso que probablemente se encargó de vender la colección de pintura de Rafael Cervera, de la que no se sabe nada pero que debió ser magnífica; algunas obras, del propio Sorolla, se han localizado en el Museo Archivo del Museo Sorolla, CS/1289, 1290, 1291, 1292: se refieren al pago del alquiler de la casa de Sorolla y a un préstamo de dinero. El papel de Cervera como mecenas del pintor no ha sido estudiado aún; también se desconocía que hubiese nombrado a Sorolla cuidador de su colección de pintura. Parece que ambas familias se conocían, a juzgar por la fotografía de un joven Sorolla, firmada y dedicada hacia 1884 «A Carmen Cervera» (SANTA-ANA 2007, 13 fig. 3). Agradezco a D. Florencio de Santa-Ana, entonces director del Museo, a Dña. Blanca Pons-Sorolla y, especialmente, a Dña. Antonia Fernández Casla su amabilidad al facilitarme el acceso a esta documentación inédita. 38 Los números hacen referencia al catálogo de la escultura del Museo Sorolla: RUIZ BREMÓN 1993. 39 RUIZ BREMÓN 1993, 17. En el Apéndice III del catálogo se recogen las reproducciones de piezas egipcias, griegas y romanas (nº 191-238, pp. 69-75). 40 SANTA-ANA 1985, 123. 37

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Nacional de Bellas Artes de La Habana, como el impresionante retrato que le hizo en 1887, dedicado «A D. Rafael Cervera / su amigo de veras / J. Sorolla / 1887» (fig. 10), y la Contadina o Aldeana de Asís regalada «A mi amigo y protector / D. Rafael Cervera / su afmo. / J. Sorolla / 1889»41. Conclusión. El episodio del Bote de Zamora ejemplifica a la perfección varios problemas que afectan al coleccionismo artísticoarqueológico en relación con el patrimonio nacional a fines del siglo XIX y comienzos del XX: en primer lugar, la falta de una legislación específica contra el expolio y venta al extranjero de los bienes de la nación; cuando por fin, gracias a los escándalos producidos a finales del siglo XIX por la venta del Tesoro de Guarrazar o la Dama de Elche, se articulan leyes concretas respecto a los materiales arqueológicos (la Ley de Excavaciones y Antigüedades de 1911), éstas se incumplen sistemáticamente. En segundo lugar hay que tener en cuenta la implicación, en este comercio ilegal, de coleccionistas particulares bien relacionados con políticos y académicos, o que formaban parte ellos mismos de academias y universidades y desempeñaban cargos políticos relevantes. Pero la característica general más relevante y problemática es la existencia de rasgos profundamente contradictorios en los métodos y objetivos seguidos por los coleccionistas, que, como hemos visto, mezclaban la defensa del patrimonio con su expolio y venta indiscriminada al extranjero. CRESPO LARRAZÁBAL 2005, 29-20. El retrato de Cervera, que al parecer gustaba mucho a Sorolla, fue presentado a la Exposición Internacional de Bellas Artes de Madrid, organizada en conmemoración del IV Centenario del descubrimiento de América, en octubre de 1892, obteniendo una Medalla de Primera Clase: cf. PONS-SOROLLA 2001, 124-126. Antonia Fernández Casla, del Museo Sorolla, tuvo la amabilidad de escanear y enviarme el retrato de Cervera, por lo que le doy las gracias. 41

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Las colecciones mencionadas reflejan algo más que una moda entre personajes de la alta burguesía financiera, ya que, en mi opinión, su contenido responde a unos intereses ideológicos concretos. Sus propietarios desempeñaron un papel protagónico en un ambiente intelectual y político de gran efervescencia en el cambio de siglo, como miembros muy activos de diversas instituciones que luchaban por la regeneración intelectual y científica, pero también económica y social, del país: el Ateneo, la Institución Libre de Enseñanza, la Sociedad Antropológica, la Junta para Ampliación de Estudios, la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades… Todas ellas defendían la libertad de la ciencia y su independencia de la Iglesia y del gobierno, así como la necesidad de proteger, catalogar y difundir el Patrimonio histórico-artísticoarqueológico español, objetivos que lograron, como ya he comentado, mediante la creación de organismos específicos y la promulgación de leyes y reglamentos. Estos personajes convirtieron sus colecciones particulares en museos públicos con el estatus de fundaciones bajo la tutela del Estado, con el noble objetivo de elevar el nivel cultural de la sociedad. Competían con el Museo Arqueológico Nacional, al que lastraba la inflexible burocracia y los escrúpulos a la hora de adquirir piezas equívocas o contactar con anticuarios de dudosa reputación. Es un coleccionismo que funcionaba como una actividad empresarial, cuyo fin no era sólo el placer estético e intelectual sino también conseguir la máxima rentabilidad en el ámbito social y económico. Sus colecciones no se caracterizan por la especialización en arqueología (ni siquiera en el caso de Cerralbo, que fue verdaderamente prehistoriador y arqueólogo), sino que eran colecciones eclécticas, heterogéneas, abiertas a Europa en sus actividades de compra-venta, pero profundamente centradas en España: estas colecciones muestran de manera sobresaliente la preocupación coetánea por el pasado y el presente de España en momentos críticos de pérdida de las colonias y desánimo, la llamada crisis del 98; la búsqueda de las raíces, de la esencia, de la identidad del país a

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través de la riqueza de sus producciones artísticas y arqueológicas en todas las épocas de su historia. Pero, fueran cuales fuesen los méritos de estos coleccionistas, no se puede olvidar que en ocasiones (o frecuentemente, en algunos casos) actuaron como agentes intermediarios en la venta de obras de arte y antigüedades españolas a coleccionistas por lo general extranjeros, convenciendo a obispos, sobornando a monjas y párrocos, facilitando incluso la salida clandestina de estas obras gracias a sus contactos con las autoridades. Ésta es la cara oscura que también debe ser estudiada.

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Didascalie Fig. 1. Bustos de emperadores romanos (pequeños bronces del siglo XVIII) de la colección Lázaro Galdiano. Foto Museo Lázaro Galdiano: www.flg.es/ficha.asp?ID=2055 www.flg.es/ficha.asp?ID=2078 www.flg.es/ficha.asp?ID=2078

Fig. 2. Fauno danzante del Museo Sorolla. Foto G. Mora. Fig. 3. Bronces romanos de la colección Lázaro Galdiano. Foto Museo Lázaro Galdiano. Fig. 4. Urna llamada «del pajarito», de la colección Lázaro Galdiano. Foto Museo Lázaro Galdiano: <http://www.flg.es/ficha.asp?ID=8210> Fig. 5. Salas del Instituto Valencia de Don Juan. Foto Instituto Valencia de Don Juan. Fig. 6. El marqués de Cerralbo en el yacimiento paleolítico de Torralba. De Navascués Benlloch et al. 1996, 27. Fig. 7. Salón de Ídolos del Museo Cerralbo. Foto Museo Cerralbo. Fig. 8. Retrato de Pablo Bosch y Barrau en la revista «Coleccionismo» nº 27, 1915. Fig. 9. Estatua de togado romano del Museo Sorolla. Foto G. Mora. Fig. 10. Retrato de Rafael Cervera, por Joaquín Sorolla. Foto Museo Sorolla.

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