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LA ARQUEOLOGÍA DECIMONÓNICA ESPAÑOLA EN PRÓXIMO ORIENTE, ENTRE LA ERUDICIÓN Y EL COLECCIONISMO

JORGE GARCÍA SÁNCHEZ

¿No habrá entre nuestros arqueólogos, entre nuestros orientalistas, entre nuestros sabios, uno solo que se proponga hacer públicos en España los descubrimientos de la Egiptología y Asiriología? Ramiro Fernández Valbuena, Egipto y Asiria resucitados, 1895 (I, 2-4)

En contraste con la negativa respuesta implícita en la cuestión que se planteaba el asiriólogo Fernández Valbuena (1848-1922) a finales del siglo XIX, hoy en día la información relativa a los más nimios descubrimientos en el Oriente antiguo tiene una difusión inmediata en las publicaciones españolas especializadas –así como en las no tan especializadas-, y la presencia de las misiones arqueológicas españolas en Próximo Oriente es una constante que ha sido favorecida por el proceso de internacionalización del panorama actual de la investigación. Dicha presencia posee su propia y azarosa historia, que en lo que a la realidad del momento en que nos hallamos se refiere, ha ido evolucionando desde un estadio inicial que arranca con las investigaciones de los institutos religiosos asentados en Tierra Santa (la Casa de Santiago y el Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén), sobre todo en Jordania y Palestina, las cuales abrieron el camino a los proyectos desarrollados por las universidades, ampliados a zonas de Siria, en la década de los 80’: las excavaciones en Balih, Tell Qara


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Quzaq, Tell Halula y Yebel al-Mutawwaq. El último decenio del siglo XX, y los años iniciales del XXI fueron testigos de la eclosión de los proyectos conjuntos y de la cooperación internacional, que ha llevado a los investigadores españoles a trabajar en yacimientos esparcidos desde Turquía al Yemen, y de Israel al Éufrates (destacaremos las excavaciones compartidas de la importante ciudad cananea de Tel Hatsor por equipos de la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Hebrea de Jerusalén)1; el resultado inmediato, palpable, de esta actividad, fue la celebración en Madrid del V International Congress on the Archaeology of the Ancient Near East el año 2006, con la presencia de 550 especialistas de todo el mundo2. Dirijamos la mirada hacia atrás a fin de comprender por qué hasta tan tardías fechas el “orientalismo” –entendido a grosso modo como el estudio de las civilizaciones comprendidas a partir del Mediterráneo oriental y hasta el Golfo Pérsico- ha sido la asignatura pendiente de la investigación hispana y que sólo ahora, en los pasados 30 o 35 años, ha empezado a despegar. La historia del imperialismo español de los siglos XV y XVI transcurre estrechamente ligada a las navegaciones atlánticas que condujeron a nuestros conquistadores a someter las civilizaciones precolombinas, ganando así para la Corona las llamadas provincias de Ultramar, que España detentó hasta el Desastre de la Guerra de Cuba de 1898. Hacia el sur, la aventura africana en directa competición con el reino de Portugal pronto se resolvió con la firma de tratados que repartían el misterioso e incógnito mundo de las cartas de navegación. La monarquía castellano-aragonesa poseía ya para CÓRDOBA 1998: 454-460. CÓRDOBA Y PÉREZ 2006. Entre las últimas noticias que puede transmitir la arqueología española en Oriente apuntaremos el descubrimiento en 2006 por parte de un grupo de la Universidad de la Coruña y del CSIC del rastro de una ciudad con 5.500 años de antigüedad en la provincia siria de Deir ezZor, por lo tanto, uno de los enclaves más antiguos de la Historia. PROYECTO ARQUEOLÓGICO 2007: 14-23. 1 2

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entonces todo el continente Americano para explorar, razón por la cual el reconocimiento de África no se retomaría hasta el siglo de la Ilustración, y sobre todo en el XIX, cuando la “cuestión marroquí” se elevó a causa nacional; la guerra de 1859-60 concienció al Gobierno español de ser el responsable de la misión modernizadora de esas regiones al sur de Gibraltar -que asimismo se disputaba con Francia-, ideología que esconde el sentimiento de traumática inferioridad que vivía España respecto al resto de Europa en la carrera colonial del XIX, y que se resarció con la acción bélica en Marruecos3. Por lo tanto, excepto en encrucijadas históricas que sacudieron la conciencia de los europeos, como la matanza de cientos de cristianos de religión maronita a manos de la población drusa y turca del Líbano -conflicto que le supuso la muerte a ocho franciscanos españoles en Damasco, y por el cual Napoleón III envió su flota al Mediterráneo oriental (1860)-, España no prestó atención a la realidad de un Próximo Oriente tan alejado de sus intereses. Pero aunque a los españoles les resultaran por completo ajenas las regiones de Levante, en el pasado había existido una cierta tradición de viajeros allí, en ocasiones difíciles de rastrear, con nombres propios de interés, y todavía olvidados hasta fechas muy recientes, que nos remontan a la época de los peregrinajes medievales y de la diplomacia moderna4; sus aportaciones al conocimiento del mundo oriental han sido relegadas por la historiografía –incluso la nacional- en beneficio de la profundización de la historia del fenómeno orientalista en otros países europeos. Nombres como el del judío Benjamín de Tudela, autor del Séfer-Masa`ot, que le llevó a Bizancio, Tierra RODRÍGUEZ 2006: 175. Los acontecimientos históricos que afectaron a la Península Ibérica en aquella centuria imposibilitaron cualquier tipo de actuación en el extranjero, y por el contrario desembocaron en la pérdida de las colonias. Recuérdese simplemente la invasión francesa (1808-1813) y sus desastrosas consecuencias económicas, políticas y sociales durante el reinado de Fernando VII (1814-1833), así como las sucesivas guerras civiles (183340, 1846-49, y 1872-76). 4 JONES 1998: 10-99. 3

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Santa y al Bagdad califal entre 1166 y 1170, y de tempranas descripciones de los recintos de culto de Baalbek (cuya fundación retrotrajo al reinado de Salomón) y Palmira, al igual que de las ruinas de Susa, Nínive, Babilonia y Borsippa. La Embajada a Tamerlán, obra del literato y poeta castellano Ruy González de Clavijo (¿?-1412), constituye un relato fidedigno casi exento de las elementos fantásticos del libro de Marco Polo- de las rutas que este portador de presentes destinados por Enrique III de Trastámara al emperador de los mogoles, Tamerlán, recorrió desde Trebisonda a Samarcanda, a lo largo de 2.000 Km., atravesando las actuales Turquía, Irán, Turkmenistán y Uzbekistán5. Sin duda la figura que ha merecido una mayor atención en el ámbito de la investigación española, y que cada vez se encuentra más presente en la bibliografía internacional, es la de Don García de Silva y Figueroa (15501624), embajador extraordinario de Felipe III enviado a la Corte del soberano Shah Abbas el Grande a fin de afianzar los lazos entre la Corona española y la persa contra la causa común del Imperio Otomano6. La edición española del manuscrito no salió a la luz hasta 1903, pero dio a conocer cómo en su viaje hacia Isfahán, el hidalgo español se desvió hacia las ruinas de Chilminara, las cuales identificó con la capital de Darío, Persépolis (corría el año de 1618). Lejos de tratarse de una atribución fortuita, Don García se había apoyado para expresar dicha opinión en un detallado examen de los vestigios existentes, que incluía la medida de los restos, el análisis de los materiales de construcción o la reproducción de los bajorrelieves por un pintor de su séquito, todo ello contrastado con la lectura de las fuentes7 (figura 1). Don García era un hombre dotado de gran perspicacia, gracias a la cual la segunda peculiaridad de su paso por Persépolis consistió en que por vez primera asimiló el cuneiforme a un tipo de escritura – y como tal ordenó copiar algunas inscripciones-, desestimando que los GARCÍA 2007: 82-87. INVERNIZZI 2001: 71-79; INVERNIZZI 2005: 205-221. 7 CÓRDOBA 2006: 89-97. 5 6

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signos que contemplaba fuera una mera ornamentación palaciega. En época contemporánea, la exigua arqueología y las misiones científicas que España desplegó en el extranjero se volcaron, según señalábamos, en los continentes americano –incipientes ya en el siglo de la Ilustración, con Carlos III sentado en el trono- y africano, mientras Oriente resultaba aún muy desconocido fuera de círculos eruditos restringidos. Las iniciativas científico-culturales y artísticas ligadas al colonialismo decimonónico, sean institucionales que privadas, se aunaron al particular orientalismo que vivía España -en nuestro caso africanismo o marroquismo- que reivindicaba el glorioso pasado imperial8: fruto de ello se crearon sociedades geográficas y patrióticas (la Asociación para la Exploración del África nació en 1877 y la Sociedad Española de Africanistas y Colonialistas en 1883) con el pretexto de determinar las características del país y sus gentes, que en realidad encubrían intereses económicos y políticos, y nuestros pintores e ilustradores plasmaron en sus lienzos un mundo plagado de referencias literarias, que en su vertiente historicista o bien recreaba el esplendor Andalusí, o bien reflejaba gráficamente las victorias de las armas españolas en el Riff. Apenas ningún artista español se desplazó más allá de Marruecos o del Magreb, es decir, del área de actuación colonial española, salvo excepciones como las de Francisco Lameyer o Muñoz Degrain, ambos viajeros por Oriente Medio. Obras tan notables como Paisaje oriental con ruinas clásicas (1842), Ruinas en las inmediaciones de Jerusalén (1845) y Caravana a la vista de Tiro (1846) (figura 2), de Jenaro Pérez Villaamil, tan sólo son fruto del romanticismo que evoca estereotipadamente el paisaje salpicado de vestigios clásicos y el irrecuperable sabor de las textos bíblicos, pues su autor jamás pisó Tierra Santa9. 8 9

LÓPEZ 2004: 15-16. DIZY 1997: 140-143, 201-203.

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Únicamente existen dos empresas dignas de mención para todo el siglo XIX con implicación a nivel estatal que tuvieran en su mira los países de Levante. En el campo de la botánica, la protagonizada por el entomólogo Manuel Martínez de la Escalera, que dirigió dos expediciones que atravesaron en caravana Asia Menor (1898) y Persia (1899) con el objetivo de recoger especímenes de animales y plantas en los montes Amanus, el Taurus y los Zagros, lo cual no impidió que en sus informes a la Sociedad Española de Historia Natural incluyera noticias acerca de las excavaciones que efectuaban en Susa los arqueólogos franceses. Y más estrechamente vinculada al mundo de la arqueología, motivo por el que nos detendremos mayormente en esta segunda empresa, tenemos la singladura de la fragata Arapiles en 1871. Reinaba desde hacía sólo un año Amadeo I de Saboya, quien buscando afianzarse en el trono, había ordenado que uno de los navíos de la armada española partiera hacia oriente con la misión de buscar nexos comerciales y de revigorizar el prestigio nacional fuera de nuestras fronteras, y especialmente en Grecia y Turquía, unas tierras donde antaño la Corona aragonesa había establecido diversos ducados, y en las cuales un ejército de mercenarios catalanes había puesto en jaque al Imperio Bizantino a principios del siglo XIV (figura 3). Dos acontecimientos convergieron a la hora de dotar además de una dimensión científica a la expedición de la fragata Arapiles: la apertura del Canal de Suez (1869), que no solamente puso de manifiesto la exclusión de España del mapa colonial del Mediterráneo Oriental, sino el escaso interés que había imbuido a los españoles a la hora de viajar por aquellas regiones, y por tanto, el desconocimiento de la realidad política, social y cultural contemporánea de las mismas, y aún más, de los logros de las civilizaciones sucedidas en la “cuna de la humanidad”. Pero sobre todo fue la fundación del Museo Arqueológico Nacional (M.A.N.) en 1867 el desencadenante final de que un navío de guerra participase de una iniciativa cultural, y atracase en numerosos puertos de la cuenca mediterránea con el fin de adquirir piezas antiguas que incrementasen y diversificasen los 198


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fondos de dicha institución. El Ministerio de Fomento explicaba con las siguientes palabras dirigidas al Ministerio de Marina la funcionalidad de que en esta empresa participara una comisión científica del M.A.N.: “Que sea beneficiosa para la ciencia arqueológica el viaje por los mares de Grecia y Turquía debiendo estudiar los notables monumentos que ambos puertos encierran con obligación de presentar memoria de los estudios que se hayan ejecutado”10. Tres miembros componían esta Comisión arqueológica: en calidad de presidente, Juan de Dios de la Rada y Delgado (18271901), Jefe de Tercer Grado del M.A.N. y futuro director del Museo; el intérprete Jorge Zammit y Romero, y el arquitecto y académico de Bellas Artes Ricardo Velázquez Bosco (18431923), quien embarcaba con el cometido de copiar y fotografiar los monumentos – y en la medida de lo posible registrar sus proporciones-, las ruinas, los objetos de los museos y los parajes que visitase la Comisión (figura 4). A menudo el papel de este último ha sido minimizado en comparación con el de De la Rada, olvidándose que Velázquez Bosco encarnó escrupulosamente ese rol de arquitecto-arqueólogo de final de siglo. Además de coleccionista particular de antigüedades, en su cargo de secretario de la Comisión de Monumentos de León y representante del M.A.N. en esa ciudad desplegaría una intensa actividad arqueológica reproduciendo gráficamente los yacimientos de la provincia y seleccionando las piezas que se remitirían al museo madrileño. De la misma forma, entre 1909 y 1912 excavó en la ciudad de Medina Azzahara. La Arapiles partió en agosto de 1871 de Nápoles, y se detuvo en los puertos de Mesina, Siracusa, El Pireo y Atenas, Çannakale, Constantinopla, Esmirna, Quíos, Samos, Rodas, Larnaca, Beirut, Jaffa, Port Said, Alejandría, y la Valetta, arribando definitivamente a Cartagena en el mes de septiembre. Hacia el interior, el viaje de De la Rada y sus acompañantes les conduciría a ciudades tan ricas en obras de arte como Damasco, 10

PASCUAL 2001: 32.

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Jerusalén o El Cairo, lugares en los que visitaron las excavaciones, tomaron nota de las colecciones de la organización de sus museos, y entablaron relaciones con los eruditos locales11. La escasez de tiempo y la parquedad de los medios económicos concedidos por el Ministerio de Fomento a fin de que el M.A.N. comprase antigüedades limitaron las posibilidades de la Comisión – una característica de los afanes científicos españoles ha sido a lo largo de la Historia el desencuentro entre la dimensión de los propósitos y la capacidad de adecuar los medios justos para cumplirlos-, fruto de la cual, sin embargo, 319 piezas arqueológicas fueron transportadas en 22 cajones hasta Madrid, muchas de ellas obtenidas gracias a la generosidad de las donaciones privadas. En Atenas, Juan de Dios de la Rada se procuró vaciados de los principales monumentos de la Acrópolis y más de medio centenar de vasos griegos; en Chipre, el cónsul estadounidense le ofreció venderle su colección de objetos chipriotas, provenientes de sus operaciones arqueológicas en cerca de 1.000 sepulturas de Larnaca y otros yacimientos, parte de la cual (unas 6.000 piezas), debido al poco capital de la Comisión, se conserva en la actualidad en el Metropolitan Museum de Nueva York. Pese a ello la Arapiles abandonó la isla habiendo conseguido 30 cerámicas chipriotas – algunas de Larnaca-, una serie de fragmentos escultóricos de diferentes períodos (destacaremos un trío de testas masculinas, fechadas respectivamente a finales del siglo VI a.C. la primera, y en el V a.C. las dos últimas) (figura 5), así como monedas y recipientes de vidrio12. Ninguno de los objetos que custodia en la actualidad el M.A.N. como resultado del itinerario de la Arapiles procede del área de Siria y Palestina. Desde Beirut la Comisión se desplazó a Damasco y Baalbek, en una excursión que se prolongó durante un total de cinco días. Relata De la Rada en la descripción que en 1876 publicó de este viaje cómo estuvo a punto de regresar 11 12

CORTÉS 2002: 95-109. CHINCHILLA 1993: 294-299.

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de ella sin las manos vacías, cuando en la arruinada ciudad romana, un muchacho le indicó el emplazamiento de una escultura femenina sedente, cuyo peso le obligó a dejarla in situ: “También yo pude haber enriquecido las colecciones de nuestro Museo Arqueológico Nacional con una magnífica estatua, aunque desgraciadamente sin cabeza, que encontré en uno de los abandonados pero hermosos jardines que rodean la Acrópolis de Balbek”, escribiría después13. La lectura de éste y otras aseveraciones similares demuestran la fragilidad del proyecto de adquisiciones en su aspecto científico por parte del grupo embarcado en la Arapiles; la delegación española se ciñó a acumular materiales, recopilación que no gravitó sobre un proyecto de investigación específico ni sistemático, carencia metodológica que aproxima más sus actuaciones a la labor del mero coleccionismo ilustrado que a un programa arqueológico moderno. En las disertaciones históricas realizadas por el presidente de la Comisión, manifiestamente subordinadas al dictado de las fuentes clásicas, se detectan muchos de los equívocos comunes en la historiografía del momento, tales como la atribución del templo de Júpiter al Sol, o del de Mercurio y Baco precisamente al padre de los dioses, e igualmente diferenció tres fases constructivas en el yacimiento, sucesivamente una megalítica que adjudicó al pueblo fenicio, una romana que dató del siglo III, y las posteriores etapas bizantina y musulmana. La visita a Tierra Santa tampoco carece de errores de interpretación, y así, De la Rada identificó el pueblo de Ramla con la antigua Arimatea, y sin cuestionar las denominaciones tradicionales de los monumentos de Jerusalén atribuyó a Salomón la construcción herodiana del Muro de las Lamentaciones, y la tumba de la reina Helena de Adiabene la consideró el sepulcro de los reyes de Judá, 650 años más antiguos. Por último, cabe RADA 1876-1878: 64. La Comisión científica de la Arapiles no dudó en apoderarse de cualquier objeto arqueológico al alcance de su mano, como demuestra la libre apropiación de basas, molduras y relieves que efectuó en Troya. 13

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añadir que en este apartado del periplo de los comisionados del M.A.N., las páginas del autor del Viaje a Oriente… aparecen teñidas de la nostalgia orientalista finisecular, que en el caso español, evoca la monumentalidad urbana del Al-Andalus musulmán, que lleva a De la Rada a hallar similitudes entre el ingreso de Damasco y el de la ciudad de Granada, o entre Belén, “asentada en una altura y esparcida por la accidentada vertiente de una montaña, con sus casas blancas y sus terrados”, y su natal Almería14. Opiniones que ahora apuntamos anecdóticamente, pero que constituyen uno de los topoi recurrentes de la literatura viajera en castellano, que aunque estimulado por la prosa del romanticismo, nos remiten a las relaciones geográficas medievales15. Amén de los objetos conservados en el M.A.N., el viaje de la fragata Arapiles nos ha legado el magnífico conjunto de dibujos y grabados que produjo la mano de Velázquez Bosco y que ilustran con pericia los tres volúmenes de la narración citada; como un espectador privilegiado de la arquitectura grecorromana, oriental, e islámica, el arquitecto burgalés dibujó vistas, secciones, plantas y detalles del Partenón, el Erecteion, la Tumba de Lisícrates o el templo de Atenea Niké en Atenas, así como de la mezquita de Damasco, y la tumba de los Reyes y la tumba de Absalón en Jerusalén16 (figuras 6 y 7). La meticulosidad de sus planos, a los que aportó la fiabilidad arqueológica del observador inteligente, y la metodología Ángel Barcia Pavón, en el periplo de su viaje de 1889 anotaría con un idéntico espíritu: “Me había figurado siempre a Balbeck abrasado por el sol, levantándose entre arenales desiertos, algo semejante a los de las Pirámides y la Esfinge. El Balbeck real se me presentó de un modo que me recordaba la Alhambra vista desde el camino de Santa Fe; era una cosa distinta, pero más bella de lo que la fantasía se había forjado”. BARCIA 1889: 350. 15 El mencionado González de Clavijo declaraba a comienzos del siglo XV que el perímetro amurallado de Samarcanda era algo mayor al de Sevilla, mientras que el caballero Pero Tafur estimaba hacia 1435 que las pirámides eran algo mayores que la famosa Torre de la Giralda, de origen almohade, situada en la misma ciudad andaluza. 16 BALDELLOU 1990: 50-53. 14

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consagrada de la ciencia arquitectónica, contrastan con el desarrollo de una expedición dominada por el ánimo de la aventura y el romanticismo. Las palabras de Thomas F. Glick al definir los impedimentos a los que se enfrentó tanto la investigación científica en España como su difusión a partir del siglo XIX en adelante, resultan aplicables en el campo concreto de la arqueología del cercano Oriente17. “Autodidactism and isolation” son las únicas características que detectamos en una actividad en la práctica inexistente durante las fechas que planteamos, cultivada en su dimensión teórica dentro del marco privilegiado de la diplomacia o de la religión, y por una serie de personajes puntuales espoleados por una profunda pasión y favorecidos por unas ciertas circunstancias vitales. Más allá de esto, la pregunta que se efectuaba el humanista Ramiro Fernández Valbuena en 1895, con la que iniciábamos el texto de este artículo, parecía no obtener respuesta. Perteneciente a la rama de la filología, Francisco García Ayuso (1845-1897) fue la piedra angular de una reducida escuela de arqueólogos y naturalistas que abrazaron el orientalismo como su causa, uno de ellos, el atrás mencionado Martínez de la Escalera. Con sólo 26 años Ayuso se dedicaba en Madrid a la enseñanza privada de hebreo, árabe, etíope, sánscrito, turco, sirio, persa, acadio y neoasirio, sin mencionar diversos idiomas europeos, y ya preparaba una serie de publicaciones acerca de las religiones y los pueblos iranios, auténticas extravagancias en el panorama editorial de la segunda mitad de siglo. A sus lecciones asistía el joven Adolfo Rivadeneyra (1841-1882), al que se ha calificado del Botta o el Layard hispano, más por las esperanzas que su corta vida generó que por sus consecuciones reales; en opinión de los estudiosos de su bibliografía y trayectoria profesional su fama habría podido igualar a la de 17

GLICK 1995: 487-499.

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aquéllos, al menos en nuestro país, si no hubiera sufrido la habitual falta de apoyo gubernamental en sus proyectos18 (figura 8). Decantado hacia la carrera diplomática muy temprano, su currículum y aspiraciones se asemejan a los de otros contemporáneos de Rivadeneyra, los legados españoles en Siria Adolfo de Mentaberrey, Antonio Bernal de O’Reilly –autores, al igual que aquél, de fascinantes descripciones del país- o desplazándonos a tierras egipcias, Eduardo Toda y Güell, Cónsul General en El Cairo y padre de la egiptología decimonónica española19. El último tercio del siglo XIX, rico en misiones arqueológicas que desvelaban el pasado de las civilizaciones asentadas en Anatolia, Palestina, Siria y el Líbano, que transmitían al público a través de la prensa ilustrada, los catálogos y las obras exhibidas en los museos europeos, contempló también el despertar del genio viajero de estos españoles cuya nación no se hallaba implicada colonialmente en esos lugares. Teniendo como base sus destinos consulares en Beirut, Jerusalén y con posterioridad Teherán, y un bagaje lingüístico que incluía el árabe y conocimientos del sánscrito y el acadio, Rivadeneyra viajó por Siria e Irak en 1869 y por Irán en 1874 siempre con los textos de Herodoto como guía y consejeros para el camino-, experiencias que reflejó en sendos libros, repletos de matices históricos y arqueológicos, además de los comerciales, que habían animado esta última expedición a Persia20. Su buena formación en lo concerniente a las culturas mesopotámicas le permitió desmentir la opinión de Henry Rawlinson de que los restos de Birs-Nimrud fuesen identificables con un zigurat de Babilonia, o reinterpretar algunas de las inscripciones con que se topó en Persépolis; ESCRIBANO 2004: 18. MARTÍN 1992-1994: 173-195. Al contrario que los demás personajes aludidos, Toda y Güell sí llevó a la práctica sus aficiones arqueológicas, de forma que en 1886 desenterró la tumba de Sennedyem en la necrópolis de la ciudad obrera de Deir el Medina. 20 RIVADENEYRA 1880. 18 19

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asimismo escaló a diversas tumbas reales a fin de copiar los relieves sasánidas. En Ganj Nameh (Irán) reprodujo la inscripción de Darío I y Jerjes I en babilónico, persa y elamita, con lo que se convirtió en el primer español que llevó a nuestro país una traducción de la conmemoración de ambos reyes Aqueménidas, como también hizo con los de la roca de Behistun -en la que precisamente Rawlinson se había encaramado treinta años atrás-21 por encargo del asiriólogo y viajero por Mesopotamia Julius Oppert (1825-1905), quien deseaba conocer algunos de los escritos de difícil lectura del monumento, si bien el estado en el que se hallaban le impidió a Rivadeneyra leer trazo alguno22. Todos los datos recogidos en sus trayectos, plasmados en sus volúmenes, y en las conferencias que impartía en las instituciones de las que formó parte, contribuyeron a que su figura aparezca inseparable de la introducción de los estudios orientalistas en la Península Ibérica. En homenaje a esta actividad viajera y difusora, su compañero y también discípulo de Ayuso, Manuel Martínez de la Escalera, escribiría años después que cuando Rivadeneyra visitó Oriente “era en los tiempos heroicos sin autos, ni aeroplanos, ni cinematógrafo”, resaltando así el valor de sus investigaciones23. En su papel de anticuario las actividades que desarrolló se equiparan en mayor medida a la del turista en búsqueda de un souvenir que con las del científico, y los topoi literarios que reflejan sus relatos les restan verosimilitud, como es el caso de sus excavaciones en Palmira (1870), en las que supuestamente con la ayuda de tres beduinos habría extraído un bajorrelieve mutilado y una pequeña estatua sedente de cobre, oportuno hallazgo que ofreció como obsequio a Eduardo Saavedra24. No obstante a su inexistente metodología arqueológica y cientificismo, en ocasiones la mera satisfacción de sus ESCRIBANO 2005: 789-804. Consultada la edición actual de RIVADENEYRA 2008: 172, 177. 23 CASADO 2005: 843-858. 24 RIVADENEYRA 1988: 169 y 170. 21 22

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pretensiones personales eruditas25 no empañó su voluntad de servir al objetivo patriótico tratando que los museos españoles poseyeran memoria del arte de las regiones recorridas, como declaraba cuando se propuso excavar en Susa y en la antigua Shiraz, proyectos irrealizados a causa de su falta de fondos. Así, en 1877, Rivadeneyra en parte cedió y en parte vendió al M.A.N. dos ladrillos de época de Nabucodonosor II (604-562) –que constaban en sus catálogos como pertenecientes a la Torre de Babel, y cuyas inscripciones tradujo Ayuso-, de los cuales se había apoderado durante su visita a Babilonia, a imitación de aquéllos que veía extraer de sus ruinas materiales para reutilizar en las construcciones modernas26 (figura 9); otros objetos orientales procedentes de Palestina y del Mar Muerto, cuatro cilindros de la misma ciudad, otro ladrillo de los alrededores de Dushir en cuneiforme, un fragmento de columna de Susa con inscripción y 19 monedas persas antiguas y modernas27. Este reducido conjunto de piezas, sumado al recopilado por la fragata Arapiles, evidencian la nimia participación española en las empresas protagonizadas por las potencias europeas, tan intrínsicamente unidas al fenómeno colonial del siglo XIX. A la escasa repercusión museística de la presencia de España en Oriente podemos añadir todavía algunas noticias y enumerar determinadas colecciones: por ejemplo, la donación al M.A.N., en 1898, de un lote de ladrillos, medallas y documentos antiguos de Babilonia por Pedro de la Madre de Dios, carmelita descalzo y misionero apostólico en Bagdad. De igual modo la Real Academia de la Historia conserva sendos fragmentos de relieves asirios donde figuran una pareja de guerreros armados con lanzas y escudos y un caballo sostenido por sus riendas y Actitud que se puede ejemplificar con la siguiente relación de sus operaciones arqueológicas en Babilonia: “Penetré en la excavación que habían ido abriendo poco a poco, y después de muchos martillazos, después de mucho revolver, hallé un cilindro, un trípode muy pequeño de plata y un camafeo”. RIVADENEYRA 1988: 85. 26 RIVADENEYRA 1988: 80 y ss. 27 MARTÍ 1993; ESCRIBANO 2002: 54 y 55. 25

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una inscripción cuneiforme en alabastro, cuya compra negoció en 1849 el embajador español en Constantinopla, Antonio López de Córdoba, al parecer, mientras se realizaba la segunda campaña de excavaciones (1849-1851) de Layard en el palacio de Senaquerib de Nínive, que aportó al British Museum más de 700 relieves28 (figura 10). Los objetos no ingresaron en la institución madrileña –a la que López de Córdoba pertenecía como académico de número, y desde 1870, en calidad de académico de honor, el propio Layard- hasta 1851, pues el intermediario del plenipotenciario español, un tratante de caballos de origen griego, falleció en el transcurso de su cometido, por lo que durante más de un año los materiales asirios restaron a cargo de los padres capuchinos que lo habían atendido en su enfermedad29. En 1898 la Real Academia de la Historia ingresaría en sus fondos otra importante colección de alrededor de 280 antigüedades de la mano de los hijos de don Pascual de Gayangos (1809-1897)30, que además de piezas árabes, indostaníes y americanas incluía obras artísticas egipcias y fenicias (ushbetis, esculturillas en bronce de Osiris, Isis, Horus), si bien el apartado más relevante lo constituyen los objetos y cerámicas griegas y suritálicas; entre ellos, un askos minoico, con toda seguridad de los primeros recipientes de esta cultura conocidos en España, un Kylix ático de figuras negras del s. V, un Kantharos apulio de figuras rojas (330 aC), además de ánforas, alabastrones y elementos etruscos -cerámicas, escarabeos e incluso un collar de oro-, piezas que se intuye que podrían haber estado depositados en alguna necrópolis de dicha civilización31. Desgraciadamente no existe constancia del origen de la colección ni de los medios a través de los cuales se apropió de ellas este ilustre arabista y bibliógrafo sevillano, uno de los anticuarios por excelencia del siglo XIX español y que CASTEJÓN 2004: 36-46. ALMAGRO-GORBEA 2001: 59-63, catálogo 120 y 121; ALMAGRO-GORBEA 1999: 32-33. 30 Sobre su figura, RAMOS Y MILLÁN 2007. 31 ALMAGRO-GORBEA 1999: 38. 28 29

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ejemplifica la moda de la burguesía decimonónica de reunir este tipo de materiales. En sus viajes europeos, pero especialmente durante los largos periodos de su vida que transcurrió en Londres, donde ingresó en la Royal Asiatic Society (1838) y catalogó los manuscritos españoles del British Museum (1867), debió de ser el momento en que adquirió la mayor parte de su rica recopilación artística. Aunque no visitó jamás Oriente Próximo, y únicamente se desplazó a Marruecos en 1848 con el fin de realizar estudios literarios, históricos y arqueológicos, su renombre como lingüista de idiomas orientales, su amistad con el matrimonio Layard32, su fama de experto archivista de manuscritos árabes y su posesión de una nutrida colección localizada en Madrid, aunque sea mayoritariamente clásica, convierte en obligatoria su mención en estas páginas. Aparte de las galerías de Madrid, una mención especial la merece el Museo Bíblico del Monasterio de Montserrat, aunque exceda en unos años del marco cronológico de este trabajo. Su impulsor, el monje benedictino Bonaventura Ubach (18791960), se había especializado en los estudios bíblicos y había recorrido en su juventud la mayor parte de Tierra Santa, Asia Menor, Grecia, Siria, etc., en una serie de peregrinajes que seguían las huellas de los antiguos reyes y profetas, y los escenarios del Nuevo y Viejo Testamento; incluso en 1910 había atravesado el Sinaí siguiendo la ruta del Éxodo, en un feliz viaje del cual dejó una deliciosa descripción de las jornadas pasadas a lomos de un camello, y de la distribución del equipamiento en su silla de montar: “a la derecha tengo el breviario, el termómetro, la caja de herborizar; a la izquierda tengo al alcance de la mano las guías, libros de consulta, mapas, papeles y cartera de anotaciones, totalmente como si me hubiese sentado sobre la mesa de mi escritorio… puedo leer, observar, meditar, sacar fotografías e incluso hacer una siesta”33. 32 33

CALDERÓN 1985. UBACH 1955: 86.

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Con el cúmulo de mapas, notas, ejemplares de flora y de fauna disecada, tablillas y cerámicas, en 1911 el religioso catalán inauguró el Museo Bíblico en el Monasterio de Montserrat, cuya colección incrementó en 1923 con piezas adquiridas en Bagdad (citaremos las más de 400 tablillas cuneiformes, y los 80 sellos babilónicos) y París (las reproducciones de las obras de mayor celebridad del Louvre), que constituyeron el germen de la sala asiria y babilónica. En 1940 Heinrich Himmler se paseó por el complejo benedictino junto a una comitiva de setenta personas, y a la vista de la maqueta del Templo de Jerusalén expuesta en una de las piezas, lanzó la desafortunada exclamación de que se trataba del primer banco de la Historia. En la actualidad, el rebautizado como Museo de Arqueología del Oriente Antiguo ha desechado los elementos de pintoresquismo etnológico y los animales disecados, más propios de un gabinete de curiosidades, y se ha convertido en una galería moderna que ofrece a los visitantes una selección de las mejores piezas de la antigua colección del padre Ubach34. La España del siglo XIX, siempre impuntual en sus citas con las agitaciones culturales y científicas europeas, y perpetuamente enfrascada en guerras civiles, se mantuvo a la cola de unas potencias occidentales con cada vez más injerencia colonial extraeuropea, la cual atañía igualmente a los aspectos arqueológicos. Resaltaremos como punto positivo de la corta lista de instituciones y personajes imbuidos por el orientalismo decimonónico que hemos podido reseñar, que las noticias traídas a España, los libros editados y las colecciones formadas, pese a su evidente pobreza, despertaron la moda de conocer el país del Tigris y el Éufrates, o la tierra de los faraones, en la segunda mitad del siglo pasado. Por lo tanto, aunque sólo sea por las enormes posibilidades de estudio abiertas por aquellos pioneros, la investigación española de nuestros días se encuentra en deuda con ellos. 34

BARBADO, MASÓ Y MONTEIRO 1997: 48-53; PONS 2000.

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