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Cl. Luis Fernando Rojas Serrato, SSP Domingo XXIX TO ( Lc 18,1-8): En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: Hazme justicia frente a mi adversario. Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara». Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

Concédeme saber esperar mi momento...

pues sé que es también el punto de inflexión de nuestro.

Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?

P

oco a poco el año litúrgico ha ido dando magnificas sentencias en cada uno de los pasajes evangélicos que hemos oído a lo largo de todos estos domingos, y ya empezamos a vislumbrar el final del Tiempo Ordinario, tiempo en que con esperanza hemos ido acompañando al Señor en su recorrido misionero y juntos lo hemos escuchado anunciar la llegada de un nuevo Reino, en donde los paradigmas cambiarán y la justicia será instaurada. Es decir, habrá un nuevo orden a nivel Religioso, Político y fundamentalmente Sociológico. Por otro lado, nos encontramos a Jesús discutiendo con los Escribas, Fariseos y los Sumos Sacerdotes, pero a la vez rescatamos las grandes defensas que Jesús mismo ha hecho de su Misión. Algunas veces lo hemos visto huyendo, pero en otras ocasiones está hasta el final. Y como estamos casi en el final del Ciclo Ordinario es el momento preciso para ir evaluándonos e ir sopesando nuestra vida respecto a la de Jesús. En este domingo nos encontramos en la Liturgia de la Palabra tres grandes discursos acerca del mismo tema, la esperanza y la oración. En las tres lectu-

ras se busca el mismo propósito, que el hombre, el pueblo de Dios, los discípulos y nosotros no nos cansemos de insistir y de llamar a las puertas de Dios, sabiendo que es un Dios de bondad y que todo lo que le pidamos nos será concedido sin falta. En la primera lectura el pueblo de Israel continúa su camino y trayectoria por el desierto (camino de purificación antes de ingresar definitivamente a la Tierra Prometida) pero se verán impedidos por la obstrucción de Amalec que sin piedad y estima quiere quitar de en medio a los israelitas; lo novedoso de este pasaje está en lo iluminador que puede llegar a ser la oración, mientras Moisés bajaba los brazos el pueblo caía en manos de su adversario, al levantarlos el pueblo de Israel vencía, quien ora con insistencia recibe lo que pide. En consecuencia, y más definitivo aún es el mensaje o exordio que el apóstol Pablo dirige a su compañero y amigo Timoteo. Timoteo recibe instrucciones precisas del Apóstol, en primer lugar lo invita a no apartarse de lo que ha recibido por Tradición de la Iglesia y en segundo lugar le motiva a que siga bebiendo de las fuentes de la Escritura y que las tenga en gran estima, porque Dios le ha hablado al hombre a través de ella y se reveló desde ella, porque los pro-


fetas ya desde antiguo lo anunciaron. Por tanto, lo invita que a tiempo y a destiempo anuncie la Palabra y da autorización para que reprenda, reproche, exhorte con toda paciencia y con el buen deseo de instruir a quienes se desvían. Por otro lado, el Evangelio nos cuenta como una viuda insiste ante un juez (hombre no temeroso de Dios y de los hombres) para que por su cargo le haga justicia ante su adversario, que hemos de suponer que sea así, constantemente insistía sin lograr conseguir éxito; el juez ya cansado de que la mujer lo importunara y por miedo a que le pegase, decide al fin hacer lo que ella le pide, con este hecho Jesús llama la atención de sus discípulos y les enseña cómo debe ser su oración. En resumidas cuentas, Moisés confió en la bondad y misericordia de Dios y logró vencer a su adversario, Timoteo logró realizar lo que el apóstol Pablo puso sobre sus manos, la viuda consiguió que el Jurisprudente le hiciera justicia, los discípulos aprendieron que con insistencia se logra todo de Dios y nosotros hemos de aprender a no desesperarnos cuando no vemos al instante las cosas, Dios tiene todo listo para nosotros, debemos dejarlo actuar y no imponernos a su voluntad.

Esta viuda está ahí, insistiendo hasta impertinentemente, ¡porque le va la vida en ello!, en que el juez falle a su favor. Repito, vocea día a día su reclamación, porque le va la vida en ello. Jesús pone este ejemplo para, como señala Lucas, inculcar a los suyos la necesidad de orar sin desfallecer. Así hay que ir hacia Dios. Buscarle hasta encontrar en Él nuestro pozo. Y hablando de justicia, ¡cuándo llevaremos el Evangelio a los millones de hombres que, teniendo derecho a él, aún no lo han recibido, porque nadie se lo ha anunciado!

Novedad

En fin, lo que se nos invita este domingo es a estar en agradecimiento con Dios por todos los beneficios que se reciben y de estar atento a los signos que el pone ante nuestros ojos. Buscando nuestro pozo Las viudas constituyen en Israel uno de los grupos sociales más vulnerables y desvalidos. En un pueblo casi permanentemente en guerra, las viudas jóvenes y sin recursos abundan. Los profetas, una y otra vez, insistirán en que no se puede pasar por alto la asistencia a estas mujeres, y, por supuesto, en que se les haga justicia (Is 1,23b). Jesús presenta a una de ellas. Esta insiste e insiste incansablemente ante un juez que, en un principio, da largas a sus reclamaciones. Jesús hace hincapié en que esta mujer no ceja, día tras día, en su empeño hasta que alcanza su petición de justicia.

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Domingo XXIX del Tiempo Ordinario