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AntologĂ­a SOLES Y LUNAS Cuentos, poemas y relatos


Alcaldía de Santiago de Cali Maurice Armitage Cadavid Secretaría de Cultura Luz Adriana Betancourt Lorza Red de Bibliotecas Públicas de Cali María Dolores Martínez

Antología Soles y Lunas Cuentos, poemas y relatos ISBN 978-958-56957-6-4 Compiladora: Nathalia Cárdenas Flórez Primera Edición Santiago de Cali, abril de 2019 Edición y diseño Hoja Rota Ediciones Ilustración de portada: Natalia Valencia Castillo Impreso en Colombia

Antología SOLES Y LUNAS Cuentos, poemas y relatos


Contenido Prólogo Inés Elvira Rivas Antonio Cifuentes Mera María Dunia Zapata Arias Ricardo Ordoñez Ortiz Amparo Peña Echavarría Luis Fernando Díaz Berkowitz Zulma Agudelo Jiménez Alba Giraldo Ramiro Montalvo Carmen Elisa Benavides Morales Carlos Álvarez León Fernando Pérez Zafra María Olga Pedraza Angulo Alina Rodríguez J. Jesús Adolfo Giraldo Alzate Nelson García P. Fabio León Figueroa Amparo Benavides Mercedes Ortiz Jair Nieto Jorge Sterling Martha Cecilia Lemos Marulanda Daniel Olarte Reyes Ricardo Julio Erazo Ruiz Eduardo García Lemos Encontrarnos...

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Prólogo

Prólogo Nadie puede ponerse a salvo del modo como el lenguaje nos dibuja los contornos de todo aquello de lo que podemos tener experiencia. Vivimos según el lenguaje que tenemos a nuestra disposición. Nuestra vida es sólo tiempo cabalgado por un lenguaje. Por eso es tan terrible que las palabras se nos mueran, que nos las maten, que pertenezcan cada vez más a un enemigo ciego, sordo y mudo ante el peso del mundo –como si fueran un territorio ocupado. Porque cuando las palabras mueren, irremediablemente, los hombres enferman. Miguel Morey

Como estrategia de sistematización de los diversos proyectos de promoción de lectura y escritura, la Red de Bibliotecas Públicas de Cali a través de la Biblioteca del Deporte y la Recreación presenta, a modo de antología, el trabajo realizado en el marco de los talleres de escritura creativa desarrollados con adultos mayores del Colectivo Soles y Lunas. En el año 2014, en el marco del desarrollo del Concurso Historias en Yo Mayor, organizado por la Fundación Fahrenheit 451 y la Fundación Saldarriaga Concha, se ofertaron en la biblioteca una serie de talleres a modo de laboratorios de escritura creativa y narración oral para que los adultos mayores asistentes participaran en la creación de relatos en torno a sus saberes. Posteriormente, la biblioteca reconoció el valor de este espacio de encuentro y aprendizaje y le apostó a la configuración del Colectivo Soles y Lunas, que como grupo asiste una vez a la semana al espacio bibliotecario para que, orientados por distintos talleristas, exploren diversos aspectos concernientes a los procesos creativos de la lectura y la escritura. Este espacio también garantiza un lugar de encuentro y socialización que le permite a los asistentes utilizar y compartir sus talentos y motivaciones, incluyendo, por ejemplo, intereses relacionados con la música, el teatro y la danza.

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Prólogo

Con el apoyo de diferentes talleristas se han realizado encuentros de manera consecutiva desde el 2014, los cuales le apuestan a brindar herramientas cada vez más sólidas que fortalezcan los ejercicios de escritura de los y las participantes, propiciando de manera conjunta un espacio para el intercambio de saberes. En este proceso muchos han aprendido desde “cero” a acercarse al lenguaje escrito y a comprender las distintas vías para desentrañarlo, otros, con un poco más de experiencia, han encontrado en los talleres la manera de fortalecer sus habilidades y seguir explorando estilos narrativos. Como resultado de este largo proceso el grupo cuenta con un blog1 en el cual se encuentran algunos de los textos que han sido producto de las sesiones. También, varios de los y las asistentes al taller han participado y ganado en las categorías de cuento escrito y narración oral en el Concurso Historias en Yo Mayor. Por último, actualmente trabajan en el montaje de una serie de radiocuentos escritos y producidos por el colectivo. Esta publicación es una muestra del talento y pasión con que los participantes resignifican su día a día a través de la literatura y el encuentro con los otros.

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Los ejercicios de escritura realizados por los y las participantes en los talleres pueden consultarse en: http://enyomayor.blogspot.com.co/

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InĂŠs Elvira Rivas


Inés Elvira Rivas

El ropero de mi madre Mi memoria viaja, en contra de mí misma, hacia aquella casa vieja que encerró mi infancia y entro por esa puerta de incontables cerrojos, su graznido cruje llorón al empujarla y toco su pintura descascarada… Subo los escalones huelo el punzante moho de sus alfombras viejas y me paro en el vano del cuarto de mi madre evocando su esencia Ma Griffe o Chanel cinco pues ya no quedan rastros ni ropa de mi padre, solo huelo su ausencia, solo siento a mi madre, humo de cigarrillo empaña mi mirada La veo, ensimismada, abriendo su ropero donde encierra sus desgracias. La recuerdo pidiendo el suéter amarillo nadie lo encuentra... es color naranja Y veo arrugar su ceño, con semblante enojado, renegando impaciente ¡que nadie le hace nada! Saca, luego, aquel traje de mangas superanchas porque se va de fiesta -palpo su seda finay al buscar esa estola que acompaña el vestuario se desparrama el acre olor a naftalina Allí quedan ocultas, entre recuerdos, sus cartas juveniles, de amores imposibles y sus sueños febriles que no cristalizaron

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Y el sabor de sus lágrimas, al notar con tristeza que su linda esmeralda, regalo de mi padre, prenda de amor -que se fue como el vientohabía sido robada; así como su vida de mujer separada.

La maga Krilda

Era una mujer de mediana edad. Tenía pelo gris y una belleza especial, sutil, casi etérea. Sus ojos de miel se encendían con mirada leonina, con destellos de fuego, cuando algo la enfurecía. Lucía una larga, alborotada y espesa cabellera entrecana que contrastaba y acentuaba la suavidad de sus finas facciones. Era espigada y de movimientos flexibles, como un junco. En su sangre fluían las energías milenarias de varias razas mezcladas. De la negra, había heredado su pelo ensortijado y su nariz casi chata, además de su alta estatura. De la indígena, sus ojos achinados y su piel morena, color del trigo tostado. De la blanca, sus facciones finas y proporcionadas que ya habían sido marcadas por el paso del tiempo. Vestía túnicas largas y coloridas que llegaban al borde de sus pies descalzos -rara vez usaba sandalias-, y cargaba siempre una especie de báculo de madera, burdamente tallada, con el que se apoyaba en su incesante andar por estas tierras de Dios. Desde pequeña, fue modesta e introvertida. Le gustaba encerrarse con sus grandes compañeros: los libros que caían en sus manos. De ellos aprendió tantas cosas que expandieron su visión y la empujaron a una búsqueda incesante de lo que subyace más allá de las cosas y del sentido de su vida; sin embargo, dicho sentido siempre se le escapaba como el agua entre los dedos. Sus grandes conocimientos los tenía tan ocultos como sus pensamientos, y sólo salían a relucir cuando alguna persona solicitaba ayuda, que generosamente brindaba.

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La bautizaron María. A secas. Pero ese nombre tan común no le gustó para nada, y cuando llegó a la pubertad se inventó uno que nadie más tuviera. A partir de ahí únicamente contestaba al nombre de Krilda. Lo escribía con K, para acentuar su originalidad y creatividad, rasgos que dominarían sus ac-

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ciones la mayor parte de su vida. En su tierna edad, descubrió que tenía ciertos poderes, dotes a los que temía, por eso rara vez los utilizaba. Sus padres, de origen artesano, sospecharon que ella era un ser raro, y con frecuencia la maltrataban -lo cual es casi normal en nuestras latitudes-. Eso marcó su vida para siempre. No obstante, ella, en lugar de repetir ese patrón violento, se propuso vivir en armonía consigo misma y con los demás vecinos de las montañas que rodeaban la ciudad de Cali. A finales del siglo XX, Krilda parecía un personaje anacrónico, surgido de algún mito medieval, sin tiempo o entorno definidos, sin pasado y probablemente sin futuro, pues se contentaba con vivir sencillamente en su eterno presente. Cierto día, Krilda fue testigo de una escena en la que un hombre lastimaba a un niño. Su furia creció tanto que, en ese momento, de improvisto golpeó el báculo con fuerza contra el suelo y generó un corrientazo eléctrico que impactó al hombre y lo derrumbó, como fulminado por un rayo. El chiquillo huyó. Y algo insólito le sucedió a ella: el báculo chupó su cuerpo y alma en un instante, de tal suerte que Krilda se fundió con aquel objeto. Quedó el recuerdo de su indomable cabellera, que brotó hacia arriba, convirtiéndose en una escoba con las cerdas grises, cuyo tronco se coloreó de tres tonos diferentes, reflejando su mezcla de razas.

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tal, ensayó caminar separando las cerdas en dos partes para que actuaran como pequeños pies despelucados, pero solo logró dar un par de pasos, y el cansancio era infinito. Debería haber una mejor manera de movilizarse, pensaba. Al mismo tiempo, recordó que muchas personas la llamaban bruja y las brujas usan sus escobas para volar. Con esta imagen en mente hizo un supremo esfuerzo de voluntad, concentrando toda su energía en el mango, hasta que un par de chispazos luminosos salieron a través de los ojos; la escoba se electrizó con tanta fuerza que salió disparada como un misil teledirigido. Lo importante, luego de haber podido elevarse, era aterrizar sin destrozarse en el empeño. A pura fuerza de voluntad, fue girando sobre sí misma y moviéndose en círculos cada vez más grandes hasta lograr controlar su velocidad y fue a caer en el centro de un bosque, dando tumbos por entre las ramas de los pinos, los cuales frenaron el impacto. Al fin rodó al pie de unos toscos escalones que conducían a una cabaña escondida entre los árboles. En ese lugar perdido habitaba Gumersindo, un hombre mayor, de cabellera gris y desaliñada como la de Krilda, pero con barba larga. Era un ermitaño misógino que se había encerrado por una desilusión amorosa, y a raíz de aquella traición de su amada, se había convertido en un ser huraño que odiaba a sus semejantes en general, y a las mujeres en particular. Vivía excluido del mundo, rumiando sus amarguras.

En aquel objeto extraño, una mezcla de báculo y escoba, surgieron dos protuberancias cerca del mango. A través de esas pequeñas y nudosas aberturas, Krilda podía ver lo que sucedía en su entorno. Aún no salía de su estupor, horrorizada al verse atrapada en este burdo objeto inanimado; el cual, sin embargo, por acción de sus pensamientos, cobraba vida.

Cuando Gumersindo sintió el estruendo de la caída, salió a ver qué pasaba y quedó muy extrañado, sin saber cómo diablos había ido a parar allí esa escoba avejentada. Pero al recogerla, el corrientazo de vida que le trasmitió la maga le recorrió el cuerpo. Percibió que era una escoba especial y sin saber por qué, sintió una cierta afinidad con ella, por lo que decidió guardarla en su casa.

Ahora se preguntaba: ¿cómo haría para relacionarse con los humanos? Le parecía improbable. Hizo un gran esfuerzo men-

Krilda, a pesar de las carencias de su vida, siempre fue muy aseada, por lo cual se fastidió bastante al notar el descuido y

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el desorden que reinaban en la casa del huraño. Sintió, entonces, la imperiosa necesidad de desaparecer de inmediato toda aquella suciedad. A través de sus ojos huecos, que echaron chispas, hipnotizó a aquel hombre de tal manera que este se puso a barrer frenéticamente y no paró hasta colocar todo en su lugar. Luego, con mucha suavidad, la colocó detrás de la puerta; no obstante, en ese momento se sintió inmensamente atraído hacia ella, y la volvió a tomar del palo, con ternura. Comenzaron a bailar un silencioso vals imaginario. Él recordó con nostalgia los alegres bailes de feria de su juventud en los que alguna vez fue feliz. Así se sentía ahora. Lo embargaba una paz inexplicable que lo envolvía todo, la escoba, la cabaña, el bosque, la montaña… Hacía mucho tiempo que Gumersindo no experimentaba tal sensación de felicidad. Poco a poco, con cada vuelta que daban juntos, él se iba liberando de miedos, amarguras y tristezas. Al mismo tiempo, Krilda sentía que había encontrado su destino-y el sentido de su vida-; mientras él, de alguna manera, presentía que al fin había encontrado una digna compañera de su soledad.

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Mi destino hecho polvo Corrí como alma que lleva el viento. Sentía el miedo brotándome por todos los poros; sentía mis pelos completamente erizados. Casi no veía, ni me atrevía a mirar. No sabía quién o qué me perseguía. Solo estaba seguro de una cosa: no podía parar. Pero el cansancio me estaba derrotando. Finalmente, cuando ya no pude más, me desplomé y, cobrando valor, decidí mirar a mi alrededor. Estaba en un desierto. Veía dunas y dunas interminables alrededor. A lo lejos también alcancé a percibir la forma blanquecina de una pirámide. Por un momento pensé: “es un espejismo”. No obstante, hice acopio de todas mis fuerzas y me obligué a seguir adelante. Caminé un buen trecho hasta llegar a un claro y, finalmente, frente a mí se erguía, magnífica, la pirámide brillando bajo el sol abrasador. De pronto, una flecha pasó a gran velocidad frente a mí, como lanzada por un arco invisible, y fue a perderse en el horizonte. Al mismo tiempo sentí una tremenda vibración, cuya sacudida se sintió en todo el piso y me tumbó. Fue una gran polvareda que me cegó momentáneamente. Despué pude abrir los ojos, me asombró ver que la pirámide se estaba elevando del suelo, como si una fuerza arrolladora la impulsara hacia arriba. Recordé algunas teorías sobre el magnetismo que manejaban a voluntad los antiguos egipcios; quizá yo lo estaba presenciando. A medida que la pirámide se elevaba, un pequeño montículo se percibía debajo de ella: era una suerte de plataforma con paredes que dividían varios espacios. Pudo más mi curiosidad que el cansancio o el miedo, así que me acerqué a ver el montículo, con la fascinación de un arqueólogo. Llegué a una rampa empinada por la que subí; desde ahí admiré los muros altos de piedras perfectamente

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asentadas que rodeaban lo que parecía ser la recámara mayor. Recorrí los cuatro ángulos sin encontrar ninguna puerta. A lo largo de todo el muro, a modo de decoración, vi tallados los símbolos del tarot en bajo relieve. Agotado, me recosté en uno de ellos, cuando se oyó de inmediato el chasquido de un resorte. La imagen se corrió como si fuera un panel secreto y, prácticamente, caí dentro del hoyo recién abierto. Cuando me levanté, miré a mi alrededor: me encontraba en una habitación sin techo, con el sol brillando sobre mi cabeza. En el centro de aquel recinto había un sarcófago egipcio, cuya tapa de madera tenía un alto relieve de la efigie de un faraón, pintado con dorado y algunos colores desteñidos por el tiempo. Quizás por la gran sacudida la tapa se había corrido. Lo pensé. Me animé a desplazarla más y me asomé. Estaba vacío. En el fondo solo se distinguía un polvillo oscuro. Algo, una fuerza, me invitó a acostarme dentro. Mi cuerpo calzaba a la perfección. Crucé los brazos sobre el pecho y debido a mi terrible agotamiento, caí profundo. Cuando desperté, reinaban el silencio y la oscuridad absoluta. Traté de moverme, pues me sentía sofocado, pero mi cuerpo estaba apretado. ¡Me estoy asfixiando, me urge salir de aquí! Pensé aterrorizado tratando de moverme, pero fue inútil. Estaba completamente inmovilizado, envuelto de pies a cabeza por un lienzo que me amortajaba apretándome. En ese instante, un gran estruendo rompió la calma anterior. Se sintió un nuevo vibrar y algo pesado se estrelló contra el piso. Al mismo tiempo, un chispazo llegó a mi mente con absoluta claridad: el sarcófago requería una nueva momia. La pirámide estaba cobrando su maldito tributo de carne humana. Era yo, por supuesto. A partir de aquel momento esta intuición es mi único pensamiento obsesivo. El mismo que me acompañará por los próximos mil años, hasta que mis huesos y mortaja se conviertan en polvo, y el maligno sarcófago reclame una nueva e incauta víctima para su sacrificio eterno.

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Antonio Cifuentes Mera


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El submarino del amor

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Vivía en la Sultana del Valle. Su vida transcurría llena de tedio y sin esperanza de cambio. Su entorno, en el barrio Meléndez, conformado por gentes de clase media baja, no ofrecía mayores oportunidades de superación o de cambio. Su nombre era Sofía, 32 años, hija de doña Bertha y hermana de Mery, la mayor; casada con un camionero que, gracias a su trabajo sostenía este hogar en el que las necesidades eran el pan de cada día. La situación mortificaba a Sofía, quien con su grado de bachiller y algunas capacitaciones no encontraba un empleo que supliera el estado de insatisfacción por el que pasaba. No era agraciada porque la naturaleza no la había premiado con atributos que la hicieran más atractiva. Además, tiempo atrás había sido bendecida con el nacimiento de una niña cuando apenas tenía escasos diecisiete años. Ahora era “madre soltera” y su hija cursaba los últimos grados de secundaria; ambas tenían un porvenir incierto. La distracción cotidiana de Sofía era “chatear” por internet en busca de alguna oportunidad laboral y por qué no, quizá encontrar una pareja afín a sus intereses. El milagrito se dio. Cierto día, por Amigos.com, encontró una persona de un país europeo que deseaba tener comunicación con una dama de origen suramericano de tales y cuales condiciones. Dicha página le interesó a Sofía, así que decidió mandar sus datos a este europeo, aunque lo hizo con bastante escepticismo. Según se decía su nombre era Olaf. Originario del país nórdico de Noruega, 38 años de edad, ingeniero y soltero. Su redacción era comprimida, algunas palabras en portugués, pero entendibles. Sofía le escribió sus datos demostrando cierto interés por él. Además le dijo que vivía en la ciudad de Cali, la Sultana del Valle, la capital mundial de la salsa, mi Cali bella, la Sucursal

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del cielo. Estas frases rimbombantes y la foto retocada de perfil parece que interesaron a Olaf, pues a los dos días, cuando Sofia volvió a entrar a Internet, encontró un nuevo mensaje agradeciéndole por fijarse en él y pidiéndole que continuaran la amistad. Al cabo de un tiempo, Olaf le escribió que próximamente vendría a Cali, pues tendría unos días de vacaciones y quería verse con ella. El cuñado de Sofía, Luis Eduardo, el camionero, se ofreció a recogerlo en el aeropuerto tomando prestada la camioneta de un amigo. El día señalado, Sofía y su cuñado se dirigieron a Palmaseca. El vuelo fue puntual. En la sala de recepción Sofía sostenía con una mano una especie de raqueta donde se leía claramente “OLAF”. Entre el grupo de pasajeros sobresalía una figura alta, delgada, algo desgarbada, cabello rubio ensortijado, piel muy blanca y ojos azules, era Olaf. Sofía y Luis Eduardo se le insinuaron y él se acercó amablemente; se identificaron con palabras y señales, luego se dirigieron a la sala de equipajes. Mientras caminaban hacia el carro, a Sofía la invadía el pesimismo, llegó a pensar “este hombre no es para mí”, a pesar de haberse excedido en su vestuario y arreglos con el estilista. Entre tamto Olaf preguntó que dónde quedaba el Hotel Radisson, allí tenía una reserva. Se dirigieron hacia allá y al llegar a la calle 5ª, Sofía y Luis Eduardo observaron como el noruego se deleitaba mirando el panorama con agrado e interés ilimitado. Eran las tres de la tarde cuando llegaron a la recepción del hotel. Luego de instalarse, Olaf preguntó a Sofía si se podían ver al anochecer, para conocerse mejor y dar una vuelta por la ciudad. Ella respondió sin dudarlo: a las ocho de la noche vendría al hotel para ir a cenar. Se despidieron. Antes de las ocho Sofía había regresado a la recepción del hotel, ataviada con el mejor traje que tenía, mostrando algunos atributos que ni ella misma conocía. Luego de unos instantes, bajó el noruego y de inmediato le dio un beso en la mejilla como muestra de agradecimiento. Ahora sí Sofía pensó que no podía dejar escapar esta oportunidad que se le presentaba.

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El Estadero “Tardes Caleñas” le traía bellos recuerdos porque precisamente la noche en que concibió a su primogénita estuvo de rumba en ese lugar con un amigo. Olaf se dejó conducir, abordaron un taxi y ella se apresuró a decir: “al Estadero Tardes Caleñas, detrás de Palmetto Plaza”. Separaron una mesa en un rincón discreto pues Sofía observó al entrar que muchas miradas inquisidoras se posaron sobre el noruego, no podía pasar inadvertido. Pidieron la carta y ella le preguntó sobre su plato preferido, a lo que él respondió: “salmón a la plancha”. Sofía ordenó: “¡dos platos de Salmón a la plancha y una botella de un buen vino blanco, por favor!” Iniciaron la cena y Olaf decidió abrir su corazón. Comenzó a contar apartes de su vida y de su trabajo. Dijo, entre otras cosas, estimulado por las copas de vino que ya había bebido, que tenía su sede laboral en Sao Paulo, Brasil, trabajando como buzo marino de la multinacional petrolera PETROBRAS. Su trabajo consistía en que debía permanecer dentro de un submarino durante varios meses realizando exploraciones petroleras en todos los mares del mundo. A veces emergían en algún puerto, pero siempre durante muy poco tiempo porque el trabajo era demasiado sigiloso y a la vez reservado. También le contó que dentro de quince días debían explorar en el Océano Pacífico, cerca a Filipinas. De vez en cuando sacaba un pequeño diccionario de Inglés-Español que guardaba en el bolsillo trasero del pantalón, para ayudarse en la traducción. Las vacaciones eran anuales y la vida en el submarino era muy exigente y conventual: la nave era su hogar. Como buen noruego, su alimentación se basaba en productos del mar, pescado y, en especial, el caviar. También consumía muchas vitaminas y minerales para compensar las carencias del medio ambiente en que vivía. Sofía lo escuchaba absorta y en los intermedios le hacía apurar una copita de aguardiente, mientras él respondía “que sea el último”. Como era noche de sábado, la clientela del restaurante había empezado a invadir la pista de baile. Olaf no apartaba la mirada de las parejas que deleitaban con sus movimientos sensuales y cadenciosos. Sofía le insinuó si le apetecía bailar, pero él se negó con un

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gracioso ademán; ella no insistió aunque sí le invitó a otra copa y a otra, hasta que por fin él se sintió mal y decidió pagar la cuenta. Una vez en el hotel, Sofía, aparentando sobriedad, ayudó a Olaf a salir del taxi y, como pudo, logró meterlo en su habitación. En ese momento él recuperó el control y le pidió a Sofía que pasara la noche con él. Sofía no se negó y sucedió lo que tenía que suceder. A la mañana siguiente, Olaf le dijo que quería acompañarla a su casa para conocer a su familia, pero antes la invitó para que desayunaran en el hotel. Sofía tomó el teléfono para comunicarse con su casa e informar que el noruego quería conocerlos, que los esperaran. Ya en la casa de Sofía, departieron durante toda la tarde. Al anochecer Luis Eduardo se ofreció para acompañarlo al hotel; además, planearon unas salidas para conocer la ciudad en compañía de Sofía. Al finalizar la semana, Olaf tuvo que regresar a su trabajo en Brasil y, aparentemente, la vida de Sofía continuaría en la misma monotonía ya que el noruego no le prometió nada, sólo le dijo que esperara noticias. Días después el submarino en el que trabajaba Olaf inició una gira hacia Filipinas que coincidió con la tragedia del tsunami en Japón. Por lo cual, los planes de trabajo del noruego cambiaron y tuvo que dedicarse a exploraciones en otras latitudes. Perdió el contacto con Sofía y ella pensó, en su natural pesimismo, que la había olvidado, que todo fue una aventura. A seis semanas de la partida de Olaf, Sofía comenzó a sentir cambios en su comportamiento, náuseas y mareos. Fue al médico y los exámenes clínicos diagnosticaron un embarazo: tenía seis semanas. Así comenzó un nuevo viacrucis para ella, quien con estoicismo soportó las humillaciones de su familia. Pasó el tiempo tratando de comunicarse con el noruego pero sus intentos fueron en vano; silencio total, como si se lo hubiera tragado el tsunami. Resignada, Sofía y su familia decidieron prepararse para el parto, el cual no tuvo complicaciones. Celebraron la llegada de una preciosa bebé: blanca, rubia y de ojos claros como los del noruego. Fue bautizada con el nombre de Diana. A los doce

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meses le celebraron el primer añito. Sofía aprovechó la ocasión para divulgar al mundo este suceso a través de Facebook. Tomó una fotografía a Diana en la cual ella sonreía alzando una manita en señal de saludo; el cabello rubio y ensortijado le caía sobre los hombros, se le veía muy feliz y hermosa. Olaf había seguido con cierto interés la vida de Sofía, aunque ella lo ignorara. Indagando en las redes sociales, encontró las fotos de la celebración en la que aparecía un grupo de personas que había conocido y que posaban festejando alrededor de una preciosa muñeca cuya mirada resultaba visiblemente parecida a la suya. Era evidente la semejanza, por lo tanto rompió su silencio y escribió felicitando a Sofía por esa niña tan linda. Quería saber más sobre su vida, así que le pidió que le escribiera. Ella lo complació y le contó sobre los acontecimientos del último año, cuidándose de no dar pistas sobre el padre de la niña, razón por la cual él se sintió inmensamente frustrado y le anunció su firme decisión de viajar a Cali esa misma semana, pues se encontraba en época de vacaciones. Arribó a Palmaseca e inmediatamente abordó un taxi que lo llevaría al Hotel Radisson. El reencuentro fue espontáneo; ambas partes trataron, en lo posible, de ocultar sus emociones. Sin embargo, en un momento Olaf no pudo contenerse y le dijo que quería conocer a la niña, si se lo permitía. Justamente eso era lo que más deseaba Sofía, así que se dirigieron a su casa. Diana lucía esplendorosa y bien aderezada. Cuando volvió su mirada hacia el noruego se le iluminaron los ojos y alzó los brazos como invitando a que la levantara. ¡Qué espectáculo, no podía creerlo! Sofía y Olaf se casaron días después. Viajaron a Noruega con la niña y de regreso compraron una vivienda en un condominio de la ciudad. Olaf reconoció como hija a la primogénita de Sofía y la matricularon en una prestigiosa universidad de la ciudad. Ahora Dianita tiene otro hermanito y cada seis meses se reúnen todos en Cali, gracias a que ahora Olaf, por habarse casado, tiene vacaciones cada seis meses.

Goliat Vs. David ¡A sus órdenes, mi general! Después de estas palabras pronunciadas con firmeza por el Sargento Mayor Jim Brown, el General Óliver North, comandante en Jefe de Operaciones Exteriores del Ejército de los Estados Unidos, siguió con su mirada a su subalterno hasta perderlo a la distancia. El General North, el estratega más condecorado por diferentes actos de valor y osadía, había recibido la orden perentoria de invadir a Granada, país insular de América Central, perteneciente a las Antillas Menores, a 160 kilómetros al norte de Venezuela. Los Estados Unidos de América y sus aliados, tras vencer en la Segunda Guerra Mundial, han participado siempre en la ‘Guerra Fría’, una política constante de hostilidades entre naciones sin que se llegue a un conflicto armado. Ahora, asumiendo el papel y guía de Occidente, el Presidente Reagan toma la decisión de intervenir a Granada basado en informaciones de la CIA para detener el avance del Comunismo y derrocar el gobierno con tendencia marxista-leninista, alineado con la Unión Soviética y Cuba. Además, según lo encontrado, se afirmaba que en Granada se estaba construyendo un gran aeropuerto con ayuda de personal cubano para lograr la militarización soviético-cubana en el Caribe y posteriormente atacar a los EE. UU. El gobierno se alinearía con pequeños países, Barbados, Jamaica y Santa Lucía, para justificar la invasión. El General Óliver North, héroe de mil batallas, 63 años y hombre de confianza del Pentágono y del Presidente, había elaborado un plan estratégico respaldado por la ‘Carta Blanca’ otorgada por Reagan, pero necesitaba una persona de su entera confianza para dirigir y ejecutar el trabajo ‘in situ’. Como era el directo responsable del éxito o fracaso de la operación, pensó en alguien de bajo perfil en la academia pero

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altamente respaldado por sus logros y formación bélica. Se trataba del Sargento Mayor Jim Brown, adscrito al Cuerpo de Marines, con una excelente hoja de vida a favor de los intereses norteamericanos en un sinnúmero de operaciones. Había regresado de Vietnam con muchas condecoraciones, distinguiéndose por su valor y compromiso dentro y fuera del campo de batalla; fuerte combatiente y de carácter excepcional, un soldado entrenado en el arte de la guerra. El Sargento Brown tenía 36 años de edad, cuerpo atlético, piel de ébano, 6.2 pies de estatura. Su padre, norteamericano de raza negra; su madre, inmigrante latina. A ambos la vida les cambió cuando Jim fue admitido como soldado de Infantería de Marina. La operación de invasión de los Marines se puso en marcha. Comenzaron a aplicar presión a la defensa de la isla bajo el mando del Sargento Brown, con el constante apoyo vía satelital del General North. Eran las 5:00 a.m. del 25 de octubre de 1983. La mañana era lluviosa y la intensa niebla invadía la costa. Los defensores opusieron fuerte resistencia pero las fuerzas invasoras, tanto el éjercito naval como el aéreo, incluyendo helicópteros de ataque, aplastaron a los soldados granadinos y a los obreros cubanos. La Fuerza Naval de los Estados Unidos se basaba en un Escuadrón Anfibio, 10 buques con el USS América a la cabeza. De él partieron tres lanchas o barcazas con doce soldados Marines cada una, con el Comandante en Jefe Jim Brown al frente, auténtico dominante y practicante de la confrontación Anfibia. Las tropas de los EE. UU. alcanzaron unos 7.300 hombres en combate. Las Fuerzas de los Estados Unidos sufrieron diecinueve víctimas mortales; Granada, cuarenta y cinco, y Cuba, veinticinco muertos en acción. Tras la victoria de Estados Unidos, el Gobernador General de Granada nombró un nuevo Gobierno y a mediados de diciembre del 83 las fuerzas de EE.UU. se retiraron de la isla. Tanto el General Óliver North como el Sargento Mayor Jim Brown, fueron nuevamente condecorados y contribuyeron

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para que el Cuerpo de Marines se consolidara como la primera Fuerza militar presente en tierra en la mayoría de los conflictos. Ya sin la amenaza comunista, la gestión militarista del Presidente Reagan se ve reducida y busca nuevos enemigos en los narcotraficantes, contra quienes comienza la lucha en países como Colombia, Perú y Bolivia.

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El pobre trovador Había una vez un joven pobre que, además de dedicarse a las tareas académicas, tenía habilidad para escribir poemas de amor. Cierto día lo deslumbró una chica del entorno y comenzó a dedicarle bellos poemas, sin saber quién era ella. Era una niña de la alta sociedad y el poeta se enamoró perdidamente. Su vida cambió como la del pobre payaso que reía con ganas de llorar. Tras ella, el poeta seguía cantando en cada esquina donde estaba su amor. La chica que no sabía nada, que no sabía que el bardo la adoraba, un día con otro se casó. Y cuentan que una noche de luna, bajo un manto de estrellas, de pena murió el trovador. Y dicen los que le conocieron que esa noche se oyeron las quejas de su amor. Cuando la niña supo la verdadera historia del pobre trovador, decía sollozando en su locura: “Hoy me mata la amargura porque yo también le amé. ¡Qué lástima! Por qué no me lo dijo, si yo lo hubiera sabido, hoy sería toda de él”.

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María Dunia Zapata


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María Dunia Zapata

Piel Se aferró a ella con tenacidad y fragancia de hiedra. Trepaba… y con cada movimiento suave se deslizaba clandestina pero certera, la firme pared, por tantos años sólida, empezó a desmoronarse como el viejo Muro de Berlín. ¿Qué hacer para no sentir? ¿Cómo ignorar la deliciosa tersura de su piel? ¿Cerrar los puños y apretar los dientes para no gritar? ¿Rezar para invocar a San Quién?

Fantasía para una careta militar Imagino mis besos sembrados en tu vientre. Imagino tu mueca de locura y placer. Imagino tu cara como pálida luna encima de las dunas, de mi cuerpo de miel. Imagino esa adusta y militar careta. Derretida, asombrada, -grito al amanecer-. Y que después te duermas con tu cara en mi pecho, con una tierna risa asomada en tu piel.

Mil Jinetes de Colores giraban vertiginosamente en su cabeza, mil caballos desbocados de su corazón de tambor. Ese día descubrió que su olvidada piel ¡aún seguía viva!

Reclamo

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Yo creo que te estás acostumbrando a calmar tus urgencias con mis besos. Y, mientras tanto, se te está olvidando que también tengo un alma sutil… entre los senos.

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¡¡As… que rosa!!! Me dices: Asquerosa… Y puedo interpretar miles de cosas. As de Copas, de Bastos, o de Espadas, AS: ¡Primero! ¡Me vuelve Triunfadora! ¡Qué Rosa! Exclamó el Príncipe Azulado, cuando a su lado halló una flor hermosa. Por eso, compañera, Si dices: ¡Asquerosa! Me sube la ternura, me burbujea el ego, y me siento mejor que cualquier cosa. Gracias por eso, mi querida amiga. Sigue diciendo siempre: Hola…¡¡¡Asquerosa!!!

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Ricardo Ordoñez Ortiz


Ricardo Ordoñez Ortiz

La casa del chamán

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Un chirrido hizo eco en la sala cuando la campana del reloj colgado en la pared marcó las once y media de la noche. Julián preparaba el examen final de historia para el colegio y no vio sombras a través de la puerta de vidrio corrugado. El insólito chirrido se repitió dos veces. Julían se asomó por la ventana, vio los murciélagos que volaban desde el árbol de mango al enebro, sembrado al frente de la casa. Con miedo corrió a refugiarse en su cuarto. Una sarta de preguntas invadió su mente: ¿Quién pudo chirriar el vidrio? ¿Acaso su padre fallecido años atrás? Él acostumbraba a rondar la casa y lo asustaba. ¿O el hombre velado en la sala cuando la casa aún no era de la familia? ¿O quizá la anciana de enfrente, que Julián ayudó a guardar en el cofre? En aquella época los eternos rosarios de rosarios eran capaces de levantar un muerto, o todos los muertos juntos. Luego seguían las nueve misas y los aniversarios, requisito obligado para los dolientes. Embutido en sus pensamientos, recostado en la penumbra de su cuarto, Julián oyó otro chirrido y el lastimero canto de un gallo. Esta vez se tragó la lengua, abrió la puerta de la casa y decidió enfrentarse a lo que fuera. Vio en el andén a un hombre, observó su espigada silueta más no su rostro. Cargaba bajo el brazo un maletín negro. -Ven, las palabras de los míos darán respuesta a tus inquietudes ¡No tengas miedo, acompáñame al parque! — dijo el hombre. Caminaron juntos en silencio. El parque olía a gladiolo y agapanto. Se oía el murmullo de voces solemnes, como aguas de quebrada atrapadas en un túnel. La luz de la luna tragó las sombras. Los rostros de los presentes se revelaron. Julián observó la palidez del hombre, su mirada profunda brillaba y su mano extendida lo invitaba a

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sentarse. Vestía traje oscuro a rayas y corbata ancha. Julián se ubicó al lado de una anciana: -¿Cómo está su familia? -Ellos duermen. -Soy tu vecina y fui tu partera, te presento al caballero peruano. ¿Lo recuerdas? La anciana señaló al profesor Ahumala, él le apretó la mano. Julián recordó aquella misteriosa casa en la que se hacían prácticas chamánicas. Recordó los gallos de pelea que correteaba de niño por el jardín; esos gallos huyeron una tarde en que la sala de espera estaba llena de clientes; un gallo penetró por la ventana al consultorio del profesor Ahumala, lo atacó y con su afilada espuela le destrozó el cuello. El profesor Ahumala dijo: -Construí la casa de los arcos hace cuarenta años, por costumbre ancestral de mis antepasados puse la primera piedra y bajo ella sembré una vida, convertida así en la protectora del lugar. -¡Toma este maletín! —dijo el profesor Ahumala -En él está el plano de la casa y señalado con un círculo rojo el sitio en donde encontrarás tu suerte. ¡Libera la vida que allí se encuentra! Julián recibió las instrucciones cuando ya amanecía. Vio rodar un balón. Un grupo de muchachos iniciaba un partido de microfútbol. Miró a su alrededor: el hombre y su gente habían desaparecido. Iniciadas las vacaciones de verano, Julián propuso a Hugo, compañero de colegio, explorar la casa abandonada. La noche escogida llegó. La luz de un celular mostraba el camino de mosaicos agrietados en un ambiente con olor a humedad. Mientras Julián observaba el plano, una silueta atravesó el patio trasero. Julián asustado rompió la oscuridad. Un hombre andrajoso dijo: -¡¿Qué hacen con esa pala y esa pica?! -¡Buscamos algo! —contestó Julián -¡Yo les ayudo a lo que sea! -¡Hágale!

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El hombre cavó bajo la raíz de una palma mientras Julián y Hugo se turnaron con la pala. Un golpe de pica movió la piedra que tapaba un hueco profundo, luego la palma cayó con estrépito. Al mismo tiempo, del hueco saltó el resplandor de un gallo. Pasado el susto, con manos temblorosas, Julián sacó huesos y una espuela.

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Gota Eres sutil, susceptible, diáfana, tienes el perfil contenido en la simiente, de refulgente piel acaricias la mañana en dorados días de trinos. Nacida entre murmullos, brotas de musgos y helechos, alegre, fluyes cristalina, al manantial te entregas. Eres la gota de agua salpicante forjada en la caída de piedra contra piedra, posas la ternura en una hoja de tersura verde. Tú eres perla de la altura, oferente de vida, esperanza de valles y montañas, sedientos de tu cuerpo. Gota…eres un instante nutrido de hermosura.

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La espuela La casa estaba en silencio. Julián, en la sala, preparaba para el colegio el examen final de historia. Mientras repasaba las líneas del libro, escuchó un extraño chirrido, cuyo eco se extendió a largo del recinto. Se asomó a la puerta de vidrio corrugado pero no vio nada. En ese momento, el chirrido se repitió dos veces más. Con precaución, se acercó a la ventana: la lámpara de un poste arrojaba su mortecina luz sobre algunos murciélagos volando en la soledad de la noche. Huyendo, Julián corrió a refugiarse en su cuarto. Una sarta de preguntas invadió su mente: ¿Quién hizo chirriar el vidrio? ¿Acaso su padre muerto años atrás? Él acostumbraba a rondar la casa y lo asustaba. ¿Tal vez la anciana de enfrente, muerta hace dos años, y a la que Julián ayudó a guardar en el cajón? En aquella época los muertos se velaban en casa. Luego seguían las nueve misas y los aniversarios, requisito obligado para los dolientes. Recostado en la penumbra de su cuarto, Julián oyó otro chirrido y el lastimero canto de un gallo. Esta vez se tragó la lengua y abrió la puerta decidido a enfrentarse con lo que fuera. Vio en el andén a un hombre, distinguió su espigada silueta más no su rostro. Cargaba bajo el brazo un maletín negro. -¡Ven, las palabras de los míos darán respuesta a tus inquietudes! ¡No tengas miedo! ¡Acompáñame al parque! -gritó el hombre-.

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Caminaron juntos en silencio. Se oía el murmullo de voces solemnes como aguas de quebrada atrapadas en un túnel. El parque olía a gladiolo y agapanto. De repente, la luz de la luna tragó las sombras. Los rostros de los presentes se revelaron. Julián observó la palidez del hombre y su mirada profunda. Vestía traje oscuro a rayas y corbata ancha. Sus manos extendidas lo invitaron a sentarse. Julián ocupo la silla al lado de una anciana; ella preguntó:

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-¿Cómo está su familia? -Duermen. -Soy tu vecina y fui tu partera, te presento al Profesor Ahumala, el peruano. ¿Lo recuerdas? La anciana señaló al hombre, él le apretó la mano, se sentó y narró la siguiente historia: “Construí la casa de los arcos hace cuarenta años y por costumbre ancestral de mis antepasados puse la primera piedra. Bajo ella sembré una vida, convertida así en guía y protectora”. Julián recordó aquella misteriosa casa con incrustaciones de azulejos en la que se hacían prácticas chamánicas. Recordó aquella tarde de su niñez en el jardín con los gallos de pelea. Recordó que los gallos huyeron después de la siniestra muerte de su dueño. -¡Toma este maletín! - dijo el profesor Ahumala – Aquí está el plano de mi casa y, señalado con un círculo rojo, el sitio en donde encontrarás tu suerte. ¡Libera la vida que allí se encuentra! El profesor Ahumala desapareció en medio del frío amanecer. Julián inspiró un soplo de aire fresco. Durante las vacaciones de verano Julián le propuso a Hugo, compañero de colegio, ir a buscar la suerte. Este último aceptó. La noche escogida llegó. La luz de un celular alumbraba el camino de baldosas agrietadas. El olor a casa abandonada se sentía en el aire. Caminaron hasta el patio trasero señalado en el plano. Julián cavó bajo la raíz de una palma de corozo amenazante de puyas; entre tanto, Hugo se turnaba con la pala. El golpe de pica movió una piedra y abrió un hueco. La palma se removió, cayó con estrépito y clavó una puya en la pierna de Julián. Del hueco salió el resplandor de un gallo. Julián saltó del susto, arrancó la puya con dolor, metió la mano, sacó los restos de un animal y los entregó a Hugo. Julián se quedó con la espuela aferrada a un hueso. El Profesor Ahumala, oculto en la oscuridad del patio, mur-

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muró: “Una tarde el consultorio estaba lleno de clientes. Un gallo de pelea entró por la ventana, intenté sacarlo, pero me atacó y con su afilada espuela me destrozó el cuello”.

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Camellos y agujas Camellos, arenas caminantes, barcos del desierto cargados de jinetes y oro, subían las colinas de trigo, molido a porrazos de rebelión. En lo alto, clavadas, cientos, miles, millones de agujas. Por sus ojos pasaban lomos jorobados gigantes, los cuales atravesaron el ínfimo portal con suavidad. En la otra frontera, sus patas remaban en el aire, ascendían libres de amarradijos y pertrechos. La tierra llovía camellos al cielo, inundándolo. Los ricos camelleros y sus deleitosas pertenencias, por cientos, por miles, por millones no cupieron por el orificio. Rodaban por los montículos, caían suavemente sobre alfombras bordadas en hilos de oro, volaban y los descargaban “nadie sabía dónde”. El brillo impedía la visión “¿dónde estoy, dónde estoy?”. Apretaban sus tesoros, descendían a gran velocidad por deslizaderos profundos, túneles en piedras, terminaban sumergidos en espesos lagos donde se fundían formando una colada rubia con partes sólidas, distribuida entre surcos cavernícolas.

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Desde su gran dominio, la bestia Bestia dirigía a sus hijos cautivos. Ellos abrían costales como de arroz, sobre la roca, y cada diminuto grano crecía formando máquinas inhumanas que vaciaban la colada de oro en los infinitos salones, repellando pisos, paredes, techos, escalinatas. Un salón tapizado en altorrelieve por corazones endurecidos, conectados por palpitaciones de savia decrepitud. Otro -el de ojos- espejos flotantes, con imágenes de almas pensadas, pesadas, apestadas, sin parpados, sufriendo, vomitando lágrimas, ojeras engreídas. El de bocas engullendo extracto de médula idolatrada. El salón de

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las orejas, de envergaduras pequeñas, largas, cortas, puntiagudas, grandes, taponadas de miel dorada creada por avispones zumbones en oídos sin señas. También estaba el salón de los huesos secos, con uno, dos, tres, cien, miles, millones de fantasmas apretujados, ahogados, luchando por arrancarle a los pisos y paredes sus huesos para reiniciarse. Volver a ser como antes del antes de ser, envueltos en nostálgicas telarañas de carne, entidades del más allá en horríficas guerras. Alejado de los demás, el salón de los cerebros, la diversión. Allí todo era blando, masa gris formando un volcán a punto de estallar; estalló. Los sesos tenían alas seseras que volaban muy bajo; los juicios de dura cerviz explotaron la razón empujando la sensatez y le robaron a la inteligencia su talento descolorido por la inocuidad. La capacidad se arrebató, los licuó a todos, los tomó como bebida refrescante y agonizó perpetuando la misma escena. Prepararon la visita de El Gran Sol. La bestia Bestia no los soltaría fácilmente. Todo se estremeció, un terremoto derrumbó las catacumbas del inframundo. Se escuchó un tuc, tuc, tuc, tucu, tucu, tucutucutucu: ojos rebotando, huesos golpeando corazones y orejas apaleadas por pies y manos, bocas saltando sobre los cerebros. Los espectros se materializaron: corazones por cabeza, bocas por nariz, ojos por orejas, manos por pies, cerebros por intestino. La turbación los agazapó. La bestia Bestia se ocultó en su caverna más oscura con sus atemorizados cautivos. En otros, el terror se esfumó y un halo de luz los cubrió. Salieron atravesando cascadas cristalinas; los recibió un mar cerúleo con inmensas orillas de arena nacarada; los estrangulados de existencia entraron al agua viva. Al anochecer, la infinita playa se iluminó por miríadas y miríadas de luciérnagas. Una luna misteriosa fue testigo de la

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discreta pirotecnia de la noche. Lo siguieron al firmamento de inmortales estrellas, adelante Él, como guía; detrás, uno, dos, tres, cientos, miles, millones.

Impetuosa tapia oculta Animados al alba cruzamos la tapia rebosada de nutrientes destino de batallas arterias alucinantes de oro simiente floreciente hijos nacidos con invisibles grilletes brotan gamonales heridos moribundos de traficada sustancia posesos de calles sudorosas podredumbre dividida del alma corroída Movimientos sonoros y ondeantes barrotes silentes doblados con brillo de metal ósmosis contraída Rugidos de manadas malolientes en féretros rodantes chillan por tropeles y oropeles con circo desolado oídos articulados tintineo de monedas en bolsillos remendados

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Catedrales impetuosas hechizos de burdeles cobijados con paredes blanquecinas hábitat de hormigas y en sus lomos hojas de azulados corazones Prisioneras de tubos piruetas de piernas adornadas con suerte de maromas

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fuerzas hipnóticas con cuerpos enredados aplausos durmientes y agotados sufrientes

Nina

Senderos de manos que cargan armas resonantes quemados caen desfile de penumbra lágrimas rodando por peñascos de casas ladeadas murallas fascinantes portales plateados

Dioselina es la menor de doce hermanos. Nació prematura, con muy bajo peso y salud delicada, por lo cual estuvo bajo mimos y cuidados desmedidos, especialmente en su alimentación. A la edad juvenil, los cuidados maternales en su nutrición siguen siendo excesivos. De pronto, aumenta muchos kilos de más.

Destello oculto y cortante de nudos saltarines hacia el brumoso navío del averno mariposas blancas en nubes recostadas rayos de estrellas conjugadas elevándose

Pasan los años. Todos la aman. Encuentra un buen hombre con el que decide casarse. Luego vienen los embarazos. Con el tiempo comienza a sufrir diversas enfermedades. Se vuelve adicta a los exámenes médicos, a las pastas farmacéuticas de todo tipo, a cirugías menores y a comer desaforadamente. Sin embargo, cada día que pasa, su cuerpo muestra debilidad, ningún tratamiento da resultado.

Liviandad rítmica de cuerpos carnosos umbrales azotados amores y dolores abrazos al son de marimbas, tambores y fogatas señales de humo máscaras en compases rodillas con revoluciones aumentadas risas y carcajadas ebrios solitarios jinetes de libélulas gobernados por Jovita coronados por ella con diamantes de ilusiones sentados en la frialdad del rey Aguas cristalinas millares de peces uniendo el arco iris con rieles a la próxima orilla Cazuelas y niños sobre hombros de atletas sin medalla

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La ruleta gira y gira y el ciempiés alado encadenado cruza el viento al infinito.

Al lado de su casa se traslada una familia con la cual Nina hace gran amistad. La nueva vecina es curandera, adivina y bruja. Trabaja con su esposo, quien es su ayudante. Allí llega Nina buscando ayuda, en medio de su dolor y frustración. Su esposo, el buen hombre, la acompaña y la cuida con mucho amor. Ambos se sientan y observan con cuidado el lugar. Nina fija su atención en el mantel de una mesa bordado en croché color blanco. Encima de él se puede ver una colección singular de estatuillas: El Divino Rostro, La Mano Poderosa, José Gregorio Hernández, La niña María, el indio Kukulkan, un crucifijo del Señor de los Milagros, el Buda, la Diosa Shakti y varios seres alados, además de tres veladoras encendidas. También percibe un penetrante olor a almizcle. Toda esta combinación de imágenes y olores le produce a Nina una enorme desconfianza: está acostumbrada a los consultorios médicos limpios cuyas paredes solo están llenas de diplomas. Aunque tal vez acá encuentre la cura a sus malestares, piensa. Le entrega a la bruja el frasco con orines que recogió

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en ayunas. Ella lo levanta para verlo a contra luz y dice: “te han hecho un maleficio, estoy viendo una mujer de cabello oscuro, piel blanca, viene de un lugar cercano al mar y es vecina de este barrio por varios años. Ya sabemos quién es, esta mañana vino a traerte alimentos como es su costumbre, esa arpía quiere que mueras para que dejes solo a tu buen esposo y padre”. Les pasa un papel donde escribe el precio del tratamiento y las plantas y demás elementos que deben conseguir, lo otro va por su cuenta. Después de dos meses de preparación con limpiezas, baños olorosos calientes y fríos, unturas, rezos y comidas ligeras, Nina pierde 60 kilos de peso. Su cuerpo rechaza la comida expulsando todo en vómitos, su abdomen se mantiene hinchado y contraído, todos piensan que esta cadavérica. Tiene 45 años. El viernes santo en la noche se reunen Nina, su familia y la bruja para sacarle definitivamente el mal que le hace tanto daño. Hace tres días que sólo toma jugos de sabores desconocidos y la última toma se la da la bruja dos horas antes de la media noche. Después, se escuchan las campanadas del reloj de pared cuando este marca las doce. Nina grita de dolor, quiere ir al baño a vomitar, la bruja la aprisiona con fuerza por detrás y le aprieta el abdomen. Nina está morada y lucha por soltarse; tiene tanta fuerza que los dos hombres, los esposos, deben sujetarla de los brazos, pero ella se retuerce, lanza alaridos, su rostro se desfigura; los conjuros de la curandera se oyen con poderosa fuerza y Nina hace arcadas para dejar salir lo que la atormenta.

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Nina arroja por su boca un sapo envuelto en una especie de pelos oscuros muy gruesos. El animal hace sonidos ahogados mientras cae al piso. El aire está tenso y los que ven la escena tiemblan. Nina se desmaya, la bruja coge el animal y lo guarda en un frasco lleno de un líquido transparente con olor fuerte. Luego, atiende a Nina frotándola con aceites para calentarla, la envuelven en cobijas de lana, la bruja cree que se muere y dice: “¡se la están llevando!”. El esposo de Nina se acerca, le

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habla suavemente al oído acariciando su cabello, ella abre sus ojos enrojecidos y brotados, mira el frasco con su contenido, se lleva sus manos al abdomen, el dolor y la contracción se encuentran dentro de ese recipiente. “Tengo que hacerte ahora mismo un cerramiento espiritual para que nada entre en tu cuerpo”, le dice la bruja. Los hombres observan sentados a la mujer que sostiene un ramo de plumas de colores, el cual mueve alrededor de la paciente y en todas direcciones, como espantando moscas, diciendo frases en lenguas desconocidas. Todos respiran el humo de las maderas purificadoras, mientras Nina bebe obligada un líquido amargo y espeso que la devuelve a la vida. Al día siguiente, la vecina se acerca con la comida, como de costumbre, pero al pasar la calle un carro que va a toda velocidad la atropella. Sobre el pavimento, hay comida, el cuerpo destrozado y sangre. De repente, sin saber de dónde, aparecen muchos sapos en la calle; la bruja observa desde su ventana y deduce que su trabajo ha concluido. Transcurrido un tiempo, el esposo de Nina se queda sin trabajo, por lo cual ella, Nina, decide montar un negocio propio en casa: venta de morcilla. Se trata de su comida preferida y ella es toda una experta en su preparación; además cuenta con la ayuda de sus hijas. Así salen adelante, se vuelven famosas con este producto que consumen sin medida. Al año se triplicaron las ventas y los kilos de las cinco mujeres de la casa. A sus 75 años Nina enferma gravemente. Lleva más de dos años postrada en cama, con una pierna amputada, llagas malolientes en todo su cuerpo, siempre a punto de morir, en inconsciencia total. Su esposo recuerda el sellamiento y va en busca de la bruja, pero ella le dice que ya está retirada del oficio; sin embargo, lo atiende la heredera joven, quien está muy bien preparada en este arte. Ella mira a Nina -que es sólo hueso y piel en exceso-, le dedica mucho tiempo con nuevos ritos,

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los cuales no pueden ser presenciados por nadie y, al final, rompe el hechizo donde no puede ni entrar la muerte. Es otro viernes santo y Nina fallece a las doce de la noche. Su esposo es el único a su lado. La nueva bruja busca el frasco de Nina entre muchos otros que se hallan almacenados en una habitación oscura y fétida, prende fuego en una chimenea y allí lo incinera. El domingo de resurrección la entierran después de llegar algunos familiares del exterior. Cae mucha lluvia. Cuando bajan el ataúd saltan montones de sapos salidos de la nada, todos los asistentes corren, se marchan del cementerio. Sólo queda el buen hombre que tristemente observa el ataúd al tiempo que desliza su mano temblorosa dentro del bolsillo de su pantalón, del cual saca un arma.

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Cuento para dos

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El presente está armado para contar entre dos. Me conseguí una novia virtual pero amor de lejos amor de pendejos, entonces me propuse ir a verla, por lo que dije, al que madruga Dios le ayuda, pero no por mucho madrugar amanece más temprano. Me dejó el bus, más alguien me dijo ayúdate que yo te ayudaré y ofreció llevarme, como a caballo regalado no se le mira el colmillo, y no creo en brujas pero de que las hay las hay, como les parece que como en pueblo pequeño infierno grande, esta persona conocía a quien yo iba a buscar y sin querer queriendo, como santo alabado santo acabado, me contó que ella tenía un hijo y que como hijo de tigre sale pintado, que de tal palo tal astilla, que no dijera que él me contó porque en boca cerrada no entran moscas, a ese amor le sucedió que subió como palma y bajó como coco, lo que me hizo pensar que entre dicho y hecho hay mucho trecho, que a quien a hierro mata a hierro muere, me fui airado a reclamarle y la encontré, regada como verdolaga en playa y diciéndome, perro que ladra no muerde, que conversáramos pasito que la ropa sucia se lava en casa, yo queriendo sacar ventaja pues el que pega primero pega dos veces, le dije vaca ladrona no olvida el portillo y ella me dijo has el bien sin mirar a quién que el vivir está en comer y el comer viviendo, yo tan sólo le dije dime con quién andas y te diré quién eres y además que el que anda entre la miel algo se le pega, que el que mucho abarca poco aprieta, que me dijeron que ella no estaba bien de pareja, que por lo tanto no era feliz pues no se cumplía que el que a buen árbol se arrima buena sombra lo cobija y que por el contrario estaba recostada a alguien que nació torcido, y árbol que nace torcido sus ramas jamás endereza. Al ver que yo vivía tan lejos, ella dijo: más vale pájaro en mano que ciento volando y aunque agua que no has de beber déjala correr, se quedó con él porque era mejor chiquito y juguetón que grande y dormilón, que el hombre entre más feo más hermoso, que el

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diablo no es como lo pintan y que cuando el río suena piedras lleva. Yo, como un cero a la izquierda, me dije: ahora que estoy por acá, en mi casa qué estará pasando, pues cuando el gato no está los ratones hacen fiesta, y sabiendo que el que tiene rabo de paja no se acerca a la candela, exclamé: a perro que no se conoce no se le toca el colmillo, regresé a mi casa pues al que le van a dar le guardan, y no vaya a ser que me pase eso de que a cada marrano le llega su nochebuena, al mal tiempo buena cara pensando que mal de muchos consuelo de tontos y decir de esta agua no beberé siendo mejor regresar y no dejar para mañana lo que puedas hacer hoy, a buen entendedor pocas palabras y como por la boca muere el pez, preferí ojos que no ven corazón que no siente, que quien siembra vientos recoge tempestades, unos nacen con estrella y otros nacen estrellados, que cada cual haga lo que le toca, zapatero a tus zapatos porque quien mal anda mal acaba y hombre precavido vale por dos, ya que ella seguirá siendo genio y figura hasta la sepultura.

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¡Me equivoqué de bus!

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¡Buenos días, señor policía! Vengo a pedirle un favor, pues yo no conozco acá a nadie y en mi pueblo sólo distingo al cura, al que debo llevarle una gallina o huevos para que pida a Dios que perdone mis errores, al inspector que va a mi parcela a arreglarme los papeles o bajarme los impuestos a cambio de que le regale un pedacito para algún familiar suyo, y al Policía Velandia que se uniforma como usted, que cuando me hacen daño las cervecitas y me pongo peleador, me toca darle para el combustible del caballo pues sino me “enguandoca” 24 horas. Llevo todo el día esperando ganarme la rifa del número que saqué de esa columna y no me han llamado de ninguna de esas vitrinas en que se encierran ustedes, no sin antes pedirle disculpas por estar en calzoncillos, pero es que los vigilantes del parque me robaron todas mis pertenencias. -Bueno, espere un momento ya lo atiendo (el policía estaba jugando en el celular o chateando, o las dos). Media hora después: Venga, señor, cuál es su caso. -Señor policía vengo a formular varias demandas. -No le puedo recibir sino de a una; si quiere otra, debe coger un papelito para darle otro turno. ¿Nombre y documento de identificación? -Nepomuceno Guatibonsa…sí, no se ría, yo sé que acá han llamado a Maicols, Jhonatan, Estefanía, pero mi santo padre me puso ese nombre. Acá está mi cédula. -Esa cédula ya no sirve, la nueva debe tener hologramas. -Mire, señor policía, yo desde que cumplí la mayoría de edad he usado esta identificación, mis hologramas son los callos de mis manos, ocasionados por los arduos trabajos que hago a diario en la parcela y mis canas de los años que ya tengo. -¿Dirección? -Yo sólo sé a qué lado del sol me levanto, a cuál lado almuerzo y dónde debe estar para irme a descansar y dormir.

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-Narre los hechos. -Agente, hace días fueron a mi vereda Morro-Plancho unos promocionistas, parecidos a esos políticos que aparecen sólo para elecciones, ofreciendo un plan para llevarme a conocer la gran ciudad. Yo les di los ahorros que tenía bajo el colchón y ellos me dejaron los papeles con las instrucciones. En la noche anterior al viaje, preparé mi maleta, el avío para comer en el camino y cogí el tren hasta la cabecera municipal en donde debía subir al bus para ir a la gran ciudad. Había muchos y de varios colores, y como en las instrucciones no estaba el pasaje, debí pagarlo. El bus salió mucho después de la hora indicada y cogió carretera, después de varias horas me dio hambre y comí lo que llevaba; no sé si fue que tanto tiempo lo descompuso pero me soltó el estómago. Pedí el favor al conductor de que parara, a lo que me dijo: “Este bus es directo, no para en ninguna parte”, también me dijo que utilizara el baño del bus cuando la luz estuviera apagada. Tardó mucho tiempo en hacerlo pero al fin quedó desocupado y me dirigí a él, no sabía cómo abrir pero después de bastante rato descubrí la palanquita que lo hacía. Entré a ese cuartico chiquito, oscuro y que se movía demasiado, en el que había un letrero que indicaba que sólo se podía hacer la mitad, lo otro no. Para salir me demoré y entonces los otros pasajeros empezaron a gritarme: “¡eche, no joda!”, “eh avemaría pues...”, “¿ala, mi chino, qué pasó ahí adentro?”, “sumercé casi no sale, mijitooo, se iba a quedar allá”, “¡qué verraquera, casi no sale!”. Yo al fin me dormí y sólo desperté cuando en una curva el bus frenó bruscamente y fui a parar del puesto en que estaba a la banca dizque de los músicos, contra unos tubos que afortunadamente estaban atravesados. Me enteré luego que eso en lo que quedó enredada mi ruana era la registradora. Después de ese gran susto quedé como privado y cuando desperté ya habíamos llegado, las maletas las habían bajado y las colocaron a dar vueltas en un carrusel y mi pobre cajita no aparecía. Al preguntar me dijeron que debía ir a la oficina de reclamos que quedaba en el segundo piso y tocaba subir por una escalera

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que no se dejaba alcanzar. En el papel de instrucciones había una dirección con calles y carreras que yo no descubrí cuál era cuál. Me dio hambre y quise entrar a un restaurante. Había varios pero en todos estaba un policía con uniforme de colores y en la entrada tenían un letrero de “se reserva el derecho de admisión”. Como yo tenía puestas mis alpargatas, mi ruana y mi mochila no quise entrar para que no me rechazaran, y al fin descubrí uno sin policía, entré y me senté a esperar que el mesero me atendiera pero no quiso hacerlo, ya malgeniado reclamé, pero resulta que era un autoservicio y uno tenía que servirse, coger la loza y ahorrarle pereza al mesero. Caminé mucho rato, había unas mujeres que me convidaban a enseñarme a tender la cama y yo me decía: ¿yo para qué aprendo? Como estaba cansado me paré en un parque en el que estaban unos vigilantes que permanecieron allí todo el tiempo, eran hombres y mujeres, de un momento a otro les dio por fumar cigarrillos que ellos mismos hacían, y al rato empezaron a pelear con espíritus invisibles y a pilotear viajes a la luna, yo arrimé a mirar y de pronto me dijeron: “bájese de todo” y por ellos es que estoy en calzoncillos. Con una sencilla que tenía en el bolsillo secreto iba a coger un bus que me llevara donde estuviera el que me trajera otra vez a mi pueblito, pero los buses funcionaban que dizque con una tarjeta que yo no tenía. Esos edificios tan grandes, tanta gente para arriba y para abajo me asusta, yo sólo quiero que usted me colabore, para que en uno de esos carros bonitos en que andan los policías, me lleven a coger el bus y regresar a mi pueblito, de donde nunca debí haber salido.

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Paradojas de la vida

Sanatorio de sueños

En un pueblito alejado de la capital vivía una pareja de trabajadores incansables, quienes a fuerza de sacrificios enviaron a su único hijo, Eduardo, a terminar sus estudios de bachillerato y educación superior a la capital del país. Pasados los años llegó por fin el día del grado de profesional de Eduardo, quien recibió con honores su diploma de economista. Al regresar a su terruño, a los padres les pareció que era momento de pasarle las riendas de la miscelánea a su querido hijo, quien muy ufano y pretencioso le dijo a su padre: “Papi, este negocio de ahora en adelante llevará libros de contabilidad con sus correspondientes columnas de ingresos, egresos, compras, ventas y ganancias, los negocios hoy en día se manejan así”. Su padre le respondió: “Mijo, yo llegué acá con lo que tenía puesto, el resto de mis pertenencias cabía en una bolsita de mano; comencé este negocio de la nada, me casé, luego llegó usted y le pudimos pagar sus estudios y mantenerlo... sin riquezas hemos vivido holgadamente, sin libros de contabilidad, ni arqueos de caja, por tanto todo lo que hay aquí es ganancia”.

Soy Matilde Jaramillo, hija mayor de una familia de catorce hijos, alcancé a ir a la primaria en escuela pública y terminé mi bachillerato en colegio oficial. En la búsqueda de cómo ayudar a mis padres y cómo ganarme la vida, anduve de aquí para allá, hasta que un día alguien me dijo que podría conseguir dinero recogiendo y vendiendo cosas recicladas. Fue así como llegué al botadero de basura, donde encontré lo que me convirtió, de la noche a la mañana, en profesional de la medicina. Sí, sin haber ido a la universidad, me volví psicóloga, médica y cirujana plástica. Llegué al deshuesadero de muñecos y quedé marcada de por vida. Mientras estuve en ese lugar sentí los gritos de desilusión y de tristeza de cada uno de esos cuerpos frágiles que mostraban las respectivas historias y su trágico final; algo tocaba lo más íntimo de mi ser: los imaginaba humanos. Así me convertí en restauradora de muñecos. Ese sitio, el deshuesadero de muñecos, tenía una gran cantidad de cuerpecitos mutilados o con desperfectos que me hicieron partícipe de cómo eran internamente, por ello me dediqué a resucitarlos, creando una sala de urgencias. Claro que no fue tan fácil, pues lamentablemente lo que entra a ese lugar ya tiene un dueño. Y ese dueño no compartió mi interés por los muñecos. Empecé una gran odisea por pretender que todos estos seres no fueran a parar a un molino y se convirtieran en materia prima; tuve que valerme de mucha imaginación y astucia para convencer al vigilante del error de desintegrarlos. Fue así, con su ayuda, como logramos sacar por varios días unos cuantos costales llenos de lo que fueron en otro entonces unos hermosos muñecos. Todo iba bien hasta que un día me crucé con la policía. Cuando me preguntaron por la procedencia del costal y su contenido, no tuve una explicación razonable. Fui, entonces, llevada,

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detenida y acusada de estar sacando sin ninguna autorización este material. El vigilante con toda razón, para no perder su empleo, corroboró que yo había violentado la seguridad entrando a hurtadillas. Fui condenada por robo a pagar cárcel durante seis meses. En esos costales había muñecos muy particulares que me recordaban otras épocas. Algunos eran artesanales o con características que los hacían especiales y otros eran una repetición de muñecos hechos en serie y de popularidad universal. Descubrí muñecos de madera, de plástico y hasta hechos con materiales esponjosos; algunos, por ser compactos, estaban casi completicos y a otros, que por su contextura se desmontaban fácilmente, les faltaban los bracitos, las piernitas, los ojitos o el cabello. En sus caritas parecían caer lágrimas al ver su triste final. Eso me hizo entender que el verdadero valor era el afectivo, el que le había hecho sentir su dueño o dueña. Decidí, entonces, crear un idioma de comunicación con los muñecos. “Yo soy Ricardito, tuve muchos hermanos, considero que gemelos, pues nacimos todos el mismo día. Nuestra progenitora nos abandonó y nos colocaron en una repisa para ver quién nos quería adoptar. Vinieron muchos candidatos pero algunos, aunque con todo el amor de su vida nos hubieran hecho parte de su familia, no reunían un requisito, que era un valor que nos habían asignado. A algunos nos adoptaron pero nos llevaron para otra casa, obsequiados como regalo de navidad para una niña que lo había pedido al niño Dios”. “Todos no corrimos con la misma suerte, unos fuimos donde gente que tenía mucho dinero y pronto nos abandonaron, las señoras tuvieron otros hijos que tenían abolengo y prefirieron las Barbies, cambiándonos y dejándonos en un rincón, donde el polvo y la humedad arruinaron nuestra vida. Otros quedamos en el orfanato donde, después de cierto tiempo, nos cambiaron por otro muñeco con más hermanos que habían sido privilegiados, estos movían los ojos”. Todos contaban historias similares. Cada día los muñecos aparecían con más cosas; a algunos les metían un corazoncito y gracias a ello aprendían a balbucear emitiendo voces, otros

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a caminar, a girar, a hacer infinitos movimientos, pero cuando el corazoncito se gastaba parecía que se hubieran muerto. Otros tenían cara de aterrorizados pues los habían colocado al lado de un tal muñeco Chuky, con una cara tan fea que a mí misma me dio temor. Encontré uno llamado Topo Gigio. Lo probé con un corazoncito nuevo. Él llamaba a la compasión y la ternura, con palabras como “a... la…. camita”. Y con su caída de ojos simulando vergüenza, aprovechaba para conseguir algo. También me causó curiosidad el que tenía la nariz muy grande y en la marquilla decía Pinocho. Quise enterarme por qué tenía ese tamaño su nariz, así que pregunté a los otros muñecos y me dijeron que era la medida de sus mentiras. Otros me contaron que su dueña los dejó solitos y el perro aprovechó para invitarlos a jugar. Y como no salieron con él, empezó a tirarlos para arriba y para abajo, a halarlos para obligarlos a jugar y por ello tenían mordidas las manitas. Algunos aparecían mutilados como si hubiesen tenido un grave accidente; estos necesitaban un trasplante que remplazara sus piezas averiadas. Muchos tenían marcados los golpes torpes de la niñez: les habían arrancado sus cabellos, manchado sus cuerpos con lapicero o sencillamente estaban desprovistos de abrigo, calor o de dueño. Es por eso que yo no reparo muñecos, sino sueños. Para ello veo qué hace la niña cuando tiene ese cuerpito frágil entre sus manos; si, por ejemplo, efectúa conversaciones íntimas y privadas, imitando muchas veces a su mamá. Si se nota el amor entre los ojos de la dueña y los de la muñeca; si alguien se compromete a hacer parte de su vida al muñeco; si decide impregnar el objeto con la magia de la infancia, adjudicándole además, el nombre que quiere o le gusta a su muñeca, yo se la compongo casi a su estado original. Estar en una cárcel no fue fácil, pero era tanto el interés por mi nueva profesión que me parecía que estaba soñando. Además, ya no trabajaba sola, pues había sensibilizado a mis compañeras de reclusión para que con sus familiares y amigos que las visitaban, trajeran gran cantidad de muñecos dañados. Eso

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hizo que cada día el deshuesadero fuera más pequeño y más grande mi taller. Se notaban felices quienes mostraban interés por rehabilitar aquellos seres de la infancia. Descubrí que hasta en los lugares más oscuros hay una luz de esperanza. En mi búsqueda una vez vi una muñeca con un rostro muy especial. Algo me decía que era la más hermosa que existía, fui a cogerla pero otra reclusa también quiso hacerlo, forcejeamos y cuando la aferré a mi cuerpo grité con tanta vehemencia “¡es mía!”, que alguien me sacudió diciéndome: ¿Qué te pasa? ¿Por qué gritas? ¿Tuviste una pesadilla? Y resultó que a quien tenía abrazada con todas mis fuerzas era a mi madre. Aquel sueño me reveló una ruta inesperada que cambió mi vida. Con la certeza de que librando a estas criaturas del deshuesadero, instauraría mi taller, y a la vez haría felices a quienes se aferran a los recuerdos de su infancia, ese mismo día puse un aviso en la prensa que decía: COMPRO MUÑECOS DAÑADOS.

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Alba Giraldo


Alba Giraldo

Año viejo En casa, en medio de una charla familiar en el comedor, uno de los niños se levanta de la mesa. Llevado por la curiosidad se dirige al sótano y, mientras baja lentamente las escaleras, escucha un leve ruido. Al fijarse, ve en un poste la figura de un hombre ahorcado. Se estremece, grita muy fuerte y el susto no le permite encontrar la salida para poder darnos la noticia de lo que acaba de suceder. ¿Por qué huyó? El pobre Joel, a causa de esta experiencia tan traumática, quedó trastornado y decía que veía luces de muchos colores, verdes, rojas, moradas, cosas entrelazadas, como tejido de telaraña. Joel se desmayó. Los adultos nos preocupamos y salimos corriendo hacia el hospital para que lo atendieran lo más pronto posible y saber cuál era su diagnóstico. El informe médico fue: traumatismo súbito de ansiedad que lo hizo convulsionar. Después de unas cuantas sesiones con el psicólogo y de medicamentos, Joel volvió a su estado normal de niño alegre y feliz. Días después mi hermana cayó en la cuenta de lo que realmente había ocurrido con Joel y la escena del sótano aquel día. Resulta que por tradición familiar, armamos siempre el muñeco de Año Viejo, pero el fin de año pasado viajamos a casa de algunos familiares lejanos, y esa circunstancia hizo que nuestro muñeco quedara colgado en el gancho del sótano donde lo encontró Joel. En vista de lo ocurrido, la familia invitó a Joel a bajar nuevamente al sótano para mostrarle que el ahorcado no era otro que el Año Viejo olvidado.

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Ramiro Montalvo


Ramiro Montalvo

Ramiro Montalvo

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Soy rebelde

Alabanza

Siempre he sido y soy rebelde contra todo lo que oprime, soy rebelde, mi alma gime, me gusta la libertad.

Qué linda es la alborada cuando se despierta el sol, cuando aparece el rocío y canta la creación.

Libertad para soñar y mis sueños realizar. Libertad para pensar y mis metas alcanzar. Libertad para el obrar y siempre poder servir y… libertad para amar.

Así llega la mañana y se escucha una canción para cantarle a la vida para cantarle al amor.

Soy rebelde e idealista. Soy Quijote impenitente. Soy sincero e imprudente me gusta estar con la gente.

Para entonar alabanzas, para implorar diversión a quien todo lo provee ya que es sólo corazón.

Y con la gente forjar los más bellos ideales para tratar de acabar algunos de tantos males

Qué primorosa es la tarde cuando puede el corazón extasiarse con sus sueños, deleitarse con su amor.

Soy Quijote y siempre quiero, del mundo, el mal desterrar siempre el amor predicar. Si rebelde es el amar, rebelde quiero acabar.

Qué serena está la noche qué linda con el fulgor de un hermoso plenilunio con un cielo encantador.

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Canto al amor Quiero este día componer la más bella sinfonía, cuya armonía condense ritmos de paz y alegría. Armonía para el amor, armonía en la esperanza, armonía en la ilusión, sinfonía de añoranzas. Nada es más bello que amar cuando existe la ilusión, no hay duda, sólo razón el amor todo lo alcanza. El amor insufla vida, el amor acaba llanto, del amor salen las notas que componen este canto. El amor trae la paz, el amor genera calma, el amor enciende fuego cuando se siente en el alma.

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Carmen Elisa Benavides


Carmen Elisa Benavides

Duda Una lluviosa mañana de mayo nació en Nápoles un chico a quien le dieron por nombre Leonardo. Cuando cumplió once años su familia lo llevó a vivir a Palermo, donde su padre se dedicó a las labores del campo. Su adolescencia fue difícil: sentía gran inclinación por las personas del mismo sexo pero la imagen del padre era un obstáculo a la hora de exteriorizar su homosexualidad. Su madre, como buena esposa italiana, dedicada al esposo y al hogar, no disponía de tiempo para escuchar las dudas y temores de ese adolescente que pasaba largas horas encerrado en su habitación. Un día, justo antes de que Leonardo cumpliera los diecisiete años, llegaron unos encapuchados a la casa y sin decir palabra asesinaron a sus padres. Leonardo corrió y llamó a sus vecinos, quienes inmediatamente acudieron en su ayuda y encontraron sorpresivamente dos cuerpos agujereados por las balas. Nunca se supo cuál fue la razón de ese asesinato. Algunos murmuraban que el padre de Leonardo prestaba dinero con altas tasas de interés, quizá ese pudo haber sido el motivo. Durante tres años Leonardo vivió con una familia que le dio albergue. En ese nuevo hogar trató de superar el trauma. En su cabeza, atiborrada de recuerdos, rondaba una imagen: las marcas que vio en los asesinos y que nunca tuvo el valor de averiguar su significado.

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Al cumplir los veinte años, Leonardo decidió irse a Enna, ciudad situada en el centro de Sicilia. Allí conoció a una hermosa joven con quien se casó y tuvo tres hijos. Casi al mes de casados, religiosamente cada jueves le decía a su esposa que iba a visitar a sus amigos. Lo que la esposa no sabía era que Leonardo tenía en alquiler un estudio, a donde llegaba a eso de las siete de la noche a vestirse con delicadas ropas de mujer, para

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luego dirigirse a uno de los bares más elegantes de la ciudad, donde con otros hombres presentaban un show de impacto. Una noche llegó a la compañía un hombre de unos cuarenta años. Desde que Leonardo lo vio, experimentó un cambio total en su vida, pues su rostro le recordaba uno de aquellos posters que en su adolescencia guardaba con tanto celo, además de que lo rodeaba un aura que nunca había percibido antes en persona alguna. Rodolfo era su nombre. Era amable y afectuoso, su oficio consistía en escoger el vestuario y maquillar a sus compañeros. Manejaba la paleta de colores con tanta destreza y precisión que ningún ojo humano inadvertido adivinaría que detrás de cada uno de esos exóticos rostros se escondía un rostro masculino. Rodolfo también era un hábil negociante y un experto cocinero. Todas estas cualidades se fueron tomando el corazón de Leonardo, y después de un año de pensar en su futuro y en su familia, decidió dar el paso final. Un día en que el show debió retrasarse dos horas, pues se esperaban grandes personalidades, Leonardo tocó a la puerta del camerino y su sorpresa fue enorme al ver a Rodolfo con su torso desnudo; usualmente, él nunca lo dejaba al descubierto, siempre usaba una camiseta blanca de manga tres cuartas, bastante ceñida. Rodolfo trató de cerrar la puerta pero Leonardo puso el pie: ya había tomado la decisión de declararle su amor y no echaría atrás. La puerta se abrió lentamente. Leonardo colocó su mano en el hombro de Rodolfo y comenzó a expresarle sus sentimientos. De repente, su mirada se dirigió al brazo de Rodolfo: allí estaba el tatuaje. Ese maldito tatuaje que nunca pudo borrar de sus recuerdos, que fue lo único característico que vio en los asesinos de sus padres, la erre dibujada en letra gótica y debajo de ella, una calavera al revés. Lo singular de esa coincidencia lo dejó paralizado. Al recobrarse del estupor, avanzó hacia Rodolfo y lo agarró del cuello; quería cobrar las cuentas de su pasado, pero este reaccionó de forma

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inmediata y echó a correr por el angosto corredor. Leonardo no hizo ademán de seguirlo. Como una fotografía ya gastada por los años vino a la mente de Leonardo la imagen de sus padres, su adolescencia y su soledad; sintió que perdía todo contacto con la vida, un sonido gutural salió de su garganta y su cuerpo, como un fardo, cayó sobre la blanca alfombra.

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En línea recta

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Trabajaba como dependiente de la alcaldía municipal en un pueblo muy bello del sur del país. Desde el balcón de la Casa Municipal se dominaba el paisaje de toda la sabana, una bellísima llanura enmarcada por cerros y colinas, típico cuadro andino del altiplano nariñense. Al fondo, se divisaba la la hacienda de mis abuelos, quienes me acogieron calurosamente mientras duré en el cargo. Cada día me movilizaba al trabajo en bicicleta. La carretera daba una larga vuelta antes de la entrada a la hacienda; tardaba unos veinte minutos en llegar. Un buen día, mientras disfrutaba el panorama, se me ocurrió que podría irme a pie hasta la casa. Caminaría en línea recta, acortaría camino y sería más divertido andar por los potreros. A la distancia, examiné los obstáculos y concluí que solamente tendría que pasar la tapia del frente que cercaba el terreno de las oficinas de la administración municipal, y un poco más abajo otra pared similar, a la cual no le encontré ningún problema. El resto del trayecto lo analicé a simple vista desde el balcón y no observé ninguna complicación para la marcha que emprendería a la salida del trabajo. Todo se veía plano salvo unas pocas cercas que pasaría por debajo; el camino sería expedito. Llegó la tarde y emprendí la marcha a pesar de algunas advertencias de amigos a las que no hice el menor caso. Serían la cinco de la tarde y, según mis cálculos, en media hora, o a lo sumo en cuarenta y cinco minutos, estaría tomando el cafecito acostumbrado. La primera tapia la salvé dando la vuelta por la puerta lateral; la segunda la trepé, pero al caer al otro lado me di cuenta que ya había pasado media hora y apenas estaba empezando. Seguí avanzando y a los pocos metros me encontré con una zanja llena de espinas. La atravesé como pude y llegué al otro lado lleno de rasguños. Mi camisa quedó manchada de gotitas de sangre, pero me sentí orgulloso porque había conservado la línea recta.

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Continué la línea con mis ojos puestos como mirilla de escopeta hacia mi destino, que se estaba complicando. Caminé unos cien metros y me topé con un pantano que solamente se veía llegando al borde, pero no me detuve. A los dos pasos me había hundido hasta la cintura. Logré agarrarme del pasto largo de la orilla para salir con vida, pero sin una bota que se la tragó el barro movedizo. No había llegado ni a la tercera parte del recorrido cuando tuve que bordear un pantano. Por un momento dejé la línea recta, aunque la recuperé en el borde opuesto. Con una bota en un pie y una media en el otro no me quedó otra alternativa que aceptar mi situación y seguir adelante hasta llegar a una quebrada crecida. Con decisión y, más que eso, con un frío que calaba los huesos, me metí al agua para atravesarla. La marcha en línea recta, a estas alturas, pasaba ya de las dos horas y media; la oscuridad se me vino encima. Sin embargo, una tenue luz alumbraba mi destino allá muy lejos en la casa. Minutos después, cuando reconocí que estaba en los potreros de la hacienda, sentí un alivio. En la primera cerca puse pecho a tierra para cruzar la alambrada por debajo y… rrrrás se rasgó la espalda de mi chompa de cuero en las púas del alambre. Me paré de inmediato y atravesé tres cercas iguales; durante ese tiempo transcurrió media hora más. Llegué, por fin, a la casa a las ocho de la noche. Llevaba mi camisa rasgada en la espalda y las mangas en girones, barro hasta la coronilla, sin una bota, el otro pie ya sin media y entumido por el frío. Al entrar al patio me encontré con el jardinero que en ese momento salía en mi búsqueda por orden de mis abuelos. Quedó asombrado de mi lamentable estado y después de explicarle detalladamente el propósito de mi caminata sólo acertó a decirme: patrón, es que una cosa es cacarear y otra poner huevos.

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Carlos Álvarez León

Las zanahorias mágicas

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Tío conejo no soportaba más la persecución del lobo en el bosque. Un día, caminando a escondidas por entre los arbustos, se encontró con el búho sabio que estaba observando muy quieto parado en una rama. Cuando pasó el conejo por ahí le preguntó de repente: ¿por qué estás tan preocupado y caminando en puntillas? -Señor, Búho ¡qué susto me ha dado usted! - dijo el conejo sorprendido- el lobo me persigue para hacer de mí un estofado y si no tomo precauciones me atrapará y me convertiré en su banquete. Al ver al pobre conejo tan desdichado y temeroso, el sabio de la rama le dijo: -Te daré unas zanahorias mágicas y cada vez que el lobo te persiga de cerca o te atrape, te comes una e inmediatamente te volverás invisible; así escaparás del lobo, pero el efecto es pasajero y las zanahorias pocas, así que deberás darte prisa en el escape. El conejo agradecido pero incrédulo, guardó las zanahorias en el bolsillo. El día siguiente salió de su madriguera cauteloso. El lobo, que estaba al acecho detrás de un tronco, cayó sobre el orejudo. Fácilmente lo tomó de las orejas, lo metió en un costal y se lo cargó. Por fin disfrutaría el apetecido estofado. Mientras el lobo caminaba hacia su casa, el conejo, todavía dentro del costal, comió una zanahoria mágica. Tiempo después, cuando el lobo llegó a su casa no vio nada dentro del costal porque su presa se había tornado invisible. El conejo emprendió la huida sin ser visto por el lobo, incrédulo por lo que le estaba pasando. Así sucedió varias veces. El conejo se divertía burlando a su perseguidor y, al darse cuenta que el lobo estaba desconcertado, concibió la idea de que creyera que estaba volviéndose

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loco. En efecto, así funcionó el plan del astuto conejo. Por fortuna cuando al conejo se le acabaron las zanahorias, el lobo aturdido y sin encontrar una explicación a las desapariciones del conejo, creyó para sí mismo que estaba volviéndose loco. -Deben ser las uvas silvestres que me ha tocado comer, dijo para sí. Después de pensarlo mucho, el lobo resolvió empacar sus chiros en un trapo viejo al que ensartó en un palo de escoba, se lo echó al hombro y se fue muy lejos cabizbajo y pensativo a buscar reposo. Nunca volvió. Tío conejo desde entonces vive tranquilamente en el bosque con el resto de sus amigos y visita con frecuencia al búho sabio que le dice: tienes suerte, tío conejo, desde ahora debes cuidarte tú mismo por si regresa el lobo, porque se acabaron las zanahorias mágicas.

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Fernando Pérez Zafra

Las vidas después de la muerte

Fernando Pérez Zafra

A la hora del ocaso, cuando se cree que todo termina ante las primeras tinieblas, el sol se torna rojizo, soberbio e intenso. La pista de aterrizaje lucía brillante por la humedad. Afuera, una llovizna pertinaz me obligó a preparar el paraguas y la bufanda roja que sobresalía entre la chaqueta entreabierta. Me disponía a buscar la persona que me guiaría al sitio de la convocatoria, pero no observaba nada similar al arcoíris, símbolo colorido de nuestra población, invitación al encuentro con pares. Muchas eran las opciones para trasladarse al centro de la ciudad. La Van de varios pasajeros subió por Chapinero para tomar la trece hacia el centro. Mucho tráfico, un poco de sueño y la ventana empañada. Con la mano logré limpiar el vidrio y, entre tantas calles y construcciones, distinguí la antigua embajada americana y el caño de la treinta y nueve. Los ascensores indicaban los pisos, bajaban o subían. Séptimo piso. Aunque sabía que no me había anunciado, fijo lo encontraría. Fue una sorpresa verlo. Me recibió con un fuerte abrazo y con algunas lágrimas de emoción. Sentí su cuerpo frío, reconocía su piel dorada. Solicité su teléfono alámbrico, marqué algunos números, nadie contestó. Silencio. A través de la ventana veía el tráfico lento y la lluvia golpeando el vidrio empañado. Alguien me tocó el hombro para anunciar que nos estaban esperando. Hemos llegado. Teníamos que acercarnos a la recepción, firmar la asistencia e inscribirnos. Alguien me saludó: ¡Oh! Después de tantos años. Siga, por favor, qué alegría verlo. Guardada la distancia, con la serenidad que dan los años y los desengaños, debería esperar un nuevo llamado. Cuando entré a la cafetería, vi su espalda y sus crespos cabellos muy bien arreglados. Su vestir era elegante, sencillo pero distin-

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Fernando Pérez Zafra

Fernando Pérez Zafra

guido, me pareció que ya lo había abrazado. Decidido como el sol poniente, indeciso y resuelto, vivo y desfalleciente, débil y enérgico, miedoso, frágil y también invencible, listo para lo que fuera. Estoy solo frente a lo que sucede en este mismo instante, poniéndole la cara, el viaje al revés, la travesía en reversa, es hora de volver, no hago cálculo alguno ni tengo previsiones sobre la vida. Al adelantarme para encontrarme con su cara, una persona presurosa trató de saludarme y darme la bienvenida, me invitó a la sala de conferencias en la que ya estaban todos y todas. Traté de mirar atrás, pero varias personas obstaculizaban la vista. Más tarde salí a la calle y recordé a algunos que habían caído en desgracia de la droga. Ellos terminaron en “El Cartucho” y ahora muchos estaban desplazados. Observé algunos habitantes de la calle que deambulaban buscando espacios lúgubres entre la oscuridad; vi sus ojos que me llamaban, me acerqué un poco pero me daba cuenta de que no era la estatura de quien mi corazón buscaba. La lluvia arreció de nuevo, tercié la bufanda roja, subí el cierre de la chaqueta y me dispuse a volver al hotel.

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Un danzarín de la vida Se abre la vida hacia caminos personales. En cuanto la superación llega a los gritos, la ficción es la realidad. Me siento diferente, ¿no es lo normal? Hacer piruetas, danzar dando grandes saltos, ¿eso qué es? De qué piensas vivir. La familia poco entiende mis pretensiones e intentan hacer cambios sobre comportamientos. El compartirse con amigos parece ser algo raro. ¡Ser libre! Lo que un adolescente desea experimentar. Piruetas de la vida, seguir sus sentires, aprender nuevas maneras de expresarse, saltos ornamentales, la danza de la vida. Pero un día perdí el equilibrio. En esa caída tan espectacular me estrellé aparatosamente contra el agua, perdiendo la consciencia. Me prometí ser como los demás. En ese mismo instante rompí mi promesa y di un salto tan ágil que nadie nunca habría hecho. La familia me llamó al exilio, era el castigo, un mal ejemplo para los demás. Esos vuelos. La libertad era sin duda la recompensa más grande a la que una persona podía aspirar. La libertad eran los saltos olímpicos. Adquirir destrezas, hacer acrobacias. Morir en el acto era un riesgo que valía la pena tomar. Después de todo, se desea tanto perfeccionar la rutina de duro trabajo. Se es capaz de perdonar, volver al pasado, aprender y regresar a la familia. El amor y el respeto son tan importantes como la libertad. No ceder a presiones, a seguir reglas, sólo porque sean “normales”, equivocadamente aceptadas. Trascendemos a otras formas de vida.

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María Olga Pedraza

Mi amado sacro

María Olga Pedraza Angulo “La flor del Pacífico”

Mi amado tocó la puerta, me levanté y corrí a abrirle De mis manos cayeron rosas De mis dedos, gotas de miel Mis cabellos, hileras de caballos a galope, luceros de lágrimas de mis ojos, dos bóvedas, mis oídos celestes, las dos cavernas tapizadas con alfombra de óleo mi nariz, el carmesí de mi boca besa la suave caricia del viento, la aureola de mi risa santa, alborada resplandeciente en el infinito mi crepuscular lengua rojiza cayendo sobre las copas de los árboles, el arroyo de los manantiales de mis pechos donde los cisnes beben de ellos con deleite de amor y pureza, el barco de la vida de mi matriz al encallar se va para siempre. Las montañas de mis nalgas son surcadas con el verdoso azul del riachuelo, donde brotan zafiros y esmeraldas desde el fondo de la tierra. La madera de ébano de mi piel, sedosa y brillante,

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MarĂ­a Olga Pedraza

como la plateada luz de la luna llena. El fulgor de mi espĂ­ritu titilante entre las constelaciones de las estrellas Mi amado, has venido a deleitarte y a gozar de mis anhelos adquiridos por mi humildad.

Alina RodrĂ­guez J.

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Alina Rodríguez

Alina Rodríguez

La vieja mesa

El regreso

Aroma de café en la cocina Rumores de risa, arrullos, Nostalgia de voces y barullos en torno a una mesa campesina.

Veinte de diciembre ¡Qué alegría! Ese día empezaban sus anheladas vacaciones. No veía la hora de regresar a su pueblo para reencontrarse con ese pequeño mundo que abandonó en busca de oportunidades. Imaginó la cara que pondrían sus amigos de infancia al ver su transformación. Estrenaba unos jeans ajustados, una blusa de escote pronunciado y unos tacones tan altos que apenas si podía dar un paso; pero la incomodidad no le importaba, quería verse bonita. Se acomodó en un puesto en la mitad del bus, abrió la ventanilla y se deleitó con el paisaje.

La vieja mesa que bien servía de comedor, planchar y escritorio También acompañó en algún velorio, a veces fue testigo de alegrías. Cuando en la tarde el sol moría la madre diligente, cariñosa, a comer en la mesa los reunía. Sobre esa mesa pasaron tantas cosas Oraciones, secretos, dolor y melancolías Aunque también se engalanó con rosas.

A medida que avanzaba el bus, se detenía en pueblos y caseríos pintorescos engalanados con serpentinas navideñas, colgadas de los postes de energía. Algunos pasajeros se bajaban y otros se subían en cada estación. Todos tenían algo en común: iban cargados de paquetes, tal vez los regalos del Niño Dios. Menos mal que me alcanzó el dinero, pensó, no podía llegar con las manos vacías, pues toda la familia esperaba algo. La música pegajosa de un vallenato viejo le recordó cuando bailaba sin descanso en la única caseta del pueblo en época de carnavales. Como le gustaba el vallenato. Cerró los ojos y pronto se quedó dormida. Una algarabía la despertó de su sueño profundo. Tuvo que haber dormido mucho. Por un instante no recordó donde estaba. El bus se había detenido, miró a su alrededor: unos tipos con la cara tapada con pañuelos daban órdenes.

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Notó las navajas y pistolas en sus manos, y se percató de que se trataba de un atraco. Con frases amenazantes y vulgares, los hombres hicieron abrir la bodega del bus. Se apoderaron de maletas, maletines, bolsas, tulas y costales; se llevaron hasta unas gallinas que cacareaban dentro de unas cajas de car-

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Alina Rodríguez

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tón llenas de huequitos. No conformes con eso, el que parecía el jefe gruñó: “Todos los hombres se bajan”. Uno a uno los varones fueron descendiendo del bus. Los rufianes reían de manera escandalosa y secreteaban entre ellos. Las mujeres estaban aterradas. Una señora gritaba enloquecida, rogando que no le hicieran daño a su hijo, otras rezaban y las más jóvenes sollozaban en silencio. “Que mala suerte. Tanta ilusión con ese viaje”, dijo alguien. Los cautivos hicieron una fila india delante del bus, el último era el conductor, un sujeto de mediana edad con una obesidad casi mórbida. Los bandidos eran varios y todos estaban armados. “¿Y por qué se los estaban llevando al monte?” Ya no se escuchaban risas. Todo en el ambiente olía a miedo.

el vehículo. Con mano temblorosa encendió la radio, tal vez para distraer sus pensamientos y suavizar los ánimos de los pasajeros. Como cruel ironía atinó a sonar ese vallenato que en su letra lamentosa dice: “Y es que me duele, y es que me duele…válgame Dios”. Nunca había visto llorar a tantos hombres juntos.

Cuando le tocó el turno al chofer, que se resistía a caminar, lo agarraron a empujones y patadas y se lo llevaron a rastras. Al rato unos gritos salieron del monte: “Jefe, con este gordo no se puede”. El jefe, sentado en una piedra al lado del bus, se sacó el cigarrillo y contestó mal humorado: “entonces maten a ese desgraciado y apúrense”.

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“Nooo, hombe’ no me maten…no me maten, busquen bien que sí se puede”, gemía el chofer. Los facinerosos no paraban de burlarse. El tiempo parecía haberse detenido. Al fin los atracadores salieron del monte, todos se acomodaban los pantalones. Se subieron a un jeep que tenían oculto entre unos matorrales y emprendieron la huida con el botín a cuestas. Uno de los bandidos sacó la cabeza y gritó: “Mujeres, por esta ocasión se salvaron, agradézcanle a sus compañeros”, y con una sonora carcajada se alejaron. Algo trataba de salir de los matorrales: era la prominente figura del chofer que todo maltrecho se habría paso en la hojarasca, seguido de los demás hombres que con la cabeza baja se acercaban al bus. Se subieron muy calladitos como si hubiesen hecho un pacto de silencio. El chofer, como pudo, se acomodó en su asiento y con la cara roja como un tomate echó a andar

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Un día especial

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El inicio de ese día no era como otro cualquiera. El sol apuntaba sus rayos como dando la bienvenida a la nueva vida de Omaira. Se levantó un poco soñolienta pues por la emoción no durmió bien. Miró a su alrededor, quería fijar en la retina ese entorno que fue su refugio. Amargo y dulce, pensó; pero al final estaba acostumbrada a ese diario vivir. Un grito la sacó de su abstracción: “¿Omaira, ya estás lista? Apúrate, no demoran en venir por ti”. Observó la bolsa que hacía las veces de maleta, se percató si había guardado el arrugado retrato, compañero en sus noches de nostalgia; un papel amarillento donde una joven mujer embarazada la miraba con dulzura. “De seguro ese bebé era ella, nunca lo dudo”. Presurosa sacó de debajo de la cama una cajita de cartón, parecía que allí guardaba algo muy preciado, ya que la trataba con suma delicadeza. Al salir de su habitación se encontró cara a cara con doña Felisa; la miró intensamente, de todas maneras tenía que agradecerle el hecho de brindarle cobijo durante sus 16 años de vida. “Pórtate bien”, dijo la doña, “no fuiste muy barata”. En ese instante se escuchó el relincho de un caballo, era don Eusebio, un campesino setentón acaudalado. Había llegado la hora. El viejo la tomó del brazo y de un jalón la subió en el anca del cuadrúpedo; colgó el precario equipaje en la silla de montar. Ella no soltaba la cajita de cartón. Llegaron a la hacienda del gamonal; sin dirigirle la palabra la condujo a una habitación amplia y oscura que olía a vejez. De un tirón la arrojó a la cama, con movimientos torpes rasgó el traje dominguero de Omaira y empezó a resoplar como esos burros que cargaban el agua en la finca de doña Felisa. Omaira buscó a tientas la cajita de cartón. Sin vacilaciones introdujo su mano en ella. Don Eusebio exhausto y rojo como un tomate no se dio cuenta de la espuma que salía de la boca de la joven, que con los ojos muy abiertos yacía inmóvil. La serpiente muy lentamente se deslizó dentro de una de las botas del anciano.

Jesús Adolfo Giraldo


Jesús Adolfo Giraldo

Jesús Adolfo Giraldo

demostrar su agradecimiento.

Historias de un cacharrero Bajaba por las empedradas calles del barrio Terrón Colorado un avezado cacharrero de vieja data, junto su hijo de apenas once años, vendiendo sus mercaderías (era el tiempo en que aún no existían las distribuidoras que venden desde una aguja hasta todo lo imaginable). Vendía lo que se le atravesara en el camino y lo que le encargaran sus clientes, los también viejos tenderos, que surtían sus negocios de manera directa en las cacharrerías del centro de Cali o por medio de trashumantes vendedores que les visitaban. En sus años mozos, aquel cacharrero había vendido cristalería, libros e infinidad de objetos en la mayoría de municipios del Valle del Cauca. Llevaba a las plazas públicas una balanza instando a los parroquianos a pesarse porque, según él, era una orden del alcalde del pueblo. Con cosas novedosas para la época, como binoculares y una especie de “catalejos” para ver las historias de los muñecos de Disney, lograba que la gente se arremolinara a su alrededor pagando por anticipado el derecho a gozar del espectáculo, mientras él lo promocionaba.

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Nacido en Armenia, emigró de su casa a la edad de diez años y a pie por la vía del ferrocarril, decidido a enfrentar su incierto destino. Sin haber terminado la primaria, incursionó en el mundo del comercio, pasando por múltiples dificultades como niño huérfano y errante. Atendía a los tenderos y tenderas de una manera muy peculiar y jocosa: les saludaba inventándoles nombres como Remígia, Cuasimodo, Escolástica, Sinforosa, Pancrasio, Lucinda y otros. En su jerga amistosa y comercial, rompiendo el hielo, les decía: “aquí llegó su marranito”. Los y las tenderas le respondían: “Quién sabe cuál será el marranito que usted dice”, y, luego de las ventas, algo les compraba para

En los diciembres acostumbraba regalar algún detalle a sus habituales clientes, desde un jabón de olor o un corte florido para las señoras, hasta una correa o llaveros para los señores. Por esas fechas vendía pólvora, papeletas, tronantes, totes y diablitos, con la consecuente advertencia y cuidado que debían tener para su manejo. Era osado y aventurero. Una vez llenó con grandes cajas de pólvora un destartalado bus, para ir hasta un pueblo cercano a Cali al cual se llegaba por una vía empedrada y llena de huecos. Al llegar a su destino, el ayudante, al enterarse del contenido que llevaba, se hacía cruces por haber llegado con vida y exclamaba: “¡Dios mío, de la que nos salvamos!”. Sin competencia comercial, excepto la de algunos “cacharreros regalados”, según sus palabras, vendía al trescientos y más por ciento sus mercaderías, utilizando las más ingeniosas tretas para convencer a sus clientes; tampoco se equivocaba en las cuentas que llevaba en improvisadas hojas con grotescos números y descripciones que sólo él entendía. No llegó a utilizar calculadora, y tampoco le hizo falta. Se acostaba temprano y desde las cuatro o cinco de la mañana se preparaba para salir a trabajar. Bajo sus fuertes brazos, tres o cuatro cajas de cartón amarradas con cabuya lo acompañaban en sus recorridos diarios. Desafiando el ardiente sol, amarrado un pañuelo a su cabeza, optimista y bien desayunado, salía a visitar sus clientes. Característico en él era hacer un inventario diario para luego salir a surtirse al centro y estar presto para emprender la jornada siguiente. Previsivo, le recomendaba a su hijo: “No es que me vaya a pasar algo, pero aquí está la lista de los clientes que me deben”. Una mañana, parado a una cuadra de uno de sus clientes, le dijo al niño: “Vea mijo, vaya a esa tienda de la esquina y dígale al tendero que su mamá necesita tres docenas de frascos de

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específico que sean así (mostrándole su dedo anular) de este tamaño, él le va a ofrecer de unos grandes que tiene, pero usted le dice que no, que su mamá necesita es del tamaño que le pide, y luego va y se esconde detrás de esa piedra grande que ve allá abajo en la otra esquina”. Y así lo hizo el pequeño. Pasado un tiempo prudencial, el cacharrero llegó hasta la mencionada tienda, mientras el niño observaba desde lejos la escena de la perfecta jugada de ajedrez. Conforme a lo esperado y como por arte de magia apareció el “inocente”, al cual el tendero, con ansiedad, casi no deja llegar diciéndole: “Vea don Gonzalo, se acabó de ir un niño que preguntaba por específico de este tamaño y no quiso llevar el grande que yo tenía… ¡mejor dicho, véndame doce docenas (144 unidades) que él quedó de volver y me dijo necesitarían muchos frascos para desinfectar la casa!”. Conteniendo la alegría pidió una botella de leche con cuatro cucas, embutiéndoselas para no reír por la “perrada”, como se decía en esos tiempos, y asomándose por la puerta de la tienda en dirección a donde se encontraba escondido el chico, hacía sigilosas señas de victoria. Mirándolo desde lejos, el niño presintió que la idea de su padre y el cierre de aquella venta habían sido todo un éxito. Yo soy ese pequeño, heredé la profesión de mi papá y he vendido desde extinguidores de incendios, baterías, cursos de idiomas, intangibles, lotes de cementerio, rifas, ropa industrial, ropita para bebé, desodorantes para neveras, hasta forraje o pasto para ganado. En la actualidad, ofrezco aceite de mano de res y gelatina de Andalucía en diferentes tamaños, y sobra decir que no he sido ajeno a las estrategias de ventas usadas por mi maestro cacharrero.

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Cuántos son Marcos, un compañero de trabajo, se enredó con una mujer de “baja conducta”, quien, para colmo de males, se dejó embarazar. Claudia era su nombre y estaba para salir en los últimos días de diciembre. Con otro compañero, resolvimos celebrar el día de los inocentes haciéndole una pequeña pilatuna a Marcos. Llegado el día 28, una señora llamó por teléfono al futuro padre para para avisarle que Claudia estaba con contracciones. Cuando Marcos preguntó por su mujer, la señora de la llamada dijo no conocerla; según ella, sólo estaba haciendo un favor. Entre tanto, el hermano de Claudia iba de afán a llamar a la partera. Serían las diez de la mañana cuando Marcos, sensiblemente preocupado, llamó a su hermano para que fuese a ayudar a Claudia. Así lo hizo, y mucho rato después le devolvió la llamada para felicitarlo porque era papá de un niño. El bebé y la madre se encontraban en excelentes condiciones. Le estaba mintiendo, porque creyó que su hermano, el nuevo padre, le quería hacer el 28 y resolvió pagarle con la misma moneda. A la una de la tarde volvió a llamar la señora, que en la mañana le había anunciado la llegada de una linda niña. El hombre sobresaltado dijo: “no puede ser, mi hermano hace un rato me avisó que Claudia había tenido un niño, no me mienta señora”. Entonces, la señora le contestó: “sí señor, es cierto, lo que pasa es que en un segundo parto tuvo la niña. Así que usted, aunque no lo crea, es padre de mellizos”.

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¡Qué tremendo porrazo tendría que afrontar este pobre hombre!, que por nada del mundo hubiese querido estar en esa situación, con un embarazo indeseado, sin plata y por la forma

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en que Claudia llegó a su vida, haciéndole perder no sólo su matrimonio sino que ahora de repeso con parto doble. Cuando fue a comentarle a sus compañeros de trabajo su calamidad, ellos, en actitud graciosa, le felicitaban y le decían huevo de dos yemas, prodigio a los cincuenta años, que el pago de la partera era doble y la leche y los pañales también. Caminando como sonámbulo se dirigió a la oficina a solicitar un permiso para salir. Lo atendió el pagador, que ya estaba sobre aviso para que ayudase en la trama. A la pregunta sobre el permiso, le contestaron: “no, porque estamos en horario de feria y además es sábado”. Todos los jefes se fueron a las doce. El presunto padre preguntó si la empresa le pagaría auxilio por maternidad. Le contestaron: “si usted tiene a la madre registrada como su esposa, el auxilio es por cada hijo, de lo contrario la respuesta es no”. Averiguó, entonces, si era posible un préstamo pero la respuesta fue igual, negativa. Pensó: “¿Qué hago sin plata, sin derecho a un préstamo y sin quién me conceda un permiso? Esa mujer me dañó la vida”. Bastante desesperado regresó a su sección a esperar la hora de salida, que era a las 3:00p.m. Los compañeros, muy acuciosos, le presentaron una larga lista de nombres para las criaturas mientras trataban de convencerlo de que ese magno suceso era digno de una celebración, para lo cual estaban dispuestos a acompañarlo. El nuevo padre se negó porque quería llegar pronto a la casa. Al llegar, subió las escaleras al segundo piso, al fondo a la izquierda estaba de espaldas Claudia fregando algo en el lavadero. Con marcada preocupación en la voz, Marcos le preguntó: “¿Qué estás haciendo allí? Y ella dijo: “No ves ‘so estúpido’ que estoy lavando…como tengo un marido ‘amarrete’, me toca hacerlo a mí”. Cabizbajo, fue a la alcoba a buscar a los niños y al encontrarlos

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se devolvió hasta donde Claudia a preguntar por ellos. Ella, que continuaba lavando, estalló en cólera diciendo: “Increíble, sos cada vez más bruto y más ciego, ¿o es que no se me nota la barriga? ¡Feliz día de los inocentes!”.

Bus esquivado Estaba con mi esposa en tierras santandereanas. Salimos de su cuna natal, Oiba, a las cinco de la mañana para trasladarnos a Bucaramanga. Al poco tiempo pasó un bus que nos recogió. Sólo cuatro personas iban dormidas en el bus. En buen rato, uno de los pasajeros comenzó a despertar, y al ver las montañas por una ventanilla, el susto que pasó se le notaba en la cara. Movía la cabeza de lado a lado como si estuviera mirando un partido de tenis. Creo que no le quedó una sola lombriz viva. Preguntó: -Señor, ¿qué es esto aquí, dónde estamos? -Estamos llegando al Socorro. ¿Usted para dónde viaja? -¿Dónde, cómo? Cada vez más asustado y temblando, dijo: -No señor, yo iba para mi casa en Bogotá. Me estaba tomando unas cervezas con unos amigos y salí, cuando pasó este bus me subí porque se me pareció a los que pasan por mi casa. ¡Motorista, pare que me bajo aquí! Le explicamos al conductor que el señor tenía que regresar a Bogotá porque se había equivocado de bus; entonces, se le aconsejó llegar al Socorro para que fuese más fácil el regreso. Mientras llegábamos, nos fue contando que tenía que entrar a trabajar a las siete de la mañana, que posiblemente tendría problemas por eso, pues tenía ya dos llamados de atención por faltar al trabajo.

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Se requisaba los bolsillos contando el dinero que tenía y preguntando cuánto costaría el pasaje. El motorista le explico: “Salí de Bogotá a la una de la mañana y son las seis. Estoy trayendo El Espectador y El Tiempo para los pueblos de Santander. Le cobro solamente la dormida y le rebajo el pasaje. Págueme la mitad, ¿le alcanza para el regreso?”. Pero el hom-

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bre seguía con cara de terror mientras nos decía: “es que mi mujer es una fiera, cómo le explico que no amanecí en la casa, que no fui a trabajar y que llego sin sueño y sin cinco pesos… me corta la cabeza y algo más”. Me hubiese gustado ver por un huequito cómo sería ese recibimiento.

Casi me caigo Aproximadamente en el año 1950, un hombre se voló la cabeza con un taco de dinamita que se había colocado en la boca mientras estaba en el descanso entre el primer y el segundo piso del Palacio Nacional de Cali. Muchos años después, todavía quedaban manchas en el lugar donde habían quedado pegado los sesos del infortunado, a pesar de las varias capas de pintura que se habían aplicado. Los vigilantes del edificio comentaban que eran varias las impertinencias de los espantos, pero, en especial, aquella en la que se aparecía el descabezado. En el primer piso quedaba una oficina de telégrafos en la cual trabajé años después. Una noche de turno, como a eso de las ocho, me tocó subir las escaleras hasta el cuarto piso donde quedaba la telegrafía, para llevar los mensajes recibidos y traer los que habían llegado. Debía hacerlo así porque el ducto por el que se trasportaban se había obstruido en vista del elevado tráfico (estábamos en víspera de la fiesta de la madre). Mientras subía, piso por piso, pensaba en los espantos que por allí rondaban. Al llegar justo al primer descanso se fue la luz. No podía moverme, quedé como petrificado. Me agarré al grueso pasamanos y cerré los ojos, no quería verme de frente con el horripilante descabezado, que al parecer ya empezaba a sentir junto a mí. Me invadió un frío penetrante, me temblaban las piernas, creía que no podía caer y recordaba los comentarios de los vigilantes. Mucho rato después, entreabrí un ojo y con ello me di cuenta de que la luz había regresado. El descabezado no estaba. Aflojé el cuerpo, respiré profundo, me relajé un poco y di gracias a Dios por haber salido bien librado de esta tenebrosa situación.

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Tenía la camisa empapada, pues había sudado profusamente, y los pantalones también estaban mojados de sudor, o ¿sería que el susto me oriné?

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Anoche soñé contigo Ya han pasado más de treinta y cinco años, y aún me viene el recuerdo de cuando conocí a Mónica Parra, con quien compartí muchos momentos placenteros. La chica me agradaba mucho, de pronto ella esperaba algo más de mí, en muchas ocasiones en forma muy sutil advertí sus señales. Pero existía un gran impedimento: su vida sibarita y su círculo de amigos de farra, sobre todo un tal William, al cual detestaba, y al parecer el sentimiento era recíproco. Por otra parte, a su señor padre yo no le caía muy bien, los motivos los supe después.

Fabio León Figueroa

Si me decidía a formalizar con ella, obligadamente tenía que enfrentar estas dificultades. Coincidíamos en el gusto por el cine y los sábados por la tarde eran sagrados. Casi siempre íbamos a programas dobles en el Teatro Alameda, comprábamos un buen mecato o a la salida la invitaba a comer. Uno de esos sábados, Mónica había salido muy impresionada por la película “Zombi I”, un filme de terror. Mi antebrazo derecho salió bastante damnificado al terminar la película. Camino a su casa, me comentó bastante molesta: -Cómo te parece que el martes tengo que acompañar a mi papá al cementerio, van a retirar los restos de la abuela y le tengo pánico a esos sitios, no consiste en mí, pero esos lugares me dan pavor. -Pues saca alguna disculpa, di que tienes gripa, te untas “Vaporub” en los ojos y listo. -¡Ah! pero me da como sentimiento no acompañar a mi papi. -Bueno, allá tú, ya te di la fórmula para evitar ese compromiso. -¿Por qué no nos acompañas? Estaré eternamente agradecida. -No… ni muerto, bueno, aclaro, muerto sí…pero cuando me toque, de resto si tú le tienes pánico, yo, por el sólo hecho de escuchar esa palabra, se me mojan los calzoncillos. Además, a

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eso únicamente asiste la familia y a tu papá yo no le agrado mucho. Mi amiga no insistió y la acompañé hasta su casa. Al abrir la puerta, sus amigos ya se encontraban allí y entre ellos el tan odiado William. Mónica me invitó a seguir, pero yo era renuente debido a la fastidiosa presencia de su amigo. -¿Quieres tomar algo? - me preguntó ella muy solícita. -Está bien ¿tienes jugo o gaseosa? -¡Espera miro en la nevera! Hay sorbete de mora con leche. -¡Ese me parece bien! -Ay, pero eso es bebida de señoritas -profirió maliciosamente William. Los presentes soltaron a reírse con vehemencia. Sentí que la soberbia me invadía pero me contuve. Al rato salió don Alejandro, el padre de Mónica, quien me saludó entre dientes. William siguió con algunas puyas muy sutiles. La cólera en mí ya había alcanzado dimensiones colosales, estaba a punto de desbordarse. Decidí mejor despedirme y evitar una confrontación. - De manera que se va la señorita—expresó William con actitud provocadora. Todos volvieron a reír, incluido don Alejandro. En ese momento, la ira me encegueció y me devolví de la puerta. -¿Qué es lo que te pasa, maricón de mierda? no eres sino pura lengua, ¡como hombre dudo que respondas, malnacido! — le grité. William palideció.

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Me fui contra él y le descargué un golpe en la cara y otro en el abdomen, rematándolo con un puntapié en los testículos. Él cayó al suelo con la cara ensangrentada, nuevamente le propiné otras dos patadas en la espalda, William gemía de dolor. Dos de sus amigos intervinieron, a quienes también los alcancé a golpear. Don Alejandro se interpuso.

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-¡Es que no sabes respetar una casa decente! Lárguese de inmediato y por acá no vuelva nunca, atorrante— vociferó bastante descompuesto, y añadió—le prohíbo que vuelva a tratar a mi hija; y tú, Mónica, olvídate de este gañán. Salí de inmediato y, cuando ganaba la esquina, Mónica me alcanzó. -Francisco, Francisco, qué pena, yo estoy contigo, William es un atrevido y bien merecida tiene la paliza que le has dado. No quiero que por esto nuestra amistad se dañe, mi papá tiene la culpa, él debió de haberte hecho respetar pero no lo hizo, de ahora en adelante yo te llamo. -Pierde cuidado, yo te quiero mucho, eres mi mejor amiga. Llegué muy cansado, ese día había entrenado esgrima hasta mediodía, apenas había tiempo para bañarme, almorzar y recoger a mi amiga para ir a cine. Ni siquiera vi televisión y el sueño me envolvió en su invisible manto. Sonó el teléfono, era Mónica. -Francisco, mi papá va para tu casa y va a formar tremendo alboroto, traté de detenerlo pero fue imposible. Me quedé helado, claro, don Alejandro conocía mi casa, hacía dos meses había venido a recoger a su hija, el día de la celebración de mi cumpleaños. -¿Qué pasa? preguntó mi papá. -No...nada, es que tuve… En eso tocaron a la puerta y pensé: ¡ahora sí se formó Troya! Mi madre abrió y casi atropellándola entró don Alejandro. -Antonio, si quiera te encuentro, tu hijo es un irrespetuoso, pero qué más podía pedirse siendo hijo de un canalla como tú. Mi papá, que leía una revista, le miró impasible por encima de sus anteojos y dejó que el alterado padre de Mónica continuara con sus ofensas y reclamos. Tranquilamente se levantó de la silla. -¡Mira, Alejandro, no te permito que en mi casa vengas a ofen-

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derme a mí y a Francisco, te pido por las buenas que salgas por esa puerta! -¿Ah, me estás amenazando? Ya no te tengo miedo, ¡ven, pégame! -Recuerda, Alejandro, cuando éramos jóvenes en dos ocasiones te reventé la boca por meterte conmigo. -Estuviste de buenas, siempre te odié por ser tramposo. -¿Tramposo yo…en qué? -Jugando me quitaste mis canicas, así como a Susana, mi novia, tú te entrometiste. -Lo de las canicas bien sabes que era una apuesta y perdiste. Lo de Susana, ella fue quien me buscó. -Cuando supe que Francisco era tu hijo se me revolvieron las vísceras. Ahora sí entendía la razón del fastidio de don Alejandro hacia mí. Mi padre era de proceder sereno, pero según referencia de sus hermanos y amigos, tenía una mano demoledora, muchos besaron el suelo a causa de sus golpes. El papá de Mónica salió de casa y desde afuera seguía injuriándonos. Me percaté cómo la expresión de mi padre se iba transfigurando; en un instante, no aguantó más y salió a la calle en donde don Alejandro se plantaba en actitud desafiante. Mi madre trató de disuadirlo, pero fue inútil. -Antonio, ¡déjalo que vocifere todo lo que quiera!

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Los insultos proseguían e iban adquiriendo un tono extremadamente vulgar. Los dos se plantaron uno frente al otro. Mi papá estaba algo gordo, en cambio don Alejandro lucía delgado. El padre de Mónica se abalanzó lanzando varios golpes. Mi padre los esquivó ágilmente, a pesar de sus kilos de más y, cuando vio el momento oportuno, le conectó un tremendo derechazo a la mandíbula. Don Alejandro se fue al piso cayendo como un fardo. De inmediato, mi madre y yo nos acercamos, estaba pálido como un papel. Al rato unos vecinos trajeron alcohol y agua, y le juagaron el rostro, además de propinarle unas leves palmaditas hasta que recobró el conocimiento. Estuvo por lo menos cinco minutos inconsciente.

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Cuando reaccionó, trató de incorporarse pero le fue imposible, tuvo que ser sostenido por dos de nuestros vecinos. Llamé a Mónica y le informé de todo lo sucedido. Al rato llegó ella con dos de sus amigos y doña Graciela, su madre. Después de todo este acaloramiento, doña Graciela nos pidió excusas, para luego dirigirse a su esposo. -¡Vámonos, Alejandro! ya has importunado bastante a esta familia por el día de hoy— sujetándolo fuertemente por un brazo. Don Alejandro no musitaba palabra alguna. -El trasfondo de todo es esa vieja rencilla entre nuestros padres, te reitero, yo quiero seguir siendo tu amiga, allá ellos con sus problemas, nosotros no tenemos por qué cargar con sus odios y culpas —señaló Mónica, con evidente vergüenza. -Yo pienso lo mismo, mi sentimiento por ti permanece igual. Te quiero como amiga y me gustas como mujer. Mónica se sonrojó. No sé cómo se me salió decirle eso. Ninguno de los dos reaccionaba. Quedamos en silencio, el cual se rompió por la voz de Don Alejandro. -¡Mónica, nos vamos ya! Ella me abrazó y su rostro adquirió una expresión distinta. Alcancé a reparar una fulminante mirada de su padre hacia mí, con odio profundo. El asunto terminó y los Parra se fueron. Por parte de mis padres no hubo comentarios posteriores. Después de tomar un café con pan me retiré a mi habitación, no podía conciliar el sueño. Ya de madrugada por fin me quedé dormido. En el sueño me vi al frente de la casa de Mónica, quien salió presurosa. -¡Ah! Francisco, casi no llegas y tenemos que ir hasta el cementerio, no vamos a sacar los restos de la abuela pero sí le llevaré flores. -¿Y tu papá no va a ir? -No, amaneció con gripa. Abordamos un taxi. La ciudad era diferente, inclusive la misma Mónica, se veía un tanto mayor.

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-¡Señor, al cementerio central, por favor! El vehículo se desplazaba a gran velocidad. -¡Los dejo cerca al cementerio! —vociferó el taxista. -¿Y eso por qué? -interpeló Mónica. -En esa zona hay una plaga de pájaros que atacan a la gente y de verdad me da miedo acercarme a ese lugar. -Le pago el doble de lo que marque la carrera, pero, por favor, llévenos. -Qué pena con usted, sumercé, pero no quiero terminar picoteado por esos animales, son muy fieros. -Dejemos esto para otro día—le insinué a mi amiga. -De ninguna manera, si te da temor, iré yo sola, pero le llevo las flores a la abuela. El automóvil detuvo su marcha. -Hasta aquí los traigo—expresó el conductor. Nos bajamos. La gente corría de un lado para otro. En efecto, unas aves parecidas a los cuervos se ensañaban contra los transeúntes. Me armé de un palo. Se nos vinieron tres pajarracos, Mónica lanzó un desgarrador grito. Apenas estuvieron cerca arremetí vigorosamente contra los avechuchos, que cayeron destrozados por los golpes propinados.

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Alcanzamos la puerta de rejas del cementerio, pero se encontraba cerrada. Mónica golpeó con insistencia y al rato apareció un hombre medio regordete de rostro rojizo. -¡Ya casi me voy! Cierro a las 6:00p.m, con esto de los pájaros creí que nadie vendría, tienen veinte minutos. El camposanto era bien extraño, los ataúdes no se encontraban en nichos o túmulos, se hallaban en unas grandes estanterías. Comencé a percibir el hediondo olor a carne descompuesta. Emprendimos la marcha a paso ligero por el corredor principal. -¿Queda muy lejos donde está tu abuela?-pregunté. -Ya casi llegamos-respondió ella, malhumorada. La cantidad de féretros daba un aspecto dantesco. Un escalofrió comenzó a recorrer cada centímetro de mi anatomía.

Caminábamos rápido. -Ya faltan diez para las seis—le advertí a mi amiga. -Es allí. Mónica depositó el manojo de flores encima de un cofre mortuorio. De inmediato, iniciamos el regreso, insté a Mónica a correr, nos separaban escasos cinco minutos de las seis. Nos separaban veinte metros de la puerta cuando se percibió en el ambiente un extraño ruido. Nos detuvimos momentáneamente y observamos una escena espeluznante: los ataúdes se estaban abriendo y de su interior surgían los cuerpos semidescompuestos de cientos de cadáveres. La pestilencia se hizo más aguda. Me invadió el pánico, esto no era posible “muertos que se levantan”, Mónica se puso pálida. -¡Mierda, como en la película!—balbuceó Mónica aterrada -Sí, pero no estamos en cine, esto es real ¡corramos!— le grité tomándola fuerte de la mano. Nos dimos a la fuga. Los cadáveres se aproximaban, emitían un extraño ruido. En la huida Mónica resbaló, el tacón de uno de los zapatos se le despegó. Ella optó por quitárselos y continuamos nuestra carrera hacia la puerta, ya faltaba muy poco cuando un grupo de muertos vivientes nos cortó el paso. Sentí innumerables frías y viscosas manos que me atrapaban. Con mucho esfuerzo luchaba por desprenderme de estos horrendos seres; como pude, me les zafé y logré rescatar a Mónica, quien se encontraba sumergida en medio de innumerables manos putrefactas que la aferraban, mientras gritaba presa de pavor y desesperación. Nos retiramos hacia un espacio que todavía no había sido copado por las repulsivas criaturas. Miré a nuestro alrededor, estábamos rodeados, imposible escapar. Poco a poco se nos fueron acercando con sus rostros descarnados de piel grisácea, abriendo sus horripilantes bocas y tendiendo sus huesudas manos. Mónica me abrazó fuertemente. Ellos emitieron

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un aterrador grito y se lanzaron contra nosotros. En ese preciso instante una bandada de pájaros acometió a los cadáveres que inútilmente trataban de quitárselos de encima. Nos quedamos inmóviles. Presenciamos cómo las aves con sus robustos picos arrancaban las putrefactas carnes a los insepultos, quienes doblegados por el feroz ataque de los alados corrían torpemente en todas direcciones en medio de espantosos alaridos. -Esto no es real, debe ser un sueño, tratemos de despertar o de escapar-le manifesté con voz ahogada —Toma mi mano y saltemos por encima de la puerta. -Está muy alta -replicó Mónica. En eso, uno de los cadáveres nos salió al paso. -¡No te la llevarás, Mónica es para mí!-exclamó uno de los horripilantes seres con voz cavernosa. Era William, quien se acercaba amenazador. Lo recibí con un puñetazo en el rostro, su mandíbula se desencajó cayendo al suelo. Le acomodé otro golpe y el resto de su cráneo se desprendió totalmente. -¡Vámonos ya!-le grité a Mónica-¡saltemos, intentémoslo, nada perdemos!

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Agarré fuertemente la mano de Mónica, dimos dos o tres pasos y nos impulsamos. Para nuestra sorpresa estábamos al otro lado de la puerta. Los cadáveres se agolpaban entre los barrotes y alargaban sus descarnadas manos intentando aprehendernos; entre tanto, las aves furiosamente volvieron a acosarles. Me desperté casi al borde del colapso. ¡Uy, qué pesadilla tan verraca!, pensé. Fui a la nevera, bebí agua y me acosté nuevamente. Al otro día muy temprano sonó el teléfono. -Hola Francisco, habla Mónica, figúrate que anoche soñé contigo. -Yo también… y te aseguro que no fue una cosa bonita.

Amparo Benavides


Amparo Benavides

Amparo Benavides

Nuevas tribus Últimamente me ocurren cosas extrañas. Un viernes, mis amigos llegaron al bar con sus novias. Yo llegué de último y solo. Detrás de mí entró una mujer bella, vestida de blanco; al pasar, me miró. Vi tristeza en su mirada. Me sentí intimidado, ya había vivido esa situación, un dèjá vú. Alentado por los muchachos, me acerqué a la barra, ella aceptó una copa. Estaba muy pálida; efecto de las luces, pensé. Era idéntica a la mujer entallada en su camafeo de estilo antiguo, el cual pendía de una ancha cinta de seda. Eso llamó mi atención; herencia de la abuela, dijo. Escucharla y enamorarme fue un solo acto, aunque la desazón no me abandonaba. Nos vimos otras noches. Ella siempre de blanco o negro y con una cinta al cuello, en juego. Era reservada, casi hermética, lo que me desconcertaba, me producía incomodidad, pero también incrementaba mi curiosidad. Deduje que yo no estaba en sus planes pues no demostró interés cuando le mencioné mis proyectos: terminar la universidad, especializarme. Desámame, pidió entonces, y se evadió recitando a Byron con estudiada dicción; entretanto yo observaba su dentadura casi perfecta.

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También, otro viernes, celebramos el cumpleaños de uno de los muchachos. Bailamos toda la noche y ella en su habitual palidez inexpresiva. Esa noche la acompañé a su apartamento y me invitó a subir. Nos amamos, yo desnudo y ella vestía sólo la cinta. Intrigado, fingí dormir y esperé… esperé. Mientras dormía, desaté la cinta de seda y me obligué a reprimir un grito: tenía en el cuello dos marcas semejantes a mordeduras. Después, sentí horror: vi con agrandados ojos, ordenadas en parejas, las cuatro filosas y relucientes prótesis de alargamiento de sus colmillos, al abrir el camafeo.

Complicidad Alberto se levantó antes de que saliera el sol. Tenía trabajo, ocasional, pero con más ingresos que los anteriores. Hizo la rutina: repeticiones con bajo peso para definir músculos. Era delgado y marcado. Vivía con su madre, en la casa de inquilinato, desde hacía tres años cuando falleció su alcoholizado padre. En ese entonces abandonó la escuela, el décimo grado que por tercera vez cursaba. Trabajó de cobrador y mensajero. Cuatro meses llevaba en el trabajo. Una voz al teléfono daba instrucciones y detalles precisos; él las seguía, nada indagaba. Le concertaron la primera cita del día, a las siete de la mañana, con el abogado Díaz-Granados, defensor de la mafia local, en su despacho del piso dieciocho en un viejo edificio del centro. Preparó durante ocho días la tarea, repasando en forma meticulosa cada detalle, haciéndolo mejor cada vez. No podía retrasarse. Esta tarea era la más importante de todas. Después del desayuno hizo su ritual: inclinado, con la rodilla derecha apoyada en el piso, se santiguó ante la imagen de la virgen alumbrada con la luz de la parafina en medio del celofán rojo. Al salir, su madre dijo «recuerda, al tercero». Él asintió con la cabeza. Ella lo bendijo. Con la puntualidad que le exigían, entró a las 6 y 45 de la mañana en el ascensor del viejo edificio del centro; enseguida entró el abogado y oprimió el botón del piso dieciocho. Se cerró el ascensor. Alberto abrió el portafolios sostenido en la pierna izquierda y removió una carpeta dentro de él. Cuando el ascensor subía dijo «buenos días, doctor». El abogado, sorprendido, giró la cabeza. Sólo alcanzó a ver un destello frente a su rostro, no escuchó el “bang”. Velozmente guardó la pequeña pistola, con el silenciador puesto, en el portafolios. Dejó el ascensor en el piso cinco y descendió por las amplias gradas de mármol. Salió por la puerta principal acariciando el nudo de la corbata y se alejó del edificio. Camino a casa hizo el balance: «3.800.000, taxis 36.000, renta de traje y portafolios 180.000. Me di el gustico, no al tercer

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botón de la camisa como el héroe del Fonseca. Severo boquete en la cara, de una».

La bibliófaga El joven profesor de Lenguas Modernas construyó poco a poco su biblioteca privada, considerada importante en el gremio. Constaba, entre otros, de una colección de autores clásicos, algunos adquiridos durante excursiones al viejo mundo. Organizó los ejemplares de forma meticulosa en una estantería de fino cedro. La biblioteca, estancia cálida, un tanto oscura, se convirtió en el hábitat de una pareja de polillas. Tenía la temperatura y el grado de humedad ideales para su desarrollo. Se instalaron en el estante superior, en la sección de Libros de Caballerías. Era un sitio predilecto pues el encuadernado oscuro cuenta con un alto contenido de gelatinas y almidones, generosos nutrientes para su dieta, suficiente para varias generaciones. En ese espacio se encontrarían cómodas y a salvo de María, encargada de la limpieza y cuyo brazo no alcanzaba la altura donde ellas se encuentran. Moverse a estantes inferiores podría ser peligroso, las haría polvo. Con el pasar de los días, una polilla inspecciona curiosa, con sus pequeños ojos ávidos hacia otro estante: Literatura Contemporánea China. Estos libros son menos voluminosos, de coloridas pastas y llaman poderosamente su atención. En particular uno, de pasta delgada y varias tonalidades de verde. ¿Cómo sería meterle el diente? Dubitativa, hace oídos sordos a las recomendaciones de sus congéneres. Dejando atrás su cómoda vida en el estante de Caballerías, se desplaza y llega horadando el verde biche, penetra en “Balzac y la joven costurera china”, de Dai Sijie. Se regodea con estas páginas, las considera un delicioso ejemplar. Con frenesí lo devora sintiéndose transformada como la Sastrecilla de la historia, había descubierto “un tesoro que no tiene precio”.

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El dedo índice del brazo derecho Juan, campesino, mayor, honrado, llega al Juzgado de Puerto León tras haber cabalgado por amplios trechos y largas horas, con la esperanza de notificarse de la resolución de su caso. Le habían robado quince cabezas de ganado y, tras haber descubierto al raponero, y con pruebas en mano, lo había denunciado.

Mercedes Ortiz

Saluda educadamente a la secretaria del Juzgado; ella, sin contestarle y sin mirarlo, le dice que debido a las elecciones de alcalde todos los asuntos están represados. Juan, sorprendido con la nueva disculpa, le cuenta que ha caminado varias horas para cumplir la cita que ella misma le había dado dos meses atrás. Insiste que su caso lleva tres años a la espera de un juicio, que lo han citado doce veces sin resultado alguno. La secretaria se levanta, extiende el brazo derecho y con el dedo índice le señala a Juan una montaña de documentos que están arrumados sobre una mesa. Luego se dirige a otra oficina y deja a Juan solo. Pasan los minutos y Juan siente que su sangre le calienta todo el cuerpo. Sale. Segundos después, regresa con un gran costal que llena con todos los documentos que encontró sobre la mesa del juzgado. Sale, se monta en el caballo y emprende camino a su pueblo. Dos días después Juan se ve cercado por veinte policías que le dicen que lo llevarán preso, que entregue los documentos que robó del juzgado y que prosiga con ellos.

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Mercedes Ortiz

Juan, sin inmutarse, estira su brazo derecho y con el Ă­ndice seĂąala hacia el fogĂłn donde se ve la marmita hirviendo y sobre las brasas unos cuantos trozos de papel calcinado.

Jair Nieto

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Jair Nieto

El incidente El choque sonó fuerte. Las lesiones fueron leves, pero el disgusto, el malgenio, los insultos fueron bastantes y variados. -Qué burro es usted manejando. -¿Yo? Será burro el que no hizo el pare. -Pero qué tal usted, manejando a la loca. -¡Loca serás vos, viejo marica! -¡Respéteme patán desgraciado, que yo no me gane el pase en un bingo! Aunque el problema fue pequeño, al igual que el daño a los carros, las groserías y maldiciones hicieron subir la temperatura, así que los golpes y ofensas entre los dos tipos no se hicieron esperar. Uno terminó con la cara hinchada y el otro con un ojo morado. Todo terminó cuando uno de los dos se subió al carro, lo prendió y salió a buena velocidad para la avenida. Logró salir por la Circunvalar y ganó la salida hacia otro pueblo, cuando por el retrovisor vio que su contendor lo seguía. Se puso nervioso, no quería más problemas. Paró el auto debajo de un árbol y se bajó con cartera lista para pagar y zanjar el problema. Hacía un calor tremendo, la carretera asfaltada daba la impresión de estar llena de agua, ilusión óptica. El otro carro paró, se orilló y se colocó bajo otro árbol a prudente distancia; enseguida, el conductor se bajó y aproximándose al otro lo increpó:

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-¿Qué creías? ¿que te ibas a volar? -No, no, no, para nada. Quiero pagarle el daño y disculparme con usted. -De malas papito, yo no arreglo por las buenas, ni con mi madre, y menos por dinero que a mí me sobra ¿sabe qué? le voy

Jair Nieto

a enseñar educación de la mejor manera: partiéndole el culo. -Hombre, tranquilícese, que no es para tanto. No había acabado de hablar y ya el otro le había dado un golpe en el estómago, que lo lanzó al piso y enseguida procedió a darle patadas. El que estaba en el suelo, asustado, logró agarrarlo del zapato y le hizo perder el equilibrio. El otro hombre cayó sobre una piedra, rompiéndose la cabeza y perdiendo el sentido. -Virgen Santa, maté a este pendejo ¿y ahora qué hago? Maldita suerte, me jodí. Se cogía la cabeza, hablaba solo, iba de un lado a otro. Hasta que pensó: -Ya sé, lo monto en el carro y le prendo candela, parecerá un accidente y nadie me va a relacionar con él. Así lo hizo: lo acomodó en el vehículo, le sacó gasolina al mismo, lo roció y le prendió fuego. Fue entonces cuando se percató de que lo había colocado en el asiento del pasajero y debía estar en el del conductor. Subió a cambiarlo de puesto, quitó el cinturón de seguridad y empezó a correrlo. Pero el muerto, que no lo estaba del todo, se despertó y empezaron a pelear dentro del carro, a punto de incendiarse. Se enredaron en la lucha, mientras un calor infernal los cobijaba. La desesperación no los dejaba pensar, y así seguían enzarzados en la lucha; estaban abrazados, cuando el motor y el tanque de gasolina estallaron. Los pocos vehículos que pasaban por la vía pararon y con extintores de mano trataron de apagar el incendio, pero era muy tarde y ambos murieron calcinados, al igual que el árbol que les brindó sombra. Llegaron las autoridades de Tránsito y Policía, tomaron fotos y medidas, y acordonaron el área. Estaban en eso cuando llego

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Jair Nieto

Jair Nieto

el CTI (Cuerpo Técnico de Investigación) y un capitán retirado de la Policía, que estaba al mando de ellas, de inmediato inició la investigación. Empezó examinando los carros y después concluyó de la siguiente manera: debido a que no hay testigos, todo debe hacerse con técnica investigativa en años de experiencia y debe ser así: 1. La situación de los carros debajo de los árboles para evitar el sol y evitar que los vieran, denota que fue adrede. 2. El incendio del vehículo sin causa aparente supone lo mismo. 3. Un carro retirado a distancia del otro, para que no sufriera daño. 4. Dos cadáveres masculinos, abrazados dentro del carro incendiado. Para el capitán del CTI, todo estaba claro y concluyó con esto el informe: La constante intolerancia en la ciudad, en el entorno familiar y los amigos, hace que se presenten estas situaciones: dos hombres homosexuales se suicidaron prendiendo fuego al vehículo y sellan su amor con un fuerte abrazo y un beso eterno.

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Sueños Anoche soñé soñé y soñaba Veía al Padre Dios Y a él adoraba Anoche soñé soñé con temor Creía que volvías reavivando el dolor Anoche soñé Bendita emoción Sentía a la Iglesia a mi alrededor Anoche soñé Soñé con amor Tenía a mi familia En mi corazón

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Jorge Sterling

El toro

Jorge Sterling

Cuando era pequeño Jugador escuchó varias veces que sería un excelente toro para lidiar y morir en la mejor plaza del mundo, pues los genes de su padre y de su madre daban plena garantía para ello. Mientras crecía, vio como se llevaron a su padre y a los toros mayores a la plaza, y oyó los posteriores comentarios sobre el nivel de su bravura y los lucimientos de los toreros a quienes se habían enfrentado. Cuando estuvo con el peso y la edad que el ritual ordenaba, los vaqueros armaron su cacería por aquellas montañas agrestes donde se había críado Jugador. Pero desde ese momento el miura dio muestras de que no se sometería a los protocolos, pues no corrió a esconderse en ningún recodo sino que se dejó enlazar sin oponer resistencia. El día de su lidia fue el primero en salir y ante los veinte mil taurófilos caminó tranquilo desde los toriles hasta el centro de la arena. Fueron los ayudantes y lo tentaron con muletas y capotes y él permaneció quieto. Llegó el picador y lo puyó, pasaron tres banderilleros y le clavaron dos pares cada uno. Como si no sintiera dolor, Jugador se mantuvo inmóvil. Los cuarenta mil ojos miraron, entonces, hacia la puerta de los toreros y ahí estaba. Elegante, con su brillante traje rojo y azul como indicando la pasión de la fiesta y la claridad que el cielo ofrecía para la faena. Le gritaron todos al unísono: “¡mátalo, As, mátalo!” As de Oros, el más admirado torero del mundo, tomó la espalda y salió. Despacio y ceremonioso. Ofreció el inminente sacrificio a la hija del mandatario, avanzó y se detuvo a los dos metros del animal. Levantó la espalda, cerró el ojo izquierdo y en la punta de acero puso el ojo derecho mientras pensaba en el corazón de la bestia; levantó los talones, inclinó el cuerpo hacia delante y se abalanzó con todo su peso y fuerza sobre el lomo de su contrincante. Jugador hizo un movimiento inesperado y gol-

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Jorge Sterling

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peo la mano de su enemigo. El viento llevó el arma por todos los tendidos, pasando muy cerca de las cabezas de los espectadores, regresó al centro del redondel y se clavó al pie del asustado matador. Jugador aprovechó el desconcierto de As de Oros y de un cabezazo en la espalda lo levantó con tal fuerza que lo sacó de la plaza. Luego regresó a su corral con la misma naturalidad con que había ingresado al moderno coliseo. Con aire interrogativo cada uno de los asistentes miró a quienes tenía a sus lados. Nadie tuvo respuesta. Entonces, como movidos por una señal y en absoluto silencio, los veinte mil espectadores abandonaron la plaza.

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La última batalla Ninguno de los niños de la escuela de la vereda tenía pecados. Ni siquiera conocían una definición clara sobre esa palabra. El profesor les estaba enseñando algunos ejemplos para que se los dijeran al sacerdote en la confesión pues quince días después harían la primera comunión. De pronto, aparecieron por delante los guerrilleros y por detrás los soldados. Los dos comandantes acordaron que quien matara al primero ganaría la batalla y se quedaría con el territorio. Al oír la apuesta, los escolares buscaron refugio debajo de la mesa. Mónica y Duván se habían retrasado y cuando llegaron a la puerta no tuvieron tiempo para buscar un sitio para protegerse. Las dos ráfagas que entraron, una por delante y otra por detrás, los destrozaron. Al ver la escena los dos comandantes gritaron en coro: “¡Empatamos, mañana haremos otra batalla!” Y cada grupo partió hacia su campamento. En la madrugada, mientras los pelotones dormían, Mónica y Duvan, que habían llegado al cielo sin conocer los pecados y sin necesidad de confesarse y hacer la primera comunión, bajaron hasta los campamentos y, aliados con centenares de pájaros de todos los colores, agarraron las armas, en una algarabía de gorjeos volaron mar adentro y arrojaron en lo más profundo los artefactos de la muerte. Así, la otra batalla nunca pudo realizarse.

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Jorge Sterling

Amantes perfectos Comunicación plena fue la que tuve con Mandarina hace quince días. Desde hace diez años, cuando nos enamoramos, me había limitado a desvestirla afanosamente, a succionarle los senos con rudeza, a tirar su ropa y a devorarla a la carrera. Nada más. Pero hace dos semanas Mandarina me dio una gran lección sobre cómo debe ser el ritual del amor. Se me presentó vestida de un verde bosque, de amarrillo y de varios tonos de zapote. Se me acercó lentamente y, antes de estar a mi alcance, posó: de frente, de espaldas, de perfil, sentada, de pie y acostada. Así, vestida, adiviné la armonía y la belleza de sus líneas ocultas. Luego, sin permitirme ninguna acción, llegó hasta mi rostro y me hizo oler los aromas de su cabello, de sus labios, de su cuello, de su cintura y de su cueva sagrada. Motivado y empezando a entender el juego, le quité una por una cada prenda y, ante la perfección de su figura, acaricié cada centímetro de su piel. La escena fue tan intensa que también oí el susurro suave del viento que nació cuando ella desfiló y cuando su ropa estuvo en movimiento. Finalmente la penetré: introduje mi lengua, mis dientes y mis labios en lo más profundo de su ser y nos abrazamos con tanta entrega que no supimos cuánto tiempo pasó. Desde hace quince días Mandarina y yo nos convertimos en amantes perfectos.

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Martha Cecilia Lemos


Martha Cecilia Lemos

Amarillo pollito

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En Jamundí, Valle del Cauca, Colombia, quedaba la finca del “Ecuatoriano”. Ahí tenía criadero de perros de raza pastor alemán, de cerdos holandeses, de gallinas ponedoras y pollos de engorde. Había diferentes árboles frutales propios de la zona: guayabos, naranjos, mandarinos, toronjas blancas y rojas, aguacates, piñuelas y un gigantesco árbol de tamarindo. Se cultivaba, además, todo lo de pancoger: tomates, habichuelas, yuca, zanahorias, rábanos, lechugas, fresas, pimentones, bananos y plátanos. En la finca había sitios prohibidos para los niños. Las cercanías a los sitios del compost y a los pozos de agua o aljibes, por ejemplo, no tenían una barrera de protección y por tanto era peligroso jugar por esos lados. Un día, a la hora del algo o medias tardes, no apareció en el comedor el más pequeño de los hijos, Miguel Ángel, a quien llamaban cariñosamente “Mickey”. Sólo tenía dos añitos y era todo un querubín. “Sólo le faltan alitas”, decía la gente cuando lo veía; su cabello ensortijado era casi transparente de lo rubio, su piel blanca como porcelana y ojos azules como cielo de verano al mediodía. El pánico ocupó todas las cabezas presentes y rápidamente corrieron gritando su nombre: “¡Mickey, Miguel Ángel!” y no se escuchaba respuesta, sólo se oía: “¡Aquí no está. Acá tampoco!” Poco a poco se recorrió toda la finca buscándolo. Antes de que oscureciera, bajaron a los aljibes, miraron en pozos del compost, bajo las plantas de tomate, en los sembrados de fresas, y no aparecía. Ya en desesperación todos se preguntaban dónde más buscar. “Aparecerá cuando tenga hambre”, se aventuró a decir el que estaba encargado ese día de su cuidado. Caída la noche, sólo quedaba un sitio por revisar: al entrar al galpón de los pollitos recién salidos de la incubadora, llamó la atención del empleado que los animalitos no estaban bajo las lámparas encendi-

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das sino apilados en una esquina oscura. Inmediatamente, el empleado llamó a Don Carlos, y al acercarse al observar que ocurría, se dieron cuenta que el niño estaba profundamente dormido, lo arropaban más de doscientos pollitos.

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Bahía B1, Menga

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Estaba sentada, bajo una sombrilla azul hexagonal, saboreando el pan árabe con ajonjolí y hierbas aromáticas, acompañado con un delicioso café con leche que nada tenía para envidiarle a un capuchino. Observaba la diligente tarea que llevaba a cabo un hombre entrado en sus cuarenta años, quien en sus manos tenía una aguja de crochet hilo color caramelo y algo plástico, que desde donde estaba parecía un gran borrador. Me quité las gafas de lectura y pude encontrar razón y sentido a sus movimientos: estaba tejiendo una sandalia. Entre tanto, otros hombres, con su mismo uniforme, se dedicaban a charlar y hacerse bromas mientras esperaban su turno de trabajo, que consistía conducir un articulado azul del transporte masivo de Cali. El hombre ocupaba su tiempo en algo productivo. De pronto, interrumpió su labor, estiró sus brazos, observó la pantalla de un celular y cruzó sus brazos mientras paseaba la mirada por todo el lugar y estiraba las piernas. Descansó unos pocos segundos y continuó. Tenía ganas de saber ¿Quién le enseñó esa destreza? ¿Para quién lo hacía? Apretaba sus labios con los dientes cuando se le dificultaba pasar la aguja por algún hoyuelo. Debe ser muy tímido o temido, pues los otros hombres lo ignoraban, todos pasaban de largo y él ni se entera de sus actitudes ¿O tal vez están acostumbrados a esa rutina de aislamiento del hombre tejedor? Sus ojos en forma de almendra y un negro profundo, como la noche más oscura, denotaban una tremenda soledad, tan honda como lo oscuro de su mirada. Interrumpe, cuenta los puntos tejidos y retoma con renovado ímpetu el tejido, como si se tratara de un reto por lograr. Es difícil aguantar el deseo de ir a preguntarle todos esos interrogantes. Iré. Está oscureciendo, es una tarde fría como pocas en Cali. Voy a pasar preguntándole antes de abordar mi transporte a casa. Recojo mi mesa y deposito la basura en su

Martha Cecilia Lemos

lugar. Luego avanzo decidida hacia la mesa donde se encuentra el tejedor. Se llama Samuel Mejía. Le enseñó a tejer una monjita en el pueblo donde creció. En ese momento hacía la cuarta pasada de hilo a un quinto zapato, pues su maletín estaba ocupado de sus tejidos. De cerca pude comprobar que el hilo no era color beige, sino de tonos rosas difuminados, y con mucho orgullo puso sobre la mesa el contenido de su maletín: tres pares de zapatos en croché. Me sorprendió su amabilidad. Contestó todas mis preguntas. Me contó que tenía esposa y tenía tres hijos varones. También me dijo que cuando recién se casaron habían comenzado, juntos, un curso de tejido, pero ni ella, su esposa, ni sus compañeras lograban hacer sus tareas de tejido. Para sorpresa de su esposa Margarita, él le contó que sabía tejer y que le ayudaría con la tarea, pero que no renunciara por eso a su curso de costura. Así las cosas, desde hace diez años, además de ser conductor de autobuses, ha estado tejiendo zapatos y con ello ha pagado el estudio de su esposa y sus tres hijos.

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Daniel Olarte

Roberto, amigo

Daniel Olarte Reyes

El perfume de las cadmias inundaba las calles desde las horas vespertinas y nos regalaba aromas que yo conocía. Regresaba después de algunos años. Caminaba con descuido, mientras lo vi venir con buen paso sobre la misma acera; conservábamos una veterana amistad, sincera, aunque no nos frecuentábamos. Nos encontramos frente a frente. Él prestó servicio militar y así era su saludo, su lenguaje era muy gestual en el rostro y extremidades superiores. Sencillo, frentero, creativo -inventaba palabras y trovaba-, risueño, agradable. Luego de darnos la mano me contó: -Amigo, murió Rosalba. El Señor me la prestó por treinta años pero se la llevó -levantando el dedo índice y la mirada hacia el cielo-; ella le alegraba la vida a quienes la rodeaban -mientras movía en vaivén las manos con las palmas hacia abajo a la altura del pecho-, era sencilla, seria, amorosa y fiel - mientras esbozaba una agridulce sonrisa-. -No sabe cuánto pesar me ha acompañado -bajó la cabeza-, cada vez que entro a la casa encuentro el vacío inmenso que me dejó -levantó la cabeza-. Detuvo por un momento el comentario de sus pesares y sus nuevas carencias. Por mi mente pasó como un veloz meteoro el lejano recuerdo de su esposa. Un poco bonita, un poco agria. Decían que lo celaba como Juno a Júpiter, como una fiera, con unos celos recurrentes que daban para psiquiatra. Lo controlaba porque debía decirle lo que pensaba hacer con una actitud insegura de su aprobación, lo tenía dominado: ¡autoritaria! Él la percibía admirable. ¡Es que todos nos enamoramos de lo que suponemos! Bueno, le había quedado el patrimonio, los hijos ya educados y la sustitución pensional. Aproveché la pausa, detuve sus palabras levantando la palma de mi mano a la altura del hombro: -Roberto, ¿entonces, es mejor que se muera uno?

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Daniel Olarte

Daniel Olarte

Siguió mirándome… ahora, en el vacío… ¡cavilaba! Separó los talones adquiriendo con la piernas la posición de descanso y lentamente entre los dedos pulgar e índice de su mano derecha descansó la mandíbula inferior, levantó un poco la cara, alzó las cejas y envió la mirada al cielo, frunció el ceño; entonces se provocó una mejor sonrisa, me miro a los ojos y dijo espaciadamente: “Amigo, terminaremos esta conversación en otro momento. ¿De acuerdo?”. Nos reímos, veloz saludo militar con choque de talones, estrechamos las manos, un pequeño abrazo y cada uno continuó su camino. De pronto me detuve, di la vuelta y observé ahora sobre la acera su lento avanzar con la mano en la barbilla, la cabeza un poco baja. ¿Ahora, qué pensaría Roberto?

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La tragedia - Pinocho Colgado frente a una ventana el sol de la tarde decoloró y resecó mi pequeño cuerpo; esa mañana inesperadamente mi padre me tomo en sus manos y me dijo: -¡Hoy renacerás! Eso había sucedido varias veces, no me atraía el procedimiento porque la pintura y el disolvente me provocaban sueño intenso. Sí, a todos nos gusta lucir lindos y yo había nacido para divertir a la humanidad, pero quería gritarle: -Espera Gepeto, no lo hagas. ¡Oh! No habría prorroga, las brochas y las lijas estaban listas, además el sueño me invadía mientras él con su agudeza idónea de carpintero proyectaba con su imaginación mi futuro. Pero todo no siempre resulta como se espera y de pronto me vi en medio de un sepelio, todos me consolaban y me miraban con pesar. Sí, ya saben quién soy: ¡Pinocho! Y Gepeto estaba muerto. Estaba desolado, no conocía tíos ni primos. De la vida sólo conocía el oficio de ser malabarista y muy poco del mundo. ¿Quién cuidaría de mí ahora? ¿Podré ir a la escuela? ¿Cómo aprendería nuevos trucos? ¿Para quién viviría? Todos me mirarían como un muñeco. ¡Solo él me quería como a un niño! Desamparados decidimos con mi amigo alejarnos de ese sitio que para nosotros era muy doloroso, de pronto recordé mi anhelo por conocer el mar y lo dije en voz alta. -Entonces, vámonos para allá. -Dijo Pepe Grillo. En nuestras andanzas tuvimos muchas aventuras; un espantapájaros intentó engatusarme pero recuerden ustedes que ya lo había hecho una vez y nació la canción: “Hasta el viejo hospital de los muñecos llegó el pobre Pinocho malherido...”. Me gané la lotería, el circo y la ciudad de hierro se disputaban mis excelentes servicios, en el billar no solo les di gabelas sino que hasta dándoles carambolas les ganaba las partidas, y aunque las muñecas de trapo me picaban el ojo decidí seguir soltero.

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Daniel Olarte

Daniel Olarte

Cuando mi gran nariz percibió la salinidad del mar, conocimos el calor, las cucarachas, los zancudos, y hasta me cayó gorgojo en una pierna, entonces extrañé más aún a mi padre quien conocía todos los remedios para mi cuerpo de madera. Pernoctamos en parques, en bancas y alguna madrugada en la playa alguien intentó lanzarme a una fogata para recrear a unos turistas. Esto último me creó una sensación de persecución y hasta temía dormirme, pero anoche Morfeo me invadió y arrullado por el chirrear de Pepe descansé exhausto. Hoy, ya despierto veo que esta tragedia querido niño me sirvió para entretenerte. ¡Gepeto está vivo! Ya me pintó, luzco reluciente, como un arco iris en verano, y estamos aguzados con Pepe para nuevas aventuras, burlarnos de la vida y contar graciosas mentiras.

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Envidiada -¡Yo lo llamo! - afirmaba con solvencia porque amaba su libertad y con no mucha discreción la encubría. ¡Si la vieran! Inteligente, ejecutiva, elegantemente enfundada en trajes sastre elaborados a la medida, con caminado de mentón alto, los hombros atrás y un libro imaginario sobre la rubia cabellera. Su aroma de finas lociones y su presencia engalanaban todos los recintos y acaparaba todas las miradas lascivas. ¡La envidia de las mujeres! ¡Y la admiración de los varones! Majestuosa, inalcanzable, muchos embelesados competían asediándola. Esto lo disfrutaba pero secretamente tenía muy claro que siempre había sido la mejor en todo y que ella elegía con quien, cuando y donde. Con mutuo impulso químico imperativo no se hacía de rogar para una batalla carnal interminable de sexo recreativo; impulsiva, la adrenalina se transformaba en lujuria, impetuosa desafiaba tradiciones y no tenía límites ni restricciones en asuntos amatorios; en lecho de seda retozaba y compartía sensuales caricias, con los ojos entrecerrados ofrecía los turgentes pechos y al sentirlos aspirados percibía maravillas en sus bajas humedades; amaba cabalgar, jadeaba de puro placer y la sangre le hervía. ¡Eso era autentica vida!, y cuando el frenesí la envolvía, miraba a los ojos y decía con voz suave, firme, indeleble: -“Papi, ¡Ésto! ¡Ésto! ¡Es sin compromiso!” y perseverante continuaba infatigable. Al otro día se trataban de usted.

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Ricardo Erazo

Actividad criminal

Ricardo Julio Erazo

No se preocupe. Así mismo lo contactaré para entregarle el resto del dinero. Yo me encargaré, por mis propios medios, del cumplimiento de la orden. No acepto términos medios ni fallas. No me envíe ningún mensaje ni se le ocurra volver a ponerse en contacto conmigo. El sonido intermitente del aparato telefónico le indicó que la comunicación había terminado. El sicario quedó pensativo, quería conocer algo más de su futura víctima. Desde que se inició en su oficio, tenía por norma no matar jamás sin conocer a quien se debía liquidar. Era una cuestión de principios con la que siempre pretendía tranquilizar su miserable conciencia. Desde su niñez padecía un trastorno disociativo de la personalidad, agravado por el problema de la droga. A pesar de eso necesitaba encontrar fundamentos para asesinar a la víctima. Era, pues, imprescindible, acercarse a ella y justificar con razones por qué debería morir. Las indicaciones eran precisas. Pasó tres días investigándolo y vigilándolo, siempre a prudente distancia. Ya tenía algunas referencias sobre el peligroso barrio donde vivía: Potrero Grande, en el oriente de la capital del Valle. Un sector dividido en fronteras invisibles por la delincuencia juvenil. Las pandillas se habían apoderado de las calles, los muros y paredes llenos de grafitis invitaban a la violencia. Después de tres días, lo vio salir de su casa, ubicada en una solitaria esquina del barrio. Era una cuadra conformada por conjuntos de pequeñas casas de bloque en ladrillo, que a simple vista parecían incómodas. Se decidió abordarlo. -Perdone, ¿cómo llego hasta el Centro Cultural Somos Pacífico? -Queda lejos de aquí. Pero espéreme lo acompaño, voy en ese sentido. La voz de la víctima era agradable y amable su actitud.

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Ricardo Erazo

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Caminaron un largo rato en silencio, avanzaron por una calle polvorienta y calurosa pero muy concurrida. Niños y jóvenes sin camisa y con el rostro sudoroso jugaban y corrían por las calles. El sicario llevaba un bigote postizo, una gorra negra y unas gafas oscuras, para disimular. Pensaba cómo adentrarse en el misterio de aquella vida que en el futuro debería ser frustrada por su mano asesina. -Ya veo por su pregunta que usted no es de por aquí. El Centro Cultural es uno de los sitios más conocidos del barrio. La conversación se prolongó por varias horas. El sicario cada vez conocía más a fondo el recto carácter de su víctima. Su tarea se atrasaba involuntariamente al calor de la conversación. Álvaro le ofreció alojamiento, mientras el sicario que se había presentado como Flavio Gómez, debía terminar sus supuestas gestiones culturales, para viajar nuevamente a Santa Rosa de donde era originario. Al cabo de otros tres días, en los cuales brotó una afectiva relación de amistad, el falso Flavio no podía aún cumplir su compromiso. Su conciencia le impedía maniobrar el gatillo, a pesar de todas las oportunidades que se le habían presentado. Al quinto día de su relación, se encontraban departiendo en un cafetín del centro del barrio. Fue todo muy rápido. Penetró en el recinto un hombre con pasamontañas cubriéndole el rostro y se dirigió directo al sicario. Agentes oficiales encubiertos repelieron el ataque, llevando el enmascarado la peor parte. Flavio fue herido levemente mientras Álvaro fue atravesado por una bala en su espalda. Hoy, después de varios meses del atentado, Álvaro en una esquina del barrio Potrero Grande, montado en una silla de ruedas que adecuó a su gusto, conversa animadamente con “Flavio”. No le guarda rencor a pesar de saber que fue la víctima de los planes del sicario y que según las investigaciones, se convirtió a su vez en víctima de quien no perdonó la amistad surgida y el incumplimiento de la orden impartida, contraviniendo las normas, jamás escritas, que rigen esta actividad criminal.

Eduardo García Lemos


Eduardo García

Eduardo García

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Sensualidad

Ilusión

Al entrar, percibo el taconeo de tu caminar preciso, sensual, seductor. Tu aparición luminosa derrama en la noche la exquisita sonrisa, circunscrita en la aureola de tu imagen. En tu diestra, la botella refleja el elixir terrenal de encantadora poesía. Mi corazón transita abiertamente por mis sentidos, avivando en mí lo más grande y bello del deseo. Las cúpulas veraces de tus comisuras, en un beso de tu presencia y aroma, cuyo palpitar anhelo. Que tus besos abracen mis labios y nos sumerja en un sinrespirar, de sensaciones intocables y explosivas. Y el susurro curvilíneo de tusfrases en mi oído, no escatimen dimensión alguna.

Déjame volar, volar muy alto donde mis pensamientos atrapar yo pueda Déjame volar muy alto para sentir la libertad de vivir mis sentimientos. Déjame volar, volar muy alto donde la fuerza del amor lo pueda todo Déjame volar muy alto y yo tu sencillez respire Déjame volar, volar muy alto y habitar el silencio abrupto de tu corazón obtuso Déjame volar muy alto donde nada me detenga y pueda ver tu rostro siempre. Déjame volar, volar muy alto donde pueda ver brillar el firmamento Déjame volar tan alto Más allá del universo donde nadie nos alcance nuestras manos se entrelacen y tu mirada con la mía permanezca Déjame sentir mi corazón amarte.

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Encontrarnos...

Encontrarnos...

Encontrarnos… ¿quiénes somos? Los tiempos de la escritura son también los tiempos de las experiencias vitales. Los escritos consignados en esta antología responden a procesos personales de producción escrita que se han ido consolidando conforme se comprende también el propio ejercicio creativo, en ese sentido, vale la pena reconocer el valor de la presencia y el trabajo de todos los integrantes que pertenecen y han sido parte del Colectivo Soles y Lunas, incluso si sus escritos aún no están compilados en este documento. A todos, un agradecimiento especial por estar, accionar y hacer de la lectura y la escritura un recurso para la vida.

Mercedes Ortiz Jair Nieto Jorge Sterling Martha Cecilia Lemos Marulanda Daniel Olarte Reyes Ricardo Julio Erazo Ruiz Eduardo García Lemos Talleristas: Katherine Palacios Carolina Trujillo Jenny Alzate Nathalia Cárdenas Flórez

Integrantes del Colectivo Soles y Lunas:

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Inés Elvira Rivas Antonio Cifuentes Mera María Dunia Zapata Arias Ricardo Ordoñez Ortiz Amparo Peña Echavarría Luis Fernando Díaz Berkowitz Zulma Agudelo Jiménez Alba Giraldo Ramiro Montalvo Carmen Elisa Benavides Morales Carlos Álvarez León Fernando Pérez Zafra María Olga Pedraza Angulo, “La flor del Pacífico” Alina Rodríguez J. Jesús Adolfo Giraldo Alzate Nelson García P. Fabio León Figueroa Amparo Benavides

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Antología Soles y Lunas  

Como estrategia de sistematización de los diversos proyectos de promoción de lectura y escritura, la Red de Bibliotecas Públicas de Cali a t...

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