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Orar en el mundo obrero

17º Domingo T.O.

ORAR EN EL MUNDO OBRERO 17ª SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO (29 de julio del 2012)

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Lo que Jesús ha unido no lo separemos nosotros: la palabra del mensaje (evangelio) y la mesa o comida (economía de la fraternidad), para conseguir la comunicación universal de bienes. Palabra sin economía, pura ideología; pan sin evangelio, “caridad” clasista.

VER Cada día es más claro que las demandas de la democracia (que podemos resumir en demandas de mayor igualdad y justicia social para todos) son imposibles de atender ante las exigencias del “mercado” (exigencias que hoy podemos sintetizar en el desempleo estructural y la desregulación de las finanzas, y que mañana se traducirán indefectiblemente en otras injusticias). La democracia, que exige que “se priorice el trabajo sobre el capital” y que se regulen las finanzas para ponerlas al servicio de la “economía productiva”, ¿será capaz de romper la lógica de los “mercados”? Pero la democracia somos nosotros. ¿Estoy dispuesto a pagar en mí mismo el coste de la justicia social? ¿Estoy dispuesto a pagar en mí mismo el coste de no ser cómplice de las leyes del mercado que explotan al obrero? ¿De verdad? “El gobierno de Mariano Rajoy habla el mismo lenguaje que los mercados. La “libra de carne” que el presidente les entrega es otro trozo de nuestros derechos sociales. Los recortes de su gabinete suponen la renuncia explícita a la soberanía y a los compromisos sociales del Estado del Bienestar. Mariano Rajoy ha dejado claro de quién es el mandato por el que gobierna y al que obedece” (Miguel Sánz Loroño). En efecto, ¿puede haber soberanía de las personas allí donde el amo es el Capital? Y tú, ¿eres de verdad amo de tus acciones? Tus prácticas −no digo tus palabras− ¿son de verdad diferentes a las del gobierno? Nosotros los cristianos, ¿acaso no hemos hecho recorte tras recorte a las exigencias que Jesús nos plantea? No cesan de recordarnos los “deberes”.


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Pero estos famosos “deberes” suponen adoptar la visión de lo real que los mercados promueven. Éstos desean un gobierno capaz de hacer “atractiva” la inversión y pagar los intereses de la deuda, aunque ello comporte sudor y lágrimas para la gente trabajadora del país. Frente a los intereses de la deuda, los derechos de las personas son prescindibles. Pero frente al “deber” de plegarme al capital se alza el “deber” de afirmar los derechos inviolables de la clase trabajadora. ¿Estoy dispuesto a pagar en mí mismo el coste del compromiso solidario?

Miqueas hoy ¡Ay de los que planean recortes en los servicios esenciales y “dobles pagos” sobre las espaldas de los trabajadores! Los viernes presentan sus “Decretos Ley”, y el lunes, con “aguerrida” desfachatez, los imponen. Escuchadme, gobernantes de paja, peleles de Mamón: ¿No os toca a vosotros defender la justicia, e implantar el derecho de los pobres? ¡Qué sordos al clamor del pueblo! ¡Qué solícitos al poderoso capital! “Arrancáis la piel del cuerpo, la carne de los huesos, echáis la carne de mi pueblo a los mercados, esos perros, pero primero lo despellejáis, le rompéis los huesos, lo cortáis como carne para vuestros Déficits asquerosos. Escuchadme, gobernantes de paja, peleles de Mamón, “vosotros que detestáis la justicia y torcéis el derecho: machacando al obrero edificáis la nación, y odiando al inmigrante levantáis vuestro partido. No os faltan jueces a quienes sobornar, ni sacerdotes que os prediquen a sueldo, ni periodistas que os defiendan por dinero… No, vosotros no seguís la bienhechora voz del que “practica el derecho y sigue la justicia”; vosotros observáis los decretos y mandatos del ídolo dinero que está en el BCE, las prácticas carroñeras del FMI. Por eso, por vuestra culpa, la nación va a la ruina, y aquello que nadie desea, ha de imponerse.


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EVANGELIO (Mc 6, 35-44)

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«Y como se hacía muy tarde, los discípulos se acercaron a decirle: El lugar está despoblado y ya es muy tarde. Despídelos para que vayan a los campos y aldeas del entorno y se compren para comer. Y respondiéndoles les dijo: dadles vosotros de comer. Ellos les contestaron: ¿Cómo vamos a comprar nosotros pan por valor de doscientos denarios para darles de comer? Él les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Id a ver. Cuando lo averiguaron, le dijeron: Cinco panes y dos peces. Y les mandó que se reclinaran todos por grupos de comida sobre la hierba verde, y se sentaron en corros de cien y de cincuenta. Él tomó entonces los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los fue dando a los discípulos para que los distribuyeran. Y también repartió los dos peces para todos. Comieron todos hasta quedar saciados, y recogieron doce canastos llenos de trozos de pan y de lo que sobró del pescado. Los que comieron los panes eran cinco mil hombres». Pequeña explicación hecha para lápiz. La enseñanza de Jesús a las multitudes ha sido gratuita; los sermones, la catequesis, la formación militante… Pero darles de comer − es decir, tocar la dimensión económica de la vida−, ya es otra cosa, según los apóstoles: la comida material se debe pagar. Por eso, cada uno, después de haber oído la palabra, debe salir y comprarse su alimento en las aldeas vecinas. De esta forma todo queda como estaba: los que tienen dinero, comen; los que no tienen, se aguantan. ¿Praxis todavía actual en nuestras parroquias? Con las naturales excepciones, la fuerza de comunión universal ofrecida por Jesús queda así ignorada; los hombres siguen divididos en nivel de comida y bienes materiales, que cada uno ha de comprar conforme a su dinero. No piensa así Jesús. La misma doctrina que él ofrece a todos lo lleva a compartir el pan, y por eso dice a sus discípulos: “Dadles vosotros de comer”. Recordemos que los apóstoles no habían podido comer tranquilos por la presión de la muchedumbre (6,31), de manera que habían llevado consigo su propia comida a un lugar solitario. Ahora Jesús les dice que ofrezcan comida a los presentes. Muchos de nosotros sabemos ser hermanos con respecto a ideas que no cuestan, compañeros de teorías, pero al nivel de la comida, al nivel económico, nos hacemos grupo aparte, no sabemos, o no queremos, o no “podemos” unir la palabra y el pan compartido. Antes (6,6b-13) eran los discípulos del Cristo quienes iban sin provisiones, ofreciendo la palabra sanadora a los necesitados, para quedar así en sus manos, esperando que ellos respondieran abriéndoles la mesa del pan y la casa. Ahora son los otros, los de fuera, los que buscan a Jesús, como ovejas sin pastor, sin pan ni provisiones; han de ser los discípulos de Jesús (la Iglesia) los que deben invitarlos a la mesa. Sólo en este contexto se puede hablar de familia mesiánica: cuando se comparte el pan y la palabra. Conservando un fondo histórico (Jesús compartió su comida con las muchedumbres), esta escena ha sido reformulada en clave pascual y eucarística: la iglesia ofrece en la eucaristía la palabra y la comida de Jesús, comida que se convierte en sacramento del Reino, ¡pues en la eucaristía discípulos y la muchedumbre necesitada se hacen verdadera comunión social! Frente a las comidas de los “pequeños grupos” de los buenos cumplidores; frente a los banquetes selectivos de los puros (fariseos) o los poderosos (ricos), Jesús banquetea con la


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multitud de los necesitados, en espacio universal de comensalía, vinculada a la palabra escuchada y compartida. La eucaristía actual “normal” es para los bautizados y puros (es decir, confesados, separados de los malos); esta de Jesús es eucaristía universal, vinculando a todos en la única familia del pan y la palabra. ¿Cómo unir ambas eucaristías? Lo que Jesús ha unido no lo separemos nosotros: la palabra del mensaje (evangelio) y la mesa o comida (economía de la fraternidad), para conseguir la comunicación universal de bienes. Palabra sin economía, pura ideología; pan sin evangelio, “caridad” clasista. Este “banquete” de Jesús es de comida normal. Pan y pescado forman la dieta universal, son alimento cotidiano de la supervivencia gozosa y necesaria. Vino y carne son lujo costoso, comida de banquete festivo, ajena a la dieta del campo o de los pobres. Frente a esta comensalía ordinaria de panes y peces en campo abierto, se alza la eucaristía del pan y el vino en casa de iniciados del Reino. Sólo allí donde se empiezan compartiendo los panes y peces de la necesidad humana adquiere sentido la celebración sacral de la memoria de Jesús con pan y vino. No es alimento que se compra, y que separa a ricos de pobres, sino pan y pescado de la vida diaria, que se comparte, gratuitamente (6,36-37). Suele decirse que en el mundo faltan alimentos, que no existen bienes de consumo suficientes y se añade luego que resulta necesario el dinero. Esto implicaría que estamos condenados a la ley de la oferta y la demanda, del mercado, donde todo se negocia. Así piensan los discípulos: “¡Que compren quienes puedan”! Se desentienden de la multitud hambrienta, porque según ellos haría falta una gran cantidad de dinero (“unos doscientos denarios”). Los discípulos de Jesús habrían asumido así la lógica del capital y el salario, suponiendo que cada uno ha de arreglarse con lo suyo… Pero Jesús rompe este esquema, supera la ley del mercado (“comprar”) introduciendo en la Iglesia el principio de la donación y gratuidad activa (“dar”): “Dadles vosotros… ¿cuántos panes tenéis?”. Jesús une el culto y la comunicación económica. Es el nacimiento de la Iglesia y se supera el “templo como cueva de ladrones”. Los discípulos, ese grupo privilegiado en torno a Jesús, capaz de comprender las parábolas, tiene que ponerse al servicio de la muchedumbre, ofreciendo sus panes para todos y además sirviéndolos en torno a la mesa del pan y la palabra, creadora de comunidad universal. De esta forma, la multitud de los que buscan a Jesús y tienen hambre puede convertirse en verdadera Iglesia.


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TU EVANGELIO ES TERRIBLE (M. Quoist))

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Cristo, he oído predicar tu Evangelio a un sacerdote que vivía el Evangelio. Los pequeños, los pobres, quedaron entusiasmados; los grandes, los ricos, salieron escandalizados, y yo pensé que bastaría predicar sólo un poco el Evangelio para que muchos que frecuentan las iglesias se alejaran de ellas y para que los que no las conocen las llenaran. Yo pensé que era mala señal para un cristiano el ser apreciado por la “gente de bien”. Haría falta –creo yo− que nos señalaran con el dedo tratándonos de locos y revolucionarios. Haría falta –creo yo− que nos armasen líos, que firmasen denuncias contra nosotros, que intentaran quitarnos de en medio. Esta tarde, Señor, tengo miedo, tengo miedo porque sé que tu Evangelio es terrible: es fácil oírlo predicar, es todavía relativamente fácil no escandalizarse de él, pero vivirlo… vivirlo es bien difícil.

Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia. «Yo no soy dueña de mi vida, he decidido ofrecerla a una causa. Me pueden matar en cualquier momento pero que sea en una tarea donde yo sé que mi sangre no será algo vano sino que será un ejemplo más para los compañeros. El mundo en que vivo es tan criminal, tan sanguinario, que de un momento a otro me la quita. Por eso, como única alternativa, lo que me queda es la lucha […] Y yo sé y tengo confianza que el pueblo es el único capaz, las masas son las únicas capaces de transformar la sociedad. Y no es una teoría nada más» (p 270). Hubo una toma de conciencia: «Entonces nos poníamos a platicar y echábamos insultos a esos ricos que nos han hecho sufrir por muchos años y por mucho tiempo. En ese tiempo, yo empecé a hacer mi formación más política entre la comunidad» (p 143).

Empieza el momento ético que es el “punto de partida” radical de toda Ética de la Liberación: «Estaba confundida. Un cierto cambio sufrí

internamente. Para los demás, no era tan difícil comprender que aquí está la realidad y aquí está lo falso. A mí me costó un poco esto. ¿Qué quería decir explotación para mí? ¿Por qué nos rechazaban? ¿Por qué al indígena no lo aceptan? ¿Y por qué, antes, la tierra era nuestra? Eran nuestros antepasados los que vivían allí. ¿Y por qué los extranjeros no nos aceptan como indígenas? ¡Allí se ubica la discriminación!» (p 148).

Tras padecer “experiencias horribles” (la muerte de su amiga intoxicada por la fumigación, el ser “sirvienta” en la capital, la cárcel del


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padre que posteriormente morirá al incendiar el ejército la Embajada de España que los campesinos habían ocupado pacíficamente) se inicia un periodo de reflexión:

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«Yo empecé a analizar mi niñez y llegaba a una conclusión: yo no tuve niñez, no tuve infancia, no tuve escuela, no tuve suficiente comida para crecer, no tuve nada. Yo decía, ¿cómo es posible? Relacionaba la vida de los hijos de los ricos donde yo he pasado. Cómo comían. Los perros. Hasta educaban a los perros para que conozcan sus meros dueños y que rechacen hasta a las sirvientas. Todo eso a mí se me juntaba, y no sabía cómo compartir mis ideas. Así es como yo empecé a tener amigos de otra comunidad […] Yo hablaba: ¿y ustedes, qué comen?, ¿cómo hacen el desayuno?, ¿qué comen en el almuerzo? […] Yo puedo decir que no tuve un colegio para mi formación política, sino que mi misma experiencia traté de convertirla en una situación general de todo el pueblo. Me daba alegría cuando me di cuenta exactamente de que el problema no era sólo mi problema […] Que había ricos y había pobres. Que los ricos explotaban a los pobres; nuestro sudor, nuestro trabajo. Por eso eran cada vez más ricos. El hecho de que no nos escucharan era “un desprecio”, que teníamos que hincarnos ante las autoridades, era parte de toda discriminación que vivíamos los indios […]» (p 144).

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