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INTRODUCCION AL DERECHO Jorge Iván Hübner Gallo Editorial Jurídica de Chile Colección Manuales Jurídicos Nº 47 Séptima Edición (Reimpresión de agosto de 2006) TERCERA PARTE EL HOMBRE, LA SOCIEDAD Y EL DERECHO

Capítulo Primero EL HOMBRE 22.- Importancia de la idea del hombre.- El conocimiento del hombre es uno de los grandes fines de la cultura y, particularmente, de la Filosofía. ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es su esencia? ¿Cuál es su puesto y su destino? He aquí una serie de cuestiones fundamentales que el espíritu humano viene planteándose desde los albores de la humanidad. Y nótese que el calificativo de fundamentales se emplea en este caso con absoluta propiedad de lenguaje, porque la respuesta que se dé a tales interrogantes constituirá uno de los principales fundamentos en que se apoyen las concepciones filosóficas, científicas, técnicas, morales, políticas, económicas, sociológicas y jurídicas; en suma, servirá de base a los grandes sistemas de conceptos y realizaciones que configuran lo que llamamos la civilización y la cultura de un pueblo. La trascendencia del problema antropológico es evidente por sí misma. Considérese, por ejemplo, a qué diversas conclusiones podría llegarse, en todos los campos del pensamiento y de la vida, según si se profese una idea materialista o espiritualista sobre la persona humana. Para las Ciencias Jurídicas y Sociales, el estudio del hombre adquiere tal importancia, que debe ser considerado corno un punto absolutamente esencial y previo a toda otra materia. El hombre es el centro de la actividad social y jurídica; sin él, no puede existir la sociedad ni el Derecho.


2 Desde el punto de vista estrictamente jurídico, el hombre es el sujeto del Derecho; pero no es sólo un sujeto pasivo, un mero punto de referencia sobre el cual recaen las normas jurídicas, sino un agente creador activo de esas mismas normas. A su medida deben ajustarse el Derecho y construirse las instituciones. Además, no podemos olvidar que el Derecho rige relaciones humanas. Por lo tanto, para ser jurista, para poder comprender mejor tales relaciones, hay que saber qué es el hombre, cuál es su naturaleza, cuál es su ubicación en el cosmos, cuál es su destino. Sin una idea clara en estas materias, no podemos pretender dominar las disciplinas jurídicas y sociales, ni menos contribuir a través de ellas al perfeccionamiento humano, ya que no se puede mejorar lo que se desconoce en su íntima y auténtica realidad.

23.- Vistazo histórico sobre el problema antropológico.- Desde tiempos remotos, el hombre se ha formulado la inquietante pregunta sobre su propio ser. El pueblo de Israel tuvo el privilegio de recibir, en el depósito de la divina Revelación, el relato del origen y la naturaleza del hombre, creado por Dios, insuflando el espíritu en un cuerpo material. 1 Esta concepción, propagada sobre la faz del planeta por el cristianismo y desarrollada metafísicamente por sus teólogos y filósofos, ha atravesado los siglos como la espina dorsal de la humanidad; pero, al margen de ella, pensadores de distintas tendencias, a mayor o menor distancia de la verdad revelada, han ido entretejiendo otras doctrinas. En la filosofía griega presocrática, por ejemplo, en los pitagóricos, aparece ya el concepto de que el hombre está formado por alma y cuerpo. Más tarde, este dualismo alcanza una de sus más sublimes expresiones en el pensamiento de Platón (427-347 a. de J.), que afirma con múltiples pruebas la inmortalidad del alma y su destino supremo ("Fedro", "Fedón", etc.). Aristóteles (384-322 a. de J.) aplica su doctrina hilemórfica2 a la comprensión de la persona humana. El hombre es el compuesto sustancial formado por la conjunción del cuerpo (materia) y del alma (forma). Esta última es la "entelequia", el principio vital animador de toda la actividad corpórea. Con el advenimiento del cristianismo, adquiere renovado impulso la reflexión sobre el hombre, considerado en la plenitud de su naturaleza. Además, 1

2

Sagrada Biblia, Génesis, 1, 1-31 Y 2, 7.

La doctrina hilemórfica o hilemorfismo, es una concepción metafísica de Aristóteles, adoptada más tarde por Santo Tomás de Aquino y su Escuela, según la cual todos los seres materiales están formados por la concurrencia de un doble principio, a saber, la materia (especie de substancia prima, indeterminada, que encierra en sí una mera posibilidad de ser o potencia) y la forma (principio directivo organizado, actualización del ser, esencia que hace que una cosa sea lo que es y no algo distinto, acto).


3 la doctrina católica sobre el dogma trinitario y el misterio de la Encarnación exigían una mayor precisión en el concepto de persona.3 San Agustín (334-430) se ocupa extensamente, a lo largo de toda su obra, del problema antropológico. El hombre, que procura captar en su íntima interioridad, es un ser racional que ocupa un lugar intermedio entre la bestia y el ángel. Boecio (470-525) define a la persona, con elegante concisión, como "rationalis naturae individua substantia": 4 sustancia individual de naturaleza racional. La búsqueda incesante de la verdad del hombre culmina con la alta y armónica doctrina de Santo Tomás de Aquino (1225-1274) que no ha sido superada hasta ahora y difícilmente podrá ser Io en el futuro. El doctor Angélico concibe el universo, creado por Dios, como una realidad escalonada en diversos grados de perfección. "Todas las criaturas están dispuestas según un orden jerárquico de perfección, yendo de las más perfectas, que son los ángeles, a las menos perfectas, que son los cuerpos; de suerte que el grado más bajo de cada especie superior confina con el grado más alto de cada especie inferior”.5 El hombre ocupa en este escalafón un sitio intermedio, es un horizonte entre dos mundos, que participa, a la vez, de la excelencia del espíritu y de la miseria de la tierra. Retornando el hilo del hilemorfismo aristotélico, pero vivificado por la fe cristiana, Santo Tomás explica la esencia de la persona humana por una particular conjunción de materia y forma. El hombre es un compuesto, una unidad perfecta, de dos sustancias incompletas: la materia prima, que es el cuerpo, y la forma sustancial, que es el alma. En este principio anímico reside la razón, el intelecto, que hace de la persona "lo que hay de más perfecto en toda la naturaleza, a saber, un sujeto coronado de racionalidad.6 El hombre, tomado como un todo, no es "ni su cuerpo, puesto que el cuerpo sólo subsiste por el alma, ni su alma, puesto que ésta quedaría vacía en ese cuerpo: es la unidad de un alma que substancializa su 3

La voz "persona", aplicable a toda individualidad espiritual, procede de una palabra griega que significa "máscara". En un principio denominó sólo la careta con que se cubrían el rostro los actores en el teatro antiguo, usándola como megáfono; después se empleó para designar a los personajes mismos; más tarde se hizo extensiva a todos los ciudadanos que podían parecer en juicio, en oposición a los esclavos; y, por último, bajo la influencia del cristianismo, adquirió su actual significado, que, referido al hombre, abarca a todo individuo de la especie humana. 4

Boecio, "De Duabus Naturis", c. 3. Santo Tomás, como otros filósofos medievales, hace suya esta clásica definición (S. Theol., I, 29, 1). 5

Gilson, Enrique, "La Filosofía en la Edad Media", Ed. Pegaso, Madrid, 1946, pág. 148.

6

S. Theol. I, 29, 3.


4 cuerpo y del cuerpo en que esta alma subsiste". 7 Concepción penetrante y profunda, que halla su natural complemento en el dogma cristiano de la resurrección de la carne. Después de las elevadas especulaciones de Santo Tomás de Aquino, sobreviene, en los siglos XIV y XV, la decadencia de la escolástica, que sólo iba a resurgir plenamente en nuestra época. El Renacimiento cierra la etapa medieval, esencialmente teocéntrica, para abrir el camino a los Tiempos Modernos, que se caracterizan por el culto del hombre, el rechazo de la teología, la independencia de una razón que, falta de apoyo, se despeña hacia el escepticismo en todos sus matices (criticismo, positivismo, agnosticismo, materialismo). Descartes (1596-1650), que pretende rehacer toda la filosofía partiendo de su célebre "cogito", reconoce la existencia del alma (inextensa y pensante) y del cuerpo (extenso y no pensante); 8 al disociarlos no logra comprender ni explicar cómo se ensamblan ambos principios en la unidad del hombre. En Pascal (1623-1662), precursor en cierto aspecto del existencialismo, surge el sentimiento de la angustia, el sentido de la finitud, aunque compensados por la presencia de Dios y del alma espiritual. La vida del hombre en la tierra, arrojado en la infinita inmensidad de los espacios que ignora y que lo ignoran, es un relámpago entre dos eternidades. "El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza; pero es una caña pensante. No hace falta que el universo entero se arme para aplastarlo: un vapor, una gota de agua, bastan para darle muerte. Pero, aun cuando el universo lo aplastara, el hombre sería todavía más noble que lo que le mata, porque sabe que se muere, y lo que el universo tiene de ventaja sobre él; el universo no sabe nada de esto". 9 Malebranche (1638-1715), Spinoza (1632-1677) y Leibniz (16461716), también espiritualistas, sumergen la antropología en diversas concepciones metafísicas propias. En el siglo XVIII, el pensamiento se inclina en Francia sobre el hombre en su dimensión histórica y social (Rousseau) y llega, por un instante, a caer en el burdo materialismo mecanicista de un La Mettrie. En Alemania, en cambio, Manuel Kant (1724-1804) reivindica el valor y la trascendencia de una auténtica antropología filosófica. En el Manual que reúne sus cursos de Lógica, distingue una Filosofía en sentido académico y otra en sentido cósmico y delimita el campo de esta última mediante cuatro preguntas: 7

Gilson, Etienne, "El espíritu de la Filosofía Medieval", Emecé Editores S.A., Buenos Aires, 1952, pág. 194. 8

Descartes, "Meditationes de prima philosophia".

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Pascal, "Pensamientos".


5 "1. ¿Qué puedo saber? 2. ¿Qué debo hacer? 3. ¿Qué me cabe esperar? 4. ¿Qué es el hombre? A la primera pregunta responde la metafísica; a la segunda, la moral; a la tercera, la religión, y a la cuarta, la antropología". Y agrega: "En el fondo todas estas disciplinas se podrían refundir en la antropología, por que las tres primeras cuestiones revierten en la última". 10 El siglo XIX experimenta una aguda crisis de la metafísica, en desmedro de la solución de los permanentes arcanos del espíritu. Es la época del positivismo, que concibe la filosofía como una pura teoría de las ciencias. "Por eso, la filosofía de esta última centuria -escribe Julián Marías- tiene un interés muy secundario y no puedo afrontar la comparación con las grandes etapas de plenitud metafísica, la última de las cuales había sido el idealismo alemán". 11 Augusto Comte (1798-1857) y sus discípulos sólo logran ver en el hombre su perfil biológico y social, prescindiendo de aquellos factores que constituyen la médula misma de la condición humana. Marx (1818-1883) y Engels (1830-1895), cegados por su fanático materialismo, pretenden reducir el hombre a un animal más evolucionado, movido por meras motivaciones económicas. Nietzsche (1844-1900) es la exaltación dionisíaca y delirante del Superhombre, que pretende convertirse en un dios como en la primera página de la historia del género humano.

24.- Las tendencias actuales.- El siglo XX presencia un vigoroso renacimiento de la metafísica y una marcada preocupación por el tema de la vida y el hombre, que en algunos pensadores constituye el punto de partida de sus meditaciones. Henri Bergson (1859-1941) renueva los fundamentos de la creencia en el espíritu e influye poderosamente en el pensamiento contemporáneo. El existencialismo, que halla su antecedente más próximo en la singular figura del pastor danés Sören Kierkegaar (1813-1855), se divide en dos ramas: la atea y la espiritualista. La primera, representada por Jean-Paul Sartre (1905-1980), concibe al hombre como un ser esencialmente libre, soberano de su propia existencia, moviéndose sin ningún sentido en un mundo radicalmente absurdo.

10

Kant, Manuel, cit. por Buber, Manín, "¿Qué es el hombre?", Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1949, pág. 15. 11

Marías, Julián, "El tema del hombre", Revista de Occidente, Madrid, 1943, pág. 347.


6 En la segunda sobresalen Martín Heidegger (1889-1976)12 de ciertas implicancias místicas, el católico Gabriel Marcel (1889-1973) Y el protestante Karl Jaspers (1883-1969). Según Heidegger, existir es "ser en el mundo", estar arrojado en la realidad, desafiando a la nada. Entre las notas principales de la existencia figura la finitud, la temporalidad, que nos muestra nuestros propios límites. Sentimiento básico en el hombre es la angustia, que nos hace cobrar conciencia de la nada, sobre la cual se mueve el existir. De tales conceptos, impregnados de la contingencia de los seres creados, no puede menos que surgir implícita o explícitamente la afirmación de un Ser Absoluto, increado, fundante de todo lo que existe. Max Scheler (1874-1928) desarrolla su propia teoría antropológica, define a la persona como "el centro activo en que el espíritu se manifiesta dentro de las esferas del ser finito" y concluye, por desgracia, desembocando en el panteísmo13. Más adelante volveremos sobre las ideas de Scheler. Desde diversos ángulos, elaborando más bien teorías de carácter descriptivo y no doctrinas filosóficas que procuren explicar la naturaleza o esencia del hombre, se ocupan de este tema muchos otros importantes pensadores contemporáneos: Sigmund Freud (1856-1939) se inclina sobre el profundo abismo del inconsciente y realiza importantes descubrimientos en el campo de la psicología, de la psiquiatría y de la terapéutica, pero supervalora el papel de la libido en el psiquismo humano y en las grandes creaciones del espíritu; Ernest Cassirer (1874-1945) concibe al hombre como un "animal simbólico" y funda en el simbolismo toda una filosofía de la cultura; El argentino Francisco Romero (1891-1962), siguiendo en algunos aspectos las concepciones de Scheler, propone una teoría personal sobre la "intencionalidad" y "trascendencia" y señala como características constitutivas del hombre (aunque son meramente fenoménicas) la "dualidad", el "enmascaramiento, justificación y conciencia de sí”, la "sociabilidad", la "historicidad" y el "sentido"; El chileno don Enrique Molina (1871-1964) desarrolla una antropología fundada en la libre actividad creadora del espíritu en el campo de los 12

Sobre el concepto del Ser Absoluto en el pensamiento de Heidegger, véase el agudo análisis de Comelio Fabro en "Historia de la Filosofía Contemporánea", Ed. Rialph, Madrid, 1965. Tomo II págs. 626-692. 13

Panteísmo es el sistema de quienes creen que la totalidad del universo es el único Dios (RAE).


7 valores, de la cultura y del progreso intelectual y moral, pero no llega a afirmar la sustancialidad e independencia del espíritu, única causa posible de estas altas expresiones de la vida humana;14 y El eminente pensador español José Ortega y Gasset (18831955) se sitúa en la vida humana como centro de su meditación filosófica, distingue en la personalidad los planos puramente vital, anímico y espiritual (aunque tampoco logra formular una concepción verdaderamente ontológica sobre la naturaleza del espíritu) y proclama el advenimiento de la "razón vital e histórica" para la comprensión del hombre.15 En Ortega y Gasset, el hombre se disuelve en un mero e inconsistente devenir, en el que no se considera y hasta se niega ligeramente la naturaleza o sustancia que sirve de basamento a su acontecer: "Porque el hombre no tiene naturaleza. El hombre no es su cuerpo, "que es una cosa; ni es su alma, psique, conciencia o espíritu, que es también una cosa. El hombre no es cosa ninguna, sino un drama; su vida, un puro y universal acontecimiento que acontece a cada cual y en que cada cual no es, a su vez, sino acontecimiento". 16 El hombre es, a la vez, autor y actor de este drama, porque como ser esencialmente libre debe ir construyendo su propia existencia en el tiempo, a través de cada acto, dentro de las múltiples y variadas posibilidades que se abren en cada instante ante sus pasos. Siempre en términos puramente descriptivos y externos, Ortega y Gasset, después de poner de relieve las dificultades que implica la definición clásica de "animal racional", escribe que, por lo menos "para los efectos de la historia", es preferible decir que "hombre es todo ser viviente que piensa con sentido y que por eso podemos nosotros entenderlo". 17 14

Dentro de la vasta obra filosófica de don Enrique Molina se destaca, en esta materia, su libro "De lo espiritual en la vida humana" (Ediciones de "Atenea", Imp. Editorial Nascimento, Santiago de Chile, 1937, 260 págs.), noble y enaltecedor testimonio de la inquietud "del hombre que no encuentra a la vida un sentido trascendente. Y sigue buscando", Ob. cit., pág. 6. En 1947, el gran maestro expresa estas significativas palabras: "Pienso que frente a la idea de Dios no caben sino dos actitudes respetables: la de quienes iluminados por la fe creen en él y la de los que buscan movidos por una inquietud metafísica insaciable ante el misterio que los rodea". (Cit. por Bazán, Armando, "Vida y obra del maestro Enrique Molina". Editorial Nascimento, Santiago de Chile, 1954, pág. 150). 15

Véase, como síntesis sobre las concepciones del hombre de Freud, Cassirer, Romero, Ortega y Gasset y algunos otros autores contemporáneos, la obra del profesor don Manfredo Kempff Mercado, "Introducción a la Antropología Filosófica", Ed. Zig-Zag, Santiago de Chile, 1965,238 págs. 16

Ortega y Gasset, José, en "Historia corno sistema", citado por Kempftt Mercado, Manfredo, ob. cit., pág. 181. 17

Ortega y Gasset, José, "¿Qué es Filosofía?", Ed. Revista de Occidente, 3ª edición, Madrid, 1963, pág. 13.


8 La antropología filosófica neotomista, basada en el inagotable venero de Santo Tomás de Aquino, ha dado importantísimas contribuciones al pensamiento actual. Jacques Maritain (1882-1973), autor de numerosas obras de filosofía especulativa y de filosofía social, procura desarrollar la doctrina tomista ampliando y popularizando la distinción de una supuesta doble faz en el sujeto humano, a saber, el individuo, con lo que alude a su parte física, y la persona, que se refiere a sus aspectos espirituales y morales. Esta distinción sirve de base a una teoría política y sociológica -el personalismo-, sustentado en forma más extrema por Emmanuel Mounier (19051950), que exalta los derechos y libertades de la persona frente al Estado, justificando sus diferencias con la doctrina tradicional mediante la distinción entre la tesis (los principios intangibles) y la hipótesis (las circunstancias de hecho del mundo de hoy).18 En la República Argentina se destacan en la antropología filosófica neotomista el Pbro. Julio Meinvielle19 y Mons. Octavio N. Derisi20. En México sobresale el distinguido filósofo y jurista Agustín Basave Fernández del Valle, también de profunda inspiración cristiana. 21 En Chile debemos recordar el nombre del insigne don Rafael Fernández Concha (1832-1912), teólogo y filósofo del Derecho, que, dentro del tema que nos ocupa, publicó en 1900 su notable obra titulada "Del hombre en el orden psicológico, en el religioso y en el moral". 18

Las doctrinas de Jacques Maritain han suscitado vivas y apasionadas polémicas en el pensamiento católico contemporáneo. Entre las principales obras de crítica al personalismo, véase Konnink, Charles de, "De la primacía del Bien Común contra los personalistas", Ediciones del Instituto de Cultura Hispánica, Madrid 1952, 288 págs. Palacios, Leopoldo Eulogio, "El mito de la nueva cristiandad", 2ª ed. Rialp S.A., Madrid, 1952-153 págs.; Meinvielle, Julio, "De Larnmenais a Maritain", Edi ciones Nuestro Tiempo, Buenos Aires, 1945,389 págs.; y Meinvielle, Julio, "Crítica de la concepción de Maritain sobre la persona humana", Ediciones Nuestro Tiempo, Buenos Aires, 1948, 385 págs. Sobre Maritain y Mounier, véase también Hübner Gallo, Jorge Iván, "Los Católicos en la Política", Ed. Zig-Zag, Santiago de Chile, 1959, 107 págs.; e Ibáñez S.M., Gonzalo, "Persona y Derecho en el pensamiento de Berdiaeff, Mounier, Maritain", Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago, 1984, 215 págs. No obstante, la controversia parece en gran parte superada por las Encíclicas sociales de S. S. Paulo VI y por los documentos del Concilio Vaticano II. 19

Véase la nota anterior.

20

Véase Basave Fernández del Valle, Agustín, "Filosofía del hombre", Espasa-Calpe Mexicana S.A., Colección Austral, México, 1963, 274 págs. 21

Véase Derisi, Octavio N., "La persona. Su esencia, su vida, su mundo", Talleres Gráficos San Pablo, Buenos Aires, 1949, 394 págs.


9 Desde otro punto de vista, ha ido adquiriendo trascendencia mundial el evolucionismo de Teilhard de Chardin S. J. (1881-1955),22 cuya obra, que ha sido objeto de fundamentales reservas dentro del pensamiento católico, 23 es estudiada en los círculos universitarios y filosóficos. Finalmente, en un campo distinto, pero también dentro de la perspectiva de un evolucionismo espiritualista, que vincula las más recientes conclusiones de la ciencia a las verdades de la Revelación, se destaca la extraordinaria y enaltecedora obra de Lecomte du Noüy,24 que ha tenido asimismo considerable repercusión en todo el mundo.

25.- Concepto de persona.- Las grandes líneas de la moderna antropología filosófica de Scheler, tal como aparecen en su obra "El puesto del hombre en el cosmos",25 pueden servir de fundamento, depurándolas de sus errores panteístas, para replantear el concepto clásico y perenne de la persona humana. Para tener una idea adecuada de lo que es el hombre, expresa este autor, es necesario situarlo primeramente en la estructura total del mundo biológico. Hay que partir de las rudimentarias formas de actividad vegetal, para llegar, recorriendo la escala ontológica de los seres organizados, hasta las más altas y complejas manifestaciones de la vida. El método adoptado es perfectamente lógico, pues tenemos una indisoluble comunidad de origen con los vegetales y los animales. Estamos sometidos, como ellos, en cuanto a nuestro cuerpo, a las inexorables leyes de la física y de la química. Como toda vida, como el más insignificante de los infusorios o el más simple de los hongos, nos nutrimos, crecemos, nos reproducimos. Al igual que los animales, con una semejanza que se vuelve hasta desconcertante al llegar a los mamíferos superiores, tenemos sensibilidad, memoria, instintos, habilidad. 22

Véase Teilhard de Chardin S.J., Pierre, "El fenómeno humano", Ed. Revista de Occidente, Madrid, 1958, 334 págs. 23

Cfr., Monitum del Santo Oficio, de 30 de junio de 1962. El texto de este documento, junto con una síntesis de un comentario publicado al respecto por la edición del "Osservatore Romano", del 1º de julio de 1962, aparece en el libro de Nicolás Corte, "La vie et l' Ame de Theilhard de Chardin", Editorial Arthème Fayard, París, 1963, págs. 249-251. 24

Véase Lecomte du Noüy, Pierre, "Destino humano", Ed. Santiago Rueda, Buenos Aires, 1948, 289 págs. 25

Scheler, Max, "El puesto del hombre en el cosmos", Ed. Losada S.A., Buenos Aires, 1938, 169 págs.


10 La confrontación de estas semejanzas hace surgir un interrogante filosófico. ¿Existe una diferencia esencial entre el hombre y el animal o no hay entre ellos más que una diferencia de grado? ¿Es el ser humano tan sólo un producto más perfeccionado de la evolución orgánica o es un ser diferente, incomparable y único? Algunos transformistas del siglo XIX, interpretando a su modo los precarios antecedentes científicos de la época, sostuvieron que el hombre no era más que el último eslabón en la serie supuestamente evolutiva de los primates. Pero la antropología filosófica moderna, sobre la base de una observación integral de la naturaleza humana, ha debido necesariamente llegar a conclusiones muy distintas. El examen del hombre no se agota en la consideración de su animalidad. Una gran parte de nuestro ser empalma, sin duda, con la escala zoológica; pero más allá de las formas más complejas de los mamíferos superiores, existe en el hombre un principio nuevo, extraordinario y misterioso, irreductible a las explicaciones meramente materiales, que se manifiesta luminosamente en su actividad espiritual. Este principio, que supone la sensibilidad, la memoria y la habilidad práctica, supera casi hasta el infinito estas funciones meramente vitales y se eleva a la intuición de las esencias, la vivencia de los grandes valores y la conquista de la libertad. Estas altas formas de actividad psíquica, que reseñaremos siguiendo la citada obra de Scheler -no obstante las fundamentales reservas que nos inspiran otros aspectos de su pensamiento-, ya no son simples instrumentos de la vida, pues operan sobrepasando los estrechos márgenes de la materia, del espacio y del tiempo, sino manifestaciones de la presencia de una sustancia inmaterial pensante. a) La intuición de las esencias, la formación de ideas generales mediante la abstracción y la generalización, es una actividad sustancialmente diversa y superior a todo cuanto pueda realizar la mente de los animales. El conocimiento esencial rebasa con mucho las posibilidades de la experiencia sensible: constituye un saber "a priori", que permite al hombre, según el decir de Hegel, tener "las ventanas abiertas sobre lo absoluto". En la formación de las ideas generales, la inteligencia especulativa procede a separar la existencia (lo contingente) de la esencia (lo necesario), mediante la "anulación fáctica" del carácter de la realidad de las cosas. El animal está inflexiblemente encerrado en lo real y concreto. El hombre, en cambio, es capaz de "lanzar un categórico NO" a la realidad sometida a las coordenadas de espacio y tiempo, al "ahora", al "aquí", y a los "modos de ser accidentales", que se dan en la percepción. Contemplar las esencias es "poner entre paréntesis el coeficiente existencial de las cosas", en un acto de verdadera "desrealización".


11

"El hombre es, según esto -escribe Scheler-, el ser vivo que “”puede adoptar una conducta ascética 26 frente a la vida”” -vida que lo estremece con violencia-. El hombre puede reprimir y someter los propios impulsos": puede rehusarles el pábulo de las imágenes perceptivas y de las representaciones. Comparado con el animal, que dice siempre "sí" a la realidad, incluso cuando la teme y rehúye, el hombre es el ser que sabe decir no, el asceta de la vida, el eterno protestante contra toda mera realidad. En comparación también con el animal (cuya existencia es la encarnación del filisteísmo), es el eterno "Fausto", la bestia cupidissima rerum novarum, nunca satisfecha con la realidad circundante, siempre ávida de romper los límites de su ser ahora, aquí y de este modo, de su "medio" y de su propia realidad actual".27 b) El hombre experimenta la vivencia de los valores, que capta en intuiciones de carácter predominantemente emocional. La bondad, el amor, la veneración, el arrepentimiento, son sentimientos exclusivamente humanos. En una esfera supratemporal e inespacial, por encima de toda realidad tangible, la mente entra en contacto con los grandes valores: la Verdad, el Bien, la Justicia, la Santidad, que se presentan como elevados ideales de vida y cristalizan en las cimeras creaciones de la cultura. c) La capacidad de ser libres es una de las prerrogativas más características de la condición humana. El hombre goza de una autonomía esencial ante el mundo. Puede elegir libremente entre las diversas posibilidades que se le ofrecen, superando las exigencias del medio y los imperativos de su propia vida. El animal, por el contrario, es un esclavo de sus necesidades fisiológicas y de los estímulos del ambiente. Es un centro de actividad orgánica y físicamente condicionado de la manera más inflexible. Es un eterno e irremediable prisionero del determinismo, que establece una unidad infranqueable entre el animal y su medio. El hombre, en cambio, no depende del mundo circundante, sino de su propio mundo interior, de su pensamiento, de los objetos mentales que él mismo ha creado. Goza del privilegio de tener un ser para sí mismo, un centro que le pertenece de modo ontológico, en tanto que el animal sólo posee un ser para las cosas.

26

Ascética. Dicho de una persona: Que se dedica particularmente a la práctica y ejercicio de la perfección espiritual (RAE). 27

Scheler, Max, ob. cit., pág. 85.


12 La libertad, corolario inmediato del pensamiento reflexivo, es de la esencia de la vida humana. "Los pensadores actuales no discuten ya la libertad, ha dicho Ortega y Gasset: está condenado el hombre a ser libre". 28 Pues bien, la intuición de las esencias, la vivencia de los valores y la capacidad de ser libre, unidas a otros sugerentes fenómenos de la vida psíquica,29 y sintetizadas en la unidad del yo, constituyen manifestaciones que suponen necesariamente la existencia de .un centro que las sustente, las genere y las explique. Este complejo haz de actividades psíquicas, referidas unitariamente a la conciencia psicológica, sólo puede tener origen y captarse por un sujeto propio, o sea, por una substancia individual específica, con realidad propia distinta del cuerpo, ya que fenómenos de tipo esencialmente inmaterial no pueden tener su causa en 'la materia. Esta substancia consciente y pensante, distinta del ser corpóreo, pero que lo penetra íntimamente, no es otra que el espíritu, el alma; la forma substancial. El hombre es el punto de confluencia de dos líneas ontológicas contrapuestas, la conjunción en un solo individuo de la animalidad y la espiritualidad. Por un lado, su cuerpo nace del lodo de la tierra y se emparienta por la vida y por la sangre con los demás miembros de la escala zoológica; por otro lado, su alma desciende del cielo, se asemeja a los ángeles y refleja a la divinidad misma. Ni animal ni espíritu puros, la persona humana es un compuesto perfecto de ambas vertientes ontológicas, que existe y actúa bajo la tremenda tensión de vivir suspendida entre el cielo y la tierra, en constante y perpetua lucha entre sus dos fuerzas constitutivas básicas, pero con la esperanza de reposar algún día en Dios como en su fin supremo. Este encuentro del alma y del cuerpo, que halla sus orígenes en la generación, se produce en el misterio de la unión sustancial para hacer posible la existencia de esta unidad individual pensante que es cada ser humano. El hombre, milagro de la Creación, puede caracterizarse, entonces, adaptando la definición de Boecio, como un ser individual de naturaleza a la vez física y espiritual, que subsiste y actúa como un todo independiente y libre.

28

Ortega y Gasset, José, apuntes tomados en el curso sobre "El hombre y la gente", dictado en el Instituto de Humanidades de Madrid, en 1949. 29

Entre los demás fenómenos del psiquismo que denotan la existencia de un centro substancial misterioso e irreductible a la materia, se encuentran ciertas manifestaciones estudiadas por la metapsíquica o parapsicología, como la telepatía, los sueños premonitorios, la clarividencia, la telekinesia, etc. Véase Tischner, Dr. R., "Introduction a la Parapsychologie".


13 Capítulo Segundo LA SOCIEDAD Y EL DERECHO 26.- La sociedad, consecuencia de la naturaleza humana. Las exigencias de su doble naturaleza, material y espiritual, llevan espontáneamente a la persona humana a convivir con sus semejantes, formando la sociedad, a la que está ordenada como la parte al todo. Los filósofos griegos y romanos, los Padres de la Iglesia, la escolástica30 y otras escuelas han sostenido esta teoría de la sociabilidad natural del hombre. Sólo pensadores aislados de exacerbado individualismo, como algunos sofistas y epicúreos31 en la antigüedad griega y Hobbes (1588-1679)32 y Rousseau (1712-1778)33, en los tiempos modernos, han negado un hecho tan evidente, pretendiendo que la sociedad y el Estado no se generan por la naturaleza misma de las cosas, sino en virtud de un pacto o contrato social fundado en la utilidad. Por la miseria de su ser corporal, el hombre necesita la ayuda de los demás, desde el momento de su nacimiento y a través de toda su existencia, para poder subsistir, desarrollarse y perfeccionar su vida física. El recién nacido, abandonado a su propia suerte, perecería a los pocos instantes. El niño, sin el apoyo de sus padres, no sería capaz de subsistir, de crecer, de educarse. El adulto, sin la cooperación de sus semejantes, sucumbiría abrumado por los embates del medio ambiente, por el hambre, la desnudez y la enfermedad. 30

La escolástica es la filosofía de la Edad Media, cristiana, arábiga y judaica, en la que domina la enseñanza de las doctrinas de Aristóteles, concertada con las respectivas doctrinas religiosas. 31

Los epicúreos son los filósofos que siguen la doctrina de Epicuro, filósofo ateniense del siglo IV antes de Cristo, a quien se le atribuye una doctrina de refinado egoísmo que busca el placer exento de todo dolor. 32

Thomas Hobbes, en 1651, publicó “El Leviatán”, obra en que defiende el poder absoluto. Dice que en estado de naturaleza todos los hombres tienen derecho a todo, es la guerra de todos contra todos. Percatados de que la paz es el mayor de los bienes, los hombres pusieron todos sus derechos en manos de un soberano (un monarca o un consejo); a partir de este momento, el bien y el mal dependen únicamente de las decisiones del soberano. la teoría de Hobbes constituye una de las explicaciones más lógicas del despotismo. Deshace totalmente la teoría de la “monarquía de derecho divino” y hace descansar el despotismo y el absolutismo sobre la base de un contrato, siendo que hasta entonces la teoría del contrato pretendía limitar los derechos de la monarquía. 33

Jean-Jacques Rousseau, en 1762, publicó “El Contrato Social”. Para Rousseau todos los hombres son iguales por naturaleza, ninguno ha recibido de ésta la misión de mandar o dominar a los otros; sin embargo, en la vida social se necesita la autoridad, por lo que es obligatorio un contrato, un pacto, entre los hombres que constituyen la sociedad, que legitime esa autoridad.


14 Las tres necesidades materiales básicas -alimentación, habitación y vestuario- no pueden satisfacerse sino mediante los principios de la ayuda mutua y de la división del trabajo, inconcebibles sin la convivencia social. Hasta el acto aparentemente más simple, como comerse un trozo de pan, supone la labor mancomunada de centenares o aun miles de hombres. Por las características de su naturaleza espiritual, portentosa y limitada a la vez, necesita también el ser humano de la convivencia con sus semejantes. Su vida psíquica, su sensibilidad y su inteligencia revelan que está destinado a existir y actuar en sociedad. La actividad espiritual del hombre, exteriorizada en el lenguaje, el arte, la ciencia, la filosofía y, en general, los grandes valores de la cultura, perdería su sentido si no se desenvolviera en el plano social. La existencia es un permanente diálogo interhumano. La soledad, en cambio, se ha mirado siempre como algo contrario a la naturaleza, como una situación morbosa, un infortunio o un castigo. El hombre condenado al aislamiento, salvo en casos novelescos y excepcionales, cae pronto en la melancolía y termina en la desesperación y en la locura. Por eso, las legislaciones penales limitan la medida de "incomunicación" a un lapso reducido. Material y espiritualmente, el hombre es por esencia un ser sociable, un "animal político". "El que puede bastarse a sí mismo y no necesita vivir en sociedad" -escribe Aristóteles-, "no participa de la naturaleza humana: es una bestia o es un dios".34 27.- El Derecho, consecuencia de la sociedad.- La sociedad humana no es una mera coexistencia física, semejante a un conglomerado de abejas, que sólo están unidas por vínculos biológicos instintivos, sino una delicada, fluctuante y complejísima estructura de relaciones materiales y espirituales, sustentada en la conciencia de una multiplicidad de objetivos de interés común. Mientras los atómos y las moléculas se agrupan y se mueven regidos por leyes físicas inflexibles, mientras los animales y los insectos forman manadas, enjambres y colmenas, dentro de mecanismos siempre idénticos, impulsados por la ciega fatalidad de los instintos, los seres humanos, moviéndose en el limitado plano de la libertad, tienen el privilegio de decidir por sí mismos sus propios destinos, el régimen de sus relaciones con los demás, la organización y características de los grupos que forman. Toda convivencia, desde la más elemental e irreductible, que es la formada por el núcleo familiar, hasta la sociedad civil entera, pasando por la vasta 34

Aristóteles, "Política", L. I, Cap. II.


15 gama de las sociedades intermedias en que los hombres se agrupan de acuerdo con sus particulares intereses e ideales, requiere una adecuada ordenación de las relaciones de unos con otros. La convivencia implica, inevitablemente, limitaciones en la esfera de libertad y de poder de cada cual, ajustes de los individuos entre sí y de éstos con las sociedades intermedias y con la comunidad en general, rozamientos, divergencias y conflictos que es necesario prever y evitar. El mantenimiento y el progreso de la vida en común exige que la conducta de los asociados se regule por un poder superior a las voluntades individuales, en forma armónica, pacífica, recíprocamente respetuosa, pues, de lo contrario, la convivencia se haría perjudicial y aun imposible. El primer estatuto de conducta individual y colectiva, el Código humano básico de toda convivencia, es la ley moral, admirablemente sintetizada en el Decálogo bíblico. La Etica es un orden normativo, basado en la naturaleza misma del hombre, que se revela por sí solo en la conciencia y nos ordena hacer el bien y evitar el mal. El dominio de la moral es amplísimo, pues comprende un sistema de normas que prescriben los deberes del hombre con respecto a sí mismo, a sus semejantes y a la divinidad. Una sociedad en que todos cumplieran estrictamente sus deberes morales sería una comunidad perfecta, en la que el papel del Estado y del Derecho Positivo -cuya supresión está en los dominios de la utopía- se reducirían sustancialmente, limitándose a establecer formas de organización social y disposiciones que encaucen y coordinen las actividades de las personas en orden a un mayor bienestar y progreso de la colectividad. Pero, por desgracia, la influencia de los preceptos morales, aun reforzados por las creencias religiosas que normalmente los sustentan, no es suficiente para frenar los impulsos agresivos y antisociales. Un alto porcentaje de los seres humanos, en lugar de ajustar su conducta a una ley suprema de Caridad35 y de Justicia36, prefiere a menudo dejarse llevar por el egoísmo, por la concupiscencia 37 o por la ira, arrojarse contra sus semejantes en una lucha sin cuartel por la supremacía, arrebatar a los demás lo que les pertenece, violar los compromisos más sagrados, atentar contra las bases mismas de la convivencia. Las prescripciones de la moral, que toman el nombre de Derecho Natural cuando regulan la conducta social en orden al Bien Común, sólo obligan 35

La Caridad es una de las tres virtudes teologales, junto a la Fé y la Esperanza, que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos. 36

La Justicia es una de las cuatro virtudes cardinales, junto a la Prudencia, la Fortaleza y la Templanza, que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. 37

En la moral católica, la concupiscencia es el deseo de bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos.


16 ante la conciencia y carecen de compulsión externa para imponer su cumplimiento a los que vacilan o se niegan a obedecer sus mandatos. La sociedad, para cumplir sus finalidades, ha necesitado, entonces, desde sus orígenes, seguir el camino de la imposición coercitiva de un conjunto mínimo de normas de conducta, porque, como dice Carnelutti, "el hombre teme al hombre más de lo que teme a Dios". 38 Esta regulación externa de los actos que tiende a encauzar las relaciones humanas dentro de un marco de orden, justicia, seguridad y respeto mutuo, bajo la tutela del Poder Social, es lo que constituye básicamente el Derecho Positivo, que, en gran parte, no es sino una moral coactiva. Tanto el Derecho Natural como el Derecho Positivo están formados por un conjunto de normas que regulan las relaciones sociales en orden al Bien Común; pero, mientras el primero obra en la íntima esfera de la conciencia, el segundo agrega la nota de la "positividad”, o sea, de la imposición desde fuera por la sociedad misma que lo dicta y exige coactivamente su cumplimiento. En las primeras agrupaciones humanas, en las tribus más primitivas, el Derecho Positivo se limita a los preceptos más esenciales, sin los cuales la conservación y subsistencia del grupo serían imposibles, tales como la organización de la autoridad social y el castigo del robo, del adulterio 39, del asesinato. Más tarde, a medida que las sociedades progresan y se complican, el estatuto jurídico, consuetudinario o escrito, se va convirtiendo en una malla cada vez más estrecha y más vasta, que, manteniendo como médula los principios éticos fundamentales, amplía su contenido mediante el desarrollo de sus conclusiones concretas y determinaciones próximas y se reviste de una compleja técnica de aplicación práctica (v. gr., requisitos de forma, regulación precisa de las sanciones, mecanismos procesales, modalidades, etc.). En los modernos Estados, el Derecho representa una complejísima maquinaria de poder y ordenación social, formada no sólo por normas estáticas, de contenido ético-técnico, sino también por organismos dinámicos de creación y aplicación de los preceptos jurídicos y por órganos autoritarios capaces de adoptar decisiones singulares de validez legal obligatoria. El Derecho Positivo, en conclusión, no es sólo forma, estructura imperativa, sino también materia, realidad social e historia. Por una parte, su necesidad surge de los hechos y por otra parte los domina. Nace de los hechos, 38

Cfr. Camelutti, Francisco, "Arte del Derecho", Ediciones Jurídicas Europa -América, Buenos Aires, 1948, págs. 38-104. 39

El adulterio es el ayuntamiento carnal voluntario entre persona casada y otra de distinto sexo que no sea su cónyuge. En Chile se derogó el delito de adulterio.


17 en cuanto es "la regla de la vida del hombre en sociedad y la existencia misma del hombre tal como podemos comprobada, como ser racional, social y moral"; pero la esencia misma del Derecho, que descansa en valores éticos, sobrepasa y "trasciende los hechos materiales". 40 "Su misión es la de subordinar las relaciones sociales a un principio superior, tratando de encarnar lo Espiritual en lo Temporal".41 Sólo considerando al Derecho Positivo en su raíz última -como obra social humana- y tomando "al hombre tal como es, simultáneamente cuerpo y espíritu", será posible comprender su íntima entraña. 42

40

Le Fur, Luis y otros, "Los Fines del Derecho: Bien Común, Justicia, Seguridad", págs. 29-30.

41

31 Lacroix, Jean, Les éléments constitutifs de la notion de civilisation", págs. 91 y ss., cito por Le Fur, Luis, ob. cit., pág. 20. 42

32 Vid., Le Fur, Luis, ob. cit., pág. 32.

104 Hübner. El Hombre, la Sociedad y el Derecho Ucinf  

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