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MAXIMO PACHECO GOMEZ TEORIA DEL DERECHO Editorial Jurídica de Chile

Capítulo Primero PERSONA HUMANA, SOCIEDAD Y DERECHO (Págs. 13 a 28) "Persona significa lo más perfecto que hay en toda la naturaleza". Santo Tomás de Aquino "El hombre es por naturaleza un ser social y el que vive fuera de la sociedad por naturaleza y no por efecto del azar es, ciertamente, o un ser degradado, o un ser superior a la especie humana". Aristóteles "El Derecho es el objeto de la Justicia". Santo Tomás de Aquino I.-

PERSONA HUMANA

1. EL HOMBRE. Para tener una idea adecuada de lo que es el hombre, es necesario ubicarlo primeramente en la estructura del mundo biológico; hay que partir de las rudimentarias formas de la actividad vegetal para llegar a las más complejas manifestaciones vitales. El hombre tiene una indisoluble continuidad biológica con vegetales y animales y está sometido a las leyes de la física y de la química. Si estudiamos sus reacciones y las comparamos con las de los demás integrantes del reino animal, podemos encontrar cierta semejanza entre ellas, tanto mayor si reconocemos, lo que no es aventurado, que no sólo en el hombre existe la inteligencia, sino que una cierta forma de ella se manifiesta también en los demás seres animales. Si con Carlos Roberto Darwin seguimos la historia de la evolución del reino animal y, luego de recorrer la escala zoológica, llegamos al mono y ascendemos, por fin, al hombre, no podemos menos de asombrarnos ante la extraña similitud entre sus respectivas morfologías y reacciones. Esta semejanza puede conducirnos a definir al hombre como el "ápice de la serie de los


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vertebrados mamíferos" (Carlos Linneo). Pero esta conclusión biológica no nos deja satisfechos; nos negamos a creer que entre un hábil orangután y un genio exista sólo una diferencia de formas y grados de inteligencia, aun cuando éstos sean muchos. La esencia del hombre está por encima de la vida animal. Hay algo que lo define y diferencia fundamentalmente de los demás seres creados. En el animal, toda acción procede de un estado fisiológico de su sistema nervioso en relación con su medio. El vive estático en el medio ambiente; está incrustado en la realidad; no puede prescindir de ella ni reaccionar dinámicamente; está atado a la naturaleza y no puede independizarse de ésta. En el hombre, en cambio, existe un principio nuevo, esencial, único, ajeno a todo lo demás que en la naturaleza podemos llamar vida: este principio es el espíritu. El hombre es un individuo que se sostiene a sí mismo por la inteligencia y la voluntad; no existe solamente de una manera física; hay en él una vida más rica y más elevada; sobreexiste espiritualmente en conocimiento y en amor. Es así, en cierta forma, un todo, y no solamente una parte; es un universo en sí mismo, un microcosmo. Esto quiere decir que en la carne y en los huesos del hombre hay un espíritu que vale más que todo el universo material. El hombre, por mucho que dependa de los menores accidentes de la materia, existe con la existencia misma de su espíritu, que domina al tiempo y a la muerte. Posee independencia y libertad frente al medio que lo circunda. Tiene, además, conciencia de su ser y por ello puede modelar libremente su vida y objetivar todos sus procesos psíquicos. Puede elevarse por encima de sí mismo y es capaz de reprimir sus impulsos, dominar sus pasiones y construir su existencia según los dictados de su razón. Como expresa Max Scheler, "el hombre es el ser vivo que puede adoptar una conducta ascética frente a la vida, vida que le estremece con violencia. El hombre puede reprimir y someter los propios impulsos; puede rehusarles el pábulo de las imágenes perceptivas y de las representaciones. Comparado con el animal, que dice siempre "sí" a la realidad, incluso cuando la teme y rehuye, el hombre es el ser que sabe decir "no", el asceta de la vida, el eterno protestante contra toda mera realidad. En comparación también con el animal (cuya existencia es la encarnación del filisteísmo), es el eterno "Fausto", la "bestia cupidissima rerum novarum", nunca satisfecha con la realidad circundante, siempre ávida de romper los límites de su ser ahora, aquí y de este modo, de su "medio" y de su propia realidad actual".1

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Max Scheler. El puesto del hombre en el cosmos. Pag. 72.


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El hombre experimenta la vivencia de los valores que capta en intuiciones emocionales: el amor, la bondad, la justicia. El hombre depende de su propio mundo interior, de su pensamiento, de los objetos mentales que él mismo ha creado. El hombre tiene la capacidad de autodeterminarse en el plano de la acción, de elegir libremente entre las diversas posibilidades que se le ofrecen; él goza del privilegio de tener un ser para sí mismo. El hombre es un ser compuesto y contingente, un complejo de materia y forma. La materia humana es la combinación fisicoquímica de productos naturales, substancialmente igual a la de los demás seres creados. La forma, por él contrario, es la determinante de su perfección y está constituida por su espíritu. El espíritu y la materia son los coprincipios esenciales de un mismo ser, de una sola y única realidad: el hombre. La diferenciación entre ambos es lo que nos lleva a la distinción entre persona e individuo; o mejor, entre personalidad e individualidad. Esta distinción no es nueva, pertenece al acervo intelectual de la humanidad. 2. LA INDIVIDUALIDAD. El principio de la individualización o raíz primera de las diferencias individuales en el mundo de los cuerpos es la materia. Ella, por naturaleza, exige multiplicidad de posiciones en el espacio y en el tiempo, y esto es lo que obliga a las substancias a encerrarse en cierta especialidad. Las ideas de división y de diferenciación, por lo tanto, están ligadas a la individualidad; constituyen la condición de la existencia misma de las cosas, y es por ello que en el campo de la materia sólo existen realidades individuales. La individualización afecta a los cuerpos en razón de su limitación; deriva, consiguientemente, de la indigencia ontológica de todo lo material. Es la diferenciación por indigencia, sin la cual ninguna cosa creada puede existir, y que nos lleva a distinguir una de otra, dentro de una misma especie y un mismo género. Cada hombre es un individuo, al igual que una planta o un perro; es parte del universo, fragmento singular de una inmensa conjunción de influencias cósmicas. En cuanto a ello, su naturaleza obedece esencialmente a los mismos principios que la de los demás seres y está regida por las mismas leyes.


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3. LA PERSONALIDAD. La noción de personalidad, en cambio, no dice relación con la materia, sino que se refiere al ser espiritual y a su subsistencia. En el hombre la potencia material va sellada por una energía metafísica, el espíritu, que constituye, junto con ella, una unidad substancial que lo hace ser lo que es. Cada hombre subsiste todo entero por la existencia en él del espíritu, que es un principio de unidad creadora, de independencia y de libertad. De manera que la noción de personalidad radica en las más profundas y excelsas dimensiones del ser, en el espíritu. Por ello, Santo Tomás de Aquino expresa que "persona significa lo más perfecto que hay en toda la naturaleza, o sea el ser subsistente en la naturaleza racional".2 En consecuencia, todo hombre es una persona. "Como sustancia forma un núcleo Mitológicamente distinto, que sólo debe el ser a su acto propio de existir. Como substancia racional es un centro autónomo de actividad y la fuente de sus propias determinaciones. Más aún, su acto de existir es el que constituye en cada hombre su doble privilegio de ser una razón y de ser una persona; todo lo que sabe, todo lo que quiere, todo lo que hace, deriva del mismo acto por el cual es lo que es".3 La personalidad es la subsistencia, este último acabamiento por el cual el influjo creador imprime en ella ana naturaleza frente a todo orden de existencia, de manera que la existencia que recibe es su existencia y su perfección; la personalidad es la subsistencia del alma espiritual comunicada al compuesto humano. Así, la personalidad significa interioridad en sí misma. Ya no se trata de compartir con otros su esencia, sino de poseer la existencia en plenitud, eficacia e independencia; la soberanía de sí misma en el orden del ser y de la acción. Cierto es que un individuo de una especie cualquiera, animal o vegetal, es ya un todo subsistente y distinto de los demás; pero por carecer de personalidad, está determinado por las leyes que rigen el mundo de los cuerpos, en forma absoluta.

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Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I, c. 29, a. 3.

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Etienne Gilson. El tomismo. Págs. 421 y 422.


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El hombre, en cambio, por estar dotado de un principio espiritual, es capaz de elevarse por sobre los fenómenos sensibles para alcanzar el ser y superar el mundo material; tiene la independencia de acción suficiente para desempeñar su papel en el mundo y por esto decimos que es una persona. En su acepción primera, persona significó máscara: la que usaban los actores en las tragedias y comedias antiguas. Posteriormente, dio en llamarse personas a aquellos hombres de quienes se narraban hechos notables; después se amplió el concepto y pasó a designar el hombre en cuanto tal, que obra como personaje en la escena del mundo y constituye el ser más excelente de toda la naturaleza creada. Persona se convirtió, así, en el nombre especial de un individuo dentro del género substancia, a saber, el individuo de naturaleza racional. La concepción filosófica tradicional de persona procede de Manlio Boecio, en quien encontramos expresado, por primera vez con plena madurez, la fórmula que fue aceptada por la ontología medieval y gran parte de la moderna. La persona es, según la definición de Boecio, "substancia individual de naturaleza racional".4 Esto quiere decir que la persona es una substancia que subsiste por derecho propio y es perfectamente incomunicable. Por su propia definición la persona es una substancia que no puede ser otra distinta de ella y cuyo ser es, de consiguiente, suyo. A la persona humana, como substancia individual de naturaleza racional, corresponde un modo de ser irreductiblemente suyo, imperturbable e inefable; y esto, por su naturaleza y por su destino en la vida. La racionalidad y la voluntad libre constituyen las notas distintivas del hombre. Ellas significan que éste, ligado como todo lo existente al orden del Universo, no queda, sin embargo, sujeto a él mediante fuerzas ciegas e impulsos instintivos que lo obliguen a una actitud pasiva, sino que es protagonista y actor de dicho orden. En su espíritu, él tiene impresos los primeros principios normativos de conducta, y como está dotado de razón y libertad, puede conocerlos, desarrollarlos y atenerse a ellos en su comportamiento; posee, en suma, la facultad de gobernarse libremente a sí mismo. Las dos operaciones principales en la vida de la persona humana son el entender y el querer, actos vitales que emanan de las potencias conocidas con los nombres de entendimiento y voluntad, respectivamente. 4. EL ENTENDIMIENTO. Lo propio de la facultad del entendimiento consiste en conocer las cosas de un modo inmaterial. Esta inmaterialidad del conocimiento constituye su elevación sobre los sentidos. Frente a un objeto determinado, el sentido es solamente capaz de percibir lo aparente y singular, lo 4

Citado por Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I, c. 29, a. 1.


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individual; en cambio el entendimiento, haciendo abstracción de lo particular y concreto, es capaz de formarse la idea del objeto, de conocer la esencia de las cosas, es decir, de saber lo que ellas son en sí mismas; en una palabra, de abrazar el orden ideal. Y, como quiera que no hay cosa sin esencia propia, ninguna hay que no sea inteligible y, por tanto, el entendimiento es capaz de comprenderlo todo, eso sí que de un modo finito. Pero, para no caer en un error sobre la amplitud del entendimiento humano, hay que tener presente que una cosa es la capacidad del entendimiento y otra su virtud operativa. Si bien somos capaces de entender toda clase de seres, no por ello está a nuestro alcance todo cuanto existe, ya que no hay entendimiento creado que no tenga límites en cuanto a la extensión del dominio que abraza. 5. LA VOLUNTAD. La voluntad es una potencia por la cual se inclina el hombre a los bienes que necesita para su perfección, rechazando los que les son perjudiciales. La voluntad es movida por el conocimiento intelectivo, el cual nos muestra la conveniencia de las cosas para la naturaleza racional del hombre. No quiere decir esto que la voluntad haga que el hombre se conforme siempre al dictamen de la razón; que ella impida que él se salga del orden que la razón le dicta; sino tan sólo que permita que el hombre no obre ciegamente o por instinto, sino con conocimiento de causa, a sabiendas de lo que quiere y de por qué lo quiere. Además, como quiera que el entendimiento es capaz de comprender lo que el hombre es y lo que le conviene, la voluntad abarca el amplio campo de lo material y lo inmaterial. 6. LA LIBERTAD. La persona humana, como ser dotado de entendimiento y voluntad, no está intrínsecamente obligada a obrar de un modo determinado, sino que posee la facultad de elegir los medios más aptos para alcanzar su perfeccionamiento. La libertad del hombre es consecuencia de su naturaleza racional porque sólo es señor de sus actos el que puede elegir. La dignidad de la persona humana requiere que obre según una libre y consciente elección, movida e inducida personalmente, desde dentro, no bajo un impulso ciego o una mera coacción externa. Es necesario distinguir entre la libertad física y la moral. La primera se extiende tanto a lo bueno como a lo malo, a lo lícito como a lo ilícito. La segunda se contiene dentro del orden racional y consiste en la facultad de escoger entre los diversos medios aquel que sea más adecuado para alcanzar el bien del hombre. De ambas, la que es esencial al hombre es la libertad moral.


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La libertad moral debe aplicarse a la consecución de un fin. El fin general que debe lograr el hombre con la libertad es el cumplimiento de su destino individual y social. Con todo, la libertad moral del hombre puede restringirse por circunstancias de orden físico, psíquico, cultural, social, etc., que influyen en las acciones humanas. 7. LA TRASCENDENCIA. La personalidad tiene otra nota característica, que es la trascendencia. La persona humana trasciende perpetua y continuamente su limitación actual; ella es un ser finito que tiene su centro último en un ser infinito. El hombre es persona humana porque su naturaleza espiritual trasciende de sí misma hacia instancias superiores: hacia Dios, el Absoluto o los valores, según sea la doctrina que se profese. La trascendencia de la persona humana es, en todo caso, la premisa fundamental de su existencia, aquella que da a la persona su más auténtico ser. A ello aludía el romántico Lamartine: "Limitado en su naturaleza, infinito en sus aspiraciones, el hombre es un Dios caído que se acuerda de los cielos". El concepto de personalidad se acrecienta a medida que el comportamiento ético del hombre traduce en acción la realidad metafísica de su espíritu; a medida que se apega más estrechamente por la inteligencia y la voluntad a lo que constituye la vida espiritual; en fin, a medida que el hombre se hace mejor que sí mismo. 8. INDIVIDUALIDAD Y PERSONALIDAD. El hombre es individuo y persona; pero no hay que imaginar que en el hombre existan dos realidades separadas; una que se denomina individuo y otra persona. Por el contrario, el mismo ser, todo entero, reviste este doble aspecto metafísico, la individualidad y la personalidad, presentándose ambas como dos líneas que se entrecruzan indisolublemente en la unidad de cada hombre. Todo hombre es un individuo en razón de lo material que posee; pero también es una persona, por el espíritu que subsiste en él. Ambos coprincipios son esenciales, y si bien es cierto que en él debe primar el aspecto espiritual, no lo es menos que la individualidad material no es algo despreciable en su fisonomía ontológica. Por ello es necesario insistir en que el hombre es una persona — una substancia individual de naturaleza racional— en la cual espíritu y cuerpo son coprincipios substancialmente unidos. Cuando se dice que el espíritu es la forma del cuerpo se desea expresar que es lo que hace del cuerpo un cuerpo humano; y que ambos, espíritu


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y cuerpo, son una substancia. El ser humano no está compuesto de dos substancias, el espíritu y el cuerpo; es una sola substancia en la que pueden distinguirse dos factores componentes. La persona humana está dirigida a un fin, al que debe llegar con su permanente e indestructible individualidad, pues posee un destino trascendente. Cada acto del hombre es acto del individuo y de la persona, pero siempre domina en él uno de los aspectos, el material o el espiritual. Si el hombre realiza el desenvolvimiento de su ser principalmente en el sentido de la individualidad material, caminará por la senda de la dispersión y del aniquilamiento. Si, en cambio, lo hace por el de la personalidad espiritual, acrecentará su ser y alcanzará la verdadera libertad. El hombre es, por esencia, una ser espiritual que puede superarse a sí mismo y en el cual el ente originario comienza a manifestarse. El imperativo de la persona humana consiste en desarrollar las posibilidades de su naturaleza, obrando en todas las circunstancias conforme a las exigencias de la razón. La vida del hombre no es algo que le sea dado definitivamente, sino que él tiene que moldearla. Vivir consiste en elegir, por propia cuenta y en cada instante, entre algunas de las posibilidades, limitadas en número pero siempre plurales, que nos ofrece el medio y las circunstancias. El hombre está en la ineludible necesidad de forjar su destino día a día; para ello debe escoger entre aquellas diversas posibilidades, hacia ninguna de las cuales se encuentra fatal y unilateralmente determinado. El hombre es libre de construir su destino, aun cuando existan frente a él valores u órdenes que legitimen su conducta y, por tanto, él es responsable de su propia existencia. La libertad humana no es algo abstracto, sino libertad encajada en una circunstancia y legitimada por valores preestablecidos. El hombre debe desenvolver este programa íntegro e individual de existencia en un momento y en un contexto históricos porque, como expresa José Ortega y Gasset, "yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo"... "Hemos de buscar para nuestra circunstancia, tal y como ella es, precisamente en lo que tiene de limitación, de peculiaridad, el lugar acertado en la inmensa perspectiva del mundo. No detenernos perpetuamente en éxtasis ante los


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valores hieráticos, sino conquistar a nuestra vida individual el puesto oportuno entre ellas".5 La vida humana, por consiguiente, no está constituida sólo por el hombre, sino también por el mundo que lo circunda. La vida del hombre no es sólo su yo ni es tampoco el mundo sino una realidad dual que consiste en la íntima correlación entre el yo y su mundo. Por ello, la vida del hombre —de ese ser vital dotado de espíritu— no es un simple hecho, sino más bien la posible dirección de un proceso. Ser persona humana es un cometido por realizar, un programa que llenar, una empresa en la que el hombre está de continuo empeñado y que exige de él la sublimación espiritual de todos sus modos de comportarse y de existir. El hombre conquista en la acción su personalidad, y en ella también la arriesga e incluso puede llegar a perderla, decayendo en su respetabilidad y en su dignidad como persona cuando no cumple su misión, cuando sucumbe al juego de las potencias inferiores de su ser, haciéndose esclavo de ellas y perdiendo el señorío sobre sí mismo. El imperativo que recae sobre cada hombre es estructurar libremente su vida conforme a los principios espirituales, procurando dominar su individualidad material. Al actuar en esta dirección, estará realizando algo conforme a su esencia y haciéndose cada vez más hombre. Para ser hombre hay que luchar día a día por superarse espiritualmente; hay que realizarse libremente a sí mismo; hay que ser más lo que se es, en el tiempo y en la circunstancia.

II.-

SOCIEDAD

1. LA SOCIEDAD. El hombre no es un todo cerrado, aislado en sí mismo, que pueda realizarse en una existencia individual, sino que, por naturaleza, está inclinado a la vida comunitaria, a causa de las limitaciones que le son inherentes y de la capacidad de comunicación que posee como persona, en virtud de las cuales necesita de los demás para el logro de su integral desarrollo espiritual, intelectual y físico. No es aislándose, sino asociándose convenientemente con todos los demás hombres, como la persona puede alcanzar su pleno desarrollo. La sociedad, por lo tanto, proporciona a las personas las condiciones de existencia y desarrollo que necesitan para alcanzar su plenitud y 5

José Ortega y Gasset. Meditaciones del Quijote. Obras completas. Tomo I. Pag. 322.


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en consecuencia, ella viene postulada por la misma naturaleza del hombre y por su dinamismo ontológico básico. No se trata solamente de satisfacer las necesidades materiales del hombre: alimento, vestido, habitación, etc., para lo cual es evidente la urgencia que tenemos de la ayuda de nuestros semejantes, sino, principalmente, de la colaboración que se requiere para el desarrollo de nuestra personalidad espiritual. En este orden de ideas hay que tomar en todo su rigor el sentido de las palabras de Aristóteles según las cuales "el hombre es por naturaleza un ser social y el que vive fuera de la sociedad por naturaleza y no por efecto del azar es, ciertamente, o un ser degradado, o un ser superior a la especie humana". Y luego agrega: "el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios". 6 El antecedente remoto de la sociedad es el instinto natural que conduce a los hombres, por exigencias de su esencia, de su perfección y de su indigencia, a organizar asociaciones; y el antecedente próximo e inmediato es su personalidad independiente, merced a la cual puede desarrollar su actividad libremente, para procurarse bienes convenientes por medios legítimos. 2. EL HOMBRE Y LA SOCIEDAD. El hombre, desde que adquiere conciencia se encuentra formando parte de un mecanismo de relaciones sociales, al cual lo conducen todos sus instintos, tanto los egoístas como los altruistas y sus necesidades, tanto las biológicas como las del espíritu. En el orden lógico, las sociedades singulares están al nivel del individuo. En el orden ontológico, las sociedades están en el plano de los accidentes y, por lo tanto, debajo de la persona humana, que es el plano de la sustancia. La sociedad es un modo de ser de las personas que consiste en un cierto ordenamiento de ellas, en una relación recíproca. La sociedad "no es un ser que puede tener subsistencia propia; para existir necesita un sostén; y este sostén está constituido por los individuos asociados, a los cuales ella no se suma ni como antecedente ni como consecuente ni como concomitante sustancial, sino que se les sobrepone en cuanto se identifica con un cierto modo de ser de ellos; modo que consiste en existir todos juntos ordenados, coordinados, subordinados. Brevemente: la sustancia de la sociedad está en los individuos que la constituyen en cuanto están unidos en un cierto orden". 6

Aristóteles. La Política. Libro Primero. Capítulo II.


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"La sociedad recibe su misma existencia del orden finalista, porque ella es unión ordenada de individuos, que se unen y se ordenan orientándose hacia un fin"7.7 El hecho mismo de que la sociedad sea complemento indispensable al hombre para cumplir su fin propio, nos indica que, al asociarse, no pierde éste su ser individual, sino que al ser y a la operación individuales se unen el ser y las operaciones de la multitud congregada. El ser humano, al entrar en sociedad, desenvuelve su personalidad, pero no la cambia ni la pierde. Forma parte de ella en razón de ciertas relaciones de la vida común, pero con referencia a otras realidades coexisten en él valores que no son de la sociedad, sino que están por encima de ejla y la sobrepasan. El individualismo anárquico niega que el hombre pertenezca, en virtud de ciertas cosas que hay en él, como parte, a la sociedad; el totalitarismo sostiene que el hombre es parte de la sociedad política todo entero y según todo lo que posee. El verdadero término medio es que el hombre pertenece todo entero, como parte, a la sociedad, y está ordenado al bien de ésta, mas no según todo lo que es; es decir, no en todos los modos ni en todos los sentidos. El fin de la sociedad es integrar, de manera gradualmente creciente, a las personas humanas para predisponerlas al lugar de su fin trascendente, que se encuentra situado más allá del fin social. Por ello la sociedad tiene, en último término, un valor instrumental, porque su destino es servir a la persona humana, la cual, en cambio, posee valor final y no está destinada a ninguna sociedad como su fin último. El que una sociedad, cualquiera que ella sea, pretenda arrogarse el carácter de causa final de la persona humana constituye una violación de su naturaleza propia, que es ser un medio al servicio de la ascensión del hombre hacia su plenitud ontológica. Toda limitación impuesta por la sociedad a la autonomía del hombre, para ser legítima, no puede ejercerse sino respetando la dignidad humana. De consiguiente, el hombre forma parte de la sociedad, pero no en virtud de todo lo que se encierra en él; subsisten en él realidades, las más esenciales, que trascienden a la sociedad y están por encima de ella, por cuanto su personalidad se relaciona con lo absoluto y está ordenada a él directa e inmediatamente. 7

Giuseppe Graneris. Contribución tomista a la Filosofía del Derecho. Pag. 141.


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Tenemos, entonces, que la concepción básica y esencial de la vida comunitaria es que el hombre, al integrarse en la sociedad, no lo hace según la totalidad de su persona; no es la plenitud del ser humano que forma parte de ella, sino solamente algunos de sus aspectos y dimensiones. Una gran parte de nuestro ser, precisamente lo que tenemos de único, de intransferible, de radicalmente irreductible queda fuera de la sociedad y por encima de ella. De consiguiente, ningún ordenamiento social puede regular la totalidad de la persona humana, sino tan sólo algunos de sus actos; y aquella parte que toma en consideración, no es, por lo tanto, la persona real y auténtica. Todos los hombres que viven en sociedad son con respecto a ella como partes de un todo y como tal ordenables al bien del todo; pero no se ordenan a ella con todo su ser, sino tan sólo bajo el aspecto de la temporalidad de sus actos. Si se comprenden bien las ideas anteriormente expuestas, se explica la razón por la cual, aun cuando la vida en sociedad es natural a la persona humana, existe siempre una tensión entre el hombre y la sociedad. Este conflicto es natural e inevitable, y su solución no es estática, sino dinámica; provoca un movimiento y se ejecuta en un movimiento. En este sentido, la vida del hombre es una tensión continua, ya que, por un lado, hay una fuerza que lo lleva hacia la sociedad, para desarrollar su personalidad y, por el otro, una que lo hace adentrarse en sí mismo, para moldear su espíritu en profundidad. Los que ceden a la primera, muchas veces comprometen la esencia misma de su ser, y lo disgregan en la vida social". Los que, por el contrario, cedan a la fuerza que los lleva a aislarse dentro de sí mismos, muchas veces destruyen su personalidad y secan la fuente del amor, al ocupar su vida, cual narcisos, en la propia contemplación, despreocupándose de la tragedia humana que se desarrolla a su lado. Sólo en la medida en que sepamos conciliar esta paradoja, en que sepamos vivir esta tensión, estaremos construyendo auténticamente nuestra personalidad y perfeccionando la sociedad. No podemos ser hombres sin vivir entre los hombres, ni perfeccionarnos sin colaborar con nuestros semejantes. El desarrollo integral de la persona humana reclama una pluralidad de comunidades, con sus derechos, libertades y autoridades propios. La vida del hombre está determinada por una constante ascensión hacia sociedades más perfectas en el orden temporal, que satisfagan sus necesidades y aspiraciones. El hombre se asocia por amor en el matrimonio, fundando la familia, que es la sociedad básica de la vida humana, por comunicación de conocimientos y saberes en escuelas y universidades, por participación de bienes en el trabajo, comercio e industrias; y así, de modo variado en distintas sociedades, hasta la sociedad temporal perfecta que es el Estado. La Iglesia es la forma concreta


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asumida por la sociedad religiosa, que está fuera de la órbita de la soberanía estatal. En el origen de este movimiento de progresión se encuentran las aspiraciones naturales de la persona humana hacia la superación por el camino de la libertad. 3. EL BIEN COMÚN. El fin de la sociedad es el bien común, el cual es distinto del bien individual de cada uno de sus componentes, o de la simple reunión de los bienes individuales de cada una de las personas que la constituyen, o del bien de un todo con vida orgánica que tiene su razón de ser en sí mismo. El bien común es el conjunto de las condiciones espirituales, culturales y materiales necesarias para que la sociedad pueda realizar su fin propio y establecer un orden justo que facilite a las personas humanas que integran la sociedad alcanzar su fin trascendente. Existe el bien común de la familia, de los municipios, de los sindicatos, de las universidades, de las sociedades religiosas, del Estado, de la comunidad internacional y, en general, de cada sociedad. El bien común se funda en obligaciones de justicia. La justicia determina y especifica el bien común; y, por ello, el bien común constituye un orden de justicia. El bien común es el bienestar humano de la sociedad y de cada una de las personas que la integran; es el bien del todo y de las partes y es de orden espiritual y material al mismo tiempo. Implica la suficiencia perfecta de bienes, es decir, todos los recursos necesarios para vivir una vida humana completa; exige el reconocimiento de los derechos fundamentales de la persona humana y procura el perfeccionamiento de la vida terrestre de los hombres. Luego, hay dos clases de bien común: el bien común de las personas que forman la sociedad, en cuanto son miembros de ésta; y el bien común de la sociedad en sí misma, compuesto por los bienes que necesita la sociedad para cumplir su finalidad. Como la sociedad se diferencia específicamente de la persona, así el bien común difiere del bien individual. Ambos son de diversa especie, no en cuanto el primero sea la suma de los segundos, sino en cuanto es su unión ordenada, de la cual surge un nuevo complejo orgánico de bienes. Por ello afirmaba Santo Tomás de Aquino que "el bien común es mejor, que el privado cuando ambos pertenecen al mismo género, pero no cuando son de diversa clase".8 8

Santo Tomás de Aquino. Sumo Teológica. II-II, c. 152, a. 4.


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El bienestar material de la sociedad tiene mayor valor que el bienestar material del hombre; pero la vida espiritual de un hombre es infinitamente superior a la riqueza de una nación. La persona persigue su propio bien individual; las asociaciones intermedias, su singular bien común; y el Estado el bien común general; sin que exista contradicción ni antagonismo esencial entre ninguna de las personas, ni entre las asociaciones entre sí, ni con aquéllas, ni con el Estado. La ausencia de contradicción y, más aún, la necesaria coordinación e integración, reside en que el bien común es una noción analógica y, por consiguiente, se concreta de modos esenciales distintos en las diversas sociedades en que se realiza y, a la vez, es una totalidad o concepto análogo respecto de los bienes particulares en él contenidos. El bien común, como concepto analógico, es comunicable y especificable. Se comunica el bien común a cada sociedad y a las personas singulares y desde éstas a las sociedades intermedias y al Estado, de tal suerte que, en esa dinámica, se distribuye. El bien común se especifica toda vez que cada ser y cada sociedad realiza, concreta y distribuye bienes de diversa índole, conforme a su naturaleza. El otro principio rector del bien común es la subsidiariedad, según el cual cada persona y sociedad tiene una esfera específica de obrar que la es connatural y que debe cumplir ella misma según su jerarquía, de tal suerte que las sociedades intermedias y el Estado no deben absorber tareas que incumban, por naturaleza, a otras sociedades o a las personas; pero sí deben las sociedades y el Estado ejercer el derecho y asumir la obligación de actuar e intervenir, en caso de insuficiencia de aquéllas. Todos los hombres y todas las entidades intermedias tienen la obligación de aportar su contribución específica a la contribución del bien común. Esto comporta el que persigan sus propios intereses en armonía con las exigencias de aquél y contribuyan al mismo objeto con las prestaciones —en bienes y servicios— que las legítimas autoridades establezcan, según criterios de justicia, en la debida forma y en el ámbito de la propia competencia, es decir, con actos formalmente perfectos y cuyo contenido sea moralmente bueno o, al menos, ordenable al bien. La prosecución del bien común constituye la razón misma de ser de los poderes públicos, los cuales están obligados a acomodarlo con las


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exigencias del tiempo presente, reconociendo y respetando sus elementos esenciales y según los postulados de las respectivas situaciones históricas". 9

III.- DERECHO 1. LA SOCIEDAD Y EL DERECHO. La sociedad humana no es una mera coexistencia física, sino una delicada, fluctuante y complejísima estructura de relaciones materiales y espirituales, sustentadas en la conciencia de una multiplicidad de objetivos de interés común. Toda convivencia, desde la más elemental, en la familia, hasta la más compleja en la sociedad civil, requiere de una adecuada ordenación de las relaciones de las personas. La convivencia implica, inevitablemente, limitaciones en la esfera de la libertad y del poder de cada cual, ajustes de los individuos entre sí y de éstos con las sociedades. El mantenimiento y desarrollo de la vida en común exige que la conducta de los asociados se regule normativamente en forma ordenada, segura y pacífica, con el fin de realizar un orden de justicia, pues, de lo contrario, la convivencia se haría perjudicial y aun imposible. Esta regulación externa de la conducta de los hombres, tendiente a establecer un ordenamiento justo de la convivencia humana, es lo que se denomina Derecho. La justicia es el valor absoluto que determina la igualdad que debe existir en las relaciones humanas y ella se expresa a través del Derecho. La justicia, en consecuencia, es el valor supremo del Derecho; y el Derecho, por su parte, aquello que realiza la justicia. Como afirma Santo Tomás de Aquino, "el Derecho es el objeto de la justicia".

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Quien dice Derecho dice relación societaria; no hay Derecho sino allí donde hay sociedad organizada: "ubi ius ibi societas". La afirmación inversa "ubi societas ibi ius", es igualmente cierta; toda sociedad organizada necesita del Derecho para constituirse, subsistir y funcionar. 9

Papa Juan XXIII. Pacem in terris. 25.

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Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. II-II, c. 57, a. 1.


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2.- FUNDAMENTO DEL DERECHO. El Derecho se fundamenta en la esencia de la naturaleza humana, que es inmutable e igual en todos los hombres, y en el hecho que todos ellos gozan de la facultad de determinarse por sí mismos en busca de su realización integral. Ahora bien, todo aquello que le es indispensable al hombre para el desarrollo de su personalidad y cuya obtención está, en algún modo, subordinada a otro, le es debido a él, y, correlativamente, el hombre está obligado a reconocer, como propias de sus semejantes, aquellas cosas o facultades que están en relación de condición necesaria para la satisfacción de las exigencias de la naturaleza de los demás hombres. Esto quiere decir que existe, en virtud de la propia naturaleza, un orden o disposición que la razón humana puede descubrir y según el cual debe obrar la voluntad para conformarse con las finalidades del ser. De consiguiente, existe una ley rectora de la vida humana que tiene por fundamento la naturaleza racional del hombre y no precisa de promulgación, porque se encuentra grabada en nuestra conciencia y le señala un conjunto de derechos y deberes que, al ser universales e inviolables, son también absolutamente inalienables. 3.- EL DERECHO NATURAL. El Derecho Natural es la expresión de los primeros principios de justicia que rigen las relaciones de los hombres en sociedad, determinan las facultades que a cada uno pertenecen de conformidad con el ordenamiento natural, y sirven de fundamento a toda regulación positiva de la convivencia humana. El Derecho Natural impone la exigencia de que a la persona humana, por ser una naturaleza dotada de inteligencia y voluntad libre, no se le pueda tratar por la sociedad como un medio, sino como un fin; y, por ello, debe reconocérsele el poder de obrar conforme a las exigencias de su último fin y garantizársele al respecto el uso lícito de su actividad por parte de los demás integrantes del grupo .social. Este es el fundamento de los derechos de la persona humana.

4. LOS DERECHOS Y DEBERES DE LA PERSONA HUMANA. La persona humana tiene derechos por el hecho de ser una persona. Por constituir un todo dueño de sí y de sus actos debe reconocérsele el poder de obrar conforme a las exigencias del último fin y garantizársele el respeto al uso lícito de su actividad por parte de los demás integrantes del grupo social. La filosofía de los derechos de la persona humana descansa sobre la idea del Derecho Natural. El mismo Derecho Natural que establece nuestros deberes más fundamentales nos asigna derechos fundamentales.


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Los derechos de la persona humana arraigan en la vocación del hombre, ser espiritual y libre, al orden de los valores absolutos y a un destino trascendente. Entre estos derechos cabe mencionar el derecho a la existencia; a la integridad física; a la libertad; a la igualdad; al trabajo; a los medios indispensables y suficientes para un nivel de vida digna, especialmente en cuanto se refiere a la alimentación, el vestuario, la habitación, el descanso, la atención médica y los servicios sociales necesarios; a la seguridad; a la participación en los bienes de la cultura; a honrar a Dios según los dictados de su recta razón; a profesar la religión privada y públicamente; a la elección del propio estado; a la propiedad privada de los bienes de consumo; a la asociación; a tomar parte activa en la vida pública y contribuir a la consecución del bien común; a la defensa jurídica de los propios derechos, de manera que ella sea eficaz, imparcial y regida por los principios objetivos de la justicia, etc. Los derechos de la persona humana están inseparablemente vinculados con los deberes de reconocimiento y respeto de estos derechos por parte de los demás, de cumplimiento de las obligaciones y de solidaridad para hacer siempre más viva la comunicación de los valores espirituales. 5. EL DERECHO POSITIVO. Es de esencia del Derecho Natural aspirar a convertirse en Derecho Positivo. El Derecho Positivo es el conjunto de normas de conducta extensivas, bilaterales, imperativas y coactivas que, inspiradas en el Derecho Natural, regulan efectivamente la conducta de los hombres en una sociedad y momento histórico determinados, con el objeto de establecer un ordenamiento justo de la convivencia humana. El Derecho Positivo existe por causa del hombre; es una forma necesaria del vivir humano-social; y su esencia, que descansa en valores éticos, trasciende los hechos materiales. Su finalidad es la de subordinar las relaciones sociales a los principios de justicia, encarnando lo espiritual en lo temporal. La finalidad del Derecho Positivo es crear un orden justo, cierto y seguro de la convivencia humana para lograr el bien común de la sociedad. Para cumplir esta finalidad en plenitud, el Derecho debe, además, convertirse en instrumento de cambio social que facilite el progreso de la sociedad, haga posible que ascienda a grados más elevados de organización y unificación, tome mayor conciencia de la dignidad de la persona humana y de su libertad e igualdad fundamentales, estructure un orden más justo y realice el bien común espiritual y material de la sociedad.


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6. EL AMOR. Si la estructura de la sociedad surge de la justicia y el Derecho, la fuerza creadora interna y su dinamismo vital emergen del valor supremo del amor. La sociedad no puede vivir sin el constante darse de las personas que la integran, sin la fuente de generosidad latente en lo más profundo de la vida y la libertad personal, que hace brotar el amor. Lo que determina el más alto grado de libertad y dignidad en el hombre es el amor, pues sólo alcanza la perfección humana aquel que vive conforme a la ley del amor. El amor perfecto aflora cuando el hombre se abre al prójimo y goza con su bien, cuando le manifiesta su aprecio y se ofrece a su servicio. El amor no se preocupa por saber cuáles son los límites estrictos a que obliga el Derecho, sino mira tan sólo la necesidad del prójimo, presta su ayuda incluso a quien perdió el derecho a ella y está dispuesto a renunciar a sus propias facultades en beneficio de ese prójimo. La justicia y el Derecho sólo encuentran su perfección en el orden del amor. El amor supone el cumplimiento de la justicia y el Derecho, pero los trasciende. Sus exigencias van más allá de ellos. Lo que la justicia y el Derecho establecen no es más que el mínimo que presupone el amor. El amor no desvirtúa ni menoscaba la justicia y el Derecho, porque ellos deben existir hasta que todos los hombres lleguen a la perfección del amor, es decir, mientras subsista el mundo. Solo la fuerza creadora y unificadora del amor puede realizar la plenitud de vida porque, como dijo San Pablo, "aun cuando yo hablara todas las lenguas de los hombres, y el lenguaje de los ángeles, si no tuviere amor, vengo a ser como un metal que suene, o campana que retiñe. Y aun cuando tuviera el don de profecía, y penetrase todos los misterios, y poseyera todas las ciencias, y tuviera toda la fe posible, de manera que trasladara de una a otra parte los montes, no teniendo amor, nada soy. Aun cuando yo distribuyere todos mis bienes para sustento de los pobres, y entregara mi cuerpo a las llamas, si me falta el amor, todo lo dicho no me sirve de nada. El amor es sufrido, es dulce y bienhechor, el amor no tiene envidia, no obra precipitada ni temerariamente, no se ensoberbece, no es ambicioso, no busca sus intereses, no se irrita, no piensa mal, no se huelga de la injusticia, complácese, sí, en la verdad, a todo se acomoda, cree todo el bien del prójimo, todo lo supera y lo soporta todo. El amor nunca muere".11 11

San Pablo. Primera Carta a los Corintios. Capítulo 13, versículos 1 a 9. El término griego "ágape" se traduce en latín por Caritas, razón por la cual suele usarse esta expresión caridad, en lugar del original amor.


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