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ALMAGRO Y PIZARRO: UN APUNTE SOBRE EL ORIGEN DE LAS DISPUTAS ENTRE LOS INVASORES ESPAÑOLES DEL TAHUANTINSUYO Luis Guzmán Palomino – Milagros Martínez Muñoz Los conflictos entre los españoles que incursionaron en América se dieron desde siempre. Baste recordar la imagen de Cristóbal Colón puesto en cadenas no obstante haber sido el descubridor de este continente. La insaciable codicia los deshumanizó y hasta los trastornó, pues se disputaron sangrientamente los territorios invadidos, a la par que diezmaron a su población nativa, en el más grande genocidio que registra la historia universal. En lo que toca al Perú no varió la constante, sobre todo porque se asociaron para la conquista personajes tan disímiles como Francisco Pizarro y Diego de Almagro, el primero prototipo del conquistador sin escrúpulos y el segundo practicante tardío de los rasgos caballerescos que alguna vez tuviera el feudalismo europeo. El tercer socio, Hernando de Luque, desconfió siempre de Pizarro y fue consuelo de Almagro hasta su temprana muerte, acaecida en Panamá antes de la entrada de los españoles en el Tahuantinsuyo. La historia de la invasión y la conquista del Perú por los españoles amerita ser revisada. No sólo porque sigue tratando esos temas desde una óptica occidental, sino también porque repite sin variantes una versión tradicional plagada de yerros y equívocos. Carente de todo análisis y obviando toda referencia a lo que acontecía en España o en las Españas, de donde procedían los invasores de nuestro continente, esa versión solo concatena datos, entrelazándolos con anécdotas muchas veces intrascendentes. Ni una sola mención a los movimientos comuneros que conmocionaron España cuando aquí en América se sojuzgaba a los pueblos indígenas a sangre y fuego. Esa versión tradicional no habla de los viajes de los españoles al Tahuantinsuyo, sino de los viajes de Pizarro al Perú, otorgando desde el principio el rol protagónico y destacado a este personaje. Pero la voluminosa documentación publicada desde el


siglo XIX contiene testimonios que ponen en duda el protagonismo y los méritos de Pizarro en los primeros intentos de dar con el Perú, ya que ese rol lo tuvo más bien su socio, el infeliz Diego de Almagro. No corresponde a la presente investigación entrar en detalle sobre lo que esa versión oculta, mas como en ella encontramos el origen del enfrentamiento entre Pizarro y Almagro, juzgamos de necesidad aportar algunos datos para una reinterpretación del proceso histórico. LA EMPRESA DESCUBRIDORA Que Pizarro desde un principio fue desleal a Almagro lo prueba el hecho de que éste registrara oficialmente en Panamá Informaciones de sus servicios desde 1526, como queriendo demostrar documentadamente su aporte a la empresa descubridora. Ambos coincidieron en tierras centroamericanas militando en las sangrientas campañas contra la resistencia nativa; además de ganar renombre ascendiendo a capitanes, se esmeraron por acumular el producto de sus saqueos, adquiriendo además minas y granjerías, de manera que por 1523 eran tenidos como los hombres más ricos en Panamá, sobre todo Almagro, cuyo crédito no conocía límites. Codiciosos y audaces en extremo, fueron seducidos por los relatos de los viajes hacia la Mar del Sur emprendidos por otros capitanes, y aquel año de 1523 decidieron asociarse con el maestrescuela Hernando de Luque, otro potentado de Panamá, para organizar una empresa propia con el aval del gobernador Pedrarias Dávila. En el Informe que a pedimento de Almagro se hizo en Panamá el 14 de diciembre de 1526 no se advierte aún su descontento con Pizarro. Por el contrario, se menciona que efectuaron sus primeros trabajos mancomunadamente, con el único propósito de acreditar sus servicios para luego solicitar mercedes al emperador. Decidida ya la expedición descubridora, les demoró mucho la construcción de dos navíos, y además de los gastos de la materia prima, todo ese tiempo tuvieron que asumir los de mantenimiento de los constructores y de la gente que empezó a ser reclutada para la empresa: “Diez meses tardaron en construir –dice el Informe-, y todo ese tiempo se dio a carpinteros y otros maestros dos pesos de buen oro al día y de comer. En todo este tiempo procuraron alistar gentes, manteniendo a todos de maíz y carne y además dando posada a los que venían de Castilla o islas, y pagando los


fletes. Fuera de eso se socorrió a muchos, a quien con 50, 100 pesos, etc. Esta liberalidad dio la vida a muchos que hubieran muerto, especialmente de los nuevamente venidos. Porque de los que llegando tienen de comer, los menos mueren; y los más que han fallecido, ha sido por el poco remedio que han hallado” (Pidal y Salvá, 1855: 257). ALMAGRO Y PIZARRO TUVIERON SIMILAR MANDO Después de llenar los navíos con muchos bastimentos, acordaron los socios que Pizarro fuese por delante y que Almagro lo siguiese una vez conseguido el apoyo necesario. Conviene señalar que ambos eran por igual jefes de la empresa, pues consta en una Información hecha en Panamá a pedimento del capitán Diego de Almagro, el 13 de abril de 1531, que “fueron con licencia del gobernador Pedrarias y provistos por él por capitanes del descubrimiento”, (Pidal y Salvá, 1855: 265). El primer viaje se inició en noviembre de 1524, avanzando Pizarro por la vía de Levante para tocar en la isla de las Perlas y en un recodo al que nombraron Puerto de las Piñas, por los frutos que allí encontraron. Prosiguiendo la navegación, la siguiente parada se hizo en un sitio al que recordarían como Puerto del Hambre, por las penurias fisiológicas que allí padecieron, habiendo muerto de inanición veintisiete de los ochenta hombres que partieron. En febrero de 1525 reanudaron la navegación, soportando las inclemencias del clima tropical. Desembarcaron en algunos pequeños poblados y hallaron trazas de antropofagia, lo que los espantó en extremo. Poco después divisaron desde el navío fuego en la costa, desembarcando en lo que denominaron Puerto Quemado. Era un lugar densamente poblado, a juzgar por la abundante comida hallada, pero los nativos se habían retirado al interior. Allí fue donde los de Pizarro hallaron tenaz oposición, al punto que los nativos “mataron algunos e hirieron al capitán de muchas heridas” (Pidal y Salvá, 1855: 258). Los sobrevivientes consiguieron reembarcarse rumbo al Norte, para estacionarse en Chochama a la espera de los refuerzos de Almagro. Almagro, que había partido de Panamá con el otro navío tres meses después de la salida de Pizarro, se cruzó en alta mar con su socio, sin verse, deteniéndose en el Puerto Quemado, donde la suerte le fue adversa, como se relata en la Información de


1526: “…siguiendo la costa halló aquel pueblo y en él hecho un palenque muy fuerte, donde salieron a pelear los indios; pero se les ganó el pueblo, se mató y prendió algunos de ellos, y a Almagro hirieron y quebraron un ojo, como hoy lo tiene. Está ahora tuerto de un ojo” (Pidal y Salvá, 1855: 258). EL DESCUBRIMIENTO DE ALMAGRO Pizarro no quiso volver derrotado a Panamá y hacia allá envió en su navío a Nicolás de Ribera, portador de un poco de oro para el gobernador de Panamá de quien esperaba apoyo. Y no se movió de Chochama, donde sus restos padecieron hasta lo indecible. Almagro, por su parte, apenas repuesto de su grave herida prosiguió la navegación hasta dar con el río San Juan, correspondiéndole el descubrimiento de varios poblados, lo que le devolvería el optimismo pues vio en ellos alguna riqueza: “Aunque gastados muchos bastimentos, y heridos la mayor parte –refiere el Informe de 1531-, continuó descubriendo la costa, donde halló muchos pueblos en que se vio gran riqueza; trató paces con varios caciques (y) así descubrió más de ciento cincuenta leguas en tiempo de cinco meses” (Pidal y Salvá, 1855: 267). Mas como en ese recorrido no hallase a su socio, retornó a Panamá donde Nicolás Ribera lo puso al tanto de lo sucedido. De una u otra forma el gobernador Pedrarias conoció del fracaso de Pizarro, y hasta quiso dar a otro la empresa, idea que no prosperó gracias a la intervención oportuna del aún influyente Hernando de Luque. Muy a regañadientes Pedrarias ordenó entonces a Pizarro quedarse en la región de Chochama para hacer frente a la resistencia nativa, pero despojándolo de su capitanía en el descubrimiento. Almagro fue entonces a su encuentro, comprometiéndose a continuar la empresa pese al fracaso inicial. Según el Informe de 1531, “le halló en la provincia de Chochama con veinte hombres, muy destrozado, aborrecido de Pedrarias, el que le había desposeído de la capitanía del dicho descubrimiento, y mandado por la falta de comida que había en Panamá, que se detuviese en aquella comarca pacificando ciertos principales alzados, hasta que se cogiesen los maizales” (Pidal y Salvá, 1855: 267).


Acordaron los socios que Almagro volviese a Panamá para reclutar gente y abastecer los navíos, en tanto que Pizarro aguardaría en Chochama. De regreso en Panamá Almagro se dio tiempo para oficializar una Información de lo ocurrido, como queda dicho, y en ella se mencionó como saldo positivo del primer viaje el haber descubierto por la costa cerca de 250 leguas, aunque sin ningún provecho económico “por andar reconociendo costas, puertos, etc.”, agregando “que si quisieran entrar la tierra adentro hubiera habido harto provecho” (Pidal y Salvá, 1855: 259). Tal descubrimiento, se dijo entonces, favorecería a los navíos que hacían el tráfico de la especería. De cualquier forma, fue su solo propósito el servicio del rey –dice el documento- a fin de obtener de éste las mercedes anheladas. DE POTENTADOS A DEUDORES “Teníamos con que vivir”, declararon aquel año los socios, pero los gastos del primer viaje consumieron el capital inicial y de potentados devinieron deudores, como consta en las anotaciones que hicieron los escribanos a la Información de 1526: “Tenían los tres fama de ser los más ricos de aquel reino, y ya en este tiempo se les vio buscar dineros prestados” (Pidal y Salvá, 1855: 258). De los quince mil pesos de oro con que iniciaron la aventura, se gastaron todos y hubo de pedirse seis mil prestados. Fuera de ello Almagro y Pizarro confesaron haber perdido en sus minas y granjerías, por estar ausentes de ellas casi dos años y medio, más de cuatro mil pesos. Cualquiera que no fuese Almagro hubiese renunciado a la empresa, pero éste perseveró y continuó el reclutamiento de gente, comprometiéndose en nuevas deudas. Su liberalidad fue famosa, como también su capacidad de convencimiento y sus dotes de leal camarada, por lo que se supo granjear simpatías en la soldadesca y en los mercaderes, cuyo apoyo permitió sacar adelante la empresa. Este arduo trabajo fue suyo, casi en exclusividad. ALMAGRO ES INVESTIDO JEFE DE LA EMPRESA DESCUBRIDORA


Viéndolo incansable en esos trajines, el gobernador de Panamá le otorgó la jefatura de la empresa descubridora, dándole por compañero al capitán Diego Albites. Esto último no fue aceptado por Almagro, quien abogó por Pizarro con tanta instancia, que Pedrarias tuvo que consentir finalmente la continuación de la sociedad original. De ello quedó constancia en la Información de 1531: “Fue provisto Almagro por teniente de Pedrarias en el descubrimiento, y juntamente con él y a su ruego Pizarro, el que estaba muy desfavorecido del gobernador, quien ya en su lugar de él había provisto al capitán Diego de Albites” (Pidal y Salvá, 1855: 268). Poco después Pedrarias Dávila fue relevado por Pedro de los Ríos, a quien los socios empezaron a servir porque de él podía depender una nueva autorización: “desde julio pasado que vino el gobernador Ríos – se lee en el Informe de 1526-, hemos socorrido y dado de comer a muchos de los que con él comieron, todo sin intereses” (Pidal y Salvá, 1855: 259). Así, pues, en el segundo viaje, desde Panamá, partió Almagro como jefe de la expedición descubridora, con dos navíos, varias canoas, 170 hombres, algunos caballos, artillería y mucha munición, encontrando a Pizarro en Chochama, sin imaginar lo mucho que a éste le desagradaría el saberlo único capitán de la empresa. Refiere Cieza de León que “Pizarro sintió notablemente haber Almagro procurado la provisión de capitán, creyendo que de él había salido y no de Pedrarias. Mas como no era tiempo de fingir enemistades, disimuló el enojo aunque no lo olvidó. Y fue leída públicamente la provisión dicha del capitán Diego de Almagro, que también se había justificado con su compañero -y podría tener razón- que porque a extraño no se diese tal cargo lo había tomado, pues si otra cosa fuera era grande afrenta de ellos mismos y que él no quería salir de lo que por él fuese mandado y ordenado” (Cieza, 1989: 2930). EL PRIMER GERMEN DE LA DISENSIÓN Conociendo el perfil humano de cada uno de esos personajes, debemos estar con Cieza cuando cree en la sinceridad de Almagro. Pero Pizarro, que quería solo para sí todo el beneficio del descubrimiento, juzgó a su socio de acuerdo a su propia condición, y a decir de Rubén Vargas Ugarte, ése “fue el primer germen de la


disensión que había de surgir entre ellos, aunque el hidalgüelo de Trujillo hubo de resignarse al entender que de no haber venido Almagro con los despachos de capitán otro le habría sustituido y, padrastro por padrastro, mejor le estaba que lo fuese Almagro” (Vargas Ugarte, 1971: 11-12). De momento, decidieron seguir juntos y al proseguir el viaje enfrentaron un sinnúmero de adversidades, según se lee en el Informe de 1531: “Las continuas guazabaras con indios, la muerte de muchos y enfermedades, especialmente de los recién venidos de Castilla, y la falta de bastimentos, los puso en los mayores extremos. Añadiéronse los vientos contrarios, los bastimentos muy difíciles de haber en aquella costa por estar las poblaciones en mala tierra, ciénagas y manglares” (Pidal y Salvá, 1855: 268). Desembarcados a orillas del río San Juan hubo intercambio de pareceres entre ambos socios, a fin de superar la difícil situación en que se encontraban. Se convino finalmente que el piloto Bartolomé Ruiz y una selecta tripulación abordase un navío para proseguir el descubrimiento, hasta doscientas leguas al sur y por espacio de tres meses, parámetros que podía variar a su discreción según cómo encontrase el clima y de acuerdo a su provisión de bastimentos. Se acordó asimismo que Almagro abordase el otro navío y volviese a Panamá para gestionar el apoyo del nuevo gobernador, en tanto que Pizarro, con el grueso de los expedicionarios, quedaría en esos contornos a la espera de uno u otro navío. AUSPICIOSO VIAJE DEL PILOTO BARTOLOMÉ RUIZ El viaje de Ruiz fue muy auspicioso, pues luego de pasar por la Isla del Gallo descubrió la bahía de San Mateo y más delante de la tierra de los manglares divisó costas mejor dispuestas y habitadas por gentes civilizadas. Tras pasar por Coaque topó en alta mar con una balsa de mercaderes del septentrión del Tahuantinsuyo y fue muy grata su sorpresa al abordarla de manera pacífica hallando en ella objetos de gran valor. Los tomó como trofeos, logrando también que lo acompañaran algunos nativos, que luego servirían como intérpretes, regresando al río San Juan para dar noticia de ello a Francisco Pizarro. Éste, que había padecido la insalubridad del lugar, la falta de alimentos y la la oposición de los nativos, perdiendo por dichas causas buena parte de


sus hombres, no sólo se reanimó con las noticias que le trajo Ruiz sino que se entusiasmó hasta el delirio, mucho más cuando al cabo de unos días regresó Almagro de Panamá, portador de provisiones, medicinas y de un importante refuerzo de hombres. Su alegría debió ser mayor al ser informado por su socio que el nuevo gobernador de Panamá los había confirmado en sus cargos originales, lo que demostraba a las claras lo leal que había sido Almagro. Cuenta Cieza que al llegar Almagro a Panamá, “el gobernador salió con algunos caballeros a le recibir hasta la marina y por extenso le contó Almagro todo lo que había pasado y la esperanza que se tenía de que se había de descubrir tierra rica y muy poblada. Como esto entendió Pedro de los Ríos, confirmó los cargos que de mano de Pedrarias tenían Pizarro y Almagro” (Cieza, 1989: 36-37). Muy entusiastas, decidieron entonces continuar la navegación, desembarcando parte de los expedicionarios en la bahía de San Mateo para proseguir por tierra, mientras otro grupo continuaba por mar para confluir ambos en un poblado al que nombraron Tacamez. Era una tierra pródiga en maíz y otras especies comestibles, pero sus pobladores, que levaban adornos de oro se mostraron hostiles, reanudándose los combates. De esto se hizo recuerdo en la Información hecha a solicitud de Pedro de Candia en Panamá, el 25 de agosto de 1528: “llegados a Tacamez dio sobre nosotros tanta multitud de indios puestos en buen orden, que nos salvamos milagrosamente. Allí tomé yo cargo de la artillería, con cuyo auxilio entramos en el pueblo, y en ocho días que estuvimos, ninguno hubo que no fuésemos dos veces acometidos de indios” (Pidal y Salvá, 1855: 262). PIZARRO QUISO ABANDONAR LA EMPRESA Siendo inferiores en número no les fue posible a los españoles doblegar la resistencia, cundiendo entonces el desánimo. Varios demandaron entonces el retorno a Panamá y la Información de 1531 consigna que ante tanta adversidad Pizarro quiso también abandonar la empresa: “el que más dice que lo oyó decir en Panamá” (Pidal y Salvá, 1855: 268). La versión tradicional ha pasado por alto esa defección de Pizarro, sin embargo de que fue consignada con todo detalle por el siempre bien informado Cieza de León: “…


platicaron mucho sobre lo que harían, siendo los más votos en que sería bien volverse todos a Panamá a rehacerse y juntar más gente para venir de propósito al descubrimiento de lo de adelante. Almagro lo contradecía, diciendo que no se entendían en decir que sería acertado volver a Panamá, pues yendo pobres iban a pedir de comer por amor a Dios y a morar en las cárceles los que estuvieran con deudas, y que era mejor quedar en donde hubiese bastimento y con los navíos ir por socorro a Panamá que no desamparar la tierra. Dicen algunos que Pizarro estaba tan acongojado por los trabajos que había pasado tan grandes en el descubrimiento que deseó entonces lo que jamás de él se conoció, que fue volverse a Panamá y que dijo a Diego de Almagro que como él andaba en los navíos yendo y viniendo sin tener falta de mantenimiento ni pasar por los excesivos trabajos que ellos habían pasado, era de contraria opinión para que no volviesen a Panamá, y que Almagro respondió que él quedaría con la gente de buena gana y que fuese él (Pizarro) a Panamá por el socorro” (Cieza, 1989: 40-41). No pudo Pizarro objetar tal respuesta. La discusión, que era pública, fue creciendo en intensidad, llegando a “palabras mayores, tanto que la amistad y la hermandad se volvieron rencor, y echaron mano a las espadas y rodelas con voluntad de se herir. Mas poniéndose en medio el piloto Bartolomé Ruiz y Nicolás de Ribera y otros, los apartaron e interviniendo entre ellos, los tornaron a conformar y se abrazaron. Olvidando la pasión, dijo el capitán Pizarro que quedaría con la gente en donde fuese mejor y que Almagro volviese a Panamá por socorro” (Cieza, 1989: 41). La Información de 1531 consigna otros varios detalles del imprevisto suceso de Tacamez, mostrando a un Almagro decidido y severo frente a un Pizarro vacilante y pusilánime, cuadro muy distinto al proporcionado por la versión tradicional: “Pizarro y la mayor parte de la dicha gente, fueron de acuerdo de se volver a Panamá, con los cuales tuvo Almagro grandes diferencias sobre ello, mostrando el gran daño de desamparar la tierra sin poblar, y concluyendo que Pizarro si quería se volviese en un navío, y él con el otro seguiría la demanda, pues ambos tenían igual poder. Logró Almagro con su mucha constancia, que Pizarro con la dicha gente se quedase… Si no fuera por la constancia de Almagro no se descubriera la buena tierra, porque Pizarro quiso abrir mano de ello, y jamás Almagro quiso dar consentimiento” (Pidal y Salvá, 1855: 270-271).


EN LA ISLA DE EL GALLO Los hechos posteriores son mejor conocidos. Ambos socios navegaron hasta Tempula, localidad a la que llamaron Santiago, asentándose cerca un río caudaloso durante varios días. Muchos de los expedicionarios exigían el regreso a Panamá, hasta que actuando con severidad y amenazando con penas mayores sus jefes silenciaron la protesta, aunque soterradamente ésta continuaría. Volvieron entonces a San Mateo donde se decidió que Almagro pasase a Panamá en procura de ayuda en tanto Pizarro ocupaba la Isla del Gallo para esperarlo. Promediaba el año 1527. Esta vez Almagro ya no tuvo el favor del gobernador Pedro de los Ríos. Antes al contrario, enterado éste de las penurias de los expedicionarios decidió el envío de dos navíos comandados por Juan Tafur al encuentro de Pizarro para recoger a los quejosos que le habían remitido comunicaciones secretas, “suplicando libertarlos de la cautividad en que andaban” (Cieza, 1989: 43). La propia esposa del gobernador, doña Catalina de Saavedra, había descubierto de casualidad dentro de un ovillo de algodón la famosa copla que decía: “Ah, señor gobernador. Miradlo bien por entero: allá va el recogedor y acá queda el carnicero” (Cieza, 1989: 43). Pero cuando la suerte parecía echada, una vez más intervino Almagro logrando persuadir al gobernador que consintiese proseguir el descubrimiento solo con voluntarios: “A fuerza de diligencia –se lee en el Informe de 1531- pudo lograr Almagro que permitiese el gobernador quedase con Pizarro un navío con marineros para seguir el descubrimiento en cierto término que para ello dio, y en el otro se viniesen los que quisiesen” (Pidal y Salvá, 1855: 271). UN PIZARRO TRANSFORMADO Fue en extremo dramático lo que sufrieron quienes se quedaron con Pizarro en la Isla del Gallo. Numerosas son las cartas que dan testimonio de ello y de cómo un Pizarro transformado, ya no el que estuvo a punto de defeccionar, bregó hasta lo indecible por no perder la expedición descubridora. Seguramente se dio cuenta que no tenía otra alternativa, pues como Almagro había dicho tenían tantas deudas que en Panamá solo podía esperarles la afrenta, el deshonor y la cárcel.


Por más que lo intentó, Almagro no pudo llevar ningún apoyo a los de El Gallo, pues se lo prohibió expresamente el gobernador de Panamá, y aquella isla terminó convirtiéndose en un gran cementerio, muriendo allí la mayoría de los expedicionarios españoles y varios centenares de los esclavizados indígenas que sacaron de Panamá. Sin embargo, así como muchos solo deseaban ser rescatados de lo que consideraron un infierno, otros pocos perseveraron como Pizarro, dando incluso noticias alentadoras, porque querían llegar finalmente a ese dorado reino del que con admiración oían hablar a los intérpretes. “NOS CAGAMOS DE MIEDO” Pizarro en El Gallo actuó con tal severidad que fue temido como a la muerte. Lo ilustra a las claras la carta que desde allí escribió Antón Cuadrado a un funcionario real, el 1 de agosto de 1527, cuando llevaban varios meses padeciendo lo indecible: “Habéis, señor, de saber… los agravios e injusticias que acá se nos han hecho y que cada día nos hacen en nos robar y quitar nuestra libertad que tenemos los cristianos de ser libres, impidiéndonos la ida allá… todo a fin de acabarnos de destruir y que acabemos de morir juntamente, diciéndonos el capitán Pizarro que en sus días no iremos a Panamá, dando a entender que nos ha comprado por dinero y que somos sus esclavos, tomándonos lo nuestro por fuerza y contra nuestra voluntad, usando de absoluto, sin tener reconocimiento a superior ni a nadie… que habéis, señor, de saber que no hay gente en el mundo tan cuitada como es la que acá estamos, que nos cagamos de miedo de él” (Porras, 1959: 7). Pero ese mismo informante, que hablaba de un fracaso completo, a la vez decía que era preciso el descubrimiento, pero con una hueste más numerosa y mejor equipada: “… en tres años y más tiempo que este negocio se comenzó, no ha redundado de provecho más de cuatro mil pesos de oro, con muerte de ciento ochenta cristianos… aunque es la tierra que está descubierta muy rica y buena, es menester trescientos hombres y cincuenta de caballo para haber luego provecho” (Porras, 1959: 7). Dándose con todo aires de señor, este Antón Cuadrado pide se le remita un negro esclavo; a propósito, en El Gallo los había varios y los más cercanos a Pizarro eran los que se valían de ellos, sin respeto de sus dueños originales.


CENTENARES DE MUERTOS Otros varios soldados enviaban sus cartas camuflándolas en envoltorios que mandaban a Panamá en los pequeños navíos que por allí pasaban, y en los cuales Pizarro tenía prohibido embarcase ninguno por más enfermo que estuviese. Una de ellas, remitida al Gobernador de Panamá, data del 5 de agosto de 1527 y habla de bajas cuantiosas, no solo entre los españoles, sino también entre los indios de servicio, especialmente taínos, que murieron por centenares: “… de trescientos hombres que de Panamá han salido en veces para en esta negociación, han quedado en obra de setenta u ochenta hombres que aquí estamos, entre cojos y sanos y dolientes, de los cuales podrá haber cincuenta que sean de provecho, y de los que allá trajo el capitán Diego de Almagro no han quedado sino uno o dos que de provecho sean… estamos muy cansados de esta epidemia que ha tres años que no paramos, trayendo el maíz que hemos de comer, a cuestas, porque se nos han muerto más de quinientas piezas de indios mansos que de allá trajimos, de cuya causa se han muerto muchos cristianos por no tener quien los sirviese” (Porras, 1959: 9-10). EL TRABAJAR MATABA A LOS ESPAÑOLES Esa última aseveración deja ver que los aventureros españoles hacía tiempo que se manejaban en América cual nobles señores, valiéndose para todo de indios esclavizados, pues por el solo hecho de trabajar para procurarse alimentos los llevaba a la muerte. Algo similar decía Juan de Escobar, en carta remitida al mismo destinatario, también ese 5 de agosto de 1527: “Los trabajos que hasta descubrirla hemos pasado son incomportables y con muertes de muchas gentes que en la demanda han fallecido; a causa de no tener servicio ni quien les moliese (el maíz), morían de hambre… y mueren los hombres de hambre con haber tres años que no comen carne no cosa de provecho, y ahora con solamente maíz, y aun lo habemos de ir a buscar y acarrear a cuestas en nuestras personas” (Porras, 1959: 11). Hubo de los que solo rogaban autorización para regresarse, desesperados que no querían continuar la aventura por más que enviasen mil hombres de refuerzo. Uno de ellos, Martín de Alfaro, escribió un funcionario real de Panamá, el 6 de agosto de 1527, lo siguiente: “… os suplico que si por caso el señor gobernador no hubiere


proveído de enviar por nosotros y acordare de dar socorro al capitán Diego de Almagro, que vuestra señoría trabaje en todo caso de me enviar un mandamiento del señor gobernador parta ir a esa ciudad de Panamá… Yo pedí licencia al señor capitán (Pizarro), y respondió: que juraba a Dios que mientras él viviere no ha de ir hombre a Panamá… os pido por merced que no lo olvidéis y aunque vengan mil hombres de socorro me enviéis esa licencia, porque de otra manera ninguna esperanza de vivir me queda” (Porras, 1959: 12). Este Alfaro llegó al extremo de decir que él y varios de sus compañeros pensaron incluso en pasarse a los contrarios: “… las cosas que acá han pasado y pasan, sería no bastar todo el papel del mundo, y creo que no se podría escribir; y por evitar prolijidad, digo, señor, que si estos indios fueran moros, que ya no hubiera ningún cristiano en nosotros, que todos se hubieran pasado a ellos, y esto baste para pensar el trabajo y mala ventura que acá pasamos” (Porras, 1959: 12-13). Pero aún tenía arrestos este Martín de Alfaro, que tenía buenos fondos en Panamá, para solicitar con urgencia una esclava: “… enviadme, señor, una india de esas de Cueva, cualquiera que sea” (Porras, 1959: 13). Ignoramos quiénes eran esas indias de Cueva. ESPERANDO AL MESÍAS El capellán Gonzalo Hernández fue otro de los quejosos, solicitando al gobernador de Panamá, el 10 de agosto de 1527, que enviase el apoyo necesario o los recogiese sin dilación, “porque de ochenta hombres que aquí estamos -decía-, los veinte no se pueden tener, y con mal refrigerio ninguno cae que puede levantarse” (Porras, 1959: 16). Dos días después, Juan Gutiérrez, otro desesperado, escribía a Pedro de los Ríos: “… esperamos como quien espera al Mesías a que Vuestra Señoría envíe gente” (Porras, 1959: 16). Hubo entre los de El Gallo uno que denunció haber sido reclutado por Almagro a viva fuerza; fue Alonso Gallego quien por esos mismos días escribió a Pero Vernal: “Ya sabréis, señor, cómo Diego de Almagro me tomó en la Isla de las Perlas, me trajo acá por fuerza; porque dije que no quería venir con él, me dio de bofetones, lo cual, señor, yo espero en Dios Nuestro Señor que con vuestra ayuda he de salir de este cautiverio,


que más deseo de salir de él que si estuviese cautivo en tierra de moros” (Porras, 1959: 18). Pizarro, por su parte, también remitía cartas, a los funcionarios reales y al gobernador de Panamá, ocultando en parte la verdad, por ejemplo al decir el 10 de agosto de 1527 que tenían alimento “para dos meses y medio” (Porras, 1959: 14), ya que era su ferviente anhelo “que este descubrimiento y conquista no se deje de las manos” (Porras, 1959: 15). Finalmente, el gobernador de Panamá envió a Juan Tafur con dos navíos para recoger a los de El Gallo, con expresa comisión “que procurase cómo no quedase cristiano ninguno entre aquellas montañas” (Cieza, 1989: 45). Quienes más lo sintieron fueron Almagro y Luque, pues si todos los de El Gallo desertaban terminaba la aventura, con ellos tan adeudados que se imaginaban ya en la cárcel. Por eso escribieron a Pizarro para que no abandonase la empresa, pues en ello les iba la vida: “… recibieron gran pena Almagro y el padre Luque, ponderando desde el principio el negocio, cuánto habían trabajado y gastado, lo mucho que debían y lo poco que tenían para lo pagar. Determinaron de escribir a Pizarro para que no volviese a Panamá aunque supiese morir pues si no se descubría algo que fuese bueno, para siempre quedarían perdidos y afrentados” (Cieza, 1989: 46). LA LLEGADA DEL MESÍAS La llegada de Tafur a la isla de El Gallo hizo llorar de alegría a los pocos que sobrevivían y al abordar los navíos que los regresarían a Panamá imaginaron “que salían de un cautiverio peor que el de Egipto” (Cieza, 1989: 47). Pero Pizarro, tras leer la carta remitida por sus socios, “determinó antes morir que volver sin descubrir la tierra de que tenía noticia”, según se lee en el ya citado Informe de Candia (Pidal y Salvá, 1855: 263). No hizo la menor objeción a Tafur, pero como estaba autorizado para quedarse con los que voluntariamente así lo quisiesen, pronunció una arenga diciendo que “ir pobres a Panamá lo tenía por más trabajo que no morir, pues iban a dar importunidades” y que juzgaba mejor “que le siguiesen para


descubrir por camino de mar lo que hubiese, pues los indios que tomó Bartolomé Ruiz decían tantas maravillas de la tierra de adelante” (Cieza, 1989: 47). LOS TRECE O CATORCE DE EL GALLO La mayoría no lo quiso oír, cuenta Cieza de León, y por el contrario exigió a Tafur partir cuanto antes. Pero hubo trece audaces que decidieron quedarse y “dijeron que le tendrían compañía para vivir o morir con él” (Cieza, 1989: 47). Pizarro suplicó a Tafur le dejase un navío para continuar la aventura, como se había convenido con Almagro en Panamá, pero pese a su insistencia ello le fue negado. Solo se le permitió escoger el lugar en que quería quedarse con sus trece compañeros, más un grupo de indios e indias de servicio y los intérpretes que tomara en la costa tumbesina, a los que siempre tuvo cerca. Pizarro y los suyos acordaron quedarse en la Isla de la Gorgona, por tener agua y no estar poblada, pues temían la oposición de los nativos. Tafur se apresuró a dejarlos allí, pero con tan mala voluntad que no les permitió sacar del navío el maíz que habían acopiado, maíz que se pudrió y que luego tuvo que echar al mar. Pizarro, al despedirse del piloto Bartolomé Ruiz, le rogó volviese por ellos con el navío que de seguro le habría de enviar Almagro. El griego Pedro de Candia, uno de los Trece del Gallo, hizo recuerdo de la trascendencia que tuvo esa decisión: “… y yéndose todos en los dos navíos, quedamos de nuestra voluntad con él 13 hidalgos, esperando volviese un navío para seguir el descubrimiento. De esta quedada en la isla de San Cristóbal o Gorgona, yerma y despoblada, redundó descubrirse la más alta provincia y la tierra más rica” ((Pidal y Salvá, 1855: 263). Pero, ¿fueron trece o catorce los españoles que decidieron en El Gallo quedarse con Pizarro? Fluye la pregunta al leer la Información hecha en Panamá el 5 de agosto de 1528 por García de Jaren, que fue precisamente uno de ellos: “Quedaron solos 14 hombres, el uno este Jaren, en la isla de San Cristóbal o Gorgona, como antes se llamaba, do estuvieron en sumo peligro tres meses, esperando navío con socorro” (Pidal y Salvá, 1855: 260).


Al cabo de tres o cuatro meses –son disímiles las informaciones- llegó a la Gorgona un bergantín que llevaba como piloto a Bartolomé Ruiz. El erudito historiador Rubén Vargas Ugarte dice que Almagro llegó en ese navío a la Gorgona, pero cronistas como Cieza de León indican que se quedó con Luque en Panamá, enviando con Bartolomé Ruiz sus cartas a Pizarro. Como quiera que fuese, en la Gorgona se embarcaron diez de los trece o catorce de El Gallo, pues Peralta, Páez y Trujillo se quedaron en la isla al parecer por estar enfermos, con suficiente bastimento e indios de servicio. Poco después moriría Trujillo. SE CONFIRMA EL DESCUBRIMIENTO Tras navegar veinte días los expedicionarios entraron al Golfo de Guayaquil, en una cuyas islas desembarcaron hallando entierros con objetos de oro y plata. Más adelante se toparon con balsas de tumbesinos, por entonces en guerra con los de la Puná, y en su compañía avanzaron hasta Tumbes, cuya vista les confirmó que estaban en un país muy diferente a los que hasta entonces habían conocido, por el grado de civilización que pudieron advertir. Continuando la exploración del litoral tocaron en Paita, Sechura y las islas de Lobos, avanzando hasta un puerto al que llamaron Santa Cruz, periplo en el cual oyeron hablar de los Incas, del Gran Chimú, de las curaquesas costeñas y del Gran Señor de Chincha, noticias prometedoras con las cuales decidieron emprender el regreso, no sin antes llevarse vasijas de barro y metal, piezas de arte textil, otros finos objetos de artesanía, ejemplares de auquénidos y algunos jóvenes indígenas que serían adiestrados como intérpretes, entre ellos dos muy decidores, a los que bautizaron como Martinillo y Felipillo. Hubo tres españoles tan entusiastas con lo hallado en Tumbes que solicitaron quedarse, lo que fue consentido. Y tras recoger a los que dejaron en la Gorgona, regresaron a Panamá en los primeros meses de 1528. Fue casi triunfal su entrada en esta ciudad, pues todos miraban con curiosidad a los indígenas de rara traza que los acompañaban, así como los exóticos objetos de que eran portadores, indudables


testimonios de una civilización desconocida, empezando a hablarse del dorado reino del Perú. Reunidos los tres socios, y tras un breve descanso, se apersonaron a la casa del gobernador Pedro de los Ríos, tomando la palabra Luque en demanda de apoyo para la conquista del país descubierto. Increíblemente, el gobernador les negó ese apoyo, alegando razones y sinrazones. Y fue por ello que los socios decidieron enviar un comisionado a España, para que expusiese el asunto ante el rey y obtuviese su licencia para la conquista. DESCONFIANZA DE LUQUE E INGENUIDAD DE ALMAGRO Luque, que siempre había desconfiado de Pizarro, propuso que llevase tal comisión el Licenciado Corral, pero no obtuvo el aval de sus socios. Almagro quería hacer el viaje con Pizarro, pero por entonces su salud se quebrantó seriamente. Propuso entonces que fuese solo Pizarro, provocando la desazón de Luque, quien como presagiando el mal que ello acarrearía, y ante un Pizarro silente, adujo todavía: “Plega a Dios, hijos, que no os hurtéis la bendición el uno al otro, que yo todavía digo que holgara, por lo que a entre ambos toca, que juntos fuérades a negociar o enviáredes persona que por vosotros lo hiciera” (Cieza, 1989: 75). Pero insistió con fervor Almagro y Luque tuvo que aceptar a Pizarro como comisionado ante la corona. Causa admiración saber que Almagro, enfermo como estaba, anduviera por todo Panamá para conseguir el dinero que Pizarro necesitaba para viajar con algunos de sus compañeros, entre ellos Pedro de Candia, los intérpretes y otros indios portadores de los exóticos objetos recogidos en el litoral norte del Tahuantinsuyo, incluidos los auquénidos, todo para impresionar a los que debían aprobar en España la empresa de conquista. Pizarro estuvo solo a la espera en los días en que Almagro, que “era tan diligente como saben los que lo conocieron, tullido que no podía andar (y) puesto en una silla a hombros de esclavos, anduvo por la ciudad buscando entre sus amigos dineros para lo dicho; juntó lo que pudo, que fueron mil y quinientos castellanos… Con ello y con la muestra que en la isla pequeña hallaron, se aprestó Pizarro para ir a España” (Cieza, 1989: 76).


Hizo aún más Almagro, pues mientras duró el viaje de Pizarro a España tuvo que contener los arrestos de varios ricos conquistadores, que tenían aparejo para hacer navíos, sobre todo los de Nicaragua, que al informarse de lo que prometía el Perú insistieron ante el gobernador de esa provincia, que era Pedrarias Dávila, para que les autorizase la conquista. Refiere Cieza de León que “Almagro no se descuidó, antes determinó de enviar un navío a la gobernación de Nicaragua… (pues) temió que Pedrarias o Hernán Ponce y Hernando de Soto no se entrasen en la tierra del Perú y la ocupasen en el inter que su compañero iba a España y volvía” (Cieza, 1989: 76-77). FELONÍA DE PIZARRO En la Información de 1531 consta que cayó “Almagro muy enfermo, y por eso acordaron fuese aquel (Pizarro) a dar cuenta a S. M., y pedir mercedes por entre ambos” (Pidal y Salvá, 1855: 272). Reparemos en esto último: “pedir mercedes por entre ambos”. La historia registra pocas felonías como la perpetrada por Francisco Pizarro en este su viaje a España. Almagro, que le procuró dinero para el viaje y para su estancia en la corte, incluso volviéndose a adeudar, iba a ser puesto de lado, completamente, por su desleal y taimado socio: “Aunque llevó pleno poder de Almagro, y obligación del mismo para tomar 4,000 pesos en España, como los tomó y después pagó en Panamá Almagro, no curó de éste Pizarro, ni expuso sus servicios, ni le procuró mercedes de S. M.” (Pidal y Salvá, 1855: 272). Apenas desembarcado en Sevilla Pizarro fue puesto en prisión por unas antiguas deudas contraídas con el bachiller Enciso cuando estuvo en Tierra Firme. La fama que empezaba a tener el Perú debió ganarle valedores, pues pronto recuperó su libertad, encaminándose a Toledo donde residía la corte de Carlos V. No se sabe con certeza si llegó a entrevistarse con el emperador y más parece creíble que ocupado éste en otros múltiples asuntos confiara los del Perú a los Consejeros Reales Pizarro. LAS CAPITULACIONES DE TOLEDO Ante ellos fue que Pizarro expuso con detalle “sus trabajos”, impresionándolos con la referencia a los tesoros que la conquista prometía. La posibilidad de nuevas riquezas fue determinante para que los Consejeros recomendaran a la corona otorgar a Pizarro todo lo que pedía. Y el 26 de julio de 1529 la Reina Madre suscribió las famosas


Capitulaciones de Toledo. Sintetizando su contenido, el padre Vargas Ugarte dejó escrito: “A Pizarro se le concedía continuar el descubrimiento de la provincia del Perú y su conquista y población, desde el pueblo de Santiago hasta Chincha, que podría haber a lo largo unas 200 leguas; se le nombraba Gobernador y Capitán General de toda aquella tierra (la Nueva Castilla) con 725,000 maravedíes de sueldo al año; se le otorgaba asimismo el título de Adelantado de toda la dicha provincia del Perú, por los días de su vida; por último, se le señalaban como ayuda de costa, mil ducados de renta de por vida. No podía pedirse más. Pero a Pizarro se le concedió también el usufructo de una de las islas de las Perlas, llamada Flores, con la condición de entregar cada año a los oficiales reales 200,000 maravedíes y más el quinto de todo el oro y perlas que se extrajese. “A su socio, D. Hernando de Luque, se le presentaría para el Obispado de Tumbes y se le nombraba Protector de los Indios, con mil ducados de salario al año. A Almagro se le daba la tenencia de la fortaleza que había de hacerse en Tumbes, con salario de 5,000 maravedíes al año. Esto le debió parecer poco, y lo era en efecto, al mismo Pizarro y sin duda por esta razón, en las capitulaciones se añadió que como ayuda de costa se le darían 200,000 maravedíes de las rentas de la ciudad de Tumbes, los cuales gozaría desde el momento en que Pizarro llegase al Perú. Con esto se le daba la carta de hidalguía. “Como ve el lector, a Pizarro le había tocado la parte del león; lo del obispado de Tumbes para Luque se quedó en el papel y en cuanto a la renta como Protector, el maestrescuela de Panamá no tuvo ocasión de gozarla ni había de dónde obtenerla. Almagro quedó de señor de una fortaleza que no existía ni existió nunca” (Vargas Ugarte, 1966: 29-30). MAYOR INEQUIDAD, IMPOSIBLE Baste una comparación: 725,000 maravedíes al año para Pizarro como Gobernador y Capitán General de la Nueva Castilla, frente a 5,000 maravedíes al año para Almagro como Teniente de la inexistente fortaleza de Tumbes. Mayor inequidad, imposible, sobre todo por los trabajos que uno y otro habían hecho en la empresa descubridora.


Por eso Cieza de León refiriéndose a lo conseguido por Pizarro escribió: “Díjose que solamente procuró para sí lo más y mejor, sin se acordar de lo mucho que su compañero había trabajado y merecido; y así cuando vino a noticia de Almagro que no le traía el adelantamiento, mostró sentimiento notable” (Cieza, 1989: 78). Pizarro se quedó algún tiempo en España, recogiendo a sus hermanos Hernando, Gonzalo, Juan y Martín de Alcántara, en tanto la corona designaba a los oficiales reales que llevaría al Perú. Y a fin de que se preparase en Panamá el recibimiento de un buen número de expedicionarios que traería desde la península, además de negros y negras esclavos, envió un navío en vanguardia con una veintena de tripulantes, los que a su llegada dieron algunos detalles sobre lo contenido en las famosas capitulaciones. ALMAGRO DOLIDO QUIERE ABANDONAR LA EMPRESA Almagro quedó muy impresionado y tanto le dolió la felonía de su socio que lo denunció públicamente y hasta decidió retirarse a las minas: “El capitán Diego de Almagro supo de los que habían venido cómo Francisco Pizarro venía por gobernador de la tierra a la que intitulaban la Nueva Castilla y cómo el adelantamiento lo procuró para sí mismo. Quejábase de su compañero públicamente, que había ido a venir hecho señor sin se acordar de él que lo había puesto en todo; decía más, que Pizarro le dio mal pago por lo que él había hecho y que no tenía que se quejar del rey, porque si él fuera a su presencia no le pagara con le hacer alcalde de Tumbes, y que venido Pizarro no le había de entrar hombre de los que venían con él en su casa, (y) no había de gastar más de lo gastado. Don Hernando de Luque le decía que suya era la culpa pues procuró con todo ahínco la ida de Francisco Pizarro a España y estorbó lo que él daba por parecer, que fuese una persona a los negocios que con equidad los trataría; y que puesto que había oído aquello, que se sosegase, que no veía por qué creer más del dicho de aquellos. Dicen que no bastó el electo don Hernando de Luque a lo apaciguar, antes se fue luego a las minas. Luque, como esto vio, buscó algunos dineros prestados con que pagó los fletes de los que vinieron delante” (Cieza, 1989: 82-83). Por increíble que parezca, Luque logró convencer a Almagro que era falso lo que se decía de Pizarro y otra vez se vio al ingenuo capitán en Panamá y Nombre de Dios


procurando que nada faltase a los que habían de llegar de España: “Don Hernando de Luque le escribió algunas cartas, amonestándole se viniese a Panamá, pues todo cuanto Pizarro había negociado era para todos, pues con él tenía compañía; sin esto le escribió por le contentar que supiese que lo que decían del adelantamiento que traía Pizarro, que era burla. Con estas cartas… (Almagro) perdió parte de su pasión y escribió al electo (Luque) que recogiese la gente y la proveyese en el entretanto que él iba a Panamá, donde sin pasar muchos días llegó, hablando bien a los que habían venido; y porque su compañero hallase hecha alguna hacienda cuando llegase, envió carpinteros a cortar madera al río que llaman de Lagartos, para adobar las naos que estaban muy gastadas de los viajes pasados… El capitán Diego de Almagro ben la Tierra Firme procuraba de allegar alguna gente para la conquista que se había de hacer del Perú y de tener bastimento para que comiesen los que viniesen de España” (Cieza, 1989: 83). Pero la llegada de Pizarro, que vino de España con tres navíos y ciento veinticinco españoles, y la vista y lectura de las Capitulaciones de Toledo, volvieron a Almagro a su triste realidad, sobre todo al ser recibido hoscamente por Hernando Pizarro, el más soberbio de los hermanos, cuya fatuidad le hizo presagiar desde entonces males mayores. ALMAGRO DISPERSA SUS FUERZAS En la entrevista que sostuvieron los socios en la ciudad de Nombre de Dios, las quejas de Almagro enojaron a Francisco Pizarro quien replicó que nunca una provincia se había dado para dos gobernadores y que el Perú era tan grande que había gobernación para ellos y para otros más. Considerando ello una burla, la inmediata reacción de Almagro fue dispersar a la gente que había reclutado, conforme consta en la Información de 1531: “Llegado Pizarro a Panamá y vista vista por Almagro su ingratitud, partió mano de entender en el despacho de la armada para poblar, y cesó todo y se descarrió la gente por ver la mala conducta con Almagro y pocas facultades de Pizarro. Convienen los testigos en el descontento que tuvo Almagro cuando Pizarro vino de la corte, en que se desavino


por ciertos días, y se resfrió mucho la gente, porque a la verdad se necesitaba de Almagro para el buen aviamiento de la armada” (Pidal y Salvá, 1855: 272). ALMAGRO PENSÓ MARCHAR AL PERÚ POR CUENTA PROPIA Almagro estuvo a un paso de dejar a Pizarro y hacer sociedad con otro conquistador para marchar al Perú por cuenta propia, mencionándose que solo entonces cedió algo Pizarro, renunciando en él su título de Adelantado: “Almagro… formó quejas de su compañero, y para aquietarle hizo don Francisco en él renunciación del oficio de Adelantado. Quiso Almagro apartarse del concierto, y hacerle con un fulano de Cáceres; pero al fin siguió a su compañero don Francisco, con la gente que pudo contar” (Pizarro, 1639: 213). Tiempo más tarde, Pizarro comentó que se enteró de lo proyectado por Almagro merced a una delación, y según una crónica pizarrista Almagro dio muerte a ese desleal: “siempre tuvo don Francisco cuidado de enviar nuevas a su compañero y amigo, y como a tal le avisó de lo que su secretario le había escrito, que quería dejar su compañía; y por esto lo mandó ahorcar Almagro antes de llegar a Cajamarca, por la infidelidad de descubrir a son Francisco sus designios secretos” (Pizarro, 1639: 213). LOS MÉRITOS DE ALMAGRO Aquella vez, en Panamá, quienes convencieron a Almagro de mantener la sociedad con Pizarro fueron el licenciado Antonio de la Gama y los frailes de Santo Domingo. Y una vez más Almagro se hizo de muchas deudas, ya que solo gracias a ello pudo quedar expedita la expedición conquistadora del Perú: “… volvió a poner mano, convocó sus amigos y le franquearon sus haciendas; y así despachó la armada con 230 hombres y 40 caballos, para lo que quedó muy adeudado. Si Almagro no entendiera en ello, no se despachara la armada, porque era tal el crédito de Almagro que todos fiaban de su palabra; y así él lo gastó todo por su mano desde el principio, y obligó a todo su persona. Si por él no fuera, aquella tierra estuviera ignota. Por tanto era Almagro acreedor a cualquier merced y título con que S. M. le honrase, y todo cabía en su persona. Partió Pizarro a su gobernación con hasta 60 hombres, sin los marineros y los de a caballo; a los más de ellos les proveyó Almagro con lo suyo y de sus amigos; pagó las deudas de unos, se obligó por las de otros, a otros socorrió con dineros,


especialmente a los oficiales, tesorero, contador y veedor, que con el gobernador fueron. Aderezó el navío en que fue Pizarro; otro navío que Domingo de Soraluce y Pedro Gregorio enviaron juntamente con mercaderías y caballos, fue Almagro gran parte para su aviamiento, como igualmente para despachar el barco de remos en que iba gran parte de la gente. Así fueron los dos navíos y barco de Panamá a la isla de Taboga, do se proveyeron de agua y leña, y además les envió Almagro en un barco suyo (que volvió de allí a Panamá) maíz, puercos y otras cosas, con que siguieron su viaje muy bien proveídos y contentos” (Pidal y Salvá, 1855: 274). Una vez más Almagro se quedó en Panamá, con encargo de reclutar más gente y marchar en retaguardia. Poco después falleció Hernando de Luque y no hubo ya quien calmara su desasosiego ante un porvenir bastante incierto. Era ya viejo, estaba tuerto y tullido, pero se consideraba aún con fuerzas para encabezar por su cuenta una conquista, sobre todo pensando en lo que había de legar al hijo mestizo que había tenido con la bella taína Ana Martínez; por lo pronto, solo le había dado su nombre. Tenía entonces solo diez años quien llegaría a ser Diego de Almagro El Mozo.


Almagro y Pizarro