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Se quedó en silencio, pensando en la miseria de este barrio, que era precisamente la entrada al Puerto. Tuvo qué pagarle caro a Ramiro, que le temía a Teófilo, para que le llevara razones a Teresa; y también pagarle caro a Patiño, que hacía los cambios de trenes de diez de la noche a dos de la madrugada, para que lo llevara y lo trajera dos noches por semana, cuando el negro José, el papá de Teresa, salía de pesca con Bernabé. ¡Cómo dolían los recuerdos! A pesar del calor sofocante dentro del vagón del tren, un escalofrío de terror le recorrió el cuerpo de sólo pensar que ya podría ser muy tarde para volver con Teresita; qué poca importancia tenían en ese momento los prejuicios de su madre y los reclamos de la novia, solo contaba la amarga realidad de lo que había hecho; al dolor y la desesperación se le unían la sensación de pequeñez y de impotencia. La tortura de los recuerdos continuó. Se habían visto a escondidas durante dos meses, a las nueve y media de la noche; salía sigilosamente de la pensión donde vivía, daba un rodeo por el muelle para llegar a las bodegas del ferrocarril, tomaba el tren de Patiño y en pocos minutos estaba en La Milla, el maquinista disminuía la velocidad para dejarlo a corta distancia de la casa de ella, que quedaba del lado del río, se metía por detrás de los solares ayudado por la oscuridad y entraba por la cocina que era destapada y contigua al cuarto de Teresita. Toda la casa era de tierra apisonada, muy limpia y, con excepción de la cocina, cubierta con esteras a modo de alfombra. El cuarto era pequeño, tenía una ventana que daba al río, una cama con mosquitero, una cómoda y un tocador rústicos y un aguamanil, el único detalle de mal gusto eran las flores de papel plateado que adornaban la imagen del Corazón de Jesús. Del lado de la carrilera, al frente de la casa, estaba 62

Tren al pasado. Relato de unas vacaciones  

Una inesperada llamada obliga a evocar sorprendentes, emotivas y a veces dolorosas vivencias de la juventud. Junto al esplendor y ocaso de s...