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debajo de la oreja derecha hiriéndolo sin mayores consecuencias; el tiro del fusil le voló a Alberto la tapa de los sesos. Alguien le avisó a Regina, que corrió enloquecida; nadie pudo impedir que llegase hasta donde estaba el cadáver de su esposo, a la fuerza se lo arrebataron para las diligencias judiciales y se lo volvieron a entregar al día siguiente. Yo fui con mi tía y sus amigas a acompañarla; esa noche estaba desolada, un manto de oscuridad había caído sobre la casa y la infeliz viuda, que era muy poco lo que había disfrutado de su amor en medio de las críticas y burlas de la gente, no hacía un mes que se la veía radiante de felicidad y rejuvenecida, saliendo de la iglesia del brazo del que ya era su marido; hoy, frente a la amargura de su muerte, no era más que una empequeñecida anciana. La casa estaba llena de gente en prudente silencio, algunas señoras rezaban en la sala, el resto no tenía nada qué decir; la terrible muerte de Alberto más parecía un suicidio. Si el motivo de esa tragedia valía la pena o no, solo lo sabrían el muerto y el herido. Eduardo Vélez contrató una avioneta para llevar el cadáver de su hermano a Medellín donde residía la familia; con él viajaron la viuda y su hermana Isabel, que ya nunca más volvieron al Puerto; sus parientes se encargaron de desocupar la casa y arrendarla. Eduardo regresó, pero solo permaneció en El Puerto el tiempo que tardó en vender el negocio; Hernando Posada estuvo tres meses entre la vida y la muerte pero se recuperó y volvió a su trabajo en las bodegas. Jamás volvió a mencionar el asunto. Como si todas las fuerzas del mal se hubiesen desatado en El Puerto, a la resaca de desazón y falta de dinero que dejan las fiestas se le sumó otra tragedia; el seis de enero, en la horas de la mañana, 54

Tren al pasado. Relato de unas vacaciones  

Una inesperada llamada obliga a evocar sorprendentes, emotivas y a veces dolorosas vivencias de la juventud. Junto al esplendor y ocaso de s...

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