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acomodado mal, la tierra empezó a temblar; Hernando, de un salto, se tiró a la calle gritando: -¡No temblés tierra, que no es con voz sino con esta manada de negros! Hasta allí llegó el pleito, pasado el susto todos terminaron muertos de la risa. El calor, el exceso de trabajo y la competencia entre las agencias y los pequeños abarroteros en la lucha por conseguir los cupos habían exacerbado los ánimos; Alberto Vélez había llegado al límite de su paciencia con Hernando Posada, pues estaba cansado de que, según él, le viera la cara de tonto como si fuera poco con las bromas y chistes que le hacía frente a los demás porque se había casado con una mujer que le doblaba en edad. Una y otra vez le quedaba mal con los cupos a los que tenía derecho; hasta ahora se había aguantado porque además de educado y compuesto era tímido, y de ninguna manera tenía la verborrea de los comerciantes; si tenía derecho a un cupo, eso era todo, no sabía convencer al bodeguero, y ofrecer plata, menos. Además ya él y su hermano estaban perdiendo mucho por culpa de los malditos cupos. Ese jueves, cuatro de enero, le llegó su mala hora y armado con un revólver Colt calibre treinta y ocho y con los bolsillos llenos de balas, se fue para las bodegas. A las tres de la tarde Hernando estaba trabajando cuando llegó Alberto a reclamarle por un cupo que tenía para mil bultos de panela; aquel le contestó que sólo le recibía quinientos y discutiendo se salieron para la acera del lado del muelle. Alberto, ya ofuscado, le dijo:

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Tren al pasado. Relato de unas vacaciones  

Una inesperada llamada obliga a evocar sorprendentes, emotivas y a veces dolorosas vivencias de la juventud. Junto al esplendor y ocaso de s...

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