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cuando la vida de los dos habían tomado diferentes rumbos, la madre de Adolfo me buscó para decirme que él me había querido y me quería, pero que nada más pudo ocurrir entre los dos por culpa del orgullo de mi tía; yo me sorprendí porque nunca supe el cómo y el por qué, pero para el resto de mi vida el recuerdo de Adolfo Vargas estuvo acompañado de una triste sensación de pérdida. Las fiestas siguieron su curso normal y la del treinta y uno de diciembre fue como siempre, la mejor; bailamos hasta el amanecer y mi tía y sus amigos quedaron de encontrarse en el puerto de las lanchas para reponerse del guayabo con el famoso caldo de pescado. Y allí estábamos reunidos cuando arribó el planchón con un camión lleno de ganado y trabajadores de las fincas de Santander; trajeron la noticia de que gorra negra había asesinado a Roberto, el mayor de los Vargas, en una finca que estaba montando en el kilómetro doce de la carretera de El Carare; también asesinó al mayordomo y a ocho trabajadores más, quemó la casa y las cosechas de maíz y arroz y desjarretó ochenta reses para que se murieran de hambre y gusanos. A sus treinta años, Roberto hacía honor a la fama de bellos de los Vargas y era buen amigo y trabajador. Por tiempo largo gorra negra había sido peón en las fincas de la familia. Un día cualquiera, sin decir por qué, se fue y se unió a los bandoleros de la zona de El Carare y se hizo famoso por la sevicia y crueldad de sus ataques, ganándose así una tenebrosa fama. La familia para la que había trabajado varios años atrás volvió a saber de él en la peor de las formas. Don Ricardo Vargas, temiendo por la vida de sus otros hijos, los obligó a trasladarse con el resto de la familia a una finca que tenían en Maceo; él se quedó al control de las fincas de El Puerto y 48

Tren al pasado. Relato de unas vacaciones  

Una inesperada llamada obliga a evocar sorprendentes, emotivas y a veces dolorosas vivencias de la juventud. Junto al esplendor y ocaso de s...

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