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Angelita me dio el resto de la información; se llamaba Teófilo Mosquera, era laderano puro, de piel cetrina y ojos achinados que no miraban de frente, unos años mayor y más bajo que Carlos; también era respetado aunque por otras razones, misterioso en extremo y amigo de uno que otro bandido, inspiraba desconfianza y temor, también tenía muchos amigos en el ejército y la policía; don Jaime Acosta considerado en El Puerto un señor y muy amigo de Carlos, decía: -Ese hombre es un bandido, es capaz de dejar viuda a mi mujer y huérfanos a mis hijos; solo hay que mirarlo, la cara le hace el sumario. Los liberales lo tenían por un godo corta cabezas, sin embargo sus compañeros de trabajo lo apreciaban por serio, mesurado, de pocas palabras, que guardaba muy bien las distancias con los que no eran de su posición social y económica. Pensé que también era atractivo aunque de una forma rara y enigmática, la otra cara de la moneda; volví a mirarlo y de nuevo me sonrió, sentí miedo por Carlos. ¿Cómo era posible que él, que lo tenía todo incluida la mujer que deseara de entre las más lindas de la buena sociedad o la prostituta más solicitada de El Barrio, se hubiese ido a enredar con la novia de Teófilo? ¿o es que el mujeriego más querido de los porteños finalmente se había enamorado? ¿ella en qué estaba pensando?, era la novia y prometida en matrimonio de un hombre reconocido por su peligrosidad y estaba arriesgando no solo su vida sino la de Carlos, ¿o también ella se había enamorado y tanto como para cargar con el peso de las consecuencias?; ¿y a Teófilo qué le pasaba?, si era verdad lo que me acababan de contar, no era un hombre que le temblara la mano para empuñar un puñal o apretar un gatillo, ¿por qué a estas alturas de la situación, cuando los tres 42

Tren al pasado. Relato de unas vacaciones  

Una inesperada llamada obliga a evocar sorprendentes, emotivas y a veces dolorosas vivencias de la juventud. Junto al esplendor y ocaso de s...

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