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vestidos los copiaba de las películas y así los mandaba hacer; muy aficionada a la buena cocina, me invitaba a acompañarla a disfrutar de exquisitos platos y luego nos entreteníamos ensayando peinados y maquillajes. Esa tarde estábamos mirando una revista de modas, cuando sentimos el sonido de los cascos del caballo de Adolfo en la acera, me despedí a toda prisa y salí; allí estaba él, recién bañado y con su ropa limpia e impecable, parecía un vaquero salido de una historia del oeste. Se me olvidaron mis preocupaciones, incluso Carlos; él se sentó de medio lado, con la pierna izquierda alrededor de la cabeza de la silla, me tendió sus manos y yo le tendí las mías, que él estrecho con fuerza; me invadió una sensación de bienestar y placer, siempre había pensado que mis manos eran muy grandes, pero las sentí pequeñas entre las de él, como si hubiésemos estado cerca toda la vida; el desasosiego de los días anteriores desapareció, me dijo que hacía mucho tiempo deseaba hablar conmigo, pero no se presentaba la ocasión. -Muchas noches pasé frente a tu casa esperando verte, pero un día tu abuelo me dijo que no molestara con ese caballo, que si no sabía caminar; me reí con gusto de la ocurrencia del abuelo y le dije a propósito, “Yo tampoco te he visto de a pie, sólo a caballo” y también él rió. Creo que nací a caballo y camino como cualquier vaquero. Hablamos de él, de su trabajo en las fincas; me contó que su padre y sus hermanos ya lo dejaban hacer negocios por su cuenta y lo respaldaban, que siempre había estado pendiente de mí y me había visto varias veces en el hotel, pero no se atrevía acercarse porque mi tía siempre estaba rodeada de gente importante, y a sacarme a bailar, menos, porque era pésimo bailarín. 39

Tren al pasado. Relato de unas vacaciones  

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