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conozco, pero no vale la pena hacerse matar, ellos son muchos y están enloquecidos, solo destruyen. Volvió a guiñarme el ojo con una expresión de tristeza que no le había visto antes, y siguió. -Yo no soy rico negrita, la gente así lo cree, pero solo tengo enredos; pídale a Dios que me vaya bien en Urabá y no me mire con esos ojitos, que todavía no me he ido y no estoy borracho, solo copetón y siempre voy a estar ahí cuando me necesiten, palabra de un Laverde. Recordé cuando en la finca de Calera se iba a tomarse unos tragos a la estación y al regreso, cuando llegaba al lindero del monte, caracoleando el caballo, con el sombrero en la mano, lanzaba un grito que se oía en la casa y el eco repetía: -¡ Ahí voy, ahí voy y si me muero, ahí voy ! Siempre lo sentí cerca a través de los años como si no hubiese muerto. Él no era trasnochador ni arrabalero; si tuvo amoríos, nunca lo supimos; a las siete u ocho de la noche iba con mis hermanos por él al bar Medellín, se venía con nosotros trastabillando pero alegre de vernos; ni borracho perdía la compostura, al contrario, era más cariñoso y generoso que nunca, sacaba los rollos de billetes del carriel y nos los ponía en las manos, nosotros aprovechábamos estos derroches; cómo me dolían estos recuerdos cuando se nos fue para siempre. Tomó cuatro días seguidos, sin falta íbamos por él y lo llevábamos a dormir a la pensión donde se alojaba, y finalmente lo convencí de que se quedara acostado todo un día para que se le pasara el malestar del guayabo. Le daba ecuanil para calmarle los nervios, 35

Tren al pasado. Relato de unas vacaciones  

Una inesperada llamada obliga a evocar sorprendentes, emotivas y a veces dolorosas vivencias de la juventud. Junto al esplendor y ocaso de s...

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