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habíamos bailado y quien realmente nos interesaba y juntas teníamos qué decidir cuál era el vestido íbamos a usar en la próxima fiesta, repetir era un delito; en ese ambiente permisivo y tropical, éramos felices. Si el hombre de los sueños tenía amante, o no, era común y corriente; prevalecían otros conceptos, la palabra machismo no se usaba y nosotras poco o nada cuestionábamos el comportamiento de nuestros hombres; crecimos escuchando frases que poco a poco nos marcaron como la feura es un pecado que no se lo perdona a ninguna mujer ó el hombre es como el oso, mientras más feo más hermoso y la tan mentada de los franceses, la mujer debe ser una señora en la sala, cocinera en la cocina y puta en la cama. De esta última Angelita decía: -Lo de la señora es muy fácil, ya que es cuestión de seguir el ejemplo de mamá, a cocinar, pues se aprende; pero lo de putas lo veo difícil, ¿si no nacimos así, quién nos lo va enseñar? Yo callaba, no tenía respuesta, además papá nunca les dijo putas si no consentidas y me enseñó a no juzgarlas y a tener compasión por ellas pues decía que ese era el mejor de los sentimientos, por liberador. Hablamos de muchas cosas, de los comentarios que había oído en el kiosco y de que había visto a Carlos en el tren y con él venía Rafael Restrepo; Angelita dio un salto de alegría. -Entonces mañana vamos al hotel y al Ganadero, tengo locura por verlo y hablar con él, aunque solo sea dos o tres palabras. Él era muy adulto para ella, tenía treinta y ocho años, pero ella repetía que no le importaba.

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Tren al pasado. Relato de unas vacaciones  

Una inesperada llamada obliga a evocar sorprendentes, emotivas y a veces dolorosas vivencias de la juventud. Junto al esplendor y ocaso de s...

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