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“Mucho antes de iniciarse la exploración y colonización de la región de La Magdalena por parte del ingeniero cubano Francisco Javier Cisneros y sus trabajadores, en el sitio que ocupa actualmente la ciudad de Puerto Berrío confluían ya todos los primitivos sistemas de transporte fluvial en rudimentarias pero abundantes embarcaciones, aprovechando que en lo que es hoy es malecón había una rampa hecha rústicamente por los nativos con inmensos troncos de árboles de madera resistente como ceibo, carrreto y suribio, y reforzada por un terraplén delimitado por troncos de palma macadamizado con grava, arena lavada y canto rodado. Sobre este atrevido muelle se realizaban las tareas de mercadeo tan animadas y productivas que, sistemáticamente, fueron constituyendo un verdadero mercado habitual entre las gentes ribereñas. Al iniciarse la navegación al vapor por el río Magdalena, este lugar se convirtió, por la profundidad de sus aguas, en un punto obligado de leñateo, o sea de aprovisionamiento de leña para los barcos. En el primer croquis del curso del río Magdalena, hecho por el sabio Humbolt en 1805, aparece señalado este sitio con el nombre de Remolino grande, denominación derivada del movimiento giratorio que hacen las aguas al chocar con poderoso empuje contra la base de la montaña conocida aún como El Abismo, que con su peñón fronterizo a la corriente principal del río, hace que se devuelvan sobre su curso en graciosa curva, y forman un ancho hervidero conocido desde tiempo muy antiguo, con aquel nombre.” Rubén Mejía Álvarez

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Tren al pasado. Relato de unas vacaciones  

Una inesperada llamada obliga a evocar sorprendentes, emotivas y a veces dolorosas vivencias de la juventud. Junto al esplendor y ocaso de s...

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