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1955 Guerra Civil. La Revolucion Libertadora y la caída de Perón

En 1955. Guerra Civil. La Revolución Libertadora y la caída de Perón, intenta brindar un panorama aproximado de lo que fue el primer enfrentamiento armado de magnitud en el siglo XX en la Argentina, sus combates, maquinaciones, intrigas, magnitud de las fuerzas desplegadas, secuelas y consecuencias. Son de destacar, entre otras cosas, la violencia desatada a lo largo de los siete días de lucha, la cantidad de muertos y heridos, la acción de civiles y el hecho de que la conflagración fue el bautismo de fuego de la Fuerza Aérea y la Aviación Naval de nuestro país, que entraron por primera vez en combate en esa oportunidad.

Autor: Alberto N. Manfredi (h) Alberto N. Manfredi (h) nació en Buenos Aires, el 9 de enero de 1957. Casado y padre de dos hijas, es técnico superior en Administración Económico Financiera

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ACLARACIÓN Las ilustraciones que se exhiben en el presente trabajo portan su correspondiente crédito, detallando el medio en que han sido divulgadas, o dejando constancia de su autor. Las que no los llevan son las que aparecen reproducidas en infinidad de medios, espacios y publicaciones, sin constancia de su autor o las fuentes de las que han sido extraídas, ya sea por omisión o, simplemente, porque no los tienen. No es nuestra intención violar derechos de autor sino, simplemente, ilustrar y difundir, de ahí que, existiendo la posibilidad de que se haya deslizado alguna omisión o error y en caso de que existiese algún impedimento para la exhibición de algunas de las imagen que aquí aparecen, solicitamos establecer contacto con nosotros para señalarlo o retirarla, de ser el deseo de sus titulares.

Este libro se publica en Histarmar con permiso expreso de su autor, Sr. Alberto N. Manfredi (h). Los autores de los artículos aparecidos en Histarmar son responsables del contenido de los mismos y no reflejan obligatoriamente la opinión de la Fundacion Histarmar. Quedando su interpretación a cargo de la apreciación de los lectores. Asimismo, la Fundacion Histarmar no se hace responsable por la aplicación de los contenidos de los articulos publicados.

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Indice Capitulo

Página

Prefacio Los prolegómenos

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Ataque a la catedral

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10

Buenos Aires bombardeada

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22

Arden los templos

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90

Se reanuda la conspiracion

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118

Complot en marcha

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131

Los últimos movimientos

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140

El reinicio de las hostilidades

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159

La batalla del Rio de la Plata

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194

Curuzú Cuatiá

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209

Lucha en el extremo Sur Bonaerense

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218

Las acciones en Rio Santiago

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229

Guerra en Bahia Blanca

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239

Nuevos enfrentamientos en Cordoba

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249

Cuyo se moviliza

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263

Lonardo acorralado

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270

Bombas en el Sur

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287

La Flota de Mar al ataque

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302

Cordoba bajo fuego

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328

Peron vacila

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342

Los tanques se detienen

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347

Prosiguen las acciones

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351

El régimen tambalea

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358

El quinto dia de lucha

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363

La caída

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373

Los últimos enfrentamientos

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382

Conclusiones

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392

La Victoria

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401

Epílogo

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427

Bibliografía

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PREFACIO - LOS PROLEGÓMENOS El 4 de junio de 1943 tuvo lugar en la Argentina un nuevo golpe de Estado que derrocó al gobierno conservador del Dr. Ramón S. Castillo e instauró un nuevo régimen militar. Las tropas que aquel día marcharon desde Campo de Mayo hacia la capital, respondían a un conjunto de oficiales denominado Grupo de Oficiales Unidos (GOU), una logia castrense nacionalista que no ocultaba su marcada inclinación hacia las fuerzas del Eje. Las tropas cumplieron su cometido, no sin antes derramar sangre. Al pasar frente a la Escuela de Mecánica de la Armada, efectivos de la Marina abrieron fuego sobre ellas entablando un breve pero violento enfrentamiento en el que perecieron varios soldados del Ejército y resultaron heridos otros. Con la renuncia del Dr. Castillo, se hizo cargo del gobierno el general Arturo Rawson que dos días después entregó el mando al general Pedro Pablo Ramírez, sucedido poco más de un año después por el general Edelmiro J. Farrell. Junto a los líderes del levantamiento, ocuparon importantes posiciones figuras prominentes del Ejército y la Armada, entre ellas los generales Elbio Anaya, Juan Pistarini y Armando Verdaguer, los almirantes Sabá H. Sueyro y José Guisasola, los coroneles Fortunato Giovannoni y Emilio Ramírez y los tenientes coroneles Miguel Ángel y Juan Carlos Montes, Urbano y Agustín de la Vega, Tomás A. Ducó, Arturo Saavedra y Aristóbulo Mittelbach. Pero detrás de todos ellos se escondía la figura de su principal cabecilla y verdadero ideólogo del movimiento, el coronel Juan Domingo Perón, del arma de Infantería, cerebro e impulsor de su programa político-militar. Nadie imaginaba entonces que en su persona, se perfilaba una de las figuras más trascendentes de la historia argentina e incluso internacional. Instalado el nuevo gobierno, Perón fue designado titular de la Dirección Nacional del Trabajo, una simple dependencia burocrática a la que, al cabo de un tiempo, convirtió en Secretaría de Trabajo y Previsión Social, desde la que puso en marcha una inteligente campaña de reivindicación proletaria que, unida a su fuerte personalidad, le permitiría captar las simpatías de la clase trabajadora. Si había un lugar clave desde el donde proyectar su figura, ese era la intrascendente dependencia, a la que el futuro líder justicialista convirtió en trampolín para iniciar su carrera hacia el poder absoluto. Admirador de Mussolini y de ideología fascista, Perón había trazado planes para alcanzar el poder y poner en práctica un temerario plan que convertiría a la Argentina en una nación poderosa y pujante, dotada de su propia industria pesada, alta tecnología y las Fuerzas Armadas mejor equipadas del hemisferio, con el objeto de ponerla al frente de un conjunto de naciones subyugadas con el que pensaba desafiar abiertamente al mundo de aquel entonces, representado por los Estados Unidos y a la poderosa Unión Soviética. Era la Tercera Posición entre el occidente capitalista y el oriente comunista, con la Argentina liderando América Latina y él dirigiendo sus destinos. Muchas de las medidas que Perón puso en práctica fueron tomadas del modelo fascista y para ello llamó a un colaborador eficaz, José Figuerola, antiguo funcionario 4


del régimen de José Antonio Primo de Rivera, militante falangista emigrado de España a poco de establecerse la Segunda República. Como adjunto del Ministerio de Trabajo del general Miguel Primo de Rivera, Figuerola fue enviado a Italia a copiar el modelo económico y laboral de Mussolini, pero la caída del gobierno al que representaba, en 1930, lo empujó a emigrar primero a París, donde vivió un tiempo y luego a Buenos Aires, donde se radicaría definitivamente. El experimentado funcionario falangista no tardó en despertar la curiosidad de las autoridades argentinas quienes lo destinaron a la División de Estadística y la Organización Profesional del Departamento Nacional del Trabajo (DNT), con el cargo de jefe. Conociendo sus capacidades y su línea de pensamiento, Perón lo mandó llamar para designarlo asesor y secretario general del Consejo Nacional de Posguerra. Perón, demostró buena predisposición para dialogar con los representantes gremiales, concediéndoles algunos de sus reclamos. De esa manera, dio impulso a una política social en beneficio del trabajador y en 1944 estableció el Estatuto del Peón Rural. Como secretario de Trabajo y Previsión Social Perón desplegó una labor extremadamente encomiable, que quedó de manifiesto con el violento terremoto dejó en ruinas a la ciudad de San Juan. El astuto dirigente vio en ello una oportunidad inmejorable y enseguida puso manos a la obra demostrando un celo y eficiencia encomiable a la hora de socorrer a las víctimas. En enero de ese año, durante un acto a beneficio organizado en el Luna Park con el objeto de recaudar fondos con destino a los damnificados, Perón conoció a Eva Duarte, una bella muchacha de la provincia que por entonces desarrollaba una discreta actividad artística y que, andando el tiempo, se convertiría en su segunda esposa y figura emblemática del movimiento social que se estaba gestando. Con los cambios suscitados en el seno del gobierno, Perón fue escalando posiciones apoyado en su incipiente alianza con los sindicatos. En 1944 el general Pedro Pablo Ramírez lo designó ministro de Guerra y su sucesor, Edelmiro J. Farrell, vicepresidente de la Nación, concentrando todos esos cargos en su persona. Con absoluta habilidad, el futuro líder justicialista había ido moviendo los resortes hasta convertirse en el hombre fuerte detrás del poder. Todo el mundo sabía que había sido él quien impulsó y digitó el golpe palaciego que derrocó a Ramírez después que aquel rompiera relaciones con el Eje el 26 e enero de 1944 e incluso se hablaba de que había forzado la renuncia del presidente a punta de pistola. Por entonces su figura y la de su esposa, habían crecido de manera inusitada, convirtiéndose en bandera de la clase proletaria y en una cuestión preocupante para la casta dirigente a la que, dicho sea de paso, Perón pertenecía por línea paterna. En vista de ello las autoridades militares, temerosas de un alzamiento popular, lo obligaron a renunciar a todos sus cargos y lo confinaron a la isla Martín García mientras en Buenos Aires, los sectores trabajadores comenzaban a presionar para forzar su retorno. Dado el cariz que tomaban los acontecimientos, el gobierno mandó traer de regreso a Perón quien, aduciendo problemas de salud, se hizo internar en una habitación del 5


Hospital Militar “Cirujano Mayor Dr. Cosme Argerich”, suerte de espera cautelosa que le sirvió para mover inteligentemente los hilos de la política nacional en su provecho. El 16 de octubre de 1945 el movimiento obrero, reunido en pleno en la sede de la Confederación General del Trabajo (CGT), acordó un plan de lucha tendiente a lograr la liberación de su líder, organizando una huelga general para el día 18. Sin embargo, las masas obreras no esperaron y el 17 de octubre ganaron las calles, para dirigirse hacia el centro de Buenos Aires a exigir la inmediata liberación de Perón. El movimiento, organizado por el dirigente de la carne Cipriano Reyes, tuvo un éxito sin precedentes. Provenientes de todos los rincones del Gran Buenos Aires, especialmente desde la zona sur y la ciudad de La Plata, a bordo de camiones, ómnibus y trenes, columnas de trabajadores desbordaron las calles porteñas desplazándose en dirección a la histórica Plaza de Mayo mientras entonaba estribillos y canciones alusivas. Los militares no imaginaban semejante levantamiento y por esa razón, el general Farrell, que temía desbordes y actos de violencia, mandó traer a Perón. El líder justicialista llegó a la Casa Rosada a las 21.30 y una hora y media después, se asomó por los balcones para hablar a la multitud. Debió esperar varios minutos porque el griterío de la gente, se tornó ensordecedor. Habló de sus renuncia a las palmas de general, “…el más insigne honor al que puede aspirar un soldado”, de su voluntad de seguir trabajando para la causa obrera, del pueblo, de reivindicaciones sociales y de unión y finalizó solicitándole a la masa entonar el Himno Nacional. El día tuvo su cuota de violencia con enfrentamientos entre manifestantes y policías y un tiroteo en cercanías del diario “La Vanguardia” que dejó como saldo un obrero muerto y varios heridos. La imagen de la muchedumbre refrescándose en las fuentes de la ciudad, escandalizó y preocupó a las clases acomodadas y un dirigente radical, Antonio Sanmartino, haciéndose eco del sentir general, se refirió a la movilización como el “aluvión zoológico”, mientras los comunistas hablaban del “malón peronista”. En vista de lo acontecido, los militares fijaron fecha de elecciones para el 24 de febrero del año siguiente y casi enseguida, una febril actividad política movilizó al total de la población. A la fórmula Juan D. Perón - Hortensio J. Quijano se opuso la de Tamborini – Mosca, de la Unión Democrática, una agrupación multipartidista patrocinada por el embajador de los EE.UU., Spruill Braden, quien, para asombro de la opinión pública nacional e internacional, llegó a desfilar en algunas manifestaciones antiperonistas junto a miembros del Partido Comunista y hasta publicó un libro en el que acusaba al líder justicialista de nazi. El 24 de febrero de 1946, en medio de una expectativa desbordante, se llevaron a cabo las elecciones en las que Perón se impuso por el 53% de los votos. Comenzaba, de ese modo, un gobierno de corte fascista que marcaría a fuego la historia argentina. El flamante mandatario asumió en el Congreso, sin la presencia de los representantes de la oposición, en lo que fue un acto multitudinario en el que se designaron a los principales funcionarios del régimen, a saberse: Ángel Borlenghi en el ministerio del Interior, Juan Atilio Bramuglia en Relaciones Exteriores, Ramón A. Cereijo en Hacienda, Juan Pistarini en Obras Públicas, Belisario Gache Pirán en Justicia e 6


Instrucción Pública, general José Humberto Sosa Molina en Guerra, almirante Fidel L. Anadón en Marina y Juan Carlos Picazo Elordi en Agricultura. Por otra parte Rolando Lagomarsino fue designado secretario de Industria y Comercio, el brigadier Bartolomé de la Colina de Aeronáutica, José María Freire de Trabajo y Previsión y el Dr. Ramón Carrillo de Salud Pública. Juan Duarte, cuñado de Perón fue nombrado secretario privado de la Presidencia, el coronel Domingo Mercante, gobernador de la Provincia de Buenos Aires y Miguel Miranda asesor económico. Con ese elenco el nuevo presidente comenzó su gobierno poniendo en marcha una verdadera revolución popular. Finalizada la ceremonia, se dirigió hacia la Casa de Gobierno, a la que llegó después de hacer una breve parada en la Catedral para orar frente a la tumba del Gral. San Martín. La gran figura del movimiento después de su líder fue la de su esposa, Eva Duarte, a partir de ese momento, Evita, verdadera dirigente revolucionaria cuya imagen alcanzaría una inusitada proyección en el exterior. Evita organizó y dirigió la Fundación Eva Perón que funcionó con fondos del Estado y dinero proveniente de sus afiliados y desde allí, en su carácter de Primera Dama, luchó con una pasión fanática y por momentos feroz en favor de los necesitados, los desamparados, las mujeres y los niños, consiguiendo puestos de trabajo para los desocupados, viviendas para los carenciados, colchones, ropas, medicamentos, máquinas de coser, juguetes, dinero y todo lo que la masa proletaria necesitaba. Ella misma en persona visitó a enfermos, marginados y abandonados, es decir, a todos aquellos que se hallaban en situación desesperante y alivió en buena parte su situación. Poniendo en marcha un ambicioso plan social, la pareja presidencial instrumentó sistemas de salud y educación, visitó hospitales y barriadas humildes, recorrió las provincias más pobres y estuvo presente en todos aquellos lugares donde el menesteroso necesitaba de asistencia. Lo que no hicieron radicales y socialistas, lo hicieron Perón y Evita en persona. La primera dama fundó el Partido Peronista Femenino y desde sus filas trabajó incansablemente por los derechos de la mujer, especialmente la obtención de su voto. Perón encaró un impresionante plan de viviendas y como en tiempos de los conservadores, construyó grandes hospitales, salas de asistencia, escuelas, comedores populares, centros de estudio y recreación, complejos turísticos y hoteles que le sirvieron para instaurar una verdadera dictadura partidista que cambió los nombres de provincias, ciudades, estaciones de ferrocarril, avenidas, plazas, calles y edificios públicos, por los suyos (los de Perón y Evita), imponiendo en los establecimientos educacionales libros de lectura obligatorios y tendenciosos y colocando sus retratos y estatuas en reparticiones y dependencias gubernamentales, paseos públicos y plazas. Al tiempo que ponía en marcha su programa social, Perón se embarcó en una carrera armamentista de envergadura que al igual que sus inclinaciones fascistas, preocupó en extremo al Departamento de Estado norteamericano y a las naciones vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. Para eso, hizo venir desde Europa a técnicos, ingenieros, científicos y militares de las naciones derrotadas del Eje como Kurt Tank, 7


Reimar Horten, Hans Rudel, Adolf Galland, Otto Behrens, Werner Baumbach, el francés Emilie Dewoitine, el italiano Cesare Pallavecino, el polaco Ricardo Dyrgalla, y varios más, a quienes puso a trabajar en importantes proyectos científicos y militares como el de los caza a reacción Pulqui I y II, el entrenador avanzado I.Ae. DL-22, los bombarderos I.Ae 24 Calquin, el I.Ae 30 Ñancú, el gigantesco transporte aéreo I.Ae 38 “Naranjero”, el I.Ae. 35 “Huanquero” (Primer Justicialista del Aire), las alas delta Horten, el planeador I.Ae 25 “Buitre”, los motores I.Ae R-19 SR71 “El Indio” y el I.Ae 16 “El Gaucho”, las bombas voladoras Tábano y PAT-1. Esos científicos, el motor-cohete AN-1 y el controvertido proyecto nuclear de la isla Huemul. Por aquellos días, la Argentina adquirió acorazados y cruceros con los que modernizó su Armada y aviones a reacción Gloster Meteor, bombarderos Avro Lincoln y Avro Lancaster para reforzar su flamante Fuerza Aérea al tiempo que daba expansión a la Flota Mercante y a la Flota Argentina de Navegación Fluvial. Aprovechando esa coyuntura, Perón convirtió a sus Fuerzas Armadas en las más poderosas de América Latina y dio notable impulso a una incipiente industria pesada que se caracterizó por la producción en serie de automotores nacionales (sedán Justicialista, sedán Graciela en sus versiones standard, sport, súper sport, rural y furgón, el pequeño y eficiente camión Rastrojero para las tareas rurales), locomotoras (“Justicialista” CM1 y “Argentina” CM2), tractores (“Pampa”), motocicleta (“Puma”) y electrodomésticos (cocinas, lavarropas, heladeras, planchas, máquinas de cocer, estufas, ventiladores). Pero más que por sus inclinaciones fascistas, su carrera armamentista y sus ambiciones expansionistas, la Argentina justicialista se ganó su pésima reputación por dar refugio a los peores criminales de guerra de la reciente conflagración, cuyas atrocidades habían llenado de espanto a la humanidad. Durante el primer gobierno de Perón llegaron al país, entre otros, Adolf Eichmann, Joseph Mengele, Eduard Roshmann, Klaus Barbie, Joseph Shwammberger, Walter Kutschmann, Vittorio Mussolini y los temibles ustachas, entre los que se encontraban Ante Pavelic y Dinko Sakic con su feroz esposa Nada Esperanza Luburic, todos prófugos de la justicia aliada, a quienes se proveyó de ciudadanía y documentación. Todo ello sirvió a Estados Unidos y sus aliados para acusar al régimen de nazi y a hablar de sus planes secretos para instaurar un IV Reich en la Argentina. El mundo no olvidaba el apoyo encubierto que nuestro país había brindado a las naciones del Eje durante la guerra y que el ministro de Agricultura y Abastecimiento del III Reich era argentino, único latinoamericano enjuiciado y condenado en Nüremberg, como tampoco que Carlos Fuldner, el ex SS que había intermediado entre Buenos Aires y los criminales prófugos, también lo era. En 1949 Perón reformó la Constitución Nacional para acceder a un nuevo período presidencial, acortando el mandato de seis a cuatro años. Para entonces ya había nacionalizado los teléfonos, el servicio de gas, la energía eléctrica y los ferrocarriles. También creó el IAPI (Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio), nacionalizando el comercio exterior y modificando las leyes de Aduanas, Construcción y Energía. Como todo régimen de corte fascista, el justicialismo persiguió a sus opositores cerrando y confiscando órganos informativos de prestigio, entre ellos “La Prensa” de Buenos Aires y “La Nueva Provincia” de Bahía Blanca, encarcelando a sus rivales y 8


bloqueando el acceso a puestos de trabajo a todo aquel que no estuviera afiliado al Partido Justicialista, especialmente a los docentes. Evita en persona enfrentó a los huelguistas ferroviarios en 1951 y dispuso la compra de pistolas ametralladoras y armas automáticas a Holanda para armar a la CGT y crear milicias populares. Dueño absoluto del poder, Perón eliminó a varias figuras de la oposición, entre ellas Cipriano Reyes, víctima de un violento atentado que lo dejó gravemente herido y provocó la muerte de su chofer; el dirigente sindical Carlos Aguirre torturado y asesinado en los sótanos de la casa de gobierno en 1949; el empleado gráfico Roberto Núñez, asesinado el 27 de febrero de 1951 durante el ataque al diario “La Prensa” por militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista, y el dirigente comunista Juan Ingalinella, médico rosarino secuestrado, torturado y asesinado por la policía entre el 16 y el 17 de junio d 1955. A esos ejemplos podríamos agregar los de decenas de personas encarceladas, torturadas y asesinadas por la policía del régimen en la penitenciaría de la Av. Las Heras y en la comisaría de Florida, partido de Vicente López, la masacre de los indios pilagás acaecida en Formosa en octubre de 1947, de la que el gobierno fue responsable directo y la sospechosa muerte de Juan Duarte, figura de notable influencia en el entorno de Perón, el 9 de abril de 1953. En 1951 el movimiento promovió la candidatura de Evita a la vicepresidencia de la Nación. Durante el impresionante cabildo abierto del 22 de agosto de ese año, más de un millón de manifestantes exigieron a la primera dama aceptar la nominación pero ésta rechazó varias veces el pedido. Ningún argumento sirvió para aplacar a la multitud concentrada frente al gigantesco palco montado sobre la avenida 9 de Julio; el pueblo volvió una y otra vez a exigir a los gritos que aceptase el cargo y ella, finalmente, pidió tiempo para pensarlo. Veinticuatro horas después, presionada por Perón y su mal estado de salud, desistió. No tardó en saberse que Evita estaba gravemente enferma, lo que no le impidió seguir apareciendo en público y hasta desplazarse junto a su marido en el automóvil presidencial después de la aplastante victoria electoral de 1952. Ese día, la multitud la vio pasar saludando y sonriendo, sin saber que como el Cid en Valencia, se hallaba sujeta a un armazón de hierro que la mantenía en pie. Falleció el 26 de julio de 1952, a los 33 años de edad, en medio del dolor popular que se manifestó en vigilias, jornadas de oración, procesiones y peregrinaciones a la Residencia Presidencial ubicada en pleno barrio de Recoleta. Sus funerales fueron impresionante, dignos de la Roma imperial o el Egipto de los faraones, algo nunca en la historia de América. La gente humilde, le erigió altares en sus hogares y comenzó a venerarla como a una santa. La desaparición de Evita, coincidió con una serie de factores que parecieron debilitar al gobierno. Las medidas arbitrarias adoptadas en aquellos años y un par de malas cosechas, agravaron la situación. Francia e Inglaterra, los principales compradores de la Argentina, protestaron por los elevados precios de la carne y el cereal impuestos por el IAPI y las exportaciones se redujeron notablemente. Eso llevó a Perón a ignorar su antigua prédica antiimperialista y a firmar el desventajoso tratado petrolero con la “Standard Oil Inc. Co.” del que se agarraron sus detractores para denostarlo. Imperaba ese clima cuando, al año siguiente estalló el conflicto con la Iglesia Católica, clara señal de que el omnipotente régimen comenzaba a tambalear y que sus días estaban contados. 9


ATAQUE A LA CATEDRAL

Asalto a la Curia Metropolitana (Gentileza: Fundación Villa Manuelita)

El 10 de noviembre de 1954 Perón desató una violenta campaña contra la Iglesia Católica, acusándola de interferir en la política nacional e incentivar la oposición al gobierno. Ese día, por la mañana, el primer mandatario organizó un plenario en la Quinta Presidencial de Olivos en el que anunció a sus ministros, legisladores, representantes sindicales y las autoridades del Partido Peronista, de la Confederación General Económica (CGE), de la Confederación General Universitaria (CGU) y la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), las medidas que iba a adoptar.En un largo monólogo de varias horas, el mandatario acusó a la Curia de fomentar la oposición y llevar a cabo maniobras desestabilizadoras tendientes a derrocar al gobierno, acusando de perturbadores a numerosos sacerdotes y religiosos entre los que se encontraban los obispos de Córdoba y Santa Fe al tiempo que anunciaba una serie de medidas para neutralizar su accionar. El desconcierto se apoderó de buena parte de la población, aún dentro del régimen gobernante y pese a que mucha gente pensó que se trataba de palabras, en los días posteriores quedó en claro que el presidente de la Nación pensaba desatar una verdadera guerra contra la Iglesia. Dentro de ese contexto, Perón envió al Congreso la Ley Nº 14.394 cuyo artículo 31º incluía el divorcio; junto con ello, promovió la Ley de Profilaxis que fomentaba la apertura de prostíbulos y la suspensión de la enseñanza religiosa en las escuelas, prohibió todas las procesiones y mandó clausurar el diario católico “El Pueblo”, fundado el 1 de abril de 1900 por el padre Federico Grote. Cuando en mayo de 1955 el catolicismo dejó de ser la religión oficial del Estado, la ciudadanía comprendió que un nuevo período de violencia y persecución se había desatado en la Argentina. 10


El 25 de abril de ese año el gobierno firmó el controvertido contrato petrolero con la Standard Oil Inc. Co. de California, otorgando a los norteamericanos una concesión especial en la lejana gobernación de Santa Cruz, con derecho a explotación y extraterritorialidad. De un plumazo Perón dejaba a un lado su reiterativa prédica de diez años en contra de los EE.UU. y adoptaba una medida netamente “entreguista”, palabra que sería muy utilizada por sus seguidores al referirse a la oposición, diez años después. Las nuevas disposiciones tornaron extremadamente tenso el ambiente en Buenos Aires. La persecución religiosa, algo realmente inaudito para la población argentina de aquellos días, cobró mayor vigor cuando el gobierno de La Rioja prohibió la tradicional procesión con las imágenes San Nicolás de Bari y el Niño Alcalde, que se venía efectuando desde tiempos inmemoriales, aumentando paralelamente las detenciones y cesantías en cargos públicos. El 21 de marzo de 1955, el gobierno suspendió por ley, varias fechas religiosas del calendario oficial, entre ellas el Día de Todos los Santos, el de los Fieles Difuntos, San Pedro y San Pablo, la Inmaculada Concepción y Corpus Christi, reemplazándolas por otras de carácter partidista, la principal, el 17 de octubre, “Día de la Lealtad”. El 1º de mayo Eduardo Vuletich, secretario general de la CGT, exclamó ante una multitud concentrada en Plaza de Mayo: “¡Nosotros los trabajadores preferimos al que nos habla en nuestro idioma y no al que reza en latín, mirando hacia el altar y dando la espalda al pueblo!”. Las hostilidades continuaron. Después de ese multitudinario acto en el que Perón insinuó que la cúpula clerical “debía irse”, la Cámara de Diputados suprimió el juramento “Por Dios y sobre los Santos Evangelios”, derogó la enseñanza religiosa, votó la Ley de Profilaxis e impuso pesadas contribuciones a los establecimientos católicos. Cuando el 17 de abril el Episcopado hizo leer en las iglesias una pastoral que hacía referencia a lo que estaba aconteciendo, fueron detenidos varios sacerdotes y militantes católicos, hecho que en días posteriores movió a algunos funcionarios del régimen a presentar sus renuncias. Lentamente, el régimen comenzaba a dar señales de fractura. Llegó el día de la procesión de Corpus Christi que desde la segunda fundación de Buenos Aire se venía efectuando anualmente en Plaza de Mayo, con las autoridades de la ciudad siguiendo al Santísimo Sacramento bajo palio, hasta la Catedral. La celebración había sido prohibida por la ley 14.400, que además, declaraba a esa fecha “Jornada laborable”, permitiendo a los patrones descontar el día a aquellos empleados que no acudiesen a sus puestos de trabajo. Sin embargo, en abierto desafío a las autoridades y al propio Perón, grupos católicos trabajaron febrilmente para que la misma se llevase a cabo. Enterado de la “maniobra”, el gobierno hizo saber a la ciudadanía que la conmemoración iba a ser permitida solo en el interior de la Catedral, clara tentativa de mitigar los ánimos, medida que, como era de esperar, no engañó a los católicos ni les impidió movilizar sus fuerzas para que la procesión se llevase a cabo tal como se lo venía haciendo desde el siglo XVI. Era la primera vez que el omnipotente gobierno peronista era abiertamente desafiado. El hecho motivó una urgente reunión entre el gobierno y los representantes de la Iglesia a la que asistieron el ministro del Interior Ángel Borlenghi, el de Relaciones Exteriores y Culto, Julio Atilio Bramuglia, el jefe de 11


Policía Miguel Gamboa y los representantes de la Curia Metropolitana, monseñores Manuel Tato y Ramón Novoa. Durante la misma, los representantes del gobierno sugirieron no llevar a cabo el acto arguyendo que podían producirse hechos de violencia a los que iba a resultar imposible evitar, argumentos que en absoluto amilanaron a la grey católica.El 11 de junio de 1955, cerca de las 15.00, miles de hombres, mujeres y niños se concentraron frente a la Catedral Metropolitana, para asistir a la ceremonia. Encabezó la procesión monseñor Antonio Rocca, vicario general, quien llevó el Santísimo bajo palio mientras la multitud cantaba y coreaba himnos religiosos. Fue una manifestación imponente.

Procesión de Corpus Christi (Gentileza: Fundación Villa Manuelita) Al término de la misa (18.00), una larga columna de fieles tomó por Avenida de Mayo en dirección al Congreso de la Nación, que iba entonando el Himno Nacional e incorporando gente a medida que avanzaba. Consignas como “Cristo sí, otro no”, “Argentina católica”, “Perón o Cristo”, “Libertad” y “También somos pueblo” se escucharon una y otra vez a lo largo del recorrido. Al llegar al Congreso los manifestantes permanecieron en el lugar unos instantes y al cabo de un tiempo se desconcentró en orden, tomando rumbos diversos. Sin embargo, pequeños grupos de enardecidos militantes comenzaron a proferir consignas contra el gobierno y arrancaron una placa contigua a una de las antorchas del gran edificio, que decía textualmente: “Justicialismo Integral. Esta llama fue encendida por la Sra. Eva Perón el 18-X-1950, Año del Libertador Gral. San Martín”. 12


Otro militante hizo lo propio con dos placas que arrojó al interior del edificio, por debajo de las grandes puertas de hierro, mientras sus compañeros escribían en las paredes de Av. Callao y Rivadavia: “Fuera Nerón”, “Cristo vence” y “Zoológico Nacional” y pintaban una gran cruz sobre la “V” de la victoria. En el mástil del Congreso fue izada la bandera argentina y debajo ella la enseña papal y así, sin generar ningún incidente, el grupo se retiró. Sin embargo, la cosa no terminó ahí. El comisario Gamboa había infiltrado gente en la manifestación con el objeto de provocar disturbios y de ese modo, aprovechando el fervor y enardecimiento que dominaba a los manifestantes, fueron destruidos los vidrios del confiscado diario “La Prensa”, se profirieron insultos contra Perón, Evita, la CGT y el periódico oficialista “Democracia” y se destruyeron los parabrisas de algunos automóviles. Por la noche, militantes de la Alianza Libertadora Nacionalistas, activistas de la Confederación General del Trabajo e integrantes de la policía peronista, embadurnaron de tinta las estatuas de Sarmiento, Alberdi, Roque Sáenz Peña y Rivadavia así como los frentes de las embajadas de Israel y Yugoslavia y poco después destruyeron un vehículo de la embajada del Perú. Radio del Estado propaló la falsa información de que la manifestación religiosa había sido poco numerosa pero sumamente agresiva y le atribuyó los desmanes que, como se ha dicho, habían generado elementos ajenos a ella. Pero lo peor ocurrió al día siguiente cuando los diarios, encabezados por “Democracia” con el titular “TRAICION”, dieron cuenta de la quema de la bandera nacional por las “turbas clericales”. “Quemaron la bandera de la Patria e izaron en el Congreso la del Estado del Vaticano. Grupos clericales conducidos por curas de sotana, agraviaron a Evita, vociferaron contra la CGT y la UES, balearon Democracia y La Prensa, perpetrando a su paso una serie de graves desmanes”. Por su parte “El Laborista” dijo: “Quemaron nuestra bandera. Elementos clericales oligarcas promovieron disturbios en la ciudad. Se han puesto contra el pueblo” y así el resto, representantes todos de la prensa obsecuente. Una foto de Perón junto a la enseña quemada, rodeado por altos funcionarios de gobierno, entre ellos Borlenghi y Gamboa, daba cuenta del terrible suceso, llevando a los ánimos a un estado de extrema alteración. El domingo 12 de junio comenzó a circular la versión de que manifestantes peronistas iban a incendiar la Catedral. Ante semejante trascendido, grupos de la Acción Católica Argentina organizaron una suerte de cadena de comunicación para poner a la población en alerta y convocar a una concentración en Plaza de Mayo, con el objeto de defender el principal templo de la capital. Entre los primeros en acudir al llamado se encontraba el joven estudiante de ingeniería Florencio José Arnaudo, jugador de rugby del primer equipo del Club Obras Sanitarias y uno de los responsables del órgano clandestino “Verdad”. Un individuo realmente excepcional que ha dejado una detallada crónica de aquellas jornadas en un libro titulado El año que quemaron las iglesias. Arnaudo, dotado de capacidad de liderazgo y mucha seguridad, fue uno de los primeros en llegar a la plaza, acompañado por varios amigos. Una vez allí, el grupo tomó contacto con los organizadores e inmediatamente después, se apostó con el grueso de la Acción Católica en las escalinatas del templo en espera de los acontecimientos. 13


Estuvieron allí cerca de una hora, conversando con un grupo de afiliados, cuando Arnaudo notó que una pequeña columna de manifestantes peronistas se aproximaba al lugar gritando, saltando y entonando vítores a su líder. Se trataba de gente humilde, típicos pobladores de los arrabales, pero entre ellos distinguió a varios matones y provocadores de la Confederación General del trabajo. Los primeros le dieron más pena que fastidio y en esos pensamientos se hallaba inmerso cuando alguien ordenó cerrar filas en las escalinatas para evitar que el grupo se acercase. -¡Clericales, oligarcas!, ¡son todos traidores y vendepatrias! – gritaban los recién llegados. Afortunadamente, a medida que pasaba el tiempo el grupo defensor fue incrementando su número y eso bastó para que los peronistas detuviesen la marcha. -¡Perón, Perón! – coreaban mientras la situación se iba tornando tensa. En ese momento, salió de la Catedral, monseñor Manuel Tato para impartir directivas e intentar calmar los ánimos -¡Nadie diga una palabra! – ordenó - ¡Nadie se mueva! ¡Solo nos defenderemos si nos atacan! A eso de las 16.00 la manifestación peronista había crecido en número, duplicando al centenar de oponentes que, de brazos cruzados y con la mirada altiva, se mantenía firme en las escalinatas, estrechando filas. Fue en ese preciso instante que alguien se acercó a Arnaudo para decirle que individuos que lucían impermeables grises (era un día de pleno sol) se hallaban infiltrados entre los manifestantes. Arnaudo lo tranquilizó y permaneció en su lugar temiendo en su fuero interno que se tratase de sujetos armados de la Alianza Libertadora Nacionalista (ALN), la temible fuerza de choque justicialista, responsable de los incendios de 1953 y de varias muertes y ataques violentos a la oposición. Mientras eso ocurría, monseñor Tato seguía repitiendo la orden de no reaccionar ni hacer movimientos amenazantes, en tanto la situación no lo exigiese. El clima se tornaba cada vez más preocupante ya que en esos momentos comenzaban a llegar los primeros fieles para asistir a la misa de la tarde. Comprendiendo perfectamente su rol protector, los valerosos militantes de Acción Católica, abrían brechas entre sus filas para dejar pasar a los feligreses, cerrándolas de inmediato cuando trasponían el vallado humano que habían formado. Repentinamente apareció un jeep en el que viajaban dos miembros de la Alianza Libertadora Nacionalista, uno conduciendo y el otro arrojando volantes. El vehículo se detuvo frente a la Catedral y uno de los individuos que vestían impermeable se acercó para hablar brevemente con sus ocupantes. Eso confirmó las sospechas de Arnaudo de que los hombres de gris eran matones de la agrupación, y que estaban allí dispuestos a generar disturbios, pero prefirió no decir nada, de momento, para no despertar alarma. Cuando a las 16.30 se iniciaron oficios, el templo estaba colmado pese a que varias personas, temerosas de un estallido de violencia, optaron por retirarse.

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Monseñor Manuel Tato El jeep con los miembros de la ALN se alejó pero al cabo de unos minutos aparecieron dos automóviles negros de los que descendieron varios sujetos de aspecto tenebroso. En esa tensión transcurrieron las horas hasta las 18.00, cuando casi de noche, los oficios finalizaron y la gente comenzó a retirarse presurosamente, permaneciendo en el interior unas pocas personas. Fue entonces que alguien propuso ingresar pero la decisión de permanecer firmes en el lugar fue terminante. Para entonces los peronistas habían aumentado su número considerablemente rodeando a sus oponentes, que en total sumaban unas quinientas dieciséis personas de las cuales cuatrocientos treinta y cuatro eran hombres, casi todos afuera sobre las escalinatas del templo y el resto sesenta y cinco mujeres, más los diecisiete sacerdotes que permanecían con ellas en el interior de la Catedral. La tensión fue creciendo hasta que, repentinamente, cuando arreciaban los insultos y las provocaciones, desde las filas peronistas partió un ladrillo que impactó en el rostro de un defensor. La víctima, un muchacho joven y rubio, rodó por los escalones dejando un reguero de sangre sobre ellos. Casi al instante, otro militante católico cayó de espaldas mientras se tomaba la cabeza. Sus compañeros levantaron a ambos y llevándolos a cuestas, comenzaron a retroceder en el preciso instante en que una lluvia de piedras, ladrillos, palos y botellas caía sobre ellos. -¡¡Adentro!! - gritaron varias personas al mismo tiempo- ¡Todos adentro! 15


Cargando a los heridos, una veintena en total, los defensores retrocedieron hacia el interior de la Catedral, ingresando por la puerta principal que era la única que permanecía abierta. Arnaudo fue el último en hacerlo, cerciorándose previamente, de que todo el mundo estuviera a cubierto. Una vez en el interior, numerosos brazos lucharon con denuedo por cerrar los pesados pórticos, forcejeando con los peronistas que pugnaban por abrirlos. Varios disparos se escucharon afuera mientras un individuo que llevaba una bandera argentina, hacía esfuerzos sobrehumanos por ingresar. El mismo, fornido y de gruesas gafas, gritaba desesperadamente “¡Cristo Jesús!” al tiempo que varias manos lo empujaban hacia el exterior. Al ver su persistencia, Arnaudo se le acercó y le propinó varios golpes en el rostro, rompiéndole los anteojos y lastimándole un ojo. Sin embargo, el sujeto siguió forcejeando hasta que logró entrar, cayendo sobre el piso de la Catedral casi al mismo tiempo en que alguien le arrebataba la bandera. Sobre su cuerpo cayó una andanada de golpes, palos y patadas que lo dejó prácticamente inconciente. -¡Denle duro que este es de la Alianza! – gritó alguien, al tiempo que la gente le seguía pegando. Afortunadamente, manos piadosas tomaron al individuo y lo retiraron hacia otro sector del templo, salvándolo de ser linchado. Mientras tanto, en el atrio, los peronistas seguían presionando para abrir las puertas y los defensores hacían lo propio para cerrarlas. Lejos de lo que todo el mundo creía, el individuo de las gafas no era un miembro de la fuerza de choque peronista sino un militante católico llamado Pin Errecaborde, que le había arrebatado la bandera a un agresor para precipitarse con ella en el interior del templo. Cuando Arnaudo lo supo, se tomó la cabeza desesperado y enseguida quiso saber adonde lo habían llevado para ir a pedirle disculpas. Había sido uno de los que más duramente lo había golpeado y se sentía terriblemente culpable por las lesiones que le había ocasionado. Uno de sus compañeros le señaló la sacristía, donde Errecaborde era atendido por algunas mujeres junto a otros heridos y sin perder tiempo, corrió hacia el lugar. Una vez allí, encontró al pobre individuo con el pómulo izquierdo amoratado, la nariz sangrando y el ojo lastimado. Arnaudo se le acercó y se deshizo en disculpas mientras aquel le explicaba que se había infiltrado entre en la turba peronista para arrebatarle la bandera a uno de sus integrantes. En esos momentos la confusión imperaba en el sagrado recinto de la Catedral, donde el constante golpear de ladrillos, fierros y botellas contra las puertas y paredes del edificio se tornaba ensordecedor y el griterío espeluznante.

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En los accesos, un grupo de defensores intentaba destrabar el portón principal que no se terminaba de cerrar porque un ladrillo atascado lo impedía. Ni la fuerza de una decena de fornidos muchachos parecía suficiente para lograr el cometido. Temeroso de una irrupción a tiros por parte de la Alianza, Arnaudo se abalanzó sobre el grupo y sacando temerariamente parte de su cuerpo afuera, intentó retirar el obstáculo sin éxito pues una lluvia de proyectiles se lo impidió. Mientras eso sucedía, otro grupo de defensores dirigido por Humberto Podetti, destrozaba los bancos para proveerse de garrotes y apuntalar las puertas mientras las mujeres iban y venían asistiendo a los heridos. Finalmente el ladrillo logró ser quitado y la puerta principal se cerró, casi en el preciso momento en que la voz del padre Menéndez impartía directivas desde el púlpito. -¡Atención por favor, atención! Al escucharlo, varios jóvenes se le acercaron. -¡Necesitamos organizarnos! ¡Alguien debe imponer el orden! ¡Elijan a un jefe! No hubo dudas al respecto. La elección recayó en Arnaudo dada su estatura, su corpulencia, su fortaleza física y su presencia de ánimo. Ante el pedido de quienes no lo conocían, Arnaudo subió al púlpito y arengó a los defensores, ordenando la formación de dos grupos, uno destinado a resguardar el templo y otro para hacer lo

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propio con la Curia, recayendo el mando del primero en el ingeniero Isidoro Lafuente y el del segundo en el dirigente de la Juventud Católica, Augusto Rodríguez Larreta1. Acto seguido Arnaudo dispuso que las mujeres y los heridos permaneciesen en la sacristía y luego preguntó si alguien tenía armas. La respuesta fue negativa y por esa razón, se decidió improvisar cualquier cosa. -Si alguno de ustedes tiene un arma de fuego, que me vea cuando baje - indicó. -¡No, eso no! – dijo el padre Menéndez confundido entre los defensores - ¡Armas de fuego aquí no! Pese a ello, cuatro jóvenes se acercaron a Arnaudo cuando este bajó las escalerillas del púlpito para decirle que portaban armamento. Uno de ellos tenía un revolver calibre 32, otros dos un 22 cada uno y el cuarto una pistola de aire comprimido. No era gran cosa pero al menos era algo. Mientras tanto, en el exterior, los peronistas intentaban derribar las puertas utilizando un objeto pesado a modo de ariete. Arnaudo se encaminó hacia la Curia para supervisar la situación y al pasar por la sacristía, vio a varias mujeres vendando a los heridos, algunos realmente graves; las menos lloraban por lo bajo al escuchar en el exterior los gritos de la turba enardecida y el ruido de los cristales rotos por la Pedrea, pero seguían con sus tareas valerosamente. En momentos en que atravesaba el patio, Arnaudo se cruzó con monseñor Tato, que en esos momentos se dirigía velozmente al templo. En la Curia el ingeniero Lafuente, herido en la cabeza, apilaba muebles contra puertas y ventanas, asistido por sus primos y la gente a su cargo. Casi en ese mismo instante llegó también el padre Menéndez a quien Arnaudo preguntó si había otras entradas que cubrir. El religioso le señaló las cocheras y eso lo alarmó notablemente porque nadie, al parecer, había reparado en ellas. En medio de la obscuridad, Arnaudo se dirigió velozmente al lugar y al llegar, comprobó con espanto que los peronistas estaban intentando derribar los portones. -¡Lafuente! – gritó desesperado - ¡Lafuente! Cuando el aludido se acercó, los vidrios de aquel sector cayeron destrozados por el impacto de varios ladrillos. -¡Tenemos que apuntalar las puertas urgentemente! -Yo soy oficial de la Marina, señor! – dijo un joven, que se leacercó - ¿Qué quiere que haga?. -Tome inmediatamente a diez hombres y apuntale esa entrada – ordenó Lafuente señalando los accesos de las cocheras. Mientras el marino partía a cumplir la directiva, Arnaudo armado con un improvisado garrote, regresó al patio de la Curia donde un joven lo detuvo y le dijo que diez mil obreros de la CGT marchaban armados hacia el lugar, dispuestos a todo. Entonces alguien propuso hacer sonar las campanas, cosa que los presentes aprobaron de manera unánime, dirigiéndose varios de ellos a la puerta del campanario para hacerlas repiquetear. La encontraron cerrada, por lo que el capitán Eduardo García Puló le dio 18


una tremenda patada que la abrió violentamente. Fue así como al intenso ruido del combate se le sumó el repicar de los bronces, claro pedido de auxilio impartido por los defensores. Los peronistas concentraron su ataque sobre la Curia, creyendo que por allí les resultaría más fácil ingresar. Observadores apostados por Arnaudo en las azoteas y los techos, dieron cuenta de que la turba se había apoderado de un automóvil y que utilizándolo como un ariete, golpeaba los portones una y otra vez, con el prendieron fuego para que las llamas se extendiesen al edificio. Militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista y de la CGT desenfundaron sus armas y comenzaron disparar hacia las aberturas de la Curia cuando por ellas se asomaba o pasaba alguien. En vista de ello, Arnaudo ordenó apagar todas las luces y no asomarse, sabiendo que los forajidos tiraban a matar. Fue en ese preciso instante que en una de las habitaciones contiguas comenzó a sonar un teléfono. Mientras la campanilla sonaba insistentemente, uno de los vigías que había abandonado momentáneamente su puesto, se acercó a Arnaudo para informarle que en la esquina de San Martín y Diagonal Norte se estaban agrupando militantes católicos, al grito de “¡Viva Cristo Rey!”, información que levantó el ánimo de los defensores. A todo esto, el teléfono seguía sonando constantemente en la mencionada habitación por lo que un muchacho que se hallaba cerca le dio un violento empujón a la puerta y se apresuró a atender, pensando que se trataba de algo importante. Grande fue su sorpresa cuando del otro lado de la línea, una señora “paqueta” preguntaba sumamente preocupada, si era cierto que estaban incendiando la Catedral2. Los presentes se miraron azorados y casi enseguida, rompieron en risas que más que por lo absurdo de la situación, sirvieron para aflojar tensiones. Sin embargo, la risa duró poco porque los peronistas arreciaban en su arremetida. De regreso en la sacristía, Arnaudo encontró al Dr. Tomás Casares, conocido militante y pensador católico que por expreso pedido de la jerarquía eclesiástica, seguía desempeñando las funciones de ministro de la Corte Suprema de Justicia, quien fuera de sí a causa de la indignación, le informó que acababa de hablar telefónicamente con las autoridades policiales y con el jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo, para exigirles a ambos su mediación. -Escúcheme bien, joven –le dijo a Arnaudo- Usted que está al mando, cuando llegue alguna de las autoridades, sea de la policía o el Ejército, debe avisarme inmediatamente, ¿me entendió? ¡Inmediatamente!. -¡Si doctor! – fue la respuesta. A esa altura de los acontecimientos era evidente que de nada servía el esfuerzo de aquel millar de asaltantes por apoderarse de la Catedral. Los defensores, guiados valerosamente por Arnaudo, resistían a más no poder mientras la Plaza de Mayo se iba llenando de curiosos que se habían acercado para observar. Cerca de las 21.30 se hicieron presentes bomberos y policías, los primeros para controlar el fuego y los segundos, para dispersar a los manifestantes católicos que se habían agrupado en San Martín y Diagonal Norte para vivar a Nuestro Señor Jesucristo, a la Iglesia y la libertad. Fue en ese preciso momento que, después de tres horas y media de lucha, el ataque cesó. La policía se acercó a las puertas del edificio 19


para hablar con monseñor Tato y el Dr. Casares mientras los defensores aguardaban expectantes en el interior del templo y la Curia. Finalizado el diálogo, Casares se acercó a Arnaudo y le comunicó que todo había terminado y que saldrían del lugar custodiados por los guardias del orden, previa entrega de las armas. Mientras el Dr. Casares regresaba junto a monseñor Tato y el jefe de Investigaciones de la Policía Federal , los valerosos militantes que habían defendido el gran templo porteño procedieron a entregar su “arsenal”: el revolver 32, los dos 22 y la pistola de aire comprimido. Y mientras eso acontecía, Arnaudo, corrió hasta uno de los teléfonos para llamar a su padre con el objeto de avisarle lo que había ocurrido e informarle que posiblemente iría preso.

-Papá, andá hasta la biblioteca, agarrá las obras completas de Chesterton, sacá un papelito con direcciones que hay allí y quemalo inmediatamente – le dijo3. Temía que durante alguno de los allanamientos que tendrían lugar ese mismo día, el comprometedor “documento” fuera descubierto y que implicase a todos los que figuraban en él. Casi en el mismo momento en que Arnaudo cortaba para ceder su lugar a un compañero, se le acercó su amigo y compañero de estudios, Gastón Bordelois, que no hacía mucho había salido de prisión, para decirle que había posibilidades de escapar por los techos. Arnaudo le agradeció el dato, pero le respondió que como jefe de la defensa, no era correcto abandonar su puesto. Sin embargo, le ordenó que junto a su otro amigo, Humberto Podetti, se fueran lo más pronto posible, a efectos de seguir editando “Verdad”, como venían haciéndolo desde que Perón desatara su persecución contra la Iglesia. Ni Podetti no Bordelois lograron fugarse porque cuando se disponían a hacerlo, aparecieron por la salida efectivos de la policía y les cortaron el paso. Podetti regresó junto a Arnaudo y Bordelois se escondió, sin ser visto. A todo esto, monseñor Novoa condujo a unos quince muchachos hasta una habitación secreta, ubicada detrás de un falso panel situado en el segundo nivel de la biblioteca y allí los introdujo, diciéndoles que aguardasen sin moverse ya que, por estar cumpliendo con el servicio militar unos y pertenecer al Colegio Militar y la Escuela Naval otros, su situación era extremadamente comprometida4.A eso de las 23.00 se hizo presente el juez Carlos A. Gentile con una orden de arresto para todos los defensores, medida que el Dr. Casares (que no iría preso), intentó impedir intercediendo por ellos. Según sus palabras, no había razones que justificaran las detenciones, pero no logró evitarlas. -Acaten la orden – ordenó con voz apesadumbrada dirigiéndose a los defensores. No hay nada más que se pueda hacer. Monseñor Tato solicitó a los defensores que depusieran su actitud mansamente y no creasen dificultades explicándoles que solo irían presos unas pocas horas ya que en breve se iniciarían las gestiones para lograr su liberación. Cuando dieron las doce, invitó a todos a comulgar, no solo para reconfortar espiritualmente a aquellos valientes, sino para evitar que el Sagrario con las hostias consagradas, quedasen a merced de los profanadores. 20


Hombres y mujeres formaron fila y uno a uno fueron abandonando la histórica Catedral, sepulcro del Libertador de América, del Soldado Desconocido de nuestra Independencia y de grandes personajes del pasado argentino, escenario de hechos trascendentales de la historia y pieza de incalculable valor artístico y espiritual5. Dentro de los camiones policiales aunque satisfechos por el deber cumplido y reconfortados por la Sagrada Comunión, aquel puñado de espartanos fue conducido a la Penitenciaría Nacional, bajo severa custodia y estricta vigilancia. Notas 1

Años después actor, cómico y efímero sacerdote. Florencio Arnaudo, El año que quemaron las iglesias, Cap. XVII “La defensa de la Catedral”. 3 Ídem. 4 La habitación desaparecería cinco días después cuando la Curia fue incendiada por las turbas enardecidas, después del bombardeo aéreo a la capital.5 A las mujeres y los sacerdotes los dejaron en libertad después de tomárseles sus nombres y números de documento. * La mayor parte de la información fue extraída de El año que quemaron las iglesias, de Florencio Arnaudo y La Revolución del 55, Tomo I, de Isidoro Ruiz Moreno. 2

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BUENOS AIRES BOMBARDEADA

El 16 de junio de 1955 amaneció en las peores condiciones climáticas. Hacía frío y una densa capa de nubes cubría el cielo de Buenos Aires. El servicio meteorológico anunciaba lluvias ligeras con vientos muy leves y el plafond, de apenas 200 metros, era extremadamente bajo para los aviones de la Fuerza Aérea que cerca del mediodía iban a efectuar un vuelo sobre la capital en desagravio a la bandera nacional. Aquella madrugada, los porteños se preparaban para una nueva jornada de trabajo sin imaginar la espantosa tragedia que estaba a punto de abatirse sobre ellos. Desde hora muy temprana se registraba un inusitado movimiento en el Ministerio de Marina, donde el almirante Benjamín Gargiulo había pasado la noche. El alto oficial se hallaba extremadamente nervioso cuando se presentó en su despacho el contralmirante Samuel Toranzo Calderón, jefe de Estado Mayor. -Las ordenes han sido impartidas -dijo el recién llegado ni bien traspuso la puerta- la Casa de Gobierno va a ser bombardeada. Mientras tenía lugar ese diálogo, en el cercano Arsenal Naval las tropas conjuradas apresuraban su equipamiento. Los altos oficiales navales se hallaban en sus puestos cuando las primeras luces de aquel día gris comenzaron a asomar lentamente por el horizonte. Habían establecido su punto de reunión en el 4º piso del edificio, sede del Comando de Infantería de Marina, encargando su custodia a la Compañía Nº 1 de Infantería de Marina a cargo del teniente Barbará, quien la había dividido en dos secciones a las órdenes de los 22


suboficiales Pacífico Flamini y Esperidión Funes. Sus efectivos, vistiendo uniformes de combate, se hallaban provistos de fusiles FN de repetición y fusiles ametralladoras y tenían instrucciones de tirar a matar. Además de los oficiales rebeldes, se presentaron en el Ministerio numerosos civiles, casi todos candidatos a integrar la Junta de Revolución Democrática que debía constituirse inmediatamente después de la caída de Perón. Destacaban entre ellos los doctores Luis María de Pablo Pardo, Adolfo Vicchi y Miguel Ángel Zavala Ortiz , los señores Raúl Lamuraglia, su hijo Jorge, Alberto Benegas Lynch y Carlos Olmedo Zumarán y el teniente de navío (R) Claudio Mejía. Casi todos notaron las luces encendidas en el despacho presidencial y otras dependencias al frente a la Casa Rosada, y varios automóviles estacionados en la explanada, prueba fehaciente de que Perón y sus allegados se encontraban en el lugar. A todo esto, en el cercano Arsenal Naval, el Batallón de Infantería de Marina 4 que debía llevar a cabo el ataque terrestre contra la sede del gobierno, terminaba sus aprestos bajo la atenta mirada de su jefe, el capitán de fragata Juan Carlos Argerich. De acuerdo a los planes establecidos, debían concentrarse cerca del Ministerio para marchar desde allí hacia el objetivo después que la Aviación Naval llevase a cabo el bombardeo. Al mismo tiempo, elementos civiles pertenecientes a los comandos revolucionarios antiperonistas, ocuparían posiciones en azoteas y otros lugares previamente señalados y se disponían a entrar en acción una vez iniciadas las hostilidades. A las 08.00 en punto, tal como era su costumbre, Perón ingresó en su despacho, saludando a los miembros de su Estado Mayor, los generales José Humberto Sosa Molina, ministro de Defensa; Franklin Lucero, ministro de Ejército; Carlos Jáuregui, jefe del servicio de Informaciones del Estado; el almirante Gastón Lestrade, el brigadier Juan Ignacio San Martín y el mayor Alfredo Máximo Renner, su secretario privado. Acto seguido, después de tomar asiento en torno a la mesa de reuniones, los militares pasaron a tratar los principales puntos del Orden del Día, entre ellos la delicada situación con la Iglesia y el acto de desagravio a la Bandera Nacional que la Fuerza Aérea Argentina había programado para esa mañana. Ignoraban que se había puesto en marcha una revolución y que en la cercana Base Aeronaval de Punta Indio, al sudeste de Magdalena, se llevaban a cabo los últimos preparativos para lanzar un ataque sobre la sede de gobierno. Todo era tensión en el ministerio rebelde cuando llegó la noticia de que el capitán de fragata Jorge Alfredo Bassi se había hecho cargo del Aeropuerto Internacional de Ezeiza, donde se había apostado la Compañía Nº 5 de Infantería de Marina con todo su armamento. En el Arsenal Naval, el capitán Argerich, con el casco puesto su granadas y binoculares colgando sobre su pecho, la pistola al cinto y el fusil-ametralladora Halcón en las manos, terminó de pasar revista a la tropa y después de intercambiar unas palabras con los oficiales y suboficiales a su mando, se dirigió a ella con firme voz: “Espero que sepan cumplir con la Patria y su comandante. ¡Carguen!”1. Como acto reflejo, los efectivos prepararon el armamento e inmediatamente después abordaron dos camiones estacionados frente al edificio para dirigirse velozmente hacia el Ministerio de Marina, precedidos por un jeep.

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Av. Paseo Colón. Sector donde se produjeron los principales combates terrestres. Al fondo el Edificio Libertardor, sede del Ministerio de Ejército

En Punta Indio, mientras tanto, los capitanes de fragata Osvaldo Guaita y Néstor Noriega, efectuaban los últimos aprestos para lanzar el ataque y eso fue lo que informaron al Ministerio de Marina a las 09.46 de aquella terrible mañana. La agitación en la base era total, con los oficiales y los suboficiales yendo y viniendo mientras impartían y recibían órdenes y los mecánicos efectuaban la carga de combustible y hacían los últimos controles de los aviones. A bordo, en las cabinas, pilotos y tripulantes aguardaban expectantes la orden de partida, atentos a lo que marcaban sus tableros y las señales del personal de tierra. Cuatro minutos después la torre de control emitió la tan esperada directiva y casi enseguida, uno a uno los cinco bombarderos bimotores Beechcraft, dotados de bombas de 110 kilogramos, comenzaron a rodar por la carpeta asfáltica en dirección a la pista principal para tomar ubicación en su cabecera sur. Detrás de ellos hicieron lo propio los quince monomotores North American AT-6 de bombardeo en picada que comandaba el capitán de corbeta Santiago Sánchez Sabarots, portando dos bombas de 50 kilogramos cada uno y ametralladoras calibre 7,65. Las órdenes eran claras y terminantes: debían matar a Perón. Ya en el extremo de la pista, el primer avión se puso en contacto con la torre de control para solicitar permiso para decolar. -Permiso concedido. Puede partir – fue la respuesta que llegó a través de los auriculares. Dando máxima potencia a sus motores, el Beechcraft matrícula 3B-3 del capitán de corbeta Jorge Imaz, comenzó a carretear hasta levantar vuelo y perderse de vista en 24


el manto de nubes que cubría la región. Llevaba como apuntador al teniente de corbeta Alex Richmond, al propio capitán Guaita como copiloto, al cabo principal Roberto Nava como navegante y al guardiamarina Miguel Ángel Grondona como supernumerario. Eran las 10.00 de la mañana de aquel frío día de invierno, la visibilidad era escasa y no se percibían movimientos en aquella parte de la provincia de Buenos Aires a excepción de la leve llovizna que caía sobre los campos. Detrás del capitán Imaz partió el bombardero matrícula 3B-4 al comando del teniente de navío Carlos J. Farguío, con el jefe de la base, capitán Néstor Noriega como apuntador, el teniente de corbeta Roberto Moya como navegante y el suboficial José Radrizzi como supernumerario, seguido, uno detrás del otro, por el 3B-11 al comando del teniente de navío Jorge Irigoin quien llevaba al el teniente de fragata Augusto Artigas como copiloto, al teniente de corbeta Santiago Martínez Autín como apuntador y al suboficial mecánico Francisco Calvi como asistente; el 3B-6 piloteado por el teniente de fragata Alfredo Eustaqui, secundado por el teniente de corbeta Hugo Adamoli como apuntador y los suboficiales Girardi y Maciel como asistentes, y el 3B10 del teniente de fragata Alberto del Fresno, cuyo apuntador era el teniente de corbeta Carlos Corti y sus asistentes los suboficiales Mario Héctor Mercante y Ricardo Díaz. Inmediatamente después de los bombarderos despegaron los monoplazas AT-6, piloteados por el teniente de navío Héctor “Tito” Florido Alsina, Eduardo Velarde y Héctor Orsi; los tenientes de fragata Raúl Robatto, Heriberto Frind y Carlos García, los tenientes de corbeta José M. Huergo, Julio Cano, José Demartini, Eduardo Invierno, Luis Suárez y Máximo Rivero Kelly y los guardiamarinas Arnaldo Román, César Dennehy, Juan Romanella, Héctor Cordero, Sergio Rodríguez, Horacio Estrada y Eduardo Bisso. Los veinticuatro aviones conformaban la Escuadrilla Aeronaval Nº 3 al mando del capitán Guaita que se elevaron sin problemas y una vez superada la capa de nubes, enfilaron hacia la Capital Federal en pos de su objetivo, decidida a acabar con Perón y su régimen. Para entonces, fuentes gubernamentales habían detectado que algo anormal acontecía y comenzaban a alertar a todas unidades, poniendo en vigencia el plan CONINTES, (Conmoción Interna del Estado) para reprimir cualquier intento sedicioso. En la Base Aérea de Morón, asiento del Grupo 3 de Caza de la VII Brigada Aérea, su comandante, el comodoro Carlos Alberto Soto, ignoraba que muchos de sus pilotos, algunos de ellos designados para llevar a cabo el desfile de desagravio a la Bandera sobre la ciudad, esperaban el momento oportuno para desertar y plegarse al movimiento. El grupo rebelde estaba encabezado por el mayor Agustín Héctor de la Vega que aguardaba impaciente la llegada del capitán Julio César Cáceres, enlace con los efectivos revolucionarios de la Marina de Guerra. Soto, completamente ajeno a lo que acontecía, partió en un vuelo de inspección para comprobar personalmente el grado de visibilidad con el que deberían efectuar la pasada los aviones que iban a efectuar el vuelo de desagravio y cuando se hallaba a la altura de la avenida General Paz recibió un llamado urgente, instándolo a regresar inmediatamente. Una vez en tierra, se le notificó que había entrado en vigencia el plan CONINTES y que corrían rumores de un alzamiento. Al descender del avión se dirigió 25


presurosamente a su despacho y una vez ahí, recibió una comunicación del brigadier Juan Fabri, comandante en jefe de la Fuerza Aérea, notificándole que se prohibía todo vuelo sobre Buenos Aires porque se esperaba un ataque. Soto quedó perplejo. Acababan de decirle que la Capital Federal iba a ser bombardeada y que debía estar alerta para entrar en acción.

Contralmirante Samuel Toranzo Calderón Dudando todavía, preguntó si debía proceder a derribar aviones enemigos y mucho se sorprendió cuando el brigadier Fabri le respondió que sí. Turbado aunque sin perder la calma, mandó sonar las alarmas y ordenó alistar cuatro cazas a reacción Gloster Meteor de la brigada para interceptar aeronaves enemigas. El personal de la base se hallaba inmerso en esa actividad cuando se hizo presente el brigadier Mario Emilio Daneri acompañado por otros oficiales. Traía instrucciones de hacerse cargo del Comando Aéreo de Defensa y adoptar todas las medidas para contrarrestar el inminente ataque aéreo a la ciudad. “Ha llegado el momento de demostrar lo que somos capaces de hacer. Confío en la lealtad de todos ustedes hacia las autoridades constituidas y deseo que ahora la pongamos a prueba”, dijo a modo de arenga. Daneri no había terminado de hablar cuando una nueva llamada del brigadier Fabri confirmó la orden de partir y derribar todo avión que volase sobre Buenos Aires, y sin decir más, cortó. Para entonces, el Aeroparque Metropolitano y el Aeropuerto Internacional de Ezeiza habían sido cerrados y un avión comercial proveniente de Colonia, obligado a regresar.

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16 de junio de 1955, 10.35 horas. La Casa Rosada aguarda el ataque. Perón ya se retiró hacia el Ministerio de Ejército

Mientras se desarrollaban esos acontecimientos, la escuadrilla de ataque, al mando del capitán de fragata Guaita, llegó al centro de la ciudad y comenzó a orbitar sobre el Río de la Plata en espera de que las condiciones climáticas mejorasen. En su condición de presidente de la Nación y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas el primer mandatario debió haberse hecho cargo personalmente de la represión pero prefirió delegar el mando en el general Lucero y poner su persona a resguardo. Lucero convocó a los principales jefes militares a una reunión urgente en el Ministerio de Ejército2, de resultas de la cual, dispuso la movilización del histórico Regimiento de Granaderos a Caballo “General San Martín”, que desde 1903 tenía a su cargo la custodia y resguardo del presidente de la Nación y el alistamiento del poderoso Regimiento Motorizado “Buenos Aires” cuya misión sería defender el Edificio Libertador, sede de la dependencia. Al mismo tiempo se puso en estado de alerta a todas las unidades militares, incluyendo bomberos y policía y ordenó el alistamiento de todos los regimientos cercanos a la capital, en defensa del gobierno. Un pesado clima de tensión se iba adueñando de las dependencias oficiales a medida que pasaban los minutos porque se sabía que aviones hostiles avanzaba hacia la ciudad y que se efectuaban febriles preparativos para plegar al alzamiento a la Escuela de Mecánica de la Armada, lo que tornaba imperioso adoptar todas las medidas para proteger la sede gubernamental. En el sector de la Casa Rosada que da sobre la calle Rivadavia, se montó una sección de tiro apoyada por dos ametralladoras pesadas a las órdenes del capitán Virgilio di Paolo; una sección similar ocupó posiciones frente a Plaza de Mayo y otra en el sector 27


posterior, cubriendo cualquier intento de avance desde Plaza Colón. Mientras tanto, en las azoteas del palacio gubernamental se instalaron tres piezas de artillería antiaérea al tiempo que el teniente coronel Oscar Goulú establecía su puesto de mando en el histórico Salón de los Acuerdos. Por su parte, el coronel Eduardo D’Onofrio, jefe de la Casa Militar convertido en improvisado jefe de la Agrupación Casa de Gobierno, hacía lo propio en su despacho, todo en medio de gran agitación. El Ejército, mientras tanto, montaba dos piezas de artillería antiaérea en las esquinas de Plaza de Mayo, una frente a la Catedral y otra al Cabildo, al tiempo que se ponían en estado de alerta a los bomberos, la enfermería y la comisaría de la sede gubernamental y se movilizaba al 3º Escuadrón de Granaderos con asiento en Palermo. Efectivos del Regimiento de Granaderos a Caballo tomaron posiciones en el palacio de gobierno, construido sobre los cimientos del antiguo fuerte que fuera asiento de los virreyes del Río de la Plata y las primeras autoridades patrias portando armas y vistiendo uniformes de combate, mientras sus jefes impartían órdenes a viva voz. El general Lucero dio muestras de un alto nivel profesional al disponer acertadas medidas defensivas tendientes a contrarrestar el alzamiento. A eso de las 12.20 tenía a todas las unidades de Ejército listas para ser movilizadas y al total de las fuerzas leales dispuestas a entrar en operaciones. Los granaderos apostados en la Casa de Gobierno se hallaban al mando del teniente José María Gutiérrez, su jefe de guardia, quien se ubicó en el primer piso, junto al Salón Blanco, donde se había emplazado otra ametralladora pesada a cargo de un sargento ayudante de apellido Álvarez. Una decena de soldados provistos de rifles Mauser fue apostada sobre Rivadavia, apoyada a su vez por otra pieza similar, calibre 12,7, y en los accesos que daban a la calle Balcarce se desplegó un dispositivo similar, lo mismo en la parte posterior, frente a Paseo Colón, al tiempo que se colocaban más ametralladoras 12,7 en cada ángulo de la terraza, servidas cada una por cuatro soldados al mando de un suboficial. Algo que ha llamado la atención de estudiosos y analistas es que en ningún momento se le advirtió a la población lo que estaba por suceder. Entre las 8.35 y las 09.00 Perón mantuvo una breve reunión en su despacho con el embajador norteamericano Albert Nuffert y quince minutos después se retiró al cercano Edificio Libertador, la imponente sede del Ministerio de Ejército, sin ordenar las alertas correspondientes, ni adoptar las medidas necesarias para evitar que la gente circulase por las inmediaciones de Plaza de Mayo. No hubo indicaciones de cerrar el tránsito, no se ordenó el desalojo de la Casa de Gobierno y tampoco se hicieron sonar las alarmas para prevenir a la población. En Buenos Aires la vida siguió su transcurso con total normalidad. Mientras tanto, en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, las fuerzas rebeldes, recibían los primeros DC-3 y DC-4 de la Armada que transportaban infantes de Marina desde la Base Aeronaval de Punta Indio junto al personal necesario para las tareas de tierra (mantenimiento, equipamiento y recarga de combustible). Los infantes desembarcaron y tomaron posiciones de combate en los edificios mientras los aviones volvían a decolar en busca de más efectivos.

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A todo esto, la escuadrilla atacante seguía volando en círculos sobre la ciudad y el río, en espera de que las condiciones climáticas mejorasen. A esa altura, los monoplazas North American, comenzaban a quedarse sin combustible y varios de ellos debieron aterrizar en Ezeiza para reabastecer sus tanques. El hecho, no pasó inadvertido a los empleados civiles de la estación aérea cuando con estupor, notaron las bombas bajo las alas de los AT-6 y eso movió a varios de ellos intentaron comunicarse con la capital para averiguar que era lo que ocurría pero descubrieron con sorpresa, que las líneas de comunicaciones habían sido cortadas. Sin embargo, según cuenta Ruiz Moreno en su libro, uno de ellos, Eduardo Maidana, logró establecer contacto con el Servicio de Informaciones del Estado y denunció lo que sucedía. Y fue a raíz de esa llamada que se impartió la orden de ametrallar a los aviones rebeldes apostados en el lugar. Las comunicaciones entre la escuadrilla de ataque y el mando rebelde estaban cortadas, por lo que el capitán Noriega ordenó al teniente de fragata Carlos García, piloto de uno de los AT-6, que aterrizase en Ezeiza para solicitar informes. El piloto se dirigió directamente hacia el Aeropuerto Internacional y una vez en tierra corrió hasta el puesto del capitán Bassi, quien tenía a cargo la aeroestación, para cumplir la orden. La angustia y la tensión crecían en las filas rebeldes a medida que pasaba el tiempo. Bassi estableció contacto con el Ministerio de Marina en momentos en que los ánimos comenzaban a caldearse por la falta de comunicación y solicitó instrucciones. La demora se había prolongado excesivamente y el clima no parecía mejorar. La orden que se le dio a García fue la de atacar y aquel partió raudamente para retransmitirla a la escuadrilla. En ese preciso momento, un helicóptero del Ejército se posaba junto a la mole del Edificio Libertador, a solo cuatro cuadras de la base revolucionaria. El general Perón hacía más de tres horas que había cruzado a la sede del Ejército rodeado por su escolta de granaderos y se hallaba en el 3º piso del gran edificio cuando el mando rebelde ordenó el ataque. A su lado se encontraban los generales Lucero y Sosa Molina, el brigadier San Martín, el vicepresidente de la Nación Alberto Teissaire y otros funcionarios, civiles y militares, a quienes alrededor de las 12.30 se les unieron los almirantes Ramón Brunnet y Gastón Lestrade. Los recién llegados expusieron al presidente los pormenores de la situación, confirmando que la Marina se hallaba en estado de rebeldía, que el Plan CONINTES había sido boicoteado y que se intentaba neutralizar la Escuela de Mecánica de la Armada. Mientras el primer mandatario escuchaba el informe, en el Ministerio de Ejérciro se terminaba de montar un importante dispositivo de defensa, en medio de un movimiento febril. Inesperadamente, pasado el medio día, las condiciones climáticas parecieron mejorar, el plafond ascendió de 200 a 400 metros y se abrieron algunos claros entre las nubes. Fue en ese preciso instante que la escuadrilla aeronaval se lanzó al ataque. -Cumplir el objetivo – se le ordenó al comandante- Se reitera: cumplir el objetivo. A través de los espacios abiertos que comenzaban a ofrecer las nubes, los aviadores de la Armada pudieron distinguir los principales edificios de la capital, puntos de referencia a tener en cuenta al momento de iniciar las acciones, entre ellos, la Casa de Gobierno, el Ministerio de Ejército, el Ministerio de Marina, el Ministerio de 29


Comunicaciones, la Compañía Argentina de Electricidad con sus chimeneas desprendiendo densas columnas de humo, la Catedral, el Cabildo, la zona del puerto, Plaza de Mayo y avenida Paseo Colón. Recibida la orden de ataque, el capitán Noriega la retransmitió a las unidades de su escuadrilla e inmediatamente después entró en corrida de lanzamiento: -Dar cumplimiento al plan “Ministerio de Marina” –comunicó a través de la radio- Abrir compuertas. Listos para arrojar cargas3. La escuadrilla naval se dividió en dos secciones. La primera, que constituía el grueso de la formación, se dirigió directamente hacia la Casa de Gobierno en tanto la segunda lo hizo hacia objetivos secundarios. En su corrida de ataque, después de efectuar un pronunciado giro sobre el Río de la Plata y sobrevolar Puerto Nuevo, los bombarderos abrieron las compuertas y se abalanzaron sobre los blancos.

Aviones atacantes Las bombas del capitán Guaita, fueron las primeras en caer. Una de ellas erró a la Casa Rosada y dio de lleno en un trolebús repleto de pasajeros que estalló envuelto en llamas. La segunda impactó en la sede de gobierno provocando los primeros destrozos en su estructura. El trolebús se elevó por el aire y volvió a caer, pereciendo sus ocupantes a causa de las esquirlas y la terrible onda expansiva. 30


Le siguieron, uno tras otro, los cuatro Beechcraft restantes mientras arrojaban sus respectivas cargas explosivas.

La gente huye despavorida de la zona de combate. Otros observan absortos sin dar crédito a lo que ven Los impactos y los estallidos fueron de tal violencia que los desprevenidos transeúntes que transitaban por Plaza de Mayo y las calles adyacentes, comenzaron a correr desesperadamente en busca de protección. El espectáculo era asombroso. Buenos Aires se convertía en la primera capital del continente en sufrir un bombardeo aéreo de magnitud. Mientras la gente huía aterrorizada, las baterías antiaéreas abrieron fuego respondiendo el ataque. Para los pilotos resultó espeluznante observar las trazantes pasando a escasos centímetros de sus aparatos y peor aún, cuando las mismas comenzaron a hacer impacto en sus estructuras. El avión de Guaita fue alcanzado en una de sus alas, muy cerca del tanque de aceite y el del teniente Irigoin recibió un impacto que le atravesó la puerta y cortó un tubo de cables que lo dejó incomunicado del resto de la escuadrilla. El disparo estuvo muy cerca de matar al cabo mecánico Francisco Calvi que, como se ha dicho, hacía las veces de asistente. 31


El capitán Noriega arrojó sus bombas detrás de Guaita. “Deseo suerte para el país”, pensó al accionar la palanca. Una de ellas pasó de largo y dio en el Ministerio de Hacienda, provocando la voladura de puertas y ventanas además de algunos incendios y serios daños en su mampostería; el segundo proyectil pegó en la Casa de Gobierno generando nuevos destrozos. Lo que resultó realmente dramático fue que muchos de los transeúntes se habían refugiado en el mencionado ministerio en momentos que su estructura recibía gran parte del ataque.

Una de las primeras bombas impacta cerca de la estatua del Gral. Belgrano. Al fondo el edificio del Banco Nación

Las baterías antiaéreas alcanzaron a varios de los aviones sin producirles daños graves, lo que les permitió, una vez liberados del peso de las bombas, tomar altura y alejarse velozmente hacia Ezeiza a efectos de reponer armamento y combustible. Detrás de los Beechkraft llegaron los North American AT-6, lanzando sus bombas en picada y remontando vuelo para recomponer su formación por encima de las nubes. Los daños que causaron fueron tremendos. Uno de los proyectiles estalló en el despacho presidencial; otro produjo un enorme agujero en el ángulo noreste del Ministerio de Hacienda, dos más impactaron en la calle, un quinto lo hizo en las escalinatas de acceso que daba a Hipólito Yrigoyen y otro más en las veredas de Paseo Colón, entre Yrigoyen y Alsina. Las bombas habían sido arrojadas desde una altura de 400 metros, cuando estaban preparadas para hacerlo desde 1000, razón por la cual, algunas de ellas no 32


alcanzaron a explotar. De todas maneras, los daños fueron enormes y el costo en vidas, tremendo. Mientras una gruesa columna de humo se elevaba hacia los cielos desde la Casa de Gobierno, numerosos cadáveres yacían tirados en las calles, todos ellos civiles que en el momento del ataque transitaban por el lugar. Se observaban cuerpos acribillados por las esquirlas y a gran número de heridos lamentándose sobre el pavimento, en muchos casos, horriblemente mutilados. El drama recién comenzaba. -¡Avance capitán! – le ordenó el contralmirante Toranzo Calderón al capitán Argerich en la planta baja del Ministerio de Marina. Acompañado por su jefe de operaciones, teniente de navío Carlos Recio, Argerich ganó rápidamente el exterior y subió al jeep que debía encabezar la columna integrada por tres camiones, en los que sus hombres aguardaban expectantes. La formación tomó por Cangallo y al llegar a Leandro N. Alem, dobló a la izquierda para dirigirse directamente al palacio de gobierno.

Densas columnas se elevan hacia el cielo encapotado desde Av. Paseo Colón. A la derecha, la Casa Rosada

A escasos 30 metros de la estatua de Juan de Garay, los vehículos efectuaron un giro de 180º y se detuvieron, con su parte posterior mirando hacia la Casa Rosada. Ciento cincuenta infantes de Marina saltaron al pavimento y se dividieron en dos secciones, una al mando del teniente Carlos Sommariva y la otra a la de su igual en el rango, Menotti Alejandro Spinelli, apostándose ambas en las posiciones previamente asignadas. La sección del teniente Sommariva se ubicó en un punto al noreste, muy cerca de donde se habían detenidos los camiones en tanto la de Spinelli, después de cruzar la avenida, hizo lo propio sobre Plaza Colón, frente a la fachada posterior del gran edificio, detrás de la hoy inexistente estación de servicio del Automóvil Club Argentino. 33


El espectáculo era dantesco. Varias columnas de humo se elevaban hacia el cielo desde diferentes puntos, la gente corría aterrorizada, el trolebús impactado ardía a lo lejos con sus ocupantes carbonizados en su interior y numerosos cadáveres yacían tirados por todas partes, entremezclados con los heridos, gente que agonizaba y vehículos envueltos en llamas. Argerich impartió las últimas directivas recalcando que los civiles con brazalete blanco eran amigos y por lo tanto, no había que dispararles. Lo primero que alcanzó a ver fue la ametralladora emplazada en la ventana lateral de la calle Rivadavia junto a la que se encontraban apostados el teniente de Granaderos José María Gutiérrez y el sargento ayudante Álvarez y con la intención de neutralizarla, levantó su arma y barrió la posición con intermitentes descargas. Gutiérrez y Álvarez se apartaron a tiempo de la ventana, mientras la cristalería de la habitación estallaba en pedazos. Presa de viva furia regresaron ambos a sus puestos, y después de tomar el arma, el primero descorrió el seguro y el segundo disparó. Una descarga de balas pasó entre Argerich y el teniente Recio, forzando a los infantes a buscar protección en la Recova de Paseo Colón. Mientras tanto, la Compañía Nº 1, con la sección de ametralladoras del teniente Montiquín, se replegaba en dirección al Ministerio de Marina batida por el nutrido fuego de la Casa Rosada. Se había perdido el factor sorpresa y por esa razón, el asalto a la sede gubernamental era tarea imposible. De acuerdo a lo planeado, el teniente Sommariva ordenó a su sección emprender la retirada por Paseo Colón, en forma escalonada y con apoyo de las partes, buscando el amparo de los edificios y mientras lo hacían, sus efectivos recibían el aliento de numerosos civiles opositores a Perón que se habían cobijado detrás de automóviles, paredes y columnas.

CF Juan Carlos Argerich Quien mantuvo sus posiciones firmemente por no haber recibido la orden de repliegue fue el teniente Spinelli, trabado en intensa lucha con los granaderos que defendían la 34


Casa de Gobierno. Los disparos de metralla y fusilería, los gritos de los combatientes y el ulular de las ambulancias, que desafiaban valerosamente el fuego para evacuar a los heridos, le había impedido escucharla. Mientras se desarrollaban estas acciones, volaba hacia el centro de la ciudad la escuadrilla de alarma de la VII Brigada Aérea de Morón, integrada por cuatro veloces Gloster Meteor FMk IV impulsados por sus poderosas turbinas Roll Royce, armado cada uno con cuatro cañones Hispano Suizos de 20 mm. Encabezaba la formación su líder, el teniente Juan García, al comando del aparato matrícula I-039, seguido por el primer teniente Mario Olezza en el matrícula I-077, el teniente Osvaldo Rosito en el I090 y el teniente Ernesto Adradas en el I-063, que partió minutos más tarde porque su motor derecho presentaba problemas de puesta en marcha. Su misión: derribar cualquier aparato rebelde con el que se topasen.

Escenas dantescas en inmediaciones de la Casa de Gobierno

Los Gloster Meteor alcanzaron la zona de operaciones y una vez allí, informaron a su base que sobre la Casa de Gobierno no se observaba nada anormal. Pese a ello, confirmaron que permanecerían en el lugar, volando en círculo, en espera del enemigo y que informarían cualquier novedad. No habían pasado más que unos cuantos minutos cuando el teniente García detectó a lo lejos una formación de dos aviones navales que se alejaba en dirección norte, cosa que se apresuró a comunicar a la torre de Morón. La orden que recibió fue terminante: -Proceda a su derribo – fue la orden que recibió.

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García transmitió la directiva a sus hombres y su escuadrilla se escalonó hacia la izquierda lanzándose detrás de los aparatos fugitivos que piloteaban el teniente Máximo Rivero Kelly y el guardiamarina Arnaldo Román. Los aviadores navales se habían separado del grupo principal por causa de la niebla y venían de sobrevolar los cuarteles del Regimiento Motorizado “Buenos Aires” sin haberlo atacado porque para entonces, sus unidades había partido hacia la zona de operaciones. Román había escoltado a uno de los Beechkraft y al igual que su compañero, se hallaba escaso de combustible y llevaba todavía sus bombas. Por consiguiente, al momento de ser detectado se aprestaban ambos a aterrizar en el Aeroparque con el indicador de combustible marcando cero. Los aviadores rebeldes sobrevolaban el espigón del Club de Pescadores, cuando los Gloster Meteor los interceptaron y abrieron fuego. Las descargas pasaron a escasos centímetros de Rivero Kelly, que para evitar ser alcanzado, se elevó hasta los 700 metros y cuando volaba sobre San Isidro se ocultó entre las nubes. Román, que piloteaba el AT-6 matrícula 3A-23, estaba a punto de aterrizar cuando las trazadoras pasaron debajo de su aparato. Como impulsado por una fuerza interior ajena a su voluntad, intentó una maniobra evasiva virando en ascenso hacia la derecha pero se topó sorpresivamente con el caza I-063 del teniente Ernesto Adradas que abrió fuego sobre él y lo alcanzó de lleno. La cabina de Román estalló en pedazos hiriendo al piloto en la cabeza, su tanque fue perforado y el ala derecha comenzó a incendiarse. Al ver que los mandos no le respondían, abandonó todo intento de preservar su aparato y procedió a eyectarse. A 500 metros de altura abrió la cabina, desabrochó el cinturón que lo sujetaba al asiento, se puso de pie e impulsado por el viento, saltó al vacío. El avión naval se precipitaba hacia el río cuando Román daba una vuelta en el aire y tiraba de la anilla para desplegar su paracaídas. Cayó lentamente sobre las obscuras aguas del Plata con su chaleco salvavidas inflado, a la vista de varios curiosos que se encontraban en la Av. Costanera. Moviéndose al ritmo de la marejada, se desprendió de todo el equipo que lo estorbaba (casco, paracaídas y correajes), y aligerado de peso, intentó mantenerse a flote, notando que las botas se le estaban llenando de agua. De no haber contado con el salvavidas, seguramente se habría ahogado. Román alcanzó a distinguir a su avión flotando a lo lejos y luego lo vio desaparecer bajo las aguas, tragado por la corriente. Acababa de protagonizar el primer derribo de una aeronave argentina en combate y había tomado parte en el verdadero bautismo de fuego de la Fuerza Aérea y la Aviación Naval. Sin embargo, el valeroso piloto no tenía tiempo para pensar en esas cosas ya que si bien acababa de salvar milagrosamente su vida, el peligro no había pasado. Mientras trataba de mantenerse a flote, Román vio a lo lejos una boya que se bamboleaba lentamente y hacia ella comenzó a nadar, sin embargo, a los cinco minutos se percató de que una lancha de la Prefectura Naval avanzaba directamente hacia él. 36


Gloster Meteor de la VII Brigada Aérea

La embarcación se detuvo a su lado, con varios hombres apuntándole con sus armas, dispuestos a acribillarlo en caso de que hiciese algún movimiento en falso. Lo sacaron del agua y en calidad de prisionero lo condujeron a la Subprefectura del Río de la Plata, sobre la Dársena Norte, donde quedó detenido e incomunicado. Mientras tanto, la escuadrilla leal, al mando del primer teniente García, efectuó una nueva pasada sobre la zona de operaciones y al no divisar aviones enemigos, dio por concluida su misión regresando a Morón en formación de rombo. Los Gloster Meteor tocaron pista a las 13.30, casi en el mismo momento en que el teniente de corbeta Máximo Rivero Kelly sobrevolaba la zona en dirección al Aeropuerto Internacional de Ezeiza. A poco de que los pilotos leales echaran pie a tierra e informaran a sus superiores los detalles de su misión, la VII Brigada Aérea recibió órdenes de atacar Ezeiza. Impartida la directiva, el vicecomodoro Carlos Alberto Síster, leal piloto peronista, comandante del Primer Escuadrón, se ofreció para encabezar la operación. Síster procedió a colocarse el traje de combate y cuando estuvo listo, abordó el aparato matrícula I-352, desde cuya cabina solicitó instrucciones a la torre. Las mismas llegaron casi al instante, claras y concisas: “Diríjase a Ezeiza y ametralle aviones en tierra. Pasar a máxima velocidad dado que existen piezas de artillería en el sector”. El vicecomodoro partió solo porque en el momento de decolar, su numeral sufrió un desperfecto en una de sus turbinas que lo obligó a permanecer en tierra. En momentos en que daba máxima potencia a sus turbinas y se aprestaba a iniciar el 37


carreteo, pasó sobre la brigada la aeronave del teniente Rivero Kelly en dirección al Aeropuerto Internacional. Aquello generó cierta confusión ya que los efectivos rebeldes de la Aeronáutica encabezados por el comandante Agustín de la Vega, habían convenido con las autoridades de la Armada que el paso de un avión naval iba a ser la señal de que el alzamiento estaba en marcha y que debían proceder a apoderarse de la unidad. Sin proponérselo, Rivero Kelly había hecho creer a los conjurados que el plan se estaba desarrollando de acuerdo a lo planificado y en su defecto, procedieron a copar la unidad. De La Vega contaba solamente con el apoyo de su ayudante, Eduardo Wilkinson, pero cuando anunció que la base estaba tomada, siete de sus oficiales, de conocidas tendencias antiperonistas, se le plegaron inmediatamente, lo mismo el odontólogo de la guarnición, armado con una pistola. Empuñando fusiles ametralladora, De La Vega y su gente redujeron a dieciocho suboficiales del escuadrón, encerrándolos en un hangar próximo al edificio del destacamento. Acto seguido, reunieron a un total de 180 soldados conscriptos y al frente de los mismos se encaminaron al edificio principal, al que llegaron en momentos en que Síster remontaba vuelo. El resto de los pilotos se encontraban en sus aviones, listos para entrar en acción cuando los insurrectos se hiciesen presentes. El brigadier Mario Emilio Daneri, el comodoro Soto, comandante de la brigada y el jefe del Grupo 3 de Caza, vicecomodoro Orlando Pérez Laborda, fueron reducidos. Soto intentó enfrentar a los rebeldes pero De La Vega, apuntándole con su pistola, le ordenó que se quedase quieto. Inmediatamente después, les mandó arrojar las armas, levantar las manos y caminar hacia la sala de pilotos donde, finalmente, fueron encerrados. Los capitanes Carlos Enrique Carús y Orlando Arrechea procedieron a detener a los pilotos que aguardaban órdenes en sus aviones, conduciéndolos a punta de pistola hasta la misma sala en la que habían sido recluidos sus superiores. De ese modo, quedaron dueños de la situación, con la VII Brigada en su poder. Mientras esto acontecía en Morón, el vicecomodoro Síster volaba hacia Ezeiza, la denominada “Base Roja” de los rebeldes, decidido a cumplir su misión. Con los edificios de la estación aérea recortándose en el horizonte, el decidido piloto peronista comenzó a descender al tiempo que efectuaba el control de su tablero y ajustaba el dispositivo de ataque, apuntando a las unidades que se hallaban sobre la pista principal. Bassi y los recién aterrizados Noriega y Sánchez Sabarots, lo vieron descolgarse de las nubes y dirigirse directamente hacia ellos mientras abría fuego con sus cañones. El personal de la base se dispersó velozmente en busca de refugio mientras las balas repicaban sobre el asfalto y rebotaban en distintas direcciones. Los tres jefes corrieron hacia una zanja cercana para arrojarse en su interior en momentos en que Síster alcanzaba al AT-6 de Rivero Kelly. Síster se elevó y al mirar hacia abajo identificó a muchos de los aviones que habían participado en el ataque a la Casa de Gobierno, es decir, los doce North American, y uno de los bimotores BeechCraft, detenidos junto a dos transportes y un Catalina 38


El aviador enfiló nuevamente hacia ellos disparando decididamente sobre los monomotores, sin lograr alcanzarlos por la mala visibilidad. Aún así, acribilló la estructura del BeechCraft matrícula 3B-11, dejándolo fuera de combate. Durante el ataque, alcanzó a un avión de pasajeros de la aerolínea comercial escandinava SAS y a otro de Aerolíneas Argentinas que se hallaban cerca, generando el consabido pánico y preocupación entre el pasaje y la tripulación. Personal militar y civil corría en busca de protección cuando los disparos de Sister acribillaron las plataformas. El avión de SAS, que esa misma mañana debía regresar a Suecia, recibió seis impactos de cañón en el fuselaje y el de Aerolíneas Argentinas entre dos y tres. A bordo del Catalina, el guardiamarina Osvaldo Pedroni respondió el fuego, disparando con una de las ametralladoras traseras y desde la zanja en la que se había puesto a cubierto, el capitán Sánchez Sabarots, movido más por sus instintos que por la razón, se puso de pie con su pistola en la mano y vació el cargador, sin ningún resultado. Durante su tercera pasada, los cañones de Síster se trabaron, razón por la cual, el bravo aviador viró de regreso a su base, aterrizando sin inconvenientes quince minutos después. Grande fue su sorpresa cuando vio desde su cabina al capitán Carlos E. Carús que se acercaba apuntándole con su pistola. Fue obligado a descender, a colocar las manos sobre LA cabeza y caminar hacia a la sala de pilotos donde fue alojado junto al resto de los prisioneros. A todo esto, en el Ministerio de Guerra, el general Perón, visiblemente nervioso, había delegado el mando completamente en el general Lucero y se mantenía al margen, en espera de los acontecimientos. Lucero había dispuesto defender el Ministerio y la vida del primer mandatario emplazando ametralladoras pesadas en las ventanas del edificio y reforzando su defensa con cuadros y unidades del Regimiento Motorizado “Buenos Aires”. Desde esas posiciones, ordenó abrir fuego contra las tropas de Infantería ubicadas frente a la Casa de Gobierno, batiendo la zona sobre la que aquellas se hallaban desplegadas. Al mismo tiempo, ordenó a determinadas unidades militares controlar puntos considerados sospechosos como la Base Aérea de El Palomar y la Escuela de Mecánica de la Armada, despachando hacia esta última al general José Domingo Molina, comandante en jefe del Ejército, quien instaló su puesto de mando en dependencias de la I División Motorizada, en los cuarteles de Palermo, de la que dependían los Regimientos 1, 2 y 3 de Infantería a las órdenes del general Ernesto Fatigatti. Quien avanzaba directamente a la batalla sin saber lo que realmente estaba ocurriendo era el capitán Marcelo Amavet, jefe del 3er. Escuadrón del Regimiento Escolta Presidencial quien, al frente de su columna, había partido desde Palermo antes comenzar el bombardeo, desconociendo la gravedad de la situación. Amavet tomó el camino acostumbrado en tiempos de paz, es decir Av. Libertador (antes Alvear) y luego Leandro N. Alem, para enfilar directamente hacia el palacio de gobierno con sus vehículos, un ómnibus y dos camiones, atestados de conscriptos.

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Por su parte, la sección del Batallón de Infantería de Marina 4 al mando del teniente Menotti Alejandro Spinelli, seguía combatiendo aferrada a sus posiciones, entre la estación de servicio del Automóvil Club Argentino y Plaza Colón, mientras era duramente hostigada por los granaderos desde la Casa de Gobierno y las fuerzas apostadas en el Edificio Libertador

Gral. Franklin Lucero . Spinelli, que disparaba desde la plaza junto al guardiamarina Antonio Pozzi, ordenó a sus efectivos más próximos tirar a las llantas de los pocos automóviles que intentaban desesperadamente retirarse de la zona a efectos de obtener mayor cobertura. Ignorante del repliegue del capitán Argerich, dispuso enviar al cabo principal Juan Carlos López para solicitar instrucciones, casi en el preciso instante en que una mujer atravesaba el lugar a todo correr, llorando y gritando aterrorizada, con el rostro cubierto de sangre. El tiempo transcurría desesperantemente lento y como el cabo López no llegaba, Spinelli ordenó a sus hombres desplazarse hacia la retaguardia para ponerlos a cubierto de las ametralladoras que disparaban sin parar desde la Casa Rosada. Para ello llamó al conscripto Menafra, y le ordenó que partiera en pos de las instrucciones que López no traía. Menafra hecho a correr velozmente en cumplimiento de la directiva pero a los pocos metros cayó gravemente herido, alcanzado por los disparos.

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Mientras las balas repicaban en torno al conscripto, que a causa del intenso dolor se revolcaba sobre el pavimento, llegó al sector el Regimiento Escolta, que colocó a sus vehículos en la línea de fuego de los infantes de Marina. Al ver que la columna se iba a detener bajo la explanada lateral de Rivadavia y Paseo Colón (el lugar donde habitualmente se apeaba la tropa), Spinelli comprendió que aquellos refuerzos constituían una sentencia de muerte para su pelotón y por esa razón, ordenó abrir fuego. Sobre la columna motorizada se abatió una lluvia de plomo que se cobró la vida de varios hombres. Uno de los disparos dio de lleno en la cabeza del conscripto Rafael Inchausti, chofer del ómnibus, matándolo instantáneamente, e hirió a sus compañeros. Con el soldado muerto al volante, el camión siguió avanzando muy lentamente hacia el centro de la calle, mientras seguía recibiendo impactos sobre su estructura. Los tiradores de la Marina también abatieron a los otros dos choferes, conscriptos Ramón Cárdenas y Oscar Dresich, casi en el mismo instante en que el primer camión comenzaba a incendiarse. A bordo de los vehículos, todo era caos y confusión y si no murieron más soldados fue por la férrea cobertura que les brindaron los defensores de la Casa de Gobierno. El combate entonces se tornó furioso, aumentando el número de heridos de uno y otro bando, en especial, a bordo del ómnibus y los camiones. Los granaderos saltaron fuera y mientras algunos buscaban cobertura detrás de ellas, el resto corrió hacia el palacio de gobierno, con las balas repicando a su alrededor. El oficial Mario Davico se detuvo junto a una de las palmeras de la entrada de Rivadavia, justo al lado de una de las bombas sin explotar que la Aviación Naval había arrojado minutos antes y ahí se quedó inmóvil. Desde el edificio, sus compañeros, lo apuraron para que ingresara porque, al atraer el fuego sobre sí, era probable que una de las balas hiciera detonar el artefacto. Mientras tanto, el combate arreciaba con los infantes de Marina, que aún se aferraban a sus posiciones, devolviendo el fuego con determinación, aún cuando comprendían que el asalto a la sede gubernamental era imposible y que todo contacto con su jefe, el capitán Argerich, se había cortado. Los jefes del Regimiento de Granaderos a Caballo pensando que no se repetirían los ataques aéreos, decidieron bajar una de las ametralladoras pesadas para emplazarla en el sector de la explanada en tanto, desde su posición, el teniente primero Carlos Mulhall ordenaba evacuar a los soldados heridos. Así estaban las cosas cuando repentinamente, dos bimotores Beechkraft aparecieron volando bajo desde el oeste. Al verlos venir, los efectivos apostados en las azoteas de la Casa de Gobierno abrieron fuego mientras en el interior sus ocupantes se ponían a cubierto. Spinelli sintió alivio cuando vio a los bombarderos pero se sobresaltó cuando aquellos soltaron sus bombas pues le pareció que las mismas iban a dar justo en su posición. Se cubrió la cabeza, cerró fuertemente los ojos y esperó, pero los proyectiles cayeron en el palacio de gobierno provocando nuevos incendios y destrozos.

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Fue en ese momento que el oficial de Marina decidió retirar a su compañía, bastante castigada por el fuego enemigo y en ese sentido, impartió directivas precisas. Para entonces, los comandos civiles encabezados por el teniente de Navío (RE) Siro de Martini, habían copado las instalaciones de Radio Mitre, en Arenales 1925 y después de reducir al personal a punta de pistola, obligaron al locutor Alberto Palazón a dar lectura a la proclama revolucionaria. Su texto era el siguiente: ¡Argentinos, argentinos! ¡Escuchad este anuncio del Cielo, volcado por fin sobre la tierra argentina: el tirano ha muerto! Nuestra Patria desde hoy es libre: Dios sea loado. Fuerzas Armadas de la Nación con la solidaridad de sectores civiles representativos de la orientación democrática argentina, inspiradas por los ideales que desde Mayo iluminaron nuestra nacionalidad, se rebelan en este momento contra la tiranía, para restablecer la vigencia de la moral pública, sancionar a los responsables, restituir la justicia y devolver al pueblo el esencial instrumento de sus libertades. Afrontan esta decisión suprema ante la comprobación de que se estaba en camino de destruir espiritualmente el país, por obra de una corrupción desenfrenada; y se determinan a hacerlo con urgencia temeraria por el convencimiento de que el pueblo ha perdido la posibilidad jurídica de formar, expresar y defender su voluntad espontánea!4 Pero Perón no había muerto ni mucho menos, sino que desde el 5º piso del Edificio Libertador, seguía expectante el desarrollo de los acontecimientos. La lectura de la proclama fue respondida por otra de la CGT, emitida por su secretario general, Héctor Hugo Di Pietro a través de diversas frecuencias. La misma decía: ¡Compañeros! El martes la CGT dio una consigna: ¡Alerta! Ha llegado el momento de cumplirla. Todos los trabajadores de la Capital Federal y del Gran Buenos Aires deben concentrarse inmediatamente en los alrededores de la CGT, Independencia y Azopardo. Todos los medios de movilidad deben tomarse, a las buenas o a las malas. ¡Compañeros!: en los alrededores les darán instrucciones. ¡La Confederación General del Trabajo los llama para defender a nuestro líder! Concéntrense inmediatamente sin violencia5. Y el pueblo no se hizo esperar. La multitud trabajadora, enardecida por sus dirigentes, abordó distintos medios y se encaminó a los lugares indicados dispuesta a luchar. En el camino asaltó varias armerías, entre ellas la tradicional Casa “Razetti”, apoderándose de fusiles, revólveres, pistolas y cuchillos y después de destrozar las empalizadas de madera de varios edificios en construcción, se proveyó de garrotes y objetos de hierro. La turba llegó a la zona de combate procedente de todos los rincones de la capital, las localidades suburbanas e incluso de la ciudad de La Plata, a bordo de camiones, ómnibus, automotores, trenes y todos los medios de transporte que se pudieron requisar para su traslado, muchos de ellos puestos a disposición por la Fundación Eva Perón. Hubo escenas realmente increíbles, cuando decenas de obreros y empleados cruzaban las calles en medio de la infernal balacera y se ponían a cubierto en los edificios adyacentes para avanzar en grupos y ocupar posiciones inmediatas a la Casa de Gobierno. En los momentos de mayor peligro se vio a más gente correr por Paseo Colón y también a despavoridos transeúntes que atrapados por el tiroteo intentaban protegerse lo mejor que podían. 42


Alberto Palazón locutor de Radio Mitre . La irresponsable convocatoria de la CGT y su demencial incentivo de la turba fue la causa de tantas víctimas civiles. Con el ruido de los disparos como música de fondo, los trabajadores vitoreaban a Perón mostrando una voluntad irreductible de pelear hasta las últimas consecuencias. Al mismo tiempo, la Alianza Libertadora Nacionalista, la temible fuerza de choque peronista dirigida por Guillermo Patricio Kelly instaba a la población desde su sede en Av. Corrientes y San Martín, a armarse en defensa de Perón. Sus militantes proveyeron de armas a numerosos civiles, enviándolos inmediatamente a la zona de combate con la expresa indicación de morir en defensa de su líder. Se trataba de unos 200 o 300 fanáticos, muchos de ellos temibles ustachas de Ante Pavelic, identificados con el brazalete del águila y la sigla de la agrupación, impartían directivas a viva voz ostentando fusiles, pistolas y ametralladoras. La agrupación hizo llegar un camión hasta la puerta de su sede y después de llenarlo de milicianos y obreros armados, lo condujo hacia el frente de lucha, escoltado por varios automotores y seguido por grupos a pie que corrían detrás, vociferando consignas a favor de Perón. Al llegar a Paseo Colón, los aliancistas ordenaron a los ocupantes del camión echar pie a tierra y animándolos con gritos de guerra y muerte, los impulsaron a ponerse en marcha, cosa que hicieron con gran determinación. -¡¡Compañeros de la Alianza, ataquemos el Ministerio!! 43


Mientras militantes y obreros se encaminaban hacia la sede rebelde, en las arcadas del Cabildo un segundo grupo aliancista instaba a otro importante número de trabajadores a dirigirse a la CGT para proveerse de armas. La improvisada tropa abordó dos camiones y al grito de “¡Perón o muerte. La vida por Perón!”, partió a toda velocidad, seguido por gente a pie. En esos momentos, la sede de la Armada iniciaba aprestos para su defensa dado que un asalto a la posición se tornaba inminente. Se sabía en esos momentos que unidades del Ejército, especialmente las del Regimiento 3 de Infantería, convergían sobre el centro de la capital en defensa de Perón y era necesario sumar su concurso. El regimiento, poderosa unidad de combate con asiento en La Tablada, había sido puesto en alerta la noche anterior y a las 12.30 del 16, recibió la orden de alistamiento. Poco después de producido el bombardeo inició la marcha sobre el epicentro de la ciudad dividiéndose en dos columnas provistas de cañones Oerlikon. La primera al mando del mayor Juan Carlos Vita, tomó por Av. Crovara en dirección a Plaza de Mayo dispuesta a sumarse a la defensa de la Casa de Gobierno y la segunda hizo lo propio hacia el Aeropuerto Internacional de Ezeiza con la misión de apoderarse de la que, hasta ese momento, era uno de los más importantes focos de la rebelión. La sección del mayor Vita cruzaba Av. San Martín, a escasas cuadras de la Av. General Paz cuando tres aviones navales se abalanzaron sobre ella ametrallándola y bombardeándola. La incursión provocó la muerte de tres conscriptos (uno de ellos el soldado clase 34 Rubén Criscuolo) y heridas a varios de sus compañeros. Las esquirlas mataron también a un anciano que quedó tirado sobre el asfalto, en la esquina de Crovara y San Martín, una de las tantas bajas que no se contabilizaron esa jornada. El regimiento detuvo su marcha y apuntando sus piezas antiaéreas repelió la agresión, alcanzando a uno de los aparatos y obligando los otros dos a retirarse mientras los transeúntes huían despavoridos del sector. A las 14.00 la sección llegó a Plaza de Mayo dividida en dos columnas. La primera, encabezada por el mayor Vita, se adelantó para reconocer el área justo cuando la sede del gobierno era atacada por el pelotón del teniente Spinelli y la segunda se detuvo en espera de instrucciones. En esos momentos, el teniente primero Mulhall tenía a su cargo dos de las tres ametralladoras pesadas que se habían montado en las azoteas de la Casa de Gobierno, ya que la tercera se había trabado y se hallaba fuera de servicio. Carente de municiones, le ordenó a uno de los soldados que se hallaban junto a él ir en busca de una nueva provisión mientras continuaba batiendo al enemigo. El granadero y un compañero partieron presurosamente y regresaron enseguida con varias cajas y bandas de balas. Mulhall les pidió que las acomodaran y que después se retiraran y en eso se hallaban los dos conscriptos enfrascados cuando repentinamente el soldado Víctor Enrique Navarro cayó boca abajo, víctima de un disparo en la cabeza. Francotiradores civiles ubicados en las azoteas del Banco Nación y las ventanas del Ministerio de Asuntos Técnicos (Leandro N. Alem y 25 de Mayo), habían abatido al conscripto. Indignado, Mulhall apuntó hacia los techos de la entidad bancaria y disparó varias ráfagas barriendo la posición mientras piezas de 20 y 40 mm del recientemente llegado Regimiento 3 de Infantería, hacían lo propio sobre el mencionado ministerio. 44


La de Navarro fue una de las tantas muertes inútiles que se produjeron aquel día. Mulhall, apenado, cubrió al conscripto con una capa y allí se quedó esperando junto al cadáver, el desarrollo de nuevos hechos. Tal era la capacidad de fuego y combatividad de la gente de Spinelli, que los jefes que defendían la Casa de Gobierno, Guillermo Gutiérrez y Ernesto D’Onofrio, solicitaron a su regimiento nuevos refuerzos. Recibida la información, los granaderos alistaron tropas y alrededor de las 14.00 partieron de Palermo, al mando del teniente primero Roberto D’Amico. Llevaban consigo tres tanques Sherman, dos vehículos semioruga “Carrier”, dotados de ametralladoras pesadas y varios camiones y ómnibus cargados de conscriptos que presas del entusiasmo y mucha inconsciencia, deseaban fervorosamente entrar en acción. Al transponer los portones de la unidad, los efectivos que debían permanecer en el lugar custodiando las instalaciones, saludaron su salida lanzando vítores y vivas a Perón junto a un grupo de civiles que se había acercado en busca de información. La columna tomó por avenida Cabildo, siguiendo por luego por Santa Fe después de dejar atrás Puente Pacífico, Plaza Italia y el Jardín Botánico. Al llegar a Callao dobló a la derecha y tomando por Corrientes, alcanzó Diagonal Norte, pasando junto al obelisco. Continuando por Av. Diagonal Norte, dejó a su derecha el histórico Cabildo e inmediatamente después desembocó en Plaza de Mayo para seguir por Rivadavia en medio de intensos disparos de metralla. La unidad motorizada se detuvo junto a la puerta principal del palacio de gobierno permitiendo que los fusileros del 2º Escuadrón ingresasen en su interior y tomasen posiciones. Inmediatamente después, D’Amico, impartió una serie de instrucciones e inició el avance sobre las posiciones del teniente Spinelli. Los infantes de Marina se batían con un valor inusitado, impactando con sus ráfagas las estructuras metálicas de los blindados que se les iban encima. Sus balas rebotaban peligrosamente sobre sus estructuras y salían despedidas amenazadoramente en distintas direcciones, poniendo en peligro a los cuadros militares y a los milicianos peronistas que e encontraban en los alrededores. Con D’Amico sacando medio cuerpo fuera de la torreta de su tanque y accionando la ametralladora, la columna se puso en movimiento en tanto el Regimiento Motorizado “Buenos Aires”, hacía lo propio desde el Ministerio de Ejército al mando del teniente coronel Marcos Ignacio Calmón. Calmón dividió su fuerza en tres secciones, tomando ubicación en la del centro. La idea era envolver al enemigo en un movimiento de pinzas y penetrar por el medio a modo de ariete. La columna Nº 1 debería enfrentar a los infantes de Marina; la segunda, avanzaría por el sector inmediato al puerto y la tercera haría otro tanto siguiendo las vías férreas que unían las dársenas con la estación Retiro. Cuando los tanques echaron a andar, numerosos civiles se pegaron a ellos correr detrás, algunos dispuestos a pelear y otros decididos a ayudar a los soldados, ya fuera alcanzándoles municiones, agua para las ametralladoras e inlcuso hacer las veces de enlaces.

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La situación con los civiles comenzó a descontrolarse ya que, en su afán por tomar parte en la pelea y defender a Perón, comenzaron a dificultar los movimientos de las fuerzas de represión. Muchos de ellos cayeron acribillados por los infantes y otros resultaron heridos, siendo necesaria su evacuación. En torno a la CGT y otros puntos inmediatos a la Casa de Gobierno llegaron a congregarse más de 50.000 trabajadores deseosos de intervenir en la lucha, una cifra realmente preocupante si tomamos en cuenta la magnitud de los combates que se estaban desarrollando en torno a la Casa de Gobiernoi, únicos por sus características, en la historia de América. Cuando Perón desde el Ministerio de Ejército supo lo que ocurría, envió a su sobrino, el mayor Ignacio Cialcetta, con la orden de impartir la directiva de que debía controlarse la situación y despejar inmediatamente el sector. Cialcetta corrió hacia la salida y ganó el exterior, donde miles de obreros aguardaban novedades. -¡Todo el mundo a la CGT –gritó a viva voz- Despejen el área! En esos momentos, camiones del Correo y un jeep de la Alianza Libertadora Nacionalista repartían armas entre los civiles tornando insostenible la situación. Cuando Cialcetta llegó a la central obrera y dio cuenta de que el Ejército tenía el control, la masa de trabajadores, enfervorizada, se lanzó a las calles para unirse a la columna de tanques que en esos momentos avanzaba sobre los marinos, siendo exacta la afirmación de Ruiz Moreno, de que la arenga del sobrino de Perón terminó por producir un efecto inverso al esperado. La situación imperante aumentó la preocupación de las autoridades rebeldes que desde el Ministerio de Marina seguían atentamente el desarrollo de los acontecimientos. Por esa razón la orden del titular del arma, almirante Aníbal Olivieri, fue terminante. Los aviones navales debían continuar los ataques agregando a la Casa de Gobierno dos nuevos objetivos: la CGT y Radio del Estado. Toranzo Calderón, Gargiulo y los altos oficiales apoyaron la decisión pero la órden, si bien fue impartida, no llegó a ser recibida . Mientras las fuerzas leales avanzaban, el Ministerio de Marina organizaba su defensa, apostando en los pisos bajos treinta tiradores asistidos por el doble de conscriptos. Las tropas peronistas comenzaron a presionar con fuerza sobre las posiciones del teniente Spinelli, tanto desde la Casa de Gobierno como del Ministerio de Ejército por lo que, tras un rápido análisis de la situación, viendo que sus hombres se hallaban dispersos y varios otros gravemente heridos, el bravo oficial dispuso el repliegue, ordenando fuego intenso a efectos de forzar al enemigo a buscar protección. El mismo Spinelli dio el ejemplo al incorporarse y arrojar hacia la Casa de Gobierno una granada que hirió gravemente al capitán Marcelo Amavet y al subteniente Camilo Gay al explotar. Los infantes de Marina se incorporaron y los que rodeaban a Spinelli procedieron a cargar al guardiamarina Pozzi para llevarlo a la rastra hasta la estación de servicio del Automóvil Club. En esos momentos, una turba de civiles armados, portando una bandera y dando vivas a Perón, comenzó a acercárseles amenazadoramente, blandiendo sus armas. Spinelli y sus hombres les apuntaron y descargaron sobre ellos varias ráfagas de metralla provocando la muerte de algunos de ellos y serias heridas a 46


la mayoría. Los que no fueron alcanzados se dispersaron a toda prisa, buscando desesperadamente protección. Tiroteada desde varios sectores, la 2ª Sección del teniente Spinelli llegó al edificio de la estación de servicio, comprobando que desde la zona de diques, en el puerto, la Prefectura Naval también les disparaba. Haciéndoles señas con el brazo derecho, le gritó a sus hombres que apurasen el paso al tiempo que intentaba cubrirlos con su ametralladora automática. Según cuenta Ruiz Moreno, los vidrios y faroles de la estación de servicio estallaron hechos añicos mientras la chicharra de un trolebús abandonado a pocos metros, tornaba la escena todavía más irreal. Pese a la retirada y al apoyo que los soldados se daban entre sí, varios de los infantes se desprendieron del grupo principal y al quedar aislados, cayeron prisioneros, recibiendo en algunas ocasiones fuertes golpizas por parte de los enardecidos civiles. Un conscripto de apellido Jovanovich, al verse perdido, fingió estar gravemente herido y se arrojó al suelo. Una vez en la ambulancia en la que era evacuado, se incorporó, colocó su pistola en la cabeza del conductor y lo obligó a llevarlo hasta el Arsenal Naval. En su repliegue, los infantes de Marina sufrieron numerosas bajas, entre ellas las del mayor Galileo Battilana, los infantes Carlos Fernández, Antonio Massafra, Norberto Di Tomaso y Carlos Garofalo y el conscripto Abel Lerner. Massafra, gravemente herido en las piernas, llegó al Ministerio de Marina por sus propios medios y Garofalo, alcanzado cuando disparaba cuerpo a tierra desde un cantero, fue recogido por un enfermero que lo llevó en auto hasta el mismo lugar. Desde la estación de servicio del Automóvil Club, varios civiles ajenos al combate se mantenían a cubierto, mientras los infantes de marina seguían disparando con determinación y sus heridos eran asistidos por los empleados del lugar. Spinelli comprendió que debía retirarse ya que, al quedar rodeado por fuerzas enemigas, su situación se tornaba insostenible. Impartidas algunas directivas, sus hombres iniciaron un repliegue escalonado en dirección al Ministerio de Marina en el preciso momento en que las tropas del Regimiento Motorizado “Buenos Aires” que comandaba el capitán Elicagaray, los perseguían. Las fuerzas leales intentaban despejar la estación de servicio, defendida valerosamente por el pelotón que encabezaba el cabo segundo Roberto Vivas y los civiles continuaban avanzando en gran número, entremezclados con las tropas leales o en grupos dispersos, muchos de los cuales cayeron abatidos al cruzar la línea de fuego o cuando corrían hacia el enemigo. Lo peor, según cuenta Ruiz Moreno, era que desde las localidades del Gran Buenos Aires seguían llegando obreros armados (el grupo más importante, el de las Cervecerías Quilmes) y que varios camiones avanzaban por Avenida de Mayo con gente apiñada en la caja, que vociferaba consignas partidarias al régimen. Convergían todos sobre el Ministerio de Ejército y la CGT, solicitando armamento y al no obtenerlo, se proveían de lo que podían, es decir, palos, fierros y cadenas, lanzándose valerosa y temerariamente al combate.

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Ministerio de Marina La infantería de Marina continuaba su retirada en medio del feroz tiroteo, cubriéndose detrás de automóviles y cuanto obstáculo les sirviese para contener la lluvia de balas cuando Spinelli corría junto al cabo Silvero y el conscripto Cofman, notó que tres obreros armados los perseguían. Estaba a punto de voltearse para dispararles cuando varias ráfagas provenientes del Ministerio de Marina abatieron a sus perseguidores. En otro sector, otros dos civiles que portaban pistolas 45 (posiblemente miembros de la Alianza Libertadora Nacionalista), seguían los pasos de un dragoneante al que le estaban por disparar cuando el soldado Marcos Robledo abatió a uno y forzó al otro a escapar velozmente. Otro efectivo que retrocedía perseguido de cerca por la turba se dio vuelta repentinamente y enfrentándola, le disparó varias ráfagas abatiendo a buen número de obreros mientras el grueso se dispersaba. 48


La que se iba tornando desesperante era la situación del valeroso suboficial Vivas que desde la estación de servicio del Automóvil Club seguía cubriendo la retirada de sus compañeros. Lo acompañaban tres hombres que disparaban sin cesar mientras el malherido guardiamarina Pozzi yacía a cubierto en el suelo. Los cinco efectivos ya se daban por perdidos cuando, inesperadamente, llegó a gran velocidad un automóvil negro que venía haciendo zig-zags conducido por el conscripto Pedro Lodeiro. El vehículo se detuvo junto al edificio de la estación y desde el interior, su conductor les indicó a los gritos que subiesen. Los cuatro combatientes corrieron desesperadamente y una vez dentro partieron a gran velocidad haciendo sonar los neumáticos sobre el pavimento. Lodeiro dejó a sus “pasajeros” en el Ministerio de Marina y regresó por Pozzi, acompañado por el guardiamarina Juan A. Dover, integrante de la 1ª Compañía del Batallón 4. El automóvil se desplazaba velozmente por la calle Sarmiento mientras los disparos repiqueteaban a su alrededor. El conductor intentaba colocar el vehículo de culata, mirando hacia la base rebelde cuando dos impactos de bala perforaron su parabrisas, sin que ninguno de los ocupantes se diera cuenta. El guardiamarina Dover descendió a toda prisa y corrió hasta el edificio comprobando con asombro, que Pozzi no estaba. Ninguno de los civiles que se cubrían allí (los empleados del Automóvil Club, varios transeúntes, una aterrorizada pareja de ancianos y una enfermera en estado de crisis), supo decirle que había sido de él, ni siquiera los dos únicos militares que quedaban en el lugar, un soldado del Ejército y un infante de Marina rezagado, el conscripto Luis Croce, que creía haber visto cuando lo evacuaban en automóvil hacia el Ministerio, y nada más. Para entonces la situación rebelde era crítica. Los tanques del Ejército avanzaban seguidos por tropas y milicianos; la Infantería de Marina cedía terreno y su sede amenazaba con quedar sitiada. Muchos de los infantes que se habían desprendido del grupo principal durante la retirada, cayeron prisioneros, como se ha dicho; otros después de cambiar sus uniformes por ropa de trabajo en el Automóvil Club, se desplazaban disimulados entre la turba y varios otros habían sido evacuados por las ambulancias. Por su parte, los comandos civiles que tiroteaban a las tropas leales desde las azoteas del Ministerio de Asuntos Técnicos, comenzaron a recibir fuego y eso terminó por neutralizarlos. Con la intención de detenerlos, el subteniente de granaderos Rodolfo Ríos, corrió pistola en mano hacia la dependencia gubernamental e ingresó por la entrada de 25 de Mayo seguido por varios civiles dispuestos a todo, incluso, a hacer justicia por sus propias manos. Sin embargo, al llegar a los techos, comprobó que los comandos habían desaparecido, igual que el grupo apostado en el Banco Nación. En el fragor del combate, los tanques del Ejército siguieron su avance hacia el Ministerio de Marina con su comandante, el teniente primero Roberto D’Amico, disparando la ametralladora desde la torreta del primero. Lo asistía el sargento Alvaro Doffi guiando al conductor porque un disparo muy certero le había destruido el periscopio dejándolo sin visión. Desde el blindado que avanzaba detrás, el sargento Lorenzo Ordiz también accionaba su ametralladora con medio cuerpo fuera de la escotilla y en uno de los semioruga, el sargento José María Díaz hacía lo propio con 49


su arma, de pie, para apuntar mejor. Sin embargo, varios de aquellos oficiales resultaron heridos, entre ellos el sargento Humberto Pedro Raponi, a cargo del oruga Nº 2 y el capitán Virgilio Di Paolo alcanzado en el hombro cuando agitaba una bandera junto a D’Amico en el preciso momento en que la columna blindada se desplazaba por la calle Sarmiento, frente al Correo Central. Una vez frente al ministerio rebelde, D’Amico decidió abrir fuego con el cañón de su tanque por lo que, a una orden suya, el vehículo se puso a tiro, apuntó y disparó. El proyectil impactó de lleno en el Salón de Almirantes, a la altura del segundo piso, provocando daños e incendios. En la sede de la Armada se llamó a zafarrancho de incendio y se procedió a extinguir el fuego, en el preciso momento en que el teniente primero Rómulo Federici, jefe del 1º Batallón de la Sección Antiaérea del Regimiento Motorizado “Buenos Aires”, ordenaba batir el sector con uno de sus Bofors calibre 7,5, provocando grandes explosiones y nuevos daños. Durante el avance, el capitán Pascual de Candia, que encabezaba un pelotón del mencionado regimiento, cayó gravemente herido. A todo esto, en la estación del Automóvil Club, el guardiamarina Dover, rodeado por tropas leales, planeaba la fuga junto a sus camaradas, Lodeiro y Croce. Para ello efectuó un detenido examen de la situación y comprendiendo que el único modo de escapar era vistiendo ropas de civil, le solicitó a un empleado de la estación, ex conscripto de la Marina, que lo condujese hasta un pequeño cuarto donde había unos overalls. Al llegar al lugar procedió a colocarse uno de ellos (a puertas cerradas para no ser vistos por los hombres y mujeres que se habían escondido en el edificio y por los soldados leales que rodeaban el sector) y de ese modo ganó el exterior para subirse al auto en el que habían llegado, seguido por Lodeiro y Croce. Fue entonces cuando apareció el efectivo del Ejército que había estado escondido con ellos (a quien Dover supuso erróneamente rebelde), encañonándolos con su pistola. -¡¡Vengan –gritó mientras apuntaba a la cabeza de Dover- que aquí tengo a tres de la Marina!! Al escuchar eso, muchos de los trabajadores que corrían hacia el Ministerio de Marina desviaron su trayecto y rodearon a los prisioneros. En vista de la situación, Dover pensó que tanto él como sus compañeros iban a ser linchados. Mientras el cerco en torno al reducto rebelde se iba estrechando, su titular, el almirante Olivieri, que hacía rato había despachado hacia Ezeiza al capitán Horacio Mayorga con la orden de reanudar los ataques aéreos, decidió establecer contacto con el general Lucero a efectos de llegar a un acuerdo y evitar un baño de sangre. Lograda la comunicación, Olivieri solicitó al ministro de Ejército que se apersonara en la sede de la Marina para parlamentar pero aquel se negó rotundamente replicando que era él (Olivieri) quien debía dirigirse a sus dependencias. Olivieri cortó pero al cabo de un instante volvió a llamar. Lucero se negó a atenderlo y ante ese hecho y con el cerco cada vez más cerrado, ordenó a los defensores disparar sobre los milicianos para evitar que se apoderasen del edificio, corazón de la Armada Argentina y centro neurálgico de la revolución. Los milicianos peronistas disparaban desde varios sectores utilizando armas largas e incluso ametralladoras. Un grupo de ellos intentó acercarse al edificio para arrojar explosivos hacia su interior pero fue rechazado con fuego de ametralladoras que abatió a algunos de ellos. El hecho mostraba a las claras las intenciones de combatir que tenían los civiles. 50


Olivieri volvió a llamar al Ministerio de Ejército y al ser atendido, solicitó hablar con el mismo general Perón. Este, al igual que Lucero, también se negó a atenderlo, indicándole a los almirantes Brunnet y Lestrade que se ocupasen de tratar con el oficial rebelde. Olivieri les dijo a sus camaradas que estaba decidido a luchar hasta el fin y que la Marina, como el resto del país, estaba hastiada del gobierno despótico y anárquico del primer mandatario. -Díganle que se vaya o que eche a los corruptos y delincuentes que lo rodean, especialmente a Borlenghi y Méndez San Martín. Como todos los afectivos atrincherados en el Ministerio rebelde, el almirante se hallaba boca abajo en el suelo, entre vidrios y restos de mampostería. La respuesta de Perón fue una orden a Lucero para acabar de una vez con el asunto. Y Lucero, decidido y seguro, dispuso el bombardeo a la sede rebelde con piezas de 80 mm. Refiere Ruiz Moreno que para entonces, las autoridades nacionales estaban convencidas que el alzamiento se hallaba prácticamente controlado y que a esa altura solo se circunscribía al edificio de la Armada debido a que la Aviación Naval no había vuelto a aparecer. Se emitió entonces un parte triunfal destinado especialmente a las unidades empeñadas en el combate, cuyos párrafos destacados decían: “Situación dominada. Unidades permanecer alistadas y vigilantes. El General Perón envía un fuerte abrazo por lealtad absoluta”. Sin embargo, quienes creían aquello estaban completamente equivocados. Las unidades de artillería se aprestaban a abrir fuego sobre el Ministerio de Marina cuando, a las 15.20, voces exaltadas desde las azoteas del palacio de gobierno dieron la voz de alarma. -¡¡¡Nos atacan!!! Aviones de la Marina provenientes del oeste reaparecieron sobre los cielos de la ciudad para desatar un segundo bombardeo, mucho más violento que el anterior. La nueva formación venía encabezada por el Beechkraft 3B-3 del capitán Imaz y fue recibida por intenso fuego antiaéreo procedente de las piezas ubicadas en las terrazas de Casa de Gobierno, de los Oerlikon y Bofors del Ejército emplazados en Plaza de Mayo y de las secciones antiaéreas del Regimiento Motorizado “Buenos Aires” que se hallaban desplegadas en las inmediaciones. Los aviones llegaron uno detrás de otro, volando bajo sobre Avenida de Mayo y Rivadavia,. El 3B-3 recibió un impacto que le atravesó de lado a lado el ala derecha, sin explotar ni dañar los cables de control ni los tanques de combustible. El avión lanzó sus bombas y emprendió la ruta de escape en el momento que el cabo Roberto Nava, que hacía las veces de navegante, se percató que una de ellas seguía enganchada bajo del ala. Advertido el copiloto, Miguel Ángel Grondona, sabiendo el peligro que aquello representaba, abandonó su asiento y se dirigió rápidamente a la parte posterior para sacar los paracaídas de los lugares donde estaban guardados y distribuirlos entre la tripulación. A continuación y en un acto de gran decisión, se 51


asomó por el portabombas y con medio cuerpo afuera intentó desarmar la espoleta para evitar la explosión.

Ayudado por el apuntador Alex Richmond y el suboficial Nava, Grondona logró desprender la bomba e ingresarla al interior del aparato, evitando de ese modo un verdadero desastre. En esas condiciones, el avión voló de regreso hacia su base (el Aeropuerto Internacional de Ezeiza), mientras desde tierra se le disparaban furiosamente. Los Beechkraft arrojaron sus cargas dañando seriamente la Casa de Gobierno y sus alrededores. Detrás de ellos, hicieron lo propio los North American AT-6, seguidos a su vez por los tres PBY Catalina llegados desde la Base Aeronaval Comandante Espora. Las aeronaves recibieron intenso fuego antiaéreo pero cumplieron su cometido al impactar sobre el objetivo treinta y tres bombas, de las que veintiséis explotaron. Una de ellas, dio en la playa de la estación de servicio YPF del Automóvil Club, a solo 15 metros de su edificio, salvando milagrosamente la vida de los tres infantes de Marina que acababan de ser rodeados por los milicianos y el efectivo leal del Ejército. Precisamente uno de aquellos civiles, el que abrió la puerta del automóvil en el que los marinos intentaban huir, recibió sobre su cuerpo casi todas las esquirlas de la explosión, falleciendo en el acto. Eso fue lo que salvó a Dover que voló por el aire para caer sobre un montículo de escombros. Cuando el humo se disipó, quedaron a la vista numerosos cadáveres diseminados por el lugar junto a gran cantidad de heridos que gemían lastimosamente. Uno de ellos, yacía tirado sin su brazo derecho que voló y cayó a varios metros de distancia. Después de las explosiones, el conscripto Croce, que tenía la cabeza cubierta de sangre, trató de incorporarse, lo mismo que Dover. Lodeiro y el oficial de Ejército se hallaban ilesos, el segundo todavía con la pistola en la mano aunque vivamente conmocionado y paralizado por el espanto. 52


En esos momentos llegaron las ambulancias para evacuar a los heridos y eso salvó a los tres marinos de un destino peor. Las baterías antiaéreas respondieron el ataque disparando furiosamente, alcanzando a uno de los Catalina, el aparato matrícula 2P-9 piloteado por el teniente de navío Carlos Vélez, al que le perforaron el ala izquierda y el fuselaje, hiriendo gravemente al cabo segundo Carlos Prudencio Sigot. El suboficial fue retirado de su asiento por sus compañeros y depositado cuidadosamente en una de las cuchetas de a bordo. Lo que Perón y sus colaboradores no esperaban era que elementos de la Fuerza Aérea, se plegasen al alzamiento. Aparatos de la VII Brigada Aérea con asiento en Morón despegaron a las 15.31 al mando del capitán Carlos Carús, arribando a la zona de combate detrás de los aviones navales, volando a muy baja altura, sobre la avenida Rivadavia. Los recibieron con intenso fuego desde Plaza de Mayo y las azoteas de la Casa Rosada pero eso no impidió que llevasen a cabo su cometido. A la altura del Cabildo, los aviones abrieron sus compuertas inferiores y se elevaron para arrojar las bombas. Primero lo hizo el capitán Carús, seguido por los primeros tenientes Luis A. Soto y Juan Carlos Carpio y los tenientes Guillermo Palacios y Enrique Marelli, que al mismo tiempo accionaban sus cañones. Los aparatos pasaron sobre la sede gubernamental, se adentraron en el Río de la Plata, efectuaron un amplio giro sobre sus aguas y regresaron por el mismo camino, ametrallando la parte posterior del edificio. Cuenta Ruiz Moreno que en su segunda pasada, Carpio distinguió al teniente Mulhall disparando temerariamente desde los techos de la Casa de Gobierno, en el sector más expuesto y bajo una lluvia de balas y eso despertó su admiración. “¡Que cojones tiene ese tipo!”, pensó. A esa altura de los acontecimientos, quien se hallaba completamente abatido y deprimido era el propio Perón, que a tres horas de iniciado el ataque, no atinaba a nada. En vista de lo grave de la situación, el general Lucero, temeroso de la seguridad del primer mandatario, dispuso que bajase junto a sus acompañantes desde el 5º piso donde se hallaban sus oficinas (las de Lucero) hasta el 3º subsuelo, donde se había organizado una suerte de bunker. No se trataba, como muchas veces se ha dicho, del bunker antinuclear que el líder justicialista había mandado construir bajo el edificio Alas, de la Fuerza Aérea Argentina, emblema de la arquitectura peronista, por entonces la torre más alta de Buenos Aires, sino del que se le había acondicionado apresuradamente para aquella ocasión en el tercer nivel subterráneo del actual Edificio Libertador5. Los detalles del derrumbe moral del primer mandatario serían relatados, posteriormente por el almirante Gastón Lestrade, testigo directo de los hechos. Siguiendo el consejo de Lucero, Perón se disponía a tomar uno de los ascensores para bajar al bunker del Ministerio cuando los aviones rebeldes atacaron el edificio, hiriendo a varios soldados y funcionarios en diferentes pisos.

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Armando Bonsegnor Farías, periodista acreditado del diario “El Mundo”, se dio cuenta que el primer mandatario se hallaba peligrosamente expuesto y con total desprecio de su seguridad, corrió hasta él, lo tomó de los brazos y lo puso contra un rincón, inmovilizándolo. -¡Quédese aquí, general; no se mueva! – le gritó mientras los proyectiles repicaban por todas partes. Perón jamás olvidaría ese gesto y tiempo después, le obsequiaría al periodista uno de los autos Justicialistas que producían su industria. Mientras el presidente de la Nación bajaba hacia el bunker seguido por su custodia personal a funcionarios y oficiales, los aviones rebeldes de la Fuerza Aérea volvieron a pasar sobre la Casa Rosada, sometiéndola a un nuevo ataque. Uno de los pilotos, el teniente Guillermo Palacio, había lanzado todos sus proyectiles en la primera pasada y al igual que sus camaradas, volvía desde el río disparando sus cañones de 20 mm. Pero a diferencia de aquellos, movido por el odio que le inspiraba el líder justicialista, decidió soltar su tanque de reserva de 800 litros situado en la parte posterior del fuselaje, a efectos de que hiciera las veces de bomba de napalm. El improvisado proyectil salió despedido y comenzó a caer dando vueltas en el aire, haciendo pensar al piloto que iba a impactar en la parte media del edificio. Sin embargo, al no contar con el diseño aerodinámico de una bomba convencional, se fue un tanto a la izquierda y se estrelló en la paya de estacionamiento contigua, desatando un incendio de proporciones que destruyó varios automotores. Para entonces, la Casa de Gobierno ofrecía un aspecto desolador, con derrumbes parciales y grandes orificios en distintas partes de su estructura. Las oficinas de Comunicaciones quedaron completamente destruidas, con sus cañerías perforadas, pérdidas de gas y agua, cortes eléctricos e incendios por doquier. El Ministerio de Hacienda, el Banco Hipotecario, la playa del Automóvil Club, el Hotel Mayo, sobre Hipólito Yrigoyen 420 y el edificio de la Compañía Exportadora e Importadora de la Patagonia, en Av. Diagonal Norte 543, también presentaban severos daños al ser alcanzados por proyectiles de diverso calibre. Sin embargo, no se tenía la certeza de que la muerte de Perón, el objetivo principal, se hubiera alcanzado y como existía la posibilidad de que se hubiese refugiado en el Palacio Unzué, la residencia presidencial del barrio de Recoleta, ubicada en Gelly y Obes 2289, a escasos metros de Plaza Francia, se decidió llevar a cabo un ataque sobre ese sector. En cumplimiento de ese operativo, los mandos de la “Base Roja” (Ezeiza) despacharon al teniente Carlos J. Farguío al comando del bombardero Beechkraft matrícula 3B-4, con la orden de bombardear la residencia presidencial que en esos momentos se hallaba custodiada por un pelotón de veintidós hombres armados con ametralladoras pesadas PAM, reforzado por dos carrier estacionados sobre la entrada de la calle Agüero. Uno de esos soldados era Antonio Perón, sobrino del presidente, que había sido cadete del Liceo Militar y deseaba ansiosamente tomar parte en la defensa. El avión decoló sin inconvenientes seguido por otros dos aparatos similares y comenzó a volar sobre la ciudad, por encima del manto de nubes. En inmediaciones 54


del objetivo, descendió varios metros y a la altura del viejo edificio gótico de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (hoy sede de Ingeniería) abrió fuego con sus cañones y lanzó sus bombas de 150 kilogramos, alejándose inmediatamente después, en dirección al río. Uno de los proyectiles dio cerca del blanco sin estallar y el otro explotó en un terreno ubicado entre Gelly y Obes y Guido matando a un barrendero que en esos momentos cumplía sus labores. La defensa del Palacio estaba a cargo del sargento Andrés López del Regimiento de Granaderos a Caballos, por entonces jefe de la custodia a cargo de la residencia, quien advirtió en los balcones de un departamento vecino a algunas personas asomadas tratando de ver lo que ocurría. Mientras les ordenaba a sus hombres cargar la ametralladora pesada, les hizo señas a aquella gente para que se metiese adentro y cerrase las ventanas. Después de tomar ubicaciones en los techos de la mansión, los soldados montaron el dispositivo de defensa colocando la ametralladora pesada en uno de los ángulos y apostándose con sus PAM, listos para entrar en acción. López observaba el firmamento con sus prismáticos cuando detectó a un segundo avión que se aproximaba directamente hacia ellos, por el lado del río. Sin perder tiempo, se volvió a su gente y ordenó abrir fuego. Las descargas sacudieron las inmediaciones y según parece, lograron averiar al aparato aunque no evitaron que ametrallase el sector y arrojase sus bombas hiriendo gravemente a tres transeúntes. Un tercer avión llegó por la misma ruta, después de efectuar un pronunciado giro sobre las turbias aguas del Plata, disparando sus cañones y descargando sus bombas, para levantar vuelo inmediatamente y alejarse por la misma ruta. Una de ellas impactó en la calle Francisco de Vitoria, a escasos metros del monumento al Dr. Guillermo Rawson y la otra en Av. Pueyrredón 2281, matando a Miguel Sarmiento, un chico de 15 años y a un hombre que se hallaba en el interior de un automóvil. La cuarta víctima en ese sector fue una mucama que trabajaba en una residencia particular de la calle Guido 2626, fallecida como consecuencia de las heridas recibidas, al llegar al Hospital Fernández. Después de esa última incursión, los Beechkraft y los Catalina no volvieron a despegar. Sí lo hicieron, en cambio, los AT-6 North American y los mortíferos Gloster Meteor de la Base Aérea de Morón, que en una de sus incursiones alcanzaron al vehículo que transportaba al general Tomás Vergara Ruzo, quien falleció instantáneamente. El alto oficial procuraba unirse a las tropas leales y ofrecer sus servicios, de ahí la premura con la que se desplazaba hacia el teatro de operaciones . Pasado ese último bombardeo, el jefe de granaderos, coronel Guillermo Gutiérrez, ordenó la evacuación de todo el personal herido en la Casa de Gobierno, fueran civiles o militares, al tiempo que los aviones rebeldes atacaban nuevos objetivos. Las instalaciones de Radio El Mundo en la localidad de San Fernando y Radio Pacheco, en el partido de Tigre, fueron acribillada con el fuego de sus cañones de 20 mm, lo mismo el Regimiento 3 de Infantería Motorizado que avanzaba desde el sudoeste, por la Ruta Nacional Nº 3, extendiendo las acciones, de ese modo, a territorio de la provincia de Buenos Aires. 55


Los altos mandos rebeldes dispusieron el envío desde Ezeiza, de un DC-3 de la Armada al mando del teniente de fragata José Ventureira, con la orden de ponerse a disposición de los aviadores rebeldes en Morón, todo ello mientras se intentaba establecer desesperadamente, cual era la postura del general Bengoa, comandante del II Cuerpo de Ejército (Litoral), comprometido en un primer momento con el alzamiento, pero incomprensiblemente ausente desde que el mismo estallara. A tales efectos, se despachó con destino a Rosario al monomotor Fiat matrícula 451, piloteado por el teniente David Eduardo Giosa, para que intentase establecer contacto con el alto oficial. El piloto llegó a su destino media hora después de haber decolado, sobrevoló las instalaciones del Regimiento 11 de Infantería y al no percibir movimientos, aterrizó bajo una persistente llovizna en el aeródromo “Granadero Baigorria”, cumpliendo las instrucciones que se le habían impartido antes de decolar. Cuando apagó el motor y se desataba las correas que lo mantenían sujeto a su asiento, elementos armados de la Confederación General del Trabajo y la Confederación General Universitaria rodearon el aparato y a punta de pistola, lo obligaron a descender. Al ser interrogado sobre los motivos de su vuelo, Giosa dijo ser un aviador leal que venía a transmitir un mensaje a las autoridades policiales locales y allí permaneció detenido hasta que aquellas se hicieron presentes. Mientras tanto, la segunda columna motorizada del Regimiento 3 de La Tablada avanzaba sobre el Aeropuerto Internacional de Ezeiza a las órdenes del teniente coronel Camilo César Arrechea (su segundo jefe), dispuesta a reducir a las tropas rebeldes que operaban allí. La misma fue detectada por el AT-6 de observación, matrícula 3A-7, que a través de la radio impartió la novedad. La poderosa unidad de combate, integrada por vehículos semioruga, camiones y jeeps, transportaba tropa de infantería mas una sección de morteros de 60 mm aunque carecía de piezas antiaéreas por las mismas se hallaban en poder de las fuerzas empeñadas en los combates. Habiendo tomado conocimiento de la situación, los jefes de Ezeiza, capitanes Bassi, Noriega, Guaita y Sánchez Sabarots, despacharon contra el regimiento tres formaciones de AT-6 North American, con la orden de atacar y detener la columna. Los cazas despegaron uno tras otro y volaron hacia el objetivo que en esos momentos avanzaba hacia el Aeropuerto por diferentes rutas. Minutos después lo interceptaron, matando e hiriendo con sus descargas y fuego de cañones a varios soldados. Sobre esas tropas regresaron los aviones, una y otra vez, dificultando tanto su avance, que las mismas llegaron a emplear más de tres horas para cubrir un tramo de 8 kilómetros. Durante uno de esos raids, el AT-6 del guardiamarina Eduardo Bisso recibió varios impactos de fuego reunido, que le hicieron perder el control. El aparato se mantuvo en el aire un tiempo pero a la altura de Tristán Suárez comenzó a caer en tirabuzón forzando al piloto a saltar desde una altura de 2000 metros. El avión se estrelló en pleno campo, no lejos del lugar donde Bisso tocó tierra, convirtiéndose en una bola de fuego de la que comenzó a elevarse una densa columna de humo negro. 56


Su descenso fue visto por algunos pobladores de la región que de manera inmediata, corrieron hasta la comisaría para dar aviso a las autoridades. El aviador recogía su paracaídas cuando un grupo de policías de la provincia de Buenos Aires, encabezado por un oficial, se le acercó y apuntándole con sus armas y lo detuvo para conducirlo detenido a la seccional. La situación, para entonces, era la siguiente: el Ministerio de Marina, principal foco del alzamiento, se hallaba rodeado por efectivos del Regimiento Motorizado “Buenos Aires” y una sección blindada del Regimiento de Granaderos a Caballo, además de decenas de civiles armados y elementos de la Alianza Libertadora Nacionalista dispuestos a todo. La Escuela de Mecánica de la Armada se hallaba neutralizada por las fuerzas del general Ernesto Fatigatti; sobre la denominada Base Roja, en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, avanzaban secciones del Regimiento 3 de Infantería Mecanizada y sobre la Base Aérea de Morón hacían lo propio unidades blindadas de Campo de Mayo y la Base Aérea de El Palomar. Por su parte, la Flota de Mar no se había pronunciado y mucho menos el general Bengoa, comandante del II Cuerpo de Ejército con asiento en Paraná quien, como se ha dicho anteriormente, había dado su palabra comprometiéndose con la revolución. En vista de ello, los almirantes Olivieri, Gargiulo y Toranzo Calderón comprendieron que la situación era desesperante y que seguir resistiendo sería inútil. Sin embargo, se negaban a entregar el edificio a la turba peronista por lo que, en vista de ello, el primero volvió a llamar al Ministerio de Ejército para notificar que estaba dispuesto a rendirse aunque solo a las Fuerzas Armadas, siempre y cuando fuesen éstas las que se hiciesen cargo de las instalaciones navales. -Hicimos flamear una bandera blanca, pero fuimos atacados a tiros – informó el almirante Olivieri una vez establecido el contacto telefónico.

-Fueron elementos civiles que no pudimos controlar – respondió el general Embrioni, subsecretario de Guerra – los generales Valle y Wirth no llegaron a tiempo para detenerlos. -De acuerdo. Ahora procederemos a mostrar otra vez las banderas y esperaremos la llegada de un general para que se haga cargo. En esos términos se acordó la entrega del edificio. En el interior del Ministerio de Marina, comenzaron a resonar voces que ordenaban el alto el fuego mientras los oficiales recorrían las distintas dependencias indicando a sus hombres que la lucha había finalizado. Conscriptos y suboficiales se retiraron de las ventanas y solo quedaron apostados unos pocos centinelas. Lo primero que hizo Toranzo Calderón fue liberar personalmente al capitán de navío Emilio Díaz, detenido a poco de producido el alzamiento porque se había negado a plegarse. Díaz hizo lo propio con el capitán de navío Dionisio Fernández y el capitán de fragata Julio César Pavón Pereyra, quienes una vez en libertad, pretendieron hacerse cargo de la situación. No lo lograron porque los oficiales rebeldes se negaron a entregar sus armas.

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En ese momento, se presentó frente al Ministerio de Marina la delegación oficial encabezada por el general Arnaldo Sosa Molina, seguido por el segundo jefe del Regimiento Motorizado “Buenos Aires”, mayor Pablo Vicente y un coronel con ropas de civil, quienes llevaban en alto un pañuelo blanco. El riesgo que corrían era enorme porque los milicianos peronistas continuaban disparando desde diferentes sectores y los marinos les respondían. Los almirantes Olivieri, Toranzo Calderón y Gargiulo, recibieron a Sosa Molina en el hall de entrada del edificio, y una vez frente a frente, el recién llegado les manifestó que traía un mensaje personal del general Perón en el que expresaba su deseo de detener el baño de sangre y exigía la inmediata capitulación de los sublevados. Los almirantes y el general se trenzaron en una breve discusión que finalizó con la capitulación incondicional de la Marina. Conocida la novedad, efectivos rebeldes de las distintas unidades iniciaron los preparativos para eludir la prisión. En Ezeiza, con las fuerzas del Regimiento 3 de Infantería Mecanizada ingresando al Aeropuerto, los jefes del movimiento, Bassi, Noriega, Guaita y Sánchez Sabarots ordenaron la evacuación inmediata de la base. Habían trazado planes para abandonar el país y dirigirse a Uruguay en dos DC-3 y otros dos DC-4 de la Armada e igual número de bombarderos Beechkraft, uno de los cuales, se hallaba averiado. Los aprestos fueron febriles y cuando todo estuvo listo, los oficiales se dispusieron a abordar los aviones, no sin antes despedirse de los suboficiales a quienes instruyeron para que dijesen a las autoridades leales que se habían mantenido fieles al gobierno y que habían actuado obligados por sus superiores. De esa manera, evitarían sanciones. -Se ha hecho todo en bien de la patria – les dijo Noriega antes de partir. En momentos en que los aviones rodaban hacia la pista principal tocó tierra un monomotor Fiat piloteado por el capitán Jorge Mones Ruiz, que traía en el asiento trasero al Dr. Miguel Ángel Zavala Ortiz, candidato a integrar la junta de gobierno que debía hacerse cargo del país con la caída de Perón. Al descender del aparato, piloto y pasajero fueron notificados por los suboficiales que la base había caído y que sus jefes partían hacia el Uruguay. -¡Váyanse ustedes también porque el 3 de Infantería está entrando! – les dijeron. Mones Ruiz y su acompañante volvieron a trepar al avión y partieron rumbo a Morón dejando presurosamente la base. Eran las 16.20 de un día plomizo, sumamente frío y lluvioso. Transportes y bombarderos enfilaron hacia la Banda Oriental excepto el DC-4 que viró en dirección a Chascomús para dejar en una pista particular a un grupo de suboficiales. Cumplido su cometido, volvió a decolar poniendo rumbo a Montevideo, donde aterrizó una hora después en el aeropuerto de Carrasco. Cuando las tropas del 3 de Infantería llegaron al aeropuerto, sus comandantes, el teniente coronel Camilo Arrechea y el general Félix María Robles, lo encontraron sumido en una extraña calma y en el más completo silencio. A lo lejos, sobre el edificio principal, se distinguía una bandera blanca y más allá, cerca de la torre de control, un 58


total de ciento setenta suboficiales y soldados que aguardaban en el edificio principal dispuestos a entregar la unidad a las fuerzas leales. La Base Aérea de Morón, desde donde siguieron partiendo aviones rebeldes hasta último momento, fue rodeada por una importante cantidad de blindados provenientes de Campo de Mayo, novedad que fue informada a sus comandantes por el capitán Orlando Arrechea quien, después de su vuelo de observación. Una vez notificado, el mayor De La Vega reunió a su gente para explicarle lo que estaba ocurriendo. Ninguno manifestó deseos de deponer su actitud, razón por la cual, se programó una nueva incursión de Gloster Meteor sobre el centro de la ciudad. De acuerdo a los planes, los aviones debían descargar sus bombas y seguir viaje a Montevideo a efectos de escapar de las inminentes represalias. El resto del personal abordaría un Douglas DC-3 que en esos momentos se acercaba a la torre al comando del teniente de fragata Ventureira y emprendería la fuga. El capitán Carlos Carús fue designado jefe de la escuadrilla y encabezando a sus pilotos, se encaminó hacia los aviones que aguardaban al costado de la pista, listos para despegar. Mientras tanto, el resto de los oficiales abordaban presurosamente el DC-3 y se acomodaban en su interior, ansiosos por abandonar el lugar lo antes posible a sabiendas de que las fuerzas leales estaban prontas a irrumpir en el lugar. En eso se hallaban ocupados cuando los prisioneros que durante toda la jornada habían estado encerrados en la barraca contigua, ganaron el exterior y se abalanzaron sobre sus guardias, arrebatándoles las armas. Una vez reducidos, corrieron hacia la pista y comenzaron a disparar contra el transporte aéreo que en esos momentos cargaba combustible. La primera bala impactó en el fuselaje, motivando el ascenso acelerado de los fugitivos. Cerca del edificio principal, el primer teniente José Fernández, jefe del grupo de soldados que custodiaban a los prisioneros y después de quitar el seguro de su ametralladora volvió sobre sus pasos apuntando a los efectivos leales. Al verlo venir, el suboficial mayor Héctor Sánchez alzó su arma y desde una distancia de 25 metros, disparó, acción que imitaron los suboficiales Eduardo Adolfo Sánchez y Eduardo Córdoba. Fernández cayó herido de muerte mientras los prisioneros recientemente liberados se arrojaban cuerpo a tierra para ponerse a cubierto para liberar a otro grupo de compañeros que se encontraba ahí encerrado y al llegar, rompieron las cerraduras y abrieron las puertas. Los detenidos ganaron el exterior y junto a sus liberadores corrieron tras el DC-3 disparando sus armas. Un piloto de Gloster Meteor leal a Perón de apellido Williams, se encaminó rápidamente hacia un aparato estacionado a un costado y mientras trepaba a la cabina, sus camaradas empujaron la máquina para enfrentarla con el avión de la Armada que en esos momentos aceleraba para remontar vuelo. Williams disparó sus cañones pero debido a la inclinación de su aparato, no logró alcanzarlo. Las balas pasaron por debajo del fuselaje y el transporte enemigo escapó, perdiéndose entre las nubes. Eran casi las 17.00 y la base se hallaba nuevamente en manos gubernamentales. Los que no tuvieron tiempo de abordar el DC-3 naval fueron el comandante Agustín de la Vega y su ayudante, el oficial Eduardo Wilkinson quienes, en vista de ello, se 59


encaminaron presurosamente hacia el interior de un edificio contiguo para cambiar sus uniformes por ropas de civil. En ese preciso momento, los tanques del Ejército irrumpir en el perímetro de la base, comandados por el general Carlos Salinas y su segundo, el coronel Eduardo Arias Duval. Tres de aquellos blindados tomaron posiciones en la pista y apuntaron hacia el edificio principal y la torre de control, en momentos en que se producía un nuevo tiroteo en el que cayó herido el vicecomodoro Julio César Dozo, al ser alcanzado en sus piernas por los disparos de un conscripto. El brigadier Mario Daneri se hizo cargo de la Brigada, despachando a los oficiales Eduardo Catalá, Ernesto López y Domingo Llembi, con la orden de establecer contacto con el enemigo y parlamentar. Los oficiales se aproximaron enarbolando una bandera blanca y poco después se les acercaron Salinas y Arias Duval con la intención de dialogar. Después de un breve intercambio de palabras, los oficiales rebeldes acordaron deponer las armas y entregar la base al brigadier Daneri, quien se haría cargo formalmente. Acto seguido, se presentaron detenidos los mandos rebeldes que no habían podido escapar hacia Uruguay, capitanes Jorge Mones Ruíz, Jorge Pedrerol, Enrique Gamas, Asdrúbal Cimadevilla, Oscar Barni y el primer teniente Masserini, quienes fueron conducidos en camión hasta la Penitenciaría Nacional ubicada en avenida Las Heras y Coronel Díaz, en el barrio de Palermo. El único muerto en los combates de Morón fue el primer teniente José Fernández, cuyo deceso se produjo a poco de llegar al hospital, a causa de la hemorragia, producto de las heridas. A todo esto, el comandante De La Vega y Eduardo Wilkinson escapaban vestidos de civil en dirección a la Puerta D, creyendo que por ahí no serían detectados. Sin embargo, cuando estaban por saltar el alambrado que delimitaba el predio del aeropuerto, apareció corriendo un conscripto apuntándoles con su fusil. Los salvó la providencial aparición del cabo Luis Silva, antiperonista a ultranza, quien se trabó en pelea con el soldado y le arrebató el arma. De La Vega y Wilkinson lograron huir confundidos entre los pobladores de la zona que se habían acercado hasta el perímetro de la base para curiosear. Eran las 16.30 cuando grupos de exaltados peronistas se encaminaron a la Curia Metropolitana para provocar destrozos e iniciar un incendio de proporciones, el general Fatigatti, comandante de la I División del Ejército pasaba junto a su ayudante, a bordo de un jeep. No se detuvieron porque debían cumplir la orden impartida por el general Lucero de hacerse cargo del Regimiento 2 de Infantería y custodiar el Ministerio de Marina, pero se sobresaltaron ante la magnitud de los destrozos y pérdidas que se iban a producir. A esa misma hora, las fuerzas rebeldes deponían su actitud y se aprestaban a entregar el Ministerio de Marina. Inmediatamente después, el general Arnaldo Sosa Molina regresó al Ministerio de Guerra y descendió presurosamente hasta el bunker del tercer subsuelo, donde puso al tanto a Perón de las últimas novedades. El presidente escuchó atentamente y algo más aliviado manifestó su acuerdo de que la sede de la Armada fuese ocupada por el Ejército. Lo rodeaban el general Lucero, el brigadier Juan Ignacio San Martín, el coronel Carlos Vicente Aloé, gobernador de la 60


provincia de Buenos Aires y el ingeniero Roberto Dupeyron, ministro de Obras Públicas. Cuando Sosa Molina y el general Juan José Valle regresaron al Ministerio de Marina, Fatigatti ya se encontraba en el lugar. Eran casi las 17.00 cuando los tres transpusieron sus pórticos e ingresaron al ruinoso edificio, seguidos por efectivos del Regimiento Motorizado “Buenos Aires” con su jefe, el mayor Pablo Vicente, a la cabeza. Sosa Molina notificó al almirante Olivieri que Perón había aceptado los términos de la rendición y que elementos de Ejército apoyados por la Policía Federal, se harían cargo de la dependencia. Cuando los almirantes Toranzo Calderón y Gargiulo se hicieron presentes, la situación se tornó tensa ya que el primero de ellos fue terminante al momento de hablar. -La responsabilidad de lo ocurrido es totalmente mía. Asumo las consecuencias. El contralmirante se hallaba vivamente indignado por la actitud del general Bengoa, a quien catalogó de traidor, agregando que de no haber sido por él, la rebelión habría triunfado. Pese a que Gargiulo le ordenó guardar silencio, siguió despotricando, ahora contra el Ejército, por permitir los abusos del régimen y la persecución a la Iglesia Católica. Uno a uno, los defensores del Ministerio fueron depositando sus armas en una habitación previamente asignada, despojándose de sus granadas y fusiles semiautomáticos de origen belga, de los que muchos efectivos del Ejército no tenían noticias. Mientras tanto, generales leales y almirantes rebeldes recorrían los pisos del edificio a efectos de constatar que el desarme se estuviese realizando en las condiciones estipuladas. Se colocaron guardias en todos los niveles a efectos de incomunicarlos entre sí y se aislaron en bloques a las 1500 personas que se encontraban en el lugar, incluyendo al personal civil. Los almirantes quedaron detenidos en sus respectivos despachos, aguardando instrucciones y normativas sobre su situación. Para entonces, el general Sosa Molina había partido nuevamente hacia el Edificio Libertador para recibir órdenes, dejando al general Valle a cargo del lugar. Pasadas las 17.00, el alzamiento se hallaba completamente sofocado y en vista de ello, Perón, llamó en persona al jefe de la Policía Federal, comisario inspector Manuel Gamboa, para pedirle información acerca de la situación. Ni bien colgó, Gamboa recibió un nuevo llamado, esta vez del ministro del Interior, Ángel Borlenghi, quien le manifestó su preocupación por el paradero de los comandos civiles revolucionarios que al haberse dado a la fuga, seguían representando una seria amenaza. Gamboa entendió que debía salir a “patrullar” Barrio Norte pero el ministro lo detuvo y le exigió mantener su fuerza acuartelada, agregando que él mismo en persona, haría una visita de inspección al Departamento Central de Policía, acompañado por el mayor Ignacio Cialcetta. Así ocurrió y ese fue el momento en que los rebeldes estuvieron a punto de acabar con su persona.

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A eso de las 17.30 cuando nadie lo esperaba, se produjo una nueva incursión aérea, de cuatro Gloster Meteor rebeldes que, volando a baja altura, ametrallaron el frente del gran edificio policial con sus cañones de 20mm. Los proyectiles arrasaron los cuatro pisos por el lado de Av. Belgrano, entre el 3º y el 6º, provocando daños en el interior y dejando como saldo al oficial principal Alfredo Alucinio muerto y al radioelectricista Lorenzo Lissi, herido. Fueron destruidos ventanas, puertas y mobiliario, todas las paredes sufrieron perforaciones y la Dirección de Comunicaciones quedó completamente arrasada, además de producirse daños menores en otras dependencias. Se trataba de la escuadrilla del capitán Carús, integrada por el primer teniente Rafael Cantisani y los tenientes Armando Jeannot y Enrique Marelli, quienes siguieron vuelo hacia la Casa Rosada, para descargar sobre ella nuevas ráfagas de metralla en el preciso momento en que Perón se disponía hablar a la ciudadanía desde el despacho del general Lucero, en el cercano Ministerio de Ejército. Fueron los únicos pilotos de la Fuerza Aérea que se plegaron al alzamiento ya que el resto del arma permaneció leal a su creador. La escuadrilla de Carús fue repelida con piezas de artillería del Ejército que le perforaron una de las alas de su comandante, aunque sin consecuencias, lo que permitió a los cuatro pilotos seguir viaje hasta Colonia, República Oriental del Uruguay, donde aterrizaron veinte minutos después. Al escuchar los disparos del último ataque Perón, que acababa de abandonar su bunker, buscó instintivamente protección detrás de una columna mientras el almirante Gastón Lestrade se asomaba por la ventana para ver a los agresores alejándose hacia el este. -Estos eran los últimos, mi general. No les quedan bombas y se van al Uruguay. -Ojalá Lestrade, ojalá – respondió el primer mandatario, sumamente angustiado y no del todo convencido. En plena travesía sobre el Río de la Plata, el teniente Jeannot informó a su superior que en lugar de aterrizar en Colonia seguiría vuelo hacia Montevideo, solicitud que el capitán Carús desautorizó, ordenándole mantener la formación porque los aviones estaban escasos de combustible y no llegarían a la capital uruguaya. Pese a la directiva, Jeannot siguió adelante y tal como se le había advertido, se precipitó en aguas del Plata, resultando ileso. Sus tres compañeros aterrizaron en Colonia sin novedad. Media hora antes del ataque al Departamento Central de Policía, dos aviones Catalina que sobrevolaban la Av. 9 de Julio en forma rasante, ametrallaron la imponente mole blanca del Ministerio de Obras Públicas que se alza solitaria en la intersección de la gran arteria céntrica con la calle Moreno. Las aeronaves abrieron fuego y destrozaron con sus cañones destrozando buena parte de su frente a la altura de los pisos 2º, 18º y 19º, perforando sus paredes, arrancando ventanas y generando varios incendios, aunque en este caso, sin matar ni herir a nadie.

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También la CGT fue blanco del fuego rebelde cuando uno de los Gloster Meteor de la escuadrilla de Carús acribilló el frente con sus piezas de 20 mm, matando al dirigente obrero Héctor Pessano que desde una ventana enfrentó al aparato con un revolver. A las 18.00 horas de aquel día gris, frío y lluvioso, el alzamiento había sido sofocado. En esas circunstancias, Perón se dirigió a la ciudadanía por la cadena nacional de radiocomunicaciones para informar que hablaba desde el Edificio Libertador y que la situación se hallaba completamente controlada. Elogió la labor del Ejército y su valiente accionar y acusó amargamente a la Armada, culpándola de la considerable cantidad de muertos y heridos que hubo aquel día. Les hablo desde nuestro puesto de Comando, que, como es lógico, no puede estar en la sede del Gobierno, de manera que todas las acciones que se han realizado sobre esa Casa han sido tirando sobre un lugar inerme, perjudicando solamente a algunos ciudadanos que han muerto por efecto de las bombas. La situación está totalmente dominada. El Ministerio de Marina, donde estaba el comando revolucionario, se ha entregado, está ocupado y los culpables detenidos. Deseo que mis primeras palabras sean para encomiar la acción maravillosa que ha desarrollado el Ejército, cuyos componentes han demostrado ser verdaderos soldados, ya que ni un solo cabo ni soldado ha faltado a su deber. No hablemos ya de los oficiales y de los Jefes, que se han comportado como valientes y leales. Desgraciadamente, no puedo decir lo mismo de la Marina de Guerra, que es la culpable de la cantidad de muertos y heridos que hoy debemos lamentar los argentinos. Pero lo más indignante es que haya tirado a mansalva contra el Pueblo como si su rabia no se descargase sobre nosotros, los soldados, que tenemos obligación de pelear, sino sobre los humildes ciudadanos que poblaban las calles de nuestra ciudad. Es indudable que pasarán los tiempos, pero la historia no perdonará jamás semejante sacrilegio. Ahora, terminada la lucha, los últimos aviones, como de costumbre, pasaron huyendo. Estos últimos disparos de artillería antiaérea que han escuchado han sido sobre esos aviones fugitivos. Quedan todavía algunos pequeños focos que ocupar, desarmar y someter a la justicia. Acto seguido, llamó a la calma y la reflexión, solicitando a la ciudadanía dirigirse a sus domicilios y dejar todo en manos de las Fuerzas Armadas. Como Presidente de la República, pido al Pueblo que me escuche en lo que voy a decirle. Nosotros, como Pueblo civilizado, no podemos tomar medidas que sean aconsejadas por la pasión, sino por la reflexión. Todo ha terminado. Afortunadamente, bien. Solamente que no podremos dejar de lamentar, como no podremos reparar, la cantidad de muertos y heridos que la infamia de estos hombres ha desatado sobre nuestra tierra de argentinos. Por eso, para no ser nosotros criminales como ellos, les pido que estén tranquilos: que cada uno vaya a su casa. La lucha debe ser entre soldados. Yo no quiero que muera un solo hombre más del Pueblo. Yo les pido a los compañeros trabajadores que refrenen su propia ira: que se muerdan, como me muerdo yo en estos momentos, que no cometan ningún desmán. 63


No nos perdonaríamos nosotros que a la infamia de nuestros enemigos le agregáramos nuestra propia infamia. Por eso yo les pido a todos los compañeros que estén tranquilos, que festejen ya el triunfo, el triunfo del Pueblo, que es el único triunfo que puede enorgullecernos. El Ejército en esta jornada se ha portado como se ha portado siempre. No ha defeccionado un solo hombre. Y el Ministro de Ejército ha tomado personalmente y dirigido personalmente la defensa. Este Ministro es un grande hombre. No lo digo ahora: lo conozco desde que teníamos 15 años. Todos los generales de la República, los jefes, oficiales, suboficiales y soldados han sabido cumplir brillantemente con su deber. Cumplo con esto una pasión más de mi vida: que nuestro Ejército sea amado por el Pueblo y nuestro Pueblo amado por el Ejército. Nadie podrá decir nunca jamás que un soldado del Ejército ha tirado sobre sus hermanos, como nadie podrá decir jamás que hay un Jefe o un Oficial en el Ejército que sea tan canalla como para tirar un solo tiro sobre sus hermanos. Por eso yo quiero que en esta ocasión, en que sellamos la unión indestructible entre el Pueblo y el Ejército, cada uno de ustedes, hermanos argentinos, levante en su corazón un altar a este Ejército, que no solamente ha sabido cumplir con su deber, sino que lo ha hecho heroicamente. Esos soldados que hoy combatieron por el Pueblo Argentino son los verdaderos soldados. Los que tiraron contra el pueblo no son ni han sido jamás soldados argentinos: porque los soldados argentinos no son traidores ni cobardes, y los que tiraron contra el Pueblo son traidores y son cobardes. La ley caerá inflexiblemente sobre ellos. Yo no he de dar un paso para atemperar su culpa, ni para atemperar la pena que les ha de corresponder. Yo he de hacer justicia, pero justicia enérgica. El Pueblo no es el encargado de hacer la justicia. Debe de confiar en mi palabra de soldado y de gobernante. Prefiero, señores, que sepamos cumplir como pueblo civilizado y dejar que la ley castigue. Nosotros no somos los encargados de castigar. Es indudable que estas palabras de serenidad han de llegar al entendimiento de los compañeros y del Pueblo entero. No lamentemos más víctimas. Nuestros enemigos, cobardes y traidores, desgraciadamente merecen nuestro desprecio, pero también merecen nuestro perdón. Por eso pido serenidad, una vez más, ahora que han pasado todos los acontecimientos, con que hemos dado una lección a la canalla que se levantó y a la que la impulsó a que se levantara, les decimos también otra vez que tantas veces se levanten, cada día recibirán una lección más dura y más fuerte, como merecen ser castigados los traidores y los cobardes. Yo hablo al Pueblo, y le hablo con el corazón henchido de mi entusiasmo de soldado, porque he visto hoy a mi Ejército, al cual tengo la honra de pertenecer, en todo lo que es y en todo lo que vale. Y he visto también al Pueblo, que también es otro de mis grandes amores. Lo he visto comportarse virilmente y lo veo ahora comportarse también serenamente. Los culpables serán castigados y habrá memoria en la República del castigo que habrán de recibir. De manera que les pido a todos que se tranquilicen. Tienen razón 64


de estar indignados y de estar levantados, pero aún con razón hay que reflexionar antes de obrar. Pido a todos que, como yo, sancionen en su conciencia a los malvados. Los malvados han de tener el castigo cuando recuerden las víctimas que han ocasionado. Ese va a ser su castigo, si se salvan del castigo que yo les he de hacer aplicar, cumpliendo estrictamente la ley. Algunos pocos que puedan escucharnos todavía, que aún no hayan depuesto las armas, es preciso que lo hagan en el menor tiempo posible. Si no lo hicieran, nosotros no cargaremos con la responsabilidad de destruirlos. Pero que sepan que si iniciamos su destrucción no hemos de parar hasta terminar. Buenas noches a todos. Tranquilos y confiados. Tenemos un Ejército que garantiza el orden y el orden se ha de ir restableciendo paulatinamente. Este será un triste recuerdo; un triste recuerdo que pondrá un estigma para toda la vida en las instituciones que no supieron cumplir con su deber y en los hombres que traicionaron la fe y la Patria. Nada más. Buenas noches6. Finalizado el mensaje, se presentó ante Perón el general Justo Ramón Bengoa, recién llegado de Entre Ríos quien, al ingresar al despacho desde el cual el mandatario acababa de irradiar su mensaje, se estrecho en un fuerte abrazo con el general Lucero. Acto seguido, el ministro de Ejército se dirigió al presidente para decirle que el recién llegado era un gran soldado y un buen peronista, cosa que desagradó a algunos testigos del hecho, entre ellos el almirante Lestrade, que por boca del ministro Olivieri sabía de la actitud ambigua y acomodaticia del recién llegado. Detrás de él fueron arribando ministros y militares de alta jerarquía que venían a presentar sus respetos al primer mandatario. Fueron ellos el almirante Carlos Rivero de Olazabal, los generales Pedro Eugenio Aramburu, Eugenio Arandía, Audelino Bergallo, José Rufino Brusa, Santiago Baigorria, Julio Alberto Lagos, Jorge Imaz Iglesias, Julián García, Alberto Morello, Aquiles Moschini, Angel Manni, Lorenzo Toselli, Benjamín Sánchez Mendoza, Miguel Agustín Pérez Tort, Juan José Uranga y Dalmiro Videla Balaguer, muchos de ellos, recalcitrantes antiperonistas, como se vería tiempo después. A instancias del general Lucero, procedieron todos a homenajear a Perón, pasando luego a tomar el té en un salón contiguo. En el Ministerio de Marina, en tanto, las tropas rebeldes que acababan de rendirse formaban en silencio para deponer las armas. Muchos de sus cuadros aguardaban sentados en pasillos y escaleras en tanto efectivos del Regimiento Motorizado “Buenos Aires” tomaban ubicación en lugares estratégicos. Entonces aconteció un hecho que hubo de sacudir a la ciudadanía entera. El almirante Benjamín Gargiulo, era un hombre de honor, sumamente creyente y respetuoso del arma a la que pertenecía. La derrota experimentada por las fuerzas a su mando lo había sumido en un profundo estado de abatimiento que comenzaba a percibirse en una manifiesta depresión anímica.

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Almirante Benjamín Gargiulo Se sentía humillado y humillada sentía a la Armada, sentimiento que transmitió al capitán de corbeta Fernando Suárez cuando este se presentó en su despacho para despedirse. Suárez intentó calmarlo pero no lo logró y en ese estado lo dejó, sin imaginar el terrible desenlace que tendría lugar inmediatamente después. En horas de la noche, el almirante Gargiulo se encontraba solo en su escritorio, silencioso y meditabundo, con la vista fija en un retrato familiar. Y fue en esas circunstancias que tomó una firme y drástica determinación. Sentado en su sillón, tomó una lapicera y sobre una hoja en blanco en la que se hallaba impreso el membrete de la Armada, comenzó a escribir una emotiva carta de despedida en la que explicaba a su familia las causas de su decisión. Cuando terminó, envolvió su mano izquierda con un rosario, apretó el retrato de su esposa y sus hijos sobre su pecho y apoyando su espalda contra el respaldo del sillón, tomó su pistola con la derecha y colocándosela sobre en la sien, disparó. Eran las 05.45 del 17 de junio de 1955. El estampido llamó la atención de los oficiales y soldados que en encontraban cerca del despacho, quienes al ingresar, se toparon con el dantesco espectáculo. El almirante Gargiulo yacía sin vida, con su cabeza envuelta en sangre. Sumamente conmocionados, los presentes se acercaron al cuerpo de su comandante y se quedaron unos instantes contemplándolo en silencio y con pesar. El cuerpo de Gargiulo fue colocado en una camilla y cubierto por una sábana sobre la cual fue depositada su gorra. Tres soldados lo sacaron de su oficina mientras el bravo teniente Spinelli, que tan valerosamente había combatido ese día, derramaba lágrimas de tristeza y emoción. Quien se indignó al ver la actitud de algunos soldados del Ejército cuando vieron pasar el cuerpo por los pasillos fue el teniente Sommariva que, fuera de sí, recriminó duramente al mayor Pablo Vicente quien, de inmediato, ordenó a la tropa rendir los honores correspondientes, adoptando posición de firmes. 66


A las 17.00 horas del día siguiente, los prisioneros, escoltados por una doble hilera de policías, subieron a varios camiones celulares que se habían acercado al Ministerio y a bordo de los mismos, fueron conducidos a la Penitenciaría Nacional donde quedaron alojados como delincuentes comunes, en espera de ser juzgados. Había finalizado el primer capítulo del drama.

Imágenes

10.30 hs. del 16 de junio de 1955, la Aviación Naval vuela hacia el objetivo

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Fotomontaje del ataque a la Casa de Gobierno

Un transeĂşnte corre entre cadĂĄveres y escombros

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Escenas dantescas en inmediaciones de la Casa de Gobierno

Otra vista del sector bombardeado. Al fondo el edificio del Correo Central, sede del Ministerio de Comunicaciones

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Un grupo de transe煤ntes retira a un herido

Una esquirla ha amputado la pierna derecha de esta mujer. Per贸n no advirti贸 a la poblaci贸n sobre la inminencia del ataque pese a las tres horas que transcurrieron desde el primer alerta 70


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VĂ­ctimas del brutal ataque yacen por doquier

Terrible imagen del trolebĂşs alcanzado por una de las bombas

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Un hombre intenta asistir a un herido. Serรก en vano

Un funcionario que porta un fusil corre desde la Casa de Gobierno en medio del tiroteo

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Tanques del Regimiento Motorizado Buenos Aires toman posiciones

Trabajadores peronistas avanzan detr谩s de un tanque hacia el Ministerio de Marina (Isidoro Ruiz Moreno, La Revoluci贸n del 55)

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Esta espeluznante fotografĂ­a muestra un cuerpo carbonizado entre las ruinas de un edificio

Decenas de cadĂĄveres tapizan las calles

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Milicianos y obreros disparan contra el Ministerio de Marina (Isidoro Ruiz Moreno, La Revoluci贸n del 55)

El vicecomodoro Carlos A. Sister parte desde Mor贸n para atacar Ezeiza

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Efectivos del Ejército y civiles armados en espera de nuevos ataques

La lucha ha cesado. Esta antigua fotografía muestra algunos de los daños en la azotea de la Casa Rosada. Al fondo, el palacio del Ministerio de Comunicaciones. 77


Otra vista de las azoteas de la Casa de Gobierno

Efectivos del Regimiento de Granaderos a Caballo que tomaron parte en la defensa de la Casa de Gobierno (Isidoro Ruiz Moreno, La Revoluci贸n del 55)

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Finalizada la lucha, un grupo de Granaderos posa junto a un tanque del Regimiento Motorizado Buenos Aires (Isidoro Ruiz Moreno, La Revoluci贸n del 55)

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Defensores de la Casa de Gobierno despuĂŠs de los combates

Ciudadanos junto a varios cadĂĄveres a poco de finalizadas las acciones 80


Veh铆culos destrozados sobre Av. Paseo Col贸n

Edificios en ruinas sobre Paseo Col贸n

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Otra vista de los daños sobre Av. Paseo Colón

Efectivos del Ejército custodian una bomba que no estalló en Av. Paseo Colón

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Frente acribillado del Ministerio de EconomĂ­a y Hacienda

DaĂąos en la Casa Rosada

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Más daños en el exterior

Perón y sus ministros observan los daños 84


Estado en que qued贸 el interior de la Casa Rosada

Al d铆a siguiente, Per贸n y sus ministros se informan de los hechos a trav茅s de los diarios

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Militares y civiles observan otra bomba que no deton贸 86


Titulares de diarios y revistas

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Desgarradora imagen de un ni単o entre los escombros. No es un escolar

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Perón y el general Lucero se confunden en un abrazo Notas 1

Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Emecé, Buenos Aires, 1994, Tomo I, Tercera Parte, Cap. X “La batalla del 16 de junio”. 2 Hasta 1949 la dependencia se denominaba Ministerio de Guerra, a partir de ese año pasó a ser de Ejército y en 1958 Ministerio de Defensa, siempre con sede en el Edificio Libertador. 3 Isidoro Ruiz Moreno, Ídem. 4 Ídem. 5 Ídem. 6 El mítico bunker del edificio Alas otro, constaba de un amplio espacio de hormigón y concreto dividido en varios pasillos y compartimentos, del que partían dos túneles desde Leandro N. Alem hacia Av. Madero. Perón jamás llegó a utilizarlo aunque sí lo visitó una vez, a poco de finalizado. 7 “La Nación”, Bs. As., edición del 17 de junio de 1955.

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ARDEN LOS TEMPLOS

La noche del 16 al 17 de junio de 1955 turbas peronistas asaltaron e incendiaron los históricos templos de Buenos Aires en represalia por el bombardeo aéreo

La terrible violencia desatada aquel día, no se detuvo después de los combates. Recordará el lector que cerca de las cuatro y media de la tarde bandas de exaltados peronistas se precipitaron sobre la Curia Metropolitana para saquearla e incendiarla, hecho del que fue testigo el general Ernesto Fatigatti cuando pasaba por el lugar, en el fragor de la lucha. La turba destruyó objetos de enorme valor artístico y cultural y junto a ellos, el Archivo Histórico, con sus añejos documentos de lo siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, “un tesoro único e irreemplazable”, según palabras de Isidoro Ruiz Moreno. Durante aquella caótica jornada, obras de arte, óleos, tallas, imágenes y cerámicas que formaban parte patrimonio histórico de la ciudad de Buenos Aires se perdieron para siempre. Mientras el edificio de la Curia ardía, la chusma entraba y salía portando objetos sagrados, artísticas casullas, antiquísimos cálices, copones, custodias, patenas, hábitos y sotanas. Desde allí, centenares de personas, casi todos hombres, se encaminaron hacia los principales templos de la capital con la clara intención de destruirlos.

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Biblioteca y Archivo de la Curia arrasados por el fuego.

Fieles absortos observan los destrozos en la Curia.

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Una columna marchó hacia el convento de Santo Domingo y otra hacia Nuestra Señora de la Merced. En el primero, los religiosos vieron llegar camiones repletos de agitadores que al pasar frente al templo alzaban los puños y lanzaban imprecaciones contra la Iglesia. Temiendo un ataque, frailes y seminaristas corrieron a trabar las puertas y cerrar las ventanas pero dado el cariz que tomaban los acontecimientos, abandonaron el lugar, siguiendo indicaciones de su prior, fray Luis Alberto Montes de Oca, que temía por la vida de ellos. Fray Luis, en su carácter de custodio del convento, decidió quedarse, pese a que era imposible llamar a la policía porque las líneas telefónicas habían sido cortadas. Eran las 17.30 cuando la multitud se abalanzó sobre las verjas que cerraban el acceso al atrio, al tiempo que varios sujetos intentaban acceder por las ventanas de la calle Defensa, forzando sus barrotes. El abnegado religioso no tuvo más remedio que vestir ropas de seglar y escapar a toda prisa por una pequeña puerta del pasaje 5 de Julio, confundido entre la multitud.

Altar lateral de la basílica Nuestra Señora del Rosario (Convento de Santo Domingo) 92


Convento de Santo Domingo. Vista lateral del Altar Mayor El histórico templo, sepulcro del general Manuel Belgrano y de otros legendarios personajes de la historia patria1, con los impactos de artillería de las Invasiones Inglesas en una de sus torres, resguardo de piezas de incalculable valor sacro y cultural, entre ellas los estandartes tomados a los realistas en las batallas de Salta y Tucumán y a los británicos durante las invasiones de 1806 y 1807, obras pictóricas, imágenes y objetos de culto, fue arrasado e incendiado sin piedad. De nada sirvió que fray Luis corriese hasta la Comisaría 2ª para pedir auxilio ya que los responsables de salvaguardar el orden público nada hicieron para contener la barbarie. A dos cuadras de allí, en la esquina de Defensa y Alsina, comenzaban a arder San Francisco y la contigua capilla de San Roque, en la que los legisladores porteños habían designado gobernador de Buenos Aires al general Lavalle en 1828. En el oratorio del convento su prior, fray Cecilio Heredia, rezaba junto a otros quince religiosos agradeciendo al Altísimo las palabras con las que Perón llamaba a la calma, cuando un griterío ensordecedor proveniente del exterior los hizo sobresaltar. Casi 93


inmediatamente, el pavoroso estrépito de la chusma al ingresar en el recinto del templo y el de los frailes huyendo por una puerta lateral, vestidos de civil, estremeció los claustros y conmovió a los pocos testigos que se encontraban en las inmediaciones. Fray Cecilio también escapó pero se quedó cerca, contemplando con profundo pesar como el convento y su iglesia eran pasto de las llamas. San francisco

La gran cúpula de San Francisco víctima de las llamas

Otra vista del Altar Mayor de San Francisco

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El altar de San Francisco profanado

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Otro altar destrozado en San Francisco

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El pueblo de Buenos Aires observa incrédulo la profanación de sus templos, en esta caso San Francisco

Más destrozos en San Francisco

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Otra vista del Altar Mayor de la basĂ­lica de San Francisco

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Estado en el que quedaron los cielorrasos de San Francisco

Bancos e imaginerĂ­a destrozados en San Francisco.

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Altar Mayor de San Francisco

A menos de una cuadra ocurría lo mismo en la iglesia de San Ignacio, el edificio más antiguo de la ciudad, pegado al histórico Colegio Nacional (antiguo Colegio Real de San Carlos, cuna de próceres), donde la turba, armada con pesados objetos, golpeó las grandes puertas y profirió todo tipo de insulto contra los religiosos y la Iglesia en general. El padre Alberto Lattuada, su cura párroco, se encontraba leyendo en su habitación cuando sintió el griterío. Al incorporarse y asomarse por las escaleras, vio como la muchedumbre hacía ceder los pórticos y se precipitaba en el interior, gritando y agitando garrotes. El jesuita los encaró con los brazos en alto pidiendo calma y reflexión y exhortándola a no cometer un atentado del que acabarían por arrepentirse. 100


El religioso intentaba contener a los vándalos cuando sintió que alguien lo tomaba de un brazo y comenzaba a arrastrarlo. Se trataba de un muchacho joven, de cabellos rubios, que comenzó a zamarrearlo violentamente y a arrojarlo a empujones hacia el exterior. Recibió golpes e insultos y la amenaza de que si permanecía en el lugar iba a ser linchado. Una vez afuera, el padre Alberto vio a dos camiones del Ejército llenos de soldados estacionado junto a la iglesia y desesperado, corrió hacia ellos para pedir ayuda, pero se encontró con una respuesta que lo dejó paralizado. “No podemos hacer nada. Diríjase al oficial que anda por ahí”.

Ruinas y escombros en la iglesia de San Ignacio Tremendamente turbado, el párroco vio a la canalla sacar del templo las imágenes y los objetos sagrados y arrojarlos a la calle mientras en el interior comenzaba el incendio. Cerca de él, el teniente cura Guillermo Sáenz observaba la escena con el alma deshecha. El añejo convento, sepulcro de Juan José Castelli y sede de lo que fuera el gran “imperio jesuítico de las Misiones”, descripto por Leopoldo Lugones, comenzaba a ser arrasado. Cuando se iniciaron los primeros desmanes, Perón y su entorno se hallaban reunidos en el Ministerio de Ejército, desde donde percibieron el humo y el resplandor de las primeras hogueras y la hecatombe que se estaba desencadenando en el centro de la ciudad. El líder justicialista, que se hallaba sentado en una mesa, se puso de pie y en tono indignado exclamó -¡Tomen medidas inmediatamente porque estas son bandas comunistas que están quemando las iglesias, y después me lo van a atribuir a mí!

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San José decapitado en San Ignacio El presidente no había terminado de hablar cuando Lucero llamó al general José Embrioni para indicarle que se debían adoptar medidas urgentes para proteger los templos históricos y los edificios amenazados. Embrioni se comunicó con el jefe de Policía pero aquel, recordando el llamado del ministro Borlenghi en cuanto a mantener acuartelada la fuerza en prevención de ataques de los comandos civiles revolucionarios, mantuvo su posición y no se movió. Estaba plenamente convencido que el Ejército se haría cargo de todo. Se equivocaba Perón al atribuirle la responsabilidad a los comunistas porque quienes atacaban las iglesias eran sus propios partidarios, impulsados por la furia y el odio que él mismo había alimentando. A las 18.30 las dotaciones de bomberos abandonaron sus cuarteles y se dirigieron a sofocar los incendios. Al llegar a Santo Domingo, el comisario de bomberos Rómulo Pérez Algaba observó que la santería y los altares ardían y que los manifestantes habían utilizado los bancos para alimentar el fuego. 102


Pérez Algaba notó que había un camión-tanque estacionado de culata y que la gente sacaba nafta de su interior para avivar las llamas. También observó como algunos matones estrellaban las imágenes y objetos sagrados contra el pavimento, robaban las alcancías y profanaban las urnas con las reliquias de los próceres. Pérez Algaba intentó dialogar con sus cabecillas pero los vándalos se lo impidieron. En esas estaba cuando cuatro individuos vestidos con impermeable se le acercaron y le advirtieron que dentro del templo se hallaban las banderas capturadas a los ingleses y los españoles y que cuatro hombres se hallaban atrapados en la biblioteca, por lo que debía apurarse para rescatarlos. Pérez Algaba fue terminante: -Así como entraron que salgan. En cuanto a las banderas… eso es otra cosa. El oficial, seguido por varios bomberos, se introdujo entre las ruinas iluminando el camino con una linterna. Llegaron a tiempo para rescatar los trofeos y ponerlos a resguardos ya que, afortunadamente, los vidrios que los cubrían los habían preservado manteniéndolos intactos. No tuvieron más que tomarlos y retirarse, un minuto antes de que se desplomase sobre ellos una columna que los hubiese destruido completamente. Pérez Algaba y dos de sus hombres resultaron heridos. La posteridad le debe a esos valientes la salvaguarda de aquellas invalorables piezas de nuestra historia. Pérez Algaba y sus asistentes fueron evacuados, no así los cuatro saqueadores que provistos de candelabros, rompieron los barrotes de las ventanas y se arrojaron al vacío desde le primer piso, en la esquina de Venezuela y Defensa. A esa altura San Francisco ardía por los cuatro costados. Fue entonces que los bomberos debieron pelear cuerpo a cuerpo con los manifestantes para detener la destrucción. Era impresionante ver los trozos de madera desprendiéndose de la cúpula central y caer envueltos en llamas sobre la calle y las veredas. En Nuestra Señora de la Merced, la horda atacó e incendió el costado izquierdo del templo. Las llamas llegaron a la sacristía y una densa columna de humo invadió la nave central. Nuestra Señora de la Piedad, en cambio, fue asaltada pero el kerosene derramado no alcanzó a arder, gracias a la intervención de vecinos y agentes del orden que lograron neutralizarlo. El saqueo, sin embargo, fue devastador y la cosa no pasó a mayores porque los bomberos llegaron a tiempo para sofocar el incendio que los manifestantes habían desatado en la biblioteca para ciegos del entrepiso. San Miguel sufrió pocos daños en la nave central pero la sacristía y la casa parroquial ardían cuando una dotación a las órdenes del comisario Severo Toranzo llegó al lugar y contuvo un segundo ataque. San Nicolás de Bari, sobre avenida Santa Fe, también fue pasto de las llamas y botín de los saqueadores que desde los balcones del segundo piso arrojaban objetos de gran valor artístico y religioso. Los atacantes debieron huir por salidas laterales porque la nave era una gran pira y corrían el riesgo de quedar atrapados. Como se recordará, la iglesia fue fundada en 1733 por el español Domingo de Acassuso en su emplazamiento original de 9 de Julio y Av. Corrientes, el mismo lugar que hoy ocupa el obelisco2. 103


Lo peor ocurrió en Nuestra Señora de las Victorias, sita en Paraguay y Libertad, donde la multitud inició un incendio de poca importancia al tiempo que robaba todo lo que tenía a su alcance. Ardían el despacho parroquial y la sacristía cuando un miembro del movimiento parroquial de apellido Marcó Bonorino y una señora cuyo nombre no ha trascendido, intentaban apagar las llamas arrojando sobre ellas el agua de los floreros. Otro individuo llamado Cullen, advirtió a la policía que varios sujetos habían subido a las habitaciones sacerdotales y que habían volcado una estufa de kerosene para prender fuego y robar el dinero de las colectas que allí se guardaba. Cuando la violencia alcanzaba su clímax, apareció el cura párroco, RP Jacobo Wagner, intentando desesperadamente detener a los malhechores. La golpiza que recibió fue tan brutal que acabó tendido en el suelo, inconciente, hasta que pudo ser evacuado. Permanecería postrado cuarenta y cinco días al cabo de los cuales, fallecería como consecuencia de la brutal agresión. Otros grupos peronistas atacaron San Juan Bautista, el templo ubicado en Piedras y Alsina, bajo cuyo altar mayor yace enterrado el quinto virrey del Río de la Plata, don Pedro Melo de Portugal y Villena; la misma suerte corrieron Nuestra Señora de la Piedad y Nuestra Señora del Socorro, escenario esta última del drama de Camila O’Gorman3. Militantes de la Unidad Básica ubicada en Av. Corrientes y Jorge Newbery intentaron incendiar la iglesia situada en Osorio y Warnes pero fueron detenidos a tiempo y conducidos a la Seccional 29, donde permanecieron encerrados en averiguación de antecedentes. Ese día ardieron y fueron saqueadas la Curia Metropolitana, Nuestra Señora de la Merced, San Ignacio, San Francisco, San Roque, Santo Domingo, San Juan Bautista, San Nicolás de Bari, Nuestra Señora de las Victorias, San Miguel Arcángel, Nuestra Señora del Socorro y La Piedad, enrojeciendo con sus fuegos los bajos nubarrones que cubrían la noche de Buenos Aires, tal como afirma Ruiz Moreno. Pero aquellos no fueron los únicos templos atacados. Nuestra Señora de la Asunción de Vicente López, Jesús en el Huerto de los Olivos de Olivos, la Catedral de Bahía Blanca, el Sagrado Corazón y Nuestra Señora de Lourdes de la misma ciudad y varios templos de Mar del Plata, entre ellos su catedral, también fueron saqueados, sufriendo daños de distinta consideración. Por otra parte, en Córdoba y Rosario se temieron hechos similares que, felizmente, no se produjeron y eso aconteció también, en el resto del país. Lejos de lo que muchos suponen, no solamente iglesias ardieron aquel día. También sufrieron destrozos e incendios el Instituto Belgraniano, la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, la Comisión de la Reconquista y Defensa y la Pía Unión del Beato Martín de Porres, contiguas a Santo Domingo. Imágenes de los vándalos devastando los templos y desfilando en la noche con ropas sacerdotales y objetos robados, dieron la vuelta al mundo para escarnio del pueblo argentino y menoscabo de su tradición. En el término de unas pocas horas, el país perdió para siempre valiosos tesoros de su patrimonio artístico, histórico y religioso. Miguel Ángel Cavallo nos ofrece una descripción de lo acaecido en Bahía Blanca la noche del 16 de junio. A poco de anunciado el fracaso del alzamiento, grupos de trabajadores se nuclearon frente al edificio de la CGT regional para escuchar la arenga de sus jefes y 104


encaminarse luego en columnas hacia la plaza principal, todos armados con palos, cadenas y piedras, dispuestos a atacar la Catedral.

Saqueadores arremeten contra un altar de la Catedral

Una vez en el templo mayor de la ciudad, forzaron sus grandes puertas para destrozar altares, imágenes y dependencias internas, tumbando la pila bautismal de mármol de Carrara e incendiando parte del interior. Al igual que en Buenos Aires, la turba se vistió con ropas clericales para cantar y danzar en las calles mientras entonaba estrofas obscenas e insultantes. Desde allí, los manifestantes corrieron hasta la iglesia del Corazón de María y luego a la de Nuestra Señora de Lourdes, ocasionando daños similares y continuaron su raid en la redacción del diario “Democracia”, valeroso órgano opositor dirigido por Luis E. Vera, arrasando sus oficinas y destrozando su mobiliario, maquinarias e instalaciones, previo a generar un nuevo incendio. Los vándalos finalizaron su recorrida en la sede de la Unión Cívica Radical, a la que también convirtieron en hoguera y luego se retiraron por las calles entonando estribillos favorables a su líder. Ni los bomberos ni la policía actuaron y nada se comentó al día siguiente, a nivel oficial, mucho menos que “Democracia” quedaba clausurado y su propietario, detenido e incomunicado junto a los sacerdotes de las 105


iglesias y escuelas religiosas de la ciudad, quienes fueron trasladados en camiones hasta el cuartel del Regimiento 5 de Infantería4.

Cúpula y techos de la Catedral en ruinas

Isidoro Ruiz Moreno ofrece una idea aproximada de las pérdidas de aquel día. Cuando el comisario Rafael Pugliese, jefe de la Seccional 2ª, se hizo presente en el convento de Santo Domingo, se encontró tirada detrás del mausoleo del General Belgrano, la urna con los restos del General Zapiola, que había sido arrancada del camarín de la Virgen del Rosario. En el atrio, se quemaron muebles muy antiguos, algunos de los cuales habían sido prestados por el convento para la reunión del Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810. El altar mayor fue consumido por el fuego, lo mismo otros dos laterales en tanto varios más sufrieron serios destrozos. Casi todas las imágenes fueron sacadas de su sitio, arrojadas al suelo o entregadas a las llamas; cristales y vitrales cayeron apedreados; fue consumido el coro con su mobiliario colonial y órgano histórico, destruida la mayólica veneciana de las bóvedas 106


y demolido el camarín de la Virgen del Rosario donde se guardaban los estandartes arrebatados a los ingleses en 1806 y 1807 y los capturados por el general Belgrano a los españoles en las campañas del Norte. Numerosos trofeos que se exponían en las vitrinas empotradas en las paredes laterales, desaparecieron. La sacristía también fue arrasada, sus armarios incendiados y las dos pilas bautismales de mármol de Carrara hechas pedazos. Se quemaron salones internos y una capilla menor en el sector este. Las habitaciones de los sacerdotes también fueron desvalijadas, destruido su moblaje e incendiada la habitación del prior. En San Ignacio los altares fueron destrozados con maderas arrancadas de los mismos; se incendiaron otros y quedó hecho añicos el mobiliario. Los vándalos prendieron fuego a la biblioteca del templo como así también a la habitación y la sala de reuniones del párroco destrozando la loza, los aparadores y un gran espejo con consola. En la capilla de San Roque los altares fueron pasto de las llamas, en tanto los revestimientos de las bóvedas y las paredes laterales, ricamente decoradas, cayeron hechos pedazos. También fueron destruidas sus principales imágenes mientras en la contigua San Francisco todo se perdió, en especial sus antiguos y artísticos altares, incluyendo el mayor. Su cúpula se derrumbó y solo su esqueleto de metal quedó en pie; sus vitrales cayeron hechos trizas y las llamas consumieron valiosísimos cuadros y mobiliario de los siglos XVIII y XIX. Se perdieron también el presbiterio, la sacristía, tallas, imágenes y objetos de culto que fueron arrojados con saña aquí y allá mientras el fuego consumía habitaciones y dependencias del convento eran robados cálices, candelabros, custodias, crucifijos y otros elementos de valor, muchos de ellos de plata y oro macizo con piedras preciosas incrustadas. Entre las ruinas destacaba especialmente el gran sagrario de 1,50 metros, que fue arrojado en medio de escombros y los restos de objetos calcinados5. Buenos Aires perdió en una noche, cuatro siglos de historia.

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Imรกgenes

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Los destrozos en el Instituto Belgraniano

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AsĂ­ quedaron los techos de la capilla de la Curia

Altar lateral de lSan Francisco

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San Francisco. Acceso al convento

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La habitación de Monseñor D'Andrea en San Miguel Arcángel pasto de las llamas

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San Miguel Arc谩ngel. Otra imagen del estado en el que qued贸 la habitaci贸n de Monse帽or D'Andrea

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Ruinas en la Iglesia de San Juan Bautista, sepulcro del virrey Pedro Melo de Portugal y Villena.

Congoja y desazón. Los porteños han vivido horas aciagas. Primero su ciudad bombardeada, inmediatamente después, su patrimonio histórico, cultural y religioso arrasado. (Gentileza Fundación Villa Manuelita)

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Una mujer llora ante la desolaci贸n en San Francisco (Gentileza Fundaci贸n Villa Manuelita) 115


Un feligr茅s busca consuelo en la oraci贸n (Gentileza Fundaci贸n Villa Manuelita)

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Notas Antonio González Balcarce, Martín de Alzaga, Juan de Lezica y Torrezuri y el general José María Zapiola. 2 Miguel Ángel Cavallo, Puerto Belgrano, Hora 0. La Marina se subleva, Cap. III “El 16 de junio en Bahía Blanca”. 3 Isidoro Ruiz Moreno, op. Cit., Tomo I, Tercera Parte, Cap XI, “La cruz en la hoguera”. 4 Entre 1935 y 1936 fue trasladada a su emplazamiento actual y en ella se guarda la pila de mármol en la que fueron bautizados Bernardino Rivadavia, Bartolomé Mitre y San Héctor Valdivielso Sáez, primer santo argentino, además de piezas de arte sacro de inestimable valor, algo que la canalla ignoraba por completo. 5 En un nicho de esta última yacen los restos de Santa Constancia Mártir, víctima de las persecuciones de Nerón, enviados desde Roma cuando la misma fue elevada a basílica. 1

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SE REANUDA LA CONSPIRACION

Los días que siguieron al alzamiento fueron de mucha tensión y expectativa. El balance de los daños y el recuento de muertos y heridos tenían sumida a la población en una profunda consternación en tanto la prensa nacional y extranjera se hacía eco de los terribles sucesos, reflejando con claridad (especialmente la extranjera) los hechos acaecidos. Los enfrentamientos armados y el bombardeo a la ciudad arrojaron un saldo de 380 víctimas fatales que se elevaron casi hasta 400 en días posteriores y casi un millar de heridos. Nueve granaderos cayeron durante la defensa de la Casa de Gobierno1. Otros treinta y dos sufrieron heridas de distinta consideración, lo mismo dos oficiales del Regimiento Motorizado “Buenos Aires” y siete del Regimiento 3 de Infantería que también tuvo un general y un soldado muertos, el primero cuando intentaba reunirse con su unidad. El gobierno dispuso una serie de redadas y allanamientos, que dieron como resultado hubo numerosos arrestos, tanto de militares como de civiles y religiosos, quienes fueron conducidos al penal de Villa Devoto en espera de una sentencia. Mientras la población intentaba reponerse de los terribles acontecimientos que habían tenido lugar en la Capital Federal, se organizaron peregrinaciones a los templos incendiados y la CGT dispuso un paro general para el día 17, en señal de duelo y en apoyo al gobierno. Ese día, ante una multitud que colmaba Plaza de Mayo, Perón se dirigió a la ciudadanía para pedir nuevamente calma y deplorar los desmanes acaecidos durante la lucha. Por la tarde, a las 17.00 horas, se reunió en pleno con su gabinete con el objeto de plantear su definitivo alejamiento, decisión que los presentes rechazaron terminantemente, especialmente el gobernador Aloé y los representantes de la CGT aduciendo, entre otras cosas que eso sería ceder a la insurrección. Lo que sí se produjo fue un recambio de funcionarios (casi todos cuestionados por la oposición), necesario para apaciguar los ánimo, el primero de ellos, el ministro del Interior, Ángel Borlenghi, apartado de sus funciones por consejo de los principales asesores gubernamentales. 118


Como era de esperar, fueron removidos los altos mandos de la Armada, importantes jefes de la Fuerza Aérea y numerosos oficiales del Ejército. La Base Aeronaval de Punta Indio fue anulada y el Batallón 4 de Infantería de Marina junto con la Fuerza Aeronaval Nº 2, quedaron disueltos. Por decisión de los altos mandos, los aviones de la Base Aeronaval Comandante Espora fueron desarmados, sus municiones depositadas en Puerto Belgrano y sus espoletas enviadas al Arsenal de Zárate. La VII Brigada Aérea de Caza con asiento en Morón fue suspendida y reorganizada como Destacamento Aeronáutico Militar2, designándose como su primer jefe al comodoro Ricardo Alberto Accinelli. Como el plan CONINTES seguía en vigencia, el personal de la nueva entidad permaneció acuartelado por tercios en tanto su jefatura adoptaba, como primera medida, repatriar el material aéreo que los pilotos sublevados habían llevado hacia Uruguay3. De los treinta y nueve aviones utilizados por los rebeldes durante las acciones, veintitrés aterrizaron en el Aeropuerto Internacional de Carrasco de Montevideo; seis lo hicieron en el aeródromo de Colonia, siete en la base militar Boiso Lanza, uno fue derribado por la Fuerza Aérea, otro se estrelló en Tristán Suárez, un tercero cayó por falta de combustible en el Río de la Plata entre Carmelo y Colonia y un cuarto aterrizó en pleno campo, cerca del aeródromo civil de Melilla, al norte de Montevideo, sin poder desplegar su tren de aterrizaje a causa de un sabotaje. El 17 de junio el gobierno procedió a borrar los rastros de la batalla, haciendo detonar las bombas que permanecían sin explotar, cosa que llenó de pavor a los desprevenidos transeúntes que circulaban por las cercanías. Los jefes complotados fueron sometidos a juicio frente a tribunales militares especialmente constituidos y se esperaba para ellos las penas más severas. Durante uno de los interrogatorios, acaeció un hecho que volvió a conmocionar a la opinión pública. Se hallaban declarando los oficiales Julio César Cáceres y Dardo Eugenio Ferreyra ante el comodoro Luis Lapuente, jefe del Servicio de Informaciones y Seguridad Aeronáutica, cuando en un momento de descuido, el último, al grito de “¡Viva la Patria!”, se arrojó al vacío desde el tercer piso donde estaba compareciendo, sin lograr su cometido de quitarse la vida porque cayó sobre un techo plástico de la planta baja que amortiguó el golpe. Fue internado en grave estado en el Hospital Aeronáutico donde continuaron interrogándolo sin considerar su estado. Las aeronaves argentinas comenzaron a ser devueltas por decisión del gobierno uruguayo a partir del 21 de junio, no así sus pilotos, quienes permanecieron en el vecino país magníficamente atendidos por las autoridades y el pueblo oriental. Y es que el Uruguay sentía sobre sí toda la presión que el régimen justicialista venía aplicando desde 1946, a raíz de la protección que Montevideo ofrecía a sus opositores cuando aquellos buscaban refugio en su territorio. Esa hostilidad se manifestó en el cierre de los pasos fronterizos, la venta de carnes y cereales a menor precio en los mercados internacionales y la amenaza latente de un ataque, especialmente el bombardeo a Radio Colonia debido a su marcada campaña antiperonista. Las dos primeras aeronaves devueltas por el Uruguay fueron los Gloster Meteor I-031 e I-098 piloteados por el comandante Eduardo Catalá y el primer teniente Antonio 119


Corradini respectivamente, el primero con un remache que cubría el impacto de un proyectil antiaéreo.

Perón, a la derecha, observa los daños en la Casa de Gobierno Tres días después, el 24 de junio de 1955, llegaron el I-094 al comando del capitán Daniel Aubone y el I-058 al del primer teniente José Lembi y en días posteriores, lo hicieron el I-029 y el I-064, el primero a bordo de un Bristol 170 Freigther. El total de los aviones navales se fue reintegrando de manera escalonada4.El 21 de julio el flamante Departamento Aeronáutico de Morón pasó a depender directamente del Comando en Jefe de la Fuerza Aérea, organizándose al mismo tiempo la incorporación de nuevos oficiales procedentes de diferentes unidades5. Una semana después, el gobierno decidió reactivar a la VI Brigada Aérea con asiento en Tandil designándose a su frente al brigadier Juan C. Ríos y jefe del Grupo 2 de Caza Interceptora6. Pero pese a la derrota, a las detenciones y los allanamientos y haciendo caso omiso de las amenazas, los apremios y las redadas, los oficiales de la Armada encabezados por el capitán de navío Arturo H. Rial y el capitán de corbeta Carlos Pujol a la cabeza, 120


pusieron en marcha la segunda fase del movimiento a través de una charla informal que mantuvieron en dependencias de la Dirección de Escuelas Navales ubicada en Florida 610, esquina Paraná. En días posteriores, se les unieron otros oficiales y suboficiales del arma, destacando entre ellos el teniente Horacio Mayorga y los capitanes Jorge Gallastegui, Juan Carlos Duperré, Carlos Sánchez Sañudo y Jorge Palma, quienes comenzaron a organizar reuniones clandestinas, tendientes a dar forma al movimiento. Toda una red de espionaje y contraespionaje fue puesta en marcha con el firme propósito de reactivar la revolución. La misma se fue extendiendo a las principales bases navales del país, especialmente las de Puerto Belgrano y Comandante Espora, donde se comenzó a trabajar con mucha cautela para obtener el compromiso de la Flota de Mar, las fuerzas de Infantería de Marina y la Aviación Naval dependientes del Área Naval Marítima. El capitán de navío Jorge E. Perren fue designado para encabezar el alzamiento en ese sector aunque el verdadero cabecilla de esta segunda fase sería el contralmirante Isaac Francisco Rojas, que por esos días acababa de llegar del Brasil, donde había desempeñado funciones en la embajada argentina, para hacerse cargo de la dirección de la Escuela Naval Militar con asiento en la Base Naval de Río Santiago. Y fue él a quien se dirigieron los complotados para solicitarle expresamente que se pusiese al frente de la Armada durante las acciones que iban a tener lugar en el mes de septiembre. El 23 de junio Perón volvió a hablar por la cadena nacional para referirse a los sucesos del 16, minimizando los actos vandálicos contra templos e instituciones que habían tenido lugar a poco de finalizadas las hostilidades. Cuatro días después comenzaron a ser liberados algunos de los militantes católicos que habían sido arrestados durante la defensa de la Catedral y el 28 del mismo mes, el templo mayor de la ciudad de Buenos Aires reanudó sus oficios religiosos, en lo que fue una ceremonia multitudinaria. Ese mismo día, en San Miguel Arcángel, monseñor Miguel Ángel de Andrea ingresó al templo de rodillas mientras era ovacionado por la concurrencia. Durante los oficios, prometió vestir ropas negras en lugar de las púrpuras, en señal de luto por los muertos, los heridos y los permanentes agravios que estaba padeciendo la Iglesia Católica Argentina. En el mes de julio, con motivo de la fiesta de San Pedro y San Pablo, Perón envió sus respetos al Papa Pío XII quien, en respuesta, le dijo que esperaba de todo corazón que el Señor guiase sus pasos para que el pueblo argentino pudiese profesar libremente su fe. Donde comenzó a percibirse lentamente el descontento fue en las filas del Ejército, fuerza que durante la jornada del 16 de junio había mantenido su fidelidad absoluta a la persona del primer mandatario. Los últimos acontecimientos habían llamado a la reflexión a muchos de sus oficiales y de esa manera, en los días que siguieron al bombardeo, se puso en marcha un silencioso complot en favor de la revolución, acordándose para ello realizar los primeros sondeos con elementos de la Armada. La persecución a la Iglesia y la quema de la bandera nacional habían mal predispuesto a amplios sectores castrenses, incentivados por civiles nacionalistas opositores al gobierno que trabajaban afanosamente por establecer contacto entre elementos de las tres armas. 121


Altos oficiales del Ejército, entre los que se encontrban el general Pedro Eugenio Aramburu, los coroneles Eduardo Señorans y Arturo Ossorio Arana, el capitán Ramón Eduardo Molina y el mayor Juan Francisco Guevara, iniciaron gestiones para establecer contacto con la Fuerza Aérea pues se sabía que pese a tratarse de una fuerza extremadamente adicta a la persona del presidente, había numerosos oficiales que estaban dispuestos a plegarse al movimiento, como el comodoro Julio César Krausse y los capitanes Luis A. Bianchi y Orlando Capellini.

Gral. Pedro Eugenio Aramburu En el mes de julio tuvieron lugar varias manifestaciones contra Perón, en una de las cuales cayó muerto víctima de la represión policial, el militante de la juventud radical Alfredo Prat. Días después, el Partido Demócrata emitió un comunicado en el que criticaba duramente al gobierno denunciaba el clima de temor en el que vivía la ciudadanía, poniendo especial énfasis en la necesidad de una amnistía total. El 15 de ese mes se produjeron una serie de renuncias en el gobierno a raíz de ciertas manifestaciones del primer mandatario en cuanto al curso que tomaba su revolución. Entre las mismas, destacaron especialmente la del vicepresidente de la Nación, contralmirante Alberto Teissaire, reemplazado por el diputado nacional bonaerense Dr. Alejandro H. Leloir y la de varios ministros y secretarios. El 21 fue detenido el dirigente conservador Dr. Pablo González Bergez. Pocos después fue arrojado al río Paraná el cuerpo sin vida del doctor Juan Ingalinella, militante comunista desaparecido el 17 de junio, torturado y asesinado por la policía de Rosario. En Córdoba tuvo lugar una multitudinaria manifestación estudiantil y en Buenos Aires se llevaron a cabo numerosas protestas en pro de libertad y justicia, duramente reprimidas por las fuerzas del orden. Ante semejante clima, el gobierno acordó, por primera vez en muchos años, conceder a los partidos de la oposición, espacios de radio para expresar sus puntos de vista. El primero en hablar fue el Dr. Arturo Frondizi, titular de la Unión Cívica Radical, quien el 27 de julio pronunció desde Radio Belgrano un enérgico discurso que finalizó con vivas y salutaciones de una multitud de seguidores que lo esperaba en las calles. La conspiración, en tanto, continuaba, con los capitanes de fragata Aldo Molinari y Jorge Palma haciendo de enlaces con elementos del Ejército. Rojas por su parte, tenía 122


sus propios “agentes encubiertos” en las personas de los tenientes de fragata Oscar Ataide, su secretario personal, y Jorge Isaac Anaya, a través de los cuales supo del desarrollo de los acontecimientos e hizo llegar sus puntos de vista. Ocurrió que por esos días tuvo lugar un hecho, en Puerto Belgrano que sirvió para dar impulso a la conjura y acelerar sus preparativos. Por decisión del gobierno, el total de las municiones que después del 16 de junio habían sido retiradas de las unidades rebeldes, fueron enviadas a ese destino junto a los aviones navales recuperados del Uruguay, reforzando de ese modo y de manera inesperada, el potencial de fuego de la unidad. La repentina decisión llevó a los mandos rebeldes a adoptar apresuradas medidas, una de ellas la acelerada construcción de espoletas especiales para suplir a las que habían sido retiradas y enviadas al arsenal de Zárate y la puesta en estado operativo de los aviones navales. Mientras tanto, cuadros del Ejército seguían trabajando activamente en la compleja misión de captar adeptos, aunque con mucha dificultad dada la extrema vigilancia a la que estaba siendo sometida el arma. En la provincia de San Luis, sede del II Cuerpo de Ejército, se movía incansablemente el teniente coronel Gustavo Eppens, asistido por un importante número de oficiales. La unidad se hallaba al mando del general Julio Alberto Lagos, de conocida postura nacionalista y afiliado desde el primer momento al movimiento peronista, por lo que cada movimiento debía hacerse con mucha cautela. Por su parte, en la Agrupación de Montaña Cuyo con asiento en la ciudad de Mendoza, varios de sus jefes intentaban neutralizar la marcada posición oficialista de su comandante, el general Héctor Raviolo Audisio y su segundo, el coronel Ricardo Botto. La agrupación se dividía en cuatro poderosos destacamentos siendo Botto jefe del Nº 3 con base en Callingasta, provincia de San Juan. A los complotados se les sumaron el teniente coronel Fernando Elizondo, jefe del Grupo de Artillería Antiaérea 2; el mayor Armando Aguirre, jefe del Liceo Militar “General Espejo”; el juez de instrucción militar mayor Enzo Garutti, todos ellos con destino en Mendoza; el teniente coronel Mario A. Fonseca, jefe del Destacamento de Montaña 3 de San Juan y el general Eugenio Arandía, jefe del Estado Mayor del Ejército de Cuyo, con asiento en San Luis. Por ese lado, solo restaba sondear la postura del general Lagos y luego decidir que hacer al respecto. Mientras el general Aramburu realizaba febriles gestiones para incorporar gente, se le sumaron otras dos figuras de importancia dentro del escalafón de oficiales del Ejército, el general Juan José Uranga y el coronel Héctor Solanas Pacheco. En Córdoba, por su parte, conspiraba activamente el coronel Arturo Ossorio Arana mientras los comandos civiles revolucionarios trabajaban activamente, haciendo las veces de enlaces entre las distintas agrupaciones militares. Sus principales centros de operaciones en la ciudad de Buenos Aires eran el domicilio del Dr. Eduardo Fauzón Sarmiento y la escribanía de su hermano Jorge, ubicada en el 4º piso de Cerrito 512. Un hecho inesperado que desconcertó un tanto a los conspiradores fue la sorpresiva incorporación a sus filas del general Dalmiro Videla Balaguer, de quien todos pensaban, era ferviente partidario de Perón. Aquello provocó sospechas y algo de inquietud ya que había más de un conjurado que suponían al alto oficial, espía al servicio del gobierno.

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Videla Balaguer era un hombre profundamente devoto y desde el momento en que la turba arrasó los principales templos de la capital, se produjo en él una suerte de lucha interna que lo llevó a la difícil situación de tener que optar.

General Eduardo Lonardi Fue durante su visita a las ruinas de la iglesia de San Ignacio, en compañía de su esposa, que al ver tanta desolación decidió plegarse a la revolución. Así lo hizo, después de contemplar aquel terrible espectáculo y de orar ante la arruinada imagen de Santa Teresa, poco antes de su regreso a Córdoba. Otro que decidió volcarse al movimiento, movido por causas similares, fue el general Julio Alberto Lagos quien, después de un segundo encuentro con Aramburu en Buenos Aires, comprometió su palabra y al cabo de unos días de reflexión, confirmó su apoyo. Lo hizo durante un encuentro con el coronel Señorans, poco antes de que el alto mando decidiese su reemplazo por el general José María Sosa Molina, hermano del ministro de Defensa y hombre de la más absoluta confianza de Perón. Quien se mantenía recluido en su domicilio, sin ser participado de los preparativos era el general de división Eduardo Lonardi, detenido y pasado a retiro tras el frustrado alzamiento de 1951. Ni Señorans ni Aramburu tenían buena relación con él y si se lo tuvo en cuenta en algún momento fue por la insistencia de su amigo, el coronel Arturo Ossorio Arana y del Dr. Fauzón Sarmiento, a quienes mucho les costó acordar una entrevista entre ellos. Aramburu fue quien puso más reparos, argumentando que el aludido era un oficial en retiro, carente de autoridad. -Aquí hace falta un general con mando sobre la tropa. Oficiales antiperonistas retirados hay miles – dijo en una reunión. 124


El encuentro con Aramburu y Lonardi tuvo lugar en el Hospital Militar, al que ambos concurrieron para visitar al general Roberto Nazar, que se hallaba allí internado. En la oportunidad, Lonardi manifestó estar dispuesto a subordinarse pero Aramburu le respondió secamente que no estaba encabezando ningún complot.

En el mes de julio la Flota de Mar hacía maniobras frente al golfo San Matías cuando detectó la presencia de naves foráneas en aguas jurisdiccionales. Casi al mismo tiempo, aviones navales interceptaron mensajes radiofónicos en inglés, que fueron grabados y enviados inmediatamente a los altos mandos de la Armada en Puerto Belgrano. Para asombro de la oficialidad, los mismos fueron ignorados, razón por la cual, comenzó a circular la inquietante versión de que naves británicas o norteamericanas vigilaban los movimientos de la Armada a pedido del gobierno, versión que provocó indignación e incertidumbre en todos los niveles de la institución. Ese temor pareció confirmarse cuando el almirante Guillermo Brown ordenó la dispersión de la Aviación Naval y la clausura de la Base Comandante Espora, a efectos de neutralizar a la fuerza, mostrando abiertamente que la Marina de Guerra inquietaba a las autoridades del gobierno y seguía en la mira de la dirigencia peronista. Ante aquellas extremas medidas, el capitán de corbeta Eduardo A. Estivariz, pidió el retiro. El 18 de agosto de 1955 la ciudadanía conoció el fallo del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas que juzgaba a los militares alzados el 16 de junio. El contralmirante Samuel Toranzo Calderón fue condenado a la pena capital con degradación, de acuerdo a lo establecido por el artículo Nº 63, inciso 1º del Código de Justicia Militar, noticia que conmocionó a la ciudadanía. En vista de ello, el general Juan Heriberto Molinuevo despachó al secretario del tribunal, coronel Juan C. Villafañe para que informara la novedad a Perón pero cuando el presidente escuchó el fallo, fue terminante en su decisión. -Hijo, yo no fusilo a nadie. Que Molinuevo busque la forma de evitarlo. De repente, el hombre que instigaba a las masas a “dar leña”, a “colgar con alambres de púa” y a “dar muerte a los enemigos”, mostraba una faceta prudente y humanitaria. Mucha gente, dentro de las Fuerzas Armadas, quedó realmente desconcertada. Casi el total de los implicados, fueron condenados a prisión por tiempo indeterminado y enviados al penal de Santa Rosa, provincia de La Pampa, donde permanecerían encerrados por los siguientes dos meses. Con la conspiración en marcha, los conjurados del Ejército y la Marina efectuaban frecuentes reuniones en el domicilio del doctor Fauzón Sarmiento, en pleno barrio de Belgrano, custodiados por un grupo de oficiales retirados al mando del coronel Ladislao Fernández Castellanos. Acudían a las mismas los coroneles Francisco Zerda, Arturo Ossorio Arana y Eduardo Señorans, el mayor Juan Francisco Guevara, el capitán Tomás Sánchez de Bustamante, el capitán de navío Arturo Rial y el capitán de fragata Jorge J. Palma.

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Al primer de ellos cónclaves debía asistir el general Aramburu pero un llamado de último momento del padre Septimio Walsh, le advirtió que era vigilado las veinticuatro horas del día y que, por consiguiente, no era prudente que se moviera. Los complotados se pusieron al tanto de lo que acontecía y trazaron un plan. Se decidió que la plana mayor de la armada debería esperar el pronunciamiento del Ejército que todavía buscaba una mano firme que tomase el mando y entonces Ossorio Arana manifestó que si se tenía que hacer cargo de Córdoba, deseaba contar el general Lonardi, por tratarse del jefe con mayor jerarquía dentro del arma. Su petición fue escuchada con atención y nadie puso objeciones. Días después, el general Lucero removió a Aramburu, pasándolo de su puesto al frente de la Dirección de Sanidad al de jefe de la Escuela Nacional de Defensa. Al margen de las actividades sediciosas, desde la residencia del Dr. Fauzón Sarmiento y otros domicilios particulares, los comandos civiles iniciaron sus aprestos para colaborar con las fuerzas rebeldes, ya como tropas de apoyo, ya como enlaces o aportando su concurso en toda actividad que les fuese encomendada. Un grupo de ellos, encabezados por el ingeniero Roque Carranza e integrado por oficiales retirados como el capitán Walter Viader y el vicecomodoro Jorge Rojas Silveyra, se dedicó a fabricar bombas caseras con gelinita. Otras reuniones se llevaron a cabo en el Colegio Nuestra Señora del Huerto, a cargo del padre Walsh, donde se imprimieron miles de folletos, trabajando activamente en ello los ingenieros Florencio Arnaudo, Carlos Burundarena y Manuel Gómez Carrillo junto al oficial retirado Edgardo García Puló, Raúl Puigbó, que por entonces era permanentemente buscado por la policía y Adolfo Sánchez Zinny. En el comando liderado por el capitán Aldo Luis Molinari, actuaban Héctor Eduardo Bergalli, Roberto Etchepareborda y otros militantes radicales, grupos a los que se les encomendó la misión de copar e inutilizar las radios. En el comando civil de la parroquia de Santo Cristo (Espíritu Santo), el capitán Carlos Fernández tenía a su cargo un nutrido grupo de militantes entre quienes se encontraban Alberto Pechemiel, Martín Cires Irigoyen y el abogado Ismael Carlos Gutiérrez Pechemiel, los tres, familiares del general Benjamín Menéndez. Alberto Pechemiel era esposo de Ángela Menéndez, sobrina del célebre militar y junto a ella, actuó como enlace durante el frustrado alzamiento de 1951, sufriendo ambos apremios, cárcel, allanamientos domiciliarios y agresiones físicas. Mientras tenía lugar la entrelazada red de espionaje, se sucedían hechos de violencia que continuaban enrareciendo el clima en todo el ámbito de la nación. El 12 de agosto una manifestación católica que se dirigía a la iglesia de Santo Domingo, fue atacada por elementos de la Alianza Libertadora Nacionalista en momentos en que llegaba a la esquina de Florida y Av. Corrientes, resultando detenidos muchos de sus integrantes. Dos días después, la policía allanó varios domicilios para arrestar a los integrantes de una agrupación opositora organizada en la Facultad de Derecho de la UBA y varios jóvenes armados fueron detenidos a bordo de un jeep cuando circulaba por el corazón del barrio de Recoleta, lo mismo la profesora de Religión Sara Mackintosh, cesante desde el mes de mayo7. El 17 de agosto tuvo lugar una concurrida manifestación en Plaza San Martín, con motivo de un nuevo aniversario del fallecimiento del Libertador, acto en el que se lanzaron insultos de todo tipo contra Perón y su gobierno. Una vez más la Alianza 126


Libertadora Nacionalista atacó a los manifestantes, hiriendo de una cuchillada a un joven de apellido Menéndez Behety. Se enrarecía el aire en los principales epicentros del país y todo parecía presagiar nuevos estallidos de violencia.

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Imágenes

Destrozos en la iglesia Nuestra Señora de Lourdes de Bahía Blanca (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva)

Los vándalos han arrasado la Catedral de Bahía Blanca (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva) 128


Serios Daños en el Inmaculado Corazón de María (Bahía Blanca) (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva)

Incendio y destrozos en la redacción de "Democracia", periódico opositor de Bahía Blanca (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva) 129


Luis E. Vera, director de "Democracia" (luciendo impermeable) observa los daños en la redacción . (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva)

Notas Entre esos nueve granaderos figuraban los conscriptos Pedro H. Baigorria y Héctor Leónidas Paz, cuyos cadáveres fueron depositados en el Hospital Ramos Mejía. 2 Resolución 519/55 fechada el 20 de junio de 1955 y publicada en el Boletín Aeronáutico Nº 922. 3 A. Marino, J. Mosquera, G. Gebel, V. Cettolo, H. Claria, G. Posaba, Gloster Meteor FMk IV en la Fuerza Aérea Argentina, Avialatina. 4 Ídem. 5 Publicado en el Boletín Aeronáutico Nº 1002. 6 El 28 de julio de 1955. 7 En su domicilio se hallaron panfletos opositores. 1

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COMPLOT EN MARCHA Quien se constituyó en enlace importante entre el general Lonardi y los conspiradores de la provincia de Córdoba fue su cuñado, el Dr. Clemente Villada Achával, quien organizó y mantuvo una primera reunión secreta a la que se dieron cita, además del fefe de la asonada, los coroneles Arturo Ossorio Arana y Eduardo Señorans, el capitán Edgardo García Puló y el mayor Juan Francisco Guevara. El encuentro tuvo lugar en el histórico Colegio de La Salle de Buenos Aires y estuvo custodiado por un grupo de comandos civiles fuertemente armados. En la oportunidad, Villada Achával explicó que los oficiales de la Escuela de Artillería con asiento en Córdoba, estaban ansiosos por entrar en acción y que solo aguardaban la señal para plegarse a cualquier intento de derrocar el gobierno. El cónclave sirvió para despejar dudas y apresurar los preparativos ya que se tenían evidencias de que los servicios de información del Estado comenzaban a percibir movimientos, y eso era peligroso. La primera prueba de que aquellos temores estaban fundados la dieron la sanción y los veinte días de arresto domiciliario que el Ejército le aplicó al general Lonardi el 16 de agosto y el paro que dispuso la CGT el 31 del mismo mes, llamando al pueblo a concentrarse en Plaza de Mayo, para escuchar la palabra de su líder. Llegado ese día, Perón volvió a hacer uso de su oratoria, utilizando expresiones de tal virulencia, que no solo incrementaron el malestar de los altos mandos militares sino que además, aumentaron la preocupación de la ciudadanía, que comenzaba a temer nuevos hechos de violencia. El domingo 4 de septiembre el teniente coronel Octavio Cornejo Saravia y su esposa hicieron una “visita” de cortesía a la familia Lonardi. Cornejo traía información de último momento según la cual, por decisión del general Aramburu, el alzamiento planeado para el día 16 se postergaba hasta nuevo aviso. Cuando el dueño de casa preguntó los motivos de aquella disposición, su interlocutor se limitó a decirle que las circunstancias adversas que se habían presentado en los últimos días, junto a la falta de apoyo de las principales unidades militares del país, representaban un serio problema que obstaculizaba seriamente los planes y ponían en riesgo a los complotados. En una palabra, la situación era inadecuada. Al escuchar aquello, Lonardi, que era todo un caballero, perdió la compostura y fuera de sí, tomó a Cornejo por las solapas y sumamente alterado, le dijo que la operación no solamente que no se podía postergar sino que debía ponerse en marcha a la mayor brevedad posible porque de lo contrario, el gobierno los iba a degollar como a cerdos. Era imperioso actuar rápido porque el régimen estaba armando milicias obreras y la mayor parte de los oficiales implicados estaban siendo pasados a retiro. -General –respondió Cornejo un tanto atribulado- no hago más que transmitirle una información que me acaba de dar el coronel Zerda1. En vista de tales novedades, Lonardi creyó necesario confirmar la información y para ello, le encomendó a su hijo Luis Ernesto concertar una reunión con el coronel Arturo Ossorio Arana, destinada a tratar el tema en profundidad. Así se hizo y esa misma tarde, el general se encaminó hasta la residencia de su amigo, con el objeto de ponerlo al tanto de los últimos acontecimientos. 131


-General –dijo el dueño de casa después de escuchar sus palabras- tome las cosas en sus manos porque sino, esto no marcha. -Ossorio –respondió su interlocutor- ya lo tengo decidido y esté seguro que no escatimaré esfuerzos para llevar adelante el movimiento2. El 8 de septiembre a las 21.00 tuvo lugar una nueva reunión en la que estuvo presente el coronel Eduardo Señorans, jefe de operaciones del Estado Mayor del Ejército. La misma, organizada por Alfredo Rodríguez García, pariente del mayor Juan Francisco Guevara, se llevó a cabo en el automóvil del Dr. Eugenio Burnichon y en ella quedaron acordados cuatro puntos fundamentales que deberían tenerse en cuenta a la hora de organizar el complot. 1-

Debido a los precipitados e imprudentes movimientos del general Videla Balaguer en Río Cuarto, las autoridades de Córdoba estaba en guardia y habían adoptado extremas medidas de seguridad 2- Los contactos en el Litoral no eran seguros ni suficientes ya que solo se contaba con la IV División de Caballería que se pronunciaría recién a las 72 horas de iniciado el movimiento. 3No se habían logrados adhesiones en ninguna de las unidades del Gran Buenos Aires. 4El general Aramburu era permanentemente vigilado y su ayudante, el mayor San Martín había sido detenido. Durante las conversaciones, el coronel Señorans, dijo que lo más acertado era esperar y no precipitarse porque las condiciones no estaban dadas para iniciar una revolución. Lonardi manifestó su total desacuerdo con esa postura porque el licenciamiento de las tropas era inminente y además porque, como se lo había planteado a Ossorio Arana en el encuentro anterior, el gobierno estaba organizando milicias populares que iban a poner en peligro la seguridad nacional. Según su opinión, seguir esperando solo acarrearía el descalabro total de la operación porque las últimas detenciones de oficiales parecían demostrar que las autoridades sabían algo. De ese modo, el mando de la revolución pasó del indeciso general Aramburu a su par que, a los efectos de conocer la situación imperante en las unidades militares del interior, despachó a sus hijos Luis Ernesto y Eduardo, en dirección a Córdoba y Cuyo, respectivamente. Los hermanos Lonardi salieron de Buenos Aires el viernes 9 por la noche y llegaron a la provincia mediterránea a las 08.30 del día siguiente. Una vez allí, se dirigieron a la casa de su tío, el Dr. Clemente Villada Achaval donde se pudieron al tanto de las últimas novedades. Villada había organizado una reunión para las 16.00, en su domicilio particular, a la que había invitado a los capitanes Daniel Correa y Sergio Quiroga, al brigadier Jorge Landaburu, a su cuñado, el ingeniero Calixto de la Torre y al Dr. Lisardo Novillo Saravia (h). La misma se llevó a cabo a la hora acordada y durante el transcurso de las conversaciones, se analizó a fondo la situación de las fuerzas revolucionarias de la provincia, el aporte de los civiles y la reacción del gobierno. Para satisfacción de los hermanos Lonardi, los resultados de aquel encuentro fueron mejores de lo que esperaban ya que según se dijo, los oficiales más jóvenes estaban listos para plegarse a excepción de la poderosa Escuela de Infantería, que parecía 132


mantenerse leal. A ello había que sumar el concurso de los comandos civiles revolucionarios que por esos días organizaban el comandante Landaburu y el capitán Basilio Arenas Nievas junto a los señores Damián Fernández Astrada y Edmundo Molina, quienes constituirían un elemento de apoyo indispensable a la hora de iniciarse las operaciones. El capitán Correa hizo especial hincapié en la urgente necesidad de comenzar las acciones antes del 16 de septiembre porque ese día, la Escuela de Artillería finalizaba sus actividades anuales y debía entregar el armamento para tareas de mantenimiento. El total de los presentes apoyó la moción por lo que Luis Ernesto Lonardi manifestó que la misma figuraría entre los primeros puntos que plantearía a su padre a la hora de imponerlo de las novedades. Esa noche, a las 21.00, Luis Ernesto abordó un avión de Aerolíneas Argentinas y emprendió el regreso a Buenos Aires mientras su hermano seguía viaje con destino a Mendoza, con el objeto de poner al tanto de lo que sucedía al teniente coronel Fernando Elizondo, oficial de la Agrupación de Montaña Cuyo. Luis Ernesto llegó poco antes de las 24.00 y ni bien descendió del aparato, se dirigió al apartamento de su padre, sobre la calle Juncal, para informarle las últimas novedades. El general, luciendo una bata sobre su pijama, escuchó atentamente a su hijo y cuando aquel terminó, le manifestó que necesitaba unas horas para meditar y que al día siguiente tendría una respuesta. En la mañana del domingo 11 de septiembre, el general mandó llamar a su hijo y una vez frente a frente, le dijo que estaba decidido a encabezar la revolución y que la misma daría comienzo en Córdoba, a primera hora del día 16; por consiguiente, era necesario adoptar las medidas necesarias para poner en marcha la operación. Lonardi pidió a su hijo que estableciera urgente contacto con el mayor Guevara porque pensaba utilizar sus servicios como enlace entre el Ejército y la Marina de Guerra. Sin perder tiempo, Luis Ernesto se dirigió al domicilio del capitán (RE) Ezequiel Federico Pereyra Zorraquín que tenía a su cargo la organización de los comandos civiles revolucionarios de la Capital Federal para la defensa de los siempre amenazados Barrio Norte y Recoleta y le preguntó por el paradero de Guevara. El dueño de casa le dijo que el aludido oficial había abandonado su domicilio porque los servicios de inteligencia del gobierno lo vigilaban permanentemente y que, por esa razón, desconocía el lugar donde se hallaba escondido. En ese mismo momento llegó el teniente coronel Eleodoro Sánchez Lahoz trayendo consigo noticias de Corrientes donde, al parecer, los mandos de la VII División se habían pronunciado a favor del complot. En vista de ello, Luis Ernesto Lonardi, creyendo necesaria una reunión urgente entre el recién llegado y su padre, comenzó a mover los hilos para que la misma se llevase a cabo esa misma tarde.

Cerca del mediodía, el teniente coronel Pedro A. Pujol y el teniente primero Florencio A. Pareja Ortiz, establecieron contacto con Luis Ernesto Lonardi para informarle que en la Escuela Superior de Guerra y la Escuela Superior Técnica había medio centenar de oficiales dispuestos a plegarse y que el capitán Oscar F. Silva, perteneciente a aquella última unidad, había organizado un operativo de sabotaje contra los tanques de Campo de Mayo. Dos horas después, el hijo del general Lonardi recibió una comunicación del capitán 133


Pereyra Zorraquín, quien lo puso en contacto con Alfredo Rodríguez García que en esos momentos se encontraba en una quinta de la localidad de Pilar en compañía del capitán Edgardo García Puló. Quedaron en encontrarse en Buenos Aires a las 17.00 y así sucedió. Luis Ernesto se presentó puntualmente en el lugar convenido y por allí pasaron a buscarlo (en el automóvil de Pereyra Zorraquín), para dirigirse al domicilio del Sr. Román María Bourdieu, ubicado en la localidad de Olivos, donde se hallaban alojado desde hacía varios días el mayor Guevara y su familia. En momentos en que el vehículo estacionaba frente a la mencionada vivienda, llegó el mayor Guevara quien, al verlos, los apuró a entrar en la residencia porque no quería estar demasiado tiempo expuesto en la calle. Los recibió el dueño de casa y una vez sentados en el living, Luis Ernesto refirió lo que había conversado con su padre y la respuesta que éste le había dado. Era lo que los presentes esperaban escuchar y por esa razón, se percibió un indisimulado aunque discreto júbilo entre ellos. Acto seguido, explicó que el aplazamiento solicitado por el general Aramburu era inadmisible y que el mismo no había dejado otro camino más que el adoptado, es decir, que el general Lonardi asumiera el mando del alzamiento pues de no hacerlo, el complot quedaría librado a su suerte. Además, se sabía que la Armada estaba trazando planes para llevar a cabo un nuevo bombardeo sobre la Casa de Gobierno, el 17 de septiembre, en caso de que el Ejército no se pronunciase3. Mientras tenían lugar estos ajetreos, la Marina de Guerra llevaba a cabo sus propios movimientos. La noche del 2 al 3 de septiembre se llevó a cabo una reunión secreta en el domicilio del Dr. Héctor Bergalli, a la que asistieron los capitanes de navío Arturo H. Rial y Ricardo Palma, el capitán de fragata Aldo Molinari y en representación del Ejército, el general Juan José Uranga con el coronel Eduardo Señorans. Durante la misma, este último pidió la palabra para solicitar postergar las acciones en espera de momentos más oportunos pero el dueño de casa se opuso terminantemente. -Para hacer la revolución basta que un regimiento se subleve, porque los radicales de la provincia de Buenos Aires formarán una ola que cubrirá el país. A aquellas palabras respondió Señorans que prefería confiar en el Ejército y las Fuerzas Armadas antes que en los radicales y el silencio del resto de los presentes pareció darle la razón. Queriendo conocer la postura de la Armada, el general Uranga preguntó al capitán Arturo Rial al respecto y aquel, plenamente confiado, respondió: -General, eso lo puede tener absolutamente seguro. -Entonces, señores –dijo el general Uranga- la revolución se hace. A lo que el coronel Señorans agregó: -Espero estar con ustedes esa noche4. La reunión continuó en la casa del capitán Rial, donde el general Uranga fue terminante a la hora de referirse a los fines políticos del alzamiento y la necesidad de contar con el apoyo de la Marina de Guerra. Se explayó bastante al respecto e inmediatamente después, dio su palabra de honor en cuanto a sublevar el Colegio Militar.

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El lunes 5, por la mañana, comandos civiles revolucionarios que actuaban en Bahía Blanca bajo el mando del capitán Edgardo García Puló, fueron informados por oficiales de la Armada que el estallido iba a tener lugar a primera hora del 8 de septiembre. Sin embargo, el 7 por la noche, el capitán Molinari comunicó a García Puló que el mismo se había suspendido. El jefe de los comandos manifestó su preocupación ante aquella decisión porque la detención del ingeniero Jorge P. Estarico, enlace entre la Armada y los comandos civiles, era un indicio de que algo raro estaba ocurriendo pero Molinari le explicó que nada podía hacer la Marina sin el apoyo del Ejército. Una nueva reunión en lo del capitán Rial fracasó cuando se supo que el mayor Dámaso Pérez, jefe del cuerpo de cadetes del Colegio Militar, negaba su apoyo a la asonada. En la mañana del viernes 9, llegó a Comandante Espora un oficial naval para informar a García Puló que era imperioso establecer contacto con el comando rebelde de la Armada ya que se había tomado la drástica decisión de que si el alzamiento no se producía antes del 17 de septiembre, la base por su cuenta, atacaría la Casa de Gobierno. Cuando García Puló preguntó a que se debía tan firme determinación, el recién llegado contestó que para esa fecha, el Ministerio de Marina había acordado una inspección a la unidad y que de llevarse a cabo, la conjura quedaría al descubierto y se producirían numerosos arrestos. Ese día, por la tarde, tuvo lugar un nuevo encuentro entre el delegado de la base y el capitán Molinari en el que este último solicitó 24 horas más para dar una respuesta. Al día siguiente, por la noche (era sábado), Molinari se encontró nuevamente con García Puló y Guevara para que la Armada se plegaba al alzamiento siempre y cuando lo hiciera, al menos, un regimiento del Ejército. Guevara escuchó atentamente y pidió 48 horas para responder y fue en ese encuentro que volvió a barajarse el nombre del general Bengoa, detenido en la Dirección de Tracción Mecánica, a efectos de que dirigiera en persona a las fuerzas del Litoral. Establecido contacto con Bengoa, éste mandó decir que aunque aceptaba el mando de aquellas tropas, se debía tener en cuenta que su fuga de la unidad militar en la que se encontraba encerrado iba a poner en estado de alerta al gobierno. El coronel Señorans no creyó prudente aquella elección y así se lo hizo saber al mayor Guevara, solicitándole que se buscase inmediatamente otro oficial. Surgió entonces la idea de designar al coronel Eduardo Arias Duval pues era más que seguro que una vez notificado, aceptaría entusiasmado la responsabilidad. El 11 de septiembre por la tarde se reunieron nuevamente el mayor Guevara con Luis Ernesto Lonardi para acordar un nuevo encuentro con el comando del alzamiento. Así se hizo y además del general Lonardi, acudió el teniente coronel Sánchez Lahoz para escuchar con suma atención el plan de acción elaborado por su superior. Constaba el mismo de cinco puntos que establecían: 12-

Sublevación simultanea de las guarniciones de Córdoba, Cuyo, el Litoral y Neuquén. Sublevación las bases navales de Río Santiago, Puerto Belgrano, Punta Indio y Comandante Espora conjuntamente con la Flota de Mar y la Escuadra de Ríos. 3Sublevación de de las guarniciones aéreas de Paraná, Córdoba, Mendoza y Mercedes, provincia de San Luis. 135


4-

Marcha sobre Santa Fe en apoyo del cruce del río Paraná de las fuerzas del Litoral, con la protección de la Escuadra de Ríos. 5- Buques de la Flota de Mar establecerían el bloqueo del puerto de Buenos Aires y en caso de que el gobierno persistiese en la defensa, bombardearían la zona ribereña, principalmente la Casa de Gobierno, el Ministerio de Guerra, el Correo Central y otras posiciones. Finalizada la exposición, Sánchez Lahoz dio su palabra de honor de que haría todo lo posible por sublevar la guarnición de Corrientes la misma madrugada del 16 y Guevara se comprometió a organizar nuevas reuniones con el capitán Palma, el coronel Arias Duval y el general Uranga a efectos de que transmitiesen el plan a las los oficiales comprometidos. El encuentro finalizó a las 22.30 e inmediatamente después, Luis Ernesto Lonardi se entrevistó con el capitán Juan José Pierrestegui para encargarle una conversación a puertas cerradas entre el general Lonardi y el coronel Víctor Arribau. La misma se llevó a cabo en el barrio de Belgrano, el lunes 12 a las 10.00 y en ella el segundo manifestó su adhesión. Por esa razón, el jefe del alzamiento le ordenó dirigirse a Curuzú Cuatiá para ayudar al coronel Juan José Montiel Forzano a sublevar los regimientos blindados de aquella unidad y aquel partió de inmediato. Entonces Lonardi decidió despedirse de su familia, comenzando por sus nietos, los hijos del Dr. José Alberto Deheza y su hija Marta, al tiempo que su yerno5, partía raudamente hacia el estudio del Dr. Teófilo Lacroze para pedirle que le hiciese llegar al coronel Ossorio Arana el siguiente mensaje: “La revolución está en marcha. Debe alistar sus cosas para salir a Córdoba esta misma noche” y le comunicase que en las últimas horas de la tarde, el general en persona le alcanzaría los pasajes con las últimas instrucciones. A las 15.00 de aquel mismo día, tuvo lugar el encuentro entre el general Lonardi, el coronel Arias Duval y el mayor Guevara en el automóvil de Alfredo Rodríguez García. Una vez todos a bordo, el primero fue directo al grano: Arias Duval debía dirigirse al Litoral para iniciar el alzamiento ni bien el mismo estallase en Córdoba. El coronel escuchó la indicativa con grave expresión y cuando su superior hubo terminado de hablar, le solicitó 24 horas más para cumplir las órdenes ya que, según su punto de vista, el sábado 17 resultaría más fácil sorprender a las unidades. Lonardi se negó rotundamente porque, tal como lo había manifestado en otras oportunidades, la situación en Córdoba era en extremo peligrosa. Finalizada la reunión, Guevara anunció que esa misma mañana, el coronel Señorans le había dicho en el Ministerio de Ejército, que estaba dispuesto a ponerse sin titubeos a las órdenes del general Lonardi. Por otra parte, el encuentro con el capitán Palma pactado para las 17.00 no se pudo concretar y que había sido pospuesto para las 23.00 de ese mismo día. A las 18.00, el escribano Juan Carlos Soldano Deheza le entregó al general Lonardi los dos pasajes de ómnibus que este debía alcanzarle al coronel Ossorio Arana y media hora después, el jefe del alzamiento estableció contacto con el capitán Pereyra para ordenarle que junto con el capitán Daniel Uriburu, se trasladase a Córdoba a efectos de reunirse con él (Lonardi) en la casa del Dr. Berrotarán. Tampoco se concretó la reunión con el general Uranga programada para las 19.00 por lo que la misma, debió postergarse para las 01.00 del día siguiente.

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A las 21.00, el mayor Guevara y Luis Ernesto Lonardi acompañaron al general hasta la casa del Dr. Lacroze donde debían entrevistarse con el coronel Ossorio Arana. Una vez allí, Lonardi le expuso el cuadro de situación e inmediatamente después le explicó el plan de operaciones que aquel siguió con extrema atención. Cuando terminó de hablar, se estrecharon en un abrazo e inmediatamente después abandonó el lugar presurosamente junto a sus acompañantes. A las 22.30 el coronel Ossorio Arana, y su esposa abordaron en Plaza Once el ómnibus que los llevaría a Córdoba. Al llegar a destino, el oficial debía ponerse en contacto con el Dr. Villada Achaval para que lo condujese inmediatamente al domicilio del Dr. Calixto de la Torre donde se había planeado una nueva reunión esa misma mañana. En el interín, debía poner a los jefes y oficiales de las guarniciones al tanto de los hechos y organizar por la noche un encuentro con los jefes de cada unidad. Desde la terminal de ómnibus de Once, Lonardi, su hijo y Guevara (que habían acompañado a Ossorio Arana y su esposa hasta allí), partieron al encuentro del capitán Palma. Luis Ernesto iba al volante, llevando a su padre a su lado y a Guevara detrás. En la esquina de Guido y Ayacucho un hombre que lucía sombrero y abrigo, los esperaba parado con las manos en los bolsillos. Era el coronel Arias Duval que ni bien el vehículo se detuvo, lo abordó presurosamente estrechando la mano a los presentes una vez el hijo del jefe de la asonada hubo reanudado la marcha. No lejos e allí los esperaba el capitán Palma, también enfundado en un sobretodo gris, quien al ver que el rodado se aproximaba, se acercó lentamente al cordón de la vereda y cuando aquel su detuvo, abrió la puerta trasera y se introdujo en él. Una vez dentro del automóvil, el marino fue presentado al general Lonardi, a quien estrechó su mano mientras le decía que estaba allí en representación del capitán Arturo Rial. El jefe del alzamiento fue derecho al grano explicando los motivos por los que había tomado el mando de la revolución y porqué la misma debía realizarse el 16 de septiembre. A continuación, lo puso al tanto del plan de operaciones y le habló del papel que debía jugar la Armada junto al Ejército. Palma escuchó con atención y cuando su interlocutor terminó de hablar, dijo que era cosa imperiosa tomar la isla Martín García porque desde ella se podían lanzar ataques aeronavales para neutralizar a la Base Aérea de Morón. Inmediatamente después se refirió al rol que les cabía a los comandos civiles revolucionarios, a los que se pensaba destinar a la toma de las radioemisoras y luego le preguntó a Lonardi cual era su parecer. El general dio su aprobación pero aclaró que los civiles no debían intervenir hasta después de las 01.00 del 16 de septiembre puesto que era imperioso evitar que se filtrase información que echase por tierra el factor sorpresa. Palma estuvo de acuerdo y a continuación, se estableció entre ambos el siguiente diálogo: Cap. Palma: Entiendo que el movimiento lo encabeza el general Aramburu y que ha decidido su postergación hasta mejor oportunidad. ¿Quién es el jefe de la revolución? Gral. Lonardi: Yo soy el jefe de la revolución. Cap. Palma: Comprendido, señor.

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Gral. Lonardi: El general Aramburu apreció que los elementos con que contaba no eran suficientes para lanzar un movimiento con posibilidades de éxito. Yo entiendo que la conspiración ha llegado a una etapa en que tiende a su propia desintegración por las detenciones ocurridas y cualquier postergación significará su anulación completa. Además el gobierno está organizando grupos armados cuya misión es oponerse a cualquier movimiento subversivo. Hemos contraído un compromiso de honor con los oficiales jóvenes de las tres fuerzas armadas que debemos cumplir, pues han asumido actitudes que cualquier investigación pondrá en evidencia y las sanciones serán severas. He verificado el número de unidades dispuestas a participar en el movimiento y las considero suficientes para que existan posibilidades de éxito. Creo que los propios colaboradores del régimen verán con agrado la eliminación de Perón, lo cual significa que si la revolución tiene éxito en una sola guarnición del interior por más de 48 horas, sumado al bloqueo del puerto de Buenos Aires, no podemos fracasar, siempre que actuemos con la más firme decisión de vencer. ¡Capitán, deseo saber si cuento con el apoyo incondicional de la fuerza que usted representa! Cap. Palma: La Marina está dispuesta a apoyarlo con toda decisión siempre que usted nos asegure que el Ejército iniciará las hostilidades. Gral. Lonardi: Ya ha oído usted nuestro plan de acción que no se postergará en ningún caso: el 16 de septiembre la revolución será lanzad. Cuente con mi palabra. Así se hará. Cap. Palma: En nombre de la Marina le aseguro a usted su participación y le deseo éxito en la operación. Finalizada la conversación, el marino y el coronel Arias Duval descendieron y el vehículo siguió viaje hasta donde aguardaba el general Uranga. El apretón de manos que Lonardi y Palma se dieron antes de despedirse fue el sello de la alianza entre el Ejército y la Marina, compromiso ineludible que a partir de ese momento, nadie podría romper. El automóvil, siempre guiado por Luis Ernesto Lonardi, llegó al domicilio del capitán Garda donde sus ocupantes descendieron rápidamente. El dueño de casa los hizo pasar y los condujo al living, donde esperaba sentado el general Uranga. La reunión comenzó a las 01.00 horas en punto cuando Lonardi comenzó a explicar el plan revolucionario y la situación que en esos momentos atravesaba Córdoba. Ni bien terminó, le ordenó a su par que se pusiese al frente del Colegio Militar y del Regimiento de Infantería 1 para marchar sobre Rosario y anular al Regimiento de Infantería 11 y tomar el Arsenal. Una vez alcanzados esos objetivos, debería seguir hacia Santa Fe con la misión de reducir a sus fuerzas militares y establecer la cabecera de puente que permitiese a las tropas del Litoral cruzar el río Paraná. Uranga manifestó sus reparos con respecto al Colegio Militar ya que a esa altura se sabía que su compromiso era nulo pero que aún así, avanzaría sobre Rosario con los elementos que pudiese reunir. Tomando en cuenta ese detalle, se le encomendó al mayor Guevara establecer contacto con su par, Dámaso Pérez o el capitán Genta, oficial del Colegio Militar, para intentar convencerlos de que se plegasen al alzamiento y ubicar al teniente primero Gastón Driollet para que se dirigiese al domicilio del 138


capitán Garda para recibir las instrucciones que el general Uranga debía hacer llegar con urgencia al Regimiento de Infantería 1. El encuentro en el domicilio de Garda finalizó a las 03.00, cuando los presentes se pusieron de pie y el general Uranga manifestó entusiasmado: -Vea, mi general, aunque sea solo, voy a salir a tirar tiros contra la Casa de Gobierno. De regreso en su apartamento, el general Lonardi supo por boca del mayor Guevara que el general Lagos había estado realizando algunos sondeos entre oficiales y altos jefes militares y por esa razón, le ordenó que lo contactase a la mayor brevedad posible en su domicilio de San Isidro para decirle que debía trasladase urgentemente a Mendoza para hacerse cargo de las fuerzas de esa región. Además, le ordenó enviar un mensaje urgente al general Bengoa indicándole que era esencial la presencia de un general era más que necesaria allí, especialmente la de Bengoa, porque no hacía mucho había comandado la III División de Ejército allí estacionada. En esas condiciones se separaron y tomaron rumbos diversos. Debían encontrarse a las 16.30 de ese mismo día, en la estación terminal de ómnibus de Plaza Once, antes de la partida de Lonardi con destino a Córdoba6. Un hecho que nadie había tomado en cuenta vino a facilitar los últimos movimientos del jefe del alzamiento en Buenos Aires: su cumpleaños y el de su hija Susana, el 15 de septiembre, fecha que la joven pensaba aprovechar para anunciar su compromiso con Ricardo Quesada. Para entonces, ya se habían repartido las invitaciones y desde hacía una semana la familia preparaba una recepción. Inesperadamente, el general solicitó a su hija y a su futuro yerno que cambiasen la fecha para el 17 de septiembre y poco después les aconsejó que adquiriesen pasajes para viajar a Córdoba antes del 14. Así llegó el día de la partida. Esa mañana, Lonardi y su esposa comenzaron a preparar el equipaje sabiendo que el edificio donde vivían era intensamente vigilado.

Notas 1 Luis Ernesto Lonardi, Dios es Justo, Francisco A. Colombo Editor, Buenos Aires, 1958. 2 Ídem. 3 Los aviones partirían desde Comandante Espora. 4 Luis Ernesto Lonardi, op. cit. Luis Alberto Deheza, yerno del general Lonardi, fue ministro de Defensa durante los últimos días de María Estela Martínez de Perón (1976). 5 Luis Ernesto Lonardi, op. cit. 6 Esa misma mañana, después de descansar unas horas, Lonardi habló con el Dr. Rogelio Driollet, tal como había sido acordado.

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LOS ÚLTIMOS MOVIMIENTOS Con la tranquilidad de que el día anterior Susana y Andrés Lonardi habían partido hacia Córdoba en compañía de Ricardo Quesada, el general y su esposa se levantaron temprano y después del aseo, prepararon las dos valijas que pensaba llevar de viaje. A media mañana desayunaron y cerca del medio día los Lonardi salieron a caminar por los alrededores, finalizando la recorrida en el confortable restaurante Ballardino de la calle Charcas donde se dispusieron a almorzar.

General Eduardo Lonardi Mientras tanto, en el apartamento, Luis Ernesto bajaba el equipaje con mucha cautela y lo guardaba en el baúl del automóvil de su padre, estacionado en el garaje del edificio. De acuerdo a lo planeado, a las 15.00 se dirigió a la casa de su hermana Marta, en el barrio de Belgrano, desde donde aquella partió a bordo de su vehículo para recoger a sus padres en Libertad y Guido. Sin embargo, quiso el destino que a las pocas cuadras, pinchase un neumático y no pudiese seguir. Marta corrió hasta su casa para dar aviso del inconveniente y luego abordó un taxi mientras su hermano se dirigía presurosamente hasta el lugar donde se había quedado el coche para cambiar la rueda.

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Marta recogió a sus padres en el punto indicado y regresó pasadas las 16.00. No hubo tiempo para las despedidas; Luis Ernesto y sus progenitores abordaron el automóvil de su hermana y partieron hacia Plaza Once a gran velocidad, acompañados por Deheza. Durante el trayecto, Lonardi aprovechó para relatar sus últimos movimientos y brindar un panorama de cómo marchaban las cosas: acababa de tener una última reunión con el coronel Señorans en el consultorio odontológico del Dr. Cornejo Saravia y su subalterno había vuelto a solicitar unos días de plazo para iniciar las operaciones. Según su explicación, era imperioso coordinar los movimientos en el Litoral y los tiempos no daban. Cuando su hijo y su yerno le preguntaron cual había sido su respuesta, el general contestó que se había negado rotundamente porque las órdenes ya estaban impartidas. También les dijo que le había pedido que viajase con ellos a Córdoba y que Señorans le había solicitado autorización para hacerle saber personalmente al general Aramburu que la revolución estaba en marcha. Su idea era seguirlo a Curuzú Cuatiá porque se sentía obligado a su persona, todo ello siempre y cuando Lonardi lo aprobase. El jefe del alzamiento estuvo de acuerdo y finalizó diciendo: -Coronel Señorans, si consigue eso, merecerá el bien de la Patria. Según explicó Lonardi, aquella conversación lo había dejado en extremo satisfecho porque sabía que su interlocutor era un alto oficial capacitado, enérgico y decidido. Llegaron a la terminal de ómnibus en Plaza Once a las 16.30 y enseguida procedieron a despachar el equipaje. Recién entonces, el general se dio cuenta de que tenía solo $14 por lo que su yerno se ofreció a facilitarle algo de dinero. -Muchas gracias José Alberto, estos $14 me alcanzan para llegar. Si la revolución fracasa, no voy a necesitar plata, y si triunfa, no la precisaré para mi regreso. A las 16.50, faltando solamente diez minutos para la partida, llegó el mayor Guevara, poniendo fin a la inquietud que generaba su ausencia. Traía consigo noticias buenas y malas, por lo que su superior le solicitó primero las malas. 1)

El Colegio Militar no se plegaba al alzamiento y era dudosa la participación del Regimiento de Infantería 1. Por esa razón, el general Uranga solicitaba permiso para dirigirse a la Base Naval de Río Santiago a apoyar con los elementos que pudiese reunir, a la Escuela Naval Militar. 2) El teniente coronel Arribau se dirigía a Curuzú Cuatiá para iniciar las operaciones. 3) El general Lagos se disponía a marchar a Cuyo con el mismo fin y salía esa misma noche. 4) El general Bengoa insistía en que su fuga anularía el factor sorpresa y por esa razón, proponía quedarse en la Capital Federal para colaborar con el movimiento y brindar todo su apoyo desde allí. Lonardi fue terminante a la hora de insistir en que el general Uranga debía avanzar sobre Rosario pero de no poder hacerlo, actuase con total libertad y procediese de acuerdo a su parecer. Cuando los parlantes de la estación anunciaron la partida del ómnibus, los Lonardi procedieron a despedirse. El viejo general estrechó a su yerno en un abrazo y después de hacer lo propio con su subalterno le dijo: -Cuento con usted, Guevara y lo espero en Córdoba. 141


Lo mismo hizo Luis Ernesto, al igual que su madre, e inmediatamente después, subieron al micro (en primer lugar la señora), no sin antes mantener un último intercambio de palabras. -Guevara -dijo el general desde el estribo- vamos a necesitar un santo y seña. -Ya lo tenía pensado, general. ¿Qué le parece “Dios es Justo”? -Me parece al mas adecuado- y después de dar una leve palmada sobre el hombro del mayor, subió los tres peldaños y comenzó a caminar por el pasillo, hacia los asientos del fondo. Lonardi y su esposa se ubicaron detrás porque el alto oficial no quería molestar al pasaje con el humo de su tabaco. Su hijo lo hizo en el asiento delantero y así, con el pasaje completo, el ómnibus cerró su puerta y partió con destino a la provincia mediterránea.

17.00 horas del 14 de septiembre. El Gral. Lonardi sale de Buenos Aires con destino a Córdoba Mientras el micro se desplazaba lentamente por las atestadas calles de Buenos Aires, el teniente coronel Sánchez Lahoz se dirigía a Corrientes para sublevar sus guarniciones y en Curuzú Cuatiá, el mayor Montiel Forzano, adoptaba las últimas decisiones junto a varios oficiales, asistido por el coronel Arias Duval y el teniente coronel Arribau. Debían esperar la llegada del general Armaburu y el coronel Señorans para ponerse al frente de sus fuerzas. Con la misma finalidad, el general Lagos viajaba hacia Cuyo pese a que no se tenían noticias de lo que allí sucedía porque Eduardo Lonardi (h) aún no había regresado. Una sola cosa preocupaba al jefe de la sublevación, la falta de apoyo del Colegio Militar en Buenos Aires y por consiguiente, la no participación del Regimiento de Infantería 1 que debía anular a las fuerzas de Rosario. Del resto de las unidades militares se tenían vagas referencias y todo indicaba que la situación era en extremo precaria. Aún así, estaba decidido a seguir adelante hasta vencer o morir. 142


Inmediatamente después de que el ómnibus abandonase la estación, el coronel Señorans se comunicó con el general Aramburu para citarlo en un punto determinado de la ciudad a efectos de “comunicarle algo”. Se encontraron a las 22.00, en el Petit Café de Av. Santa Fe y Callao, y se sentaron en una mesa lejos de las ventanas para conversar con mayor tranquilidad. Una vez frente a frente, después de ordenar un par de cafés, Señorans miró fijo a su superior y le informó que la revolución estaba en marcha y que en esos momentos el general Lonardi viajaba hacia Córdoba para iniciar las acciones. -Mi general, vengo en cumplimiento de una orden del general Lonardi para transmitirle que se ha fijado la fecha e la revolución para las 0 horas del 16 de septiembre. -¡¡¿Pero como?!! – exclamó Aramburu sorprendido y disgustado a la vez. Acto seguido, Señorans explicó los movimientos que se habían llevado a cabo hasta el momento, así como las decisiones y los resultados y luego detalló el plan de operaciones que su superior escuchó inmutable. Cuando le dijo que Lonardi contaba con él para dirigir las operaciones en el Litoral, respondió secamente. -Allí estaré. Feliz de contar con la participación de su jefe, Señorans le informó que al día siguiente un enlace les iba a proveer los pasajes para Puerto Constanza, Entre Ríos y luego se despidieron, tomando cada uno rumbos distintos. En ese preciso instante, Lonardi y doña Mercedes viajaban por la Ruta 9 en dirección a Córdoba, el primero sumido en profundos pensamientos aunque entablando alguno que otro diálogo con su esposa, para no preocuparla con su silencio. En el asiento de adelante, su hijo Luis Ernesto intentaba dormir, aprovechando la obscuridad y el monótono ruido del motor. Según ha relatado posteriormente la señora Mercedes Villada Achaval, su marido se veía tranquilo y optimista pese a la seriedad de su rostro y a sus largos silencios en los que caía. Viajaban en medio del campo, más allá de Rosario, cuando repentinamente, el ómnibus aminoró la marcha y se detuvo al costado de la ruta. El pasaje debió descender en la fría noche invernal y allí, bajo el cielo estrellado, los Lonardi comenzaron a preocuparse por la demora y por la posibilidad de que su equipaje fuera revisado y hallasen en su interior los uniformes de combate del general y su hijo. -¿Pensás que vas a triunfar? – le preguntó su esposa. -No te preocupés… tengo mucha fe en la victoria. Una hora después llegó un segundo ómnibus delante de la banquina. Los pasajeros subieron al nuevo colectivo y al cabo de unos pocos minutos, reanudaron viaje, no sin antes intercambiar unas breves palabras. Lonardi le comentó a su hijo que le preocupaba que las valijas siguiesen hasta Córdoba en el vehículo descompuesto pero confiaron todo en la providencia. 143


El general y su esposa se ubicaron nuevamente en los asientos traseros en tanto Luis Ernesto lo hizo más adelante, junto a una bella y simpática jovencita que comenzó a darle charla. La muchacha pertenecía a la UES y estaba encantada porque viajaba a la ciudad mediterránea para asistir a una gran fiesta que la entidad organizaba el 15 de septiembre para festejar la llegada de la primavera. -Habrá un gran baile – dijo entusiasmada- y posiblemente venga el propio general Perón. -Pero que bien – respondió Luis Ernesto mientras pensaba “¡No te imaginás el baile que van a tener!”. El ómnibus llegó a Córdoba a eso de las 10.00 y media hora después, una vez retirado el equipaje que llegó algo más tarde, doña Mercedes se dirigió al domicilio de su hermano en tanto Lonardi y su hijo lo hicieron hacia el del Dr. Calixto de la Torre, cuñado de Villada Achaval, donde el coronel Ossorio Arana los estaba esperando. Por entonces, finalizaba la gira de supervisión que el ministro de Ejército, general Franklin Lucero, realizaba por las unidades de la provincia y eso fue lo primero que se le informó a Lonardi. Sin embargo, nada parecía evidenciar que el gobierno había detectado algo y eso aumentó la confianza de los cabecillas del alzamiento. Esa misma noche, tuvo lugar la reunión de oficiales que Ossorio Arana había organizado en la casa de De la Torre. En esa oportunidad, estuvieron presentes el brigadier Landaburu y Damián Fernández Astrada, quienes tenían a su cargo los comandos civiles revolucionarios de la región. Lonardi insistió en que esos civiles debían entrar en acción después de las 01.00 del 16 y Fernández Astrada informó que el general Videla Balaguer se hallaba oculto en su departamento de la Av. Olmos, en el centro de la ciudad, y que a pedido suyo, Lonardi debía acudir allí para mantener una entrevista con él. El general sanjuanino se hallaba imposibilitado de abandonar ese refugio porque las fuerzas de seguridad le seguían los pasos muy de cerca, por esa razón, Lonardi aceptó, partiendo inmediatamente hacia allí.

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En la charla que ambos tuvieron se abordaron diversos temas, todos ellos en detalle, el principal, la orden que el recién llegado había impartido, en el sentido de que Videla Balaguer se hiciese cargo de los comandos civiles para apoderarse de los principales puntos de la ciudad y los pasos que debía seguir una vez iniciadas las acciones. A las 22.00 el general estaba de regreso en lo de Calixto de la Torre para iniciar una nueva conferencia. En esta nueva oportunidad, se encontraban presentes el mayor Melitón Quijano y el capitán Ramón E. Molina de la escuela de Artillería; el teniente primero Julio Fernández Torres de la Escuela de Paracaidistas, el mayor Oscar Tanco de la Escuela de Suboficiales de Aeronáutica, los capitanes Mario Efraín Arruabarrena y Juan José Claisse del Liceo Militar y el capitán Eduardo Maguerit, único oficial de la Escuela de Infantería que se había plegado a la asonada. Cada uno de ellos presentó a Lonardi un informe de situación de las unidades militares a las que pertenecían e inmediatamente después, procedieron a ajustar el plan de acción que consistía en: 1-

2-

34-

56-

Tomarían parte en la sublevación la Escuela de Artillería, la Escuela de Tropas Aerotransportadas, la Escuela de Aviación, la Escuela de Aspirantes a Suboficiales de Aeronáutica y el Liceo General Paz. Los paracaidistas se apoderarían de la Escuela de Tropas Aerotransportadas y una vez copada, apostarían piquetes en las rutas de acceso a la capital provincial para detener a todo aquel que intentase pasar. Se sublevarían las escuelas de Aviación Militar y Suboficiales de Aeronáutica. El capitán Molina debería copar la Escuela de Artillería y franquear el acceso al general Lonardi y sus acompañantes para detener inmediatamente después al director del establecimiento. Una vez logrado ese objetivo, se alistarían las tropas y se girarían las piezas e artillería hacia la Escuela de Infantería. La Escuela de Aspirantes se apoderaría del I.A.M.E. El capitán Maguerti y el subteniente Gómez Pueyrredón, de la Escuela de Infantería, procederían a abrir sus puertas a los paracaidistas y dejarían en la Escuela de Tropas Aerotransportadas a oficiales del Liceo Militar para que se encargasen de su custodia. Los presentes se manifestaron su acuerdo y solo el capitán Molina hizo una observación, solicitando que el arresto del director de la Escuela de Artillería se hiciera junto con el general Lonardi, petitorio que el jefe de la revolución aceptó sin reparos. Como en esa época del año buena parte de la oficialidad de Artillería se hallaba en maniobras en Pampa de Olaén, a 110 kilómetros de Córdoba, Lonardi aprobó postergar el alzamiento tan solo una hora, e insistió en eso de intentar convencer al coronel Brizuela, jefe de la Escuela de Infantería, para que se plegarse al alzamiento y evitar, de ese modo, un inútil derramamiento de sangre1. Inmediatamente después, arengó a los presentes y finalizó diciendo con voz firme: -¡Señores, hay que proceder, para asegurar el éxito inicial, con la máxima brutalidad! Lonardi estrechó en un abrazo a todos y cada uno de los presentes y ese fue un momento de gran significación que quedó grabado para siempre en el espíritu de todos. La reunió finalizó a las 01.00 del 15 de septiembre, a solo 24 horas del estallido revolucionario que iba a cambiar el curso de la historia argentina.

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Mientras en Córdoba tenían lugar esos acontecimientos, en el resto del país, las principales unidades rebeldes hacían aprestos para la lucha. En Corrientes, el coronel Héctor Solanas Pacheco, ignorante de la actitud reticente del general Bengoa, esperaba su llegada en una estancia situada entre Mercedes y Curuzú Cuatiá. Para entonces, el mayor Pablo Molinari, jefe del Distrito Militar de Gualeguay había establecido los primeros contactos tendientes a brindar apoyo a Armaburu y Señorans durante su traslado por la provincia de Entre Ríos y otros oficiales aguardaban expectantes la orden de iniciar las acciones. En Buenos Aires, mientras tanto, el capitán Palma había informado a los mandos navales, a través de sus enlaces, y varios marinos partían hacia el sur divididos en dos grupos, el primero, al mando del capitán Rial, se dirigía a la Base Comandante Espora para ponerse a su frente y el otro, encabezado por el capitán de navío Mario Robbio, lo hacia a Puerto Belgrano, dispuesto a sublevar a la Flota de Mar. Rial estaría al frente de la Aviación Naval y por esa razón, al caer el sol, reunió en su casa de la localidad de Olivos al grupo de oficiales que constituirían su comando, para ajustar los últimos detalles del plan de operaciones. Por ese motivo, su esposa Susana Núñez Monasterio le había dicho a la mucama que ese día se tomase franco y mantenía las cortinas y persianas de la casa cerradas, para que nada se filtrase a través de ellas. Los marinos trabajaban sobre un plano de rutas y carreteras del Automóvil Club Argentino cuando sonó repentinamente el timbre. Presas de gran nerviosismo, se miraron en silencio y se incorporaron alarmados, dispuestos a huir por los fondos de la vivienda, cuando la dueña de casa apareció para decirles que se trataba de un oficial rezagado que acababa de llegar2. En Puerto Belgrano, mientras tanto, se hallaban anclados los acorazados “Moreno” y “Rivadavia”, los cruceros “Almirante Brown” y “25 de Mayo”, los destructores “Mendoza” y “Tucumán”, dos lanchones de desembarco BDI, tres lanchas torpederas, buques auxiliares sin artillería, remolcadores y chatas. El crucero “9 de Julio”, gemelo del “17 de Octubre”, se encontraba en reparaciones junto a tres destructores, por esa razón, su comandante, el capitán de navío Rafael Francos, se movía afanosamente para acelerar los trabajos a efectos de tener a la embarcación lista para entrar en operaciones. En cuanto a los acorazados, los mismos se hallaban inmovilizados en puerto pero se pensaba utilizar sus poderosas piezas de artillería en la defensa de la base. En lo que respecta al personal de suboficiales, en su mayoría partidario del gobierno, se decidió despacharlo hacia Bahía Blanca con distintas comisiones, a efectos de mantenerlo lejos al momento de desatarse la lucha. En la cercana Base Comandante Espora, en tanto, la totalidad del personal se hallaba lista para entrar en acción, de ahí el precipitado regreso del capitán de fragata Edgardo S. Andrew, por entonces sometido a la autoridad de los tribunales militares, para hacerse cargo de sus funciones.

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Cap. Jorge E. Perren La Aviación Naval fue organizada bajo el mando del capitán de corbeta Beaubeau de Secondignè, de la Escuela de Aviación, con el capitán Hugo Simón Radl a cargo de los transportes aéreos, el capitán de corbeta Justiniano Martínez Achaval, los patrulleros; el capitán Eduardo Estivariz las escuadrillas de observación; el teniente de navío Pedro Calvo Paz la defensa (contaría para ello con la Infantería de Marina) y el capitán meteorólogo Guillermo Mackinlay, los prisioneros, todos ellos bajo la dirección del capitán Jorge E. Perren, segundo comandante de la Base Naval Puerto Belgrano. A las 09.00 tuvo lugar un encuentro en el camino que conducía a Comandante Espora entre los capitanes Perren y Andrews. Los oficiales navales se desplazaban a baja velocidad por la ruta a Bahía Blanca, en el automóvil del primero, mientras abordaban verbalmente todo lo relacionado con el armamento y las municiones de los aviones, la ocupación de la ciudad por los infantes de Marina, la asignación de tareas para cada oficial, la vigilancia del cercano Regimiento de Infantería 5, la toma de prisioneros, la voladura de caminos, puentes y vías férreas, el corte de cables de comunicaciones, la distribución de panfletos, las alertas, la radiación de mensajes y otros asuntos de envergadura. Otro encuentro de las mismas características tuvo lugar entre Andrew y un grupo de oficiales a las 22.00 horas mientras en Buenos Aires los comandos civiles trabajaban activamente en la asignación de tareas y roles. Florencio Arnaudo junto a Carlos Burundarena y Raúl Puigbó, trazaron los planes de la denominada Operación Rosa Negra destinada a ocupar y neutralizar las emisoras de radio en tanto otros grupos se dedicaban a acopiar y esconder armas y documentación, uno de ellos el matrimonio de Alberto V. Pechemiel y Angelita Menéndez (sobrina del viejo general rebelde), integrantes del comando civil de la parroquia del Espíritu Santo, que dirigía el capitán Alberto Fernández, quienes convirtieron su apartamento de Coronel Díaz y Av. Libertador, en un verdadero arsenal.

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Mientras tanto, frente a Puerto Madryn, se hallaba fondeado el grueso de la Flota de Mar con el crucero “17 de Octubre” a la cabeza cuyo comandante, el capitán de navío Agustín P. Lariño, había anunciado que estaba dispuesto a plegarse. El resto de las unidades, casi todas pertenecientes al grupo de destructores que comandaba el capitán de navío Raimundo Palau, se mantenía a la espera junto a buques de menor calado. Por otra parte, en tierra, aviones Grumman de la Escuadrilla de Observación aguardaban estacionados junto a la pista de la Estación Aeronaval, a las órdenes del teniente de navío Juan María Vassallo. El jueves 15 de septiembre transcurrió con absoluta normalidad en Río Santiago, pese a que la oficialidad estaba al tanto de que esa misma noche iba a estallar la revolución. Antes del medio día, se presentaron en la base los capitanes de fragata Jorge Palma y Carlos Sánchez Sañudo que debían haber acompañado al general Bengoa a Paraná. Hicieron lo propio, además, el capitán de navío Carlos A. Bourel, director del Liceo Naval, el capitán de corbeta (RE) Andrés Troppea, el general Uranga y varios oficiales del Ejército, entre quienes se encontraban el teniente coronel Heriberto Kurt Benner de la Escuela Superior de Guerra. Ese día, el almirante Isaac Francisco Rojas, director de la Escuela Naval de Río Santiago, citó a su despacho al comandante de la base, capitán de navío Luis M. García, para ponerlo al tanto de lo que estaba ocurriendo e informarle que a las 0 horas de ese mismo día, estallaba la revolución. Poco después, hizo lo propio con su plana mayor, integrada por el capitán de navío Abel R. Fernández, subdirector de la Escuela Naval y los capitanes de fragata Juan Carlos Bassi, jefe del cuerpo de cadetes y Miguel Rondina, jefe de estudios.

Almirante Isaac Francisco Rojas

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El plan de acción consistía en cortar las comunicaciones fluviales desde la rada La Plata para establecer el bloqueo a Buenos Aires, privando al gobierno del suministro de combustible . El poder de fuego de la unidad se apoyaba casi exclusivamente en la Fuerza Naval de Instrucción que constituía la Escuadra de Ríos, al mando del capitán de navío Fernando Muro de Nadal. La conformaban los destructores ARA “Cervantes” (D-1) y ARA “La Rioja” (D-4), los patrulleros ARA “King” (P-21) y ARA “Murature” (P-20), las lanchas de desembarco BDI, rastreadores y remolcadores con todas sus dotaciones, así como con los efectivos destinados a la defensa de la base, los centros de estudio y los astilleros, a saberse, oficiales y suboficiales de la Escuela de Aplicación, cadetes mayores de la Escuela Naval y marineros armados con ametralladoras, pistolas y fusiles. En la isla Martín García, el jefe de la Escuela de Marinería, capitán de fragata Juan Carlos González Llanos, aguardaba expectante, pues desde el mes de julio sabía del complot, cuando se lo comunicó el mismo capitán Rial. De acuerdo al plan de operaciones, debía trasladar a los efectivos y armas a su cargo hasta la Escuela Naval, en Río Santiago3 y una vez allí, ponerlos a disposición del almirante Rojas para incorporarlos a la lucha. En ese sentido, el jueves 15 de septiembre llegó a la isla su secretario ayudante quien le confirmó que el alzamiento comenzaba a las 0 horas de esa misma noche y que en vista de ello, debía embarcar a las tres compañías que conformaban la Escuela y la Compañía de Infantería Nº 2 allí apostadas. El jueves 15 de septiembre, por la mañana, el general Lonardi concurrió al convento de los frailes capuchinos4, para escuchar la santa misa y comulgar. Ese día cumplía 59 años de edad y por su cabeza pasaban muchas cosas. Finalizada la ceremonia, regresó a la casa de su cuñado y una vez allí, se encontró con el joven Eduardo Molina, esposo de su sobrina, Ana María Villada Achaval y comando civil revolucionario quien, al verlo ingresar, le comunicó que en caso de que la asonada fracasase, tenía listo un avión particular para evacuarlo de la ciudad. El general escuchó con gesto grave y cuando Molina terminó de hablar, le agradeció su intención y le dijo que la aeronave no era necesaria porque la revolución iba a triunfar. El resto del día lo pasó tranquilo, en compañía de su esposa y algunos familiares con quienes almorzó y departió unos momentos después del café. La tarde fue el momento crucial. Había llegado la hora y se tenía que despedir. Lo hizo con la altura propia de un hombre de su categoría, acorde con el momento que se vivía. Después de abrazar a su esposa y cada uno de los presentes, el general se colocó su chaqueta y su gorra e inmediatamente después salió seguido por el coronel Ossorio Arana y su hijo. Abordaron el automóvil Villada Achaval y partieron hacia la quinta que el Dr. Lisardo Novillo Saravia, tenía en Argüello, barrio suburbano en las afueras, al noroeste de Córdoba, con Luis Ernesto Lonardi al volante y su padre a su lado. Villada Achaval los seguía en otro vehículo llevando al Dr. Lisardo Novillo Saravia (h) y al ingeniero Calixto de la Torre, con quienes debía esperar la llegada del brigadier Landaburu y redactar la proclama revolucionaria junto con su cuñado.

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Mientras pasaban las horas, en la Escuela de Artillería se hallaban listos los capitanes Ramón E. Molina y Daniel Alberto Correa junto al teniente Augusto Alemanzor, ayudante del jefe de la Agrupación Tropa. Por otra parte, en la vecina Escuela de Tropas Aerotransportadas aguardaban los tenientes Julio Fernández Torres, César Anadón, Eduardo Müller, Bernardo Chávez, Abel Romero, el subteniente Armando Cabrera Carranza y otros oficiales, listos para iniciar las acciones. Cuando los relojes de todo el país marcaban las 21.00, el general Lonardi, el coronel Ossorio Arana y el brigadier Landaburu, abandonaron la quinta de Novillo Saravia vistiendo sus uniformes de combate, y se dirigieron a la casa de fin de semana que Calixto de la Torre tenía en el barrio La Carolina, algo más al noroeste, donde debían reunirse con otros oficiales rebeldes para seguir hacia La Calera, punto en el que lo esperaba otro grupo de militares y civiles para seguir desde allí a la Escuela de Artillería5.

Coronel Arturo Ossorio Arana A esa misma hora, en Buenos Aires, los comandos civiles que dirigían Raul Puigbó y Florencio Arnaudo, recibieron una orden suicida: debían neutralizar las emisoras de radio estatales y luego regresar a la Capital Federal con todo su armamento, para custodiar las instalaciones del Hospital Naval. A la quinta de Calixto de la Torre fueron llegando uno tras otro, los integrantes del alto mando revolucionario, en primer lugar los capitanes Daniel Alberto Correa y Néstor Ulloa, seguidos por el teniente primero Horacio Varela Ortiz, los tenientes Jorge Ibarzábal y Héctor Nin y los capitanes Juan José Buasso y Carlos Oruezabala, estos últimos con órdenes de recibir instrucciones para partir inmediatamente después a prestar apoyo al mayor Quijano. El capitán Buasso era portador de noticias inquietantes ya que, durante el trayecto, había visto en el camino, movimientos de elementos extraños, que posiblemente fueran servicios de inteligencia leales al gobierno. Tal como lo relata Lusi Ernesto 150


Lonardi en Dios es Justo, al ver que aquello generaba cierta inquietud entre los presentes, su padre dijo con firme tono de voz: -Señores, en toda operación de guerra los acontecimientos no se desarrollan como uno los desea. Quiero manifestarles que debemos multiplicarnos de manera de ponernos en relación de uno a diez y proceder con brutalidad. Capitán Buasso, marche a cumplir su misión. -¡A la orden, mi general! – fue la respuesta. Pasada la medianoche (00.30), se presentaron en la quinta de De la Torre, Arturo Ossorio Arana (h) junto a dos de sus amigos, Marcelo Gabastou e Iván Villamil quienes venían a sumar su concurso a los comandos. Fue entonces que el general Lonardi decidió ponerse en marcha, pero antes de hacerlo, reunió en torno suyo al grupo de oficiales y civiles presentes y les volvió a reiterar su premisa anterior: -Señores, vamos a llevar a cabo una empresa de gran responsabilidad. La única consigna que les doy es que procedan con la máxima brutalidad posible. La noche del 15 de septiembre, en la Escuela de Artillería, situada a escasos kilómetros de la ciudad de Córdoba, el capitán Ramón Eduardo Molina, siguiendo el plan elaborado por el alto mando revolucionario, se hizo cargo de la guardia después de notificar que esa noche se desempeñaría como oficial de servicios. Una vez en funciones, hizo saber, a través del teniente Carlos Alfredo Carpani, que los puestos de guardia estaban en poder de los rebeldes y esa fue la señal que el grupo encabezado por el general Lonardi esperaba para en marcha. Junto a esa unidad militar se encontraban las instalaciones de la Escuela de Tropas Aerotransportadas y frente a ambas, ruta de por medio, su par de Infantería, poderosa unidad de combate a cargo del coronel Guillermo Brizuela, con más de 2000 efectivos a sus órdenes. A esta última se le había fusionado el Regimiento 13 de Infantería cuando se dispuso su traslado a Córdoba y en ambos, escuela y regimiento, la doctrina justicialista había prendido con fuerza, por lo que los mandos rebeldes intuían que la misma no iba a resultar presa fácil. Muy cerca, en la Escuela de Aviación Militar, los capitanes Jorge Guillamondegui e Hilario Maldonado, los cabecillas del grupo rebelde, aguardaban el comienzo de la lucha, preocupados por una reunión de oficiales que tenía lugar en esos momentos. Sin embargo, a esa altura, pasase lo que pasase, nada podría impedir la puesta en marcha de las operaciones. Siguiendo las instrucciones impartidas, a las 23.30 del 15 de septiembre las escuelas de Artillería, Tropas Aerotransportadas y Aviación Militar, iniciaron aprestos bélicos. En el mas absoluto silencio, provistos de su equipo de guerra y vistiendo uniforme de combate, sus efectivos procedieron a tomar posiciones, girando las piezas de artillería y el armamento pesado hacia la Escuela de Infantería y emplazando varios nidos de ametralladoras en los puntos preestablecidos, después de reducir a todas aquellas secciones que habían ofrecido algún tipo de resistencia. Media hora después, partió del Aeroparque de la ciudad de Buenos Aires, un avión DC-3 que llevaba a bordo a cinco oficiales rebeldes de la Aeronáutica, con la misión de colaborar en el control de la Base Espora. 151


Lonardi y sus acompañantes llegaron a la Escuela de Artillería sin contratiempos, ingresando por la parte posterior a bordo de varios automóviles. Lo recibieron el sargento ayudante Claudio García y el capitán Ramón Eduardo Molina, con quienes se encaminó hacia el casino de oficiales después de estacionar los vehículos en cercanías del acceso. Lonardi fue puesto al tanto de los últimos acontecimientos, los principales, el arresto de todos los suboficiales y el alistamiento del cuerpo de aspirantes, un centenar de soldados que debían suplir a los efectivos detenidos. Inmediatamente después, ingresó al casino de oficiales seguido por el capitán Molina, el coronel Ossorio Arana, los oficiales Ezequiel Pereyra y David Uriburu, Marcelo Gabastou, Iván Villamil, Luis Ernesto Lonardi y Arturo Ossorio Arana (h) y con ellos subió, pistola en mano, hasta las habitaciones del coronel Juan Bautista Turconi, director de la Escuela, ubicadas en el primer piso. Una vez allí, el capitán Molina abrió la puerta en ingresó en la habitación. -Mi coronel, le traigo un mensaje urgente – dijo e inmediatamente después, dio paso al general Lonardi. -¡Entréguese, coronel! – fue la orden que le dio el jefe de la asonada mientras le apuntaba con su pistola 45. Lejos de amedrentarse, Turconi se abalanzó sobre el recién llegado y comenzó a forcejear con el objeto de desarmarlo. Lonardi disparó y la bala le rozó la oreja derecha obligándolo a deponer su actitud. El comandante de la unidad fue reducido y conducido a la enfermería para ser atendido en tanto el general rebelde se hacía del control de la Escuela. A esa altura era evidente que estaba decidido a actuar de acuerdo a la consigna que él mismo había impartido antes de partir: “proceder con la máxima brutalidad” y en base a ello, ordenó al capitán Molina alistar la unidad de combate: -Presénteme la Escuela en la plaza de armas, lista para entrar en acción. -¡A la orden, mi general! Minutos después, más de 3000 efectivos aguardaban formados en el exterior. Quien primero les habló fue el capitán Molina, para explicar con firme tono de voz que a causa de la corrupción y prepotencia de un gobierno que hacía tiempo, venía avasallando a vastos sectores de la sociedad, la Escuela se había sublevado. A continuación habló Lonardi, pronunciando una encendida arenga en la que puso al tanto a la tropa que estaban a punto de entrar en combate y que para ello se necesitaba toda la firmeza y decisión posibles. Finalizada la misma, dio la orden de ocupar posiciones y después de impartir una serie de directivas a sus asistentes más cercanos, se dirigió a su puesto de combate. La Escuela disponía de 60 cañones de grueso calibre que, a falta de tropa, constituían su principal sistema de defensa y contaba con soldados de una compañía de Infantería, cantidad suficiente para establecer un perímetro relativamente importante aunque no suficiente

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Doce obuses, al mando del mayor Melitón Quijano fueron emplazados fuera de los límites del establecimiento, apuntando hacia el lateral derecho de la Escuela de Infantería que contarían con el apoyo de los capitanes José Antonio Buasso, Eduardo Fossatti y Carlos Oruezabala, quienes actuando conjuntamente con otros oficiales, intentarían cubrirlos desde ambos laterales. Poco después de tomada la Escuela, se produjo la primera muerte de aquella segunda fase de la revolución. Desde hacía varias horas, el general Alberto Morello intentaba ponerse en contacto con el coronel Brizuela para advertirle que algo fuera de lo normal estaba ocurriendo en las unidades militares de la provincia y al no ubicarlo, despachó hacia el lugar al teniente coronel Ernesto Félix Frías a los efectos de que lo impusiera personalmente de la situación. Frías abordó un jeep y acompañado por un conductor enfiló hacia la Escuela de Infantería pero, en plena ruta, se topó con una patrulla de paracaidistas que le dio la voz de “alto”. Lejos de acatarla, ignoró la orden y siguió desplazándose en dirección al piquete. -¡Por favor, no se mueva, mi teniente coronel!.– gritó el oficial a cargo al ver que Frías seguía avanzando - ¡¡Alto!! El desenlace fue tremendo. En vista de que el oficial leal continuaba acercándose decidido hacia la posición, los paracaidistas abrieron fuego y lo abatieron, en el momento en que aquel desenfundaba su arma. Quedó tendido sobre el asfalto, sin vida, en medio de un charco de sangre. En ese preciso momento la Escuela de Infantería encendió sus luces para que la tropa se vistiese y armase, evidenciando que el factor sorpresa con que contaban las fuerzas revolucionarias se había perdido. En un último intento por evitar un inútil derramamiento de sangre, Lonardi telefoneó a la Escuela de Infantería para hablar con su jefe, pero Brizuela colgó sin entablar diálogo. Y cuando después de un segundo llamado se negó a cruzar palabra, quedó en evidencia que el combate era inevitable. Todo estaba listo en la Escuela de Artillería, con todas sus piezas apuntando a su par de Infantería y sus hombres dispuestos a entrar en acción. En la Escuela de Tropas Aerotransportadas, en tanto, el capitán Arruabarrena aguardaba con todo su personal desplegado. Para entonces, Lonardi había intentado, una vez más, entablar diálogo con el coronel Brizuela y ante una nueva negativa, no tuvo más remedio que dar comienzo a las hostilidades. Con pena y dolor, aunque con absoluta decisión, se encaminó hacia su puesto de mando, en lo alto del tanque de agua de la unidad militar, acompañado por su viejo y leal amigo, el coronel Ossorio Arana y a las 01.00 horas del 16 de septiembre, ordenó el ataque. En la medianoche del 15 de septiembre, el capitán de fragata Carlos Sánchez Sañudo se presentó en el domicilio particular del almirante Rojas, en la Base Aeronaval de Punta Indio, para anunciarle que la hora establecida por el comando revolucionario había llegado. -Señor almirante: son las doce.

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Rojas, que en esos momentos leía un libro sentado en uno de los sillones del living, se incorporó y desde su teléfono convocó a reunión en su despacho, a todos los miembros de su estado mayor integrado por su comandante, el capitán Jorge Palma, el propio Sánchez Sañudo como jefe de Comunicaciones, el capitán de fragata Silvio René Casinelli a cargo de Operaciones, su ayudante, el capitán de corbeta Andrés Troppea y el jefe de la Escuadra de Ríos, capitán de navío Fernando Muro de Nadal. Durante el cónclave, Muro de Nadal puso en duda el éxito de la operación debido a la falta de oficiales del Ejército comprometidos y en esas estaba, explicando su punto de vista, cuando entró en el recinto un teniente para anunciar que el general Juan José Uranga acababa de llegar, acompañado por dos de sus sobrinos, oficiales también, que lo traían en auto desde Rosario. Era la señal que Rojas esperada, razón por la cual, sin perder tiempo, ordenó el alistamiento de los destructores “La Rioja” y “Cervantes”, para que en las primeras horas del día ganaran aguas abiertas y establecieran el bloqueo del Río de la Plata. Al mismo tiempo, se impartieron directivas destinadas al capitán de corbeta Mariano Queirel para que zarpara hacia la isla Martín García a bordo de una lancha torpedera, a efectos de que la Escuela de Marinería despachase desde allí a todos sus efectivos con el objeto de reforzar Río Santiago. Inmediatamente después, se ordenó el alistamiento de la base. El mismo comenzó a las 03.00 de la mañana del 16 cuando los oficiales navales, haciendo sonar sus silbatos, encendieron las luces de las habitaciones y ordenaron a los cadetes de 1º y 2º año que en esos momentos dormían, saltar de sus indicativa de vestirse y preparar sus bolsos para embarcar. Les llamó poderosamente la atención que muchos de los que impartían las órdenes eran cadetes de 4º año vestidos con ropa de combate y que la base se hallase totalmente iluminada. Cuando los marineros salieron a los pasillos, notaron que había oficiales del Ejército que también vestían uniformes de combate y entonces comprendieron que algo grave estaba ocurriendo. La tropa fue conducida al patio de estudios y, una vez allí, se la hizo formar en cuadro. Recién entonces, los cadetes se dieron cuenta que la máxima autoridad de la base, el almirante Isaac Francisco Rojas, se encontraba en el lugar junto a otros oficiales, uno de los cuales, el capitán de fragata Bassi (jefe del Cuerpo), dio un paso adelante para hacer uso de la palabra. Por boca de su superior, los cadetes, escucharon atónitos que la Armada se había rebelado contra el gobierno y que se aprestaba a entrar en combate para derrocarlo. Acto seguido, el jefe de los cadetes de 4º año anunció en voz alta que aquel que no estuviese de acuerdo con lo que iba a suceder debía dar un paso al frente y luego esperó. La consigna era no involucrar a aquellos que no estuvieran de acuerdo con la revolución aclarándose muy especialmente que no se iba a tomar ningún tipo de represalia. Como refiere Isidoro Ruiz Moreno, para su satisfacción y la de sus superiores, ninguno se movió. En ese mismo momento los cadetes de preparatoria, entre quienes se hallaban los hijos de Rojas y Rial, fueron despertados por su jefe, el teniente Jorge Isaac Anaya6, encargado de imponerlos de la novedad, antes e ordenar su alistamiento para cumplir tareas auxiliares y de guardia.

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Infantes de Marina por un lado y cadetes por el otro, fueron ocupando posiciones de combate y varios más formaron en fila para abordar las unidades navales a las que habían sido asignados. En los destructores “Cervantes” y “La Rioja”, sus comandantes, los capitanes de fragata Pedro J. Gnavi y Rafael A. Palomeque, supervisaban el alistamiento mientras impartían directivas constantemente. Debían zarpar una vez que los preparativos hubiesen finalizado, después de recibir el plan de operaciones de manos del capitán Sánchez Sañudo. Los cadetes se alinearon junto al “Hall de las Batallas”, amplio salón adornado por magníficos cuadros que representaban las principales batallas navales de nuestras guerras decimonónicas y desde allí marcharon encolumnados para embarcar, saludados por el director de la Escuela Naval y los miembros de su estado mayor. Una vez en los muelles del canal que separaba a la Escuela de los Astilleros, los marineros comenzaron a abordar, los de mayor edad y mejor adiestrados ocupando sus puestos junto a las piezas de artillería y comunicaciones y los menores, los de vigilancia, sobre el puente de mando. En la cercana ciudad de La Plata, el teniente de navío Juan Manuel Jiménez Baliani, dormía junto a su esposa cuando un timbre prolongado e insistente lo despertó en medio de la noche. Sumamente preocupado, se quedó quieto en la cama pues en aquellos días, las historias de detenciones a altas horas de la madrugada eran moneda corriente. Permaneció sin moverse cerca de medio minuto esperando en lo más profundo de su ser, que se hubiera tratado de un sueño, cuando un segundo toque lo sobresaltó. Aún en la obscuridad, pudo ver que su despertador marcaba las 04.00 de la mañana y eso lo inquietó aún más. Su esposa estaba despierta cuando se levantó. Le dijo que se quedara tranquila y que iba a ver de que se trataba, y mientras se colocaba las pantuflas, se dirigió a la puerta de entrada, sin prender ninguna luz. Manteniendo la puerta cerrada preguntó quien era y del otro lado, una voz débil le respondió: -Teniente Pérez, de la Escuela de Aplicación de Oficiales, señor. Recién entonces Jiménez Baliani abrió y se asomó fuera. Pudo ver que, efectivamente, se trataba de un oficial de la Armada luciendo su uniforme, pero no lo conocía. -Muéstreme su identificación – le dijo al recién llegado. El oficial obedeció extendiéndole su credencial y después de echarle una detenida mirada al documento, Jiménez Baliani preguntó, en un tono que evidenciaba molestia y falta de cortesía. -¿Qué pasa? ¿Qué quiere? -Me han dado la orden que le informe que se debe presentar de inmediato a su destino. La situación hace que esto sea urgente. Se ha dispuesto el alistamiento de todas las unidades. -Muy bien. Gracias –respondió- Me presentaré de inmediato. 155


-Lo espero, señor. Tengo en la puerta un jeep estacionado, para llevarlo a la base. Como Jiménez desconocía al oficial que tenía enfrente, desconfió y le respondió que no era necesario que lo esperase porque iba a ir en su propio automóvil. -¡Es que se va a hacer tarde! – insistió el joven teniente. -¡Retírese! –le ordenó el oficial- me presentaré a mi destino de inmediato. Vaya a cumplir con otros deberes que tenga. -Bien, señor. Buenas noches – fe la respuesta, y acto seguido, el subalterno abordó su jeep y se retiró. Jiménez Baliani cerró la puerta y al ver a su esposa parada en el pasillo, le dijo que se cambiase de ropa porque debía llevarlo inmediatamente a Río Santiago. Se vistieron apresuradamente y en medio de la noche, salieron al exterior y subieron al automóvil que se hallaba estacionado en la puerta, la mujer al volante y el oficial a su lado. Tomaron por las desiertas calles suburbanas y enfilando hacia Ensenada, se internaron en el descampado, atravesando previamente un barrio de emergencia a mitad de camino, donde la mujer aceleró la marcha cuando creyeron ver movimientos. Llegaron así a las puertas del Astillero, donde encontraron los portones de hierro cerrados y a la guardia apostada indicándoles detener la marcha mientras los encandilaba iluminándolos con unos focos extremadamente poderosos. Sin moverse del rodado vieron a un oficial de la Infantería de Marina que se les acercaba iluminándolos con una linterna. Al llegar junto a la ventanilla, el marino reconoció al teniente Jiménez, lo saludó haciéndole la venia: -Buenos días. ¿Hacia donde se dirige? -Al torpedero “La Rioja”, donde estoy destinado. -Bien –fue la respuesta- descienda del auto y diríjase al muelle a pie. Conviene que se apure. Amanecía cuando Jiménez Baliani se despidió de su esposa y descendió del auto. La joven mujer permaneció en el interior del vehículo, con las manos al volante y el motor encendido, mirando como su marido cruzaba el portón y se alejaba. Recién entonces se atrevió a hablar para preguntarle al oficial de guardia si se podía quedar allí estacionada hasta que aclarara ya que tenía temor de regresar sola. -Señor, ¿podría quedarme a un costado, cerca de la reja, hasta que amanezca y haya luz suficiente como para regresar sin problemas? -Señora –le respondió cortésmente el marino - ¿Usted sabe manejar bien? -Si – respondió ella. -Entonces no espere ni un minuto. Dentro de media hora aquí se arma la maroma”. Váyase cuanto antes y que tenga suerte. -Gracias – respondió la señora. Y poniendo primera, se alejó del lugar, presa de viva preocupación. 156


La esposa de Jiménez regresaba a su domicilio mientras su marido apuraba el paso por los caminos internos del astillero en dirección a los muelles. Fue una imprudencia de su parte haberse hecho llevar hasta la base porque los lugares por los que debió pasar de ida y vuelta eran inseguros y porque era inminente un enfrentamiento a gran escala. Una vez en el muelle, vio al personal formando dos hileras, listo para abordar y al capitán de corbeta Carlos F. Peralta, su segundo comandante, supervisando la alineación junto a dos oficiales. De una lista, previamente preparada, iban nombrando los apellidos de quienes constituirían la tripulación que saldría a navegar. Cuando alguien era nombrado, respondía ¡Presente! y se encaminaba a bordo. Me presenté al Segundo Comandante quien en breves palabras me impuso de mis obligaciones: preparar el armamento para el combate. Tenía dos ayudantes: el permanente que era el en ese entonces teniente Juan R. Ayala Torales y uno temporario, el teniente Federico Ríos, cursante de la Escuela de Aplicación de Oficiales, que había sido designado para esta oportunidad. Jiménez Baliani fue puesto al tanto de lo que estaba ocurriendo y de esa manera supo que una vez embarcado el personal, los buques se harían a la mar en misión de guerra. Mientras tanto, la base organizaba presurosamente su dispositivo defensivo a las órdenes del capitán de navío Carlos Bourel, que para ello contaba con efectivos de Infantería de Marina y oficiales del Ejército. Se ubicaron puestos de francotiradores en diferentes puntos de las instalaciones y se alistaron las piezas de artillería de los patrulleros “King” y “Murature”, el primero de ellos en reparaciones. Una vez iniciada la revolución, el alto mando rebelde esperaba la reacción del Regimiento 7 de Infantería y el Comando de la II División con asiento en La Plata a las órdenes del general Heraclio Ferrazzano, por lo que sus movimientos, a esa hora de la madrugada, eran febriles.

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Notas Ese día, el Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas de las Fuerzas Armadas había organizado una demostración de tiro a la que fueron especialmente invitados los agregados militares y corresponsales de guerra de diferentes países. Debía concurrir la totalidad de los oficiales de la Escuela de Artillería, casi todos comprometidos con el alzamiento.

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Tal como relata Isidoro Ruiz Moreno, en aquellos días, el domicilio y los movimientos del capitán Rial eran monitoreados por personal de seguridad que se desplazaba a bordo de un automóvil con patente Nº 340 de la provincia de Buenos Aires. 3

El desplazamiento de la tropa debía realizarse en las BDI Nº 6 y Nº 11

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Se hallaba ubicado en la intersección de Buenos Aires con Obispo Oro.

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En la mencionada residencia se disponían a pasar el fin de semana el dueño de casa, su esposa Irene Gravier y sus siete hijos. Luis Ernesto Lonardi recuerda en Dios es Justo a uno de ellos, Irene de la Torre, encantadora jovencita de 15 años de edad, que les preparó y sirvió alimentos y bebidas con gran presencia de ánimo, entusiasmada por prestar su colaboración.

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En 1982 sería el exponente más duro de la Junta Militar que desencadenó la guerra del Atlántico Sur.

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EL REINICIO DE LAS HOSTILIDADES

La noche del 16 de septiembre de 1955, una bengala roja partió desde la Escuela de Artillería cortando al medio la obscuridad de la noche. Desde su posición, en el extremo oriental de la unidad militar, Luis Ernesto Lonardi miró su reloj y vio que las agujas marcaban las 02.00: era la señal esperada. En ese mismo momento su padre, el general Eduardo Lonardi, ubicado en su puesto de mando en lo alto del tanque de agua, tomó el teléfono de campaña y con firme tono de voz ordenó abrir fuego. Casi al instante, los cañones atronaron la zona, despidiendo llamaradas de fuego que iluminaron tenebrosmente el sector y una lluvia de proyectiles se abatió sobre la Escuela de Infantería alcanzando diversos puntos y provocando los primeros daños en los edificios y el gran playón central que dominaba su perímetro. Una bomba cortó los cables de electricidad, sumiendo la zona en la más absoluta obscuridad. El coronel Brizuela, jefe de la unidad atacada, ordenó a sus tropas abandonar los edificios y las concentró en el sector de las caballerizas, ubicadas en la parte posterior, alejándolas lo más posible de la zona batida. Sin embargo, en aquellos primeros minutos ya se habían producido numerosas bajas, entre ellas un cabo, decapitado por un proyectil en el puesto de guardia y varios soldados en la Compañía de Aspirantes. Presa del pánico, los caballos destrozaron los alambrados y se dispersaron por el campo, aumentando notorimente la confusión entre los combatientes mientras las balas trazadoras surcaban la zona y los impactos desprendían esquirlas por doquier. Desde la Compañía de Aspirantes una ametralladora pesada accionada por el subteniente Enrique Baltar fue la primera en responder la agresión. Hubo desorden entre las tropas de Infantería cuando abandonaban el cuartel pero pasado el efecto sorpresa, las mismas se reagruparon ordenadamente y desde las caballerizas, apuntaron sus baterías hacia las fuerzas rebeldes para abrir fuego.

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En la Escuela de Tropas Aerotransportadas, los paracaidistas disparaban su piezas de artillería cuando cayeron sobre ellos las primeras descargas enemigas. Su comandante, el capitán Mario Arruabarrena, impartía indicaciones desde una trinchera en la que se hallaba a cubierto junto al teniente primero Julio Fernández Torres, el teniente Alfredo Viola Dellepiane y dos soldados. En pleno combate, Arruabarrena le ordenó a Fernández Torres correr hasta el teléfono del edificio principal y una vez allí establecer contacto con la Escuela de Infantería para intimar a su jefe a rendición. Fernández Torres atribuiría a la providencia, lo que ocurrió a continuación. Cumpliendo la directiva, el oficial se incorporó y se lanzó a toda carrera hacia el Casino de Oficiales casi en el mismo momento en que una explosión a sus espaldas, lo arrojó violentamente al suelo. Al darse vuelta vio que una bomba había caído en la trinchera y que de la misma se desprendían llamaradas y una gruesa columna de humo. Con el infernal sonido de los estallidos y disparos dominando la escena, Fernández Torres regresó a la posición para socorrer a sus camaradas pero al llegar, vio que solo vivía uno de los soldados que, gravemente herido, murió al ser evacuado hacia la enfermería. La bocina de un automóvil dañado sonaba insistentemente cuando Fernández Torres pugnaba por cumplir la orden que le había dado su fallecido superior pero cuando llegó al lugar, notó que el aparato estaba destruido, al igual que el edificio que lo rodeaba1. Mientras los cañones del mayor Quijano batían las posiciones leales, el capitán Molina, siguiendo instrucciones de Lonardi, se dirigió hacia la Escuela de Aviación para imponerse de su situación desde ese punto, para informar a sus superiores que la misma se hallaba en poder de los rebeldes, tranquilizando al alto mando con esa novedad, que de manera inmediata, dispuso movilizar una sección de aspirantes para brindarle cobertura. Era de noche todavía cuando una bomba impactó en las caballerizas, matando a seis soldados y a unos cincuenta caballos. Frente al casino de oficiales, el teniente primero Anselmo Matteoda respondía incesantemente el ataque, disparando sus cuatro piezas Bofors 7,5 mm. El tremendo cañoneo al que estaba siendo sometida la Escuela de Infantería no había disminuido su poderío y una vez reagrupados, los 2000 efectivos que componían su guarnición iniciaron el avance. Firme y decidido, el coronel Brizuela ordenó una maniobra envolvente con la idea de cercar la escuela enemiga y aislarla del resto de las unidades en un movimiento de pinzas. La infantería inició la marcha en dirección a La Calera, demostrando su alto grado de preparación y en medio de la noche cruzó la ruta a la carrera llevando a cuestas sus morteros y ametralladoras pesadas. El movimiento, sin embargo, debilitó un tanto su defensa, hecho que aprovechó el capitán Juan José Claisse para atacar de frente a la cabeza de su sección. Claisse cargó a la carrera, ametrallando las posiciones enemigas con la intención de adueñarse de las instalaciones, un paso audaz que pudo haber definido ahí mismo el 160


combate. Sin embargo, una comunicación de último momento, lo puso al tanto de que en ese mismo instante, la Escuela de Artillería estaba siendo atacada.

Después de tomar a varios prisioneros y de cargar armas, municiones y un par de cañones Krupp, el decidido oficial emprendió el regreso, llevando consigo a los efectivos capturados. Al verlo venir el capitán Luis Ernesto Lonardi se adelantó para brindar su colaboración y a punto estuvo de perder la vida cuando, en el fragor del combate, la gente de Claisse estuvo a punto de abrir fuego, creyéndolo enemigo. -¡¡Santo y seña!! – se le exigió a los gritos. -¡¡Dios es Justo!! – fue la respuesta. La lucha se prolongó con increíble violencia durante toda la noche y con las primeras luces del día, la situación comenzó a inclinarse lentamente a favor de las fuerzas leales. La Infantería se había aproximado a “tiro de fusil” y atacaba desde diferentes ángulos con intenso fuego de morteros y ametralladoras pesadas, presionando a los rebeldes quienes, carentes suficientes tropas, solo disponían de los servidores de las piezas para combatir. Por esa razón, el capitán Molina solicitó desde la Escuela de Aviación Militar, el envío de aviones de combate, para que realizasen vuelos intimidatorios sobre las fuerzas leales. El comodoro Krausse se apresuró a cumplir la orden pero a falta de tiempo, despachó los aparatos sin armamento. Desde su puesto de observación, en lo alto del tanque de agua de la Escuela de Artillería, el general Lonardi y el coronel Ossorio Arana observaban con sus prismáticos el desarrollo de la batalla cuando recibieron informes de que el coronel Brizuela exigía la rendición. Lonardi fue terminante al momento de responder. 161


-¡Dígale que dejaremos de combatir cuando no quede un solo hombre para defender la Escuela! Ante tal actitud, las tropas leales recrudecieron sus embates y comenzaron a presionar desde diferentes sectores. En esos momentos, un cañón de 155 al mando del teniente Jorge Albertelli, disparaba desde la pista de aterrizaje intentando apoyar a la sección del teniente primero Matteoda, que recibía permanente fuego de ametralladoras antiaéreas y antitanques de 12,7mm, que le perforaron los blindajes de muchas de sus piezas. Fue en ese momento, que se produjo el asalto de la sección de Infantería del subteniente Fausto González, iniciando una fuerte embestida inmediatamente después que el teniente coronel Pedro Esteban Cerrutti solicitara por radio neutralizar la batería que disparaba desde el casino de oficiales. González efectuó un rodeo y llegó por la parte posterior, para abrir fuego desde ese sector. Los infantes ametrallaron la posición y forzaron a los artilleros a retirarse, dejando abandonadas sus piezas al correr en busca de protección hacia las cercanas trincheras. González tomó el control del área pero a la media hora comenzó a recibir fuego desde la Escuela de Tropas Aerotransportadas, motivo por el cual, ordenó un cambio de posición, que los puso a cubierto de las seis ametralladoras pesadas de la sección del capitán Claisse. Sus hombres se echaron cuerpo a tierra y se aferraron al terreno sin dejar de disparar. En esos momentos, secciones leales realizaban movimientos envolventes, convergiendo con gran destreza sobre el edificio de la Mayoría, al que tomaron y desalojaron con rapidez. Sin embargo, tropas rebeldes intentaron recuperar la posición, trabándose en intensa lucha con ellas. Desde ese y otros puntos, la Infantería disparaba con violencia sobre las posiciones revolucionarias, comprometiendo notablemente su situación. Siempre atacado desde la parte posterior, Matteoda ordenó a sus efectivos cubrirse y así permanecieron en espera de que una breve pausa les permitiese girar sus piezas. La Escuela de Artillería parecía a punto de sucumbir, batida desde la parte posterior y sin poder dar vuelta sus baterías y así lo comprendió el propio general Lonardi cuando se lo manifestó a su amigo. -Bueno Ossorio, parece que perdimos. Pero no nos vamos a rendir. Vamos a morir peleando. El general Lonardi era un hombre extremadamente valiente por lo que su segundo comprendió que sus palabras no eran en vano. Militar profesional, nacionalista católico por convicción y hombre de honor, estaba decidido a cumplir esa premisa antes que capitular. Ese fue el momento en que el bravo oficial Matteoda vio que era posible girar uno de sus cañones y así lo ordenó, perdiendo a uno de sus hombres en el intento. -¡¡Ni uno solo se mueva!! – gritó al ver que algunos soldados se movían para rescatar a su compañero. 162


Sabía que la metralla enemiga los barrería sin piedad y no iba a permitir, bajo ningún concepto, que eso ocurriese. Fue entonces que el fuego pareció amainar, hecho que le permitió girar el resto de las baterías y apuntar con sus bocas hacia las nuevas posiciones del enemigo. Durante la maniobra cayó herido otro soldado, aunque levemente. Mientras tanto, el ataque de las fuerzas peronistas continuaba con más fuerza que nunca. Poco después de que aviones Percival, Fiat y Gloster Meteor sobrevolaran la zona de combate con el propósito de amedrentar a la Infantería, el coronel Brizuela ordenó el ataque simultáneo de dos compañías. Las secciones iniciaron el avance a las 10.45 pero los violentos disparos de una pieza de 75 mm las detuvieron. Carentes de tropas adecuadas para el combate cuerpo a cuerpo, los efectivos de Artillería descargaron todo su arsenal, urgidos como estaban de contener el avance enemigo, objetivo que lograron con suma dificultad.

En ello se encontraban empeñadas ambas fuerzas cuando el fuego de las fuerzas leales comenzó a disminuir, acallando por completo alrededor de las 11.00. Aquello sorprendió a los rebeldes que en esos momentos se hallaban más debilitados que nunca y por esa razón, faltos de tropas adecuadas para ofrecer resistencia, permanecieron inmóviles en sus posiciones.

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Pasado un breve lapso de tiempo, los efectivos rebeldes vieron avanzar un jeep con dos hombres, uno de los cuales portaba una bandera blanca. El vehículo conducía al teniente coronel Jorge Ernesto Piñeiro, subdirector de la Escuela de Infantería, quien se detuvo junto al teniente Augusto Alemanzor para preguntar por el general Lonardi. Traía un mensaje del coronel Brizuela, solicitando parlamentar, novedad que fue transmitida inmediatamente al comando revolucionario. Lonardi aceptó el diálogo y Piñeiro partió inmediatamente para notificar a su jefe la novedad. Regresó en el mismo vehículo con Brizuela, deteniendo la marcha en la plazoleta del mástil, ubicada frente al edificio principal, donde el propio Lonardi y parte de su alto mando, esperaban. Al descender del vehículo, Brizuela recibió el saludado del jefe rebelde quien, acto seguido, lo invitó a tomar asiento en un banco de la plazoleta, bajo el cielo despejado. A unos pasos de distancia, Piñeiro por las fuerzas leales y Ossorio Arana y Luis Ernesto Lonardi por los sublevados, aguardaban atentos el desarrollo de los acontecimientos. Lo primero que hizo Lonardi fue felicitar a su oponente por el profesionalismo y el ardor con el que habían combatido sus efectivos. -Coronel, sus hombres han evidenciado una gran moral, coraje y espíritu de cuerpo y de lucha -manifestó- Se ha hecho acreedor a la consideración y admiración de los que hemos sido sus adversarios. Con todo dolor me he visto obligado a abrir fuego contra su cuartel. No quedaba otra alternativa y he tenido en cuenta los supremos intereses de la Nación. Estamos dispuestos a morir combatiendo si fuera necesario. -Me duele profundamente lo que se le ha hecho a mi Escuela – respondió Brizuela – pero pese a las bajas, que han sido elevadas, estamos dispuestos a seguir la lucha porque no vemos las verdaderas causas de esta revolución. Al escuchar eso, Lonardi intentó explicar esas causas. -Sé que está actuando como un verdadero profesional, pero está equivocado, mi coronel, engañado por la distorsionada versión del gobierno que ha sumido a nuestra patria en el caos, desorientando de paso a las Fuerzas Armadas. Lonardi siguió brindando detalles de la verdadera situación que atravesaba el país, en especial, la decadencia moral, política e institucional que por culpa de Perón padecía la sociedad, la persecución a la Iglesia y la división de las Fuerzas Armadas, a lo que su interlocutor respondió incrédulo, que no estaba al tanto de muchas de esas cosas que escuchaba. -Reflexione, por favor, coronel y terminemos con esta lucha. Su Escuela ha salvado el honor y el país nos necesita más unidos que nunca. Brizuela se detuvo a pensar unos instantes y luego dijo: -General, en honor a la vida de mis hombres y con la esperanza que todo este asunto se resuelva de la mejor manera para bien de la República, doy por finalizada la lucha. Lonardi y Brizuela se incorporaron y se estrecharon en un abrazo, abrazo que selló definitivamente aquel pacto de honor. 164


Tras nueve horas de intensa lucha, la batalla entre las escuelas de Infantería, Artillería y Tropas Aerotransportadas había finalizado, aunque a un elevado costo en muertos y heridos. Las sinceras palabras del general Lonardi y la escasez de municiones que padecía la primera, habían resuelto la situación. Ruiz Moreno explica que la precipitada acción revolucionaria había obligado a las fuerzas leales a abandonar su cuartel, sin llevar consigo los elementos adecuados para imponerse. El hecho fue tomado como algo verdaderamente providencial porque, en el mismo momento en que la Infantería solicitaba parlamentar, la Artillería y los paracaidistas agotaban prácticamente su munición. Lonardi le dijo a Brizuela que deseaba mantenerlo al frente de la Escuela de Infantería pero aquel rechazó la propuesta terminantemente. De todas maneras, en una actitud digna y caballeresca, se les ordenó a los efectivos rebeldes que formasen en el gran patio para rendir honores a las tropas leales y se autorizó a sus oficiales a conservar las armas. La Infantería desfiló marcialmente frente a las tropas de Artillería y los paracaidistas, que observaron el paso del enemigo perfectamente alineados. De regreso en sus cuarteles, los infantes entregaron el armamento y se dispusieron a evacuar muertos y heridos, sabiendo, a esa altura, que ya no intervendrían en ningún otro combate y que se mantendrían neutrales hasta el final de la lucha2. En la ciudad de Córdoba, a primera hora del día, el general Dalmiro Videla Balaguer, secundado por comandos civiles revolucionarios, instaló su cuartel general en el domicilio particular del ex juez de Río Cuarto, Dr. Tristán Castellano, Lavalleja 1479, Alta Córdoba, más allá del río Suquía3. Desde diferentes sectores de la ciudad comenzaron a convergir sobre ese punto civiles armados, decididos a participar en la lucha, a quienes recibía el general, enfundado en su uniforme, tomándoles previamente el juramento revolucionario que los obligaba a combatir hasta el fin. Entre los comandos civiles presentes ese día, se encontraban el doctor Guillermo Saravia, el ingeniero Domingo Telasco Castellanos, el doctor Tello, Miguel Ángel Yadarola, Enrique Finochietti y los jóvenes Jorge Fernández Funes, Raúl Adolfo Picasso, Juan Bautista Picca y Carlos Carabba. Se sorprendió Videla Balaguer al ver a varios sacerdotes dispuestos a combatir. Sin embargo, les ordenó retirarse porque, según su entender, la Iglesia no debía intervenir en el asunto. Por orden suya, el Dr. Saravia debía sacar de allí a los religiosos y alejarlos del peligro en su automóvil al mismo tiempo que Domingo Castellanos y un grupo de comandos partían hacia a un corralón que aquel poseía en la calle Santa Rosa al 500, para que una vez que el general Lonardi controlase las cercanas guarniciones militares, ocupasen los depósitos de la ESSO y asegurasen, el combustible para a la aviación. Los mencionados comandos habían partido cuando a las seis de la mañana Videla Balaguer decidió precipitar imprudentemente los acontecimientos. Según cuenta Ruiz Moreno, tomó el teléfono y llamó a la operadora para comunicarse con las guarniciones militares de San Luis. -Señorita, ¿usted es católica? – le preguntó a la telefonista 165


Al recibir respuesta afirmativa, se presentó, explicando que había estallado una revolución para derrocar a la tiranía y que necesitaba comunicarse urgentemente con las unidades militares puntanas. La operadora comenzó a llorar y por esa razón, Videla Balaguer solicitó hablar con su superior. Como no pudieron comunicarlo, llamó al Regimiento de Infantería de Río Cuarto para exigirle su inmediata incorporación, pero la respuesta que recibió fue una rotunda negativa. -Nosotros respondemos órdenes del general Sosa Molina- le dijo alguien al otro lado de la línea, y enseguida cortó. La situación volvió a repetirse cuando intentó lo mismo con el cercano Arsenal Holmberg y fue entonces que comprendió que su situación era realmente comprometida. Aquellos llamados solo sirvieron para alertar a los escuchas gubernamentales quienes, a las 08.50 de aquella mañana, lograron identificar el lugar desde donde provenían. No conforme con eso, el general rebelde hizo una nueva tentativa con el gobernador de la provincia de Córdoba, el aguerrido Dr. Raúl F. Luchini, a quien intimó rendirse y entregarse a las autoridades rebeldes. -Señor gobernador; habla el general Videla Balaguer Las fuerzas de la revolución están triunfando. Le intimo la rendición en el plazo de tres horas; de lo contrario, lo responsabilizo por las consecuencias. -¡¡Petiso de mierda!! -rugió Luchini al otro lado del teléfono- ¡¡cuando te agarre te hago fusilar!! -Los insultos no me alcanzan. He salido a defender el honor nacional, las tradiciones argentinas y el orden jurídico. ¡Usted defiende bonos de automóviles! ¡Lo voy a pasar por las armas! Finalizado el diálogo, el gobernador cordobés tomó inmediato contacto con el general Alberto Morello y entre ambos acordaron la captura de Videla Balaguer y su gente, contra quienes se despacharon fuerzas de la policía provincial y una sección de Ejército a las órdenes del capitán Luciano Sachi, integrante del Servicio de Informaciones. Mientras tenía lugar esa movilización, los milicianos rebeldes, unos veinte en total, aguardaban el desarrollo de los acontecimientos, casi todos en la planta alta de la residencia del Dr. Castellano. Policías y soldados no tardaron en llegar, para rodear el lugar y apostar efectivos en las calles y los techos cercanos. El estudiante Miguel Ángel Yadarola controlaba la puerta de entrada, en el piso inferior, cuando unos golpes sonaron sobre la misma. Desde el exterior, una voz firme conminó a los comandos a rendirse y al no obtener respuesta, se retiró. Inmediatamente después, se desató un feroz tiroteo. Videla Balaguer dispuso poner a cubierto a la familia Castellano en una habitación y parapetó a su gente como mejor pudo, enviando a la mayoría al piso de arriba para que se guareciese como mejor pudiese. Una bala pegó contra el techo y se incrustó en la médula de Walter Allende, quien cayó pesadamente al suelo, sin moverse. Hacia él se arrastró Horacio Maldonado con la intención de atenderlo, pero nada pudo hacer. 166


El estudiante de Medicina Eduardo Flaurent se hallaba apostado en la parte posterior de la vivienda, armado con un rifle de caza mayor, cuando vio a dos hombres vestidos de civil que intentaban ingresar desde una casa vecina. No quiso dispararles y eso permitió a otros asaltantes colocar una escalera de mano y ametrallar el edificio. Las balas rozaron las cabezas de Flaurent y Videla Balaguer cuando este último, pistola en mano, se hallaba parado un poco más atrás. Fue un error de Flaurent no haber disparado. Quizás se excedió en su celo por cumplir la orden de no abrir fuego hasta no tener un blanco seguro impartida por su jefe (era imperioso ahorrar municiones) o tal vez primó en él la inexperiencia, pero lo cierto es que su negligencia pudo haber desbaratado todo. A esa altura el combate tenía un herido de extrema gravedad, Walter Allende y varios daños en la vivienda. La policía efectuó una maniobra envolvente con el objeto de rodear la casa y en pleno tiroteo, el Dr. José Vicente Ferreira Soaje se arrastró hacia el teléfono para pedir ayuda. Mucho se sorprendió cuando, al colocar el auricular sobre su oído, notó que la línea todavía funcionaba. Sin perder tiempo llamó a su amigo, el doctor José Manuel Álvarez (h) y cuando aquel atendió, lo puso al tanto de lo que estaba ocurriendo. Desesperado le pidió ayuda y una vez que cortaron, su interlocutor se apresuró a telefonear a la Escuela de Aviación Militar para solicitar auxilio. A todo esto, el gobernador Luchini se había instalado en el antiguo Cabildo cordobés, sede de la policía provincial, y desde allí mantenía permanente contacto con las autoridades de Buenos Aires, entre ellas, el general Lucero y el Ministerio del Interior. Por orden suya se instalaron puestos de control en los accesos a la ciudad y fueron puestas en estado de alerta, las comisarías del área y otras dependencias a efectos de neutralizar cualquier envío de refuerzos para Videla Balaguer. Lucero se comunicó con el coronel Perkins, comandante de la División de Santa Fe y el general Alberto Morello, comandante de la Guarnición de Córdoba a quienes informó que fuerzas leales al mando del general José María Epifanio Sosa Molina, se movilizaban en su apoyo y le ordenó al primero, dirigirse al Batallón de Comunicaciones que por entonces era la única fuerza militar con asiento en la ciudad. Morello dispuso la incorporación del Regimiento 14 de Infantería con asiento en Río Cuarto y con el armamento del Batallón de Comunicaciones, equipó a su oficialidad al tiempo que convocaba a los efectivos disponibles del Liceo Militar para reforzarlas. Mientras tanto, en Parque Sarmiento, el brigadier Alberto Ferro Sassarego reunía más tropas y armamento junto a elementos de la Fuerza Aérea y el Instituto de Aeronáutica Militar, que se pusieron a las órdenes del general Morello. Mientras los efectivos leales se concentraban en aquel punto, a cubierto de las incursiones aéreas bajo su frondosa arboleda, Morello decidió movilizarse en apoyo de la Escuela de Infantería y para ello se dirigió hacia Alta Gracia al frente de una extensa columna de vehículos con la que pensaba irrumpir en la zona de operaciones por el camino de Yocsina. Mientras tanto, rodeado por las fuerzas leales del Ejército y la policía provincial, Videla Balaguer y sus comandos resistían como mejor podían. A poco de recibido el llamado del Dr. Álvarez (h), cerca de las 10.45, el comodoro Julio Krausse dispuso enviar un contingente armado para socorrer a los combatientes cercados en la casa del Dr. Castellano. 167


El capitán Luis Martín Avalle recibió la orden de alistar un batallón y romper el sitio al que estaba sometido Videla Balaguer y para ello convocó a los aspirantes más antiguos de 3º año, agregando como reserva a algunos de 2º. Inmediatamente después, abordó dos ómnibus militares y se dirigió velozmente hacia el centro de la ciudad, para cumplir la misión. Llegó sin encontrar ningún tipo de obstáculo y a dos cuadras del objetivo ordenó detener la marcha. Según Isidoro Ruiz Moreno, no se escuchaban disparos cuando Avalle descendió de su vehículo pero pudo distinguir a varios policías parapetados en casas y techos de los alrededores, algunos de ellos en la esquina de Bedoya y Lavalleja. Sin perder tiempo, ordenó a los ómnibus dirigirse hacia una calle lateral a los efectos de no ser descubierto y una vez fuera, indicó a su compañía, integrada por sesenta hombres, dividirse en dos para avanzar por las dos veredas de Lavalleja. Los efectivos de la Fuerza Aérea iniciaron la marcha reduciendo a los cuadros policiales que iban encontrando en el camino, que se entregaron sin oponer resistencia. Sin embargo, en Bedoya y Lavalleja sus tropas fueron atacadas desde el interior de una vivienda y los techos de otras y eso las obligó a detenerse. Un aspirante que en esos momentos cruzaba la calle, fue alcanzado en una pierna y rodó por el pavimento, para ser rescatado por sus compañeros mientras eran cubiertos con fuego graneado por el resto de la compañía. Aquello dio tiempo al teniente Jorge Bravo Moyano, jefe de una de las secciones, para emplazar una ametralladora pesada y batir los puntos desde los cuales eran atacados. Dejando a Bravo Moyano en el sector, Avalle hizo un rodeo para cubrir la retaguardia y el frente de su compañía, retrocediendo un par de cuadras hasta alcanzar el otro extremo de la calle Bedoya. Pasaba la tropa frente a una sastrería de las inmediaciones cuando repentinamente, se abrió una puerta y un oficial, a quien Avalle conocía, se asomó y le hizo señas para entrar. -¡Aquí hay un capitán que espera órdenes! –le dijo– ¡Vení a hablarle! Avalle se dirigió hacia ese punto, creyendo que contaría con refuerzos pero al trasponer el umbral se encontró con varios individuos que le apuntaban con sus armas. Dos de ellos le cayeron encima y lo redujeron, sujetándolo por los brazos. Se trataba de oficiales de la Aeronáutica leales al gobierno que, en gran número, se habían escondido en el local. Afuera, mientras tanto, el tiroteo arreciaba. Prisionero Avalle, Bravo Moyano se hizo cargo de la tropa y al frente de ella sostuvo su posición con firmeza pero viendo que era superado en número, ordenó adelantar sus posiciones, batiendo incesantemente los puntos desde donde la policía le disparaba. En el trayecto, cayeron muertos los aspirantes Oscar Santucho y Julio Valverde y varios otros resultaron heridos. En ese mismo momento, apareció un Gloster Meteor rebelde que sobrevoló el sector pero por temor a impactar a la propia tropa, no hizo fuego. Sin embargo, su presencia cumplió su objetivo al amedrentar a las fuerzas del gobernador Luchini. 168


Mucho mejor entrenados, después de cuarenta minutos de combate, los efectivos de la Fuerza Aérea arrollaron a la policía forzando su capitulación o su retirada. Su armamento equiparaba la diferencia numérica y los agentes, poco a poco, comenzaron a ceder terreno. La mayoría fueron apresados y desarmados y el resto huyó, dejando a varios heridos a sus espaldas. Finalizado el enfrentamiento, comenzó a renacer la calma en la casa del Dr. Castellano. Algunos de sus ocupantes se asomaron por las ventanas y al ver a los aviadores controlando la situación prorrumpieron en vivas y aplausos a la revolución. Profundamente católico, Videla Balaguer cayó de rodillas y haciendo la señal de la cruz, agradeció a la Virgen Santísima su providencial intervención. Los comandos civiles ganaron el exterior y una vez en la calle, se abalanzaron sobre los policías prisioneros con la intención de fusilarlos. Bravo Moyano debió interponerse enérgicamente para evitarlo, ordenando a sus efectivos mantener a distancia a los milicianos, subir inmediatamente a los ómnibus y partir de inmediato hacia la Escuela de Infantería, para llevar a Videla Balaguer hasta el puesto de mando del general Lonardi. Conduciendo a los prisioneros a punta de fusil, efectivos de la Aeronáutica y comandos civiles abordaron los vehículos y emprendieron la marcha. Cuenta Ruiz Moreno que en el trayecto se cruzaron con dos camiones repletos de tropas leales que se dirigían al domicilio del Dr. Castellano, provenientes del Batallón de Comunicaciones. Sin embargo, nada ocurrió gracias a la rápida reacción de un oficial rebelde que, al ver venir a esas fuerzas, se asomó por una ventanilla y lanzó un estentóreo “¡Viva la Patria!”, mientras agitaba con entusiasmo el brazo derecho. Los soldados leales los confundieron con tropa propia y respondieron de igual manera, sin que se produjera ningún enfrentamiento. Al tiempo que los heridos de uno y otro bando eran evacuados en ambulancias y vehículos particulares, el comodoro Krausse encomendó al capitán Sergio Quiroga apoderarse de las antenas radiales cordobesa que desde el comienzo de las acciones emitían comunicados en favor del gobierno. El aludido oficial partió a bordo de dos ómnibus y un jeep, al frente de una reducida fuerza de aspirantes reforzada por comandos civiles, llevando consigo un cañón antiaéreo. El primer teniente Bravo Moyano y el comando Eduardo Fleurent, veteranos ambos del combate en lo del Dr. Castellano, integraban la partida que enfiló decididamente hacia la localidad de Ferreyra con la misión de apoderarse de la estación LV2, ubicada sobre la Ruta Nacional Nº 9. Flaurent orientó a la columna evitando el Parque Sarmiento, porque se sabía que en ese punto se concentraban las fuerzas leales, ignorando que habían llevado detenido hacia allí al capitán Avalle. La estación de radio cayó sin pelea porque en el lugar solo se encontraba el sereno junto a escaso personal civil. El capitán Quiroga, que también ocupó una fábrica de dulces contigua, ordenó a Bravo Moyano hacerse cargo de la situación y una vez en posesión de la emisora, procedió a transmitir el mensaje revolucionario. -Diga lo que sea Bravo, pero diga algo – fue la orden. Cumpliendo esa directiva, Bravo Moyano ordenó a los radioaficionados que integraban su destacamento, que se ocuparan de poner a punto el equipo de transmisión después 169


de organizar el dispositivo de defensa en torno al edificio de la radio. Uno de ellos le explicó que el sereno lo había saboteado quitando parte del instrumental y que era imposible hacerlo funcionar por lo que el oficial, decidido a todo, desenfundó su pistola y apuntando directamente al empleado, amenazó con volarle la cabeza si no reponía los faltantes. El sereno no lo dudó un instante y al poco tiempo, el dispositivo funcionaba normalmente. Una vez finalizada la emisión, “La Voz de la Libertad”, tal como se bautizó a la emisora, transmitió apresuradamente varias proclamas, una de ellas, la breve arenga del capitán Quiroga y poco después se desconectaron apresuradamente los equipos porque se quería evitar que los mismos fueran inutilizados desde la central de Córdoba por medio de descargas eléctricas. El capitán Quiroga se puso en marcha en dirección a la capital provincial y al llegar al arco de entrada de la ciudad, se detuvo para ocupar el puesto policial que allí funcionaba. Para su sorpresa, descubrió que en el lugar se hallaban detenidos varios oficiales del Ejército que habían llegado desde Junín esa misma mañana, después de intentar en vano rebelar al Regimiento 1 de Artillería de aquella localidad. Se trataba del coronel Francisco Zerda, del teniente coronel Carlos Godoy, del mayor Lisandro Segura Levalle, del capitán Alfredo Matteri y del teniente primero Carlos Goñi. Donde sí hubo pelea fue en la estación transmisora LV3, cuyas instalaciones se hallaban ubicadas sobre la avenida Rafael Núñez, en el Cerro de las Rosas y habían sido hostigadas por la aviación. La columna de Quiroga atravesó la ciudad y a medida que se aproximaba a la emisora, comenzó a aminorar la velocidad. Muy cerca de la radio se hallaban la Comisaría 3ª y el cuartel de Bomberos, dos instituciones que respondían a los mandos leales, razón por la cual, decidió detener la marcha una cuadra antes. Un rápido vistazo, permitió ver a Quiroga lo difícil de la situación. Ubicada en pleno centro, sobre una calle estrecha, sin ningún árbol que cubriese su avance, la central constituía un blanco difícil. Por esa razón, mandó apostar el cañón y las dos ametralladoras pesadas Colt 7,65 mientras él se adelantaba acompañado por el alférez Arnoldo Salas. Evidentemente los estaban vigilando porque desde los techos de la comisaría comenzaron a disparar. Quiroga y Salas buscaron protección y abrieron fuego, acribillaron el frente de la dependencia. Alguien a sus espaldas, les disparó desde una casa particular, impactando con sus balas en una pared cercana, rozando la cabeza del primero. Quiroga giró y respondió con una ráfaga de metralla que alcanzó al agresor en el hombro y lo dejó tendido, fuera de combate. Cuando los policías divisaron al resto de la columna y a los comandos civiles que avanzaban por la calle, depusieron su actitud y se entregaron. Los paracaidistas los encerraron en las celdas y procedieron a evacuar al herido hacia el Hospital de Clínicas, no sin antes adoptar ciertas medidas se seguridad, pero la lucha no había finalizado. En la estación LV3 las fuerzas rebeldes fueron recibidas a tiros y sufrieron la baja de un soldado, que quedó tendido sobre la calle, gravemente herido. En pleno intercambio de disparos, el capitán Adolfo Valis apuntó el cañón y cuando estaba por disparar, los defensores de la radio, todos ellos agentes policiales, se rindieron. Dueño del edificio, Quiroga apostó una guardia, a la que reforzó con elementos civiles y después de transmitir las proclamas revolucionarias, se encaminó a LW1, en las afueras de la ciudad, emisora que capturó sin lucha a las 12.45. 170


Cumplida la misión, emprendió el regreso a la Escuela de Aviación Militar para dar parte al comodoro Krausse de los detalles de la operación. El primer día de guerra, la Fuerza Aérea rebelde llevó a cabo numerosas misiones de combate. A las 06.35 dos biplazas I.Ae DL-22 de fabricación nacional despegaron de la Escuela de Aviación Militar para ametrallar posiciones en la Escuela de Infantería. Quince minutos después, un tercer aparato de iguales características repitió la operación y a las 07.20 tres Beechckraft AT-11 sobrevolaron los blancos a baja altura, en misión de exploración. Una vez de regreso, decoló un biplaza Percival MK.1 Prentice que debía explorar el camino que unía a la Escuela de Aviación con la ciudad de Córdoba. La aeronave sobrevoló la capital a muy baja altura para observar los cuarteles de Policía y Bomberos4 próximos a la radioemisora LV3, sin detectar nada.

Otros dos Percival arrojaron volantes con consignas revolucionarias sobre la ciudad y en la siguiente salida, uno de esos aparatos detectó movimiento en los cuarteles del Regimiento 4 de Comunicaciones, novedad que su piloto se apresuró comunicar la novedad al comando de Escuela de Aviación Militar. Como el total de los suboficiales se hallaba empeñado en combate o se había pronunciado a favor del gobierno, las tareas en tierra (carga de municiones y combustible, transporte y montaje de bombas, abastecimiento y reparación) fueron asumidas por oficiales y cadetes. A las 09.15 partió de la Escuela de Aviación Militar un DL22 armado con ametralladoras Lewis, para sobrevolar la Central de Policía e impedir la concentración de efectivos y municiones. A las 10.30 tres Fiat G.46, hicieron lo propio sobre la ciudad5, y a las 12.00 un cuarto aparato de iguales características hizo varias pasadas sobre la fábrica “Kaiser”, cerca de la cual, se habían detectado vehículos de diversos tipos (camiones, ómnibus, jeeps) que avanzaban por el camino de Córdoba a Alta Gracia. El G.46 efectuó una pasada a baja altura y pudo ver como la columna se detenía y sus efectivos corrían en pos de cobertura, echándose cuerpo a tierra o dispersándose por el terreno en busca de protección. 171


Casi al mismo tiempo, un Beechcraft AT-11 detectó una segunda columna motorizada integrada por vehículos militares y civiles, los últimos pertenecientes a la Fundación Eva Perón, cuando se dirigían hacia Alta Gracia por el camino de Villa Carlos Paz. Informada la novedad, la torre de control de la EAM dispuso atacarla y para ello, le ordenó al piloto que procediera. Recibida la directiva, el aparato se lanzó en picada y arrojó sobre la columna sus dos bombas de napalm de 50 kilogramos, ninguna de las cuales explotó. Pese a ello, los vehículos detuvieron su avance y el personal se dispersó rápidamente en diversas direcciones. El piloto informó los resultados del ataque a la torre y solicitó el despegue de más aviones para llevar a cabo una segunda embestida. Un segundo AT-11 decoló de la Escuela de Aviación Militar para efectuar una nueva pasada sobre la extensa hilera de camiones, jeeps y ómnibus mientras disparaba sus cañones pero en la corrida de tiro recibió intenso fuego de armas livianas que le perforó su tanque izquierdo. Le siguió un DL-22 volvió a ametrallar la extensa hilera de vehículos, e inmediatamente después se retiró para dar paso a otros aviones que efectuaron ataques similares. Permanentemente hostigada, la columna motorizada se replegó hacia Alta Gracia en busca de protección. Aviones DL-22 realizaron ataques en picada sobre LV3, antes de que la estación cayera en manos rebeldes, forzando la retirada de los efectivos policiales que la custodiaban. A las 12.45 un Percival sobrevoló LW1 en el preciso momento en que la sección del teniente Quiroga ocupaba la estación y menos de una hora después (13.30) dos Avro Lincoln procedentes de Morón, tripulados por los capitanes Ricardo Rossi y Orlando Cappellini, aterrizaron en la Escuela de Aviación Militar para plegarse al alzamiento. Por su potencial de fuego y su alta performance, los aparatos constituían un arma formidable que vino a reforzar notablemente la delicada situación de las fuerzas rebeldes. A las 15.00 solicitaron autorización para aterrizar otros tres Avro Lincoln y a esa misma hora, dos Percival sobrevolaron Córdoba para propalar por su parlante, los móviles de la revolución y arrojar volantes con sus proclamas. A las 16.30 un AT-11 detectó concentración de vehículos militares en el aeroclub “60 Cuadras” y en una segunda pasada comprobó que varios camiones, cañones y efectivos se hallaban ocultos bajo los árboles y los hangares y que había tropas parapetadas en posición de combate a ambos lados del camino, en dirección oeste. El avión recibió nutrido fuego de ametralladoras cuyos proyectiles de 12,7, le dañaron el depósito de aceite izquierdo y por esa razón debió retirarse para aterrizar minutos después, en la Escuela de Aviación Militar donde su piloto se apresuró a transmitir sus observaciones y las incidencias del vuelo. Mientras los mecánicos y el personal de tierra procedía a reparar los daños del Percival, decoló el Avro Lincoln del capitán Cappellini para bombardear las instalaciones del aeroclub “60 Cuadras” donde según las últimas observaciones, se concentraban tropas leales. El piloto cumplió su cometido con absoluta determinación. Ubicado el blanco, descendió varios metros y entrando en corrida de bombardeo, abrió sus compuertas y dejó caer las bombas. En una segunda pasada, se aproximó a vuelo rasante 172


ametrallando las posiciones enemigas, que duramente castigadas, se vieron obligadas a desalojar el sector y emprender la retirada, llevándose consigo muertos y heridos. Media hora después un AT-11 acribilló a esas tropas cuando se desplazaban por la Ruta Provincial Nº 5, en dirección a Alta Gracia y dos DL-22 realizaron un segundo bombardeo sobre el aeroclub “60 Cuadras”, siendo repelidos ambos por nutrido fuego de ametralladoras antiaéreas. A las 17.10 un nuevo AT-11 sobrevoló la capital cordobesa en apoyo de las fuerzas que en esos momentos atacaban el Cabildo y a las 17.30 un Percival que volaba a baja altura arrojó volantes, seguido por otro, veinte minutos después. Las últimas incursiones del día tuvieron lugar a las 19.00 cuando un DL-22 ametralló nuevamente a las tropas en Alta Gracia, efectuando varias pasadas rasantes mientras recibía fuego desde varios puntos de la ciudad. A las 22.00 un AT-11 que llevaba a cabo una misión de reconocimiento nocturno, arrojó bengalas en las inmediaciones de la fábrica “Kaiser” y en la antigua Escuela de Paracaidistas, facilitando la incursión de un Avro Lincoln que veinte minutos después bombardeó el aeródromo de Ferreyra. El aparato recibió fuego antiaéreo que le perforó sus tanques de combustible, y lo obligó a efectuar un aterrizaje de emergencia. A las 23.15 otro AT-11 cargado de bengalas y bombas de napalm, despegó de la Escuela de Aviación Militar para atacar una columna de vehículos de la CGT que se desplazaba por el camino que une Ferreyra con Oliva6, e inmediatamente después, se retiró. Esa misma noche la Fuerza Aérea rebelde programó una misión de mayor envergadura, al despachar a uno de los cinco Avro Lincoln que ese día se habían plegado a la revolución, para bombardear la Base Aérea de Morón a la que el gobierno pensaba utilizar para llevar a cabo sus operaciones aéreas. El aparato decoló en plena noche y se elevó lentamente hacia el sudeste, iniciando un vuelo que duró casi una hora y a medida que se iba desplazando, se fue internando en un frente de nubes que se convirtió en tormenta sobre territorio de la provincia de Buenos Aires. Una vez sobre el objetivo, el poderoso aparato comenzó a sobrevolar en círculos en espera de una mejora en las condiciones climáticas pero en vista de que las mismas persistían, abortó la misión y emprendió el regreso. En la ciudad de Córdoba, en tanto, las autoridades leales reajustaban sus posiciones. El gobernador Luchini, había reunido a todas las fuerzas policiales de las que disponía para concentrarlas en el antiguo Cabildo, donde había instalado su cuartel general y en las comisarías, que puso al mando del inspector general Ferrari. En ese lapso de tiempo, recibió varias llamadas, entre ellas, la del coronel Perkins, que lo alentaba desde Santa Fe, a seguir resistiendo en espera de las tropas del general Miguel Ángel Iñíguez que en esos momentos avanzaban hacia la provincia. El general Videla Balaguer llegó a la Escuela de Artillería, en momentos en que las tropas de Lonardi presentaban armas a los efectivos de Infantería que desfilaban frente a ellas, antes de entregar el armamento y retirarse de la lucha. Mientras eso sucedía, una turba peronista encabezada por activistas armados, saqueaba la abandonada casa del Dr. Castellano, destruyendo su rica biblioteca, su mobiliario, su cristalería y robando todo tipo de objetos. Nada pudieron hacer Domingo Telasco Castellanos y sus compañeros cuando llegaron al lugar procedentes del corralón al que habían sido enviados para apoderarse de los depósitos de la ESSO (la operación no se concretó) ya que cuando arribaron, los vándalos habían roto los portones de acceso y se llevaban todo. 173


Videla Balaguer solicitó a Lonardi adoptar medidas para apoderarse de Córdoba, y el jefe de la revolución estuvo de acuerdo. Procediendo de manera inmediata, ordenó reunir efectivos para llevar a cabo la operación, organizando una sección con elementos del Ejército y la Aeronáutica7, provista de cuatro cañones Bofors de 7,5 a las órdenes del teniente primero Anselmo Matteoda; una compañía de ametralladoras pesadas a cargo del capitán Juan José Claisse (Liceo Militar) y dos morteros a cargo del teniente Carlos Antonio Binotti, que estaría secundado por el subteniente de Infantería Enrique Gómez Pueyrredón. Pasadas las 17.00 la sección se puso en marcha al mando del propio Videla Balaguer, encabezada por el capitán Claisse y sus piezas de artillería y media hora después llegó a la Plaza San Martín, frente al Cabildo, donde procedió a apostar las cinco ametralladoras en cada uno de sus extremos (dos a la izquierda y tres a la derecha), uno de los morteros y un cañón de 7,5 mm, apuntando hacia el Cabildo.

Combates en las calles de Córdoba. Fuego de artillería contra el edificio del antiguo Cabildo (Fotografía: Jorge R. Schneider) Pese a ese despliegue, la policía, no daba señales de vida dentro del edificio, por lo que Claisse tomó un megáfono y con voz firme intimó a la rendición, amenazando a los guardias del orden con abrir fuego si no accedían. La respuesta llegó desde los edificios y azoteas cercanos, donde efectivos policiales y militantes peronistas hicieron llover sobre las tropas una nutrida descarga de balas que las obligó a buscar cobertura presurosamente.

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El oficial rebelde ordenó fuego y sus piezas comenzaron a disparar, sacudieron con inusitada violencia la zona céntrica. Según el posterior informe de Claisse, los jóvenes cadetes de la Escuela de Policía que tenían enfrente, pelearon bien y estaban dispuestos a matar. Los proyectiles, tanto de morteros como de cañón, impactaron en el Cabildo pero sus gruesas paredes soportaron el embate, asegurando las posiciones de quienes resistían en su interior. El tiroteo se tornó intenso y eso obligó a Claisse a abrir un nuevo frente por la parte posterior ya que por delante, la cosa se había tornado extremamente difícil. Poniendo en marcha su plan, le ordenó al teniente Rolando Agarate que lo siguiera y cubriéndose como mejor pudo, se encaminó directamente hacia la parte posterior del Hotel Crillón, tomando por la galería “Muñoz” a través de la cual, desembocaron cerca de una portezuela ubicada al costado del Cabildo. Los oficiales se dirigieron resueltamente hacia ella para ametrallarla desde corta distancia con la intensión de abrirla pero en ese momento, milicianos peronistas apostados en la sede del Club Talleres abrieron fuego y los alcanzaron. Claisse cayó herido en la pierna y Agarate quedó tendido sobre el pavimento, mortalmente herido. Una bala le había atravesado un brazo y otra quedó alojada cerca del corazón. Claisse vio que tenía cortado un tendón y que de su herida manaba mucha sangre por lo que, a falta de implementos para hacerse un torniquete, intentó contener la hemorragia con su dedo pulgar, aunque sin lograr detenerla. Al escuchar el cañoneo, las tropas de Videla Balaguer que avanzaban detrás de Claisse, apresuraron el paso mientras la gente lanzaba vivas y varios civiles armados se les unían, deseosos de combatir. En las cercanías de la sucursal del Banco de Italia, Videla Balaguer detuvo la marcha y tomando su teléfono de campaña, se comunicó con la jefatura de policía. Fue atendido por el subjefe, a quien intimó a rendición bajo la amenaza de abrir fuego en caso de no aceptar. -¡Salgan con las manos en alto, avanzando hacia nosotros por la calle San Martín! El jefe policial respondió que estaba dispuesto a hacer lo que le pedían y en ese mismo instante, el tiroteo cesó, dando paso a una tensa calma. Videla Balaguer creyó que todo había terminado y por esa razón, pletórico y rebozante, decidió acercarse al Cabildo. Lo hizo marcialmente, orgulloso y satisfecho, seguido por militares y civiles, entre ellos un anciano que llevaba una bandera argentina atada a un palo. El mayor Jorge Fernández Funes comprendía que la situación era todavía muy confusa y que dada la presencia de una importante cantidad de francotiradores en los tejados circundantes, el peligro no había pasado. -Tenga cuidado, mi general. No se exponga tanto – le decía a su superior mientras trataba de sujetarlo por el cinturón. Pero Videla Balaguer, hombre decidido aunque imprudente, vivía un momento de gloria y no lo pensaba desaprovechar. Junto a Fernández Funes, el vicecomodoro Arenas Nievas, el coronel Picca, oficiales, soldados y gran cantidad de civiles, siguió caminando hacia el histórico edificio, dispuesto a aceptar la rendición de sus defensores. Para entonces, decenas de hombres y mujeres, en especial médicos, estudiantes y enfermeras, se incorporaban a los comandos civiles para ofrecer sus 175


servicios y a la mayor parte de ellos se les ordenó presentarse en la Dirección de Sanidad Policial desde donde se los fue despachando hacia los lugares de enfrentamiento ciñendo brazaletes con la Cruz Roja. La comitiva era vivada por la población a medida que avanzaba por la Plaza San Martín, a la vista de la imponente Catedral que conserva el corazón y las reliquias de Fray Mamerto Esquiú, pero cuando se hallaba a mitad de camino, a escasos metros del edificio, comenzó a ser tiroteada desde varios puntos de los alrededores. El anciano que portaba la bandera cayó muerto a los pies de Videla Balaguer y varios de sus compañeros resultaron heridos, entre ellos el mismo coronel Picca. Videla Balaguer y su gente corrieron velozmente hacia delante y se metieron en la recova del Cabildo casi en el mismo momento en que el cañón del teniente Matteoda, comenzaba a disparar. Las tropas de asalto de Videla Balaguer ocuparon el histórico edificio y redujeron con muy pocas bajas al personal policial que lo defendía. Los prisioneros antiperonistas, entre ellos el capitán Alejandro Palacio Deheza, llegado a Córdoba ese mismo día para sumarse a la lucha, fueron liberados y los efectivos de policía que se habían rendido minutos antes, encerrados junto a varios civiles que habían tomado parte en los combates con ellos. Videla Balaguer estaba eufórico y queriendo dar mayor magnificencia a ese momento, invitó a su gente a asomarse al balcón del Cabildo para saludar a la multitud que se aglomeraba en el exterior. - General – volvió a decirle Fernández Funes – no es prudente que lo hagamos. El oficial tenía razón porque todavía se escuchaban disparos en los alrededores. Sin embargo, Videla Balaguer hizo caso omiso y salió, seguido por el teniente primero Miguel A. Mallea Gil y otras personas. Una vez más quedó demostrado que Fernández Funes estaba en lo cierto porque cuando el general rebelde saludaba a la multitud, una bala disparada desde una azotea cercana pasó muy cerca de él, destrozando un cuadro del general San Martín que pendía de una pared interior. Y una vez más quedó en evidencia la buena suerte que lo acompañaba ya que en tres oportunidades, la primera, durante el combate en lo del doctor Castellano, la segunda cuando avanzaba pomposamente por la plaza y la tercera cuando saludaba desde el balcón del Cabildo, sumamente expuesto, los proyectiles le pasaron cerca, matando e hiriendo a quienes le rodeaban, sin siquiera rozarlo a él. Todo parecía indicar que el valiente aunque un tanto inconsciente general sanjuanino, gozaba de una protección providencial. Una vez finalizado el combate el júbilo se apoderó del centro de Córdoba. La población salió a las calles para vivar a los militares revolucionarios mientras saltaba y entonaba consignas opositoras a Perón. En otro sector, en cambio, reinaba la incertidumbre. En pleno combate, el gobernador Luchini, había abandonado el Cabildo y escapaba presurosamente hacia Alta Gracia, seguido por varias personas. -¡Si me agarra Videla Balaguer me mata! – le dijo a sus ayudantes poco antes de abandonar el histórico edificio por una salida lateral. 176


El mandatario se escabulló hacia otro punto de la capital y cuando anochecía, abordó un auto que lo condujo a Jesús María, para seguir desde allí hacia el sur, pasando por Cosquín. Llegó a Alta Gracia un par de horas después y en la añeja ciudad serrana, donde lo esperaba el general Morello, instaló su comando. Mientras tanto, en la capital provincial, Videla Balaguer preparaba el asalto a la Casa de Gobierno y la sede de la CGT, encomendando la misión al mayor Fernández Funes. El oficial se puso en marcha al frente de un pelotón integrado por varios oficiales, uno de ellos el subteniente Gómez Pueyrredón8, y partió resueltamente a cumplir la orden. El local de la CGT, ubicado sobre la avenida Vélez Sarsfield, fue desalojado con gases lacrimógenos y en la Casa de Gobierno, solo bastó un disparo de cañón para que sus defensores se rindiesen. Al saber la noticia, Videla Balaguer dejó su provisorio puesto de mando en el Cabildo y se instaló en la sede gubernamental, reforzada a partir de ese momento, por piezas de artillería y una fuerte guardia con tiradores apostados en puertas y ventanas. A poco de instalado en el Palacio de Gobierno, Videla Balaguer fue notificado del avance de tropas leales y a sabiendas de ello, dispuso el envío de dos cañones hacia el arco de entrada de la ciudad, a las órdenes del subteniente Borré y el subteniente Gómez Pueyrredón. Cuando los oficiales llegaron al lugar era plena noche, una rápida inspección de los alrededores les permitió detectar una columna de camiones no identificados, que avanzaba por la ruta en dirección a ellos. Los soldados rebeldes abrieron fuego forzando a los vehículos a dar la vuelta y regresar por el mismo camino. La ciudad de Córdoba y sus alrededores se hallaban en poder de las fuerzas revolucionarias. Durante toda esa noche, grupos civiles comenzaron a llegar a las escuelas de Artillería y Tropas Aerotransportadas, con el firme propósito de recibir armamento e incorporarse a la lucha. Por decisión del comando insurrecto, a medida que iban arribando, se los proveía de fusiles que las tropas alzadas habían capturado en las estaciones de radio, en las centrales obreras y el Cabildo y formaron con ellos varios pelotones, se los puso a las ordenes de oficiales que les fueron asignando diferentes misiones como la vigilancia de las rutas de acceso a la ciudad y el aeródromo de Pajas Blancas e incluso, el refuerzo de posiciones. En la capital provincial ocurría otro tanto, con nuevos grupos de milicianos presentándose a Videla Balaguer para ponerse a sus órdenes, entre ellos buen número de afiliados radicales encabezados por Luis Medina Allende, presidente del comité juvenil; Juan Mario Masjoan y Medardo Ávila Vásquez, y los conservadores a las órdenes de Damián Fernández Astrada y Edmundo Molina, entre quienes se encontraban además los hermanos Santos y Jorge Manfredi, Domingo Telasco Castellanos, Marcelo Zapiola, los hermanos García Montaño, Gustavo Aliaga García, Gustavo Mota Reyna, Jorge Horacio Zinny, hijo del brigadier que se había plegado al alzamiento del general Menéndez en 1951, el ingeniero Rodolfo Martínez, Miguel Arrambide Pizarro, Guillermo Parera y el enlace entre ambas agrupaciones, Luis Roberto Pereda. En los meses previos, aquellos grupos habían hecho prácticas de tiro en las canteras de Malagueño, propiedad de Martín Ferreyra, fabricado explosivos, atacado sedes 177


policiales con bombas molotov, y tomando parte en reuniones clandestinas en el domicilio del ingeniero Martínez.

Efectivos rebeldes toman ubicación en inmediaciones del antiguo Cabildo donde resisten las fuerzas peronistas. (Fotografía: Jorge R. Schneider) Con Córdoba bajo control, Videla Balaguer procedió a asegurar el orden, estableciendo piquetes armados en los puntos estratégicos de la ciudad, como accesos y calles del casco céntrico, puentes, edificios públicos y azoteas. Inmediatamente después, procedió a designar intendente interino al Dr. Tristán Castellanos y jefe de Policía al vicecomodoro Eduardo Arenas Nievas. Las medidas resultaron oportunas porque grupos armados peronistas se mantuvieron activos durante toda la noche, propagando noticias falsas o tiroteando a las fuerzas rebeldes desde diferentes sectores, incluso desde automóviles en movimiento cuando pasaban frente a los puestos de vigilancia a gran velocidad, cometiendo actos de sabotaje. Además, una columna de manifestantes provenientes de las villas de emergencia ubicadas en los suburbios intentó alcanzar el centro de la ciudad, pero fue contenida y dispersada con ráfagas de ametralladoras por el subteniente Gómez Pueyrredón. También se adoptaron medidas defensivas en las escuelas de Artillería, en la de Infantería y en la de Tropas Aerotransportadas enviándose hacia allí a elementos de la Escuela de Suboficiales para controlar el sector que daba a Alta Gracia, por donde se esperaba el arribo de las tropas del general Morello. En los cuarteles de Artillería se consolidó el cordón defensivo con piezas de los grupos pesado, liviano y de reconocimiento, todos ellos reforzados por elementos civiles. Las medidas fueron acertadas porque en horas de la noche, tropas de la Escuela de Infantería que no se habían rendido, se reagruparon a las órdenes del mayor Esteban E. Llamosas y atacaron. 178


En plena noche, los infantes leales a Perón abrieron fuego con sus morteros causando numerosas bajas entre militares y civiles rebeldes. Las fuerzas de Lonardi respondieron con sus piezas de 105 mm y el intercambio de disparos se prolongó hasta las primeras horas del 17 de septiembre cuando los primeros se vieron forzados a iniciar maniobras de repliegue, evacuando el área. Lo hicieron ordenadamente en dirección a Alta Gracia, siempre a las órdenes de Llamosas, para unirse a las tropas del general Morello que se concentraban allí.

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Imágenes Fotografías de Jorge R. Schneider obtenidas durante los sucesos quer tuvieron lugar entre el 16 y el 21 de septiembre de 1955 en la ciudad de Córdoba.

Un disparo de cañón impacta sobre frente del Cabildo

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La poblaci贸n corre en pos de protecci贸n

El General Videla Balaguer junto al comodoro Eduardo Arena Nievas y el Dr. Trist谩n Castellanos avanzan hacia el Cabildo

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Civiles y militares, encabezados por el general Dalmiro Videla Balaguer avanzan hacia el Cabildo

Los rebeldes corren en busca de protecci贸n al ser tiroteados desde el Cabildo

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Un miliciano rebelde sostiene su arma frente al Cabildo

Las tropas rebeldes se cubren bajo la recova del Cabildo

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Efectivos rebeldes apostados en la sede social del Club Talleres

Soldados y milicianos intentan contrarrestar la acci贸n de francotiradores peronistas

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Una ametralladora pesada apunta al Cabildo

Soldados y milicianos disparan contra las fuerzas leales

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Otra ametralladora pesada de las fuerzas rebeldes lista para disparar

Impactos de artillerĂ­a en el frente del Cabildo. Los gruesos muros de la aĂąeja construcciĂłn hispana resistieron el embate estoicamente 186


DaĂąos en el frente del Cabildo, sede de la policĂ­a provincial y bastiĂłn de los defensores peronistas

Un grupo de paracaidistas vigila a los combatientes peronistas que se han rendido

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El inspector general Barbosa avanza con bandera de parlamento para aceptar la capitulaci贸n de las fuerzas leales. Lo custodian efectivos de la Fuerza A茅rea

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La lucha ha terminado. PolicĂ­as, soldados y civiles peronistas se rinden

Un paracaidista apunta a los prisioneros, un comando civil sostiene un arma en su diestra

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Tras una encarnizada resistencia, las tropas peronistas han depuesto la armas

Interior del Cabildo despu茅s de la batalla. Ruinas y desolaci贸n

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Columnas de prisioneros se desplazan por las calles de C贸rdoba

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Destrozos en el interior del Cabildo

Notas 1

Fernández Torres atribuyó su salvación a la estampa del arcángel San Rafael que llevaba en el bolsillo de su chaqueta, a quien se había encomendado poco antes de la batalla. 2 Isidoro Ruiz Moreno, op. cit, Tomo II, Primera Parte, Cap. II, “La mañana del 16 de septiembre”. 3 También llamado Río Primero. 4 La misión no detectó presencia enemiga. 5equipados con el mismo armamento que los AT-11 6 El ataque no se concretó. 7 Se trataba del coronel Juan Bautista Picca, el mayor Jorge Fernández Funes y el teniente coronel Raúl Adolfo Picasso. 8 Gómez Pueyrredón tenía a su cargo a cargo el cañón de 7,5 mm de la sección.

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LOS PROLEGOMENOS LA BATALLA DEL RIO DE LA PLATA

Eran las 08.00 de la mañana y empezaba a amanecer cuando los destructores de la Escuadra de Ríos, ARA “Cervantes” (D-1) a las órdenes del capitán Pedro J. Gnavi y ARA “La Rioja” (D-4), bajo el mando del capitán Rafael Palomeque, soltaron amarras y abandonaron las radas de la gran base naval para internarse en Río de la Plata. Mientras eso ocurría, varias lanchas cruzaban el canal desde los astilleros hasta la Escuela, transportando efectivos de Infantería de Marina para que tomasen posiciones de combate en ese sector. Hacía mucho frío y la creciente humedad empapaba las cubiertas de las embarcaciones dificultando los movimientos del personal. Mientras los destructores se alejaban separados 1000 metros uno del otro con el “La Rioja” delante y el “Cervantes” detrás, sus tripulaciones, a viva voz, recibieron la orden de colocarse sus cascos y salvavidas y adoptar zafarrancho de combate. La tranquilidad reinaba a bordo, en parte por la buena preparación de los cuadros y en parte porque nadie esperaba problemas porque la misión asignada parecía sencilla: había que bloquear la navegación en el Plata y evitar la llegada de buques a los puertos bonaerenses, algo que, a simple vista, no representaba riesgos de magnitud.

Los destructores navegaban lentamente, para dar potencia a sus motores una vez en aguas abiertas, debido a que sus calderas eran bastante vetustas. Lo hacían bajo estricto silencio de radio y con buen tiempo pese a que a lo lejos se percibía el avance de un frente de tormenta. Había mucho viento y el frío calaba los huesos cuando el sol emergía lentamente por el horizonte provocando en las tripulaciones una sensación de agrado, no así en sus comandantes ya que, de persistir esas condiciones, la aviación enemiga podría actuar con facilidad.

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Las naves llagaron a la boya de Punta Indio y de allí viraron hacia la costa uruguaya, frente a la cual navegaron lentamente en dirección oeste. De los dos comandantes, el más preocupado era Palomeque, que en su celo profesional, había recomendado la máxima atención en espera de un posible ataque aéreo. Enfundado en su gabán, con las manos en los bolsillos y la gorra calada hasta las orejas, el veterano marino observaba los movimientos con sus anteojos de gran aumento (era corto de vista), sin decir nada. La alegría y emoción inicial de los marineros más jóvenes fue desapareciendo ante las permanentes indicaciones de alerta que, en ambas embarcaciones, dieron lugar a sentimientos de seriedad y preocupación. A estribor, sobre el puente de señales del “La Rioja”, se encontraban los cadetes Juan Angel Maañón y Jorge Augusto Fiorentino, atentos ambos a todos lo que ocurría. Los artilleros, por su parte, se hallaban en sus puestos, listos para accionar sus cuatro cañones de 120 mm, dos a proa y dos a popa, más dos montajes de ametralladoras Bofors de 40 mm, uno entre las chimeneas y otro en la popa, armamento poco adecuado para enfrentar un ataque aéreo. Por el lado leal, la Fuerza Aérea ya estaba en alerta cuando las primeras luces del 16 de septiembre asomaban por el horizonte. El alto mando había llamado a sus miembros a una reunión urgente y poco después, desde la sede de Lavalle 2540, su titular, el brigadier Juan Ignacio San Martín, partió hacia el Ministerio de Guerra para ponerse a disposición de Perón y explicarle la situación. Mientras San Martín se dirigía al Ministerio, su segundo, el brigadier Juan Fabri se trasladaba al Aeroparque para abordar un DC-3 del Comando en Jefe, decidido a volar inmediatamente a la Base Aérea de Morón. Aquella mañana, temprano, el capitán de fragata Hugo Crexell, de la Aviación Naval, se presentó en el Ministerio de Ejército, expresamente convocado por las altas autoridades de Gobierno, para hablar personalmente con Perón. El valeroso piloto fue conducido por los pasillos del edificio hasta la oficina en la que el primer mandatario se hallaba reunido con miembros de su gabinete. Venía de realizar un importante programa de instrucción en el extremo sur del país, que incluía ejercicios de ataque a embarcaciones desde aeronaves que habían causado muy buena impresión en el Alto Mando. Y aunque todavía no lo sabía, en esos cruciales momentos, le esperaba una tarea de importancia, es decir, una verdadera misión de guerra. Mientras caminaba por los pasillos, guiado por un oficial del Ejército, Crexell ignoraba que se le iba a encomendar una misión de guerra y que estaba a punto dirigir la primera batalla aeronaval de la historia argentina. Junto a su guía, se detuvieron frente a una de las puertas de la dependencia e inmediatamente después, ingresó a un amplio salón donde lo recibió el ministro de Marina en persona, almirante Luis J. Cornes, quien lo condujo hasta la oficina donde se encontraba Perón en compañía de varios funcionarios. -Este, mi general, es el piloto que se mantuvo leal el 16 de junio y que comandó los ejercicios aeronavales con gran pericia en el sur – le dijo Cornes al presidente después de cuadrarse y hacer la venia– Es quien está a cargo del Comando de Aviación Naval.

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Nervioso e incluso perturbado, por hallarse ante una de las personalidades más poderosas de la historia de América, Crexell se cuadró y permaneció firme. Perón se veía preocupado cuando le estrechó la mano y le dijo que debía “limpiar” de elementos rebeldes el Río de la Plata. Le dio algunas explicaciones y acto seguido, ordenó a San Martín que lo condujese personalmente hasta Morón, con la expresa directiva de “hacer lo que él creyera conveniente”; en una palabra, debían cumplirse todas sus directivas (las de Crexell) sin cuestionamientos de ninguna índole. -Vaya usted con él y póngalo al mando – le ordenó a San Martín y dirigiéndose nuevamente a Crexell agregó – ¡Dele leña a esos traidores! ¡Adopte las medidas que crea necesarias! Crexell hizo el saludo militar y junto a San Martín abandonó presurosamente el Ministerio en dirección al Aeroparque, donde lo aguardaba un helicóptero con los motores en marcha, listo para despegar. La aeronave se elevó e inició su viaje hacia Morón, atravesando la Capital Federal hacia el oeste. Una vez en la base, el piloto naval saltó a tierra pensando que San Martín lo seguiría pero grande fue su sorpresa al ver que el alto oficial permanecía en su asiento, sin moverse. Crexell volvió sobre sus pasos para preguntarle que ocurría y quedó absorto al escuchar del propio jefe aeronáutico que como no era bien visto en el lugar, regresaba inmediatamente a Buenos Aires. Todavía absorto, Crexell retrocedió unos pasos y se quedó parado en la pista viendo como el helicóptero levantaba vuelo y se alejaba, sin comprender todavía cual era la situación. Una vez frente al brigadier Fabri, el recién llegado hizo saber las órdenes que le había dado Perón y enseguida dispuso un vuelo de reconocimiento para familiarizarse con el área de operaciones y adoptar las primeras medidas. Subordinado a sus órdenes, Fabri mandó alistar un De Havilland que, al comando de un alférez, llevaría al mismo Crexell como navegante. El avión partió sin inconvenientes y al cabo de media hora detectó a las unidades rebeldes navegando en aguas próximas a Colonia. El aviador naval ordenó el regreso y una vez en tierra, se encaminó a la central de operaciones para notificar la novedad a Fabri y a su segundo, el capitán Daniel de Marrote, ex colega suyo de la Armada pasado ahora a la Fuerza Aérea. Inmediatamente después, ordenó el primer ataque. En un clima de gran excitación fue alistada una escuadrilla de cuatro Gloster Meteor a las órdenes del vicecomodoro Carlos A. Síster, el mismo que había ametrallado la Base Roja de Ezeiza el 16 de junio, a quien se le encomendó hostilizar y poner fuera de combate a las unidades de la Escuadra de Ríos. Crexell en persona impartió las indicaciones en la sala de prevuelo y una vez finalizadas, los pilotos se pusieron de pie y se dirigieron a sus aviones para efectuar los controles correspondientes, trepar a sus cabinas y esperar que los mecánicos terminasen de cargar combustible. Cuando todo estuvo listo, Síster comunicó a la torre que despegaban y después de recibir la autorización, comenzó a rodar por el pavimento hacia la pista principal, seguido por sus escoltas. Una vez en la cabecera, se detuvo y menos de un minuto después, dio máxima potencia a sus turbinas y comenzó a carretear a gran velocidad, 196


para decolar en primer lugar, seguido por sus tres numerales con una diferencia de quince segundos entre uno y otro. Mientras los aparatos remontaban vuelo y enfilaban hacia el sudeste, a varios kilómetros de allí, en dirección a la Banda Oriental, los destructores rebeldes continuaban el bloqueo con sus tripulaciones en permanente estado de alerta. Los realojes a bordo daban las 09.18 cuando la escuadrilla peronista fue detectada. -¡¡¡Cuatro aviones a proa!!! – gritó uno de los vigías en el “La Rioja”. Era el anuncio de alerta; el temido momento había llegado. El capitán Carlos F. Peralta, segundo de a bordo, observaba con sus prismáticos desde el puente de mando, intentando ubicar a los aparatos. Como no lo logró, le pidió al cadete Maañón que lo hiciera y aquel respondió: -¡Avanzan desde las destilerías de Dock Sud, mi capitán! Peralta enfocó sus largavistas en esa dirección y pudo ver cuatro puntos pequeños que se acercaban a gran velocidad. -¡¡Carguen cañones!!- ordenó, directiva que fue pasada a viva voz por los jefes de baterías. -¡¡Artillería lista, señor!! – fue la respuesta. En esos momentos, el comandante le ordenó al teniente de navío Ríos, que izase la bandera de guerra, indicación que aquel retransmitió a viva voz. -¡¡¡Que nadie dispare hasta que de la orden!!! – gritó el capitán Palomeque mientras la aviación peronista avanzaba formada en “V”, tal como se los había enseñado Adolf Galland, el as de la Segunda Guerra Mundial contratado por Perón, en los cursos de entrenamiento. A bordo del “La Rioja” la tripulación vio a los aparatos efectuar un amplio giro en dirección a Montevideo y colocarse en línea, uno detrás de otro, con el vicecomodoro Síster a la cabeza. Al ver eso, el teniente Ríos no tuvo más dudas. -¡¡¡Nos van a atacar, señor!!! Palomeque permaneció incólume en el puente de mando observando con las manos en los bolsillos del gabán a los aviones que se le venían encima; Peralta, por su parte, se apresuró a tomar ubicación en su puesto de combate dando directivas a viva voz mientras el personal corría por la cubierta. Con el sol de frente, las piezas de estribor apuntaron a las aeronaves y esperaron mientras los constantes alertas anunciaban el inicio de las hostilidades. Los dos primeros cazas se descolgaron de las nubes disparando sus cañones furiosamente. El capitán Palomeque ordenó abrir fuego y la pieza Nº 1 comenzó a tronar, accionada por el guardiamarina Julio César Ayala Torales, a quien asistían los cadetes Edgardo Guillochón y Washington Bárcena. -¡¡Viva la Patria, carajo!! – gritaron los oficiales en medio del ensordecedor estruendo. 197


El avión de Síster, pasó en primer lugar ametrallando la cubierta; inmediatamente después lo hizo el segundo, que volaba 1500 metros detrás. Sus proyectiles alcanzaron la estructura del buque, destrozando el foco de señales, varios termómetros y algunos objetos del cuarto de navegación, sin causar bajas. La tripulación experimentó estupor y admiración al ver a su comandante de pie, en una saliente del puente, recibiendo el ataque sin buscar protección. Ninguna bala lo alcanzó. Palomeque mandó al teniente Federico Ríos informar al almirante Rojas que había comenzado el combate y que se estaba respondiendo el fuego y cuando las máquinas atacantes se alejaban hacia el oeste, ordenó el “alto el fuego”. -¡¿Averías o heridos?! – preguntaban los suboficiales en medio de la excitación. -¡Sin novedad! – fue la respuesta. Segundos después volvieron a sonar las alarmas, anunciando el segundo ataque. Se trataba de las otras dos aeronaves que llegaban a vuelo rasante accionando sus cañones. Las antiaéreas devolvieron el fuego llenando la cubierta de olor a pólvora y ensordeciendo a sus servidores con los estampidos. En su necesidad de aflojar tensiones, oficiales y marineros lanzaban vivas a la patria y duros epítetos contra un régimen al que, a esa altura, identificaban como su enemigo . Los aviones pasaron sobre el destructor disparando de manera implacable y tomaron altura siguiendo a Sister y su compañero. El que volaba en último lugar fue el que más daños causó ya que alcanzó diversos puntos de la estructura, hiriendo gravemente al cadete Maañón. Un proyectil de 20 mm le había volado el maxilar inferior, provocándole una espantosa herida que lo dejó sin boca y sin varias de sus piezas dentales. Sangrando en abundancia, el marino se sujetaba el mentón intentando mantener en su sitio la lengua, que le colgaba monstruosamente, sin reparar en los restos de dientes, sangre y trozos de carne que cubrían su gabán. Un sentimiento de horror estremeció a sus compañeros al ver su rostro desfigurado. -¡¡¡Hijo mío!!! – gritó Palomeque tomando al marino por los brazos y casi enseguida, ordenó su inmediato traslado a la enfermería. El “La Rioja” presentaba serios daños en su estructura, los más graves, seis orificios de 20 mm bajo la línea de flotación a través de los cuales penetraba el agua inconteniblemente. La escuadrilla del vicecomodoro Síster retornó a Morón, aterrizando a las 10.00 horas, sin inconvenientes. Su jefe exteriorizaba euforia cuando descendió de su aparato y refirió a sus superiores los pormenores del ataque, solicitando inmediatamente una nueva incursión. Se dispuso entonces, el envío de una segunda formación al mando del vicecomodoro Orlando Pérez Laborda para que repitiese el ataque. La nueva formación despegó quince minutos después y una vez en el aire, enfiló directamente hacia el objetivo, en momentos en que un frente de tormenta se aproximaba por el noreste. 198


Las embarcaciones se encontraban en medio del estuario cuando la Fuerza Aérea volvió a atacar. El cadete José L. Cortés, del “La Rioja”, fue herido en el rostro. En el “Cervantes”, el cadete Juan Pieretti, recibió un disparo en la cadera y el capitán de corbeta Rodolfo de Elizalde resultó levemente quemado por una trazadora que le rozó su pierna derecha. Los marinos se encontraban en el puente de mando cuando se produjo el ataque y su rápida reacción, al arrojarse al suelo, los salvó de una muerte segura. Sin embargo, en esta nueva incursión, uno de los Gloster pareció ser alcanzado porque al alejarse hacia el oeste comenzó a perder velocidad al tiempo que efectuaba un brusco viraje antes de alcanzar la vertical del “La Rioja”. Pese a ello, cuando casi tocaba el agua se estabilizó y se alejó en dirección a Morón.

Vicecomodoro Carlos A. Sister, Jefe de la sección de Gloster Meteor que atacó a la Escuadra de Ríos (Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Tomo II) Mientras se llevaba a cabo la segunda incursión, el capitán Crexell explicaba al vicecomodoro Síster y al oficial Islas, la forma en la que debían hacerse los siguientes ataques, modificando el ángulo de disparos con corridas de popa a proa y no de costado como lo habían hecho en la incursión anterior. Eso facilitaría la acción de los pilotos y los pondría a cubierto detrás de las densas columnas de humo que despedían las chimeneas de los destructores. Los pilotos seguían las explicaciones con atención mientras Crexell las graficaba en el pizarrón de la sala de comando y cuando su superior terminó de hablar, corrieron de regreso a los Gloster, para llevar a cabo una nueva embestida. Siguiendo esas indicaciones, el tercer ataque al mando de Síster, fue demoledor. Los relojes señalaban las 11.00 cuando el “La Rioja” volvió a ser ametrallado con ferocidad. La escuadrilla sobrevoló su cubierta en cuatro oportunidades, acribillándola con sus cañones, desafiando valerosamente a las antiaéreas y ametralladoras de a bordo, que

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intentaban rechazarla. Poco fue lo que pudieron hacer porque la velocidad de los cazas era su mejor defensa.

Destructor ARA "Cervantes" navegando en aguas del Plata. (Imagen: gentileza Fundación Histarmar) En una de las pasadas, los aviones le ocasionaron al “Cervantes” numerosas bajas, algunas de ellas fatales. Una bala atravesó la cabeza de Carlos Cejas, cadete de 4º año que servía una pieza Bofors a popa. El muchacho cayó sin sentido sobre cubierta, muriendo minutos después. Cerca de ahí, el ayudante Raúl Machado recibió una profunda herida en el brazo derecho que obligó su inmediata evacuación a la enfermería, donde el Dr. Luis Emilio Bachini, médico odontólogo de a bordo, intentaba hacer lo mejor que podía. Machado falleció en la camilla, cuando el facultativo se disponía a amputarle el brazo. La metralla alcanzó también al teniente de navío Alejandro Sahortes cuando intentaba introducir en el cuarto de máquinas al cabo principal Juan Carlos Berezoski, presa de una crisis nerviosa. Berezoski murió en el acto y Sahores cayó bajo los botes salvavidas con el estómago perforado y la arteria femoral despedazada. Fue, sin ninguna duda, una tremenda incursión que dejó un saldo de 21 bajas, cinco de ellas fatales. La labor del Dr. Bachini fue encomiable. Con la asistencia del capitán Rodolfo de Elizalde, armó en la sala de personal un improvisado hospital de sangre y asistido por el mencionado oficial y un cadete, hizo todo lo que estuvo a su alcance para aliviar el sufrimiento de los heridos. La situación en el “La Rioja” era peor. Los cazas peronistas arrasaron su cubierta y perforando su estructura en varios sectores, destruyendo completamente el cañón Nº 1. El cadete de 2º año Edgardo Guillochón fue alcanzado por los proyectiles y cayó 200


muerto, sobre la pieza que servía. Su compañero, Washington Barcena, recibió una esquirla en la pierna izquierda, que le hizo perder el equilibrio y caer al suelo pesadamente. En la enfermería el cabo principal Araujo, que tenía nociones de primeros auxilios, se ocupaba de los heridos, atendiendo con esmero a Maañón y Cortés. Se trataba de un lugar reducido bajo el puente de mando, con dos camillas superpuestas y un pequeño ropero. En esas condiciones, el abnegado suboficial también realizó una labor excepcional, pese al escaso instrumental del que disponía. Mientras sujetaba la lengua de Maañón para evitar que se la tragase, quitó con una gasa los restos dentales y las esquirlas del maxilar, lo mismo un pedazo de metal incrustado muy cerca de su ojo izquierdo. Finalizada esa tarea, le suministró uno de los pocos calmantes que había en el botiquín y le pidió que permaneciese quieto. Sobre la camilla superior se hallaba el cadete José Luis Cortés con una grave herida en la cabeza. El bravo Araujo se la vendaba cuando los proyectiles del tercer ataque perforaron la estructura metálica del habitáculo, atravesándolo de lado a lado. Una bala de cañón se incrustó bajo del omóplato derecho de Maañón, provocándole una nueva lesión. Otro marinero herido que se hallaba parado junto a la entrada, recibió impactos en las piernas al tiempo que la puerta en la que estaba apoyado saltaba de su marco. Araujo inyectó una dosis de morfina a Maañón y le practicó torniquetes al otro marinero, doloridos ambos por las nuevas lesiones. Debido al duro castigo soportado por su embarcación, el capitán Palomeque se comunicó con el “Cervantes” para decirle que lo más conveniente era alejarse del área en dirección a la desembocadura del río, fuera del radio de alcance de los aviones peronistas. Después de escuchar la propuesta, el comandante Gnavi manifestó estar de acuerdo y accedió, ya que de esa manera, podrían seguir cumpliendo con la misión de bloqueo sin arriesgar al personal de a bordo. Palomeque llamó al almirante Rojas para informarle que las embarcaciones habían sido sometidas a violentos ataques y que tenían muertos y heridos a bordo. Y cuando pidió autorización para el repliegue, esta le fue concedida de manera inmediata. Los viejos destructores viraron hacia el este y se dirigieron hacia el océano mientras a bordo se repartía el rancho a la tripulación. En esos momentos, cuando nadie lo sospechaba, se produjo un cuarto ataque. Los buques navegaban hacia la desembocadura del Río de la Plata cuando por entre las nubes aparecieron cuatro Gloster Meteor que se abalanzaron sobre ellos. Las cubiertas volvieron a ser ametralladas en tanto la tropa intentaba ponerse a cubierto. Y una vez más, el cadete Maañón fue alcanzado, esta vez en el pie derecho, cuando un proyectil perforó su borceguí y le rompió varios huesos del empeine y el talón. Sobre él se precipitó una vez más el valeroso cabo Araujo, aplicándole un nuevo torniquete y una nueva inyección de morfina que lo dejó completamente inconsciente. Tras esta nueva incursión, los destructores dieron mayor potencia a sus motores y se alejaron de la zona a gran velocidad mientras las aeronaves de la Fuerza Aérea se retiraban hacia Morón. Las viejas embarcaciones estaban maltrechas pero salieron 201


indemnes de la acometida. Habían disparado más de 1000 proyectiles y recibido 250 impactos y perdido algunas de sus piezas de artillería, dos el “Cervantes” y una el “La Rioja”. Los buques navegaban escorados debido a los impactos que habían recibido bajo la línea de flotación y sobre esas vías de agua, trabajaban los equipos de reparaciones provistos de tacos de madera y alquitrán. A la última incursión de los Gloster Meteor, le siguió un período de tensa calma en el que los ataques parecieron cesar. Pese a los daños, el “Cervantes” aprovechó la oportunidad para detener un carguero estadounidense cargado de frutas, al que solicitó un médico. Lamentablemente los norteamericanos no tenían ninguno porque su tripulación era mínima y no lo necesitaban. En esa tarea se hallaba ocupada la tripulación del destructor cuando repentinamente apareció en el aire una escuadrilla de bombarderos livianos Calquin que se dirigía directamente a los buques, procedente de Morón. El hecho de que la nave de guerra se hallara en esos momentos junto a un mercante extranjero la salvó de lo que pudo haber sido un ataque demoledor. Las bombas cayeron a 50 metros, levantando altas columnas de agua sin provocar daños. Sin embargo, fueron motivo suficiente como para que el carguero virase y se alejase presurosamente hacia las bocas del río, al mismo tiempo que el buque de guerra se preparaba para repeler la agresión. Inmediatamente después de los Calquin apareció un Avro Lincoln a gran velocidad, con sus copuertas inferiores abiertas. En un desesperado intento por evitar el ataque, el “Cervantes” se aproximó al mercante pensando que el aviador no se atrevería a dañarlo, pero el Avro Lincoln lanzó su bomba provocando un tremendo estallido que sacudió las estructuras de ambos buques. Los destructores intentaron evitar las cargas virando continuamente de derecha a izquierda mientras abrían fuego y estremecían el aire con sus cañones. El avión se alejó dejando a sus espaldas a los maltrechos buques bajo la lluvia, apuntando sus proas en dirección al Uruguay. De las dos embarcaciones, el “Cervantes” fue la que peores condiciones presentaba. Escorado, con pérdida de velocidad y una turbina dañada, se hallaba prácticamente fuera de combate porque sus piezas de artillería casi no operaban. Frente a la capital uruguaya el capitán Gnavi contactó a su par del “La Rioja” para notificarle que necesitaba imperiosamente entrar en puerto. Palomeque estuvo de acuerdo por lo que el “Cervantes”, colocando su artillería en crujía, puso proa a la vecina orilla y se alejó. A esa altura, la atención de los heridos era más que urgente Eran las 18.30 cuando, a la vista de Montevideo, se aproximó el remolcador “Capella y Pons”, de la marina de guerra uruguaya se situó junto al “La Rioja” para solicitar amarras. Su comandante, el capitán Diego Culachín, estableció contacto con el destructor y 202


Palomeque le informó que había un muerto y varios heridos a bordo y que necesitaba transferir inmediatamente para regresar a la batalla. La operación de traspaso no se hizo esperar. Los marineros colocaron el cadáver del cadete Guillochon sobre una camilla, lo cubrieron con la bandera argentina y lo pasaron con sumo cuidado al buque uruguayo. Tras él hicieron lo propio, también en camillas, los cadetes Maañón y Bárcena y el suboficial artillero Ángel Stamati, que pese a sus graves heridas, pedía permanecer a bordo. Cuando el último herido se hallaba en el “Capella y Pons” y el temporal comenzaba a agitar las aguas, la voz del cadete Ferrotto, a cargo de las señales, puso a todo el mundo en estado de alerta. -¡¡Aviones enemigos!! – gritó – ¡¡Aviones enemigos!! Cumpliendo directivas, la tripulación corrió a sus puestos tal como tantas veces lo había hecho durante los ejercicios y maniobras, mientras el remolcador uruguayo desenganchaba presurosamente y se alejaba. A lo lejos, se recortó contra el gris plomizo del cielo, una formación de cuatro cazas que se acercaban velozmente hacia los destructores. -¡¡¡Suelten amarras, carajo!!! – tronó la voz de un oficial. -¡¡¡Preparen artillería!!! – ordenó otro. -¡¡Alto!! - gritó alguien repentinamente - ¡¡Son aviones uruguayos!! A través de sus prismáticos, el capitán Palomeque y sus oficiales pudieron distinguir a los cuatro aparatos Mustang P-51D de la Fuerza Aérea Uruguaya se aproximaban velozmente en la misión de cobertura, dispuestos a brindar protección a las naves argentinas en caso de ser hostigadas. -¡¡Son aviones que se preparan para atacar! - volvió a gritar el cadete Ferrotto - ¡¡Nos atacan!! -¡¡¡Pero cadete pel...!!! ¡¡¿No se da cuenta que son uruguayos?!! – gritó furioso el capitán Peralta. -¡¡Son aviones que se preparan para atacar! - volvió a gritar el cadete Ferrotto - ¡¡Nos atacan!! -¡¡¡Pero cadete pel...!!! ¡¡¿No se da cuenta que son uruguayos?!! – gritó furioso el capitán Peralta. Los aviones pasaron junto a los buques, volando a baja altura, luciendo en su cola los colores de su país, hecho que tranquilizó a los combatientes a bordo, devolviéndoles la serenidad. Mientras el “Cervantes” era remolcado hacia Montevideo, el “La Rioja” metió presión a sus máquinas y se alejó aguas adentro dispuesto a proseguir la lucha, eludiendo legalmente la internación que el derecho internacional establece para las fuerzas beligerantes que llegan a países neutrales. 203


El ARA "La Rioja" gravemente dañado se dirige a Montevideo seguido por el "Cervantes" (Imagen: gentileza Fundación Histarmar) Tanto el “Cervantes” como el “Capella y Pons”, ingresaron lentamente en el puerto de Montevideo y amarraron junto a los diques, maniobra que presenció una multitud de ciudadanos uruguayos, hombres y mujeres, que se habían dado cita desde temprano para seguir de cerca las acciones de guerra1. El desembarco de los muertos y los heridos impactó profundamente en el ánimo de quienes se habían acercado hasta allí y el descenso de los cadetes del “Cervantes” fue saludado con vivas y aplausos recordando a más de un uruguayo, hechos 204


similares acaecidos dieciséis años atrás cuando los tripulantes del “Graf Spee” echaron pie a tierra en ese mismo lugar. Según relatan diez periodistas en Así Cayó Perón. Crónica del movimiento revolucionario triunfante, cerca de la Aduana y frente a los accesos al puerto se había congregado una verdadera muchedumbre que pugnaba por acercarse al “Cervantes” en procura de novedades. Entre el público, había familiares y amigos de los tripulantes que intentaban averiguar si sus allegados se encontraban entre las víctimas. A las 20.45 las radios uruguayas efectuaron un dramático pedido de sangre destinada a los marinos heridos, interrumpiendo sus programas habituales para hacer efectiva la solicitud. Decenas de personas se acercaron al Hospital Militar y al Hospital Maciel para ingresar de a dos por vez. Los combatientes argentinos fueron alojados en barracones especialmente acondicionados en la zona portuaria donde fueron alimentados y asistidos con solicitud, al tiempo que se les prodigaba todo tipo de atenciones. También recibieron visitas, la mayoría de importantes personalidades del vecino país, una de ellas, la señora Matilde Ibáñez Tálice, esposa de quien fuera presidente del Uruguay hasta 1951, Luis Batlle Berres. La dama, nacida en Buenos Aires, se ocupó personalmente de muchas de las necesidades de los cadetes. A poco de desembarcar, falleció el cadete Cejas y dos días después se produjo el deceso del cadete Vega, elevando el número de muertos a ocho. Maañón fue operado y atendido por el Dr. Vecchi, destacado facultativos uruguayo, quien advirtió al soldado que podía morir en la intervención. Maañón dio su consentimiento para ser intervenido pero antes escribió una carta de despedida a su padre, explicando las alternativas que había vivido2. En horas de la noche se montó una guardia de honor en dependencias de la Armada Uruguaya, donde los caídos en combate fueron velados. La misma fue puesta a cargo del teniente de fragata Fernando Nis que durante el segundo ataque de los Gloster Meteor, se encontraba en la sala de máquinas junto a su jefe, el teniente de navío Alejandro Sahores, abatido por los proyectiles enemigos. El cadete de 4º año Luis Bayá, formó parte de la guardia. Mucha más gente se acercó hasta el lugar para hacer llegar sus condolencias o, simplemente, curiosear, mientras decenas de periodistas pugnaban por obtener información. Y mientras eso sucedía, las radios seguían brindando amplia cobertura de los acontecimientos, lo mismo los periódicos, que a la mañana siguiente anunciaban las noticias con grandes titulares. Tanto el “La Rioja” como el “Cervantes” tuvieron una brillante actuación. Con ellos, la Armada Argentina protagonizó la primera batalla aeronaval de su historia, pagando con sangre la experiencia vivida. Sus comandantes y las tripulaciones estuvieron a la altura de los acontecimientos, destacando muy especialmente el capitán Rafael Palomeque por su brillante accionar en cumplimiento del deber. Habían operado más allá de lo exigido y se habían desempeñado heroicamente, poniendo a resguardo el honor nacional. El almirante Rojas tenía motivos de sobra para enorgullecerse de su gente3.

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Imágenes

La contienda ha finalizado. El "La Rioja" muestra los daños que ha sufrido (Imagen: gentileza Fundación Histarmar)

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Plana Mayor del "La Rioja". Sentado en primera fila, al centro, su comandante, capitán Rafael Palomeque. (Imagen: gentileza Fundación Histarmar )

El "La Rioja" en el dique seco de los Astilleros Tandanor de Buenos Aires, después de la batalla. (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)

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Tripulación del "La Rioja" junto a su comandante, Cap. Rafael Palomeque detrás del salvavidas. (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima) Notas 1 Pueblo y autoridades demostrarían una altura digna de su tradición al momento de ofrecer ayuda y atención a combatientes extranjeros. 2 Afortunadamente el Dr. Vecchi era una eminencia y el valeroso cadete sobrevivió y una vez finalizada la contienda regresó a su país para reincorporarse a la Marina, retirándose años después, con el grado de capitán de fragata. 3 Los detalles del enfrentamiento fueron extraídos de “El torpedero “La Rioja” y su intervención en la batalla aeronaval del Río de la Plata”, de Juan Manuel Jiménez Baliani, aparecido en el Boletín del Centro Naval Nº 773 de Febrero de 1994; La Revolución del 55, Tomo II, de Isidoro Ruiz Moreno, Puerto Belgrano. Hora 0. La Marina se subleva, de Miguel Ángel Cavallo y Así Cayó Perón. Crónica del movimiento revolucionario triunfante, de diez periodistas argentinos.

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CURUZU CUATIA En la madrugada de aquel agitado 16 de septiembre, un camión militar se aproximó lentamente al aeródromo de Gualeguay con sus luces apagadas. Junto a la pista de aterrizaje esperaba expectante un grupo de oficiales revolucionarios. El vehículo, conducido por el coronel Eduardo Arias Duval, se detuvo y varias personas descendieron de él. Se trataba del general Pedro Eugenio Aramburu, el coronel Eduardo Señorans, el subteniente Carlos B. Chasseing y el propio Arias Duval, sin contar a los soldados fuertemente armados, que viajaban en la parte posterior. Quienes esperaban junto a la pista se aproximaron a los recién llegados y después de intercambiar unas pocas palabras, se encaminaron hacia el monomotor Piper que al comando del teniente primero Enrique Méndez, aguardaba con los motores encendidos en la cabecera, listo para despegar. Los individuos cargaron el equipaje y el armamento e inmediatamente después abordaron la máquina, tomando ubicación en su interior. Ni bien encendió el motor, Méndez se dio cuenta que había sobrepeso y por eso ordenó descargar todo aquello que fuera prescindible. Los tripulantes bajaron varios bultos que apilaron junto a la pista y enseguida volvieron a abordar, comprobando con desazón que la máquina seguía sobrecargada y, por consiguiente, sin posibilidades de despegar. Así se lo explicó Méndez al general Aramburu y este le dijo que en su condición de piloto, fuese él el encargado de decidir. Señorans, que escuchaba la conversación se volvió hacia el Dr. Eduardo Bergalli, dirigente radical y único civil a bordo y le pidió que bajara. El hombre intentó oponerse pero, debido a su condición, se le exigió descender rápidamente porque llevaban retraso y no querían demorar más la partida. Muy a su pesar, el dirigente abandonó la aeronave y junto a él hizo lo mismo él el teniente primero Catani, por ser el oficial más joven. Una vez libre de la sobrecarga, el avión cerró sus compuertas y dando máxima potencia a su motor, comenzó a rodar por la pista, justo en el momento en que la policía de la provincia de Entre Ríos, llegaba a gran velocidad con el objeto de impedir su partida. El avión ganaba velocidad cuando los agentes descendieron de sus móviles y abrieron fuego alcanzando el fuselaje e hiriendo en la pierna al capitán de fragata Aldo Molinari. El monomotor se elevó sin problemas y cuando en el horizonte comenzaba a clarear, su piloto puso rumbo a la vecina provincia de Corrientes, más precisamente a Curuzú Cuatiá, una de las dos ciudades fundadas por el general Belgrano durante su expedición al Paraguay. Molinari se tomaba la pierna cuando advirtió a sus acompañantes que estaba sangrando. Arias Duval, que viajaba en el asiento del copiloto, se incorporó y se ubicó a su lado para hacerle un torniquete con dos pañuelos y de esa manera detuvo momentáneamente la hemorragia.

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A las 08.05 el avión se estabilizó y casi enseguida, el teniente Méndez, notó que frente a ellos se formaba un frente de tormenta con unas amenazantes nubes obscuras, razón por la cual, encendió la radio para escuchar el parte meteorológico. En esos momentos, la voz del locutor transmitía un mensaje oficial que daba cuenta del levantamiento militar en la provincia de Córdoba, que el mismo comenzaba a ser controlado por las fuerzas leales y que reinaba la calma en el reino del país. Los tripulantes se miraron sorprendidos justo cuando Méndez iniciaba un rodeo para evitar la tormenta virando un tanto a la izquierda, maniobra que les permitió distinguir a lo lejos, la localidad de Rosario del Tala. Sobrevolaban el curso del río Mocoretá, cuando el coronel Señorans explicó a los pasajeros que de acuerdo a lo acordado al planificarse la operación, la señal que confirmaría que el lugar se hallaba en manos rebeldes era una ambulancia estacionada junto a la pista de aterrizaje. Veinte minutos después, el monomotor comenzó a descender aunque con muy poca visibilidad debido a la densa capa de nubes que cubría el sector y casi enseguida divisaron el aeródromo, notando una extraña quietud y lo que era peor, ninguna ambulancia detenida su lado. El aparato comenzó a volar en círculo mientras sus ocupantes discutían la situación. Aramburu, que viajaba sentado en la parte posterior se había mantenido en silencio durante todo el viaje y recién habló cuando sus camaradas se percataron de la situación, preguntándole a Molinari cual era su parecer. El marino respondió que a su entender, lo más acertado era aterrizar y seguir adelante con los planes. Después de escucharlo, el general meditó un momento y después de unos segundos de meditación, ordenó el aterrizaje. En tierra firme, el decidido mayor Juan José Montiel Forzano tenía todo listo para iniciar la sublevación a la hora convenida. Se había estado moviendo aceleradamente desde el día 14 poniendo al tanto de los planes a los oficiales y civiles sublevados, entre ellos el mayor de Zapadores Constantino Passoli, los capitanes Eduardo Rezzonico, Claudio Mas, José Eduardo Montes, Joaquín Vallejos y Francisco Balestra, Pedro E. Ramírez (hijo del ex presidente de la Nación Pedro Pablo Ramírez), Julio César y José Rafael Cáceres Monié (hermanos del militar), Mario de León, Juan Labarthe y Enrique Arballo. A las 0 horas del 16 de septiembre, procedió a capturar los cuarteles del Destacamento de Exploración Blindado de la localidad y a detener a sus principales autoridades, encabezadas por los tenientes coroneles Carlos Frazer, Julio César Uncal y Carvajal y los mayores Tomás Rodolfo Orsi, Nadal, Hogan, Rodríguez e Idelbo Eleodoro Voda junto a varios capitanes y tenientes. Acto seguido, reunió a los 180 suboficiales de la unidad en el patio principal del Destacamento de Exploración, y los invitó a plegarse al alzamiento, cosa que la mayoría, rechazó. Ante tal situación, ordenó su detención desarmándolos y encerrándolos en el depósito de materiales frente a los cuales dispuso montar una fuerte custodia para asumir la comandancia inmediatamente después, distribuyendo cargos entre sus seguidores. Todo estaba bajo control cuando el avión en el que viajaba el general Aramburu tocó tierra, a excepción de la Agrupación Blindada, su Escuela y sus talleres, con sus dotación de 50 tanques y vehículos semioruga, ubicada en uno de los extremos de la población, con el arroyo Curuzú Cuatiá de por medio. 210


Montiel Forzano despachó hacia allí al mayor Eduardo Samyn al frente de un grupo de oficiales mientras los comandos civiles ocupaban la Municipalidad, la comisaría, el Correo, la estación del ferrocarril, el Banco y la oficina de teléfonos, sin hallar oposición. La Escuela y la Agrupación Blindada cayeron sin derramamiento de sangre y de esa manera, toda una División, con sus cañones, morteros y tanques, quedó en poder de las fuerzas rebeldes. Poco después el teniente coronel Jorge Orfila, jefe del Distrito Militar, se subordinó a Montiel Forzano, poniendo a sus órdenes a la policía y los comandos civiles. Sin pérdida de tiempo, se despachó hacia el aeródromo a una sección al mando del teniente José Luis Picciuolo, con instrucciones de recibir al general Bengoa y llevarlo inmediatamente al Destacamento. El alto oficial debía ponerse al frente de las fuerzas sublevadas, abordar los trenes y encaminarse hacia Paraná primero y Rosario después, para reunir a las tropas que a las órdenes del general Lonardi, marcharían desde Córdoba hacia a la Capital Federal, pero una vez más el alto oficial nunca apareció. A las 10.00 horas se hizo presente en la estación aérea el coronel Héctor Solanas Pacheco, que venía de la estancia “El Carmen” para interiorizarse de lo que acontecía, a y después de escuchar que nada se sabía de Bengoa, emprendió el regreso. Quien quedó vivamente sorprendido por lo que acontecía en la Agrupación Blindada Escuela de Curuzú Cuatiá fue su comandante, el coronel Ernesto Sánchez Reinafé cuando a poco de llegar a Buenos Aires, supo por boca del general Francisco Antonio Imaz, que su guarnición se había sublevado. Se le ordenó regresar de inmediato y junto al general Carlos Salinas y el coronel José Eduardo Tabanera, comandantes de la División Blindada y de Artillería del Cuerpo Mecanizado respectivamente, hacerse cargo de la situación. De ese modo, sin pérdida de tiempo, se dirigieron al Aeroparque Metropolitano y una vez allí abordaron un avión civil LV bimotor y partieron rumbo a Corrientes. Sánchez Reinafé había sido víctima de una maniobra de distracción de Montiel Forzano, quien le había hecho llegar un mensaje en el que se le ordenaba presentarse urgentemente en Buenos Aires para una reunión en el Ministerio de Ejército. El avión que conducía a Salinas y Sánchez Reinafé despegó de la capital cerca de las 12.00 y una hora después, sobrevolaba Curuzú Cuatiá arrojando panfletos del gobierno, que anunciaban el fracaso del alzamiento. Eso y los comunicados oficiales emitidos por las radios, dando cuenta de que las fuerzas leales se estaban imponiendo, hicieron cundir el desconcierto en la guarnición blindada, hasta tal punto que varios oficiales, entre ellos el capitán Nicolás Granada y los tenientes Alberto Rueda, Shefferd y Juan Rocamora, rebeldes hasta ese momento, abandonaron la conjura y se apresuraron a liberar a los 180 suboficiales que custodiaban. Lo que hasta el momento había sido un movimiento pacífico se transformó en un baño de sangre. Los suboficiales, enajenados, abandonaron los talleres en los que habían estado encerrados y profiriendo insultos y vivas a Perón corrieron a los arsenales para proveerse de armamento, reduciendo previamente a los oficiales Rubén Molli y Carlos Zone, que en esos momentos montaban guardia. Desde ese punto se encaminaron hacia los portones de acceso, apoderándose de la entrada principal, controlando con ello los accesos a la unidad. 211


Al ver eso, el mayor Samyn corrió hasta el pueblo donde se hallaban reunidos los altos mandos rebeldes y los puso al tanto de lo que estaba ocurriendo1. Sumamente agitado, Samyn informó que la guarnición había vuelto a manos leales y que el caos y la confusión dominaban la Agrupación, por lo que Detang le aconsejó a Solanas no esperar más y hacerse cargo inmediatamente de la situación mientras Montiel Forzano partía presurosamente para ponerse al frente de sus tropas. Las circunstancias eran en extremo complejas ya que era el general Aramburu y no Bengoa quien se había presentado para tomar el mando en Corrientes y eso tornaba más confusa la situación. Haciendo caso omiso y siguiendo adelante con lo que se había planificado, Montiel Forzano se puso al frente de una columna de siete vehículos semioruga, cuatro cañones, personal de Zapadores y del Destacamento de Exploración y al frente de ella atravesó la población para alcanzar el extremo opuesto, cuando las tropas leales, al otro lado del arroyo, efectuaban aprestos. Dos de los blindados se dirigieron hacia el sector, uno al mando del teniente primero Jorge Cisternas y el otro al del subteniente Juan Carlos González, al tiempo que un camión leal conducido por el teniente Juan Rocamora, partía a toda velocidad desde la vecina Escuela, embistiendo violentamente la baranda divisoria lateral para bloquear el puente. Ambas fuerzas abrieron fuego y se trabaron en duro combate con los suboficiales, apostados en los talleres, disparando contra los tanques. Uno de ellos subió corriendo al blindado del subteniente González y dese la torreta disparó a quemarropa. La bala impactó en una saliente del interior y eso salvó milagrosamente al oficial. El teniente Villamayor, abatió al agresor desde su blindado cuando el efectivo leal estaba a punto de efectuar un segundo disparo. El sujeto cayó pesadamente a tierra en el preciso momento en que los tanques abrían fuego con sus cañones y ametralladoras pesadas de 7,65 mm. Uno de ellos disparó contra el carrier de Villamayor en momentos en que Montiel Forzano trepaba por él. Los rebeldes devolvieron el fuego y obligaron a sus adversarios a replegarse mientras la lucha crecía en intensidad llegando, incluso, al combate cuerpo a cuerpo. La gran cantidad de bajas que se produjeron, obligó a las partes a efectuar un repliegue táctico con el objeto de reagruparse y evaluar la situación. Fue en ese preciso instante, que Montiel Forzano se trasladó hasta una casilla cercana y se comunicó con el Grupo de Artillería para ordenarle que atacase la Escuela disparando por encima de la población. La orden no llegó a cumplirse porque en esos momentos el coronel Arias Duval se hizo presente con el objeto de solicitar un parlamento. No soportaba la idea de que se estuvieran matando entre amigos y compañeros de armas y por esa razón, pidió dialogar. Montiel le explicó que había solicitado el bombardeo a la Escuela y que le resultaría sumamente difícil detenerlo pero a los pocos minutos, logró establecer un nuevo enlace telefónico y contuvo a tiempo la acción.

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Arias Duval, ex subdirector de la Agrupación, tenía muchas amistades entre los suboficiales y por esa razón intentó entablar diálogo. Seguido por el capitán José Eduardo Montes, salió al exterior enarbolando una bandera blanca, pero al verlos avanzar, los suboficiales les dispararon, obligándolos a buscar cobertura detrás de un árbol. Desde esa posición hicieron señales agitando la bandera y el fuego cesó. Arias Duval y Montes cruzaron el puente y después de ser recibidos por las avanzadas del enemigo, se encaminaron hacia su puesto de mando escoltados por hombres fuertemente armados. Inmediatamente después, ingresaban en la Escuela donde los esperaban el jefe de la Compañía de Tiradores, capitán Nicolás Granada y el teniente Mario Benjamín Menéndez2 y entablaron conversaciones en tono cordial pero firme en las que quedó claro que los jefes leales nada querían saber con la revolución y exigían la inmediata liberación del coronel Frazer, detenido en la cercana comisaría. Arias Duval accedió y mandó buscar al oficial quien, al cabo de unos instantes (que se hicieron extremadamente largos), se hizo presente para incorporarse a las tratativas. Se acordó que tanto la Escuela como los talleres se mantendrían al margen de la contienda y que los prisioneros de ambos bandos serían liberados. En horas de la tarde, el mando leal se hallaba reunido en el casino de oficiales de la VI División de Caballería, organizando la represión. Lo constituían el general Astolfo Giorello y los coroneles Sánchez Reinafé y José Bernardo Tabanera, quienes decidieron movilizar al Regimiento 9 de Caballería y a un grupo de artillería de apoyo infiltrando previamente entre la población y los cuadros rebeldes, a varios suboficiales vestidos de civil, para obtener información. Estos últimos fueron eficientes a la hora de cumplir su cometido y una vez de regreso, dieron 213


cuenta que las fuerzas amotinadas aún no habían sido desplegadas y que tenían algunas dificultades para organizarse. Eso era, precisamente, lo que los jefes leales deseaban escuchar y lo que los decidió a ponerse en marcha sobre Curuzú Cuatiá. Una larga columna de vehículos, integrada por dieciocho camiones, diez ómnibus y al menos cinco automóviles particulares, se puso en movimiento desde los cuarteles que fue detectada por un avión de reconocimiento cuando se desplazaba a la altura de la localidad de Justino Solari3. Ni bien el piloto transmitió la información, el general Aramburu solicitó al teniente Méndez que la confirmase, orden que el joven oficial se apresuró a cumplir sobrevolando minutos después la larga hilera de vehículos, e incluso a elementos de Artillería avanzaban en tren desde Paso de los Libres. La noticia produjo confusión entre los mandos rebeldes que, sumamente preocupados, dudaban entre aguardar el ataque en posiciones defensivas o salir al encuentro de esas fuerzas para sorprenderlas en el camino. Finalmente, se optó por esta última alternativa, alistando para ello a catorce vehículos semioruga, siete piezas de artillería y varios camiones para transportar la tropa4. Cuando todo estuvo listo, el general Aramburu ordenó al coronel Solanas Pacheco que permaneciese en los cuarteles a cargo de la guarnición y poco después abordó uno de los camiones con el que partió a enfrentar a las fuerzas leales. Eran más de las 18.00 y el cielo se hallaba cubierto por espesas nubes cuando Solanas Pacheco y Roger Detang, vieron a la larga hilera de vehículos alejándose en dirección a la ruta. Cuando la misma desapreció de vista, el primero procedió a efectuar una recorrida por las instalaciones, visitando en primer lugar al capitán Molinari, que se reponía de sus heridas satisfactoriamente en el hospital local (aunque con bastante dolor), e inmediatamente después regresó al cuartel. Recién entonces se percató que tenía a su cargo una heterogénea tropa de soldados y suboficiales y que cundía la confusión en sus filas por lo que, según refiere Ruiz Moreno, le comentó a Detang el hecho, solicitando su consejo en base a su experiencia como combatiente de la Segunda Guerra Mundial. -Esto para vos debe ser algo normal pero no para mí – le dijo al francés- Considero la situación extremadamente difícil. -Te confieso que es la situación más jodida de mi vida – le respondió aquel - En la guerra conocíamos al enemigo, pero estos que nos rodean nos pueden disparar en cualquier momento. Mientras tenía lugar esa conversación, las fuerzas revolucionarias seguían su avance encabezadas por el blindado de Montiel Forzano y el mayor Néstor Vitón, jefe del Grupo de Artillería. De acuerdo al plan, la columna se introdujo en una arboleda que se extendía a un lado del camino y tomó posiciones para emboscar en ese punto a las tropas del general Giorello que llegaban desde Mercedes. Allí quedaron Aramburu y su estado mayor mientras Montiel Forzano se adelantó para explorar. El bravo oficial llegó hasta las líneas del enemigo que al ver su carrier, se replegaron a gran velocidad. En ese preciso momento llegó a su lado un jeep conducido por el 214


capitán José Eduardo Montes que traía una orden de Aramburu según la cual, debía regresar a la mayor brevedad posible. Montiel obedeció y una vez en presencia de su superior, supo que los vehículos comenzaban a quedarse sin combustible y que como estaba obscureciendo, la situación se tornaba desventajosa. -Considero conveniente regresar al cuartel – dijo Aramburu. Montiel Forzano se sintió bastante decepcionado al escuchar esas palabras porque había venido a luchar y estaba dispuesto a hacerlo. -Mi general, le pido autorización para organizar un ataque sobre las posiciones enemigas con cinco semiorugas. Sé donde está el enemigo. -No sé si eso es conveniente. Se me ha informado que la columna leal se detuvo en la localidad de Baibiene y que están posicionando sus cañones y ametralladoras junto al camino. -Es posible, pero creo que saldrán huyendo cuando sientan nuestros disparos sobre sus cabezas. Aramburu titubeó unos segundos y al final concedió. -De acuerdo. Proceda5. Montiel Forzano partió decidido a cumplir su misión. Tenía pensado abandonar el camino principal y flanquear las posiciones del enemigo a través del campo y atacarlo por detrás y para ello ordenó cargar combustible y colocar cuatro ametralladoras en cada blindado. Cuando los soldados se hallaban abocados a esas tareas, se le acercó un sargento para informarle que el general Aramburu requería nuevamente su presencia. Sumamente contrariado el oficial se dirigió al puesto de mando para escuchar una vez más, por boca de su superior, que la incursión debía abortarse. -Hemos analizado su plan y creemos que es irrealizable. Se ha resuelto suspender el ataque. Montiel Forzano quedó desconcertado pero como buen militar que era, acató la orden. Para eso había un general allí y por algo adoptaba esa decisión. Incluso se produjo un hecho que pareció darle la razón a Aramburu que antes de salir de los cuarteles, los vehículos que componían la columna habían cargado combustible pero en esos momentos, sus tanques se hallaban prácticamente vacíos, prueba fehaciente de que habían sido saboteados y de que se debían adoptar medidas urgentes para evitar un descalabro. Cumpliendo las órdenes de Aramburu, la columna dio media vuelta y en plena noche emprendió el regreso. Una vez en los cuarteles, los rebeldes hallaron nuevas pruebas del sabotaje. Los suboficiales habían derramado el combustible de los depósitos y no había una sola gota de nafta y para peor, Rolando Hume, que había sido enviado por el Dr. José Rafael Cáceres Monié a la localidad de Justino Solari para requisar todo el gas oil del 215


lugar, había caído prisionero de las avanzadas leales y no se tenían noticias de él. En vista de ello, Aramburu decidió despachar a Solanas Pacheco para que intentase volcar al general Giorello a la revolución, pues había indicios de que era proclive a ello. Acompañado por Detang y Carlos Passeron, Solanas subió a un automóvil particular y se dirigió hacia Baibiene para cambiar allí sus uniformes por ropas de civil y seguir viaje en medio de la noche. El automóvil se encontraba a solo 30 kilómetros del cuartel de Curuzú Cuatiá cuando ráfagas de ametralladoras lo obligaron a detenerse. Al ver que se les acercaban varios soldados apuntándoles con sus armas, Detang descendió con las manos en alto, gritando con su típico acento francés que eran tres hacendados en viaje de negocios. Los soldados rodeaban el automóvil en momentos en que un suboficial abría la puerta trasera del rodado e iluminada su interior con una linterna. Al reconocer a Solanas, llamó al coronel Juan José Arnaldi, director de la Escuela de Caballería a cargo del operativo, quien al llegar al lugar ordenó a los ocupantes del rodado, descender inmediatamente. -¡Quedan los tres detenidos! – dijo. Desarmados y bajo rigurosa vigilancia, Solanas Pacheco, Detang y Passeron fueron conducidos hasta tres vehículos militares en los que iban a ser trasladados a la localidad de Mercedes en calidad de detenidos. La guerra para ellos, había finalizado. Mientras tanto, en Curuzú Cuatiá Montiel Forzano, siguiendo órdenes directas del general Aramburu, organizaba a toda prisa el ataque a las tropas leales apostadas en Paso de los Libres. El oficial rebelde se hallaba planificando la ofensiva en el Destacamento de Exploración de Caballería, cuando alrededor de las 23.00 se hicieron presentes dos suboficiales para informar que elementos del Grupo de Artillería y del Batallón de Zapadores habían desertado para plegarse a las fuerzas gubernamentales que acababan de liberar a todos los prisioneros y que al frente de ellos avanzaban hacia el lugar, fuertemente armados. Montiel Forzano y sus compañeros ignoraban que en ese preciso instante, los suboficiales leales rodeaban el Casino y se preparaban para abrir fuego y sin perder tiempo le pidió a un mensajero que se dirigiese inmediatamente hasta el puesto de mando del general Aramburu para decirle que debía retroceder hasta el Destacamento de Exploración y prepararse para resistir la embestida gubernamental. Al saber la novedad, el general reunió a sus oficiales y los puso al tanto de la situación, a saberse: las tropas leales habían quedado inmovilizada, no había combustible y fuerzas procedentes de Paso de los Libres, Mercedes y Monte Caseros convergían sobre el sector. -Todo ha terminado. Quedan en libertad de acción. Quien desee dirigirse a Córdoba, puede hacerlo. Para evitar quedar rodeado, el comando rebelde se desconcentró apresuradamente mientras afuera comenzaban a escucharse disparos. Aramburu abordó un jeep junto al teniente coronel Carlos Ayala y los capitanes Claudio Mas y José Eduardo Montes y partió hacia Paso de los Libres sin decir cuales serían sus siguientes pasos. El coronel Señorans se dirigió hacia el aeródromo, 216


acompañado por el piloto Enrique Méndez y los tenientes Hernández Otaño y Castelli, para abordar el avión que los había traído desde Buenos Aires y volar hacia Córdoba, pero lo encontraron rodeado por tropas gubernistas y por esa razón, ganaron el campo y se alejaron rumbo a la estancia de Eduardo Cazes Irigoyen. Quien decidió permanecer en su puesto fue el coronel Arias Duval, en su carácter de ex subdirector de la Escuela Blindada. Sabía que iba a caer prisionero y que sufriría las consecuencias pero no estaba deseaba e entregar el mando a los suboficiales sino que lo haría personalmente con un oficial competente. Así lo hizo y cuando el mayor Nadal, jefe de los talleres de la agrupación, se hizo presente, Arias Duval procedió a traspasarle el control de la unidad militar y se puso a su disposición. Nadal, que era su amigo, no dispuso su arresto sino que, por el contrario, lo obligó a subir a un jeep y él mismo en persona, lo condujo hasta los límites de la guarnición. Arias Duval escapó en la noche, a campo traviesa y se escondió en un rancho cercano a la ruta que conducía a Monte Caseros, donde permaneció oculto hasta el 18 de septiembre cuando abordó un tren con destino a Paraná decidido firmemente a llegar a Córdoba para sumarse a la lucha. Montiel Forzano, que hasta último momento mantuvo la esperanza de llevar a cabo un ataque sobre las fuerzas enemigas, desistió de su plan y abordó otro jeep para encaminarse a Goya en compañía de varios oficiales, sabiendo que el capitán Francisco Balestra los esperaba con un avión particular listo para partir en cuanto llegasen. Cuenta Ruiz Moreno que a causa del agotamiento, Montiel Forzano se quedó dormido ni bien el jeep se puso en marcha y que recién se despertó sobre el puente del arroyo Santa Lucía cuando un pelotón peronista detuvo su marcha y lo hizo prisionero junto al conductor y sus acompañantes. Las fuerzas de Perón ganaron la batalla de Curuzú Cuatiá, el coronel Frazer se hizo cargo de la Agrupación Blindada y su Escuela y de ese modo, la población y su guarnición volvieron a manos del gobierno. A las 02.00 del día siguiente le entregó el mando al coronel Sánchez Reinafé, cuya primera medida fue el envío de un telegrama urgente a la capital, notificando con satisfacción, que la unidad militar se hallaba nuevamente en manos leales. Notas Entre los presentes se encontraban el coronel Solanas Pacheco, el mayor Montiel Forzano y el veterano francés de la Segunda Guerra Mundial, Robert Detang, quienes en esos momentos intercambiaban información con el recién llegado general Aramburu. 2 Sobrino nieto del general alzado en 1951 e hijo del eminente médico y catedrático de Chañar Ladeado, de igual nombre y apellido, se haría célebre, veintisiete años después, por su poco convincente desempeño como gobernador del archipiélago de Malvinas durante la guerra del Atlántico Sur. 3 La localidad lleva el nombre de Mariano I. Loza. El piloto que tripulaba el avión de reconocimiento era Julio Delage, instructor civil del aeroclub de Curuzú Cuatiá. 4 De acuerdo a lo pactado con la Agrupación Blindada, los tanques no serían utilizados. 5 Isidoro Ruiz Moreno, op. cit, pp. 145-146. 217 1


LUCHA EN EL EXTREMO SUR BONAERENSE

Aviones navales parten de la Base Aeronaval Comandante Espora para bombardear el Regimiento 5 de Infantería de Bahía Blanca (Ilustración Miguel Ángel Cavallo, Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva) Con la Flota de Mar en aguas abiertas y sin novedades respecto a su posición, solo permanecían en puerto los acorazados “Moreno” y “Rivadavia”, los destructores “Santa Cruz”, “Misiones” y “Juan de Garay”, este último perteneciente a la Escuadra de Ríos; los cruceros “25 de Mayo” y “Almirante Brown”, buques de reserva, buques auxiliares sin artillería, tres lanchas torpederas, un balizador, dos BDI, chatas y remolcadores. Sin ninguna duda, la Argentina disponía de una importante flota de guerra pero, al momento del estallido, la mayor parte de sus unidades se hallaban lejos de sus bases. La noche del 15 de septiembre la policía de Comandante Espora se hallaba particularmente activa, tanto, que el jefe del alzamiento, capitán de navío Jorge E. Perren, creyó que se había filtrado algún tipo de información. Tras una serie de movimientos, con oficiales yendo y viniendo hacia puntos de encuentro previamente convenidos, todo estuvo listo. Seguido por un grupo de jefes rebeldes, Perren abandonó en plena noche la casa del capitán de corbeta Ciro Scotti, donde había estado escondido y se encaminó a la del comandante de la Base, vicealmirante Ignacio Chamorro, para proceder a su detención. Tanto Chamorro, como su par, el almirante Héctor W. Fidanza, miembro del Tribunal Especial de la Armada, fueron reducidos y enviados al acorazado “Moreno” en calidad de detenidos, lo mismo los capitanes de navío que comandaban la 2º División y todos los cuadros que no se había plegado a la revolución. 218


A las 07.00 de la mañana, en momentos en que el personal militar y civil ingresaba en la unidad, la zona estaba bajo control rebelde, lo mismo la cercana Base Naval de Puerto Belgrano. Tal como explica Ruiz Moreno en su obra, una vez asegurados los puntos estratégicos, la amenaza más grande la representaba el Regimiento 5 de Infantería con sus cuarteles próximos a Bahía Blanca, a cuyo frente se hallaba el teniente coronel Amadeo Angel Albrizzi. Dado el hermético silencio mantenido por el regimiento respecto a la revolución, se decidió cursarle un mensaje intimándolo a plegarse al alzamiento o deponer las armas. Albrizzi, adoptando medidas tácticas, mantuvo silencio de radio con la intensión de desorientar a sus adversarios, ignorando que en horas de la mañana, aquellos habían captado sus pedidos de ayuda a sus pares de Olavarría y Azul y que se adoptaban medidas en a ese respecto. Dada la obstinada actitud de Albrizzi, el capitán de navío Arturo Rial, comandante revolucionario en el Sector Sur, cursó una nueva intimación, recibiendo como respuesta la confirmación de que el jefe del regimiento concurriría personalmente a Comandante Espora para parlamentar. No eran más que excusas para ganar tiempo y eso lo sabían los cabecillas revolucionarios. A las 15.00 horas una formación aeronaval detectó movimiento de tropas en las inmediaciones de General Cerri, hecho que inquietó a las autoridades de la base y las puso en estado de alerta. Se trataba de tres camiones con efectivos de refuerzo para el Regimiento 5 de Infantería, despachados esa misma mañana por el Comando de Represión. Con la intención de detener su avance, los aviones rebeldes enfilaron hacia ellos y les arrojaron sus bombas, obligándolos a dispersarse apresuradamente. Se dispuso a continuación, la ocupación de Bahía Blanca, punto clave para el desarrollo de las acciones. A tal efecto, tropas de Infantería de Marina recibieron órdenes de alistamiento para marchar sobre la ciudad. A las 15.30 los efectivos abordaron varios camiones y se pusieron en marcha al mando del capitán de corbeta Guillermo Castellanos, el mismo que esa mañana había sobrevolado los cuarteles del Regimiento 5 de Infantería en el avión Catalina que piloteaba el capitán de fragata Raúl Galmarini. Según Ruiz Moreno, Bahía Blanca fue ocupada a las 16.00 horas en punto, sin oposición, destacándose patrullas hacia los caminos de acceso y allanando los locales de la GCT y la CGE, en los que se secuestró armamento y documentación. Los movimientos finales tuvieron lugar en Villa Mitre, barrio obrero de marcada presencia peronista, donde se apostaron dos camiones y un blindado con veinte hombres y un equipo de radio a efectos de mantener bajo estricta vigilancia tan conflictivo sector. Cuando el capitán Castellanos se instaló en la Municipalidad (18.00), la población se hallaba bajo completo control y fue entonces que la ciudadanía se volcó masivamente a las calles para apoyar el movimiento, vivando a la Marina y lanzando epítetos contra Perón.

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Las fuerzas rebeldes ocupan Bahía Blanca - (Ilustración: Miguel Ángel Cavallo, Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva) Desde la estación de transmisión de LU7, Castellano irradió una encendida proclama revolucionaria que no hizo más que aumentar el ardor combativo de la población. Muchos civiles se ofrecieron como voluntarios, deseosos de engrosar las filas antigubernamentales, mientras aviones navales arrojaban volantes difundiendo los postulados del alzamiento e invitando al pueblo a adherirse. Comenzaba a promediar la tarde cuando el capitán Perren pudo informar al comando rebelde que tanto Bahía Blanca como Punta Alta, hasta un radio de 300 kilómetros a la redonda, se hallaban bajo control revolucionario, a excepción, de las instalaciones del Regimiento 5 de Infantería. A esa altura era evidente que el teniente coronel Albrizzi abrigaba la esperanza de recibir refuerzos de los regimientos de Azul y Olavarría, ignorando que los marinos, al ocupar Bahía Blanca, se habían apoderado de las claves de comunicaciones del Ejército y que estaban al tanto de todos sus movimientos. Por esa razón, el capitán Rial, vencidos los plazos acordados para una definición, decidió atacar la unidad. Por orden suya, el capitán de fragata Edgardo S. Andrew estableció un nuevo contacto telefónico y después que le alcanzó el aparato, le notificó a Albrizzi que tenía exactamente dos minutos para pronunciarse porque de lo contrario, el regimiento iba a ser bombardeado. Después de recibir la orden de alistamiento seis aviones navales se posicionaron en la cabecera de la pista, listos para despegar y ante una nueva serie de excusas, vencido el tiempo acordado, recibieron la orden de decolar. 220


Preocupado, el capitán Andrew intentó intermediar, solicitando a su superior que detuviera la incursión: -Señor, no los bombardee, yo los conozco y sé que tarde o temprano se nos van a plegar. No acostumbrado a la guerra, el oficial no admitía la entrada en acción. Sin embargo el capitán Rial se mantuvo firme. -¡De la orden de bombardear! Uno tras otro, los AT-6 North American carretearon por la pista y decolaron con una diferencia de medio minuto entre uno y otro, hacia la periferia de la ciudad. A las 17.00 horas atacaron las instalaciones del regimiento recibiendo como respuesta intenso fuego de ametralladoras y fusilería. El aparato del teniente de navío Rubén Iglesias fue alcanzado y pese a que el piloto resultó herido en una pierna, pudo llegar a Espora y aterrizar sin inconvenientes. A la primera incursión le siguió otra, con sus aviones efectuando vuelos rasantes sobre el objetivo, a los efectos de mantener amedrentada la unidad. Sin embargo, lejos de deponer su actitud, el regimiento mantuvo su silencio, evidenciando su intención de no plegarse al alzamiento. Mientras se producía el segundo ataque, el Comando de Represión alentaba a la resistencia desde Buenos Aires y anunciaba el envío de refuerzos. Gran alivio debió experimentar Albrizzi cuando supo que la III División de Caballería al mando del general Eusebio Molinuevo avanzaba en su ayuda, reforzada por elementos del Regimiento 2 de Artillería, del Destacamento de Comunicaciones 3, del poderoso Regimiento 3 de Infantería Motorizado con asiento en La Tablada (el mismo que entrara en combate contra los Gloster Meteor el 16 de junio) y del Destacamento de Zapadores 3. Por su parte, desde Azul se puso en marcha el Regimiento 1 de Caballería y desde Tandil el Regimiento 2, tomando ambos los caminos de Juárez y Tres Arroyos. Información recibida desde diferentes puntos del país daba cuenta de que la lucha en la Base Naval de Río Santiago se tornaba desfavorable y que en el Río de la Plata, los destructores “La Rioja” y “Cervantes” habían recibido un duro castigo por parte de la Fuerza Aérea. Eso, más el avance de las unidades del Ejército, decidieron un nuevo ataque sobre el Regimiento 5 de Infantería. A las 21.30 de aquel agitado día, dos bombarderos Catalina partieron de Comandante Espora con destino a la unidad militar alcanzando el objetivo quince minutos después. El primero arrojó bengalas para iluminar el blanco y el segundo, dejó caer sus bombas, impactando en las instalaciones, sin causar víctimas. Esta vez no hubo respuesta y los aparatos retornaron a la base sin novedad. Media hora después, fue interceptada una comunicación del Ejército que arengaba al 5 de Infantería que, entre otras cosas decía: “No rendirse a la Marina. Los bombardeos serán suspendidos porque no tienen espoletas. En breve plazo, recibirá apoyo aéreo”. Aquella intercepción radial llevó al alto mando rebelde a adoptar medidas defensivas en previsión de de que el regimiento efectuase algún tipo de movilización. Para ello se 221


mantuvieron sobre sus cuarteles permanentes patrullas aéreas y se ordenó el reagrupamiento de las fuerzas militares que ocupaban Bahía Blanca. Las avanzadas rebeldes se aproximaron tanto a las líneas enemigas, que en dos puntos diferentes, las secciones de los tenientes de navío Martín Schwarz y Juan J. Costa, sobrepasaron su perímetro defensivo. A las 23.00 horas tropas de la Marina que ya habían cortado las líneas telefónicas que comunicaban Bahía Blanca con Buenos Aires, volaron el puente de la Ruta Nacional Nº 3, sobre el río Quequén Salado, ubicado entre Coronel Dorrego y Tres Arroyos, a 150 kilómetros de la base aeronaval. La misión la llevó a cabo una sección de demolición integrada por diecisiete hombres al mando del teniente de navío ingeniero Jorge Yódice, secundado por el teniente de navío de Infantería de Marina Eduardo Fracassi y el guardiamarina Luis Pozzo, experto en explosivos. Los comandos despegaron en un avión desde Comandante Espora y a las 18.45, aterrizaron en un campo próximo al objetivo. Ni bien echaron pie a tierra, un grupo corrió hasta la ruta para bloquearla con ramas y distinto tipo de obstáculos mientras el otro procedía a colocar los explosivos en dos puntos diferentes de la estructura. Una vez montado el dispositivo, los efectivos se retiraron y cuando se hallaban a una distancia prudencial, se detuvieron y accionaron el mecanismo. Se produjo una terrible explosión que sacudió la noche y mientras una el resplandor y las llamas iluminaban el área, el puente se desplomó. El plan incluía la voladura de un puente ferroviario próximo al anterior pero la falta de tiempo impidió la operación. Los comandos abordaron el avión y a las 24.00 emprendieron el regreso, después de completar exitosamente la primera fase del plan destinado a obstaculizar los accesos al sector rebelde.

Imágenes Ilustraciones: Miguel Ángel Cavallo, Puerto belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva Aprestos en Comandante Espora

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Personal de tierra monta una bomba bajo el ala de un PBY Catalina

Un AT-6 North American vuela hacia el RI5 de BahĂ­a Blanca

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Centro de Comunicaciones. Base Comandante Espora

Blindados de la Marina recorren la ciudad

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Las tropas rebeldes ocupan la Municipalidad 226


Aviones navales sobrevuelan Bahテュa Blanca

C.C. Guillermo Castellanos (der.) jefe naval a cargo de Bahテュa Blanca (Fotografテュas: Miguel テ]gel Cavallo, Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva)

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LAS ACCIONES EN RIO SANTIAGO

Base Naval de Río Santiago, astilleros y Escuela (Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Tomo II) En la Base Naval de Río Santiago todo era agitación en la mañana del 16. El personal iba y venía mientras la oficialidad transmitía órdenes y procedía a hacerlas cumplir. Desde las primeras horas del día, un importante número de oficiales había comenzado a llegar a la unidad militar con la idea de sumarse al movimiento, destacando entre ellos el capitán de corbeta Eduardo Davidou, comandante del patrullero “King”; su jefe de artillería, el capitán de fragata José Fernández y el comandante del “Murature”, capitán de corbeta Francisco Pucci. Una vez allí, se encontraron con las instalaciones en pleno estado de alerta y adoptando precauciones en espera de un ataque. La defensa del área quedó a cargo del capitán de corbeta Carlos Schliemann, asistido por el capitán del Ejército Juan Carlos Ríos y los tenientes Roberto Wulff de la Fuente y Jorge Osvaldo Lauría. Los cadetes, que habían sido conducidos a la parte posterior del edificio principal, fueron armados con viejos fusiles Mauser de instrucción y varios automáticos, destacándose pelotones de patrulla hacia las islas y piquetes defensivos sobre la línea perimetral de la base y la plaza de armas, con los que se formó un efectivo cordón defensivo. La línea de vanguardia, compuesta íntegramente por elementos del Regimiento 3 de Infantería de Marina al mando del teniente Juan A. Plaza, fue ubicada en la zona de los silos y elevadores de granos, frente a la isla principal, río Santiago de por medio, reforzada por una sección de marinería a las órdenes del teniente de corbeta Carlos Büsser1, oficiales de la Armada y alumnos de la Escuela Superior de Guerra.

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El mando de las operaciones fue asumido por el general Juan José Uranga, oficial valeroso y decidido se había subordinado al almirante Rojas, con quien tenía un trato más que cordial. Su principal preocupación, era la carencia de armamento para enfrentar a las fuerzas gubernamentales y la necesidad de recurrir a los depósitos de reserva en los que se guardaban las carabinas semiautomáticas Ballester Molina calibre 45 con doble cargador junto a otros fusiles. A poco de recibir la orden de alistamiento, los 120 conscriptos de la compañía que mandaba Büsser, secundado por un oficial y un cabo, abordaron las lanchas y cruzaron el riacho en dirección a los elevadores de granos. A ellos se le agregaron efectivos de Ejército recientemente incorporados, entre ellos el teniente Ibérico Saint Jean, que pese a tener más alto grado que el marino, se puso a sus órdenes sin dudarlo. Mientras se completaba la movilización, el almirante Rojas ordenó a los patrulleros “King” y “Murature”, anclados en el canal lateral, ubicarse frente a la Escuela Naval a efectos de que, en caso de ser atacados, repeliesen la acción con sus poderosos cañones. De esa manera, pensaba compensar la falta de artillería y brindar, por ende, una cobertura adecuada. Impartida la directiva, dos remolcadores se les acercaron lentamente, para engancharlos y trasladarlos a su nueva posición, tarea en la que trabajaron aceleradamente las dotaciones de ambas embarcaciones. Mientras tanto, desde La Plata, las fuerzas leales se movilizaban tan rápido como les era posible, adoptando disposiciones para avanzar sobre la base naval. El gobernador de la provincia, mayor de Intendencia (RE) Carlos Aloé, había abandonado el palacio gubernamental para dirigirse a la cercana Jefatura de Policía para hacerse cargo de sus 700 efectivos, sustrayendo de paso su persona a un posible golpe de mano por parte de comandos insurgentes. La medida era acertada porque las dos unidades militares de la capital provincial, el Regimiento 7 de Infantería y el Batallón 2 de Comunicaciones, se hallaban de maniobras en Magdalena, 70 kilómetros al sur y no llegarían a tiempo para iniciar el avance y contener a las tropas sublevadas. Conociendo la situación, el ministro Lucero dispuso urgentes medidas defensivas, ordenando el inmediato regreso de las unidades, lo mismo el Regimiento 2 de Artillería que se hallaba con ellas, movilizando además al Regimiento 6 de Infantería con asiento en Mercedes y al 1 de Artillería con base en Junín, todos ellos a las órdenes del general Heraclio Ferrazzano, comandante de la II División de Ejército a quien secundaba el coronel Norberto Ugolini, jefe de Estado Mayor de la División. Tanto Uranga como Rojas comprendían la necesidad de apoderarse de La Plata a efectos de sustraer de manos gubernamentales tan importante plaza. Y a tal efecto, encomendaron al teniente Büsser embarcar su tropa en varios camiones y prepararse para avanzar. En base a ese plan, se despachó un jeep para inspeccionar el área, cuyo conductor debía transportar a un oficial para reconocer la zona. Así se hizo y a su regreso, se tuvo la certeza de que tanto en la cercana localidad de Ensenada como en el camino de acceso a La Plata se habían apostado nidos de ametralladoras y gran número de tropas. Uranga quiso cerciorarse personalmente de ello y partió a bordo de un automóvil particular acompañado por su ayudante, el capitán Luis A. Garda y sus dos sobrinos, quienes lo habían conducido esa mañana hasta Río Santiago. 229


El vehículo se puso en marcha y a solo tres kilómetros de la base se topó con dos puestos de ametralladoras apostados a ambos lados del camino frente a los cuales pasaron sin inconvenientes porque Uranga vestía su uniforme y eso hizo suponer a las fuerzas policiales que se trataba de un oficial leal. Ignoraban todavía, que hubiera elementos del Ejército se habían unido a las fuerzas sublevadas. Pese a ello, el general decidió regresar porque sabía que de seguir adelante, podía quedar aislado, con las tropas leales bloqueándole el camino. El automóvil dio la vuela y regresó por calles de tierra paralelas a la ruta. Uranga ofreció al alto mando un panorama de la situación, razón por la cual, se decidió suspender el avance sobre La Plata para adoptar posiciones defensivas, asegurando el sector del Astillero Naval y los elevadores de granos. Efectivos de la policía de la provincia de Buenos Aires, reforzados por Prefectura Naval y militantes civiles de las agrupaciones sindicales y unidades básicas de la capital provincial, se pusieron en marcha hacia Río Santiago, siguiendo indicaciones directas del Ministerio de Guerra. Una vez frente a la base, tomaron posiciones cerca de los accesos y comenzaron a disparar, desatando un intenso tiroteo que se escuchó a varios kilómetros a la redonda. La batalla dio comienzo cuando las fuerzas leales se movilizaron para envolver a la vanguardia rebelde desplazándose hacia la izquierda, cubierta por los edificios, mientras se internaba en los pantanos circundantes. Eran las 10.00 de aquella fría mañana de septiembre cuando el general Heraclio Ferrazzano y el coronel Hermenegildo Barbosa, este último jefe del Regimiento 7 de Infantería, llegaron a la zona para imponerse de la situación. Una hora después, cuando los 450 infantes de marina y sus aliados del ejército consolidaban una cabeza de puente en tierra firme, Ferrazzano ordenó atacarlos, para obligarlos a retroceder al otro lado del río Santiago. Barbosa dividió sus fuerzas en dos secciones, enviando la primera a ocupar la estación ferroviaria y la segunda a hacer lo propio con la Plaza Belgrano, mientras el Regimiento 2 de Artillería, reforzado por una batería del Regimiento Motorizado “Buenos Aires” y el Batallón 2 de Comunicaciones, iniciaba su avance por el centro. Al verlos venir, los efectivos apostados en el Astillero abrieron fuego, frenando a las fuerzas que se les venían encima y conteniéndolas hasta el medio día. Mientras se producían los primeros enfrentamientos, un Avro Lincoln procedente de Morón bombardeó los polvorines de la base sin causar daños. Las bombas cayeron en el agua y el avión se alejó, repelido por la artillería de los patrulleros amarrados junto a la Escuela Naval. Mientras estos hechos tenían lugar en tierra firme, desde la isla Martín García, las unidades de desembarco BDI Nº 6 y Nº 11, navegaban hacia la base llevando a bordo tropas de Infantería de Marina integradas por tres compañías de aspirantes y personal de la Escuela de Marinería con asiento en la isla más la Compañía Nº 2 de Infantería de Marina a las órdenes del capitán de fragata Juan Carlos González Llanos, a bordo de la segunda.

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Un Avro Lincoln se aproxima a vuelo rasante (Imagen: Blog de las Fuerzas de Defensa de la República Argentina - http //fdra.blogspot.com.ar) Los lanchones habían partido a las 10.50 y dos horas después se hallaban frente a La Plata, dispuestos a ingresar en puerto. Cuatro cazas gubernistas Gloster Meteor y cinco bombarderos Calquin, detectaron su presencia y los atacaron, ametrallándolos primero y arrojándoles sus bombas inmediatamente después. El BDI Nº 11, piloteado por el teniente Federico Roussillon, recibió toda la furia del fuego. Las bombas de los Calquin estallaron cerca, sacudiendo las embarcaciones con fuerza. Le siguieron a baja altura los Gloster Meteor que acribillaron indiscriminadamente sus cubiertas, carentes de defensas antiaéreas. Las lanchas efectuaron maniobras en zigzag y prosiguieron su avance cuando los atacantes, tras consumir su munición, emprendieron el regreso a Morón. El ataque provocó dos muertos y nueve heridos, a bordo de la BDI Nº 11, que solo respondió con fuego de fusilería, nada efectivo, por cierto. Un proyectil le había destrozado el regulador del motor, provocando su detención. Su posterior varadura dejó parcialmente bloqueado en canal2. Pese a los daños, la embarcación sería reparada y continuaría navegando durante el resto del día. Los lanchones atracaron junto al destacamento de Prefectura y desembarcaron a la tropa bajo el fuego de los efectivos leales. Las compañías se desplegaron por los pantanos en dirección a la Escuela Naval, intentando cubrirse en los montes. La Compañía Nº 2 de Infantería de Marina, al mando del teniente Oscar López intentó unirse a la defensa del edificio principal del establecimiento. Los recibió el encargado de vigilancia, teniente de navío Roberto Wulff de la Fuente, quien les ordenó formar para distribuirlos inmediatamente después hacia diferentes sectores. Los infantes se hallaban conmocionados por los ataques aéreos y por eso se desbandaron cuando un Gloster Meteor pasó sobre ellos, sin efectuar disparos. Alejado el peligro, los volvieron a formar y marcharon directamente hacia el frente. 231


Pasado el mediodía, el “King” y el “Murature”, arrastrados por los remolcadores, se ubicaron junto al muelle, frente a la Escuela Naval. Desde la lengua de tierra próxima a los elevadores de granos, en la orilla opuesta, recibieron intenso fuego, sufriendo las primeras bajas. Un impacto alcanzó el puente del “King” provocando algunos destrozos y a punto estuvo de alcanzar a su comandante. Los que no tuvieron la misma suerte fueron el marinero Mateo Viña, muerto por un disparo calibre 7,65 en el pecho y el cabo primero Raúl Torres, gravemente herido en el rostro, junto a al cañón Bofors que servía. En el “Murature” la metralla alcanzó de lleno al cabo Balsante, también herido en el rostro; al suboficial artillero Victorio Rodríguez y al marinero Luis Palena, que cayó sobre un reloj Rokord desde el puente de señales, manchando con su sangre al comandante. Los remolcadores también fueron alcanzados pero sin mayores consecuencias y pudieron seguir avanzando en dirección a los muelles. Inmediatamente después de atracar, los patrulleros desembarcaron muertos y heridos mientras sus comandantes se dirigían al edificio del Liceo para presentarse ante su director, capitán de navío Carlos M. Bourel y recibir directivas. Bourel los puso al tanto del lugar en el que se hallaban ubicadas sus tropas y les ordenó abrir fuego sobre las posiciones enemigas. Los patrulleros dispararon con tanta violencia, que al batir el área, las fuerzas leales se vieron obligadas a evacuar el sector mientras sufrían considerables bajas en sus filas. Mientras eso ocurría, la gente de Büsser, cuerpo a tierra, las tiroteaba desde los astilleros. Se combatía intensamente en Río Santiago cuando la Base Aérea de Morón partió un Avro Lincoln piloteado por el vicecomodoro Islas. La aeronave llevaba al capitán Hugo Crexell como apuntador y su misión consistía en intimidar a los rebeldes y mostrarles la capacidad destructiva de la que disponía el gobierno. El aparato se aproximó volando alto sobre las destilerías de Dock Central y una vez sobre el objetivo abrió sus compuertas y dejó caer sus bombas iniciando inmediatamente maniobras de evasión. Las cargas se fueron largas y cayeron en aguas del canal, sin consecuencias. En previsión de este tipo de ataques, los edificios principales fueron acondicionados, cubriéndose sus aberturas con colchones y todo tipo de elementos, a efectos de evitar las esquirlas y las astillas de los vidrios destrozados. A las 14.30 dos Avro Lincoln y un Calquin, volvieron a atacar, pero sin éxito. Al darse la alarma, la oficialidad, que había hecho de la Dirección de la Escuela Naval su cuartel general, se al suelo, bajo de mesas y escritorios, mientras las explosiones sacudían la tierra. El almirante Rojas, en cambio, mantuvo una actitud serena, elogiada por sus asistentes al término del conflicto. Según cuenta Isidoro Ruiz Moreno, mientras duró el bombardeo permaneció de pie, bromeando con sus subalternos que lo observaban incrédulos desde el piso en especial, el teniente Jorge Isaac Anaya y el ayudante del almirante, teniente de navío Oscar Carlos Ataide, a cubierto ambos bajo un escritorio que había pertenecido al general Justo José de Urquiza. Desde esa posición, mantenía contacto telefónico con el capitán Adolfo Grandi, que comandaba las tropas que combatían en el Astillero, siguiendo las alternativas del combate. 232


Un I.Ae-24 Calquin se dispone a atacar Río Santiago Las primeras bombas cayeron en el agua sin estallar porque debido a la baja altura a la que volaban los aviones, sus espoletas no tuvieron tiempo de armarse. Le siguieron nuevas incursiones, todas ellas repelidas por fuego cruzado del “King” y el “Murature” que, a esa altura, se habían convertido en los principales bestiones de la defensa antiaérea. Una bomba estalló cerca del primero alcanzando su casco con las esquirlas en tanto dos de los aparatos atacantes recibieron impactos de distinta consideración: el Calquin uno que le atravesó de lado a lado el ala derecha, cerca del fuselaje y el Avro Lincoln otro en la torreta inferior. El primero se estrelló cerca del Club de Regatas de la Plata, pereciendo el piloto y su acompañante y el segundo se alejó echando humo en dirección al frigorífico “Armour”. Mientras tenían lugar estas acciones, una escuadrilla de seis Calquin al mando del capitán Jorge Costa Peuser, desertó hacia las filas rebeldes. La integraban los capitanes Valladares, Marcilese, Pérez, Abdala y Crespo, quienes habían aterrizado ese mismo día en Morón, provenientes de El Plumerillo, provincia de Mendoza para reforzar a la Fuerza Aérea leal. Recibida la orden de bombardear Río Santiago, los aviones arrojaron sus bombas al agua y siguieron vuelo hacia Tandil, para unirse a las filas revolucionarias. El hecho no pasó desapercibido en Morón donde, en horas de la tarde, Crexell y sus asistentes comenzaban a preocuparse por las defecciones, el potencial de fuego de los patrulleros y la impericia de los pilotos gubernistas durante los ataques. Y no era para menos ya que un detenido análisis de la situación pudo determinar que ninguna de sus bombas había logrado impactos, dos aviones habían sido alcanzados 233


al menos media docena había desertado, incluyendo los recién llegados de El Plumerillo. El Comando de Represión dispuso una misión de bombardeo sobre las posiciones rebeldes en Córdoba y en cumplimiento de esa directiva, el jefe de la FAA, brigadier Juan Fabri, despachó los dos Avro Lincoln piloteados por los capitanes Ricardo Rossi y Orlando Cappellini a los que nos referimos en el capítulo 9. Los pilotos decolaron a las 12.30 y una vez en el aire, hicieron una pasada rasante sobre la pista y cortaron comunicación con la torre. Una hora después se hallaban sobre la Escuela de Aviación Militar, en la provincia de Córdoba, solicitando autorización para aterrizar. Dos horas después harían lo propio otros tres aparatos comandados por el capitán Fernando González Bosque y los primeros tenientes Manuel Turrado Juárez y Dardo Lafalce que como se ha dicho, incrementaron considerablemente el poder de fuego de las fuerzas revolucionarias. Las acciones en Río Santiago se prolongaron hasta bien entrada la noche. Las fuerzas leales, al mando del general Ferrazzano habían hostigado la base y sus instalaciones durante toda la jornada, disparando sus poderosos cañones y morteros sobre los patrulleros y los principales edificios. A las 17.00, la Infantería de Marina, siguiendo instrucciones directas de Rojas, comenzó a cruzar el brazo de agua que separa el Astillero de la Escuela. Allí se encontraba el teniente Carlos Sommariva, soportando sobre su posición, dentro de los galpones la presión de las fuerzas de Ferrazzano cuando llegó el capitán Grandi para transmitirle la orden de que debía dirigirse al ferry y cruzar a la Escuela. En el momento en que ambos oficiales hablaban una bala dio de lleno en Grandi y lo arrojó al piso.

Cañones del Regimiento 7 de Infantería abren fuego sobre los patrulleros "King" y "Murature" 234


Sommariva pensó que lo habían matado pero grande fue su sorpresa cuando lo vio ponerse de pie y seguir hablando. El proyectil había impactado en un botón de su chaqueta, salvándole milagrosamente la vida. A una indicación de Sommariva los infantes de Marina corrieron hacia el ferry atravesando las rampas en las que se construía la fragata “Libertad”. Lo hicieron por secciones, muy profesionalmente, primero los conscriptos, después los suboficiales y finalmente los oficiales, quienes permanecieron hasta último momento cubriendo la retirada mientras el fuego se intensificándose en torno a ellos. El ferry cruzó y depositó a los conscriptos en la orilla opuesta mientras la oficialidad contenía al Ejército como mejor podía. Entre los combatientes de primera línea se hallaba el teniente Menotti Alejandro Spinelli, veterano del 16 de junio, que durante el repliegue pasó junto al casco de la “Libertad”, cuando varios disparos enemigos perforaban su estructura. En plena construcción, la soberbia embarcación, orgullo de la Armada Argentina, recibía su bautismo de fuego.

Patrullero ARA "King" (P.21) (Imagen: gentileza Fundación Histarmar.) A las 18.00, el ferry que guiaba el teniente Julio Santoianni regresó al Astillero para recoger a la oficialidad. La embarcación se arrimó al extenso espigón norte y la tropa comenzó a embarcar presurosamente, cubierta por el fuego de los patrulleros. Cuando todo el personal estuvo a bordo la nave se alejó del muelle y regresó a la Escuela, posibilitando que las avanzadas del Ejército al comando del mayor Horacio Rella, cumpliendo órdenes directas del general Ferrazzano, alcanzara los accesos al astillero. Una hora después, la artillería se ubicaba a retaguardia, en el sector de descampados del Ferrocarril General Roca, guiada desde los puestos de observación y reglaje apostados en las torres de la iglesia y el Palacio Municipal de Ensenada. 235


Eran las 20.00 horas cuando los cañones comenzaron a ser acondicionados para apoyar el asalto de las tropas que se había planificado para el día siguiente. La Base Aérea de Morón, por su parte, dio por finalizadas las operaciones de ese día debido a la imposibilidad de operar de noche. Cuando los relojes señalaban las 21.00, el capitán Crexell se encaminó hasta un automóvil ubicado en la playa de estacionamiento de la unidad para dirigirse al Ministerio de Marina a presentar su informe al almirante Cornes. Lo acompañaban los vicecomodoros de Marotte y Síster, con quienes comentaba las alternativas de la jornada cuando, repentinamente, desde un Calquin estacionado frente a ellos, alguien abrió fuego. Los oficiales se arrojaron a tierra en el preciso momento en que el avión carreteaba hacia la pista para remontar vuelo salvando providencialmente sus vidas porque en el momento de disparar, el aparato se hallaba apoyado sobre el patín de cola y eso hizo que la ráfaga pasara sobre sus cabezas, sin alcanzarlos.

Las antiaéreas del "King" y "Murature" responden (Imagen: Blog de las Fuerzas de Defensa de la República Argentina Pasado el susto, Crexell se incorporó, se despidió de sus acompañantes, abordó el rodado y partió hacia la capital. En el Ministerio lo recibieron su titular, el almirante Cornes y otros altos funcionarios a quienes brindó el informe correspondiente, que se prolongó durante la cena y finalizó cerca de medianoche. Fue allí donde percibió, con cierta preocupación, que las autoridades gubernamentales daban por desbaratado el alzamiento y eso le produjo preocupación porque, a esa altura, no se podía asegurar nada.

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Mientras tanto, en Río Santiago el almirante Rojas efectuaba un análisis de la situación. Carente de artillería, sabía que las fuerzas del general Ferrazzano acabaría por imponerse, reduciendo a cenizas las instalaciones navales. Era necesario evacuar el lugar y alejar a las tropas mar adentro si lo que se quería era evitar una masacre. La decisión contrarió al capitán de navío Luis M. García quien protestó enérgicamente porque, según sus palabras, estaba allí para combatir hasta el fin y no para retirarse. Rojas lo tranquilizó, explicándole que la situación era insostenible y que para seguir la lucha, había que embarcar y hostigar al enemigo desde el mar. García comprendió y Rojas pasó a explicar el plan. Con la llegada de la noche, el combate cesó. Las tropas del ejército cambiaron posiciones, evacuaron a los heridos y procedieron a recobrar energías distribuyendo el rancho entre la tropa. Por el lado rebelde, se impartieron las órdenes pertinentes al embarque de los efectivos mientras en la Dirección de la Escuela, el almirante Rojas, ayudado por los tenientes Jorge Isaac Anaya, Oscar Carlos Ataide y Jorge Osvaldo Lauría, procedía a quemar la documentación para evitar que cayese en manos del enemigo. Rojas escribió una nota al general Ferrazzano, que dejó sobre su escritorio. La misma decía, entre otras cosas, que las instalaciones y edificios de la Base Naval y su Escuela eran patrimonio de la Nación y por ende, propiedad del pueblo argentino: “Abrigo la esperanza de que en esta ocasión no se repitan los hechos bochornosos que ocurrieron cuando fuerzas del Ejército ocuparon el 16 de junio pasado el Ministerio de Marina, el que fue saqueado como botín de guerra, no distinguiéndose entre bienes del Estado y bienes privados”. Cerca de las 20.00, cuando las fuerzas leales procedían a acondicionar la artillería para apoyar el asalto final, el “Murature” terminaba de embarcar a la tropa y a la tripulación de su gemelo “King”, imposibilitado de navegar a causa de las reparaciones a las que estaba siendo sometido al momento de estallar la revolución. Cuando todo estuvo listo, la nave aligeró amarras y con el personal en sus puestos de combate enfiló hacia el Río de la Plata en silencio total de radio, apuntando sus cañones hacia las posiciones enemigas. La embarcación encaró hacia el canal de acceso con el propósito de escoltar a los lanchones BDM y BDI en los que seguía embarcando el personal de la base y con un solo motor encendido, maniobró para abandonar el puerto alejándose lentamente aguas adentro, sin ser atacado. El almirante Rojas fue el último en embarcar. Lo hizo en el BDI Nº 11, acompañado por el general Uranga y su estado mayor integrado por los capitanes Abel Fernández, Luis Miguel García, numerosos oficiales y su asistente del crucero “9 de Julio”, el suboficial Alfredo Bavera. La embarcación debía ser la última en zarpar pero como el BDT Nº 6 presentó fallas técnicas, debió hacerlo antes. A las 21.00 horas Rojas ordenó zarpar. El guardiamarina Adolfo Arduino, a cargo del timón, estaba tan nervioso por su presencia que tuvo cierta dificultad en alejarse del muelle. Primero se separó un poco pero al cabo de unos minutos, chocó contra él. Volvió a repetir la maniobra y por segunda vez volvió a embestir contra el apostadero, lo mismo una tercera vez hasta que el capitán Jorge J. Palma, preocupado, solicitó hacerse cargo. Su par, el capitán Sánchez Sañudo lo contuvo recordándole que 237


Arduino era el comandante en esos momentos y que era él, el encargado de efectuar la maniobra y así lo entendió aquel.

Patrullero ARA "Murature" (P-20) gana aguas abiertas en el Río de la Plata. Fue nave insignia del almirante Rojas hasta su trasbordo al crucero "La Argentina" el 18 de septiembre de 1955 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar) Finalmente zarparon. La embarcación se alejó de la costa y con las luces apagadas navegó por el canal para introducirse en la rada y ganar la inmensidad del río, rumbo al Pontón “Recalada”. Fue en ese momento cuando extenuado y aún tenso, Rojas bajó a los camarotes, se acostó sobre una litera y se quedó profundamente dormido. El BDT 6 tardó dos horas en reparar sus desperfectos y una vez subsanados, partió también (23.00 horas), dejando completamente vacía a la Base Naval.

Notas 1 En 1982 el almirante Carlos Büsser condujo las fuerzas de ocupación del archipiélago malvinense durante la Operación Rosario. 2

Jorge E. Perren, Puerto Belgrano y la Revolución Libertadora, p. 187.

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GUERRA EN BAHIA BLANCA

Pieza de artillería pesada del perímetro defensivo de Bahía Blanca (Fotografía: Miguel Ángel Cavallo. Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva) Mientras tanto, en el sur bonaerense, las fuerzas revolucionarias trabajaban aceleradamente para aislar el sector del inminente ataque de las tropas que avanzaban en socorro del Regimiento 5 de Infantería que, hasta el momento resistía valerosamente los ataques. En la base Espora, comandos de Infantería de Marina dirigidos por los tenientes de navío Osvaldo D’Aragona y Jorge Yódice abordaron aviones de transporte Douglas, helicópteros, aviones de combate e incluso un par de ómnibus para desplazarse hasta una serie de puntos señalados por el comando rebelde para volar los accesos principales, en particular, vías férreas y puentes carreteros. Entre esos objetivos destacaban los puentes sobre el arroyo Napostá y el río Quequén Grande, ambos al noroeste, cerca de Sierra de la Ventana conmformando un semicírculo de unos 100 kilómetros de radio en torno a las bases. En realidad la tarea había comenzado a las 23.00 horas del día anterior, con la voladura del puente sobre el Quequén Salado y prosiguió en las primeras horas del 17, con las detonaciones mencionadas y las que derribarían el puente que unía Puerto Belgrano con la localidad de Coronel Dorrego, sobre la Ruta Nacional Nº 3, a la altura del río Sauce Grande (50 kilómetros al noreste de la base). Este último objetivo fue volado con cargas de diez kilogramos de trotyl colocadas por el equipo de ingenieros a cargo del oficial especializado Osvaldo D’Aragona, quien se trasladó hasta el lugar junto a bordo de un ómnibus y un camión militar. Inmediatamente después, el mismo pelotón voló 150 metros de vías férreas, sobre el puente ferroviario que atravesaba el mismo brazo de agua, a escasos metros de la 239


mencionada ruta, y siguiendo estrictamente el plan tendiente a aislar las dos bases navales continuó hasta el puente de Sauce Grande, por el que pasaba el camino que unía las localidades de Coronel Falcón y Bajo Hondo. Inmediatamente después, fueron destruidos otros 150 metros de vía férrea en la estación Paso Mayor, ubicada también a 50 kilómetros de Puerto Belgrano. El trabajo implicaba riesgos porque las fuerzas leales ya incursionaban por las inmediaciones y en cualquier momento podían establecer contacto. Así fue como a las 09.45 del día 17, los 15 efectivos de Infantería de Marina que cubrían a los comandos del teniente Yofre que regresaban a la base tras la voladura del puente sobre el Napostá, se toparon con una columna de cinco vehículos del ejército leal que avanzaban en sentido contrario. Su jefe, el teniente de navío Luis Arigotti la vio venir y sabiendo que solo disponía de una ametralladora pesada y que por esa razón, se hallaba en inferioridad de condiciones, decidió atacar primero, a efectos de confundir a un enemigo varias veces superior en número. En el cruce del camino que unía la ruta con la localidad de Tornquist, la mencionada columna, integrada por una camioneta, tres camiones y una radioestación móvil en la que viajaban oficiales, vieron gesticular a Arigotti hacia lo que creyeron varias ametralladoras pesadas apostadas en los alrededores. En realidad, el oficial naval disponía de una sola de aquellas armas y con ella ordenó abrir fuego. La camioneta, con los oficiales a bordo, frenó bruscamente, dio la vuelta y se retiró hacia el norte en tanto los 18 suboficiales, 23 conscriptos y dos conductores civiles que componían el grueso de aquella vanguardia, se rindieron. Arigotti regresó a la base con los vehículos capturados conduciendo en ellos a los prisioneros, las municiones y los equipos.

Comandos navales vuelan un puente sobre el arroyo Napostá (Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Tomo II)

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Mientras tanto, las tropas del general Molinuevo continuaban desplazándose hacia Bahía Blanca con órdenes precisas de apoderarse de sus bases navales. Las integraban el Regimiento 1 de Caballería con asiento en Azul a las órdenes del teniente coronel Roberto Manuel Barto y el Regimiento 2 de Caballería de Tandil, al mando del teniente coronel Enrique Llambí, quienes desde Juárez, donde se habían unido al comando de la División y otras unidades, prosiguieron su marcha hacia Coronel Pringles, previo paso por Tres Arroyos (el 1 de Caballería), donde arribaron a las 05.30 del día 17, cuando aún era de noche. En esa localidad, las unidades de combate se aprovisionaron de combustible y una hora después continuaron su avance hacia el sur1.

Al medio día de aquella jornada, tuvo lugar un suceso curioso. Cerca de las 12.00 horas, el teniente coronel Barto ordenó a su regimiento detener el avance en Arroyo Chico y esperar. A las 17.00 se presentó en el lugar el propio general Molinuevo, para llamar la atención al mencionado oficial y ordenarle reiniciar la marcha inmediatamente. Así se hizo y a las 18.00 el 1 de Caballería se puso nuevamente en movimiento. El Comando de Represión, con asiento en Buenos Aires, dispuso el envío a Bahía Blanca del Regimiento 2 de Artillería al mando del teniente coronel Pedro Martí Garro y el experimentado Regimiento 3 de Infantería con asiento en La Tablada, reforzado por una unidad de tanques al comandado del coronel Carlos Quintero y su segundo, el teniente coronel César Camilo Arrechea. La poderosa unidad de combate tenía experiencia bélica que había adquirido el 16 de junio de aquel año, en pleno avance hacia el centro de Buenos Aires cuando fue atacada por la Aviación Naval y combatió con las fuerzas rebeldes inmediatamente después. Ese día, pese a haber emprendido la marcha sin sus cañones antiaéreos Oerlikon que habían quedado apostados en Plaza de Mayo para la defensa del Palacio de Gobierno, sus efectivos manifestaban gran confianza y voluntad de lucha. El Regimiento salió de sus cuarteles en la tarde del 17 de septiembre, después de la encendida arenga del coronel Quinteros, su comandante, hombre absolutamente leal al gobierno y a la persona de Perón. 241


La población del sector sudoeste del Gran Buenos Aires fue testigo del paso de una extensa columna de casi 50 kilómetros de largo, integrada por camiones, jeeps y ómnibus militares, que abandonó sus cuarteles en La Tablada y enfiló directamente hacia el sur por la Ruta Nacional Nº 3, a la vista de numerosos curiosos, muchos de los cuales se habían agolpado en las puertas del destacamento para verlos partir. Todo era confianza y decisión, aunque una sola cosa preocupaba a sus jefes, la falta de cobertura antiaérea, asunto que oportunamente comentaron al general Imaz. La columna motorizada enfiló hacia Tandil para unirse al Regimiento 2 de Artillería del teniente coronel Martí. Llegaron de noche, bajo una intensa lluvia y con mucho frío y una vez allí, tomaron contacto con un móvil policial que se acercó hasta el camión que conducía a Quinteros y Arrechea para transmitirles un mensaje urgente: en la cercana comisaría, el general Imaz aguardaba en el teléfono. Hacia allí se encaminaron ambos y una vez al habla, se enteraron de un nuevo cambio de planes: el avance se interrumpía y la poderosa unidad debía encaminarse hacia Azul con la misión de capturar el arsenal naval “Azopardo” del que se surtían las bases rebeldes Comandante Espora y Puerto Belgrano. Quinteros y Arrechea se miraron asombrados pero procedieron a obedecer y así, poco antes del amanecer, siempre bajo una persistente lluvia, tomaron el camino del noroeste y se dirigieron hacia la importante ciudad bonaerense, punto de partida de la expedición al Desierto del general Julio Argentino Roca en 1879. La extensa columna se desplazó hacia su nuevo destino al que llegó una hora después iniciando el despliegue de sus fuerzas en espera del amanecer. La intención era efectuar un reconocimiento del terreno y después atacar. Sin embargo, algo extraño sucedió ya que el arsenal se hallaba en manos leales y sus autoridades no tenían noticias de su llegada. Con asombro e indignación Quinteros y Arrechea comprendieron que habían caído en una trampa y que habían sido víctimas de una maniobra de sabotaje destinada a distraerlos de su misión y hacerles perder horas cruciales. Tras reagrupar nuevamente sus tropas, Quinteros enfiló hacia Puerto Belgrano, furioso por el tiempo que había desperdiciado y por el hecho de haber caído tan fácilmente en la trampa. Poco después se supo que la maniobra había sido obra del mismo general Imaz que se había volcado secretamente a la revolución y se hallaba infiltrado en el Comando de Represión. Mientras tanto, en la Base Naval Comandante Espora se encontraban desde el día anterior, dos pilotos de gran experiencia, los capitanes de corbeta Justiniano Martínez Achával, a quien pusieron al mando de la Escuadrilla de Patrullaje de aviones Catalina y Eduardo Estivariz a quien se solicitó se hiciese cargo de la Escuadrilla de aviones Grumman subordinado al teniente de navío José María Vasallo, que la había sublevado oportunamente. Cuando Estivariz se hizo presente, Vasallo se apresuró a entregarle el mando por tratarse, no solamente de un superior sino de un individuo de reconocida trayectoria profesional. Sin embargo, aquel, sumamente apegado al reglamento, rechazó el ofrecimiento por hallarse en situación de retiro, solicitando en cambio, integrar la escuadrilla como un piloto más.

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Teatro de Operaciones Sur - (Imagen: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. la Marina se subleva) Así fue como quedó establecido aunque a partir de ese momento, la autoridad y las decisiones emanarían de su persona pues todo el mundo sabía que el teniente Vasallo lo consultaba permanentemente. Lo que todos ignoraban era que en pocas horas protagonizaría uno de los episodios más sangrientos del conflicto. Quien ideó un plan inteligente fue otro de los recién llegados, el teniente de navío (RE) Mario Escudero, que a efectos de contrarrestar los comunicados oficialistas que daban por desbaratada la revolución, ideó cortar el suministro de gas a Buenos Aires, razón por la cual, se encaminó a la cercana planta de YPF para sabotearla. Una vez en el lugar, contactó a su encargado que, munido de la llave maestra, cerró el gasoducto. Los resultados no fueron inmediatos porque las tuberías disponían de válvulas y depósitos adicionales que impedían un inmediato corte de la fluctuación y por esa razón, los efectos recién se harían sentir el 18 por la noche, obligando al gobierno a solicitar a la población porteña la reducción del consumo2. 243


Durante todo el día 17, las patrullas aéreas rebeldes vigilaron los caminos de acceso a Bahía Blanca, llevando a cabo numerosas salidas. A eso de las 06.00 los radares de la Base Naval detectaron un avión que volaba lejos de la costa, sobre el mar, aparentemente en dirección a la Flota. El hecho alarmó a los jefes sublevados que media hora después despacharon los primeros vuelos de exploración hacia Tres Arroyos, Azul, Olavarría, Tandil, Viedma, Carmen de Patagones, Río Colorado y Neuquén. Uno de esos aviones detectó cinco camiones del Ejército detenidos sobre la Ruta 3, muy cerca de Azul. Poco después el mismo piloto informó haber visto a personal del Regimiento 2 formado en la plaza de armas y casi al mismo tiempo, un helicóptero piloteado del teniente Raúl Fitte observó a la altura de Pringles, más camiones camuflados detenidos bajo un grupo de árboles (120 kilómetros al norte de Puerto Belgrano), en lo que parecía una actitud de espera. A las 08.30 Comandante Espora despachó una primer escuadrilla de ataque con la misión de bombardear nuevamente al Regimiento 5 de Infantería . Uno tras otro los bombarderos Beechcraft AT-11 despegaron hacia el objetivo, para arrojar sus bombas con efectividad. De nada sirvieron los esfuerzos de los artilleros por contrarrestarlos. Las constantes incursiones, más intimidatorias que otra cosa, llevaron al teniente coronel Albrizzi a establecer contacto con el comando rebelde para deponer las armas con la sola condición de hacerlo ante el capitán de corbeta, aviador naval Justiniano Martínez Achaval, por quien sentía profundo respeto. Tres efectivos del Regimiento resultaron heridos, un suboficial y dos conscriptos, que fueron alcanzados por las esquirlas cuando se dirigían desde sus trincheras a los depósitos. La petición de Albrizzi fue aceptada y mientras los aviones navales sobrevolaban los cuarteles, los oficiales mencionados acordaron los términos de la rendición. A las 11.00, la Infantería de Marina ocupó las instalaciones mientras oficiales y suboficiales del Ejército eran conducidos a la cercana Base Naval en calidad de detenidos. Solo 30 de ellos (5 oficiales y 25 suboficiales) permanecerían en los cuarteles junto a los 570 conscriptos que cumplían allí el servicio militar. Por disposición del capitán Jorge Perren los prisioneros fueron tratados de acuerdo a las normas que establecía la Convención de la Haya y en consecuencia, quedaron alojados sobre la base de su jerarquía, previo registro de grados, nombres, apellidos y categorías, confeccionándose para ello, listas por unidades. Los prisioneros no podrían recibir visitas y por lo menos, una hora al día, deberían salir al aire libre. Los oficiales prisioneros fueron alojados en los acorazados “Moreno” y “25 de Mayo”, así como también, en baterías, en tanto los suboficiales fueron destinados al “Rivadavia” y a los cuarteles del Regimiento Antiaéreo Nº 1. El capitán Perren fue sumamente atento con sus pares, saludando con cortesía tanto al teniente coronel Albrizzi como a su segundo, cuando aquellos arribaron a la base. Mientras tanto, utilizando vehículos del mismo regimiento, se trasladó el armamento capturado para ser inventariado y depositado en custodia hasta el momento de ser utilizado. Durante el traslado, ocurrió un típico incidente de guerra, que pudo haber desencadenado una verdadera tragedia. Cuando la columna de camiones avanzaba por la carretera, en dirección a la base, tropas adelantadas que constituían el perímetro de defensa rebelde las confundieron con efectivos leales y abrieron fuego, provocando el vuelco de un camión cargado con proyectiles para morteros de 88 mm y la dispersión del resto en distintas direcciones. La decidida intervención del oficial 244


naval que comandaba la columna evitó un mal mayor. Afortunadamente no se registraron bajas de ninguna índole.

Las tropas de Infantería de Marina se desplazan en las inmediaciones de Bahía Blanca- (Fotografía: Miguel Ángel Cavallo. Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva) A las 15.00 horas un avión de Aerolíneas Argentinas que se había plegado al movimiento el día anterior, detectó una columna de vehículos del Ejército avanzando por la ruta en dirección a Tres Arroyos. El aparato, carente de todo armamento, descendió varios metros para permitir a su tripulación arrojar bombas de pequeñas dimensiones por sus ventanillas y a poco de radiar su mensaje informando los resultados de su misión, volvió a elevarse y se retiró hacia su base de operaciones. El ataque surtió efecto porque las tropas se dispersaron y uno de sus camiones también volcó. Detrás de aquel avión llegó un Beechcraft que, pese al bajo plafond y la escasa visibilidad, bombardeó la columna y le arrojó panfletos, aunque debió elevarse presurosamente porque fue repelido por fuego reunido de armas automáticas. Un segundo aparato de iguales características que sobrevolaba el área de Tres Arroyos, detectó a otra columna motorizada avanzando en dirección a Bahía Blanca, razón por la cual, su piloto decidió atacarla. El avión arrojó sus bombas y mientras recibía disparos de fuego reunido (fusiles y ametralladoras), levantó vuelo y se alejó arrojando también volantes revolucionarios. Pero esa fue una de las últimas salidas de la aviación rebelde por ese día porque a partir de las 15.30 el clima comenzó a empeorar y los aviones no pudieron volar. A pesar de las malas condiciones meteorológicas, cerca de las 16.10 llegaron desde Buenos Aires dos Avro Lincoln que generaron tal incertidumbre en la Base Espora, que comenzaron a sonar las alarmas. A raíz de ello, el personal fue dispersado y los aviones estacionados en tierra, retirados. Sin embargo, las aeronaves se mantuvieron 245


a cierta distancia volando en círculos, demostrando con ello que se plegaban al alzamiento. Desconfiando todavía, la torre de control ordenó a los pilotos bajar las ruedas e iniciar su aproximación a velocidad reducida, cosa que aquellos cumplieron al pie de la letra, seguidos pocos minutos después, por aviones Calquin procedentes de Tandil al mando del capitán Jorge Costa Peuser. Increíblemente, el arma creada por Perón en 1945 abandonaba sus filas y entrgaba sus mejores unidades al bando enemigo, dotándolo de un armamento formidable y privando a la causa gubernamental de un elemento indispensable.

Pero no todo eran noticias alentadoras. Por la tarde, radioaficionados civiles de Bahía Blanca y Punta Alta, entre ellos Ignacio Fernández (LU 7 DV) y Enrique Queijeiro Bustillo (LU 2 DJX), dieron cuenta de que tropas destacadas desde Zapala, San Martín de los Andes y Covunco perteneciente a la Agrupación de Montaña que mandaba el general Ramón Boucherie, avanzaban en tren hacia la estación de Río Colorado, provenientes de Neuquén y Río Negro. El comando rebelde comprendió que esas fuerzas debían ser detenidas y por esa razón, los capitanes Perren y Rial decidieron la voladura de todas las vías férreas y rutas de acceso entre Bahía Blanca, Viedma y Río Colorado, misión que se programó para las primeras horas del día siguiente. Comandante Espora se despachó un nuevo pelotón al mando del teniente D’Aragona, con la misión de volar los puentes ferroviarios y la carretera cercana a la localidad de Ascasubi, junto al paso a nivel del cercano pueblo de Buratovich. D’Aragona y su grupo partieron a las 22.00 conformando un convoy integrado por una locomotora y tres vagones que una hora después llegó a los objetivos, instaló sus cargas de demolición y los destruyó. Fue un brillante operativo comando en el que incluso fue volcado un vagón de carga dentro del cráter que la detonación había abierto en aquella última población.

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Paralelamente, el teniente Yódice se dirigió hacia el sur, a bordo de dos locomotoras enganchadas, con órdenes de volar 50 metros de trayecto en la estación Nicolás Levalle. Una vez allí, sus hombres saltaron a tierra, volcaron una de las locomotoras de 110 toneladas de peso, derribaron postes de telégrafo y cortaron los cables de comunicación. Cuando el pelotón de D’Aragona regresaba de su misión, fue atacado por tropa propia, es decir, efectivos de la Marina que se hallaban apostados en las inmediaciones de Spurr, sin provocarles bajas. Como la Aviación Naval no podía operar de noche, se montó un dispositivo de vigilancia a cargo de los comandos civiles revolucionarios a quienes se les encomendó recorridos en torno al perímetro de defensa y las localidades cercanas. Al mismo tiempo se dispuso poner en alerta a la artillería de tierra, reforzada por cañones Krupp de 88 mm y Bofors de 40 mm además de las piezas con las que contaba el Batallón Nº 1 y la artillería de los buques surtos en las radas de la base naval, entre ellos el crucero “9 de Julio” y los acorazados “Moreno” y “Almirante Brown”. El dispositivo defensivo dejaba el área próxima a Bahía Blanca a resguardo y permitía lanzar ataques aéreos sin mayores sobresaltos. Con las luces del nuevo día, la Aviación Naval se disponía a operar sin inconvenientes sobre el enemigo que avanzaba amenazadoramente. Un hecho que llenó de orgullo y emoción a jefes y oficiales rebeldes fue la llegada, por propia voluntad, de los conscriptos del Batallón 4 de Infantería de Marina que habían sido dados de baja antes del comienzo de las acciones. Los soldados llegaron a pie, en medio de la noche, siguiendo las vías del ferrocarril para no extraviarse y con ellos venían civiles procedentes de las ciudades y pueblos cercanos, como así también trabajadores y pobladores de los campos circundantes, quienes solicitaron armas para luchar. Como refiere el capitán Perren en “Puerto Belgrano y la Revolución Libertadora”, los defensores del sector rebelde contaban con 1300 efectivos en Espora y Bahía Blanca, con los que cubrían los accesos por el sur y el norte. Otros 1000 hacían lo propio en los caminos que conducían a Puerto Belgrano, por el nordeste y a través de la Ruta 3 247


y por el Bajo Hondo en tanto150 efectivos de artillería, ubicados en un radio distante a 15 kilómetros al este de la base, protegían el camino de Pehuén-có, manteniendo cerrado, de ese modo, el semicírculo en torno a ambas posiciones.

Dispositivo de defensa en torno a Bahía Blanca (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo. Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva) Esas fuerzas estaban unidas entre sí por la línea Bahía Blanca-Base Naval-Baterías, muy cerca de la costa y eso les permitía estrechar el dispositivo. Los acorazados “Moreno” y “Almirante Brown” se posicionaron en la ría, no así el “9 de Julio” que se alistaba para unirse a la Flota de Mar. Automotores particulares, vehículos militares e incluso formaciones ferroviarias mantuvieron contacto con las fuerzas defensoras durante toda la noche en previsión e posibles ataques. Notas 1 Fueron sus vanguardias las que protagonizaron la escaramuza con los infantes de Marina del teniente Arigotti. 2 El gobierno llegó a pedir el uso de una sola hornalla en las cocinas y prescindir de los hornos “…debido a que los inconscientes rebeldes habían dañado el Gasoducto Presidente Perón en la zona de Bahía Blanca…”. Eso y los comunicados emitidos por la radio de Puerto Belgrano, a cargo del capitán de corbeta Hugo Soria, surtieron notable efecto.

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NUEVOS ENFRENTAMIENTOS EN CORDOBA

Aviones de exploración y ataque Fiat G.59 (Ilustración: Cap. Exequiel Martínez) El sábado 17 de septiembre amaneció con las tropas del II Ejército, el Regimiento 14 de Infantería, las III y V División de Caballería y la Escuela de Mecánica del Ejército confluyendo sobre la provincia de Córdoba mientras la I y II División de Ejército y la Agrupación de Montaña Neuquén, hacían lo propio sobre Puerto Belgrano y Bahía Blanca, en apoyo del Regimiento 5 de Infantería, que había resistido los embates del día anterior. Para entonces, las fuerzas militares de todo el país habían sido puestas en alerta; en el norte, la V División de Salta junto al Regimiento 5 de Caballería y el Regimiento 5 de Artillería; en Tucumán el Batallón de Comunicaciones 5 y el Regimiento 19 de Infantería; en Catamarca el Regimiento 17 de Infantería; el Regimiento 15 de Infantería en La Rioja y el Regimiento 18 de Infantería en Santiago del Estero. Todos ellos fueron movilizados y los que componían la V División de Ejército embarcados en ferrocarril para dirigirse a Córdoba en apoyo de las fuerzas del general Morello estacionadas en Alta Gracia. Morello aguardaba expectante el arribo del Regimiento 12 de Infantería, procedente de Santa Fe y al Grupo de Artillería Antiaérea Liviano que venía desde Guadalupe, ambos al mando del general Miguel Ángel Iñíguez así como las tropas del II Ejército que desde el sur avanzaba al mando del general José María Sosa Molina. La tensión era tal, que numerosas legaciones extranjeras, entre ellas la de Chile, suspendieron actos y ceremonias en espera del desarrollo de los acontecimientos. Mientras tanto, en la ciudad de Córdoba la tensión se hizo más notoria cuando obreros armados ocuparon nuevamente el edificio de la CGT, abandonado por el Ejército el día anterior. Para contrarrestar esa presencia y recuperar el edificio volvió a ser comisionado el subteniente Gómez Pueyrredón, quien partió al frente de sus efectivos, reforzados por elementos civiles.

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Al llegar al sector, ordenó a su gente que lo siguiera y así se introdujo en una clínica cercana desde cuyos techos pasó al edificio sindical. Fue entonces que se desató un nutrido intercambio de disparos en el que el joven oficial cayó gravemente herido sobre las terrazas de la CGT. Al verlo tirado, con el rostro ensangrentado, sus hombres parecieron cobrar vigor y arremetieron disparando con furia contra los sindicalistas, logrando su rendición a los pocos minutos. Los sindicalistas abandonaron la sede con las manos en alto y a empellones fueron conducidos hasta unos los camiones que los llevarían a prisión. Durante la noche del 16 al 17 de septiembre, elementos infiltrados por el comando rebelde informaron al general Morello que las tropas revolucionarias preparaban un vigoroso ataque a sus posiciones y eso decidió a su comando a volver a movilizarse dejando los vehículos de su agrupación en Alta Gracia a efectos de simular que las tropas aún permanecían allí, las tropas se retiraron hacia Anizacate, donde el Río Primero le serviría de obstáculo y en ese punto se dispusieron a dar batalla. A tal efecto, antes de partir, Morello ordenó a los jefes del Regimiento 14 de Río Cuarto que trajeran hasta el lugar el armamento automático del Arsenal Holmberg y solicitó al general Juan José Valle en Buenos Aires, el envío de una columna de refuerzo con sus servicios de retaguardia completos, es decir, el hospital de campo, elementos sanitarios, las cocinas rodantes, víveres y aguateros motorizados, petición a la que se le dio curso de inmediato. Cuando Morello llegó a Anizacate se encontró al Batallón 4 de Comunicaciones y las posiciones de la Fuerza Aérea en Parque Sarmiento que habían sido duramente hostigadas por los cazas rebeldes el día anterior y al Grupo de Artillería Antiaérea Liviano al mando del coronel Benito Eduardo Trucco, procedente de San Luis como avanzada del II Ejército. Acababa de mantener comunicación con el general Francisco Imaz, que le informó que ya habían sido despachados en su apoyo los refuerzos de la Escuela de Mecánica del Ejército con sus blindados (al mando del coronel Ercolano) y sabía que desde San Juan continuaban su avance el Destacamento de Montaña 3 (unos 1200 efectivos), el Batallón I procedente de El Marquesado y el Batallón II de Calingasta, fuerzas que harían su arribo a Mendoza a las 17.00 horas. El día anterior, el general Iñíguez se había reunido con el general Sosa Molina para recibir las instrucciones emitidas por el Comando de Represión en Buenos Aires. Se había decidido reunir a todas las fuerzas disponibles, aún a costa de una demora de dos o tres días para llevar a cabo un ataque frontal sobre Córdoba, tanto desde Cuyo como desde el litoral. Movilizada desde el mediodía del 16, la Agrupación de Montaña Cuyo penetró en la provincia de San Luis en la madrugada del 17, con el general Héctor Raviolo Audisio a su frente. Cuando Sosa Molina volaba hacia Córdoba para reunirse con Morello en Anizacate y transmitirle las órdenes emanadas desde Buenos Aires. Ausente Sosa Molina de San Luis, se produjo la sublevación del II Ejército a las órdenes del general Eugenio Arandía cuyo segundo en el mando era el teniente coronel Mario Fonseca, ello tras un violento intercambio de disparos en el sector de la Comandancia y sus inmediaciones, de resultas del cual, cayó herido en una pierna el capitán Farmache, leal al gobierno. A efectos de neutralizar su accionar, el Comando de Represión ordenó la movilización del Regimiento 11 de Infantería de Rosario que al mando del teniente coronel Enrique Guillermo Podestá, hacía maniobras en San Nicolás de los Arroyos. 250


Gral. José María Sosa Molina La misión que se le encomendó fue regresar lo más rápido posible y alistarse en su guarnición para dirigirse desde allí a Villa María, por la Ruta Nº 9, hasta Villa María y una vez en ese punto seguir hasta Río Cuarto a efectos de comprobar si por ese sector habían pasado tropas rebeldes en dirección a Berrotarán, localidad situada en el camino de Alta Gracia. En ese punto, el teniente coronel Podestá se subordinaría al general José Alejandro Falconier y procedería a interceptar cualquier avance del enemigo replegándose hacia el norte ante cualquier ataque, a los efectos de cubrir la retaguardia de las tropas que, atacarían la ciudad de Córdoba procedentes del sur. Mientras tenían lugar estos movimientos, las fuerzas rebeldes transmitían sus propios comunicados desde la estación de radio LV2 de la localidad de Ferreyra, con el propósito de contrarrestar la propaganda gubernista que daba por derrotado al movimiento. “La Voz de la Libertad”, comenzó a emitir a primera hora, poniendo especial énfasis en la política dictatorial de Perón, en los abusos del régimen y en la quema de la enseña patria. Temerosos de que las fuerzas peronistas intentasen recapturar el “bastión”, los rebeldes instalaron ametralladoras, una en los techos y dos en tierra, a ambos lados del edificio, protegidas ambas por puestos de vigilancia organizados con cadetes de Aeronáutica y comandos civiles. Las medidas no fueron desacertadas ya que grupos de militantes peronistas, casi todos miembros de la CGT, intentaron aproximarse al sector. Varios de ellos cayeron muertos y otros resultaron heridos, al ser repelidos por la metralla. Temeroso de verse rodeado por las fuerzas enemigas, el general Lonardi dispuso abandonar la Escuela de Artillería y desplazar a todos sus efectivos hacia su par de Aviación Militar, dada la creciente concentración enemiga en torno a ellos. De ese modo colocaba a sus tropas en mejor posición y, de paso, aseguraba las pistas de aterrizaje, dando tiempo a los generales Lagos y Aramburu para iniciar su marcha y alentar el alzamiento de otras guarniciones en el interior. 251


Se formó entonces, una extensa columna de camiones y ómnibus que, alrededor de las 11.00, comenzó a evacuar las instalaciones. Casi al mismo tiempo despegó a bordo de un Percival, el capitán Luis Ernesto Lonardi, con la misión de reconocer las posiciones del general Morello y prevenir cualquier ataque sus fuerzas. Ese día, la actividad aérea comenzó temprano cuando las 01.45 un segundo Percival despegó en pos del enemigo. Tras detectarlo al noroeste de la Escuela de Aviación Militar regresó, aterrizando a las 03.15. A las 05.00 un AT-11 lanzó bengalas con el objeto de observar el desplazamiento de las tropas gubernamentales. Una hora y media después, un avión Fiat efectuó exploración entre la Escuela de Aviación Militar y Río Tercero, detectando una columna de 25 camiones militares y piezas de artillería que avanzaba a la altura de Anizacate, en dirección a Alta Gracia. A las 07.00 otro AT11 realizó observación entre la mencionada escuela y la fábrica Kaiser, bombardeando con napalm al Regimiento 13 que se aproximaban amenazadoramente a la Escuela de Artillería, En ese mismo momento, un Fiat sobrevolaba el área comprendida entre Jesús María y Piquillín en busca de las avanzadas enemigas. El Regimiento 13 recibió un nuevo ataque con napalm a las 07.20 y diez minutos después, un monomotor Fiat detectó movimiento de tropas por el camino de Dean Funes, siendo repelido por fuego antiaéreo cuando efectuó una pasada rasante para arrojar panfletos. A las 07.50 el mismo AT-11 que había bombardeado al Regimiento 13, hizo reconocimiento entre Anizacate y Alta Gracia y a las 08.00 uno de los cinco Avro Lincoln al comando del capitán Ricardo Rossi despegó llevando a bordo a un teniente como observador, para bombardear esas fuerzas. Cuando la máquina enfilaba hacia las tropas gubernamentales fue recibida por intenso fuego antiaéreo, resultando alcanzada por un proyectil de 40 mm a la altura del radar. El aparato se elevó hasta los 4000 metros de altura para esquivar los disparos y al ver la imposibilidad de bombardear al enemigo, se retiró hacia el aeropuerto de Pajas Blancas, donde hizo un aterrizaje de emergencia. La batalla se fue intensificando a medida que pasaban las horas. A las 08.10 un Percival despegó desde la Escuela de Aviación Militar para efectuar reconocimiento. De regreso, el mismo oficial que piloteaba la nave abordó un DL-22 y en vuelo rasante ametralló vehículos y tropas leales a la altura de Malagueño. Casi al mismo tiempo, un nuevo Fiat piloteado por un primer teniente y tripulado por un joven oficial del Ejército, efectuó reglaje de tiro de artillería (08.15) en tanto media hora después, otro Percival hizo observación a baja altura (08.50). Eran las 09.15 cuando un Fiat piloteado por el veterano piloto de pruebas de la Fábrica Militar de Aviones Rogelio Balado sobrevoló el sector de Alta Córdoba para observar los alrededores de la estación ferroviaria; a las 09.50 otro Percival exploró las tierras que se extendían al oeste de la Escuela de Aviación Militar y a las 10.00 despegó de la misma un DL-22 para ametrallar tropas que se aproximaban por el oeste. Veinte minutos después un nuevo Fiat pasó entre Malagueño y Alta Gracia, en dirección a Anizacate donde detectó una columna de diez camiones, sobre la que arrojó panfletos antes de ser repelido por el fuego de cuatro piezas de artillería antiaérea. La columna fue atacada a las 10.40 y sobrevolada nuevamente por un AT11, que también le arrojó panfletos, seguido a las 11.10 por otro Fiat que exploraba el aérea entre Córdoba y Ojo de Agua. 252


Cerca del mediodía, un DL-22 que patrullaba el área recibió numerosos impactos de piezas antiaéreas que le provocaron daños de consideración, entre ellos, la rotura de su hélice, la perforación del colector de escape y un cilindro, la destrucción del sistema eléctrico y daños en la rueda trasera. El aparato debió regresar y hacer un aterrizaje de emergencia con sus tripulantes ilesos. Al recibir la información de que un tren con tropas gubernamentales se aproximaba desde el norte para reforzar a las tropas del general Morello, el comando rebelde decidió volar con trotyl las vías férreas al norte de Jesús María, despachando para ello un avión Percival con dos oficiales a bordo, que debían llevar a cabo la misión. El aparato voló hasta el lugar y después de aterrizar en un camino de tierra los comandos echaron pie a tierra y procedieron a colocar las cargas para hacerlas detonar. Sin embargo, al intentar decolar, la máquina sufrió un desperfecto en su motor y eso le impidió despegar. La tripulación decidió abandonarla en medio del campo y regresar por sus propios medios, pero cayeron prisioneros a poco de andar. Para entonces y a lo largo de toda aquella jornada, numerosos aviones civiles, muchos de ellos de carga, se fueron incorporando a las filas rebeldes, entre ellos un DC-3 y un avión de pasajeros de Aerolíneas Argentinas, que fueron puestos al mando del comandante Alfredo Barragán, piloto civil de la mencionada empresa e integrante de un comando revolucionario. Según relata Isidoro Ruiz Moreno, este aviador hizo traer desde Chile un Convair, transporte de envergadura que vino de perillas a las fuerzas rebeldes, por sus múltiples capacidades. Tan importantes resultaron esos aparatos, que el comodoro Krausse estableció una guardia especial para evitar su sustracción o algún acto de sabotaje por parte de elementos leales. Promediando la tarde, Krausse dispuso enviar a todos sus bombarderos pesados hacia otras bases porque en Córdoba, no se les podía brindar el mantenimiento que necesitaban. Las aeronaves debían trasladarse hacia sus nuevos destinos y a su regreso, traer los repuestos y municiones que la aviación de Lonardi necesitaba y por ese motivo mandó alistar a los capitanes Cappelini y Rossi para que volasen hacia Espora. Los pilotos debieron esperar antes de partir porque en esos momentos, al Lincoln B-016 del primero debían quitarle sus cañones para los de un Gloster Meteor que se habían dañado. El Lincoln había quedado prácticamente inutilizado al ser perforado su tanque de combustible durante la incursión de bombardeo al aeródromo de Coronel Olmedo. Antes de partir, Cappelini quiso conocer cual era la situación que imperaba en esos momentos y por esa razón se dirigió a una de las dependencias de la Escuela en la que el recién llegado mayor Juan Francisco Guevara estudiaba un mapa de la región. Una vez en el edificio, Cappellini solicitó autorización para entrar y después de las salutaciones e rigor, le pidió al mayor un detalle de lo que estaba ocurriendo. La respuesta que recibió lo dejó sumamente preocupado ya que, según el oficial del Ejército, las fuerzas sublevadas en esos momentos, era extremadamente dificil. Cappelini y Rossi volaron hacia Comandante Espora mientras un Avro Lincoln al mando del recientemente llegado primer teniente Manuel H. Turrado Juárez, hizo lo propio hacia Villa Reynols, para cargar bombas. En esos momentos, la base puntana se hallaba en manos rebeldes (al mando del mayor Celestino Argumedo), dado que el Comando de Represión había retirado de allí a sus pilotos y aviones para concentrarlos en Morón. El avión de Turrado Juárez partió con su dotación completa, integrada por el primer teniente Dardo José Lafalce, los tenientes Miguel Eduardo Aciar, Guillermo Rodolfo 253


Alaggia y Domingo Aldo Patrignani, el alférez Aldo Luis Santi y los suboficiales Néstor Leoncio Martín, Pedro Boris Timorín (mecánico aviador), Martín Antonio Rivadera, Ramón Elía Quinteros y Augusto Lecchi. Una hora después de su partida, cuando sobrevolaba la ciudad de Río Cuarto en dirección a San Luis el gigantesco bombardero comenzó a presentar fallas mecánicas y se precipitó a tierra, pereciendo sus diez tripulantes. De ese modo, la Fuerza Aérea Argentina sumaba nuevos mártires en acciones de guerra.

Gral. Miguel Ángel Iñíguez Anochecía y nada se sabía de esta tragedia cuando el capitán Jorge Lisandro Suárez ordenó al primer teniente Hellmuth Conrado Weber atacar al Regimiento 12 de Infantería y al Tercer Grupo de Artillería Liviano de Guadalupe, que al mando del general Miguel Ángel Iñíguez, avanzaba hacia la capital provincial procedente de Santa Fe. Aprovechando las últimas luces del día, Weber despegó a bordo de un Gloster Meteor, enfilando directamente hacia las posiciones enemigas. Al cabo de unos minutos estableció contacto con sus tropas y se abalanzó sobre ellas efectuando una pasada rasante que las tomó completamente desprevenidas. Mientras disparaba sus cañones de 20 mm, pudo ver a los soldados arrojarse a ambos lados del camino para ponerse a cubierto. El piloto rebelde inició un pronunciado giro y enfiló en sentido inverso, volando a baja altura y disparando intermitentemente. Esta vez el enemigo lo esperaba y devolvió el fuego con sus piezas antiaéreas. Weber no olvidaría más aquella escenas, con los proyectiles pasando a escasos centímetros de su aparato, como si se tratara de fuegos artificiales. Agotó todos sus cargadores y se retiró ileso rumbo a la Fábrica Militar de Aviones dispuesto a reportar los pormenores de su incursión. Era su primera experiencia de guerra y por esa razón, cuando se presentó a sus superiores, se hallaba tremendamente excitado. Detrás de él partió el primer teniente Rogelio Balado1 con igual misión. Sin embargo, en esta oportunidad, las tropas peronistas estaban alerta y lo recibieron con nutrido 254


fuego de artillería cuyos resplandores se vieron en el anochecer, desde la Escuela y la Fábrica de Aviación. El veterano piloto de pruebas regresó con una veintena de impactos, pero aterrizó sin inconvenientes. Quien se hallaba notablemente contrariado por las deserciones de los Avro Lincoln era el brigadier Juan Fabri, comandante de la Base Aérea de Morón. La actitud de los pilotos rebeldes lo había enfurecido notablemente y deseaba castigarlos “como se merecían”, enviando hacia Córdoba a una formación de cazas para derribarlos. Cuando le comentó la novedad a su segundo, el mayor Daniel Pedro Aubone, este se manifestó de acuerdo, observando únicamente que debido a la ininterrumpida sucesión de misiones de aquel día, los pilotos leales estaban extenuados. Fabri le dio la razón y cuando le preguntó si se animaba a encabezar el ataque, este le respondió que sí. -¡Por supuesto que me animo. Toda mi vida me preparé para este momento! Fabri le ordenó entonces elegir sus pilotos y las designaciones recayeron en el capitán Amauri Domínguez y el comandante Eduardo Catalá, quienes de inmediato iniciaron los aprestos para iniciar el vuelo mientras el personal de tierra proveía a los aviones de tanques suplementarios para extender su radio de acción y los dotaban de municiones perforantes, incendiarias, trazantes y de 20 mm. De acuerdo a la explicación previa en la sala de prevuelo, los pilotos debían volar en un aparato de carga hasta el aeródromo de Las Higueras, próximo a Río Cuarto, para apoderarse de los Gloster Meteor rebeldes que allí se alistaban, privando al enemigo de un arma formidable. Ninguno de los tres aviadores tenía experiencia de combate aunque en 1948 habían realizado numerosas prácticas de tiro en Tandil, y recibido instrucción del general del aire Adolf Galland, uno de los ases alemanes de la Segunda Guerra Mundial contratados por Perón para organizar la Fuerza Aérea Argentina. Galland había escrito un manual de adiestramiento en uno de cuyos capítulos, detallaba como debía llevarse a cabo el ataque a un aeródromo. Anochecía cuando los pilotos abordaron un transporte C-47 y despegaron hacia Córdoba, acompañados por los armeros y mecánicos que integrarían su personal de tierra. Lo que los tres ignoraban era que minutos antes el capitán Fernando González Bosque los había “traicionado”, partiendo hacia Córdoba en otro Avro Lincoln, con la intención de sumarse a la revolución. González Bosque voló en plena noche y al llegar a destino, informó sobre la misión que el Comando de Represión había planificado sobre el aeródromo de La Higuera. El comodoro Krausse y su plana mayor comprendieron el peligro que ello significaba y organizaron de inmediato un ataque para inutilizar los cazas que había allí estacionados. El C-47 tocó tierra en La Higuera en la media noche del 16 y después de cargar el avión con los pertrechos necesarios, la tripulación se fue a dormir al casino de oficiales, sabiendo que al día siguiente les esperaba mucha acción. Por causa de la tensión, fue poco lo que Aubone durmió; se levantó a la mañana siguiente, muy temprano y al igual que sus compañeros procedió a revisar minuciosamente su avión, poniendo especial atención en las turbinas, el armamento y la mira.

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Los mecánicos terminaban de alistar a los otros dos aparatos montaba una bomba voladora PAT-1 de fabricación nacional2 en el Avro Lancaster matrícula B-037 que piloteaba el capitán Eduardo Di Pardo, con la que el Comando de Represión pensaba atacar las posiciones del general Lonardi, disparándola desde una distancia de 30 kilómetros. El oficial trepó a la cabina de su Gloster con cierta dificultad, debido a una vieja lesión que había sufrido el año anterior y una vez en el interior, comenzó a sujetar sus correajes. En esos momentos había mucho movimiento en la base, con los mecánicos y los técnicos yendo y viniendo de aquí para allá, revisando los aviones, haciendo los últimos ajustes y conectando las baterías a los motores para poner en marcha a los cazas. Cuando Aubone controlaba su tablero y los mecánicos se disponían a enchufar y alistar los sistemas de encendido, apareció repentinamente el Avro Lincoln del capitán Orlando Cappellini dispuesto a atacar. Con él volaban un cadete de Aviación de 4º año que portaba una ametralladora de mano para disparar desde la ventanilla y un artillero que tenía a cargo la ametralladora de cola. A vuelo rasante, Cappellini pasó sobre la pista y luego se elevó, dando tiempo al personal del aeródromo de ponerse a cubierto. Aubone comprendió que había quedado completamente solo y que era blanco fácil del atacante y por esa razón, cuando el bombardero efectuó su segunda pasada, pensó que aquella era su última hora. Una bomba impactó de lleno en el Avro Lancaster B-037 y otra pegó a un metro y medio de su ala izquierda, sin explotar (fue la única que no lo hizo), hecho providencial que lo salvó por milagro. El Lancaster y su bomba de 1000 kilogramos se convirtieron en una bola de fuego mientras el personal de tierra intentaba ponerse a cubierto no solo de las balas enemigas sino de los restos del aparato que volaban en todas direcciones. Tras descargar sus proyectiles, Cappellini comenzó a volar en círculos para batir la zona con la ametralladora portátil que manipulaba el cadete de 4º año y con los cañones de 20 mm de cola. Aubone, cubriéndose instintivamente la cabeza con las manos, sintió los impactos repiqueteando a su alrededor, sin que ninguno lo tocase. En ese preciso instante apareció a gran velocidad un automóvil conducido por el ingeniero asimilado Gauna Krueger, quien corrió hasta el avión y en medio de las balas, ayudó al piloto a descender. Acto seguido, corrieron ambos hacia el rodado y una vez dentro, se alejaron rápidamente en dirección a un grupo de trincheras junto a las cuales, el conductor frenó. A toda prisa descendieron y se arrojaron en su interior encontrando allí a Domínguez y Catalá observando el último ataque de Cappellini. Aunque muchos años después el piloto rebelde intentaría justificar su accionar asegurando que no había sido su intención impactar a los Gloster, la realidad es que su puntería falló debido a su falta de experiencia en bombardeos a baja altura. Su misión era destruir a los cazas y para eso había ido hasta Las Higueras. El ataque duró aproximadamente media hora y dejó como saldo el Avro Lancaster incendiado y otro aparato averiado por las esquirlas.

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Cuando la alarma cesó, los mecánicos y el personal de tierra reaparecieron y presas de la exitación exigieron a los gritos el derribo del atacante. Habían vivido momentos de extrema tensión y angustia ya que en los barrios inmediatos, tenían sus casas y sus familias. -¡Mátelos, señor - le pidieron a Aubone - liquídenlos a todos! Sin perder un instante, Aubone trepó a su avión y minutos después partió decidido en busca del bombardero. No lo encontró pero su vuelo sirvió para corroborar la excelente performance de los Gloster Meteor y demostrar a los rebeldes que había aparatos leales dispuestos a repeler su acción. De regreso en la base, le informaron que se hallaba al teléfono el comodoro Casanova, subsecretario de la Fuerza Aérea, solicitando la inmediata destrucción de la aviación rebelde. -¡Esos aviones pueden atacar Buenos Aires aún de noche y van a causar mucho daño en la ciudad. Hay que destruirlos inmediatamente! Era evidente que el alto funcionario se hallaba impresionado por la noticia del ataque y las consecuencias que podría acarrear el hecho de que las fuerzas sublevadas dispusieran de semejante fuerza. Aubone y sus numerales se abocaron a la tarea de planificar un ataque al aeródromo de Pajas Blancas, para neutralizar a los bombarderos pesados enemigos porquea esa altura se sabía que la Escuela de Aviación Militar carecía de capacidad suficiente para albergarlos y que la extensión de la pista era insuficiente. La escuadrilla despegó a las 17.00 horas, volando a 700 kilómetros por hora, en dirección al valle de Calamuchita en absoluto silencio de radio. De acuerdo al plan de vuelo elaborado antes de decolar, enfilarían hacia el valle de Punilla, a través del lago San Roque desde donde se elevarían antes de caer sobre el blanco. A efectos de causar la menor mortandad posible, se desplazarían en hilera, contrariando las enseñanzas de Galland, aún a riesgo de que el avión que volaba detrás dañara a sus propios compañeros al abrir fuego. Los aparatos sobrevolaron el lago y cruzaron Cosquín, tomando altura sobre el Pan de Azúcar para caer sobre Pajas Blancas desde ese punto. Mientras lo hacían, detectaron bastante movimiento en torno a tres bombarderos ubicados al costado de la pista, uno de los cuales, tenía su carga de bombas a pleno y recibía combustible. Era el Avro Lincoln de Cappellini y Rossi, recién llegado de Comandante Espora con el enlace naval Carlos García Favre a bordo. Los Gloster se lanzaron sobre el objetivo, separados por una distancia de 1000 metros entre uno y otro, encabezados por el mayor Catalá, quien abrió fuego en primer lugar alcanzando a los aviones mientras el personal de tierra corría en todas direcciones busca ponerse a cubierto. Cuando el guía se elevó, llegó disparando Aubone, impactando a dos de los tres Avro Lincoln detenidos en plataforma, uno de los cuales se tumbó hacia un costado con su rueda perforada. Le siguió el capitán Domínguez disparando con sus cañones e inmediatamente después ganaron altura para iniciar maniobras de evasión.

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(Imagen: Blog de las Fuerzas de Defensa de la República Argentina) Mientras efectuaban el ataque, los pilotos leales escuchaban a través de sus radios las alarmas de la base y una interminable seguidilla de órdenes provenientes de la torre de control, solicitando la salida de aviones para interceptarlos. En momentos en que los tres cazas ganaban altura y emprendían la retirada a 900 kilómetros por hora, los disparos del numeral Domínguez alcanzaron levemente al avión del mayor Aubone y al averiado Avro Lincoln del capitán Rossi que se hallaba posado en tierra, dañado por las baterías antiaéreas durante el ataque al aeródromo de Coronel Olmedo. Dejaban atrás un mar de confusión, dos de los tres Avro Lincoln destruidos y un piloto rebelde herido. Los Gloster Meteor sobrevolaron la ciudad de Córdoba y aterrizaron en Las Higueras, donde el personal de tierra los aguardaba expectante. Rodando lentamente por la carpeta asfáltica dejaron a un lado la pista y con los motores encendidos introdujeron los aviones en uno de los hangares especialmente acondicionado para ellos. Al descender, los tres pilotos y sus mecánicos observaron con asombro la cola del Gloster de Aubone completamente perforada por los proyectiles de Domínguez y lo cerca que estuvo de ser abatido. Evidentemente, Galland tenía razón.

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Sin darles demasiado tiempo, el comodoro Daniel Cerri, jefe de los talleres de la base, mandó alistar a los tres aparatos puesto que era previsible un ataque rebelde y en momentos en que impartía esa orden, volvió a llamar desde Buenos Aires el subsecretario de la fuerza, comodoro Casanova, para informar que una columna rebelde del II Ejército, estaba pronta a llegar a Córdoba procedente de San Luis y que el aeródromo de La Higuera iba a ser uno de los primeros puntos en ser ocupados. Casanova sabía que el Regimiento 11 de Infantería no llegaría a tiempo para detener el avance y por esa razón, ordenó a los tres pilotos retornar inmediatamente a Buenos Aires y al comodoro Cerri inutilizar los aviones. Se decidió que Aubone, Catalá y Domínguez volarían de regreso en un Beechcraft AT11 sanitario que se hallaba estacionado en el mismo hangar en el que habían guardado los Gloster, y a él treparon inmediatamente, seguidos por el grupo de suboficiales que los había acompañado desde Morón. Aubone ocupó el asiento del piloto y Catalá el del copiloto y después de encender los motores, ganaron el exterior y comenzaron a rodar hacia la cabecera de la pista. En ese preciso instante un Calquin rebelde llegó volando a baja altura para arrojar una bomba que, aunque pegó cerca del Beechcraft, no impidió que siguiera su marcha. El avión levantó vuelo en dirección a Río Cuarto, justo cuando el Calquin pasaba a su lado y le disparaba. Aubone se pegó al suelo y de ese modo evitó que el avión rebelde volviese a ametrallarlo y se lanzase tras él. Era de noche cuando dejaron atrás la provincia y se internasen en Santa Fe volando siempre a baja altura y prácticamente a ciegas porque el radiogoniómetro no funcionaba. Ya en territorio bonaerense, encontraron nubes bajas y recién al ver las luces de Chivilcoy lograron orientarse y continuar hacia Morón. La base aérea se hallaba a obscuras y nadie respondía los llamados en previsión de posibles ataques por parte de la cada vez más numerosa aviación rebelde. En vista de ello, el capitán Catalá tomó el micrófono y después de darse a conocer informó que si no recibía respuesta en el acto, se retirarían al Uruguay. Ni bien terminó de decir eso, las luces de la pista se encendieron y así pudieron aterrizar. Una vez en tierra, los aviadores fueron recibidos por el comodoro Fabri, que se encontraba sumamente entusiasmado por el éxito de la incursión. El oficial estaba resuelto a lanzar sobre Córdoba un ataque de mayor envergadura, utilizando bombarderos Avro Lincoln y Avro Lancaster, misión que se estaba programando para el día siguiente. Los mandos leales estaban convencidos de que las fuerzas rebeldes carecían de capacidad para contrarrestar esos ataques porque los pocos Gloster Meteor de los que disponían carecían de repuestos y por consiguiente, no estaban en condiciones de volar. En la tarde del 17 de septiembre se completó el traslado de las fuerzas rebeldes desde la Escuela de Artillería a las de Aviación Militar y Suboficiales de Aeronáutica. El general Lonardi se instaló en la primera junto a su plana mayor y en la segunda, separada de aquella por la ruta que unía a Córdoba con Villa Carlos Paz, lo hizo el comodoro Krausse con los integrantes de su comando. En las últimas horas, las fuerzas revolucionarias habían reforzado el perímetro defensivo de la guarnición, envolviendo dentro del mismo a edificios, hangares, talleres, pistas de aterrizaje y terrenos anexos, todo ello dentro de un radio de 360º. El 259


mismo quedó al mando del general Lonardi, secundado por su hijo y ayudante, el capitán Luis Ernesto Lonardi y su igual en el mando, Ramón Eduardo Molina. El capitán Daniel Correa fue designado oficial de Informaciones, el teniente primero Miguel A. Mallea Gil, jefe de Comunicaciones, el teniente primero Julio Fernández Torres encargado de la seguridad del Comando, el coronel Arturo Ossorio Arana comandante del Grupo de Artillería, el mayor Melitón Quijano jefe de su plana mayor y el mayor Enrique Rottjer, encargado de Logística. A lo largo de aquella segunda, jornada se fueron incorporando elementos civiles a quienes se fue proveyendo de armamento y se los destinó a reforzar pelotones al mando de oficiales, lo mismo militares retirados o fugados de las filas leales, entre quienes destacaban el teniente coronel (R) Juan Carlos Cuaranta, su igual en rango Carlos Godoy, el coronel Francisco Zerda, el capitán Alfredo Matteri, el mayor Enrique Rauch, el teniente de navío Raúl Ziegler, el mayor Lisandro Segura Lavalle y el teniente primero Carlos Goñi. Mientras en Córdoba se desarrollaban esas acciones, las tropas leales continuaban su avance. Ello y la falta de noticias respecto a la situación en el resto del país, preocupaban sobremanera al general Lonardi y sus hombres especialmente después de saber que en las primeras horas de la noche las columnas de la V División de Ejército, al mando del general Aquiles Moschini, habían llegado por tren a Dean Funes y que estaban dispuestas a entrar en acción. Integraban la misma el Regimiento 15 de Infantería procedente de La Rioja, el Regimiento 18 de Santiago del Estero, el 17 de Catamarca y el 19 de Tucumán, conjuntamente con el Regimiento 5 de Artillería reforzado, procedente de Salta, sede del Comando de la División; el Regimiento 5 de Caballería de la misma provincia y el Batallón 5 de Comunicaciones de Tucumán. Integraban el alto mando del general Moschini su jefe de Estado Mayor, el coronel Julián Trucco; su cuartel maestre, teniente coronel Carlos Augusto Caro y el mayor Isola, a cargo de la División de Operaciones. Siguiendo sus indicativas, elementos motorizados del Regimiento 18 procedieron a reconocer el lugar y efectuar exploración en la zona de Jesús María con el objeto de detectar unidades rebeldes. Casi al mismo tiempo, las tropas del general Miguel Ángel Iñíguez llegaban a Monte Cristo, donde dispuso alojar a la tropa para que pasar allí la noche, previa dispersión de su armamento y equipo en prevención de ataques aéreos. Cerca de la medianoche, esas tropas recibieron dos cañones Krupp 7.5 mm pertenecientes a la sección de Artillería del Regimiento 12 y tres ambulancias enviadas por el Ministerio de Salud Pública de la provincia de Santa Fe ya que, para el día siguiente, se esperaban duros enfrentamientos. Las acciones del día 17 en Córdoba se reflejan claramente en los escritos de un combatiente, publicados en la revista “Cielo” bajo el título “…del diario de un Cadete”,. Dice el mismo: “17 de septiembre (sábado). Finalmente tomamos una posición provisoria para protegernos de algún posible ataque enemigo. En realidad vivimos en un constante estado de alerta. Se presume que viene avanzando el 14 de Río IVº y por esa causa nos pasamos la mañana esperando. A eso de las 11:00 hs. Se inicia el ataque…es el primer combate real en que actuamos y quien mas quien menos, todos pensamos en que puede ser nuestra última acción en este mundo. Es de admirar la rapidez con que cavamos la posición…en 30’ la terminé…y bastante honda por cierto. “La infantería viene avanzando bajo un nutrido fuego de obús y soportando el hostigamiento incesante de nuestros aviones. Esto decide el combate.

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“Rendido el 14, se me ordenó plegarme con el grupo a la sección del Alf. C…para ir a copar un grupo de unos 80 suboficiales y civiles que estaban perturbando por detrás de los polvorines. Tampoco esta vez tuvimos suerte, pues no encontramos más que animales……Seguramente se repliegan al enterarse que íbamos a combatirlos. Nos quedamos casi dos horas en un rancho vacío. Todas las casas de los alrededores han sido abandonadas…los animales están rabiosos de sed…hago lo imposible por procurarles agua. Vamos morir una yegua que tiene un proyectil en los íjares. Probablemente del 12,7. “Utilizando el teléfono portátil se comunica al comando que no hay novedad por esta zona. El 1er. Ten. F…, Jefe de nuestra Ca., ordena el repliegue hasta los polvorines, donde embarcamos en camiones que nos llevan a la Escuela de Suboficiales. Llegados allí, vemos que, como en nuestra Escuela, hay gran cantidad de civiles armados con gran variedad de armas y vestidos en forma muy particular: un ‘cocktail’ de ropa civil, militar y policial. “Algunos lucen orgullosos sus ‘trofeos’: gorras, sables, pistoleras y otros elementos tomados a la policía. “Bajamos a comer algo…nos dieron un sopón que podía cortarse con cuchillo, pero el hambre era mucho y eso salva el éxito del almuerzo. Mientras aguardamos nuestro regreso, conversamos con los aspirantes y civiles que por allí encontramos. Por ellos nos enteramos que las emisoras cordobesas, en nuestro poder desde ayer, hicieron un llamado pidiendo voluntarios y la mayoría de los hombres en condiciones de armarse han sabido responder a él. Nos relatan alternativas del combate que sostuvieron ayer junto con los cadetes, aspirantes y soldados en la Jefatura de Policía. Cuenta que con ellos se encontraban algunas mujeres, que arma en mano, daban muestras de un valor que ennoblece a la mujer argentina. Uno de los sectores donde la lucha fue más intensa fue por Barrio Pueyrredón donde la Policía opuso una tenaz resistencia. Afortunadamente no hubo que lamentar la muerte de ningún cadete…los aspirantes no tuvieron igual fortuna, pues dos o tres de ellos perdieron la vida en la acción; sin embargo, el mayor número de bajas lo tuvieron los civiles, que pagaron con la vida su fervor patriótico. La población vitoreaba a nuestros muchachos y prestaba toda su colaboración reafirmando así su identificación con los principios revolucionarios. “Luego de cambiar otras impresiones sobre lo ocurrido en la ciudad, llegó la hora de nuestro regreso a la E.A.M. y nos despedimos de ellos en un clima de profunda cordialidad…aunque pensando en la dureza de nuestro pozo y en las emociones que ellos vivieran, con un dejo de envidia por su suerte. “En la Escuela recibimos órdenes de hacer bañar a la tropa y equiparla convenientemente. Con la eficaz colaboración de algunos aspirantes, logramos hacerlo rápidamente y luego, otra vez a los camiones. Ibamos viajando en dirección a la línea, cuando supimos de la alarma antiaérea. Se presumía la aproximación de Gloster Meteor leales. Se ordenó tomar cubierta completa a la tropa…En el desbande, muchos camiones quedaron dificultando el tránsito y tuve que colaborar para despejar el camino. Con el ‘Tano’, aprovechamos para hacer una ‘requisa’ a la Sala de Armas y retirar munición que nos será de utilidad más adelante. “Pasada la alarma, sin que se produzcan novedades (luego nos enteramos que el ataque aéreo se había realizado en Pajas Blancas), aprovechamos el ‘impase’ para bañarnos y cambiarnos de ropa. Nuevamente tomo mi grupo y lo conduzco al lugar 261


donde se me comunicó se extenderían nuestras líneas. Ya es de noche. Sobre el costado sur de la Escuela a la altura de la cabecera de la pista nueva, comenzamos a cavar las posiciones…esto de construir la posición en la obscuridad no es nada agradable: no se ve lo que se hace y el trabajo resulta doblemente penoso y poco eficiente. Cuando doy por terminado mi trabajo me doy cuenta que se ha levantado una sudestada de esas que llegan a los huesos…y mi grupo no tiene mantas. Entonces decido detener un camión que en ese momento pasa en forma providencial por allí y con el permiso del Jefe de la Ca. me voy al Escuadrón de Tropas. “El soldado no quiere conducir, pues dice que no ve nada, y aquí estoy yo, con toda mi inexperiencia de motorista, conduciendo un camión sin luces entre calles (?) llenas de obstáculos. Pero no tuve ningún inconveniente y pude llegar. La suerte me favoreció también en el regreso, pues, aún no se como, me fui a detener justo en el puesto ocupado por el Jefe de la Ca., y de allí fue un juego de niños llegar a mi posición. Mis soldaditos ya estaban medio duros de frío. La noche se hace bastante ‘perra’ pues las posiciones son malas y el viento sopla muy fuerte…por fortuna acallamos el estómago con un buen plato de locro caliente. El amanecer ansiosamente esperado por fin llega aunque sin el ansiado sol…El día es nublado y frío”. En esas condiciones llegó la tercera jornada de lucha. Notas Pese a tratarse de uno de los más reconocidos pilotos de prueba de la Fábrica Militar de Aviones, Rogelio Balado se volcó decididamente a la revolución. Experimentado piloto de caza de la Fuerza Aérea Argentina, comenzó su carrera en Córdoba, en 1952 después de la trágica muerte de Otto Behrens, veterano de la Luftwaffe y piloto de prueba del equipo de Kurt Tank, voló los prototipos Pulqui I y Pulqui II, el planeador IA37 y el gigantesco transporte IA-38 Naranjero, antecedente nacional de los poderosos Hércules. 2 El Proyectil Aéreo Teledirigido 1 era una bomba radioguiada aire-superficie de elaboración nacional fabricada por la Sección Armas Especiales de la Dirección General de Fabricaciones Militares dependiente del Ejército. En 1950, un equipo de técnicos alemanes y argentinos comenzó a trabajar en su diseño bajo la dirección de los hermanos Henrici, ingenieros aeronáuticos alemanes, con la asistencia en el diseño de los hermanos Mandel, todos ellos técnicos de la Alemania nazi captados por el régimen justicialista. Se trataba de un proyectil de 500 kilogramos y 30 kilómetros de alcance que constaba de dos cuerpos, el mayor de 3,54 metros en el que e alojaba el sistema de guiado, la cámara de combustión y la tobera de escape y el menor, de 2,52 metros, que llevaba los carburantes (oxigeno y metanol). 1

Perón en persona supervisó los trabajos en 1952, año en que comenzaron las pruebas. El 20 de octubre de 1953, durante una de ellas, el Avro Lancaster B-036 piloteado por Werner Baumbach, otro veterano de la aviación alemana, se precipitó a aguas del Río e la Plata, pereciendo su piloto, uno de los hermanos Henrici y el radioperador argentino Viola. Otros tres tripulantes lograron ser rescatados.

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CUYO SE MOVILIZA La noche del 17 de septiembre, las tropas del II Ejército llegaron a las puertas de la ciudad de Mendoza y allí se detuvieron. El general Julio Alberto Lagos los esperaba en ese punto listo para recibir el mando de manos de su comandante, el general Eugenio Arandía.

General Julio Alberto Lagos Una vez al frente de la poderosa unidad, Lagos solicitó un informe de la situación pues necesitaba adoptar rápidas medidas antes de ponerse en marcha hacia Córdoba. El cuadro de situación que le describió Arandía no era el que esperaba pues según le explicaron, había falta de integración entre los mandos y las noticias emitidas por la radio, limitaban la revolución al foco rebelde de la provincia mediterránea que en esos momentos estaba siendo cercado por las tropas leales al mando de los generales Iñíguez, Morello y Moschini. En vista de ello, influenciado por las falsas noticias emitidas por las estaciones de radio gubernamentales y dejándose llevar por un contraproducente exceso de prudencia, Lagos aprobó la resolución emanada de su Estado Mayor y se replegó hacia Mendoza, abandonando a las fuerzas de Lonardi a su suerte. De acuerdo a la conclusión a la que habían llegado con el general Arandía, si llegaba a estallar la guerra civil (que de hecho ya había comenzado), iba a ser necesario consolidar a las tres provincias cuyanas sin arriesgar sus fuerzas en una confrontación que a corto plazo, habría de aniquilarlas. Las tropas de Lagos pernoctaron junto al puente de acceso a Palmira y a la mañana siguiente entraron en la ciudad, con el Batallón de Infantería de Montaña 2 de Calingasta a la cabeza, comandado por el teniente coronel Eduardo Aguirre. La larga 263


columna de vehículos encontró las vías de acceso obstaculizadas por ómnibus y camiones que la CGT había abandonado durante la noche para dificultar el avance, pinchando los neumáticos de la mayoría. Bajo la dirección de oficiales y suboficiales, los conscriptos procedieron a retirarlos, apartando los vehículos del camino o arrojándolos al río y lentamente, el desplazamiento se fue haciendo efectivo. El II Ejército fue recibido con júbilo. La población, movilizada por el Dr. Facundo Suárez1, salió a las calles a vitorearlo y la gente se acercó a los soldados para entregarles alimentos y bebidas mientras gritaba y aplaudía su paso desde Guaymallén, por la avenida San Martín. Lagos instaló su comando en el Liceo Militar y designó gobernador provisional de la provincia al general Roberto Nazar. Quien fuera su titular hasta ese momento, el Dr. Carlos Horacio Evans, se presentó poco después, para ponerse a su disposición y luego de un breve y correcto intercambio de palabras, se le indicó que podía abandonar la provincia o permanecer en su hogar, optando finalmente, por esta última proposición. Una de las primeras órdenes impartidas por Lagos al llegar a Mendoza, fue ocupar la emisora radial, despachando para esa misión un pelotón al mando del teniente coronel Eduardo Aguirre, jefe del Batallón de Montaña 2 de Calingasta de destacada actuación durante la rebelión de San Luis. Aguirre se apoderó de la estación sin inconvenientes y de manera inmediata puso en funciones al teniente coronel Mario A. Fonseca, que una vez al micrófono, procedió a comunicar a la ciudadanía que tanto Mendoza como San Luis, se hallaban en poder de la revolución. Otra importante medida que adoptó el general Lagos, fue la detención de altos dirigentes del oficialismo regional, representados principalmente por la cúpula política y gremial y por militantes de las unidades básicas justicialistas, quienes representaban una seria amenaza para la revolución. En ninguna de las unidades básicas allanadas opusieron resistencia Donde sí hubo problemas fue en el local de la CGT, en el que se habían atrincherado muchos de sus dirigentes, afiliados y obreros. El teniente coronel Aguirre ser encaminó hacia la sede de la central obrera al frente de un pelotón, creyendo que la toma del edificio iba a ser cosa sencilla, sin embargo, al llegar al lugar, fue recibido por una nutrida lluvia de bala que lo obligó a adoptar medidas defensivas. Siguiendo órdenes de su jefe, los soldados saltaron de los jeeps en los que habían venido y una vez a cubierto abrieron fuego, generando un violento intercambio de disparos en el que dos conscriptos perdieron la vida y dos oficiales resultaron heridos. El combate se prolongó varios minutos, con los sindicalistas conteniendo todo intento de acercamiento, cosa que obligó a Aguirre a pedir refuerzos. Mientras disparaba su pistola ametralladora impartía directivas preocupado por la seguridad de sus hombres. Dos de ellos yacían muertos sobre el pavimento y otros dos, gravemente heridos, intentaban cubrirse detrás de los vehículos. Aguirre vio que los sindicalistas disparaban desde varios puntos, algunos desde las ventanas superiores y otros desde los techos, por lo que intentó concentrar sus ráfagas en esos puntos. La llegada de do camiones con tropas fue lo que decidió el enfrentamiento. Sabiéndose rodeados y desbordados en hombres y armamento, los sindicalistas hicieron flamear un trozo de tela blanco atado a un palo y se rindieron. La sede 264


sindical fue controlada y sus defensores obligados a salir lentamente, con las manos sobre la cabeza. Una vez fuera se los sometió a un intenso registro y acto seguido, se los obligó a subir a los camiones para ser conducidos a prisión. Los cuerpos de los soldados muertos fueron evacuados en una ambulancia que llegó unos minutos después y con ellos partieron los heridos en dirección al hospital. Las acciones en Cuyo habían cobrado sus primeras víctimas. Dominada la ciudad, el general Lagos mandó ocupar la Base Aérea de El Plumerillo, hacia la cual envió al segundo del general Arandía, coronel Nicolás Plantamura, acompañado por la escolta del Destacamento 1 de Infantería de Montaña al mando del teniente coronel Alberto Cabello. En el lugar los esperaba el vicecomodoro Martín Alió, conocido por su tendencia peronista, que hizo entrega de la unidad militar aclarando antes que no se plegaba al alzamiento. Sí lo hicieron, en cambio, sus oficiales, a quienes Plantamura reunió en el casino para dialogar y conocer su postura respecto a la revolución. Quedaban a disposición de las fuerzas rebeldes doce bombarderos Calquin de fabricación nacional, que sumados a la poderosa dotación de Villa Reynolds, constituyeron un arma de gran valor. De regreso en Mendoza, el teniente coronel Cabello recibió la orden de apoyar al pelotón del mayor Rufino Ortega que debía tomar la sede local de la Policía Federal, misión que se cumplió con el apoyo de comandos civiles revolucionarios sin ningún tipo de incidencias. Esa era la situación en Mendoza y San Luis cuando, pasado el medio día, el teniente coronel Fonseca, el mismo que había transmitido por radio los mensajes revolucionarios, solicitó autorización para marchar sobre San Juan, temeroso de la actitud que pudiera asumir el jefe de aquella guarnición, coronel Ricardo Botto. Tras obtener el visto bueno de sus superiores, Fonseca reunió bajo su mando al batallón de Infantería del coronel Aguirre y a la Compañía de Zapadores de San Juan que allí reforzaba al II Ejército y provisto de un cañón del batallón de artillería que comandaba el teniente coronel Fernando Elizondo, se puso en marcha. Las tropas viajaron durante toda la noche, deteniendo su marcha al amanecer, en la localidad de Carpintería, inmediata a la capital provincial. Desde allí siguieron a plena luz, mientras la gente, casi toda oriunda de los campos, fincas y viñedos inmediatos a la ruta se agolpaba a la vera de la ruta para saludar a la tropa. Como bien relata Ruiz Moreno, de quien extraemos la mayor parte de la información, la gente no olvidaba la prohibición de llevar a cabo la procesión de la Virgen de Andacollo, impuesta por el gobierno. Donde hubo tensión fue en San Juan, producto del despliegue de fuerzas policiales efectuado por el comisario César Camargo. Los policías estaban decididos a resistir pero la intervención de Fonseca, sanjuanino también y amigo de la infancia de Camargo, evitó el derramamiento de sangre. Era evidente que la policía no era una fuerza adecuada para enfrentar al Ejército y era necesario, a toda costa, evitar cualquier tipo de choque. Camargo accedió y levantó el dispositivo para que las tropas entrasen en la ciudad, cuna de ilustres personalidades de la historia argentina como Domingo Faustino Sarmiento, fray Justo Santa María de Oro y Francisco Narciso Laprida. Allí también se vivieron escenas de júbilo, con la multitud aclamando y aplaudiendo el paso de los efectivos rebeldes. Incluso fue sacada de la catedral la Virgen de la Merced frente a la cual, la muchedumbre se congregó y oró, cubriendo la Plaza 25 de Mayo. Fonseca fue 265


llevado en andas hasta la Casa de Gobierno donde su titular, Juan Viviani, le hizo entrega del mando. De esa manera Cuyo quedó en poder de la revolución con el general Lagos, al frente del mando civil y militar. A las 06.30 del 19 de septiembre, un Beechcraft AT-11 procedente de Córdoba aterrizó en pleno campo, sobre la Ruta 40, a 30 kilómetros al sur de Mendoza, trayendo a bordo al capitán de fragata Carlos García Favre, emisario del general Lonardi. Ni bien descendió del avión, el oficial naval abordó un vehículo particular que de manera inmediata lo condujo a Luján de Cuyo, escala previa a la capital provincial, donde llegó alrededor de las 11.00 cuando la población festejaba en las calles la llegada del II Ejército, procedente de San Luis. Una hora después, fue conducido ante el general Lagos, urgido como estaba de ponerlo al tanto de la difícil situación que atravesaba la guarnición rebelde. Una vez en su presencia, el capitán de fragata Carlos García Favre, le transmitió el angustioso pedido de refuerzos de su par y de la imperiosa necesidad de que se pusiese en marcha a la mayor brevedad posible para aliviar su difícil situación. Mientras esto ocurría, en las calles, la multitud cantaba consignas en favor de la revolución y de la libertad, ignorante de esos acontecimientos que se estaban desarrollando. Lejos de lo que García Favre se imaginaba, la actitud de Lagos fue de cautela. Después escucharlo atentamente, el general habló con parsimonia, detallando los inconvenientes que implicaba prestar socorro a Lonardi. Según sus palabras, el II Ejército no era plenamente conciente de lo que estaba ocurriendo, se hallaba imbuido por la consigna de no derramar sangre entre hermanos y por esa razón, no se podía contar con su plena subordinación al momento de marchar sobre Córdoba. Por otra parte, la toma de Río Cuarto era imposible porque el combustible escaseaba y era extremadamente difícil conseguirlo. García Favre quedó consternado porque no esperaba semejante actitud. Sumamente nervioso, volvió a insistir: Córdoba necesitaba urgentemente refuerzos porque de no contar con ellos la revolución terminaría por ser derrotada. Lagos se mantuvo en su posición. Sin pronunciar palabra, escuchó con expresión grave al emisario y luego lo citó a un nuevo encuentro a las 18.00 horas. Para entonces, todas las sedes partidarias del peronismo habían sido allanadas y los domicilios particulares de varios activistas requisados, a efectos de prevenir actos de sabotaje, todo eso antes de que la radio informase que a partir de las 21.00 de ese mismo día se imponía el toque de queda y que la ley marcial regía en toda la ciudad. A la hora acordada García Favre, vistiendo ropas de civil, se presentó en los cuarteles del Batallón 8 de Zapadores para su segunda reunión con Lagos. Al llegar, fue invitado a presenciar la formación en la plaza de armas, frente a la cual, el general tomó posesión formal de su cargo y arengó a tropas y civiles, exhortándolos a luchar por la libertad. También elogió a la Armada por su valeroso e inclaudicable accionar, manifestando sobre el final que la unión de las tres fuerzas acabaría por otorgarles la victoria. Pero en lo que a la ayuda solicitada se refiere, nada le dijo a García Favre en concreto. Cuando el enlace intentó comunicarse con Lonardi para imponerlo de la situación, se encontró con que la detención de los oficiales a cargo de las comunicaciones, le impedía establecer contacto. Durante la noche del 18 al 19 de septiembre, el general Lagos y su alto mando elaboró un plan tendiente a aligerar la difícil situación en la que se encontraba el general Lonardi. Entre otras cosas, se decidió un ataque aéreo desde Villa Reynolds al 266


aeródromo de Las Higueras, a efectos de neutralizar a los Gloster Meteor leales que operaban desde allí. Como explica Ruiz Moreno, Villa Reynolds, asiento de la V Brigada Aérea, había sido ocupada el domingo 18 por efectivos del Destacamento IV de Montaña de Tupungato que habían partido el día anterior desde San Luis, con ese destino. La toma de la base estuvo a cargo del Batallón I del Regimiento 21 de Infantería de Montaña al mando del mayor Celestino Argumedo, que hizo su arribo después de dos horas de marcha a lo largo de 110 kilómetros de ruta. En la brigada, los esperaba reunida la oficialidad que a esa hora (03.00 de la madrugada) tenía el control de la unidad, después de un intenso combate con los 278 suboficiales leales que la custodiaban y que intentaron actos de sabotaje. Esa misma tarde (17.30), el mayor Argumedo se comunicó con el general Lagos para sugerirle llevar a cabo el planeado ataque al aeródromo de Las Higueras, porque a esa altura, resultaba imperioso neutralizar la amenaza que representaban los Gloster Meteor que operaban desde allí. Le contestaron tres horas después, indicándole que se quedara en sus posiciones hasta nuevo aviso. El ataque jamás se concretó y Argumedo se limitó solamente a surtir de bombas tanto a las fuerzas revolucionarias de Córdoba como a las de Comandante Espora y a proporcionar armas livianas al comando civil revolucionario del Dr. Guillermo Torres Fotheringham que debía apoderarse de Radio Ranquel de Río Cuarto. A la mañana siguiente, tuvo lugar un hecho inesperado que levantó notablemente la moral de las fuerzas revolucionarias. Soldados del II Ejército que inspeccionaban la estación ferroviaria de Mendoza descubrieron un vagón repleto de armamento de última generación procedente de EE.UU, que se hallaba en ese lugar en tránsito hacia Chile. La carga, compuesta por bazucas, cañones-cohetes sin retroceso y ametralladoras, fue incautada y distribuida entre las tropas que al día siguiente debían marchar sobre Río Cuarto. La alegría que despertó el hallazgo significó poco para el capitán García Favre ya que en horas de la tarde, el general Lagos le manifestó no pensaba distraer efectivos hacia Córdoba porque planeaba consolidar sus posiciones en Mendoza. El emisario del general Lonardi quedó perplejo pero logró para hacer una propuesta tendiente a complicar la situación de Perón y aligerar la de su superior: solicitar a los organismos internacionales el reconocimiento de Cuyo como territorio beligerante. Lagos estuvo de acuerdo y sin perder tiempo, le ordenó al Dr. Bonifacio del Carril, auditor honorario del Ejército en Campaña, que diera inicio a las gestiones correspondientes. Debido a que en Córdoba se desconocía la situación de Cuyo, Lonardi despachó al mayor Francisco Guevara con la misión de comunicar a Lagos que estaba pronto a establecer un puente aéreo entre ambas provincias a efectos de transportar los refuerzos del II Ejército a la zona de combate. Conforme a ese plan, La Escuela de Aviación Militar comenzó a alistar tres DC-3 y un Convair de Aerolíneas Argentinas, al que se le quitaron los asientos para aumentar su capacidad. Al frente de los mismos fue puesto el aviador civil Alfredo Barragán, piloto de la empresa aérea estatal y decidido partidario de la revolución, quien debía conducir los aviones hasta Mendoza en compañía del teniente coronel Carlos Godoy.

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Guevara abordó un Beechcraft AT-11 piloteado por el capitán González Albarracín, un copiloto y un radiotelegrafista y partió a través el corredor aéreo del lago San Roque, el único que aún permanecía abierto a la aviación rebelde, con destino a Cuyo. La nave voló bajo hasta alcanzar las aguas y en ese punto levantó vuelo, para alejarse por entre las posiciones que ocupaban el Regimiento 14 de Infantería y el Regimiento de Artillería Antiaérea. Tras dos horas de vuelo, el avión tocó tierra en El Plumerillo, desde donde partió Guevara para encontrarse con Lagos. Al verlo llegar, el general se incorporó y lo saludó afectuosamente, invitándolo a participar de la reunión que en esos momentos mantenía con Arandía y García Favre. El jefe del II Ejército parecía ajeno a la realidad y daba la sensación de que la entrada triunfal que había hecho en Mendoza, había influenciado negativamente en él. Guevara hizo un detallado relato de lo que acontecía en Córdoba y al igual que García Favre, puso especial énfasis en la necesidad de refuerzos que tenía el general Lonardi. Cuando terminó de hablar, entregó a Lagos una carta del jefe de la revolución en la que aquel le solicitaba el envío urgente de toda la infantería con sus morteros y ametralladoras, explicando que la crisis que padecida su agrupación era, precisamente, de infantería y que su situación se había agravado tanto, que contaba con ese auxilio para superarla lo antes posible. Pese a ello y a que Guevara explicó que Lonardi pensaba resistir hasta el final, Lagos volvió a dudar, argumentando que disponía de solo 1000 hombres para la defensa de Cuyo y que no podía privarse de ninguno. Cuando manifestó su decisión de establecer en Mendoza un gobierno provisional, Guevara se sorprendió y respondió que esa idea ya había sido adoptada por el general Lonardi pero que no era primordial en esos momentos. Aquello hizo recapacitar a Lagos que, al menos de momento, desechó el proyecto para estudiar nuevamente el envío de refuerzos hacia Córdoba. Se iba el día 19 y Lagos todavía pensaba. Mientras Lagos y Guevara discutían, aterrizaban en El Plumerillo el avión de Aerolíneas Argentinas que había enviado Lonardi al comandado de Barragán. Una vez en tierra, los recién llegados se encaminaron presurosamente hasta el puesto de mando de Lagos y solicitar hablar con él. En esos momento, el general se hallaba reunido con el general Arandía, el mayor Enzo Garuti, juez de Instrucción Militar, el teniente coronel Eduardo Aguirre, el capitán García Favre y el mayor Guevara. Los recién llegados estaban sumamente ansiosos cuando ingresaron en la habitación, suponiendo que para entonces todo estaba decidido, pero una vez más Lagos dio largas al asunto, pretendiendo que su Estado Mayor se detuviese a analizar a fondo la situación. Esa actitud exasperó los ánimos, en especial el del comandante Barragán quien, levantando la voz, exigió el inmediato envío de refuerzos. La respuesta que recibió lo dejó azorado por lo insólita y absurda: -No puedo distraer tropas porque aquí la CGT es muy fuerte y puedo tener problemas. Eso fue la gota que rebalsó el vaso.

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-¡¡¿Pero cómo que la CGT va a ser un problema para el Ejército?!! -gritó Barragán¡¡¿qué está diciendo?!! ¡¡El problema lo tenemos nosotros!! ¡¡¡Vamos general, tiene que darnos las tropas y las armas ya mismo!!! Tan fuera de sí estaba el piloto, que mientras hablaba extrajo su arma, obligando a que los presentes interviniesen para intentar aplacar su ira. -¡Tranquilo Barragán! - dijo el teniente coronel Aguirre - ¡Todo se va a solucionar! Entonces, fue el mayor Garuti quien se hizo sentir por encima del tumulto. -¡Es preciso socorrer a Córdoba, general. Cuyo esta en condiciones de hacerlo! Al escuchar esas palabras, Lagos pareció convencerse y con tono grave ordenó: -Bien Garuti, organice una Compañía. Finalmente, después de perder horas preciosas en cavilaciones, el dubitativo jefe del II Ejército autorizó el alistamiento de 200 efectivos de Infantería que, provistos de ametralladoras pesadas y al mando del mayor Garuti, partieron de inmediato hacia El Plumerillo para abordar los aviones que, en un vuelo sin escalas, los conduciría al teatro de operaciones.

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LONARDI ACORRALADO Aquella fría noche de invierno, las tropas leales pernoctaban sobre la Ruta Nacional Nº 19, a la altura de Monte Cristo, en el departamento de Río Primero, después de un agotador día de marcha. En ese punto, en las primeras horas del día 18, el general Iñíguez recibió las tres ambulancias enviadas por el Ministerio de Salud Pública de la Provincia de Santa Fe y los dos cañones Krupp 7.5 del Regimiento 12 de Infantería a los que nos referimos en páginas anteriores, elementos indispensables para afrontar las jornadas que se avecinaban.

General Eduardo Lonardi Cuando todavía era de noche, poco antes del amanecer, esas tropas y las del general Moschini, volvieron a ponerse en marcha, urgidos por ofrecer apoyo a los efectivos del general Morello que después de una intensa jornada de combate, vivaqueaban en Anizacate. Según refiere Ruiz Moreno, Morello planeaba atacar las guarniciones aéreas rebeldes y por esa razón mandó tender una línea telefónica con epicentro en el monumento a la aviadora Myriam Stteford, desde donde pensaba dirigir el fuego de artillería. Tomando en cuenta ese detalle, el general solicitó al mayor Ignacio Weiss1,el emblemático piloto de pruebas del régimen peronista que la Fuerza Aérea había enviado a su comando, que llevase a cabo un ataque sobre la artillería del ejército rebelde, en especial la pista de la Escuela de Aviación, explicando su plan sobre un mapa carretero del Automóvil Club Argentino que había desplegado sobre la mesa de su comando. En esos momentos, el general Sosa Molina trasladaba el suyo (su puesto de mando) a la localidad de La Carlota, porque versiones provenientes del Arsenal de Holmberg, daban cuenta que tropas del Ejército de Cuyo regresaban a Mendoza para sublevarse y atacar su retaguardia. Aquel domingo, de madrugada, el ejército de Perón, inició un movimiento de pinzas tendiente a rodear Córdoba y neutralizar la Escuela de Aviación Militar, donde el alto mando rebelde organizaba apresuradamente sus defensas para proteger el sector de acceso a la capital provincial, la Escuela de Aviación Militar, la Fábrica IAME de Aviones con sus pistas de aterrizaje y la Escuela de Suboficiales de Aeronáutica. Mientras tanto, los comandos civiles se organizaban en Córdoba junto a cadetes de la Fuerza Aérea y elementos de paracaidistas dispuestos a prestar batalla. 270


Esa misma mañana se celebró en la plaza de armas de la Escuela de Aviación Militar una misa de campaña con confesión general y comunión, en la que el general Lonardi, el comodoro Krausse y el Estado Mayor rebelde, de rodillas y rodeados por su tropa, ofrecieron un emotivo cuadro épico que quedó grabado en la retina de los combatientes más jóvenes como uno de los momentos más significativos de sus vidas. Finalizada la ceremonia, Lonardi pronunció una encendida arenga seguida por el Himno Nacional y las lapidarias palabras del comodoro Krausse que impresionaron a todos los presentes: “¡Aquí vencemos o morimos, pero no piensen ni por asomo que alguien se pueda ir al Uruguay. De acá no sale nadie!”. Ya de mañana, mientras las tropas rebeldes trabajaban aceleradamente en el dispositivo de defensa, aparecieron volando desde el este, dos Avro Lincoln de la Fuerza Aérea leal con sus compuertas abiertas. Las alarmas comenzaron a sonar y el personal echó a correr en pos de refugio al tiempo que los oficiales impartían órdenes a viva voz. Los aviones se elevaron repentinamente y arrojaron sus cargas que explotaron con inusitada violencia abriendo cráteres y provocando incendios. Al momento de producirse el ataque, el camión que conducía el capitán Ricardo Castellanos cruzaba la pista de aterrizaje en dirección a uno de lo hangares. Al ver venir a los aviones, el oficial detuvo bruscamente la marcha, descendió velozmente y junto al alférez Florian, se arrojó dentro de uno de los cráteres abiertos por las bombas. En otro sector, las secciones del subteniente Marcelo Gabastou y el teniente Brown hacían lo propio en el interior de las tuberías que se utilizaban como letrinas mientras el general Lonardi, incólume, observaba el ataque debajo de un árbol. No lejos de allí, en el aeródromo de Pajas Blancas, el primer teniente Hellmuth Conrado Weber hacía guardia en la cabina de su Gloster Meteor cuando el capitán Jorge Lisandro Suárez, jefe de la Sección Interceptora, le dio la orden de decolar. Weber cerró su cabina y puso en marcha los motores mientras los asistentes desconectaban el carro de la batería eléctrica y se alejaban. El aparato comenzó a carretear y segundos después remontaba vuelo, casi en ese preciso momento en que detectaba muy cerca a los Avro Lincoln atacantes. Al percatarse de ello, el aviador experimentó un leve sobresalto pero se recompuso enseguida y encaró hacia ellos abriendo fuego. Sus proyectiles pasaron debajo de los aviones enemigos, sin alcanzarlos. El Gloster Meteor efectuó un viraje y se lanzó tras los Avro que en esos momentos se separaban buscando la protección de las nubes. Uno de ellos enfiló directamente hacia Córdoba por lo que Weber, sabiendo que su avión era mucho más veloz, le apuntó y volvió a disparar. Sin embargo, sus cañones se atascaron y eso lo obligó a abandonar el ataque. Al tiempo que lanzaba una imprecación, efectuó un pronunciado viraje y emprendió el regreso. En esos momentos, el segundo Avro Lincoln se disponía a abalanzarse sobre Pajas Blancas, el bombardero entró en corrida de tiro volando a baja altura, con las compuertas inferiores abiertas y disparando sus cañones. El primer teniente Rogelio Balado se hallaba en la cabina de su Gloster Meteor cuando se le ordenó decolar para interceptar al enemigo pero el nervioso operador civil que 271


debía enchufar las baterías eléctricas, no atinaba a conectar el cable. Tras varios insultos e imprecaciones, logró hacerlo y el piloto comenzó a carretear, en el preciso momento en que las bombas estallaban muy cerca suyo. Una vez en el aire, Balado enfiló hacia el Avro Lincoln pero inexplicablemente se resistió a disparar, porque sabía que en su interior había compañeros de armas. Lo que hizo fue comunicarse por radio para intentar disuadirlos y plegarlos a la revolución, pero le respondieron con insultos. En vista de la situación, siendo inminente el ataque a las posiciones de Lonardi, el comando de la aviación rebelde despachó hacia Mendoza un Beechcraft AT-11 a bordo del cual viajaba el capitán de fragata Carlos García Fabre con la misión de solicitar a Lagos la pronta intervención del II Ejército de Cuyo. El avión partió a las 06.00 y aterrizó una hora y media después sobre un camino asfaltado al sur de Argüello, desde donde el emisario fue conducido en jeep hasta el puesto de mando del general Lagos. Como ya se ha dicho, en la entrevista que mantuvieron ambos, García Favre habló de la necesidad que tenía Lonardi de refuerzos, abandonado prácticamente a su suerte y acorralado por fuerzas enemigas. Mientras se desarrollaba la conversación, el aparato que había traído a García Favre regresó a Córdoba y una vez en el aire, al sintonizar su radio, escuchó que San Luis también de plegada a la revolución. Sin pensarlo más, se dirigió a Villa Reynolds, asiento de la V Brigada de Caza y Ataque, donde aterrizó una hora después comprobando que la misma se hallaba realmente en poder de efectivos rebeldes. El avión regresó a Mendoza para recoger a García Favre que con la certeza de que El Plumerillo también se había plegado, se dispuso a volar de regreso a Córdoba para informar a su superior. En Villa Reynolds, el AT-11 embarcó hombres y armamentos y partió presurosamente hacia la Escuela de Aviación Militar, en la provincia mediterránea, donde aterrizó una hora después, con tan valioso cargamento. Una medida precautoria, sumamente acertada, fue el traslado a las cárceles de la capital provincial de los suboficiales leales detenidos en la Escuela de Suboficiales de Aeronáutica dispuesto por el comodoro Krausse. Para ello se organizó una larga caravana de camiones y ómnibus, que partieron de la base escoltados por una fuerte custodia armada. A las 07.00 horas un avión DL-22 rebelde tripulado por el teniente Raúl A. Barcalá y el cadete Héctor Destri2 despegó de la Escuela de Aviación para efectuar una misión de patrullaje. El aparato, provisto de una ametralladora, detectó al III Grupo de Artillería Antiaérea Liviana de Guadalupe cuando levantaba campamento en Monte Cristo para seguir al Regimiento 12 de Infantería hacia a la ciudad de Córdoba, y se dispuso a atacarlo. Barcalá hizo una pasada rasante arrojando panfletos revolucionarios mientras el cadete Destri abría fuego con su ametralladora. Las baterías le perforaron parte del fuselaje y los tanques de combustible obligándolo a retirarse mientras despedía una perceptible columna de humo. El avión llegó a destino en emergencia y al pedir pista, su piloto notó que el tren de aterrizaje no bajaba. Un proyectil de 12.5 mm le había destruido el dispositivo y eso no 272


le dejó otra opción que efectuar un aterrizaje de emergencia extremadamente peligroso. El aparato tocó tierra con el patín de cola, en plena corrida redujo la velocidad, bajó la panza y se posó sobre la pista, rompiendo las palas de la hélice. Al ver aquello, el personal de tierra comenzó a correr hacia la aeronave siniestrada, notando para su alivio, a medida que se acercaba, que la tripulación había resultado ilesa. Ni bien abandonó la cabina, Barcalá corrió hacia el edificio para informar al comando las últimas novedades, entre ellas el avance del ejército peronista en dirección a Córdoba. La actividad aérea de aquel día 18 de septiembre fue la siguiente se completó con las siguientes misiones: a las 07.30 un avión Fiat partió hacia Villa Reynolds, estableciéndose previamente una clave y un límite de tiempo. Transcurrido el mismo, de no haber novedad, se consideraría aquellas tropas, brigada enemiga y se procedería, en consecuencia3. A las 07.58 otro DL-22 realizó una misión de reconocimiento a lo largo de las vías del ferrocarril a Río Tercero; cincuenta minutos después un segundo Fiat detectó tropas enemigas ingresando a Córdoba por el este llevando un considerable número de piezas de artillería y al sobrevolarlas, recibió intenso fuego antiaéreo, escapando a baja altura sobre los techos de las casas particulares. A las 08.00 horas de aquella fría mañana de domingo comenzó el combate por el dominio de Córdoba. A esa hora, las fuerzas del general Iñíguez penetraron por el sector oeste de la ciudad en dirección a la estación ferroviaria. Francotiradores civiles apostados en los edificios circundantes abrieron fuego sobre la vanguardia y esta respondió. Las tropas peronistas descendieron de sus vehículos y se desplegaron ordenadamente bajo un fuego por momentos intenso y por otros esporádico, constituyendo un perímetro defensivo extremadamente efectivo. En pleno combate, el general Iñíguez agrupó a sus efectivos y reinició el avance en dirección a Alta Córdoba, desplegando sus soldados por la playa de maniobras contigua a la estación ferroviaria, entre los numerosos vagones y máquinas que allí se encontraban. El constante tiroteo de los comandos civiles obligó a Iñíguez a colocar a sus efectivos de frente, mirando al oeste y ordenar su desplazamiento por el sector norte de la línea férrea a efectos de penetrar por la parte posterior y tener a cubierto a su gente. Allí, en la estación, civiles peronistas se acercaron para ofrecer su concurso, provistos de armamento algunos y solicitándolo otros. Las ametralladoras del 12 de Infantería comenzaron a batir la calle Antonio del Viso donde se hallaban concentradas la mayor parte de las fuerzas rebeldes, logrando (los leales) el completo control del sector inmediato a la estación a las 09.30 de aquella mañana. La situación para los rebeldes se fue tornando preocupante ya que veían como las tropas de Iñiguez avanzaban inexorablemente hacia sus posiciones y por esa razón, el 273


comodoro Krausse dispuso bombardearlas despachando desde la Escuela de Aviación Militar al teniente Barcalá a bordo de un Calquin A-70, provisto de napalm. Cuando los operarios de la base terminaron de colocar el tambor que portaba los cuatro proyectiles de napalm de 50 kilogramos, el teniente Barcalá trepó hasta la cabina de su avión, encendió sus motores y comenzó a carretear mientras en la ciudad, las tropas del general Iñíguez sufrían las primeras bajas, entre ellas, un conscripto muerto y diez heridos. Las fuerzas leales, sometidas a intenso fuego por parte de francotiradores apostados en las azoteas de los hoteles Castelar, Savoy y viviendas particulares, intentaban afianzar las posiciones pese a que su vanguardia, conformada por la 1ª Compañía del regimiento, debió replegarse, retirando de paso a uno de sus morteros. Cerca de media mañana, cuando hacía más de una hora que se combatía, apareció el Calquin del primer teniente Barcalá volando a tan baja altura, que arrancó con su patín de cola varios metros de cables de luz. Barcalá detectó desde lejos el humo de las locomotoras y hacia allí enfiló, pensando que a bordo de los trenes llegaban tropas leales. A la altura de la estación soltó sus cargas y comenzó a alejarse, siempre volando bajo. Las bombas de napalm impactaron en los vagones, desatando un verdadero infierno. Una profunda sensación de angustia embargó a Barcalá cuando se retiraba, al pensar en las numerosas víctimas que debería haber ocasionado. Suponía que en el tren venían soldados y por ello lo atacó, ignorando que los mismos habían llegado en ómnibus y camiones. Una de las bombas perforó el techo de la estación y quedó alojada en su interior, sin explotar, cosa de la que se percató el general Iñiguez arrojado cuerpo a tierra bajo un vagón, las otras tres estallaron con inusitada violencia, generando los terribles incendios a los que nos hemos referido anteriormente. En su viaje de regreso, Barcalá detectó al grueso de las columnas de Iñíguez avanzando por la Ruta 9, novedad que se apresuró a reportar a la torre de control. Ene se preciso instante, su avión fue alcanzado por las antiaéreas, sufriendo la perforación de su tanque de combustible y la destrucción de uno de los portabombas. Barcalá descendió lo más que pudo a fin de evitar nuevos impactos y volando a la altura de los árboles, enfiló hacia la Fábrica Militar de Aviones, donde aterrizó prácticamente en emergencia, desperdigando una considerable cantidad de combustible. Cuando mecánicos y operarios se le acercaron, les hizo señas para que cortasen inmediatamente los motores porque los tanques de reserva podían explotar. Tras el ataque de Barcalá, llegaron más aviones para hostigar las fuerzas leales. El primero fue un DL-22, que a las 09.30 ametralló una columna de camiones militares que se dirigían presurosamente desde Alta Gracia a Córdoba; una hora después hizo lo propio un aparato similar y a las 11.15, un biplaza Fiat efectuó misión de reglaje sobre posiciones leales estacionadas en Malagueño. Al medio día de aquella tercera jornada de guerra, el general Videla Balaguer salió al aire por las radios cordobesas, para arengar a la población civil, informando que el general Lonardi se mantenía firme en su puesto de combate y que la victoria pertenecía a las armas rebeldes. Mientras tanto, en el frente de lucha, después de la última incursión aérea, el combate bajó un tanto su intensidad porque el general Iñíguez, en lugar de batir las posiciones 274


rebeldes ubicadas en las calles Juan B. Justo y Suipacha, decidió esperar al grueso de sus fuerzas que aún avanzaban por la Ruta Nacional Nº 9. Su llegada a Alta Córdoba tenía notablemente preocupado al alto mando rebelde rodeado por las fuerzas gubernamentales, sin apoyo y con su munición comenzando a escasear. Sin embargo, pese a lo precario de su situación, el general Lonardi y el coronel Ossorio Arana mantuvieron la calma demostrando tranquilidad frente a la tropa con permanentes recorridas por las posiciones, aún en horas de la noche y bajo fuego, brindando aliento a sus cuadros e incentivando su valor. La notable desproporción de fuerzas angustiaba a ambos, pero su presencia de ánimo mantuvo en alto la moral de sus efectivos.

Esta significativa fotografía publicada en el libro de Isidoro Ruiz Moreno muestra al general Lonardi y su plana mayor escuchando la misa de campaña que tuvo lugar en la Escuela de Aviación Militar la mañana posterior al primer combate (Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Tomo II) Mientras Iñíguez combatía en la capital provincial, el general Morello volvió a ocupar Alta Gracia, instalando su jefatura en la comisaría local donde se habían dado cita el gobernador Luchini y un centenar de policías s con los que había llegado a bordo de un camión enviado desde Río Cuarto por el general Falconier. Desde Buenos Aires, el general Lucero despachó hacia allí a los generales Arnaldo Sosa Molina y Apolinario López, el primero para imponer al general Morello de la situación e instarlo a iniciar inmediatamente el avance sobre Córdoba y el segundo para hacer lo propio ante el general Aquiles Moschini, comandante de la V División estacionada en Deán Funes. Mientras tanto, el general José María Sosa Molina recorría el amplio dispositivo leal a efectos de imponerse de la situación y elevar un informe destinado a Perón. Obedeciendo las órdenes impartidas, el general Morello inició el avance en dirección a la Escuela de Aviación Militar, a bordo de camiones y ómnibus del Ejército, algunos de los cuales llevaban enganchadas piezas de artillería. Sin embargo, su avance fue 275


detectado por las fuerzas rebeldes y poco después cayó sobre él una infernal lluvia de proyectiles. El sorpresivo ataque detuvo a Morello, mientras la artillería enemiga, reglada desde la loma en la que se hallaba la Escuela de Aviación, batía sus posiciones y obligaba a dispersarse en dirección a Alta Gracia, en medio de terribles explosiones. Para entonces, un Beechcraft AT-11 había atacado a las tropas que se movilizaban al sur de la Escuela, en cercanías del monumento a la aviadora Mary Steeford (12.00) y una hora después un aparato similar bombardeó con napalm, a la altura de La Lagunita, a una segunda columna de veinte camiones que transportaba tropas y artillería desde Alta Gracia hacia la Escuela de Aviación Militar. El aparato hizo varias pasadas ametrallando a esas fuerzas y recibió fuego antiaéreo que logró evadir. Mientras tanto, las fuerzas del general Moschini avanzaban hacia Jesús María, permanentemente acosadas por vuelos casi rasantes de la aviación enemiga. A las 16.30 sufrieron el ataque de un Beechcraft AT-11 que voló hacia ellas a baja altura y unos metros antes de llegar al objetivo se elevó para descargar sus bombas. Fue impresionante ver, en medio de las explosiones, a los soldados de Moschini corriendo en busca de protección mientras las explosiones hacían vibrar la tierra. A este ataque le siguieron otros hasta las 18.40, cuando una escuadrilla completa de siete bombarderos atacó la formacióncon resultados devastadores para la moral enemiga. Las tropas de Moschini sufrieron terribles daños y numerosas bajas4. Poco antes del ataque, el alto oficial había recibido instrucciones del general Morello, indicándole que después de unirse a las tropas del Liceo, debía avanzar sobre el foco de resistencia revolucionaria, efectuando un movimiento envolvente a través del Cerro de las Rosas en tanto él mismo atacaba por el sur. Con la llegada del general Apolinario López, Moschini movilizó sus fuerzas, adelantando hacia la localidad de Juárez Celman a un grupo de exploradores al mando del coronel Julián Trucco. Con la idea de hostigar a esas tropas, a las 20.45 el mando rebelde despachó un pelotón al mando del mayor Eduardo Juan Uriburu, quien se puso en marcha sin saber que el general Moschini había detectado sus movimientos dejando en Jesús María a la Compañía de Ametralladoras del Regimiento 19 de Infantería, con la intención de neutralizarlo. Y así ocurrió. Las fuerzas de Uriburu fueron emboscadas y tras un violento intercambio de disparos, cayeron prisioneras. Mientras tanto en Córdoba se reanudaba la lucha. Dueño de la estación del ferrocarril, el general Iñíguez adelantó parte de su vanguardia hasta la plaza Leandro N. Alem, avanzando en combate “casa por casa”, mientras enfrentaba a los pelotones de civiles que combatían con valor inusitado apoyados por cadetes y aspirantes de la Fuerza Aérea que habían sido conducidos hasta allí por expresa disposición de Lonardi. En el fragor de la lucha, se vio repentinamente a una camioneta policial, requisada por efectivos rebeldes de la Aeronáutica, dirigirse a toda velocidad hacia el Puente Centenario que cruza el río Suquía5. A bordo de la misma viajaban el subteniente paracaidista Armando Cabrera, el cadete de la Escuela de Aviación Militar Miguel Roy y varios civiles dispuestos a todo. Al llegar al puente, distante a unas seis cuadras de la estación, un miliciano rebelde les hizo señas y la camioneta paró. 276


El individuo trepó presuroso y segundos después el vehículo echó a andar por la avenida Juan B. Justo. Explica Ruiz Moreno que la camioneta dobló por Bedoya, hacia la izquierda y tres cuadras después, se topó con una columna de soldados leales que avanzaba en fila india, en sentido contrario. A una orden de Cabrera, los rebeldes abrieron fuego generando un intenso tiroteo que forzó a los cuadros gubernamentales a ponerse a cubierto y responder la agresión. En el intercambio de disparos, ráfagas de ametralladoras perforaron la camioneta policial y abatieron al civil que la había subido en el Puente Centenario, dejándolo tendido en medio del pavimento e hirieron a otros. Cabrera ordenó el repliegue y aún con las llantas reventadas, el conductor retrocedió a gran velocidad como mejor pudo, alcanzando el cruce de las calles, donde giró bruscamente y se alejó hacia el norte tomando por Rivadero, mientras era tiroteada por las tropas de Iñíguez. Sin darse cuenta, tomaron la ruta equivocada y sin proponérselo, fueron a desembocar directamente en la estación del ferrocarril, donde se hallaba el grueso de las fuerzas de Perón. La camioneta se detuvo frente a la plazoleta contigua y allí quedó, acribillada e inutilizada por una lluvia de proyectiles. El subteniente Cabrera se arrojó fuera, cuerpo a tierra y con su ametralladora respondió el fuego en un desesperado intento por facilitar la huida de sus hombres, ignorando que varios de ellos, especialmente el cadete Miguel Roy, se hallaban gravemente heridos y no podían moverse. Rodeado y con la munición agotada, Cabrera alzó un pañuelo blanco y aguardó su detención junto al resto del pelotón. Siguiendo el relato de Ruiz Moreno, en la esquina de Jerónimo Luis de Cabrera y Fragueiro, otro grupo de civiles intentaba resistir el avance gubernamental, pero la mayoría cayeron heridos. Mario Rosella, un joven estudiante antiperonista se hallaba en esa esquina, disparando contra las tropas apostadas en la estación ferroviaria cuando las balas comenzaron a picar a su alrededor. Junto a su compañero Raúl Regazzini corrió a una zanja cercana y allí se arrojaron, sin poder asomar la cabeza por la intensidad del fuego. Desde otra esquina, cadetes de la Fuerza Aérea los vieron y con una ametralladora pesada y apoyados por varios civiles, intentaron cubrirlos disparando decididamente sobre las posiciones de Iñíguez. Eso permitió a Rosella y Regazzini abandonar la zanja y correr hacia el Hotel Savoy, pero en el trayecto, cuando el primero cruzaba la calle, fue alcanzado en una pierna. Regazzini llegó al edificio sano y salvo y recién allí se dio cuenta de que su amigo había resultado herido. Sin embargo, para su asombro y el de muchos de los presentes, lo vio correr rengueando hacia el hotel y zambullirse en su interior, atravesando con su cuerpo una de sus vidrieras, lo que le provocó nuevas heridas. Lo peor fue cuando un turista extranjero que observaba los acontecimientos desde el interior, fue alcanzado por los disparo y murió en el acto. Minutos antes se le había pedido a los gritos que se pusiera a cubierto pero hizo caso omiso de las advertencias. 277


A las 17.00 horas, la presión de las tropas gubernamentales comenzó a hacerse sentir con más fuerza y media hora después, estabilizaban sólidamente sus posiciones. Preocupado por la comprometida situación de su gente en el centro de la ciudad, después de analizar la situación, el general Lonardi, despachó a un emisario para ordenarle a Videla Balaguer que se retirase. El enviado en aquella oportunidad fue el teniente coronel Carlos Godoy que, una vez en la Casa de Gobierno de Córdoba, pidió ser llevado inmediatamente ante Videla Balaguer. Lo primero que hizo frente a su superior, fue cuadrarse y transmitir el mensaje que portaba, agregando que le era imposible al general Lonardi remitir las piezas de artillería solicitadas para la defensa de la capital. Las directivas eran precisas: en cuanto anocheciera, debía retirarse hacia la Escuela por el camino de La Calera para evitar ser rodeados. Videla Balaguer, un tanto consternado, meditó unos momentos e inmediatamente después respondió que permanecería en el lugar, ocurriese lo que ocurriese. Siguiendo el ejemplo de su jefe, algo inconsciente de la situación pero extremadamente valiente, el coronel Juan Bautista Picca, los tenientes coroneles Roggero y Raúl Adolfo Picasso y el mayor Jorge Fernández Funes hicieron saber al emisario que permanecerían en sus puestos y que solo se moverían si Videla Balaguer lo rodeaba. Y una vez más, en un momento de alta significación cuando el general sanjuanino tomó a sus oficiales el juramento de no abandonar por nada la ciudad y permanecer allí hasta vencer o morir, cosa que aquellos hicieron de rodillas. Junto a ellos se quedaron también los comandos civiles, hombres y mujeres valerosos que luchaban decididamente contra un enemigo superior y mucho mejor equipado. Cuando Godoy regresó a la Escuela esquivando el cerco impuesto por el ejército peronista, se presentó presurosamente ante el general Lonardi y le informó sobre la actitud asumida por Videla Balaguer, el hecho sorprendió y desagradó al máximo jefe del alzamiento, que al saber la noticia, solicitó que se estableciera urgente comunicación con Córdoba. Cuando los generales estuvieron en contacto, se produjo la siguiente conversación: Lonardi: Videla, ¿cómo es eso de que no va a abandonar Córdoba? ¿No se da cuenta que van a morir todos? Están rodeados y la munición es poca. Hágame caso, abandónela al obscurecer. Videla Balaguer: Señor general: ¡si abandonamos Córdoba se pierde la Revolución!. Además, ¿no oye que la Radio del Estado propala que yo me he fugado a las sierras y que las tropas leales entran a Córdoba y son recibidas con flores? Sepa, mi general, que a todos los jefes, oficiales y comandos civiles que combaten a mi lado les he tomado el juramento de triunfar o morir, sin retirada ni exilio; así que comprenda, mi general, que yo no voy a ordenar la retirada. Lonardi se dio cuanta de la firme posición de su par y comprendió. Lonardi: Bueno, Videla: si usted quiere morir, que Dios lo ayude. Videla Balaguer: Mi general: voy a hablar por radio a Córdoba y al país. Lonardi: Haga lo que quiera. Buenas noches - y cortó6. Los combates arreciaban en las calles de Alta Córdoba cuando Videla Balaguer habló a la ciudadanía por LV2. En su alocución, el alto oficial explicó que lejos de lo que aseguraban las versiones gubernamentales, se mantenía firme en su puesto de 278


combate junto a oficiales, soldados y civiles y que no pensaba moverse de ahí. Acto seguido se dirigió a las tropas leales que en esos momentos lo atacaban y las llamó a la reflexión, invitándolas a deponer la actitud y matar a sus hermanos. Videla Balaguer habló de justicia y libertad y calificó de loco y cobarde a un presidente de la Nación capaz de pedir a la ciudadanía la muerte de cinco opositores por cada uno de sus caídos y propuso a las tropas leales que se pasasen a su bando para festejar al día siguiente el triunfo de la unión del pueblo bajo la advocación de la Virgen Generala que reverenciaron oportunamente Belgrano y San Martín. Por supuesto que nadie accedió a su pedido. A poco de finalizar la transmisión tuvo lugar un hecho sumamente extraño. Un oficial joven se acercó a Videla Balaguer para decirle de que un emisario aguardaba fuera del puesto de mando para ser atendido. Se trataba del teniente coronel Macías, el mismo que el día anterior había servido de enlace entre los generales José María Sosa Molina e Iñíguez y que había desertado para combatir con las fuerzas rebeldes. Videla lo recibió y al saber sobre su misión anterior, le encomendó intermediar ante Iñíguez a los efectos de gestionar un parlamento, cosa que aquel aceptó sin vacilar (Macías era famoso por su carácter un tanto alocado). -¿Usted se anima? – le preguntó Videla. -¡Por supuesto, mi general! -Vaya entonces y dígale a Iñíguez que lo espero aquí y que será recibido con todos los honores. Macías partió pero al llegar al puesto de mando de las fuerzas gubernamentales, despertó sospechas. Iñíguez recordaba perfectamente que el día anterior lo había recibido como emisario de Sosa Molina y le extrañó aquella actitud contradictoria. -Pero… ¿usted de que lado está? – le preguntó sumamente extrañado al verlo llegar. Macías comprendió el riesgo que corría e intentó eludirlo con engaños. -Fui hecho prisionero, mi general. Me envían como mensajero. -¿Prisionero, no? Bueno, ahora es prisionero nuestro – respondió el jefe peronista y acto seguido, llamó a su guardia y lo hizo detener7. Con la llegada de la noche se impuso un alto un alto el fuego en todo el frente, ocasión que el general Iñíguez aprovechó para impartir directivas respecto a la evacuación de heridos y la distribución de alimentos. En la estación del ferrocarril, varios vagones ardían iluminando los alrededores y en otros puntos de la ciudad, signos de la batalla evidenciaban su intensidad. Iñíguez dispuso el retiro del Grupo de Artillería Antiaérea hacia un lugar más seguro a efectos de preservarlo de posibles ataques y acto de sabotaje y después de comer su ración, procedió a elaborar el informe que debería elevar al general José María Sosa Molina. En el mismo, explicaba detalladamente las causas por las cuales no había marchado en dirección al Cabildo, es decir, hacia el centro de la ciudad (de acuerdo a lo solicitado por el general Morello), creyendo más conveniente afianzar las posiciones capturadas y proceder a avanzar en las primeras horas de la mañana. 279


El general Sosa Molina recibió el informe y después de leerlo estuvo completamente de acuerdo, cosa que se apresuró a manifestar a través del siguiente despacho: “Su agrupación, que hasta el momento ha cumplido brillantemente la misión asignada, mantendrá y consolidará durante la noche los lugares alcanzados. Deberá prever la adopción de fuertes medidas de seguridad en el flanco y retaguardia, e informará por el mismo medio, situación y lugares alcanzados por su Agrupación. Las armas que sean tomadas a los civiles rebeldes podrá utilizarlas de acuerdo a sus necesidades”. Años después, el propio Iñíguez explicaría a Ruiz Moreno que durante aquella intensa jornada, las tropas a su mando se habían comportado magníficamente y que ello se debió, en gran medida, a la calma y serenidad que demostraron sus mandos. “…si se asusta o empieza a vacilar, ahí empieza…Yo había sido profesor de Historia Militar y eso me obligó a leer una serie de episodios; y si bien no estuve en ninguna guerra directa, tenía una idea por el relato de muchas”. Aquel día el general gubernista supo lo que era la guerra. Tras consumir su ración, pasar revista y elevar el mencionado informe, Iñíguez se echó bajo un vagón y se quedó profundamente dormido. Para entonces, el general Morello, hostigado durante toda la jornada por la aviación rebelde, se había replegado tres kilómetros en dirección a Alta Gracia para establecer su puesto de mando en una escuelita rural abandonada, ubicada a la vera del camino. Allí, mientras él y sus oficiales analizaban la situación, el coronel Héctor Echenique le propuso un plan audaz, por medio del cual, llevaría a cabo una ataque por detrás de la Escuela de Aviación Militar aprovechando la obscuridad de la noche. Morello escuchó el plan detenidamente y lo desechó por considerarlo inútil y riesgoso. Según su teoría, al verse atacadas desde la retaguardia, las fuerzas revolucionarias batirían los alrededores con su artillería y provocarían gran número de bajas entre sus 3000 efectivos. Informe. Desde su punto de vista y el de su oficialidad, lo mejor sería aguardar las primeras luces del día siguiente y reemprender la marcha. Morello no estaba equivocado ya que, poco después, las baterías de Lonardi abrieron fuego y comenzaron a batir las rutas de aproximación, conteniendo su avance. Eran las 22.30 horas cuando un bombardero rebelde AT-11 arrojó bengalas para iluminar los alrededores de la Escuela de Aviación Militar y facilitar el fuego nocturno a la artillería. Eso obligó a la vanguardia de Morello a replegarse y colocarse fuera de su alcance8. Uno de los partes de guerra revolucionarios emitidos aquel día indicaba lo siguiente: “El 12 de Infantería, proveniente de Santa Fe, ocupa las instalaciones de la Estación de trenes General Belgrano, ubicada en Alta Córdoba. Militares y civiles no ceden un palmo de terreno, luchando con ardor e infligiendo bajas que aumentan las causas del derrumbe material y moral de las fuerzas opositoras. Muy efectiva resultó la ayuda de la aviación de bombardeo, que utilizando bombas incendiarias ‘Napalm’ hostigaba continuamente y aceleraba la rendición de las fuerzas leales”. De la revista “Cielo” extraemos del diario de un cadete: “18 se septiembre (domingo): Para variar, llega la orden de cambiar posiciones y nos replegamos más hacia los edificios, formando un arco de círculo que defiende el sector sudeste de la Guarnición. Sin embargo, no tomamos posición allí sino que esperamos nueva orden. Uno de mis hombres ve gente a unos 1500 m. delante de nuestra posición y la dar la novedad se me ordena salir a patrullar. No encontramos nada más que los pobladores de las 280


casas, bastante asustados por cierto. Al regreso (no pasa media hora) llega la orden de reunir toda la gente frente a la Dirección de la Escuela. “Allí encontramos los grupos de civiles y la gran mayoría de la tropa. Encuentro a varios compañeros y de sus respuestas colijo que estoy en uno de los puestos más ingratos…pero me siento orgulloso de ello…he llegado a formar un grupo consciente y aunque no muy aguerrido, por lo menos valiente. “Aprendo mucho acerca del arte de la conducción…Me doy cuenta de lo que significa el ejemplo en casos como éste. “Es risible el estado que denotaba la Escuela: unos con camperas de cuero, otros con sacos de paracaidistas, algunos armados con armas sacadas quién sabe de dónde… “Luego de comer un plato de arroz que tiene un sabroso gusto a tierra cordobesa, volvimos a descansar frente a la Dirección. El descanso no es muy prolongado pues el Alf. C(astro)…levanta a la Ca. y la conduce hacia el sector sudeste. Al principio creímos que tomaríamos posición en aquel sector, pero de pronto nuestras baterías comenzaron a hacer fuego y nos desplegamos en formación de combate. No fue nada agradable desplazarme casi dos kilómetros con el equipo a cuestas para tomar finalmente posición en una vía férrea. “Se han avistado cinco camiones en las estribaciones de las sierras, hacia el sudoeste, y ya está toda la Ca. desplegada formando un cinturón que les será muy difícil atravesar. “El ex jefe de la 4ª División se encuentra al frente de este batallón o Ca. que parece contar con alguna cuatritubo y una que otra Colt. “Una vez construidas las posiciones, la noche trajo una creciente inquietud en todos nosotros; durante todo su transcurso esperamos el ataque, por lo tanto no dormimos nada…Hace tres días que andamos mal dormidos y a causa de eso me cuesta un triunfo mantener la tropa despierta; pero unos ruidos raros del frente me ayudan a inculcarles el temor e inquietud indispensables para mantenerlos alerta. (A la mañana siguiente me entero que la productora de los ruidos había sido una flaca yegua madrina.) “Con todos estos inconvenientes la noche se nos hizo larga...”. Lamentablemente aquella noche del 18 de septiembre tuvo lugar un hecho desgarrador y, posiblemente, el más tristes y dolorosos de la contienda. A bordo de un vehículo particular conducido por Marcelo Amucháustegui viajaba Beatriz Roqué Posse, la joven esposa del capitán Mario Efraín Arrubarrena, muerto en combate el día 16. Viajaban con ella su pequeño hijo Mario Eduardo, de solo siete meses de edad, su padre, Juan Carlos Roqué Posse, Miguel Angel Cárrega Núñez (tío de Beatriz) y Teresa Pitt. Por consejos de su familia, Beatriz y el pequeño habían sido enviados a Icho Cruz, localidad próxima a Villa Carlos Paz, con la intención de alejarlos del peligro, pero enterada del fallecimiento de su esposo, la desconsolada mujer decidió regresar a la ciudad.

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Al llegar a Cosquín, en plena noche, el conductor se dio cuenta que tenía que cargar aceite y por esa razón, se encaminó a una estación de servicio. Era entrada la noche en el pueblo y nadie los atendió (había mucho temor en la población), por lo que decidieron seguir hasta la cercana comisaría para solicitar ayuda. Al llegar a la dependencia, el policía apostado de guardia apuntó su arma y preguntó a viva voz: “¡¿Revolucionarios?!” a lo que Amucháustegui, que había descendido del auto, respondió afirmativamente: “¡sí, revolucionarios!”. Al escuchar aquello, pensando que se trataba de un intento de copamiento, el policía abrió fuego a quemarropa alcanzando de lleno a Amucháustegui, que cayó gravemente herido. Al ver la escena, Cárrega Núñez intentó interceder: “¡No disparen, cobardes!” gritó desde el interior del rodado, pero para entonces, atraídos por las descargas de su compañero, otros efectivos salieron de comisaría disparando contra el vehículo. Juan Carlos Roqué Posse murió dentro del auto; su hija, sin dejar de gritar, le quitó a Teresa Pitt el pequeño de los brazos y como acto reflejo, salió corriendo por la calle, en dirección opuesta a la unidad policial. Un disparo mató al niño y otros dos la alcanzaron a ella en la cabeza y en una pierna. La joven mujer cayó sobre el pavimento, en medio de un charco de sangre y allí quedó tendida. Los efectivos policiales también abatieron a Miguel Ángel Cárrega Núñez en tyanto Teresa Pitta recibió heridas en el brazo y la mano derecha. Cuando el tiroteo finalizó, los policías se aproximaron lentamente comprobando el desastre que habían ocasionado: cuatro muertos, entre ellos un niño de muy corta edad y dos heridos graves. El automóvil de Amucháustegui, en cuyo interior se hallaba el cadáver de Roqué Posse y Teresa Pitt presa de una crisis, ofrecía un cuadro estremecedor. Un vecino de Cosquín, de ascendencia japonesa, se atrevió a salir en la noche e intentó socorrer a Beatriz y al niño, pero ya era tarde. Cuando la guerra finalizó, los policías implicados en lo que quizás fue el suceso más impactante de aquella verdadera contienda civil, fueron enjuiciados y condenados a prisión, un castigo leve para quienes que pedían a gritos su fusilamiento. El sangriento conflicto seguía cobrando la vida de decenas de víctimas inocentes.

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Im谩genes Fotograf铆as de Jorge R. Schneider obtenidas durante los sucesos quer tuvieron lugar entre el 16 y el 21 de septiembre de 1955 en la ciudad de C贸rdoba

Civiles acuden al llamado de las armas dispuestos a luchar contra Per贸n

Ciudadanos de todas las extracciones se disponen a partir al frente 283


Comandos civiles revolucionarios se proveen de armas en una comisarĂ­a

Civiles y militares dispuestos a marchar al frente en apoyo del general Lonardi

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Comandos civiles abordan un 贸mnibus con destino a la Escuela de Aviaci贸n Militar

Una voluntaria ofrece su concurso como enfermera para asistir a los heridos. La revoluci贸n gana adeptos constantemente

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Notas 1

Emblemático piloto de pruebas de la Fábrica Militar de Aviones durante la era justicialista, fue el primero en pilotear el IAe-24 Calquin, el IAe-31 Chingolo, el IAe-30 Ñancú, el DL-22, y los prototipos IAe-27 Pulqui I e IAe-33 Pulqui II así como también varios Gloster Meteor, el ala Horten planeador IAe-34 Clen Antú, el y el IAe-35 Huanquero (primer Justicialista del Aire). En 1954 fue designado secretario ayudante del Brigadier Juan Ignacio San Martín, secretario de Aeronáutica. Durante los enfrentamientos armados en Córdoba se mantuvo fiel a Perón volando como enlace un Beechcraft D-18 que en cierta oportunidad fue ametrallado por un Gloster Meteor rebelde que lo obligó a descender casi al ras de la superficie y volar entre los árboles. 2 Jefe de la Base Aérea Militar de Malvinas durante la guerra del Atlántico Sur, tuvo a su cargo el aeropuerto de Puerto Argentino y fue el artífice de los simulacros de impacto que hicieron creer a los británicos que habían dañado la pista, manteniéndola operable durante todo el conflicto. 3 A las 13.00 el piloto trajo la confirmación de que la base aérea se había pegado al movimiento. 4 Esas tropas debían incorporarse en Jesús María a los efectivos del Liceo Militar que comandaba su director, el coronel Eduardo Sabella. 5 También denominado Río Primero. 6 Isidoro Ruiz Moreno, op. cit, pp. 265-266. 7 Ídem, p. 267. 8 Dos horas antes otro avión había tenido problemas para aterrizar debido a la total obscuridad de la base rebelde, razón por la cual, fue dirigido por radio hasta alcanzar la pista

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BOMBAS EN EL SUR

A las 05.00 horas del 18 de septiembre, efectivos adelantados por los comandos civiles revolucionarios detectaron una columna de 30 ómnibus Leyland con una pieza de artillería antiaérea a remolque, detenida en el camino que une Sierra de la Ventana con Tornquist. Comprendiendo acertadamente que se trataba del Regimiento 1 de Caballería de Tandil, el alto mando en Comandante Espora, despachó una poderosa escuadrilla de siete bombarderos Grumman y seis AT-6 North American, al mando del capitán de corbeta Eduardo Estivariz, para atacarla. Los aviones navales despegaron cuando todavía era de noche y se dirigieron, hacia el norte, siguiendo el trayecto de la Ruta 33, en dirección a La Vitícola, sobrevolando campos cultivados, médanos y montes hasta las tierras de Napostá y Tres Picos a 300 km/h. El sol iluminaba las sierras y la llanura cuando lejos, en el horizonte, apareció Tornquist. Estivariz miró su reloj y vio que daban las 07.40 horas y casi enseguida hizo un leve giro hacia la derecha, dejando la población a un costado. Fue entonces que detenida a ambos lados de la ruta provincial 76 detectó a la columna enemiga. Prácticamente sobre el objetivo, el comandante de la escuadrilla tomó el micrófono y con voz decidida ordenó arremeter. -Me lanzo al ataque. ¡Síganme! Su avión, que encabezaba la escuadrilla, descendió unos metros y entrando en corrida de tiro lanzó sus bombas, seguido de cerca por los de Barry Melbourne Hussey, Juan Vasallo y el resto de la formación. Las explosiones sacudieron la pampa y parecieron rebotar contra las sierras, levantando densas columnas de humo, fuego y piedras. Debajo, en tierra firme, los efectivos del 1 de Caballería corrían en pos de refugio mientras las antiaéreas abrían fuego e intentaban repeler el ataque. 287


Los aviones viraron y efectuaron una nueva pasada, ametrallando la columna de vehículos de manera implacable y varios de ello fueron alcanzados aunque sin mayores consecuencias. “Como volábamos por una zona escarpada, no podíamos ver donde caían las bombas ni el efecto de nuestro ataque, porque debíamos escapar de las sierras, donde nos tiraban con fuego antiaéreo muy denso” explicaría años después el teniente Juan María Vassallo1. El ataque duró cerca de 45 minutos y una vez agotadas las municiones, los aviones regresaron a la base dejando atrás dos efectivos muertos (un aspirante a suboficial de reserva y un conscripto) y otro soldado gravemente herido. Cincuenta minutos después, en momentos en que las fuerzas leales intentaban reorganizarse, la Aviación Naval volvió a aparecer. La nueva incursión se prolongó casi una hora y fue seguida por una tercera a las 11.00. En la oportunidad, dos escuadrillas de seis North American cayeron en picada ocasionando nuevos destrozos en la columna del Ejército. Las explosiones y la metralla volvieron a retumbar sobre la llanura, entremezclándose con el repique de las baterías antiaéreas y el fuego reunido de armas livianas. Detrás de estos ataques llegó una cuarta escuadrilla de nueve bombarderos Catalina y once North American, que tenían como misión hostigar las posiciones del Regimiento 2 de Caballería al mando del teniente coronel Enrique Llambí. Su jefe, el teniente de corbeta Raúl Fitte, divisó el objetivo a lo largo de las laderas sudoccidentales de la sierra y enseguida se dio cuenta que el ángulo de ataque resultaría sumamente dificultoso. “Salimos sobre el abra del Despeñadero y divisamos camiones militares y jeeps. El asunto era no chocar contra las montañas, porque estaban muy encajonados”2. Los aviones llegaron volando bajo, a uno y otro lado del desfiladero, obligando a la tropa de Llambí a correr en busca de cobertura mientras las antiaéreas a abrían fuego. Las bombas y los proyectiles dañaron varios camiones y piezas de artillería, sin que se produjeran bajas. Estas incursiones, en cierta medida demoledoras, no lograrían detener el avance leal, ya que sus avanzadas llegarían a ubicarse a menos de 150 kilómetros de Puerto Belgrano. A las 09.30 horas de aquella fría mañana invernal, un avión naval de exploración AT11 Beechcraft detectó en la estación terminal de Saavedra (al pie de Sierra de la Ventana), un tren que transportaba tanques, semiorugas y blindados. Los vehículos bajaban a tierra y en torno a ellos había gran movimiento de hombres cuando el aparato se abalanzó sobre la formación dispusto a arrojar sus bombas. Esa fría mañana, el Sr. Carlos A. Mey, vecino caracterizado de la zona, había visto llegar a las tropas del Regimiento Escuela de Tanques procedentes de Ciudadela, trayendo consigo seis unidades Sherman e igual número de blindados semioruga a bordo de un tren que se detuvo en la estación ferroviaria en la madrugada. Camiones y jeeps habían ingresado por la ruta transportando un considerable número de efectivos y piezas de artillería que se distribuyeron en línea paralela a las vías, después de apoderarse de la población sin resistencia. Cuando los relojes señalaban las 09.00, comenzaron a desembarcar los tanques con los suboficiales recibiendo órdenes de sus superiores y retransmitiéndoselas a los soldados a viva voz3.

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Los aviones hicieron varias pasadas lanzando sus cargas explosivas y ametrallando las posiciones del Ejército en tanto la población, a cubierto en sus viviendas, se estremecía con el sonido de las explosiones. Una bomba dio sobre la calle, cerca de las vías pero otras dos cayeron en medio del pueblo, alcanzando el patio de la farmacia Oliveri, ubicada en un terreno en forma de triángulo distante a cuatro cuadras del lugar donde ardían la locomotora y el vagón y otra cerca de un almacén, que recibió sobre su frente una lluvia de esquirlas que lo dañaron considerablemente". A las 10.48, decoló de Comandante Espora una nueva escuadrilla de aviones Grumman y monomotores AT-6 North American, con la misión de hostigar a los tanques y detener su marcha a toda costa. Como el grupo encargado de las demoliciones no había logrado destruir el puente carretero de Dufour, sobre la Ruta 33, las fuerzas blindadas aceleraron su aproximación para cruzarlo lo antes posible. El comando rebelde sabía que era imperioso detener a los tanques de inmediato porque de lo contrario, la revolución iba fracasar y por esa razón, el alto mando se vio urgido de lanzar ataques a intervalos cada vez más cortos. La escuadrilla, al mando del capitán Estivariz, partió con los Grumman en primer lugar y los North American en segundo, estos últimos encabezados por el teniente de corbeta Juan Cidoti y una vez en el aire, se dirigieron hacia la columna blindada por el mismo camino que habían hecho las escuadrillas anteriores. El primero en despegar fue el capitán Estivariz, que llevaba como artillero al teniente de corbeta Miguel E. Irigoin y como radiooperador al suboficial primero Juan I. Rodríguez. Le siguió como numeral el teniente de corbeta Barry Melbourne Hussey con el guardiamarina Juan Pedro Irigoin (hermano de Miguel) como ametralladorista, seguido por el teniente de navío Juan María Vasallo y el teniente Fernando Ruiz, hasta ese momento, integrante de uno de los grupos encargados de las demoliciones. Ruiz había solicitado personalmente a Vasallo, participar en una de las misiones de combate porque hasta ese momento no había entrado en acción: “Señor: soy el único piloto de la escuadrilla que no ha estado bajo el fuego antiaéreo, y yo sé el peligro que han pasado todos ustedes. A mí me avergonzaría que alguien supiera que no he volado; y aunque usted sabe muy bien que estuve en otra misión, le pido encarecidamente que me asigne un avión porque no podría vivir tranquilo”. Tras escuchar sus palabras, Vasallo, escuchó atentamente a su subordinado y orgulloso de comprobar que contaba con hombres de honor y valor, le dio el mando del Grumman Nº 4 que decoló detrás suyo. La formación de Estivariz voló sobre la pampa infinita durante veinte minutos, sin detectar nada anormal. El día era claro y el cielo se hallaba completamente despejado y eso facilitaba notablemente la visión por lo que, al llegar a Saavedra, a su comandante le resultó sencillo ubicar las posiciones enemigas. Estivariz señaló a Irigoin las unidades leales que se desplazaban por la carretera y tomando el micrófono estableció contacto con los demás aviones a través de la radio, anunciando a sus pilotos que iniciaba el ataque.

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El bravo capitán efectuó una corrida baja y casi sobre el objetivo soltó sus bombas, tan cerca de la superficie, que las esquirlas dañaron su fuselaje y el de Barry Melbourne Hussey, que avanzaba detrás. Los aviones hicieron varias pasadas lanzando sus cargas explosivas y ametrallando las posiciones del Ejército en tanto la población, a cubierto en sus viviendas, se estremecía con el sonido de las explosiones. Una bomba dio sobre la calle, cerca de las vías pero otras dos cayeron en medio del pueblo, alcanzando el patio de la farmacia Oliveri, ubicada en un terreno en forma de triángulo distante a cuatro cuadras del lugar donde ardían la locomotora y el vagón y otra cerca de un almacén, que recibió sobre su frente una lluvia de esquirlas que lo dañaron considerablemente.

Carlos Mey notó que en cada pasada el primer avión bajaba la altura, por lo que dedujo que sus tripulantes intentaban minimizar los daños, tratando de no dañar los edificios circundantes y asegurar los impactos, un acto humanitario que, a su entender, les costaría la vida. Pero esta vez, las tropas de Perón estaban preparadas. Desde sus posiciones en tierra, los tanques abrieron fuego con sus ametralladoras pesadas, al tiempo que los efectivos de Infantería apostados en los techos del vecindario hacían lo propio con sus armas livianas concentrando el fuego sobre el primer aparato. Según pudo apreciar Mey, “Al cruzar el pueblo por última vez, la máquina fua alcanzada por una barrera de fuego tendida por dos tanques y dos carros blindadas. Empezó a incendiarse por la mitad del fuselaje y perdió altura. El piloto reaccionó acelerando a fondo, pero el Grumman picó bruscamente y se estrelló contra un galpón de material que se alzaba ya en pleno campo. Estallaron la nafta y las dos bombas que llevaba”4. Alcanzado por varios impactos de 20 mm, el avión de Estivariz comenzó a desprender una estela de humo y a perder altura a gran velocidad, estrellándose en pleno campo, en las afueras de Saavedra. Barry Melbourne Hussay tuvo mejor suerte ya que pese a que su avión también comenzó a caer, logró controlarlo y estabilizar el vuelo, planeando unos cuantos metros hasta aterrizar bruscamente en un campo cultivado que se extendía entre dos hondonadas, muy cerca de las primeras estribaciones de las sierras. Una vez en tierra, Melbourne Hussey e Irigoin desmontaron la ametralladora de a bordo y con ella a cuestas abandonaron presurosamente la nave y echaron a correr. Se detuvieron a 500 metros del distancia, muy cerca de unos arbustos y allí escondieron el arma, temerosos de que las tropas leales apareciesen en cualquier momento. En Saavedra, mientras tanto, Carlos Mey intentó correr hacia el lugar donde se había estrellado el avión de Estivariz pero efectivos del Ejército se lo impidieron. Los pilotos navales permanecieron allí escondidos hasta que, minutos después, echaron a caminar. Se encontraban en pleno descampado cuando repentinamente, distinguieron a lo lejos una camioneta particular conducida por un individuo a cuyo lado viajaba una mujer. Los aviadores desenfundaron sus armas y apuntaron pero al ver que el sujeto les hacía señas, se tranquilizaron. Era el dueño del campo, un 290


ciudadano danés de apellido Edaguer, que había visto caer el avión y venía en su ayuda. El escandinavo, hombre amable y correcto, subió a los pilotos a su vehículo y los condujo hasta su casa, a 4 kilómetros del lugar, donde los escondió, los alimentó y les proveyó ropas civiles para facilitar su escape. Mientras los aviadores comían, el danés fue en busca de un vecino, otro sujeto amable que se ofreció a llevarlos hasta Bahía Blanca. Repuestos de las alternativas de aquella jornada, alimentados y camuflados con ropajes comunes los dos pilotos se despidieron con un abrazo de su protector y su esposas, abordaron el rodado y partieron hacia la principal ciudad del sur, a la que llegaron después de dos horas de viaje y mucha incertidumbre. Al llegar a Bahía Blanca, los aviadores se dirigieron rápidamente a la Municipalidad y una vez ante el capitán Castellanos y frente a otros oficiales, ofrecieron un detallado relato de su odisea, poniendo especial énfasis en la suerte que habían corrido Estivariz y sus compañeros. Castellanos los escuchó atentamente e inmediatamente después los envió a Comandante Espora a bordo de un jeep. Nada se sabía del comandante de la escuadrilla y sus compañeros, aunque según palabras del alto oficial, se tenía la esperanza de que aún estuviesen con vida. El ataque de los Grumman, aunque sumamente osado, no cumplió su objetivo pese a que algunos camiones y semiorugas fueron destruidos y varios soldados resultaron heridos. Cuando Melbourne Hussey e Irigoin llegaron a la base aeronaval, los Grumman de su escuadrilla se hallaban de regreso, cargando combustible para volver a salir; los North American, por su parte, presentaban numerosas perforaciones, producidas por el nutrido fuego antiaéreo de las fuerzas peronistas. Durante toda aquella mañana, la aviación rebelde ametralló y bombardeó al enemigo en Saavedra, Sierra de la Ventana, Tornquist, Gral. Lamadrid y Coronel Pringles sin lograr detener su avance. También se combatió en Río Colorado, a donde había llegado la Agrupación 5 de Montaña procedente de Neuquén. Aquella madrugada, ruidos inusuales despertaron a la población y grande fue la sorpresa de quienes se disponían a iniciar una nueva jornada laboral cuando al asomarse por las ventanas vieron al pueblo prácticamente "ocupado" por fuerzas militares. Era de noche aún cuando algunos vecinos salieron a la calle a preguntar que ocurría. Camiones con tropas, soldados y tanques se desplazaban por las calles, sobre todo en cercanías de la estación ferroviaria, donde la actividad era ajetreada. Uno de ellos, el ingeniero Portalet, de la empresa Aguas y Energía se acercó a un oficial para preguntar que sucedía y este le respondió que regresase a su casa y permaneciese allí. Los primeros en percatarse de que algo grave iba a suceder fueron los moradores de la Colonia de Tránsito, vecina a la estación, el foguista Cavana y el maquinista Nardelli, quienes advirtieron a sus coterráneos y se dispusieron a alejar a sus familias del lugar. Alertados por un radioaficionado local, los mandos rebeldes enviaron patrullas de

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observación hacia ese punto, confirmando la presencia de la importante unidad de combate.

Base Aeronaval Comandante Espora. Personal de tierra monta una bomba en el anclaje de un PBY Catalina. (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva) A las 08.00 del 18 de septiembre, cuando un Catalina piloteado por el capitán de corbeta Justiniano Martínez Achaval se aproximó en vuelo rasante y paralelo a las vías del ferrocarril, con la misión de confirmar la presencia del enemigo en las inmediaciones de Río Colorado. Viajaban con él, su copiloto, el teniente de corbeta 292


Jorge Priano; un radiotelegrafista, un mecánico y tres guardiamarinas, que fueron quienes detectaron la camioneta militar que se desplazaba a gran velocidad por el camino contiguo al ramal ferroviario, en dirección norte. Ignorando que en la misma viajaba el teniente coronel Adolfo Druetta, comandante de la Agrupación 5 de Montaña, el avión se puso a la par y efectuó varios disparos de ametralladoras, obligándola a detener su marcha y enarbolar bandera blanca.

Vista aérea de Río Colorado La aeronave siguió vuelo hacia Río Colorado donde las tropas la vieron llegar a muy baja altura, obligándolas a dispersarse y arrojarse cuerpo a tierra para ponerse a cubierto. El Catalina lanzó sus bombas e inmediatamente después se elevó varios metros, iniciando un amplio viraje hacia el noroeste. Sus proyectiles alcanzaron a una de las formaciones detenidas en la playa de maniobras, destruyendo sus dos locomotoras, que volcaron envueltas en llamas y dos vagones que estallaron y comenzaron a incendiarse. En su segunda pasada, las cargas de Martínez Achaval dieron en un tercer vagón, repleto de combustible que, al estallar, desató un incendio de proporciones que convirtió al lugar en un verdadero infierno. Al pasar por tercera vez, ametralló el sector de la estación y sus alrededores y luego se retiró mientras gruesas columnas de humo se elevaban lentamente hacia el despejado cielo matinal. En su segunda pasada, las cargas de Martínez Achaval dieron en un tercer vagón, repleto de combustible que, al estallar, desató un incendio de proporciones que convirtió al lugar en un verdadero infierno. Al pasar por tercera vez, ametralló el sector de la estación y sus alrededores y luego se retiró mientras gruesas columnas de humo se elevaban lentamente hacia el despejado cielo matinal. 293


Arden vagones de petróleo en Río Colorado (Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Tomo II) Un suboficial y un soldado muertos fueron los resultados de aquella primera incursión, además de los daños ocasionados en la estación ferroviaria y sus alrededores. Un carrier, que en esos momentos se desplazaba por la calle paralela alas vías, recibió los impactos de varias esquirlas, una de las cuales dio en la cabeza de un conscripto que viajaba cubierto por una lona y lo dejó momentáneamente ciego. Evacuado hacia la Escuela Nº 18 donde la Agrupación había montado su comando a las órdenes del general Jorge Boucherie, recibió las primeras atenciones y al cabo de unos minutos, recuperó la visión.

Desde La Colonia, población vecina, se podían observar las columnas de humo elevándose al cielo y lo primero que sus moradores pensaron fue en la suerte de los residentes y en los tanques de petróleo repletos que aguardaban en las vías. "Si las bombas los alcanzaron, aquello debe ser un desastre", pensaron los más concientes. Una hora y media después Río Colorado sufrió un segundo ataque, en esta ocasión a 294


cargo de dos Beechcraft AT-11 que aparecieron volando a baja altura para elevarse unos metros antes del objetivo y lanzar, al menos, ocho bombas que destruyeron varios vagones más y ocasionaron daños en los edificios de la estación y sus adyacencias. A las 19.30 llegó un bombardero pesado Avro Lincoln que ocasionó graves pérdidas en equipos y materiales. Justiniano Martínez Achaval fue enviado por el comando de la aviación rebelde para llevar a cabo un nuevo raid sobre el Regimiento 3 de Infantería que avanzaba por la ruta que une las localidades de Gral. Lamadrid y Cnel. Pringles. El oficial naval despegó al frente de tres Catalinas y enfiló directamente hacia el objetivo, seguido por sus escoltas. Tanto el jede de la escuadrilla como su segundo numeral llevaban sus miras colocadas, no así el tercero, que antes de lanzar sus bombas, debería estar atento a las indicaciones y señales que su jefe le hiciera, después de cruzar el blanco en dos sentidos para determinar la velocidad y dirección del viento. Los pesados aparatos se elevaron lentamente uno tras otro y veinticinco minutos después, detectaron el blanco. Ni bien lo hicieron, Martíenz Achaval comunicó por radio que se lanzaba al ataque y enseguida bajó la nariz para iniciar el descenso. Su copiloto, Guillermo Walter Mackinlay se hallaba aferrado a los mandos, atento a todos los detalles mientras desde tierra les empezaban a disparar con furia. Una de las trazadoras perforó el fuselaje de Martínez Achaval y pasó ardiendo entre él y su copiloto, sin alcanzarlos. Un segundo proyectil dio cerca del tanque de combustible y un tercero perforó en el timón, sin mayores consecuencias; “Nos miramos a la cara: estábamos vivos”, le explicaría Martínez Achaval a Isidoro Ruiz Moreno cuatro décadas después*. Las aeronaves llegaron volando lo más cerca posible una de otra y a muy baja altura, y de esa forma arrojaron sus bombas y alcanzaron el blanco, provocando serios daños a las unidades del Ejército cuando repelían el ataque. Pero entonces ocurrió algo que llenó de furia al jefe de la escuadrilla. De manera sorpresiva, antes de llegar al objetivo su piloto efectuó un viraje, se elevó y se alejó presurosamente, desprendiendo sus bombas cuando se hallaba a gran altura. La actitud de aquel hombre enfureció a sus compañeros, especialmente a Martínez Achaval quien, fuera de sí, lanzó una imprecación. -¡Cuando lleguemos, a ese lo mato! Después de lanzar sus bombas, Martínez Achaval hizo un pronunciado giro y seguido por el único escolta que le quedaba, se dirigió de regreso a la base, donde aterrizó veinticinco minutos después. Una vez en tierra, se desabrochó el cinturón de seguridad, abandonó la cabina y descendió del aparato. Hecho una furia, le dio una serie de indicaciones a los operarios y casi enseguida se encaminó hasta el hangar, en espera del desertor. Al llegar al lugar ordenó al personal técnico que se retirase y esperó. El primero en aterrizar fue el avión Nº 2 y cuando el tercer Catalina tocó pista, Martínez Achaval envió a un mecánico con la orden de que el piloto se presentase ante él, sin pérdida de tiempo. Según Ruiz Moreno, Guillermo Mackinlay se quedó junto a él para evitar que cometiera una locura.

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PBY Catalina regresando de Río Colorado luego de arrojar sus bombas (Fotografía: Miguel Ángel Cavallo, Puerto Belgrano Horas Cero. La Marina se subleva) Mientras el desertor se aproximaba, Mackinlay pidió a Martínez Achaval que se serenara y que hablara con calma. El oficial le respondió que con un tipo así no podía mantener ningún diálogo y le puso como ejemplo al Sargento Cabral, cuyo comportamiento en el campo de batalla había sido tan diferente. Cuando el desertor llegó al hangar, Martínez Achaval, lo increpó duramente, mientras Mackinlay lo sujetaba del brazo: -¡Usted traicionó mi confianza. Usted traicionó a la Aviación Naval y a toda la Marina! ¡Mándese a mudar de aquí, desaparezca de la base inmediatamente. No quiero volver a verle la cara nunca más!5. El piloto no dijo nada; simplemente se sonrojó y tras permanecer unos segundos allí parado, se retiró en busca de sus pertenencias. No lejos de allí, el Regimiento 3 de Infantería “restregaba sus heridas” y evaluaba los daños en cercanías de las sierras cuando se produjo un nuevo ataque. Su segundo comandante, el teniente coronel César Arrechea, vio a los North American desde el interior del camión en el que recorría las posiciones, acompañado por su ayudante, el sargento primero Roque Arturo Negro. Viendo venir el peligro, Negro gritó a su superior que se bajara y corriera en busca de cobertura, pero Arrechea, preocupado por la suerte de aquel, le dio un fuerte empujón y lo arrojó fuera, en el preciso momento en que los aviones comenzaban a batir la zona. Una vez fuera del camión, Negro y Arrechea se dirigieron velozmente hacia un grupo de matas con la firme determinación de ponerse a cubierto pero las ráfagas alcanzaron de lleno al primero, provocándole graves heridas. Desesperado, Arrechea lo vio caer y deteniendo su corrida, volvió sobre sus pasos para socorrer a su subalterno. El suboficial presentaba impactos en todo el cuerpo y manaba mucha sangre por las heridas cuando Arrechea, profundamente apesadumbrado, se agachó sobre él y le tomó la cabeza pidiéndole que resistiera. 296


Todo fue inútil. El valeroso soldado murió en sus brazos cuando pronunciaba el nombre de su pequeño hijo.

Vagones destruidos en Río Colorado (Fotografía: Miguel Ángel Cavallo, Puerto Belgrano Horas Cero. La Marina se subleva) Las ráfagas de los North American también abatieron a los soldados Lafarciola y Fermia e hirieron gravemente a otros catorce efectivos, seis de los cuales eran oficiales y los ocho restantes, conscriptos. Los aviones descargaron sus bombas de 50 kg alcanzando a varios vehículos del regimiento mientras volaban a baja altura, con total desprecio de sus vidas. El ataque fue cruento y efectivo. Las avanzadas del Ejército tuvieron que desplegarse por el terreno abandonando sus vehículos y piezas de artillería para evitar ser blanco fácil. Sin embargo, alcanzaron a responder la agresión con fuego reunido de ametralladoras, fusiles y pistolas sin causar el más mínimo daño a los cazas. El castigo que sufrió el 3 de Infantería en esta nueva oportunidad fue tremendo. Cuando el coronel Quinteiro que encabezaba el grueso de la columna, llegó al lugar, se encontró con un cuadro realmente desolador. Lo primero que hizo fue asistir a los heridos, ordenando su traslado al hospital de la cercana localidad de Laprida mientras el grueso del regimiento marchaba hacia Gral. La Madrid, donde acamparían cerca del mediodía. En aquella localidad, Arrechea intentó adquirir cajones para depositar los cuerpos de los efectivos muertos pero sus gestiones fueron vanas. Según su relato, la población les era hostil e hizo lo posible por dificultar su estadía. Recién en Cnel. Pringles 297


consiguieron féretros, a pesar de que allí también los sentimientos contra el gobierno eran sumamente marcados. El Regimiento procedió a incautar todo el combustible que pudo pero el mismo resultó insuficiente, y el tema que comenzó a preocupar seriamente a sus jefes. Las tropas leales acampaban entre Laprida y Pringles y reponían fuerzas consumiendo su ración cuando un suboficial se acercó a Arrechea para informarle que en la estación del ferrocarril de la última población mencionada tenía un llamado del teniente coronel Francisco Tellechea, oficial del Estado Mayor. Una vez al teléfono, Arrechea recibió la orden de abandonar tanques y camiones en ese punto porque los mismos iban a ser conducidos hasta Tornquist por un tren que estaba próximo a arribar, y desde ese punto el Regimiento iniciaría el avance final sobre Puerto Belgrano. La directiva sorprendió al oficial porque tratándose de infantería motorizada, abandonar los vehículos significaba perder capacidad operativa y quedar a merced de la aviación enemiga, hallándose como se hallaban, dentro de su radio de acción6. Arrechea planteó sus reparos y por esa razón, Tellechea le pasó con su jefe, el general Francisco Antonio Imaz, a cargo del Estado Mayor. Arrechea hizo lo mismo, pasando el tubo al coronel Quinteiro, y así se generó entre ambos, un diálogo agrio y cortante. -No voy a cumplir la orden - dijo Quinteiro después de escuchar a Imaz. -Usted se hace responsable de las consecuencias – respondió aquel. -Me hago responsable, pero a esa orden no la cumplo. El general Imaz cortó visiblemente molesto y unas horas después, el Regimiento 3 de Infantería reanudaba la marcha con destino al sur. Su avance fue una verdadera odisea con la Aviación Naval hostigándolo permanentemente con bombas de 50 kilogramos y ráfagas de 20 mm a lo que solo pudieron oponer fuego de piezas antiaéreas, muy poco efectivo, dada la velocidad de los AT-6. El 18 de septiembre la Aviación Naval efectuó 264 salidas de combate, sin contar las misiones de exploración sobre las localidades de Tandil, Azul, Olavarría, Tres Arroyos, General Pico, San Antonio Oeste, Villa Iris, Stegmann y Dufaur. Durante las mismas, se detectaron numerosos vehículos abandonados a la vera de los caminos, la mayoría camiones y ómnibus empantanados o destruidos por el fuego aéreo y numerosas señales del avance enemigo. Semejante esfuerzo se hizo sentir. Las fuerzas rebeldes comenzaron a experimentar síntomas de agotamiento, las bombas de 50 kg empezaron a escasear y el combustible también, echo que el capitán Rial comentó a sus pilotos, sumamente preocupado. Y no era para menos ya que las tropas peronistas continuaban su avance a solo 80 kilómetros de las bases. Comenzaba a caer la tarde cuando el teniente Hussey, recién llegado de Bahía Blanca, fue abordado por su par, Juan Vassallo quien le propuso una salida de exploración en busca de Estivariz y sus hombres. Decididos a dar con el paradero de 298


sus compañeros, abordaron sus respectivos aviones y partieron, Hussey acompañado por Jorge Irigoin, sumamente preocupado por la suerte de su hermano. Las aeronaves se dirigieron velozmente hacia Sierra de la Ventana, sobrevolando el área comprendida entre Tornquist y Saavedra, sin encontrar ningún rastro. Regresaron a Espora embargados por la angustia aunque con alguna esperanza todavía de que los aviadores se encontrasen con vida. Mientras tanto, otras patrullas daban cuenta de que el avance gubernamental comenzaba detenerse, noticia que despertó grandes expectativas en el alto mando rebelde. Sin embargo, como se dijo anteriormente, sus fuerzas daban señales de agotamiento y ante la amenaza que representaban los regimientos enemigos a solo 80 kilómetros del dispositivo de defensa, los comandantes Perren y Rial pusieron en marcha un plan para evacuar a las familias del personal militar que vivía allí, a efectos de preservarlas del inminente ataque. Se elaboró además un ambicioso plan que consistía en cruzar a la cercana Isla Verde, frente a Bahía Blanca, para operar desde allí contra el ejército leal en un último esfuerzo por defender la revolución. A tal efecto, fueron alistados los buques “Ingeniero Iribas”, “Juvenal” y el BDT Nº 14, que aguardaban listos en las radas para poner en marcha la operación. Las familias de los militares, abordaron varios ómnibus de la Marina y a bordo de los mismos se trasladaron hasta el hotel de Bahía Blanca, donde fueron alojadas. Mientras esto acontecía en ambas bases, el equipo de demoliciones del teniente de navío Jorge Yódice, voló el paso a nivel de la ruta que unía Tornquist con Bahía Blanca, a la altura de La Vitícola7 mientras en Bahía Blanca y Punta Alta se efectuaban detenciones tendientes a neutralizar actos de sabotaje. Al mismo tiempo, efectivos rendidos del Regimiento 5 de Infantería que todavía se hallaban en sus cuarteles, fueron trasladadas hacia Espora y Puerto Belgrano. Se aguardaba el ataque peronista de un momento a otro. La incertidumbre reinaba por todas partes y la angustia comenzaba a hacer mella en el ánimo de muchos de los protagonistas de esta historia, entre ellos dos oficiales de más alto rango quienes, para sorpresa de todos, se presentaron con sus valijas, listos para abordar el primer ómnibus a Bahía Blanca. En tales circunstancias, a las 17.40 de aquel 18 de septiembre, el comandante de Espora, capitán de navío Jorge Perren, envió al almirante Rojas el siguiente comunicado: “Base rodeada por fuerzas superiores. Inicio evacuación mujeres y niños. Requiero muy urgente regreso ‘9 de Julio’ para cooperar con la defensa”. Oscurecía en el sur mientras proseguían los desesperados ataques para detener el avance de las fuerzas leales que continuaban su avance implacablemente. Sin embargo, dada la escasez de combustible y municiones, las incursiones aéreas a hacerse cada vez más espaciadas y menos efectivas. En una de ellas, el teniente de corbeta Jorge Priano arrojó una bomba sobre una tropilla de caballos, matándolos a todos. “…le tirábamos a todo lo que se movía” dijo varios días después, al relatar los hechos. La noche cayó con la certeza de que a la mañana siguiente los tanques gubernamentales se presentarían frente a las bases navales y atacarían por lo que, como última medida, se dispuso descarrilar otra locomotora a 80 kilómetros de Río Colorado.

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Cerca de las 22.00, el general Lonardi se comunicó con Rial para preguntar cual era la situación en el sur. La respuesta lo dejó sumamente preocupado pero las palabras que seguidamente pronunció el oficial naval, le devolvieron algo de esperanza. -No se rinda mi general. La Marina va a seguir luchando hasta las últimas consecuencias. Lo que Rial ignoraba, era que el general Lonardi en ningún momento había pensado capitular.

Imágenes

Cañón de grueso calibre en la Base Comandante Espora (Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Tomo II)

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Los destrozos en Río Colorado después del bombardeo de la Aviación Naval (Fotografía: Miguel Ángel Cavallo, Puerto Belgrano Horas Cero. La Marina se subleva) Notas 1 Isidoro Ruiz Moreno, op. Cit., p. 236 2 Ídem, p. 237. 3 Rodolfo J. Walsh, "Aquí cerraron sus ojos", Revista "Leoplan", octubre de 1956, Bs. As. pp. 46 y ss. 4 Ídem. 5 Isidoro Ruiz Moreno, op. cit, p. 240. 6 El radio de acción de la aviación rebelde era de 150 kilómetros en torno a Punta Alta. 7 El equipo estuvo custodiado por una sección de Infantería de Marina a cargo del teniente de navío Luis Arigotti

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LA FLOTA DE MAR AL ATAQUE

El crucero "9 de Julio" bombardea posiciones en Mar del Plata Hasta la noche del día 18, nadie sabía donde se encontraba la Flota de Mar. La misma, que al momento del estallido se hallaba fondeada en Puerto Madryn, estaba formada por los cruceros “17 de Octubre” y “La Argentina”, los destructores “Buenos Aires”, “San Luis”, “ Entre Ríos” y “San Juan”; las fragatas “Hércules”, “Heroína” y “Sarandí”, el buque de salvamento “Charrúa” y el buque taller “Ingeniero Iribas”, de los que eran comandantes los capitanes de navío Fermín Eleta y Adolfo Videla; los capitanes de fragata Eladio Vázquez, Benigno Varela, Aldo Abelardo Pantín, Mario Pensotti, Pedro Arhancet, Leartes Santucci y César Goria, el capitán de corbeta Marco Bence y el capitán de fragata Jorge Mezzadra respectivamente. El vicealmirante Juan C. Basso comandaba la Flota desde su nave insignia, el “17 de Octubre”, asistido por el contralmirante Néstor Gabrielli, comandante de la Fuerza de Cruceros, a bordo de “La Argentina”, el capitán de navío Raimundo Palau, comandante de la Escuadrilla de Destructores, a bordo del “Entre Ríos” y el capitán de navío Agustín Lariño, comandante de la División de Fragatas, a bordo del “Hércules”. En el “17 de Octubre”, viajaban también el jefe de Operaciones, capitán de fragata Enrique Gunwaldt y el capitán de navío Raúl Elsegood, jefe del Estado Mayor. La primera señal del alzamiento llegó a la Flota a las 08.22 del 16 de septiembre, cuando el vicealmirante Basso recibió un comunicado del Comando de Operaciones Navales imponiéndolo de los últimos acontecimientos. Dos horas y media después (11.00), oficiales rebeldes encabezados por el capitán de navío Agustín P. Lariño y el 302


capitán de fragata Aldo Pantín, se reunieron a bordo del “Hércules” para iniciar el amotinamiento y hacerse cargo de la Flota. De acuerdo a lo planeado, Grunwaldt, secundado por el capitán Manuel Rodríguez, el jefe de Comunicaciones, capitán Félix E. Fitte y el teniente de navío Rodolfo Fasce, se trasladó hasta el “17 de Octubre” con la misión de reducir a su comandante y a los capitanes Raúl Elsewood y Fermín Eleta, quienes a punta de pistola, fueron encerrados en un camarote, bajo la custodia del teniente Ricardo Bustamante. Refiere Ruiz Moreno que en esos momentos, el teniente de navío José A. Lagomarsino procedió a arrancar los cables de los teléfonos internos, incomunicando de ese modo a los elementos leales que se encontraban a bordo. Minutos después, el capitán de fragata Carlos A. Borzone informaba desde “La Argentina” que la situación en el buque se hallaba bajo control, al igual que en el “Buenos Aires”, el “Entre Ríos” y el resto de las unidades. En el primero, el contralmirante Gabrielli fue reducido por el capitán Videla; en el “Entre Ríos” su comandante, el capitán Vázquez detuvo a su segundo y a un teniente y en el último, el capitán Pantín hizo lo propio con el capitán Palau, jefe de la Escuadrilla de Destructores. Un hecho confuso se produjo en la nave insignia cuando se hizo presente el capitán Lariño procedente del “Hércules”. Sospechando de su persona, el capitán Grunwaldt mandó detenerlo, ignorando que se trataba de un declarado partidario de la revolución y lo hizo encerrar en el camarote del comandante. El capitán Alberto Tarelli debió interceder para aclarar el asunto, logrando su inmediata liberación. Como explica Ruiz Moreno, Lariño permaneció a bordo del “17 de Octubre”, como oficial de comando táctico y ya no regresó al “Hércules”. Antes de zarpar, Lariño ordenó trasladar a los oficiales detenidos al “Ingeniero Iribas”, que en esos momentos se hallaba amarrado en el muelle de Puerto Madryn y sumamente apenado por la situación de su superior, el vicealmirante Basso, a quien estimaba y respetaba profundamente ordenó que, al momento de abandonar la nave, le fueran rendidos honores de comandante. Basso era un hombre leal, un verdadero caballero, esclavo del reglamento y de las disposiciones superiores, razón por la cual, mantuvo su lealtad al gobierno pese a que discrepaba con él en muchos aspectos. Fueron numerosos los oficiales que se conmovieron cuando lo vieron abandonar la embarcación, entre ellos el propio Lariño, que se quedó observando de lejos cuando el vicealmirante ordenó arriar su insignia1. Poco después de sublevada la flota, aterrizó en Puerto Madryn el avión Catalina que transportaba a los oficiales que los comandantes Perren y Rial habían enviado para hacerse cargo: capitanes de navío Carlos Bruzzone, Mario Robbio y Luis Mallea; capitanes de fragata Raúl González Vergara y Recaredo Vázquez y teniente de navío Benjamín Oscar Cosentino. Una vez en tierra, fueron llevado a bordo y allí se los impuso de los últimos acontecimientos. Robbio fue designado jefe del Estado Mayor, Vázquez y González Vergara sus asistentes, Mallea, jefe de la Escuadrilla de Destructores y Bruzzone comandante del “17 de Octubre”. Como comandante de la Armada continuó al mando Lariño y el resto de la oficialidad siguió ocupando sus cargos. Tras ordenar a la Escuadra de Destructores su inmediato regreso a Puerto Madryn, el comando de la flota procedió a informar a las tripulaciones que todo aquel que se sintiera obligado a mantener su lealtad al gobierno nacional y no quisiera luchar en su 303


contra, podía desembarcar con la tranquilidad de que no se tomarían medidas en su contra. De 6000 efectivos embarcados, solo 85 lo hicieron, la mayoría de ellos conscriptos. Dos oficiales, Félix Darquier y Alcides Cardozo, siete cabos y dos marineros, se hallaban entre ellos y en esa postura abandonaron la flota, cuando un remolcador especialmente designado para esa tarea, pasó a recogerlos por cada una de las unidades navales. La Flota estaba sublevada y en tales condiciones, levó anclas y zarpó hacia el norte, dividida en dos grupos. El grueso de la misma enfiló hacia el Río de la Plata con el “17 de Octubre” a la cabeza y el resto, los destructores “San Luis”, “Entre Ríos”, “Buenos Aires” y “San Juan”, rumbo a Puerto Belgrano. Pasado el medio día del 18 de septiembre, la Armada navegaba hacia el norte a máxima velocidad y en silencio de radio. Sus tripulantes experimentaban una emoción indescriptible y mucha confusión también. La Marina de Guerra se hacía a la mar para entrar en conflicto por primera vez en lo que iba del siglo, ya que no lo hacía desde la revolución de 1893, cuando el combate de “El Espinillo” y eso tenía su significado. Era el momento esperado por todos, pese a que había algo que no los terminaba de convencer: el conflicto era entre hermanos y eso repercutía en el ánimo de los marinos. Había muerto mucha gente a esa altura y muchos se preguntaban cuantos más sucumbirían. Hasta la noche del día 18, nadie sabía donde se encontraba la Flota de Mar. La misma, que al momento del estallido se hallaba fondeada en Puerto Madryn, estaba formada por los cruceros “17 de Octubre” y “La Argentina”, los destructores “Buenos Aires”, “San Luis”, “ Entre Ríos” y “San Juan”; las fragatas “Hércules”, “Heroína” y “Sarandí”, el buque de salvamento “Charrúa” y el buque taller “Ingeniero Iribas”, de los que eran comandantes los capitanes de navío Fermín Eleta y Adolfo Videla; los capitanes de fragata Eladio Vázquez, Benigno Varela, Aldo Abelardo Pantín, Mario Pensotti, Pedro Arhancet, Leartes Santucci y César Goria, el capitán de corbeta Marco Bence y el capitán de fragata Jorge Mezzadra respectivamente. El vicealmirante Juan C. Basso comandaba la Flota desde su nave insignia, el “17 de Octubre”, asistido por el contralmirante Néstor Gabrielli, comandante de la Fuerza de Cruceros, a bordo de “La Argentina”, el capitán de navío Raimundo Palau, comandante de la Escuadrilla de Destructores, a bordo del “Entre Ríos” y el capitán de navío Agustín Lariño, comandante de la División de Fragatas, a bordo del “Hércules”. En el “17 de Octubre”, viajaban también el jefe de Operaciones, capitán de fragata Enrique Gunwaldt y el capitán de navío Raúl Elsegood, jefe del Estado Mayor. La primera señal del alzamiento llegó a la Flota a las 08.22 del 16 de septiembre, cuando el vicealmirante Basso recibió un comunicado del Comando de Operaciones Navales imponiéndolo de los últimos acontecimientos. Dos horas y media después (11.00), oficiales rebeldes encabezados por el capitán de navío Agustín P. Lariño y el capitán de fragata Aldo Pantín, se reunieron a bordo del “Hércules” para iniciar el amotinamiento y hacerse cargo de la Flota. De acuerdo a lo planeado, Grunwaldt, secundado por el capitán Manuel Rodríguez, el jefe de Comunicaciones, capitán Félix E. Fitte y el teniente de navío Rodolfo Fasce, se trasladó hasta el “17 de Octubre” con la misión de reducir a su comandante y a los capitanes Raúl Elsewood y Fermín Eleta, quienes a punta de pistola, fueron encerrados en un camarote, bajo la custodia del teniente Ricardo Bustamante. Refiere Ruiz Moreno que en esos momentos, el teniente de navío José A. Lagomarsino 304


procedió a arrancar los cables de los teléfonos internos, incomunicando de ese modo a los elementos leales que se encontraban a bordo. Minutos después, el capitán de fragata Carlos A. Borzone informaba desde “La Argentina” que la situación en el buque se hallaba bajo control, al igual que en el “Buenos Aires”, el “Entre Ríos” y el resto de las unidades. En el primero, el contralmirante Gabrielli fue reducido por el capitán Videla; en el “Entre Ríos” su comandante, el capitán Vázquez detuvo a su segundo y a un teniente y en el último, el capitán Pantín hizo lo propio con el capitán Palau, jefe de la Escuadrilla de Destructores. Un hecho confuso se produjo en la nave insignia cuando se hizo presente el capitán Lariño procedente del “Hércules”. Sospechando de su persona, el capitán Grunwaldt mandó detenerlo, ignorando que se trataba de un declarado partidario de la revolución y lo hizo encerrar en el camarote del comandante. El capitán Alberto Tarelli debió interceder para aclarar el asunto, logrando su inmediata liberación. Como explica Ruiz Moreno, Lariño permaneció a bordo del “17 de Octubre”, como oficial de comando táctico y ya no regresó al “Hércules”. Antes de zarpar, Lariño ordenó trasladar a los oficiales detenidos al “Ingeniero Iribas”, que en esos momentos se hallaba amarrado en el muelle de Puerto Madryn y sumamente apenado por la situación de su superior, el vicealmirante Basso, a quien estimaba y respetaba profundamente ordenó que, al momento de abandonar la nave, le fueran rendidos honores de comandante. Basso era un hombre leal, un verdadero caballero, esclavo del reglamento y de las disposiciones superiores, razón por la cual, mantuvo su lealtad al gobierno pese a que discrepaba con él en muchos aspectos. Fueron numerosos los oficiales que se conmovieron cuando lo vieron abandonar la embarcación, entre ellos el propio Lariño, que se quedó observando de lejos cuando el vicealmirante ordenó arriar su insignia1. Poco después de sublevada la flota, aterrizó en Puerto Madryn el avión Catalina que transportaba a los oficiales que los comandantes Perren y Rial habían enviado para hacerse cargo: capitanes de navío Carlos Bruzzone, Mario Robbio y Luis Mallea; capitanes de fragata Raúl González Vergara y Recaredo Vázquez y teniente de navío Benjamín Oscar Cosentino. Una vez en tierra, fueron llevado a bordo y allí se los impuso de los últimos acontecimientos. Robbio fue designado jefe del Estado Mayor, Vázquez y González Vergara sus asistentes, Mallea, jefe de la Escuadrilla de Destructores y Bruzzone comandante del “17 de Octubre”. Como comandante de la Armada continuó al mando Lariño y el resto de la oficialidad siguió ocupando sus cargos. Tras ordenar a la Escuadra de Destructores su inmediato regreso a Puerto Madryn, el comando de la flota procedió a informar a las tripulaciones que todo aquel que se sintiera obligado a mantener su lealtad al gobierno nacional y no quisiera luchar en su contra, podía desembarcar con la tranquilidad de que no se tomarían medidas en su contra. De 6000 efectivos embarcados, solo 85 lo hicieron, la mayoría de ellos conscriptos. Dos oficiales, Félix Darquier y Alcides Cardozo, siete cabos y dos marineros, se hallaban entre ellos y en esa postura abandonaron la flota, cuando un remolcador especialmente designado para esa tarea, pasó a recogerlos por cada una de las unidades navales.

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La Flota estaba sublevada y en tales condiciones, levó anclas y zarpó hacia el norte, dividida en dos grupos. El grueso de la misma enfiló hacia el Río de la Plata con el “17 de Octubre” a la cabeza y el resto, los destructores “San Luis”, “Entre Ríos”, “Buenos Aires” y “San Juan”, rumbo a Puerto Belgrano. Pasado el medio día del 18 de septiembre, la Armada navegaba hacia el norte a máxima velocidad y en silencio de radio. Sus tripulantes experimentaban una emoción indescriptible y mucha confusión también. La Marina de Guerra se hacía a la mar para entrar en conflicto por primera vez en lo que iba del siglo, ya que no lo hacía desde la revolución de 1893, cuando el combate de “El Espinillo” y eso tenía su significado. Era el momento esperado por todos, pese a que había algo que no los terminaba de convencer: el conflicto era entre hermanos y eso repercutía en el ánimo de los marinos. Había muerto mucha gente a esa altura y muchos se preguntaban cuantos más sucumbirían. Para no ser detectada, la flota navegó en el más completo silencio de radio en tanto a bordo, más de un marino especulaba con varias hipótesis, le peor que al pasar de largo por Puerto Belgrano, se decidiese un ataque masivo sobre Bahía Blanca, Punta Alta y las bases rebeldes.

Puente de mando del crucero "17 de Octubre" (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima) Lo que preocupaba a sus mandos era la imposibilidad de establecer contacto con la Escuadra de Ríos debido a que los códigos se habían extraviado y sin ellos, las comunicaciones iban a ser descifradas y el plan de operaciones descubierto. Dos días después, la Flota de Mar llegaba al pontón “Recalada”, y se unía a la Escuadra de Ríos. 306


Una vez dentro del estuario, el rastreador “Robinson” se aproximó al “17 de Octubre” llevando a bordo al capitán de navío Carlos Sánchez Sañudo quien se apresuró a pasar a su cubierta, para saludar alborozado a su comandante, el capitán Bruzzone. Desde el puente de mando, Sánchez Sañudo llamó al almirante Rojas y minutos después, el gran crucero, nave insignia de la Armada Argentina, pasó frente al “Murature” con su tripulación formada en cubierta, disparando las diecisiete salvas de saludo en honor a quien, a partir de ese momento, asumía el mando total de la Flota unificada. Detrás del gran crucero hizo lo propio “La Argentina”, también con sus tripulantes en cubierta, mientras arrojaba gruesas columnas de humo, por sus chimeneas. Como relata Ruiz Moreno, “…17 secos estampidos de cañón afirmaban la subordinación de la Flota a su nuevo comandante”. Rojas, emocionado, contemplaba la escena desde el patrullero, acompañado por el general Uranga y su plana mayor de oficiales de Marina y Ejército, viviendo lo que, según sus palabras, fue el momento más sublime de su vida y el punto más alto de su carrera. El orgullo lo embargaba y la emoción insuflaba nuevos bríos a su persona. Esa misma mañana, con el viento azotando las cubiertas de las embarcaciones, el almirante Rojas pasó al “17 de Octubre”, izando su insignia en el palo mayor y a las 11.45, emitió el siguiente comunicado: “Se ha efectuado reunión de la Flota de Mar con la Escuadra de Ríos. Asumo comando en Jefe”. Quince minutos después, anunció por radio el bloqueo de los puertos y el estado de beligerancia de la escuadra. Eran las 18.00 del 16 de septiembre, los destructores “San Luis” y “Entre Ríos” entraron en Puerto Belgrano y atracaron junto al muelle principal. Muy cerca, el “9 de Julio” terminaba su alistamiento para zarpar al día siguiente y unirse a la Flota. A las 22.00 hicieron su arribo el “Buenos Aires” y el “San Juan” y poco después hicieron lo propio otras unidades. En el “Entre Ríos” viajaba detenido el capitán Palau, que una vez en puerto, fue conducido al “Moreno” junto al cabo principal Aníbal López, de conocida filiación peronista, quedando ambos encerrados junto al resto de los prisioneros. De los destructores mencionados se descargaron torpedos y cargas de profundidad y, acto seguido, se los proveyó de munición adecuada y víveres. En plena noche, después de seis horas de intenso trabajo, los operarios navales finalizaron la provisión de combustible, mientras el “9 de Julio” era dotado de la munición necesaria para abastecer a cada una de las unidades de la Flota. Puesta a prueba su maquinaria, la central de tiro y la antena del palo, todo estuvo listo para partir. El comando de la unidad quedó a cargo del capitán de navío Bernardo Benesch, con el capitán de fragata Alberto M. de Marotte como su segundo y el capitán de fragata Raúl Francos como jefe de Artillería. Enterado el gobierno de la reunión de la Armada en el Río de la Plata, se dispuso un ataque a cargo de la Fuerza Aérea, dado su exitosa acción sobre la Escuadra de Ríos el día 16. Por ese motivo, almirante Luis J. Cornes, ministro de Marina, tomó contacto con el capitán de fragata Crexell, imponiéndolo de la decisión. El ministro ordenó al aviador se dirigiese inmediatamente a la Base Aérea de Morón desde la que operaban los Avro Lincoln, donde un amigo suyo, el comodoro Luis A. Lapuente, lo esperaba para planificar la misión. 307


Se le propusieron a Crexell dos alternativas: atacar la Base Espora, neutralizando de ese modo a la Aviación Naval que operaba desde allí sobre unidades del Ejército o hacer lo propio contra la Flota, todo un símbolo en manos rebeldes. Crexell no lo dudó, porque creía que la Escuadra representaba un peligro mucho mayor, con su poder de fuego amenazando a la misma Buenos Aires. Según su opinión, era mucho más conveniente preservar intacta la base del sur y hostigar a los buques que amenazaban a la capital. Crexell y Lapuente se encontraron en la base, donde el segundo estudiaba un plan de ataque y se pusieron de acuerdo en que lo más acertado era incursionar sobre la flota. Estaban seguros del éxito porque los buques de gran calado se habían internado demasiado en aguas del Plata y ello les impediría maniobrar adecuadamente cuando estuviesen bajo ataque. Un hecho de importancia vino a confirmar que las unidades de mar eran el blanco adecuado cuando el Servicio de Informaciones Navales descifró las claves de Puerto Belgrano poniendo al tanto al Comando de Represión al tanto de las comunicaciones rebeldes. Por entonces, las radios insurrectas propalaban la noticia de que a las 12.00 de ese día, la Armada iba a bombardear Buenos Aires, y eso obligó a las emisoras estatales a desmentir apresuradamente la noticia, minimizando el poder de las fuerzas enemigas. El 17 por la mañana, el crucero “9 de Julio” y los destructores “Buenos Aires”, “San Luis”, “San Juan” y “Entre Ríos” se hicieron a la mar, poniendo proa directamente hacia el Río de la Plata. A la mañana siguiente, el almirante Rojas dialogaba en la sala de mando con el capitán de corbeta Andrés Tropea, cuando un comunicado urgente del general Lonardi lo impuso de la difícil situación que atravesaban las tropas revolucionarias en Córdoba. Comprendiendo la gravedad, Rojas convocó a su Estado Mayor y después de ponerlo al tanto de lo que acontecía, dispuso llevar a cabo una medida de fuerza tendiente a aliviar la presión sobre las posiciones rebeldes. Se decidió bombardear los tanques de combustible de Mar del Plata, la Base de Submarinos y el Regimiento de Artillería Antiaérea de Camet si aquellas unidades no aceptaban plegarse a la revolución, medida solicitada oportunamente por Puerto Belgrano. A las 17.11 del 18 de septiembre el crucero “17 de Octubre” cursó la siguiente directiva a su gemelo, el “9 de Julio”: “Destruir depósitos de petróleo y nafta de Mar del Plata, previo aviso a la población”. Dos horas después (19.02), la Escuadra de Destructores recibió un nuevo despacho: “… destruir tanques de petróleo de Mar del Plata y bombardear Regimiento antiaéreo”. Encabezando al grupo de destructores, el “9 de Julio” desvió su rumbo y enfiló hacia los objetivos. A poco de recibida la orden, ocurrió un hecho inesperado que vino a tensionar los ánimos en el “9 de Julio”. El cabo principal Miguel Spera, sabiendo que la flota atacaría Mar del Plata, intentó amotinar a la tripulación, atacando a un oficial. Fue muerto de un disparo cuando el reloj de a bordo daba las 22.30 y mientras su cuerpo era sacado de la Sala de Máquinas, diez efectivos sospechosos fueron arrestados y encerrados en un camarote, severamente custodiados por una guardia armada. Casi enseguida, otro hecho descabellado desconcertó a los integrantes del alto mando: el capitán Bernardo Benesch se negaba a abrir fuego sobre Mar del Plata demostrando con su actitud que todavía había gente que no asumía que estaba en guerra. 308


Benesch manifestó que no pensaba disparar y se encerró en su camarote. Si esa era su postura, debió haberse pronunciado antes, descendiendo en Puerto Belgrano cuando el comando dispuso que aquel que no estuviese de acuerdo con la revolución. El que hubiera permanecido embarcado para finalmente, obrar de esa manera, fue una clara señal de que su actitud fue de mera especulación debía abandonar las unidades ahí mismo. Lo cierto es que el capitán Alberto de Marotte se hizo cargo del mando y la misión de ataque siguió su marcha. Para ese momento, la escuadra encabezada por el “9 de Julio”, se hallaba frente a Mar del Plata. A las 21.15, el destructor “Entre Ríos” cursó un despacho a la Base de Submarinos, notificando que de no pronunciarse por la revolución, al amanecer sería bombardeada; en su cable indicó también que se debía dar aviso a la población civil y que se atacaría a todas aquellas tropas que opusieran resistencia. En el comunicado se especificaba evacuar la zona de la explanada, desde Paya Bristol hasta Playa Grande, con una profundidad mínima de cinco cuadras de fondo, “Para evitar mayor destrucción exijo presentación a bordo de inmediato del director de la Escuela Antiaérea y comandante de la Fuerza de Submarinos. Si antes de la medianoche no se ha escuchado a las emisoras locales propalar la orden de evacuación, se incluirá entre los objetivos a bombardear a esa Base Naval”. Mientras se desarrollaban estos acontecimientos, navegaban hacia el Río de la Plata el buque taller “Ingeniero Gadda” y el submarino “Santiago del Estero”, este último al mando del capitán Juan Bonomi después de abandonar sublevado la Base de Mar del Plata. Estas dos embarcaciones cumplieron con eficiencia tareas de bloqueo y vigilancia, e incluso el segundo, entró en acción ante la amenaza de aviones no identificados. Los hechos acontecieron a primeras horas de la tarde cuando el sumergible y el buque taller cumplían la orden de iniciar aproximación a Montevideo, impartida por el almirante Rojas a las 08.50 de la mañana. El “Ingeniero Gadda” ocupó posiciones en Cabo Polonio mientras el submarino se aproximaba aún más al punto indicado. A las 13.10 el radar del “Santiago del Estero” detectó aviones no identificados, razón por la cual, el capitán Bonomi mandó sonar las alarmas y cinco minutos después ordenó a sus artilleros abrir fuego con su cañón Bofor 40 mm, abrir fuego. “He repelido ataques de aviones enemigos” fue el escueto mensaje que irradió a las 13.20. Imposibilitado de sumergirse por la poca profundidad del río, el submarino, que de ese modo ofrecía un blanco sumamente vulnerable, no tuvo más remedio que disparar. El “Santiago del Estero” fue sobrevolado, primeramente por dos aviones de la Fuerza Aérea Uruguaya que se le aproximaron en misión de patrullaje y en segundo lugar por un aparato de la aviación leal que pasó sobre su posición a baja altura. Fue entonces que disparó, sin alcanzar a ninguno, aunque obligó a los primeros a mantener distancia y al segundo a alejarse rumbo a Buenos Aires sin perpetrar ningún ataque. De ese modo, por primera vez en la historia argentina, los submarinos de la Armada entraban en acción. “Los submarinos son buques especialmente vulnerables en superficie; su protección reside en tomar profundidad y, cualquier avería de poca importancia en su casco, puede impedirle sumergirse y, dejarlo sin defensa ante ataques aéreos. La audacia y valor eran condiciones conocidas del Capitán de Corbeta Bonomi, comandante del ‘Santiago del Estero’, y una vez más lo demostraba, internándose, bajo la amenaza de 309


los aviones del gobierno, en las aguas poco profundas del Río de la Plata, donde resultaba imposible tomar inmersión. Repeler los ataques aéreos con su único cañón Bofors 40 mm. implicaba una serie de condiciones que todo oficial de marina podía valorar debidamente, y pude apreciar con claridad los sentimientos que animaban a quienes estaban conmigo, cuando me trajeron el escueto mensaje de referencia”, refiere en su obra el contralmirante Jorge E. Perren2. En la mañana del 18, el capitán de fragata Enrique Plater, comandante de la Base de Submarinos, embarcó en una lancha para dirigirse a la corbeta “República”, a bordo de la cual, mantuvo una entrevista con el capitán Miguel Mauro Gamenara. Aquel intentó convencerlo de que se plegase a las fuerzas rebeldes, pero Plater mantuvo su postura y se retiró para entrevistarse secretamente con el coronel Francisco Martos, jefe del Regimiento Antiaéreo de Camet, a quien intentó convencer de no ofrecer resistencia. Las alternativas de ese encuentro y otro posterior que tuvo lugar en la rotonda de acceso a la ciudad, muy cerca del cuartel de Bomberos, están muy bien relatadas en la obra de Ruiz Moreno. Lo cierto es que Martos, argumentando que la amenaza de bombardeo eran puras patrañas, se negó a anunciar a la población que debía evacuar la zona y suponiendo a Plater partidario de la revolución, intentó detenerlo.

El destructor "Entre Ríos" fue uno de los buques que atacó Camet (Imagen: gentileza Fundación Histarmar) Desde el puente de mando del “Entre Ríos” se estableció comunicación con la base para exigir la presencia de Plater y la de su segundo, el capitán de corbeta Francisco Panzeri, bajo pena de iniciar acciones en caso de no hacerlo. El hecho dejó bien claro que ninguno de los dos oficiales estaba con los sublevados y por ese motivo, Martos los liberó.

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Plater y Panzeri regresaron a la base, a la vista de numerosos efectivos de la Policía Federal que Martos había desplegado a lo largo de la costa reforzados por civiles armados del partido justicialista. A las 03.10 Plater se dirigió nuevamente al “Entre Ríos”, acompañado por el capitán de corbeta Rafael González Aldalur y media hora después, abandonó la nave, sumamente acongojado por no haber logrado un acuerdo. Había discutido acaloradamente con el capitán Pantín, quien le recriminó duramente no haber evitado el derramamiento de sangre y regresaba confundido, sin saber que actitud adoptar. La Base Naval de Mar del Plata se hallaba en grave situación, amenazada desde el mar por la flota rebelde y cercada en tierra por el Ejército leal. Con su ánimo sumamente abatido, Plater solicitó a Panzeri que enarbolase un género blanco en señal de rendición y se aprestase a deponer las armas, pero aquel se negó. A las 05.30 de la mañana, Plater llamó a reunión e impuso a sus oficiales la situación imperante. Su estado de ánimo era tal, que su segundo, el capitán de fragata Mario Peralta, lo recriminó enérgicamente y le exigió adoptar la actitud correspondiente a un oficial de su rango, instándolo además, a decidiese por uno u otro bando. Como no lo logró, el mismo Peralta tomó el mando, se pronunció a favor del alzamiento y llamó al Regimiento de Artillería Antiaérea y a la Policía Federal para que alertaran a la población civil sobre la inminencia del ataque. Diez minutos después, el “9 de Julio” tocaba a zafarrancho de combate y apuntaba sus cañones hacia el objetivo. Eran las 06.10 del 19 de septiembre cuando un avión Martín Mariner que regresaba a Puerto Belgrano tras una frustrada misión de ataque a las destilerías de Dock Sud, estableció contacto con el “9 de Julio”, solicitando autorización para bombardear los depósitos de combustible del puerto de Mar del Plata. Concedida la misma, el avión naval se aproximó a los grandes tanques y aún de noche arrojó sus bombas, alejándose inmediatamente en dirección sur. Si bien ninguno de los proyectiles alcanzó el blanco, la maniobra sirvió para demostrar a las fuerzas locales, que la cosa iba en serio. Las detonaciones sobresaltaron a la población que a esa hora, todavía dormía y muchas fueron las personas que saltaron de sus camas para observar lo que ocurría a través de sus ventanas. La obscuridad de la noche impedía ver algo aunque el resplandor de las llamas iluminaba fantasmagóricamente el techo de nubes que cubría la ciudad. En el “9 de Julio”, las órdenes iban y venían. En el Centro de Control de Tiro, el jefe de Artillería, capitán de fragata Raúl Francos, se aprestaba a abrir fuego mientras la embarcación se sacudía por el intenso oleaje. Eran las 06.15, cuando el comandante De Marotte, comunicó por los altavoces que, cumpliendo las directivas del Comando de la Flota en Operaciones, se aprestaba a abrir fuego sobre el primer objetivo: los depósitos de combustible de Mar del Plata. Anunció también que los destructores harían lo propio sobre las instalaciones del Regimiento de Artillería Antiaérea en Camet y llevando tranquilidad a los tripulantes, aclaró que esos objetivos eran puramente militares y que en esos momentos, la población civil abandonaba el sector, alertada por las autoridades de la ciudad. “El objeto de estas acciones es demostrar a aquellos que han envilecido al país, pisoteando la libertad, las leyes y los más caros sentimientos argentinos”. Inmediatamente después, agregó que las fuerzas de la revolución estaban decididas a 311


hacer desaparecer a los autores de tales infamias y que si era necesario, también se atacaría el puerto de Buenos Aires. Sus últimas palabras sirvieron para inflamar los ánimos y levantar la moral. “Como argentinos nos duele inmensamente el tener que hacer fuego sobre lo nuestro, pero la ceguera de los que han injuriado la justicia y nos han llevado a la ruina moral nos obliga a tomar esta determinación extrema. La Nación lo espera todo de nuestro valor y del estricto cumplimiento del deber. Dotación del crucero ‘9 de Julio’: ¡a sus puestos de combate!”. Además de la arenga, Ruiz Moreno reproduce las órdenes transmitidas desde el puente a la central de informaciones. Con rumbo 180, velocidad 5, revoluciones 0-5-1 y una distancia de 9-1, 9-1, el crucero entró en sector y a las 07.14 comenzó el ataque. Los tres cañones de cada una de las cinco torres de artillería, dispararon una primera descarga sacudiendo a la embarcación. Le siguieron cuatro salvas más, disparando cada torre un cañón por vez y los tres al mismo tiempo a partir de la cuarta. El blanco fue alcanzado de lleno. Tres tanques volaron envueltos en llamas, desprendiendo gruesas lenguas de fuego que iluminaron tenebrosamente la noche. Pese a la obscuridad, los vigías de a bordo distinguieron varios depósitos sin destruir, por lo que el cañoneo se reanudó. Otra andanada de proyectiles cayeron sobre el sector, transformo la zona en un infierno. Los estallidos provocaron una gruesa nube de humo que comenzó a desplazarse en línea horizontal hacia Miramar, impulsada pos los vientos a gran velocidad. Todavía de noche, la población civil abandonaba el área presurosamente, bajo una persistente lluvia.

Los depósitos de combustible del puerto de Mar del Plata arden tras el bombardeo naval 312


Llegado a una distancia de 289 grados y 9700 yardas, el “9 de Julio” efectuó su último ataque, disparando nuevamente sobre los depósitos (07.23). Se dispararon en total 68 granadas de 6 pulgadas cada una, que destruyeron nueve de los once tanques de petróleo, averiando de consideración el décimo. Los proyectiles cayeron con impresionante precisión, dentro de un área de 200 metros de largo por 75 de ancho, impactando fuera de ella solo cinco, no más allá de 200 metros de su límite. Ningún civil resultó herido. Tras 10 minutos de cañoneo, el “9 de Julio” se retiró, a los efectos de brindar protección antiaérea a los destructores que entraban en operaciones. En momentos en que la Flota atacaba los depósitos de petróleo, la Base de Submarinos era rodeada por efectivos leales de la Policía Federal, por efectivos del Regimiento de Artillería Antiaérea que había instalado sus cañones Bofors de 40 mm en las lomas que rodeaban al Campo de Golf y civiles peronistas fuertemente armados. Por ese motivo, el capitán Peralta, comandante interino de la base, solicitó auxilio urgente a la Escuadra de Destructores para que aquella le proveyera cobertura: “Estimo que estoy a punto de ser atacado. Solicito apoyo artillero”. La respuesta no tardó en llegar. -Daré apoyo de fuego inmediatamente. Debe designar spotter terrestre y establecer ligazón en el canal GAS-1. Los destructores “Entre Ríos”, “Buenos Aires” y “San Luis”, apoyados por la corbeta “República”, iniciaron su aproximación a 12 nudos, en el preciso momento en que el “9 de Julio” dejaba de disparar. En el “Buenos Aires”, su comandante, Eladio Vázquez, ordenó al jefe de Artillería, teniente de navío Gonzalo Bustamante, abrir fuego. Orientado desde tierra por el teniente de navío Jorge A. Fraga, el “Buenos Aires” hizo un primer disparó que se fue largo, por encima del objetivo. Sus proyectiles sobrevolaron el cementerio e impactaron en plena avenida Juan B. Justo (frente a un negocio de pesca), provocando serios daños en las edificaciones del sector. Fraga indicó bajar 500 milímetros las bocas de fuego y la segunda andanada dio de lleno en un de los cañones que amenazaban la Base Naval desde las alturas de la cancha de golf. El spotter (teniente Fraga), notificó por radio que los proyectiles habían hecho blanco e incentivado por el éxito, indicó bajar las piezas todavía más, para lanzar una nueva descarga. La misma arrasó las posiciones sobre las barrancas del campo de juego, disparando intermitentemente cada 10 segundos. Soldados y milicianos se alejaron a todo correr, dejando a sus espaldas varios muertos y heridos. Los que se mantuvieron firmes en sus puestos, fueron los milicianos de la CGT, que una vez más demostraban estar dispuestos a vender caras sus vidas. En otro punto, sobre Playa Grande, partidarios a la revolución agitaban banderas, vivando a la Marina y la Patria sin saber exactamente, el peligro que corrían. Detrás del “Buenos Aires” llegaron el “Entre Ríos” y el “San Luis”, los dos navegando en línea y disparando sobre las posiciones peronistas. Eso no impidió que tropas del Ejército y elementos sindicales abrieran fuego contra las instalaciones de la base y que el mismo continuase, aún después de finalizado el cañoneo (09.30).

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Se produjo entonces un desordenado desbande cuando oficiales y efectivos de la Base Naval corrieron hacia las lanchas y los botes amarrados en los muelles y hacia tres barcos pesqueros que el capitán Panzeri había hecho traer especialmente. Y mientras algunos marinos arrojaban las armas al agua para evitar que cayesen en manos del enemigo, la gran mayoría trepó a bordo y se hizo a la mar, mientras era tiroteada desde tierra por las fuerzas peronistas. Desde las lanchas y los pesqueros se respondió el ataque, generándose un intercambio de disparos que se prolongó por espacio de varios minutos. En pleno enfrentamiento a varios de los botes, que eran remolcados por las lanchas, se les cortaron las cuerdas quedando a la deriva, a merced de los disparos y el sacudir de las aguas. Fue en medio de ese pandemonium que un oficial del Cuerpo Técnico, siguiendo instrucciones del capitán Peralta, izó bandera de parlamento y el intercambio de disparos comenzó a disminuir. Minutos después, el cónsul uruguayo en Mar del Plata, que había sido expresamente convocado, envió un comunicado a la Flota a través de la Base Naval, informando que la ciudad capitulaba. Hubo júbilo y algarabía a bordo, momento que aprovechó el capitán De Marotte, para hablar por los altavoces. El comandante felicitó a la tripulación por el éxito obtenido y agregó que el mismo se debió al esfuerzo y el entusiasmo en el cumplimiento del deber que habían demostrado las tripulaciones y a continuación exhortó a seguir adelante, hasta la victoria final. La Marina no había sufrido bajas, a excepción del suboficial amotinado horas antes de las acciones pero sí el Ejército, cuando un proyectil del “9 de Julio”, impactó de lleno en el cañón sobre el campo de golf, referido anteriormente.

El comandante de la Escuadrilla de Destructores, capitán Luis Mallea, no se confiaba demasiado de la rendición de las fuerzas leales y por esa razón, mandó llamar a los comandantes del Regimiento de Artillería Antiaérea de Camet y del Destacamento de Aeronáutica, aclarando que, de no hacerlo, abriría fuego sobre sus instalaciones, de acuerdo a las instrucciones impartidas el día anterior por el almirante Rojas. En espera de tales resoluciones, dispuso el desembarco de un pelotón de Infantería de Marina con la misión de ocupar la Base de Submarinos para reforzar sus defensas, al mando del capitán de fragata Carlos López. Destacado para apoyar la operación, el destructor “Buenos Aires” entró lentamente en el puerto, rumbo a la dársena de submarinos, mientras civiles partidarios de la revolución saludaban desde tierra, bajo la intensa lluvia, saltando y agitando banderas patrias. En el sector norte, frente a las costas de Camet, los destructores “Entre Ríos” y “San Luis” con la corbeta “República”, se aprestaban a entrar en acción ante el total silencio que mantenían los jefes del Ejército convocados a dialogar y por el temor que infundía el Regimiento de Artillería de Tandil que, según versiones, avanzaba en esos momentos sobre la ciudad. A las 11.00 de aquel agitado 19 de septiembre, los buques de la Armada tomaron posiciones y abrieron fuego desde 6000 metros de distancia, lanzando 175 proyectiles que destruyeron las instalaciones del regimiento, entre ellas el tanque de agua que sostenía la antena del radar. Varios edificios quedaron en llamas pero afortunadamente, no hubo que lamentar víctimas porque menos de una hora antes, 314


sus tropas habían sido evacuadas hacia la vecina localidad de Cobo, dejando vacías las dependencias. El ataque finalizó a las 11.30 y a continuación, los buques enfilaron hacia el puerto, encabezados por el “San Luis”, navegando bajo un cielo plomizo y sobre aguas agitadas. Cuando se disponían a ingresar, la base era atacada por civiles peronistas que habían llegado al lugar en varios camiones. Se generó entonces, un violento tiroteo que finalizó cuando a la altura de Playa Grande, los destructores dispararon sus Bofors 40 mm, apoyados por el fuego de armas de repetición de los efectivos navales en tierra. Los civiles, duramente hostigados, se retiraron en diversas direcciones llevando a la rastra a algunos heridos. Los destructores solicitaron refuerzos al “9 de Julio”, para reforzar las posiciones de quienes defendían la base. Su comandante retransmitió el pedido al almirante Rojas y este lo autorizó, agregando que una vez concluida la operación y se hubiese establecido la calma, partiese de inmediato hacia el norte para reunirse con el grueso de las unidades en el Río de la Plata3. Con el “San Luis” frente a Playa Grande y el “Buenos Aires” patrullando los accesos al puerto, el “9 de Julio” se aproximó a la costa mientras aún se escuchaban disparos aislados. Dos de los pesqueros requisados se le acercaron por babor para recibir una compañía de infantes de Marina compuesta por 5 oficiales y 120 efectivos, que fue conducida inmediatamente a tierra, para ocupar la base y sus alrededores. Reducidos y rechazados los milicianos peronistas, Mar del Plata fue ocupada sin mayores inconvenientes y una hora después los cuatros destructores junto al “9 de Julio” pusieron proa hacia el norte con el objeto de reunirse a la Flota de Mar, pronta a entrar en acción contra La Plata y la misma Buenos Aires. Para entonces, en las bocas del gran estuario, el almirante Rojas, el general Uranga y su Estado Mayor pasaban a “La Argentina”, fondeada en el pontón “Recalada” frente a Punta Indio. La nave insignia, el “17 de Octubre”, fue enviada a encabezar la denominada Fuerza de Tareas Nº 7 que debía llevar a cabo el ataque a las destilerías de Dock Sud. Pese a que lo bajo de las nubes, la lluvia y los vientos dificultaban cualquier tipo de operaciones, el comando de la flota temía que de un momento a otro la Fuerza Aérea iniciase incursiones de hostigamiento desde Morón y por esa razón, era imperioso iniciar las acciones lo antes posible. Bajo una lluvia torrencial, en un día de truenos y relámpagos, sacudidas las aguas por los fuertes vientos de fines de invierno, la Fuerza de Tareas Nº 7 puso proa al objetivo con órdenes precisas de iniciar acciones a las 13.00 horas en punto. A las 11.26, el capitán de navío Carlos Sánchez Sañudo cursó a las autoridades leales un comunicado en el que se instaba al gobierno a advertir a la población, a través de las radios oficiales, que estaba pronto a comenzar el ataque y que se debían adoptar los recaudos necesarios para poner la misma a cubierto. Aquel funcionario que no cumpliese con la directiva, sería juzgado como criminal de guerra al finalizar el conflicto. Según cuenta Ruiz Moreno, el Comando de Operaciones Navales en tierra, acusó recibo del mensaje, pero las radios gubernamentales mantuvieron un hermetismo absoluto.

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Imテ。genes

Puerto Belgrano. Escalテウn de Comunicaciones - (Fotografテュas: Miguel テ]gel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva)

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Central de Comando. Puerto Belgrano (Fotografテュas: Miguel テ]gel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva)

Control de Radares. Base Naval Puerto Belgrano (Fotografテュas: Miguel テ]gel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva)

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Crucero "17 de Octubre", (luego "General Belgrano"), nave insignia del almirante Rojas -(Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar)

El crucero "9 de Julio" abandona Puerto Belgrano (Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar) 318


Crucero "9 de Julio", gemelo del "17 de Octubre" navegando en aguas abiertas (Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar )

Cuarto de m谩quinas del "17 de Octubre" (Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar)

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Madrugada del 19 de septiembre. El crucero "9 de Julio" abre fuego sobre los dep贸sitos de combustible del puerto de Mar del Plata (Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar)

La Base Naval de Mar del Plata tambi茅n fue blanco de la flota rebelde (Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar)

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Fragata "Sarandí" (Imagen: gentileza Fundación Histarmar)

Fragata "Hércules" 321


(Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar)

Destructor "San Juan" (Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar )

Destructor "San Luis" (Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar )

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Crucero "La Argentina", nave insignia del almirante Rojas hasta su trasbordo al "17 de Octubre" la madrigada del 19 de septiembre (Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar Historia y Arqueolog铆a Mar铆tima)

Destructor "Buenos Aires" (Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar)

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Buque taller "Ingeniero Iribas" (Imagen: gentileza Fundación Histarmar)

Mar del Plata. Depósítos de combustible en llamas (Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Tomo II)

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Comercio del barrio portuario en Mar del Plata alcanzado por un proyectil naval (ImĂĄgen: Nair MiĂąo, Diario "La Capital" de Mar del Plata, Album de Familia http://www.lacapitalmdp.com/contenidos/fotosfamilia/fotos/8054)

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Regimiento de Artillería Antiaérea de Camet víctima del fuego naval (Imágen: Diario "La Capital" de Mar del Plata, Album de Familia http://www.lacapitalmdp.com/contenidos/fotosfamilia/fotos/8054)

Submarino ARA "Santiago del Estero" (S-2) (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)

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Destructor "Juan de Garay" (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)

Notas 1 El vicealmirante consideraba una humillación que la misma flameara en el mástil de un buque sublevado. 2 Jorge E. Perren, Puesto Belgrano y la Revolución Libertadora, p. 197. 3 Ese fue el momento en que desembarcaron los efectivos de Infantería

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CORDOBA BAJO FUEGO

Soldados y civiles en una posición frente al Cabildo (Fotografía. Jorge R. Schneider) Con las primeras luces del día, se reanudaron los combates en la capital cordobesa. Francotiradores civiles apostados en los techos de los hoteles Savoy, Italiano y Albéniz comenzaron a hostigar desde las primeras horas a las tropas que el general Iñiguez tenía acantonadas en la estación de Alta Córdoba, recibieron a su vez fuego de armas automáticas y ametralladoras. Los civiles, a quienes se había intimado a rendición, no se amedrentaron y siguieron disparando, obligando a Iñiguez a desplegar sus morteros frente a los edificios y abrir fuego. Las descargas destruyeron parte de los frentes y obligaron a los milicianos a capitular, desbordados por la intensidad del fuego enemigo. Iñiguez ordenó que los prisioneros fueran conducidos al pasadizo subterráneo que unía los andenes de la estación, a efectos de resguardarlos del cañoneo enemigo proveniente del observatorio astronómico. Mientras tanto, la artillería leal seguía disparando. Los subtenientes Saturnino Huici y Osvaldo Fernández Anca que tenían a cargo los cañones rebeldes, devolvían el fuego batiendo el sector de galpones, sin precisar sus consecuencias. Uno de los proyectiles se fue largo e impactó en las azoteas del domicilio particular del eminente médico Dr. Gumersindo Sayago, renombrado especialista en Fisiología que, de esa manera, sufría en “carne propia” los rigores de la guerra. Otro proyectil explotó en el anden contiguo a las boleterías, donde el general Iñiguez y el teniente coronel Alberto R. Nadale habían instalado su comando, 328


causando daños considerables en el edificio. Pero lo peor fue cuando una esquirla alcanzó a este último, hiriéndolo de gravedad. Nadale cayó al suelo, herido en el pecho, mientras sus asistentes y el propio Iñiguez se apuraban a sujetarlo. Lo colocaron sobre una manta y lo llevaron hasta un jeep, a bordo del cual, fue evacuado velozmente hacia un hospital. En su apresurada carrera, el vehículo debió internarse en territorio rebelde bajo intenso fuego enemigo, en especial, el de los milicianos civiles que no alcanzaban a distinguir que conducía a un herido1. En momentos en que Nadale era evacuado, se presentó en la estación un individuo vestido de civil, enviado a parlamentar por el general Videla Balaguer. Se trataba del capitán de la Fuerza Aérea Gigena Sasía quien, según informó al presentarse en el comando leal, portaba un mensaje. Sospechando de su persona, Iñiguez lo hizo detener y procedió a leer la nota. En la misma, Videla Balaguer manifestaba profundo aprecio por su persona (la de Iñiguez), a quien respetaba por saberlo un general íntegro y decidido y le solicitaba recapacitar, invitándolo a unirse a la revolución. En esas se hallaba el jefe gubernamental cuando repentinamente aparecieron sobre sus posiciones los Gloster Meteor rebeldes al mando del capitán Jorge Lisandro Suárez. Los aviones se abalanzaron sobre el 12 de Infantería ametrallando el área inmediata a la estación, mientras recibían nutrido fuego antiaéreo. Ahí quedó demostrado, una vez más que el armamento de los veloces cazas de fabricación inglesa era deficitario ya que, después de los primeros disparos, sus cañones tendían a trabarse. Maldiciendo entre dientes, Suárez siguió su aproximación y arrojó sobre las tropas enemigas sus tanques suplementarios, repletos de combustible, desencadenando incendios de proporciones. El efecto, muy similar al de las bombas de napalm, causó una impresión tremenda. A Suárez le siguieron los cazas restantes, imitando su accionar y a estos los Calquin de bombardeo liviano que descargaron sus bombas con gran precisión. Las explosiones sacudieron con fuerza Alta Córdoba, obligando a sus pobladores a permanecer encerrados en sus casas o en lugares cubiertos. “Prosigue la lucha en Alta Córdoba…Nuevamente interviene la fuerza aérea, hostigando incesantemente la zona ocupada por las tropas santafesinas. Continúa el bombardeo con ‘Napalm’ y al mismo tiempo, las fuerzas de tierra revolucionarias prosiguen la operación de ‘limpieza’. Observadores aéreos informan que una columna de vehículos, proveniente de Alta Gracia, avanza por la ruta de acceso a Córdoba. Ubicados estos efectivos con exactitud, desde el aire, actúa la artillería y bate completamente a la columna, observándose notable precisión en el tiro. En horas de la mañana se produce el ataque de bombarderos Avro Lincoln, provenientes del Comando de Represión de Buenos Aires: la pista del I.A.M.E. es alcanzada. No obstante, en medio de las explosiones y el humo, decolan aviones Gloster, que interceptan a los atacantes, y aunque no logran batirlos, por haberse interrumpido sus cañones a la primera ráfaga, realizan una notable labor de intercepción, obligándolos por fin a regresar con algunas averías de importancia” (“Parte de Guerra”, Revista “Cielo”). 329


Mientras se desarrollaban estos ataques, las tropas del general Iñiguez se obstinaban en consolidar sus posiciones a este lado del Río Primero con el objeto de avanzar con mayor seguridad sobre el grueso de las posiciones revolucionarias. Sus patrullas adelantadas chocaron con pelotones enemigos en el Puente Centenario, a solo ocho cuadras de la estación del ferrocarril, siendo contenidas con gran vigor desde el otro lado, por una muralla de autos, ómnibus y camiones desplegados a lo ancho de las avenidas Vélez Sárfield y General Paz, baluarte principal de las defensas rebeldes desde donde efectivos de paracaidistas, cadetes de Aeronáutica y comandos civiles disparaban intermitentemente, impidiéndoles el acceso al centro de la ciudad. Sin embargo, para entonces, pelotones de exploración de las fuerzas gubernamentales habían descubierto que el puente inmediato al Mercado de Abasto, al sudeste de Alta Córdoba, se hallaba despejado y hacia allí despachó Iñíguez parte de sus fuerzas (11.50), después de recibir los refuerzos del recientemente llegado Regimiento 11 de Infantería al mando del teniente coronel Enrique Guillermo Podestá. Podestá detuvo sus tropas en Alem al 400, pleno barrio Firpo y se adelantó con su Estado Mayor para subordinarse al general Iñiguez. Las tropas de Podestá, se tirotearon con efectivos rebeldes parapetados en los edificios vecinos y recibieron disparos desde vehículos civiles que, osadamente, aparecían a alta velocidad para sorprenderlas, resultando gravemente herido el sargento ayudante Arnaldo Gregorutti de las fuerzas leales. El 11 de Infantería no pudo llegar en mejor momento. El general Iñiguez lo desplazó hacia la izquierda, en dirección al puente del Mercado de Abasto, mientras su artillería batía las posiciones que defendían Puente Centenario. La idea era cruzar todo el regimiento hacia el Mercado y lanzarlo velozmente hacia el centro, para tomar el Cabildo, sede del Departamento de Policía. El plan fue transmitido al general Sosa Molina y aquel lo aprobó. Cuando el enfrentamiento arreciaba, Sosa Molina, completamente convencido del triunfo, llamó al Comando de Represión en la Capital Federal y le comunicó que Córdoba estaba rodeada y que las tropas que respondían al gobierno se hallaban listas para el asalto final. Mientras el alto oficial pasaba su informe, proyectiles de morteros y fuego de armas automáticas caían sin cesar sobre las posiciones del 12 de Infantería en un desesperado y heroico esfuerzo por contener su avance. En los alrededores de la ciudad también hubo acciones. A las 03.00 un Beechcraft AT11 que había decolado minutos antes de la Escuela de Aviación Militar, arrojó bengalas sobre Malagueño para realizar observaciones sobre las posiciones enemigas. Horas después (08.00) el general Aquiles Moschini envió desde Juárez Celman al Regimiento 15 de Infantería con órdenes precisas de apoderarse del aeródromo de Pajas Blancas, punto de vital importancia desde el que los aviones rebeldes habían llevado a cabo ataques a partir de las 06.40 de esa mañana. A muchas de aquellas máquinas se les ordenó mantenerse en vuelo, en espera de nuevas instrucciones. Alcanzado el objetivo, el 15 de Infantería desplegó los cañones de sus dos secciones de artillería e inició la ofensiva. Las escasas tropas que defendían el aeródromo, integradas por cadetes de la Fuerza Aérea y milicianos civiles al mando de oficiales de Aeronáutica, opusieron una férrea resistencia pese a encontrarse mal armados. En los 330


combates cayó muerto el soldado Ernesto Chaves y fue herido un oficial de apellido Mansilla, ambos integrantes de las tropas defensoras. A poco de iniciado el cañoneo, la Escuela de Aviación Militar recibió desde Pajas Blancas un desesperado pedido de auxilio. El poder de fuego al que estaba siendo sometido el aeródromo era impresionante y de continuar, resultaría imposible mantener la posición. A las 08.50 decoló desde la Agrupación Aérea un DL-22 que diez minutos después ametralló a las tropas leales forzándolas a buscar cobertura en el terreno. El avión se retiró acosado por el fuego de las baterías antiaéreas en el mismo momento en que un monomotor Fiat de observación hacía reglaje de tiro de artillería para la Escuela de Aviación Militar. Veinte minutos después un aparato de iguales características arrojó volantes sobre Río Segundo, La Cruz, Río Tercero y Alta Gracia, e informó a la torre de control que acababa de detectar una importante concentración de vehículos en la plaza principal de la última ciudad. El piloto efectuó un amplio viraje hacia el norte, dejando a su izquierda el Dique Los Molinos; cruzó el río Anizacate y cuando sobrevolaba las Sierras Bajas avistó una extensa columna motorizada integrada por ómnibus, camiones y jeeps, que se desplazaba hacia la Escuela de Aviación Militar, poniendo en peligro la posición rebelde. Eso decidió al comando del general Lonardi a lanzar un nuevo ataque para detenerla y para ello fueron alistados dos Gloster Meteor y tres Beechcraft AT-11 que decolaron a las 09.30 para embestir con bombas y metralla. Después de que pilotos y mecánicos efectuasen los últimos controles, los cazas se ubicaron juntos en la cabecera de la pista y cuando la torre ordenó despegar, iniciaron el carreteo elevándose al mismo tiempo a gran velocidad. Le siguió la sección de los Beechcraft, que decolaron uno detrás de otro para perderse en la lejanía con rumbo sudoeste. Diez minutos después, la escuadrilla divisó al objetivo cuando se desplazaba por detrás de las sierras en dirección a la capital. A través de la radio, el líder advirtió a los otros aviones y les ordenó iniciar corrida de bombardeo, lanzándose él en primer lugar. El Gloster Meteor abrió fuego con sus cañones acribillando a varios vehículos de la columna y luego arrojó sus bombas seguido inmediatamente después por el aparato Nº 2. Los efectivos leales detuvieron la marcha y corrieron en busca de cobertura sin responder la agresión. Lo hicieron recién cuando llegaron los AT-11 pero escasos fueron sus resultados. Los tres bombarderos lanzaron sus cargas y se elevaron para perderse en la lejanía, volando hacia el noreste. Cuando se desarrollaban esas acciones, un cuarto Beechcraft bombardeó nuevamente al 15 de Infantería cuando sus unidades de desplazaban frente a Pajas Blancas, ataque que se repitió veinte minutos después (09.40), con resultados relativos. Las mismas tropas fueron ametralladas por un DL-22 a las 09.55 y a las 10.00 un Beechcraft volvió a bombardearlas en momentos en que ingresaban en el perímetro del aeródromo, desbordando sus líneas defensivas. Los estallidos sacudieron la región y los tableteos de las ametralladoras y las baterías antiaéreas incrementaron la sensación de guerra sumiendo en angustia y temor a los habitantes del sector norte de la capital provincial.

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A las 09.30 el comodoro Krausse se comunicó con el teniente Raúl Barcalá para ordenarle que destruyera el radio-faro Córdoba, ubicado en una pequeña edificación a escasos 500 metros del edificio principal de Pajas Blancas. La operación era imperiosa porque, de caer el objetivo en manos leales, radio “La Voz de la Libertad” quedaría bloqueada. Barcalá, experimentado piloto, instructor de bombarderos livianos y ganador de todas las pruebas de tiro y bombardeo desde la creación de la Fuerza Aérea, trepó a su Calquin, carreteó y tomando velocidad, despegó hacia el aeródromo virando hacia el norte para cubrir los 12 kilómetros que lo separaban de él. Durante su aproximación, observó que en una de las cabeceras de la pista las fuerzas de ambos bandos combatían intensamente, comprendiendo que eso le permitiría llegar al objetivo sin demasiados inconvenientes. El piloto se acercó en línea recta, calculó la distancia y arrojó su bomba, alcanzando la casilla del radio-faro. Para alivio del comodoro Krause, el mismo quedó completamente destruido, media hora antes de que las tropas gubernamentales se apoderasen del sector. La llegada de las fuerzas leales obligó a sus defensores a retirarse hacia Arguello, después de dos horas y media de combate. Ya en poder del aeródromo, el Regimiento 15 de Infantería fue atacado con proyectiles de morteros, bombas y metralla y a las 10.50 bombardeado por aviones Beechcraft, Calquin y Gloster Meteor que repitieron sus incursiones cincuenta minutos después (11.40). Sin embargo, la posición permaneció en poder de las fuerzas leales, convirtiendo ese punto en una amenaza para la revolución. La situación se había tornado extremadamente confusa en Alta Gracia, donde el gobernador Luchini había llegado al frente de un pelotón policial con el que había salido de Córdoba 48 horas antes, para dirigir la represión. Luchini no terminaba de comprender la actitud pasiva del general Morello, que no se decidía a iniciar la ofensiva sobre la capital provincial y liquidar el alzamiento de una vez por todas. Según su parecer, el comandante de la IV División disponía de tropas suficientes para apoyar a Iñiguez y acabar con la revolución, opinión que compartían el general Arnaldo Sosa Molina, el jefe de la Escuela Mecanizada, coronel Ercolano y el general José Alejandro Falconier, que desde su comando en Río Cuarto, despachó al mayor Alfonso Mauvecín con la “sugerencia” de iniciar la embestida a la mayor brevedad posible. Como explica Ruiz Moreno, las fuerzas de Morello ya no eran la masa informe y desorganizada del primer día de combate, duramente hostigada por la aviación y la artillería rebeldes, sino una fuerza considerable compuesta por unidades poderosas como el Regimiento 14 de Infantería de Río Cuarto, dos batallones de la Escuela Mecanizada de Buenos Aires, el Grupo de Artillería Liviana de San Luis y otras fuerzas oriundas de Córdoba. Sin embargo, su gente no se decidía y continuaba a la defensiva, sin lanzar la acometida final.

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Imágenes Fotografías de Jorge R. Schneider obtenidas durante los sucesos quer tuvieron lugar entre el 16 y el 21 de septiembre de 1955 en la ciudad de Córdoba

Una posición de ametralladora se dispone a disparar sobre las fuerzas leales que avanzan sobre Alta Córdoba 333


Comandos civiles revolucionarios toman ubicaci贸n en las inmediaciones de la estaci贸n del ferrocarril

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Da帽os en la estaci贸n ferroviaria

Un vag贸n alcanzado por la bomba de un I.Ae-24 Calquin en Alta C贸rdoba

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Otro vagón destruido en la estación del Ferrocarril Gral. Bme. Mitre

Después del combate, dos niños observan la destrucción en inmediaciones del Hotel Savoy

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Vivienda particular destruida por un impacto de artiller铆a en Alta C贸rdoba

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Otra vivienda destruida en Alta C贸rdoba

Un impacto de artiller铆a ha destruido parcialmente el frente del Hotel Savoy en Alta C贸rdoba

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Interior del Hotel Savoy despuĂŠs de la batalla

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Ruinas y desolaci贸n en Alta C贸rdoba

Comandos civiles revolucionarios se aprestan a entrar en combate en la Escuela de Aviaci贸n Militar

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Un vivac rebelde en la Escuela de Aviaci贸n Militar. Civiles y militares velan sus armas en espera de nuevos enfrentamientos

Civiles y militares rebeldes en la Escuela de Aviaci贸n Notas 1 Los regimientos peronistas carec铆an de equipos sanitarios como para atender casos graves.

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PERON VACILA

Perón rodeado por sus ministros escucha el informe del general Arnaldo Sosa Molina (Ilustración: Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Tomo I) Un hecho que llamó poderosamente la atención durante todo el conflicto, fue la extraña actitud de Perón. Nadie podía entender su hermetismo; nadie se explicaba su reticencia y el hecho de haber delegado completamente el mando en el general Lucero. “Partidarios y opositores se extrañaban de su pasividad, mientras las batallas que decidirían el futuro de la Nación y el suyo propio se libraban encarnizadamente por aire, mar y tierra”1. De repente, quien había encabezado la revolución social más trascendente de América Latina, quien mantuvo en vilo al mundo con su política de enfrentamiento a EE.UU y las naciones vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, quien había intentado la organización de un IV Reich en esta parte del mundo, trayendo al país técnicos y científicos de las naciones del Eje junto a los peores criminales de guerra, quien arengara a las turbas con frases de ira e incentivara el odio y el revanchismo, se mostraba temeroso y falto de iniciativa. Frases como“¡¿Ustedes me piden leña. ¿Por qué no empiezan a darla ustedes?!” que vociferó desde los balcones de la Casa Rosada el 1 de mayo de 1953; “¡El día en que se comience a colgar, yo estaré al lado de los que cuelgan!” (2 de agosto de 1946); “¡A mí me van a matar peleando!”, “¡Entregaré unos metros de piola a cada descamisado y después veremos quien cuelga a quien!” (13 de agosto de 1946); “¡Levantaremos horcas en todo el país para colgar a los opositores!” (11 de septiembre de 1947); “¡Distribuiremos alambre de enfardar para colgar a nuestros enemigos!” (31 de agosto de 1947) o la célebre “¡…por cada uno de nosotros caerán cinco de ellos!” aún 342


estremecían a la ciudadanía por su carga de violencia e irreflexión y sin embargo, quien las pronunciara con tanta convicción, carecía de toda iniciativa. Eso y el misterioso silencio que experimentaba desde el inicio de las hostilidades comenzó a molestar a algunos de sus seguidores. El gobernador de la provincia de Buenos Aires, mayor Carlos Aloé, por ejemplo, no comprendía por que Perón permaneció todo el tiempo en su residencia, fuertemente custodiado, sin tomar el mando de las tropas ni hacer valer su poderoso ascendente sobre las Fuerzas Armadas y el pueblo. El jefe de la Escuela Nacional de Defensa, general Raúl Tassi percibió esa conducta cuando vio a Perón en el bunker subterráneo del Ministerio de Ejército, donde funcionaba la Central de Comunicaciones del Comando de Represión. En ese lugar, se llevó a cabo una importante reunión con los altos mandos sin conducción de tropas, convocada especialmente por el general Lucero, para seguir de cerca los pormenores de la lucha. Perón apareció acompañado por generales y coroneles y estaba sumamente abatido e incluso, asustado, sentimientos que parecieron incrementarse al conocerse la noticia de que el Ejército de Cuyo también se había sublevado. Fue en ese momento que el poco temple que aún le quedaba, desapareció por completo. En el Comando de la I División de Ejército con sede en Palermo, Perón recibió de su titular, el general Ernesto Fatigatti, el pedido de autorización para marchar sobre Córdoba al frente de los Regimientos 1 y 2 de Infantería (en reserva entonces) y acabar con la revolución antes del medio día del 21 de septiembre. Sin embargo, el presidente de la Nación, el hombre habituado a hablarle a las masas, a encandilarlas con su verborragia, a convencerlas e inflamarlas, no contestó. Se limitó a tomar café, fumar nerviosamente y permanecer callado. Su sobrino y edecán, al mayor Ignacio Cialcetta diría años después que Perón no atinó a nada. Que prefirió no intervenir, dejando todo en manos de Lucero y que pese a no hallarse totalmente abatido, se lo notaba abandonado. Dos de aquellas noches, las pasó escondido en una casa de Belgrano y según otras versiones, en el bunker antinuclear que había mandado edificar bajo el edificio Alas, donde también se dijo, sin ningún fundamento, que se había refugiado durante las acciones del 16 de junio. Perón disponía de excelentes generales, decididos y leales (Lucero, Fatigatti, Iñiguez, Sosa Molina), pero no hacía nada. Y esa actitud fue lo que enervó el ánimo de su ministro del Interior, Dr. Oscar Albrieu, cuando en las primeras horas del 19 se entrevistó con él en la Casa de Gobierno. Albrieu pidió a Perón que se hiciera cargo de la represión porque, según su criterio, las cosas no marchaban bien, pero el primer mandatario no atinó a nada. Ruiz Moreno reproduce en su obra el diálogo que mantuvieron: -General, no se descuide. Volvamos al Ministerio de Ejército. Allá las cosas no están siendo bien conducidas. -¿Y que quiere que haga? – respondió Perón. -General, yo creo que usted debe asumir el Comando de Represión, informando por radio que asumirá en persona el mando en Córdoba. Estoy seguro que con eso se termina todo. 343


Esas palabras disgustaron a Perón, que de mal modo respondió. -Usted no conoce a los generales. Yo creo que están manejando bien las cosas. Además, me disgusta que maten a los soldaditos. Prefiero que las cosas sigan así. Entonces fue Albrieu el que se manifestó molesto. -¡General, estamos en guerra! ¡Hasta se justificaría que dijera que el suboficial que mata a un oficial sublevado ocupará su lugar en el escalafón...! ¡Yo adopto cualquier medida para defender un gobierno constitucional! Pese al tono con que Albrieu pronunció esas palabras, Perón no reaccionó, dando por finalizada la conversación ahí mismo. El general Lucero, en tanto, trabajaba sin descanso, preocupado por sofocar el alzamiento lo más rápidamente posible. Una de las primeras medidas que adoptó el día 18 fue reforzar las unidades empeñadas en la represión, convocando a las clases 31, 32 y 33 en las dos primeras Regiones Militares dependientes del Comando General del Interior al mando del teniente general Emilio Forcher. Se beneficiarían con esa medida los Regimientos 1, 2 y 3 de Infantería, el 2 de Artillería, el de Granaderos a Caballo y el Motorizado “Buenos Aires” que sumados a las compañías de vigilancia en arsenales, fábricas militares y depósitos, elevarían el número de efectivos a 18.000, sin contar otros 1200 voluntarios. El lunes 19, Perón llegó al Ministerio de Ejército antes de las 06.00, acompañado por el gobernador Aloé. En el despacho de Lucero, se enteró por boca de los generales José Domingo Molina, comandante en jefe del Ejército y Carlos Wirth, jefe del Estado Mayor, que la situación en el frente era favorable y que la extinción del alzamiento era cuestión de horas. Pero los conductores de la represión ignoraban todavía que al no ordenar la arremetida final con la violencia correspondiente en esos casos, cometían un grave error. No querían derramar sangre inútilmente y por esa razón, planearon presionar a las fuerzas rebeldes con un elevado número de tropas haciéndoles ver que toda resistencia sería inútil. Fue una medida tibia y una grave equivocación porque del otro lado, las fuerzas revolucionarias estaban decididas a combatir con brutalidad, tal como lo indicara el general Lonardi en su arenga del 16 de septiembre. Perón lo tenía todo para ganar. Sus fuerzas rodeaban Córdoba y Bahía Blanca; las de Cuyo se encontraban en estado de indecisión y ninguna otra guarnición se había pronunciado en su contra. Solo la Flota representaba una seria amenaza pero se esperaba neutralizarla con la Fuerza Aérea y la Aviación Naval. Ante esa situación, los altos mandos peronistas comenzaban a sentirse seguros y a expresar su euforia cuando, repentinamente, en medio de la reunión, Perón pidió atención y solicitó que lo dejaran a solas con Lucero y Aloé. Sin comprender lo que ocurría, los altos oficiales abandonaron el despacho y se quedaron en la antesala, aguardando el desarrollo de los acontecimientos entre expectantes y confusos. Cuando cerraron la puerta, ignoraban que estaba pronto el desenlace final.

Una vez a solas, Perón anunció que había decidido renunciar. 344


-Ya sabemos que estos bárbaros no tendrán escrúpulos para hacerlo (se refería a bombardear las ciudades de La Plata y Buenos Aires) Es menester evitar la masacre y la destrucción. Yo no deseo ser factor para que un salvajismo semejante se desate sobre la ciudad inocente, y sobre las obras que tanto nos ha costado levantar. Para sentir esto es necesario saber construir. Los parásitos difícilmente aman la obra de los demás. Lucero y Aloé quedaron mudos, presas del asombro y el desconcierto. Así permanecieron unos instantes hasta que Lucero rompió el silencio para expresar que se solidarizaba con su jefe y que, en consecuencia, también renunciaría. Sin embargo, al instante pareció reaccionar e intentando convencer a Perón, le expuso su parecer, proponiendo la creación de una fuerza de operaciones a las órdenes directas del presidente con base en la I División de Ejército, declarando al mismo tiempo a Buenos Aires ciudad abierta, defendida por elementos de la Prefectura General Marítima, la Gendarmería Nacional, la Policía Federal y Fuerzas Armadas (estas últimas en número reducido), apoyadas todas ellas por milicianos justicialistas. Sin embargo, de nada sirvieron sus palabras. Con el pretexto de evitar un inútil derramamiento de sangre y la destrucción de lo que consideraba su “obra cumbre”: las instalaciones petroleras de La Plata, Perón repitió que había decidido dejar el poder. Lucero volvió a insistir explicando que la rebelión estaba prácticamente dominada y que era cuestión de horas que tanto Córdoba como Bahía Blanca, cayeran (sabía perfectamente que el Ejército de Cuyo no constituía ninguna amenaza). Pero aún así, Perón mantuvo su postura y se retiró, ordenando una reunión de generales para esa misma tarde. Dos horas después, el todavía presidente de la Nación hizo llegar a Lucero una nota manuscrita dirigida al Ejército y al Pueblo, en la que anunciaba su alejamiento y que dejaba todo en manos del primero (el Ejército), único capaz de hacerse cargo de la situación y de lograr la tan ansiada pacificación. Con la nota en la mano, Lucero convocó a su despacho al vicepresidente de la Nación, contralmirante Alberto Teissaire; al ministro del Interior, Dr. Carlos Albrieu y al secretario general de la CGT, Héctor Di Pietro y tras imponerlos de su contenido, se dispuso a escuchar. Di Pietro dijo que si esa era la voluntad del general, los trabajadores estaban dispuestos a aceptarla porque siempre habían hecho lo que Perón quería. Lucero, solidarizándose con su líder, redactó su renuncia indeclinable e inmediatamente después mandó llamar al general José Domingo Molina y le encargó la organización de una Junta de Generales que debería hacerse cargo del gobierno y las negociaciones de paz. Eran las 12.55 cuando Radio del Estado, transmitiendo en cadena, por toda la Nación, hizo llegar a los mandos revolucionarios un mensaje que a poco de trascender, conmocionó a toda la población: el general Lucero convocaba a los comandantes rebeldes al Ministerio de Ejército para iniciar conversaciones tendientes a la pacificación del país y la búsqueda de soluciones. A quien cayó como una bomba la noticia fue al comandante de represión en Córdoba, general José María Sosa Molina, que no daba crédito a lo que escuchaba. Tal fue su asombro, que llegó a pensar que todo era una maniobra para confundir a las fuerzas 345


leales. “Con el triunfo prácticamente en sus manos, Perón se retiraba de la escena” diría años más tarde. “…con la batalla casi ganada, me informan mis comandantes que habían escuchado por radio la orden de cesar el fuego…No lo podía creer. Teníamos todo en nuestras manos y había que detenerse en las posiciones ganadas”2. Sosa Molina recién se convenció de lo que ocurría cuando, pasado el medio día, escuchó por radio el texto de las renuncias. Una sensación similar fue la que experimentó el decidido general Iñiguez en momentos en que sus efectivos se hallaban en pleno avance hacia el centro de Córdoba. En la oportunidad, se acercó corriendo hasta su puesto un mensajero con la orden de suspender el ataque y la noticia de que una junta de generales se había hecho cargo de la situación. Cuando supo que las tropas gubernamentales debían detener el avance en todos los frentes, cesar las hostilidades y mantenerse en los lugares alcanzados en espera de nuevas instrucciones, quedó perplejo. El comunicado del general Lucero, emitido por Radio del Estado, fue respondido a las 14.27 por el almirante Rojas desde “La Argentina”. Rojas notificó que las operaciones de guerra quedaban suspendidas hasta las 24.00 del día de la fecha (19 de septiembre) y que la reunión solicitada debería realizarse a bordo del mencionado buque, fondeado en las bocas del Río de la Plata y no en el Ministerio de Ejército, como había sugerido el general Lucero. Por su parte, Lonardi, hizo saber desde Córdoba a través de un comunicado que firmó como jefe de la “Revolución Libertadora”3, que exigía en nombre de los comandantes de la revolución triunfante, la inmediata renuncia del presidente de la Nación y todo su gabinete. Lonardi no confiaba en Perón y en tal sentido, tomaba medidas precautorias.

Notas Isidoro Ruiz Moreno, op. cit, Cap. 9, Tomo II. 2 Ídem, p. 315, Tomo II. 3 Fue la primera vez que utilizó esa designación. 1

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EL REINICIO DE LAS HOSTILIDADES LOS TANQUES SE DETIENEN

En el extremo sur boanerense, los regimientos peronistas llegaron a situarse a solo 80 kilómetros de las bases revolucionarias1. Se esperaba la embestida final para la noche del 18 al 19 de septiembre y en base a esa suposición se adoptaron las últimas medidas defensivas tendientes a contrarrestarla o dificultarla lo más posible. Sin embargo, después de conferenciar con el capitán Lava, el capitán Perren tuvo la impresión de que el ataque no se produciría ya que durante la jornada que finalizaba (18 de septiembre), las fuerzas peronistas habían recibido un duro castigo y la falta de combustible les impedía seguir avanzando durante la noche. Si el Ejército pretendía atacar las bases, primero debía apoderarse de Bahía Blanca y eso iba a resultar sumamente difícil ya que, a esa altura, el camino a Tornquist se hallaba obstaculizado por voladuras y demoliciones. Esa misma noche, las fuerzas gubernamentales detuvieron su avance. Tal como suponía Perren, el castigo que la Aviación Naval les había propinado había sido tremendo y los daños sufridos, sumamente graves. En vista de esa situación, el teniente coronel Roberto Manuel Barto, comandante del Regimiento 1 de Caballería resolvió evacuar los puntos que había alcanzado, retirándose hacia el norte, sumamente abatido y desmoralizado. En esa situación se encontraba la unidad cuando se toparon con ella el coronel Quinteiro y el teniente coronel Arrechea, quienes se dirigían al pueblo de Sierra de la Ventana para entrevistarse con el comandante de la III División de Caballería, general Eusebio Molinuevo. Arrechea no pudo con su genio y al ver el repliegue del regimiento se presentó ante Barto, para exigirle una explicación. Encontró a aquel desanimado y presa de la confusión. -Esto es un desastre - dijo - No se que tengo que hacer. Me dan una orden y al instante me llega la contraorden. Sorprendido y molesto a la vez, Arrechea preguntó a su camarada cuales eran las últimas directivas que había recibido y cuando aquel le respondió que debía atacar Puerto Belgrano, estalló indignado.

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-¡¿Y que mierda estás esperando entonces?! ¡¡Atacá de una vez!!. Pero Barto no reaccionó. Desmoralizado y confundido, continuó su repliegue, llevando sus fuerzas a la estancia “La Ventana”, propiedad de Ernesto Tornquist, donde finalmente acampó. Los propietarios del campo vieron llegar a la columna de más de 40 camiones y salieron al exterior para recibirla. Los vehículos se detuvieron en torno a la edificación principal, un verdadero castillo en medio de la pampa, edificado a principios de siglo y sin perder tiempo, conscriptos y suboficiales arrancaron ramas y hojas de la vegetación circundante, para cubrirlos. Los Tornquist invitaron a la oficialidad a alojarse en el castillo y en los edificios del establecimiento en tanto la tropa, extenuada y congelada, desmontaba sus tiendas de campaña en los bosques próximos y empezaba a consumir su ración. Quinteiro y Arrechea, llegaron al puesto en el que Molinuevo había instalado su Estado Mayor y lo encontraron acompañado por el coronel Martín Barrantes, el teniente coronel Serres y el coronel Martín Garro, jefe del Regimiento 2 de Artillería, todos ellos dentro de una precaria edificación rural. Los oficiales mantuvieron un diálogo angustiante en el que los primeros relataron con lujo de detalles los pormenores del castigo sufrido por parte de la Aviación Naval y la considerable cantidad de muertos y heridos que habían sufrido durante los ataques. Molinuevo, por su parte, los puso al tanto de otro hecho grave: sus jefes de Caballería lo habían abandonado y solo disponía del 2 de Artillería al mando de Garro, para seguir adelante. A continuación, explicó que sus órdenes eran atacar Puerto Belgrano y que, en vista de los últimos acontecimientos, estaba dispuesto a escuchar opiniones. El coronel Garro propuso detener toda acción porque la situación en el frente no era clara y las comunicaciones con Buenos Aires estaban cortadas. Quinteiro por su parte explicó que al partir de Buenos Aires se le había dado la orden de atacar y que, por consiguiente, creía que se debía proceder sin necesidad de establecer contacto con la capital y Arrechea, consultado por Molinuevo, se manifestó completamente de acuerdo, agregando que, según su parecer, disponían de fuerzas suficientes como para cumplir su cometido. -Bien señores - dijo Molinuevo- Hemos recibido una orden y vamos a cumplirla. Atacaremos Puerto Belgrano. Tomada la decisión, los altos oficiales se pusieron a trabajar en el plan de asalto y al finalizar, Quinteiro y su segundo, regresaron inmediatamente a Pringles para alistar a sus tropas y reiniciar la marcha. Pocos minutos después, un AT-6 North American al mando del teniente Raúl Fitte despegó de la Base Comandante Espora en misión de observación. Eran las 06.30 de la mañana y los altos jefes rebeldes del comando revolucionario estaban plenamente convencidos de que las fuerzas leales se hallaban al menos a 30 kilómetros del perímetro defensivo y en permanente avance, por lo que era imperioso detectar sus posiciones. Fitte daba por hecho que a poco de despegar, recibiría disparos desde tierra pero, para su alivio, nada de eso ocurrió. El enemigo parecía haberse esfumado porque no 348


se lo veía por ninguna parte y eso fue lo que informó por radio a la torre. Seguido por otros cazas, continuó patrullando los alrededores hasta Tres Arroyos, Tornquist y Coronel Pringles, sin ninguna novedad, confirmando que los alrededores de las bases se hallaban despejados.

Tanques del Regimiento 2 de Caballería en Tornquist (Imagen: Isidoro Ruiz Moreno: La Revolución del 55, Tomo II) Se despacharon otros aviones más al sur y fueron ellos quienes detectaron indicios de que las fuerzas peronistas estaban colapsando. El primero, un North American que irradió un mensaje indicando que había camiones del Ejército abandonados en los alrededores de Carmen de Patagones (uno de ellos tenía enganchado un mortero), con signos de haber sido ametrallados y que, al parecer, el aeródromo de la histórica ciudad estaba vacío. Un segundo aparato informó que en inmediaciones de Sierra de la Ventana se hallaba abandonada una columna motorizada y otra atacada el día anterior en cercanías de Tornquist, se aprestaba a ingresar al poblado del mismo nombre, buscando protección. El aviador inclinó su aparato y ametralló en picada la unidad militar, provocando su inmediata dispersión y mientras disparaba vio otros vehículos abandonados o destruidos en rutas y caminos adyacentes. A las 07.20 el Comando Revolucionario del Sur recibió información de que un convoy integrado por una locomotora y ocho vagones-tanque había hecho su arribo a la estación de Río Colorado, procedente de Neuquén, con la misión de reabastecer de combustible a la Agrupación 5 de Montaña que se encontraba allí, prácticamente inmovilizada y que en esos momentos, transfería su cargamento. Se ordenó atacarlo de inmediato y hacia allí partió un PBY Catalina, que al llegar al objetivo, arrojó sus bombas con gran precisión.

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La formación fue alcanzada y sus tanques destruidos. Le siguieron otros ataques que entre las 07.30 y las 10.20 en los que se descargaron un total de 14 bombas y destruyeron más vagones, parte de la playa de maniobras, el edificio de la estación y cañones enemigos entre aquella y los lindes del pueblo, en dirección sur. El humo provocado por los incendios alcanzó a verse desde un radio de 180 kilómetros dentro del cual, se hallaba la base Espora. Para entonces, en Neuquén, el capitán Lino Montiel Forzano, hermano del bravo oficial que tan destacada actuación había tenido durante las acciones de Curuzú Cuatiá, se apoderó de los cuarteles de la Agrupación 5 de Montaña reduciendo, sin incidentes, a la reserva que allí había quedado al mando del coronel Luis Gómez Forgués. Se le plegaron poco después, el destacamento de policía local, el aeródromo, numerosos civiles y la emisora radial LU5, desde donde comenzó a difundir el pronunciamiento revolucionario hacia toda la región patagónica. Sin embargo, esa fuerza quedó inmovilizada y prácticamente aferrada a sus posiciones cuando el Destacamento de Exploración Blindado y el VI Batallón de Comunicaciones, manifestaron su adhesión al gobierno. De esa manera, las fuerzas rivales del sector se neutralizaron al inmovilizarse mutuamente. Notas1 El Regimiento 3 de Infantería Motorizado, del Regimiento 2 de Artillería, de la Escuela de Artillería Antiaérea, de los Regimientos 1 y 2 de Caballería, del Regimiento 3 de Artillería, de la Agrupación 5 de Montaña Neuquén, de los destacamentos blindados y del Destacamento de Comunicaciones.

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PROSIGUEN LAS ACCIONES A las misiones de ataque que tuvieron lugar a partir de las 06.40 del 19 de septiembre, le siguieron numerosos vuelos de observación cuyo principal objetivo era vigiladas a las posiciones enemigas y detectar a tiempo cualquier movimiento que violase lo acordado en la tregua. El primero de ellos decoló a las 12.00, para sobrevolar un amplio sector entre Villa María y Río Tercero intentando ubicar la columna de vehículos que transportaba las municiones para las tropas enemigas. Se trataba de un Fiat G-55 A Centauro que una hora después, estuvo de regreso, sin novedad. A las 12.35 y treinta y cinco hizo lo propio un Beechcraft AT-11, con instrucciones de explorar la región entre Córdoba y Deán Funes y a las 13.20 un DL-22 recorrió la ruta Córdoba-Villa Carlos Paz, observando movimiento de fuerzas al sur de Malagueño y las inmediaciones de Alta Gracia. El desplazamiento de la columna leal quebrantaba las reglas del “alto el fuego” impuestas por ambos bandos y daba pie a llevar a cabo acciones, razón por la cual, el Comando Revolucionario decidió atacar. El primero en despegar fue un DL-22 que a las 14.30 ametralló a efectivos y vehículos dispersos del Regimiento 13 de Infantería, sobre el camino de Alta Gracia. A las 14.55 un Beechcraft AT-11 bombardeó una columna perteneciente a la IV División, cuando transitaba desde Alta Gracia a Córdoba y a las 15.30 el mismo DL-22 que una hora antes había ametrallado al 13 de Infantería, efectuó reconocimiento sobre la zona de Villa Carlos Paz, Cosquín, La Falda y La Cumbre, sin novedades. En ese mismo momento, los aviones de transporte de Aerolíneas Argentinas al mando de Alfredo Barragán, aterrizaban en la Escuela de Aviación Militar trayendo a bordo a los efectivos de refuerzo del Ejército de Cuyo que tardíamente enviaba el general Lagos. A los DL-22 y AT-11 le siguieron los Gloster Meteor que tras consumir el kerosén que venían utilizando desde que se había agotado el combustible adecuado, operaban con nafta común, algo contraproducente desde el punto de vista técnico, según indicaciones impartidas por los instructores británicos que habían adiestrado a los pilotos argentinos entre 1947 y 1948 porque corroía y desgastaba sus conductos de inyección. Sin embargo, los aviones debían operar y no quedaba otra opción. Ruiz Moreno explica en su trabajo que la Agrupación Interceptora de Cazas revolucionaria, se hallaba integrada por el capitán Jorge Lisandro Suárez; los primeros tenientes Rogelio Balado, Hellmuth Conrado Weber y Alberto Herrero y el teniente Luis Alberto Morandini Oddone, pilotos de alta capacidad profesional que, al igual que sus compañeros del bando leal, combatieron con coraje a lo largo de todo el conflicto. Esos hombres dejarían en alto el honor de la Fuerza Aérea Argentina, como dignos precursores de aquellos camaradas que veintisiete años después, habrían de asombrar al mundo por sus hazañas en el Atlántico Sur. A las 13.30 los pilotos de la Agrupación se hallaban reunidos en la improvisada sala de mandos de la Fábrica Militar de Aviones, comentado alborozados las últimas novedades respecto al alejamiento de Perón cuando el capitán Suárez irrumpió repentinamente para comunicar que se había programado un nuevo el ataque. Los aviadores protestaron porque entendían que si había una tregua, debía ser respetada, pero el jefe de la escuadrilla insistió. -La columna no cumple o ignora la decisión y sigue avanzando. Debemos atacar. 351


Cumpliendo con la directiva, los aviadores se dirigieron a los hangares donde operarios y mecánicos preparaban los aviones y una vez allí, efectuaron el rutinario control ocular. Weber y Morandini treparon a sus cabinas, se ataron los cinturones y aguardaron la orden de partir. Minutos después, la torre de control comunicó al primero que tenía pista libre y este, con los tanques llenos, comenzó a rodar por la plataforma. Una vez en la cabecera, metió presión a las turbinas y tras una rápida carrera decoló y se elevó. Una vez en el aire la ubicación del enemigo. Weber puso rumbo hacia Alta Gracia y quince minutos después detectó una extensa columna de vehículos que abandonaba la ciudad. Después de informar la novedad por radio revisó su tablero, hizo control de armamento y se lanzó sobre ella, ametrallando sus unidades sin misericordia. “No pude apreciar si me contestaron porque era prácticamente imposible apreciar los resultados, pero veía a la gente tratando de guarecerse” comentaría años después1. Weber hizo una segunda pasada disparando sus cañones de 20 mm. y repitió la operación varias veces más hasta agotar la munición. De regreso en la Fábrica Militar de Aviones, aterrizó y se desplazó lentamente hasta ubicar su avión junto a las bombas de combustible contiguas al hangar. Los operarios engancharon las mangueras y procedieron a cargar sus tanques mientras el teniente Morandini terminaba de abastecerse y se preparaba para decolar. Sin embargo, una de sus turbinas presentó algunos inconvenientes y no arrancó. En esos momentos, Weber se hallaba en el interior de su cabina indicándole a Morandini donde se hallaba la columna enemiga y eso hacía cuando el capitán Suárez se les acercó. -Morandini, quédese. Salga usted otra vez, Weber, porque ya sabe donde está la columna. -¡No señor - protestó Morandini, ansioso por entrar en combate - Me toca salir a mí! -No. Sale Weber porque así no perdemos tiempo. La columna sigue avanzando y hay que atacarla enseguida2. Weber cerró su cabina, puso en marcha el motor y comenzó a rodar hacia la cabecera de la pista, donde se detuvo y pidió autorización a la torre para partir. Una vez concedida, dio máxima potencia y comenzó a carretear para elevarse gradualmente. Quince minutos después pasó sobre la formación enemiga ametrallándola varias veces. Agotada su munición, emprendió el regreso, dejando atrás numerosos vehículos dañados y varios efectivos muertos y heridos. En ese preciso momento se desplazaba hacia la pista el Gloster Meteor matrícula I079 del teniente Luis Alberto Morandini, quien al llegar a la cabecera, tomó velocidad y despegó sin inconvenientes. Una vez en el aire, el piloto estableció comunicación radial con su compañero para pedirle las posiciones del objetivo. -Weber, aquí Morandini. Cambio. -Aquí Weber, te escucho. Cambio. 352


-Solicito ubicación exacta de la columna enemiga. Cambio3. Weber le pasó las coordenadas e inmediatamente después emprendió el regreso. Morandini, por su parte, hizo un pronunciado viraje y puso rumbo sudoeste ignorando que ese iba a ser su último vuelo. Morandini pasó sobre las tropas de Morello ametrallándolas de un extremo a otro, del mismo modo que lo había hecho su compañero las dos veces anteriores. Efectuó a continuación una segunda pasada, y luego dos más hasta consumir totalmente la munición. Cuando retornaba a la Escuela de Aviación Militar, comunicó por radio que su misión había sido exitosa y que creía haber alcanzado a varias unidades de la columna enemiga, sin que se produjera respuesta antiaérea. Su regreso era observado desde la pista tanto por sus compañeros pilotos y por los mecánicos que allí operaban, quienes lo vieron aproximarse en línea recta, con el tren de aterrizaje bajo. Entonces llegó hasta la torre de control un angustioso mensaje de alerta. -¡Se me plantó una turbina! – escucharon los operadores a través de sus auriculares. La gente en tierra vio al Gloster de Morandini despedir una gruesa columna de humo y poco después, estallar en el aire para caer en las afueras de la Fábrica Militar de Aviones, elevando una gruesa columna de humo negro. Sus compañeros de la Agrupación echaron a correr presurosamente mientras maldecían y se tomaban la cabeza, presas de viva conmoción, pues intuían que el desenlace había sido fatal. Eran las 15.30 del 19 de septiembre. El recalentamiento y detención del motor derecho fueron las causas del accidente. Al engranar mal (desperfecto que le había impedido salir anteriormente), la bomba de combustible del Gloster soltó nafta y eso provocó la pérdida de sustentación, provocando su caída. De esa manera, el nombre del teniente Luis A. Morandini Oddone se sumó a la extensa lista de caídos en cumplimiento del deber. A las 16.00 despegó de la Escuela de Aviación Militar un Beechcraft AT-11 se lanzó sobre una concentración de vehículos, al sur de Malagueño. La aeronave llegó volando bajo y arrojó sus bombas mientras la artillería rebelde, desde tierra, intentaba repelerlo. Durante su incursión, el piloto y su acompañante notaron que las fuerzas leales estaban desplegando sus cañones antiaéreos, actitud que justificaba plenamente la ofensiva porque estaban violando las condiciones de la tregua. Una hora después, un segundo Beechcraft atravesó Malagueño, La Calera y Juárez Celman haciendo reconocimiento y a las 19.00 volvió a repetir la misión sobrevolando Río Segundo, Alta Gracia y los alrededores de la Escuela de Aviación Militar. Aquella sucesión de ataques movieron al general Morello a solicitar un urgente cese del fuego, cosa que Lonardi se apresuró a aceptar, dada la comprometida situación de sus fuerzas. A las 17.45, el máximo jefe de la revolución invitó a su adversario a una reunión en la Escuela de Aviación Militar, con la idea de entablar negociaciones pero aquel respondió que solo accedería si lo autorizaban desde Buenos Aires. Con el paso de las horas, comenzó a imperar una tensa calma que tuvo a todo el mundo en vilo y pendiente de las comunicaciones. Ningún jefe rebelde estaba plenamente convencido de la actitud de Perón y casi todos estaban convencidos que 353


se trataba de un ardid. Nadie olvidaba la amenaza de fusilar lanzada el 31 de agosto anterior, después de otro de sus “renunciamientos” y las bravatas de morir en combate que había lanzado en más de una ocasión. Una serie de falsos informes propalados desde la Capital Federal, fomentaron el sentimiento de desconfianza, llevando intranquilidad y confusión a las filas insurrectas. Uno de ellos daba cuenta de la llegada de un convoy de 15 vagones a la estación de Villa María (22.00 horas), para seguir viaje hasta Río Cuarto transportando 10 tanques, 9 semiorugas, 4 camiones, 1 batería antiaérea y 500 efectivos. También circuló la versión que desde Curuzú Cuatiá avanzaban tanques leales con destino a Zárate, razón por la cual, el Comando Naval advirtió al almirante Rojas que permaneciera en la Flota a efectos de no poner en riesgo su persona. De acuerdo a otro trascendido, la Confederación General del Trabajo, instigada por Perón, preparaba una gran manifestación y muchos de sus dirigentes se aprestaban a efectuar acciones de sabotaje para esa misma noche4. Donde imperaba cierta calma era en el teatro de operaciones de Bahía Blanca frente a cuyo cordón defensivo las diferentes unidades de combate leales habían detenido su avance. El Regimiento 3 de Infantería se hallaban en Coronel Pringles, los Regimientos 1 y 2 de Caballería en la estancia “La Ventana” de Ernesto Tornquist, el 1º Grupo del Regimiento 2 de Artillería en Sierra de la Ventana. Por otra parte, vivaqueaban también los Regimientos 13 de Caballería, 3 de Artillería, el Destacamento Blindado, los Destacamentos de Zapadores y Comunicaciones, la sección de Artillería de la Escuela Antiaérea en Tornquist, la Agrupación de Montaña Neuquén y el Regimiento 4 de Caballería en Río Colorado, hacia donde el capitán Arturo Rial envió un helicóptero a bordo del cual viajaba un oficial naval para solicitar la rendición al general Jorge Ramón Boucherie. Boucherie aceptó e inmediatamente después abordó un avión para viajar a Comandante Espora, a los efectos de formalizar la capitulación. Lo mismo hizo desde Tornquist el coronel Martín Barrantes, jefe de Estado Mayor de la II División, quien al momento de llegar anunció que el general Molinuevo también deponía las armas. De acuerdo a las instrucciones, Molinuevo debía presentarse en Espora junto al general Cáceres, comandante de la brigada integrada por el Regimiento 3 de Infantería y la división de tanques en Tornquist, donde se les pensaba hacer firmar la capitulación para enviarlos de regreso a sus bases naturales, con todo su armamento. Sin embargo, ninguno de los dos acató la orden ya que tenían la intención de seguir combatiendo. Mientras se desarrollaban estos acontecimientos, aviones navales efectuaban pasadas a baja altura con al intención de mantener inmovilizadas a las unidades de combate, mientras les arrojaban volantes con las instrucciones a seguir. Según las mismas, debían colocar las armas en un punto determinado y concentrarse en torno a grandes telas blancas que indicasen su actitud de rendirse. La retirada comenzó esa misma noche, con las columnas del ejército retornando a sus bases y el masivo pronunciamiento de todas las unidades que hasta ese momento se habían mantenido al margen. El que no acató la orden, como se dijo anteriormente, fue el Regimiento 3 de Infantería que por entonces vivaqueaba en las afueras de Pringles. Varios años después, el coronel Arrechea recordaría esos momentos 354


reviviendo la indignación que cundió entre las tropas cuando la oficialidad supo que el ataque a Puerto Belgrano se suspendía. Hubo manifestaciones de tremenda cólera y arrebato que por momentos se hicieron incontenibles ya que eran muchos los que ansiaban llegar a la base y no dejar de ella “piedra sobre piedra”, vengando de ese modo los ataques sufridos los días anteriores. Había gente indignada, que en algunos casos, lloraba de impotencia y otra que amenazaba con no acatar las órdenes. Fue en ese momento que el capitán Giménez, jefe del destacamento blindado estacionado en Tornquist, dispuso desobedecer las directivas del vencedor y resistir, y por esa razón manifestó en una reunión con sus principales colaboradores que no pensaba deponer las armas. Y mientras las tropas de Caballería procedían a evacuar la población, él, al frente de seis tanques, se dirigió hacia el norte para introducir sus tanques en una zona boscosa. Al tomar conocimiento de la novedad, el Comando Naval Revolucionario decidió llevar a cabo un ataque sobre aquellas unidades. Mientras tanto, en el Río de la Plata, la Armada también efectuaba movimientos. Como se ha dicho, en horas del mediodía, el crucero “17 de Octubre” se aproximó a “La Argentina”, para transferir al contralmirante Rojas. Como narra Ruiz Moreno, el traspaso se hizo de acuerdo al ceremonial de rigor, con la plana mayor formada en cubierta. Desde la Central de Informaciones del “17 de Octubre”, el teniente de corbeta Ramón Arosa montaba guardia permanente en prevención de un ataque aéreo. Cuando el alto jefe naval saludaba a los oficiales cubierta, un eco en su pantalla radar indicó que se aproximaba un avión no identificado.

El almirante Rojas transfiere su insignia al "17 de Octubre" (Imagen: Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Tomo II) Tal como se había hecho tantas veces durante los entrenamientos, el personal corrió a sus puestos, dejando a Rojas prácticamente solo en cubierta. El avión no apareció 355


aunque es posible que haya pasado cerca porque en aquellos días, los aparatos de radar no tenían el alcance de los actuales y las detecciones se hacían casi encima del blanco. En Córdoba, mientras tanto, las fuerzas del general Iñiguez efectuaban su repliegue por la ruta a Santa Fe, en cumplimiento de las directivas impartidas por el general José María Sosa Molina que, todavía seguía sin comprender las causas de lo que estaba aconteciendo. Tanto sus fuerzas como las de Iñiguez acordaron encontrarse en Río Primero, localidad en la que el Regimiento 12 de Infantería acampó horas después, durante la noche del 19 al 20 de septiembre sin que ninguno de los dos supiera con certeza que ocurría en Buenos Aires, si la lucha proseguía, si Lucero se hallaba al mando y si Perón era todavía presidente. Cuando ambos se encontraron, a la vera del Río Primero, Iñiguez, el más resuelto de los oficiales leales, le dijo a su superior que él se hallaba en Córdoba para cumplir una orden del Comando en Jefe y que pensaba obedecerla. Sosa Molina sintió orgullo al escuchar esas palabras dado que por entonces, los generales Moschini y Morello habían recibido con alivio la noticia del cese de las hostilidades y poco habían hecho para contrarrestar la acción del enemigo. -¡Claro! - manifestó Sosa Molina reconfortado - ¡Somos leales al Gobierno! La última acción de guerra de aquel día se llevó a cabo a las 22.00 horas, cuando el alto mando revolucionario confirmó que, una vez más, fuerzas leales al sur de Malagueño efectuaban desplazamientos que violaban el alto el fuego. Desde la Escuela de Aviación Militar se despacharon dos Beechcraft AT-11 con órdenes de confirmar la versión y atacar el objetivo. El primero sobrevoló el sector arrojando bengalas para iluminar un amplio radio de terreno, en medio de la vastedad nocturna de la pampa y el segundo, piloteado por el teniente Raúl Barcalá, llegó inmediatamente después, para arrojar sus bombas con precisión y emprender la retirada. Las explosiones iluminaron la llanura en uno de los primeros raids nocturnos de la historia aeronáutica argentina y dejaron en claro que las fuerzas rebeldes estaban decididas a todo. De “El diario de un Cadete” publicado por la revista “Cielo”, extraemos el siguiente relato que nos brinda una idea de lo que fue aquella nueva jornada de combate. “19 de septiembre (lunes): Por finalmente amanece. Es el momento propicio para cualquier ataque, pues puede ser la culminación del trabajo de aproximación realizado durante la noche. El jefe de sección así lo comprende y ordena que todo el mundo tenga bien abiertos los ojos y bien atento el oído. Sin embargo las primeras luces no revelan nada importante…solamente el campo pelado y áspero. “Sobre el costado derecho de nuestro frente se encuentra la tropa aerotransportada y es en aquella dirección donde veo dirigirse la estela que dejan las luminosas perforantes de las 12,70. Es el primer signo de violencia que veo del enemigo. Poco después, sin embargo, nos sorprenden unas explosiones y unas columnas de humo que se elevan a nuestra espalda…luego nos enteramos que un Avro Lincoln bombardeó desde muy alto las pistas del I.A.M.E. Los daños no fueron muy grandes. Me sorprende ver que a pesar de que las bombas cayeron a menos de 800 m. a espaldas nuestras el hecho no me produjo ninguna inquietud. “No pasan 10 minutos sin que aparezca otro Avro, esta vez volando bien bajo, el cual deja caer toda su carga, que vemos dirigirse claramente hacia el I.A.M.E. Enseguida 356


vimos decolar los Glosters y poco después nos enteramos que los Avro habían sido averiados. “El movimiento aéreo es muy intenso y todo ‘Avro’ que aparece, obliga a la cubierta completa. “El día pasó así bastante entretenido. Se descansa y se come bien, otra cosa no se puede pedir, salvo que termine todo esto lo más pronto posible…No puedo dejar un instante de pensar en los míos y en Ella. “En la inactividad de la siesta, pedimos permiso con el ‘Tano’ para ir a probar las armas. Con ese objeto nos adelantamos unos 1500 m. hasta una estancia abandonada donde no encontramos más que agua y unos tarros de leche ya ácida. Fue una suerte que se nos ocurriera probar las armas, pues pude comprobar que mi PAM no andaba…seguro que a causa de la suciedad del cargador. Más tarde tendré que limpiarlo. “Mientras regresábamos, vimos caer uno de nuestros Glosters…Se le había incendiado una de las turbinas y en un violento tirabuzón fue a estrellarse en dirección del Barrio Las Flores. “No sé porqué, pero tuve el presentimientote que era Morandini el que piloteaba… desgraciadamente la noticia conformó mi pálpito. ¡Pobre Felipe! (sic)…¡siento muy de veras que te haya tocado a vos! “También me enteré que el cuerpo no salió tan ileso como yo creía de la refriega…Mataron al cadete Chávez de la C. P., parece que en Pajas Blancas. No se conoce el paradero del ‘Chueco’, del ‘Zorrino’, del Sub. Cad. A….y al Sub. Cad. R…lo hirieron en el brazo”5. Aquel 19 de septiembre tuvo lugar uno de los hechos más aberrantes de aquella contienda. Después de ser alcanzado por fuego antiaéreo, el avión del capitán Estivariz se estrelló contra un galpón ubicado en pleno campo, cerca de Saavedra, destrozando en su caída una trilladora y un tractor. Cuando los efectivos leales se aproximaron para observar, acompañados por varios pobladores, se encontraron con la aeronave todavía ardiendo y los cadáveres de sus tres tripulantes en el interior. Los soldados extrajeron los cuerpos de entre los hierros retorcidos y los tendieron sobre la hierba, cubriéndolos con unas mantas que les acercó una mujer que vivía en las inmediaciones. Inmediatamente después llegó un tanque y de él bajaron algunos de sus tripulantes para quitar las sábanas y observar los cuerpos. Espeluznada, la mujer vio como los soldados ametrallaban con sus PAM los cadáveres semicalcinados, sin ningún tipo de misericordia, descargando mucho odio y rencor. Cuando se retiraron se acercó a los restos, volvió a cubrirlos y todavía conmovida, rezó una plegaria. Tales eran el odio y la sed de desquite de los efectivos del 3 de Infantería y los sentimientos de encono que había generado la lucha. Notas 1 Isidoro Ruiz Moreno, op. cit, Tomo II, p. 318. 2 Ídem. 3 Ídem. 4 Al día siguiente, 20 de septiembre, se habló de otro tren con destino a Río Cuarto. 5 “Del diario de un cadete”, Revista “Cielo”, Bs. As.

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EL REGIMEN TAMBALEA

Tensa reunión a bordo de "La Argentina". Los generales Forcher, Manni y Sampayo escuchan las condiciones de los vencedores que lee el capitán Tarelli. El almirante Rojas y el general Uranga se mantienen en silencio a la derecha al igual que el auditor Sacheri, de pie a la izquierda (Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Tomo II) En la noche del 19 al 20 de septiembre, los regimientos leales, salvo el 3 de Infantería y la sección del capitán Giménez, iniciaron la retirada en dirección a sus bases naturales. Al día siguiente, la recientemente constituida junta militar que se había hecho cargo del gobierno provisoriamente, designó a los generales Angel J. Manni, Emilio Forcher, Oscar R. Saccheri y José C. Sampayo para concurrir a la entrevista programada con el contralmirante Rojas, que además de la propia, investía la representación del general Lonardi. Los altos oficiales se trasladaron a Río Santiago para abordar una nave que los condujo hasta el crucero “La Argentina”, donde debía concretarse la reunión. Sin embargo, el temporal que se desató sobre Buenos Aires y La Plata, se los impidió y por esa razón, debieron esperar. Unas horas antes, se le había ofrecido a Lonardi un avión naval para trasladarlo desde Córdoba hasta La Plata para que pudiese asistir al encuentro pero aquel, comprendiendo la gravedad de la situación, manifestó que no iba a abandonar su puesto de mando, y por esa razón facultó a Rojas para intimar al todavía presidente de la Nación a que presentase inmediatamente renuncia al cargo. Similar ofrecimiento recibió el contralmirante del general Lagos cuando se propuso su traslado a Mendoza para asumir el gobierno de la región cuyana. -Jamás abandonaré a mis camaradas en Córdoba, aunque en ello vaya mi vida.

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Lagos se había trasladado hacia Córdoba a bordo de un avión para encontrarse con Lonardi y una vez allí le preguntó a su par sobre la situación en Santa Fe y Paraná, donde el general Bengoa debió sublevar a la tropa. La respuesta que recibió dejó en claro que el ambiguo general era un individuo poco fiable e indeciso. -Usted sabe que el general Bengoa tenía la misión de sublevar esas tropas. No ha ocurrido; ignoro la causa. Esas tropas son las que me están atacando en estos momentos. Poco después, Lagos regresó a Cuyo en el mismo avión que lo había traído. Lonardi lo acompañó hasta la escalerilla y antes de que aquel lo abordara, le manifestó que el panorama con respecto a sus fuerzas era sombrío y que en caso de perecer en combate, él (Lagos) debía constituir en Mendoza un gobierno provisional para luchar hasta morir. Lagos no contestó. Su ánimo quedó reflejado en la manifestación que le hizo a Bonifacio del Carril, ya de regreso en Mendoza y que Ruiz Moreno reproduce en su libro: -A vos te tengo que decir la verdad: Lonardi está perdido; me dijo que no tiene ninguna esperanza. Cuando se reanude el ataque será inmediatamente derrotado. Yo también lo estoy. No tengo ni tendré tropas para enfrentar un ataque cuando Perón nos mande 4, 5 o 10.000 hombres a pelear contra los 1000 que tenemos1. Lagos dispuso concentrar sus efectivos en Mendoza y abandonar San Luis a su suerte. Poco después, le ordenó al teniente coronel Merediz que procediese a volar los puentes de acceso a la ciudad, tanto carreteros como ferroviarios, con el fin de dificultar el avance de las tropas gubernistas. Inmediatamente después le indicó al teniente coronel Cabello que se adelantara hasta Río Cuarto y por último, convocó a la población civil para equiparla con el armamento secuestrado a la CGT, y organizó pelotones de defensa con los que pensaba reforzar sus posiciones. Pasado el medio día un comunicado oficial dio cuenta de que la junta de generales había aceptado la renuncia de Perón y que asumía provisoriamente el gobierno. Las idas y vueltas que tuvieron lugar a partir del anuncio de la renuncia están magníficamente relatados en los libros “La Revolución del 55”, de Isidoro Ruiz Moreno, “Puerto Belgrano y la Revolución Libertadora” del contralmirante Jorge E. Perren, “Dios es Justo” de Luis Ernesto Lonardi y “Mi padre y la Revolución del 55” de Marta Lonardi, por lo que pasaremos a relatar lo que aconteció en la conferencia entre los cabecillas del alzamiento y los generales de la Junta Militar encargada de llevar adelante las tratativas tendientes a encontrar una solución a la crisis. Esa mañana (martes 20 de septiembre), el almirante Rojas y el general Uranga redactaron en el camarote del primero, a bordo del “17 de Octubre”, el borrador de las condiciones que se le iban a imponer a la junta de militares. Las mismas consistían en:

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La inmediata renuncia de Perón, su vicepresidente y todos los miembros de su gobierno. La designación del general Lonardi como presidente de la República el 21 de septiembre a las 17 horas. El presidente de la Junta Militar debería concurrir al aeroparque de la ciudad de Buenos Aires a las 16.30 para recibir al general Lonardi procedente de Córdoba. Se debería poner a disposición del Poder Ejecutivo a los generales Juan Domingo Perón, Franklin Lucero y Benito Jáuregui; a los coroneles Ernesto D’Onofrio y Juan de la Huerta (RA), a los mayores Carlos Aloé (RA), Ignacio Cialcetta y Alfredo Máximo 359


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Renner, al comisario Miguel Gamboa y al dirigente Hugo Di Pietro, quienes serían puestos a disposición de la justicia, previa detención y custodia en el crucero “17 de Octubre”. Se debería emitir, de manera inmediata, la orden de retorno a sus guarniciones de paz a todas las unidades de combate leales al depuesto régimen con excepción de aquellas que tuvieran asiento en la ciudad de Buenos Aires, las cuales deberían evacuar la capital a más tardar a las 12.00 del día 21. Se debía enviar a la aviación leal al depuesto régimen hacia la base naval Comandante Espora, donde quedaría subordinada al gobierno revolucionario. El nuevo gobierno decidiría y asumiría la responsabilidad por la permanencia en el país de todas las autoridades nacionales, provinciales y municipales, con excepción de las comprendidas en el punto Nº 4. A las 11.00 de la mañana de ese día se presentó a bordo de “La Argentina” un “convidado de piedra”, el general Justo León Bengoa, manifestando su deseo de pasar inmediatamente al “17 de Octubre”. Rojas envió en su busca al rastreador “Robinson”, que lo condujo hasta la nave insignia, donde fue recibido con el protocolo correspondiente.

Sin embargo, cuando manifestó su deseo de participar en las conversaciones con los representantes de la Junta Militar, se rechazó su pedido, dado que no había participado en la lucha y por consiguiente, no tenía derecho a ocupar un lugar allí. Otro que también expresó su deseo de tomar parte de las negociaciones fue el general Aramburu, que en esos momentos se hallaba al frente de las guarniciones rebeldes de los tres regimientos del litoral, incluyendo a Curuzú Cuatiá, pero se le indicó permanecer en el lugar por ignorarse la verdadera situación que imperaba en aquel sector. A las 17.30 del 20 de septiembre los delegados de la Junta Militar, teniente general Emilio Forcher, generales de división José C. Sampayo y Angel J. Manni y el general de brigada auditor, Oscar R. Saccheri, llegaron al “17 de Octubre” a bordo del rastreador “Robinson” comandado por el capitán de fragata Cristian Ricardo Beláustegui. Habían abordado la nave en Río Santiago, a las 14.00, pero la tormenta anteriormente mencionada les había impedido llegar antes. El Río de la Plata estaba sumamente agitado a esa hora, por lo que, una vez junto al crucero, el rastreador no pudo amarrar, razón por la cual se decidió su traspaso a través de una guindola extendida de barco a barco, sobre las embravecidas aguas del estuario. Los representantes de la Junta fueron recibidos por una guardia de honor formada en cubierta, encabezada por el capitán de navío Carlos Bruzzone, todo ello de acuerdo al reglamento. El almirante Rojas y el general Uranga aguardaban en la cámara del comandante, serenos y seguros de su situación. Los generales echaron a andar pero a los pocos pasos, todavía en cubierta, fueron interceptados por el capitán Sánchez Sañudo, quien les recriminó duramente haber sostenido hasta las últimas horas al gobierno de Perón. Por el contrario, el almirante Rojas los recibió con cordialidad y buenas maneras y tras los saludos de rigor, los invitó a tomar asiento. Junto a Rojas, a la izquierda, se sentó el general Uranga con Saccheri, Sampayo y Manni enfrente y Forcher a la derecha. Estuvieron presentes los capitanes de navío Agustín P. Lariño, Abel R. Fernández, Mario Robbio Pacheco, Carlos M. Bourel y Luis 360


Miguel García, actuando como secretario el capitán de fragata Alberto Tarelli. Lo primero que hicieron los delegados gubernamentales fue preguntar con quien estaban tratando; se les respondió que lo hacían con los representantes del jefe de la revolución, general Eduardo Lonardi y a continuación se procedió a dar lectura a las exigencias que imponía el alto mando revolucionario. Tras detenido análisis, se pasó a debatir cada uno de los puntos, resultando de suma dificultas aquellos que trataban sobre la constitución de un nuevo gobierno, puesto que la Junta Militar aspiraba a tomar las riendas del poder y lo que estipulaba el artículo Nº 4 respecto a las personas que los jefes revolucionarios querían detener, en especial el general Perón, tornaba extremadamente dificultosas las negociaciones. Se acordó tachar la cláusula que exigía la presencia del primer mandatario a bordo del crucero porque intuyendo el almirante Rojas que a esa altura debía haberse refugiado en alguna embajada (los delegados manifestaron ignorar su paradero), era dilatar las tratativas inútilmente.

Después de dos horas de conversaciones, se hizo un alto para deliberar por separado. Durante el mismo, un oficial de a bordo se aproximó al almirante Rojas y casi al oído le comunicó que se tenían noticias de que Perón se había refugiado en una cañonera paraguaya que en esos momentos se alistaba en el puerto de Buenos Aires para zarpar2 y que pensaba abandonar el país. Rojas, sin dudarlo, ordenó que el rastreador “Granville” procediera a interceptarla y de ser necesario hundir al buque extranjero y en eso se hallaba ocupado cuando sonó la alarma de a bordo tocando a zafarrancho de combate. El personal corrió a ocupar sus puestos en espera de un ataque pero al poco tiempo se supo que un barco griego que no alcanzó a divisar a las naves de guerra (tenían sus luces apagadas), había ingresado en el área de bloqueo. Algunos minutos después se reanudaron las conversaciones, lográndose acuerdos en varios puntos, los más importantes: 1 2 3 4 5

El retorno de los regimientos leales a sus guarniciones de paz. El envío de todos los aviones de combate a la Base Aeronaval Comandante Espora. La evacuación de la Capital Federal por las tropas que tenían su asiento en ella. El envío de estas condiciones a la Junta Militar, para que respondiese al Comando de las Fuerzas Armadas Revolucionarias antes de las 12.00 del 21 de septiembre. Si para entonces el “17 de Octubre” no recibía ninguna comunicación, las partes quedaban en libertad de acción para reiniciar las hostilidades. Se trataba, ni más ni menos, que de un ultimátum por medio del cual las fuerzas vencedoras exigían al gobierno su rendición incondicional. Finalizada la reunión, el almirante Rojas invitó a los oficiales gubernamentales a permanecer a bordo para cenar, ofreciendo al de mayor antigüedad, el general Manni, presidir la mesa. Los delegados de la Junta abandonaron el “17 de Octubre” a las 22.00 y llegaron a Río Santiago a las 24.00, donde abordaron dos automóviles que los llevaron de regreso a Buenos Aires, fuertemente custodiados, a los efectos de informar a sus superiores los resultados de la reunión. Minutos antes, el edificio de la Alianza Libertadora Nacionalista había sido bombardeado 361


Al día siguiente, mientras la Junta Militar se resquebrajaba con la renuncia varios de sus integrantes, el alto mando revolucionario, encabezado por el contralmirante Rojas, decidió cambiar el nombre del “17 de Octubre” por el de “General Belgrano”, con el que pasaría a la gloria en 1982, durante la guerra del Atlántico Sur. La iniciativa fue saludada con beneplácito tanto por la oficialidad como por la población en general3 ya que para buena parte de la población, esa denominación era tendenciosa y partidista y no se ajustaba al sentir nacional. “Considerando que el crucero ‘17 de Octubre’ lleva el nombre de un acontecimiento demasiado reciente para denominar una unidad de la Marina de Guerra, resulta imperioso proceder a designarla inspirándose en los héroes de la República. Sin intentar menoscabar a los compatriotas que intervinieron en aquella jornada, entendemos que sus anhelos políticos requieren la consagración de la historia, para quedar definitivamente incorporados a nuestras tradiciones nacionales, debiendo inspirarnos en esta hora, en nuestro glorioso símbolo, la Bandera mancillada el 11 de junio, con bastardos fines; y aprovechando estas circunstancias para realizar el más solemne desagravio, este Comando en Jefe, resuelve: 1º Designar ‘General Belgrano’ al crucero ex ’17 de Octubre’; 2º La designación elegida servirá para honrar al creador de la Bandera Nacional y al mismo tiempo como desagravio al ultraje que esta recibiera. Firmado: Isaac F. Rojas, Contralmirante, Comandante en Jefe de la Marina de Guerra en Operaciones”. Lo que seguía siendo un misterio a esa altura, era el paradero exacto de Perón.

Notas 1 Isidoro Ruiz Moreno, op. Cit, Tomo II, pp. 333-334. 2 En un primer momento se supuso que se trataba de la “Humaitá”, pero luego se supo que era la “Paraguay”. 3 “17 de Octubre” era un nombre complejo que según el parecer de del comando revolucionario, identificaba a un régimen al que se había combatido por corrupto y prepotente.

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EL QUINTO DIA DE LUCHA

El 20 de septiembre de 1955, también hubo acciones de guerra. Ese día, a las 02.00 horas partió de la Escuela de Aviación Militar un Beechcraft AT-11 para lanzar bengalas y efectuar observaciones sobre los caminos de acceso al sur de las posiciones rebeldes. Cuatro horas y media después le siguió un Fiat que patrulló el mismo sector hasta Deán Funes y a las 08.30 otro AT-11 detectó el repliegue de tropas en dirección a Alta Córdoba. A las 09.00 la aviación exploró los caminos de acceso a la Escuela, desde Río Tercero a Los Cóndores; quince minutos después otro avión sobrevoló las tropas que llegaban a Alta Gracia y les arrojó volantes recorriendo, posteriormente, un radio de 15 kilómetros en el sector 90º - 180º. A las 10.00 otro Fiat sobrevoló el sector comprendido entre la Escuela de Aviación Militar y Villa María y una hora después, una cuarta aeronave, se iguales características, exploró los caminos de Villa María y San Francisco observando dos columnas de vehículos militares y civiles detenidas en Río Primero1 así como también, tropas marchando a campo abierto en dirección este, muy cerca de Santiago Temple. Cuando el avión regresaba a su base, alcanzó a detectar cinco cañones en las inmediaciones por lo que, quince minutos después, se hizo exploración aérea entre la Escuela, Ascochinga y Malagueño. La presencia de tantas tropas en los alrededores de la Escuela de Aviación Militar y la capital provincial, más el hecho de que aún no se hallaba definida la situación respecto a la renuncia de Perón, llevaron al general Lonardi a adoptar la siguiente decisión: temiendo el reagrupamiento de las fuerzas enemigas y no teniendo la certeza de que el total de las mismas había depuesto las armas, decidió bombardear el aeródromo de Las Higueras, en Río Cuarto, por constituir la posesión extremadamente peligrosa dentro del área. A tal efecto, fue alistado un Beechcraft AT-11 que cerca de las 10.00 despegó de la guarnición y voló hasta el objetivo descargando sus bombas sobre las instalaciones de la etación. La aeronave regresó veinte minutos después sin haber sufrido daños porque el ataque no fue repelido. Las misiones de exploración se detuvieron hasta las 15.00, cuando un nuevo Fiat G-55 A efectuó reconocimiento entre las posiciones revolucionarias y Las Varillas sin detectar anormalidades. Era evidente que la incursión sobre Las Higueras, había surtido su efecto. Donde las cosas se tornaron tensas fue en el teatro de operaciones de Bahía Blanca.

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Según refiere Ruiz Moreno, el Regimiento 3 de Infantería se encontraba en Pringles y los seis tanques de su sección blindada sustraídos por el capitán Giménez el día anterior, muy cerca de allí, en la localidad de Tornquist, donde su comandante mantenía la preocupante actitud de no acatar la tregua. Por ese motivo, en las primeras horas del día, el alto mando revolucionario decidió atacar las posiciones por entender que representaban el único peligro aún latente en el escenario sur. Desde Comandante Espora decolaron con destino a Tornquist tres bombarderos Catalina provistos de bombas de 220 kilogramos seguidos por un Avro Lincoln al comando del jefe de la escuadrilla, capitán Ricardo Rossi, quienes tenían por misión contrarrestar esa amenaza. La formación voló durante veinte minutos hasta alcanzar el blanco pero cuando se disponía a atacar recibió la notificación de que los tanques se rendían incondicionalmente y por esa razón, se le ordenó desde la torre de control permanecer en la zona, hasta que la situación se aclarase. Los tanques se habían posicionado en las afueras de la población, a la vista del enemigo y sus tripulaciones, siguiendo las instrucciones impartidas por el comando revolucionario, extendieron sobre la hierba un enorme paño blanco en señal de capitulación. La “patriada” del capitán Giménez había finalizado sin un solo disparo. Desde Espora fue despachado un DC-3 a bordo del cual viajaba un grupo de infantes de Marina al mando de tres oficiales, quienes debían hacerse cargo de los tanques sus armas y municiones. La aeronave tardó menos de media hora en cubrir el espacio que la separaba de Tornquist. Aterrizó sobre la ruta 33 y de ella saltó a tierra la sección que debía encargarse cargo de los blindados, encabezada por tres oficiales, y una hora después se puso en marcha hacia Bahía Blanca, donde ingresaron pasadas las 16.00, desplazándose por la ciudad con los vehículos capturados como “trofeo de guerra”2. Ese mismo día, minutos antes de que los blindados capitulasen, los mandos navales del área sur recibieron un llamado desde Saavedra, que los llenó de espanto. Comandos civiles revolucionarios que acababan de tomar la estación ferroviaria y la comisaría local, habían encontrado en el interior de un galpón, los restos calcinados del Grumman de Estivariz junto a los cuerpos de sus tres tripulantes con claras evidencias de que habían sido acribillados a balazos. Se supo también que la noche del 18 de septiembre, Carlos Mey se se había apersonado en el puesto de mando de las fuerzas que ocupaban Saavedra para solicitar autorización de retirar los cadáveres de los aviadores muertos y darles cristiana sepultura. No solamente que se la negaron sino que, además, lo conminaron a permanecer en su hogar y no moverse de ahí hasta nueva orden. El distinguido vecino había vuelto a su casa abatido, angustiado al pensar en aquellos tres cuerpos calcinados, tendidos en pleno campo bajo las estrellas, a merced de la noche, las alimañas y las inclemencias del tiempo. Por esa razón, al la mañana siguiente, haciendo caso omiso de la directiva castrense, se dirigió al lugar acompañado por su esposa y el cura párroco de la localidad, para cubrirlos con una manta3. Perren y Rial se comunicaron entre sí para tratar el asunto y sin más pérdida de tiempo decidieron el envío de un helicóptero para recoger y trasladar los cuerpos hacia 364


la base aeronaval. Fueron seleccionados para esa misión los tenientes Juan María Vasallo y Raúl Fitte, quienes partieron de Comandante Espora alrededor de las 10.00. La aeronave se posó en las afueras de Saavedra, a los pies de la Sierra de la Ventana y en lo que fue un penoso procedimiento, los restos de los tres aviadores fueron cargados e introducidos en su interior, siempre cubiertos por sábanas. Tal era la indignación imperante en esos momentos que el capitán Justiniano Martínez Achával agredió a un oficial prisionero alojado en las cercanías.

El galpón donde quedaron los restos del Grumman J2F-5 y los cuerpos semicalcinados de Estivariz, Irigoin y Rodríguez, presentaba este aspecto en 1993 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar. ) Los cuerpos de Estivariz, Irigoin y Rodríguez llegaron a Espora alrededor de las 12.20 horas. El helicóptero conducido por Vasallo y Fitte, se posó suavemente en la pista e inmediatamente después, una ambulancia se aproximó a él. “…todo el personal de la Base Espora esperaba, en un silencio impresionante, los restos de los camaradas caídos, nuestras únicas bajas, en la lucha que parecía estar llegando a su fin. La proximidad de la victoria no reducía el dolor por la pérdida de esas vidas. Nuestros amigos habían muerto durante un ataque que llevaron a cabo con clara conciencia del alto riesgo que implicaba. Pues antes de decolar, el Capitán Estivariz había comentado que los ataques anteriores habían sido poco efectivos, por realizarse desde una altura excesiva y que él conduciría su escuadrilla en vuelo rasante. Con un gesto descartó las objeciones que se le hicieron, basadas en la vejez de sus aviones y en sus características, propias de aviones de observación, que los harían presa fácil del fuego antiaéreo de los tanques. Sereno, reflexivo, de conocida inteligencia y capacidad profesional, jefe de la escuadrilla de Grumman desde hacía tiempo, el Capitán Estivariz conocía tanto como el mejor los riesgos a que se exponía 365


atacando en vuelo rasante, y por ello su decisión fue un alto ejemplo de valor y abnegación”, refiere el contralmirante Perren en su obra4. Ese día se produjeron serios incidentes en la ciudad de Rosario, al chocar manifestantes justicialistas con la policía, y si bien hubo destrozos, agresiones y corridas, afortunadamente, no hubo que lamentar víctimas. Sí las hubo en Mendoza cuando pasadas las 13.00 se generaron una serie de disturbios que llevaron intranquilidad a los altos mandos de la revolución. En la oportunidad, el jefe de Policía local se alzó contra las fuerzas sediciosas a las que había apoyado el día 18, intentando copar la Comisaría 1a. El alzamiento fue sofocado rápidamente y su jefe encarcelado junto a sus hombres y unos pocos militantes que se les habían sumado. Sin embargo, lo más grave ocurrió en esa misma ciudad cuando una columna de civiles armados, casi todos integrantes de las centrales obreras y unidades básicas justicialistas, atacaron un puesto militar en apoyo a la acción policial. En el tiroteo que tuvo lugar durante el asalto, cayeron muertos varios y otros resultaron heridos, en tanto el resto se dio a la fuga presurosamente. Donde también se registraron enfrentamientos fue en la ciudad de Mar del Plata. El mismo día en que se produjo el bombardeo naval, grupos de civiles antiperonistas comenzaron a reunirse en el centro de la urbe para manifestar su apoyo al alzamiento militar. Hombres y mujeres de diferentes edades y estratos se dieron cita encalles y esquinas de la zona céntrica, para marchar bajo la lluvia en dirección al puerto, enarbolando banderas y luciendo escarapelas, aún cuando en aquel sector se combatía intensamente. El grupo principal se concentró cerca de las 11.00, en proximidades de la Av. Independencia y la costanera, hasta totalizar unas 200 personas que iniciaron una procesión a la que se sumaron varios automovilistas, entremezclando sus cánticos y bocinas con el intercambio de disparos entre la Escuela Antiaérea y los buques de la Armada. Inmediatamente después, se registraron las primeras acciones violentas cuando partidarios del gobierno armados, ganaron las calles para agredir a los manifestantes. Estos últimos, sin quedarse atrás, se abalanzaron sobre cuando local partidario, oficina o representación sindical cruzaron en su camino, con la intención de destruirla. Cerca de las 11.00, una treintena de agentes policiales tomaron posiciones a escasos metros de la Seccional 1ª, en la esquina de Rivadavia y se apoderaron de la dependencia que estaba pronta a ser ocupada por efectivos de la Marina. Sin embargo, al ver a numerosos manifestantes concentrándose en el frente, tomaron armas y pertenencias y abandonaron la abandonaron en el más completo desorden, perseguidos por algunas personas. Cuando la muchedumbre supo que en el interior permanecían detenidos varios presos políticos, entre ellos el Dr. Giordano Etchegoyen, rompió puertas y ventanas y provista de palos y barras de hierro ingresó en la guardia para liberarlos. Los más exaltados arrojaron al piso los cuadros de Perón y Evita que colgaban de las paredes y los hicieron pedazos mientras que otro grupo arrojaba a la calle papeles y carpetas con los prontuarios e iniciaban con ellos una gran fogata.

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En tanto esto ocurría en la central de policía, otros grupos recorrían la ciudad en pos de venganza. Uno de ellos tomó por asalto la sede de la CGT para arrojar su mobiliario por las ventanas y hacer con ellos otra hoguera, lo mismo en el Centro de Empleados de Comercio y las principales unidades básicas de la ciudad. También marcharon a las redacciones de los diarios “La Mañana” y “El Trabajo”, apedreando el frente del primero y vivando la acción opositora del segundo. En las primeras horas del martes 20 de septiembre, cuando todavía era de noche, se produjo un violento tiroteo en las inmediaciones del Palacio Municipal entre milicianos armados que se desplazaban a bordo de camiones y patrullas navales que recorrían la ciudad. Promediando la tarde, un considerable número de personas se dirigió al edificio del Sindicato Gastronómico, para tomarlo por asalto y cometer destrozos. La multitud ingresó forzando las puertas e inmediatamente después arrancó placas alusivas, destruyó cuadros e imágenes e hizo pedazos el mobiliario cuyos restos arrojó a la calle desde los balcones junto con los libros de contabilidad, biblioratos y toda la documentación de la representación gremial, para hacer con todo ello una gran fogata. Durante el asalto a la sede, uno de sus defensores disparó sobre la turba hiriendo de gravedad a uno de los manifestantes que encabezaba la columna y a punto estuvo de ser linchado. Otro grupo tomó por la tradicional Av. Independencia, cuyo nombre había sido cambiado por el de Eva Perón, y desclavó todas las placas en las que se leía el nombre de la fallecida esposa del mandatario destrozando, además, los relojes florales que señalaban la hora de su deceso en las plazas. Mientras tanto, frente a la Municipalidad, numerosas personas aguardaban la llegada de los representantes del Comando Revolucionario, para hacerse cargo de la ciudad. Cerca de las 14.00, un importante grupo de militantes peronistas destrozó las vidrieras de Casa López, la principal armería de Mar del Plata, ubicada sobre la calle San Martín y se apoderó de todas las armas que allí había, dispersándose enseguida en diferentes direcciones. Poco después, esos activistas se enfrentaron con patrullas navales que recorrían las calles de la ciudad, generando violentos enfrentamientos en diferentes puntos de la zona céntrica. Mientras tenían lugar esos hechos, manifestantes antiperonistas saquearon la residencia del general Franklin Lucero e incendiaron la imponente residencia del dirigente industrial Jorge Antonio, ubicada en la intersección de las calles Rodríguez Peña y Lavalle, destruyéndola por completo (solo quedaron en pie algunos muros). Para entonces, un total de cinco personas habían sido internadas en el Hospital Regional, producto de los enfrentamientos entre partidarios y opositores al gobierno. En vista del cariz que estaban tomando los acontecimientos, a las 18.00 el Comando Revolucionario decidió evacuar la Municipalidad y una hora después, cortó el tránsito al tiempo que reforzaba la vigilancia en todo el perímetro de la urbe, contando para ello con los efectivos que desembarcaban del “9 de Julio” . Para entonces, el jefe militar de la ciudad, capitán de corbeta Carlos López, designó encargado del gobierno comunal al capitán de corbeta Juan M. Bisset, y como jefe de policía, bomberos y prefectura marítima, al teniente de navío de Infantería de Marina, Jorge Alberto de Urquiza.

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Regían en todo el país la ley marcial y el toque de queda y por consiguiente, estaba terminantemente prohibida la circulación de automóviles después de las 20hs., lo mismo las reuniones de personas en locales o la vía pública. Las dotaciones de bomberos trabajaron durante todo el 19 para apagar los incendios de los tanques de petróleo bombardeados en la madrugada del 19, los que fueron controlados recién el martes 20 por la tarde. Como en otros puntos del país, las clases se hallaban suspendidas, medida que se extendería hasta el 21 de septiembre dado que los enfrentamientos y el clima de violencia no habían finalizado. En la tarde del 20 de septiembre, la Unión Obrera regional emitió un comunicado exhortando a los trabajadores a desligarse e todo compromiso con la CGT y desestimar todo llamamiento a empuñar las armas o adherirse a paros o huelgas. Su texto decía: El movimiento de amigos de la Unión Obrera Local que nuclea a trabajadores de Mar del Plata (…) exhorta (…) a todos los trabajadores a concurrir al trabajo desoyendo cualquier intento de paralización. Trabajar y trabajar con entusiasmo en las respectivas ocupaciones, significa en la situación actual ayudar al afianzamiento de la paz y dar la contribución merecida a las fuerzas de liberación que hoy controlan la vida de la ciudad. Obreros: todos al trabajo, sin odios destructores a colaboraren la normalización y pacificación del país y con entusiasmo a reconstruir el auténtico y digno movimiento obrero. Movimiento de Amigos de la Unión Obrera Local

Por su parte, el Comando Militar de Mar del Plata emitió su comunicado Nº 7 en el que se prohibía la venta de nafta y solicitaba a la población ahorrar al máximo la energía eléctrica. Poco después, a través del comunicado Nº 9, advirtió que “todo aquel que se oponga a la apertura de los negocios o a la concurrencia de los obreros y empleados a puestos de trabajo, será considerado saboteador y se le aplicará la Ley Marcial. Fdo. Carlos López, capitán de fragata, comandante militar”.

En la mañana del 20 de septiembre, el Comando Revolucionario en Puerto Belgrano recibió un comunicado desde la Patagonia, notificando que en la tarde del 19 habían sido retirados de la cárcel de Río Gallegos los ex oficiales del Ejército Alejandro Agustín Lanusse y Agustín D’Elía para ser en enviados a la ciudad de Rawson donde iban a ser puestos en libertad junto a otros oficiales que se encontraban en la misma situación. Como explica el contralmirante Jorge E. Perren, comenzaban a ser liberados los camaradas del Ejército recluidos en establecimientos penales de la Patagonia por su intervención en el alzamiento del general Benjamín Menéndez, en septiembre de 1951, pero faltaban los cabecillas del 16 de junio, almirantes Aníbal Olivieri y Samuel Toranzo Calderón que con el grupo de oficiales que los acompañaba, casi todos pertenecientes a la Armada y la Fuerza Aérea, se hallaban recluidos en el penal de Santa Rosa, provincia de La Pampa. Por esa razón, aquella mañana del 20 de septiembre se envió hacia allí un avión naval para que sobrevolase el penal y arrojase volantes en los que se informaba a las autoridades del instituto penitenciario que el Comando Revolucionario los hacía 368


responsables por la suerte de los detenidos. Su aproximación fue detectada por los vigías de tierra quienes lo recibieron con nutrido fuego de armas automáticas sin alcanzar al aparato. En horas de la tarde, cuando los relojes daban las 15.40, la Base Naval de Puerto Belgrano recibió del Comando de Operaciones Navales un comunicado emitido a las 15.17, en el que se ordenaba el envío de un avión de transporte hacia Santa Rosa de Toay, a efectos de trasladar desde ese lugar a los almirantes Toranzo Calderón y Olivieri junto al resto del personal detenido. El avión y su escolta volaron hacia La Pampa pero no pudieron aterrizar debido a la inclemencia del tiempo y por esa razón, la operación debió ser pospuesta para el día siguiente. A las 14.30 un Piper exploró la Ruta 3 hasta la latitud 4, sin novedad. El mismo aparato repitió la operación a las 18.50 con los mismos resultados y una hora después, comunicó su aterrizaje en Comodoro Rivadavia, sin nada que reportar. Para entonces, la moral de las tropas gubernamentales que se retiraban de los escenarios de guerra era bajísima y se producían deserciones en masa, mientras noticias alarmantes, casi todas sin fundamento, saturaban las radios. El parte de guerra publicado en la revista “Cielo” refiere lo siguiente: “20 de septiembre (martes): La mañana se va haciendo pesada y entonces buscamos un poco de distracción…Me consigo un freno y me procuro cabalgadura. El pobre estaba un poco flaco y era matungón, pero lo mismo me cargó un buen rato. Tengo unas ganas terribles de reunirme con el curso…es suficiente un poco de ausencia para comprobar que se los extraña a los muchachos… “El rancho lo constituyó un poco de locro rápidamente tomado de un jarro de mate. “Estoy notando que a causa de la inactividad la disciplina se está aflojando un poco… “El campo está reseco y los animales abandonados tienen un hambre que los enloquece. “Más tarde debemos realizar otro cambio de posiciones y tras reunir mi grupo, nos dirigimos a la chacra que patrullamos ayer (o anteayer), en realidad perdemos un poco la noción del tiempo…¡son tan parecidos los días!. “La noche, negra como la tinta, nos trae otra vez el ‘agradable’ trabajito de construir el pozo de tirador. “Tal vez mi cuerpo esté ya saturado de dormir en el suelo, pues en señal de protesta, no encuentro una posición cómoda y no me deja dormir en toda la noche…para peor es terrible el rocío que cae y como tenemos una sola manta la tierra helada se nos antoja un témpano… “En resumen: una noche para el recuerdo…nunca un amanecer fue más esperado que el de este 21 de septiembre. Día de la Primavera…”5. Durante toda aquella jornada, las fuerzas de la revolución estuvieron consolidando sus posiciones al tiempo que las tropas leales se replegaban. Cuando a las 21.10 de ese día el comandante de Puerto Belgrano comunicó al contralmirante Rojas que todo el sur había capitulado, no quedaban más dudas de que el gobierno de Perón llegaba a su fin. La revolución estaba triunfando aunque el conflicto no había finalizado todavía.

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Imágenes

Capitán de corbeta Eduardo Estivariz. Caído en combate en Saavedra (P.B.A.) (Imagen: gentileza Fundación Histarmar.)

Teniente de fragata Miguel E. Irigoin. Caído en combate (Imagen: gentileza Fundación Histarmar.)

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Suboficial mayor Juan I. Rodr铆guez. Ca铆do en combate (Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar.)

Escuadrilla de aviones navales Grumman J2F-5 similar a la que comandaba el CC Eduardo Estivariz. (Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar. ) 371


Esta fotografía que reproduce el sitio de la Fundación Histarmar aparece también en el libro de Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55 (Tomo II). En ella se observan a cuatro pilotos navales, de pie, en el centro, el TN Miguel E. Irigoin; a la derecha el CC Eduardo Estivariz, en los días del conflicto (Imagen: gentileza Fundación Histarmar. )

Notas 1 Se trataba del Regimiento 12 de Infantería. 2 A las 21.00 fueron enviadas a Puerto Belgrano, donde fueron alojadas en sus depósitos. 3 Rodolfo J. Walsh, "Aquí cerraron sus ojos", Revista "Leoplan", Bs. As., octubre de 1956, pp. 46 y ss. 4 Jorge E. Perren, op. cit, p. 265. 5 “…del Diario de un Cadete”, revista “Cielo”, Buenos Aires.

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LA CAIDA

Perón aborda el PBY Catalina de la Fuerza Aérea Paraguaya rumbo a su exilio. A su lado el flamante canciller Mario Amadeo Eran las 05.00 de la madrugada del 20 de septiembre de 1955 cuando el mayor Alfredo Renner se presentó sumamente agitado en la residencia presidencial, para comunicarle a Perón que la Junta Militar había dispuesto su arresto. Perón, que dormía vestido en su habitación, se incorporó confundido y después de escuchar al mensajero, decidió buscar asilo. Poniéndose de pie, llamó rápidamente al encargado de la residencia, suboficial Atilio Renzi y le ordenó preparar una valija con sus pertenencias al tiempo que le entregaba de $2.000.000 en efectivo y $70.000 en dólares, producto de la venta de una propiedad (ex embajada de Chile en Montevideo), que le había obsequiado el magnate uruguayo Alberto Dodero. Según Ruiz Moreno, Perón actuó con serenidad, sin demostrar nerviosismo ni alteración. Con la huida en plena marcha, quien hasta ese momento había sido el líder indiscutido de las masas proletarias de la Argentina despertó a su amante, la bella jovencita de diecisiete años, Nelly Haydée Rivas y le dijo que debía preparar sus cosas porque regresaba a la casa de sus padres, en la localidad de Vicente López (la muchacha hacía un año y medio que vivía con él). Perón se despidió de ella cariñosamente y le entregó un paquete cerrado que debería abrir al llegar a su domicilio (se trataba de $ 309.000 en efectivo). Inmediatamente después, mandó por un auto y envió a la jovencita junto a sus progenitores y cuando el vehículo partió, regresó inmediatamente a su habitación donde lo esperaban su sobrino, Ignacio Cialcetta y el mayor Renner, con quienes ultimó los detalles de la fuga. La idea era dirigirse directamente al Aeroparque pero las condiciones meteorológicas imperantes (llovía torrencialmente) impedían el despegue de cualquier avión. Entonces decidió solicitar asilo en la embajada del Paraguay, país sobre el que había ejercido notable influencia y en ese sentido, mandó establecer contacto con la representación. 373


Gobernaba el país guaraní el general Alfredo Stroessner, a quien Perón había apoyado política y económicamente1. Por esa razón, sin perder más tiempo, abordó el automóvil presidencial y en compañía de Renner, Cialcetta, el oficial Rugero Zambrano, jefe de su custodia y su chofer, partieron bajo la lluvia por las desiertas calles de Barrio Norte (07.30) en dirección a la representación diplomática del vecino país, ubicada en la calle Viamonte, entre Riobamba y Av. Callao. En la legación los esperaban su encargado administrativo, que fue quien telefoneó al embajador, Dr. Juan R. Chaves, que en esos momentos se encontraba en su domicilio para informarle que el líder justicialista había llegado. Chaves partió inmediatamente y al llegar a la sede diplomática se encontró a Perón rodeado por varios funcionarios, entre ellos su secretario (el de Chaves) Dr. Rubén Stanley. Perón solicitó asilo político y en vista del Tratado de Montevideo de 1939 y 1949, el mismo le fue concedido. Según lo que el embajador Chaves relató a Isidoro Ruiz Moreno años después, afuera, a solo cuatro cuadras de la embajada, en la intersección de las avenidas Santa Fe y Callao, comenzaban a concentrarse manifestantes antiperonistas que vivaban a la libertad y lanzaban “mueras” al mandatario depuesto. Eso despertó los temores del embajador que temiendo acciones violentas por parte de aquellos, le dijo a Perón que no era prudente que permaneciera en el lugar y que lo más conveniente era trasladarse a su residencia particular, en el barrio de Belgrano, donde estaría más seguro. El depuesto mandatario aceptó y sin decir más, abordó el mismo auto en el que Chaves había llegado y partieron inmediatamente en dirección a su residencia. En la casa del embajador, Perón encontró a otros asilados políticos, entre ellos la esposa del ex ministro de Relaciones Exteriores, Dr. Idelfonso Cavagna Martínez, Sra. Estela Lagos de Cavagna y la Sra. Josefa Luisa Martínez de Noguera Isler, cuyo marido, el capitán de navío Enrique Noguera Isler, se había desempeñado como adscripto en la Casa de Gobierno. Fue entonces que supieron de nuevos disturbios acaecidos en cercanías y por esa razón, resolvió alojar a Perón en la cañonera “Paraguay” que en esos momentos se hallaba amarrada en Puerto Nuevo. La situación era delicada y podían tener lugar hechos de extrema violencia. El capitán Noguera Isler estuvo de acuerdo y así se lo hizo ver a Perón, explicándole los peligros a los que se hallaba expuesto en caso de permanecer en Buenos Aires. La secretaria de la Embajada, Pilar Mallén, ha ofrecido testimonio de lo que ocurrió ese día en la sede diplomática del vecino país. “Desde el mismo momento de producirse el asilo del general Perón empezó el tire y afloje entre nuestra embajada y el gobierno provisional argentino. Las mismas autoridades argentinas no sabían lo que querían. Cuando las gestiones que realizábamos parecían bien encaminadas, eran de vuelta obstaculizadas por algún personero de la revolución y las diligencias entraban nuevamente en punto muerto. Parecían increíbles las contradicciones en la postura de la cancillería argentina. Algunas veces los problemas surgían por la mala fe de algunas autoridades, pero otras por el desentendimiento entre los mismos jefes de la revolución. “En un momento la cancillería decía que se otorgaba el salvoconducto para la salida de Perón, primero que viajaría por barco, después por avión, cambiando de plan con una rapidez increíble. Y todo esto tuvimos que soportar en defensa del derecho de 374


asilo”. Más adelante, la funcionaria diplomática agrega: “Mientras se realizaban las gestiones con el gobierno argentino, teníamos múltiples problemas paralelos con los asilados en la sede diplomática, en la residencia del embajador y en un departamento habilitado para albergar tantos refugiados. Contábamos con pocos medios y debíamos atender a toda esa gente. Las oficinas de la embajada se convirtieron de un día para otro en un verdadero hotel”2. Respecto al general Perón, Pilar Mallén dijo: “Fue una sorpresa cuando llegó a la embajada para pedir asilo. Me impresionó su gesto caballeresco, su corrección, su serenidad, pese a la tremenda situación que atravesaba. Era amable y se reía cuando escuchaba que hablábamos en guaraní. Perón tenía un encanto especial y hasta sus adversarios políticos cuando hablaban con él salían admirados”3. Realmente, la fascinación que Perón ejercía sobre la gente era increíble. La amenazas y el riesgo que corrió la legación guaraní quedan reflejados en las siguientes palabras: “Simpatizantes o personeros de la revolución que derrocó al general Perón se concentraban frente a la embajada - sigue relatando Pilar Mallén – Algunos grupos más fanatizados nos amenazaban de muerte. Reclamaban la presencia de Perón, querían matarlo. Intentaban incluso penetrar en el local y no teníamos como defendernos. El gobierno provisional argentino no otorgaba la debida garantía…Estábamos controladísimos, no podíamos dar un paso sin tener al lado a un ‘observador’. Nos espiaban desde los departamentos vecinos. Notábamos que se apostaban en las ventanas y las terrazas de los edificios linderos a la embajada. Seguían nuestros movimientos y tomaban fotografías con teleobjetivos. En una ocasión estábamos acomodando unos muebles, sujetos con unas sogas. Este escena apareció en la prensa de Buenos Aires, como si estuviéramos ocultando al mismísimo Perón. Las autoridades argentinas, basándose en el periodismo sensacionalista de entonces enviaron a supuestos agentes – en realidad siempre eran de cierta jerarquía del gobierno – para revisar esos cajones ‘sospechosos’…Inclusive nos reclamaban a través de la línea telefónica – siempre controlada por el gobierno – para que no hablásemos con nuestros superiores en Asunción en guaraní. Reaccionaron totalmente fuera de lugar. Recuerdo que en una oportunidad estaba pasando un informe a nuestro canciller doctor Hipólito Sánchez Quell cuando escuché del otro lado de la línea una voz prepotente que nos dijo: ‘Hablen en castellano’, y seguimos hablando en guaraní para que no captaran el informe”4. Los funcionarios de la embajada llegaron a sufrir agresiones, como la que soportó la misma Pilar Mallén al abandonar la sede a bordo de un automóvil: “Recuerdo en una ocasión, cuando salía para mi departamento, fui reconocida por un grupo de manifestantes antiperonistas que montaban guardia en las inmediaciones de la sede. Rodearon mi vehículo y todos juntos llegaron a levantarlo…Salí algo asustada de esa situación, pero no fui agredida físicamente”5. En esos días, la embajada paraguaya fue asilo de otros funcionarios del gobierno justicialista, entre ellos, Cialcetta y Zambrano, el ex ministro de Relaciones Exteriores Dr. Idelfonso F. Cavagna Martínez y su esposa, el mencionado capitán de navío Enrique Noguera Isler con su señora, la señorita María Antonia Méndez y los hijos de ambos matrimonios, Enrique Luis Noguera, Mariano Augusto Cavagna Martínez y Amalia Catalina Noguera. Cuando los relojes dieron las 10.30, los allí presentes procedieron a sacar a Perón. 375


El mayor Cialcetta llamó a Aeroparque para ordenar el alistamiento del avión presidencial DC-4 matrícula T-42, a los efectos de “engañar” al enemigo y desviar su atención de la comitiva que debía trasladar al ex presidente hasta la embarcación paraguaya. Recién a las 11.000 salieron al exterior y una vez a bordo del automóvil de la representación, partieron hacia Puerto Nuevo, el general paraguayo Demetrio Cardozo (agregado militar) al volante, el oficial Zambrano a su derecha y Perón detrás, con el embajador Chaves y el mayor Cialcetta a cada uno de sus lados. Durante el trayecto, el vehículo sufrió un desperfecto que lo obligó a detener la marcha. Cardozo y Zambrano debieron bajar y una vez solucionado el inconveniente, reanudaron la marcha por las calles lluviosas, bajo el cielo encapotado de esa mañana gris. Una vez en el puerto, Perón bajó del auto y seguido por Chaves, se apresuró a cubrir el trayecto que lo separaba de la escalerilla de acceso a la embarcación. Los recibió su comandante, el teniente de navío César Cortese, que estaba al corriente de toda la operación desde hacía varias horas. Y así, desde ese momento, el dictador argentino quedó alojado en territorio extranjero, fuera del alcance de sus vencedores. A esa misma hora, el brigadier Francisco Fabri daba en el Aeroparque la orden de despegue al DC4 presidencial, mientras el general Audelino Bergallo y el mayor Renner, simulaban despedir a Perón. El avión decoló y tras una hora de vuelo, aterrizó en El Palomar donde su tripulación, integrada por el comodoro Luis A. Lapuente y el capitán Ignacio Weiss, fue desarmada y detenida6. Perón fue saludado en el puente de mando por el teniente de navío César Cortese, comandante de la cañonera, e inmediatamente después pasó a su recámara. “A partir de ese momento correspondía así al comandante y tripulación del buque, la gran responsabilidad de hacer observar el estricto cumplimiento de tal derecho, respetando siempre el derecho de los demás. “Casi al mediodía desembarcaron el embajador del Paraguay y el Agregado Militar, a los efectos de realizar por Cancillería la comunicación oficial de dicho acontecimiento y solicitar se conceda al salvoconducto correspondiente para el asilado”, recordaría el marino, años después, agregando posteriormente: “Ante la gran responsabilidad asumida por el comandante y la tripulación del buque, la decisión era firme y determinante: garantizar la seguridad de las personas asiladas, haciendo respetar el Derecho de Asilo, tal como había dispuesto el señor Presidente de la República. “A partir del mediodía del 20 de septiembre, el muelle de la Dársena D y sus alrededores había perdido su calma habitual, ya que comenzaba a ser frecuentado por varias personas armadas, en jeeps militares y en coches, que no sacaban sus ojos del buque. “Así mismo, desde las primeras horas de la tarde, la Policía Marítima aumentó considerablemente su vigilancia sobre el buque, teniendo sus hombres armas automáticas. Posteriormente fueron reforzados por hombres de Infantería de Marina, con sus modernos equipos y armamentos, siendo su personal y armamento el doble que los anteriores. “Tampoco fue ajeno el hecho de que varios civiles armados, quienes presumiblemente eran de la Policía Federal, revisaban cédulas de identidad y salvoconductos y no 376


dejaban pasar a ninguna persona que no estuviera suficientemente autorizada, entre quienes figuraba el personal de a bordo y los de la embajada paraguaya”7. Después de tomar conocimiento de que Perón había solicitado asilo político, el gobierno provisional, encabezado por el general Lonardi, ordenó a la cañonera retirarse del muelle y fondear en el Río de la Plata (siempre en aguas jurisdiccionales argentinas), razón por la cual, se adoptaron las medidas para zarpar de manera inmediata. El buque paraguayo abandonó la dársena a las 17.00 del 20 de septiembre, internándose lentamente en las turbias aguas del estuario, tal como se le había indicado. Después de soltar amarras, se separó lentamente del muelle y comenzó a deslizarse a media máquina por el canal de navegación hasta el kilómetro 10, pasando entre varios buques de la Armada Argentina, a la vista de la multitud que se había aglomerado en el puerto para seguir las alternativas de la huida. La embarcación saludó a sus pares argentinas, quienes le respondieron del mismo modo, mientras sus tripulaciones se agolpaban en las cubiertas para observar su paso. De ese modo, y hasta la finalización del conflicto, la cañonera fue vigilada de cerca por los buques “Murature” y “King” y por lanchas patrulleras que navegaban en torno a ella, a distancia prudencial. El grueso de la flota argentina, en tanto, se mantenía a distancia, impidiendo cualquier intento de fuga hacia Montevideo. Dos de sus unidades, los destructores “Buenos Aires” (comandante Eladio Vázquez) y “Entre Ríos” (comandante Aldo Abelardo Pantin), patrullaban las aguas desde las desembocaduras de los ríos Paraná y Uruguay hasta Buenos Aires y La Plata, e incluso remontando el Paraná Guazú hasta la localidad de San Pedro. Con el paso de las horas, el embajador Chaves comenzó a experimentar cierta inquietud. Temía que el gobierno argentino organizase un operativo de tipo comando para apoderarse de la cañonera y por esa razón deseaba sacar a Perón lo antes posible. Para colmo, además de las unidades de mar, aviones PBY Catalina con asiento en la base Comandante Espora comenzaban a realizar amenazadoras pasadas a baja altura sobre la nave, llevando inquietud no solo a su capitán sino también, al resto de la tripulación. Quien se mantenía imperturbable era el propio Perón, que hasta tuvo tiempo de escribirle dos cartas a Nelly Rivas, su amante adolescente y de congraciarse con los marineros. El comandante Cortese recordaría años después que el ex mandatario se adaptó perfectamente a la vida de a bordo y que supo congeniar con la mentalidad y el estilo de vida de la dotación. Su trato con la oficialidad y la marinería siempre fue correcto, y en todo momento se mostró sereno e incluso jovial. En lo que a las normas de a bordo se refiere, dio estricto cumplimiento a las disposiciones de asilo y jamás provocó el más mínimo contratiempo. La tripulación paraguaya comenzó a sentir admiración y respeto por su persona. Comía, dormía, leía y escribía en un horario que él mismo se había impuesto y congenió muy bien con los jóvenes tripulantes, a quienes de tanto en tanto, solicitaba chistes que festejaba risueñamente (especialmente los del marinero José Oliste), lo mismo con las canciones que ejecutaban para él los hermanos González. Perón sabía moverse; era un verdadero maestro en el arte de captar simpatías y así fue como a poco de abordar la nave, comenzó a ser admirado y reverenciado. 377


Donde no había ni chistes ni guitarreadas era las unidades de superficie que rodeaban a la nave paraguaya. Por esa razón, temiendo la ya mencionada incursión de comandos por parte de fuerzas especiales, el embajador Chaves comenzó a acelerar las gestiones para sacar al ex presidente del territorio argentino y en ese sentido, su gobierno despachó hacia Buenos Aires a la cañonera “Humaitá”, gemela de la “Paraguay”, al mando del capitán de corbeta Benito Pereira Saguier. Todo estaba listo para que Juan Domingo Perón, figura emblemática y trascendentes de de la reciente historia americana, partiera rumbo al exilio. Se alejaba de un país al que había dirigido por espacio de una década, dejándolo en pleno estado de ebullición y guerra civil. Su actitud no estuvo a la altura de un líder de su magnitud. Perón no fue fiel a sus palabras y lejos estuvo de actuar de acuerdo a la envergadura de su persona. Por esa razón, muchos de sus seguidores experimentaron un sabor amargo al verlo partir de ese modo. “¡Apenas iniciada la lucha, Perón huía cobardemente, dejando abandonados a su suerte a tantos hombres que confiaron en él, a quienes por sus ideas, sus sentimientos, sus intereses o por simple cálculo, estaban dispuestos a luchar para apoyarlo y para defenderlo; y atento sólo a su seguridad personal, a la preocupación de eludir toda responsabilidad, buscaba el amparo de la embajada paraguaya y se refugiaba, dispuesto a exiliarse, en una cañonera de ese país! “La frustración de quienes confiaron en él debe haber sido tremenda. Entre nosotros su fuga vergonzosa no dio lugar a manifestaciones de alegría. Sentimos desprecio por su cobarde actitud y una sensación de amargura inexplicable. ¡Ese hombre había sido el Presidente de los argentinos, había gobernado por años nuestro país! En su caída, deshonrosa, Perón nos avergonzaba a todos los argentinos por igual” dice el contralmirante Jorge E. Perren su libro8, reflejando los sentimientos que su actitud despertó entre sus enemigos.

Nota: La cañonera “Paraguay” estaba en el dique seco de Tandanor, ya que debían hacerse varias reparaciones, por lo que no estaba en condiciones de hacerse a la mar. (CN Jaime Grau, oficial en ese momento)

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Imágenes

Cañonera "Paraguay"

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Otra imagen de Per贸n a bordo de la ca帽onera paraguaya (Gentileza: Fundaci贸n Villa Manuelita)

Otra vista de la ca帽onera "Paraguay"

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Salida hacia el hidroavión. Perón entre el embajador Chaves y Mario Amadeo acompañados por oficiales y marineros de la Armada Argentina (Fotografía obtenida por el subteniente Edgar Usher)

Última imagen de Perón antes del exilio. Se distingue su figura a punto se abordar el hidroavión paraguayo (Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno: La Revolución del 55, Tomo II) Notas 1 Perón había devuelto a aquel país los trofeos de guerra capturados por el ejército argentino durante la guerra de la Triple Alianza y era desde 1954 ciudadano honorario y general del ejército paraguayo. 2 Augusto Ocampos Caballero, La Cañonera. Símbolo del Derecho de Asilo, Editora Ricor Grafic S.A., Asunción, Paraguay, 1995, pp. 77-78. 3 Ídem, p. 82. 4 Ídem, pp. 79-80. 5 Ídem, p. 81. 6 Se la obligó a permanecer a bordo y se la trasladó a la base de Villa Reynolds, asiento de la V Brigada Aérea de Caza y Ataque, a bordo del mismo aparato en el que habían llegado. 7 Augusto Ocampos Caballero, op. cit, pp. 103-106. 8 Jorge E. Perren, op. Cit, p. 271.

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LOS ULTIMOS ENFRENTAMIENTOS

Tanques del Ejército destruyen la sede de la Alianza Libertadora Nacionalista la madrugada del 21 de septiembre de 1955 En las últimas horas del 20 de septiembre, todo indicaba que el régimen justicialista llegaba a su fin. Aún así, se temía todavía una reacción por parte de sus adeptos, no tanto de las Fuerzas Armadas sino de los sindicatos y unidades básicas partidarias, razón por la cual, cerca de las 20.00 horas comenzó a ser reforzada la sede del Ministerio de Marina en vista de que, desde hacía algunas horas, circulaba la versión de que milicianos peronistas estaban a punto de atacarlo. A raíz de ello, los mandos rebeldes de Buenos Aires adoptaron medidas para evacuar sus fuerzas por vía fluvial alistando, para ello, al transporte “Ushuaia” de la Armada, al remolcador “Mandubí” de la Prefectura Naval y a un lanchón de desembarco de infantería BDI sin motores, que sería arrastrado por el último. Oficiales, suboficiales y tropas fueron concentrados en el Arsenal Naval para ser provistos de armamento liviano, ametralladoras, municiones y granadas a efectos repeler a cualquier agresión por parte de elementos leales al todavía vigente gobierno justicialista. Los efectivos tomaron posiciones en el Taller de Marina y el Hotel de Inmigrantes y allí, aguardaron la orden de embarcar, en estado de alerta. No muy lejos de allí, en su cuartel general de Av. Corrientes y San Martín, la Alianza Libertadora Nacionalista se preparaba para luchar. “Un bastión peronista al cual los acontecimientos no habían logrado mermar su fidelidad ni ánimo combativo era la Alianza Libertadora Nacionalista, que ya en los sucesos del 16 de junio protagonizara un papel en la primera línea de fuego, organizando columnas de asalto para sofocar la rebelión estallada en el Ministerio de Marina. Corrían varias advertencias acerca de su 382


peligrosa disposición para desatar nuevos disturbios a favor del ex Presidente, y estas versiones no eran infundadas: su dirigente Guillermo Patricio Kelly, había acordado con el edecán de Perón, mayor Máximo Renner, que lucharía en favor de aquél. Ante su firmeza, los ‘aliancistas’ recibieron los elementos precisos: ‘Fuimos a la residencia presidencial y nos entregaron armas’ contaría Kelly”1. La sede de la Alianza estaba siendo acondicionada para la defensa. Su planta baja se transformó en hospital de campaña y en el primer piso, los hombres de Guillermo Patricio Kelly procedieron a quemar documentación comprometedora, clara señal de que estaban dispuestos a entrar en combate. Había llegado el momento de “¡La vida por Perón!”, que tantas veces corearan los partidarios del régimen y al menos, los aliancistas, estaban decididos a cumplir la premisa. Ante los rumores de que la CGT iba a repartir armas entre sus afiliados, la Junta Militar mandó llamar a su titular, Hugo Di Pietro, para pedirle explicaciones. Di Pietro negó todos los cargos y solicitó que un veedor se hiciera presente en la central obrera para confirmar que lo que decía era real. A continuación, la Junta lanzó un petitorio a las autoridades gremiales, al presidente del Partido Justicialista, Dr. Alejandro Leloir y al obispo de Rosario, cardenal Antonio Caggiano, a los efectos de que llamasen a la cordura a los integrantes de sus respectivas entidades previniendo, de esa manera, desmanes y hechos de violencia. Para entonces, se habían hecho presente en el Correo Central, sede del Ministerio de Comunicaciones, el general Raúl Tassi, subdirector de la Escuela Nacional de Defensa acompañado por su segundo, el mayor Robinson, a quien la Junta Militar les encomendó hacerse cargo de la repartición. Al llegar al edificio, los oficiales se encontraron con que su titular el, señor Oscar Nicolini, todavía se hallaba en su puesto dejando en claro, de esa manera, que se trataba de uno de los pocos funcionarios del régimen que en mantenía una postura digna. Tassi y Robinson lo saludaron y después de intercambiar unas palabras, lo acompañaron hasta la calle, donde el ministro, después de cruzar algunas palabras con sus oponentes, el ministro abordó su automóvil particular y se alejó del lugar. En el imponente edificio del Correo Central se encontró gran cantidad de armamento que iba a ser distribuido entre los trabajadores por las agrupaciones obreras. Por orden de Tassi, se dispuso su incautación, así como también, la permanencia en sus puestos de todo el personal de la dependencia, el cumplimiento regular de los relevos, la inmediata puesta en servicio de todas las redes telefónicas del país, bloqueadas para incomunicar a las fuerzas rebeldes y la transmisión de mensajes al exterior por parte de los corresponsales extranjeros acreditados en el país. Finalizaba el día cuando llegaron a oídos de Tassi noticias inquietantes. La Alianza Libertadora Nacionalista había rechazado el alto el fuego establecido por ambos bandos y se aprestaba a combatir. En vista de ello, el alto oficial se comunicó con la Dirección Nacional de Seguridad cuyo titular, el general Audelino Bergallo, comandante de la guarnición de Buenos Aires, quien no dudó en ordenar su inmediata destrucción. -¡Que la borren a cañonazos!- rugió a través del teléfono cuando transmitió la orden Mientras los ‘aliancistas’ continuaban fortificando su bastión, en el Ministerio de Ejército, se iniciaban los preparativos para atacar su sede.

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Cumpliendo órdenes superiores, el capitán Guillermo Genta ordenó al cadete de 4º año Heriberto Justo Auel, que procediese a acondicionar un vehículo para dirigirse al objetivo. Auel requisó en un camión del Ejército y en él hizo montar cuatro ametralladoras y con el cadete Garriz al volante y el capitán Genta a su derecha salieron a la calle, tomando por Av. Libertador en dirección a Corrientes, llevando a varios cadetes armados en la parte posterior. El camión llegó a Av. Corrientes y subió contramano la barranca hasta la calle Reconquista, donde se detuvo. En el lugar había dos tanques, ambos en la vereda opuesta, uno de ellos apuntando con su cañón hacia el edificio de la Alianza. Los soldados saltaron fuera del camión y se ubicaron a su alrededor, mientras el cadete Auel se adelantaba unos metros en dirección al objetivo. Llovía torrencialmente y las calles se hallaban desiertas. Para entonces, el jefe de la agrupación, Guillermo Patricio Kelly, dialogaba con el mayor Pablo Vicente, segundo comandante del Regimiento Motorizado “Buenos Aires”, quien se había hecho presente en el lugar portando la orden de deponer las armas que había impartido la Junta Militar. Su contenido era claro y contundente: se solicitaba a los milicianos abandonar el lugar y entregar las armas para evitar un baño de sangre. Aquello indignó a Kelly que fuera de sí, levantó el teléfono y llamó al Ministerio de Ejército para hablar con el mayor Renner. Una vez al habla, Renner intentó calmarlo, diciéndole que todo se iba a solucionar pero ante la insistencia de Vicente, de que la Alianza debía entregar su armamento, Kelly dejó el lugar al mando de su segundo, Américo Torralba y se dirigió al Edificio Libertador, fuertemente armado (portaba una ametralladora Remington y dos pistolas 0.45), decidido a aclarar su situación. Una vez en la calle, el impulsivo dirigente nacionalista vio a los dos tanques y a la Compañía de Caballería en posición de ataque pero sin dejarse amedrentar, echó a andar por Reconquista, bajo la lluvia, ignorando por completo el terrible desenlace que estaba a punto de desencadenarse. Cuenta Ruiz Moreno que en la explanada de Casa de Gobierno, se topó con Renner y ahí mismo lo encaró. La respuesta que recibió, lo puso más furioso de lo que estaba. -Se acabó todo Kelly. Perón se va porque no quiere derramamiento de sangre. Necesitamos de ustedes para proteger su vida. -¡¿Proteger su vida?! ¡No, no vamos a protegerlo! ¡Yo no puedo controlar los instintos de mis hombres; ellos juraron pelear a muerte por él! ¡¡¿Qué les digo cuando vean que su jefe escapa?!! Sin duda Kelly tenía razón. Pero no hubo nada que hacer. Hecho una tromba y mascullando improperios, dio media vueltas y emprendió el regreso sin reparar en que se dirigía directamente hacia los tanques. Y fue al llegar a ellos que alguien, con firme tono de voz, lo detuvo. -¡Alto! El dirigente, que venía ensimismado, con la mirada clavada en el asfalto, alzó la vista y vio a varios hombres apuntándole con sus armas. Fue un milagro que no lo mataran ahí mismo2. 384


Se le ordenó levantar las manos, se lo palpó de armas, se lo desarmó y después de ser maniatado, se dispuso su envío al Departamento Central de Policía en calidad de detenido. A las 01.14 del 21 de septiembre dio comienzo un nuevo enfrentamiento entre argentinos. Los 600 militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista que habían jurado dar la vida por Perón, se asomaron por las ventanas y terrazas del edificio y dispararon sobre los efectivos del Ejército. Recibieron como respuesta, fuego de metralla y gases lacrimógenos pero lejos de deponer su actitud, los aliancistas se mantuvieron firmes, demostrando un fanatismo y determinación fuera de lo común. Entonces, en pleno combate, cuando los proyectiles de fusiles y ametralladoras repicaban aquí y allá, los tanques apuntaron hacia la mole de cemento y dispararon, sacudiendo con su estruendo el centro de la ciudad. A las detonaciones les siguieron otras y a estas, numerosas descargas de metralla. El enfrentamiento se prolongó hasta las 02.00, hora en la que el semiderruido edificio comenzó a arder. El cuartel de la Alianza se sacudió hasta los cimientos cuando los tanques alcanzaron los proyectiles almacenados en sus depósitos. Muchos militantes murieron y los restantes, no tuvieron más remedio que evacuar el lugar, cargando heridos a la rastra. Tras media hora de combate, los blindados callaron pero las municiones siguieron explotando en el interior hasta pasadas las 02.30 de la madrugada. Dos dotaciones de bomberos concurrieron llegaron al lugar para evitar que las llamas se propagasen a los edificios linderos y más de un curioso intentó llegar hasta el lugar aunque las fuerzas del orden se los impidieron. La sede de la Alianza Libertadora Nacionalista, símbolo de la prepotencia y el atropello del régimen depuesto, responsable de atentados y crímenes de toda índole, se derrumbó, arrastrando en su caída parte de la edificación contigua. Los resplandores rojizos de las descargas iluminaban de manera siniestra el encapotado cielo de Buenos Aires cuando los efectivos navales apostados en el Arsenal Naval se disponían a embarcar. Entonces, cuando nadie se lo esperaba, el almirante Domingo Arambarri, pensando que las fuerzas leales estaban contraatacando, declaró disuelto el Comando de Operaciones Navales y dejó a sus hombres en libertad para moverse por cuenta propia. La mayoría optó por abordar el “Ushuaia” y el “Manduví”, un segundo grupo se dispersó por la ciudad y un tercero permanecer en sus posiciones, dispuesto a resistir cualquier intento de ingresar en la zona por parte de los efectivos gubernistas. En la confusión y antes de lo previsto, las naves soltaron amarras y partieron velozmente con la intención de unirse al grueso de la flota, sin dar tiempo a que el total de los efectivos subiese a bordo y enganchase el BDI. El 21 de septiembre también se produjeron enfrentamientos en Mar del Plata. Ese día, por la mañana la población se concentró espontáneamente en la zona céntrica para formar nutridas columnas de hombres y mujeres que pese a la lluvia, se encaminaron hacia la Casa del Pueblo, sede del Partido Socialista, para escuchar las encendidas alocuciones de varios representantes de la oposición, entre ellos Roberto Crocitto y Aurelio Principi. 385


Pasado el mediodía, en la zona céntrica una patrulla naval que se desplazaba a bordo de un camión militar detectó a cinco personas sospechosas que se desplazaban por la calle y que, al recibir la voz de alto, echaron a correr en dirección al edificio de Av. Luro 3137, donde se atrincheraron y comenzaron a disparar desde el tercer piso. Se generó entonces un intenso tiroteo al que se sumaron tropas que en esos momentos vigilaban la zona y que finalizó cuando los militantes peronistas se dieron a la fuga. En horas de la tarde, varias personas llegaron hasta el lugar para observar los impactos de bala que quedaron grabados entre el tercero y cuarto piso del edificio y verificar si las versiones de que el enfrentamiento había dejado un saldo de varios muertos y heridos eran ciertas. Sin embargo, las nuevas autoridades no emitieron ninguna información y al cabo de un par de horas, la gente se retiró. En horas de la noche se produjo un nuevo tiroteo cuando cerca de las 22.00 grupos de obreros peronistas parapetados detrás de los vagones de carga de la estación de ferrocarril y la frondosa vegetación de los bosques circundantes, atacaron a las fuerzas de la Armada que custodiaban las instalaciones de las estaciones radiales del Parque Municipal de los Deportes. El mismo se prolongó hasta las 05.00 del 22 de septiembre y finalizó cuando los pelotones sindicalistas se retiraron, llevándose consigo algunos heridos. Tal como había acontecido el día anterior, el Movimiento de Amigos de la Unión Obrera Local emitió un nuevo comunicado reafirmando las declaraciones de la primera proclama, llamando a los trabajadores a colaborar con las fuerzas de ocupación y a concurrir pacíficamente a sus ocupaciones diarias: Concurrencia y permanencia en el trabajo a pesar de cualquier maniobra que quisiera entorpecerlo es hoy nuestra mejor arma y hacer que la economía de la ciudad no sufra entorpecimiento es nuestra mejor contribución a la normalidad (…). No hay en este momento secretarios de gremios y nadie puede atribuirse su representación directa, pero debe existir en cada lugar de trabajo la firme voluntad de trabajar conscientemente. La revolución le ha dado verdadero sentido al slogan de producir – producir, porque ahora es en beneficio de todos, de la vida normal del pueblo y de la Revolución Libertadora3. La última acción de guerra de la Revolución Libertadora tuvo lugar a las 05.00 de aquella madrugada, después que el general Lonardi rompiera la tregua en Córdoba. Para entonces, ya se había decidido que el jefe del alzamiento sería el nuevo presidente de la Nación y se trabajaba febrilmente en la formación de un nuevo gabinete. Durante la noche, tanto en el sur como en la provincia mediterránea, se habían detectado inquietantes movimientos de tropas que no se ajustaban al “alto el fuego” impuesto por ambas partes y al considerarse que constituían una amenaza para la las fuerzas sublevadas, se decidió llevar a cabo una nueva demostración de fuerza tendiente a indicarle a la junta de generales que gobernaba provisoriamente la Nación, que las mismas estaban dispuestas a todo. Como explica Ruiz Moreno, se decidió un nuevo ataque al aeródromo de Las Higueras, en Río Cuarto, porque el mismo representaba un potencial peligro para la 386


revolución ya que, desde allí, los aviones que aún se encontraban en poder de elementos leales podían operar sobre la Escuela de Aviación y la capital provincial. En vista de ello, el comodoro Krausse estableció comunicación con la Base Comandante Espora, para solicitar un ataque aéreo. El Comando Aéreo Revolucionario dio curso a su pedido y minutos después, el capitán Arturo Rial mandó alistar dos Avro Lincoln, piloteados por los capitanes Ricardo Rossi y Orlando Jesús Cappellini. Las tripulaciones abordaron los bombarderos y después de llenar sus tanques, cargar bombas y municiones y hacer el rutinario control de tablero, comenzaron a rodar lentamente hasta la pista y al llegar a la cabecera se detuvieron, con sus turbinas a máxima potencia. Despegaron a las 02.15 de la madrugada, Cappellini en primer lugar y Rossi inmediatamente detrás para iniciar un vuelo nocturno en condiciones climáticas deplorables. “Salimos pasadas las dos de la noche, con una lluvia torrencial. Nos proveyeron de bombas de 200 kilogramos que eran una hermosura y que no teníamos en Córdoba, pero carecían de seguro”, referiría el primero, años después4. Los bombarderos volaron de noche y a las 04.00, estaban sobre el objetivo. El avión de Cappellini presentaba u serio problema porque, a causa de la aceleración, se le había desprendido una turbina y eso ponía en riesgo su estabilidad. Una vez sobre el blanco se comunicó con la torre de control de la Escuela, informando lo que le sucedía5 y en vista de ello, el capitán Hilario Maldonado le ordenó mantenerse en la posición volando en círculos para atacar a las 06.00.

21 de septiembre de 1955. 06.00 hs. Los capitales Cappellini y Rossi atacan el aeródromo de Río Cuarto. .Fotografía: Juan Carlos Cicalesi) Cappellini dio el ok y al revisar el número indicativo que llevaba en la tabla de vuelo, supo que su blanco era la Base Aérea de Río Cuarto a la que debían bombardear 387


desde una altura no inferior a los 700 metros para evitar el impacto de sus propias esquirlas. El piloto objetó que a esa hora de la mañana, con al luz del amanecer, podía ser detectado y derribado por las antiaéreas enemigas, razón por la cual, Maldonado le pasó con el comodoro Krausse, quien solo se limitó a decirle, con voz seca y terminante, que procediese a cumplir la orden. Los aviones volaron en círculos sobre el área hasta la hora indicada y con las primeras luces del día, encontraron un hueco entre las nubes a través del cual, pudieron distinguir las luces que señalaban las pistas cruzadas de Las Higueras. Era el momento esperado por lo que ambos aviones, iniciaron la corrida de ataque en dirección al objetivo. Arrojaron un total de dieciocho bombas, diez el aparato Nº 2 y ocho el Nº 1 que piloteaba Cappellini porque el dispositivo de las otras dos falló y por esa razón, quedaron enganchadas. Cumplida su misión, emprendieron el regreso, haciendo un pronunciado giro mientras se scudían violentamente a causa de las explosiones. Para su fortuna, ninguna esquirla los alcanzó y eso les permitió volar de regreso a Comandante Espora sin inconvenientes, evitando aterrizar en la Escuela de Aviación Militar porque allí no tenían la capacidad suficiente como para reparar el aparato de Capellini. Los bombarderos aterrizaron las 08.00 de aquella lluviosa mañana, primer día de primavera, sin novedad (previo lanzamiento al mar de las bombas enganchadas del avión de Capellini, trabajo que realizó manualmente el mecánico de a bordo), finalizando de esa manera la última incursión aérea de la guerra. El ataque no arrojó víctimas (el aeródromo había sido evacuado poco antes), pero cumplió su objetivo de intimidar a las fuerzas leales. Minutos después, se recibió en Villa Reynolds un llamado del general Falconnier, solicitando detener el bombardeo que se planeaba sobre la estación de Río Cuarto, a donde acababan de llegar dos trenes transportando tanques y garantizando que ningún efectivo iba a ser movilizado desde ese lugar. “El día está muy de acuerdo con la fecha…es un hermoso sol el que calienta nuestros ateridos cuerpos, ¡que hermoso es el calor del sol después de la noche helada! “A eso del mediodía, el Alf. C… reúne a todos sus jefes de grupo a los efectos de recomendarnos tener un poco más a mano el personal. El también percibe el relajamiento paulatino de la disciplina. “A los efectos de dar cumplimiento a sus palabras reúno al grupo y le hablo… Por fortuna encontré las palabras adecuadas para llamarlos al orden sin tener que recurrir a los medios disciplinarios. Son todos buenos muchachos. “¡Por fin llega una noticia agradable! Nos informan que se formó ya el gobierno militar que asumirá provisionalmente el mando de la República; lo constituyen el General Lonardi en calidad de Presidente, el Contralmirante Rojas como vice-presidente y nuestro Comodoro Krausse como Ministro de Relaciones Exteriores “Aunque no nos demos exacta cuenta de la magnitud del hecho, la verdad es que hemos contribuido a cambiar el curso de la historia de nuestra Patria,,, El fin de este 388


régimen vuelve a reafirmar que nuestro pueblo nunca admitirá nada que mancille su legado más preciado: su Libertad. “El 1er. Ten. F… fue a averiguar que tiene de cierto la noticia y regresó con la felicidad pintada en el rostro… “Nos formó a todos en un claro y allí nos informó de la situación y nos felicitó por nuestra actuación… Dentro del pecho sentimos algo que sólo puedo concebir como la manifestación de ese ente abstracto que llamamos Patria. “El ‘Subordinación y Valor’ nunca fue contestado con más emoción… “Recibimos la orden de preparar el equipo para iniciar el repliegue lo antes posible. El Alf. C… nos dá la mano y brinda con nosotros festejando el éxito del movimiento. “Bueno, evidentemente estoy llamado a apurar hasta los últimos tragos de esta Revolución… Toda la Ca. Se retira a la Escuela menos los grupos a cargo del ‘Turco’, del ‘Cabezón’ y mío, que se quedan a cubrir guardia en el sector norte de la pista… Estoy cansado, muy cansado, pero trato de levantar un poco el ánimo de la tropa, pues si no los soldados no sé de donde sacarán fuerzas para seguir adelante. Quedamos a órdenes del 1er. Ten. F… el cual parece muy amargado por tener que quedarse… Hay que considerar que él tiene esposa e hijos que lo están esperando. “Y aquí estamos…esperando que traigan las carpas para pasar la noche. Una vez que llegaron y las armamos, llegó el rancho, esta vez consistente en un plato de polenta con tuco que vino a calmar un poco nuestra hambre… pues ya dejó de ser apetito. “Tras apostar los soldados en un cruce, me acuesto. Por fortuna me dejaron un catre en el que se duerme mejor que en el pozo, con el consiguiente alegrón de mi osamenta”6.

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Acto de la ALN en los mejores días del peronismo

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Otra vista del edificio de la Alianza Libertadora Nacionalista destruido (Fotograf铆a: Isidoro Ruiz Moreno, La Revoluci贸n del 55, Tomo II)

La prensa da cuenta del ataque a la sede de la ALN

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Guillermo Patricio Kelly, jefe de la ALN varios años después de los hechos

Brig. Orlando Jesús Cappellini varios años después de la revolución. Junto al capitán Ricardo Rossi llevó a cabo la última misión de combate. Notas 1 Isidoro Ruiz Moreno, op. Cit, T. II, p. 362. 2 Ídem, pp. 366-366. 3 Nieto, Agustín; op. Cit. 4 Ídem, p. 344. 5 Las bombas el piloto carecían de seguros y eso le impedía aterrizar. 6 “…del Diario de un Cadete”, revista “Cielo”, Buenos Aires.

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CONCLUSIONES

Jefes victoriosos. De izquierda a derecha: CN Arturo Rial, Dr. Clemente Villada Achaval. Gral. Julio A. Lagos, Gral. Eduardo Lonardi, Gral Dalmiro Videla Balaguer y comodoro Julio César Krausse Así llegó a su fin el primer conflicto armado argentino del siglo XX que en solo siete días de lucha causó la muerte de casi un millar de personas entre civiles y militares, hombres, mujeres, niños y ancianos. La mayor parte de los muertos pereció el 16 de junio durante el bombardeo a la capital, 229 de los cuales fueron identificados en hospitales, sanatorios y la Asistencia Pública. Pero ese día hubo muchos más ya que, como dice el Dr. Francisco Barbagallo en el libro de Daniel Cichero, Bombas sobre Buenos Aires, fue tal el caos ese día, que se hizo imposible llevar el registro de los cadáveres que trasladaron en cantidades ambulancias y camiones. Para evaluar la magnitud de aquel bombardeo, baste decir que durante el ataque se arrojaron 14.000 kilogramos de explosivos (14 toneladas), la mitad de los que se utilizaron en el bombardeo a Guernica y que las cifras de muertos fueron casi las mismas que las de la ciudad española. Cuarenta y tres aviones rebeldes operaron durante aquella jornada, veinte AT-6 North American, cinco Beechcraft AT-11, tres Catalinas, un Fiat G-55 A Centaur de exploración que voló a Rosario para establecer contacto con el general Bengoa y diez Gloster Meteor sublevados además de otros cuatro aparatos que se negaron repeler la agresión y se plegaron después. Si a ello les sumamos los de la aviación leal, la cifra supera el medio centenar.

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El 16 de junio de 1955 tuvieron lugar los bautismos de fuego de la Fuerza Aérea y la Aviación Naval; se produjeron los dos primeros derribos de la historia aeronáutica nacional cuando los AT-6 de los guardiamarinas Arnaldo Román y Eduardo Bisso fueron alcanzados por el enemigo, el primero por la metralla del Gloster Meteor del teniente Ernesto Adradas sobre el Río de la Plata y el segundo por las antiaéreas del Regimiento 3 de La Tablada en la localidad bonaerense de Tristán Suárez, sin contar el Gloster que por falta de combustible se precipitó en aguas del Plata, entre Carmelo y Colonia. Ese día también se registró el primer derribo llevado a cabo por un reactor en el continente americano (el del guardiamarina Romás por el teniente Adradas) y la entrada en acción de los tanques cuando un Sherman del Regimiento Motorizado “Buenos Aires” disparó contra el Ministerio de Marina. Buenos Aires fue la primera (y hasta ahora única) capital del continente que sufrió un bombardeo aéreo a gran escala y una de las pocas ciudades en padecerlo, triste honor que comparte con la cubana Gibara, atacada por la aviación del presidente Machado en 1931 y Puerto Casado, en Paraguay, sobre la que operó la Fuerza Aérea Boliviana en 1933, insignificantes ambos, sin desmerecer ninguno de los dos acontecimientos, si se los compara con el caso de Buenos Aires. Durante los ataques, fueron alcanzados varios puntos de la capital, los principales, la Casa de Gobierno, Plaza de Mayo, el Banco Hipotecario Nacional, el Ministerio de Hacienda, el Ministerio de Ejército (Edificio Libertador), el Hotel Mayo, el Departamento Central de Policía, la sede de la CGT, el Ministerio de Obras Públicas, la Compañía Exportadora e Importadora de la Patagonia, los edificios ubicados sobre Av. Paseo Colón, la estación de servicio del Automóvil Club Argentino y los alrededores de la residencia presidencial (Palacio Unzué), además de los daños ocasionados en la localidad de La Tablada cuando el Regimiento 3 de Infantería fue ametrallado y bombardeado en Av. Crovara y Av. San Martín, cuando se desplazaba hacia el centro de la ciudad. Recibieron daños también el Ministerio de Marina al ser atacado por unidades del Ejército y el Banco Nación, en cuyas terrazas se habían parapetado comandos civiles revolucionarios. El 16 de septiembre tuvo lugar la primera batalla aeronaval de la historia argentina cuando la Fuerza Aérea peronista acometió sobre la Escuadra de Ríos. También fue bombardeada Mar del Plata, primero por un solitario avión naval y luego por buques de la Armada que dispararon sobre los grandes depósitos de petróleo cercanos al litoral, la Base de Submarinos, las posiciones del Ejército en el inmediato campo de golf y el Regimiento de Artillería Antiaérea de Camet. Tres días después el submarino “Santiago del Estero” entró por primera vez en combate al abrir fuego con su cañón Bofor 40 mm contra aviones no identificados en aguas próximas a Montevideo y también sufrieron bombardeos las localidades de Saavedra y Río Colorado. En aquella revolución se pusieron al descubierto las grandezas y miserias de toda guerra. Actos de heroísmo y decisión, acciones temerarias, hechos brutales, flaquezas y traiciones. El 16 de junio quedó demostrado que gran parte del pueblo estaba dispuesto a pelear por Perón hasta la muerte. Ese día, miles de obreros ganaron la calle para proveerse de armas y luchar por su líder. Decenas murieron en combate, la mayoría, durante el ataque al Ministerio de Marina y otro tanto ocurrió el 21 de septiembre cuando un número no identificado de fanáticos de la Alianza Libertadora Nacionalista perecieron durante el ataque que llevaron a cabo las tropas revolucionarias contra su sede. 393


Hubo soldados que supieron cumplir su misión de acuerdo a la preparación que habían recibido, uno de ellos el tan criticado teniente Adradas que no hizo más que hacer lo que correspondía o el vicecomodoro Síster, firme en su determinación de defender al régimen justicialista y otros que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Se vio a militares dejar en alto su honor como el almirante Benjamín Gargiulo que al igual que los antiguos generales romanos, prefirió quitarse la vida antes que enfrentar la ignominia y a oficiales dispuestos a morir antes que rendirse, tales los casos del general Lonardi, el coronel Arturo Ossorio Arana, los capitanes Perren y Rial, el comodoro Krausse, los mayores Montiel Forzano y Juan Francisco Guevara, el coronel Arias Duval, el capitán Ramón Eduardo Molina y el un tanto inconsciente Dalmiro Videla Balaguer por el lado rebelde y a otros perecer en combate como el general de brigada Tomás Vergara Ruzo y tantos aviadores, soldados y marinos que combatieron con determinación en ambos bandos. Por el lado de las fuerzas leales, sorprenden aún la firmeza y profesionalismo de generales como Franklin Lucero, Miguel Ángel Iñíguez y José María Sosa Molina, el teniente coronel César Camilo Arrechea, el capitán Hugo Crexell y tantos más que honraron el arma a la que pertenecían. En alto quedó el honor argentino a bordo de los destructores “La Rioja” y “Cervantes” y en la firmeza de los cuadros que en Bahía Blanca y Punta Alta aguardaron firmes en sus puestos el avance de fuerzas poderosas que marchaban sobre ellos. También hubo actitudes ambiguas y titubeantes como las del almirante Olivieri, los generales Bengoa, Lagos y el mismo Aramburu, la falta de decisión y depresión del teniente coronel Barto durante el avance de los regimientos hacia el sur bonaerense y actitudes como la del primer teniente Rogelio Balado que habiendo sido uno de los pilotos emblemáticos del régimen, se pasó de bando y una vez en combate, se resistió a disparar contra un Avro Lincoln enemigo que acababa de ametrallar las posiciones leales en el aeródromo de Pajas Blancas, la del capitán Bernardo Benesch, que hizo lo propio cuando le ordenaron batir los blancos de Mar del Plata el 19 de junio (antes de zarpar se había ofrecido a oficiales y marineros que no estuviesen de acuerdo con el alzamiento abandonar las naves y regresar a tierra, cosa que él no hizo) o la del capitán Edgardo Andrew, cuando le pidió al capitán Rial que revocase la orden de bombardear al Regimiento 5 de Infantería de Bahía Blanca que se negaba a rendirse. Durante la segunda fase de la revolución intervinieron en operaciones de combate y patrullaje más de 70 aviones SALIDAS y se movilizaron los principales regimientos y unidades militares de las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, San Luis y la Patagonia. El 21 de septiembre de 1955, después de las últimas acciones de guerra, seguía imperando un clima expectante en todo el país y mientras los emisarios del gobierno y los representantes de las fuerzas sublevadas iban y venían en medio de las negociaciones, en Córdoba, las unidades de combate fueron retornando lentamente a sus bases. Ese mismo día, conocida la victoria de las fuerzas revolucionarias, el pueblo de Córdoba de lanzó a las calles para festejar la caída del régimen, concentrándose primeramente en la Plaza San Martín, frente al ruinoso edificio del Cabildo, adornado especialmente con tres banderas argentinas y a la gente aclamar a los principales jefes rebeldes. Miles de hombres y mujeres se dirigieron a la contigua Catedral para 394


agradecer al Señor y su Santa Madre el fin de la contienda y una verdadera multitud se lanzó a recorrer las calles en automóviles, motocicletas, camiones, carros, colectivos o simplemente a pie, para vivar a la revolución triunfante, a sus conductores, y a los próceres de la Patria. Dos días antes fue Bahía Blanca la que desbordó de entusiasmo, con su población saltando, vivando y cantando en la vía pública mientras hacía flamear banderas, lucía cintas y escarapelas celestes y blancas y ostentaba retratos de San Martín, Belgrano y Nuestro Señor Jesucristo. Al llegar al edificio de la CGT, la gente entonó el Himno Nacional, por tratarse de un símbolo de la prepotencia del régimen y se ovacionó a los almirantes Toranzo Calderón y Olivieri cuando desde su prisión en La Pampa hicieron su arribo a la Municipalidad bahiense, sede del comando revolucionario. Frente a las oficinas del incendiado diario “Democracia” y la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia la multitud lanzó mueras a Perón y vivas a la Patria y la Libertad. El 21 de septiembre, de regreso en sus respectivas unidades y después de un reconfortante baño caliente, cadetes y conscriptos cadetes y conscriptos de las escuelas de Aviación Militar y Tropas Aerotransportadas en Córdoba, fueron informados que al día siguiente iban a participar en los desfiles que se habían, para conmemorar la victoria. El 22, por la mañana, muy temprano, los soldados formaron en los patios de ambas escuelas para dirigirse a la ciudad realizar la parada junto a los efectivos de Ejército y comandos civiles que habían tomado parte en la batalla. El Diario de un Cadete es gráfico al relatar los hechos. “El Cuerpo sigue en el estado de siempre…Se reunieron todos los oficiales con el General Lonardi en el Casino de Cadetes y por esa causa no podemos comunicarnos con F… para pedirle el relevo. Cuando finalmente logramos hacerlo nos dijo que quedaba solamente una carpa con un cadete y 16 soldados. Trabajamos como enanos para retirar las carpas y llevarlas al Escuadrón. Una vez que terminamos con todo, fuimos al Cuerpo, y allí, entre los tres jefes del Grupo tuvo lugar el ‘emocionante’ sorteo para ver quien se quedaba… Si me hubiera tocado, tendría que haber hecho un enorme esfuerzo de voluntad para quedarme, pero la suerte me sonrió; claro que le tocó al ‘Turco’, ¡pobre!, él no estará mejor que yo”. De ese modo, las tropas abordaron camiones y ómnibus militares y enfilaron hacia la capital provincial donde, al llegar a la Av. Vélez Sarsfield echaron pie a tierra para iniciar la parada. Lo hicieron después de una prolongada espera, frente a la población que lanzaba vivas a su paso y les arrojaba flores mientras desde los edificios cercanos caía una lluvia de papeles al grito de “¡Libertad!, ¡Libertad que se escuchaba por todas partes. Finalizado el desfile, las tropas regresaron a los cuarteles, para continuar las actividades propias de los tiempos de paz ignorando que la jornada siguiente se cobraría la vida de otro camarada. Durante un vuelo de patrulla y observación, el Calquin I.Ae-24 del Grupo 2 de Ataque, piloteado por el alférez Edgardo Tercillo Panizza se precipitó a tierra en las afueras de la ciudad, al presentar inconvenientes mecánicos. Enterados de ello, cadetes y oficiales se encaminaron hacia el lugar, atravesando, previamente el Barrio Aeronáutico, con la intención de ver los restos del aparato que aún humeaba en el campo. Una vez allí, se encontraron con los restos, observándolos en silencio mientras meditaban sobre los acontecimientos que habían tenido lugar en los días previos y el curso que tomaría la historia a partir de ese momento. 395


También Mar del Plata se sumó a los festejos con largas columnas humanas desfilando por sus calles hasta la Municipalidad, para entonar el Himno Nacional y hacer flamear banderas. El 23 de septiembre, los frentes de la ciudad amanecieron adornados con los colores azul y blanco; cerca de las 10.00 hubo una nueva marcha hasta el palacio de gobierno donde se repartieron escarapelas, cintas y flores como en los días de mayo y los festejos siguieron en diferentes puntos hasta altas horas de la noche. La Argentina iniciaba un nuevo camino; una era había finalizado y otra daba comienzo pero el desencuentro entre hermanos no iba a terminar ahí. El país no volvería a encontrar su rumbo y la sociedad continuaría resquebrajándose hasta límites insospechados.

Imágenes Fotografías: Miguel Ángel Cavallo, Puerto Belgrano. Hora Cero. la Marina se subleva

El pueblo de Bahía Blanca sale a las calles a festejar el triunfo de la Revolución

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Alegr铆a y felicidad en la poblaci贸n tras la renuncia de Per贸n

Los festejos en Bah铆a Blanca

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Llega a Bah铆a Blanca el contralmirante Samuel Toranzo Calder贸n

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El Contralmirante Toranzo Calder贸n al llegar a la Municipalidad de Bah铆a Blanca

La oficialidad recibe a su jefe tras su liberaci贸n

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Toranzo Calder贸n en la Municipalidad de Bah铆a Blanca

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LA VICTORIA

Llegada del Crucero "17 de Octubre" al puerto de Buenos Aires. El almirante Rojas eufórico junto a su plana mayor A las 10.30 de la mañana del 23 de septiembre de 1955, el crucero “General Belgrano” hizo su entrada en el puerto de Buenos Aires y media hora después amarró en la Dársena C, frente a la enfervorizada multitud que esperaba en los muelles agitando banderas y lanzando vivas a la victoriosa revolución. Desde el puente de mando el almirante Rojas, observaba la escena conmovido mientras la muchedumbre aclamaba su nombre. Entre la gente aguardaban su esposa Lía Edith “Beba” Sánchez, con un gran ramo de flores en sus manos, llorando emocionada y sus hijas, María Lía y María Teresa quienes, a su vez, agitaban sus manos en señal de saludo (su hijo Gustavo Rojas, cadete naval, se hallaba embarcado con la Escuela). Al descender a tierra, el almirante fue saludado calurosamente por la concurrencia y al cabo de media hora se encaminó hacia Aeroparque para recibir al presidente provisional de la República, general Eduardo Lonardi, que en esos momentos viajaba desde Córdoba a bordo del DC-3 matrícula T-23 escoltado por tres Gloster Meteor. El trayecto desde el puerto a la estación aérea fue una verdadera marcha triunfal, con la multitud agolpada a ambos lados de la Costanera, vivando y agitando banderas y símbolos patrios, entre ellos retratos del general San Martín y el Sagrado Corazón de Jesús. 401


En el Aeroparque se hallaban presentes los generales Aramburu, Bengoa, Uranga, Forcher y Bergallo, quienes saludaron emocionados al marino, estrechándose en efusivos abrazos. El DC3 en el que viajaba Lonardi tocó la pista a las 12.30, precedido por un avión de transporte que conducía a un pelotón de paracaidistas y detrás hicieron lo propio los tres cazas a reacción que en los días previos, habían tomado parte en los combates. Cuando el jefe de la revolución salió por la compuerta, un griterío ensordecedor conmovió el lugar. Rojas y los generales lo esperaban al pie de la escalerilla y todos se estrecharon en un fuerte abrazo, en medio de los vivas de la multitud. El trayecto hasta la Casa Rosada se hizo a bordo de un vehículo descapotable y fue lo más parecido a un “triunfo romano” que viera Buenos Aires a lo largo de su historia. Al paso de los vehículos, la muchedumbre aclamaba a sus héroes, agitando banderas y arrojando flores. Y allí se vio a más personas que mostrando retratos de Nuestro Señor Jesucristo y del general San Martín, símbolos de la religión y la patria mancilladas intentaban acercarse a la caravana. “A lo largo del trayecto, mezclados entre la concurrencia, estaban apostados marinos de diversa graduación, a los cuales el capitán de fragata de Infantería de Marina Juan García, había armado y dispuesto que vistieran de civil” explica Ruiz Moreno en su obra y luego añade: “El auto que conducía a Lonardi y Rojas, manejado por cadetes del Colegio Militar, solo podía avanzar por Paseo Colón, aproximándose a la plaza de Mayo, debido a que le abría paso un carrier del Ejército. Ocupaban el automóvil en su parte delantera los cadetes Auel, Fernández Sfeir y Lorenzo, este último, abanderado del Colegio”.

El Gral. Lonardi jura como presidente de la Nación

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Al subir la explanada de la Casa de Gobierno, el carrier que precedía al automóvil presidencial efectuó un giro brusco y aquel lo embistió, rompiendo uno de sus faros delantero. En la contigua Plaza de Mayo, la multitud enfervorizada reclamaba la presencia de los jefes revolucionarios, vivando a sus líderes, como en los más emblemáticos actos partidarios de la era peronista. Lonardi, Rojas y la comitiva que los escoltaba subieron hasta el Salón Blanco que en esos momentos se hallaba colmado y allí prestaron juramento, el primero como presidente de la Nación y el segundo como vicepresidente. Acto seguido, la concurrencia entonó las estrofas del Himno Nacional e inmediatamente después prorrumpió en vivas y aplausos que las flamantes autoridades respondieron con su característica prudencia. Luciendo la banda presidencial y ostentando en su diestra el bastón de mando, el general Lonardi se asomó por el balcón de la Casa Rosada acompañado por el almirante Rojas y el séquito de personas que los rodeaban. De ese modo, sonriendo satisfechos por el espectáculo que se veía desde lo alto, saludaron a la multitud que cubría Plaza de Mayo hasta donde alcanzaba la vista. Un griterío ensordecedor se elevó desde el epicentro de Buenos Aires, escenario de tantos sucesos de la historia patria, al tiempo que decenas de miles de banderas argentinas (y muchas del Uruguay) flameaban aquí y allá, dando vida al lugar. Lonardi habló a la multitud y esta respondió cada una de sus palabras con más vivas y aplausos y al finalizar, se retiró al interior del palacio de gobierno seguido por los altos jefes revolucionarios. Escenas similares se repitieron en Bahía Blanca, Córdoba, Mendoza y otros puntos de la Nación donde la ciudadanía opositora salió a las calles para expresar su júbilo y alegría. No muy lejos de donde se desarrollaban esos acontecimientos, a bordo de la cañonera “Paraguay”, Perón vivía sus últimos días en la República Argentina. Versiones sin fundamento dan cuenta que desde su fuga, el 19 de septiembre, se había refugiado en el mencionado bunker antinuclear que había mandado construir bajo el edificio Alas y que desde allí se había dirigido hacia la cañonera a través de túneles que comunicaban el refugio con el puerto. Nada de eso es verdad. En ningún momento utilizó Perón ese bunker sino que, como se dijo en capítulos anteriores, se apresuró a solicitar asilo en la embajada paraguaya y desde ahí se dirigió en automóvil hasta las radas para abordar la “Paraguay”, en la que estuvo alojado hasta el 2 de octubre, fecha de su partida hacia el exilio. Desde el 25 de septiembre, tanto la “Paraguay” como su gemela, la “Humaitá”, permanecían fondeadas en el Río de la Plata, en “silencio de radio”, a una distancia de varios kilómetros de distancia una de otra, constantemente vigiladas por el “King” y el “Murature”. Aquel 2 de octubre, los marinos paraguayos observaron en las zonas aledañas al puerto así como en aguas próximas, un gran despliegue de buques y aviones. Para entonces, la embajada guaraní había solicitado y obtenido del gobierno argentino el salvoconducto necesario para que Perón abandonase la Argentina y en ese sentido comenzaron los preparativos para concretar la operación lo más rápidamente posible. 403


Ese día, el gobierno de Asunción despachó hacia Buenos Aires al hidroavión PBY Catalina T-29 al comando del capitán Herbert Leo Nowak, a bordo del cual, Perón abandonaría definitivamente el país rumbo a esa capital. En él llegaron el contralmirante Gabriel Patiño, comandante de la Armada Paraguaya y el capitán de navío Horacio Barbita, agregado naval de la embajada argentina en Paraguay, quienes debían supervisar la operación. Horas después, cerca de las 11.00, la lancha patrullera argentina P-81, se aproximó a la “Paraguay” llevando a bordo al embajador paraguayo, Dr. Juan R. Chaves, al flamante ministro de Relaciones Exteriores de la República Argentina, Dr. Mario Amadeo; al agregado militar en Paraguay, general Demetrio Cardozo; al mencionado capitán de navío Horacio Barbita; al mencionado jefe del Estado Mayor Naval, capitán de navío Mario Robbio, al comandante del crucero “9 de Julio”, capitán de navío Benjamín Moritán Colman y a los oficiales de la Armada Argentina, capitán de fragata Raúl González Vergara y capitán de corbeta Abelardo Camay. Los recién llegados pasaron a la cañonera y una vez en la cámara de oficiales, se presentaron ante Perón. El Dr. Amadeo fue el primero en hablar. Dijo que estaba allí por expresa orden del Presidente de la Nación, general Eduardo Lonardi, para garantizar la vida y la integridad del mandatario depuesto así como también, la inviolabilidad de los fueros del embajador del Paraguay y el cumplimiento del Derecho de Asilo, agregando al mismo tiempo, que la República del Paraguay había contraído la obligación de cuidar que las futuras actividades del general Perón no alterasen las amistosas relaciones entre ambos países. A ello respondió el embajador Chaves que la República Argentina, haciendo honor a sus tradiciones, había cumplido una vez más con sus compromisos internacionales y que el Paraguay iba a respetar las normas del Derecho Internacional. Perón se despidió de la tripulación, saludando a cada uno de los oficiales y luego bajó la escalerilla en dirección a la lancha patrullera, que abordó con la ayuda del Dr. Amadeo, que lo sostuvo del brazo para que no cayera al agua. La embarcación se separó lentamente de la cañonera y se dirigió lentamente hacia el hidroavión que se mecía lentamente sobre las aguas, cerca de la “Paraguay”. La P-81 se desplazó lentamente, sacudida por el oleaje y a escasos metros del Catalina, se detuvo. La comitiva encabezada por Perón, Chaves y Amadeo pasó a un pequeño bote de la Armada y desde allí continuó a remo, impulsado por marineros de su dotación. Los esperaban su piloto, el capitán Nowak, el copiloto, teniente Ángel Souto y el resto de la tripulación, formada por su navegante, el subteniente Edgar Usher, los mecánicos Insfrán, Escario y Díaz y la azafata Delia González que ayudaron al ex presidente a subir a bordo. Detrás de Perón hicieron lo propio el embajador Chaves, el coronel Demetrio Cardozo, el coronel Ovando, el capitán Bolgasi de la Armada Argentina, el capitán Barbita y el mayor Cialcetta junto al equipaje del ilustre asilado. -Bienvenido a bordo, mi General - saludó el subteniente Usher sujetando a Perón por el brazo. El ex presidente le respondió con amabilidad y a continuación, se ubicó en el asiento que le indicaban, hasta donde fue acompañado por la azafata que, inmediatamente después le alcanzó los diarios del día. Una vez que los pasajeros estuvieron a bordo, el bote de la Armada se retiró, llevando al Dr. Amadeo de regreso a la P-81. Mientras los marineros argentinos remaban, los 404


motores del hidroavión paraguayo comenzaron a acelerar, agitando todavía más las aguas del estuario. Lentamente el hidroavión se alejó de la zona, para iniciar la corrida desde una posición más segura, frente a la mirada atenta de numerosos testigos. Por un momento, se temió que por causa del oleaje no pudiese remontar vuelo pero después de dos intentos, tras deslizarse 1800 metros sobre la superficie del río, se elevó lentamente y comenzó a tomar altura, rozando los mástiles de una de las embarcaciones de guerra argentinas. Una vez en el aire, el piloto efectuó un pronunciado giro hacia la izquierda y poco después enfiló hacia el norte, en dirección a la costa del Uruguay, escoltado por dos Gloster Meteor de la Fuerza Aérea Argentina. Eran las 12.40 horas del 2 de octubre de 1955, el último capítulo de la Revolución Libertadora, llegaba a su fin.

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General Eduardo Lonardi el día de su juramento como presidente de la Nación(Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55)

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Almirante Isaac Francisco Rojas Vicepresidente de la Naci贸n (1955-1958)

Puerto de Buenos Aires, 23 de septiembre de 1955, el almirante Rojas desciende del "17 de Octubre" rebautizado "General Belgrano". (Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar.)

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Las autoridades victoriosas de la revolución, encabezadas por el general Lonardi y el almirante Rojas, se dirigen a la Casa de Gobierno saludados por la muchedumbre. Gentileza: Fundación Villa Manuelita)

Como en los mejores días del peronismo, una multitud se concentra en Plaza de Mayo para presenciar la asunción del general Eduardo Lonardi (Gentileza: Fundación Villa Manuelita)

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Otra vista de la multitud el 23 de septiembre de 1955

Damas partidarias de la revoluci贸n saludan desde un balc贸n de Av. Callao (Gentileza: Fundaci贸n Villa Manuelita)

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C贸rdoba. El pueblo exterioriza su emoci贸n (Fotograf铆a: Jorge R. Schneider)

Los cordobeses se burlan de Aloe (Fotograf铆a: Jorge R. Schneider)

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Partidarios de la revolución destruyen símbolos del peronismo (Gentileza: Fundación Villa Manuelita)

El pueblo de Córdoba se congrega frente al antiguo Cabildo para celebrar la victoria (Fotografía: Jorge R. Schneider) 410


Júbilo en las calles de Córdoba (Fotografía: Jorge R. Schneider)

Júbilo popular tras la caída de Perón (Fotografía: Jorge R. Schneider)

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Desfile de la ciudadanĂ­a por las calles cordobesas (FotografĂ­a: Jorge R. Schneider)

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Caravana antiperonista exterioriza su alegría en la ciudad de Córdoba (Fotografía: Jorge R. Schneider)

Personas de todos los estratos sociales exteriorizan su euforia

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Este colectivo con la leyenda "Libres" es claro ejemplo de lo que sentía una parte importante de la ciudadanía (Fotografía: Jorge R. Schneider)

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Otro transporte público con pintadas alusivas al movimiento revolucionario. Córdoba se vistió de fiesta de la mano de un sector de la ciudadanía que repudiaba a Perón (Fotografía: Jorge R. Schneider)

Estudiantes de Medicina que se ofrecieron como voluntarios para la atención de los heridos se suman a los festejos en el centro de Córdoba

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Como en Buenos Aires, estos jóvenes cordobeses destruyen símbolos del régimen depuesto (Fotografía: Jorge R. Schneider)

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A esta la compré" reza el cartel que llevan estos motociclistas cordobeses (Fotografía: Jorge R. Schneider)

Médicos, estudiantes y enfermeros cordobeses que atendieron a los heridos durante los enfrentamientos (Fotografía: Jorge R. Schneider)

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Enfermeras y voluntarias que ofrecieron su desinteresado concurso para atender a los heridos durante los combates en C贸rdoba (Fotograf铆a: Jorge R. Schneider)

Dos Gloster Meteor junto a un Pulqui II. Los tres aparatos volaron durante el desfile de la victoria en C贸rdoba. (Imagen: Ricardo Burzaco, Alas de Per贸n II)

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El crucero "General Belgrano" (ex "17 de Octubre") amarrado en el Puerto de Buenos Aires. Al fondo el Ministerio de Marina (Imagen: gentileza Fundación Histarmar.)

Homenaje a la memoria del capitán Eduardo Estivariz, el teniente Miguel Irigoin y el suboficial Juan I. Rodríguez el 18 de septiembre de 1956 en las afueras de Saavedra. En la fotografía el contralmirante Arturo A. Rial y el Sr. Carlos A. Mey, presidente de la comisión organizadora del acto (Imagen: gentileza Fundación Histarmar.

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El contralmirante Rial y el Sr. Mey depositan una ofrenda floral en el monumento a los pilotos navales abatidos el 18 de septiembre de 1955 (Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar)

El contralmirante Rial descubre la placa alusiva en el monolito inaugurado en las afueras de Saavedra el 18 de septiembre de 1956 (Imagen: gentileza Fundaci贸n Histarmar.

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EPILOGO El vuelo hasta Asunción transcurrió sin novedades. A poco del despegue, el comandante Nowak dejó la cabina y se dirigió hasta el asiento en el que Perón se encontraba sentado, para presentarle sus respetos y disculparse, tanto por los inconvenientes de la partida, como por la lentitud del vuelo. El ex mandatario le manifestó su admiración por su desempeño profesional y lo animó a seguir conversando. La máquina voló hasta Reconquista escoltada por los dos Gloster Meteor MK.4 del Grupo 3 de Caza perteneciente a la VII Brigada Aérea con asiento en Morón. Al llegar a ese punto, los cazas viraron y se retiraron para aterrizar en el aeródromo de aquella ciudad, después de ser relevados por otros dos aparatos similares que siguieron al Catalina hasta la frontera con Paraguay. El hidroavión ingresó en su espacio aéreo y quince minutos después aterrizó en el aeropuerto militar de Ñu Guazú (17.45), en medio de un gran despliegue y muchas expectativas. Perón vivió en Paraguay exactamente un mes, primero en la residencia particular de Ricardo Gayol, un próspero comerciante argentino radicado en Asunción y después en una confortable finca de Villarrica, localidad del departamento de Guairá a 172 kilómetros al este de la capital. El 2 de noviembre de ese mismo año partió hacia Venezuela y tres días después se estableció en Panamá, primera etapa de su largo exilio. Regresaría triunfante a la Argentina 18 años después, para asumir su tercera presidencia en 1973, en un clima de inusitada violencia que convulsionaba al país desde 1970. Cuando en octubre de 1955 partió al exilio, dejó atrás a miles de obreros que veían en él a una figura protectora. Muchos habían luchado y muerto por defenderlo y él no estuvo a la altura de esos hechos. Como dice Miguel Angel Cavallo al final de su libro, editado poco después de los hechos: “…aquellos hombres…todo lo esperaban de él… Muchos esperaban todo de él. Habían delegado sus propias personas en él. Y en él su esperanza, y su futuro, y el futuro de sus hijos, en la menos masculina de las renunciaciones. “Muchos esperaban todo de él. “El; el mismo dijo: ‘Si el pueblo me necesita, mi lugar está con él. Si el pueblo no me necesita, como argentino me sentiré más seguro en la cárcel que en ninguna embajada extranjera. Digo esto, no para atribuirme méritos, sino para hacer resaltar la diferencia que hay entre nosotros, y esos opositores a la violeta que cuando se resfrían se van a una embajada como exiliados’. “De la Embajada, a la Cañonera. “¡El!”1. Pero si Perón no estuvo dispuesto a pelear, otros lo hicieron en su nombre y hasta dieron su vida por su persona, como lo habían hecho centenares de trabajadores y soldados que cayeron en su defensa durante las acciones de junio y septiembre. En el mes de febrero de 1956 Lonardi ya no gobernaba el país. Después de un golpe interno acaecido en el seno del movimiento revolucionario, el valeroso general que había luchado y puesto el pecho en los momentos más difíciles de la contienda, fue 421


removido y reemplazado por el general Pedro Eugenio Aramburu, siempre con el almirante Rojas como vicepresidente. El 15 del mismo mes estalló un polvorín del Ejército en la provincia de Mendoza, producto de un atentado. El 2 de marzo fueron atacados varios puestos de vigilancia del Colegio Militar de la Nación y una fábrica militar cercana y el 8 de junio, un grupo de suboficiales peronistas pertenecientes a la Escuela de Mecánica del Ejército, copó la guardia en momentos en que el presidente de la Nación, , visitaba la provincia de Santa Fe acompañado por varios funcionarios de su gobierno. También se intentó abrir las puertas de la unidad para permitir a los civiles tomar una vez más las armas y reducir a quienes opusiesen resistencia. El movimiento fue abortado pero puso en estado de alerta a las guarniciones militares. Era evidente que elementos peronistas de las fuerzas armadas estaban gestando un contragolpe y que había que moverse con rapidez para contrarrestarlo. Ese mismo día el Regimiento 7 de Infantería de La Plata se sublevó a las ordenes del coronel (RE) Oscar L. Cogorno. Tres tanques, media docena de camiones y varios vehículos militares salieron de sus cuarteles e intentaron tomar el Comando de la II División de Ejército y la Jefatura de Policía de la Provincia de Buenos Aires, sin alcanzar el objetivo. Pocas horas después se replegaron, rechazados por tropas de Infantería de Marina enviadas desde la Base Naval de Río Santiago y se atrincheraron en sus cuarteles donde permanecieron encerrados toda la noche, sitiados por las tropas del gobierno. En la madrugada del 9 de junio, esas fuerzas fueron bombardeadas fueron bombardeadas y ametralladas por aviones de la Fuerza Aérea y la Aviación Naval mientras las tropas de tierra abrían fuego con sus baterías y armas livianas. A todo esto, en Las Plata, militantes peronistas asesinaron a un inspector de la Policía Federal en Ringuelet y atacaron trenes bloqueando previamente las vías con diferentes objetos. En la zona noroeste, más precisamente en Campo de Mayo, militares y civiles al mando del general Isidro Martín coparon el puesto de guardia de la Puerta Nº 3, y otro grupo de suboficiales hizo lo propio en el Comando de la Agrupación de Infantería, al mando de los coroneles Alcibíades E. Cortines y Ricardo S. Ibazeta. Por su parte, en Rosario, milicianos peronistas se apoderaron de LT2 para transmitir consignas partidarias a la nueva revolución y al ideal justicialista, pero fueron rápidamente reducidos por efectivos policiales al mando del capitán de fragata (RE) Kurtzeman2. Hubo también desplazamientos en La Pampa pero ninguno llegó a prosperar. En la madrugada del 10 de junio la situación se hallaba completamente controlada y el total de los jefes del alzamiento, detenidos. La Revolución Libertadora actuó con extrema dureza y condenó a la pena capital a 18 militares y una cincuentena de civiles. Fueron fusilados el general de División Juan José Valle, los coroneles (RE) Alcibíades Eduardo Cortines y Ricardo Salomón Ibazeta, el teniente coronel (RE) Oscar Lorenzo Cogorno, los capitanes Dardo Néstor Cano y Eloy Luis Caro, los tenientes primeros Jorge Leopoldo Noriega y Néstor Marcelo Videla, los suboficiales principales Miguel Ángel Paolini y Ernesto Garecca, el sargento Hugo Eladio Quiroga, el cabo primero Miguel José Rodríguez, los sargentos ayudantes Isauro Costa y Luis Brignotti, el sargento Luciano Isaías Rojas, el teniente 422


de Reserva Juan Alberto Abadie, el teniente coronel Valentín Irigoyen y el capitán José Miguel Costelo. Fueron pasados por las armas, también, varios civiles la mayoría, militantes sindicales, todos ellos en los basurales de José León Suárez y en la localidad de Lanús, escapando milagrosamente a estas penas el general Tanco y otros condenados, quienes se mantuvieron ocultos hasta el 13 de junio cuando la ley marcial, impuesta el día 8, fue levantada. Al día siguiente, él junto a otros sublevados, se refugiaron en la embajada de Haití, donde solicitaron asilo. Enterado el Servicio de Inteligencia del Estado (SIDE), de que los oficiales buscados se hallaban en la legación, su titular, el coronel Domingo Quaranta se presentó armado al frente de un pelotón integrado por civiles y militares , irrumpiendo violentamente en su interior en un acto que violaba todo protocolo diplomático y la jurisdicción del país caribeño. Como en esos momentos el embajador Jean Brierre no se encontraba fue su esposa la que salió a recibir a los invasores, sorprendida en la noche, vistiendo ropas de dormir y una bata sobre ellas. -Señor –dijo la dama mientras descendía la escalera- usted no puede entrar aquí y menos armado. Soy la embajadora y le recuerdo que… -¡¡Que vas a ser la embajadora, negra de mierda!! – le espetó Quaranta con dureza. Y corriendo a la señora de Brierre de un empellón, entró a punta de pistola en las habitaciones donde se encontraban los asilados, y con la ayuda de sus hombres los sacó a la calle de manera violenta. Versiones que surgieron mucho después de esos hechos dan cuenta que Quaranta y su gente intentaron fusilar a los detenidos en la puerta misma de la embajada pero que la presencia de testigos se los impidió. Son versiones que surgieron medio siglo después, en plena vorágine de denuncias y procesos por violaciones a los derechos humanos, pero que nadie mencionó en su momento, ni los más acérrimos peronistas ni aquellos que pedían sangre. Lo cierto es que para entonces, la ley marcial había sido levantada y los fusilamientos detenidos. Tanco fue arrestado y conducido con su gente a la Penitenciaría Nacional en calidad de detenido. A casi un año del estallido de la Revolución Libertadora, el estallido revolucionario justicialista fue abortado y poco a poco la calma fue renaciendo en todo el ámbito del país. El castigo impuesto a los complotados fue demasiado duro. No había actuado así Perón cuando el 16 de junio sus seguidores le pedían a gritos la pena de muerte para los responsables de tan sangrienta jornada o cuando su esposa Eva le imploró fusilar al general Menéndez y sus seguidores después del fallido intento del 28 de septiembre de 1951. Sin embargo, había sido él quien encendió la mecha del odio, dividiendo a la sociedad, enfrentando a las clases sociales y alimentando el resentimiento en su provecho. En 1963 se organizó en Buenos Aires una agrupación política que llevó por nombre “Partido Revolución Libertadora”, que propiciaba los ideales del movimiento para contrarrestar el cada vez más perceptible resurgimiento del peronismo, la infiltración comunista y el retorno de Perón. Sus principales líderes, el escribano Jorge Fauzón 423


Sarmiento3 y el Dr. Ismael Carlos Gutiérrez Pechemiel4, habían militado y combatido en los comandos civiles revolucionarios sufriendo el primero, prisión y torturas y el segundo, agravada su situación por su parentesco con el general Benjamín Menéndez, apremios y persecuciones. El Partido Revolución Libertadora, cuyo símbolo era un gorila de feroz aspecto y su lema “Llene de gorilas el Congreso”, inició una violenta campaña contra el peronismo, sufriendo un atentado explosivo en su sede partidaria que ocasionó heridas a dos agentes de policía. Sus manifestantes llegaron a enfrentarse con elementos sindicales cuando María Estela Martínez de Perón visitó el país en 19655y se presentó con la Lista 20 en las elecciones del mes de mayo de 1965, llevando a Gutiérrez Pechemiel como candidato a diputado nacional en primer término. El mismo año en que se fundó el partido, otro grupo de ciudadanos, civiles y militares, la mayoría de activa participación en el movimiento armado, dio forma a la Comisión de Afirmación de la Revolución Libertadora, con el firme propósito de mantener encendido el espíritu que animó al movimiento. Eran (y siguen siendo) sus postulados: la defensa de la libertad en todos los campos y los sabios principios de la Constitución de 1853, el respeto a las libertades individuales y mantener siempre vigente la condena a la tiranía peronista y a los totalitarismos de toda especie. El Dr. Alejandro Dussaut fue su primer presidente, sucedido, tras su fallecimiento, por el general Federico Toranzo Montero, y cumplido su mandato, por el contralmirante Isaac Francisco Rojas. Durante esos tres ejercicios la actividad fue intensa, con la organización de actos, homenajes, agasajos, conferencias, publicaciones, almuerzos de camaradería, solicitadas e intervenciones en radio y televisión. En 1980 al cumplirse los 25 años de la asonada, se llevaron a cabo importantes actos, el principal en el estadio Luna Park, que fue colmado por una gran multitud, oportunidad en la que pronunciaron encendidos discursos importantes personalidades civiles y militares. Cinco años después, la Comisión publicó el libro A treinta años de la Revolución Libertadora, que tuvo amplia repercusión y fomentó todo tipo de actividades culturales. Tras el fallecimiento del almirante Rojas el 12 de abril de 1994, esas actividades decayeron un tanto, pero resurgieron en agosto de 2001 a raíz de los graves acontecimientos sociales que vivía el país. En la oportunidad, con la asunción como presidente del almirante Jorge Julio Palma, se emitió un comunicado que decía textualmente: “Los miembros de la Comisión de Afirmación de la Revolución Libertadora, creada hace 40 años, ante la muy crítica situación que vive la Nación, consideran un deber cívico relanzarse en su acción testimonial a fin de contribuir en la medida de lo posible en la recuperación de la República, procurando así corregir la tergiversación histórica predominante en los últimos años, ahondando en la verdaderas y profundas causas de nuestra crisis moral y, por lo tanto, jurídica”. En el año 2005 el Dr. Ismael C. Gutiérrez Pechemiel, vocal titular de la comisión y ex comando civil revolucionario presentó su libro Los bienes del ex dictador, fruto de su labor como secretario de la Junta Nacional de Recuperación Patrimonial y la Intervención Custodia de Bienes entre los años 1955 y 1957. Tras la muerte del Alte. Palma, asumió la presidencia el capitán de navío (RE) Hugo Dietrich con quien la comisión funciona hasta el día de hoy. Pertenecen y han pertenecido a ella el almirante Carlos Sánchez Sañudo, el Doctor Rafael Sarmiento, el Dr. Juan de Tomas, el capitán de navío (RE) Héctor Mario Vergnaud, el contralmirante (RE) Fernando Biondi, capitán de fragata (RE) Mario H Martínez, el Dr. Ismael C. Gutiérrez Pechemiel, el Dr. Ricardo Meabe, el Dr. Gerardo Ancarola, contralmirante (RE) Luis 424


Sánchez Moreno, capitán de fragata (RE) Horacio Gómez Beret, el Dr. Jorge Valladares, el Dr. Edgardo Manara, la señora Sara A. de Castro Madero, la señora Victoria Gammelson, la Lic. Alejandra Moyano y numerosos adherentes. Perón regresó al poder en 1973, en medio del baño de sangre que venía sufriendo el país desde 1970 por parte del terrorismo y la guerrilla subversiva que ese año secuestró y asesinó al general Pedro Eugenio Aramburu, uno de los principales protagonistas de esta historia. Murió en la gloria, amado y reverenciado, aunque sin poder frenar la ola de violencia que agitaba al país en tan negro período de su historia. Su herencia fue un gobierno inepto y demencial, sin capacidad ni talento, encabezado por su tercera esposa, María Estela Martínez de Perón, que condujo a la nación a una de sus peores crisis sociales, morales y económicas, a un nuevo golpe de Estado y a una dictadura torpe y sangrienta, como pocas se han visto en la historia de América. 1955 marcó la hora del desencuentro para los argentinos. La nación que a principios de siglo fue la más rica del mundo, que alimentó a las hambreadas naciones de Europa sin pedir nada a cambio, que llegó a ocupar el séptimo lugar en el escalafón mundial; el “granero del mundo”, la tierra que abrió sus brazos a millones de inmigrantes, inició el camino del caos y la violencia, del que no pudo salir más. Los años dorados de la Argentina quedaron atrás y sus incapacidades y defectos, saltaron a la vista agudizándose con el transcurso del tiempo. El país opulento anterior a 1955 hoy es un mito. Perón y la Revolución Libertadora son, en gran parte, responsables de ello.

Imágenes

El hidroavión paraguayo PBY Catalina T-29 que conduce a Perón aterriza en Asunción (Imagen: Augusto Ocampos Caballeros, La Cañonera)

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Perón Saluda al capitán Herbert Leo Nowak, comandante del hidroavión que lo condujo a Asunción (Fotografía obtenida por el subteniente Edgar Usher)

Asunción. Custodia militar en la casa donde se aloja Perón (Fotografía: "El Plata"- Augusto Ocampos Castellanos, La Cañonera)

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Habitantes de la capital paraguaya se congregan frente a la residencia del empresario argentino Ricardo Gayol, donde se aloja Perón (Fotografía: "El Plata"- Augusto Ocampos Castellanos, La Cañonera)

Periodistas dialogan con militares paraguayos que custodian la casa de Gayol en la que se alojó Perón (Fotografía: "El Plata"- Augusto Ocampos Castellanos, La Cañonera)

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Gral. Juan Jos茅 Valle, jefe de la asonada pro peronista del 11 de junio de 1956. Es uno de los treinta fusilados por la Revoluci贸n Libertadora

La irracionalidad lleva a buen n煤mero de ciudadanos a congregarse en Plaza de Mayo para celebrar los fusilamientos (Gentileza: Fundaci贸n Villa Manuelita)

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Gral. RaĂşl Tanco, segundo del general Valle

Tte. Cnel Oscar L. Cogorno fusilado en el Regimiento 7 de InfanterĂ­a de La Plata el 11 de junio de 1956

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Los fusilamientos de 1956 no tuvieron justificativo (imagen: "Operaci贸n Masacre", pel铆cula de Jorge -Cedr贸n, 1972)

Plana mayor del general Valle

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Civiles y militares fusilados en junio de 1956 Notas 1 Miguel Ángel Cavallo, Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva, p. 149. 2 Algo similar aconteció en la cercana Rafaela. 3 Prestigioso escribano de la Capital Federal, sufrió apremios, persecución y tortura durante el gobierno de Perón. Compartió su estudio con su hermano Eduardo en el edificio de la calle Cerrito 512, 4° Piso 4 Abogado, emparentado al general Benjamín Menéndez, tuvo a su cargo las investigaciones de la Junta Nacional de Recuperación Patrimonial y la Intervención Custodia de Bienes del dictador depuesto. 5 En la oportunidad, se alojó en el hotel del sindicatoe Luz y Fuerza.

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Guerracivil1955  

Historia detallada de los prolegómenos de la Revolucion Libertadora de 1955, sus hechos y final.

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