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EL HALCÓN DE LOS MARES Juan José Raggio Etcheverry

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© Copyright 2012 by Juan José Raggio Etcheverry Primera edición abril del 2012 Impreso en Chile Derechos Reservados

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EL HALCĂ“N DE LOS MARES Los nombres de los tripulantes son ficticios.

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Dedicado a Cecilia Andrea Carolina Isabel María Francisca Pilar Constanza Cristian Ignacio Juan Carlos Magdalena Teresita José Ignacio Matías Alberto Paula Trinidad Fernanda de los Ángeles e Isabella José

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“Haré aquí un paréntesis que aprovecharé para daros algunos datos sobre la navegación patagónica, que puedan ser, además, una advertencia para posprobables viajeros, aquel laberinto de canales y ese amasijo de islotes, peñones, rompientes que constituyen el extremo austral del archipiélago de Tierra del Fuego y la región magallánica, eran, en aquella época – y lo son aún en la nuestra- una especie de cementerios de buques. Especialmente a los veleros que venían desde el Atlántico al Pacífico se les presentaba la siguiente y terrible disyuntiva, doblar el terrible Cabo de Hornos para no tener que pasar por los variados peligros del Estrecho de Magallanes, o arriesgar el cruce del mismo para no doblar el Cabo de Hornos. De los dos males, los navegantes elegían el primero, que era, sin duda, el menor, o sea, dar la vuelta alrededor del extremo sudamericano” De “Pequeña Historia Magallánica”, Armando Braun Menéndez.

“De la poética figura del legendario velero sólo queda lo que se ve en la fotografía, una parte del puente de mando y sus dos largos mástiles que se niegan a perderse para siempre en el fondo del mar.” De EL MERCURIO DE VALPARAISO.

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PREFACIO Este relato narra –con la colaboración de mi memoria y de unos viejos apuntes– la travesía de un velero ya entrado en años y algo golpeado por la vida, en las frías y siempre impredecibles aguas del Atlántico Sur. Allá abajo, en el mismísimo vértice del mundo, donde el viento sopla salvaje sin misericordia alguna. Iniciada en la ciudad de Buenos Aires, en los subtropicales 34 grados de latitud Sur y finalizada en el Estrecho de Magallanes, en los ventosos 52 grados, la misma aconteció dentro de una realidad muy distinta de la actual; lo hizo en un mundo desprovisto de la segura y protectora tecnología de hoy día. Y recién ahora, el describirlo, vengo a caer en la cuenta que ocurrió hace ya la friolera de más de medio siglo. Cuan rápido pasó el tiempo; como fue cambiando todo. El mundo, evidentemente, no era entonces el mismo de hoy; en aquellos años, otras eran las circunstancias que condicionaban nuestras vidas y motivaban nuestras preferencias. Es indudable que cambios vertiginosos y profundos signaron estos últimos cincuenta años, mientras modificándolo todo a su paso implacablemente iban alterando valores y conceptos cambiando así, irremediablemente, nuestra manera de vivir. Fue un medio siglo de paso ligero y apresurado. Jamás en la historia de la humanidad se había producido tal cúmulo de cambios como los vistos en estos últimos cincuenta años y me cupo a mí la fortuna de haberlos vivido disfrutando de un mundo nuevo y sorprendente, casi, en cada amanecer. En aquellos años, el centro generador de los grandes acontecimientos mundiales estaba en Europa desde donde estos se irradiaban esparciéndose por el resto del mundo; todo lo realmente importante y trascendente provenía de ella. Ahí, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial que había terminado ya hacía algunos años, Alemania había quedado dividida en dos y de esta manera, Alemania, el mayor productor de Europa, quedaba con medio cuerpo dentro de la órbita comunista de la que todos estábamos convencidos, jamás lograría zafarse. Era esa la época en que la sombra del comunismo comenzaba a extenderse sobre Europa cubriendo sus territorios, y lo que era mucho más preocupante, posesionándose de las mentes; lo que le aseguraba un avance multiplicador. En ese entonces, una nueva filosofía de vida fundada en el absoluto control de un omnipotente Estado que todo lo abarcaba y dominaba, estaba llegando desde el victorioso Este y había alcanzado hasta el corazón mismo de Europa. Con una fuerza incontenible y defendida por connotados intelectuales, era rápidamente aceptada por los pueblos e irrumpía como una panacea social. El comunismo se presentaba como el vendaval que aventaría todas las injusticias sociales. Llegaba como la última esperanza de los oprimidos. Esta nueva filosofía de vida lo supeditaba todo, desde las relaciones internacionales hasta las domésticas políticas nacionales. Era el condicionante de todas las actividades; cuesta creerlo hoy, pero así era. Condicionaba los flujos de capital, los planes educacionales, las relaciones laborales, las inversiones industriales y comerciales, los proyectos armamentistas, las superficies sembradas y los tipos de cultivo, la distribución y el consumo, su libertad o su racionamiento, los cupos de la producción industrial, los precios, las remuneraciones, en fin, todo; absolutamente todo. 9


En esta Europa de post guerra, fatigada y descreída, destruida, expuesta a ideologías socializantes que se ofrecían como salvadoras de la humanidad, muchos comenzaban a mirar hacia Sud América pensando que podrían satisfacer aquí sus tan ansiados anhelos de paz, de seguridad y de progreso. Entre aquellos que así pensaban, se encontraba un grupo de decididas familias que rehusaban someterse a una ideología que anulaba la personalidad y la competitividad – tan caras ambas al alma europea – y estas tomaron la determinación de dejar Europa a bordo de un velero de sólo ciento ochenta toneladas de desplazamiento, llamado FALKEN; el halcón, en idioma sueco. Los adultos, los niños, las esposas y los ancianos que constituían este grupo, se embarcaron todos en él rumbo al sur de la América del Sur, en el otro extremo del mundo, dispuestos a afrontar los riesgos y los rigores de una navegación a vela de más de cinco mil millas con destino a Argentina. Pienso que tienen que haber sido muy grandes los temores al comunismo y a su abrasadora y aplastante ideología, para que familias europeas con un arraigo de siempre en ese Continente hayan tomado la determinación de dejarlo todo, arriesgar sus vidas en una navegación a vela y afrontar los requerimientos de una nueva sociedad en América. En muchos casos, agravados por el dolor que dejaban familias desmembradas y reencuentros y reconciliaciones que ya jamás volverían a materializarse. Para que mejor se comprenda lo riesgoso de un viaje tan largo a bordo de un velero, cabe recordar que por esos años muchas regiones del planeta permanecían aún en el aislamiento y en la incomunicación. Vastas comunidades vivían semiencerradas dentro de sus propios espacios con muy poco o con casi ningún intercambio con el exterior. Las comunicaciones eran entonces lentas y deficientes. Ningún satélite orbitaba la tierra. La televisión no era aún un miembro más de la familia, presente en cada hogar, informado, conocedor, comunicativo y parlanchín, como lo es hoy día. Nadie había osado salir al espacio exterior. La medicina no había popularizado los antibióticos y una infección, por insignificante que fuera, si carecía de tratamiento adecuado, podía resultar fatal. El genoma humano era un secreto impenetrable. La longevidad no disfrutaba de una constante sobrevida como lo hace hoy. El avance tecnológico que en estos días está al alcance de casi todos y cuyo desarrollo y realidad ha llegado a un punto en que desbandó la ética, era, en esa época, un proyecto aún incipiente sólo posible de encontrar en la imaginación de algunos pocos y del todo ausente en la realidad cotidiana. En consecuencia, un largo viaje por mar implicaba siempre riesgos desconocidos y se transformaba en una peligrosa aventura en la que los viajeros quedaban librados a sus propios recursos. La posibilidad de un rescate en medio del océano, era sólo fortuita. El mundo era aún muy largo y muy ancho, salpicado de manchones culturales regionales por todas partes. Los nacionalismos eran marcados, muy genuinos, con escasa contaminación social, de colores vivos, con musicalidad rica y muy sonora y su diversidad cultural no soportaba – todavía – el manto de una neblina igualitaria, unificadora y universalista como tiende a hacerlo hoy día, ayudada en parte por una economía globalizada. La vida transcurría entonces con lentitud y no deprisa como lo hace ahora. Los espacios eran más amplios y los tiempos, más pausados. Era otra vida, con otro ritmo. Fue en ese preciso instante del mundo cuando tuvo lugar este relato.

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EL VELERO Y SU ENTORNO El principal personaje de este relato es el FALKEN, que era un viejo y airoso velero sueco de dos mástiles arbolado como goleta; de prestancia altiva y garbosa, fue sin duda uno de los últimos de su especie. Tenía 85 pies de eslora, unos 26 metros, y bajo su cubierta distribuía una amplia y cómoda cabina que daba lugar a dos hileras de camarotes con dos literas cada uno, dispuestas de a cinco a cada banda a ambos costados de la cabina. Al centro de esta espaciosa cabina, una larga mesa atravesada en su medio por los puntales le permitía acomodar, a la hora del rancho, holgadamente a doce tripulantes. A proa disponía de una cocina y otros dos camarotes, uno a cada banda de ésta. A popa de la cabina principal tenía una amplia y cómoda cámara para el capitán, con su baño privado, una espaciosa litera y la mesa de derrota. Siguiendo a la cámara del capitán, hacia popa, estaba la sala de máquinas. Entre la cámara del capitán y la cabina principal, a una banda había un baño y en la otra estaba el camarote del maquinista. Sobre el cuarto de máquinas una resistente y reforzada timonera de acero se apoyaba firmemente sobre la cubierta. Sobre su cubierta, a popa, abrazando la timonera y por encima del codaste, lucía un balcón semicircular provisto de una segunda rueda de timón adosada a la popa de la timonera la que se gobernaba desde este balcón y que permitía gobernarlo con una amplia visibilidad. Desde su altura, mirando hacia proa, se podía apreciar una cubierta barrida en la que sólo sobresalían dos escotillas y un tragaluz, el que brindaba luz natural a la mesa de derrota en la cámara del capitán, además de una muy buena ventilación. Gobernar el FALKEN desde la altura de este balcón de popa teniendo hacia proa todo el velero a la vista, su despejada cubierta, sus altos mástiles, su blanco e hinchado velamen y hasta el mismísimo penol del bauprés, era mucho más que el agradable placer de navegar en un velero: era un placer indescriptible, era simplemente un gozo. Imposible de olvidar. Su muy resistente casco, con estructura de acero y forrado en madera, era lo suficientemente robusto como para desafiar cuanto temporal tuviere la valentía de atreverse con él. A proa lucía un bauprés y sobre su cubierta un pequeño cañón accionado por un sistema de resortes, le permitía lanzar un cabo con un arpón hasta ochenta metros. Cargaba 2.800 litros de agua, 2.800 litros de combustible, un generador, un anclote, un ancla de respeto, setenta metros de cadena y un bote de cuatro chumaceras. Envergaba su único juego de velas ( ya bastante viejas ) formado por una mayor, una mesana – ambas bermuda – y un foque; todas de algodón, por supuesto, como correspondía a su tiempo, y con claros signos de haber soportado ya la furia de muchos vientos. Navegaba con especial señorío y con soltura, podría decirse que hasta con altiva elegancia, siempre cortando la cresta de la ola con decisión y a la vez cadencioso, apoyándose en el mar como quien retoza en la seguridad de su propia cuna. De rancia 11


estirpe, su quilla había sobrellevado ya una larga y azarosa vida desde su botadura, allá por 1877 en su Suecia natal. Varias misiones humanitarias y el haber sido nave de entrenamiento en la Marina Sueca llenaban su orgullo. Aquí, y ofreciendo las excusas del caso, me voy a permitir salir brevemente del comienzo de este relato – sólo un instante – para deja entrar a mi memoria, ya que recuerdo que mas de un velero llegó a Buenos Aires después de la Segunda Guerra Mundial con europeos que huían del comunismo. Por los personajes que venían en él, no puedo dejar de comentar que un día apareció en Buenos Aires un extraño velero doble proa que fue a fondear a sólo unos kilómetros al norte, en el Partido de Vicente López, en una zona privilegiadamente residencial, donde se encuentra el pequeño y bien protegido puerto para veleros deportivos conocido como el Puerto de Olivos. Dicho sea de paso, este puerto era en el Río de la Plata, y lo es aún hoy día, un grato refugio para los amantes de le vela. Esta embarcación de inmediato llamó allí la atención de quien la observara, pues se veía muy rara y del todo desambientada rodeada de un enjambre de veleros de clases deportivas. Con un diseño totalmente inusual para esas aguas, su figura desentonaba entre las pequeñas embarcaciones de las clases “Star”, “Lightning”, “Grumete” y los barnizados y estilizados cascos de los veleros de la clase “Dragon”, con sus delgados y altos mástiles curvados; muy frágiles en apariencia pero de un muy buen navegar. Este se trataba de un velero de borda alta, con una estructura tremendamente resistente, -aparentemente mucho más de lo necesario- con un doble forro de madera y una reforzada timonera de acero, el que no tenía más de unos cincuenta pies de eslora y había sido una creación del tablero de Colin Archer, un famoso diseñador y constructor noruego de doble proas. Arbolado con dos palos, poseía un potente motor y una tercera parte de su casco estaba destinada exclusivamente a sala de máquinas, lo que le aseguraba una gran potencia para su reducida eslora. Era usado en Noruega como barco de salvataje de pesqueros y su extraordinaria fuerza le permitía remolcar simultáneamente varios pesqueros. Llegó herido, pues había perdido el mesana al sur de Brasil, frente a Santa Catalina, donde un Pampero se lo destrozó. La conjunción ocasional de una serie de circunstancias, de esas que a veces se dan en la vida, quiso que se me presentara la oportunidad de visitarlo y al hacerlo, me llamó mucho la atención el que tuviere a ras de cubierta, varios pequeños tragaluces rectangulares que encerraban en su interior un grueso prisma de cristal que al descomponer la luz natural, aumentaba la luminosidad al interior de la cabina. Me sorprendió mucho pues se trataba de un ingenioso recurso para mantener luminosidad en su interior y algo que yo nunca antes había visto. Recuerdo que en esta embarcación llegó un grupo de personas realmente interesantes a algunas de las cuales, en el devenir de los días, continuaría visitando para terminar forjando con algunos de ellos una estrecha amistad. Venía en este pequeño, incómodo y reforzado velero, un aristócrata del norte de Europa descendiente de la familia más antigua de Noruega. Una pequeña ciudad en la región central de Noruega lleva el 12


nombre de su familia. Alto, acercándose a los sesenta años, con la elegante prestancia de un genuino vikingo, era poseedor de una subyugante y arrebatadora personalidad que no dejaba a nadie indiferente ante su presencia. Había sido ministro de Relaciones Exteriores y también embajador en Rusia, donde su larga estadía ahí le permitió conocer personalmente a los más destacados jerarcas del régimen comunista, del que era un acérrimo enemigo. Lo acompañaba a bordo, entre otros, un experto en temas navales, también noruego, que había sido Cónsul en Deauville y asesor naval de Quisling y quien también había compartido una amistad personal con el almirante japonés Yamamoto (el almirante que comandó la operación del ataque contra la flota americana en Pearl Harbor). Este era poseedor de una vasta cultura y de amplios conocimientos en temática naval, lo que le permitía relatar, con lujo de detalles, los principales combates navales de la historia, tanto de la antigua como de la moderna, con toda fluidez y en cuatro idiomas. Colaborador en varios Diarios escandinavos con artículos de temas navales, conocía todas las flotas de guerra del mundo de aquellos años pudiendo individualizar nave por nave, no sólo en su armamento sino que también en su dotación. Pero no me alargo más, dejo complacida mi memoria, cierro el paréntesis y vuelvo al FALKEN que es el protagonista de este relato.

En el FALKEN, después de una larga travesía en al Atlántico durante seis meses, este puñado de familias europeas que formaba su tripulación llegó a Buenos Aires sano y salvo, lleno de esperanzas y luego ahí cada uno de ellos fue tomando su propio camino, iniciando una nueva vida dentro de este nuevo país por donde se dispersaron; dejando así atrás los temores al comunismo y a la guerra e insertándose en una nueva sociedad que muy pronto terminaría absorbiendo a la mayoría de ellos. Ahí quedaron, unos por acá y otros por allá, forjándose un nuevo destino. Mientras tanto el velero, ya sin su tripulación y ahora en aguas sud americanas, permanecía fondeado en la quietud de la ciudad de San Fernando, unos 25 kilómetros al norte de Buenos Aires, esperando, pensaba yo, disfrutar ahí sus últimos días en aquel agradable clima subtropical con el orgullo de su última misión cumplida, en paz y sosiego consigo mismo, lejos ahora del agua salada y de las altas olas. 13


Venía de haber salvado a varias familias europeas de las garras del comunismo, su última hazaña y a esa altura de sus años se merecía ya un descanso. Permanecía así, fondeado en la tranquilidad del río Luján, a unos doscientos metros al norte de donde el Canal San Fernando entra en el río, atracado a una pequeña isleta en la margen sudoeste del río y que estaba apretujada entre el río Luján y la tierra firme y sólo separada de ella por un pequeño arroyito conocido quién sabe por qué motivo ni desde qué tiempo como el arroyo Los Rosquetes. Evidentemente un nombre capcioso. Picado por la curiosidad, muchas veces traté de averiguar consultando entre la gente del lugar el porqué de dicho nombre; pero nunca nadie me pudo dar razón alguna. Ahí reposaba el velero casi escondido a la vista de los curiosos, asombrando a aquellos que lograban descubrirlo y rodeado de un paisaje que coordina, como en una mágica paleta, todos los tonos de que dispone el color verde. A decir verdad, el velero estaba rodeado de una verdadera sinfonía cromática en verde, y fue ahí, en la bucólica quietud de su fondeo, donde nos conocimos y nos hicimos amigos. Tengo que confesar que me impresionó desde el primer momento en que lo vi: su amplia y despejada cubierta, sus altos y erguidos mástiles, su espaciosa y cómoda distribución interior, su robusta estructura, su balcón de popa con románticas reminiscencias de navío antiguo, me cautivaron de inmediato. Quedé maravillado. Era mi sueño de un velero, hecho realidad; y estaba ahí, frente a mí. Tanto fue lo que me impresionó, que diariamente iba a visitarlo y me regocijaba caminando sobre su cubierta de proa a popa y de popa a proa, o bien, siempre invitado por su capitán y propietario, saboreando unos tragos en la cámara, mientras le escuchaba, entre embelesado y arrobado, conversar sobre las muchas peripecias de su largo viaje en el Atlántico desde el norte de Europa hasta Argentina, mientras yo imaginaba cómo sería la dicha de poder navegar algún día en un velero así. Mientras tanto sus días transcurrían ahí en la ociosidad, contemplando pasar – entre siesta y siesta – las numerosas lanchas colectivas que hacían el servicio diario de pasajeros, escolares, correo, reparto de Diarios y carga en las innumerables islas que forman el Delta del río Paraná; todas con sus letreros bien visibles sobre su larga cabina indicando el nombre de los arroyos, los canales y los ríos por donde van pasando en sus diarios recorridos. Los pesados y lentos lanchones con sus cargamentos de frutas y de troncos ordenadamente estibados, con destino al Mercado de Frutos de San Fernando unos y a los aserraderos de las riberas vecinas, los otros. Los muchos cruceros y veleros de recreo, grandes y pequeños, lujosos y modestos, ostentosos y sencillos, que se internaban por los ríos, los arroyos, los riachos y los canales que forman el tramado del Delta para placer y solaz de sus tripulantes, algunos de los cuales aprovechaban para liberar en ellos sus vanidades, en tanto que otros lo hacían por sus sanos afanes deportivos. Los botes que cruzaban, a espadilla, hacia y desde la ribera opuesta, llevando y trayendo el personal que trabajaba en los varios varaderos que ahí habían.

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El velero se limita ahí a observar, entre complacido y displicente, todo este paradisíaco entorno tan diferente a su originaria tierra natal donde habían comenzado sus días, mientras apoyado a esta isleta, y como ajeno al tráfago de las pequeñas embarcaciones que navegaban río arriba y río abajo en las aguas del Luján, dejaba transcurrir negligentemente las horas y los días. En tanto, él ahí descansaba entre aquella frondosa vegetación dormitando bajo los manchones de sombra, que por momentos, los árboles de la isleta ponían sobre su cubierta. Y así, en la quietud de aquel su fondeadero, nadie perturbaba el reposo al que sus muchos años de vida la habían hecho merecedor. Pero su tranquila y apacible vida cambió bruscamente el día en que lo compró un Agente Naviero chileno, el que tenía otras ideas en mente, las que nada tenían que ver con su reposo y que terminarían despertándolo de su letargo, trastocando su vida y dando inicio así a la que sería la última etapa de su existencia. Con una bandera provisoria chilena, obtenida en el Consulado chileno en Buenos Aires, éste ordenó prepararlo y pertrecharlo para cruzar las frías aguas del Estrecho de Magallanes, rumbo a Puerto Montt, en Chile, donde le aguardaría un destino comercial. El velero era muy apropiado para esa región que está plagada de archipiélagos, islas, fiordos, bahías, canales, estuarios, penínsulas, ríos y estrechos, formando todos ellos un verdadero rompecabezas de la geografía, tan indescifrable como cautivante. Regalo de la naturaleza para Chile y en aquellos años, aún fuera del nocivo alcance de la contaminación y de las molestias y la codicia del turismo. Su quilla plana le permitía fondear en aguas muy bajas y también remontar ríos navegables con total seguridad. Le permitía también aprovechar la baja marea para cargar y descargar varado en la playa hasta que la alta marea lo volviera a reflotar, prescindiendo así de un embarcadero, como lo hacen todos los pequeños veleros que navegan en las aguas de esa región, de Puerto Montt al sur, aprovechando la gran diferencia de altura que tienen ahí las mareas. Fue mi amistad con su antiguo capitán y propietario - conocedor de mi afición por la vela - la que me valió una invitación para formar parte de su tripulación y la que despertó mi entusiasmo de inmediato poniéndome a bordo como tripulante de su próximo viaje. Se me ofrecía la oportunidad de atravesar el legendario Estrecho de Magallanes en un velero, viviendo las emociones y los desafíos de una navegación a vela tanto en las aguas del Atlántico como en las del Pacífico. Esto era para mí demasiado tentador como para dejarlo pasar así como así y no pudiendo resistir la tentación, acepté la invitación y me embarqué en él sin más ni más. No me iba a perder semejante navegación. Luego de cumplidas las formalidades de la transferencia y resuelto en definitiva su envío a Chile, su nuevo propietario le entregó el mando a un eximio navegante al que comisionó para llevar el velero hasta Puerto Montt, en el sur de Chile. Se trataba de un 15


capitán de aquilatada experiencia que se iba a cercando ya a los sesenta años y quien prácticamente había pasado toda su vida en el mar navegando, desde muy joven, por casi todo el mundo. Un indudable conocedor de todos los mares, hijo de una tierra de navegantes, Noruega, cargado de experiencia, con mucho conocimiento náutico, inspirador de mucho respeto y de un hablar con muy pocas palabras – casi, sólo las precisas – era una persona muy reservada y muy afable, que poseía, además, un marcado sentido del humor; pues a menudo nos sorprendía con alguna broma de corte intelectual. El capitán fue siempre reconocido por todos nosotros, sus tripulantes, como un caballero a bordo; y en tierra, también. Este capitán, para cumplir con el cometido que su armador le había encomendado, comenzó por reunir una tripulación que una vez conformada resultó ser realmente heterogénea. El capitán puso a bordo de todo. Había ahí un surtido de tipos y de caracteres de distintas edades, nacionalidades y niveles culturales, distribuidos entre dos alemanes, un español, un argentino, dos chilenos ( uno de ellos, “ego”; el autor de este relato ) y un noruego, el propio capitán. Reclutados en muy distintas circunstancias y por diferentes motivos, formábamos todos nosotros a bordo del velero un pintoresco collage. El capitán empezó por llevar a bordo a un muy hábil motorista alemán llamado Karl Hausen, quien era sabedor única y exclusivamente de su oficio mientras ignoraba absolutamente el resto. Su único, reiterado, insistente, repetitivo, cargante y obsesivo tema de conversación, era el motor. Más específicamente, “la motor”; como él le decía. No tenía ningún otro tema. Nos tenía a todos locos con las mil variantes referidas siempre a la temática del motor. “La motor” era su universo. El vivía por y para el motor y hasta hubo algunas veces en que lo sorprendimos tuteándose con los pistones mientras se pasaba las manos por su cabeza con el cabello cortado al rape, lo que hacía que vista a cierta distancia, la cabeza se le viera como una brillante bola rubia, algo así como una perfecta esfera dorada. Fue inspirado en esta apariencia, que alguien de entre nosotros ( después de tanto tiempo, no recuerdo ya quién ) propuso que lo llamáramos “ el bocha “; pero nos pareció una falta de respeto que podría romper la armonía a bordo, así que decidimos no insistir en el tema. Pero tengo que reconocer aquí que durante la navegación quedamos tentados de hacerlo y en algunas oportunidades, yo, casi lo hago. El capitán incorporó también a bordo a un marino alemán de nombre Walter Kloch, rubio, robusto y corpulento, de ojos claros, de unos cuarenta años y quien venía de haber pasado los últimos años en algún recóndito lugar de la selva paraguaya, aislado del mundanal ruido, y donde había vivido invitado como huésped de un cacique en una regalada vida que había terminado minando su extraordinaria fortaleza física, pero de la que a veces aún podía hacer gala. Su única obligación ahí consistía en acompañar durante todo el año, en una placentera rotación, a su amigo el cacique a los festejos con que se celebraban las distintas cosechas y donde siempre el que presidía la celebración, era el alcohol. Con algo de bonhomía y mucho de bonachón, de caminar lento y acompañado siempre de un suave balanceo, como si le costara moverse con premura, era de mucha experiencia en cubierta y fue embarcado como velero, un artesano indispensable a bordo 16


de aquellos veleros con velas de algodón que necesitaban de un permanente mantenimiento. Constantemente había que estar haciéndole mantención al velamen, ya fuera revisando los refuerzos de los puños, cambiando los ojetillos oxidados y las ligadas de los garruchos o repasando las costuras. Kloch era todo un artista, además de un excelso maestro, en el uso del rempujo y siempre nos asombraba la habilidad que tenía para con su manejo. Aún lo recuerdo, sentado en cubierta, con la vela sobre sus rodillas, la cabeza gacha, muy concentrado en su tarea, moviendo con presteza aguja y rempujo. Siempre nos asombraba el verlo trabajar tan concentrado en su tarea y tan eficientemente. Recuerdo que cuando lo veíamos trabajar así, el capitán siempre me decía que ambas cosas van de la mano: concentración y eficiencia. La vida, después varias veces me fue demostrando que el capitán había tenido toda la razón: concentración y eficiencia son complementarias. Ambos, Hausen y Kloch, eran poseedores de un rudimentario idioma español, naturalmente con un marcado acento alemán, aprendido en la necesidad diaria de expresarse en ese idioma; lo que hacía que cada vez que hablaran, por más serio que fuere el tema, a nosotros nos pareciera entre cómico y ridículo y no pudiéramos tomarlo con seriedad por más empeño que pusiéramos en hacerlo. Formaba también esta variopinta tripulación un joven español de nombre Antonio García – Antonito, para todos nosotros – quien nunca antes había puesto un pié sobre una cubierta y que, por lo tanto, ignoraba absolutamente no sólo la terminología náutica, sino que también la ejecución de las maniobras, aún la de las más elementales. Esto y los tripulantes de la dupla germana a bordo, obligaba al capitán a dar las órdenes e inmediatamente después a traducirlas y explicarlas en términos comunes y corrientes, acompañados de algunas expresiones con las manos y los brazos, para que todos a bordo pudieran entenderlas y ejecutarlas; lo que en muchas ocasiones, como es de suponer, demoraba las maniobras. El capitán reclutó también a bordo a un joven argentino que oficiaba de cocinero, Carlos Méndez, llamado por nosotros Pocho. Pocho era versátil y de muy buena voluntad. Siempre muy inquieto, podíamos ver que iba constantemente de aquí para allá, ofreciéndose lo mismo para correr el riesgo de trepar al tope de un mástil a pasar una driza como para bajar a bucear para limpiar el casco. Dispuesto a ayudar en lo que fuere, permanecía constantemente esperando la oportunidad de intervenir para demostrarnos su destreza o para exhibirnos su habilidad física, lo que hacía que, una vez cumplidas sus funciones en la cocina, lo pudiéramos ver, o bien paseando su atlética figura en cubierta, o bien hurgueteando en la sala de máquinas mientras trataba de aprenderle a Hausen los secretos del motor. Se nos mostraba siempre muy seguro de sí mismo y muy atento y colaborador; siempre fue muy servicial. Y finalmente, completábamos esta heterogénea tripulación un marinero chileno y yo. Este tenía vencida su permanencia de turista en Argentina y no podía salir del país por ningún paso fronterizo sin arriesgar una multa, lo que explicaba su presencia a bordo de 17


un velero que iba para Chile. De un carácter más bien introvertido y callado, siempre estuvo a la altura de lo que se le encomendara. También colaborador y muy amigable, guardo de él gratos recuerdos. Su nombre era San Martín. Ya presentada la tripulación y una vez todos a bordo, en los primeros días de enero de aquel 1956, comenzamos teniendo algunas domésticas negociaciones entre nosotros para elegir el camarote que cada uno creía que era el mejor. Pronto lo resolvimos y entonces nos dedicamos por entero a la preparación del viaje. Preparar el viaje nos tomó casi todo el caluroso mes de enero en donde trabajamos con mucho entusiasmo para ordenar, limpiar y pertrechar el velero. También aprovechamos este mes de arduo trabajo para conocernos e inquirir antecedentes – en las banales conversaciones de todos los días – sobre nuestras vidas, todas tan diferentes, no sólo en sus pasados, sino que también en sus perspectivas futuras. La dupla germana nos conversaba de sus duros años en la guerra, el español de su vida en la Madre Patria y el capitán de su maravillosa y pintoresca Noruega de vida tranquila y apacible. También lo aprovechamos para familiarizarnos con el velero y sus muchos rincones y para disfrutar, cuando los días se nos presentaban muy calurosos, lo que acontecía la mayoría de las veces, nadando en las templadas aguas del río alrededor del velero zambulléndonos desde su cubierta; todos, con la sola excepción de Pocho, quien invariablemente lo hacía desde el bauprés, asombrándonos con una impecable zambullida. También pasamos buena parte de nuestro tiempo acompañando al capitán en las muchas compras que tuvo que hacer para aprovisionar el velero y en los variados y engorrosos trámites que tuvo que realizar ante las autoridades para obtener el imprescindible permiso de zarpe. Las autoridades, invariablemente, después de pedirle un certificado, le pedían otro que certificara, a su vez, los términos del anterior. Esto parecía el cuento de nunca acabar. Pero el capitán lo iba tomando todo con absoluta calma y con mucha flema nórdica, conocedor, como era, de la burocracia y sus vicios en esa parte del mundo. Los que sí no entendían absolutamente nada del tema de tantas certificaciones y postergaciones, era el dúo germano, Hausen y Kloch, los que se limitaban a mover la cabeza a ambos lados cada vez que el capitán regresaba a bordo avisando que había que posponer el zarpe porque las autoridades le habían exigido, una vez más, un nuevo certificado. En todo caso, si bien estas continuas postergaciones del zarpe no lo sorprendían, lo tenían algo preocupado, ya que – nos explicaba – en el extremo sur el verano es muy corto y atrasándonos estábamos corriendo el riesgo de que comenzaran los temporales invernales y pudieran sorprendernos en plena navegación. Finalmente terminamos amalgamados como un amigable y eficiente equipo que no desentonó en ningún momento de la navegación. Nunca hubo una discusión a bordo, ni mucho menos una falta de respeto entre nosotros. Intercambiábamos, eso sí, muy a menudo, opiniones sobre tal o cual tema, y en algunas ocasiones lo desarrollábamos hasta agotarlo, pero nunca llegamos a una discusión. Todo siempre supervisado por la tácita autoridad que ejerció el capitán durante toda la navegación. No hubo una sola vez en que alguno de nosotros rehusara cumplir con la obligación que en ese momento 18


le correspondiere, cualquiera fuere el peligro que esto pudiere implicar y el principio de autoridad que ejerció el capitán se mantuvo inalterable durante todas las vicisitudes del viaje. Después de este mes de duro trabajo, y cuando ya estuvo todo a bordo debidamente estibado y afirmado, terminábamos de avituallarnos y nos habíamos abastecido de agua y de combustible, que era lo único que nos faltaba para largar amarras, el capitán, inesperadamente, nos invitó todos nosotros a uno de los restaurantes que habían en los alrededores del Canal de San Fernando y en donde había hecho preparar previamente y en total secreto, un pato asado con puré de manzanas rociado son coñac. Casi nada. Cuando nos lo dijo, no le creímos y pensamos que se trataba sólo de una broma; no podía ser de otra manera. Pero cuando en el embarcadero pidió un taxi para ir al restaurante, ahí vimos que la cosa iba en serio. Esta fue una inesperada invitación para una exquisita comida de despedida; toda una gentileza de parte del capitán, indudablemente destinada a predisponer el buen ánimo de la tripulación para el largo viaje que nos esperaba. Por aquellos años, a mediados de los cincuenta, en el sector del Canal San Fernando y en sus alrededores se desarrollaba siempre – tanto de día como de noche – una febril actividad, perfectamente separada y delimitada según se tratara de las horas de luz o de las horas de la noche. Durante el día, el Canal bullía de movimiento y de ajetreo. En él siempre habían algunas embarcaciones, o bien en reparaciones, o bien en mantenimiento. En las calles adyacentes, en tanto, ferreterías navales, lonerías, carpinterías, aserraderos, almacenes mayoristas, atendían diligentemente a sus clientes y recibían y despachaban mercancías. Mientras tanto, en el otro sector que estaba más allá del Canal y de la plaza que le seguía, la actividad era nocturna. Ahí, bares, boliches, cafetines, cabarets, bailongos, hoteles, hoteluchos y peringundines surtidos, eran los destinatarios finales de los salarios que durante el día se pagaban en el Canal y sus alrededores, contribuyendo así, sin que esta fuera su intención, a una casi perfecta distribución del ingreso con una fórmula que ya la quisieran hoy día nuestros doctos y atildados economistas. Estos restaurantes estaban ubicados a un costado del Canal y eran lugares modestos y populares, siempre muy bulliciosos, en los que un papel de envolver blanco, inmaculado, extendido sobre las mesas, hacía las veces de mantel; mientras varias piernas de jamones colgaban del techo por encima del mesón, seguramente para despertar el apetito de los comensales mientras se iban secando y concentraban su sabor. Eran frecuentados casi exclusivamente por personajes de la zona del Delta: boteros, lancheros, obreros de los astilleros, peones de las plantaciones del Delta - invariablemente calzados con alpargatas - marineros, uno que otro capitán de río, fácilmente identificable por su gorra marinera ( raída por el uso y el tiempo ) y algún cantor guitarrista ocasional el que con su infaltable pañuelo de seda al cuello, contribuía a amenizar la velada interpretando quejumbrosos tangos o melodiosos chamamés. Esta velada transcurría siempre en un ambiente festivo y de mucho respeto mutuo, exenta de rencores sociales, los que por ese 19


entonces aún no llegaban a aquellos entornos. El ambiente era ahí el de una sana alegría, totalmente distendido, matizado con bromas y canciones, todo muy ruidoso y algo velado por el humo de los cigarrillos, los cigarros toscanos y las pipas de sus numerosos parroquianos; lo que hacía ver el conjunto del local como envuelto por una liguera bruma, algo así como el cuadro de un maestro impresionista pero con sus colores algo deslavados. Como era de suponer, uno de estos guitarristas se acercó a nuestra mesa y con todo respeto nos dedicó ese tango de los autores Lucio Demare y Homero Manci titulado “ Mañana zarpa un barco” y que entre sus estrofas dice “ que bien se baila sobre la tierra firme, mañana al alba debemos de zarpar…cien puertos nos regalan la dicha de un anclar…mañana zarpa un barco, tal vez no vuelva más “…premonitoriamente en nuestro caso. Recuerdo de aquella cena que fue muy bien regada. En realidad fue una cena doblemente regada, porque además de estar regado el pato, también estábamos regados nosotros; claro que en nuestro caso el riego había sido con vino y no con coñac. Finalizada esta opípara cena, el capitán volvió a sorprendernos, esta vez obsequiándonos unos puros cubanos, los que pusieron un broche de oro y de exquisitez a la velada. Y luego de esto, agradecidos y ya algo caramboleados por los efluvios del vino tinto – un poco grueso, para mi gusto – regresamos todos al velero para un reposo en el camarote como las circunstancias lo ameritaban. Estos cigarros eran unos genuinos habanos tomados de una caja que el capitán guardaba celosamente en su cámara – nunca supimos donde - y destinados a futuras atenciones en los puertos que tocáramos; lo que era un claro indicio de su vasta e internacional experiencia marinera. A todos los personajes de esta velada los estoy viendo patente, hasta en sus detalles, como si la comida hubiera sido el día de ayer y no hace ya más de medio siglo. A tal punto quedaron grabados en mis recuerdos. Ya de regreso en el velero y ya muy tarde en la noche, rodeados del silencio nocturno que siempre había en el río, sólo roto, de cuando en cuando, por los sones entrecortados de alguna música lejana, tal vez la radio de algún nochero, nos quedamos todos dormidos plácidamente agradecidos de la buena mesa y pensando en la aventura que iniciaríamos a la mañana siguiente. Al día siguiente, motivados por la preocupación del zarpe, todos despertamos muy temprano junto con el trinar de los pájaros que comenzaban a esa hora a revolotear en la isla haciendo un gran escándalo y mucho alboroto. Trinando y gorjeando como unos engreídos divos como si hubieran sabido de nuestra partida y estuvieran despidiéndose. Ya no volverían a despertarnos cada mañana, casi de amanecida, como lo habían estado haciendo estos últimos treinta días. Jamás volveríamos a vernos.

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Yo, antes de que amaneciera, ya estaba despierto y había podido oír los pasos de Kloch caminando sobre la cubierta mientras recorría las amarras con que habíamos trincado el bote a sus pescantes la noche anterior y aseguraba así todos sus nudos. Cuando despuntó la primera claridad, el capitán le ordenó a Hausen que encendiera el motor el que con su ruido nos llamó a todos a la realidad dejando el pato asado como un agradable recuerdo y obligándonos a incorporarnos, dejar la cómoda litera y presentarnos en cubierta donde quedamos a sus órdenes. Confieso que me costó mucho levantarme esa mañana y tuve que dar varias vueltas en la litera antes de decidirme a hacerlo. Algo me despertó inquieto: tal vez la iniciación del viaje o tal vez el haber bebido más de la cuenta la noche anterior con cargo a la despedida. No sabía exactamente qué era, pero algo me inquietaba; tal vez simplemente lo desconocido de la navegación que iniciaríamos en unos momentos más .Algo me decía, en algún recodo del subconsciente, que se trataba de un viaje largo y sujeto a cualquier imprevisto. Ya todos incorporados, todos en cubierta y todos a las órdenes del capitán, éste le ordenó a Kloch largar amarras; lo que Kloch ejecutó en forma impecable, soltando las espías en perfecta coordinación con el timonel sin necesidad de cruzar con él una sola palabra, sin una sola indicación, sólo intercambiando un par de miradas, como si esta maniobra la hubiera llevado grabada en su conciencia y la pudiera ejecutar mecánicamente con la precisión de un reloj. Me dejó sorprendido, pues yo esperaba que desatracar un velero de ese tamaño fuera muy complicado. No fue así. De esta manera estábamos dejando San Fernando, sólo unos kilómetros al norte de la ciudad de Buenos Aires, aquel primero de febrero, a alrededor de las 07.30hs., en un típico día de verano que ya desde temprano prometía ser pesado, muy caluroso y muy húmedo, como corresponde a esa zona y a esa estación del año. Para que se comprenda mejor este relato, me veo en la obligación de aclarar acá que zarpábamos, después de innumerables trámites y gestiones, con un permiso obtenido de la autoridad marítima que nos autorizaba para navegar sólo hasta el puerto de Ensenada, el que está a no más de unos cincuenta kilómetros al sur de Buenos Aires, con el supuesto propósito de ingresar el velero ahí a un astillero para someterlo a mantenimiento. Ahí, después de navegar cincuenta kilómetros hacia el sur, terminaba nuestro viaje, de acuerdo con los términos del zarpe autorizado. Pero esto a ninguno de nosotros preocupaba mayormente y lo interpretábamos más bien como el simple incumplimiento a la molesta exigencia de un burócrata; una más de las muchas que habíamos tenido que soportar. La autoridad marítima en ningún caso nos permitía una salida a alta mar. Y así estaba comenzando nuestra travesía, esa calurosa mañana de aquel ya lejano verano que quedara tan bien atesorada en los vericuetos de mi memoria.

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PRIMEROS DIAS DE NAVEGACION Íbamos todos distendidos y despreocupados, aún cuando algo inquietos sí por las vicisitudes que pudieran acontecernos en un viaje tan largo y en una zona desconocida para nosotros, pero bien dispuestos y preparados para disfrutar de esta navegación hacia el Pacífico a través del Estrecho de Magallanes en un velero de alta mar. El ánimo a bordo era excelente, marcado por el entusiasmo y el optimismo los que se reflejaban en nuestra alegría y en nuestra muy buena predisposición y totalmente desentendidos de lo que autorizaba el molesto permiso de zarpe. Comenzaba ahora nuestra tan ansiada aventura; por fin íbamos navegando rumbo al sur. Mientras comenzábamos a bajar muy lentamente aquella mañana por el río Luján, nos cruzamos con una que otra pequeña embarcación con las que nos apresurábamos a intercambiar saludos de cortesía. Era evidente que a todas ellas les causaba asombro y curiosidad un velero de ese tamaño en las aguas del río. Podíamos ver como algunos se nos acercaban tanto como podían para apreciar el velero bien de cerca y no perder detalle de él y de quienes éramos sus orgullosos tripulantes. Por aquí y por allá, pesar de lo temprano de la hora, desde las verdes riberas algunos brazos en alto se agitaban en uno que otro embarcadero en señal que nosotros interpretábamos como de deseos de buena suerte; con in disimulado orgullo, los agradecíamos y los correspondíamos, con la seriedad del caso, desde la alta borda del velero. La verdad era que íbamos todos henchidos de orgullo por formar parte de la tripulación de este gallardo velero que los lugareños veían pasar entre incrédulos y asombrados. A poco de zarpar, adelantamos a varios lanchones areneros dedicados al transporte de arena extraída de los bancos del río Paraná y destinada a las construcciones del Gran Buenos Aires. Todavía hoy día continúan haciéndolo. Pesados, metálicos, mangones, de escaso calado, de navegar lento y sin pausa, con sus motores de ronquido parejo y golpeado y siempre con el agua sobre cubierta tocando las brazolas, como aparentando burlar las leyes de la hidráulica, se los puede ver pasar diariamente. Desde la popa nos saludaban sus timoneles a los que veíamos timoneando con la mano izquierda, mientras con la derecha iban tomando mate, una ancestral y saludable costumbre argentina recibida en herencia de la raza guaraní. En tanto que en la proa, asumiendo su responsabilidad, casi inmóvil, como un mascarón de proa pero sobre la cubierta, un infaltable vigía… ladraba para advertir al timonel de nuestro paso. Se trataba de un perrito de raza indefinida al que su desarrollado oído lo convertía, en aquellos años, en el mejor radar disponible, confiable en todo momento, tanto de día como de noche. Podía oír, sin problema y a mucha distancia, incluso hasta la pala de un remo golpeando en el agua. En el río, estos perritos eran a bordo excelentes y abnegados guachimanes, muy eficientes, de bajo costo y exentos de leyes previsionales, lo que hacía que estuvieran 23


– y lo estén aún hoy día – en el inventario de todos los lanchones que navegan por el Delta. Luego de algunas horas, navegando con lentitud pronto llegamos al Río de la Plata. Los numerosos bancos de arena y de barro y la muy poca profundidad del río, obligan a navegar ahí siguiendo canales perfectamente demarcados por una línea de boyas. Salirse del curso del canal, significaba tocar fondo indefectiblemente y quedar varado; razón por la cual íbamos muy atentos pendientes de la sucesión de las boyas para no desviarnos del curso del canal. Nosotros tomamos el canal llamado Emilio Mitre y fue siguiendo su ruta que pronto nos encontramos frente a la imponente ciudad de Buenos Aires. El llamado Río de la Plata es, en realidad, un amplio y bajo estuario que recibe las aguas de dos grandes ríos, el río Paraná y el río Uruguay, con cientos de tributarios distribuidos en Brasil, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Argentina y cuyas fuentes están muy lejos, en el corazón mismo del Matto Grosso, y por algunos de sus tributarios, entre otros el río Bermejo y el río Pilcomayo, en la misma cordillera de los Andes. Son los receptores de casi la totalidad de las aguas del cono sur de América del Sur, su olla hidrográfica supera los tres millones de kilómetros cuadrados y tal es su fuerza de empuje que la línea de su frente de choque con el mar tiene sobre trescientos kilómetros de largo. Sus aguas arrastran, en su curso al mar, barro, arena, semillas, hojas, ramas, tronos e incluso árboles enteros, formando pequeñas islas flotantes en las cuales no es raro ver animales salvajes, infinidad de coloridos y cantores pájaros, y en muchas ocasiones peligrosas víboras. Cuando estas islas flotantes tocan fondo en la parte alta del estuario, se hacen firmes y así van fijando constantemente nuevas islas, agrandando de esta manera el inmenso delta que forman estos dos ríos al desembocar en el Río de la Plata y cuya superficie abarca casi 20.000 kilómetros cuadrados; más de la mitad de la superficie de Bélgica. Entre otras embarcaciones nos cruzaron algunos pequeños barcos mercantes, en su mayoría graneleros, los que invariablemente bajaban la velocidad cuando nos cruzaban mientras pasaban muy cerca de nosotros, siempre dentro del canal, seguramente en viaje al puerto de Rosario, cuatrocientos kilómetros río arriba, a cargar cereales. Esta primera jornada trascurría sin mayores novedades y encontraba a cada uno de nosotros dedicado a la tarea que el capitán le había asignado. Así que iba cada uno en lo suyo pendiente de su quehacer. Eran ya las últimas horas de luz natural de este nuestro primer día de navegación el que, hasta aquí, había transcurrido sin novedad alguna. Yo iba al timón en el balcón de popa, de pié, las piernas separadas, ambos puños asidos de las cabillas del gobernale, orgulloso al ver que el timón de esa maravilla de velero respondía a mi mando. El techo de la timonera me llegaba a la altura del pecho y podía ver, por sobre él, mirando hacia proa, la cubierta limpia, ordenada y baldeada; las escotas tomadas vuelta en las bitas, los cabos adujados, las drizas templadas y firmes en las cabillas, el blanco velamen inflado por una suave brisa del norte y el río de color chocolatado con el reflejo de las últimas luces del día que se preparaba para morir. 24


Levantando la vista sobre la banda de estribor, podía apreciar los postreros resplandores de un sol enrojecido que comenzaba a ocultarse en el poniente. El timón lo sentía dócil y el velero respondía de inmediato dejándose llevar con la candidez de un niño, donde su pala se lo indicara. El día se mantenía aún caluroso y húmedo. Afortunadamente, al poco rato, una refrescante brisa propia del atardecer, me golpeó el rostro y despertó muy deseos de tomar un cafecito caliente mientras timoneaba, así que le pedí a Pocho que me trajera lo necesario para prepararme un café. Así lo hizo, y unos momentos después, dejó todo en una bandeja, sobre el techo de la timonera, al alcance de mi mano. Luego pude ver que fue a la proa a sentarse a horcajadas en el bauprés acompañado ahí del cadencioso movimiento del velero. Ahí estaba, sobre el techo de la timonera, la bandeja con el plato, la taza, el azucarero, el frasco de Nestcafé, el termo y la cuchara, todo perfectamente dispuesto y ordenado, tal como Pocho lo dejara. Con mucho cuidado puse una cucharadita de café en la taza, mientras permanecía siempre muy atento al rumbo preocupado de la próxima boya. Terminaba de pasar una y ya podía ver a lo lejos, muy pequeña, la siguiente. En eso estaba, cuando en sentido contrario pude ver que venía un barco mercante algo más grande que los otros que nos habían cruzado. Calculé a ojo que podría alcanzar hasta unas diez mil toneladas. Puse una cucharadita de azúcar en la taza mientras continuaba atento al rumbo y podía ver a Pocho siempre despreocupadamente montado en el bauprés, disfrutando del paisaje; y allá, justo a proa, claramente veía la próxima boya. El mercante se acercó más que los otros que nos habían cruzado, seguramente atraído por un afán de curiosidad y sus deseos de poder apreciar mejor los detalles de este velero que indudablemente sus tripulantes no esperaban encontrar en este río. Destapé el termo y puse el agua al café. Presté atención a la siguiente boya cumpliendo con la recomendación del capitán que me había dicho que no podía, por ningún motivo, perder de vista las boyas; si la siguiente no aparecía, debía llamarle de inmediato. Luego, bajé la vista para revolver el café y fue en ese preciso momento, cuando revolvía el café, que sorpresivamente sentí bajo mis pies que la cubierta subía y que algo – no entendía qué – me elevaba hacia la cruceta. Miré a proa, sorprendido, para ver qué era lo que estaba pasando, y vi que el bauprés, Pocho y la proa, se hundían y desaparecían en el río. Confundido, sólo atiné a aferrarme del gobernale como pude, quebrar las rodillas para mantener el equilibrio y agachar la cabeza en una actitud instintiva de protección. Un instante después, como había subido, ahora bajaba y Pocho, el bauprés y la proa, aparecían allá arriba con el cielo por telón de fondo. En este balanceo podía sentir que mientras yo subía, mi estómago bajaba y mientras yo bajaba, mi estómago subía, como si fuera un plomo en mi interior esforzándose por contrapesar el movimiento de mi cuerpo. Pocho, totalmente empapado, destilando agua, parecía la flor de una ducha férreamente abrazado al bauprés con piernas y brazos como un gato mojado sin comprender qué era lo que había pasado. Cuando el cabeceo provocado por la ola del mercante terminó, en mi ingenuidad, fui a buscar mi cafecito para servírmelo, pero no 25


había absolutamente nada sobre el techo de la timonera. Ni rastros de mi café; nada quedaba de él, ni de la bandeja, ni de la taza, ni del plato, ni del azucarero. Fue entonces cuando me indigné, gratuitamente por cierto, pues el mercante siguió su curso tranquilamente, sin siquiera inmutarse y nosotros el nuestro preocupados ambos de sólo no salirnos del canal. Mientras, al mirar hacia popa como buscando una disculpa, yo alcancé a ver cómo algunos de los tripulantes del mercante socarronamente seguían saludándonos agitando sus brazos y riendo. No había transcurrido ni un minuto, cuando el resto de nuestra tripulación que estaba abajo en la cabina, subió a cubierta exigiéndole al timonel, o sea, a mí, indignadísima y a los gritos, una explicación por los golpes recibidos abajo en la cabina. “Es la maldita ley del gallinero”, les dije, nuevamente indignado y con una respuesta que en una sola frase lo explicaba todo. Este inesperado cabeceo nos costó el radiotransmisor, el que se desprendió de sus soportes, se cayó y se rompió. Estaba en la timonera y quedó en pedazos, hecho añicos. Al capitán le faltaron manos para tomarse la cabeza cuando entró en la timonera y vio los pedazos de la radio rota dispersos sobre el piso. Quedó sin habla, como transfigurado, sin poder creer lo que estaba viendo. Era un radiotransmisor de tubos, grande y pesado, de los que se usaban en aquellos tiempos. Estos tubos eran más o menos del tamaño y de la forma de una de las actuales ampolletas y no quedó ni uno solo bueno; se quebraron todos. Como era la única radio que llevábamos, a partir de ese momento, nuestro único contacto con el resto del mundo sería sólo visual. Nos quedamos sin comunicación alguna, además de sin poder escuchar las noticias y lo que era aún más preocupante, sin poder escuchar los informes meteorológicos. Mucho lo íbamos a lamentar. De más está decir que esta pérdida dejó al capitán sumido entre la amargura y la desesperanza, pues como avezado navegante que él era, sabía muy bien lo riesgoso de emprender una larga navegación sin un radiotransmisor. A todo esto, al capitán le preocupaba que nos detuvieran para someternos a control y revisión desde un pontón que por esos años estaba fondeado frente al puerto de Buenos Aires con las autoridades sanitarias, así que íbamos avanzando lentamente calculando pasarlo de noche para eludirlo. Claro que para evitarnos problemas con las autoridades, el capitán ordenó pasarlo sin luces, lo que así hicimos logrando que nadie nos detuviera. Quedamos más tranquilos, porque nos habían dicho que para embarcarse se necesitaba de certificado de vacuna; y nadie de nosotros se había vacunado. Contentos por haber eludido este control y algo repuestos ya del desagradable cabeceo que nos provocó la ola del mercante, no esperábamos más sorpresas ni inconvenientes en este primer día, cuando, antes de que hubiere pasado una hora, tuvimos que soportar un fuerte viento que sorpresivamente se levantó desde el sudoeste golpeándonos de proa. Es este un viento habitual en esa zona y llamado Pampero, porque sopla desde la vasta llanura argentina conocida como La Pampa que se extiende al sudoeste de Buenos Aires, entre la cordillera de Los Andes y el océano Atlántico, sin absolutamente nada que 26


lo detenga, como si barriera toda esa zona. Después de atravesar toda la extensión de La Pampa, desaparece tan sorpresivamente como llega alcanzando el sur de Brasil para perderse en la inmensidad del Atlántico. Es conocido y temido por los navegantes de esa región, sopla salvaje y causa estragos por donde pasa, ya sea en el campo, en las ciudades o en el mar ya que puede arrancar árboles de cuajo, levantar techos y quebrar arboladuras; tan así de bravo es. Ante esta amenaza, el capitán inmediatamente ordenó recoger velas, porque además de tener escaso ángulo de ceñida, no podíamos dejar el canal a riesgo de encallar. Recogido el velamen, le ordenó a Hausen, desde la timonera y en voz alta, poner el motor en su máximo avante. Luego, creyendo que el ruido del motor no había permitido que Hausen oyera su orden, se la reiteró; esta vez, a los gritos. Fue en ese momento cuando todos nos sorprendimos de que el motor, aún en alta, no tuviera la fuerza necesaria para imponerse al viento. Y ahí se nos hizo evidente que el motor nada podría contra la desatada furia del Pampero. Debido a la falta de potencia de nuestro motor y a la intensidad de este viento que constantemente nos estaba empujando y empujado hacia popa, por momentos el velero retrocedía. La navegación de había tornado extremadamente difícil pues estábamos, sin velamen, con el motor en su máximo avante, con el Pampero que nos golpeaba directamente de proa y sin poder salir del canal. Ante esta emergencia, el capitán tomó personalmente el mando del gobernale para tratar de mantener el velero en el canal en tanto a veces retrocedía. Mientras continuábamos con nuestro obstinado y obligado rumbo contra viento y siempre dentro del canal, el velero hundía su proa en las olas, una y otra vez, cabeceando y cabeceando, dejando la hélice, por momentos, fuera del agua con un ruido infernal. Al girar en el aire se oía como el sonido de un ensordecedor redoble de tambores. Esta situación hizo que cabeceáramos durante buena parte de la noche, sin que pudiéramos hacer absolutamente nada por evitarlo, tratando solamente de mantener el rumbo de la mejor manera posible. Esta vez los tripulantes que estaban abajo en la cabina no exigieron explicación alguna y se limitaron a mantener el equilibrio asidos de los puntales como pudieran, mientras el velero cabeceaba como desaforado. Todos comprendimos que lo único posible era aguantar con el motor al máximo hasta tanto el Pampero amainara y las condiciones mejoraran. Este constante cabeceo y el que la hélice girara por momentos fuera del agua, produjo un recalentamiento del eje, lo que dejó muy preocupado a Hausen y éste, mientras estábamos tratando de comer algo, apareció en la cabina vestido con un impecable mameluco azul ( el que hasta el momento de zarpar, nunca le habíamos visto ) y limpiándose las manos con un trapo no tan impecable, para, entre cabeceo y cabeceo, mientras se balanceaba esforzándose por mantener el equilibrio, darnos una larga, razonada y técnica perorata sobre el recalentamiento del eje y las consecuencias que esto podría acarrearnos con el funcionamiento de la caja de la contramarcha. Todo esto explicado en un castellano fuertemente germanizado, el que estaba en su manera 27


habitual de expresarse. A decir verdad, a nosotros no nos preocupó mayormente el tema, por otra parte, en el desarrollo de su perorata, cuando llegaba a los términos técnicos, estos los pronunciaba en alemán, por lo que poco o nada se los entendimos. Por lo demás el motor era de su estricta responsabilidad y además estábamos más preocupados de no golpearnos la cabeza contra los baos mientras el velero cabeceaba y tratábamos de comer algo, que de prestar atención a lo que estaba explicando. Lo que sí todos entendimos claramente, fue su preocupación para con la caja de la contramarcha y además que el motor tenía muy poca fuerza para nuestro desplazamiento y en el bolsillo de la memoria de cada uno de nosotros quedó guardada, como una convicción, esta idea: el motor carecía de potencia para las ciento ochenta toneladas de desplazamiento del velero. Algo que hasta ese momento, todos ignorábamos. Nos quedó claro que sólo nos serviría para maniobrar dentro de la seguridad de un puerto en faenas de atraque y desatraque y en ningún caso para navegar en mar gruesa. Afortunadamente disponíamos del velamen así que podríamos continuar con nuestra navegación sin mayores inconvenientes – pensábamos – valiéndonos de las velas. Todos terminamos esta primera jornada muy cansados, pues para ser la jornada inicial habíamos tenido bastantes emociones y contrariedades, lo que hizo que los que no quedáramos de guardia durmiéramos profundamente con la esperanza de que los días venideros no fueran tan movidos. Mientras, el viento ya había comenzado a bajar y las condiciones de navegación a mejorar. Al día siguiente dejamos el río y comenzamos a navegar en agua salada. Aquí la cosa cambió. Cuando subí a cubierta, lo primero que noté fue un cambio en el color del agua; esta había pasado de muy obscura a azul, casi bruscamente. Hasta ese momento el agua había conservado el color del limo que el río arrastraba pero ahora llevaba el espléndido azul del cielo que reflejaba; el limo se había deslizado hacia las profundidades de la fosa marina. Esto nos indicaba que acabábamos de traspasar la línea que con el cambio de color nos marcaba que hasta ahí había llegado el formidable empuje de este río que recoge las aguas de tres millones de kilómetros cuadrados. Con la vista acostumbrada al chocolatado color del río, nos deslumbrábamos ahora con el resplandeciente azul del mar iluminado por un sol intenso y radiante. Su luz iluminaba y penetraba el cielo, el mar, el velero y también nuestro ánimo, mientras íbamos disfrutando de un mar que se presentaba a nuestra vista como bruñido por el sol. Aquí, ya en el mar abierto, navegábamos en mejores condiciones que en el río pues ahora no estábamos compelidos a seguir un canal, ya no habían boyas de que preocuparse y podíamos fijar el rumbo según de donde soplara el viento pero manteniendo siempre la proa hacia el sur. A partir de este momento la navegación se tornó placentera y tranquila y no atisbábamos sorpresa ni peligro alguno. Nada hacía presagiar inconveniente, ni con el mar ni con las condiciones del clima. Ahora, realmente, navegar era un disfrute. Yo 28


estaba fascinado y feliz mientras el velero continuaba con su rumbo sur en busca del Estrecho de Magallanes. Animados por este buen clima, el mar calmo y la brisa marina, aprovechábamos para tomar sol en cubierta, en shorts y con actitud de turistas complacidos disfrutando de una grata navegación. Con un balde atado a un cabo, sacábamos agua del mar y nos bañábamos sobre cubierta, jugando, arrojándonos agua y bromeando entre todos, muy alegres y distendidos mientras el velero en su avanzar cadenciosamente iba tajando el agua con el cuchillo de su roda. Parecíamos más bien los despreocupados integrantes de un crucero de recreo que los tripulantes de un velero. Mientras tanto esa tarde, abajo en la cocina, Pocho se esmeraba preparando un queque para la hora del té, anunciado por el olorcito de la horneada que subía por la escotilla de proa y se esparcía serpenteando por la cubierta; aumentando así el placer de esta grata navegación. Indudablemente el viaje prometía ser un agradable paseo. La siguiente novedad la tuvimos una noche en que quedamos sorprendidos al divisar, muy a lo lejos, tres líneas de luces a estribor; las que correspondían a las tres bahías que forman la ciudad de Mar del Plata, unos cuatrocientos kilómetros al sur de Buenos Aires, y en la línea que correspondía a la bahía norte, se destacaban, nítidamente, dos luces más intensas. Yo las atribuí, una al edificio del Casino y la otra a la del Hotel Provincial que así se llamaba en ese tiempo y que figuraban en las tarjetas postales de esta ciudad como representándola. Estos primeros días de navegación eran muy gratos, agradables, tranquilos, apacibles, soleados y sobretodo luminosos, muy luminosos; el sol lo penetraba todo. Disfrutábamos de un clima templado, de mar calma y de una suave brisa del sur que a veces rolaba al norte. El cielo se nos presentaba casi siempre despejado, y sólo ocasionalmente era atravesado por algún grupo de nubes errantes que con sus copones blancos y cambiantes iban poniendo en el azul del cielo un trazo decorativo. Todo esto hacía que pasáramos los días sin el menor desasosiego. Luego de cumplida la tarea que el capitán nos había asignado para la jornada, aprovechando nuestros momentos de descanso, con ambos codos apoyados en la regala, a veces por largo rato, disfrutábamos contemplando los delfines y los albatros que en perfecta comunión con el mar y con la brisa, seguían permanentemente al velero, día tras día. Infatigables, majestuosos, envidiables dueños y señores de su total libertad. Los albatros y los delfines nos ofrecían un espectáculo único que sólo es posible disfrutar en plenitud desde un velero en navegación, sin el molesto ruido de un motor. Una gran cantidad de delfines seguía constantemente al velero; casi siempre en grupos, algunos muy numerosos. Nos causaba la impresión que se trataba de familias completas, tal vez, abuelos, padres, hijos y nietos, que se ubicaban a veces a popa, en la misma línea de la estela, y, por momentos, a estribor, y luego a babor, volviendo a pasar de una a otra banda incansablemente, siempre saltando en el mar con ágiles cabriolas las que 29


repetían una y otra vez, dejándonos ver, en cada salto, unos cuerpos estilizados que se arqueaban hacia abajo como si fueran a quebrarse. Esta rutina sólo era rota por la llegada de Pocho, cuando, poco antes del medio día, aparecía en cubierta con una olla repleta con cáscaras de papas las que arrojaba por la borda para que se convirtieran en un exquisito aperitivo para estos acróbatas acuáticos que, a lo mejor llevaban allí horas nadando y saltando, sólo a la espera de que se les ofreciera esta sabroso bocado. No lo sé. O tal vez su intención era sólo juguetear con este pez de acero y madera que a su vez iba jugueteando con la rugosa superficie del mar. Tal vez. En cuanto a los albatros, estos eran para nosotros un espectáculo aparte. Incomprensible. Sin poder comprenderlo, sólo nos dedicábamos a disfrutarlo. Se nos mostraban siempre como unos eximios intérpretes de las leyes de la aerodinámica. Los mirábamos y los mirábamos, allá arriba, observándolos hasta en sus mínimos detalles, colgados de su propio vacío, a veces justo sobre nuestras cabezas, aprovechando la más insignificante brisa para mantenerse allí por horas, pendiendo del vacío que esta producía al rozar sus alas. ¡Qué bien que lo hacían! Algunas veces, como aburridos ya de mantener esa postura, con elegante suavidad balanceaban su envergadura a uno y a otro lado para caer luego en picada, o bien para remontar, continuando ahí, siempre colgados en el aire, pero ahora en un plano más elevado. Todo esto siguiendo constantemente la velocidad del velero, sin que, aparentemente, movieran una sola pluma. Nos parecía como que había un secreto entendimiento entre el velero y estas maravillosas aves el que hacía que permanentemente nos acompañaran. Y así tiene que haber sido, pues el velamen seguramente causaba una desviación de la corriente del aire hacia arriba y en ella encontraban estos espléndidos albatros, el vacío que los sostenía. Realmente espectacular e incomprensible. Simplemente fascinante. Siempre estaban ahí arriba observándonos; un día y otro día, como si fueran parte integrante del velero. De tanto verlos ahí cada vez que levantábamos la vista, terminaron transformándose para nosotros en unos tripulantes más. No sé porqué, pero cada vez que yo los miraba fijamente me quedaba la sensación de que ellos podían individualizarme a mí y a cada uno de nosotros. En estos primeros días una de nuestras entretenciones favoritas a bordo era jugar a los dados y a las cartas. Esto era muy entretenido. A veces lo hacíamos por horas, siempre muy animadamente, festejando ruidosamente o lamentándolo quejosamente cuando la suerte no nos acompañaba. Lo hacíamos, la mayoría de los días, ignorantes del transcurso de las horas que iban pasando; sólo las advertíamos cuando alguno de nosotros tenía que incorporarse para cumplir con su obligado turno en el cambio de guardia, siempre a requerimiento insistente del que venía de terminar su guardia, el que de inmediato se incorporaba al juego. Estas jornadas de juego eran, normalmente, muy ruidosas, muy conversadas y estaban siempre matizadas de risas y de un ambiente 30


festivo salpicado de chistes. Constantemente entre juego y juego, bromas iban y venían, entre gritos, efusividad, chanzas y mucha algazara. También aprovechábamos para caminar sobre cubierta y así estirar las piernas haciendo un poco de ejercicio con los músculos de los brazos mientras aspirábamos la refrescante y saludable brisa marina, disfrutando de días soleados y algo cálidos, especialmente en las primeras horas de la tarde. Frecuentemente nos sentábamos a conversar en las bancadas que el velero tenía en cubierta, a ambas bandas, apoyadas en la barandilla y extendidas a todo su largo, sin interrupción alguna, como un largo tablón, desde la proa hasta las escalas para subir al balcón de popa. Era muy agradable el estar sentado ahí conversando y disfrutando del vaivén acompasado del velero. Otras veces, aprovechábamos para trepar al bauprés a observar como su roda iba cortando el agua y dando forma a dos blancos rulos de espuma, persistentes, simétricos y danzarines; muy constantes, siempre estaban ahí maravillando nuestro asombro. Enrollándose y desenrollándose, pasando de un rulo amplio y robusto a infinidad de rulos pequeños que al girar sobre sí mismo, terminaban perdiendo su impulso en el mar; siempre bajando y subiendo al ritmo de su capricho; contradictorios, jamás iguales al momento anterior y a veces muy parecidos al próximo; impredecibles, siempre inquietos, insistiendo e insistiendo en sus contorsiones y en sus pliegues y sus repliegues. Se nos presentaban siempre como unos fantásticos bailarines empedernidos. Exhibicionistas natos, nunca nos defraudaron. Pienso que alguien, algún día, escribirá un poema sobre estos veleidosos rulos de espuma que va dejando la proa en su avanzar. Es un tema que aguarda en la proa de cada velero a algún poeta amante del mar o más probablemente, a algún marino amante de la poesía. Que los hay. Esta placentera navegación se veía agradada aún más por las sabrosas y abundantes comidas que diariamente nos preparaba Pocho. Pocho era un excelente cocinero y mejor aún un experto panquequero y tengo que reconocer, desde aquí y en el tiempo, que fue explotado sin compasión alguna como panquequero. Qué manera de comer panqueques. Los hacía gruesos y esponjosos, tal como me gustan a mí; con leche condensada y/o con mermelada, resultaban una exquisitez. Recuerdo que para freír los panqueques, no ponía el aceite directamente en la sartén, sino que mojaba una miga de pan en aceite y luego la pasaba sobre la sartén; así lo hizo por lo menos mientras hubo miga de pan a abordo. Haber embarcado a Pocho, fue indudablemente un acierto del capitán; era un cocinero de primera, cinco estrellas, siempre colaborador en lo que fuera y nunca ponía dificultad alguna, siempre manifestó una muy buena predisposición. A cada instante, al levantar la vista, nos fascinábamos hasta el embobamiento contemplando el blanco velamen del velero que con sus velas siempre hinchadas nos llevaba cadenciosamente hacia el sur, en tanto que cuando volvíamos la vista hacia su popa, quedábamos extasiados al ver como su blanca estela iba dejando la efímera impronta de su quilla sobre la superficie del mar. 31


Nos entreteníamos también admirando como sus movimientos eran siempre cadenciosos, suaves y gráciles; jamás bruscos ni torpes y también achicando y achicando PORQUE EL VELERO HACÍA AGUA; algo que no nos había pasado mientras el velero estuvo fondeado en agua dulce. Descubrir esto fue para nosotros patético. Reconozco hidalgamente que no estaba en los planes de ninguno de nosotros el tener que vérnosla con la pesada palanca de la bomba de achique. Esto no nos gustaba para nada. En absoluto. Era tremendo el tener que estar subiendo y bajando una pesada palanca, aún cuando fuera una sola vez al día, que además venía a romper nuestra agradable rutina. Esta faena del achique, si bien al principio no era muy preocupante, cuando vimos lo cansadora que resultaba, acordamos hacerla rotativa entre todos sin absolutamente ninguna exclusión para evitar discusiones y compartir así esta pesada tarea. Durante estos primeros días de navegación, lo que yo más disfrutaba era la guardia de la noche, la que, entre paréntesis, todos rehusaban. En esas noches, luego de entregada mi guardia, mientras todos dormían ( a excepción del que me seguía en la guardia ) yo podía, sin que nadie me importunara, pasear tranquilamente en cubierta fumando mi pipa, contemplando el firmamento mientras reconocía a algunas estrellas por sus nombres y escuchaba el dueto que me brindaban el murmullo del viento resbalando en el velamen y el chasquido del casco cortando el mar. Siempre en distintos tonos, pero siempre cadenciosos y sincronizados. También noche a noche miraba yo, allá arriba, la imponente Cruz del Sur, nuestra inseparable compañera de ruta, siempre majestuosa, cada noche un poco más alta, mientras mentalmente extendía su eje mayor por tres veces y media y luego bajaba la vista verticalmente para confirmar que hacia allá íbamos, siempre hacia el sur. En la quietud de las guardias de aquellas noches templadas, el ritmo cadencioso del velero junto al murmurar del viento y al chasquido del mar, me regalaban con una sensación que me es imposible de describir; es una de esas sensaciones que sólo pueden comprenderla quienes la han vivido. Sin el molesto ruido del motor y de su inseparable trepidar, en el silencio que siempre había a bordo en las noches, me era fácil percibir los movimientos del casco, los que se me presentaban suaves, sin la más mínima brusquedad, acompasados y predecibles, lo que hacía que jamás me sorprendiera y que siempre, las piernas y el cuerpo, previéndolos, los recibieran con un balanceo rítmico, una y otra vez, a una banda y a la otra, a una banda y a la otra, como formando parte el cuerpo del casco y el casco del mar. Mancomunados así todos en una intimidad armónica, como si los tres, el mar, el casco y el cuerpo, al movernos al unísono, formáramos un todo único. En todo caso es esta una sensación muy difícil de explicar pero muy placentera de ser vivida. Los fieles tripulantes de los veleros saben muy bien de esta agradable sensación que hace que el mar, el velero y los tripulantes se sientan una unidad al moverse permanentemente a un mismo ritmo. La única tarea realmente molesta a bordo – además del achique – era los cambios de rumbo. Esto sí que era muy desagradable. Fastidioso hasta hacernos rabiar. Las velas eran grandes y de una loneta gruesa y muy pesada. Las botavaras eran largas, gruesas 32


y pesadas. No teníamos cabrestante, ni mucho menos winches que multiplicaran nuestras fuerzas; lo que hacía que a bordo todas las fuerzas se hicieran simplemente a pulso. Las escotas eran de cáñamo, gruesas y toscas; el agua las hinchaba y ablandaba y el sol se encargaba de resecarlas y endurecerlas al punto de llegar a encallecernos las manos. Los motones, muy pesados, con sus cajas de madera, no tenían rodamientos en sus ejes y frecuentemente se atascaban por lo que había que lubricarlos constantemente. Para solucionar el problema, simplemente les poníamos jabón, el que sacábamos cortando unos trozos de un tosco jabón para lavar ropa que venía en unos panes muy grandes y que recuerdo se llamaba “Jabón Federal”. Templar las drizas exigía de mucha fuerza y de por lo menos, dos tripulantes bien forzudos. Cazar las velas era una faena aparte, muy dura y para la que se requerían varios tripulantes, los que además de disponer de mucha fuerza, necesitaban de una casi perfecta coordinación en el momento preciso para así poder multiplicarla. Cada vez que había un cambio de derrota, teníamos que subir todos a cubierta; el cocinero, el motorista y los tripulantes que estuvieran disponibles en ese momento, aún cuando estuvieran durmiendo. El capitán, para anunciar estas faenas, se valía de un maldito silbato que con su uso reiterado terminamos por odiar. Se nos fue haciendo insoportable, sobre todo cuando nos sorprendía en la litera en nuestros merecidos momentos de descanso. En esa zona y hasta bien al sur, el viento sopla rolando constantemente entre el norte y el sur. Y también varía constantemente de intensidad, lo que nos obligaba, también constantemente, a tomar y dar rizos, lo que era una desagradable tarea para conjugarla con una mesa bien servida o con una merecida siesta en la litera. Esa es la zona donde se enfrentan y pujan los vientos fríos que se generan en la Antártida con los vientos cálidos de la zona ecuatorial, burlando, frecuentemente, los pronósticos meteorológicos, los que por lo demás en aquellos años no eran muy fehacientes que digamos. La temperatura puede variar más de diez grados en sólo un par de horas y un temporal hay que esperarlo tanto de un frente cálido del norte, como de uno frío del sur, lo que sólo depende de la intensidad de cada uno de ellos. La lamentable consecuencia de estos bruscos cambios de frente climático fue que en varias ocasiones mientras estábamos sentados a la mesa en la cabina, regocijándonos con una fuente de panqueques al frente, sonara el maldito silbato del capitán y tuviéramos que subir rápidamente a cubierta a ejecutar alguna maniobra, encontrándonos al regreso con que algún bandazo desconsiderado había desparramado los panqueques por el piso de la cabina. Ante esta lamentable situación sólo nos quedaba apelar al manido recurso de la resignación. El recurso de los débiles; sólo los débiles se resignan, decía nuestro capitán. Aprovechando el buen clima y esa calma navegación, en los momentos de descanso, solíamos conversar con el capitán cómodamente sentados en las bancadas que el velero tenía en cubierta o bien mientras caminábamos para estirar algo las piernas. Durante estas agradables caminatas y conversaciones en cubierta , el capitán me contó algunas experiencias de su muy vasta vida marinera. Tantos años navegando lo habían 33


enriquecido con sucesos, anécdotas, vivencias y aventuras que le habían acontecido tanto a abordo como así también en los innumerables países que había visitado. Entre otras cosas, me narró un viaje que hizo durante la Segunda Guerra Mundial timoneando un barco mercante con un cargamento de camiones, desde Europa hasta un puerto chino y luego su regreso a Europa en una combinación ferroviaria que incluyó el famoso ferrocarril Transiberiano. Me decía que como los mares estaban ya infectados de submarinos y la navegación era muy insegura para los mercantes, se vio obligado a regresar a su casa en la península escandinava atravesando toda el Asia en tren, en un recorrido de ocho mil kilómetros y de más de siete días de duración en un viaje simplemente fabuloso. El tren iba cruzando, me contaba, ciudades, pueblos y villorrios de muy diversas culturas que lo llenaban de asombro a medida que avanzaba. Me contó también del extraordinario lujo del ferrocarril; el caviar, me decía, era ofrecido con cada comida a partir del desayuno y cualquier demanda de los pasajeros al servicio era atendida de inmediato con una obsecuencia rayana en el servilismo. Los camareros se ocupaban de la atención de los pasajeros hasta en sus más mínimos detalles. Desde sus ventanillas – me refería – se veían, en sucesión, como si se tratara de una película narrativa, la Gran Muralla China, las llanuras de Mongolia, los pueblitos de Siberia, el inmenso lago Baycal (el más profundo del mundo) que el tren bordeaba por horas, el desierto de Gobi, el río Obi, el río Yenisey, el famoso río Volga y finalmente la, en esos años para los occidentales, casi desconocida Moscú; además de la enigmática Pekín, donde había comenzado su viaje. Desde Moscú continuó a San Petesburgo y desde ahí hasta Noruega llegando así finalmente a su casa. En otra ocasión, me contó de una extraña y fantástica lucha que pudo ver, esta vez siendo capitán de un ballenero en los mares del sur, entre un pulpo gigante y una ballena. Me decía que pudo ver como el pulpo había aprisionado con sus grandes tentáculos la cabeza de la ballena y como ésta, para defenderse y desprenderse del pulpo, sacó su cabeza sobre el agua adoptando una posición casi vertical, logrando dejar así al pulpo fuera de su medio natural obligándolo a soltarla y sumergirse. Muchos años después, en un artículo de Jacques Cousteau que pude leer aparecido en una revista, se mencionaba la existencia de estos pulpos gigantes. También me explicó, en otra oportunidad en que después de almuerzo caminábamos sobre cubierta, las dos teorías sobre el origen de las palabras babor y estribor y cómo estas se formaron. Tema que yo ignoraba absolutamente pues no estaba en mi acerbo intelectual. Me dijo que habían dos etimologías de estas palabras: una latina y la otra nórdica. La etimología latina dice que en la antigua Francia, cuando se dibujaban los planos de los navíos, la palabra “batteries” se escribía justo en el medio de la figura del navío, cruzándola, precisamente en el sector donde se ubicarían las baterías. Cuando se trazaba la línea de crujía del navío sobre el dibujo, ésta cortaba la palabra batteries en dos, dejando batt al lado izquierdo y eries en el opuesto. Desde 34


entonces – me decía - los términos de babor, para referirse al lado izquierdo y estribor, para el lado derecho, fueron usados por la marina francesa para luego ser internacionalizados. En cuanto a la otra teoría, la nórdica, me explicó que cuando el timón aún no se había inventado (lo que ocurrió allá por los fines del siglo Xlll) las naves eran gobernadas valiéndose de un remo que el timonel, como es de suponer, tomaba con su mano derecha. Al sentarse en la popa mirando hacia proa, para gobernar la embarcación acompañaba sus órdenes con la referencia de hacia el lado de su espalda o hacia el lado del remo. En el antiguo idioma escandinavo el remo se llamaba “styri” y desde entonces se usan los términos de babor para referirse al lado de la espalda del timonel y estribor para referirse al lado del remo ( styri ) del timonel. El antiguo noruego “styri” viene del griego stauros, estaca, e hizo la antigua voz inglesa “steor” que luego devino en “steer” y formó steerboard, para terminar en starboard, estribor. Esa misma noche ya en mi camarote, me apresuré a anotar esta sesuda explicación en mi libreta. Y así iba trascurriendo nuestra navegación, con agrado y entusiasmo, disfrutando del seguro navegar de este velero que nos tenía a todos maravillados. Lo único que lamentábamos era la falta del radiotransmisor que nos tenía sin noticias del mundo, sin los informes meteorológicos y sin poder comunicarnos con nuestras familias. Pero en esta maravillosa, calma y apacible navegación, sufrimos una nueva sorpresas de las muchas que nos acontecerían y que se sumaba a la de la falta de fuerza del motor, la que por lo demás desde el Pampero habíamos asumido como insalvable. El capitán, después de mucho buscarlo, descubrió que había perdido las tablas de marea; utilísimas para ingresar al Estrecho de Magallanes en el momento exacto junto con la corriente entrante, ya que ésta ahí es muy rápida como para pretender remontarla; y mucho menos con nuestro anémico motor. Pero eso no era todo: también le faltaban las cartas desde el Río de la Plata hasta el paralelo 42. Más adelante y mientras avanzaba la navegación, pudimos comprobar que el capitán, en realidad, no necesitaba ni de las tablas de marea ni de las cartas, pues era un eximio y avezado navegante que podía prescindir perfectamente de ambas, le bastaban el sextante y el compás. Y yo estoy seguro que también podría haber navegado sin ellos, ya que conocía a la perfección el firmamento estelar en ambos hemisferios. A veces, en las noches despejadas, mientras conversábamos amenamente en cubierta, se entretenía enseñándonos el nombre de las distintas estrellas y las distintas constelaciones, indicándonos, además, cuál era su ubicación en el cielo, todo siempre acompañado con una intención didáctica y siempre con mucho paternalismo incorporado en las explicaciones. El afán del capitán por darnos a conocer y por enseñarnos cuanto tema tuviere que ver con la navegación a vela, era permanente y se manifestaba en todo momento, aún en los más impredecibles. Aprovechaba cualquier ocasión o cualquier excusa para enseñarnos algo relacionado con la navegación a vela; algún dato histórico, el mejor modo de ejecutar alguna maniobra, algún nudo que nosotros no conociéramos, alguna referencia 35


meteorológica, etc., etc. Una noche apacible y despejada en que estábamos conversando en cubierta sobre la Cruz del Sur y sobre la Estrella Polar del Norte ( ambas sabidamente usadas por los marinos desde tiempos inmemoriales para orientarse ), demostrando su afán didáctico y pasando bruscamente de un tema a otro, me preguntó si yo sabía el significado de las franjas que llevan en el cuello la mayoría de los uniformes de los marineros. Ante mi respuesta negativa, me aclaró que nacieron en la flota inglesa y son un homenaje a los caídos en las tres victorias de Lord Nelson (San Vicente, Aboukir y Trafalgal). Una franja por cada victoria. Por supuesto que yo de esto no tenía la menor idea, así que procedí también de inmediato a anotarlo en mi libreta de viaje. Proseguía la navegación, proseguían los cambios de turno cada cuatro horas, proseguíamos con el achique una vez al día siempre en turnos rotativos, y proseguíamos pasando los días con agrado, entretenidos y amenos, dentro de una rutina placentera y sin sorpresa alguna. Pero, al ir adentrándonos en el sur, se nos presentó la primera molestia que hizo que la navegación no nos resultara ya tan placentera. El frío comenzó a aparecer y a cambiarnos el ánimo y no nos abandonaría en el resto del viaje; sus primeras manifestaciones aparecieron en el aire, decididamente frío. Luego fue penetrando nuestras ropas y nuestros cuerpos, para, finalmente, tomar posesión del maderamen del velero y terminar transformándose en nuestro amigo – o más propiamente hablando – en nuestro enemigo inseparable. Nos acompañaría hasta el mismo final de la travesía. Comenzaron entonces a asaltarnos algunas dudas y uno que otro arrepentimiento empezó a aflorar en las conversaciones de algunos de los miembros de la tripulación. Parecía ser que la navegación no era como la habíamos imaginado nosotros en el calorcito sub tropical de San Fernando, mientras tomábamos unos whiskies - gentileza del capitán - tranquilamente sentados en cubierta conversando animadamente sobre el proyecto del futuro viaje y contemplando los sauces llorones de la isleta que dejaban caer sus ramas casi sobre la misma cubierta del velero. Evidentemente la cosa no era como nosotros la habíamos imaginado; habría que lidiar con el frío. Para combatir el frío, agotado ya mi stock de gruesa ropa interior de lana con mangas y pantalones largos, abrigadora, a medida que aumentaba el frío yo me iba poniendo un par de pantalones y un sweater de lana que agregaba al ya puesto y que permanecerían en mi cuerpo hasta el mismo final del viaje. Sí, dormía vestido; la mayoría de las veces incluida mis botas de goma. No había otro modo de hacerlo, ya que en cualquier momento llamaban para subir a cubierta a hacer alguna faena imprevista y no quedaba tiempo para vestirse. Siempre que sonaba el maldito y tantas veces maldecido silbato del capitán, era porque algo urgentísimo había que hacer en cubierta. Todos hacíamos lo mismo; dormíamos vestidos, acumulando así en el cuerpo más ropa. Y también más mugre. Con este método mecánico de acumular ropa sobre el cuerpo para combatir el frío, yo iba agregando un pantalón y un sweater adicionales más o menos cada diez grados de latitud y toda esta ropa se iba cubriendo con salpicaduras de sopa y de las variadas comidas que preparaba Pocho y que caían sobre ella, cuando sentados a la mesa en la 36


cabina al momento de comer, el velero daba un inesperado bandazo. El otro acumulador de suciedad era la sala de máquinas, dominio exclusivo de Hausen. El motor no tenía partidor automático; partía a manija. Por lo tanto, cuando había que hacerlo arrancar, todos íbamos pasando por la sala de máquinas para ayudar a Hausen a darle manija, porque el volante era muy pesado y la manija muy dura y Hausen no se la podía solo con ella y ahí, en la sala del motor, sobraban al aceite y la grasa. Parecía mentira, pero sólo bastaba con entrar a la sala de máquinas para salir sucio con grasa y aceite, aún cuando uno no tocara nada. Daba la impresión que ahí la grasa y el aceite estaban flotando en el aire. Al principio cuidábamos de no ensuciarnos, pero después ya no nos preocupó en absoluto el ensuciarnos o no ensuciarnos. Aparecieron otras preocupaciones.

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EL TEMPORAL Ya bien avanzada la navegación, a la altura de la bahía de San Jorge, que está en los 41 grados sur, con nuestros cuerpos calentitos, bien abrigados, excelente clima y ciñendo con un suave andar con viento por la amura de estribor, estábamos en la cabina principal felices y contentos jugando a los dados desde las primeras horas de la mañana, como, hasta ese día, lo habíamos estado haciendo casi habitualmente, a excepción del que cumplía con su guardia en la timonera, quien podía apreciar que el compás dudaba constantemente rotando para aquí y para allá pero siempre alrededor de los 180 grados, nuestro rumbo obligado. Nada hacía presagiar cambio alguno en las condiciones del clima. El día había amanecido despejado y así continuaba, despejado y brillante. Sólo muy alto, un par de nubes errantes, blancas y regordetas, casi gemelas, viajaban sin prisa hacia el este flotando despreocupadamente en el azul del cielo. En cuanto al mar, podíamos ver que lucía bruñido por el reverberar de un sol radiante, tal como diariamente se nos había estado presentando. Evidentemente todo indicaba que este sería un día más para disfrutar de esta grata navegación. Mientras tanto, abajo en la cabina principal, ya comenzaban a oírse las primeras risas y había ahí algo de bullicio el que antes de una hora se había transformado en bullanguera alegría, en apuesta y contrapuestas, en bromas y en risotadas. Sobre la larga mesa, tentando nuestro apetito, sobre dos fuentes se acumulaban panqueques y mermelada, tarros con leche condensada y café caliente esparciendo su penetrante y agradable aroma por toda la cabina, iniciándose así este nuevo día de navegación. Nuestra única preocupación, hasta aquí, en esta grata jornada, era que los panqueques comenzaran a bajar. Pero en realidad no había porque preocuparse mayormente pues bastaba con pedirle a Pocho que preparara más, y al rato, una nueva fuente con sabrosos panqueques se hacía presente sobre la mesa aumentando la algarabía que ahí reinaba. Ayudados por el motor trabajando en baja, muy poca escora, ningún odioso bandazo, todo era muy placentero; tal y como lo habíamos imaginado cuando tomamos la decisión de engancharnos en esta travesía. Yo no me había equivocado, se trataba de una agradable y placentera navegación en un excelente y seguro velero de alta mar. En el transcurso de la mañana y del juego, cada cierto rato, alguno de nosotros abandonaba la cabina por un instante para subir a cubierta a dar satisfacción a alguna imperiosa necesidad fisiológica o simplemente en busca de algo de aire puro y fresco. Pero ya pasada la media tarde quien subiera a cubierta a respirar aire puro para limpiar los pulmones del humo de los cigarrillos que a esa hora llenaba la cabina, podía 39


distinguir, siempre y cuando mirara con atención hacia el sur, allá, muy abajo, en el fondo mismo del horizonte, casi imperceptible, una muy delgada línea negra, la que como que quería separar el cielo del mar. Después de algunas horas y casi sin que nos diéramos cuenta, mientras nosotros en el entusiasmo del juego continuábamos cruzando apuestas y contrapuestas a golpe de cubilete, mientras nos entreteníamos y dejábamos transcurrir las horas jugando, esa delgada línea negra se iba transformando en una delgada mancha negra. Se anchaba algo, se extendía de extremo a extremo, cubría la lejanía del horizonte y comenzaba ahora a avanzar con cierta rapidez. Los dados estaban ya recalentados de tanto rodar y rodar sobre la mesa en un constante pasar de esta a los cubiletes y de estos nuevamente a la mesa, golpeados y golpeados por el juego y movidos siempre por la ciega fortuna; todo rodeado de alegría, de apuestas y de entusiasmo. Diariamente me sorprendía; con qué destreza lo hacía: ponía los dados dentro del cubilete sin tocarlos con las manos. Lo hacía limpiamente, una y otra vez. Qué bien que lo hacía. Ponía los dados sobre la mesa, bien agrupados, luego los soplaba, los tapaba con el cubilete y después, con un diestro movimiento de la muñeca a ambos lados y muy rápidamente, conseguía que los dados quedaran dentro del cubilete mientras lo iba elevando con ellos en su interior sin que se le cayera uno solo, para después volcarlos sobre la mesa. Lo hacía limpiamente. Otra vez le tocaba jugar a él, y otra vez lo hacía. El que hacía esta gracia era el capitán, mi más enconado contrincante que día a día nos asombraba con esta habilidad. Jugaba muy bien. Claro que en cuanto al resultado final del juego, normalmente quedábamos empatados a pesar que me llevaba un handicap de años y años de práctica. Siempre al final del día habíamos ganado más o menos la misma cantidad de juegos. Pero esa habilidad para levantar el cubilete con sus dados en el interior, boca abajo y sin que se le cayera uno sólo, nunca pude aprendérsela. Y así, apostando, riendo, jugando, bromeando, ganado y perdiendo, entreteniéndonos, las horas iban transcurriendo y el entusiasmo en el juego iba “in crescendo”. Pasado el medio día, los panqueques fueron reemplazados por unos sabrosos emparedados calientes que correspondían ya a la hora del almuerzo. Luego, de su propia iniciativa, Pocho ofreció un plato con sopa caliente que todos aceptamos gustosos y que nos vino muy bien dejándonos a todos reconfortados. Ya habíamos dejado muy atrás la hora del almuerzo, creo recordar que estábamos acercándonos a las últimas horas de la tarde, cuando Faúndez, el marinero chileno que estaba en ese momento cumpliendo con su turno en la guardia, bajó a avisar que venía una tormenta. A pesar de la ruidosa cháchara que había en la cabina, lo escuchamos claramente pues lo teníamos de pié al lado nuestro. Pero nosotros estábamos en otra cosa, muy ocupados jugando como para prestarle atención. Como única respuesta, 40


Antonito se levantó para mostrar, eufórico, un ganador full de aces; lo festejó con un aplauso y luego se sentó para continuar jugando. Los que iban ganando, querían seguir jugando para seguir ganando y los que iban perdiendo, querían seguir jugando para recuperarse. Como después de lo que nosotros pensamos sólo había sido un rato, Faúndez insistió – esta vez a los gritos – de muy mala gana hicimos un alto en el juego, alguien le recriminó por haber gritado tanto, luego nos pusimos de pié y nos asomamos por la escotilla para ver qué estaba pasando y el porqué de los tantos gritos de Faúndez. Y en ese momento no podíamos creer lo que estábamos viendo. Nos encontramos bajo un cuadro dantesco. Atroz. Quedamos paralizados, con sólo nuestras cabezas asomadas en cubierta, pegados en la primera escala de la escotilla, sin poder movernos, ni mucho menos atrevernos a subir. Por lo que pudimos ver desde la escotilla, el cielo era una gran masa de nubes, negra y amorfa, en constante cambio, que avanzaba enloquecida hacia el norte, totalmente descontrolada y como si en cualquier momento fuera a reventar por algún lado, mientras golpeaban unas nubes contra otras empujándose en un total desorden. Ante lo que veía, vacilé un instante con la intención de volver a la cabina en busca de refugio, pero al ver que el capitán pasaba al lado mío y subía decididamente a cubierta, yo también lo hice, de manera mecánica, sin pensarlo. Desde ahí, mientras éramos golpeados por un viento terrible, al mirar hacia el sur, pudimos ver nubarrones ennegrecidos cubriendo todo el cielo. Venían desde el sur y parecían avanzar rodando sobre el mar, como si se apoyaran en él mientras daban tumbo, descontrolados, superponiéndose y chocando unos contra otros; unas nubes se veían como si se comprimieran para luego expandirse, por momentos apretujándose con desesperación y luego desparramándose, mientras otras que aparecían precipitándose desde arriba, cubrían de inmediato el espacio. El cielo se veía como una explosión en cadena de manchones negros que explotaban por todos lados. Todo el conjunto desordenado y amenazante y azuzado por un viento salvaje. Ante esto, desde la escotilla, gritando, avisamos a todos abajo que la tormenta estaba ya sobre nosotros. Cuando el resto de la tripulación pretendió subir a cubierta con la intención de recoger velas, era imposible ya arriesgar ninguna maniobra ahí. Ni pensar en arriar una vela. Ni locos. Nada se podía hacer en cubierta. El viento soplaba tan fuerte que no se podía permanecer de pié; había que caminar agachado y tomado con ambas manos de donde fuera y como se pudiera. Soplaba con tal intensidad que se llevaba lo que encontrara suelto, sea lo que fuere, mientras rugía, furioso, en la arboladura. Impresionante. Las templadas drizas castañeteaban contra los palos, enrabiadas, golpeando y golpeando como en un tamboreo. Dos baldes que usábamos para lavar la ropa y que habían quedado en cubierta el día anterior con algo de ropa en remojo, simplemente no estaban. Rápidamente y como pudimos, ayudados por los que estaban abajo en la cabina, conseguimos cerrar las escotillas. Luego, el capitán y yo, agachados, casi en cuclillas y 41


firmemente tomados de los pasamanos de la timonera, mientras sentíamos como el viento seguía golpeando el velero, conseguimos poco a poco y con mucho esfuerzo llegar hasta la puerta de sotavento de la timonera, entrar en ella y luego de un tremendo portazo, refugiarnos allí, donde se encontraba ya Faúndez asido del gobernalle y con el rostro lleno de espanto. El resto de la tripulación permaneció abajo, en la cabina principal, todos en un absoluto silencio, como en una madriguera, esperando que el rugido del viento pasara de una vez por todas. Mientras, arriba, el viento golpeaba sin piedad alguna ensañándose con el velero y arrancándole a su cablería un sonido tétrico y profundo. Refugiados ya en la timonera, uno a cada lado, nos aferramos de la rueda del timón con nuestras cuatro manos y nos hicimos firmes con nuestros pies apoyándolos tanto en el piso como en los mamparos laterales, haciendo de palanca con las piernas, esforzándonos, de esta manera, por tratar de mantener el rumbo. El gobernalle se puso tremendamente pesado y a pesar del esfuerzo que estábamos haciendo entre los dos con las piernas contra los mamparos, no lo podíamos girar; lo sentíamos como si hubiera estado trabado. En esas condiciones poco o nada podíamos hacer y así permanecimos por lo que creo debe de haber sido un par de horas, firmemente asidos del gobernalle, entregados a lo que viniere. Ahí nos encontrábamos, resistiendo y resistiendo, y esperando que este maldito temporal por fin pasara, cuando, a las 01.20hs. una terrible ráfaga quebró el palo mayor con un solo y seco estruendo en tres pedazos. Era de madera y aunque no recuerdo exactamente su diámetro, recuerdo sí que era muy grueso; pero la ráfaga lo quebró como si hubiera quebrada un fósforo. Fue un momento desesperante. En la oscuridad oímos el golpe y vimos, a través de las ventanas de la timonera, el paño que caía. Ante este desastre, nuestra primera reacción, casi instintiva, fue tratar de no perder las velas, pues teníamos clara conciencia que sólo de ellas dependía el proseguir con nuestra navegación, ya que llevábamos grabado en el subconsciente que el motor no tenía fuerza para nuestro desplazamiento. Si pretendíamos continuar navegando, necesitaríamos irremediablemente del velamen. El capitán dejó instantáneamente la rueda del timón y se precipitó a cubierta sin la menor vacilación, con la determinación de quien apela a su último recurso. Había que salvar las velas a como fuera. Lo seguí; muy a pesar mío. Esto hizo que el velero quedara libre del timón, girando sobre su centro, pivoteando y aproándose al viento. Inmediatamente nos pusimos a laborear, entre los cables que colgaban y el estruendo que hacían las olas y el viento al golpear contra el velero, para tratar de no perder las velas. La maldita ráfaga no duró más de unos veinte minutos; tal vez, menos que eso. Los pedazos del mástil quebrado cayeron sobre la cubierta arrastrando consigo cables, drizas, cruceta y paño y produciendo una gran confusión que se sumaba al estruendo que hacían las olas y al constante rugir del viento. Los fanales de posición quedaron aplastados, hechos añicos, totalmente destrozados. Estaban sobre los obenques y de ellos sólo quedaron unas latas aplastadas y retorcidas. La pesada vela mayor gualdrapeaba 42


insistentemente sobre la cubierta cubriendo una gran parte de ella y por encima de la amurada golpeando repetidamente sobre la regala y amenazando con irse al agua en cualquier momento, mientras se sacudía y se sacudía. El capitán me ordenó, a los gritos ( único modo de entenderse en ese estruendo ), que bajara a buscar un cabo para asegurar las velas antes de que se fueran al agua y las perdiéramos para siempre. Llevábamos la cabullería en un camarote a proa, contiguo a la cocina, el que hacía las veces de pañol. Ya en cubierta y con el cabo, el capitán a un lado de la botavara lanzaba el cabo que yo, al otro lado, recibía y pasaba por debajo de la botavara, volviendo a lanzárselo. Inmediatamente él lo tesaba y volvía a lanzarlo por sobre la botavara. Repitiendo esto, conseguimos evitar que se fueran las velas al agua y aseguramos la mayor y el foque lo mejor que pudimos. Todo hecho en la obscuridad pues no llevábamos luces en cubierta; sólo teníamos una luz en la timonera la que lanzaba un resplandor tenue, entrecortado además por el agua que cruzaba sobre ella. Gritábamos cada vez que lanzábamos el cabo pues este era el único modo de avisar al otro lo que estábamos haciendo. Mientras tanto el viento lanzaba olas sobre la cubierta, una tras otra, dejando, tras algunas de ellas, toda la cubierta bajo agua. En esta confusión, hubo un momento en el que acababa de recibir el cabo que me lanzó el capitán, cuando oí el ruido de una ola que rompía contra el casco e inmediatamente después una masa de agua me golpeó y me tiró al suelo; apreté firmemente el cabo y a pesar que mi cuerpo resbaló sobre la cubierta, tomado del cabo pude incorporarme y continuar la faena. Estábamos totalmente empapados, desde la gorra hasta las botas; mis botas de goma tenían tanta agua adentro como afuera. Pero todo esto no tenía la menor importancia, pues nuestro único afán era salvar las velas a como fuera evitando que se cayeran al mar. Muchos cables y cabos cayeron al mar mientras sus extremos aún permanecían firmes enredados en cubierta molestándonos para caminar, cerrándonos el paso y haciéndonos tropezar y caer. Tuvimos que cortar algunos, pues era imposible desenredarlos. Otros se transformaron en un peligro: estaban asegurados al tope del mástil de mesana y con sus grilletes y sus guardacabos en los extremos pendulaban golpeando en la cubierta como martillazos. Oíamos los golpes que daban al pegar sobre cubierta pero no los podíamos ver, algunos golpeaban con un sonido metálico, lo que significaba que estaban golpeando sobre la timonera. Los restos de las drizas rotas chicoteaban con consecuencias impredecibles. Parecían chicotazos dados en la oscuridad hacia todos lados. Yo me lastimé la cara con un cable que pendulaba pero no lo sentí hasta que ya todo hubo terminado y pude ver la sangre en mi rostro. Mientras todo esto nos pasaba, el velero, sin gobierno y entregado al temporal, se escoraba, se adrizaba y daba bandazos totalmente fuera de sí, impotente y desesperado, soportando que el mar y el viento lo barrieran a su antojo. Mientras más se enfurecía el mar, más se irritaba y descontrolaba el FALKEN, pero el temporal lo tenía a su voluntad sin que nosotros nada pudiéramos hacer por gobernarlo y calmarlo. Una vez ya asegurado de haber salvado las velas, el capitán, destilando agua, regresó a la timonera y volvió a tomar la rueda del timón poniendo proa al sur. Mientras tanto el 43


temporal continuaba con su azote implacable. Aún no nos habíamos repuesto de cuanto nos había pasado, cuando repentinamente el motor paró, dejándonos a todos helados y consternados. Dejamos de oír su golpeteo. Al desaparecer el ruido y la trepidación del motor, nos quedó la sensación de como que al velero el temporal, en su furia, le había arrebatado hasta el alma a su paso. A partir de ese momento continuamos navegando con la única vela que el temporal nos había perdonado dejándola izada: la mesana. Esta vela era todo cuanto nos quedaba de nuestro otrora orgulloso paño. Estábamos en medio de un temporal implacable que no nos daba tregua, con sólo una vela, sin motor, con parte de la arboladura destrozada y en la oscuridad de la noche. Todos muy confundidos y muy perturbados. Afortunadamente en las horas siguientes el temporal comenzó a amainar y el mar comenzó a aplacarse poco a poco, hasta que llegó un momento en que en medio de la noche, sólo se oía el aullar del viento soplando como un pérfido silbido. Ya pocas horas nos separaban del amanecer y en un par de horas llegaría nuevamente la claridad. Indudablemente, lo peor había pasado ya. A la mañana siguiente, con las primeras luces del día, se nos presentó ante nuestra vista una escena espantosa. A medida que las sombras se retiraban deslizándose sobre el mar hacia el oeste empujadas por la claridad que avanzaba desde el este, nosotros íbamos descubriendo un desastre: sólo veíamos restos sobre cubierta de la que fuera nuestra arboladura. Y mientras íbamos reconociendo los restos de la arboladura dispersos y enredados unos con otros por aquí y por allá, íbamos tomando conciencia que el desastre que nos dejó el vendaval ya no tendría arreglo posible. Habíamos perdido, irremediablemente, la mayor parte de nuestra arboladura. Mientras más luz recibíamos, más evidente se nos hacía esta debacle. La luz de este nuevo día nos estaba mostrando que habíamos pasado ahora a un estado simplemente calamitoso. La vela mayor, enrollada y atada a la botavara que nosotros habíamos salvado de perderse en el mar, estaba en pedazos, hecha jirones, totalmente inservible; nuestra principal propulsión era ahora sólo tiras de lona; si bien habíamos evitado que se fuera al mar, de todas maneras ya de nada nos serviría. Cables, cabos, escotas, drizas, obenques, estays, roldanas, motones, tensores, grilletes, se podían ver dispersos sobre toda la cubierta, enredados unos con otros, convertidos en una maraña. La cubierta parecía la definición del caos. No había donde poner un pie sin pisar un resto de la jarcia y se hacía casi imposible caminar en ella sin tropezar. La cruceta no estaba, seguramente al caer el palo se desprendió y se fue al agua. El foque, después de desplegarlo, vimos que aún era usable; tenía algunas costuras abierta pero estaba entero. Gracias a Dios, por lo menos esa vela la habíamos salvado. Para acabar con este estado desastroso, empezamos por ir aclarando de a poco la cubierta. Lo primero que hicimos fue aclarar los pedazos del mástil de los cabos y cables 44


en que estaban enrollados. Separamos y ordenamos toda esta jarcia. Guardacabos, grilletes y tensores fueron separados de sus cabos y de sus cables y todo se ordenó y se guardó abajo en el pañol. Mucho me ayudó en esta faena mi navaja que tenía una hoja de acero por un extremo y un punzón, largo y afinado, especial para desatar cabos, por el otro. Dicho sea de paso, la mía era la única navaja de este tipo a bordo. No teníamos napoleón con que cortar los cables y estos tuvieron que ser cortados a sierra, lo que tratábamos de hacer lo más rápido posible para acabar cuanto antes con el desorden y la confusión que se veían sobre la cubierta. Mucho colaboraron en esta faena Pocho y Kloch, los dos forzudos de a bordo, los que hacían esta labor muy bien coordinados; mientras uno, Kloch, sostenía el cable firmemente con sus manos como se fuera una morsa, bien rígido, el otro rápidamente lo aserraba. Los dos pedazos del mayor, ya aclarados de su cablería, los atamos sobre cubierta, uno a cada banda, bajo las bancadas, bien trincados. Ahí ya no molestarían. Finalmente, cuando ya estuvo la cubierta ordenada, el capitán dispuso que con el estay de proa armáramos uno de fortuna que unimos al que colgaba del casquete del mesana y que aseguramos a la base del mayor. Siguiendo sus indicaciones y bajo su estricta vigilancia, así lo hicimos y en este estay de fortuna izamos el foque, el que quedó trabajando como si fuera una vela cuchilla, haciendo que ahora el reducido plano vélico, quedara desplazado a popa; pero lo que nos permitió envergar las dos únicas velas que nos quedaban. Cuando toda esta faena hubo terminado, recién entonces nos pudimos tomar un momento de descanso y de reflexión y pudimos ponernos a pensar y a razonar qué podríamos hacer ahora para continuar navegando. Quedamos muy preocupados por la detención del motor y más aún por la reducción del paño. Tremendamente impresionados por el estado en el que habíamos quedado. Pensábamos que sería ya muy difícil continuar con nuestro rumbo en busca del Estrecho, sin motor y sólo con la mesana y el foque pues el velero era muy pesado para tan poco paño; sobretodo con sus tanques casi llenos, a lo que además había que sumar el lastre, lo que le adicionaba más de quince toneladas. Mientras razonábamos todo esto, tratamos de calmar los nervios con un fuerte brandy que para tal efecto nos convidó el capitán, pero que no alcanzó para ello. Ni mucho menos para borrar nuestra preocupación por la navegación que se nos vendría de aquí en adelante. Esta imprevista faena nos dejó a todos rendidos de cansancio, muy preocupados, agotados y con los nervios deshechos. Mientras vaciábamos nuestros vasos contemplando abatidos y tristes nuestro estado y sentíamos como el brandy nos iba raspando y humedeciendo la garganta, cada uno de nosotros iba quedando ensimismado en sus propios pensamientos sacando, en silencio, sus propias conclusiones y todos comenzamos a percibir en nuestro fuero íntimo que de aquí en adelante, este ya no sería un plácido paseo. Los fantasmas de la preocupación y del temor comenzaron a rondar por el velero y la navegación perdió el encanto y la despreocupación con que se había iniciado. Comenzamos mentalmente a formularnos algunos interrogantes. ¿Resistiría este reducido velamen? 45


¿Por cuánto tiempo? ¿Qué podríamos hacer si se nos rifaba una vela? ¿Por qué se había detenido el motor? ¿Podría Hausen hacerlo funcionar? ¿Cuán lejos de la costa nos habría dejado este despiadado temporal? Estos y muchos otros pensamientos daban vueltas y vueltas en nuestras confundidas cabezas. A pesar del escaso velamen con que nos dejó el vendaval, continuamos no obstante con nuestra lenta navegación manteniendo siempre el rumbo sur en busca del Estrecho de Magallanes. Dos días después de esto, la nueva distribución de las velas nos obligó a cambiar de ubicación parte del lastre modificando su estiba con el fin de compensar el peso del casco, ya que se levantaba mucho de popa y dejaba gran parte de la pala del timón fuera del agua, dificultando el gobierno del velero; el casco ya no respondía al timón de inmediato como lo había hecho hasta antes del temporal. A todo esto, el lastre estaba conformado por doscientas bolsas de arpillera con cincuenta kilos de guijarros cada una. Nosotros, personalmente, las habíamos cargado en San Fernando, con mucho esfuerzo, en una agotadora faena, pues el capitán no encontró a nadie en el embarcadero del Canal que estuviera dispuesto a hacer esta dura tarea, a pesar que ofreció una muy buena paga por ello. Haciendo un gran esfuerzo, tomamos lastre de debajo del piso de la cocina, en la proa y lo arrastramos hasta la cámara del capitán, a popa. Cansados como nos sentíamos, no estábamos en condiciones de cargarlas sobre los hombros, así que, una por una, entre todos, arrastrándolas, conseguimos estibarlas ahí, bajo el piso, para hundir algo más la popa. Esta fue otra larga, pesada y cansadora faena que nos tomó todo ese día, interrumpida al medio día por sólo media hora para comer algo y reponer energías; pero con ella logramos mejorar ostensiblemente el gobierno del velero. Cuando terminó ese día yo estaba muy cansado, me dolían los músculos, sentía que me temblaban las piernas y llegué a mi camarote con un fuerte dolor en la espalda. Me desplomé sobre la litera y antes de que alcanzara a cubrirme con las frazadas, ya estaba dormido. Esa noche dormí profundamente, como tronco. A la mañana siguiente, cuando me despertaron para el cambio de guardia, zamarreándome, sentí cómo una gota que caía reiteradamente desde el techo sobre mí, había mojado las frazadas que estaban extendidas sobre mis piernas. Separé e hice a un lado las frazadas mojadas, me senté en la litera mecánicamente, me calcé las botas de goma y me dirigí a la timonera. Ahí estaba Faúndez esperando que yo llegara para entregarme la guardia e irse a descansar. Hacía mucho frío. El cambio de guardia no registraba novedad alguna; sólo que la noche había estado muy, pero muy fría. Eso fue lo que me dijo Faúndez cuando me entregó la guardia mientras tiritaba de fío y sólo quería llegar hasta su litera a envolverse en un par de frazadas para calentar el cuerpo. Le deseé que descansara, con mis manos enguantadas tomé las cabillas del gobernale, miré hacia el horizonte y luego bajé la vista hacia el compás para verificar que el rumbo era el correcto. En cuanto al viento, este era ahora sólo una brisa. Tomé esa guardia con frío y envuelto en negros pensamientos. 46


UNA NAVEGACIÓN ANGUSTIANTE Pasado ya el susto del temporal, calmados nuestros nervios y equilibrado el lastre para mejorar el gobierno del velero, en los días siguientes las condiciones del clima mejoraron y estos se nos fueron presentando calmos y tranquilos. En cuanto al viento, éste, que tantos malos ratos nos había hecho pasar, pareció morir; desapareció definitivamente de la escena como si nunca antes hubiera soplado dando muestras de una hipocresía increíble. Mientras nuestra vista volvía a acostumbrarse al azul claro del cielo y al azul profundo del mar, que invariablemente se encontraban allá lejos en la línea del horizonte, nos parecía como que esa calma se hubiera tratado de un sarcasmo divino, nacido al sur, en lo profundo del horizonte. Presentíamos que allá abajo, en lo más recóndito del sur, Eolo, el dios del viento, agazapado tras la solemnidad que le deba su magnificencia divina, se reía a carcajadas de todos nosotros, algo cansado de tanto soplar y se limitaba a contemplar el desastre que nos había causado. Fue en uno de esos días de absoluta calma, cuando conversando con el capitán acerca de lo insólito de esa ausencia total de viento, le escuché reflexionar en voz alta: “Está tomando fuerzas para un próximo soplido”. Más adelante pudimos comprobar que efectivamente así era. Era sorprendente verificar cómo la naturaleza podía pasar de un arrasante vendaval a la más absoluta quietud, así, en sólo algunas horas. El mar comenzó ahora a presentársenos plano, día tras día, sin una arruga, liso y parejo, como si la furia del vendaval de tanto azotarlo, hubiera terminado por pulirlo. En los días siguientes el aire frío golpeaba ya mucho y para abrigarme tuve que agregar otro par de pantalones a mi vestimenta la que bien pronto quedó cubierta con las consabidas manchas de sopa, de comidas varias y de aceite y de grasa del motor, como ya había pasado con los otros pantalones que tenía puestos abajo. Estos eran mis terceros pantalones y mi tercer sweater de lana. Tanto era el frío. Fue en uno de esos días en que el frío arreciaba, cuando vi a Kloch muy afanado buscando diarios por todas partes. Sin comprender para qué pudieran ser, se lo pregunté, pero no me lo quiso decir. Pero luego pude ver que muy astutamente había apelado al recurso de recubrir su cuerpo con hojas de papel de diario que iba enrollando con mucho cuidado directamente sobre la piel, bajo sus camisetas. Ahí fue cuando me confesó que lo hacía porque mantenían el calor del cuerpo; en realidad lo que me dijo en su español germanizado fue, “el calor de la cuerpo”. Como después de esto, nunca escuché a Kloch quejarse del frío, y ya convencido de su eficacia, yo también hice lo mismo imitando a este viejo lobo de mar y desde entonces puedo dar fe que efectivamente mantienen el calor del cuerpo.

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Las guardias de la noche comenzaban a hacerse ahora muy frías y muy desagradables. Ahora el estar en cubierta dejó de ser un agrado para transformarse realmente en un verdadero sacrificio, casi en un suplicio. Al repasar los nudos tanto era el frío que sentíamos los dedos de las manos entumecidos a pesar de los gruesos guantes que llevábamos puestos. Debido al intenso frío procurábamos pasar la mayor parte del tiempo abajo en la cabina, preferentemente en la cocina lo más cerca posible de su fuego. Las subidas a cubierta quedaron reducidas ahora a la obligada guardia de cuatro horas y al rotativo turno en la bomba de achique. A esta altura de la navegación, al problema del frío, hubo que sumarle el problema para alimentarnos. Lo explico. Desde el inicio mismo de la navegación, Pocho, nuestro eficiente cocinero - casi un chef - para servir nuestras comidas había ideado un procedimiento simple y efectivo. Este consistía en asegurar una olla atándola con un grueso alambre a uno de los puntales que atravesaban la mesa de la cabina por su centro y desde la cual cada uno de nosotros llenaba su plato. Por supuesto, como pudiera. Durante los primeros días de navegación, con el mar en calma y el velero tranquilo, el procedimiento funcionaba adecuadamente, pero en los momentos de mar gruesa, no. Los imprevistos movimientos del velero, cabeceando o rolando, lanzaban la comida sobre la mesa y sobre nuestras ropas, sobre el piso, y aún sobre los mamparos laterales desparramando su caliente contenido por todas partes y ensuciándolo todo. Ante cualquier brusco movimiento del casco mientras estábamos comiendo, saltábamos de inmediato de nuestros asientos (unas rústicas banquetas de madera) y en una rápida maniobra, retrocediendo, alcanzábamos a eludir el desparramo. Con el tiempo nos fuimos haciendo muy duchos en esta maniobra, indispensable para poder servirnos y alimentarnos. Pero a pesar de nuestra agilidad y de nuestra destreza, de todas maneras siempre eran menos las veces que conseguíamos eludir el desparramo que aquellas en las que recibíamos el desparramo. En cuanto a la limpieza de la mesa, el piso y los mamparos, habíamos acordado hacerla rotativa, entre todos; excluido el capitán, se sobreentiende. En lo referido a la limpieza de nuestras ropas, nada queríamos ni podíamos hacer, así que los restos de las comidas se iban adhiriendo y secando sobre ellas, para acabar pegadas unas manchas sobre otras formando así parte de su tejido y además endureciéndolo. Mis pantalones los sentía duros y parecían como si estuvieran hechos de cartulina. Por supuesto que en el mismo estado estaban los pantalones de los demás. En lo que hace referencia al capitán, éste, imperturbable, como siempre lo veíamos, impenetrable en sus pensamientos, sobreponiéndose a la situación cualquiera esta fuera, continuaba rigurosamente registrando la latitud con su sextante en cada medio día, tal como correspondía. Lo hacía siempre en el balcón de popa como si se tratara de un ritual y constataba, invariablemente, que nuestro avance era muy lento. Incluso habían días en que podía verificar que no habíamos avanzado absolutamente nada en todo el día. Era evidente que el viento, cuando soplaba, era muy flojo y que para ese viento tan flojo, necesitábamos de mucho más paño; paño que no teníamos. Un par de veces vimos muy, pero muy lejos, hacia el oeste, la tenue línea de la costa, casi imperceptible, como marcada por un lápiz. En esta navegación, hasta aquí, no nos habíamos cruzado absolutamente con nadie, ni embarcación, ni lo que fuera. Pero llegó un momento en el que entramos en una 48


zona en la que se podían ver muchas ballenas por todo el alrededor. Primero distinguimos una que otra por acá y por allá muy a lo lejos y muy dispersas, pero al día siguiente las podíamos ver por montones. Aparecían por todos lados, identificadas a la distancia por sus chorros de agua, grandes y pequeñas, donde dirigiéramos la vista podíamos ver ballenas. Todo un espectáculo. Solas o en grupos pero siempre lejos, nunca tuvimos una al costado del velero, así que no sabemos cuál hubiera sido nuestra actitud en un momento como ese. No terminábamos de asombrarnos con una, cuando descubríamos otras. Terminaron transformándose para nosotros en un verdadero espectáculo que nos estaba brindando la naturaleza. Un espectáculo maravilloso e impactante; nunca imaginamos que pudieran verse tantas ballenas. Nos entreteníamos diariamente contándolas, lo que en parte nos sirvió para distraernos de lo angustioso de nuestra navegación; pero lo entretenido que esto nos resultaba, no era suficiente para liberarnos de nuestra preocupación por la falta de paño y por nuestro casi nulo avance. Mientras nos asombrábamos y nos entreteníamos con las ballenas que iban apareciendo, continuábamos navegando con lentitud. Varias veces pensamos y lo comentábamos entre nosotros, si no sería mejor y prudente poner rumbo al oeste buscando un lugar donde fondear, y poder así montar un nuevo palo antes de continuar hacia el Estrecho, al que en esas condiciones, con el lento avance que llevábamos, no sabíamos cuando llegaríamos. Pero rápidamente cambiábamos de idea, cuando asumíamos que tendríamos que explicar ante la autoridad marítima una salida al Atlántico sin permiso de zarpe, además de hacemos responsables de sus consecuencias, entre las que podría contarse, casi con certeza, la internación del velero junto con todos nosotros hasta tanto el Agente Naviero estuviese en condiciones de pagar la segura multa que le sería impuesta; pero el sólo pensar en que podríamos ser detenidos hacía que hasta ahí no más llegara la conversación, desecháramos la idea y pasáramos rápidamente a otro tema. A todo esto, nuestras dos viejas y pesadas velas de algodón hacían lo más que podían, esforzándose tanto como su edad se lo permitía. Estaban muy maltrechas, aguantando y aguantando. Hasta que llegó un momento en que el hilo de las costuras de las velas, ya no aguantó más. Debilitado por el sol, su edad, la sal y la fuerza adicional que las velas estaban haciendo, comenzó a romperse. Primero se rifó una costura del foque, cerca de su puño de amura, a todo su largo; fue Faúndez quien lo informó al entregar a primera hora de la mañana su guardia. Y esa misma mañana, algunos minutos después, a esta rifadura le siguió otra e inmediatamente apareció una tercera. Ante esto y como correspondía para evitar perder definitivamente la vela, rápidamente se dispuso arriar el foque para que Kloch procediera a coserlo. Así que mientras nosotros arriábamos el foque, Kloch bajó de inmediato a su camarote a buscar una bolsa donde guardaba los enseres de costura y luego se instaló en cubierta desplegando el foque y dejando todo listo para comenzar a coserlo. Pero cuando ya tenía la vela sobre sus rodillas y el rempujo calzado, descubrió que dentro del bolso que había acomodado a su lado derecho, no estaba el paquete con las agujas que necesitaba. Las había usado por última vez después del temporal, cuando reforzó algunas pequeñas costuras del foque. Metía sus manos en el bolso e iba sacando distintos paquetes con agujas pero sin que aparecieran las que necesitaba.

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Esta fue nuestra tercera gran sorpresa. Inconcebible, pero así era. Ahora no teníamos cómo coser las velas. Lo último que nos faltaba. Estaba claro que los dioses no estaban con nosotros; no sé donde andarían, pero ahí, con nosotros, no estaban. Por mas que Kloch buscó y buscó y rebuscó por todas partes, tanto dentro del bolso como en su camarote, no pudo encontrar las agujas adecuadas que necesitaba. Tres veces bajó a su camarote a buscar, pues no se convencía que no las tuviera. Tanta fue su desesperación que llegó un momento en que vació el contenido del bolso sobre la cubierta, pero ahí no aparecieron; las que iba recogiendo o eran muy grandes o bien eran demasiado chicas y se le rompían cuando las empujaba con el rempujo contra la gruesa loneta del foque. De hecho rompió todas las agujas chica s que tenía, desesperado en su afán por coser la vela a como fuera, y cuando ponía una aguja grande, la vieja loneta, ya muy envejecida, no resistía y se rompía. Pudimos ver que del bolso salió de un cuantohay; tenía ahí de todo: filásticas en abundancia, agujas en gran cantidad, hilos surtidos, cabos de vela varios, un pequeño alicate, otro rempujo ( éste para la mano izquierda ), dos punzones, varios trozos de cera, una contundente maza de aforrar, un pasador acanalado, algunas tiras de paño para velas, pero el paquete con las agujas que necesitaba, no aparecía. Todos nosotros estábamos en cubierta a su lado, rodeándolo, pendientes de lo que iba apareciendo del contenido desparramado del bolso esperando ver el paquete con las agujas. Muy descorazonados – lo digo así, por describirlo con un término de factura algo elegante - nos resignamos a prescindir del foque pues ante este estado de las cosas, no teníamos ninguna otra alternativa. A partir de ese momento, nuestra única propulsión quedó reducida a la fuerza que nos pudiera brindar la vela mesana, a todas luces insuficiente para nuestro desplazamiento. Quedaba claro para todos nosotros que de aquí en adelante de esta sola vieja vela dependía nuestra navegación. A todo esto, Hausen continuaba, herido en su orgullo de motorista y ahora con más ahínco aún, preocupado por lo que él llamaba “la motor”, esforzándose para que se normalizara, pero sin lograrlo. Permanecía todo el día confinado en la sala de máquinas asumiendo ahí su responsabilidad de motorista. Kloch, entre tanto, para tratar de levantarnos el ánimo y de mejorar en algo el ambiente a bordo, esparcía, de cuando en cuando, algunos desabridos chistes alemanes los que chocaban contra nuestro desánimo, perdiendo así la efectividad de su buena intención. Evidentemente, en el estado de desánimo en el que nos encontrábamos venir a contar chistes era un total desatino. El ambiente poco a poco había terminado por ponerse tenso; las conversaciones quedaban reducidas ahora al mínimo indispensable y la despreocupación y la alegría inicial del viaje, habían desaparecido del todo. Atrás quedaban los sabrosos panqueques, las interminables jornadas de juego a los dados y las conversadas caminatas en cubierta. Ahora hacía mucho frío para caminar en cubierta y procurábamos permanecer abajo en la cabina lo más que podíamos; preferentemente en la cocina. Cuando teníamos que subir a cubierta a cumplir con nuestra guardia, nuestra primera mirada era para verificar el estado de la vela que nos iba quedando y confirmar si ya había comenzado a 50


rifarse o si aún podríamos contar con ella. Luego, dirigíamos la vista hacia el chorro de agua que salía de la bomba de achique, nuestra segunda preocupación. Mucho temíamos que la vía de agua pudiera agrandarse. La vía de agua nos tenía muy preocupados; tanto así que desde abajo, en la cabina, podíamos oír claramente el ruido que hacía el chorro de agua que salía de la bomba y golpeaba sobre la tablazón de la cubierta con cada bombeada; cuando dejaba de golpear, sabíamos que la sentina había quedado vacía y así podíamos calcular el agua que iba entrando. Todo esto aumentaba nuestra desesperanza y nuestra desazón pues se nos habían ido sumando muchos problemas. La radio estaba rota, o más propiamente hablando, no e s t a b a ; s ó l o l l e v á b a m o s unos pedazos de lo que una vez fuera un radiotransmisor. Esto nos tenía aislados, sin ninguna comunicación con el resto del mundo, ni con las radios costeras ni con otros barcos, lo que nos impediría pedir auxilio en caso que la situación llegara al punto en que lo necesitáramos. Hacíamos agua, lo que nos obligaba a un permanente achique y al peligro que la vía de agua se agrandara en cualquier momento y ya la bomba no alcanzara a desagotar. Nuestro velamen era ahora una sola vieja vela que estaba en sus últimas aguantando como podía y el motor no quería funcionar, lo que nos tenía al límite mismo de la propulsión y muy próximos a quedar al garete en cualquier momento. Por lo tanto continuábamos siempre con la sagrada y molesta obligación de achicar, lo que hacíamos por rigurosos tumos. Estos tumos se respetaban con un fervor religioso, pues esta faena era tremendamente cansadora, muy, pero muy pesada. A la hora exacta se hacía el reemplazo. El único modo de aguantar esta faena, era que los turnos fueran cortos y rotativos. Así nos asegurábamos entre todos de mantener la bomba funcionando y nos quedaba tiempo libre para reponer energías. La bomba de achique era de membrana, con una boca muy grande y una pesada palanca que como siempre pasa en estos casos, a medida que transcurren los minutos, se va haciendo cada vez más pesada. Estaba a proa de la timonera y su tubo atravesaba la sala de baños, lo que permitía cumplir con nuestras obligaciones fisiológicas diarias firmemente asido a él, en una postura muy poco elegante pero muy segura. Afortunadamente tenía una estratégica ubicación, la que mucho agradecimos, especialmente en los momentos de mar gruesa. Ahora estábamos obligados a achicar cada dos horas que era lo que necesitábamos para desagotar la sentina y no se permitió a nadie eludir esta cansadora tarea que se nos hizo tan odiosa como el maldito silbato del capitán. Como los días iban transcurriendo sin que lográramos avanzar y más que preocupados por nuestro muy lento avance, una mañana, mientras desayunábamos, nos concentramos en una deliberación para tratar de encontrar un procedimiento que nos permitiera acabar de una vez por todas y para siempre con el problema del motor. Si no solucionábamos este tema íbamos a quedar quién sabe hasta cuándo en medio del océano, así que nos enfrascamos en un cambio de opiniones y estuvimos todo ese día argumentando sobre si debiésemos o no desarmar el motor hasta dar finalmente con su falla; las opiniones estaban divididas. Era evidente que lo necesitábamos para poder proseguir con nuestra navegación ya que el paño que nos iba quedando era claramente insuficiente, pero también era muy grande el riesgo de desarmarlo en alta mar, sujetos en 51


cualquier momento a un imprevisto temporal el que podría sorprendemos con el motor desarmado y con sus partes y piezas dispersas sobre el enjaretado metálico de la sala de máquinas, lo que nos dejaría sin posibilidad alguna de volver a armarlo. Después de muchas opiniones en pro y en contra, finalmente el capitán cortó por lo sano: dispuso correr el riesgo de desarmarlo, lo que en definitiva era menos riesgoso que no avanzar y quedar al garete en medio del océano y sin posibilidad alguna de comunicación radial. A mí no me pareció lo más cuerdo, pues con el velero en movimiento sí bien no tendríamos problema en desarmarlo, sería muy difícil el volver a armarlo. Mi última esperanza era que la falla apareciera en alguna de las primeras piezas que desarmáramos con lo que nos evitaríamos su desarme total. Resuelta esta faena, la operación fue dirigida por Karl Hausen quien de manera autoritaria y asumiendo su rol de responsable del motor, distribuyó, hasta en sus menores detalles, el trabajo que haría cada uno de nosotros. Lo primero que nos ordenó hacer fue colgar un par de roldanas desde un bao en la sala de máquinas, justo sobre el motor, y con la ayuda de estas roldanas y muchísima paciencia, tirando de un cabo, comenzamos a sacar cuidadosamente cada pieza del motor, una por una, algunas muy pesadas. Con sumo cuidado desmantelamos todos los componentes del motor, desde pequeñísimos tomillos hasta la pesada culata, pasando por los pistones, el cigüeñal, los cilindros y cada una de sus partes, mientras Hausen trataba de dar con la falla mirando y hurgando minuciosamente en las entrañas del motor.

Esto nos tomó toda una larga y dura semana de trabajo; normalmente comenzábamos muy temprano en la mañana, con la primera luz natural y continuábamos durante todo el día y a veces incluso seguíamos hasta tarde en la noche. En esta semana casi no registramos avance alguno. Todo fue ejecutado con un especial cuidado para que no se nos cayeran ni tuercas, ni golillas, ni pernos que se nos resbalaban de nuestras manos aceitadas y engrasadas. Cuando llegamos a las empaquetaduras, a estas les tuvimos que dar un tratamiento de delicadeza casi quirúrgica, ya que si se nos rompía alguna, no teníamos como reemplazarla y a partir de ese momento, quedaríamos definitivamente sin motor. Mientras estuvimos en el proceso de desarme, no tuvimos mayores problemas, pero cuando llegó el momento para ensamblar las partes se nos complicó la cosa debido al constante balanceo del casco; tal como yo lo había imaginado. Era muy difícil hacer coincidir un perno con su rosca, un pasador con su orificio, una arandela con su tomillo, con el casco en un permanente movimiento. Para poner los pistones, necesitábamos de una perfecta sincronización entre las piezas que colgaban y el movimiento del velero. Pero todo esto se hizo sin perder siquiera un solo pasador. Muchas veces, cuando ya teníamos los pistones colgando justo sobre los cilindros, el velero daba un bandazo inesperado y teníamos que volver a empezar. Varias veces también, al momento preciso de ajustar tuercas, pernos o tornillos, un imprevisto movimiento del casco nos obligaba a paralizar y a recomenzar. Pero sabíamos muy bien que no había otra alternativa, así que contribuíamos con la cuota de paciencia que se necesitaba, nos 52


calmábamos, nos tranquilizábamos, esperábamos y recomenzábamos; todo siempre bajo la estricta, seria y acuciosa mirada de Karl Hausen. Yo estaba seguro que mientras el velero no se aquietara totalmente (lo que era imposible) nunca lograríamos poner los pistones y por lo tanto nos quedaríamos ahora con el motor desarmado y en consecuencia sin él. Pero Hausen - con una paciencia que hasta ese momento no le conocíamos - siempre se las ingeniaba para hacer calzar todas sus partes hasta que finalmente logró armarlo. Manchas de aceite y de grasa, a las que se le agregaron ahora manchas de óxido, cubrieron mi cuarto par de pantalones y el peso de mi cuerpo comenzaba ya a compensar la falta de comida con la abundancia de ropa. Esta fue toda una semana de desaliento, de mucho trabajo, de poco o ningún avance y de una muy mala alimentación. Todos sucios con grasa y con aceite, especialmente en las manos, eludíamos el ir a la cocina a preparamos algo para comer y preferíamos recurrir a los chocolates y a la fruta seca, los que llevábamos en abundancia, para aplacar el hambre. Hausen, después de haber examinado concienzudamente cada pieza del motor, de la limpieza de estas sacó un par de kilos de óxido que estaba distribuido entre las distintas partes del motor. En tanto que Pocho, en su permanente afán por colaborar, dejó definitivamente la cocina, desentendiéndose de ella y se dedicó a ayudar a Hausen en el motor, pasando, de aquí en adelante, de cocinero a ayudante de motorista. Desde entonces no dispusimos ya de cocinero a bordo y la navegación se tornó francamente odiosa. Quedó claro que el que quería comer, estaba obligado a prepararse su comida. Se acabó el servicio de cocina a bordo. Esto hizo que muy pronto agotáramos el abundante stock de comida enlatada que llevábamos y que se terminaran, para siempre, las deliciosas barras de chocolate y la fruta seca, a las que todos recurríamos con tal de no tener que cocinar. Aclaro que en cuanto a las “deliciosas” barras de chocolate, se trataba de unas barras de chocolate amargo especial para preparar con leche y cuyo nombre, recuerdo, era “Chocolate Aguila” y que a pesar de ser bien amargas nosotros las encontrábamos deliciosas. Llevábamos un camarote completo, a proa, al lado de la cocina, repleto de comestibles. La verdad sea dicha, nada había escatimado el capitán al aprovisionarse de comestibles. Aún nos quedaban fideos, azúcar, arroz, té, granos y papas en abundancia. Sobre todo llevábamos una buena provisión de quesos de rallar. Estos son fáciles de conservar y no se descomponen; si no han sido abiertos, se pueden conservar por largo tiempo y además son ricos en calcio y muy fácil de comer, pues no necesitan de ninguna preparación previa. Para tener entretenido el estómago, bastaba con cortar un trozo y comenzar a masticar. Pero a pesar del enorme esfuerzo realizado durante toda la última semana, el motor, limpiado y ensamblado, revisado parte por parte, pieza por pieza, se negó a funcionar; no pudo Hausen detectar su falla y en una conversación que tuvo con el capitán - que más bien pareció una confesión - tuvo que reconocer que le fue totalmente imposible encontrar la explicación de ella. Quedamos entonces definitivamente convencidos que nuestra única posibilidad de alcanzar Magallanes era lentamente valiéndonos de la vela de mesana ya que no teníamos ninguna otra alternativa para darnos propulsión. 53


Afortunadamente el mar se nos presentaba sin grandes olas y el viento era suficiente para movemos, aún cuando lentamente, pero no tanto como para desesperarnos; lo que hizo que nos resignáramos a continuar con nuestro rumbo sur en busca del Estrecho avanzando con lentitud. Luego del episodio del desarme del motor, retomamos nuestra habitual rutina a bordo; los días iban transcurriendo sin mayores novedades, sólo marcados por nuestra angustia y preocupación, la estricta rotación de las guardias, nuestra diaria pelea con la cansadora palanca de la bomba de achique y la esperanza de que más temprano que tarde Hausen hiciera, por fin, funcionar el motor. Desde después del vendaval, nuestro constante temor había sido el ir navegando muy lejos de la costa, demasiado al este, y a diario nos preguntábamos cuán lejos de la costa estaríamos. Pero una noche pudimos divisar a lo lejos las luces de un barco a babor, rumbo norte, por lo que dedujimos que no estábamos tan fuera de ruta. Más adelante nos enteramos que se había tratado del transatlántico “Reina del Pacífico,” en viaje desde Port Stanley, en las islas Malvinas, hacia Montevideo, paseando felices y seguros turistas. Este transatlántico, totalmente pintado de blanco, pertenecía a la PSNC (Pacific Steam Navigation Company) y hacía el servicio regular desde Europa a los puertos de América del Sur en donde su figura era muy conocida, especialmente en los puertos del Pacífico.

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OTRO TEMPORAL Y así continuaba nuestra navegación, lentamente, con muy poco avance y muy angustiados, preocupados por los inconvenientes que se nos habían ido presentando y que al zarpar ni muy remotamente habían entrado en nuestros cálculos. Nunca nos habríamos imaginado tantas sorpresas y dificultades. Pero un día, hacia el atardecer, súbitamente, esta calma navegación que llevábamos, se rompió. Imprevistamente el clima se alteró. Aumentó bruscamente el frío, mucho más de lo que normalmente habíamos estado soportando. Luego subió viento desde el sudoeste y de un momento a otro el mar se encrespó. Todo en una rápida sucesión. Las condiciones para navegar empeoraron. Aparecieron los bandazos que tanto nos molestaban y hacia el sur se comenzaban a ver otra vez negros nubarrones avanzando decididos y amenazantes y cubriendo, a lo lejos, todo el horizonte. Otra vez podíamos ver esa preocupante mancha ennegrecida que cubría el sur y que presagiaba tormenta. Era evidente que en unas horas más se nos vendría encima otro temporal. El viento continuó soplando cada vez más fuerte. El mar se picó y al poco rato estaba convertido en una sucesión de olas cuyo tamaño aumentaba constantemente, siempre la que venía era más alta que la anterior; no terminábamos de recibir una, cuando se nos venía encima otra aún más alta. Con la experiencia del anterior vendaval que habíamos soportado, nos preparamos para el que indudablemente en unas horas más tendríamos que enfrentar, así que inmediatamente tomamos las precauciones que correspondían pues esta vez no nos pillaría de sorpresa. Kloch y Faúndez rápidamente cerraron las escotillas y las clausuraron con dobles sacos de arpillera para evitar que entrara agua a la cabina como nos había pasado en el temporal anterior, pensando que con esto sería suficiente para protegerlas. Cerradas las escotillas y asegurado que en la cubierta todo había sido debidamente trincado y afirmado, el capitán le ordenó entonces a Faúndez tomar rizos a la mesana. Al mismo tiempo le ordenaba a Kloch asegurar las dos anclas y el bote, lo que este hizo con la eficiencia que le conocíamos y con la variedad y la efectividad de los nudos que tanto le admirábamos. Mucho nos preocupaba el ancla de respeto que con su enorme peso, si llegaba a zafarse, podía dejar un verdadero desastre a bordo; pero todos confiábamos en la habilidad de Kloch para asegurar cuanto pudiera moverse a bordo. Después de dadas estas órdenes, el capitán dispuso que nadie quedara en cubierta y que todos son refugiáramos en la timonera para aguantar el temporal todos juntos ahí dentro protegidos del viento y de las olas y así lo hicimos, permaneciendo ahí con el pensamiento y con la mirada fijos en la mesana, nuestra gran preocupación, pues no nos resignábamos a la posibilidad de venir a perder ahora la última vela que nos iba quedando. Desde la timonera podíamos ver como el viento soplaba y soplaba aumentando y aumentando, hasta que llegó un momento en que ya no subió más, sólo se mantuvo, soplando ahora muy frío y constante; pero el mar continuaba encrespándose. Siempre a una ola, le seguía inmediatamente otra aún más grande, una y otra vez, sin darnos tregua . No alcanzábamos a recuperamos de una cuando se nos venía encima la 55


siguiente. Algunas golpeaban ahora con fuerza contra la borda escorando el velero que como un mono porfiado, recibía el golpe de la ola y volvía de inmediato a adrizarse. Afortunadamente. Otras, en cambio, se rompían y pasaban barriendo la cubierta y por momentos cubriendo una gran parte de ella, hasta que llegó un momento en que las olas empezaron a cubrir la cubierta por entero; algunas eran tan grandes que sólo dejaban sobre el agua el balcón de popa y la parte superior de la timonera, desapareciendo la cubierta a nuestra vista. Luego de recibir el golpe de la ola, el velero se escoraba a ambas bandas como sacudiéndose del agua que cubría su cubierta e inmediatamente después, otra ola volvía a cubrirla. Era impresionante ver toda la cubierta bajo el agua. En cuanto al rumbo, en esas condiciones se nos hacía muy difícil mantener algún rumbo por más que nos esforzáramos en hacerlo. Hasta que llegó un momento en que nos fue imposible mantener rumbo alguno. Pasábamos del seno de una ola a su cresta y de esta a otro seno; cuando estábamos abajo, en los senos, la situación era aguantable, pero en las crestas se nos hacía insoportable, pues el casco se quedaba sin sustentación y se precipitaba, sin que pudiéramos gobernarlo, al siguiente seno. Cuando las crestas reventaban quedábamos bajo el agua que se nos venía encima y barría toda la cubierta a su antojo golpeando con estruendo cada vez y deshaciéndose en espuma al romper contra las escotillas; mientras entraba a veces por una banda y otras p o r l a o t r a . El velero se comportaba realmente como si fuera un pato gigantesco, torpe y confundido, flotando pero sin reaccionar. Se escoraba, se adrizaba, recibía la masa de agua de la ola que rompía, y volvía a escorar, una y otra vez, rolando y cabeceando como enloquecido, torpemente entregado al temporal. Cada vez que una ola se nos venía encima, yo instintivamente me agachaba como si con ello fuera a eludirla; evidentemente en una actitud refleja dictada por el miedo y la desesperación de estar ahí dentro de la timonera sin poder hacer absolutamente nada expuesto a la furia del temporal. Aunque el capitán permaneció en la timonera asido del gobernalle durante todo este temporal, no consiguió en ningún momento gobernar el velero y éste hacía sólo lo que el mar embravecido y el viento enfurecido le ordenaban. Todos sus intentos por tratar de gobernar el velero en ese mar, fueron inútiles. Por supuesto que ninguno de nosotros pronunciaba palabra alguna mientras permanecíamos ahí en la timonera tomados con nuestras manos firmemente de donde pudiéramos y viendo, con los ojos muy abiertos, desesperados, cómo este nuevo temporal nos estaba zarandeando, quedando a veces en lo profundo de una ola e inmediatamente después en la cresta de otra, subiendo y bajando, cabeceando y rolando. Firmemente asidos de donde y como pudiéramos, sólo esperábamos que el velero se adrizara después de cada golpe de ola. Yo estaba con el alma en un hilo, aterrado, seguro que en una de esas escoradas el velero ya no podría volver a adrizarse y se daría vuelta de campana acabando ahí definitivamente todo para nosotros; en cada escorada me preguntaba qué podría hacer cuando ese momento llegara. A qué recurso apelar. ¿Qué hacer? Evidentemente, nada; pues nada se podía hacer. Simplemente, ese sería el fin.

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Pero el velero volvía a adrizarse una y otra vez. Todos permanecíamos sin cruzar palabra atentos a lo que pudiera pasarnos esperando que en cualquier momento el velero se fuera de campana o que el viento o alguna ola terminaran quebrando el palo de mesana, mientras íntimamente nos hacíamos la más firme promesa de no volver a navegar nunca más en nuestras vidas. Confiésome que mientras permanecí ahí en la timonera soportando ese despiadado temporal, maldecí mentalmente el día en que se me ocurrió embarcarme. Jamás lo habría hecho de haber siquiera imaginado un temporal de tal magnitud; así razonaba yo en aquellos momentos aciagos. A todo esto, abajo en la cabina, lo que no estaba trincado, se quebró. Pocas cosas quedaron enteras. Desde la timonera oíamos como mientras el velero bailaba sin control, las banquetas de madera que usábamos para sentamos a la mesa golpeaban contra la mesa, contra el piso y contra los mamparos. Pero el mayor desastre ahí abajo quedó en la cocina, a proa. Ahí, nuestra vajilla simplemente quedó transformada en chatarra. Después de este temporal quedamos sin platos y sin tazas; no quedó una sola entera. Sólo se salvaron algunos jarros metálicos, los que encontramos dispersos por el piso de la cocina y de la cabina, todos muy abollados por los golpes recibidos. Las ollas y el preciado y venerable sartén que usábamos para los panqueques y que tantas satisfacciones nos había dado, dejaron de ser tales; tan abollados estaban. Pero en todo caso a esta altura de la navegación y de los acontecimientos, ya ninguno de nosotros se interesaba mayormente por panqueques; así que no lo sentimos en absoluto. De todas maneras, en nuestro reconocimiento y en nuestra gratitud, le rendimos un sobreentendido homenaje póstumo con un instante de silencio pues la situación no daba para otra cosa. Luego pude ver como Pocho lo guardó en su bolso en un acto de merecido respeto. Ignoro qué habrá hecho finalmente con él. Tal vez se lo quedó como un recuerdo; que es lo que yo habría hecho. En cuanto al resto de la vajilla, quedó inservible. Los pedazos se podían encontrar por todas partes y algunos habían alcanzado hasta el extremo mismo de la cabina opuesto a la cocina. El desastre en la cocina fue absoluto y solamente pudimos rescatar de nuestra vajilla una sola olla en condiciones de poder poner al fuego y a partir de entonces, la tuvimos que usar tanto para cocinar como para hervir el agua con la que preparábamos el té. De aquí en adelante, esta olla sería toda nuestra vajilla. Pero un par de horas antes de que amaneciera, el mar se calmó con la misma rapidez con que se había alterado. El cielo comenzó luego a despejarse y los últimos nubarrones negros a pasar, ya más espaciados, raudos y siempre camino del noreste. Recién entonces nos atrevimos a salir de la timonera y a caminar sobre la cubierta dirigiéndonos de inmediato a revisar, con nuestras linternas, las costuras de la vela mesana. Para nuestra sorpresa, afortunadamente había resistido está muy dura prueba. El hecho de haber soportado todo este temporal rizada, indudablemente la había salvado; de lo que mucho nos alegramos. Agradecimos no haber perdido ni el palo ni la vela, pues esto nos habría significado quedar definitivamente al garete en medio del océano; pero debo reconocer que pasamos todos por unos momentos muy, pero muy angustiosos. Como nunca nos habríamos imaginado. Luego, al bajar a la cabina, pudimos comprobar que a pesar de haber clausurado las escotillas, el agua había penetrado a la cabina, a los camarotes y a la cámara del capitán. A esta última, evidentemente a través del tragaluz. La cabina estaba totalmente mojada 57


como si la hubieran regado. Hasta el día de hoy me pregunto cómo habría sido si no hubiéramos tomado la precaución de clausurar las escotillas. Con esta segunda lección práctica ya habíamos aprendido cómo eran los temporales y cómo era la navegación en el Atlántico sur y aquellos que nos habíamos embarcado buscando experimentar desafíos y emociones, después de este temporal, nos dimos por satisfechos. Ya no queríamos más. Con la angustia vivida, era más que suficiente. Con el mar y con el velero más calmados, aprovechamos entonces para ir a la cocina a preparamos algo para comer, pues desde el medio día anterior que no probábamos bocado alguno. En eso estábamos, en la cocina, cuando apareció el capitán, también en busca de alimento y nos comentó, muy suelto de cuerpo y sin introducción previa alguna, a manera de consuelo, que en esa zona del Atlántico donde estábamos navegando, en el invierno el clima es aún mucho peor. Algo que nunca antes nos había comentado, a pesar de todo lo que habíamos conversado; nos había comentado sí que en el corto período del verano los temporales disminuyen, pero cuando se refería a los temporales, nunca nos había hablado de temporales de tal intensidad. Evidentemente que de haberlo hecho, no nos habríamos embarcado. En todo caso y a manera de advertencia, nosotros le confirmamos a coro que ninguno tenía la más mínima intención de repetir esa navegación, ni en invierno, ni en verano, ni cuando fuera. No, nunca más. Ni ebrios ni dormidos nos volvíamos a embarcar en un viaje al sur del Atlántico. Por lo menos yo, nunca jamás lo volvería a hacer. Al medio día las condiciones se normalizaron totalmente, el mar se aplanó, todo retornó a la calma anterior, dimos rizos y pusimos, una vez más proa al sur prosiguiendo con nuestra lenta navegación en busca del Estrecho de Magallanes. Ya liberados de este segundo temporal, Hausen continuaba, siempre secundado por Pocho, confinado en la sala de máquinas continuando con su tarea de tratar de normalizar el motor. Ambos pasaban en ella encerrados durante todo el día y sólo la abandonaban para ir a la cocina, a proa, en el otro extremo de la cabina, a prepararse algo para comer, normalmente evitando cualquier comentario y cualquiera conversación con el resto de los tripulantes pues se sentían culpables y avergonzados por la falla del motor que aún no podían encontrar. Hausen, realmente, estaba desesperado; evidentemente para él este era un asunto personal entre él y el motor el que, hasta aquí, no había podido resolver. Esta situación lo tenía desesperado y desconcertado. No comprendía y no podía tolerar que el motor pudiera desconocerlo de esta manera; le hablaba, lo acariciaba, lo insultaba, le rogaba, lo increpaba, a veces en un imperfecto español y otras en un enérgico alemán, en todos los tonos posibles, pero todo era inútil pues el motor respondía únicamente a su propia determinación. Todos sus esfuerzos por tratar de convencer al motor, eran en vano. Estos monólogos del motorista frente al motor encarándolo e increpándolo, eran todo un espectáculo que yo trataba de no perder; en cuanto oía hablar algo en alemán en la sala del motor, inmediatamente me asomaba por allá para poder presenciarlos tratando de que Hausen no se diera cuenta de mi presencia ahí; casi siempre escuchando a hurtadillas desde el lado de afuera de la puerta. Habían algunos momentos de tal 58


realismo en estas escenas que me parecía estar viendo y oyendo al motorista dialogando con el motor, como si el motor fuera un ser animado que conversara con él. Extraordinario. En una de esas pasadas por la cabina hacia la cocina, Hausen dijo al pasar, en su acostumbrado español germanizado, que “la motor no querer obedecer,” a lo que Kloch, quien estaba sentado comiendo algo, le contestó sin siquiera levantar la vista que lo que pasaba era que tal vez el motor no entendía alemán, pues se trataba de un motor sueco. Fue una pesada broma, pero que contribuyó, por un momento al menos, a reemplazar nuestra preocupación por una generalizada explosión de risas. No muy bien aceptada por Hausen, como era de suponer. Continuábamos -con la ya acostumbrada lentitud – manteniendo nuestro rumbo sur. Llegó un momento en que tuvimos que redoblar las guardias para el achique, pues comenzamos a hacer más agua de lo habitual, lo que indicaba que la vía de agua se había agrandado. Esta faena se nos había hecho ahora muy cansadora y la falta de cocinero, poco a poco había terminado por resentir nuestra ya escasa fortaleza física, así que a poco de achicar, ya nos sentíamos muy cansados; además ahora estábamos obligados a achicar cada hora, noche y día, sin interrupción alguna. Esto causaba que termináramos la guardia muy cansados, casi extenuados, deseando solamente llegar hasta la litera donde caíamos desplomados rogando que no fuera a sonar el impertinente y desconsiderado silbato el capitán. Un día al medio día, el capitán, después de haber tomado la latitud, nos comunicó que estábamos en los 52 grados 20 minuto, lo que corresponde, nos aclaró, justo a la altura del Cabo Vírgenes que está en el extremo norte de la boca oriental del Estrecho, lo que significaba que ahora sólo teníamos que poner rumbo oeste para alcanzar el tan ansiado Estrecho y dejar de navegar hacia el sur, cuando unas horas después, el viento volvió a subir, siempre soplando desde el sudoeste y siempre de manera imprevista. Como nuestra mesana era incapaz de llevarnos en una ceñida ardiente hacia el oeste, nos vimos entonces obligados a cambiar de rumbo hacia el noreste. Pero después de algunas horas, el viento bajó y esto nos permitió retomar nuestro acostumbrado rumbo sur. Pero antes del amanecer, el viento volvió a subir, obligándonos nuevamente a retomar el rumbo noreste desandando de esta manera lo ya navegado. Tuvimos que permanecer tres días en esta navegación y con estas condiciones de clima luchando con un viento que subía con intensidad y luego bajaba, soplando siempre desde el sudoeste, lo que nos obligaba a cambiar constantemente de rumbo, pasando del sur al noreste y de ahí nuevamente al sur haciendo constantes bordadas para ir ganando lentamente rumbo hacia el sur. Finalmente y como resultado de esta lucha contra el viento, subiendo y bajando, el capitán calculó, al tomar la latitud, que habíamos perdido unas cien millas cayendo atrás, al noreste. Mientras estábamos en esta navegación yendo y viniendo entre el noreste y el sur, estando yo en mi camarote en un momento de descanso, recordaba haber leído en un texto de historia el caso del navegante Pedro Sarmiento de Gamboa, experimentado marino que al mando de una expedición que desde España se dirigía al Estrecho de Magallanes a establecer ahí un asentamiento para lograr el control del Estrecho, en el 59


siglo XVI, durante la colonización americana, cuando su nave estaba próxima a ingresar al Estrecho la sorprendió un temporal de tal intensidad que la empujó hacia el norte nada menos que hasta Río de Janeiro. Yo no me podía sacar este relato de mi mente y me preguntaba, reiteradamente, a donde podríamos ir a parar nosotros, sin motor y sin velamen, si un marino de su talla y con aquellos curtidos tripulantes habían ido a dar a Río de Janeiro. Yo no podía apartar de mi mente ese relato. Constantemente me daba vueltas en la cabeza. Estábamos muy desanimados pues no solamente avanzábamos muy lentamente, sino que ahora estábamos cien millas más atrás y la apatía y la desazón se habían apoderado de todos nosotros. Pensábamos que si estas condiciones de viento se repetían, nunca alcanzaríamos el Estrecho, corriendo el riesgo de quedar a merced de las corrientes y del viento, yendo y viniendo, tal vez por semanas, entre el Continente y las Islas Malvinas, en una zona de muy escaso tráfico marítimo a la espera de que alguna embarcación pudiera avistamos y auxiliarnos; de hecho, el único barco con que nos habíamos cruzado durante toda la navegación en el Atlántico, en más de mil millas recorridas, había sido el “Reina del Pacífico”, así que pocas posibilidades teníamos de que alguien nos avistara. A todo esto, nuestra fiel mesana comenzaba a denunciar algunos hilos quemados en sus costuras y poco o nada podía ya hacer por seguir manteniéndonos en el rumbo sur. Como siempre lo hacíamos en cada guardia, la observábamos con detenimiento a cada rato recorriendo sus costuras, así que perfectamente podíamos ir contando los hilos que se iban cortando y aflojando, unos en unas costuras y otros en otras. Era evidente que de seguir así, muy pronto quedaríamos sin nuestra última vela y ya no tendríamos con qué darnos propulsión. La situación pasaba ahora a desesperante. Angustiados y preocupados por solucionar el problema del motor, pasábamos buena parte del día abajo, en la sala de máquinas, ayudando a Hausen sabiendo muy bien que sin motor no teníamos posibilidad alguna de avance. Sólo quedaban en cubierta uno de nosotros en la acostumbrada guardia de cuatro horas, aguantando el frío, más el que rotaba en la bomba de achique cada hora dándole duro a la palanca y aguantando también el frío. El resto permanecía junto al motor oliendo grasa y aceite por todos lados, a disposición de Hausen para lo que éste resolviere. Ahí siempre en algo podíamos ayudar; o bien limpiando alguna pieza del motor, o bien pasándole a Hausen alguna herramienta, o grasa, aceite o lo que éste pidiera. A veces tratábamos de ordenar un poco el mare mágnum que tenía ahí, y cuyo desorden sólo él entendía, pero era una tarea infructuosa. A mí me asombraba cómo podía encontrar la herramienta adecuada en ese desorden; pero aparentemente no tenía problema. Previendo que la navegación, en estas condiciones, podría prolongarse mucho más allá de lo estimado, el capitán le ordenó una mañana a Antonito que levantara un inventario detallado de los víveres que nos iban quedando. Fue una orden que nos dejó a todos pasmados. Era lo último que esperábamos: que los comestibles no nos alcanzaran. Pero nadie la comentó. Así que Antonito, provisto de un cuaderno, estuvo todo un día registrando minuciosamente el stock de comestibles, sólo interrumpido por su turno en la bomba de achique. Luego se lo entregó al capitán quien se encerró en su cámara con el 60


cuaderno en el que Antonito había detallado su listado. El hecho de que alguien tuviere que contar los alimentos que llevábamos para saber si nos alcanzarían o no, nos enfrentó a una cruda realidad y tuvo un efecto psicológico devastador sobre toda la tripulación. Nadie lo comentó, ni nadie dijo absolutamente nada al respecto, como ignorando el tema ex profeso, pero flotaba densamente en el reducido ambiente del velero que la situación había llegado al punto en que podríamos quedarnos sin comestibles. Una cosa era quedar navegando entre el Continente y las Malvinas por semanas yendo y viniendo y otra muy distinta era hacerlo desprovistos de comestibles. Ese día no oí a nadie conversar cosa alguna; todos permanecimos en silencio durante toda esa jornada mientras veíamos a Antonito ir de aquí para allá con su cuaderno contando cuanto comestible encontraba y cuidadosamente anotándolo, mientras todos pensábamos que si el capitán había ordenado su conteo era porque indudablemente podrían no alcanzarnos. Pero, afortunadamente, al día siguiente, el capitán nos comunicó que no había motivo alguno para preocuparse, ya que teníamos aún abundancia de víveres y de agua. Calculó que debidamente racionados, nos alcanzarían, por lo menos, para alrededor de un mes. Quedamos algo más tranquilos, pero de todas maneras si bien el capitán nos aseguraba que no tendríamos problemas de alimento y de agua, en todo caso lo que sí nos seguía preocupando mucho era el frío, que se hacía cada vez más penetrante a medida que pasaban los días. No nos agradaba para nada la idea de tener que entrar al otoño navegando en esas latitudes, sin motor, faltos de paño y además sin el radiotransmisor, lo que nos dejaba totalmente aislados en una zona donde nadie podría brindarnos ayuda. Estábamos muy desalentados. Muy desconcertados y abatidos. El constante aumento del frío, la convicción de la poca potencia del motor además de su funcionamiento irregular sin que Hausen pudiera normalizarlo después de tantos días intentándolo, la falta de velamen, el lento avance y la permanente vista, día tras día, de sólo la vastedad del océano, conspiraban para desalentarnos y para desmoralizarnos y llegaron días en que comenzamos a infundirnos ánimo mutuamente para ahuyentar el pesimismo que sabíamos era un pésimo consejero. Cuando conversábamos tratábamos de convencernos entre nosotros que la situación no era tan angustiante como cada uno en su intimidad, lo sabía perfectamente; como pretendiendo engañarnos mutuamente. A tal punto habíamos llegado. Un día, otro más en esta ahora desesperante navegación, en la que pasábamos del noreste al sur y de ahí nuevamente al noreste, el capitán ordenó, muy temprano una mañana, hacer limpiar a fondo la cabina y la cubierta. Nos sorprendió y nos pareció una orden innecesaria y exagerada, totalmente desatinada y fuera de lugar, pues nosotros no le encontrábamos sentido a perder nuestro tiempo limpiando el velero cuando nuestro único objetivo era lograr propulsión para alcanzar el Estrecho de Magallanes y refugiarnos ahí. Limpiando el velero, evidentemente, no lo íbamos a lograr. Pero luego comprendimos que la había dado con el propósito de mantenernos a todos ocupados y alejar así de nuestras mentes cualquier pensamiento negativo.

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Así que nos pusimos con ahínco a ejecutar su orden lo mejor que pudimos, hasta donde nos daban nuestras fuerzas, y dejamos todo muy bien baldeado, ordenado, limpio y algunas cosas, como los herrajes, hasta relucientes, tal cómo lo había pedido. Nos dividimos el trabajo: mientras Faúndez y yo nos asignamos la limpieza de la cubierta, donde estuvimos baldeando y escobillando como galeotes, Kloch se dedicó a sacarle brillo a todos los herrajes. A Antonito le correspondió la limpieza de la cabina, la que yo conseguí eludir apelando a mis dotes de paciente y buen negociador, pues a esta altura de la navegación, ahí, el olor a aceite, grasa y combustible era insoportable. Esta tarea y los momentos dedicados al achique que continuaban siendo invariablemente cada hora, contribuyeron a acortarnos ese día y a confirmarnos que el capitán, una vez mas, había tenido toda la razón; estábamos mejor dedicando el día a una tarea que cavilando sobre nuestra tan mala suerte. Mientras tanto a Hausen, al día siguiente, siempre preocupado por el funcionamiento del motor, se le ocurrió pensar que tal vez la falla no era del motor, sino que del combustible, el que perfectamente podría estar sucio; y así se lo hizo saber al capitán. Este encontró que lo que decía Hausen era atendible y lo autorizó a proceder. A nosotros también nos pareció razonable, ya que a decir verdad no sabíamos cuando se habían limpiado los tanques por última vez. En todo caso, nosotros nunca lo habíamos hecho. Para proceder a ejecutar esta faena, Hausen nos explicó que para limpiar el combustible debíamos hacerlo con el género de unas camisas rotas; y así lo hicimos. Todos dedicados a esto con entusiasmo pensando que esa era la solución final, logramos filtrar litros y litros de combustible los que íbamos vertiendo en un tambor; muchos se nos desparramaron y se refugiaron en la sentina perdiéndose pero logramos completar dos tambores y además manchar aún más nuestras ya bien mugrientas ropas. Unas horas después de finalizada esta tarea el veleidoso motor tuvo a bien tomar la decisión de funcionar y volvimos a escuchar su - ahora - muy agradable ronquido. Esto nos llevó a pensar ciertamente que Hausen había tenido toda la razón, que la falla había estado en el combustible y no en el motor, así que como correspondía recibió nuestras felicitaciones. Nos apresuramos con mucho respeto y con algo de solemnidad a bajar a la sala de máquinas a felicitarlo y a agradecerle, llenándolo de indísimulada satisfacción. Después de esto, y ahora bastante más reanimados, pusimos proa al sudoeste ayudados por la mesana y el loco motor que funcionaba aún cuando con algunas intermitencias, pues a veces se nos detenía para volver luego a funcionar; pero quedamos más tranquilos pues ahora por lo menos estábamos avanzando en la dirección correcta. Ya algo más tranquilo y siempre rumbo del sudoeste, un día después del episodio del filtrado del combustible, durante la noche, mientras estaba cumpliendo con mi guardia dentro de la timonera, con mucho frío y viendo por todos lados sólo la obscuridad de la noche, pude ver, muy sorprendido, una débil luz rojiza hacia el sudoeste, algo así como un suave resplandor, al principio casi imperceptible: sólo un pequeño foco de claridad sobre el inmenso océano. Indudablemente muy lejano. Me costaba encontrar una 62


explicación para tan extraño fenómeno pues no entendía qué pudiera hacer un resplandor en altamar y en aquellas latitudes. Pero no había terminado de asombrarme, cuando algo más al sur, pude distinguir una segunda, esta vez más difusa aún que la primera. Lo mismo vio Kloch, quien estaba en esos momentos en cubierta cumpliendo con su turno en la bomba de achique; con el resplandor de la luz de la timonera pude ver que inmediatamente dejó de bombear y me señaló con el brazo hacia donde estaban los resplandores al tiempo que me miraba haciendo gestos de asombro y de interrogación. Mirábamos los resplandores y nos mirábamos entre nosotros desconcertados, sin poder explicarnos de qué podría tratarse. Evidentemente no podían ser embarcaciones pues producían un resplandor difuso, muy desparejo, eran varias, muy separadas, y además no se movían. Inmediatamente alertamos al resto de la tripulación de esta novedad que a mí me resultaba un extraño fenómeno y rápidamente se congregaron todos en cubierta sorprendidos de lo que estábamos viendo. Después de mucho mirar y sin poder entender de qué se trataba, cada uno de nosotros fue dando alguna explicación y su opinión al respecto haciendo toda clase de conjeturas; las que por supuesto estaban todas erradas, como pudimos comprobarlo más adelante. El día siguiente no registró novedad alguna. Lo dedicamos, casi por entero, a achicar como siempre lo hacíamos - y a buscar una explicación para los resplandores que habíamos visto la noche anterior. Pero cuando llegó nuevamente la noche, nos volvimos a sorprender, pues esta vez a los resplandores se les sumó un suave y muy agradable olor a vegetales, muy imperceptible al principio al punto que no lo podíamos precisar. Pero luego se fue haciendo más acentuado hasta que llegamos a olfatearlo nítidamente. Venía desde la misma dirección de las luces y contrastaba con el salobre incrustado en nuestras fosas nasales lo que contribuyó, después de tantos días navegando, a que lo detectáramos nítidamente: era un fresco olor a pinos. Este agradable olor a pino - claramente se trataba de pinos - nos llenaba las narices penetrándonos hasta el cerebro. Era un olor fresco y reanimante, muy vitalizador. Indudablemente, no estábamos lejos de tierra. Los resplandores y ahora este olor a pino, así nos lo indicaban. Lamentablemente no podíamos sintonizar ninguna radio, lo que nos habría permitido saber, usándola como radiogoniómetro, cerca de donde estábamos. Nos pareció extraño, eso sí, que estando cerca de tierra, no hubiéramos divisado ninguna gaviota ni pájaro alguno en todo ese día. Movidos por esta novedad subimos todos a cubierta y apoyados en el regala de la amurada, de cara al sudoeste, nos dedicamos a aspirar profundo llenando nuestros pulmones con este agradable olor. Lo hacíamos como si hubiéramos estado aspirando tierra. Qué olor más revitalizante, cómo nos reanimaba y cómo gratificaba nuestros sentidos. Por fin olíamos tierra, aún cuando no la pudiéramos ver.

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En cuanto a lo que nos iba quedando de paño, la mesana mostraba claramente ya muchas rifaduras; era evidente que no podía soportar tanta tensión y que los últimos días, con el viento del sudoeste subiendo con intensidad y luego bajando, habían hecho su efecto sobre los hilos. La alegría de sabemos ya cerca de tierra se diluía cuando mirábamos nuestra vela, o más bien, cuando mirábamos lo que iba quedando de ella. Estaba muy deteriorada, diría que lastimosamente deteriorada. La verdad era que no podíamos pedirle mucho más. Así que finalmente nos decidimos a arriar lo poco que quedaba de ella, pues no tenía sentido alguno llevar izados colgajos de lona que no nos daban propulsión y que en cambio contribuían con su presencia a desalentarnos y a desmoralizamos. A partir de ese momento, el velero no lucía ya paño alguno y de su cubierta sólo sobresalían el muñón de un palo y la vergonzosa desnudez del otro. El velero era ahora un halcón que había perdido sus alas. Nada quedaba de la arrogancia y el orgullo con que habíamos zarpado desde San Femando con nuestro velamen desplegado a la brisa bajando por el río Luján; de los alegres y ansiosos tripulantes que habían iniciado este viaje, sólo quedaba ahora una tripulación angustiada avanzando muy lentamente en el extremo sur del Atlántico. Afortunadamente el motor funcionaba normal. Su runrunear y su golpeteo eran parejos y nítidos y todos permanecíamos pendientes de él con el oído muy atento a su sonido, el que encontrábamos armonioso y amigable, confiando en que no se detendría y así lo hizo, ganándose nuestro aprecio y nuestra gratitud y mejorando de paso el ego de Hausen. Por fin había logrado que su motor funcionara, pasando súbitamente de la depresión al orgullo. Se nos mostraba ahora comunicativo y muy conversador, cuando su carácter había sido siempre mas bien reservado e introvertido, siempre muy retraído y algunas veces hasta casi huraño. Fue en uno de estos días en que se manifestó su locuacidad, cuando hasta se atrevió a contar un chiste, por supuesto carente absolutamente de gracia alguna; a pesar de todo el empeño que pusimos en encontrársela.

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EN EL ESTRECHO DE MAGALLANES Llevábamos ya casi un mes de navegación. Una navegación que ahora nos parecía interminable. Los primeros días se nos habían ido pasando muy rápido, entretenidos y amenos, pero estos últimos, después del vendaval, habían sido para nosotros lentos y pesados, muy angustiosos. La alegría de los días iniciales había dejado paso a una permanente y densa preocupación; día a día habíamos sentido el peligro de no avanzar y permanecer en el océano en medio de la nada. No sabíamos exactamente en qué longitud estábamos, pero sabíamos, eso sí, que estábamos a la altura del Estrecho, aún cuando ignorábamos a qué distancia. Así nos lo había hecho saber el capitán el día anterior, luego de tomar la latitud con su sextante al medio día en el balcón de popa, donde siempre lo hacía. Pero en mi fuero interno yo estaba convencido que nos habíamos pasado largamente y que estábamos mucho más al sur de la boca del Estrecho y por eso era que sentíamos tanto frío; pero no lo había comentado con nadie. Mientras permanecía ahí en la timonera aguantando el frío y viendo a mi alrededor sólo la negra noche, en tanto esperaba ansiosamente mi reemplazante, hubo un instante fugaz en el que llegué a pensar que tal vez el capitán habría resuelto atravesar por el Cabo de Hornos para eludir los variados peligros del Estrecho y no se lo había dicho a nadie. Esta sola idea me produjo un escalofrío; pero fue sólo un instante en mi imaginación pues era imposible que al capitán se le ocurriera algo semejante sin velamen y con el motor que nosotros llevábamos. Eran ya las horas finales de esa noche y aún no había amanecido el día 27 de febrero de 1956, pero de un momento a otro aparecería la primera claridad por el este. Yo estaba en la timonera cumpliendo con mi turno en la última guardia de la noche. El frío me penetraba la ropa y el cuerpo hasta 1os mismísimos huesos – así lo sentía yo - haciendo de esa guardia, una guardia muy, pero muy desagradable. Esperaba que de un momento a otro apareciera Antonito, mi reemplazante, quien llevaba ya quince minutos de retraso; lo que yo había podido verificar al mirar el reloj de la timonera, muy molesto por su atraso. En ese momento estaba pensando que entregada mi guardia, podría ir a mi litera y envolverme en un par de frazadas para calentar el cuerpo y acabar así con ese maldito frío como seguramente lo estaría haciendo Antonito en ese momento. Cuando al girar la cabeza hacia el oeste para volver a mirar el reloj - ya muy fastidiado con el atraso de Antonito - me pareció distinguir en el horizonte dos líneas separadas por el mar. Me refregué los ojos con mis nudillos enguantados y agucé la vista, pero no cabía duda, veía claramente dos líneas separadas por el mar. Se notaban nítidamente, una hacia el norte y la otra hacia el sur. Dos rayas perfectamente marcadas en el mar. Las miraba por la banda de estribor, mientras recibía la claridad que antecede a la amanecida por mi espalda y esto me permitía verlas claramente, mientras los primeros rayos del sol amenazaban con despuntar al este. Esto no podía ser otra cosa mas que la boca del Estrecho de Magallanes, así que entusiasmado, eufórico y apresurado, a los tropezones, bajé la escala de la escotilla camino a la cámara del capitán a comunicarle la novedad. Este, que estaba acostado 65


durmiendo, al sentir mi presencia despertó, me escuchó pero no me dijo absolutamente nada, luego me miró y como si hubiera recopilado la importancia de mis palabras, de improviso saltó de golpe de su litera cual sí hubiera estado durmiendo sobre un resorte, con un par de zancadas sorteó la escala de la escotilla, subió a cubierta, miró hacia el oeste y sin la menor vacilación, me lo confirmó. “Es la Boca del Estrecho”, me dijo. Luego, temblando de frío y tan apresuradamente como había subido, bajó a su cámara a ponerse ropa de abrigo. Santo Dios. Por fin ahí estaba el tan ansiado Estrecho de Magallanes a la vista. terminaban todas nuestras aflicciones.

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Ya debidamente vestido, el capitán con un grito que sonó a bordo como si fuera el canto de una diana, avisó a todos que el Estrecho estaba a la vista y al instante apareció toda la tripulación sobre cubierta, algunos refregándose sus ojos y otros abotonándose sus ropas, pero todos con los ojos muy abiertos y sorprendidos del anuncio del capitán. Lo que estábamos viendo nos volvió el alma al cuerpo. Luego, repuestos ya todos de la sorpresa inicial y convencidos de que lo que veíamos era la boca oriental del Estrecho de Magallanes, el capitán le ordenó a Hausen que se mantuviera con el motor en neutro a la espera de la corriente entrante, de Atlántico a Pacífico, para en ese momento preciso comenzar a ingresar al Estrecho aprovechando la corriente ya que sabíamos muy bien que para nuestro motor era imposible el remontarla. El capitán sabía perfectamente, y así nos lo había hecho saber en varias ocasiones, que aún los barcos de gran calado ingresan a favor de la corriente.

Así que ahí estábamos aquella fría y venturosa mañana, frente al Estrecho, en los 52 grados sur, sin una vela, expuestos a los imprevistos vientos del sudoeste y en las manos de un caprichoso motor en el que lamentablemente no podíamos confiar. Pero la sola vista de la boca del Estrecho nos aliviaba y nos tranquilizaba; pensábamos que ahora sólo nos bastaría con ingresar al Estrecho y fondear en Punta Arenas donde terminarían definitivamente todas nuestras penurias, pues se trataba de un puerto mayor con todo tipo de recursos navieros. Esto nos permitiría - pensábamos - reparar el motor, montar un 66


nuevo palo, coser la mesana y el foque, comprar una nueva mayor y una radio, después de lo cual, normalizados, quedaríamos en condiciones de continuar con nuestra navegación en busca de Puerto Montt. Todos subieron a cubierta, entusiasmados, a confirmar la buena nueva. Hasta Hausen se decidió a dejar el motor por un momento para poder ver ahí, frente a sus narices, la boca del Estrecho. No lo podía creer; miraba y miraba, abriendo sus ojos con asombro y no se convencía, mientras Kloch repetía “el Estrecho estar al vista, estar al vista.” Inmediatamente se nos recompuso a todos el ánimo y se nos mejoró el carácter. Al instante comenzaron a dibujarse sonrisas en nuestros rostros y a reflejarse la alegría y el optimismo en nuestros ojos convencidos todos que a partir de ahora se acababan las angustias y las penurias. Por fin teníamos la tierra ahí, a la vista; ahora sólo era necesario navegar unas millas más hacia el oeste y estaríamos salvados pues ante cualquier eventualidad que pudiera acontecemos dentro del Estrecho, bastaría con tirar ancla y esperar que alguna embarcación que atravesara el Estrecho nos auxiliara. Estábamos todos convencidos que no nos podía negar el motor el pequeño favor de llevarnos unas millas más hacia el oeste. Mientras esperábamos el inicio de la corriente entrante, todos muy reanimados, Kloch tuvo la brillante idea de preparar un desayuno caliente para festejar tan fausto acontecimiento y sin más trámite, junto con anunciarlo. bajó de inmediato a la cabina y se dirigió a la cocina. Al poco rato, golpeando con un cuchillo en uno de los puntales metálicos de la cabina, estaba avisándonos que un desayuno caliente nos aguardaba sobre la mesa. Este desayuno fue recibido por la tripulación con victorees y con un gran alborozo, lo que contribuyó, aún más, a mejorar el ambiente de dicha y de regocijo que se había posesionado del velero esa mañana. Después de desayunar, subimos todos a la cubierta y ahí permanecimos con los codos apoyados en la regala y la vista fija en el Estrecho, como si hubiéramos estado encandilados por él, mientras nos reconfortábamos mirando las dos líneas que marcaban la presencia de tierra, a esa hora, ya claramente iluminadas por el sol. Mirábamos el Estrecho y nos mirábamos entre nosotros mientras un sentimiento de júbilo parecía querer explotamos en el rostro. Kloch me miraba con una ancha sonrisa que le llenaba toda su rubicunda cara mientras apoyaba ambas manos en la regala con sus brazos estirados, mirando hacia el oeste y mirándome a mí repetidamente; yo, a mi vez, reiteraba esta sonrisa pasándosela a Faúndez, quien a su vez se la repetía a Antonito. Todos contentos y felices, casi sin creer lo que estábamos viendo, como si se tratara de un agradable espejismo. Justo en los momentos en que la corriente empezaba a ingresar y el sol comenzaba a subir, nosotros comenzábamos a hacer nuestro ingreso al Estrecho avanzando muy lentamente, mientras permanecíamos con el oído atento al golpeteo parejo del motor rogando que no nos fuera a fallar justo ahora, en el preciso instante en que estábamos haciendo nuestra entrada. Lo hicimos muy cerca de Punta Dungeness, que está en el extremo norte de su boca. Ayudados por la corriente de Atlántico a Pacífico, ingresamos hasta el momento mismo en que la corriente cambió de sentido, y desde ahí, siempre aprovechando la corriente, pero ahora de oeste a este y recibiendo un viento suave que en esos 67


momentos se había levantado desde el sudoeste, pusimos proa a la bahía de Santa Catalina que está en el extremo sur de la boca, buscando refugio en ella. Ahí, en esta bahía, tiramos ancla cerca de un banco una hora antes de la puesta del sol, exactamente frente a las casas de una estancia. Las teníamos justo enfrente de nosotros. Podíamos distinguir claramente un manojo de casas con sus techos rojos y sus muros blancos que se nos presentaban ante nuestra vista como una escena idílica, más o menos una milla al sur de Santa Catalina. Después de haber escuchado el repiqueteo de la cadena del ancla golpeando en el escoben, quedamos todos con una sensación de alivio y nos tranquilizamos definitivamente. Por fin ya estábamos fondeados y seguros; pasara lo que pasare ya no quedaríamos al garete en medio del océano. Este golpeteo reiterado de la cadena contra el escoben lo oímos como si hubiéramos estado escuchando un cascabeleo, algo así como si la cadena hubiera reído a carcajadas - tan contenta como nosotros - mientras el ancla caía y nos afirmaba. Eso sí, después de tantos días buscando entrar al Estrecho, no queríamos ahora correr el riesgo de garrear y quedar al garete así que para evitamos problemas y aseguramos de no garrear, decidimos largar el ancla de respeto el que con su tremendo peso se precipitó rápidamente hacia abajo buscando el fondo. Tengo que enfatizar aquí que el así llamado ancla de respeto era realmente digno de su nombre. Se trataba de un ancla muy pesado. Yo no sé cuanto pesaba este ancla pero recuerdo que era muy grande y tremendamente pesado, muy difícil de mover; por no decir imposible. De hecho cualquier maniobra que hubiere que hacer con él quedaba siempre reservada exclusivamente para el musculoso y experimentado de Kloch; éste siempre se las ingeniaba para moverlo, o bien haciendo palanca con algún fierro o bien multiplicando sus fuerzas con el auxilio de un juego de patecas. El fondeo se notaba firme, lo que contribuyó a darnos una sensación de seguridad, pues podíamos ver que la cadena hacía un seno y no mostraba señal alguna de que pudiera garrear. Decididamente habíamos quedado bien afirmados. Aún recuerdo – debido a lo que me impresionó este hecho – que en el momento de soltar el ancla, yo estaba en el balcón de popa y al mirar hacia proa pude ver como Kloch, luego de destrabar la cadena, permaneció por un largo rato inmóvil en actitud contemplativa mirando aquel ramillete de casas blancas que teníamos frente a nosotros, probablemente pensando en lo agradable y seguro que sería estar ahí dentro, a resguardo y en tierra firme. Aún cuando bonachón y amigable, a Kloch yo lo tenía por un endurecido hombre de mar, pero este vez me pareció verle en su rostro una expresión de ternura; tal vez el saberse a resguardo fondeado y seguro después de la angustia que habíamos vivido, lo habían ablandado. Tal vez. Este era nuestro primer anclaje desde que dejáramos San Femando y nos sentimos todos invadidos por una sensación de paz, de seguridad y de tranquilidad unida a un cosquilleo de regocijo. Por fin habíamos conseguido fondear. Ya no había temor de quedar en medio de la mar sin posibilidad de que alguien nos avistara; ya estábamos salvados. Fue en ese momento, en el que me sentí por fin seguro, cuando comprendí porque se usa el símbolo del ancla cuando se quiere graficar la seguridad; realmente, nada podría representarla mejor. 68


Ahí, ya más calmado, en la seguridad del fondeo, aproveché para ocuparme de un problema que me tenía complicado desde hacía tiempo. Desde que el mástil se quebró, yo había estado tratando infructuosamente de descubrir un orificio a través del cual una persistente gota, que a veces se transformaba en un impertinente chorro de agua, había estado entrando por la cubierta y cayendo continuamente en mi camarote, justo sobre mi litera, descomponiéndome el carácter al levantarme; no así al acostarme, porque lo hacía rendido. La verdad es que nada podría haber cambiado mi carácter al acostarme, porque acostarme y dormirme eran para mí un mismo y simultáneo acto. Creo que en más de una ocasión, después de achicar a rabiar, he llegado a mi litera semi dormido y algunas veces, tal vez del todo dormido caminando como un sonámbulo en busca de reposo. Después de mucho buscarlo, no pude dar con ese condenado orificio, así que me acosté, como siempre lo hacía vestido con mis cuatro pantalones, mis cuatro sweaters, mi abundante ropa interior de lana, mi segunda piel de hojas de papel de diario y ahora mi impermeable, el que se encargaba, mientras yo dormía como tronco, de recibir el agua que me caía desde el techo desviándola al piso para que desde ahí continuara a la sentina. Este impermeable era un elegante impermeable inglés Burberries que pertenecía a mi padre y que yo embarqué a última hora – en calidad de préstamo - temeroso de las lluvias de Puerto Montt, en donde se dice que llueve 366 días al año. A pesar de esa persistente gota, esa noche dormí tranquilo como hacía días que no lo conseguía. En la mañana siguiente, día 28, a primera hora estaba toda la tripulación en cubierta, desayunada y bien dispuesta, para enfrentar la tarea de levar el ancla de respeto que era tremendamente pesado, sin cabrestante ni molinete. Vaya faena! Lo hicimos como lo había hecho Magallanes cuatrocientos años atrás; eso dijo Kloch ( “así hacer Magalanes” ) y eso también creíamos nosotros, pero en realidad no era así, pues él tenía un molinete de madera que se accionaba con dos trancas de fierro, mucho más efectivo que nuestro sistema y menos cansador. Además le permitía hacer esta faena de levar el ancla con sólo dos marineros. Para solucionar el problema, el capitán ordenó armar un aparejo con un par de motones que fijamos sobre cubierta separados más o menos por unos veinte metros. Un extremo lo anudamos a una bita, a popa, y en el otro extremo atamos un gancho que pasamos por un eslabón de la cadena del ancla, a proa. Jalando todos a una voz de mando, la de Kloch, quien acompasadamente gritaba con voz ronca, “eins, zwei, eins, zwei,” arrastrábamos la cadena hasta la popa. Cuando la teníamos ahí, la asegurábamos y volvíamos a pasar el gancho por otro eslabón de la cadena a proa, comenzando de inmediato a repetir la faena. Bien coordinados, esta faena resultó. Cansadora, pero efectiva. Eso sí, el mayor trabajo recayó sobre nuestro capitán quien tenía que trabajar simultáneamente jalando del cabo y también con la rueda del timón para poder mantener el velero en la misma dirección con la cadena del ancla y facilitar así su izada. Esto lo obligaba a correr constantemente entre la cubierta y la timonera, ya que se necesitaba de la fuerza de todos y no podíamos prescindir de ningún tripulante; ni siquiera del capitán; todos teníamos que jalar al unísono del grueso cabo. Acompañados por la corriente entrante de Atlántico a Pacífico, desde Santa Catalina navegamos directo hasta bahía Posesión que está en el extremo interior de la boca del 69


Estrecho. Calculábamos que aún lentamente alcanzaríamos a atravesarla en el lapso que nos dejaba la corriente entrante. Y así fue. Permanecíamos sí, muy preocupados por la momentánea fidelidad de nuestro motor, temerosos que se nos fuera a detener en cualquier momento; pero el motor había dispuesto funcionar normalmente y se mantuvo fiel y confiable en todo este recorrido. En este trayecto no tuvimos problema alguno, nos ayudó la corriente de Atlántico a Pacífico y casi no tuvimos viento en contra. Ahí, una vez anclados en bahía Posesión, con el mar totalmente calmo y parejo, vivimos un momento que nos colmó de espiritualidad llenándonos a todos de tranquilidad y de sosiego y el que no esperábamos encontrar en ese rosario de peligros y de sorpresas que asechan en las costas del Estrecho de Magallanes. Vimos ahí, no muy alto sobre la línea del horizonte, en extremos opuestos, enfrentándose, el sol y la luna. El sol ya poniéndose al occidente y la luna recién subiendo al oriente; ambos grandiosos, radiantes y esplendorosos. Sus rayos eran reflejados en el mar dibujando una única línea recta que unía a ambos y que iba de un extremo de la bahía al otro, cortándola en dos y en cuyo justo medio se encontraba el velero, inmóvil, con su quillote apoyado en ella, como manteniéndose en un perfecto equilibrio sobre este haz luminoso que iba de un astro al otro. Una escena verdaderamente fascinante que me tocó vivir en aquel lugar y en aquel preciso instante. Le agradezco a la naturaleza me haya brindado el disfrute de tan fantástica escena. El mar y el viento habían caído poniendo un marco de recogimiento y de solemnidad a ese cuadro. El mar se aplanó totalmente. El viento, en silencio y respetuosamente se fue retirando lentamente hacia el noreste hasta desaparecer de la escena. No se oía un murmullo, ni el quejido de una brisa, ni el chapoteo juguetón de la popa en el mar, ni el aleteo de un pájaro, ni siquiera el reiterativo tic tac metálico de algún grillete que un descuido nuestro hubiere dejado sin trincar, absolutamente ningún sonido. Daba la impresión que ahí, por algún extraño fenómeno, el mundo había enmudecido; algo así como si se hubiera detenido mientras se tomaba un respiro en su ajetreado girar. Tanta quietud nos aplacó los nervios y nos calmó el espíritu. A mí me pareció, en ese momento de serenidad que todo inundaba aquel atardecer, de estar inmerso en una gigantesca, etérea y fantasmagórica catedral que me mostraba dos imponentes rosetones, uno de un rojo encendido en el ábside y el otro de un blanco resplandeciente y luminoso en el frontis. En eso estábamos, fascinados, inmersos en una calma absoluta, cuando lentamente este maravilloso cuadro se fue desdibujando en las sombras y envueltos en su quietud, casi sin que nos diéramos cuenta, nos sorprendió la noche. Esa noche, luego de preparamos una comida caliente y reponedora, todos dormimos más tranquilos. Estábamos por fin dentro del Estrecho, en un lugar que aparentaba ser seguro, y a sólo una, o a lo más dos jornadas de Punta Arenas. Ya pronto estaríamos en un puerto, con toda la seguridad que eso significaba. Se dispuso dejar de guardia a Kloch durante toda la noche en una única guardia para que los demás pudiéramos descansar. E1 capitán pidió un voluntario que estuviera dispuesto a pasar esa noche sin dormir y Kloch se ofreció gentilmente para tomar esa larga guardia pues al día siguiente nos tendríamos que enfrentar con la corriente de la Primera Angostura de la que teníamos preocupantes referencias. 70


Efectivamente, al día siguiente, otra vez con la corriente entrante del Atlántico, navegamos directamente hacia la boca de la Primera Angostura. Esta es, literalmente, una estrecha garganta. Es el gollete a través del cual se conectan las aguas del Atlántico con las del Pacífico; tiene unos quince kilómetros de largo por tan solo tres a cuatro de ancho. Estábamos muy preocupados porque según lo indicaba la carta de navegación, la corriente alcanza allí los ocho kilómetros por hora y esta era demasiada fuerza en contra para nosotros. Por lo tanto, el único modo de pasarla era a favor de la corriente. Era imposible para nuestro motor pretender remontarla. Además, a la corriente había que sumarle un casi seguro viento en contra que sopla desde el sur. Y para complicar aún más el cruce, la costa es escarpada en ambas márgenes, lo que no nos daba posibilidad alguna de un fondeadero alternativo. Además a todos estos inconvenientes, había que sumarle un gran banco que está al oeste de su entrada y hacia el este, un bajo. Y como si todo esto fuera poco, hay un banco justo en el medio de su salida, en donde la Primera Angostura se abre hacia el sur, llamado banco Tritón. Afortunadamente hay un faro al norte de su entrada para marcarla: el faro de Punta Delgada. Conscientes de este cúmulo de dificultades, nos preparamos para cruzarla. A una orden del capitán, Hausen encendió el motor sin problema alguno y sin necesidad de la ayuda de ninguno de nosotros, los que nos encontrábamos allí abajo, en la sala de máquinas prestos a ayudar dándole manija como siempre lo habíamos hecho. Él le dio manija y a los pocos giros de volante, el motor partió. Como nunca antes lo había hecho. Esto fue interpretado por todos nosotros como una señal de que finalmente se había hastiado de molestarnos y había decidido trabajar normalizado. Luego, toda la tripulación subió a cubierta donde esta vez con algo más de pericia, comenzamos a jalar del grueso cabo que estaba extendido sobre ella hasta que logramos levar el ancla de respeto; siempre después de hacer mucha fuerza y siempre muy bien coordinados bajo las ordenes de Kloch, quien con su voz ronca y monocorde mantenía la coordinación asegurada con el acostumbrado y acompasado “eins, zwei, eins, zwei,” mientras nosotros al unísono jalábamos del grueso cabo como si fuéramos un cabrestante. Inmediatamente el velero, libre del ancla, se escoró cadenciosamente a ambas bandas y comenzó luego a moverse con soltura rumbo sur dirigiéndose directamente hacia la boca de la Angostura bajo el gobierno del capitán quien lo gobernaba desde la timonera. Pasamos sobre el banco grande de la entrada sin problema alguno. El velero se deslizaba suavemente. Luego, en cuanto entramos a la boca de la Angostura, el velero tomó el decidido rumbo de la corriente entrante, como si la Angostura lo hubiera absorbido y al instante su gobierno se tomó difícil, para pasar luego a muy difícil y por momentos a imposible. El capitán tomó entonces el mando del gobernalle en el balcón de popa, desde donde tenía una excelente visibilidad, abandonando la timonera. Estábamos ya dentro de la Angostura y ahora la corriente decididamente nos superaba y el timón simplemente no respondía a ninguna orden. Podíamos ver como el velero avanzaba rápidamente por el centro de la Angostura, a la misma velocidad de la corriente, absolutamente desentendido del timón y de todos nosotros que no sabíamos qué hacer para gobernarlo. El capitán en tanto, esforzándose por gobernarlo, reiteradamente hacía caer el timón a ambas bandas, pero el velero sólo seguía el curso de la corriente como s formara parte de ella, totalmente desentendido del timón. 71


En cuanto al motor, este continuaba funcionando normal, con un golpeteo parejo, pero sin la fuerza necesaria como para imponerse a la corriente; siempre bajo la atenta vigilancia de Hausen. Habíamos ingresado ya bien adentro de la Angostura, hasta alcanzar la altura de Punta Méndez que está sobre la isla grande de Tierra del Fuego muy cerca de su salida sur, así que la habíamos recorrido casi en su totalidad. Pero como la corriente cambió antes de que alcanzáramos a atravesarla del todo y a salir de ella, viniendo ahora de Pacifico a Atlántico, al no poder remontarla, tuvimos que volver atrás, hacia Punta Delgada que está al oeste de la boca norte de la Angostura, frente a la cual habíamos pasado en la mañana, a poco de zarpar, dejándola por estribor. Con esto volvimos a atravesar casi la totalidad de la Angostura, pero ahora de sur a norte, en sentido inverso, desandando lo avanzado. Ambas pasadas, la hacia el sur y la de retorno hacia el norte, las hicimos con la rápida velocidad que nos imponía la corriente y sin que en ningún momento hubiéramos conseguido hacer que el velero respondiera al timón, ni mucho menos que el motor pudiera remontarla, y además permanentemente observando con mucha atención sus dos costas temeros de que al no tener gobierno, la corriente pudiera llevarnos sobre ellas. Aquí, en Punta Delgada, en la entrada norte de la Angostura, nos apresuramos a tirar ancla, no lejos del canal, ante el peligro que la corriente nos arrastrara aún más al norte y nos dejara muy lejos de la entrada de la Angostura. En esos momentos – eran ya las últimas horas de la tarde - el mar permanecía calmo y el cielo despejado como si fuera un inmenso paño azul que comenzaba a descolorarse hacia el este; en cuanto al viento, éste se presentaba muy suave, sólo una brisa. En este paseo de ida y vuelta por la Angostura, pudimos observar ambas costas con bastante detenimiento, aprovechando el día muy claro, esperando afanosamente ver un posible fondeadero al que pudiéramos recurrir y atravesar así la Angostura en dos jornadas; pero ambas costas se veían cortadas a pique, totalmente perpendiculares, lo que no era para nosotros nada tranquilizante. En ambas márgenes lo único que veíamos era un paredón que caía vertical, por lo que teníamos muy claro que en el próximo intento, o la cruzábamos en las seis horas de corriente favorable o volveríamos a entrar y a salir de ella siempre por su boca norte. Lamentablemente habíamos fracasado en este primer intento por atravesar la Angostura, pero lo intentaríamos al día siguiente, siempre coincidiendo con la corriente a favor, en la esperanza de que ahora, al estar cerca de su boca ( casi al lado ), como el trayecto sería menor, alcanzaríamos a cruzarla en las seis horas de corriente favorable. En todo caso estábamos ya bien adentro del Estrecho y aún cuando teníamos problemas con la mucha velocidad de la corriente y la poca fuerza del motor, no había peligro alguno de quedar al garete en plena alta mar como nos había pasado sólo unos días atrás. Así que permanecíamos seguros y tranquilos en la esperanza de que al día siguiente la cruzaríamos.

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A poco de fondear, el día comenzó a morir con un atardecer muy suave, con mar calma, cielo aún despejado y sin absolutamente nada de viento, mientras lentamente comenzaban a avanzar las sombras desde el este. Con el mar tranquilo y tranquilizados también nosotros, fondeados y seguros, estábamos todos en la cocina preparándonos algo para comer antes de acostamos, mientras quedaba en cubierta Antonito a cargo de la primera guardia de la noche. Ahí estábamos, en la cocina, cuando al poco rato la voz de Antonito nos alertaba desde cubierta que una lancha se acercaba a nosotros desde tierra. Aún no había obscurecido del todo. Así que aquí, a poco de fondear, nos vimos sorprendidos por la visita de una pequeña lancha de nombre “ Mila” que pertenecía a ENAP, una Compañía Petrolera Chilena. Esta lancha se arrimó al velero y su tripulación subió a bordo a hacernos una visita de cortesía de estricto carácter amistoso. En un primer momento, mientras la veíamos navegar cabeceando decididamente a nuestro encuentro, pensamos que se trataba de una visita inspectiva de alguna autoridad marítima y nos complicamos mentalmente con la idea que nos pedirían la documentación del velero y el consabido permiso de zarpe, pero como no podíamos impedir que nos abordaran nos preparamos para responder al interrogatorio al que suponíamos nos someterían. Después de las presentaciones de rigor y verificado que no se trataba de autoridad alguna, nuestro capitán, luego de presentar a todos los miembros de la tripulación, homenajeó a los tripulantes de esta lancha de nombre “Mila” con una copa de un excelente coñac español que tenía reservado precisamente para estas ocasiones. Ya todos presentados y algo más distendidos, estuvimos conversando animadamente por algo más de una hora en una agradable y entretenida charla. Aclaro que la expresión “una copa”, es sólo eso: una expresión, pues en realidad se trataba de unos maltrechos jarros metálicos abollados que nos había dejado usables el último temporal. Los tripulantes de esta lancha eran todos muy simpáticos y muy conversadores y la charla con ellos se desarrolló en un tono de franco carácter coloquial, casi familiar. Aprovechamos para mostrarles el interior del velero y quedaron muy impresionados por su resistente estructura y por sus amplias acomodaciones. Como era de suponer, nos preguntaron cómo se había roto el mástil, así que les relatamos, someramente por cierto, el temporal al que nos habíamos enfrentado. Luego de escucharnos con detenimiento y mucha atención, nos aclararon que ese temporal ahí había soplado a 140 km/h. y entonces vinimos a comprender el porqué de su tremendo ensañamiento con el velero. El capitán del “Mila,” hombre de la región y conocedor del Estrecho y de sus corrientes, después de haber bebido el último sorbo y de haber agradecido el coñac, le advirtió a nuestro capitán de la conveniencia de fondear el velero más al interior de la bahía para evitar ser arrastrados cuando se produjera el cambio de la corriente y enfatizó su advertencia diciéndonos que el trasatlántico “Reina del Pacífico” había fondeado más al interior que nosotros; dicho lo cual, se ofreció gentilmente para remolcar el FALKEN. Pero nuestro capitán, ante el disimulado asombro de todos nosotros, agradeció y rehusó el ofrecimiento. No comprendimos absolutamente nada de este rechazo y nos quedamos clavados en las banquetas pensando qué motivos podría haber tenido para desestimar 73


tan cuerdo ofrecimiento. Pienso ahora, mientras relato este episodio, después de tanto tiempo y con la lógica que queda luego del decantar de los años, que se trató simplemente de orgullo y viene a mi memoria la frase del obispo francés Bossuet al comenzar una de sus famosas oraciones fúnebres:”Vanitas vanitatum et omnia vanitas;” vanidad de vanidades, todo es vanidad. Luego pasamos a otro tema, la conversación continuó entretenida y amena y al poco rato el radiotelegrafista del “Mila,” de nombre Héctor Alvarez, intervino en ella y nos comentó que nos había visto en la mañana cuando entrábamos a la Primera Angostura y nos había reportado a la autoridad marítima de Punta Arenas como una goleta in identificada con el palo mayor quebrado. En ese momento vinimos a recordar que no habíamos izado bandera alguna - eufóricos como estábamos - al entrar en aguas jurisdiccionales chilenas y tomamos conciencia que las autoridades marítimas de Punta Arenas sabían ya de nuestra presencia en el Estrecho. Toda la tripulación del “Mila” se portó muy amable con nosotros, al punto que al despedirse nos regalaron cigarrillos chilenos, revistas y para completar sus gestos de amistad terminaron invitándonos a bajar a tierra para visitar el faro de Punta Delgada; lo que nosotros nos apresuramos a aceptar y a agradecer gustosos y de inmediato. Así que en el “Mila” fuimos a tierra y la tocamos por primera vez desde nuestro zarpe, no sólo con los pies, sino que también con las manos; en cuanto pisamos tierra nos agachamos para apoyar las palmas de nuestras manos en ella ante las sonrisas de los tripulantes del “Mila.” Estábamos felices y contentos pues por fin pisábamos tierra firme. El capitán, Hausen y Kloch, prefirieron no bajar y quedaron a bordo. A mí siempre me causó la impresión que tanto Hausen como Kloch como que preferían eludir el contacto con terceras personas, lo que yo atribuía a tal vez algún trauma adquirido en su duro paso por la Segunda Guerra Mundial. No lo sé; pero siempre lo encontré algo extraño. En el faro fuimos recibidos por su cuidador - de nombre Adán Montero - y por su esposa, los que nos atendieron cálidamente como si se hubiera tratado del reencuentro de unos viejos amigos; esa fue la impresión que nos quedó. La verdad es que no esperábamos tanta atención y tanto afecto y su recepción nos dejó sorprendidos y conmovidos. Con mucha amabilidad nos mostraron el interior del faro, incluido su sistema de iluminación, algo que yo por primera vez tenía la oportunidad de ver. Tanta fue su amabilidad que hasta nos ofrecieron una abundante y reconfortante comida caliente seguramente al vernos tan lastimosamente delgados - la que nos recompuso el ánimo y nos facilitó la conversación. Hasta el día de hoy recuerdo perfectamente que había ahí, sobre la mesa, pan fresco, sopa caliente y carne de cordero cocida, todo esparciendo su agradable aroma y asegurando satisfacer nuestro voraz apetito. También escuchamos radio y a una invitación del cuidador del faro, yo aproveché para enviar un mensaje a mi familia a través del transmisor que ahí había pues me tenía preocupado el que no hubieran sabido de nosotros desde nuestro zarpe. En esta visita al faro de Punta Delgada, disfrutamos del calor de una reunión que nos pareció como si hubiéramos estado en nuestro propio hogar. Muy reanimados y más habladores que cuando desembarcamos, luego de unas dos horas, regresamos al FALKEN. Este matrimonio fue muy gentil con nosotros y al momento de despedirnos nos 74


sorprendieron con el regalo de unos trozos grandes de carne de cordero ( motivados, tal vez, al ver con qué ansiedad habíamos comido ), una lata de pimienta, fósforos, revistas y café. Les quedamos sumamente agradecidos y la impresión que todos se llevaron de este primer contacto con tierra chilena no pudo haber sido mejor. Nos habíamos encontrado con gente tan simple como acogedora. Mientras veníamos navegando de regreso en la lancha, ya obscurecido, divisaba yo a la distancia la débil luz en la timonera del FALKEN y filosofaba brevemente, bien comido y satisfecho, sobre la vida y sus extrañas circunstancias, aplicando aquel viejo precepto italiano que dice “primo mangiare et dopo filosofare,” mientras pensaba que no habíamos tenido noticias del resto del mundo desde el instante mismo en que se nos rompió la radio la primera noche de navegación, y que por lo que pudimos enterarnos en el faro de Punta Delgada, todo estaba igual en el resto del mundo, nada había cambiado, el mundo seguía tal y como lo habíamos dejado en San Femando. En tanto que yo, en el ínterin, había pasado por muchas peripecias, angustias y vicisitudes en un viaje que había emprendido creyendo que sólo se trataría de un agradable y entretenido paseo en un velero. Esa noche, ya todos a bordo del velero, Kloch tomó el lugar que había dejado vacante Pocho en la cocina asumiendo para esa velada de cocinero y preparó una exquisita sopa con carne fresca; qué bien sabía y como nos reconfortaba el olorcito de la carne cocida penetrando la cabina y metiéndose por todos sus rincones, ahuyentando de paso el olor a humedad que entremezclado con el de la grasa, el aceite y el combustible, permanentemente se sentía ahí abajo. Sin cortar el aliento nos comimos dos platos cada uno, con la excepción del capitán, Kloch y Hausen, quienes se comieron tres, o más propiamente hablando, engulleron tres, y nos tomamos un jarro grande de un aromático café caliente que nos dejó a todos con una nueva percepción de la vida. Evidentemente ahora las cosas se nos presentaban mucho más alentadoras y tranquilizantes. Aclaro que nuestros frascos de Estafé se habían roto; unos durante la primera tormenta en el río y el resto en el primer temporal, así que tiempo hacía que no disfrutábamos de un café. La abundante comida caliente (habíamos comido dos veces, en el faro y luego a bordo) y sobre todo la presencia en el Estrecho de los tripulantes de la lancha “Mila,” todos de la región y conocedores del Estrecho y sus condiciones climáticas, nos daban una sensación de seguridad, pues en el caso de alguna emergencia - pensaba yo nos podrían ayudar. Todo esto hizo que esa noche me quedara dormido plácidamente, muy tranquilo y muy satisfecho, arrullado por el ruido metálico que hacían con las herramientas Hausen y Pocho en la sala de máquinas y que a mí me parecía un acariciador tintineo. Claro que no lo escuché por mucho tiempo, a los pocos minutos estaba durmiendo; como tronco. Reconfortado con la comida caliente, desvelado con el café y acicateado por su orgullo germano, Hausen, muy reanimado, estuvo trabajando en el motor ayudado por Pocho hasta bien entrada la madrugada tratando de normalizarlo. Después de haber pasado toda la noche sin dormir, no lo lograron. La contienda personal que Hausen mantenía con el motor hasta aquí la ganaba el motor y lo único que conseguían Hausen y Pocho era ensuciarse cada vez más con grasa y con aceite. 75


Al día siguiente, primero de marzo, muy temprano comenzó la actividad a bordo, empezando con un desayuno caliente, muy reponedor, mientras esperábamos el cambio de la corriente y nos preparábamos para el nuevo intento del cruce de la Angostura; todos muy animados. A alrededor de las 09.00hs., calculando coincidir con la corriente entrante, el capitán dio la orden de hacer partir el motor para aprovechar las seis horas de corriente a favor y tratar de atravesar ahora la Primera y la Segunda Angostura en ese lapso. En el momento preciso en que el capitán impartió la orden, le dimos y le dimos y le dimos duro a la manija pero el caprichoso motor no quiso partir hasta una hora más tarde, después de haberle dado manija entre todos por rigurosos y cansadores turnos de cinco minutos cada uno; modificando así su actitud del día anterior. Esto nos hizo perder una preciosa hora de corriente a favor , ya totalmente irrecuperable. Una vez que el motor partió, el capitán ordenó levar el ancla. Para ese entonces, nosotros éramos unos expertos en hacer esa tarea con las poleas extendidas en cubierta. Estábamos muy prácticos en la faena, trabajábamos muy bien coordinados y jalábamos del grueso cabo al unísono como si fuéramos un sólo hombre; el aparejo estaba ya trabado en la bita de popa y sólo había que engancharlo en un eslabón de la cadena a proa y comenzar a jalar de él. La faena fue muy rápida y sólo nos tomó unos minutos. Pero cuando el capitán ordenó hacer enganchar la hélice poniendo marcha avante, esta, golpeándonos con una nueva sorpresa, - otra más - no enganchó; según se apresuró a explicamos Hausen desde abajo en la sala de máquinas, a los gritos, debido al mal estado de la caja de la contramarcha. “Es el caja del contramarcha”, gritaba y gritaba Hausen desde abajo, “es el caja del contramarcha,” mientras se afanaba por enganchar el eje de la hélice sin conseguirlo; y en sólo cuestión de minutos fuimos tomados por la corriente que nos empujó hacia el canal al que entramos sin ningún gobierno del velero. Todo esto en el escaso lapso de un par de minutos. Ante la emergencia, el capitán ordenó de inmediato tirar ancla por lo que corrieron Kloch y Faúndez a proa a largarlo. Kloch destrabó la cadena y el ancla se precipitó hacia abajo, pero ante nuestra sorpresa, no llegó al fondo quedando a la pendura, totalmente vertical, debido a la mucha profundidad del canal y de un momento al otro nos encontramos con que no había nada que pudiéramos hacer pues nos había tomado la fuerza de la corriente y esta nos estaba arrastrando irremediablemente ante el asombro y la confusión de todos nosotros. Nos mirábamos unos a otros, buscando una solución, mientras íbamos, desconcertados y agitados, de la proa al balcón de popa y de una banda a la otra, viendo, impotentes, asombrados y desesperados, sin poder hacer absolutamente nada, cómo al velero se lo llevaba la corriente hacia la boca de la Angostura con el ancla a la pendura. Fue en esos momentos de angustia y de desesperación cuando todos recordamos la perorata de Hausen, la primera noche de navegación cuando se nos recalentó el eje y también la poca importancia que en aquel momento le dimos. Y en eso estábamos, deslizándonos decididamente en la corriente que nos arrastraba succionándonos hacia la Angostura, cuando sorpresivamente el motor dejó de funcionar y entramos entonces a la Angostura por segunda vez, sin gobierno del velero y ahora sin propulsión alguna: ni velamen, ni motor. En esas condiciones la recorrimos rápidamente 76


de un extremo al otro, en toda su extensión, tal como lo habíamos hecho el día anterior. Sentíamos que estábamos moviéndonos como si fuéramos sólo una liviana e indefensa pluma que flotaba llevados por el mar. Esta vez fuimos a dar más lejos que el día anterior pues pasamos Punta Méndez, cerca de su salida sur, y continuamos aún más allá hasta ir a dar sobre e1 banco Tritón que está fuera de la Angostura, llevados siempre por la corriente y con un viento fresco que en ese momento había comenzado a levantarse desde el sudoeste. Técnicamente, a la deriva. En ese momento, el capitán volvió a tomar la rueda del timón en su afán por gobernar el velero, pero el timón no respondió; el capitán lo hacía caer a una y a otra banda, pero de nada servía pues el velero continuaba manteniendo el obligado rumbo que le fijaba la corriente. Este estado de las cosas duró hasta el momento mismo del cambio de la corriente, (el que se inició justo cuando acabábamos de pasar sobre el banco Tritón) la que hizo pivotear el velero poniéndolo con la popa hacia adelante y entonces volvimos atrás, entramos nuevamente a la Angostura, la travesamos de un extremo al otro recorriéndola otra vez en toda su extensión, pero ahora de sur a norte, y fuimos a dar a Punta Delgada, de donde habíamos zarpado en la mañana, siempre con el motor detenido, siempre a merced de la corriente y siempre con Hausen y Pocho en la sala de máquinas tratando desesperada y afanosamente de reanimarlo; mientras nosotros en cubierta íbamos viendo como pasaban repetidamente ante nuestra vista los acantilados que conformaban ambas costas. El capitán continuaba en el balcón de popa empeñado en gobernar el velero, girando y girando el gobernalle a una y a otra banda, pero sin conseguir resultado alguno, pues éste decididamente no respondía al timón. Durante esta segunda pasada a través de la Angostura, el viento bajó y el mar se calmó al punto de quedar totalmente plano. En cuanto a nosotros, continuábamos observando ambas costas con detenimiento, ansiosamente, en la esperanza de encontrar algún refugio con la idea de una posible maniobra que nos permitiera fondear en alguna playa, en el caso que Hausen pudiera hacer funcionar el motor y la contramarcha accionara. Pero lo único que conseguíamos era confirmar que ambas eran totalmente escarpadas. Por donde miráramos, sólo veíamos en sus márgenes repetidos y repetidos acantilados cortados a pique, algunos iluminados por el sol y otros marcados por sus sombras que caían en ellos verticalmente. La situación se nos tornaba desesperante pues no sabíamos dónde, definitivamente, terminaría dejándonos la corriente. Nuestro mayor temor era que terminara por expulsamos de la Angostura, volviéndonos al mar abierto desde donde, ahora sin motor y sin una sola vela, sin ninguna posibilidad de gobierno, no podríamos ya regresar quedando a merced de las corrientes y de los vientos. Esta idea nos tenía angustiados y muy confundidos. Hausen continuaba empecinadamente trabajando en el motor, siempre con la ayuda de Pocho; cada vez más sucios, más desesperados y más nerviosos. Lo hicieron afanosamente 77


durante horas, mientras nosotros en cubierta veíamos como la corriente continuaba arrastrando el velero paseándolo por la Angostura, pero nada pudieron lograr. Su impotencia por normalizar el motor lo tenía a Hausen desolado. Un par de veces bajamos a la sala de máquinas para ver si podían echarlo a andar y también con la buena intención de ayudar en lo que pudiéramos, pero luego nos dimos cuenta que nuestra presencia ahí lo único que conseguía era poner nervioso a Hausen y desesperarlo aún más; por lo que decidimos suspender las bajadas a la sala de máquinas para dejarlos trabajar tranquilos y no interferir con su trabajo. En mi última bajada, pude ver cómo Hausen, a pesar del intenso frío, en su desesperación por echar a andar el motor, transpiraba profusamente y se secaba la transpiración que caía de su frente con el sucio trapo que también usaba para limpiarse sus manos de grasa y de aceite. Este trapo, que a mí se me hacía era parte integrante del atuendo del motorista, estaba renegrido y humedecido por el aceite y el sudor de Hausen y no sé porqué cábala o porqué secreta razón, durante toda la navegación - por lo que yo pude ver - nunca lo cambió por otro. Cada vez que hago algún recuerdo de este viaje, no puedo imaginar al motorista Karl Hausen separado de este renegrido trapo que lo acompañara durante toda la navegación. A veces, cuando almorzaba junto con nosotros, aparecía en la cabina limpiándose las manos con este trapo que más que limpiárselas se las ensuciaba aún más pasando la mugre y la grasa de una mano a la otra. Poco después del medio día, ya muy frustrado, cansado y molesto consigo mismo, dándose definitivamente por derrotado en su diaria contienda con el motor, subió a la timonera y se presentó ante el capitán con una actitud que tenía mucho de marcial: se cuadró, golpeó los tacos y le dijo que él no podía hacer más nada con el motor, advirtiéndole además de la conveniencia de enviar un mensaje pidiendo auxilio. Yo estaba ahí y me sorprendió su actitud de enérgica resolución y no sé porqué, pero por un momento me pareció que al retirarse daría media vuelta después de llevarse su mano a la sien para hacer un saludo militar. Pero no lo hizo. Luego de esto, todos pudimos ver que se dirigió a la cocina a prepararse un jarro con leche caliente diluyendo leche en polvo con agua. En cuanto a la posibilidad de enviar un mensaje, aclaro que aunque no teníamos el radiotransmisor, llevábamos sí un aparato muy especial usado por la marina alemana durante la guerra y que estaba en e l inventario del FALKEN desde su zarpe de Europa. Lo tenía el capitán guardado en su cámara dentro de un bolso muy bien protegido. Era metálico, hecho de acero, con forma de cubo, portátil, con un arnés para llevarlo en la espalda y facilitar su traslado, de color naranja, muy pesado, de más o menos unos treinta centímetros por lado, con una manija en su cara superior. Girando rápidamente la manija, enviaba un S.O.S. Pero el capitán rehusó enviar el mensaje. Ante esta situación y mientras el sol comenzaba ya a caer y a anunciarnos la llegada de la noche, totalmente resignados nos fuimos todos abajo a ayudar a Hausen, quien regresó a la sala del motor, en un último y desesperado intento por tratar de hacer algo para que funcionara, muy preocupados y temerosos de que la corriente nos llevara fuera de la Angostura y nos dejara en el mar abierto.

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Por otra parte, ya de nada servía nuestra presencia en cubierta pues no teníamos cómo gobernar el velero, así que pensamos que estaríamos mejor abajo, al lado del motor, nuestra última esperanza, tratando de ayudar al motorista aún cuando éste pudiera ponerse nervioso. A la puesta del sol, mientras podíamos ver como el cielo comenzaba a teñirse de púrpura hacia el oeste con unas largas pinceladas horizontales que se deshilachaban en sus extremos, nosotros nos encontrábamos otra vez frente al faro de Punta Delgada como si fuéramos un juguete del mar, o más exactamente, como si fuéramos un corcho en el mar: flotando, pero sin la más mínima posibilidad de gobierno. Fue entonces cuando Hausen, con una actitud que nos sorprendió a todos quienes estábamos en su habitáculo en la sala de máquinas, sin ningún apuro comenzó a limpiarse las manos tranquilamente con el susodicho sucio trapo que también usaba para secarse la transpiración de su frente, calmadamente, un dedo después del otro, lo dobló luego en cuatro con todo cuidado, bien doblado, cuidando que coincidieran los extremos, lo puso sobre el motor exactamente en el medio de la culata, hecho lo cual, después de palmotearlo un par de veces, con paso firme y decidido dejó la sala de máquinas y se fue a su camarote a dormir. Según nos dijo al retirarse al pasar al lado nuestro, para siempre. “Für immer”, le oímos decir claramente. Quedamos pasmados, pues esta retirada nos dejaba no sólo sin el motorista sino que también sin el motor, pues a partir de ahora nuestras esperanzas de contar con un motor funcionando desaparecían para siempre, ya que no teníamos quien pudiera hacerlo partir. Al poco rato y como teníamos previsto, cambió la dirección de la corriente, viniendo ahora otra vez de Atlántico a Pacific y el velero comenzó suavemente a abandonar Punta Delgada y a entrar decididamente en la Angostura por tercera vez, reiniciando así su ruta hacia el sur, sin velas, sin motor, sin motorista, sin luces de navegación, a la deriva, y como el cambio de la corriente nuevamente lo hizo pivotear, con la popa torpemente hacia delante, y además con el día que iba cayendo; lo que bien pronto nos dejaría sumidos en una completa obscuridad. El mar continuaba calmo y plano y el viento había desaparecido del todo. El único movimiento era el de la corriente que arrastraba al velero suavemente como si se deslizara en un río silencioso. La quietud del día que comenzaba a morir y la del mar contrastaban con nuestra preocupación y nuestra angustia y con nuestro temor de no saber dónde y cuándo terminaría finalmente esta desesperante situación. El capitán en un nuevo intento por regularizar el motor, le preguntó a Pocho si él se sentía capaz de hacerlo partir , ya que no estaba Hausen para hacerlo. Pocho lo intentó y después de darle manija durante un buen rato como loco, finalmente lo logró. Pero de todas maneras, cuando se trató de enganchar la hélice, el mecanismo de la contramarcha no accionó. Después de más o menos una hora, seguramente despertado por el ruido del motor (su camarote estaba contiguo a la sala de máquinas) y movido por su amor propio, apareció Hausen nuevamente al lado del motor y unos minutos después, el motor paró; como si se tratara de una señal de repudio al motorista. Los que presenciamos este 79


hecho quedamos mudos, mirándonos entre nosotros, pues costaba creer que ese no fuera un asunto personal entre motor y motorista. A todo esto, en poco rato más la noche se nos vendría encima y como siempre lo hacíamos a la caída del sol, el capitán le ordenó a Pocho que hiciera partir el generador. Desde que Pocho pasó de cocinero a ayudante de motorista, esta tarea quedó asignada a él; antes, era rotativa. Pero el generador no partió. Tiraba y tiraba Pocho desesperadamente del cordel del partidor, pero todo era inútil, el generador no partió, golpeándonos con una nueva sorpresa. Lo enrollaba y tiraba, volvía a enrollarlo y volvía a tirar, otra vez lo enrollaba y otra vez tiraba, pero el generador simplemente se negó a partir. El generador estaba sobre cubierta, entre la bomba de achique y la escotilla y permanecía durante el día debidamente protegido con una gruesa funda de lona y con él no habíamos tenido problema alguno hasta ese momento; todas las noches había funcionado normalmente; incluso después de las dos tormentas que soportamos y en las que la funda quedó totalmente empapada, funcionó sin problema. Como consecuencia de su terquedad, nos quedamos sin electricidad a bordo y por tanto sin luz, incluida la luz del compás. Para poder leer el compás, la solución más práctica habría sido encender un farol a parafina en la timonera, pero no nos atrevíamos a encender un farol a parafina ahí porque era muy grande el riesgo a que los gases del motor se inflamaran, pues una escotilla interior comunicaba directamente la sala de máquinas con la timonera y en ambos ambientes se sentía un fuerte olor a combustible. Desde el día en que filtramos el combustible, en el que muchos litros se nos cayeron y se desparramaron, este olor a combustible lo penetraba todo abajo en la cabina e incluso hasta subía a la timonera a través de esta escotilla. Pero si bien este olor estaba por todas partes ahí abajo, donde más nos molestaba era en la cocina, donde siempre estaba presente acompañándonos cada vez que íbamos a preparamos algo para comer. Por precaución, la única luz que llevábamos a bordo era un farol a parafina, encendido a proa, precisamente en la cocina que estaba en extremo opuesto a la sala de máquinas. Ahora sí que nuestro velero contaba con menos recursos que el de Magallanes, pero sin los expertos y curtidos marineros que él llevaba. Indudablemente ese era el momento exacto para haber maldecido, cosa que habríamos hecho de muy buena gana de no ser porque nuestra formación cristiana no nos permitía hacerlo. Dejo constancia aquí que durante toda esta travesía, nunca nadie de nosotros profirió ni una amenaza, ni un insulto, ni mucho menos una maldición. Ni aún en los momentos de mayor peligro, nadie se valió de un lenguaje procaz; simplemente éste no estaba en la manera de expresarse de ninguno de nosotros. Como ya nada se podía hacer (ni siquiera maldecir) y el capitán no quería pedir ayuda usando el transmisor portátil de emergencia, nos fuimos todos escalas abajo ya entregados a nuestra suerte a prepararnos algo para comer y beber. Teníamos mucho hambre y mucha sed pues no habíamos probado bocado durante todo ese día. El desencadenamiento de los acontecimientos, su sorpresa y nuestra preocupación y desesperación por buscarles una solución a medida que iban apareciendo, no nos habían dejado tiempo disponible para preparamos alimento alguno. Además, mientras todo esto 80


nos iba pasando, continuábamos achicando rigurosamente cada hora para mantener la sentina desagotada, con la diferencia de que ahora los turnos se habían hecho más prolongados, lo que nos obligaba a dedicar más tiempo a esta faena haciendo que termináramos más cansados y confirmándonos, además, que la vía de agua se estaba agrandando peligrosamente. Mientras tanto, el velero continuaba deslizándose en la corriente de un mar calmo y plano que lo llevaba envuelto en un total silencio haciéndolo escorar con suavidad, cadenciosamente, de tanto en tanto, a ambas bandas. Esto hacía caer la pesada pala de su timón a una y a otra banda una y otra vez, acompañando la cadencia de su escorar y produciendo en cada caída un ruido seco y golpeado. Este era el único ruido que rompía el silencio que nos circundaba y su golpeteo nos llegaba hasta el alma y nos iba destruyendo el ánimo poco a poco. En el silencio en el que nos deslizábamos, cada golpe de la pala del timón lo sentíamos como si fuera una premonitoria advertencia; nos parecía como que esos golpes del timón nos iban marcando el tic tac de las horas que nos iban quedando. Así que decidimos atarlo. Trincado, ya no lo escucharíamos.

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ENCALLAMOS. . . Las sombras de la noche habían caído cubriéndolo todo y tendiendo un manto de obscuridad y de desánimo que se posó sobre el velero; muy desanimados y muy cansados ya muy poco conversábamos. La apatía se había apoderado de todos nosotros. Mientras tanto el velero continuaba su silente navegación hacia el sur integrado a la corriente y sumido en lo negro de la noche, con su popa ridículamente hacia adelante, escorando suavemente a ambas bandas y avanzando decidido, hacia no sabíamos dónde ni hasta cuándo. En tanto nosotros, transidos de frío, buscando algo de calor y algo de alimento, habíamos bajado todos a la cocina y nos encontrábamos allí, en su reducido espacio, casi apiñados en torno al calor que irradiaba su hornalla calentándonos el cuerpo. La cocina era el único lugar en el velero donde uno podía guarecerse algo del frío. Permanecíamos ahí todos en un absoluto y profundo silencio, casi con recogimiento, totalmente resignados a lo que viniere y entregados ya decididamente al destino mientras calentábamos un poco de agua para preparamos un té y engañábamos el estómago masticando unos pedazos del duro queso de rallar. Sólo faltaba Hausen, quien continuaba aún en la sala de máquinas; lo oíamos trabajar ahí, pero no sabíamos qué pudiera estar haciendo, cuando ya todos nos habíamos resignado a esperar lo que viniere, sea lo que fuere. Tal vez su amor propio y su orgullo lo mantenían aún junto al motor, lejos del acogedor calorcito de la cocina, en la esperanza de poder echarlo a andar. Escuchábamos el típico ruido metálico que hacía con el golpeteo de las herramientas mientras trabajaba y al que nos tenía habituados. La escena era lúgubre y patética. Marcada por la penumbra y por nuestra desesperanza. La única luz que nos iluminaba era la tenue llama del farol a parafina que colgando de un bao se balanceaba suavemente al compás del casco cayendo a una y a otra banda pausadamente y dejando, alternativamente, a unos rostros en la luz y a otros en la sombra, mientras permanecíamos mirándonos sin pronunciar palabra alguna, muy arropados, entumidos por el frío, con nuestras manos enguantadas encima de la cocina casi tocando su lumbre, barbudos y sucios. Dentro de esta angustiosa situación, a mí me impresionaba - aún lo recuerdo - la rubia barba de Kloch que cuando recibía la luz, me parecía tejida con hilos de cristal dorado que brillaban en la penumbra que ahí había. Cuando en eso, sorpresivamente apareció Hausen de entre la obscuridad de la cabina, muy compungido, con su mameluco totalmente cubierto de las conocidas manchas de grasa y de aceite, sosteniendo el magneto del motor en sus manos con los brazos estirados, como si se tratara de un trofeo, mientras nos decía que la falla del motor era debido a que el magneto se había quemado; al tiempo que lo señalaba con su vista como declarándolo culpable ante un tribunal. En ese momento pareció acentuarse aún más el silencio que nos rodeaba y a las palabras de Hausen sólo le siguió el chillido que hacía la argolla de la lámpara al balancearse. Al recibir como respuesta sólo el quejido de la lámpara, repitió Hausen, levantando algo la voz, que el magneto se había quemado, como queriendo reafirmar sus palabras, tal vez pensando que como nadie se inmutó, nadie lo había escuchado. 83


Lo escuchamos en ambas ocasiones con toda claridad y luego, con un reverencial respeto, lo miramos a él, nos miramos entre nosotros y en silencio y con profunda resignación, aceptamos su tardía explicación. Pero esta, evidentemente, de poco nos servía ya, pues la verdad era que a esa altura de los acontecimientos y de nuestra aflictiva situación, venir a conocer ahora la causa de la falla del motor, en nada aliviaba nuestra angustia, ni remediaba nuestro penoso estado. Así que nos dimos tácitamente por enterados y sin decirle absolutamente nada, ignorándolo por completo, continuamos masticando el duro queso de rallar mientras pacientemente esperábamos que hirviera el agua para preparamos un té. Luego de beber un jarro con té caliente, uno a uno fuimos abandonando la cocina. El capitán fue el primero en retirarse. Bebió el último sorbo, dio media vuelta, atravesó la obscuridad de la cabina y subió a cubierta camino de la timonera sin pronunciar una sola palabra. En el silencio que ahí había, oímos marcadamente el resonar de sus pasos al subir la escala de la escotilla. Hausen regresó a la sala de máquinas, tan compungido como había llegado, sólo y en silencio, acompañado sí del sucio trapo que usaba para limpiarse las manos - el que indudablemente formaba parte de su atuendo - y que ahora llevaba colgado del bolsillo trasero de su mameluco, desapareciendo también en la penumbra de la cabina. Le siguió Kloch, quien subió a cubierta a revisar el aparejo de la cadena del ancla, tal vez pensando que muy pronto podríamos necesitarlo. Pocho y Antonito, por su parte, se fueron ambos a sus camarotes a descansar. Los dos se notaban muy cansados. Antonito venía de terminar su turno en la bomba de achique antes de bajar a la cocina y Pocho prácticamente no había dormido la noche anterior ayudando a Hausen en el motor. Faúndez, a su vez, fue a tomar su tumo en la bomba de achique. Todos en silencio, pues ya no quedaba tema que tratar, ni absolutamente nada que conversar. Sólo cabía resignarse y esperar lo que pudiere venir, mientras abajo, en la cocina, quedaba meciéndose, solitaria, la única luz que llevaba el velero en su silencioso paso por la Primera Angostura del Estrecho de Magallanes. Algo así como una media hora después, mientras el capitán permanecía en su puesto de mando en la timonera rodeado de la oscuridad de la noche que ya nos había cubierto por completo, distinguió una luz al oeste de Punta Delgada y pensó que podría ser de alguna embarcación que venía hacia nosotros; ¿Tal vez el Mila? Como no llevábamos luces de identificación alguna, bajó presuroso a su cámara en busca de las luces de bengala para hacer señales y advertir de nuestra presencia, mientras al bajar la escala avisaba a la tripulación, de viva voz, del avistamiento de la luz de una posible nave. La voz de que se veía la luz de una posible nave que se acercaba y a la que podríamos pedir auxilio, nos convocó a todos de inmediato sobre cubierta. A las 23.30hs. encendimos las bengalas. Una cayó sobre la cubierta y se perdió, pero las otras iluminaron la noche con sus destellos. Después de mirar por un largo rato hacia el norte con mucha atención, como queriendo penetrar la obscuridad, pudimos confirmar que ninguna embarcación venía hacia nosotros; la luz simplemente se había extinguido. Probablemente se había tratado de alguna luz desde tierra que el capitán confundió con la de una embarcación. Lo grave y lamentable de esta confusión era que habíamos consumido todas nuestras bengalas y ahora, en caso que lo necesitáramos, no teníamos con qué hacer señales, ni para indicar nuestra posición, ni para pedir auxilio. 84


Pasado este episodio y confirmado que ninguna nave se aproximaba, muy decepcionados y muy deprimidos y apesadumbrados, nos pusimos a caminar sobre la cubierta, nerviosos y preocupados, con clara conciencia de nuestra aflictiva situación. Íbamos y veníamos entre la popa y la proa, con la esperanza de atisbar la luz de alguna embarcación. Por momentos subíamos al balcón de popa con la vana idea de poder ver, desde su altura, más a lo lejos, pero lo único que conseguíamos ver era la costa, de la que, por lo demás, sólo distinguíamos una negra mancha. Y mientras íbamos y veníamos mirando el obscuro perfil de ambas costas, cavilando sobre nuestra aciaga situación, comenzó a golpearnos el rostro un viento frío - otra vez el frío viento del cuadrante sur presagiador de temporales - que empezaba a levantarse desde el sudoeste y que al poco rato estaba ya empujándonos hacia la costa este de la Primera Angostura. La costa la veíamos cada vez más cercana y la negra línea de su silueta se elevaba ya mucho sobre el horizonte, mientras rodeado de la obscuridad y de un profundo silencio, el velero continuaba deslizándose sigilosamente, sin el menor ruido, como si simulara ignorar los angustiosos momentos que nosotros estábamos viviendo. Pasamos Punta Méndez, siempre llevados por la corriente, y empezábamos a aproximarnos peligrosamente a la costa, cuando a las 24.00hs. exactamente, ( lo recuerdo perfectamente porque pude ver con mi linterna que el reloj de la timonera - que era lo único aún útil a bordo - marcaba esa hora ) el capitán bajó a la obscuridad de su cámara y mientras Antonito la iluminaba con unos fósforos, él tomó el transmisor portátil de emergencia y durante unos diez minutos envió un mensaje de S.O.S. girando enérgicamente la manija. Fue demasiado tarde. Media hora después estábamos todos reunidos en la cocina a donde habíamos regresado en busca de la protección de su calorcito y de otro jarro con té caliente para calentar algo el cuerpo, convencidos, como estábamos, de que en cubierta ya nada podíamos hacer como no fuera aguantar un frío inaguantable, cuando sorpresivamente el velero se estremeció con un sólo sacudón. Fue un golpe seco y firme, desde la proa a la popa. Habíamos tocado tierra. Al sentir bajo nuestros pies este golpe contra el fondo, subimos a cubierta a la carrera y muy angustiados, unos por una escotilla y otros por la otra. Ya en cubierta y en la obscuridad que nos rodeaba, tratábamos de ver y distinguimos que ahí, sobre la banda de estribor, casi al alcance de la mano, estaba la costa representada como una gran mancha negra, impenetrable a nuestra vista. Estimamos que estaba a no más de unos cuarenta a cincuenta metros, pero sin que pudiéramos saber qué era lo que ahí había . Nadie hablaba, la emoción y el temor ante lo desconocido nos habían dejado mudos; permanecíamos en la cubierta estáticos, algunos tomados de los obenques del mesana y otros firmemente asidos con ambas manos de la regala; y así, en silencio, nos fuimos preparando para lo peor, pues temíamos que alguna roca, por pequeña que fuera, quebrara alguna tabla del casco. Oíamos nítidamente el ruido de la resaca. Evidentemente no estábamos frente a un roquerío, pues de ser así, el ruido del mar al 85


romper contra las rocas lo hubiera denunciado. Mirábamos la obscura mancha de la costa, sin pronunciar palabra alguna, tratando de escudriñarla como queriendo adivinar qué era lo que había ahí, pero en la obscuridad de la noche nada podíamos ver, ni mucho menos saber si habían o no habían rocas que era lo que más temíamos. En eso estábamos, en silencio, temerosos de lo que pudiera pasarnos, tremendamente angustiados, sin poder ver absolutamente nada, cuando el capitán imprevistamente rompió el silencio; nos dijo que permaneceríamos a bordo hasta la salida del sol y que abandonaríamos el velero en la mañana, con la luz del día, porque era menos arriesgado. El velero se mantuvo adrizado durante unos quince minutos. Luego comenzó peligrosamente a escorar sobre su banda de estribor. Como lo habíamos hecho durante todas estas últimas pasada por la Angostura, navegábamos de popa, lo que hizo que encalláramos con la proa hacia el norte a pesar de navegar hacia el sur y que lo hiciéramos sobre la banda de estribor. Al rato, la marea menguante comenzó y luego un ruido de cadenas nos indicó que la cadena del ancla que estaba extendida sobre cubierta con el aparejo que usábamos para subirlo, comenzaba a deslizarse hacia la amurada. Como el casco, amenazando ya con apoyarse en la línea del pantoque, se escoraba ostensiblemente más y más y el agua estaba por llegar a la cubierta, el capitán ordenó tirar ancla y abandonar el velero. Esa era la orden que todos estábamos esperando, así que bajamos rápidamente a preparar los bultos con nuestras pertenencias tratando de no perder nada al abandonar el velero. A decir verdad, no era mucho lo que teníamos que salvar; de ropa, casi nada, pues desde hacía ya tiempo teníamos casi la totalidad de nuestras ropas puestas para abrigamos y combatir el frío. Sin perder un instante, cada uno se afanó, eso sí, por salvar, tanteando apresuradamente en la penumbra de los camarotes, las cosas personales que aún le quedaban ahí abajo: la linterna, el cortaplumas, los documentos de identidad, el reloj, la billetera, todo muy deprisa pues sentíamos como el velero continuaba escorando y algunas cosas comenzaban a caerse en la cabina. En el apuro y en la obscuridad, yo no pude encontrar una pequeña bolsita de género que se cerraba con un elástico y que yo usaba como necessaire. Esto me dejó muy molesto pues tenía guardada ahí mi escobilla de dientes y la pasta dentífrica. El capitán se apresuró a envolver la caja del sextante con unas camisas y luego a ponerla dentro de un bolso para evitar que el sextante se golpeara. Guardó también en el mismo bolso, debidamente dobladas, las cartas de la Primera Angostura. La escora puso la escala de la cabina principal casi totalmente vertical, lo que hizo muy difícil treparla para subir a cubierta; más aún cargados con los bultos. Estaba orientada de babor a estribor y no de popa a proa y sus escalones quedaron inclinados hacia abajo, lo que hacía que nos resbaláramos en el apuro al tratar de subirla. Poco era lo que veíamos en la cabina pues la única luz que había ahí abajo venía desde la tenue llama del farol en la cocina, lo que le daba a la cabina un aspecto mas bien tétrico. Para complicar aún más las cosas, una bolsa con cincuenta kilos de papas se cayó y al caerse se rompió y las papas se desparramaron sobre todo el piso de la cabina haciendo que fuera muy difícil el caminar sobre ellas. En la cabina, las puertas de los camarotes de estribor, permanecían cerradas, fuertemente atascadas y había que hacer mucha fuerza para abrirlas para poder entrar a sacar las cosas. Mientras que las de la otra banda, 86


permanecían abiertas, colgando y balanceándose, molestando para caminar y amenazando con golpear nuestras cabezas. En la penumbra que había en la cabina, no era fácil esquivarlas. Ayudándonos entre todos, finalmente logramos subir los bultos a cubierta. Subió primero Faúndez, pasando a través de la sala de máquinas y de la timonera por la escotilla interior que unía a ambas, y una vez ahí, en la cubierta, uno por uno le fuimos pasando los bultos por la escotilla, tan rápido como pudimos pues queríamos abandonar el velero lo antes posible. A todo esto, la marea continuaba menguando y el velero continuaba escorando. La cubierta estaba ya muy inclinada y al caminar sobre ella teníamos que tornamos de donde pudiéramos pues nos resbalábamos al tratar de apuramos en nuestro afán por abandonar el velero antes que el agua comenzara a cubrir la cubierta. En eso estábamos, cuando nos sorprendió que Kloch intempestivamente rehusara abandonar el velero, pero el capitán reaccionó de inmediato, casi instantáneamente, y de manera muy enérgica lo reprendió y no se lo permitió. Nunca antes lo habíamos visto tan enérgico y autoritario. Muchas veces lo habíamos oído impartir órdenes, algunas de manera muy enérgica, pero jamás salido de sus casillas; pero esta vez su reacción con Kloch fue arrebatada, casi como un exabrupto. Pasó por mi mente, en ese momento, que a poco de iniciar el viaje, entre los muchos temas que habíamos conversado, Kloch me había comentado que cuando se hace abandono de una nave, el que permanece a bordo tiene el derecho a reclamar su propiedad. Ahora recordaba claro aquel comentario que me hizo cuando aún estábamos en San Fernando. Pero si Kloch tenía o no tenía ese derecho, no era ese precisamente el momento para discutirlo, ni mucho menos para detenerse en reflexiones de carácter legal. Cuando cada bulto estuvo ya dentro del bote, llegó el momento de desatarlo de los pescantes para poder arriarlo, pero entonces descubrimos que sus nudos estaban tan, pero tan apretados que nadie podía desatarlos; ni la fuerza de Kloch, ni la maña del capitán, ni siquiera el punzón de mi navaja pudo con ellos; el agua, la sal y el sol los habían endurecido y transformado en una masa. Mientras tratábamos desesperadamente de desatar el bote de los pescantes para arriarlo, la escora continuaba y se oían ahora los ruidos de las cosas que abajo, en la cabina, se caían: las banquetas que usábamos para sentarnos a la mesa y que había dejado enteras el último temporal, los paquetes de comestibles, las herramientas, la cabuyería, las latas de aceite y de grasa del motor que al caerse hacían mucho ruido al golpear contra el enjaretado metálico de la sala de máquinas. El agua ya lamía las primeras tablas de la cubierta, así que rápidamente cortamos los cabos y arriamos el bote. Mientras todo esto nos pasaba, Pocho permanecía en su camarote durmiendo profundamente ignorante de todo cuanto estaba aconteciendo, rendido por el cansancio. Bajé para despertarlo y avisarle que estábamos abandonando el velero, que ya no nos quedaba tiempo, que preparara sus cosas y saltara al bote. “Vamos, Pocho, vamos. Encallamos; hay que abandonar el velero porque se está escorando mucho,” le dije. Me 87


escuchó pero se sentía tan agotado que no le alcanzaron las fuerzas para levantarse; se dio vuelta, dejó caer pesadamente su cabeza sobre el otro lado y continuó durmiendo. Tuve que sacudirlo varias veces, lo más rápido y enérgico que pude, para que despertara, reaccionara y finalmente se levantara. Kloch no tuvo tiempo para preparar el bolso con sus cosas, había ido a proa a largar el ancla y llegó al bote corriendo y tambaleándose para mantener el equilibrio, con las pocas pertenencias que tenía apretadas entre sus brazos mientras nosotros lo estábamos esperando de pié ya en el bote y aguantándolo al casco. Fue el último en saltar al bote. Nos soltamos del velero y con los dos pares de remos remamos los más o menos cuarenta a cincuenta metros que estimábamos nos separaban de la costa, siempre dentro de una impenetrable oscuridad. Nadie pronunciaba palabra alguna. Sólo remábamos y mirábamos hacia tierra. Teníamos pavor que la corriente nos fuera a tomar y nos llevara hacia el canal donde seguiríamos entrando y saliendo de la Angostura a su antojo y ahora a la intemperie, soportando un frío insoportable y con el peligro que pudiera arrastrarnos fuera de la Angostura. Aún no podíamos distinguir si la costa era o no era rocosa y seguíamos viendo enfrente nuestro sólo una gran mancha ennegrecida. El silencio era absoluto y únicamente roto por el golpear de los remos y el ruido acompasado que hacía la resaca. Sentí la pala de un remo tocar en el fondo e inmediatamente tocamos tierra y saltamos del bote. Nos pareció pisar sobre arena. Donde había llegado el bote, no había roca alguna. El agua se sentía muy fría, casi helada. Inmediatamente empujamos el bote entre todos hasta dejarlo sobre la playa. Luego, rápidamente bajamos los bultos y fuimos poniéndolos todos juntos, agrupados, formando como una pequeña pared para que nos sirviera de protección contra el frío viento. Veíamos a muy corta distancia, no más allá de algunos metros. Pero hubo un momento en que repentinamente las nubes se abrieron y nos dejaron ver una noche estrellada en que cabía perfectamente la frase: tachonada de estrellas. Muy ventosa y muy fría. Por el boquete que dejaron las nubes, se podía ver una infinidad de estrellas resplandecientes. Aprovechamos entonces para dar una mirada hacia lo que nos rodeaba, pero muy poco distinguíamos; mirando hacia el mar, distinguíamos, eso sí, patente, la negra e imponente figura del velero, ya muy escorado. Mientras conversábamos entre nosotros e intercambiábamos opiniones acerca de lo que podríamos hacer, el capitán ordenó que no nos separáramos, que permaneciéramos todos agrupados, que nadie dispusiera nada por su cuenta y riesgo y que todos quedáramos pendientes de sus órdenes. Esto último, lo repitió varias veces, temeroso tal vez de que alguno de nosotros se asustara, entrara en pánico y agravara la situación. Ante todo esto y en un rápido análisis de lo que nos acontecía, concluimos que lo primero que había que hacer era tratar de conseguir ayuda a como fuera, pues era muy peligroso quedarse en una playa desconocida, a la intemperie, soportando un frío tan intenso y expuestos, además, a una imprevista lluvia. El capitán resolvió entonces que él y Pocho partirían en busca de ayuda y decidieron comenzar de inmediato a 88


caminar hacia el faro de Punta Méndez, guiados por su luz, nuestro único punto de referencia visible, para buscar auxilio ahí. Y así fue como sin más dilación, provistos de una linterna y de algunas frazadas para abrigarse pero sin agua y ni provisiones, de inmediato se apresuraron a partir. Mientras desaparecían en la oscuridad como tragados por ella, sólo podíamos desearles que tuvieran suerte y que encontraran a alguien que pudiera socorremos; cuanto antes, mejor. Todo esto aconteció en el ámbito de sólo unos metros a la redonda, pues estaba todo tan obscuro que no nos atrevíamos a desplazamos hacia ningún lado. Pronto el mar se retiró y dejó el casco del velero a la vista, sobre la playa, como una fantasmal figura, lo que nos permitió llegar hasta él con la luz de nuestras linternas y luego colgar un cabo del pescante del ancla con su ayuda, trepando, conseguimos subirnos al casco e ingresamos a la cabina en busca de algunas frazadas que con el apuro no habíamos bajado y que ahora, con el frío que estábamos sintiendo, nos hacían mucha falta. Al poco rato el cielo se despejó y ya muy agotados y envueltos en las frazadas nos preparamos para pasar la noche. Kloch y Hausen durmieron dentro del bote, acostados como pudieron sobre sus cuadernas, al amparo del viento. En tanto que García y Faúndez lo hicieron en la playa, protegidos del viento contra los bultos. Quedaron todos enrollados en las frazadas, como dentro de un cucurucho, pues las frazadas eran lo único de que disponíamos para abrigarnos, pero con los pies y los pantalones totalmente mojados. Quedé de guardia. El viento soplaba cada vez más fuerte y el frío se hacía sentir más y más. Al poco rato oí unos quejidos y me pude percatar que quien estaba quejándose era Antonito, el que comenzó a sentir que se le enfriaban los pies. Me dijo que tenía miedo que se le helaran, tiritaba y se quejaba mucho, así que le envolví las piernas con frazadas y al poco rato dejó de quejarse y se durmió. Le puse dos frazadas, enrollándolo con ellas. Luego me abrigué bien, yo también con dos frazadas, una puesta sobre los hombros y la otra sobre la cabeza, encima de mi gorra. Caminaba constantemente, en un reducido espacio, de un lado para otro para no enfriarme, mientras golpeaba el suelo con mis botas de goma tratando así de mantener el calor del cuerpo. Me castañeteaban los dientes en forma mecánica, sin que pudiera evitarlo. Trataba de afirmar mis mandíbulas, pero los dientes de todas maneras seguían golpeando. Nunca antes me había pasado algo igual. Traté de encender una fogata pues tenía fósforos en el bolsillo de uno de los pantalones, el más interior, pero no encontré nada al alcance de mis manos que pudiera servirme para encender un fuego. Estos fósforos eran los que me había regalado el guarda faro de Punta Delgada y yo los había puesto ahí un momento antes de saltar al bote en un acto casi reflejo, seguramente dictado por mi instinto de supervivencia que me estaba indicando que podríamos necesitar un fuego. Pensé que tal vez podrían haber zorros y el fuego los ahuyentaría, además de servir para calentarme. Miraba los alrededores, hasta donde alcanzaba a ver, pero no encontraba nada que pudiera quemar. Sentía mis botas mojadas y las piernas empapadas. Me preguntaba si los alrededores estarían poblados o si nadie viviese por ahí. También me tenía preocupado el que hubiera o no agua dulce para beber. Oía claramente el ruido de la resaca.

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De pronto la luz de la luna iluminó la escena y pude ver, ahora con cierta claridad, que el paisaje estaba conformado por colinas y por una pequeña montaña que se veía a unos mil metros hacia el este. Veía perfectamente las luces de los faros de Punta Méndez, Punta Delgada y Punta Satélite, todas con sus destellos regulares. Las veía nítidamente; las dos primeras hacia el norte y la última hacia el oeste. Hubo un momento en que levanté la vista para mirar el firmamento y mejor no lo hubiera hecho. Me asusté. Esta fue la única vez en todo este viaje en que sentí una profunda sensación de miedo. Realmente me asusté. Me pareció que un millón de estrellas se me vendrían encima y me aniquilarían en cualquier momento. Había una infinidad de estrellas como yo nunca antes había visto, todas brillantes y clarísimas. Llenaban toda la bóveda, desde el cénit hasta abajo en los bordes. Y ahí, justo arriba de mi cabeza, entre todas ellas se destacaba la Cruz del Sur, majestuosa y refulgente, con sus brazos extendidos como queriendo ampararnos en nuestra desdicha. Durante toda la navegación yo la había podido ver casi noche a noche; pero ahora la veía diferente. Ahora, no sólo la veía, sino que podía sentir su presencia allá arriba; sentía como que estaba ahí observándome y protegiéndome. Era extraordinario; mientras más fijaba yo la vista en un sector, más estrellas iban apareciendo; me causaba la impresión que al mirar con atención como que se iban multiplicando. Las había por todas partes contra un fondo negro profundo mientras se me presentaban como una sobrecogedora pirotecnia sideral. Increíble. Entonces sólo atiné a apretar las frazadas con los brazos fuertemente contra mi cuerpo, en un inútil e instintivo gesto de protección y al instante me invadió una sensación de congoja. Mientras veía infinidad de estrellas que parecían estar al alcance de mis manos observándome desde todos los ángulos del universo, me sentí desamparado y empequeñecido, solitario e intranscendente; me sentí sólo un diminuto e insignificante grano de polvo; sentí que yo no era nada, absolutamente nada. En ese momento me estremeció un golpe de frío; un frío interior, como si me hubiera penetrado hasta los mismos huesos. Estaba exhausto. Un instante después el sueño y el cansancio me vencieron. A la mañana siguiente, desperté sobre la playa, envuelto en las frazadas y acurrucado contra los bultos. Estaba hecho un ovillo. Era el dos de marzo y el sol ya estaba alto sobre el horizonte iluminándolo todo. Casi al mismo tiempo despertó el resto de la tripulación y al poco rato estábamos ya todos de pie y en movimiento mirando con atención y con curiosidad todo cuanto nos rodeaba. Ahora veíamos claramente donde estábamos: se trataba de una angosta playa desprovista de rocas que topaba hacia tierra con una baja barranca sobre la que se extendía una pequeña meseta. Más allá, las colinas y la pequeña montaña que ya habíamos podido distinguir durante la noche.

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Lo primero que hicimos al despertar fue ir al velero a ver cómo había quedado todo ahí dentro. El mar se había retirado dejando la playa al descubierto pues era el momento de la marea baja. El casco estaba recostado sobre la playa con la apariencia de un gigante herido y derrotado, inclinado unos cuarenta a cuarenta y cinco grados sobre su banda de estribor. Lo encontrábamos raro, extraño, así inerte, acostumbrado como estábamos a verlo permanentemente en movimiento, vivo y ágil. Comenzamos a dar vueltas a su alrededor mientras inspeccionábamos el casco minuciosamente y vimos que no tenía daño alguno, ni siquiera un sólo rasguño; dimos varias vueltas a su alrededor mientras lo recorríamos tabla por tabla. No nos convencíamos. Definitivamente el viento nos había empujado sobre una playa de arena que no tenía más de unos doscientos metros de largo. No se veía una sola roca en toda la playa. No lo podíamos creer. Un verdadero milagro. El resto de la costa se veía totalmente escarpado, cortado a pique como un paredón, tal como la habíamos visto navegando. Un rato después, trepándonos por un cabo que colgaba del pescante del ancla, subimos a la cubierta e ingresamos a la cabina para echar un vistazo en su interior. Ahí pudimos comprobar que dentro del velero nada había quedado en su lugar; todo se había caído. Había ahí un gran desorden. Muchos comestibles estaban desparramados entre las papas que cubrían el piso pues se había abierto la puerta del camarote donde estaban estibados. Se podían ver, entre las papas, paquetes con fideos, quesos en cantidad, paquetes con arroz, la mayoría de ellos rotos, unas latas de aceite de oliva también rotas y el aceite desparramado filtrándose entre las tablas del piso todo entremezclado con los restos de la cabuyería, pues también se había abierto la puerta del camarote que hacía las veces de pañol. Una buena cantidad de tarros con leche condensada estaba en el piso entre las papas y el resto del desparramo que ahí había. Dentro de este desorden, tratábamos de conseguir un poco de agua con la intención de preparamos algo para desayunar y como no logramos hacer funcionar la bomba del agua, seguramente debido a la inclinación del tanque, abrimos un tanque de agua y aspirando con la ayuda de un trozo de manguera, llenamos la única olla que nos quedaba usable y en ella nos preparamos algo de comer mezclando leche en polvo con quaker y agregándole unos pedazos del duro queso de rallar; lo que sólo con muy buena voluntad y mucha imaginación y hambre podría haberse llamado un desayuno. Todo frío, como es de suponer. Luego de “desayunar,” yo aproveché para recuperar mi supuesto necessaire. No tuve que buscar mucho; ahora, con la luz de día, lo encontré al pié de mi litera, entre la tablazón del doble forro. Fue recién en ese momento cuando me asombré de que una pérdida tan insignificante como esa me hubiere preocupado mientras estábamos tratando de abandonar el velero dentro de la confusión y la angustia que vivíamos en esos instantes de zozobra. Ya satisfecha nuestra primaria necesidad de alimento, comenzamos a preocupamos por el capitán y por Pocho, pues no sabíamos qué pudiera haber pasado con ellos. ¿Habrían llegado a algún poblado? ¿Se habrían accidentado caminando en la oscuridad? ¿Dónde estarían? Caminar en una región desconocida, de noche, sin más guía que sólo la luz de un faro el que perfectamente podría estar deshabitado, era muy arriesgado y podía significar para nosotros una larga espera antes de que volvieran con ayuda. 91


Como el tiempo transcurría y no regresaban, y no queríamos por nada pasar otra noche a la intemperie, acordamos esperarlos sólo hasta el medio día y luego comenzar a caminar hacia el sur, hasta un lugar marcado en la carta de navegación como Punta Baja. Ahí, de acuerdo con lo que indicaba el Pilot's Book, había un refugio para náufragos. Calculábamos que alcanzaríamos a llegar antes de la caída del sol y con el propósito de orientarlos, si es que regresaban, les dejaríamos un mensaje indicando donde estábamos escrito con piedras en la arena. Hausen propuso que dibujáramos una flecha indicando el sur y las letras P.B. (Punta Baja). Luego subimos a la pequeña meseta que teníamos enfrente y que miraba hacia el mar y desde su poca altura pudimos, no obstante, ver que la naturaleza circundante se nos mostraba tranquila y apacible, pero carente absolutamente de vida. No se divisaba un sólo árbol por ninguna parte, ni se veía pájaro alguno. Sólo se veían matorrales con sus ramas orientadas en la dirección del viento, todos achatados y como abrochados a la tierra, con sus tallos siempre a sotavento resistiéndose a que el viento se los llevara. Todo el entorno aparentaba ser inhóspito y desolado. El cielo cambiaba bruscamente de despejado a nublado y las nubes pasaban raudamente y espaciadas, como si fueran persiguiéndose una a otra sin lograr darse alcance. El aire se notaba diáfano y se sentía muy frío. El único sonido que rompía la quietud venía desde el mar y nos traía la cadencia de las olas. Varios guanacos que al poco rato se habían transformado en muchos, comenzaron a aparecer sobre las colinas cercanas. Todos tenían la apariencia de ser muy curiosos; sus movimientos los mostraban nobles y distinguidos, moviéndose parsimoniosos y con mucha elegancia en su caminar; eran la única señal de vida hasta donde alcanzábamos a ver. Un cielo de un azul intenso abovedaba todo este paisaje. A la soledad y al desamparo del entorno, se nos sumaba la ausencia del capitán el que con su presencia nos infundía siempre una sensación de seguridad y de tranquilidad. El que no estuviere nos hacía sentimos desprotegidos y desamparados; ahora estábamos librados a nuestros propios recursos sin poder contar con su vasta experiencia. En eso estábamos, cuando inesperadamente, a alrededor de la 11.00hs., apareció sobre una colina un jinete. Lo veíamos claramente, allá en la altura. Permaneció ahí por un largo rato sin moverse, fijo, observándonos desde lo alto como si fuera una estatua ecuestre, en tanto que aparentemente nos estudiaba. Luego, mientras esperábamos su reacción, bajó hacia la playa lentamente, se nos acercó con mucha cautela y nos dijo, casi con monosílabos, que pertenecía a una Estancia que estaba a unos cinco kilómetros de ahí. Era un pastor de ovejas y quedó tan sorprendido él de nosotros como lo quedamos nosotros de él. Nos observaba de arriba abajo y de abajo arriba, precavido, sin bajar del caballo. Esto nos permitió a nosotros observarlo también a él con detenimiento y pudimos ver que estaba muy bien abrigado, con un grueso poncho, gorro de lana, botas de caña alta y guantes. Lo que más me impresionó de él fue su rostro muy quemado, casi curtido, evidentemente por el sol, el frío y el viento de esos lugares. Era muy parco y parecía no creer lo que sus ojos estaban viendo; nos miraba como si fuéramos fantasmas y 92


seguramente eso fue lo que le parecimos, con nuestros rostros demacrados, todos barbudos, unos morenos y otros rubios, muy sucios, con nuestras abundantes ropas mugrientas y rotas, envueltos todos en las frazadas y moviéndonos muy lentamente, realmente como si fuéramos unos fantasmas. La verdad era que estábamos hechos unos esperpentos. Mi elegante impermeable inglés, que no tenía ya espacio para recibir una mancha más, hacía tiempo que había perdido los botones y muchas de sus costuras se habían abierto, lo que me obligaba a atarlo enrollándolo con un cordel, perdiendo así su otrora elegante corte. Los demás no estaban mejor presentados que yo y nuestro aspecto era realmente lastimoso; al movernos lentamente parecíamos verdaderos zombis. Tardó en decidirse a hablamos y después de algunas cortas palabras se fue rápidamente como si hubiera quedado espantado de lo que estaba viendo. Al irse nos dijo que avisaría a su patrón y que su nombre era Barrientos. En ningún momento bajó del caballo. Cuando se fue quedamos más tranquilos; ahora ya sabíamos que a cinco kilómetros de caminata había una casa y gente a la que podríamos recurrir en busca de ayuda. La referencia que nosotros teníamos de Tierra del Fuego era que estaba escasamente poblada, así que nos alegró y nos tranquilizó el saber que cerca de ahí había gente a la que podríamos recurrir. Una hora después que nos dejó, mientras estábamos tratando de bajar a tierra algunos comestibles con la intención de llevarlos en la caminata, aparecieron en una camioneta el capitán y Pocho. Vaya sorpresa! No esperábamos que regresaran tan pronto. Nos sorprendimos gratamente con su llegada y nos alegramos mucho de volver a verlos, generando este reencuentro un gran alboroto y una algarabía y confundiéndonos todos en abrazos que incluyeron también al chofer de la camioneta. Nosotros no esperábamos que aparecieran en una camioneta, lo que significaba que no sólo habían encontrado ayuda sino que también habían dado con la civilización y que ya no tendríamos que dormir a la intemperie. El primer pensamiento que me vino a la mente fue que esa noche dormiríamos bajo techo y sobre una cama que no se balanceaba. Cuando les preguntamos cómo les había ido en su caminata en la oscuridad, nos contaron que luego de haber caminado toda esa noche sin descanso, guiándose por una luz ( una de esas luces que nosotros habíamos visto navegando y que tanto nos intrigaron ), encontraron, ya de madrugada, el campamento de una Planta de Petróleo llamado “Manantiales," que pertenecía a Enap (Empresa Nacional del Petróleo) donde pidieron ayuda. Todo esto después de atravesar colinas, matorrales y pantanos, saltando cercas, tropezando, con las ropas rasgadas por los alambrados, cansados y sucios, con sus pantalones embarrados y sus zapatos embarrados totalmente empapados y por supuesto cubiertos con las frazadas puestas sobre sus cabezas. Aparecidos así, de improviso, de madrugada y en esas soledades, - nos decían – al personal de Enap le deben de haber parecido monjes errantes del Medioevo extraviados en el tiempo y el espacio. Ahí, en la portería del campamento, - prosiguieron relatándonos -pidieron ayuda. Las autoridades de la Planta, despertadas e informadas que había ahí unos náufragos pidiendo socorro, llegaron a la portería y se encontraron con un hombre de unos 55 años y un muchacho, ambos sucios, desgarbados y extenuados, en un estado lamentable, que decían pertenecer a la tripulación de un velero que había encallado en el Estrecho y que estaban rogando se les brindara socorro. 93


Ya repuestos de su asombro inicial, los atendieron, los tranquilizaron, les dieron de comer, les ofrecieron alojamiento para todos nosotros y pusieron una camioneta con un chofer a su disposición para que vinieran en auxilio nuestro. Terminado su relato, rápidamente nos organizamos para irnos de la playa lo antes posible pues nos daba pánico la sola idea de tener que pasar otra noche a la intemperie. Cada uno cargó con su bulto y caminando con mucha dificultad llevamos los bultos por la arena y entre los matorrales durante más o menos medio kilómetro, pues la camioneta no encontró huella para bajar a la playa. Antes de eso hicimos dos viajes al velero para tratar de rescatar algunos alimentos pensando que podríamos necesitarlos, pero la marea creciente nos impidió el paso y nos obligó a desistir y a dejar muchas cosas a bordo. Todo esto lo hicimos moviéndonos con mucha lentitud pues estábamos muy cansados y muy debilitados. Pocas fuerzas nos iban quedando ya. Además nuestras muy mugrientas ropas no nos permitían mucha libertad de movimiento y no nos dejaban mover con soltura pues se habían puesto rígidas con la mugre que se había ido acumulando durante toda la navegación y se había secado sobre ellas. Mis pantalones los sentía endurecidos por el aceite, la grasa y la mugre, los que al secarse sobre ellos hacían que al caminar fueran sonando con un crujido como de vidrios molidos. Justo en el momento en que estábamos alcanzando la camioneta, nos sorprendimos con la llegada de otro jinete; esta vez se trataba del dueño de la Estancia. Se notaba muy confundido y preocupado por lo que nos había pasado y luego de presentarse, nos dijo que había venido en nuestra ayuda tan pronto como pudo. Era una persona de baja estatura, de ojos vivaces, muy gentil y educada y de modales y expresión que lo mostraban como una persona mundana e inmediatamente mi curiosidad hizo que me preguntara íntimamente qué estaría haciendo ahí, en esos páramos, en el fin del mundo. Fue muy amable e insistió en ofrecemos alojamiento para dos de nosotros en las casas de su Estancia, con el propósito - nos dijo - de que pudieran permanecer cerca del velero y así vigilar para evitar posibles robos. Nos preguntó de dónde éramos, de dónde veníamos y para donde íbamos, algo perplejo e intrigado, tal vez al encontrarse con una tripulación tan internacional, todos flacos y en un estado lastimoso, que muy poco hablaban y que pertenecían a un velero que además no mostraba bandera, ni identificación alguna. Así que en la camioneta nos trasladamos todos a la estancia llevando nuestros bultos y pensando, mientras la camioneta se movía zarandeándose por un pésimo camino, que esa noche dormiríamos bajo techo. En una libretita que me acompañó durante toda la travesía en al bolsillo de atrás de mi primer pantalón, tengo anotado que el nombre de la Estancia: era Estancia Consuelo y que el de su propietario, era Jaime Rovira. Sentíamos mucha sed, mucho hambre y mucho cansancio; estábamos muy, pero muy agotados. Yo, lo único que quería era una cama para dormir. En cuanto entramos a la casa de la estancia un halo caliente nos golpeó el rostro y nos sentimos de inmediato acariciados por el grato ambiente que ahí había. La casa estaba muy bien calefaccionada, calentita y acogedora, contrastando con la inclemencia exterior. Lo primero que hicimos fue arrimarnos en torno a la cocina, que era de fierro fundido, muy grande, con varias hornallas y con una gruesa y alta chimenea que contribuía a esparcir su calor; y con el agradable calor que esta irradiaba aprovechamos para calentar el cuerpo y secar los pantalones, los calcetines, los zapatos y los pies. Ahí 94


comimos, bebimos y descansamos reacondicionando así nuestros cansados cuerpos, mientras ya más tranquilos y distendidos, fuimos entrando en confianza con sus moradores: el dueño y los peones. Fue entonces cuando le explicamos al dueño de la Estancia quiénes éramos y hacia dónde íbamos. Tanto el dueño como los peones, mientras nos escuchaban, nos miraban como bichos raros sin saber si creer o no lo que estábamos diciendo y manteniendo con nosotros una actitud cautelosa. El capitán, Antonito y Pocho, luego de haber descansado un par de horas, siguieron en la camioneta ese mismo día en la tarde a Manantiales llevando todos nuestros bultos. En tanto que Faúndez y yo, fuimos en un segundo viaje al día siguiente. Por su parte, Kloch y Hausen prefirieron quedar a alojar en la Estancia con el compromiso de vigilar diariamente el velero, lo que significaba que tendrían que hacer una larga y cansadora caminata hasta la playa todos los días. Las llamadas casas de la Estancia, era un bungallow bastante grande, de buena construcción, sólido, con todo el confort de un moderno departamento y ahí nada faltaba. Estaba muy bien amoblado y aprovisionado, sin absolutamente ningún lujo pero con todo lo necesario para poder vivir ahí por meses sin contacto con el exterior. Abusando de la amabilidad del dueño de la Estancia "Consuelo”, todos nos afeitamos nuestra barba de treinta días y nos liberamos de nuestra mugre, también de treinta días, mediante un baño caliente que hacía mucho que no disfrutábamos. Me corresponde aquí reconocer que el muy abundante jabón que usamos fue una gentileza de la Estancia “Consuelo.” Recuerdo - y nunca podré olvidarlo - que yo estuve durante cuarenta y cinco minutos bajo una reconfortante ducha caliente y que al sacarme mis cuatro pantalones, estos siguieron de pié sobre el piso del baño; la mugre casi los había solidificado. Sólo yo sé cuanto necesitaba esa ducha y cuanto la disfruté. El agua caliente abrió mis poros y mi piel volvió a respirar por ellos dándome la sensación de que hasta el raciocinio se me había despejado y mejorado. Después de esa ducha caliente, me sentí realmente otra persona; como que ese baño caliente fue el que marcó la separación definitiva entre mi estado de náufrago y mi estado de rescatado; como si el agua caliente hubiera ahuyentado todo vestigio de angustia. La Estancia era un gran establecimiento dedicado a la crianza de ovejas. La casa llamaba la atención por tener una cocina muy grande y acogedora, calefaccionada a leña, que además de ser usada como cocina hacía las veces de living, de comedor, de alacena y de depósito y toda la actividad diaria se desarrollaba en ella. En un costado, sobre unas banquetas, se podían ver varias monturas con sus arreos y algo más allá, sobre una repisa, un radiotransmisor, también de tubos, conectado a unas baterías de auto. Mirando hacia afuera se podían ver piños de ovejas por todas partes, donde uno mirara, guiados siempre por sus perros pastores. Las comunicaciones y la información se hacían por medio de una radio comercial de Punta Arenas que cubría toda la región y que varias veces al día, en un horario preestablecido, transmitía mensajes personales de y para los pobladores de la zona intercomunicando así a todos ellos. 95


Aquí y ya con algo más de confianza, rota la primera actitud de recelo y de desconfianza hacia nosotros, en el curso de una de las conversaciones, el dueño de la Estancia nos confidenció que en un primer momento había pensado que se trataba de contrabandistas que habían encallado a propósito para desembarcar mercancías y que por eso habían elegido una playa desprovista de rocas; whisky o tal vez, nos dijo, ropa de nylon, la que en esos años recién se empezaba a conocer por esos mercados y cuya internación estaba fuertemente grabada por la aduana chilena. También nos comentó que le causó mucha extrañeza que el velero no llevara identificación alguna, ni el número de su matrícula, ni bandera, ni siquiera su nombre, lo que contribuyó, aún más, a hacerle pensar que se trataba de contrabandistas. Al día siguiente en la tarde regresó a buscamos la camioneta y en un par de horas llegamos al campamento de Enap. Cuando llegamos, ya era noche. Una vez instalados en el campamento de esta empresa petrolera, definitivamente nuestra vida cambió. Ahí nos codeamos nuevamente con la civilización y con sus beneficios. Dispusimos de agua caliente en abundancia, salas de baño individuales, radio, cine, confortables dormitorios, comidas de primera clase, un desayuno cinco estrellas todas las mañanas y sobre todo de una bienvenida recepción, la que evidentemente no esperábamos ni merecíamos. Y lo más importante en el orden personal: volvimos a vestirnos con ropa limpia y planchada, algo que ya habíamos olvidado definitivamente. Todo esto fue para nosotros asombroso pues no esperábamos encontrar todas estas comodidades en plena Tierra del Fuego, a la que nosotros creíamos casi deshabitada y desvinculada del mundo civilizado. Los jefes del campamento se acercaban a nosotros para presentarse y conocernos así como también para inquirir antecedentes sobre nuestra travesía, los que con abundancia de detalles les íbamos entregando en las muchas conversaciones que tuvimos con ellos. Se mostraron siempre muy afables y muy interesados en mitigar nuestra aflictiva situación. El peligro finalmente había pasado y ya no había de qué preocuparse. El susto había quedado atrás y aquí, del todo tranquilizados y normalizados, enviamos cartas a nuestras familias, a través de un servicio de correo que había en el campamento, para tranquilizarlas también, ya que nosotros nos habíamos comprometido a informarles de nuestra travesía a medida que fuéramos avanzando, conectándonos con las radios costeras de la Patagonia y cuyo detalle de sus frecuencias llevábamos en una pequeña libreta que aún conservo. Al día siguiente de nuestra llegada al campamento, el capitán viajó en avión a Punta Arenas para conversar con el Agente del Seguro y resolver qué se haría finalmente con el velero. Mientras nosotros quedamos en "Manantiales" esperando sus noticias y disfrutando de la muy buena acogida que ahí habíamos encontrado. Allí nos enteramos que las luces que habíamos visto navegando y que tanto nos intrigaron, eran llamas de los gases que se quemaban desde los pozos de petróleo, día y 96


noche. Una vista semejante a esta, al aproximarse a ellas y mirarlas a lo lejos desde el mar, tuvieron los marinos españoles que descubrieron esas tierras; ellos también vieron resplandores por todas partes, pero, naturalmente, los resplandores que ellos vieron fueron los de las fogatas que encendían los indígenas. Pudieron ver fogatas y fumarolas por donde miraran mantenidas encendidas noche y día por los indios para conservar el calor de sus cuerpos. Incluso, mantenían estos fuegos llevando brazas encendidas sobre un lecho de arena y de hierbas húmedas en el piso de sus canoas de corteza de árbol cuando se trasladaban de un lugar a otro. De ahí que los descubridores bautizaran a esas tierras como Tierra del Fuego. Mientras permanecimos en el campamento, como disponíamos de tiempo, aprovechamos para recorrer los alrededores de "Manantiales" y toda esa región, tan remota y tan desconocida para nosotros. Diariamente, luego de un copioso desayuno, visitábamos los pozos de petróleo y aprendimos cómo funcionaban y cómo se operaban. Habían muchos en los alrededores del campamento. Siempre invitados por el personal de Enap, también conocimos la región norte de Tierra del Fuego y pudimos comprobar que su riqueza la compartían las ovejas y el petróleo. Nunca nos hubiéramos imaginado que una región tan remota estuviere tan racionalmente explotada. Y así, entre paseo y paseo, descansábamos y comenzábamos a recuperar peso y a reponernos físicamente ayudados por la muy buena cocina que había en el campamento. Pero mientras los días iban pasando y el tiempo transcurría entre buena alimentación, paseos y descanso, no nos llegaban noticias de nuestro capitán. Ya comenzábamos a inquietarnos, cuando finalmente recibimos sus novedades: nos envió un mensaje por la radio informando que vendría un remolcador desde Punta Arenas para tratar de reflotar el velero y trasladarlo a Punta Arenas donde se le repararía el motor y se le montaría un nuevo palo; así que resolvimos regresar a la estancia “Consuelo”. Resuelta ya nuestra partida de “Manantiales”, en esta parte del relato, mi gratitud y mi reconocimiento me obligan a hacer un alto para dejar constancia de mi agradecimiento a Roy Flowers, uno de los camareros del campamento de Enap. Nunca olvidaré su nombre y su rostro; tampoco su amabilidad. A él le debemos los abundantes y repletos platos con porridge con que nos regalaba en cada desayuno bajo su personal responsabilidad y que tanto contribuyeron a recuperar y normalizar nuestro peso. Con bonhomía y una actitud cómplice, nos repetía - tanto como nosotros lo deseáramos - un plato con porridge tras otro. Repletos, abundantes y sabrosos. Roy, no sé dónde estés después de tantos años, pero estés donde estés; aquí abajo o allá arriba, en el tormentoso y a veces tan azul cielo de Tierra del Fuego, si en su oportunidad no te lo agradecí, lo hago ahora: muchas gracias por todo lo que hiciste por nosotros. Después de despedimos del personal de Enap que tan bien se habían portado con nosotros, en un camión de la Empresa nos fuimos todos a la Estancia "Consuelo" para poder estar cerca del velero a la espera de la llegada del remolcador que nos había anunciado el capitán. Ya instalados nuevamente en la Estancia, desde ahí todos los días íbamos hasta la playa en una larga y cansadora caminata pero que nos venía muy bien como ejercicio físico después de la regalada vida que habíamos llevado en el Campamento de Enap. 97


Para solucionar el problema de la alimentación y no seguir abusando de la muy buena voluntad del dueño de la Estancia , el capitán nos autorizó a comprar unos corderos faenados los que llevamos hasta el velero y colgamos de los pescantes del bote. Tanto era el frío del ambiente, que ahí se conservaban perfectamente como si hubieran estado dentro de un gran refrigerador natural; y a decir verdad, así era. Todos los días cortábamos unos trozos con los que preparábamos un sabroso asado en la playa, lentamente y bien adobado, sin ningún apuro, tal como si hubiéramos estado de pic nic en un dominical paseo campestre. Los pastos de esa región, muy salobres, le dan a la carne de cordero un gusto muy especial que la hace muy apetitosa. Desde cuando temprano en la mañana partíamos en la caminata desde la Estancia, ya íbamos imaginando y comentando qué trozos de los corderos asaríamos ese día, como preparando nuestros jugos gástricos para ese diario y sabroso menú de campaña. Tanto fue el cordero que comimos en aquellos días que llegamos a temer que nos saliera lana en la espalda. Tanto en la Estancia como en el Campamento de Enap, nos habían comentado que en Tierra del Fuego es posible ver las cuatro estaciones climáticas del año, primavera, verano, otoño e invierno, reproducidas por la naturaleza en un sólo día. En estas prolongadas caminatas de ida y vuelta a y desde la playa y en sus estadías ahí, pudimos comprobar que algunos días, realmente así era. Efectivamente, los mediodía se presentaban primaverales, en tanto que las primeras horas de la tarde se nos aparecían con un sol fuerte que aumentaba la temperatura pareciendo esas horas como de pleno verano. Luego se nublaba y bajaba la temperatura como si estuviéramos en otoño y en las últimas horas de la tarde, el cielo se ponía tormentoso y encapotado y caía una rápida y fría lluvia que sumada a la baja temperatura, nos trasladaba a un típico día de invierno. Y todo este cambio climático acontecía en las doce horas de un día. Varias veces en nuestra caminata de regreso nos pilló una fría lluvia y casi todos los mediodía, mientras preparábamos el fuego para el asado, el día se nos presentaba entre primaveral y veraniego, muy, pero muy agradable. Todo esto nos confirmaba lo que nos habían comentado sobre estos cambios climáticos que reproducen las cuatro estaciones del año en cada día. Esos días los fuimos pasando sin mayor preocupación, sólo esperando la llegada del remolcador, comiendo asado y paseando por los alrededores del velero, sin alejarnos mucho. Cuando la marea lo permitía, subíamos al velero para echar un vistazo en su interior. Nos causaba pena el verlo postrado y maltrecho, inmovilizado sobre la playa, y todos los días agradecíamos el haber encallado en una playa y no sobre un roquerío, lo que tal vez no me habría permitido estar escribiendo este relato. Ahí, a más o menos unos veinte metros sobre la playa, había una pequeña planicie, justo frente a donde habíamos encallado. Solíamos caminar sobre ella mientras esperábamos el remolcador, frecuentemente en las tardes, después del asado. Desde esta planicie se dominaba la Primera Angostura de costa a costa y desde ella nos sería fácil divisar, a la distancia, la aparición del remolcador. Una tarde, en uno de estos habituales paseos, pero algo más al sur que de costumbre, pisamos unas pequeñas piedras chatas, muy planas, de diferentes tamaños que estaban semi ocultas en la arena. Al recogerlas, vimos que eran talladas y de una forma muy especial: puntiagudas y afiladas. Eran puntas de flechas y de lanzas usadas por los indios que habitaban en esa región, tal vez desde 98


siempre, para cazar y pescar. Luego de salidos del primer momento de asombro, nos trabamos en una discusión sobre a qué razas indígenas habrían pertenecido, si a onas, yaganes o alacalufes. Pero de regreso en la Estancia, ya de noche, mientras cenábamos, el personal de la Estancia nos aclaró que muy probablemente eran de los indios onas ya que los yaganes y los alacalufes, si bien habitaban en Tierra del Fuego, lo hacían en otra región de la isla. Muchas estaban rotas, otras, perfectamente preservadas, mientras algunas estaban aún sin su forma acabada, a medio tallar. Habían algunas muy chicas, de no más de dos centímetros y otras de hasta de diez centímetros. Eran de distintos colores y de diferentes tipos de piedras. Algunas tenían sus bordes afilados y redondeados, sin puntas ni pedúnculos y parecían más bien la hoja de una pequeña hacha. Había una gran cantidad y todos recogimos algunas, las que nos servirían como recuerdo del lugar donde habíamos encallado. Yo recogí muchas y aún conservo varias. Por los distintos grados de terminación que tenían y por su gran abundancia, me quedó la impresión que ese era el lugar donde las tallaban, seguramente golpeándolas con otras piedras más resistentes. Finalmente un día apareció el remolcador que estábamos esperando y que venía desde Punta Arenas para rescatar el velero. Su nombra era “Herminita". Estábamos ya en la segunda quincena de marzo. Nuestro capitán, quien venía en el remolcador, bajó en el mismo bote con el capitán del remolcador y se encargó de hacer las presentaciones del caso. Con su regreso de inmediato volvimos a sentimos seguros y protegidos y del todo confiados en que él sabría cómo reflotar el velero para proseguir con nuestra navegación. En cuanto al capitán del remolcador, a pesar de ser un hombre de muy pocas palabras así como el resto de su tripulación – nos explicó no obstante detalladamente la maniobra que haría para reflotar el velero. Esta consistía en pasar unos gruesos maderos por debajo de su casco, cruzándolo y apoyados, por supuesto, sobre la playa, de modo de permitir sobre ellos su deslizamiento hacia el mar. Un grueso cable sería asegurado alrededor del casco, abrazándolo y luego se haría firme en el remolcador. Los maderos se cubrirían con grasa para facilitar el deslizamiento. Todos los tripulantes del remolcador estaban muy bien abrigados, recuerdo que con unos gruesos chalecos de lana y con unos coloridos gorros, muy llamativos, también de lana que nos impresionaron precisamente por sus vivos colores. Como nosotros no teníamos intervención alguna en esta faena, nos limitamos a permanecer en calidad de observadores desde la meseta que estaba frente a la playa y mientras estábamos ahí observándolo todo como desde un anfiteatro, pudimos ver cómo, cuando habían ya comenzado a prepararla desembarcando los pesados maderos y el grueso y largo cable, un imprevisto cabeceo del "Herminita" y luego otro más hizo que su capitán levantara la vista para otear el sur y se percatara que venían nubarrones negros desde allá. También los vimos nosotros claramente; cubrían ya todo el sur. Luego pude ver cómo se abrochó y subió el cuello de su grueso chaleco de lana, pues se levantó frío. Terminaba de hacerlo, cuando la cadena del ancla del remolcador dio un tirón y esto le bastó para confirmarle que venía un frente de mal tiempo. 99


Una vez más, sorpresivamente, hacía su aparición la trilogía de frío, viento y mar gruesa que nos enviaban desde el casquete polar, siempre por el sudoeste y siempre con mucha premura. Entonces, inmediatamente se dio la orden de suspender la faena pues era evidente que se acercaba un temporal. Así que nos apresuramos, nosotros a emprender la marcha a paso redoblado hacia la Estancia para ponernos a resguardo del mismo y los tripulantes del remolcador a recoger lo que ya habían desembarcado y a subir rápidamente a los botes comenzando de inmediato a remar hacia el “Herminita" que los esperaba con el motor en marcha. Nos separamos y nos despedimos con el acuerdo de que nos avisarían por la radio comercial de Punta Arenas, el día y la hora en que se haría un nuevo intento; mientras buscaban refugio en Punta Delgada. Cuando aún caminábamos hacia las casas de la Estancia, ya los primeros nubarrones nos habían dado alcance y pasaron amenazantes y más negros que nunca sobre nuestras cabezas. Afortunadamente esta vez nos pillaban sobre tierra firme y no sobre el velero, de lo que todos nosotros mucho nos alegramos. En estas diarias caminatas hacia y desde la playa, siempre tratábamos algún tema mientras íbamos avanzando, conversando para amenizar la marcha y acortar el tiempo, tratando una infinidad de temas que abarcaban los tópicos más diversos. Desde algunos muy eruditos, como mitología nórdica ( invariablemente en boca del capitán pues nosotros éramos nulos en el tema, ya que ni siquiera sabíamos de la existencia de Odín, el Zeus de los nórdicos ) hasta otros más terrenales, como ser la mejor manera de hacer un falcaceado parejo y prolijo, o bien la de mover la muñeca cuando se rema a espadilla, o la forma correcta de lanzar una espía; en fin, una variedad de temas destinados a acortar el tiempo de marcha. Estas conversaciones se amenizaban también con algunas densas intervenciones del motorista Karl Hausen referidas siempre, como era de esperar, al funcionamiento del motor y sus muchas variantes. En estas caminatas llegamos a familiarizarnos con nombres como Odín, Thor, Ull, todos dioses nórdicos que a mí se me imaginaban altos, barbudos y pelirrojos, montados en un drakkar y navegando en un mar tormentoso. Pero esta vez hicimos la caminata en un total silencio, apurando el paso y mirando los negros nubarrones literalmente rodando sobre nuestras cabezas como si de un momento a otro fueran a descolgarse de la tormenta y a desplomarse sobre nosotros. Nos parecía que con sólo estirarnos un poco podríamos tocarlos con las manos; tan cerca los veíamos. Llegamos sin novedad, sólo cansados por la marcha acelerada. Varios días permanecimos en la Estancia, descansando, comiendo muy bien y narrándole a sus pocos moradores – el capataz y los peones - las variadas alternativas de nuestra navegación en el Atlántico. Estas narraciones en las casas de la Estancia se matizaban con algunas intervenciones en español germanizado que volcaba en la conversación la dupla germana de nuestra tripulación y que hacían reír a carcajadas a los peones que ahí había.

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A diario hacíamos la caminata hasta la costa para echarle un vistazo al velero mientras permanecíamos siempre muy atentos a los informes radiales. Hasta que un día escuchamos el mensaje que estábamos esperando: se nos informó por la radio que al día siguiente se haría un nuevo intento para desvarar el velero. Así que al día siguiente partimos muy temprano hacia la playa de la Primera Angostura, pero esta vez llevando todas nuestras pertenencias, pues a bordo del velero seguiríamos a Punta Arenas dejando para siempre la isla de Tierra del Fuego. Así por lo menos lo indicaba el mensaje radial. En una última atención, de las muchas que habían tenido para con nosotros, nos acompañaron el ovejero Barrientos y el capataz de la Estancia, de nombre Galindo, los que gentilmente nos ayudaron con el acarreo de los bultos los que acomodaron a la grupa de dos nobles caballos que fueron quienes realmente se hicieron cargo del traslado. Cuando llegamos a la playa, ya estaba allí el remolcador. Lo vimos desde lo alto de la pequeña meseta. Uno de sus botes había desembarcado y el otro se preparaba para hacerlo. El día estaba despejado y el mar tranquilo. El aire, muy frío. Al poco rato la playa se llenó de actividad en torno al FALKEN el que continuaba inmóvil, mientras la marea se alejaba de su casco dejando espacio libre a su alrededor y permitiendo así que los hombres del remolcador pudieran trabajar. La actividad era febril pues había que preparar todo en el tiempo que dejaba la baja mar para dar el tirón final con la pleamar. El que hacía de jefe del grupo, muy pocas ordenes daba; aparentemente cada uno sabía perfectamente qué era lo que tenía que hacer y el jefe más bien se limitaba a observar y controlar el tiempo que les iba quedando, sin intervenir personalmente en la faena pero siempre pendiente de su reloj. Cuando el agua volvió a tomar contacto con el casco y la marea llegó a su punto máximo, estuvo ya todo listo y en ese preciso momento el remolcador tiró del cable. Pero de nada sirvió, pues el velero ni siquiera se movió. Un rato después el remolcador repitió el tirón, esta vez con más fuerza. Podíamos ver perfectamente como el grueso cable de acero quedaba firmemente tesado, de extremo a extremo, entre el casco y el remolcador que tiraba con toda su potencia y sin poder avanzar; pero el velero no se dio por enterado, ignorando olímpicamente toda la ardua faena realizada. Se hizo una tercera tentativa en la cual el grueso cable de acero se cortó; sin que el velero siquiera se hubiere ronceado. Pareciera ser que esta posibilidad estaba en los cálculos del capitán del remolcador, pues antes de comenzar a tirar del cable, ordenó, a voz en cuello, que todo el mundo se retirara del casco poniéndose a resguardo de esta eventualidad. Después de esto, no había nada que se pudiera hacer, así que terminaron por desistir de la maniobra y en una conversación entre ambos capitanes llegaron a la conclusión que no había otra manera de reflotarlo más que esperar que la más alta marea llegara al casco y lo pusiera nuevamente sobre el agua. Parecía ser que encallamos con la marea alta y en consecuencia sería necesario esperar por una marea aún más alta; por lo que la maniobra fue pospuesta y todos 101


nosotros con nuestros bártulos fuimos embarcados en el “Herminita” con rumbo a Punta Arenas. Era el 28 de marzo, ya en las últimas horas de la tarde. El aire se sentía muy frío y mientras permanecíamos de pié sobre la cubierta del remolcador, sentíamos como que quería cortarnos el rostro. Mientras al mirar hacia atrás, nos embargaba un sentimiento de pena al ver al FALKEN empequeñeciéndose a medida que nosotros nos alejábamos rumbo sur, mientras él quedaba ahí, inmóvil, solitario y herido, con su arboladura mutilada, recostado en aquella perdida playa del Estrecho de Magallanes, en el fin del mundo. Nos despedimos con un dejo de tristeza, pues mucho nos apenaba el dejarlo sólo y postrado ya que nadie quedaba a su cuidado. Seguramente alguna vez llegaría hasta allí el ovejero Barrientos en su cabalgadura a echarle un vistazo desde lo alto de la colina mientras la marea insistiría en continuar lamiendo su casco, pero ya nadie izaría su velamen ni disfrutaría de su cadencioso navegar. Nos íbamos con el convencimiento de que el velero quedaba recostado sobre su propia tumba, terminando así su vida en aquellas gélidas aguas. El tiempo, el viento y el mar - razonaba yo con honda tristeza en mi más profundo ser interior - se encargarían de sepultarlo. Un final triste y lamentable para tan noble velero; ciertamente, inmerecido. Hasta aquí llega mi relación directa con el velero; ya nunca más volveríamos a vernos; en él había vivido una aventura que recordaría toda mi vida.

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LA MUERTE DEL VELERO Tal como había sido previamente acordado, el remolcador nos dejó en Punta Arenas. Estuvimos ahí por algunos días; lo suficiente para conocer la ciudad, su frío, su viento penetrante, su cielo siempre tan cambiante, sus acogedores bares, su gente muy afable, la prestancia de algunos de sus edificios, herencia de los tiempos cuando era recalada forzosa en la navegación desde Europa al Pacífico, en su época de gloria, antes de la construcción del Canal de Panamá. Pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo paseando por aquí y por allá aprovechando para recorrer y conocer la ciudad. Como nuestro aspecto de forasteros era evidente, la gente que conversaba con nosotros nos preguntaba, al segundo cambio de palabras, a qué embarcación pertenecíamos. Era entonces cuando le contábamos lo que nos había sucedido y a partir de ahí teníamos que comenzar a responder preguntas, explicando todo cuanto nos había pasado en nuestra travesía. Algunos parecían creernos, en tanto que muchos – la mayoría - nos miraban con un aire de incredulidad y cuando terminábamos la relación de cuanto nos había pasado, directamente nos devolvían una sonrisa comprensiva que encerraba mucho de compasión. Una mañana fuimos citados a la Capitanía de Puerto donde se nos tomó declaración. El capitán nos había adelantado que esto sucedería y nos aconsejó que todos declaráramos lo mismo para no caer en contradicciones que podrían significar una nueva citación a declarar y una larga permanencia ahí. Explicamos lo que nos había acontecido: que el mástil se quebró durante un vendaval en el Atlántico y que encallamos como consecuencia de haber quedado sin motor al momento de entrar a la Primera Angostura. Todo quedaba reducido a algo tan simple y nimio como eso. La relación de todas las penurias y todas las angustias que nosotros habíamos vivido cabían ahora en el reducido espacio de sólo una hoja de papel que acomodó milimétricamente en su máquina de escribir un pulcro y atildado oficinista. Para nosotros, algo imposible de asimilar. Cómo me habría gustado seguir navegando en él, pero convencido, como estaba, que sus días habían terminado para siempre en el Estrecho de Magallanes, desde Punta Arenas regresé con mi familia a Buenos Aires y nunca más tuve la dicha de pisar su cubierta. Pero aún conservo, a pesar de todos los años transcurridos, la última imagen que de él recogió y guardó mi retina de por vida: su casco inmóvil reposando en aquella solitaria playa mientras nos alejábamos en el remolcador. Una escena triste y nostálgica que me acompaña hasta el día de hoy. Pero aunque nosotros lo dejamos ahí dándolo definitivamente por perdido, no fue así; su vida no terminó en el desolado e inhóspito Magallanes, ésta le tenía reservado aún muchos años de actividad. Increíblemente su vida continuó; y también lo hicieron sus penurias.

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A pesar que nunca más volvimos a reencontramos con ninguno de sus tripulantes, pues proseguimos vidas de cursos diferentes, por referencias recogidas y por recortes periodísticos, he podido reconstituir - muy someramente por cierto - los que fueran sus últimos años, vividos todos en aguas chilenas. Con la intervención de la compañía aseguradora, finalmente fue reflotado y llevado hasta Punta Arenas. Como la mitológica ave Fénix, siguió vivo. Y continuó navegando, esta vez en el Pacífico, rumbo a Puerto Montt, retomando así su ruta original. Para allá navegaba, ahora hacia el norte, en la zona de los canales del sur de Chile, cuando el destino nuevamente se ensañó con él. En el laberinto de aquellos canales, fue sorprendido por un temporal grado nueve contra el cual nada podía hacer y éste lo lanzó sobre un roqueño, en el Canal Inglés, a la altura del Golfo de Penas, en el que quedó apoyado, inerte, muy maltrecho, como resistiéndose ya a continuar sobre las aguas. Fatigado y cansado, fue dejado por el temporal en un lugar de muy difícil acceso, rodeado de un disloque geográfico de islas, islotes, peñascos y rompientes que los días tormentosos y brumosos de poca visibilidad, entrampan a los navegantes en los canales del sur de Chile. Ahí fue dejado por su tripulación, abandonado una vez más a su propia suerte, convencidos sus tripulantes que, ahora sí, sus días sobre las aguas habían llegado a su fin. Pero el tesón, la voluntad y el emprendimiento de un grupo de empresarios navieros de Valparaíso, pudieron lo imposible y lo rescataron de su soledad volviéndolo a su medio y restituyéndole así su dignidad. Con un temple inusual, más propio de la época del descubrimiento y la conquista de América que de nuestros días, increíblemente estos abrieron un canal de casi un kilómetro de longitud para posibilitar que volviera a tomar contacto con el mar. Rescatado y restaurado, continuó entonces su navegación rumbo al norte llevando como destino final esta vez el puerto de Valparaíso, donde finalmente consiguió refugio y reposo tirando ancla en su bahía. A pesar de su ya larga y agitada vida, siguió activo desafiando los años, ahora en Chile, su patria de adopción, haciendo el servicio entre Valparaíso y el archipiélago de Juan Fernández. Con su vida totalmente normalizada, pasaba su tiempo muy atareado ocupándose de traer apetitosas langostas al Continente y también de aprovisionar a los isleños de Juan Fernández. Más adelante sus propietarios le agregaron acomodaciones para dieciséis pasajeros y se transformó así en el único servicio marítimo regular de pasajeros y carga entre el Continente y el Archipiélago. Por varios años estuvo dedicado pacientemente a tan noble y comunitaria tarea. Su gallarda figura terminó siendo familiar para los habitantes de Valparaíso y para los pobladores de la isla de Juan Fernández y su silueta pasó a formar parte del paisaje del Puerto donde sus cerros lo veían zarpar y arribar poniendo una nota de romanticismo en la bahía. Y así, yendo y viniendo entre en Archipiélago y el Continente, su existencia transcurría en la rutina de todos los días sin registrar novedad alguna.

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En eso estaba, cuando un día del mes de mayo, fondeado en la protección del Puerto, la fatalidad quiso que su vida terminara trágicamente en el fondo de la bahía de Valparaíso. Un fuerte e imprevisto temporal del norte le cortó sus amarras dejándolo al garete para terminar sepultándolo, sin misericordia, a escasos metros de la costanera. Su firme estructura, valientemente resistió el embate del viento y de las olas por horas. Hasta que, atrapado entre la furia del temporal, la costanera y el roquerío del fondo, con tablas quebradas, reiteradamente golpeado, ya sin fuerzas, se escoró como queriendo abrazar las aguas con sus mástiles y aceptando su triste fin, se preparó para morir. Mientras tanto, el temporal desatado en toda su magnitud proseguía con su azote implacable sobre el Puerto lanzando olas de hasta veinte metros las que reventaban en despiadados abanicos contra la costanera. Todo, ante la mirada de los cerros cuyos coloridos racimos de edificios colgando de sus laderas, contemplaban, horrorizados y atónitos, con sus ventanas llenas de asombro, la tragedia que ya nadie podía evitar. Era el nueve de mayo de 1967 y las sombras se acercaban a la media noche cuando el maderamen de su casco lanzó sus últimos gemidos, terminando así su larga agonía. Según pude leer en los diarios de esos días, fue imposible el hacer nada por salvarlo. Inexplicablemente pareció ser que no había nadie a bordo en ese momento para haber intentado una salida a alta mar a capear el temporal y a pesar que sus armadores se esforzaron por enviar urgentemente personal a bordo, el temporal fue más rápido y selló definitivamente su suerte. Aparentemente los acontecimientos se desarrollaron tan rápido que nada se pudo hacer por evitar su pérdida. Estos temporales del norte encuentran al puerto de Valparaíso abierto y totalmente desprotegido; muchos son los ejemplos de sus desastrosas consecuencias y otros barcos habían ya encontrado allí la muerte en similares circunstancias. Terminaba así sus días uno más de los viejos veleros que aún continuaban surcando los mares y el que fuera el último de la Marina Mercante Chilena; lo hacía muy lejos de su tierra natal, la que seguramente en la silenciosa intimidad de su alma, siempre añoró. F u e l a postrera tormenta para este viejo halcón de los mares caído al final de sus años en tamañas desventuras. Después de esta navegación yo quedé más convencido que nunca que los veleros tienen alma y quien sostenga lo contrario es porque nunca vivió la experiencia de navegar en uno de ellos. Los veleros sienten y se conmueven. Se enternecen cuando su blanco velamen, sin una arruga, los deslizan sobre un mar calmo y plano y se enfurecen, desafiantes, cuando una sucesión de olas descontroladas e inmisericordes, los enrostran y tratan de abatirlos. Quien lo niegue, es porque nunca compartió sus momentos de zozobra, sus instantes de dicha, sus angustias, sus alegrías. Sienten cuando dejan que el mar mansamente acaricie su casco en el sosiego de un fondeo acogedor; cuando mantienen, ciñendo, soberbios y 105


escorados, su determinación en conservar un rumbo fijo; cuando se queja su maderamen; cuando silva, contenta, su jarcia enhiesta. A mí me consta que los veleros tienen alma. Lo supe ciertamente el día en que a todos nosotros nos escuchó el FALKEN, cuando le rogamos, en silencio y ya sin esperanzas, que no nos dejara abandonados en medio del océano.

Con mi gratitud y en su recuerdo escribí este relato que dedico a mis nietos con todo cariño.

Juan José Raggio Etcheverry, Abril del 2012

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Glosario de términos náuticos

aclarar: desenredar, limpiar. achicar: extraer el agua de una embarcación. adrizar: poner vertical una embarcación. adujar : recoger un cabo o una cadena en forma enrollada. amura: parte de los costados de una embarcación donde esta empieza a estrecharse para formar la proa. amurada: cada uno de los costados de un buque por la parte interior. ancla de respeto: el ancla más grande y pesada de a bordo. anclote: ancla pequeña. arbolar: poner las vergas y las velas a una embarcación. arriar: bajar las velas; aflojar un cabo. babor: lado izquierdo de una embarcación mirando de popa a proa. banda: costado de una nave. bandazo: tumbo violento que da una embarcación. bao: cada una de las vigas transversales que sostienen la cubierta. barlovento: parte de donde viene el viento. bauprés: palo de proa semi horizontal que sostiene un puño del foque, bermuda: vela triangular. bita: pieza de madera o hierro, generalmente afirmada sobre cubierta, que sirve para afirmar los cabos y cables. borda: canto superior del costado de una nave. bordada: derrota o camino que hace entre dos viradas una embarcación cuando navega voltejeando para ganar hacia barlovento. botavara: madero horizontal que apoyado en el mástil y girando en él sirve para apoyar la vela. brazola: reborde con que se refuerza la boca de una escotilla. cabeceo: movimiento de la proa y la popa hacia arriba y hacia abajo. cabilla: cada una de las barritas que sirven para manejar una rueda de timón; barritas en las que se hacen firmes los cabos. cabo: cuerda para atar y o hacer fuerza sobre vergas y velas. cabrestante: torno de eje vertical que se usa para mover grandes pesos. cabuyería: conjunto de cabos. calado: profundidad que alcanza en el agua la parte sumergida de una embarcación. casquete: pieza del extremo de una verga o de un mástil. cazar: tensar; poner una vela lo más tensa posible. ceñir: navegar a vela en contra del sentido del viento. codaste: madero grueso puesto verticalmente sobre el extremo de la quilla inmediata a la popa y que sirve de fundamento a toda la estructura de la popa. compás: brújula; instrumento que marca el rumbo. crujía, línea de: línea imaginaria central longitudinal que divide el plano horizontal de un navío en dos partes iguales. cuadrante: cada una de las cuatro partes en que se divide la rosa náutica. cubierta: cada uno de los pisos de un navío. 107


cubierta barrida: libre de obstáculos. cruceta: pequeña verga a ambos costados de un mástil y en su parte superior que sirve para tensar los obenques. chicote: extremo de una cuerda. chumacera: pieza que en una embarcación sostiene el remo. deriva, a la: sin gobierno. derrota, mesa de: mesa sobre la que se fija el rumbo o la dirección de una embarcación. drakkar: embarcación vikinga. driza: cuerda para izar las vergas y las velas. encallar: dar la embarcación en el fondo quedando sin movimiento. litera: cada una de las estrechas camas que se usan en los barcos. longitud: distancia de un lugar respecto al primer meridiano. manga: ancho de una embarcación. meridiano: línea imaginaria que va desde un polo al otro sobre la superficie terrestre; sirven para determinar la longitud. mesana: palo de popa de un velero; su vela. molinete: torno horizontal dispuesto de babor a estribor y empleado para levar pesos. motón: pieza que encierra una rueda acanalada por donde corre un cabo. obenque: cada uno de los cables o cabos que sujetan un palo hacia sus costados. ojetillo: abertura redonda rodeada de metal, normalmente sobre un paño. pala de timón: parte plana y ancha del timón que acciona en el agua. pantoque: parte de una nave que forma su fondo. paño: velamen. pañol: compartimiento para guardar víveres, pertrechos, herramientas, etc. paralelo: cada uno de los círculos menores paralelos al ecuador; sirven para determinar la latitud. pendura, a la: con el ancla pendiendo desde el escobén sin tocar fondo. pertrecho: abastecimiento. pescante: pieza saliente al costado de una nave que sirve para sostener un peso. pontón: barco chato que amarrado en firme en un puerto y que sirve para depósito. popa: parte posterior de una embarcación. proa: parte anterior de una embarcación. puntal: pieza vertical que sostiene la parte inferior de la cubierta. puño: cualquiera de los vértices de una vela. puño de amura: vértice de una vela por donde se sujeta al mástil. quillote: pieza fijada bajo y a lo largo de la quilla. regala: tablón que forma el borde de las embarcaciones. recalada: llegada a un punto de una costa. remo, pala de: parte plana del remo con la que se hace fuerza en el agua. rempujo: pequeño disco metálico adosado a un guante que se usa para empujar una aguja. resaca: movimiento en retroceso de las olas después que han llegado a su altura máxima. rolar: moverse de una banda a la otra; ir variando de dirección el viento. rifar: romperse, abrirse, descoserse una vela. rizos: pequeños y cortos cabos que se ubican en forma horizontal en la parte baja de una vela y que sirven para reducir su superficie expuesta al viento. roda: pieza que forma la proa de una nave. rumbo: acción de navegar en dirección a un punto predeterminado. seno: sector bajo del arco de una ola. sentina: cavidad interior de una nave y donde van las aguas que se filtran. 108


sextante: instrumento cuyo sector es igual a la sexta parte del círculo; se usa para medir la altura de los astros sobre el horizonte. sotavento: opuesto a barlovento; hacia donde va el viento. tragaluz: pequeña ventana. trincar: asegurar fuertemente. varadero: lugar donde se varan las embarcaciones normalmente para revisión o mantenimiento. varar: poner en seco una embarcación, encallar. vela cuchilla: vela triangular izada entre dos mástiles. velero: embarcación propulsada a vela; artesano encargado de la mantención de las velas. vituallas: conjunto de cosas necesarias para una comida.

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El Halcon de los Mares  

La vida final del Velero Falken

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