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Entre continuidades y rupturas: el aporte de kuhn a la historia de la ciencia

Entre continuidades y rupturas: el aporte de kuhn a la historia de la ciencia

Between changes and continuites: Kuhn´s contribution to science history

por Becker, Ingrid Lic. y Prof. en Ciencias Antropológicas (UBA) ingridyesica@yahoo.com.ar

RESUMEN

Una aproximación a los aportes de Thomas Kuhn a la filosofía e historia de la ciencia permite delinear un conjunto de innovaciones epistemológicas respecto a la “concepción heredada” en filosofía de la ciencia característica del siglo XIX y principios del XX en Europa. La incorporación de la dimensión histórica supedita la tradicional prioridad que otrora había otorgado el Positivismo al análisis estático y pretendidamente universal de los modos de justificación del conocimiento, para dinamizar su desarrollo en el tiempo y, de este modo, reivindicar el problema del cambio como materia de incumbencia de la epistemología. Es relevante analizar, sin embargo, la particular imagen de la historia que sostiene Kuhn, a riesgo de que las conceptualizaciones teóricas demasiado abarcativas simplifiquen y homogenicen la diversidad de experiencias que se entrecruzan en la práctica concreta de la actividad científica. A partir del aporte de Steven Shapin, este artículo se propone problematizar la concepción rupturista del progreso científico que sostiene Kuhn, al considerar que las pretendidas etapas del desarrollo de la ciencia, representan un esquema/patrón cíclico que

esencializa, predetermina y formaliza la interpretación del cambio científico.

Palabras clave: Historia de la Ciencia | Revolución Científica | Progreso |

Cambio | Continuidad

ABSTRACT

An approach to the contributions of Thomas Kuhn to philosophy and history of science allows us to outline a set of epistemological innovations regarding the inherit conception of science characteristic of the nineteenth and early twentieth centuries in Europe. The incorporation of the historical dimension subordinates the traditional priority that Positivism has once given to the static and pretenciously universal analysis of the ways of justification of knowledge, to boost its development over time and, thus, claim the problem of change as a matter of epistemology´s. It is relevant to analyze, however, the particular image of history that the thinker sustains, at the risk that, too comprehensive theoretical conceptualizations simplify and homogenize the diversity of experiences that intersect in the concrete practice of scientific activity. Based on the work of Steven Shapin, this article proposes to problematize the rupturist conception of scientific progress that Kuhn maintains, considering that the intended stages in development of science represent a cyclic scheque/pattern that essentializes, predetermines and formalizes the interpretation of scientific change.

Key words: Science History | Scientific Revolution | Progress | Change | Continuity

Un papel para la historia

Es ampliamente reconocido en la actualidad el aporte que ha realizado Thomas Kuhn (1922- 1996) al campo de la epistemología de la ciencia a mediados del siglo XX. De sus conceptualizaciones, emerge una idea de ciencia capaz de reivindicar a sus agentes activos: la comunidad científica, en otros términos, aquellos productores de consensos cuyas decisiones desbordan el puro criterio racional para abarcar/reconocer factores temporo-espaciales que hacen de los paradigmas mundos inconmensurables. En este aspecto, sus estudios de la tradición y el cambio en el ámbito científico, permiten trascender la idea de ciencia de raigambre positivista para ampliar la mirada hacia los aspectos socio-históricos que le son inherentes. Aunque relegados por la filosofía tradicional de la ciencia hacía el campo de estudio de la historia de la ciencia 1 –bajo el ímpetu reservado al valor de verdad sancionada por las reglas del método– el desarrollo y el cambio dentro de la ciencia, serán recuperados desde una particular perspectiva en la producción intelectual de Kuhn.

La reducción de la ciencia al acto cognitivo, como señala Echeverría, ha producido una marcada división y falta de diálogo entre las disciplinas en tanto aquellas prácticas no permeables por los universales del método no eran consideradas objeto de interés para estos filósofos y lógicos influenciados por el positivismo comteano y el empirismo inglés del siglo XVII. En este panorama o estado de la cuestión podemos contextualizar la innovación que ha significado la obra de Kuhn La estructura de las Revoluciones Científicas –publicada en 1962–en el ámbito académico. La introducción de la variable temporal ha generado una renovación en este campo de estudio al permitir incorporar la noción de lo particular y por ende irrepetible en lo universal e inmutable, éste último, objeto privilegiado de análisis para los integrantes de la concepción heredada. En este sentido, Kuhn ha abordado la larga duración de un modo innovador, que será desarrollado y analizado posteriormente. Pero antes, es preciso señalar la concepción de historia que defiende el autor. En La tensión esencial, lejos de entender a la disciplina como una mera crónica de hechos fácticos ordenados “conforme sucedieron”, el autor considera su naturaleza explicativa: la comprensión, cuya base induce a conectar los hechos entre sí.

Frente a la búsqueda de leyes universales que ha caracterizado el quehacer de las ciencias naturales y por añadidura de las ciencias sociales, que en sus orígenes han intentado emular su método en pos de su legitimación, se puede decir que la historia conserva una particularidad que la aleja de las ciencias sociales, su

1 La filosofía analítica y reduccionista de la ciencia promueve la división de la práctica científica en contextos de descubrimiento y justificación, aislando el estudio de cada uno a los historiadores y filósofos de la ciencia respectivamente.

objeto de estudio son los eventos y procesos irrepetibles, únicos en cuanto no van a volver a suceder. Más allá de las diferentes corrientes historiográficas y sus modos alternativos de construir o concebir el pasado, la disciplina se distingue por su precaución a la hora de buscar leyes generales que expliquen y predigan el devenir. Las fuentes, materia prima del oficio del historiador, limitan las generalizaciones teóricas y lo sumergen en micro terrenos heterogéneos. Entonces ¿es la historia una ciencia social o una disciplina humanística? Considero que esta pregunta debe ser tema de debate entre epistemólogos e historiógrafos o especialistas en teoría de la historia.

Al respecto, Kuhn argumenta que ningún historiador ha producido hasta la fecha en que él escribe, una explicación plausible de la naturaleza de las conexiones que habría entre sucesos históricos y que han sido los filósofos los que han tratado de llenar el vacío resultante de lo que se conoce como “modelo de ley encubierta”. Este modelo supone que una narración histórica es explicativa en la medida que está regida por leyes a las cuales el historiador tiene acceso consciente o inconscientemente. Para el autor, es evidente que este modelo, extraído de las ciencias de la naturaleza, no es aplicable a la historia. Si bien Kuhn, reconoce que puede haber leyes sobre la conducta social, la plausibilidad de una narración histórica no depende del poder de unas cuantas leyes de carácter dudoso, que además no redundan en una mayor capacidad explicativa de la historia. En sus propios términos:

Concluyo, pues, entre otras cosas, que la capacidad de predecir el futuro no forma parte del arsenal del historiador. Él no es un científico social ni un profeta. No es mero accidente que, desde antes que comience a escribir, sepa el final de su narración lo mismo que el comienzo. (Kuhn, 1996: 41).

En este sentido, si nos remontamos a la formación de la historia como disciplina autónoma en el siglo XIX, los primeros historiadores procuraron delimitar la autonomía de la disciplina en base a un método –filológico-crítico–, un abordaje y un rol propio capaz de distinguirla de otras disciplinas. Es así que la historia –en general– fue entendida como el estudio de los sucesos irrepetibles y singulares. Los representantes de esta escuela historiográfica, argumentaban que, a través de método historicista, basado en la lectura y crítica de fuentes documentales, especialmente de primera mano, era posible conocer los eventos y acontecimientos del pasado tal cual habían sucedido. En su horizonte, primaba la construcción de un relato único y lineal de los acontecimientos políticos, la búsqueda de los orígenes nacionales, el énfasis por la descripción y encadenamiento de hechos singulares, y una enfática marginación hacia cualquier intento de conceptualización y generalización teórica. Su fundador, Leopold von Ranke (1795-1886) aducía que no era

posible exigir de una historia, el desarrollo libre que la teoría busca en una obra poética y que, para el historiador, la ley suprema de la historia era la exposición rigurosa de los hechos 2 .

La historiografía erudita, como también es conocida, adolecía de varios supuestos; en primer lugar, no se presentaba como discusión el problema epistémico de la objetividad o la verdad. Se suponía que el investigador podía distanciarse del objeto de estudio y reflejar lo que las fuentes “decían” con total neutralidad. La propia interpretación del investigador, su marco teórico, los sesgos del presente, la lectura crítica capaz de cuestionar los intereses detrás de quien había escrito la fuente –especialmente al tratarse de fuentes estatales u oficiales– no constituían problemáticas a tener en cuenta, lo cual favorecía un abordaje acrítico de la propia disciplina, en otras palabras, el propio quehacer del historiador no era foco de reflexión metahistórica.

En contraste, Kuhn propone abordar la historia de la ciencia explicitando la posición teórica que, según entiende, es más pertinente o adecuada para dar cuenta del carácter que adquiere su desarrollo. En dicha perspectiva adquieren notoriedad los reconocidos conceptos –entre ellos, paradigma, ciencia normal, revolución científica– que definen parte de su obra y a través de los cuales desglosará el ciclo de regularidades que unifican la historia de las diferentes disciplinas dentro de las ciencias empíricas, especialmente de la física, química y astronomía. En su filosofía, pretende trascender la mera descripción de descubrimientos individuales para abarcar las visiones globales y procesos colectivos complejos que se desarrollan en el seno de la comunidad científica en una época dada, perspectiva que, a su vez, le permite relativizar las grandes visiones compartidas en su propio contexto de producción. En relación, el autor argumenta que la emergencia de una revolución historiográfica es consecuencia de la creciente dificultad que encuentran los historiadores para describir el desarrollo científico como un proceso lineal de acumulación de conocimientos. A partir de esta problemática, emerge una nueva línea de interpretación basada en vincular una visión o contribución científica en su propia época, con preguntas que trasciendan la mera comparación de los conocimientos producidos entre una época pasada y una presente. Para evitar anacronismos, es necesario comparar las opiniones de un científico con las de sus contemporáneos: discípulos, maestros, sucesores, pues la falta de un patrón común en la elección de los paradigmas vuelve inconsistente cualquier intento de comparación. Previamente, Alexandre Koyré había precisado la relevancia de situar las obras estudiadas

2 A diferencia de la historiografía positivista representada por Hippolyte Taine (Francia, 1828- 1893) el historicismo se caracteriza por el rechazo a la búsqueda de leyes universales sobre la historia.

en su medio intelectual, de interpretarlas en función de las costumbres mentales y de las preferencias o aversiones de sus autores. Esta actitud proponía revertir la tendencia a traducir un pensamiento antiguo al lenguaje moderno “(…) que lo clarifica, pero al mismo tiempo lo deforma; por el contrario, nada es más instructivo que el estudio de las demostraciones de un mismo teorema dadas por Arquímedes y Cavalieri, Roverbal y Barrow”. (Koyré, 1995: 07). He aquí la pertinencia que encuentra Kuhn al emplear el término inconmensurabilidad para dar cuenta de las diferencias sustanciales entre paradigmas rivales, los cuales expresan modos incompatibles de ver el mundo y practicar en él la ciencia.

Hacía una problematización del progreso científico

Si bien el autor concibe que científicos de paradigmas distintos, viven en mundos diferentes y que el paradigma debe ser defendido hasta la última instancia 3 , aún frente a la presencia de anomalías en su seno, no es posible afirmar que los paradigmas sean rígidos e inquebrantables, pues dan lugar a la gestación de grandes cambios en la cosmovisión de la naturaleza durante la etapa de crisis y posterior revolución. Sin embargo, es preciso destacar que las dificultades para el desarrollo de dichos cambios se pueden relacionar con la tendencia conservadora de la comunidad científica hacía su tradición de pensamiento que provoca la falta de estímulo hacía el desarrollo de un pensamiento divergente. Al respecto, Kuhn enfatiza: “nos hemos propuesto enseñarles a los estudiantes la manera de llegar a respuestas correctas que nuestra civilización nos ha enseñado que son correctas.” (Kuhn, 1996:251). Así mismo, un nuevo resultado de investigación puede ser interpretado mediante el marco teórico o los conceptos que hasta el momento orientaban la interpretación dentro del paradigma, lo cual imprime un límite u obstáculo cognitivo al desarrollo de una nueva concepción científica. Las investigaciones, en este sentido, no suelen estar destinadas a ser revolucionarias, pues son parte de una red de compromisos intelectuales y prácticos dentro de los cuales se ha formado el científico: “(…) incluso la investigación normal de mejor calidad en una actividad en su mayor parte convergente, fincada sólidamente en un consenso establecido, adquirido éste ultimo de la educación científica y fortalecido por la práctica de la profesión” (Kuhn, 1996: 250). En este sentido, el autor señala que llegar a un resultado de un problema de investigación normal es lograr lo esperado de una manera nueva, en tanto el valor de un enigma lo constituye la existencia asegurada

3 Aquí radica una de sus diferencias entre Karl Popper y su discípulo. Kuhn relega el énfasis en un método universal y ahistórico por un método relativo a cada paradigma; a su vez, éste último es sostenido hasta última instancia por la comunidad científica.

de una solución que corrobore una creencia aceptada. Mientras otros problemas se rechazan como metafísicos, correspondientes a otra disciplina o como demasiado problemáticos. En otras palabras, el criterio de selección de problemas y su enunciación se encuentra definido o condicionado por herramientas conceptuales e instrumentales proporcionadas por el propio paradigma.

Si bien las transformaciones constituyen períodos de ciencia extraordinaria, pues la mayor parte del tiempo la ciencia procede de modo normal, en LaEstructura de las revoluciones científicas, el problema de la naturaleza del cambio científico adquiere una relevancia epistemológica radical. La epistemología relega la prioridad en el análisis de los modos de justificación de las teorías científicas, para adentrarse en el examen del proceso histórico del conocimiento científico. El concepto de anomalía permitirá explicar el periodo de crisis que atraviesa una comunidad cuando el paradigma que sostenía, hasta entonces, sus certezas comienzan a debilitarse, ya sea por la suma de interrogantes que no es posible responder o por la gravedad de alguna anomalía que afecta los fundamentos de dicho modelo. Cabe destacar, que los paradigmas pueden convivir con anomalías sin necesariamente desembocar en una crisis. Esta tolerancia hacia la estructura teórica que sostiene un paradigma caracteriza otro de los puntos centrales en el análisis de la epistemología de Kuhn, a saber, las teorías dejan de concebirse como ejemplos de racionalidad objetiva para convertirse en consensos relativos a la comunidad científica en un periodo determinado. Consensos que se entablan siguiendo criterios particulares y epocales.

La mera presencia de anomalías o ejemplos en contrario pueden contribuir a crear una crisis, pero no pueden demostrar que una teoría filosófica es falsa, e incluso lo que diferencia a la ciencia normal de la revolucionaria no es la presencia de ejemplos en contrario, ya que toda investigación está afectada por dichos problemas. Tal como destaca Alan Chalmers (1984) un científico normal no suele criticar el paradigma en el que trabaja. Existen supuestos o conocimientos tácitos que se internalizan bajo la formación práctica dentro de un paradigma, lo cual, si bien permite el avance en la resolución de problemas predefinidos, al mismo tiempo imprime un obstáculo al desarrollo de investigaciones alternativas. Esta característica se encuentra indisolublemente ligada a la conservación del paradigma a través de la formación hacía una cosmovisión de ciencia consensuada que moldea y formatea la propia práctica, provocando una postura acrítica de la misma por parte de sus partidarios.

Se observa hasta aquí el giro radical que diferencia al autor de la concepción analítica; en primer lugar, la aceptación de una teoría por parte de la comunidad científica ya no depende única y exclusivamente del criterio cognitivo. En un sentido menos pretencioso y bajo el propio concepto de paradigma, Kuhn relega el afán

cientificista por conservar una imagen objetiva de la actividad científica y expone sin miramientos su carácter social. Al respecto, Larry Laudan argumenta que los principios específicos y puntuales de racionalidad científica que los científicos emplean al evaluar teorías no están fijados de modo permanente, sino que se han modificado sustancialmente a lo largo de la historia de la ciencia. Señala incluso que se ha tendido a caracterizar a la ciencia en términos de propiedades trascendentales como la verdad o la certeza apodíctica: “Concebida en estos términos, la ciencia no resulta progresiva, puesto que, evidentemente, no hay modo de asegurar si nuestras teorías son más verosímiles o están más próximas a la certeza que antes”. (Laudan, 1986: 11).

En segundo lugar, la epistemología de Kuhn, reconoce la dinámica intersubjetiva de la comunidad científica en su rol protagónico a la hora de conservar el modelo teórico-práctico que orienta su actividad. A pesar de esto, conserva la dicotomía reduccionista entre historia interna y externa al mencionar que ciertos factores “externos” propician el incremento de una crisis. Un ejemplo lo constituyó, en el campo de la astronomía, la insistencia en la reforma del calendario, concebida como una presión extra-científica que aportó su grano de arena en la crisis de la astronomía ptolemaica. Sin embargo, fue necesario el planteamiento de una nueva teoría como respuesta directa a la crisis.

Asimismo, se puede destacar que las revoluciones son procesos inusuales, pues solo una parte muy pequeña de las investigaciones tiene una naturaleza revolucionaria. Tal como se ha mencionado, esto se vincula al predominio de una educación basada en perpetuar el pensamiento convergente por sobre el divergente (Kuhn, 1996) y, a la tendencia de la comunidad científica a defender y sostener el paradigma hasta última instancia. En el debate sobre la elección de un nuevo paradigma intervienen criterios que exceden la evaluación metodológica –entre ellos, las técnicas de argumentación persuasiva–, en tanto los partidarios de paradigmas rivales sostienen juicios disímiles que hacen muy difícil una valoración inequívocamente lógica y experimental. El conocimiento, en términos de Kuhn no es una construcción hecha por la mente directamente sobre datos sensoriales no elaborados. Es por esto que gran parte de la investigación normal depende de la habilidad de los científicos para seleccionar problemas que pueden resolverse con técnicas conceptuales familiares a las ya existentes. Se puede decir, al respecto, que el conocimiento es acumulativo solo dentro del período de ciencia normal y esta sucesión se resquebraja con el proceso de revolución.

Dentro de la formulación discontinua de la práctica científica, se desprende la idea de que el progreso en la ciencia no se produce evolutivamente, es decir, por mera acumulación de conocimientos. He aquí el modo con el cual el autor discute con la historiografía tradicional de la ciencia a la cual adjetiva de anecdótica, lineal,

unitaria e incluso anacrónica. Una revolución no implica un progreso en la ciencia. El progreso solo existe dentro de las coordenadas del propio paradigma, el cual propicia un reordenamiento y descarte de elementos del “credo” antiguo en aras de la asimilación de nuevos significados y relaciones. En concordancia, la historia de la ciencia no puede focalizar la atención en los descubrimientos o realizaciones estricta o puramente “individuales”: no es posible preguntar quién, cuándo y dónde se descubre, pues es un proceso complejo que se produce a lo largo del tiempo, dentro de una comunidad científica 4 . Este proceso implica una transformación conceptual que en ocasiones es invisibilizada por quienes defienden una imagen sumativa del conocimiento científico, bajo el argumento de que los conceptos entre una teoría y otra se conservan inalterables. En respuesta, Kuhn señalará que la referencia física de esos conceptos cambia y que, por ende, lejos de proponer un perfeccionamiento de la teoría anterior, entran en conflicto con ella.

(…) es difícil ver cómo pueden surgir nuevas teorías sin esos cambios destructores en las creencias sobre la naturaleza. Aunque la inclusión lógica continúa siendo una visión admisible de la relación entre teorías científicas sucesivas, desde el punto de vista histórico no es plausible. Creo que hace un siglo hubiera sido posible dejar en este punto el argumento en pro de las revoluciones. Pero, desgraciadamente hoy en día no puede hacerse eso, debido a que la visión del tema antes desarrollado no puede mantenerse si se acepta la interpretación contemporánea predominante de la naturaleza y la función de la teoría científica. Esta interpretación, asociada estrechamente con el positivismo lógico inicial y que no ha sido rechazada categóricamente por sus sucesores, restringiría el alcance y el significado de una teoría aceptada, de tal modo que no pudiera entrar en conflicto con ninguna teoría posterior que hiciera predicciones sobre alguno de los mismos fenómenos naturales. (Kuhn, 1971: 158).

Además de no poder explicar el cambio de perspectiva científica o la emergencia de teorías que contradicen la anterior, una historia lineal presupone la interpretación del pasado desde una única línea evolutiva que, indefectiblemente nos conduciría a los conocimientos “modernos” y a la valoración de los saberes precedentes en base a juicios posteriores. Esta visión anacrónica del pasado es conocida como interpretación whig de la historia, y su error básico, según señala Hugh Kearney “(…) tal vez sea remplazar una explicación basada en un desarrollo lógico de los hechos, en el lugar de otra interpretación menos racional y más compleja del pasado” (1970:131).

4 El ejemplo del descubrimiento del elemento oxígeno, tal como lo entendemos en la actualidad es ilustrativo de la complejidad que conlleva un descubrimiento. Al respecto, léase Kuhn, La tensión esencial, 1996.

Así mismo, otro tipo de saberes, que conviven con los saberes hegemónicos sostenidos por la ciencia moderna, son rechazados y/o adjetivados como pre-lógicos, supervivencias de un pensamiento pre-moderno 5 .

Sin ir más lejos, el propio fundador del positivismo en el siglo XIX, Auguste Comte trazaba el desarrollo de la inteligencia humana a partir de la sucesión de tres estados, cada uno de los cuales marcaba el grado de desarrollo en el cual se encontraba el pensamiento humano 6 . En su esquema, la coexistencia entre ellos reflejaba un panorama de anarquía intelectual que no era posible o deseable para el desarrollo de una nación. Y si bien consideraba que no todas las ramas del saber llegan simultáneamente al estado definitivo, existe un orden necesario que las mismas deben recorrer para formar parte del mismo espíritu positivo –símbolo de la modernidad, del verdadero y único conocimiento– o en otras palabras, de una doctrina social común capaz de establecer una comunión de principios y una verdadera organización social. En síntesis, el problema del evolucionismo en sus distintas manifestaciones ha demostrado límites y obstáculos a la hora de interpretar y valorar la diversidad socio-cultural, reducida a estados sucesivos que desembocan en la llamada “civilización”, entendida como la moderna sociedad europea, cuna del único conocimiento verdadero: el científico.

Una de las innovaciones atribuidas a Kuhn radica en trascender una historia sucesiva y sumativa del conocimiento en aras de incluir e interpretar las diversas cosmovisiones en sus propios términos, entendiendo la revolución científica como una ruptura respecto a los fundamentos que sostenían las anteriores creencias. Creencias, que, sin embargo, no dejan de considerarse científicos a pesar de su “extinción”. He aquí las características que definen su particular concepción relativa del desarrollo científico.

Tras una primera aproximación a su lectura, se pueden analizar intentos de ruptura respecto a la concepción tradicional de la ciencia al concebir que los paradigmas son el resultado de consensos y compromisos dentro de una comunidad y no de un método supra orgánico que revela verdades irrefutables que devienen en ley. En este sentido, el pensador dinamiza la actividad científica al visibilizar a los actores sociales que la practican en un periodo histórico determinado. El tipo de ciencia surgirá de la prioridad que otorgue la comunidad científica a diversos factores, como la simplicidad de una formulación teórica o la necesidad de resolver un problema determinado. Desde esta óptica relativista, se diluye la concepción

5 Véase: Lizcano, Emmanuel, Metáforas que nos piensan (2009), Buenos Aires: Biblos. 6 Al respecto, léase la Ley de los tres estados en Comte, Curso de Filosofía positiva (2014), Buenos Aires: Claridad.

de la “verdad” científica y sin ella, se vuelve imposible comparar los paradigmas bajo un patrón común, capaz de establecer la superioridad o inferioridad de uno u otro.

Una nueva concepción del cosmos

Uno de los ejemplos históricos analizados por Kuhn es el surgimiento de la astronomía de Nicolás Copérnico. A través de ella da cuenta de su teoría a favor de la ruptura con respecto al sistema de Ptolomeo, que había sostenido –durante la antigüedad y el medioevo– creencias sobre el cosmos con una gran capacidad para predecir los cambios de posición tanto de los planetas como de las estrellas.

La transformación/revolución en la concepción cosmológica reconocida como el pasaje del modelo tradicional aristotélico-ptolemaico al sistema copernicano-galileano, siglo XVI y XVII es parte de un proceso histórico que excede a la astronomía misma como rama particular de conocimiento. Es necesario incluirla dentro de una época caracterizada por profundos cambios en la estructura del pensamiento científico, estrechamente ligado a las ideas transcientíficas, filosóficas, metafísicas y religiosas (Koyré,1995: 05). Para Kuhn fue un acontecimiento plural cuyo núcleo –la transformación de la astronomía matemática– favoreció cambios conceptuales en los terrenos de la cosmología, física, filosofía y religión. En consonancia, el autor argumenta: “Tanto los estudios especializados como los trabajos elementales en ellos inspirados no aciertan a hacer resaltar lo más esencial y fascinante de sus características, precisamente la que emerge de la propia pluralidad de la revolución”. (1956: 02).

La revolución metodológica llevada a cabo por René Descartes (1596-1650) simboliza el espíritu de una época signada por el cuestionamiento hacía el “mundo” conocido. La nueva concepción de la naturaleza se desarrolla en paralelo al surgimiento de la filosofía moderna y se caracteriza por el rechazo de las verdades recibidas y el estudio del problema del conocimiento. Entre los cuatro preceptos que guían el método cartesiano:

Fue el primero en no aceptar nunca como verdadera ninguna cosa que no conociese con evidencia que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprender en mis juicios nada más que aquello que se presente tan clara y distintamente a mi espíritu que no tuviese ocasión alguna de ponerlo en duda. (Descartes, 2009: 50).

En su discurso, establece una clara ruptura con el razonamiento escolástico, corriente teológico-filosófica predominante en las escuelas catedralicias y en los es-

tudios generales que dieron lugar a las universidades medievales entre mediados del siglo XI y mediados del XV.

En el campo de la astronomía, los aportes de Copérnico no solo aportaron una combinación más económica de los “círculos”, en términos de Koyré, sino un cambio en la nueva imagen del mundo y un nuevo sentimiento del ser: “el paso del Sol al centro del mundo expresa el renacimiento de la metafísica de la luz, y eleva a la Tierra a la categoría de los astros (…)”(Koyré, 1995: 05). Sin embargo, será la unión de la teología cristiana con el pensamiento de Proclo lo que permitirá a Kepler liberarse de la circularidad 7 que había dominado el pensamiento hasta entonces. Podemos observar en Koyré su intención de abarcar una visión integral de los cambios de este siglo, en tanto la astronomía y la matemática no se comprenden desgajadas de la obra del filósofo y del teólogo.

El pasaje del modelo geocéntrico al heliocéntrico implicó la descentralización de la tierra como eje del universo y su concepción como un astro más que gira alrededor del Sol. Este modelo contradecía el sentido común sobre los movimientos aparentes de los astros. La Tierra ya no estaba inmóvil, sino que realizaba dos movimientos, diario alrededor de su propio eje y anual alrededor del Sol, que ahora permanecía estático.

La unificación entre la física celeste y la física terrestre, a partir de la elaboración matemática de la gravitación, desarrollada por Isaac Newton, constituyó uno de los pilares de origen de la ciencia moderna. Esta primera gran unificación de la física mostraba que la separación en dos reinos impuesta por Aristóteles para el universo –el supralunar de los astros y el sublunar de los objetos terrestres- carecía de fundamentos. Junto a las observaciones de Galileo, comenzó a aceptarse que la descripción física era una sola para todo el cosmos, y que la dinámica del universo estaba sujeta a la ley de la gravitación de Newton.

Por más de dos siglos, todas las observaciones astronómicas se describieron a partir de esta única teoría hasta que aproximadamente a fines del siglo XIX el nivel de precisión de las observaciones astronómicas mostró algunas de sus limitaciones. La órbita de Mercurio, por ejemplo, sufría pequeñas perturbaciones que la alejaban de una cantidad ínfima –pero calculable– de lo que predecía la ley. Se propuso entonces, la presencia de un planeta nuevo –al que llamaron Vulcano– interior a la órbita de Mercurio que, con su atracción gravitacional sería el responsable de alterar el curso de este planeta. Este tipo de hipótesis auxiliares buscaban explicar la causa de las excepciones con el fin de evitar poner en cuestionamiento

7 En el modelo aristotélico-ptolemaico cada planeta se mueve en un círculo (epiciclo) y en su centro se mueve otro circulo (deferente), en cuyo centro se encuentra la Tierra

la teoría principal. Cabe destacar que estos procedimientos constituyen una herramienta plausible dentro de las comunidades científicas para preservar la hipótesis principal de una teoría.

Alcances y límites de la propuesta de Kuhn

A pesar de la innovación que ha significado la obra de Kuhn en el campo de la epistemología, a partir de la incorporación de la historia de la ciencia –y con ella, el reconocimiento del cambio y la ruptura entre universos de saberes consensuados– su particular interpretación discontinua y esencialista del progreso científico, ha generado que algunas voces alcen sus críticas ya sea para matizar o cuestionar la propia noción de revolución científica.

En principio, su concepción de la historia de la ciencia propiamente dicha, representa un esquema reiterativo o tipo “ideal”, en términos de Weber, conformado por etapas que parecen predecir lo que va a suceder: pre ciencia-ciencia normal-crisis-revolución científica- nueva ciencia normal.

En claro diálogo con la interpretación kuhneana del desarrollo científico, Steven Shapin (2000) comienza su obra alertando: “La Revolución científica nunca existió”. A partir de esta afirmación se esgrimen múltiples argumentos que permiten no solo deconstruir el concepto y complejizar el debate sobre este proceso, sino incluso entenderlo como una proyección del siglo XX hacia el pasado. La Revolución científica entendida como un cambio singular e irreversible que inaugura una nueva época, se asocia más a una expresión de los científicos de finales del siglo XX que a las concepciones e interpretaciones que los propios científicos del siglo XVII elaboraron sobre sus propias prácticas. Al respecto, la conceptualización de la revolución científica como un cambio homogéneo y unidireccional supone que las diversas ramas de las ciencias se desarrollan conjuntamente en un mismo sentido, encaminadas hacía un devenir histórico conjunto. Esta mirada global impide abordar la heterogeneidad cultural de la ciencia, la diversidad de prácticas que la constituyen y las particularidades históricas que las han caracterizado. En relación, Shapin señala que muchos historiadores actuales son precavidos a la hora de considerar que cierto acontecimiento concreto, ubicado en un tiempo y espacio determinado, pueda considerarse “la Revolución científica”. Esta concepción selectiva y parcial unifica la diversidad de experiencias dentro de una misma entidad, destinada a conducirnos indefectible y unilinealmente hacía el conocimiento científico actual. En relación, el autor argumenta:

El pasado no se transformó en el “mundo moderno” en un momento singular: no debería ser motivo de sorpresa el descubrir que los que practicaban

la ciencia en el siglo XVII tenían, a menudo, tanto de modernos como de antiguos. Sus ideas tuvieron que ser sucesivamente transformadas y redefinidas por generaciones de pensadores hasta convertirse en las “nuestras”. (Shapin, 2000: 24).

En estas palabras se refleja la discordancia de Shapin con los esquemas predefinidos y una marcada preocupación por adecuar los marcos interpretativos a la complejidad de la historia vivida. Sin embargo, esta postura no implica suponer que existan explicaciones que reflejen fielmente cómo era el pasado o que ingenuamente se sostenga que un relato histórico expone los hechos tal como ocurrieron, pero propone cuestionar aquellas interpretaciones que fuerzan los procesos históricos dentro de modelos teóricos demasiado rígidos que no permiten dar cuenta de matices y particularidades que exceden a sus generalizaciones. Admitiendo que todo relato histórico es necesariamente selectivo y parcial, pues se trata de arribar a generalizaciones –en un sentido pragmático– que definan un periodo histórico, Shapin desarrolla cuatro aspectos que interrelacionados habrían favorecido un cambio en el conocimiento del mundo natural: la mecanización de la naturaleza, la despersonalización del conocimiento de la naturaleza, el intento de mecanizar la construcción del conocimiento y la aspiración a usar el conocimiento natural reformado resultante para conseguir fines morales, sociales y políticos. En consonancia, también Koyré argumenta que las divisiones netas de la historia en épocas o periodos es una operación un tanto artificial, aunque asume que los cambios imperceptibles desembocan en una diversidad muy clara:

¿No es en general vano querer establecer en la continuidad del devenir histórico unas divisiones cualesquiera? La discontinuidad que con ello se introduce, ¿no es artificial y falsa? Sin embargo, no hay que abusar del argumento de la continuidad (…) de la semilla del árbol no hay saltos; y la continuidad del espectro no hace sus colores menos diversos. (Koyré, 1995: 09).

En relación, la interpretación sobre los orígenes de la ciencia moderna es un problema vivamente debatido. Los partidarios de la evolución continua han ampliado y enriquecido la comprensión de la ciencia medieval y sus relaciones con la filosofía medieval, entre ellos, el libro sobre Roberto Grosseteste por parte de A. C. Crombie tiende a demostrar que la ciencia moderna tiene su origen e inspiración metodológica y filosófica en la etapa medieval 8 y que se distingue por la tendencia a utilizar el empirismo práctico de las artes y oficios buscando una explicación racional. En

8 Una lectura del propio Descartes, símbolo de los tiempos modernos, expresa la continuidad respecto a las concepciones medievales.

teoría, Crombie sostiene que la ciencia experimental era ya comprendida y aplicada por un número suficiente de filósofos entre los siglos XIII Y XIV (Koyré 1995: 52-53). Los “modernos” no desarrollaron una modificación sustancial en los métodos existentes, sostiene, sino que sustituyeron el procedimiento cualitativo por el cuantitativo y adaptaron a la investigación experimental un tipo nuevo de matemáticas, entre las cuales se destacó la dinámica moderna. En contraste, Koyré señala que el aspecto metodológico/práctico es insuficiente para inferir una continuidad entre la ciencia medieval y moderna. La reivindicación del trabajo manual –asociado al desarrollo de la ciencia experimental y la técnica en este caso– por la tradición cristiana no implica para Koyré el nacimiento del espíritu moderno.

Si el interés práctico fuera la condición necesaria y suficiente del desarrollo de la ciencia experimental –en nuestra acepción de la palabra—esta ciencia habría sido creada un millar de años –por lo menos– antes de Roberto Grosseteste, por los ingenieros del Imperio romano, sino por los de la República romana.

Se puede observar la independencia entre teoría y práctica que solo se unificarán, en la concepción de Koyré, con el desarrollo de la reciente tecnología científica. Continuando su razonamiento, la revolución científica se explica por un cambio profundo en la concepción teórica del mundo, fundada en una ontología completamente diferente respecto de la ciencia tradicional, esto es, la interpretación del mundo físico-natural en términos matemáticos.

Si incorporamos la voz de Shapin, la mayoría de las “revoluciones”, por el contrario, introducen cambios que son menos drásticos de lo que proclaman o se atribuyen:

La nueva astronomía de Copérnico preserva el supuesto aristotélico de la perfección del movimiento circular, y lo mismo ocurre con el descubrimiento de William Harvey (1578-1657) de la circulación de la sangre (…) muchos filósofos mecanicistas proclamaron su rechazo de la vieja teleología, pero, en realidad, en algunas de sus prácticas explicativas preservaron un papel importante para las explicaciones en términos de finalidad. (Shapin, 2000: 93).

Aquí observamos nuevamente al autor matizando la retórica modernista a partir de diversos ejemplos históricos en los cuales los pensadores modernos reconocieron haber recuperado un conocimiento antiguo. Tal es el caso de Copérnico, quien argumentaba que el heliocentrismo era una concepción antigua, que se había corrompido por los sucesivos añadidos, y el caso del anatomista Andrea Vesalio quien se veía como el autor del conocimiento médico del médico griego Galeno. (Shapin, 2000: 94).

Palabras finales

La lectura de la obra de Kuhn en perspectiva y su complementación con concepciones historiográficas posteriores arroja luz acerca de los alcances y límites de su propuesta epistemológica. El giro que abarca desde la reducción de la actividad científica a un método “universal” –por parte los filósofos tradicionales de la ciencia– hasta el análisis histórico de los consensos y compromisos paradigmáticos que establecen los agentes activos que practican esta actividad, ha significado un avance incuestionable en la materia al favorecer una imagen más amplia y dinámica de la actividad, capaz de reconocer el carácter social del conocimiento. En este sentido, se puede ver en Kuhn un autor bifronte entre una tradición que lo antecede, cuyas bases y suposiciones teóricas de carácter cientificista ha intentado trascender, y la posterior emergencia de historiadores como Shapin, que han intentado complejizar la tenue relación entre las generalizaciones teóricas de Kuhn y la heterogeneidad cultural de la ciencia o las ciencias del siglo XVII. A partir del debate entre los defensores de una historia continuista –lineal, acumulativa y unitaria– del desarrollo científico y los defensores de una historia rupturista –discontinua, no acumulativa del conocimiento– es preciso señalar que la primera vertiente puede relacionar y vincular las ideas modernas con sus antecesoras, pero no puede explicar los cambios drásticos que alternan y contradicen las teorías hasta el momento aceptadas. En términos de Kuhn:

Esta interpretación, asociada estrechamente con el positivismo lógico inicial y que no ha sido rechazada categóricamente por sus sucesores, restringiría el alcance y el significado de una teoría aceptada, de tal modo que no pudiera entrar en conflicto con ninguna teoría posterior que hiciera predicciones sobre alguno de los mismos fenómenos naturales. (Kuhn, 1971: 158).

Así mismo, la vertiente kuhneana, reivindica los caminos discontinuos que ha atravesado la práctica científica, sin embargo, su tajante noción de inconmensurabilidad impide ver los posibles vínculos entre ideas o concepciones fuera de la etapa de ciencia normal. A su vez, la historia presentista no es del todo superada, en tanto el análisis de la revolución científica del siglo XVII, tal como argumenta Shapin, es interpretada como el principio de la ciencia, tal como la conocemos hoy en día. En este sentido, Kuhn esencializa la actividad científica: quien precisamente duda que existan necesariamente leyes que expliquen la historia, termina definiendo un patrón de cómo se sucede el desarrollo científico. Esta sucesión de etapas simplifica una historia de la ciencia compleja e intrincada, pues los conocimientos pasados no necesariamente se extinguen para dar lugar a una visión de ciencia incompatible con la del paradigma de la etapa posrevolución. En este sentido, el pensador modeliza la

historia del desarrollo científico a partir de un esquema cíclico pre determinado por su particular concepción filosófica del cambio y la continuidad de esta práctica. Y es esta concepción predefinida la que impide abarcar los imponderables históricos. Más allá de las críticas historiográficas a la obra de Kuhn, es preciso reivindicar el eco de sus aportes entre sus contemporáneos y pensadores posteriores. Entre ellos, los representantes de la Escuela de Edimburgo han deconstruido aún más la tradicional división de la ciencia en historia interna y externa al señalar que la misma, no es más que una consecuencia de la idealizada imagen positivista de una ciencia objetiva, pura, independiente de los avatares políticos, económicos, religiosos. Desde el campo de la sociología del conocimiento, se insiste en estudiar la ciencia como cualquier otra disciplina, esto es, visibilizando los valores e intereses constitutivos a las teorías científicas. Como es evidente, una imagen más genuina y “real” de la actividad científica, implica renunciar al criterio de “verdad objetiva” para vislumbrar que, entre las teorías y los hechos se interponen valores sociales que favorecen un determinado modelo del mundo. Esta interpretación, sin embargo, no supone afirmar que los científicos inventen sus teorías sin limitaciones metodológicas: “En todo caso, señalan que en una situación dada habrá más de un modo de seguir adelante con las investigaciones y también más de un modo de diseñar un modelo viable”. (Peter Bowler e Iwan Morus 2007: 20).

Bibliografía

• BOWLER P. y MORUS I. (2007) Panorama general de la ciencia moderna. Madrid: Crítica. • COMTE, A. (2014) Curso de filosofía positiva. Buenos Aires: Claridad. • CHALMERS, A. F. (1984) ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? Madrid: Siglo xxi. • DESCARTES, R. (2009) El discurso del método. Barcelona: Brontes. • KEARNEY, H. (1970) Orígenes de la ciencia moderna. Madrid: Guadarrama. • KOYRÉ, A. (1995) Estudios de historia del pensamiento científico. México: Siglo xxi . • KUHN, T. (1971) La estructura de las revoluciones científicas. México: Fondo de Cultura Económica. • _________(1957) La revolución copérnicana. Recuperado de http://www.librosmaravillosos.com • ________(1996) La tensión esencial. México: Fondo de Cultura Económica. • LAUDAN, L. (1986) El progreso y sus problemas. Madrid: Encuentros. • RANKE, L. (1986) Pueblos y Estados en la historia moderna. México: Fondo de Cultura Económica. • SHAPIN, S. (2000) La Revolución científica. Una interpretación alternativa. Barcelona: Paidós.

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