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REVISTA HIPATIA. ESTUDIOS FILOSÓFICOS Y SOCIALES SOBRE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍa

UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES / ciclo básico común WWW.REVISTAHIPATIA.COM

EDICIÓN N° 1 AÑO 2019


Revista Hipatia Directora Comité Académico

Edición n° 1 | Año 1 - Julio-Diciembre 2019

Silvia Rivera Maria Thereza Costa Coelho de Souza Universidade de São Paulo (UPS), Brasil. Mercè García-Milà Universitat de Barcelona (UB), España. Lawrence Grossberg University of North Carolina, Chapel Hill NC, United States. Gelsa Knijnik Universidad do Vale do Rio dos Sinos (Unisinos), Rio Grande Do Sul, Brasil. Pablo Kreimer CONICET. Universidad Maimónides, Argentina. Marcelo Leonardo Levinas CONICET. Universidad de Buenos Aires (UBA), Argentina. Claudio Martyniuk IIGG / FSOC / Derecho. Universidad de Buenos Aires (UBA), Argentina. Daniel Mundo FSOC. Universidad de Buenos Aires (UBA), Argentina. Alberto Onna FFyL. Universidad de Buenos Aires (UBA), Argentina. Alejandro Raiter FFyL. Universidad de Buenos Aires (UBA), Argentina. Hugo Rodríguez Almada Universidad de la República (UDELAR), Uruguay. Julia Zullo FFyL. Universidad de Buenos Aires (UBA), Argentina.

Editora Responsable Coordinación General Equipo Editorial Diseño de portada

Mariela Genovesi Natalia Sabater Ingrid Becker, Ana Centeno, Rocío Flax, Mariela Genovesi, Eduardo Glavich, Gabriel Hernández, Juan Layna, Alejandro Margetic, Ana Rodríguez Arana, Natalia Sabater Ana Lucía Centeno

Foto de portada

Desembocadura del Rio Quequén – Marisol, Buenos Aires. PhD: Lara Eva - @jambuich

Diseño editorial

Jairo Fiorotto

Una iniciativa del grupo de investigación y docencia de Introducción al Pensamiento Científico (Cátedra Rivera) del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires (UBA/CBC).

Revista Hipatia Publicación electrónica semestral ISSN 2683-7781 Dirección Postal: AV. Montes de Oca 1120, CABA Mail de contacto: revistahipatia@gmail.com www.revistahipatia.com


Revista Hipatia

Estudios filosĂłficos y sociales sobre la ciencia y la tecnologĂ­a


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Presentación

Artículos 11

Entre continuidades y rupturas: el aporte de kuhn a la historia de la ciencia por Becker, Ingrid

29 Sobre la construcción virtual de las subjetividades en la posmodernidad por Muzzalupo, Federico

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Esa cosa (transferida) llamada ciencia por Layna, Juan

69 Las distopías audiovisuales como crítica al determinismo tecnológico: de Evangelion a Black mirror por Monzón Battilana, Álvaro Patricio

Perspectivas y Avances de Investigación 83

Algunas consideraciones en torno a la epistemología y psicología genéticas por Amaya, Oscar

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Comte y Foucault en diálogo pendular por Rodríguez Arana, Ana

Reseñas 103 Singularidad y digitalización del mundo Por Pennisi, Ariel

109 Una pregunta visceral, en el camino hacia una reflexión transformadora Por Sabater, Natalia


Presentación

Con la edición del primer número de Hipatia, abrimos hoy un espacio que soñamos creativo, potente, abierto a la reflexión, la crítica y el debate inclusivo de diferentes disciplinas y corrientes de pensamiento. Se trata de un espacio que surge a partir del trabajo sostenido por un colectivo de docentes-investigadores de la cátedra Rivera de la materia “Introducción al Pensamiento Científico” del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires. A lo largo de más de diez años nos hemos dedicado a repensar la epistemología acompañados en la tarea por pensadores que nos acercan estímulos para ejercitar la sospecha y remover toda clase de dogmas, también aquellos que se esconden detrás de las evidencias científicas. Entre estos pensadores destaco sin duda a Enrique Marí quien nos provoca todavía con su concepción de una epistemología entendida como “discurso social” que expresa en cada caso la relación de fuerzas sociales de nuestro particular dispositivo histórico. Queda claro que adentrarnos el citado entramado de fuerzas para dar cuenta de la complejidad de las teorías y las prácticas científicas requiere de un ejercicio inclusivo de multiplicidades y diferencias. Los estudios filosóficos y sociales de la ciencia y la tecnología nos abren a voces y miradas provenientes de la antropología, la sociología, la ecología, la axiología de la ciencia, la política científica y los estudios de ciencia y género entre tantas otras que se proponen iluminar el proceso de producción de saberes en todas las etapas de su desarrollo, desde la formación de futuros investigadores hasta la valoración y aplicación de teorías, y la difusión, aplicación y consumo de los resultados. Nos guía en nuestra tarea la convicción ética acerca de la necesidad de generar alternativas a los discursos hegemónicos que escatiman a la crítica sus supuestos así como también a los reduccionismos de cualquier procedencia que se ma-

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nifiestan injustos en la simplificación de problemas y soluciones. A partir de aquí inauguramos este espacio de encuentro, que con fuerte arraigo en nuestro lugar de pertenencia -el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires- se abre a colaboradores del país y del extranjero para avanzar en la promoción de inquietudes y la generación de lenguajes nuevos que nos permitan reformular preguntas mucho más que sistematizar respuestas. Los invitamos entonces a que se sumen con sus aportes, ya sea bajo el formato de artículos académicos originales que exploran tendencias innovadoras de la epistemología o bajo el formato de perspectivas de opinión que nos posicionan de modo fundamentado frente a temas relevantes de la ciencia y la tecnología. Precisamente en la sección “Avances y Perspectivas” contemplamos la inclusión de escritos ensayísticos y también de avances de investigación individuales o grupales con el objetivo de crear lazos entre investigadores y equipos de trabajo. Difundir los saberes de modo creativo, esto es iluminando y aun removiendo límites temáticos y disciplinares, es nuestro deseo y también nuestro desafío. Silvia Rivera

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Entre continuidades y rupturas

ArtĂ­culos

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Entre continuidades y rupturas: el aporte de kuhn a la historia de la ciencia Between changes and continuites: Kuhn´s contribution to science history por Becker, Ingrid Lic. y Prof. en Ciencias Antropológicas (UBA) ingridyesica@yahoo.com.ar

RESUMEN Una aproximación a los aportes de Thomas Kuhn a la filosofía e historia de la ciencia permite delinear un conjunto de innovaciones epistemológicas respecto a la “concepción heredada” en filosofía de la ciencia característica del siglo XIX y principios del XX en Europa. La incorporación de la dimensión histórica supedita la tradicional prioridad que otrora había otorgado el Positivismo al análisis estático y pretendidamente universal de los modos de justificación del conocimiento, para dinamizar su desarrollo en el tiempo y, de este modo, reivindicar el problema del cambio como materia de incumbencia de la epistemología. Es relevante analizar, sin embargo, la particular imagen de la historia que sostiene Kuhn, a riesgo de que las conceptualizaciones teóricas demasiado abarcativas simplifiquen y homogenicen la diversidad de experiencias que se entrecruzan en la práctica concreta de la actividad científica. A partir del aporte de Steven Shapin, este artículo se propone problematizar la concepción rupturista del progreso científico que sostiene Kuhn, al considerar que las pretendidas etapas del desarrollo de la ciencia, representan un esquema/patrón cíclico que

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esencializa, predetermina y formaliza la interpretación del cambio científico. Palabras clave: Historia de la Ciencia | Revolución Científica | Progreso | Cambio | Continuidad

ABSTRACT An approach to the contributions of Thomas Kuhn to philosophy and history of science allows us to outline a set of epistemological innovations regarding the inherit conception of science characteristic of the nineteenth and early twentieth centuries in Europe. The incorporation of the historical dimension subordinates the traditional priority that Positivism has once given to the static and pretenciously universal analysis of the ways of justification of knowledge, to boost its development over time and, thus, claim the problem of change as a matter of epistemology´s. It is relevant to analyze, however, the particular image of history that the thinker sustains, at the risk that, too comprehensive theoretical conceptualizations simplify and homogenize the diversity of experiences that intersect in the concrete practice of scientific activity. Based on the work of Steven Shapin, this article proposes to problematize the rupturist conception of scientific progress that Kuhn maintains, considering that the intended stages in development of science represent a cyclic scheque/pattern that essentializes, predetermines and formalizes the interpretation of scientific change. Key words: Science History | Scientific Revolution | Progress | Change | Continuity

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Un papel para la historia Es ampliamente reconocido en la actualidad el aporte que ha realizado Thomas Kuhn (1922- 1996) al campo de la epistemología de la ciencia a mediados del siglo XX. De sus conceptualizaciones, emerge una idea de ciencia capaz de reivindicar a sus agentes activos: la comunidad científica, en otros términos, aquellos productores de consensos cuyas decisiones desbordan el puro criterio racional para abarcar/reconocer factores temporo-espaciales que hacen de los paradigmas mundos inconmensurables. En este aspecto, sus estudios de la tradición y el cambio en el ámbito científico, permiten trascender la idea de ciencia de raigambre positivista para ampliar la mirada hacia los aspectos socio-históricos que le son inherentes. Aunque relegados por la filosofía tradicional de la ciencia hacía el campo de estudio de la historia de la ciencia1 –bajo el ímpetu reservado al valor de verdad sancionada por las reglas del método– el desarrollo y el cambio dentro de la ciencia, serán recuperados desde una particular perspectiva en la producción intelectual de Kuhn. La reducción de la ciencia al acto cognitivo, como señala Echeverría, ha producido una marcada división y falta de diálogo entre las disciplinas en tanto aquellas prácticas no permeables por los universales del método no eran consideradas objeto de interés para estos filósofos y lógicos influenciados por el positivismo comteano y el empirismo inglés del siglo XVII. En este panorama o estado de la cuestión podemos contextualizar la innovación que ha significado la obra de Kuhn La estructura de las Revoluciones Científicas –publicada en 1962– en el ámbito académico. La introducción de la variable temporal ha generado una renovación en este campo de estudio al permitir incorporar la noción de lo particular y por ende irrepetible en lo universal e inmutable, éste último, objeto privilegiado de análisis para los integrantes de la concepción heredada. En este sentido, Kuhn ha abordado la larga duración de un modo innovador, que será desarrollado y analizado posteriormente. Pero antes, es preciso señalar la concepción de historia que defiende el autor. En La tensión esencial, lejos de entender a la disciplina como una mera crónica de hechos fácticos ordenados “conforme sucedieron”, el autor considera su naturaleza explicativa: la comprensión, cuya base induce a conectar los hechos entre sí. Frente a la búsqueda de leyes universales que ha caracterizado el quehacer de las ciencias naturales y por añadidura de las ciencias sociales, que en sus orígenes han intentado emular su método en pos de su legitimación, se puede decir que la historia conserva una particularidad que la aleja de las ciencias sociales, su

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La filosofía analítica y reduccionista de la ciencia promueve la división de la práctica científica en contextos de descubrimiento y justificación, aislando el estudio de cada uno a los historiadores y filósofos de la ciencia respectivamente.

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objeto de estudio son los eventos y procesos irrepetibles, únicos en cuanto no van a volver a suceder. Más allá de las diferentes corrientes historiográficas y sus modos alternativos de construir o concebir el pasado, la disciplina se distingue por su precaución a la hora de buscar leyes generales que expliquen y predigan el devenir. Las fuentes, materia prima del oficio del historiador, limitan las generalizaciones teóricas y lo sumergen en micro terrenos heterogéneos. Entonces ¿es la historia una ciencia social o una disciplina humanística? Considero que esta pregunta debe ser tema de debate entre epistemólogos e historiógrafos o especialistas en teoría de la historia. Al respecto, Kuhn argumenta que ningún historiador ha producido hasta la fecha en que él escribe, una explicación plausible de la naturaleza de las conexiones que habría entre sucesos históricos y que han sido los filósofos los que han tratado de llenar el vacío resultante de lo que se conoce como “modelo de ley encubierta”. Este modelo supone que una narración histórica es explicativa en la medida que está regida por leyes a las cuales el historiador tiene acceso consciente o inconscientemente. Para el autor, es evidente que este modelo, extraído de las ciencias de la naturaleza, no es aplicable a la historia. Si bien Kuhn, reconoce que puede haber leyes sobre la conducta social, la plausibilidad de una narración histórica no depende del poder de unas cuantas leyes de carácter dudoso, que además no redundan en una mayor capacidad explicativa de la historia. En sus propios términos: Concluyo, pues, entre otras cosas, que la capacidad de predecir el futuro no forma parte del arsenal del historiador. Él no es un científico social ni un profeta. No es mero accidente que, desde antes que comience a escribir, sepa el final de su narración lo mismo que el comienzo. (Kuhn, 1996: 41).

En este sentido, si nos remontamos a la formación de la historia como disciplina autónoma en el siglo XIX, los primeros historiadores procuraron delimitar la autonomía de la disciplina en base a un método –filológico-crítico–, un abordaje y un rol propio capaz de distinguirla de otras disciplinas. Es así que la historia –en general– fue entendida como el estudio de los sucesos irrepetibles y singulares. Los representantes de esta escuela historiográfica, argumentaban que, a través de método historicista, basado en la lectura y crítica de fuentes documentales, especialmente de primera mano, era posible conocer los eventos y acontecimientos del pasado tal cual habían sucedido. En su horizonte, primaba la construcción de un relato único y lineal de los acontecimientos políticos, la búsqueda de los orígenes nacionales, el énfasis por la descripción y encadenamiento de hechos singulares, y una enfática marginación hacia cualquier intento de conceptualización y generalización teórica. Su fundador, Leopold von Ranke (1795-1886) aducía que no era

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posible exigir de una historia, el desarrollo libre que la teoría busca en una obra poética y que, para el historiador, la ley suprema de la historia era la exposición rigurosa de los hechos2. La historiografía erudita, como también es conocida, adolecía de varios supuestos; en primer lugar, no se presentaba como discusión el problema epistémico de la objetividad o la verdad. Se suponía que el investigador podía distanciarse del objeto de estudio y reflejar lo que las fuentes “decían” con total neutralidad. La propia interpretación del investigador, su marco teórico, los sesgos del presente, la lectura crítica capaz de cuestionar los intereses detrás de quien había escrito la fuente –especialmente al tratarse de fuentes estatales u oficiales– no constituían problemáticas a tener en cuenta, lo cual favorecía un abordaje acrítico de la propia disciplina, en otras palabras, el propio quehacer del historiador no era foco de reflexión metahistórica. En contraste, Kuhn propone abordar la historia de la ciencia explicitando la posición teórica que, según entiende, es más pertinente o adecuada para dar cuenta del carácter que adquiere su desarrollo. En dicha perspectiva adquieren notoriedad los reconocidos conceptos –entre ellos, paradigma, ciencia normal, revolución científica– que definen parte de su obra y a través de los cuales desglosará el ciclo de regularidades que unifican la historia de las diferentes disciplinas dentro de las ciencias empíricas, especialmente de la física, química y astronomía. En su filosofía, pretende trascender la mera descripción de descubrimientos individuales para abarcar las visiones globales y procesos colectivos complejos que se desarrollan en el seno de la comunidad científica en una época dada, perspectiva que, a su vez, le permite relativizar las grandes visiones compartidas en su propio contexto de producción. En relación, el autor argumenta que la emergencia de una revolución historiográfica es consecuencia de la creciente dificultad que encuentran los historiadores para describir el desarrollo científico como un proceso lineal de acumulación de conocimientos. A partir de esta problemática, emerge una nueva línea de interpretación basada en vincular una visión o contribución científica en su propia época, con preguntas que trasciendan la mera comparación de los conocimientos producidos entre una época pasada y una presente. Para evitar anacronismos, es necesario comparar las opiniones de un científico con las de sus contemporáneos: discípulos, maestros, sucesores, pues la falta de un patrón común en la elección de los paradigmas vuelve inconsistente cualquier intento de comparación. Previamente, Alexandre Koyré había precisado la relevancia de situar las obras estudiadas

2 A diferencia de la historiografía positivista representada por Hippolyte Taine (Francia, 18281893) el historicismo se caracteriza por el rechazo a la búsqueda de leyes universales sobre la historia.

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en su medio intelectual, de interpretarlas en función de las costumbres mentales y de las preferencias o aversiones de sus autores. Esta actitud proponía revertir la tendencia a traducir un pensamiento antiguo al lenguaje moderno “(…) que lo clarifica, pero al mismo tiempo lo deforma; por el contrario, nada es más instructivo que el estudio de las demostraciones de un mismo teorema dadas por Arquímedes y Cavalieri, Roverbal y Barrow”. (Koyré, 1995: 07). He aquí la pertinencia que encuentra Kuhn al emplear el término inconmensurabilidad para dar cuenta de las diferencias sustanciales entre paradigmas rivales, los cuales expresan modos incompatibles de ver el mundo y practicar en él la ciencia.

Hacía una problematización del progreso científico Si bien el autor concibe que científicos de paradigmas distintos, viven en mundos diferentes y que el paradigma debe ser defendido hasta la última instancia3, aún frente a la presencia de anomalías en su seno, no es posible afirmar que los paradigmas sean rígidos e inquebrantables, pues dan lugar a la gestación de grandes cambios en la cosmovisión de la naturaleza durante la etapa de crisis y posterior revolución. Sin embargo, es preciso destacar que las dificultades para el desarrollo de dichos cambios se pueden relacionar con la tendencia conservadora de la comunidad científica hacía su tradición de pensamiento que provoca la falta de estímulo hacía el desarrollo de un pensamiento divergente. Al respecto, Kuhn enfatiza: “nos hemos propuesto enseñarles a los estudiantes la manera de llegar a respuestas correctas que nuestra civilización nos ha enseñado que son correctas.” (Kuhn, 1996:251). Así mismo, un nuevo resultado de investigación puede ser interpretado mediante el marco teórico o los conceptos que hasta el momento orientaban la interpretación dentro del paradigma, lo cual imprime un límite u obstáculo cognitivo al desarrollo de una nueva concepción científica. Las investigaciones, en este sentido, no suelen estar destinadas a ser revolucionarias, pues son parte de una red de compromisos intelectuales y prácticos dentro de los cuales se ha formado el científico: “(…) incluso la investigación normal de mejor calidad en una actividad en su mayor parte convergente, fincada sólidamente en un consenso establecido, adquirido éste ultimo de la educación científica y fortalecido por la práctica de la profesión” (Kuhn, 1996: 250). En este sentido, el autor señala que llegar a un resultado de un problema de investigación normal es lograr lo esperado de una manera nueva, en tanto el valor de un enigma lo constituye la existencia asegurada

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Aquí radica una de sus diferencias entre Karl Popper y su discípulo. Kuhn relega el énfasis en un método universal y ahistórico por un método relativo a cada paradigma; a su vez, éste último es sostenido hasta última instancia por la comunidad científica.

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de una solución que corrobore una creencia aceptada. Mientras otros problemas se rechazan como metafísicos, correspondientes a otra disciplina o como demasiado problemáticos. En otras palabras, el criterio de selección de problemas y su enunciación se encuentra definido o condicionado por herramientas conceptuales e instrumentales proporcionadas por el propio paradigma. Si bien las transformaciones constituyen períodos de ciencia extraordinaria, pues la mayor parte del tiempo la ciencia procede de modo normal, en La Estructura de las revoluciones científicas, el problema de la naturaleza del cambio científico adquiere una relevancia epistemológica radical. La epistemología relega la prioridad en el análisis de los modos de justificación de las teorías científicas, para adentrarse en el examen del proceso histórico del conocimiento científico. El concepto de anomalía permitirá explicar el periodo de crisis que atraviesa una comunidad cuando el paradigma que sostenía, hasta entonces, sus certezas comienzan a debilitarse, ya sea por la suma de interrogantes que no es posible responder o por la gravedad de alguna anomalía que afecta los fundamentos de dicho modelo. Cabe destacar, que los paradigmas pueden convivir con anomalías sin necesariamente desembocar en una crisis. Esta tolerancia hacia la estructura teórica que sostiene un paradigma caracteriza otro de los puntos centrales en el análisis de la epistemología de Kuhn, a saber, las teorías dejan de concebirse como ejemplos de racionalidad objetiva para convertirse en consensos relativos a la comunidad científica en un periodo determinado. Consensos que se entablan siguiendo criterios particulares y epocales. La mera presencia de anomalías o ejemplos en contrario pueden contribuir a crear una crisis, pero no pueden demostrar que una teoría filosófica es falsa, e incluso lo que diferencia a la ciencia normal de la revolucionaria no es la presencia de ejemplos en contrario, ya que toda investigación está afectada por dichos problemas. Tal como destaca Alan Chalmers (1984) un científico normal no suele criticar el paradigma en el que trabaja. Existen supuestos o conocimientos tácitos que se internalizan bajo la formación práctica dentro de un paradigma, lo cual, si bien permite el avance en la resolución de problemas predefinidos, al mismo tiempo imprime un obstáculo al desarrollo de investigaciones alternativas. Esta característica se encuentra indisolublemente ligada a la conservación del paradigma a través de la formación hacía una cosmovisión de ciencia consensuada que moldea y formatea la propia práctica, provocando una postura acrítica de la misma por parte de sus partidarios. Se observa hasta aquí el giro radical que diferencia al autor de la concepción analítica; en primer lugar, la aceptación de una teoría por parte de la comunidad científica ya no depende única y exclusivamente del criterio cognitivo. En un sentido menos pretencioso y bajo el propio concepto de paradigma, Kuhn relega el afán

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cientificista por conservar una imagen objetiva de la actividad científica y expone sin miramientos su carácter social. Al respecto, Larry Laudan argumenta que los principios específicos y puntuales de racionalidad científica que los científicos emplean al evaluar teorías no están fijados de modo permanente, sino que se han modificado sustancialmente a lo largo de la historia de la ciencia. Señala incluso que se ha tendido a caracterizar a la ciencia en términos de propiedades trascendentales como la verdad o la certeza apodíctica: “Concebida en estos términos, la ciencia no resulta progresiva, puesto que, evidentemente, no hay modo de asegurar si nuestras teorías son más verosímiles o están más próximas a la certeza que antes”. (Laudan, 1986: 11). En segundo lugar, la epistemología de Kuhn, reconoce la dinámica intersubjetiva de la comunidad científica en su rol protagónico a la hora de conservar el modelo teórico-práctico que orienta su actividad. A pesar de esto, conserva la dicotomía reduccionista entre historia interna y externa al mencionar que ciertos factores “externos” propician el incremento de una crisis. Un ejemplo lo constituyó, en el campo de la astronomía, la insistencia en la reforma del calendario, concebida como una presión extra-científica que aportó su grano de arena en la crisis de la astronomía ptolemaica. Sin embargo, fue necesario el planteamiento de una nueva teoría como respuesta directa a la crisis. Asimismo, se puede destacar que las revoluciones son procesos inusuales, pues solo una parte muy pequeña de las investigaciones tiene una naturaleza revolucionaria. Tal como se ha mencionado, esto se vincula al predominio de una educación basada en perpetuar el pensamiento convergente por sobre el divergente (Kuhn, 1996) y, a la tendencia de la comunidad científica a defender y sostener el paradigma hasta última instancia. En el debate sobre la elección de un nuevo paradigma intervienen criterios que exceden la evaluación metodológica –entre ellos, las técnicas de argumentación persuasiva–, en tanto los partidarios de paradigmas rivales sostienen juicios disímiles que hacen muy difícil una valoración inequívocamente lógica y experimental. El conocimiento, en términos de Kuhn no es una construcción hecha por la mente directamente sobre datos sensoriales no elaborados. Es por esto que gran parte de la investigación normal depende de la habilidad de los científicos para seleccionar problemas que pueden resolverse con técnicas conceptuales familiares a las ya existentes. Se puede decir, al respecto, que el conocimiento es acumulativo solo dentro del período de ciencia normal y esta sucesión se resquebraja con el proceso de revolución. Dentro de la formulación discontinua de la práctica científica, se desprende la idea de que el progreso en la ciencia no se produce evolutivamente, es decir, por mera acumulación de conocimientos. He aquí el modo con el cual el autor discute con la historiografía tradicional de la ciencia a la cual adjetiva de anecdótica, lineal,

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unitaria e incluso anacrónica. Una revolución no implica un progreso en la ciencia. El progreso solo existe dentro de las coordenadas del propio paradigma, el cual propicia un reordenamiento y descarte de elementos del “credo” antiguo en aras de la asimilación de nuevos significados y relaciones. En concordancia, la historia de la ciencia no puede focalizar la atención en los descubrimientos o realizaciones estricta o puramente “individuales”: no es posible preguntar quién, cuándo y dónde se descubre, pues es un proceso complejo que se produce a lo largo del tiempo, dentro de una comunidad científica4. Este proceso implica una transformación conceptual que en ocasiones es invisibilizada por quienes defienden una imagen sumativa del conocimiento científico, bajo el argumento de que los conceptos entre una teoría y otra se conservan inalterables. En respuesta, Kuhn señalará que la referencia física de esos conceptos cambia y que, por ende, lejos de proponer un perfeccionamiento de la teoría anterior, entran en conflicto con ella. (…) es difícil ver cómo pueden surgir nuevas teorías sin esos cambios destructores en las creencias sobre la naturaleza. Aunque la inclusión lógica continúa siendo una visión admisible de la relación entre teorías científicas sucesivas, desde el punto de vista histórico no es plausible. Creo que hace un siglo hubiera sido posible dejar en este punto el argumento en pro de las revoluciones. Pero, desgraciadamente hoy en día no puede hacerse eso, debido a que la visión del tema antes desarrollado no puede mantenerse si se acepta la interpretación contemporánea predominante de la naturaleza y la función de la teoría científica. Esta interpretación, asociada estrechamente con el positivismo lógico inicial y que no ha sido rechazada categóricamente por sus sucesores, restringiría el alcance y el significado de una teoría aceptada, de tal modo que no pudiera entrar en conflicto con ninguna teoría posterior que hiciera predicciones sobre alguno de los mismos fenómenos naturales. (Kuhn, 1971: 158).

Además de no poder explicar el cambio de perspectiva científica o la emergencia de teorías que contradicen la anterior, una historia lineal presupone la interpretación del pasado desde una única línea evolutiva que, indefectiblemente nos conduciría a los conocimientos “modernos” y a la valoración de los saberes precedentes en base a juicios posteriores. Esta visión anacrónica del pasado es conocida como interpretación whig de la historia, y su error básico, según señala Hugh Kearney “(…) tal vez sea remplazar una explicación basada en un desarrollo lógico de los hechos, en el lugar de otra interpretación menos racional y más compleja del pasado” (1970:131).

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El ejemplo del descubrimiento del elemento oxígeno, tal como lo entendemos en la actualidad es ilustrativo de la complejidad que conlleva un descubrimiento. Al respecto, léase Kuhn, La tensión esencial, 1996.

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Así mismo, otro tipo de saberes, que conviven con los saberes hegemónicos sostenidos por la ciencia moderna, son rechazados y/o adjetivados como pre-lógicos, supervivencias de un pensamiento pre-moderno5. Sin ir más lejos, el propio fundador del positivismo en el siglo XIX, Auguste Comte trazaba el desarrollo de la inteligencia humana a partir de la sucesión de tres estados, cada uno de los cuales marcaba el grado de desarrollo en el cual se encontraba el pensamiento humano6. En su esquema, la coexistencia entre ellos reflejaba un panorama de anarquía intelectual que no era posible o deseable para el desarrollo de una nación. Y si bien consideraba que no todas las ramas del saber llegan simultáneamente al estado definitivo, existe un orden necesario que las mismas deben recorrer para formar parte del mismo espíritu positivo –símbolo de la modernidad, del verdadero y único conocimiento– o en otras palabras, de una doctrina social común capaz de establecer una comunión de principios y una verdadera organización social. En síntesis, el problema del evolucionismo en sus distintas manifestaciones ha demostrado límites y obstáculos a la hora de interpretar y valorar la diversidad socio-cultural, reducida a estados sucesivos que desembocan en la llamada “civilización”, entendida como la moderna sociedad europea, cuna del único conocimiento verdadero: el científico. Una de las innovaciones atribuidas a Kuhn radica en trascender una historia sucesiva y sumativa del conocimiento en aras de incluir e interpretar las diversas cosmovisiones en sus propios términos, entendiendo la revolución científica como una ruptura respecto a los fundamentos que sostenían las anteriores creencias. Creencias, que, sin embargo, no dejan de considerarse científicos a pesar de su “extinción”. He aquí las características que definen su particular concepción relativa del desarrollo científico. Tras una primera aproximación a su lectura, se pueden analizar intentos de ruptura respecto a la concepción tradicional de la ciencia al concebir que los paradigmas son el resultado de consensos y compromisos dentro de una comunidad y no de un método supra orgánico que revela verdades irrefutables que devienen en ley. En este sentido, el pensador dinamiza la actividad científica al visibilizar a los actores sociales que la practican en un periodo histórico determinado. El tipo de ciencia surgirá de la prioridad que otorgue la comunidad científica a diversos factores, como la simplicidad de una formulación teórica o la necesidad de resolver un problema determinado. Desde esta óptica relativista, se diluye la concepción

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Véase: Lizcano, Emmanuel, Metáforas que nos piensan (2009), Buenos Aires: Biblos.

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Al respecto, léase la Ley de los tres estados en Comte, Curso de Filosofía positiva (2014), Buenos Aires: Claridad.

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de la “verdad” científica y sin ella, se vuelve imposible comparar los paradigmas bajo un patrón común, capaz de establecer la superioridad o inferioridad de uno u otro.

Una nueva concepción del cosmos Uno de los ejemplos históricos analizados por Kuhn es el surgimiento de la astronomía de Nicolás Copérnico. A través de ella da cuenta de su teoría a favor de la ruptura con respecto al sistema de Ptolomeo, que había sostenido –durante la antigüedad y el medioevo– creencias sobre el cosmos con una gran capacidad para predecir los cambios de posición tanto de los planetas como de las estrellas. La transformación/revolución en la concepción cosmológica reconocida como el pasaje del modelo tradicional aristotélico-ptolemaico al sistema copernicano-galileano, siglo XVI y XVII es parte de un proceso histórico que excede a la astronomía misma como rama particular de conocimiento. Es necesario incluirla dentro de una época caracterizada por profundos cambios en la estructura del pensamiento científico, estrechamente ligado a las ideas transcientíficas, filosóficas, metafísicas y religiosas (Koyré,1995: 05). Para Kuhn fue un acontecimiento plural cuyo núcleo –la transformación de la astronomía matemática– favoreció cambios conceptuales en los terrenos de la cosmología, física, filosofía y religión. En consonancia, el autor argumenta: “Tanto los estudios especializados como los trabajos elementales en ellos inspirados no aciertan a hacer resaltar lo más esencial y fascinante de sus características, precisamente la que emerge de la propia pluralidad de la revolución”. (1956: 02). La revolución metodológica llevada a cabo por René Descartes (1596-1650) simboliza el espíritu de una época signada por el cuestionamiento hacía el “mundo” conocido. La nueva concepción de la naturaleza se desarrolla en paralelo al surgimiento de la filosofía moderna y se caracteriza por el rechazo de las verdades recibidas y el estudio del problema del conocimiento. Entre los cuatro preceptos que guían el método cartesiano: Fue el primero en no aceptar nunca como verdadera ninguna cosa que no conociese con evidencia que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprender en mis juicios nada más que aquello que se presente tan clara y distintamente a mi espíritu que no tuviese ocasión alguna de ponerlo en duda. (Descartes, 2009: 50).

En su discurso, establece una clara ruptura con el razonamiento escolástico, corriente teológico-filosófica predominante en las escuelas catedralicias y en los es-

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tudios generales que dieron lugar a las universidades medievales entre mediados del siglo XI y mediados del XV. En el campo de la astronomía, los aportes de Copérnico no solo aportaron una combinación más económica de los “círculos”, en términos de Koyré, sino un cambio en la nueva imagen del mundo y un nuevo sentimiento del ser: “el paso del Sol al centro del mundo expresa el renacimiento de la metafísica de la luz, y eleva a la Tierra a la categoría de los astros (…)” (Koyré, 1995: 05). Sin embargo, será la unión de la teología cristiana con el pensamiento de Proclo lo que permitirá a Kepler liberarse de la circularidad7 que había dominado el pensamiento hasta entonces. Podemos observar en Koyré su intención de abarcar una visión integral de los cambios de este siglo, en tanto la astronomía y la matemática no se comprenden desgajadas de la obra del filósofo y del teólogo. El pasaje del modelo geocéntrico al heliocéntrico implicó la descentralización de la tierra como eje del universo y su concepción como un astro más que gira alrededor del Sol. Este modelo contradecía el sentido común sobre los movimientos aparentes de los astros. La Tierra ya no estaba inmóvil, sino que realizaba dos movimientos, diario alrededor de su propio eje y anual alrededor del Sol, que ahora permanecía estático. La unificación entre la física celeste y la física terrestre, a partir de la elaboración matemática de la gravitación, desarrollada por Isaac Newton, constituyó uno de los pilares de origen de la ciencia moderna. Esta primera gran unificación de la física mostraba que la separación en dos reinos impuesta por Aristóteles para el universo –el supralunar de los astros y el sublunar de los objetos terrestres- carecía de fundamentos. Junto a las observaciones de Galileo, comenzó a aceptarse que la descripción física era una sola para todo el cosmos, y que la dinámica del universo estaba sujeta a la ley de la gravitación de Newton. Por más de dos siglos, todas las observaciones astronómicas se describieron a partir de esta única teoría hasta que aproximadamente a fines del siglo XIX el nivel de precisión de las observaciones astronómicas mostró algunas de sus limitaciones. La órbita de Mercurio, por ejemplo, sufría pequeñas perturbaciones que la alejaban de una cantidad ínfima –pero calculable– de lo que predecía la ley. Se propuso entonces, la presencia de un planeta nuevo –al que llamaron Vulcano– interior a la órbita de Mercurio que, con su atracción gravitacional sería el responsable de alterar el curso de este planeta. Este tipo de hipótesis auxiliares buscaban explicar la causa de las excepciones con el fin de evitar poner en cuestionamiento

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En el modelo aristotélico-ptolemaico cada planeta se mueve en un círculo (epiciclo) y en su centro se mueve otro circulo (deferente), en cuyo centro se encuentra la Tierra

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la teoría principal. Cabe destacar que estos procedimientos constituyen una herramienta plausible dentro de las comunidades científicas para preservar la hipótesis principal de una teoría.

Alcances y límites de la propuesta de Kuhn A pesar de la innovación que ha significado la obra de Kuhn en el campo de la epistemología, a partir de la incorporación de la historia de la ciencia –y con ella, el reconocimiento del cambio y la ruptura entre universos de saberes consensuados– su particular interpretación discontinua y esencialista del progreso científico, ha generado que algunas voces alcen sus críticas ya sea para matizar o cuestionar la propia noción de revolución científica. En principio, su concepción de la historia de la ciencia propiamente dicha, representa un esquema reiterativo o tipo “ideal”, en términos de Weber, conformado por etapas que parecen predecir lo que va a suceder: pre ciencia-ciencia normal-crisis-revolución científica- nueva ciencia normal. En claro diálogo con la interpretación kuhneana del desarrollo científico, Steven Shapin (2000) comienza su obra alertando: “La Revolución científica nunca existió”. A partir de esta afirmación se esgrimen múltiples argumentos que permiten no solo deconstruir el concepto y complejizar el debate sobre este proceso, sino incluso entenderlo como una proyección del siglo XX hacia el pasado. La Revolución científica entendida como un cambio singular e irreversible que inaugura una nueva época, se asocia más a una expresión de los científicos de finales del siglo XX que a las concepciones e interpretaciones que los propios científicos del siglo XVII elaboraron sobre sus propias prácticas. Al respecto, la conceptualización de la revolución científica como un cambio homogéneo y unidireccional supone que las diversas ramas de las ciencias se desarrollan conjuntamente en un mismo sentido, encaminadas hacía un devenir histórico conjunto. Esta mirada global impide abordar la heterogeneidad cultural de la ciencia, la diversidad de prácticas que la constituyen y las particularidades históricas que las han caracterizado. En relación, Shapin señala que muchos historiadores actuales son precavidos a la hora de considerar que cierto acontecimiento concreto, ubicado en un tiempo y espacio determinado, pueda considerarse “la Revolución científica”. Esta concepción selectiva y parcial unifica la diversidad de experiencias dentro de una misma entidad, destinada a conducirnos indefectible y unilinealmente hacía el conocimiento científico actual. En relación, el autor argumenta: El pasado no se transformó en el “mundo moderno” en un momento singular: no debería ser motivo de sorpresa el descubrir que los que practicaban

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la ciencia en el siglo XVII tenían, a menudo, tanto de modernos como de antiguos. Sus ideas tuvieron que ser sucesivamente transformadas y redefinidas por generaciones de pensadores hasta convertirse en las “nuestras”. (Shapin, 2000: 24).

En estas palabras se refleja la discordancia de Shapin con los esquemas predefinidos y una marcada preocupación por adecuar los marcos interpretativos a la complejidad de la historia vivida. Sin embargo, esta postura no implica suponer que existan explicaciones que reflejen fielmente cómo era el pasado o que ingenuamente se sostenga que un relato histórico expone los hechos tal como ocurrieron, pero propone cuestionar aquellas interpretaciones que fuerzan los procesos históricos dentro de modelos teóricos demasiado rígidos que no permiten dar cuenta de matices y particularidades que exceden a sus generalizaciones. Admitiendo que todo relato histórico es necesariamente selectivo y parcial, pues se trata de arribar a generalizaciones –en un sentido pragmático– que definan un periodo histórico, Shapin desarrolla cuatro aspectos que interrelacionados habrían favorecido un cambio en el conocimiento del mundo natural: la mecanización de la naturaleza, la despersonalización del conocimiento de la naturaleza, el intento de mecanizar la construcción del conocimiento y la aspiración a usar el conocimiento natural reformado resultante para conseguir fines morales, sociales y políticos. En consonancia, también Koyré argumenta que las divisiones netas de la historia en épocas o periodos es una operación un tanto artificial, aunque asume que los cambios imperceptibles desembocan en una diversidad muy clara: ¿No es en general vano querer establecer en la continuidad del devenir histórico unas divisiones cualesquiera? La discontinuidad que con ello se introduce, ¿no es artificial y falsa? Sin embargo, no hay que abusar del argumento de la continuidad (…) de la semilla del árbol no hay saltos; y la continuidad del espectro no hace sus colores menos diversos. (Koyré, 1995: 09).

En relación, la interpretación sobre los orígenes de la ciencia moderna es un problema vivamente debatido. Los partidarios de la evolución continua han ampliado y enriquecido la comprensión de la ciencia medieval y sus relaciones con la filosofía medieval, entre ellos, el libro sobre Roberto Grosseteste por parte de A. C. Crombie tiende a demostrar que la ciencia moderna tiene su origen e inspiración metodológica y filosófica en la etapa medieval8 y que se distingue por la tendencia a utilizar el empirismo práctico de las artes y oficios buscando una explicación racional. En

8 Una lectura del propio Descartes, símbolo de los tiempos modernos, expresa la continuidad respecto a las concepciones medievales.

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teoría, Crombie sostiene que la ciencia experimental era ya comprendida y aplicada por un número suficiente de filósofos entre los siglos XIII Y XIV (Koyré 1995: 52-53). Los “modernos” no desarrollaron una modificación sustancial en los métodos existentes, sostiene, sino que sustituyeron el procedimiento cualitativo por el cuantitativo y adaptaron a la investigación experimental un tipo nuevo de matemáticas, entre las cuales se destacó la dinámica moderna. En contraste, Koyré señala que el aspecto metodológico/práctico es insuficiente para inferir una continuidad entre la ciencia medieval y moderna. La reivindicación del trabajo manual –asociado al desarrollo de la ciencia experimental y la técnica en este caso– por la tradición cristiana no implica para Koyré el nacimiento del espíritu moderno. Si el interés práctico fuera la condición necesaria y suficiente del desarrollo de la ciencia experimental –en nuestra acepción de la palabra—esta ciencia habría sido creada un millar de años –por lo menos– antes de Roberto Grosseteste, por los ingenieros del Imperio romano, sino por los de la República romana. Se puede observar la independencia entre teoría y práctica que solo se unificarán, en la concepción de Koyré, con el desarrollo de la reciente tecnología científica. Continuando su razonamiento, la revolución científica se explica por un cambio profundo en la concepción teórica del mundo, fundada en una ontología completamente diferente respecto de la ciencia tradicional, esto es, la interpretación del mundo físico-natural en términos matemáticos. Si incorporamos la voz de Shapin, la mayoría de las “revoluciones”, por el contrario, introducen cambios que son menos drásticos de lo que proclaman o se atribuyen: La nueva astronomía de Copérnico preserva el supuesto aristotélico de la perfección del movimiento circular, y lo mismo ocurre con el descubrimiento de William Harvey (1578-1657) de la circulación de la sangre (…) muchos filósofos mecanicistas proclamaron su rechazo de la vieja teleología, pero, en realidad, en algunas de sus prácticas explicativas preservaron un papel importante para las explicaciones en términos de finalidad. (Shapin, 2000: 93).

Aquí observamos nuevamente al autor matizando la retórica modernista a partir de diversos ejemplos históricos en los cuales los pensadores modernos reconocieron haber recuperado un conocimiento antiguo. Tal es el caso de Copérnico, quien argumentaba que el heliocentrismo era una concepción antigua, que se había corrompido por los sucesivos añadidos, y el caso del anatomista Andrea Vesalio quien se veía como el autor del conocimiento médico del médico griego Galeno. (Shapin, 2000: 94).

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Palabras finales La lectura de la obra de Kuhn en perspectiva y su complementación con concepciones historiográficas posteriores arroja luz acerca de los alcances y límites de su propuesta epistemológica. El giro que abarca desde la reducción de la actividad científica a un método “universal” –por parte los filósofos tradicionales de la ciencia– hasta el análisis histórico de los consensos y compromisos paradigmáticos que establecen los agentes activos que practican esta actividad, ha significado un avance incuestionable en la materia al favorecer una imagen más amplia y dinámica de la actividad, capaz de reconocer el carácter social del conocimiento. En este sentido, se puede ver en Kuhn un autor bifronte entre una tradición que lo antecede, cuyas bases y suposiciones teóricas de carácter cientificista ha intentado trascender, y la posterior emergencia de historiadores como Shapin, que han intentado complejizar la tenue relación entre las generalizaciones teóricas de Kuhn y la heterogeneidad cultural de la ciencia o las ciencias del siglo XVII. A partir del debate entre los defensores de una historia continuista –lineal, acumulativa y unitaria– del desarrollo científico y los defensores de una historia rupturista –discontinua, no acumulativa del conocimiento– es preciso señalar que la primera vertiente puede relacionar y vincular las ideas modernas con sus antecesoras, pero no puede explicar los cambios drásticos que alternan y contradicen las teorías hasta el momento aceptadas. En términos de Kuhn: Esta interpretación, asociada estrechamente con el positivismo lógico inicial y que no ha sido rechazada categóricamente por sus sucesores, restringiría el alcance y el significado de una teoría aceptada, de tal modo que no pudiera entrar en conflicto con ninguna teoría posterior que hiciera predicciones sobre alguno de los mismos fenómenos naturales. (Kuhn, 1971: 158).

Así mismo, la vertiente kuhneana, reivindica los caminos discontinuos que ha atravesado la práctica científica, sin embargo, su tajante noción de inconmensurabilidad impide ver los posibles vínculos entre ideas o concepciones fuera de la etapa de ciencia normal. A su vez, la historia presentista no es del todo superada, en tanto el análisis de la revolución científica del siglo XVII, tal como argumenta Shapin, es interpretada como el principio de la ciencia, tal como la conocemos hoy en día. En este sentido, Kuhn esencializa la actividad científica: quien precisamente duda que existan necesariamente leyes que expliquen la historia, termina definiendo un patrón de cómo se sucede el desarrollo científico. Esta sucesión de etapas simplifica una historia de la ciencia compleja e intrincada, pues los conocimientos pasados no necesariamente se extinguen para dar lugar a una visión de ciencia incompatible con la del paradigma de la etapa posrevolución. En este sentido, el pensador modeliza la

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historia del desarrollo científico a partir de un esquema cíclico pre determinado por su particular concepción filosófica del cambio y la continuidad de esta práctica. Y es esta concepción predefinida la que impide abarcar los imponderables históricos. Más allá de las críticas historiográficas a la obra de Kuhn, es preciso reivindicar el eco de sus aportes entre sus contemporáneos y pensadores posteriores. Entre ellos, los representantes de la Escuela de Edimburgo han deconstruido aún más la tradicional división de la ciencia en historia interna y externa al señalar que la misma, no es más que una consecuencia de la idealizada imagen positivista de una ciencia objetiva, pura, independiente de los avatares políticos, económicos, religiosos. Desde el campo de la sociología del conocimiento, se insiste en estudiar la ciencia como cualquier otra disciplina, esto es, visibilizando los valores e intereses constitutivos a las teorías científicas. Como es evidente, una imagen más genuina y “real” de la actividad científica, implica renunciar al criterio de “verdad objetiva” para vislumbrar que, entre las teorías y los hechos se interponen valores sociales que favorecen un determinado modelo del mundo. Esta interpretación, sin embargo, no supone afirmar que los científicos inventen sus teorías sin limitaciones metodológicas: “En todo caso, señalan que en una situación dada habrá más de un modo de seguir adelante con las investigaciones y también más de un modo de diseñar un modelo viable”. (Peter Bowler e Iwan Morus 2007: 20).

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Bibliografía • BOWLER P. y MORUS I. (2007) Panorama general de la ciencia moderna. Madrid: Crítica. • COMTE, A. (2014) Curso de filosofía positiva. Buenos Aires: Claridad. • CHALMERS, A. F. (1984) ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? Madrid: Siglo xxi. • DESCARTES, R. (2009) El discurso del método. Barcelona: Brontes. • KEARNEY, H. (1970) Orígenes de la ciencia moderna. Madrid: Guadarrama. • KOYRÉ, A. (1995) Estudios de historia del pensamiento científico. México: Siglo xxi . • KUHN, T. (1971) La estructura de las revoluciones científicas. México: Fondo de Cultura Económica. • _________(1957) La revolución copérnicana. Recuperado de http://www.librosmaravillosos.com • ________ (1996) La tensión esencial. México: Fondo de Cultura Económica. • LAUDAN, L. (1986) El progreso y sus problemas. Madrid: Encuentros. • RANKE, L. (1986) Pueblos y Estados en la historia moderna. México: Fondo de Cultura Económica. • SHAPIN, S. (2000) La Revolución científica. Una interpretación alternativa. Barcelona: Paidós.

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Sobre la construcción virtual de las subjetividades en la posmodernidad On the virtual construction of subjectivities in postmodernity por Muzzalupo, Federico Lic. en Ciencias de la Comunicación (FSOC/UBA) federicomuzzalupo@gmail.com

RESUMEN Los desarrollos tecnológicos, en sus vertientes virtuales y digitales, dieron como resultado la proliferación de aplicaciones, las llamadas APPS, las cuales son el soporte de diversas redes sociales. Dicha web 2.0 trastocó diferentes aspectos en lo referente a lo científico- técnico, económico y sociocultural. A su vez, su masiva utilización modificó la forma en que las personas se relacionan entre sí y con ellas mismas. Así como también la manera en que los seres humanos se vinculan con los dispositivos tecnológicos. Para el análisis que aquí se propone es necesario describir cada red social en particular y, cómo las personas se relacionan con cada una de ellas, teniendo en cuenta sus efectos y causas. Además, es menester analizar los discursos hegemónicos que sustentan y justifican su implantación y utilización. También, de forma específica, describir y definir el tipo de subjetividades particulares que dichos procesos crean. Por último, se ensayará una conclusión que intenta cerrar lo expuesto a través del artículo. Palabras clave: Tecnología | Virtual | Digital | Redes Sociales | Subjetividades

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ABSTRACT Technological developments, in their virtual and digital aspects, resulted in the proliferation of applications, the socalled APPS, which are the support of various social networks. This web 2.0 disrupted different aspects regarding the scientific-technical, economic and sociocultural aspects. In turn, its massive use modified the way people relate to each other and to themselves. As well as the way in which human beings are linked to technological devices. For the analysis proposed here it is necessary to describe each particular social network and, how people relate to each of them, taking into account their effects and causes. In addition, it is necessary to analyze the hegemonic discourses that support and justify its implementation and use. Also, specifically, describe and define the type of particular subjectivities that these processes create. Finally, a conclusion will be tested that attempts to close the above through the article. Keywords: Technology | Virtual | Digital | Social Networks | Subjectivities

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Sobre la construcción virtual de las subjetividades en la posmodernidad

Sobre la construcción virtual de la/s subjetividad/es en la posmodernidad Pensar la tecnología desde la perspectiva de la denominada web 2.0 deriva en el consecuente análisis sobre la masificación del uso de las diversas redes sociales que, en la actualidad, proliferan en la cotidianidad de las personas. Estudio que, a su vez, lleva indefectiblemente a repensar, desde las Ciencias Sociales, la relación de los sujetos con los desarrollos tecnológicos ligados a lo virtual y digital y, cómo esta ligazón repercute en el vínculo con ellos mismos y con las demás personas. Para tal fin es menester tener en cuenta las causas de la compleja fusión entre procesos científico-técnicos, económicos y socioculturales que invariablemente producen unos efectos concretos en la forma en que los individuos se construyen a sí mismos y se relacionan entre sí. En este sentido, son variados y diversos los tópicos que se enmarcan para dicha descripción.

Lo tecnológico ligado a lo virtual El constante desarrollo de herramientas y plataformas de publicación y distribución de contenidos on line responde a dos procesos intrínsecamente unidos. Por un lado, el de la industria científico-técnica, la cual, con el desarrollo constante de computadoras, celulares, satélites y todo tipo de artefactos de comunicación, aporta “los fierros” necesarios para que las APPS tengan la inmediatez, practicidad, portabilidad y multiplicidad de funciones que de ellas se desprenden. En este sentido, se puede mencionar la utilización de Facebook, Instagram, Twittter y Whatsapp, cada una de ellas con los usos particularidades y efectos que conllevan. Entre otras tantas, estas aplicaciones brindan las posibilidades de trasmitir y compartir momentos en tiempo real; comunicarse por texto, audio, foto o video, independientemente del lugar del mundo donde se encuentren los emisores y receptores, sabiendo la ubicación milimétrica de ambos. Subrayando que es en el ámbito de las imágenes donde los avances tecnológicos se hacen más notorios, la reproducción en alta definición y la tecnología 4K que permiten mayor resolución y pantallas cada vez más nítidas, son ejemplos de tales desarrollos. Gracias a estos adelantos y de forma progresiva, en los tiempos posmodernos que corren, los dispositivos se convirtieron en prótesis para que los seres humanos se vinculen consigo mismo y los demás de forma digital y mediatizada; lo que al mismo tiempo conllevó a la desvinculación de toda materialidad en las relaciones tanto internas como externas de las personas. El cuerpo y sus sentidos funcionan a través de artefactos técnicos. Estos se han convertido en una palpable extensión de la corporalidad humana, privándola de sentir la experiencia del conocimiento di-

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recto del mundo. De aquí el denodado esfuerzo de la prédica publicitaria en exaltar al cuerpo al extremo, como forma de suplir lo que ha borrado. Es que los adelantos tecnológicos ligados a lo digital y virtual están sustentados bajo el discurso hegemónico cultural, simbólico y publicitario de slogans orientados a la superación de las barreras espaciales y temporales, del movimiento a la velocidad de la luz, y a la de la presencia al mismo tiempo en todos lados. En definitiva, a la directriz del progreso continuo, al derribamiento de los límites, al avance sin obstáculos hacia el futuro. Como afirma Daniel Cabrera (2007), “La ‘técnica en sí misma’ no es una realidad funcional o maquínica que se puede aislar de su matriz simbólica e imaginaria. […] La computadora, no una computadora en particular, sino el conjunto de aparatos, instituciones y discursos de las que la actual computadora participa, no puede funcionar sin chips pero tampoco sin su matriz simbólica e imaginaria”.

El rol del cuerpo y las relaciones humanas en la era digital Otro de procesos que se desprende de la incansable industria 2.0, tiene que ver con los vínculos sociales. Me refiero a la progresiva desmaterialización de las relaciones entre las personas. Esto es así desde el preciso momento en que para relacionarse ya no es necesaria la presencia corporal. Dicha situación es posible gracias a que con la utilización de smartphones, tablets y computadoras, ya no es necesaria estar In situ para vincularse. El contacto directo/ cara a cara fue reemplazado por cálculos matemáticos. El contacto físico, la máxima materialidad posible, en donde hay un otro al que veo/ escucho/ siento/ toco y envuelvo, quedó reducida a una relación mediatizada donde ya no hay rastro del otro, sino solo la transcripción un algoritmo. Como plantea Philippe Dubois (2001) quien, en su análisis de las apuestas estéticas de las máquinas de imágenes, haciendo referencia al eje materialidad/ inmaterialidad, afirma que […] “con el sistema de imágenes ligadas a la información y producidas por computadora, el proceso de inmaterialización parece alcanzar su punto extremo […] la imagen informática, como sabemos, es una imagen puramente virtual”. En cada red social, donde la forma de relacionarse entre los sujetos es de manera algorítmica, las personas ya no son caracterizadas como ciudadanos y/o consumidores, sino como usuarios. Ellos se construyen a través de perfiles donde consta la información que los constituyen, ya sean datos duros, nombre y apellido, fecha de nacimiento, edad, como sus gustos personales en cuanto a literatura, música, cine, etc. Dicha configuración se realiza a través de textos, fotos, videos, audio, o la combinación de todos ellos.

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Bajo este contexto de situación, la concepción misma del cuerpo humano también se trastocó. En tanto sustancia, se encuentra atrofiado en cuanto a su relación con el estar en el mundo y consigo mismo. Hoy en día el cuerpo esta inmovilizado, el afuera/lo otro, se percibe desde el marco de una pantalla. No hay nada que no se pueda hacer en red. En la sociedad de la hiperconexión digital, todo, absolutamente todo, está conectado y, como la otra cara de la misma moneda, el cuerpo está agazapado detrás de una persiana virtual. Ya no se percibe el cuerpo-objeto, sino y más que nunca, una representación de él. Resultado de los desarrollos materiales tecnológicos y de los discursos que los justifican, en una época donde rigen los criterios de hipervisivilidad, la percepción de la realidad depende de las pulgadas de la pantalla del dispositivo, lo que reduce el conocimiento directo, no ya del mundo, sino de los seres humanos entre sí. Hoy se conoce a otra persona según su perfil en redes sociales, se stalkea a alguien para saber cómo es, de ahí que las redes sociales se hayan convertido en espacios donde se construyen las identidades de las personas y donde ellas gestionan su vida pública. Lo que, inevitablemente, influye en la forma en que se estructura la identidad personal, la visión del mundo, el campo de acción sobre lo real, y el sentimiento de consistencia de la propia personalidad.

Sociedad informacional Resultado buscado y planeado por la política económica a escala mundial, por las corporaciones transnacionales e instituciones financieras, la globalización consagró el pleno acceso a los mercados bajo el paraguas de un sistema mundial integrado. Este proyecto amalgamó, por un lado, el progreso de las técnicas de la comunicación en post de un mundo hiperconectado y de un incremento exponencial en cuanto a la producción, circulación y consumo de la información; y por el otro, las constantes innovaciones tecnológicas y los adelantos científicos que dieron como resultado verdaderas revoluciones en el sector digital y de la informática. De este entrecruzamiento surgió, dentro de las sociedades postindustriales, lo que se dio en llamar “sociedad informacional”. Producto de dicha confluencia, la/s comunicación/es han redefinido sus fundamentos bajo las consignas de su funcionamiento a escala mundial y en tiempo real, lo que representa la nula distancia entre la producción de un acontecimiento y su difusión universal. Este contexto de continua trasmisión de datos, afecta tanto la vida cotidiana de las personas, como a los grandes sistemas de producción y organización de estructuras comerciales, industriales, administrativas, estatales y militares.

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Según Julio Aróstegui y Jorge Saborido (2005), fue en la década del 80 cuando la digitalización comenzó a expandirse y a producir cambios que calaron hondo en todos los ámbitos de la sociedad. En este sentido, plantean que: Al comenzar la década del 80, las maquinas informáticas, el hardware, experimentaron un decisivo cambio, técnico y social, al aparecer la computadora personal (PC). […] Su uso tuvo tal difusión que en pocos años transformó las actividades profesionales y la organización de la producción. La PC se convirtió en la máquina más versátil de instrumentación de la actividad de producción y de relación que se haya inventado nunca. (Aróstegui y Saborido, 2005: 112).

Y agregan que, durante los años ´90, a este proceso se le sumó el sistema de comunicación basado en las redes informáticas, más conocido como internet, la cual consiste: En el almacenamiento de una enorme cantidad de información digitalizada en unos grandes ordenadores, los “nodos” de la red, en los que la información entra y sale a través de las líneas telefónicas o mediante la trasmisión inalámbrica hacia todos aquellos dispositivos o terminales que están conectados con la red y que acceden a ella a través de los servidores. La información en el momento actual está dispuesta en unas “páginas virtuales” (páginas web) cuyo conjunto constituye la world wide web. La segunda utilidad es que la red sirve para la circulación de un inmenso número de mensajes personalizados. (Aróstegui y Saborido, 2005: 112)

Desde lo económico estos desarrollos permiten el intercambio de flujos financieros y de servicios en tiempo real, derribando las barreras geográficas y construyendo un mundo económicamente hiperconectado. Transacciones financieras entre personas que se encuentran a miles de kilómetros de distancia, la compra de un producto chino desde Argentina, la reserva de una habitación de hotel tres meses antes de llegar al lugar, todo está a un click de distancia. Es menester aclarar que no se trata de una cuestión de distancias solamente, sino de una matriz. De igual forma se adquieren entradas a cines, teatros, recitales, estando en la puerta de esos los lugares físicos o se contrata el servicio puerta a puerta de transporte de un automóvil, sin tener que salir a la calle y sufrir la fatiga experiencia de levantar la mano para llamar la atención de un taxista. Esta inmaterialidad progresiva de la economía tiene como ejemplo paradigmático el surgimiento de Bitcoin. La misma es definida como una moneda virtual e intangible, que se asemeja al dinero, solo que no se puede tocar, careciendo de toda materialidad. Según anuncian sus promotores, entre sus características más

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destacadas están la inmediatez y su capacidad de fluir digitalmente por cualquier parte del mundo, así como también su descentralización, lo que la hace imposible de ser controlada por las instituciones, ya sean estatales o privadas. Un eslabón más que se suma al proceso de desmaterialización de los intercambios económicos, en donde la utilización de cheques, transferencias bancarias, tarjetas de débito y crédito, son algunos de sus antecedentes. La proliferación de las compras online también se ajusta a esta tendencia. Si uno lo desea ya no es necesario salir de la casa ni siquiera para comprar los bienes de consumo cotidiano. Los hipermercados ofrecen la posibilidad de hacer el pedido vía internet, realizar el pago mediante tarjeta de crédito y enviar la mercancía en la puerta de la vivienda. En esta línea se ubican los sitios de internet como Mercado Libre, definida como la comunidad de compra y venta online más grande de Latinoamérica. Lo paradójico de nuestro tiempo es que el esparcimiento de esta “uberización” de la economía se trasladó a las relaciones humanas en su conjunto. Este es uno de los puntos donde, debido al uso extensivo de las redes sociales, se tiene que hacer especial foco. En tiempos donde rigen los preceptos de la hipervisibilidad/ de mostrarlo todo, con la correspondiente desaparición de los límites entre la vida pública e íntima de las personas, se hace necesario analizar cómo los desarrollos científico-técnico, en su rama digital y virtual, se entrelazan con las formas en que los sujetos se vinculan con ellos mismos y las demás personas. De la asociación entre las directrices económicas y los desarrollos científico-tecnológicos, surgió la denominada “sociedad de la información”, Paula Sibilia (2005). Dicha articulación entre tecnociencia y capitalismo post-industrial dio origen a una economía global que se encuentra determinada, tanto por el uso como por la producción, de instrumental teleinformático. Esto es, computadoras cada vez más portables, teléfonos celulares que suman constantemente funciones, satélites que hacen que la ubicación sea milimétricamente precisa, y todo tipo de artefactos que van en esta dirección virtualizante y digitalizante.

Subjetividad/es tecnológicas Estamos hablando de una sociedad basada en la hiperinformación, pero ya no de aquella “socialmente necesaria”, sino a la que hace referencia sobre la vida de uno mismo y la de los demás; expresiones sobre qué sienten los sujetos, qué desayunaron, dónde se fueron de vacaciones, con quién se pelearon y un sinfín de situaciones/sentimientos. Todos los desarrollos de los canales de expresión de esta época están basados en este sentido. Las redes sociales estimulan que el deseo de los suje-

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tos ha de ser visto, apreciados, a participar, no importa mucho el contenido, sino la consigna es aparecer en post de la libre expresión. Así están dadas las cosas, como si lo esencial fuera visible a los ojos. Al mismo tiempo, se incentiva la necesidad del consumo de la intimidad ajena. Es bajo esta tendencia que se encuentra el espectro de las redes sociales, cada una con sus características específicas. Guy Debord (1967) vislumbró un modo de vida a través de las imágenes y las apariencias, denominó “sociedad del espectáculo” a las relaciones sociales mediadas por imágenes, modos performáticos de ser y estar en el mundo, que se configuran con la mirada de otras personas. En donde el “me gusta” a una publicación representa lo que es para la radio y la televisión el ranking de audiencia. Así como el valor del espacio publicitario de un programa sube a mayor cantidad de audiencia, así el goce de una persona aumenta al recibir más “me gusta”. Así lo sentencia en su tesis número cuatro: “El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social ante personas, mediatizada a través de imágenes” (Debord, 1967: 32). Subjetividad cosificada en la propiedad numérica de una imagen, de las palabras, de un video o de la mezcla de todos; las técnicas de edición y montaje permiten, bajo las estéticas de la publicidad y el videoclip, la posibilidad de moldear la vida que cada uno quiere proyectar a otras personas, las cuales siempre están mirando. Pero, en una dualidad intrínseca, esa presencia virtual refleja la ausencia física de esos otros seres humanos; ofreciéndose un sujeto, precisamente sin sujeto. El constante desarrollo de las redes sociales, así como también su extendido uso, no solo deja visible al cuerpo humano en su totalidad, sino también a la interioridad y subjetividades de las personas. Estos espacios virtuales funcionan como soportes de emociones. Es a través de ellas que, en esta época tecnológica, se compatibilizan las subjetividades, caracterizadas por modos de ser visibles, conectados y dispersos En este sentido, las compulsivas publicaciones que los sujetos realizan, a través de sus perfiles on line, responde a las formas en que las directrices técnico-científicas, económicas y socioculturales, estimulan. La necesidad de las personas en aparecer y ser visto, ser consumido y recibir la mayor cantidad de “me gusta” posibles, como forma de valoración de la vida, está emparentada con esta matriz. En este sentido, el imperativo posmoderno es aparecer. De forma específica, Facebook e Instagram se convirtieron en los lugares donde los sujetos moldean su existencia comparándola con la de los demás. En este sentido, ambas aplicaciones están asociadas a la lógica pornográfica en tanto se atrofia la fantasía, corolario de la pérdida del aura benjaminiana de las personas. Fin de las distancias no solo las temporales y espaciales, sino también de aquella necesaria para la protección de la vida íntima de los sujetos. Es que las prácticas de sociabilización on line requieren, precisamente lo contrario, demandan la mayor cercanía posible. En estas dos redes sociales impera la lógica de la obscenidad de

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las confidencias personales en post de una supuesta transparencia y autenticidad; ambas necesarias y estimuladas, rigurosamente, para afirmar lo que se ha borrado. Como describe Byung-Chul Han (2012): En la sociedad expuesta, cada sujeto es su propio objeto de publicidad. […] La sociedad expuesta es una sociedad pornográfica. Todo está vuelto hacia fuera, descubierto, despojado, desvestido y expuesto. El exceso de exposición hace de todo, una mercancía, que “esta entregado, desnudo, sin secreto, a la devoración inmediata”. (Han, 2012: 29).

La conectividad que permiten los dispositivos electrónicos alteraron las formas tradicionales de relacionarse de las personas. Todo está permitido en las redes sociales, desde declaraciones de amor y exclamaciones de estados de ánimos hasta la publicación de cualquier acto cotidiano de los sujetos. Situaciones posibilitadas por las nuevas dinámicas sociales y, el desarrollo tecnológico en sus vertientes digitalizante y virtualzante. Y que tiene como resultado la despersonalización tanto de las relaciones humanas como de la forma en que las personas se vinculan con el mundo que los rodea, debido la incapacidad de envolver y sentir de forma directa a las cosas y seres.

Instragram y Twitter Analizar, aunque sea de manera simplificada, las cuestiones técnicas de estas aplicaciones, brinda un parámetro sobre la magnitud de los avances tecnológicos en este sentido. Es en la red social Facebook que se hará más hincapié, no solo en lo que tiene que ver con su sistema de funcionamiento, sino también con los efectos y consecuencias que trae aparejada su utilización en las relaciones entre los seres humanos. Esta descripción más acabada es necesaria ya que Facebook, hoy por hoy, sigue siendo la red social más utilizada. En primer lugar, en lo que respecta a Instragram, desde el punto de vista técnico, se caracteriza por captar fotografías cuadradas, imitando al funcionamiento de las cámaras fotográficas Kodak Instamatic en los años 60. Esta característica posibilita a que las imágenes, al ser estándar, se acoplen a cualquier modalidad de publicación. Otra de las particularidades es que las fotografías que se obtienen desde esta aplicación son instantáneas, al igual que su publicación y visibilidad, dicho concepto hace remontarse a la utilización de las clásicas cámaras Polaroid. A su vez, Instagram posibilita la utilización de 15 filtros digitales que funcionan como formas de cambiar las imágenes para obtener su mejor calidad y nitidez. De igual forma, a cada foto se le puede aplicar colores extras, blancos y negros, ambientes

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especiales, bordes, y tonalidades. Además, esta red social permite que las fotos publicadas se puedan asociar a las cuentas que un mismo usuario pueda llegar a tener en las diferentes redes en las que participa. En este sentido, la publicación conjunta hace que las personas tengan comunicación desde todas las formas on line de publicación, además de la visualización de los comentarios y “Me gusta” que recibe. Por su parte, una de las características a mencionar de Twitter es que es asimétrica, lo que significa que en esta red los participantes asumen relaciones optativas, es decir, que se distingue entre los usuarios que un usuario sigue y al mismo tiempo a los otros que siguen a ese usuario. En este sentido, Twitter no requiere del consentimiento mutuo entre los usuarios para ser amigos o para conocer su información, simplemente con seguirlo se puede estar al tanto de todo lo que la persona va publicando, independientemente que sea un seguidor o no. La brevedad es otra de las particularidades. La aplicación posibilita enviar de forma constante e ilimitada mensajes, en donde cada uno de ellos tiene una capacidad máxima de 280 caracteres. Otra de las características es que funciona a través de un sistema hipertextual; esto es que el entorno de Twitter está centrado en un sistema de lecto-escritura donde todos los mensajes van disponiendo de enlaces específicos visualizados por defecto usando siempre el símbolo de @, así como el símbolo de #, donde se van generando mensajes directos y de manera automática para que sean vistos por todos los usuarios y a su vez, todos los seguidores. Por último, es de destacar que esta red social es una multiplataforma de comunicación, en donde todos los usuarios pueden comunicarse abiertamente en cualquier momento y con cualquier dispositivo, ya que su sistema de multiplataforma tiene versiones asociadas a ordenadores portátiles, tablets e inclusive a móviles por medio de aplicación y también por correo y SMS.

El caso particular de Facebook Bajo el imperativo cultural posmoderno de la hipervisibilidad, Facebook es el lugar privilegiado para que los sujetos vean y sean vistos. En este sentido, diversas son las funciones que permiten este tipo de interrelación social virtual. Al iniciar sesión se encuentra la columna de notificaciones, la cual proporciona al instante noticias de personas y páginas; también están los toques que sirven para llamar la atención; el estado funciona para mantener al resto de la comunidad informada sobre la vida de uno o para dar a conocer cambios en su existencia. Al mismo tiempo, existen funciones como personas que quizá conozcas y etiquetar a personas en fotografías para buscar, encontrar e identificar amigos, ambas responden al imperativo de conectar a las personas según algún tipo de interés.

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En paralelo se encuentra el formato línea de tiempo, el cual es ofrecido por Facebook como forma de organización de la biografía de los usuarios. Dicha configuración, que anota la vida hasta el presente, jerarquizando retrospectivamente los acontecimientos que las propias personas postean. En este sentido, a partir de la fecha que trascurre, los meses se superponen desde los más recientes hasta convertirse en años cuando se recorre hacia abajo. De esta forma, ya que dicha narración imita los principios del relato, los usuarios se relacionan de forma estrecha e íntima con Facebook. A su vez, la línea de tiempo incita a los sujetos a postear, por ejemplo, fotografías de alguna etapa de la vida previa a Facebook lo que brinda a los usuarios la posibilidad de mostrar su vida personal entera. Dos cuestiones más se hacen necesarias destacar con respecto al funcionamiento de esta red social. Por un lado, Facebook, a través de la ligazón corporativa con otras empresas, permite la comunicación en vivo y directo, derribando de esta forma las fronteras espaciales, temporales y físicas. Es en este sentido que se inscriben las conversaciones en grupo y videollamadas. En este apartado, toma particular relevancia la posibilidad que tienen los usuarios de transmitir en vivo y directo los acontecimientos, y que dicha trasmisión quede plasmada en la biografía de sus muros. La instantaneidad, es uno de los requisitos básicos de una matriz cultural, en comunión con los desarrollos técnico-científicos, que necesita ver todo. Así como también, entrelaza con las personalidades que necesitan mostrarlo todo. Por otro lado, es de resaltar la existencia de un conjunto aplicaciones que entrelazan a Facebook con otros servicios y plataformas de la web. Además, dicha integración permite a los usuarios compartir, y por ende recibir apreciaciones de los demás, en tiempo real sobre lo que está haciendo, como escuchar música o utilizando algún juego. De esta manera, Facebook es el panóptico digital posmoderno que administra los contenidos, datos y la sociabilidad online comercializada. Con el ofrecimiento de todo este herramental, Facebook se constituyó en la vidriera ideal para la autopromoción de todas las personas, encastrando a la perfección con las directrices emanadas por el orden económico, científico-técnico y sociocultural, así como también con las características de personalidades que dicho régimen impone. En cuanto a la relación que los sujetos establecen con los demás, en Facebook la amistad es el resultado de una sociabilidad programada por relaciones algorítmicas que vinculan entre sí a los usuarios. En este sentido, el principio rector de tener amigos es regido por la idea de construir una red de contactos lo más extensa posible, ya que de esta forma se establece el índice de popularidad de que se goza. No importa mucho qué tipo de relación se entable, de hecho, no es necesario que se establezca ninguna, lo único importante es que la cifra de amigos crezca día a

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día. Lo único a destacar es el número, ya que al ser visible es un indicador de legitimación social. En la vida cotidiana, el minino intercambio de palabras con otra persona significa el aseguramiento de aceptación de amistad, automáticamente se convierte en amiga de face. De esta forma, las actividades sociales que antaño se realizaban en la esfera privada offline, pasaron a convertirse en interacciones intervenidas algorítmicamente por una empresa. Lazos que son funcionales al tipo de relación que el sistema postcapitalista impone. Como afirma Van Dijck: El sostenido aumento de la cantidad de usuarios es prueba suficiente de que el sitio poco a poco va convirtiéndose en una fuerza centrípeta en la organización de la vida social de las personas. La principal ventaja que ofrece a los usuarios es, en primer lugar, entrar y permanecer en contacto y, en segundo lugar, estar (bien) conectado. […] “Entrar en contacto” y “seguir en contacto” son en la actualidad actividades completamente centradas en los sitios de la red social: los servicios facilitan la superación de las distancias de espacio y tiempo y ayudan a que las personas se mantengan informadas acerca de la vida de sus amigos. [...] Una vez que alguien se ha inscripto como miembro, la presión social para mantenerse conectado es enorme, sobre todo entre los jóvenes, en la medida en que no estar en Facebook supone no ser invitado a fiestas o no recibir información sobre eventos importantes; en síntesis, quedar desconectado de una dinámica de la vida pública que parece muy atractiva. (Van Dijck, 2016: 85).

Es a través del muro de Facebook que los sujetos muestran y reciben la percepción de todas las personas que lo componen, teniendo como consecuencia el apaciguamiento de los sentidos corporales. De esta forma, bajo el resguardo virtual, el régimen imperante arrebató a los sujetos el contacto sensorial en la construcción de su relación con ellos mismos y con los demás. Transitar por este nuevo territorio exige poca dedicación física y por lo tanto involucramiento. Dicho lugar se rige por la inmediatez, fugacidad y la velocidad, son bajo estos parámetros que fluyen los vínculos. Es precisamente al limitarse el contacto a través de la interacción cara a cara/ directa, que el orden virtual imperante necesita sobreestimular una terminología que solape la desconexión que provoca. De aquí que los conceptos como “compartir” y “hacer amigos” se convirtieron en ideas ideológicas que invaden todos los ámbitos de la cultura, afectando el sentido de la sociabilidad. Y, por otro lado, el derrame de estos conceptos naturalizó el hecho de la trasmisión de datos personales entre las personas, una de las actividades actuales postcapitalista por excelencia. En un mismo movimiento, el orden imperante logró la dispersión física entre los seres

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humanos, pero los volvió a unir virtualmente, haciéndolos proporcionar datos para que el sistema siga funcionando. Facebook es el espacio virtual donde las personas dirimen sus cuestiones. Es que si cada época asigna sus propios espacios y usos singulares a la forma en que las personas construyen su subjetividad, en la posmodernidad es virtual. Es más, siendo que la interacción social cotidiana se da a través de Facebook, es en este espacio donde se configura colectivamente un discurso cívico. Es bajo este contexto que el concepto “compartir”, palabra insignia de Mark Zuckerberg, no se reduce solamente a una función de una mera red social, sino que su significado connota un concepto ideológico que rige las prácticas de sociabilización y comunicación, tanto online como offline, posmodernas.

Aclaración pertinente Es necesario hacer un punto sobre el funcionamiento comercial de estas redes sociales en tanto empresas. Esta utilidad no se puede pasar por alto teniendo en cuenta que, en los tiempos que corren, el saber es poder y las redes saben mucho, por no decir todo, de todos nosotros. Reflejo de esta situación son los casos de filtración de datos por los cuales Zuckerberg tuvo que dar explicaciones a los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea. Son empresas que generan ganancias y que tiene empleados que trabajan gratuitamente para ella. Millones de usuarios alrededor del mundo le generan contenidos de forma gratuita para que los distribuyan. La situación se pone más grave cuando ese contenido tiene que ver con datos sensibles de la intimidad de las personas. Este no es un detalle menor, reduciendo la denuncia de Ippolita (2012) sobre cómo funciona internet al caso específico de Facebook, se puede decir que el precio de la gratuidad en este espacio virtual es la recogida indexación y explotación de los datos de los perfiles de los usuarios. En medio de toda esa cantidad de flujo de información, los big data analizan e identifican a cada individuo, según su perfil, para ofrecerle publicidad personalizada de mercancías a la carta. El capitalismo capitalizó, a través de cálculos algorítmicos, espacios por donde hoy las personas dirimen sus cuestiones públicas y personales, sin que ellas salgan, ya no de sus dormitorios, sin ni siquiera levantar la mirada de una pantalla. Capitalismo en su máximo esplendor. Todos nosotros generamos contenidos, de forma gratuita, a una empresa que vende esos datos a otras empresas para que, según nuestros gustos, nos publiciten sus productos para que nosotros los consumamos, solamente haciendo un click, inmóviles. Por todos lados proliferan los big data, la profesión del posmodernismo que se sustenta en los perfiles de los usuarios.

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Conclusión Las directrices científico- técnicas, ligadas al desarrollo tecnológico virtual y digital, y su consecuente derivación en el uso diario que las personas hacen de las redes sociales, estructuraron una forma particular al mundo. Dichas consecuencias se hacen notorias en la forma en que las personas exponen y posicionan sus cuerpos, perciben la realidad, establecen un tipo específico de relación consigo mismo y los demás y, ponen en juego sus sensaciones y emociones, en resumidas cuentas, realizan la aprehensión del mundo. No es neutral e ingenuo que los adelantos científico-técnico estén ligados a la industria de lo digital y virtual. Dicho proclive tiene dos consecuencias palpables en la sociedad. Por un lado, la convergencia entre los desarrollos tecnológicos y la vida cotidiana de las personas produjo la espectacularización de la misma. Por otro lado, dicha ligazón posibilitó la mercantilización del tiempo libre de los sujetos. Es con la unificación en una sola máquina del tiempo que las personas le dedican a trabajar o estudiar, hacer trámites y, a entretenerse y producir sus relaciones personales, que la industria tecnológica basa su prosperidad y consumo masivo. Es de esta forma y en este sentido que la expansión social de las tecnologías informáticas genera transformaciones en los hábitos de vida. Comportamientos sociales que surgen de la deslocalización electrónica de las actividades públicas y personales de los sujetos. Y, que se caracterizan por individuos que se comunican/trabajan/ estudian/ desde lugares cambiantes, siempre en movimiento, desplazándose de forma individual y estando siempre localizable. Así, el tiempo libre de las personas queda cautivo y reducido a la asociación con la tecnología, lo que es lo mismo que decir a la lógica mercantil. De esta forma, los usos de la tecnología quedan reducidos al entretenimiento, a la diversión y a la producción utilitaria continua; quedando debilitada la posibilidad de utilizar todo el herramental tecnológico que está, hoy más que nunca, a disposición de las personas para construir verdaderas prácticas significantes, ocupar un rol activo en la sociedad que funcione como una fuerza de cambio y que se genere una real igualdad al acceso de la tecnología.

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Esa cosa (transferida) llamada ciencia Observaciones, revisión y criterios alternativos al modelo del déficit cognitivo This (transferred) thing called science Comments and alternative criteria to the information deficit model

por Layna, Juan Mg. en Ciencia, Tecnología y Sociedad (UNQ) Prof. en Cs. Antropológicas (FFyL/UBA) juanlayna@hotmail.com

RESUMEN Este artículo se propone revisar críticamente el “modelo del déficit cognitivo” o “de la brecha”, cuya relevancia reside tanto en constituir un enfoque teórico-analítico aún influyente en el campo de estudios sobre comunicación pública de la ciencia (CPC), pero asimismo por sus vínculos y confluencias con las políticas de comunicación de la actividad científica en diversas situaciones históricas y sociales, incluso actuales. Esta revisión dará lugar al esbozo de algunos argumentos para respaldar un enfoque alternativo, basado en una concepción de ciencia como actividad humana socialmente organizada, no susceptible de ser representada en su carácter de “cosa”, sino a partir de los diversos modos de uso que diferentes sujetos sociales operan sobre la misma en tanto particularizaciones de un proceso metabólico social. Finalmente, trataremos resumidamente casos de estudio investigados por distintos autores. Estos permiten abordar diferentes modos de utilización social del conocimiento científico por parte de distintos sujetos sociales. Palabras clave: Modelo del Déficit Cognitivo | Comunicación Pública de la Ciencia | Uso Social de la Ciencia | Metabolismo Social.

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ABSTRACT The aim of this article is to analyse the “information deficit model”. It is a relevant study object because is a still influential theoretical approach in the field of studies on public understanding of science. In addition, it has many links with the scientific communication policies in various countries. This analysis will lead us to develop some principles of an alternative approach. It figures science as a socially organized human activity that must not be represented as a “thing” but from the different modes of use operated by diverse social subjects. Finally, we will briefly discuss diverse case studies investigated by various authors. We will analyse them as different uses of scientific knowledge and argue that it supports our approach. Key words: Cognitive Deficit Model | Public Communication of Science | Social Use of Science | Social Metabolism.

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Introducción Este artículo se propone revisar críticamente el “modelo del déficit cognitivo” o “de la brecha”, cuya relevancia reside tanto en constituir un enfoque teórico-analítico aún considerado como predominante en el campo de estudios sobre comunicación pública de la ciencia (Wynne, 1995; Hilgartner, 1990, Cortassa, 2010), pero asimismo por sus vínculos y confluencias con las políticas de comunicación de la actividad científica en diversas situaciones históricas y sociales, incluso actuales. Esta revisión dará lugar al esbozo de algunos argumentos para respaldar un enfoque alternativo, basado en una concepción de ciencia como actividad humana socialmente organizada, no susceptible de ser representada en su carácter de “cosa”, sino a partir de los diversos modos de uso que diferentes sujetos sociales operan sobre la misma en tanto particularizaciones de un proceso metabólico social1 (Marx, 2006 [1867]). Finalmente, trataremos resumidamente casos de estudio investigados por distintos autores que permiten abordar diferentes modos de utilización social del conocimiento científico por parte de distintos sujetos sociales. El interés de estos casos reside, justamente, en que el hecho de atender a sus pormenores nos habilitará, por un lado, a precisar los argumentos más elementales del enfoque analítico que proponemos y, por otro lado, en que nos permitirá comenzar a definir aspectos que hacen a las determinaciones que la actividad científica despliega en diferentes procesos de circulación social. En relación a ello, este escrito se plantea el siguiente interrogante problemático: ¿Cuál es la forma, el contenido y límites del modo de concebir y analizar la comunicación pública de la ciencia (CPC) usualmente denominada “modelo del déficit cognitivo” o “modelo de la brecha”; cuyos rasgos salientes se aprecian, asimismo, en las políticas de “divulgación científica” sostenidas por distintos organismos estatales en diferentes países y etapas de la historia reciente? Adjuntamente, cabe preguntarnos: ¿Qué aspectos o elementos son relevantes a la hora de abordar la comunicación pública de la actividad científica, entendida más genéricamente como el proceso de su circulación social? Más allá de los debates teóricos que emprende, este trabajo puede constituir un aporte en la medida en que la actividad científica se torna cada vez más relevante en tanto insumo y base de conflictos en torno a procesos tecnológicos y productivos. Estos se despliegan usualmente bajo la forma de controversias so-

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Entendido como modo de intercambio de materia y energía entre ser humano socialmente organizado y naturaleza. Es decir, el metabolismo social presupone una forma de organización social concreta que mediante el intercambio de materia y energía que ordena, permite la reproducción de la vida de cada individuo humano.

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cio-técnicas en las que una diversidad de actores sociales interviene produciendo y/o utilizando conocimientos científicos. Aquí se pone en cuestión el uso social del conocimiento científico y lo que suele denominarse como “democratización del conocimiento científico”. La revisión de estos procesos (que son parte sustancial de la comunicación pública de la ciencia) que aquí se emprende, es una tarea importante dadas las limitaciones que las formas sociales adecuadas a las perspectivas lineales y cosificantes de ciencia imponen a la intervención de los actores sociales, no sólo más afectados por las consecuencias de los procesos tecnológicos-productivos, sino también que están en posición más débil para posicionarse políticamente en el ámbito público. Ello se debe, entre otras cosas, a su menor capacidad de producir y utilizar conocimientos científicos. En cuanto a la metodología, este artículo se basa primordialmente en revisiones bibliográficas2 y documentales3. Valen, finalmente, dos advertencias: (1) Si bien puede resultar inicialmente extraño, este análisis no se centra en el tratamiento de la actividad científica por parte de los medios de comunicación. Sin dudas, este es un asunto central, frondoso y que requiere estudios pormenorizados (como ya los hay desde hace décadas). Sin embargo, nuestro objetivo es más amplio y genérico a la vez. Dado que entendemos la comunicación pública de la ciencia como un proceso que excede por lejos la instancia de su tratamiento y publicación en medios de comunicación, requerimos descentrarnos de los mismos. (2) El objeto de este escrito es la circulación social de la ciencia, sin embargo, desde nuestra concepción ella no es un proceso externo y susceptible de ser comprendido en disociación de lo que se concibe por “ciencia” o, expresado en nuestros términos por “práctica científica”. Así, el conjunto de este trabajo no deja, en el fondo, de preguntarse por ella. Y los esbozos de enfoques alternativos que se pretenden poner en pie no son más que la pretensión por lograr alguna mínima claridad adicional en su comprensión. Esta es la preocupación tal vez más difusa, pero a la vez más elemental de este trabajo, que no deja de inquietarse por la cuestión “de la ciencia”, vista en su conjunto.

2 La revisión bibliográfica se abocó a cuatro objetivos: (1) efectuar reconstrucciones históricas de políticas de comunicación científica, (2) efectuar una recensión de aspectos esenciales del modelo “del déficit”, que es objeto de nuestro análisis, (3) respaldar los argumentos del enfoque aquí propuesto y (4) documentar distintos casos de estudio que nos permitan ahondar de modo analítico en evidencia empírica para desarrollar más precisamente aspectos de nuestro enfoque. 3

Con el objetivo de abordar políticas de comunicación pública de la ciencia, hemos analizado un documento de la Organización de Estados Americanos (OEA, 2005) sobre comunicación científica. Este organismo es relevante porque expresa una diversidad de posiciones en nuestra región.

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Un breve relato del desarrollo de la divulgación y la alfabetización científica Aunque sea factible rastrear potenciales antecesores de lo que hoy se considera “divulgación científica” hasta la antigua Grecia (Loewy, 2010), pasando por Diderot y D´Alembert, podemos considerar que el periodismo científico se cristalizó y generalizó como disciplina hace no más de un siglo. Sin ahondar en detalles, es importante apreciar los motivos que lo impulsaron, a veces como política centralizada desde el Estado, otras, de modo más difuso. En EEUU, por ejemplo, el impulso al periodismo científico provino de los organismos gubernamentales luego de perder en la “carrera espacial” con la URSS por poner un satélite en órbita. Además, se ordenaron relevos cuantitativos destinados a evaluar el índice de alfabetización científica y, en consideración de los resultados negativos, el gobierno resolvió que, en pos de formar más y mejores recursos humanos, era necesario elevar el conocimiento científico general de la población (Cortassa, 2010). Para eso invirtió más en educación. Es decir que la alfabetización científica perseguía fines estratégicos. En Gran Bretaña, en cambio, la iniciativa surgió de la propia comunidad científica4 al ver que perdía recursos debido a recortes efectuados por el gobierno y consideró la imposibilidad de obtener apoyo por parte de una población escasamente instruida en ciencia. Por ello impulsó una alfabetización masiva. En este caso, el plan de instrucción masiva tuvo su canal de desarrollo, no ya en la escuela sino en los medios de comunicación. (Cortassa, 2010). Otros autores sitúan el comienzo de esta política algunos años antes y de manera más centralizada, aunque con objetivos no disímiles: La voluntad de que la ciudadanía esté formada científicamente parte del acuerdo formal [conocido como “contrato social en pro de la ciencia” (social contract for science)] que a finales de la década de 1940 alcanzaron los Estados más avanzados con la comunidad científica (…) Son tres las premisas que subyacen a este acuerdo (…): 1. El conocimiento es algo bueno en sí mismo. 2. Si la persona posee más información sobre ciencia y tecnolo-

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Si bien en este escrito utilizaremos la noción de “comunidad científica” para referirnos a grupos de científicos relacionados con relativa profundidad (por ejemplo, al trabajar sobre temas comunes y con cierto nivel de interacción), dicha categoría debe ser problematizada. Los usos que Merton (1965 [1942]) y Kuhn (2004 [1962]) dieron a esta noción, dieron muy poco lugar a los procesos de conflicto en los grupos de científicos, presuponiéndolo como una instancia excepcional. De ello se deriva la presuposición de tendencias inherentemente cooperativas y/o colaborativas que difícilmente la actividad científica haya tenido históricamente como forma general, es decir, como modo común más allá de las excepciones. En este sentido, el uso del término “comunidad científica” puede conllevar cierta carga semántica de la que aquí nos diferenciamos. En parte por no compartir sus atributos ni su visión idealizada de la actividad científica.

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gía podrá tomar decisiones más inteligentes y críticas como consumidor y miembro de la comunidad. 3. La estabilidad de la sociedad democrática depende de una ciudadanía científicamente ilustrada, puesto que, al influir con su voto en la elección de unas políticas sobre otras, el ciudadano será más constructivo para la sociedad. (Alcíbar, 2009: 169-170).

Podemos apreciar que este planteo sostenido por los propios Estados, reduce el asunto de la democracia y la formación de recursos humanos a un problema cognitivo. La perspectiva, puramente teórica, sostiene que estas tendrán su desarrollo en la medida en que aumente la cantidad y calidad de la información consumida por la población. En otras palabras, el conocimiento científico, al ser consumido, genera progreso económico y estabilidad democrática. Por su parte, el periodismo en la Argentina surgió, según Cazaux (2010b) con Jacobo Brailovsky, quien, en su trayectoria en la redacción de La Nación, se encargó de “cubrir” una columna de ciencias. Sin embargo, recién nos es posible identificar una “política” de divulgación científica con objetivos definidos, a mediados de la década de 1980: Si hablamos de experiencias de formación de periodistas científicos en la Argentina, debemos mencionar el Programa de Divulgación Científica y Técnica (CyT), creado por Enrique Belocopitow en 1985 (…) En aquellos primeros años (…) se volvía de una etapa muy oscura también para la ciencia. (…) La sociedad, en general, desconocía la tarea de los científicos, y la información sobre ciencia en los medios era muy escasa. (…) Ante esa situación, el CyT se propuso que la ciencia estuviera en los medios para que la sociedad en su conjunto, y en particular el sector político, se enterara de lo que hacían los científicos y hubiera mayor disposición a apoyarla. Para lograr ese objetivo, y vencer la resistencia de los investigadores, que (…) temían la simplificación o “banalización” de los temas científicos, la solución parecía ser que los periodistas trabajaran en estrecho contacto con los investigadores, y que éstos sugirieran temas, ofrecieran publicaciones y supervisaran el trabajo final. (Gallardo, 2010: 34).

Aquí, más allá de las particularidades, también se busca alfabetizar a la población procurando el apoyo a la comunidad científica. También se aprecia la perspectiva según la cual, esta es fuente de contenidos genuinos, que no deben ser deformados o traicionados en su comunicación pública. Aquí, aunque con otras aristas, la reducción de ciencia a información toma, nuevamente, un lugar determinante. Finalmente, es factible apreciar en un documento de OEA más actual (2005), con nociones que confluyen con lo hasta aquí expuesto. A rasgos generales, sostie-

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ne los principios del “modelo lineal”5 que presenta a la ciencia como el camino de resolución de la pobreza, los problemas de la democracia, el medioambiente, la competitividad, y hasta la autoestima de la población, que por estar (más) informada, se torna (más) segura de sí misma y, simultáneamente, interviene en la vida pública, así como en asuntos de mayor importancia. En su parte IV, dedicada a “popularización de la ciencia”, el documento destaca la necesidad de que los procesos de “divulgación” sean dirigidos por los Estados. Es decir que las jerarquías políticas están en la dirección del asunto de la divulgación. Además, se esgrime, como principio rector, que el conocimiento científico es información transmisible mediante procesos de comunicación. En este rumbo plantea la popularización de la ciencia como una tarea que debe formar ciudadanos críticos y reducir los desequilibrios regionales. El documento, finalmente, sostiene que la difusión de la ciencia debe estar destinada también a incentivar la formación de recursos humanos y remarca que la ciencia y la tecnología son un medio para fortalecer la democracia. Es visible la confluencia entre los diferentes enfoques de políticas de CPC descriptos en este apartado. Si a continuación resumimos los rasgos fundamentales del modelo “del déficit” podremos ver, a su vez, que también ostenta principios similares con ellos.

Sobre el modelo del “déficit cognitivo” o “modelo de la brecha”. Sus rasgos y su persistencia En cuanto al “modelo del déficit”, apreciamos que hay posiciones confluyentes entre distintos autores. En primer lugar se sostiene que el modelo del “déficit cognitivo” (Vara, 2007)6 o “modelo de la brecha” (Cortassa, 2010) si no predominante es al menos muy influyente en las perspectivas y análisis de la “divulgación” o “popularización” y, a nivel más general, del tratamiento de los contenidos científicos en dis-

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Este modelo esquematiza a la actividad científica de tal forma que lo único relevante o esencial de la misma es su instancia de producción y, dentro de ella, la validación metodológica, que permite la consecución de conocimientos verdaderos, neutrales y universales. Este modelo supone que toda instancia de uso o circulación del conocimiento científico es externa y accesoria a los contenidos científicos. Un primer exponente de este enfoque fue Vannevar Bush (1890-1974). Siendo este Director de la “Oficina para la Investigación y el Desarrollo Científico” del Gobierno de los Estados Unidos de América, expresó aspectos fundamentales del modelo lineal, entre otros escritos, en “As we may think”, publicado en 1945. El modelo lineal es, en gran medida, confluyente con la concepción de conocimiento científico sostenida por la corriente neopositivista (Carnap, et al; 1929).

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El modelo “del déficit cognitivo” no es el único modelo en CPC ni tampoco el único sobre el cual trabajamos. En este trabajo nos centramos únicamente en el mismo por motivos de espacio y claridad argumental.

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tintos medios de comunicación, los cuales son un elemento vital dentro del proceso de comunicación pública de la ciencia. Cortassa sostiene que: El modelo del déficit cognitivo reproduce, grosso modo, el esquema unidireccional o vertical del proceso de comunicación entendido como la transmisión de información desde un sujeto que dispone de un determinado conocimiento -el científico individual, la comunidad científica como emisor colectivo- hacia otro que carece de él -el público lego-. Al mismo tiempo supone que, eliminadas o minimizadas las interferencias para una transmisión efectiva, es posible modificar las percepciones y actitudes de los receptores respecto de ciertos temas. (Cortassa, 2010: 55).

Esta perspectiva también es conocida, según Wynne (1995) como “Top-down model” (modelo desde arriba hacia abajo) en el cual el público receptor es concebido como un “repositorio de conocimiento” o un “contenedor cognitivo” al cual se intenta modificar con ciertas iniciativas prácticas. Por su parte, Hilgartner afirma que: The culturally-dominant view of the popularization of science is rooted in the idealized notion of pure, genuine scientific knowledge against which popularized knowledge is contrasted. A two stage model is assumed: first, scientists develop genuine scientific knowledge; subsequently, popularizers disseminate simplified accounts to the public. Moreover, the dominant view holds that any differences between genuine and popularized science must be caused by “distortion” or “degradation” of the original truths. Thus popularization is, at best, “appropriate simplification” (…). At worst, popularization is “pollution”, the “distortion” of science by such outsiders as journalists, and by a public that misunderstands much of what it reads. (Hilgartner, 1990: 519)7.

En consonancia con ello Alcíbar sostiene: (…) el modelo dominante (…) adopta un punto de vista preceptivo, en el que la ciencia ocupa el lugar preeminente de la jerarquía cognitiva. Es un modelo que entronca claramente con las premisas de la ideología cienti-

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“La visión culturalmente dominante de la popularización de la ciencia se basa en la noción idealizada de un conocimiento científico puro y genuino, contra el cual se contrasta el conocimiento popularizado. Al respecto, se asume un modelo de dos etapas: primero, los científicos desarrollan un conocimiento científico genuino; posteriormente, los divulgadores divulgan una versión simplificada al gran público. Además, la opinión dominante sostiene que cualquier diferencia entre la ciencia genuina y la popularizada debe ser causada por la “distorsión” o “degradación” de las verdades originales. Por lo tanto, la popularización es, en el mejor de los casos, una “simplificación apropiada” (...) y en el peor, una “contaminación” o la “distorsión” de la ciencia por parte de personas ajenas, como los periodistas y el público que no comprende gran parte de lo que lee”. Traducción propia a partir del original.

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ficista: solamente son los científicos los que poseen el conocimiento y la experiencia necesarios para llevar a cabo la actividad divulgativa, por lo que indefectiblemente se sitúan en una posición rectora con respecto al público profano. (Alcíbar, 2009: 171).

Más allá de las distintas apreciaciones que es factible hacer, nos interesa delimitar los siguientes rasgos del enfoque en cuestión: (1) se trata de una concepción teoricista y a la vez instrumental del conocimiento y de la comunicación. En ella se presupone que la circulación del conocimiento, vista como difusión, genera efectos prácticos per se. Es decir, la información gesta la realidad. (2) Adjuntamente, en esta forma, el conocimiento científico, considerado como cosa, circula de un modo autónomo a los entramados sociales, dado que no se consideran la forma y contenido de las relaciones sociales implicadas en cada acto de “divulgación”, ni las determinaciones concretas en que los sujetos de la comunicación se constituyen. (3) Debido a ello, el conocimiento científico y el acto comunicativo de “divulgación” científica ostentan un valor universalizado, porque se asume que son positivos en sí mismos. (4) Además, este modelo ostenta una forma lineal-unidireccional, dado que allí un emisor, con la potestad exclusiva de elaboración del contenido del mensaje, en búsqueda de ciertos efectos, se dirige a un receptor, por lo general pasivo, que es modelado con los efectos buscados. (5) Asimismo es factible apreciar que la comunidad científica tiene una jerarquía superior e indiscutible sobre el resto de la sociedad, en tanto el único grupo o actor capaz de producir un objeto tal que, si bien simplificado, se asume será desvirtuado o distorsionado dada la eventual intervención de cualquier actor por fuera de dicha comunidad científica. Considerados estos aspectos se hace más claro el fundamento de las perspectivas de comunicación pública de la ciencia tratadas en el apartado anterior. De alguna u otra manera se procura formar a la población, modelarla en pos de obtener un resultado de ella: recursos humanos para proyectos de investigación, estabilidad democrática, consumo, apoyo hacia la ciencia, o más precisamente al financiamiento de sus instituciones. Vemos, entonces, la confluencia de perspectivas de las políticas de alfabetización mencionadas en el apartado anterior con el modelo teórico del déficit cognitivo. Este modelo parece íntimamente relacionado al quehacer periodístico y a la formación de nuevos comunicadores a nivel general. La preocupación y objetivos de los comunicadores están orientados, desde este ángulo, en transmitir “bien” la información. El acervo cognitivo contenido en la teoría científica debe ser traducido de la manera más fiel, pero a la vez, más entendible posible.

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Sin embargo, diversos autores también confluyen en señalar que este modelo no alcanzó los resultados propuestos bajo sus propios criterios. Según Cortassa: Décadas después de su formulación original, tanto el diagnóstico como la prescripción aún generan más frustración que satisfacciones, y la meta de un diálogo sensato y productivo entre sociedad e institución científica se mantiene, precisamente, como una meta a alcanzar. (Cortassa, 2010: 54).

Vara, por su parte nos dice: Las encuestas de conocimiento muestran la baja comprensión de distintos aspectos científicos por parte del público. Aspecto que no mejora aún tras intensos esfuerzos de divulgación. Por ejemplo, tras más de diez años de importantes programas para incrementar la alfabetización científica — scientific literacy— en Gran Bretaña, la comparación entre una encuesta de 1988 y otra de 1996 mostró que ¡la única diferencia apreciable en el aumento del conocimiento científico del público fue el mayor reconocimiento de la sigla “ADN”! (Vara, 2007: 43).

Esta cuestión hace aún más interesante el objeto de nuestro análisis, dado que la prolongada perduración de este modelo a pesar de sus fracasos parece evidenciar que sus raíces sociales son más profundas que las de una mera ocurrencia teórica acunada y crecida en el intramuros académico8.

Una hipótesis alternativa Desde nuestro punto de vista, para comprender la relación entre ciencia y medios es necesario partir de un marco aún más amplio, abordando cuestiones que parecieran no tener relación (inmediata) con el conocimiento científico. Será necesario, para ello, una retracción, que luego nos permitirá abordar la cuestión que es objeto de este artículo. Primero debemos considerar que el trabajo humano muestra un carácter bifacético. Por un lado, es trabajo concreto, es decir, gasto de fuerza humana en una forma particular y orientada a un fin, a una utilidad. En esta condición produce valores de uso, bienes que satisfacen necesidades humanas determinadas. Por otro lado, es gasto de fuerza humana en sentido abstracto, es decir, condición de trabajo igual e intercambiable (Marx, 2006 [1867]). En este sistema, esos trabajos útiles

8 Esto nos conduce a hacernos una nueva pregunta, que, si bien no podremos responder aquí, será valioso tratar en trabajos posteriores ¿Por qué, a pesar de su fracaso dicho modelo sigue siendo predominante?

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(concretos) cualitativamente diferentes que están detrás de cada mercancía, ponen de manifiesto una división social del trabajo9 . Si debiéramos denotar qué es lo que rige el intercambio de productos en el mercado capitalista, aparecería en escena el valor, que no se define por la circunstancia concreta mediante la cual un producto se opone a otro, es decir cuánto vale frente a ese otro o qué precio tiene (cuando su valor de cambio lo expresa el dinero) sino la cantidad de trabajo abstractamente humano (racionalmente medido en tiempo bajo una producción fragmentada y mecanizada) contenido en cada producto10. Dado que diferentes modos de trabajo humano (concreto) adoptan la forma de igual objetividad de valor de los productos del trabajo y que la medida concreta de gasto de fuerza de trabajo humano abstracta adquiere la forma de magnitud del valor, entonces, podemos decir que la relación de los productores en la cual se hace efectiva la determinación social de sus trabajos, adquiere la forma de relación entre productos del trabajo, cosas, que se dan bajo la forma de mercancías. Por lo tanto, las relaciones entre hombres aparecen como relaciones entre cosas y las cosas como portadoras de las cualidades de personas11. Hay aquí un quid pro quo en que los productos del trabajo se convierten en cosas suprasensibles o sociales ya que, como indicamos, la relación entre cosas adopta la relación social determinada existente entre los hombres. Veremos que lo recién mencionado permite entender no ya un mero proceso económico, sino una forma general de relaciones dadas en el modo de producción capitalista. Formas de relación que están caracterizadas por un enigma elemental, el “fetichismo de la mercancía” (Marx, 2006 [1867]: 87). Este fetichismo se da al expresarse ante los hombres el carácter de su propio trabajo, pero apareciendo este como objeto fuera de sí, como cosa. Por lo tanto, hay una radical inversión, aparecen desplegadas relaciones sociales entre objetos existentes al margen de los productores, mientras que estos quedan abstraídos. Ello, según Lukács, se trata de un proceso social general:

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La cual es una condición para la producción de mercancías, pero no a la inversa, es decir que puede haber división social del trabajo (por ejemplo, en la llamada “Edad media”) y no necesariamente producción de mercancías.

10 Apreciamos, entonces, que no es el intercambio lo que regula la magnitud de valor de la mercancía, sino a la inversa, la magnitud de valor de la mercancía la que regula el intercambio. Aunque en casos específicos (por el simbolismo místico atribuido a las mercancías), el precio de un producto (la expresión del valor en dinero, es decir en otra mercancía) puede disociarse del valor del mismo (nuevamente, la cantidad de trabajo abstractamente humano contenido en esa mercancía) hasta multiplicarlo en varias veces. Aquí juega un papel el “marketing”, asunto que tiene relación con cuestiones que trataremos más adelante. 11 Marx afirma que los trabajos privados no adquieren realidad como partes del trabajo social en su conjunto sino por medio de las relaciones de intercambio entre los productores. Es decir, que el carácter específicamente social de cada uno de los trabajos privados no se manifiesta sino hasta el momento del intercambio.

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La transformación de la relación mercantil en una cosa de “fantasmal objetividad” no puede, pues, detenerse con la conversión de todos los objetos de la necesidad en mercancías. Sino que imprime su estructura a toda la conciencia del hombre: sus cualidades y capacidades dejan ya de enlazarse en la unidad orgánica de la persona y aparecen como “cosas” que el hombre “posee” y “enajena” exactamente igual que los diversos objetos del mundo externo. (Lukács, 1969 [1923]: 109).

En consecuencia, no es factible limitar el problema del fetichismo gestado en la relación mercantil capitalista a un mero proceso económico12 sino que tiñen toda forma de relación y percepción entre individuos y de estos con cosas. Marcan la conciencia de modo profundo, “entintando” todas las categorías y concepciones mediante las cuales percibimos y abordamos la realidad. Desde este punto de vista, la actividad científica no puede sino presentarse ante los hombres como externa e independizada de ellos mismos en objeto. He aquí la invisibilización del proceso de producción del conocimiento científico13. Si bien las instancias de circulación del conocimiento científico son diversas, tanto en su “divulgación”, como en otras instancias de su comunicación pública, ocurre sistemáticamente que la actividad científica en cuestión quede transfigurada en “noticia”, o bien “resumen”, o “informe”, etc. Veremos que esta cosificación, en sus numerosas implicancias, compone una idealización notable de la actividad científica. En las diversas formas en que ella se da, la ciencia se presenta primeramente como información, datos, conocimiento. Esta información no es sino un fragmento abstraído de la actividad de la que es parte, que no denota relación ni procedencia alguna. De hecho, Marx sostiene en el cap III (dedicado al dinero o la circulación de mercancías) del Capital: Como la mercancía desaparece al llegar a ser dinero, es imposible distinguir en éste la manera en que ha llegado a manos de su poseedor, o qué mercancía se ha transformado en él. Non olet (no tiene olor), sea cual fuere su origen. Si por una parte representa mercancía vendida, por la otra, mercancías adquiribles. (Marx, 2006 [1867]: 134).

La universalización de la (utilidad de la) ciencia

12 El hecho mismo de dividir el conocer humano en disciplinas y, derivadamente, de reducir procesos fácticos analizados por las categorías de esas disciplinas es una forma de doble fetichismo. 13 Este objeto, so pena de mal apreciarse, no puede sino ser susceptible de convertirse en mercancía.

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Dado este proceso, aparece la posibilidad de que el conocimiento circule escindido de las relaciones en las que tuvo su génesis y desarrollo, autonomizado de los problemas socio-cognitivos que le dieron motivo y una forma y contenido iniciales14. Se trata del ocultamiento del trabajo científico acumulado, de sus condiciones de desarrollo, que hacen a sus relaciones constitutivas. Junto a este borramiento, ocurre otro, del otro lado de la relación: se anula la subjetividad, dada su cosificación, de cualquier posible consumidor de cada conocimiento. Esto significa que no hay relaciones sociales ni sujetos en ninguno de los dos lados del producto científico. De este modo, se genera la apariencia de que el conocimiento circula por fuera del metabolismo social (producido sin intereses ni necesidades), es decir, como exterior al proceso de reproducción de la vida humana socialmente organizada, la cual queda elidida y anulada. Esta incapacidad de representarse el proceso metabólico que unifica las formas particulares de vida en una unidad social, impide a su vez captar las formas concretas en que cada una de esas formas particulares de vida entran (o dejan de entrar) en relación con el conocimiento científico. Es decir, no permite captar las determinaciones concretas de la circulación del conocimiento científico. Indeterminado de este modo, dicho conocimiento aparece como un universal, transfigurado en pura información que tiene el único atributo de ser verdadera y se despliega como instrumento exterior a nivel social, gestado por una “mística providencia”. El conocimiento científico aparece como capaz de satisfacer necesidades universales (no podrían ser particulares si la actividad científica se muestra sin determinación social alguna y los sujetos que intervienen en su circulación no son representados más que como cosas) en tanto valor de uso universalizado. De este modo, los “avances de la ciencia” (así tratados en diversas noticias científicas) son figurados como avances de la humanidad toda dado que su entidad de trabajo humano acumulado no se concibe en su carácter concreto, como objeto apropiado privadamente. Aquí aparece habilitada, entonces, la concepción de la ciencia como promesa de progreso y del bienestar social general (Comte, Círculo de Viena). La actividad científica se transfigura en información y, mediante ella, en un instrumental de alcance universal que es artífice de los cambios sobre las condiciones objetivas y subjetivas de la humanidad. Es apreciable que el “modelo del déficit cognitivo” naturaliza la manifestación cosificada de la actividad científica como conocimiento o mera información. Desde nuestro punto de vista, en cambio, esta no es cosa naturalmente, sino que es

14 Forma y contenido de cada conocimiento científico que no excepcionalmente atravesarán modificaciones en su circulación social.

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convertida en cosa para la conciencia, al ser escindida de la práctica social de la que es un aspecto. En consecuencia, el conocimiento adquiere esa existencia porque así se la figura socialmente.

La centralidad del uso social de la ciencia en los procesos que implican su comunicación pública. Del apartado anterior emerge otra cuestión: en base a su perspectiva indeterminada (que no concibe el conocimiento en tanto actividad social ni a los sujetos que sustancian su circulación social), el “modelo del déficit cognitivo” es incapaz de percibir las formas concretas en que cada conocimiento se torna significativo o relevante para cada sujeto que lo pudiera consumir. Se ignora que hay ciertos sujetos, constituidos en torno a ciertas relaciones sociales, que “recurren” a la ciencia bajo ciertas condiciones problemáticas y que implican de modo no excepcional, transfiguraciones en la forma y contenido de cada conocimiento científico. Podemos decir que la “forma original” (dicho metafóricamente, porque no existe algo así) de la ciencia académica o básica es el paper, en tanto elemento en que la actividad científica es plasmada: un conjunto de información codificada. Pero ello no debe confundir. Que sea el modo en que se plasma para circular primordialmente dentro de la comunidad científica, no quiere decir que sea el modo natural o esencial de la misma (si es que hubiera algo así), sino que es el modo que adquiere para ser utilizada por cierto grupo social (la comunidad científica) dentro de cierto dominio de relaciones (una parte de la propia comunidad científica). Sin embargo, ello no quiere decir, que así sea como el conocimiento científico circula a nivel social más general. Los investigadores en ciencia básica de diversas disciplinas utilizan el conocimiento científico en muchos casos bajo la forma de papers (aunque no de modo exclusivo ni restringido a estos) para llevar adelante un parte importante de sus actividades, ya sea para leer cada artículo y tomarlo como sustentación de sus definiciones, para cumplir roles obligatorios de evaluación, para lograr prestigio académico en una carrera por acumulación de reconocimiento y, mediante ello, lograr financiamiento, constituyendo, a la vez, su propia personalidad. Es visible que este uso es asequible en una serie muy específica de relaciones sociales. Otros sujetos sociales (público no-formalmente-científico ni experto afectado por desechos industriales o extractivos, funcionarios o representantes del poder ejecutivo o legislativo que buscan orientar o justificar medidas de gobierno, jueces que buscan fundamentar resoluciones, empresarios que procuran decidir inversiones o defenderlas del cuestionamiento de otros sujetos, etc.) utilizarán distintos tipos de conocimientos científicos, de diferentes matrices disciplinares bajo diferentes formatos, íntimamente relacionados a los contenidos de definiciones

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que esas ciencias pueden establecer. Por consiguiente, cada modo de uso social de la ciencia, implicará, justamente, diferentes entramados de relaciones sociales y se desplegará bajo diferentes condiciones problemáticas (Gusfield, 1981), requiriendo diferentes recursos sociales. También podría darse que un individuo no-formalmente-científico (usualmente llamado “lego”) pretenda instruirse de modo amateur, como pasatiempo, por fuera de sus obligaciones laborales, en el conocimiento científico, por el “puro interés” y movido por la “pura curiosidad” que le suscita el conocimiento científico. Incluso en ese caso estará utilizando la ciencia bajo ciertos modos, formatos, contenidos y ante todo ciertas relaciones sociales. Puede que en casos extraordinarios ese autodidacta amateur “consuma” (es decir, utilice consumiendo) los mismos papers que cualquier científico especializado en ese campo, pero no hará lo mismo con esos conocimientos. Consumirá más de lo que producirá y en el caso extraordinario de que produzca nuevo conocimiento, no lo hará bajo las mismas condiciones, ni principios, ni con los mismos objetivos respecto de los mismos problemas. No se integrará en las mismas relaciones sociales: no deberá evaluar a otros científicos, ni deberá ser evaluado, ni luchar por el financiamiento, ni dar cuenta de resultados alcanzados en base a la lectura del paper consumido. Sostenemos que el modo concreto en que los sujetos sociales entran en contacto con el conocimiento científico es mediante los usos sociales15 que hacen de él. Por ello, la cuestión del uso de la ciencia es sumamente relevante para comprender los procesos de su comunicación pública y su circulación a nivel más general. De hecho, es factible afirmar que no es posible la comunicación pública de la ciencia por fuera del uso de la misma.

La cuestión de la pasividad y la contemplación. Como manifestación y como criterio analítico prestablecido Todos los ejemplos de uso social del conocimiento científico arriba mencionados, implican una posición activa por parte de los sujetos involucrados, suponen la capacidad de operar mediaciones, modificando conocimientos (Kreimer y Zukerfeld, 2014, 180) para adecuarlos a situaciones problemáticas específicas; o intermedia-

15 El uso social de la ciencia, desde esta perspectiva no debe ser comprendido de modo lineal, sino co-constitutivo de la forma y el contenido del conocimiento científico, así como de su proceso de producción. En este sentido, diferimos de las primeras perspectivas de análisis en sociología e historia de la ciencia (Merton, 1965 [1942]; Bernal, 1967), en gran medida influidas por la noción idealizada del conocimiento propias de la corriente positivista. En estas perspectivas de análisis, “fundadoras” de la sociología de la ciencia, y de las que aquí nos diferenciamos, el proceso de uso del conocimiento tendió a considerarse como una instancia ajena, accesoria y linealmente dependiente de la producción de conocimientos.

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ciones (Kreimer y Zukerfeld, 2014, 180), movilizando conocimientos sin intervenir en su contenido conceptual, pero sí efectuando acciones que posibiliten su integración y adecuación a problemas divergentes. Todo ello, más genéricamente, implica una intervención de carácter (más o menos visiblemente) político, movilizando relaciones sociales, recursos, capacidades y revisando con conciencia (más o menos profunda), cada entramado en donde los sujetos intervienen. Sin embargo, esta posición activa es incompatible con la estructura general de la conciencia humana en el capitalismo, caracterizada por una actitud contemplativa. Lukács nos dice: Esta carencia de voluntad se agudiza aún más por el hecho de que con la racionalización y la mecanización crecientes del proceso de trabajo la actividad del trabajador va perdiendo cada vez más intensamente su carácter mismo de actividad, para convertirse paulatinamente en una actividad contemplativa. La actitud contemplativa ante un proceso de leyes mecánicas y que se desarrolla independientemente de la conciencia, sin influenciación posible por una actividad humana, proceso, pues, que se manifiesta como sistema cerrado y concluso (…) (Lukács, 1969 [1923]: 96).

La actitud contemplativa, agrega Lukács, se gesta, asimismo, en el proceso de trabajo científico-racional capitalista, en el cual el cálculo toma primacía con su consecuente capacidad de descubrir y prever el decurso necesario y según leyes de determinados acontecimientos, independientes de la arbitrariedad individual (Lukács, 1969 [1923]:106). Finalmente, esta maquinización y la consecuente actitud contemplativa, se extiende por fuera de la fábrica, generalizándose. Lukács denota esto cuando trata el asunto de la burocracia, la cual se adapta el modo de vida y, por consiguiente, de conciencia, análoga a la descripta en la empresa capitalista. Esa total quietud. que no es sino la encarnación de la división social del trabajo, se gesta, en este caso, como conciencia “ética”. (Lukács, 1969 [1923]:108). Es factible decir que la pasividad que presupone el modelo “del déficit cognitivo” es la esencialización ideológica de esa pasividad social general gestada en el capitalismo como actitud contemplativa, generalizada abstractamente y, por ello, naturalizada. Posiblemente por este motivo el individuo sea concebido desde el modelo de la brecha desde un empirismo que extraña por lo ingenuo: un “vacío a rellenar o formar”. Esto permite entender, a su vez, el fracaso de dicho modelo en cuanto a los programas de alfabetización y divulgación técnica, dado que esta esencialización elide las condiciones elementales mediante las cuales la ciencia puede ser efectivamente utilizada por cada actor social. Es decir, que haya una pasividad generalizada como cuadro general de la conciencia, es ello mismo una configuración histórica, no una forma natural que debe asumirse como punto de partida

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o condición permanente de la circulación del conocimiento científico. Muy por el contrario, su asimilación y uso, requiere el despliegue de una palpable actividad. En los próximos dos apartados abordaremos distintos modos de uso social de la ciencia por parte de diversos actores sociales. El primero de los apartados estará enfocado en el activismo de sectores no-formalmente-científicos. El apartado siguiente estará abocado a tratar distintos usos de la ciencia de sectores científicos en medios de comunicación. De conjunto, ambos apartados nos permitirán apreciar ciertos límites del modelo “del déficit cognitivo”, especialmente en cuanto a su incapacidad de dar cuenta de las formas complejas en que la ciencia circula y es utilizada efectivamente.

Usos sociales del conocimiento científico por parte del activismo “lego” en procesos de resistencia a tecnologías y de democratización de la tecnología. Puede ser valioso atender a casos donde el público no-formalmente-científico, concebido por el “modelo del déficit” como ignorante, desinteresado y pasivo, despliega distintos modos de uso social del conocimiento en pos de distintos objetivos. Estos casos, tratados entre otros por Vara (2007) a la hora de polemizar con la perspectiva del déficit, nos pueden permitir apreciar más claramente ciertas determinaciones en que se da la circulación del conocimiento científico en casos específicos. Uno de los casos fue analizado por Steve Epstein (1995). En EEUU durante los años 80´s, un grupo de pacientes afectados por el SIDA se organizó en pos de lograr mejoras en el desarrollo de tratamientos. Por un lado, presionando a organismos de gobierno y regulación en pos de mayor inversión en investigación. Por otro, reclamando mayor acceso a los tratamientos disponibles. Para ello, se instruyeron técnicamente y antagonizaron con investigadores y expertos. Además, tematizaron sus planteos públicamente, en pos de definir ejes problemáticos e imponer vías de resolución ante los mismos. En esas intervenciones, desplegadas mediante su organización política, no sólo los argumentos más estrictamente técnicos, sino el conjunto de su presentación pública estaba indisociablemente constituido por un abordaje científico del problema postulado. Este grupo logró que se modificaran protocolos y procedimientos de aprobación por parte de la FDA (Food and Drug administration), además de mejoras en el acceso a tratamientos por parte de distintos pacientes. Otro de los casos se dio con la lucha en contra del uso de organismos genéticamente modificados (OGM´s –transgénicos-) y del glifosato (que se utiliza junto a los mismos). Esta controversia, estudiada por Florencia Arancibia (2013), se dio como iniciativa de distintas comunidades y agrupamientos en la Argentina. Estos

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grupos lograron realizar estudios de epidemiología popular, dando cuenta de la relación de distintas enfermedades y fumigaciones. También pudieron alinear a distintos investigadores a sus reclamos, cuestionando públicamente la fumigación (y logrando su prohibición) en áreas habitadas, los usos de la tecnología de OGM´s y del modelo agroproductivo basado en ella. Todo ello denota una alta sofisticación cognitiva, dado que expresa la capacidad de asimilar conocimientos científicos y articularlos con un entramado de saberes legales, políticos y ambientales. Más allá de las particularidades de cada caso16, ambos procesos permiten afirmar que el “público lego” no sólo no es inherentemente ignorante, sino que es capaz de debatir y realizar aportes, manejando el lenguaje técnico de las teorías en juego. En ambos casos ello se dio mediante un rol políticamente activo, poniendo transitoria y parcialmente en cuestión los principios de representación políticos y la división social del trabajo, dado que se especializaron en ámbitos de actividad intelectuales y técnicos, usualmente vedados a la masa de ciudadanos sin expertise ni formación técnica. Esto también nos conduce a poner en cuestión el supuesto de que el conocimiento circula por fuera de las relaciones sociales y problemas políticos, como portador de un valor universal. De hecho, el conocimiento adquiere diferentes valores de uso dependiendo de los sujetos involucrados, lo cual implica, a su vez, ciertas relaciones sociales. Finalmente, queda una última apreciación: es visible que el modo lineal-unidireccional postulado por el modelo del déficit es una idealización. En los casos descriptos los sectores “legos” fueron capaces de incidir en resoluciones técnicamente fundadas y en el objeto y modos de atención de expertos y científicos. Es decir, que las formas necesariamente politizadas en que esta circulación se sustancia, implican la reversibilidad potencial de las relaciones de tal manera que permitan el cuestionamiento y modificaciones de las formas cognitivas en que se plasman.

De cuando los propios científicos intervienen en la comunicación pública de la ciencia Como otro modo de uso del conocimiento científico, es válido mencionar el trabajo de Miguel Alcíbar (2009), quien analiza distintos modos de “divulgación científica”17 en donde los propios científicos son productores de la comunicación. En estos

16 En el caso de Epstein, se pretendía promover el desarrollo de una tecnología de modo tal que sea más accesible y adecuada a las necesidades de los pacientes. En cambio, en el caso de OGM´s, se trata de resistencias frente a formas tecnológicas. 17 Alcíbar identifica a la “divulgación científica” como una forma particular dentro de la comu-

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procesos, el conocimiento científico, lejos de ser meramente “transferido”, es seleccionado en pos de estrategias políticas de los investigadores. Veamos algunos de los modos analizados: 1.

Controlar el flujo informativo de los medios de comunicación para fines corporativos. Por ejemplo, apenas lanzada la fertilización asistida como producto al mercado (y durante el consecuente debate público en torno a ella), se publicaban noticias en los medios incentivando el consumo de la misma y ocultando selectivamente los magros resultados iniciales que arrojaba.

2.

Persuadir a la opinión pública y a los gestores de la política científica de la necesidad de financiar ciertas líneas de investigación. Alcíbar menciona el caso de la NASA, que emitió de forma confusa la noticia de que había hallado vida en Marte a los fines de sensibilizar a la opinión pública para presionar al gobierno de Clinton a mantener el financiamiento a dicha agencia.

3.

Promocionar resultados de investigación o vender ciertos productos o servicios. Se trata de la publicidad abierta o marketing que hacen grandes complejos científico-empresariales para vender un producto desarrollado por ellos.

4.

Minimizar ciertos problemas sanitarios, medioambientales, éticos o de otra índole social. El objetivo es mantener la autonomía respecto de la influencia del público más general, la clase política y otras instituciones “exteriores” a la ciencia. Relata que, al clonarse la Oveja Dolly, los científicos hicieron un esfuerzo denodado por diferenciar la clonación humana de la animal en pos de que no intervengan, entre otros, expertos en bioética, políticos, autoridades eclesiales, etc.

5.

Sustentar o desacreditar ciertas creencias sociales, políticas o morales. Por ejemplo, el físico Davies, creyente, quien pretendió establecer un nexo entre big Bang y religión mediante varios libros de divulgación.

Sobre estos casos de uso social de la ciencia caben efectuar algunas apreciaciones. En primer lugar, es claro que, de diversos modos, los científicos utilizan el conocimiento posicionándose en torno a diferentes situaciones y problemas. A su vez, las relaciones sociales en que esos problemas se configuran son constitutivas de la labor cognitiva de los científicos. En este sentido, al igual que lo señalado en el apartado anterior, es factible afirmar que el conocimiento científico no circula por fuera de las relaciones sociales18. En segundo lugar, queda puesta en cuestión

nicación pública de la tecnociencia. Según el autor, la “divulgación científica” está efectuada directamente por científicos, en ello difiere del “periodismo científico”, generalmente hecho por actores “externos” a la comunidad científica. 18 Puede, sin embargo, que en este caso llame más la atención, dado que estas relaciones sociales se muestran como constitutivas de sujetos que son simbólicamente identificados como “externos” a ellas.

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la imagen de una ciencia prístina o pura, que es progresivamente degradada en su circulación social. La selección activa de información por parte de científicos en sus estrategias de comunicación se opone por el vértice a esta representación. Ello permite cuestionar la linealidad del modelo “del déficit cognitivo” pero desde un ángulo distinto al del apartado anterior: no podría hablarse de un producto que emerge “perfecto” en el núcleo de la comunidad científica, sino más bien, extrapolado y recortado estratégicamente por los propios investigadores. Es decir, no podría haber linealidad si se considera que las operaciones retóricas son dadas “en origen”, con lo cual el objeto puro que se supone “transferible” no tiene existencia como tal. Finalmente, cabe decir que los diferentes usos sociales de la ciencia, pero especialmente los tratados en este apartado, son posibles y efectivos justamente por el ocultamiento de relaciones propio de las formas fetichizadas de producción y circulación del conocimiento científico. En otras palabras, estos usos sociales de la ciencia son posibles por la reducción general de la actividad científica a información, ajena a la actividad humana socialmente organizada y exterior al metabolismo social. Así, la comunidad científica puede recurrir a los medios de comunicación con la finalidad de hacer publicidad de sus logros y, mediante ellos, gestar una imagen de sí misma antes que una transmisión de sus elaboraciones teóricas. Nuevamente, aquí aparece el carácter no lineal de la circulación social de conocimientos científicos, dado que los efectos del discurso no residen en su contenido semántico, es decir, no pretenden informar a terceros, sino operar una reversión en donde se crea una imagen del propio sujeto de locución. Quién habla, lejos de simplemente dirigirse a terceros, se sustancia a sí mismo, reposicionándose mediante ciertas relaciones.

Conclusiones Hemos apreciado inicialmente que el “modelo del déficit”, vinculado profundamente con las políticas de comunicación pública de la ciencia previamente relevadas, opera sobre una cosificación del conocimiento científico. Además, teje un esquema de circulación del conocimiento lineal-unidireccional que presupone que el producto científico circula de modo autónomo a los sujetos sociales, cuya pasividad aparece naturalizada. Desde allí el modelo del déficit se ve impedido de captar los usos sociales del conocimiento científico mediante los cuales se sustancia su circulación y así elide las determinaciones en que este se desenvuelve. De este modo, el modelo del déficit queda obligado a universalizar el valor de la ciencia, dado que omite todo proceso de uso específico.

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Por nuestra parte, hemos propuesto una concepción alternativa que procura captar las determinaciones del conocimiento científico y su circulación social, apreciando la centralidad de sus usos sociales. Consideramos que los diferentes sujetos utilizan el conocimiento de modos diversos, no obstante, más allá de las particularidades, utilizan el conocimiento movilizando relaciones sociales, recursos materiales y cognitivos y desplegando un posicionamiento activo político-problemático mediante la revisión más o menos consciente de sus relaciones sociales constitutivas. Vimos que ello se da incluso en los casos en que la propia “comunidad científica” es sujeto central en la comunicación pública de la ciencia. Desde este enfoque fue factible apreciar diversos aspectos que hacen a la complejidad de este proceso de circulación, no susceptible de ser reducido a esquemas lineales en donde los elementos adquieren las cualidades de meras cosas. El proceso es indeciblemente complejo y es necesario analizar pormenorizadamente sus determinaciones concretas. En este rumbo, el desarrollo del análisis nos permitió vislumbrar rasgos de la comunicación pública de la ciencia, o bien omitidos por el modelo del déficit, o bien contrarios a sus postulados. Ya se mencionó la no linealidad del proceso, a ello es dable agregar la no neutralidad y no pureza del conocimiento ni de sujeto alguno involucrado en su circulación social. Por otra parte, si bien aquí no fueron tratadas más que tangencialmente, el análisis arrojó distintas determinaciones que se mostraron como fundamentales en los casos descriptos de comunicación pública de la ciencia. Estos configuran aspectos relevantes a la hora de abordar nuevos procesos, sin que ello sugiera que se trata de rasgos sustanciales o relevantes a priori. Entre estas dimensiones vale atender a qué clase de conocimientos se utilizan, qué matrices disciplinarias implican, cuál es su modo de presentación, en qué tipo de dispositivo se corporizan, qué traducciones, mediaciones o intermediaciones se requieren para desenvolver cada uso social del conocimiento, qué relaciones sociales se ven implicadas, qué recursos sociales se requieren, qué problemas políticos y públicos están en disputa y con qué enfoque problemático pretenden intervenir cada uno de los sujetos involucrados. Finalmente, vale decir que lo tratado en este artículo respecto del modelo del déficit y la comunicación pública de la ciencia puede tener relevancia por al menos una cuestión: el entrelazamiento profundo de elementos nodales que hacen a la concepción de esta perspectiva con las formas sociales más generales de representarse, no ya a la propia comunicación pública de la ciencia (usualmente extrapolada y reducida a la cuestión de la divulgación científica), sino a la actividad científica misma. Este es un asunto de gran importancia dada la creciente centralidad de la actividad científica, no sólo en los procesos tecnológicos y productivos (cuyo dinamismo contribuye a reconfigurar profundamente la vida so-

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cial) sino en la resolución de conflictos en torno a estos procesos productivos. Este último aspecto, en donde se ponen en cuestión abiertamente modos específicos de organizar el metabolismo social, es la dimensión que ha crecido en mayor proporción en las últimas décadas. Aquí se pone en juego de un nuevo modo la cuestión de la llamada “democratización del conocimiento científico”. Ahora dada de manera tal que sus vínculos políticos constitutivos son más manifiestos y, por ello, su politicidad se hace más clara para amplias masas poblaciones, que usualmente se mantuvieron ajenas a los principios, valores y problemas de la actividad científica. En síntesis, lo discutido en este artículo puede tener relevancia porque pone en cuestión modos de representarse (tanto a nivel académico como no-experto) al conocimiento científico, cuya centralidad se desenvuelve de modo tal que se constituye como un factor de creciente politización.

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Las distopías audiovisuales como crítica al determinismo tecnológico: de Evangelion a Black mirror Audiovisual dystopias as a critique of technological determinism: from Evangelion to Black mirror por Monzón Battilana, Álvaro Patricio Lic. en Comunicación Social (UNNE) Becario Doctoral CONICET-UNNE patriciomonzonbattilana@gmail.com

RESUMEN El presente trabajo analiza y compara las críticas distópicas al avance tecnológico insertas en las narrativas de los anime B’t X, Ghost in the Shell y Neon Genesis Evangelion y la serie Black Mirror. En particular, desglosa la crítica al determinismo tecnológico desde los usos tecnológicos de los estudios culturales británicos, diferenciándose de las tradiciones teóricas alemana (industria cultural) y norteamericana (sociedad de la información). Palabras claves: Determinismo Tecnológico | Anime | Industria Cultural | Usos Tecnológicos

ABSTRACT The present work analyzes and compares the dystopian criticisms of the technological advancement inserted in the narratives of the anime B’t X, Ghost in the Shell and Neon Genesis Evangelion and the Black Mirror series. In particular, it breaks down the critique of technological determinism

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from the technological uses of British cultural studies, differing from the German (cultural industry) and North American (information society) theoretical traditions. Key words: Technological Determinism | Anime | Cultural Industry | Technological Uses

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Introducción y contextualización A lo largo del trabajo, se analizará un corpus constituido por los anime B’t X, Ghost in the Shell y Neon Genesis Evangelion y distintos episodios de la serie británica Black Mirror con los conceptos de: usos de la tecnología de Williams (2011), industrias culturales de Adorno & Horkheimer (1969), integración tecnológica de McLuhan (1996) y objetización de Silverstone, Hirsch & Morley (1996). Varias décadas después de que lo adelantaran las narrativas audiovisuales de origen mayoritariamente nipón y popularmente conocidas como anime1, las series de la hegemónica industria cultural anglosajona presentaron como novedoso el terror distópico2 que era común en dicha cultura oriental: civilizaciones enteras dominadas y sucumbidas al afán técnico, no debido a una natural evolución de los dispositivos, sino por sus direccionados usos en contra de los intereses mayoritarios de la humanidad y, en contraparte, a favor de las elites minoritarias. Desde la década del ‘70 que la narrativa japonesa advertía con sus dibujos animados sobre la clásica diferencia que hacía Williams (2011): la tecnología no hace nada por sí misma, por lo tanto, como objeto de estudio, no puede ser reducida a una cuestión técnica, fáctica, matemática, sino que debe ser entendida, estudiada y contextualizada como los múltiples y variados usos e imbricaciones en la praxis social que ésta toma bajo el mando de los seres humanos. En la actualidad abundan series no sólo estadounidenses y británicas, sino también de otras nacionalidades occidentales gracias a plataformas pioneras como Netflix (en particular desde 2013, con el lanzamiento de todos los capítulos de House of Cards, modalidad inédita de transmitir una serie hasta entonces), que retoman los futuros distópicos donde la tecnología se torna sinónimo de catástrofe; lo que planteaban varios anime desde antes y múltiples shows contemporáneos es la crítica al determinismo tecnológico, uno de los tantos axiomas constitutivos del capitalismo moderno. Desde el discurso hegemónico del industrialismo, el advenimiento de la modernidad implicó todo tipo de promesas y expectativas de innegables mejoras económicas, sociales y, claramente, tecnológicas. De esta manera, el exponencial avance técnico que se venía desarrollando a partir de la Revolución Industrial era

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Versión animada del manga, historieta en blanco y negro que adquirió cada vez mayor masividad en Japón desde principios del siglo XIX hasta la actualidad (Papalini, 2006).

2 Género narrativo dentro de la distopía, que se define como “una sociedad alternativa que niega algún valor muy importante para el autor y es presentada como decididamente indeseable. También puede ser una caricatura de la sociedad actual, a la cual se construye mediante la extrapolación de alguna de sus tendencias hasta reducirla al absurdo” (Capanna, 2007: 187).

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presentado y difundido no sólo como natural y necesario, sino como imparable y, en consecuencia, inevitablemente benéfico para la mayoría de la humanidad. No obstante, hace décadas que distintas disciplinas científicas vienen advirtiendo acerca de las falacias de estas promesas del capital (Macionis & Plummer, 2011). En este contexto, las narrativas audiovisuales como productos masivos de la industria cultural ahora de carácter global, conforman un espacio variado y fértil para analizar las representaciones sobre el capital tecnológico y su devenir. Desde las últimas décadas del siglo XX que ciertas narrativas audiovisuales, primero de origen nipón y luego también anglosajón, presentan distopías críticas del determinismo tecnológico, en línea el pensamiento sociológico posmoderno. Esta será la hipótesis que guiará el presente trabajo de investigación, cuyos objetivos serán: 1.

Diferenciar las perspectivas teóricas sobre el papel de la tecnología en las sociedades industrializadas.

2.

Analizar como emergen las críticas al determinismo tecnológico en las temáticas de las narrativas audiovisuales niponas y anglosajonas.

3.

Comparar como cada narrativa -animada y actuada- tematiza las distopías tecnológicas

Una tercera vía Williams (2011) buscó escapar al pensamiento científico supuestamente dicotómico sobre la tecnología que, en realidad, provenía de una misma raigambre epistemológica: el dispositivo técnico como un hecho ajeno a su cultura y época, fuera determinista (cuando se concibe que la investigación avanza por sí misma) o sintomática (cuando se sostiene que los resultados marginales son eventualmente adoptados por la sociedad). Como solución, el intelectual británico propuso devolver el foco a la intencionalidad con la que se diseñan y aplican tecnologías, ubicándose así a medio camino entre el imaginario apocalíptico de la Escuela de Frankfurt (industrias culturales que generan masas homogéneas y unidireccionales y oprimen toda clase de subjetividad) y la perspectiva integracionista de McLuhan: “La esencia de la tecnología de la automatización es precisamente lo contrario. Es profundamente integral y anticentralista del mismo modo que la máquina era fragmentaria, centralista y superficial en su configuración de los esquemas de relaciones humanas”. (McLuhan, 1996: 30). En este punto medio, sobran los ejemplos de anime (Akira, Neon Genesis Evangelion, Ghost in the Shell, B’t X, RahXephon Serial Experiments Lain, Fullmetal Alchemist, Darker than Black, por solo nombrar algunos) que, más que estigmatizar el avance tecnológico irrestricto de todo límite moral, ético o ambiental, condenaban a sus

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impulsores y presagiaban que el problema del futuro no sería por una tecnología sin control, sino por sus dueños. En una de sus múltiples y posibles definiciones, Papalini enmarca las relaciones recíprocas, cuando no fundacionales, entre anime y crítica tecnológica, afirmando que: “En tanto observan el imperativo tecnológico en su soporte material respondiendo a la significación instituida, no parece exigírseles retomar la afección optimista de los discursos hegemónicos”. (Papalini, 2006: 23). Alejando a la narrativa nipona de discursos tecnológicos como el de McLuhan, la investigadora cordobesa también busca acercarlos al sustrato frankfurtiano, perspectiva a la que tampoco se intenta arribar en este trabajo: como se explicitó anteriormente, se opta por un punto intermedio entre ambos imaginarios, ya que no se parte de la base de que los anime ni las series actuales reproduzcan un pesimismo irreversible sino que, a través de la crítica a sus ejecutores, vislumbran alternativas posibles al manejo tecnológico.

Anime y series, unidos por las distopías tecnológicas Tal es el caso, entre muchos posibles, del anime B’t X, emitido entre 1996 y 1997, totalizando 39 capítulos. Una de sus principales premisas era la existencia del Imperio de las Máquinas, una empresa dedicada a la construcción de la mayor inteligencia artificial posible, puesto que ya había sido exitosa con otras consideradas inferiores. Si bien hacia el final de la serie Rafaello -nombre de la entidad artificial- se torna incontrolable y consume todo a su paso, dicha fase evolutiva fue racionalmente buscada y perfeccionada a lo largo de toda la trama por el Emperador, líder del Imperio de las Máquinas. Aquí, nuevamente, la crítica se dirige a los usos tecnológicos y no a una serie de características aisladas de su cultura y tiempo. Todos los funcionarios, guardias, científicos y administrativos que trabajaban para el Imperio defendían el axioma moderno de que el progreso tecnológico es inevitable (Macionis & Plummer, 2011) y no hay que detenerlo sino fomentarlo, porque la evolución, sea natural o artificial, biológica o inducida, siempre será mejor que el estado anterior. Este escenario constituye una clara crítica al pensamiento moderno y al determinismo tecnológico, en cualquiera de sus variantes; la tecnología endiosada como el fin ulterior, y no como el medio para alcanzar otras metas (erradicación de hambruna y pobreza estructural, multiplicación de viviendas, etcétera). De esta forma, los renegados que luchan contra el sistema instituido, lo hacen contra los burócratas que sacrifican cualquier medio por su meta y que pretenden separar taxativamente las concepciones de ideología y tecnología. Paradójica-

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mente, este enfoque supuestamente tecnocrático y apolítico de la ciencia conforma una mirada ideológica particular en sí misma. Es lo que Williams advierte constantemente sobre que los efectos de la tecnología solo pueden ser estudiados: En relación con intenciones reales, y estas a menudo deben distinguirse de manera tajante tanto de las intenciones declaradas, como de los procesos sociales generales supuestos y neutros. Esta perspectiva implica estudiar la acción y la influencia antes que sus formas aparentes. Sin embargo, es evidente que la mayoría de las veces el estudio de los efectos ha sido racionalizado de antemano. (Williams, 2011: 156).

Dicho proceso previo de racionalización es lo que parece ser omitido entre los defensores del determinismo tecnológico, y una de las grandes críticas de los sociólogos posmodernos a los que aún consideran al siglo XXI como parte de la modernidad iniciada con la división social del trabajo del industrialismo. “El rasgo principal de la era moderna era la creencia firme en que la tecnología haría la vida mejor. La crítica posmoderna afirma que la ciencia ha creado más problemas (como la degradación ambiental) de los que ha resuelto”. (Macionis & Plummer, 2011: 781-782). Antes del advenimiento del siglo XXI, los animé ya realizaban una profunda crítica al proyecto de la modernidad, en línea con los sociólogos que marcaban su fin histórico desde las catastróficas consecuencias de la Segunda Guerra Mundial (19391945), y a la que se sumarían múltiples series anglosajonas desde el 2000 con el boom de esta nueva estética narrativa, diferenciándose de la cinematográfica, a la que otrora siempre estuvo subsumida como producto audiovisual de inferior calidad. El año previo a la emisión de B’t X, en 1995, salía a la luz Evangelion -su popular abreviatura-, considerado un clásico obligatorio de la animación nipona en la actualidad, más de dos décadas después. La trama, también repleta de máquinas con distintos niveles de autonomía, parece coquetear con los postulados integracionistas de McLuhan, cuando lo que hace es satirizar el pensamiento uniforme de que la tecnología evoluciona por sí misma e independientemente de la cultura humana donde se piensa e inserta. Y aunque el determinismo tecnológico no es el único eje temático a lo largo de sus 26 capítulos, aparece recurrentemente: en la pantalla chica, la empresa Nerv, con apoyo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), construye una suerte de robots gigantes llamados “Evas”, los cuales se hibridan con sus pilotos como única alternativa de defensa mundial ante la llegada de los Ángeles, seres bíblicos de igual tamaño que buscan destruir lo que queda de la humanidad.

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Como se explicó anteriormente, Evangelion coquetea con un afán integracionista y los consecuentes interrogantes que se disparan a partir de esta supuesta premisa. La presencia de los Evas, como una tecnología no totalmente exterior al yo, puebla también de nuevas preguntas la definición de la identidad. ¿Cómo no interrogarse por un robot que responde a lo que se piensa y que funciona por los impulsos nerviosos del propio organismo? ¿Hasta dónde “eso” es otra cosa, hasta dónde es el yo mismo? (Papalini, 2006: 117). No obstante, a medida que la trama prosigue y se van revelando las intenciones ulteriores de Nerv y sus robots, se descubre que su verdadera función es la de forzar un nuevo apocalipsis para comenzar la era de una humanidad libre de pecado. La tecnología emerge otra vez como medio y fin, pero justamente porque sus ejecutores la piensan así. “Desde una perspectiva de las ideas, la evolución está en línea con otras nociones modernas, como la del progreso ilimitado”. (Papalini, 2006: 126). Lo que en Evangelion comienza como una leve reverencia moderna -sólo la ciencia, en clave positivista, ergo libre de toda subjetividad en su directriz, podrá cambiar radicalmente al mundo- se torna, con el correr de la trama, en una irónica advertencia del porvenir del industrialismo. El problema radical del futuro será, nuevamente, el accionar de los dueños del capital tecnológico: ocultos bajo el velo de la supuesta objetividad y neutralidad científica, renegarán de todo derecho y garantía básicos en pos de lograr sus fines. Tal como en B’t X, el mayor peligro no es una abominación evolutiva que escape al raciocinio y control humano, sino sus diseñadores; los monstros reales son los hombres y mujeres de carne y hueso, los burócratas supuestamente carentes de ideología, y no las bestias artificiales. Quizás, más que nada, los monstruos son los humanos que reniegan de una cultura humanística y se acoplan acríticamente al engranaje del proceso industrial tal cual manda el sistema capitalista de producción, que funciona activamente solo bajo el concepto de rentabilidad, y tangencialmente reacciona ante la necesidad, para evitar un colapso social que lo vuelva improductivo. Exactamente como, en su pormenorizado análisis, Williams pone en duda y desarma el mito tecnológico fundante de la modernidad: Nunca es del todo verdadera la afirmación de que, en las sociedades modernas, una vez demostrada una necesidad social, pronto se halla la tecnología apropiada para satisfacerla. En parte, esa suposición no es verdadera porque algunas necesidades reales, en cualquier periodo determinado, no

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están al alcance del conocimiento científico y técnico del futuro inmediato. Y es falsa, más aún, porque el tema clave, la respuesta tecnológica a una necesidad, no es tanto una cuestión de la necesidad misma sino del lugar que ocupa en una formación social existente. (Williams, 2011: 32).

En otras palabras, no existe artefacto por fuera de la cultura donde se planea, ejecuta y produce una serie de efectos, como tampoco por fuera de los intereses de quienes la manejan. La tecnología, en tanto sistema y herramienta social, no es lo mismo que los artefactos técnicos disponibles en un tiempo dado, ni que los necesarios para subsanar los problemas de la sociedad en la que se inserta. Otra vez la intención es definitoria del curso que tomen la tecnología disponible y la futura. Alrededor de este choque entre las distintas visiones tecnológicas tratadas hasta el momento (determinista, sintomática o preocupada por sus usos), surgió el recurso de futuros distópicos en las narrativas audiovisuales, quizás, también, fomentando representaciones críticas sobre la tecnología, algo tomado como intrínsecamente natural, positivo y objetivo en los imaginarios que construye el capitalismo industrial. Otra obra animada cumbre de 1995, ésta vez en formato de película, Ghost in the Shell, lidiaba con el problema de los cyborgs mucho antes que Black Mirror, preguntándose, como ésta, hasta qué punto los accesorios tecnológicos a la biología humana no la redefinían por completo; hasta dónde una persona seguía siendo un ser humano subjetivo, único e indivisible y hasta dónde un nuevo tipo de objeto diseñado por el mercado, cumpliendo los peores pronósticos de Adorno & Horkheimer (1969). Cuando los sociólogos alemanes hacían alusión a la reproducción de una civilización subvertida a los fines de la técnica, y por ende de la racionalidad instrumental, que no significa otra cosa que la justificación y reproducción de un diseño irracional, y por tanto, injusto, que favorece determinadas clases e intereses en detrimento de otras, en clara clave marxista. Ghost in the Shell relata un caso policial en una Tokio futurista donde la sargenta Kusanagi, como tantos agentes de su tiempo, tiene un cuerpo completamente sintético, a excepción de su cerebro. A medida que avanza la trama, descubre la serie de incidentes reales que desencadenaron el reemplazo de su cuerpo biológico por uno artificial. En esta cultura distópica, la relación humanos-máquinas es inversa a la planteada tanto en Evangelion como en B’t X, donde lo robótico era lo extraordinario y excepcional y, por ende, lo más temible. Muy por el contrario, en Ghost in the Shell lo ordinario es tener alguna parte del cuerpo reemplazada por miembros artificiales, cuando no la mayoría del organismo.

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Esta ecuación, sintomática de los valores de la cultura imperante, no escapa a la concepción de economía moral de las relaciones sociales, sino que más bien la fundamenta. El problema a dirimir es hasta dónde puede llegar la objetización de los cuerpos humanos, o bien, no tan humanos. En los distintos escenarios explorados en la última animación, los cuerpos cibernéticos de los protagonistas están sincronizados con múltiples artefactos de los hogares, oficinas, calles y parques de la ciudad, entre otras localizaciones. Es la invasión tecnológica en todos los ámbitos (públicos y privados) en nombre de la optimización, una reveladora anticipación, muchas décadas antes, de la masificación de los celulares y otros dispositivos inteligentes conectados a Internet como extensiones del cuerpo humano. Lo que desde la sociología del siglo XXI ya se definía como cyborgs por la articulación de los cuerpos humanos con funcionalidades magnificadas por dispositivos tecnológicos -anteojos, relojes, prótesis, bypass, celulares, etcétera- (Macionis & Plummer, 2011), viene siendo anticipado desde fines del centenio pasado por distintos anime. En este sentido, Silverstone, Hirsch & Morley amplían sobre las implicancias sociales de la objetización: “se expresa en el uso (…) pero también en la forma en que los objetos están dispuestos en el entorno espacial de la casa (o en prolongaciones de ésta), manifestándose también en la construcción de este entorno como tal”. (Hirsch & Morley, 1996: 49). Esta primera aproximación a Ghost in the Shell parece remitirse a los planteos de McLuhan, donde se pueden diseccionar posibles efectos positivos, por un lado, y negativos por el otro, de estos avances tecnológicos. Sin embargo, cuando el villano de la trama, más cercano a un antihéroe renegado, se hace con el control de todas las redes informáticas que, de hecho, controlan espacios públicos y privados, se reflota la pregunta: ¿hasta dónde un análisis de los meros efectos tecnológicos, separados de sus intenciones, ideología y cultura, sirve para algo? Más de 15 años después de la emisión de estos anime que cambiaban el foco narrativo sobre las relaciones entre tecnologías y sociedad, se emitió el primer capítulo de la mini serie británica Black Mirror (televisada entre 2011 y 2014 por Channel 4, y luego producida y emitida como serie de streaming por Netflix entre 2016 y 2019); si bien no es la única ni la primera en tratar distopías tecnológicas, su variedad temática por capítulo, con diferentes historias, personajes y apenas leves guiños de un universo ficcional compartido, la hacen especial para analizar teorías críticas como las desarrolladas hasta el momento. Entre otros antecedentes al éxito británico, pueden mencionarse a The Twilight Zone (1959-1964), The X Files (1993-2002 y luego 2016-2018) y Fringe (2008-2013), todas pertenecientes al género de ciencia ficción, coqueteando en mayor o menor medida con conceptos tecnológicos y sus consecuentes dilemas sociales.

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En general, Black Mirror lidia con distopías generadas por la naturalización de la tecnología y su cada vez más exponencial expansión en nuevos ámbitos de la vida cotidiana. Dicha eficacia se encuentra atada al nivel de verosimilitud que imprime cada fragmento unitario porque, claramente, no todos los episodios -o mini películas- se asemejan en calidad de proyección y ejecución de la distopía propuesta, y muchos, aunque no la mayoría, suelen ser derivados de algunas tramas específicas, originales y creíbles en su diagnóstico futuro, tan cercano que parece apelar más al presente, inminente, apremiante. Existen varios hilos conductores que unen las tramas disímiles -que no lo son tanto, como se expuso anteriormente- de la serie, comenzando por la profunda crítica a la asociación automática de tecnología con progreso, de avance científico-técnico con avances sociales o de niveles de confort, mandamiento tallado en piedra del capitalismo más que nunca en la era de la Sociedad de la Información, pero que muchas veces sólo suele ser cierto para las clases elitistas. Otra concepción teórica que atraviesa a todos los capítulos es la de las costumbres de los nativos digitales, cuya tecnología funciona como una extensión inseparable -y a veces irremediable- de sus otros miembros del cuerpo. Tal es el caso en capítulos como The Entire History of You, donde el paroxismo del determinismo tecnológico no sólo es evidente, sino abrumante. A partir de los implantes oculares, todos los personajes recurren constantemente a Internet para chequear la veracidad de los datos hasta más nimios surgidos en cualquier convención mundana, reflejo apocalíptico -pero no tan lejano- de las consultas diarias a Google y Wikipedia ante cualquier duda en la actualidad. En otro episodio, Nosedive, el argumento de cómo los sujetos -sujetados por la tecnología en clave capitalista- se puntúan constantemente las acciones de unos y otros y están pendientes de los estímulos externos, da cuenta de lo que Williams explicaba sobre los avances técnicos: más que los artefactos y su funcionalidad, lo que moldea la praxis social son los usos. Esta postura, contraria al determinismo tecnológico, se enfoca en cómo intervenir en las prácticas que devienen de los artefactos, en lugar de entenderlos como meras extensiones de los sujetos. En cierta medida, este y otros episodios también critican, desde la hipérbole y la distopía, la funcionalidad tecnológica al servicio de fines gubernamentales-armamentistas (Men Against Fire, White Christmas), industrias culturales y del ocio (Fifteen Million Merits) y terroristas (Hated in the Nation), entre otros ejemplos, pero nunca subyugada a fines humanistas. Tal es el cambio que operan los usos tecnológicos en la vida diaria que uno de los episodios descriptos, Fifteen Million Merits, presenta un escenario a la vez catastrófico y familiar: el de un hombre que no debe quitar nunca el ojo de la pantalla o se le cobrará por ello; un sujeto inmerso en un sistema de repetición, esclavo de la

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industria de la cultura, donde no se permite ningún tiempo de pensamiento propio, ningún tiempo muerto, y se lo suplanta por más información. Desde la particular mirada de Silverstone, Hirsch & Morley (1996) -que como se vio en la comparación de los anime, se puede articular y complementar con la de usos tecnológicos de Williams-, resulta más que rico el análisis de las biografías de los objetos distópicos planteados en la serie: sean los inhibidores presentados en Arkangel, los similares de Men Against Fire, o los simuladores utilizados en la multipremiada Hang the DJ, cada invención relata un modo de organización familiar en lo micro, y comunitario-social en lo macro. En The Entire History of You, queda clarísimo cómo la economía moral, que objetiva e intercambia los significados en cada cultura, regula los niveles de adaptación: quiénes no tengan los implantes oculares, no pueden compartir las mismas convenciones (gustos, chistes, incluso veladas enteras) y serán, probablemente, excluidos, ridiculizados o marginalizados, como la única personaje que había optado deliberadamente quitárselo en el medio del capítulo y había producido una ruptura en la cena entre amigos.

Conclusiones Como posibles conclusiones, las narrativas audiovisuales críticas al determinismo tecnológico se encuentran insertas y circulando en el mundo globalizado desde hace varias décadas, primero a partir de la animación japonesa, y más tarde transmutadas en las series anglosajonas, empujadas como nuevo producto rentable -y a veces en mayor medida que las propias producciones cinematográficas- de las industrias culturales occidentales. La tecnología, sus usos, dilemas, consecuencias y alternativas no son tratados como inocentes ni en los anime seleccionados ni en los capítulos mencionados de Black Mirror, sino intencionados en beneficio de pequeños grupos privilegiados que los diseñan y ejecutan en base a sus placeres elitistas. Un derrotero discursivo cercano al posmodernismo, pero no tanto a las anticipaciones más pesimistas de Frankfurt de los años 30, el que podría beneficiarse, como en el caso de futuras temporadas de Black Mirror, por la perspectiva de los estudios culturales de Williams. El desafío no será, entonces, descubrir y difundir las fallas del proyecto técnico del industrialismo, puesto estas vienen siendo mostradas de todas las formas metafóricas y literales en las narrativas audiovisuales hace medio siglo, con el comienzo de los primeros anime que transformaron profundamente el estereotipo del progreso. Todo lo contrario, el desafío será idear y mostrar alternativas factibles y humanísticas de los usos - ¿o abusos? - tecnológicos.

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Perspectivas y Avances de Investigación

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Algunas consideraciones en torno a la epistemología y psicología genéticas por Amaya, Oscar Prof. de Semiología - Cátedra Arnoux / UBA-CBC

Introducción Destacar la indisociable relación entre los procesos cognitivos y los afectivos resulta de la mayor importancia a la hora de implementar prácticas clínicas psicológicas y psicopedagógicas en niños, niñas y adolescentes. En este sentido, el objetivo de este escrito es presentar algunas reflexiones en torno a un marco teórico que aborda el explicación y análisis de los procesos cognoscitivos. Explicación y análisis que manifiesta su relevancia tanto para la comprensión teórica de los procesos de aprendizaje como para la implementación de intervenciones clínicas. Tanto la epistemología como la psicología genéticas -disciplinas entendidas como teorías generales de los procesos de construcción de conocimiento- se presentan como campos de saber complejos y fecundos, y por lo tanto requieren conocer en profundidad sus desarrollos e implicancias, ya que poseen un alcance mucho mayor que la mera divulgación de “estadios” o “períodos de la inteligencia”. No se trata de una teoría particular sobre un dominio de conocimiento específico, sino de un marco de referencia epistémico mucho más vasto, que permite comprender de una manera nueva cualquier proceso de adquisición de conocimiento. Abordar la construcción de una comprensión cuidadosa requiere, ante todo, asumir una concepción respecto de estos saberes disciplinares, como la que fuera

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enunciada por Emilia Ferreiro (1996). Es decir, que se puede concebir a la teoría de Jean Piaget como un conjunto cerrado de investigaciones acerca de la génesis del pensamiento lógico, las nociones de espacio, tiempo y causalidad, las nociones matemáticas y físicas elementales, o bien puede concebirse la epistemología y psicología genéticas como teoría general de los procesos de adquisición de conocimiento desarrollada a partir de estos dominios, pero igualmente apta para poder dar cuenta de los procesos de construcción de otras nociones en otros dominios. En este sentido afirma Ferreiro: Quizás pasé de la teoría como esquema obligatorio para ver cualquier otra realidad, a esa misma teoría como marco de libertad para generar hipótesis y permitir la construcción de nuevos observables. En todo caso algo me queda muy claro: se puede ver más lejos y más profundo cuando utilizamos el andamiaje de los grandes de la historia, aquellos que cambiaron las preguntas y nos ayudaron tanto a encontrar respuestas, como a formular nuevas preguntas. (Ferreiro, 1996: 183).

A partir de aquí avanzamos en la consideración de estas disciplinas como campos abiertos y fértiles de desarrollos conceptuales y programas de investigación. El carácter científico de un tipo de epistemología y psicología como las que aborda este proyecto, se orienta hacia la posibilidad de indagación de nuevos objetos de conocimiento, a su capacidad de revisión ante avances conceptuales y metodológicos o frente al establecimiento de diálogo con otros saberes y marcos teóricos. En este sentido, Ferreiro es clara: “pensar las teorías como sistemas asimiladores que tienden a absorber fragmentos progresivamente mayores de la realidad”. (Ferreiro, 1996: 179). Consideramos que esta perspectiva, a la que entendemos en su carácter constructivista e interaccionista, constituye uno de los cuerpos teóricos más sólidos para abordar los procesos de desarrollo cognitivo, y por lo tanto se erige como uno de los saberes cruciales para intentar comprender la naturaleza de los procesos de desarrollo y aprendizaje. Esto será posible a partir del trabajo intelectual que profundiza el significado y alcance de este marco teórico, así como para producir inferencias, generalizaciones o interrelaciones con otros modelos de abordaje teórico y/o práctico, a fin de arribar a la comprensión del fenómeno complejo de los procesos de aprendizaje, sus avatares y problemáticas en torno a ellos. También será posible llevar a cabo la experiencia clínica de indagación a través del dialogo con niñas y niños, a propósito de ciertos objetos de conocimiento, formular hipótesis acerca de las estructuras de conocimiento subyacentes a comportamientos y verbalizaciones.

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Algunas consideraciones en torno a la epistemología y psicología genéticas

Una caracterización de la epistemología genética Para Piaget y sus colegas toda epistemología implica siempre presuposiciones psicológicas, aun cuando no estén explicitadas en la teoría, y por ello debe someterse al control de la experiencia de los hechos. Se sigue de aquí la necesidad de crear una psicología empírica (no empirista) de carácter genético. A menudo confundida con una “psicología del niño”, una psicología evolutiva o una psicología del desarrollo descriptivista que estudia a niños y niñas en sí mismos, la psicología genética, por el contrario, busca en el estudio de la infancia la solución de problemas epistemológicos generales y específicos, tales como el mecanismo de la inteligencia, la percepción, el pasaje entre estados de conocimiento y los procesos de equilibración, entre otros. Este abordaje epistemológico se lleva a cabo analizando la formación de los mecanismos cognitivos para llegar a una explicación causal, apuntando a una comprensión general del desarrollo cognoscitivo: el sujeto del que se ocupa es claramente diferente de aquél que interesa a las otras psicologías. Una concepción constructivista e interaccionista del desarrollo cognitivo trata de comprender al sujeto como poseedor, creador y constructor de conocimiento, donde la interacción con los objetos suscita el advenimiento de conflictos cognitivos que interpelan sus esquemas de interpretación del mundo. Resulta significativo que el modo de abordar el desarrollo que propone Piaget, sea consistente con el modo en que la psicología y la psicopedagogía -tal como la entendemos- abordan los aprendizajes: un espíritu interdisciplinario ante la complejidad de los objetos de estudio: Nada nos compele ya a dividir lo real en compartimentos estancos, o en pisos simplemente superpuestos, que corresponden a las fronteras aparentes de nuestras disciplinas científicas, y por el contrario, todo nos obliga a comprometernos en la búsqueda de interacciones y de mecanismos comunes. La interdisciplinariedad deja de este modo de ser un lujo o un producto ocasional para convertirse en la condición misma del progreso de las investigaciones. (Piaget, 1979: 135).

José Castorina acostumbraba comenzar sus teóricos de la materia “Epistemología y Psicología Genética” en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires preguntando sobre la procedencia de la psicología genética, comparándola con otras disciplinas psicológicas. En el caso del psicoanálisis, por ejemplo, está claro que su teoría del aparato psíquico es el resultado de la búsqueda de una explicación

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general para resolver la problemática del cuadro sintomático de la histeria: el psicoanálisis conforma su teoría a partir de problemáticas clínicas. Si se trata de comprender el origen de la teoría psicométrica de la inteligencia, advertimos que este corpus teórico-técnico perseguía como propósito el establecimiento de diferencias individuales respecto de una escala. Y de igual modo ocurre con otras teorías psicológicas que provienen de problemas derivados de la pedagogía y sus métodos de enseñanza, o bien de preocupaciones experimentales diversas e incluso de demandas sociales respecto de una realidad que requiere ser interpretada y modificada. Castorina plantea que algo paradójico sucede con la psicología genética, puesto que no se originó a partir de preocupaciones psicológicas, ni de disputas teóricas o cuestiones clínicas, tampoco por alguna demanda social o experimental específica. La psicología genética tuvo lugar en el campo disciplinar sin interesarse por la psicología en sí -aunque constituya claramente una disciplina psicológicapuesto que sus preocupaciones primordiales no eran los sujetos ni sus problemáticas, sino cuestiones vinculadas al tema del conocimiento.

Los interrogantes epistemológicos de la teoría Enumeramos a continuación algunas de estas problemáticas epistemológicas que interesan de modo eminente a la psicología genética: 1.

¿Cómo se produce el conocimiento que los sujetos poseen acerca del mundo?, ¿cómo es posible el conocer y cuáles son los alcances y las limitaciones para llevarlo a cabo?

2.

Desde la perspectiva psicogenética, ¿qué se entiende por desarrollo cognitivo?

3.

El desarrollo cognitivo, ¿se debe a la imposición del mundo externo en el sujeto está inscripto en algún sistema innato o se construye en la interacción dialéctica sujeto-objeto?

4.

¿Cómo se explica el desarrollo cognitivo en el sujeto?, ¿por acumulación de información, o por transformación y reconstrucción de hipótesis y/o teorías previas?

5.

¿En qué radica una posición constructivista del desarrollo cognitivo y a qué otra posición se contrapone? La construcción del conocimiento, ¿constituye una actividad solitaria o se encuentra enmarcada socialmente?

6.

¿Por qué una aproximación psicogenética otorga un lugar relevante al saber infantil para plantearse cuestiones de la filosofía del conocimiento?

7.

¿Cómo se obtienen los conocimientos sobre los saberes infantiles y cómo

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se los puede legitimar? Particularmente, ¿cómo dar cuenta de la aproximación clínica?, ¿Mediante qué métodos accede a los conocimientos del niño la Psicología Genética? 8.

¿Cómo se sitúan las investigaciones psicogenéticas clásicas en el contexto de las psicologías contemporáneas?, ¿Cuáles son los objetos de conocimiento a los que se dedica la investigación psicogenética actual?

9.

¿De qué modo la teoría psicogenética y sus extensiones plantean las relaciones y diferencias entre desarrollo y aprendizaje, o entre aprendizaje estructural experimental, aprendizaje en contextos de aula y en contextos informales?

10.

¿De qué modo los niños construyen sus formas de pensamiento lógico? Vinculado a ello, ¿cómo articular la generalidad de ciertas formas de pensamiento y la variabilidad debida a los contextos culturales?

11.

¿Por qué es imprescindible hoy articular las formas de pensamiento lógico de los niños con su conocimiento específico sobre dominios de conocimiento?

12.

¿De qué modo afecta la participación de los niños en prácticas sociales en su elaboración intelectual? A este respecto, ¿qué tipos de prácticas son diferenciables en la producción de conocimientos?

La psicología genética, a partir de sus métodos psicológicos, suministra empíricamente los datos que permiten a la epistemología genética responder estos interrogantes, para poder luego, a partir de aquí elaborar tesis que la diferencian de otras epistemologías. Entre estas tesis destacamos la imposibilidad de obtener conocimiento alguno de modo directo y la necesidad de comprender los mecanismos de obtención y producción de conocimientos para reconstruir el proceso de su constitución en tanto proceso de adquisición y complejización de esos cimientos. A fin de llevar a cabo esta reconstrucción cognoscitiva empíricamente, Piaget elaboró una analogía que en las primeras décadas del siglo XX resultó “escandalosa” para el mundo científico: interrogar a niñas y niños sobre cuestiones epistemológicas para comprender la génesis de los conocimientos, apoyado en la siguiente hipótesis: a pesar de las diferencias existentes entre los modos en que los científicos y los niños elaboran el conocimiento del mundo, la dinámica cognitiva es similar, puesto que ambos construyen interrogantes, formulan hipótesis, buscan establecer regularidades en los objetos de conocimiento para así poder explicarlos. Estos sujetos se proponen, además, asimilar las características del mundo al sistema de ideas y creencias del que disponen, intentando poner a prueba y sostener las hipótesis construidas, incluso cuando los objetos y su experimentación con ellos contradigan o desmientan sus ideas y creencias.

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Esta analogía se extiende al punto en que la fuerza de evidencia de los hechos y el surgimiento de conflictos en la interacción cognoscitiva tornan incompatible el modo de pensar el mundo y como éste se comporta, algo que implicará que niños y científicos deban modificar y reelaborar sus hipótesis, a fin de tornarlas más explicativas respecto de aquello que pretenden conocer y comprender. Piaget sostiene que existe una continuidad funcional en la aventura intelectual de conocer los objetos del mundo, en el modo en que se producen las ideas, en cómo se sostienen y finalmente se reestructuran en cuerpos de ideas de mayor validez explicativa. Es decir que la historia de la ciencia y el camino del conocimiento de niñas y niños es el producto no de sumatorias o acumulaciones, sino de las reorganizaciones de los modos de conocer y de los objetos de conocimiento. Tanto la ciencia como el conocimiento de los niños progresan por reconstrucciones y reformulaciones a partir de la superación de conflictos cognitivos. Puesto que resulta materialmente imposible reconstruir el mecanismo de formación de las teorías, las hipótesis y los conceptos científicos de las ciencias en sus orígenes, la “prehistoria” del conocimiento científico, así como el proceso interno de elaboración y construcción de los cuerpos teóricos. Piaget propone indagar los procesos de formación de las ideas en niñas y niños a partir de los métodos de la psicología genética, a fin de observar y comprender aquello que no es posible llevar a cabo en la historia de las ciencias fácticas y formales. Este novedoso abordaje epistemológico produjo un fuerte impacto en numerosas disciplinas científicas, así como en las investigaciones didácticas y en el mundo psi. Ya no es posible comprender las conceptualizaciones infantiles respecto de cualquier objeto de conocimiento sin considerar la perspectiva de su desarrollo. Es insuficiente considerar la actividad cognitiva del sujeto como un producto terminado: es preciso indagar el proceso de su producción, entendiendo el proceso que dio lugar a ese producto, qué elementos no manifiestos de modo evidente serán constitutivos de logros posteriores. Por otra parte, las contribuciones de la psicología genética permiten analizar la formación y funcionamiento de los conocimientos en los sujetos individuales. Ocurre que las hipótesis de la psicología genética no son extrapolables sin más a las situaciones clínicas específicas, como tampoco a las modalidades de intervención terapéutica en términos de diagnósticos y tratamientos. Pensar lo contrario nos conduce a sostener presupuestos teóricos erróneos y puntos de vista ilusorios acerca de los efectos de la intervención clínica. El cuidado que merece el estudio de las denominadas “pruebas operatorias” no puede desmerecerse si se extrapolan en forma directa de las investigaciones psi-

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cogenéticas de una determinada noción estructural a la indagación de un pensamiento individual. Es preciso considerar, en términos de diagnóstico, las hipótesis propias del dispositivo clínico y la necesaria relación dialéctica que allí se genera, que no es similar a la planteada en el método clínico que la psicología genética ha empleado en la indagación de las creencias infantiles o en las estructuras operatorias en sus búsquedas de verificación epistemológica. La especificidad del abordaje clínico de corte terapéutico no es semejante al sujeto que estudiaron Piaget y sus colegas: por ejemplo “el sujeto de la clínica psicopedagógica no se reduce al sujeto epistémico o al sujeto psicológico, tampoco al de la clínica neuropsicológica, fonoaudiológica, psicomotriz, ni a la relación sujeto-objeto del deseo inconsciente de la intervención psicoanalítica”. (Castorina et al., 1986). Se trata entonces de distinguir la dimensión estructural del desarrollo cognitivo de la dimensión funcional de éste, y aún más: recortar los aspectos singulares de la actividad cognoscitiva de un sujeto particular con una biografía cognoscitiva peculiar, en el seno de situaciones clínicas que le permitan desarrollar hipótesis, formular anticipaciones, ponerlas a prueba, enfrentar conflictos y posibles resoluciones, efectuar tanteos o reformular las hipótesis construidas, entre otros procedimientos: “saber solamente si un niño conserva o no una noción no nos informa sobre las posibilidades máximas de su razonamiento y la modalidad del mismo” (Levy, 2001) .

El estatuto de la dimensión afectiva en el desarrollo cognitivo Con frecuencia se encasilla la obra de Piaget en el ámbito cognitivo, desconociéndose (e incluso negando) sus valiosas contribuciones epistemológicas en el desarrollo de la psicogénesis de los conceptos morales, sociales y afectivos. Los estudios que este epistemólogo llevó a cabo en materia de interacción social, el impacto de la cultura en el desarrollo y los aspectos políticos e ideológicos involucrados en el conocimiento han sido, en buena medida, menoscabados por de una suerte de “versión oficial”, en la que esta teoría sólo abordaría los aspectos estructurales del desarrollo. Por el contrario, Piaget sostiene la existencia de una indisoluble relación e interacción entre razón y sentimiento, donde investigó el papel que juegan interés, voluntad, curiosidad, sorpresa y motivación en el desarrollo y aprendizaje del sujeto: “la vida afectiva, así como la vida intelectual, es una adaptación continua, y las dos -el afecto y la inteligencia- no son solamente paralelas, sino interdependientes, puesto que los sentimientos expresan el interés y el valor que se da a aquellas acciones cuya estructura le proporciona la inteligencia”, afirma este epistemólogo.

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Es así que el trabajo intelectual que la cognición lleva a cabo para organizar el cúmulo de estímulos, eventos, relaciones, situaciones y contextos con los que interacciona, no podría ser explicado si no se consideran los móviles emocionales y afectivos que atraviesan al sujeto que conoce. Es decir, no se trata de considerar únicamente al conocimiento en sí mismo, sino también la elección del objeto a conocer que realiza el sujeto, así como sus modos de vincularse con él. Para Piaget la inteligencia y la afectividad constituyen una relación funcional indisociable en donde ésta constituye una suerte de motorización de aquella: “no amamos sin procurar entender –sostiene- ni tampoco odiamos sin hacer un uso sutil del juicio”. Una relación causal se establece en todo acto de conocimiento: la afectividad constituye un mecanismo que permite que se origine la acción cognitiva, la acción lúdica y simbólica en general, así como más tarde en el desarrollo, el pensamiento. Es por ello posible coincidir con Mario Carretero cuando afirma que para el epistemólogo suizo “todo acto de deseo es un acto de conocimiento y viceversa”. (Carretero, 2001: 8).

A modo de epílogo Tal como afirmamos en líneas anteriores, la perspectiva piagetiana, de carácter constructivista e interaccionista, constituye uno de los cuerpos teóricos más sólidos para abordar los procesos del desarrollo cognitivo y por lo tanto se erige como uno de los saberes cruciales para intentar comprender la naturaleza de los procesos de conocimiento y aprendizaje. Esto se tornará posible a partir de la capacidad del clínico para producir inferencias, generalizaciones o interrelaciones con otros modelos de abordaje teórico y/o clínico, a fin de arribar a la comprensión del fenómeno complejo por antonomasia de su incumbencia: las complejidades y problemáticas en torno al desarrollo y los aprendizajes. Un trabajo coherente de interpretación constituye un momento de llegada en el análisis de las problemáticas en torno a los procesos de construcción del conocimiento, es decir, cuando el clínico ha llevado a cabo los procesos inferenciales necesarios, dirigidos a distinguir entre hechos e hipótesis interpretativas, a identificar y jerarquizar lo pertinente de lo impropio, lo principal de lo accesorio, a notar las relaciones entre conceptos, reconocer supuestos no explícitos, a diferenciar ideas dominantes de subordinadas, y a encontrar evidencias respecto de los razonamientos hipotéticos producidos en torno a los sujetos estudiados. El punto más elaborado del proceso interpretativo lo constituye el análisis crítico, que implica emitir una opinión fundada en sentido evaluativo, tanto diagnóstico como pronóstico: la hipótesis o juicio clínico a partir de evidencias empíricas y metodologías consistentes.

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Comte y Foucault en diálogo pendular Hacia una reflexión sobre la ciencia inscripta en el territorio liminal de las positividades por Rodríguez Arana, Ana Prof. Adjunta de Introducción al Pensamiento Científico Cátedra Rivera / UBA-CBC

Esta investigación se inscribe en el marco del Proyecto de Investigación UBACYT 2017/2020 de la Cátedra de Introducción al Pensamiento Científico de Silvia Rivera que se propuso explorar los alcances y los límites del ejercicio intelectual que inaugura el filósofo argentino Enrique Marí y que presenta como un trabajo de tradiciones comparadas en el campo de la filosofía de la ciencia. Se partió de la idea de que este ejercicio aporta elementos para optimizar la enseñanza de la epistemología y es fecundo para resolver, en la caracterización de las teorías y las prácticas científicas, la tensión entre lo metodológico interno y lo institucional externo. A través de la puesta en práctica del ejercicio de tradiciones comparadas también se apostó a lograr cierto equilibrio programático en la presentación de las diferentes perspectivas epistemológicas desde la idea de que dicho ejercicio intelectual puede resultar relevante para resignificar el contexto de enseñanza de la filosofía de la ciencia tanto en sus contenidos como en sus modalidades pedagógicas. La investigación comenzó fijando, a partir de un trabajo reconstructivo grupal, los rasgos que definirían nuestro ejercicio teórico de tradiciones epistemológicas comparadas. La palabra ejercicio nos conectó desde el principio con la dimensión del hacer, de la práctica, y al estar ubicados en su dominio debimos asumir que sus rasgos se terminarían de configurar y delinear en su realización y que cada ejercicio, el de cada investigador y cada investigadora del grupo, delimitaría carac-

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terísticas propias -si bien no contradictorias con ciertas ideas o acuerdos previos-. En ese sentido, en una primera etapa de la investigación fuimos desgranando algunos ejes ordenadores. En primer lugar, se recortó con claridad la necesidad de instaurar un diálogo entre autores, una puesta en comunicación de nociones pertenecientes a tradiciones filosóficas diversas. Pero este diálogo supuso ir más allá de la dimensión descriptiva, estrato necesario pero no suficiente al decir del propio Enrique Marí en su obra Elementos de epistemología comparada (1990). El ejercicio no quedó reducido al inventario de diferencias, de encuentros o desencuentros, sino que implicó una puesta en comunicación crítica y reflexiva de categorías pertenecientes a horizontes diferentes. Un ida y vuelta pendular, una especie de diálogo imaginario entre las nociones, ideas y supuestos presentes en los textos de los autores cotejados. Esta puesta en “diálogo pendular” (Rivera, 2019) apostó a iluminar, a visibilizar, elementos ocultos, a hacer brotar alguna chispa de sentido que renovara la recepción y la trasmisión de los textos. Y pensamos que allí podría cifrarse, de algún modo, la productividad del ejercicio –su justeza- en relación a nuestra práctica pedagógica. En nuestro caso particular, la puesta en práctica del ejercicio de epistemologías comparadas consistió en cotejar y poner en relación y diálogo ciertas tesis que Augusto Comte presenta en su Curso de filosofía positiva con algunos elementos del pensamiento de Michel Foucault desplegados en La arqueología del saber. Partimos de la idea de confrontar la propuesta del fundador del positivismo de lanzar una mirada retrospectiva a la historia de la inteligencia humana para encontrar una continuidad forzosa, una ley, con la idea que Foucault despliega de llevar a cabo una arqueología que se diferencie de una historia de las ideas o de una historia de la marcha progresiva del conocimiento humano. Fuimos y vinimos desde la ley de los tres estados o estadios comteana –teológico o ficticio, metafísico o abstracto, científico o positivo- a los diferentes umbrales arqueológicos del saber que plantea Foucault –de positividad, de epistemologización, de cientificidad y de formalización-. Por un lado, se recortó la continuidad de la ley y su necesidad, por otro la idea de acontecimientos, de eventos en dispersión que no responden a una ley universal sino a un orden singular. Y pudimos establecer como central para nuestra investigación la noción de positividad que despliega Foucault en su arqueología del saber. Por su cercanía significante con el término positivo que inaugura Comte –que con este término refiere a lo real empírico que precede al conocimiento, a lo verificablenos pareció encontrar el eco de un diálogo confrontativo, presente de modo tácito. La arqueología se centra en el análisis de estas positividades, que son las condiciones de ejercicio y las condiciones de emergencia y delimitación de las diferentes formaciones discursivas. Porque el objeto, para Foucault, no “espera” al saber. Las positividades no son lo real que espera al saber sino sus reglas de ejercicio, las con-

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diciones de despliegue de las formaciones discursivas que anclan en un saber y al mismo tiempo lo conforman. Las positividades desempeñan, para el análisis arqueológico, el rol de lo que se podría llamar a prioris históricos, condiciones de posibilidad, situadas históricamente, de la emergencia y de la configuración de ciertas formaciones discursivas con sus peculiares unidades y objetos de discurso –que no preexisten a dichas formaciones, sino que se conforman en su seno. En la noción foucaultiana de positividad pudimos encontrar, entonces, un territorio fértil para afincar en nuestro intento de diálogo pendular. El propio Foucault en La arqueología del saber señala que no se arrepiente de haber empleado el término “positividad”, aunque aclara que lo hizo un poco a ciegas para “designar de lejos la madeja que trataba de desenredar” (Foucault, 2013: 164-165). Y se piensa a sí mismo como un “positivista afortunado” porque no buscó totalidades sino “rarezas”, no buscó un fundamento trascendental sino “relaciones de exterioridad” y no buscó el origen, sino que intentó analizar “acumulaciones”. A partir de allí pudimos definir mejor la búsqueda arqueológica, que está centrada en el saber porque para Foucault no hay experiencia que sea previa al saber. Y lo que el filósofo pesquisa en torno al saber son “rarezas”, eventos que justamente no están sometidos a leyes, que no poseen una configuración universal y forzosa; busca “acumulaciones”, estratificaciones que no responden a un fundamento trascendental sino a un orden singular, eventual e histórico; investiga “relaciones de exterioridad”, busca las condiciones históricas de emergencia de esas estratificaciones del saber que son acontecimientos que responden a positividades, a regímenes de ejercicio, a aprioris históricos. Las reglas de emergencia de las formaciones discursivas, lo que caracteriza la unidad de un discurso a través del tiempo, más allá de los autores y de las obras, es para Foucault la forma de positividad de ese discurso, por eso la positividad desempeña el papel de lo que podríamos llamar un apriori no trascendental. Así pudimos definir la noción de positividad en clave arqueológica como el eje de la propuesta analítica foucaultiana, que desde su filiación significante instaura una confrontación con la dimensión de lo positivo en clave comteana. Foucault se enfoca, en su estudio de las formaciones discursivas, en el análisis de las positividades, es decir en el análisis de las condiciones de posibilidad históricas de los objetos discursivos y de las prácticas discursivas. Pero estas positividades no son en sí mismas intradiscursivas, Foucault indica expresamente que él busca “relaciones de exterioridad”, aunque tampoco son completamente extradiscursivas dado que las condiciones de ejercicio de una formación discursiva anclan en el despliegue mismo de las prácticas enunciativas que emergen condicionadas históricamente. Por ello las positividades inauguran una zona de intersección dialéctica, un espacio relacional y fronterizo, un entre liminal que supone un ida y vuelta entre los discur-

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sos y las prácticas sociales. Entonces quedamos ubicados en ese entre liminal entre los discursos y las prácticas donde queda inscripto el análisis de las positividades del saber. Y el saber queda definido en la arqueología desde dos perspectivas: es por un lado el conjunto de los objetos de los que se puede hablar en una práctica discursiva -y la palabra “objeto” alude a un objeto discursivo y no al fondo de las cosas, que preexiste al saber-; pero por otro lado Foucault nos aclara que un saber es asimismo ese espacio en el que el sujeto toma posición para referirse a esos objetos discursivos. Podemos tomar esta afirmación como base para llevar a cabo una suerte de contraposición entre un saber y el conocimiento; un saber se define en primer término como aquello de lo que se puede hablar en los discursos, pero también un saber es un espacio, un territorio de arraigo, en el cual está sujetado el sujeto que se refiere a esos objetos del discurso que el propio saber ilumina e instituye como tales. Siempre hay saber, pero no todo saber es científico, siempre hay saber como correlato necesario de las prácticas discursivas –concretas e históricas- que lo expresan y lo conforman. Pero la arqueología no reduce el saber al conocimiento, no los identifica; sólo eventualmente las formaciones discursivas franquean un umbral de cientificidad. Y otra vez nos apareció en la lectura de Foucault un puente comunicante para anclar nuestro diálogo pendular e imaginario con la ley de los tres estadios de Comte. Porque Foucault en la arqueología dice expresamente que no va a centrarse en el “eje conciencia-conocimiento-ciencia” sino en el “eje práctica discursiva-saber-ciencia” (Foucault, 2013: 238). Y en esa confrontación que enuncia de modo explícito, se recorta la especificidad de su planteo que no se enfoca –como el análisis de Comte- sobre las diversas ramas del conocimiento en una búsqueda que está orientada por la idea de continuidad y por el objetivo de descubrir una ley necesaria que permita aprehender la lógica de una evolución ineludible. El análisis de Comte se centra sobre el conocimiento –y no sobre el saber- que es entendido como un tronco único que se va ramificando y especializando progresivamente de acuerdo a un orden preestablecido y forzoso; no pareciera haber en el planteo positivista comteano lugar para eventualidades; la ciencia es el conocimiento más alto y es la meta, el punto de llegada necesario y único del devenir de la inteligencia humana que culmina forzosamente en ella. Aquí, en este explicitación por parte de Foucault del eje de su estudio arqueológico –“práctica discursiva-saber-ciencia”-, encontramos una pieza clave para visibilizar la especificidad de la perspectiva analítica foucaultiana en torno a la ciencia. Esta perspectiva supone un rechazo de la concepción positivista en tanto implica una ruptura con la historia lineal, progresiva y totalizadora de una razón

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que se encamina a su acabamiento. La arqueología del saber parte de ciertas prácticas discursivas ancladas en un saber y productoras de saber; el centro no es el conocimiento universal y objetivo con el que se identifica a la ciencia sino cada saber. Y el sujeto nunca es titular de ese saber, está situado en un saber y es dependiente de ese saber que lo constituye como sujeto y a partir del cual vertebra prácticas discursivas que instituyen objetos, enunciaciones, conceptos, que no necesariamente sino sólo eventualmente alcanzarán el estatuto de científicas. Para Foucault, según pudimos establecer a partir de la lectura de la sección en la cual define y describe los diferentes umbrales arqueológicos del saber (Foucault, 2013: 242-243), cuando una práctica discursiva se hace individual, autónoma, y adquiere una positividad específica, esto es cuando se configuran ciertas reglas concretas de funcionamiento del discurso, cuando se configura un sistema de formación de los enunciados, es decir cuando se constituye una formación discursiva con objetos discursivos específicos y reglas específicas, esa práctica discursiva alcanza un umbral de positividad. Entonces emerge una formación discursiva concreta que, si logra recortar un conjunto de enunciados que ejerzan una función dominante en el saber al estipular ciertas normas de coherencia y de verificación, alcanzará un umbral de epistemologización. Recién cuando esa figura epistemológica, que se recortó con una función dominante en el campo del saber, logre formar enunciados siguiendo ciertos criterios formales, ciertas leyes definidas que permitan la construcción de proposiciones, esa figura epistemológica alcanzará un umbral de cientificidad. Este umbral o nivel de cientificidad recupera entre sus caracteres centrales la posibilidad de formar proposiciones a partir de leyes. Cada umbral está definido por ciertas características que definen cada nivel, pero su emergencia supone un orden singular, Foucault no nos habla de «el» umbral de cientificidad –una entidad definida por características necesarias e invariantes- como Comte nos habla de «el» estadio científico. Al avanzar en el diálogo confrontativo y pendular entre los textos de La arqueología del saber y los textos del Curso de filosofía positiva se recortó con claridad, por un lado, la idea foucaultiana de que cada saber histórico acontece singularmente en prácticas discursivas concretas y está estratificado en umbrales y que eso implica que sólo eventualmente cada saber ligado a sujetos históricos alcanzará el estatuto de científico. Y por otro lado se delineó más precisamente –y se explicitaron los supuestos que la acompañan- la convicción de Comte de haber encontrado una ley evolutiva necesaria que direcciona forzosamente al conocimiento hacia la ciencia, punto culminante del despliegue del espíritu humano (Comte, 2004: 21-22). Ahora bien, ¿qué repercusiones ponderamos como las más importantes para la concepción de la ciencia y de la epistemología a partir de esta puesta en juego dialógica de las diferencias? En primer lugar, fue decantando a lo largo de la investigación y de la lectura y el demorarse en los textos confrontados, la idea central de

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que en Foucault el saber no se reduce al conocimiento científico, hay para este autor una diferencia radical entre ciencia y saber. En ese sentido, y como la empresa foucaultiana se inscribe en una historia del saber centrada sobre un sujeto sujetado por condiciones históricas de posibilidad, la arqueología tomada con ánimo riguroso no es una empresa epistemológica en sentido tradicional, pues la epistemología –tal como fue concebida en su fundación por el Círculo de Viena- concierne a la ciencia entendida como conocimiento privilegiado. Ahora bien, desde otra perspectiva -no signada por los supuestos positivistas- pudimos entender que la arqueología del saber abre un camino diferenciado a la reflexión en torno a la ciencia; y esta afirmación se recorta como un resultado posible del ejercicio de tradiciones comparadas que la investigación fue desplegando. Como efecto de dicho ejercicio se pudieron iluminar en los textos leídos los supuestos de la concepción positivista comteana - que reduce el saber a la ciencia y ésta al conocimiento científico y que parte del supuesto de que todos los fenómenos están sometidos a leyes- y se comenzó a vislumbrar un camino desde el cual poder pensar una epistemología que amplíe su reflexión en torno a la ciencia -y en torno al nivel de cientificidad de ciertas formaciones discursivas- al anclar en esa zona fronteriza, liminal, y relacional, situada entre los saberes y las prácticas extra discursivas, mentada en la noción de positividades. Se abrió así la posibilidad de pensar una epistemología “afortunada” que arraigue en ese suelo liminal y que desde allí pueda abrirse al diálogo con la dimensión política, social y también institucional de la ciencia. Estamos intentando pensar y articular la posible fecundidad y las posibles consecuencias de anclar en la noción de positividades la reflexión en torno a la ciencia. Y como resultado programático de este ejercicio de tradiciones comparadas – y ya instalados de algún modo en el ámbito de su productividad o justeza- actualmente estamos articulando una propuesta de ampliación de alguna de las unidades temáticas del programa de nuestra asignatura, “Introducción al Pensamiento Científico”. Dicha propuesta de ampliación se centra sobre los contenidos programáticos que desarrollan las diferentes perspectivas filosóficas en torno a la ciencia y los supuestos lógicos y gnoseológicos de la tradición positivista.

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Bibliografía • DELEUZE, G. (2013) El saber: Curso sobre Foucault. Buenos Aires: Cactus. • COMTE, A. (2004) Curso de Filosofía positiva. Buenos Aires: Ediciones Libertador. • FOUCAULT, M. (2013) La arqueología del saber. Buenos Aires: Siglo xxi. • MARI, E. (1993) “El positivismo”. En Papeles de filosofía. Buenos Aires: Editorial Biblos. • ________(1990) Elementos de epistemología comparada. Buenos Aires: Puntosur. • RIVERA, S. (2019) “Las ‘formas de vida’ como categoría biopolítica: un ejercicio de tradiciones comparadas”. En Martyniuk Claudio y Seccia Oriana (Comp.). ¿Qué memoria y justicia? Teorización crítica e intervenciones reparadoras. Buenos Aires: Editorial La Cebra.

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Reseñas

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Singularidad y digitalización del mundo Acerca de La singularidad de lo vivo* Por Pennisi, Ariel

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uestra época se debate entre, por un lado, la muerte definitiva del fantasma rojo que asustó y entusiasmó simultáneamente a Europa, para propagarse como una suerte de internacionalismo del susto burgués, y, por otro, la literalidad del fisicalismo, la autoevidencia de lo concreto a tal punto que pareciéramos incapaces de una fantasmática. En ese sentido, las preocupaciones que organizan La singularidad de lo vivo y los problemas que desarrolla Miguel Benasayag en este punto de llegada de los últimos veinte años de su investigación –que pasó del camino compartido con Francisco Varela al trabajo mancomunado con Giuseppe Longo– se inscriben en un diagnóstico de época, tanto epistemológico y antropológico, como histórico, al tiempo que en una apuesta ético política a la altura de los desafíos que se plantea. Lejos de la añoranza heideggeriana de una nueva Grecia, tanto como del anhelo tecnocientífico de un futuro sin límites (sin los límites propios de lo orgánico), la apuesta al modelo orgánico consiste en una definición de invariantes y principios de funcionamiento de lo vivo y, en

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Libro de Miguel Benasayag, Buenos Aires, Red Editorial, 2019.

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particular, de lo humano (incorporando lo no humano que lo constituye), una evaluación de lo técnico-digital y una consideración sobre las posibilidades de hibridación, ante los riesgos de la colonización digital de lo vivo.

El giro digital Para ubicar la especificidad de la época que atravesamos, al menos, desde hace unos cuarenta años, el libro establece tres cortes, que considera tres revoluciones a la vez producto y a espaldas de la especie. Tres saltos de “desterritorialización”. En primer lugar, la aparición de la lengua. Al tropezarse con la potencia del lenguaje –Agamben insinúa que se trata del “el primer dispositivo” (Agamben, 2008)–, la especie humana experimenta una forma de captura de sus relaciones consigo misma y con el mundo que orienta los posibles: “De ahí en adelante, la experiencia directa no es una condición necesaria para el saber; la información y los conocimientos surgen mayoritariamente de una fuente indirecta” (SV). En segundo lugar, la emergencia de la escritura. A partir de entonces, la experiencia indirecta vertebra con más fuerza la praxis humana, el acceso al conocimiento sin la necesi-


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dad de la experimentación corporal inmediata e incluso el descubrimiento de un nuevo placer en la intelección, así como la extrañeza en verificar la autonomía relativa del dispositivo escritural. Miguel Benasayag destaca, para ambos casos, modificaciones en la arquitectura del cerebro, “aunque solo fuera por los mecanismos neuronales de reciclaje y de delegación de funciones”, procesadas durante largos siglos. La tercera ruptura, tiene que ver con la invención de técnicas digitales para diversas dimensiones de la actividad humana. “La digitalización reposa sobre la creencia de que el mundo, modelizado en bits de información se compone, en su realidad concreta, por puntos discretos”. La intervención digital pretende operar un reemplazo de la materialidad del mundo por vías del redondeo digital, en tanto éste impone su principio de funcionamiento (ontologiza unidades discretas de información) por sobre el funcionamiento orgánico, según el cual, lo discreto se organiza de acuerdo a una permanente co-evolución entre organismo, medio y artefacto. Frente a una concepción puramente instrumental o a una mirada naíf en torno la digitalización, la apuesta de Miguel Benasayag alerta sobre uno de los riesgos más notables que la concepción de lo vivo y lo humano supuesta en la digitalización entraña: la dislocación de lo orgánico. En un pasaje de La singularidad de lo vivo cuenta cómo el biólogo Pierre-Henri Gouyon, en un debate, le explicó “que le resultaba posible modelizar cualquier objeto, con el ADN y hacer circular ese modelo en distintos soportes neutros a fin de re-materializarlo”. En esa concepción dislocada el cuerpo resulta una suerte de “soporte”, un resto que, sometido a las leyes de la eficiencia digital, se caracteriza por una suerte de exceso territorializante. Las tecnociencias contemporáneas, de la nueva genética a la biología molecular, pasando por distintos niveles de digitalización de la intervención sobre lo orgánico, trafican una suerte de metafísica platónica para la cual “los algoritmos, la información

digitalizada y el mundo meta-aritmético digital” conforman el alma o la esencia última. El cuerpo se revela excrecencia, letargo, finitud.

El modelo orgánico En principio, ningún organismo biológico vive autónomamente respecto de su ecosistema, es decir que, atravesando zonas de desterritorialización, vive de manera territorializada. De ahí que resulta importante el concepto de “campo biológico” dentro del cual los organismos forman pliegues con autonomía relativa, cuya unidad está dada por su eje intensivo. A diferencia de los artefactos, determinados por partes extensivas, los organismos pueden, de hecho, perder partes, sin que ello determine su unidad, ya que su invariante está dada por la posibilidad del cambio permanente. La parte intensiva no es modelizable, es modo de existencia que se actualiza en los organismos, es singularidad irreductible a exigencias externas de rendimiento. Es así que en el “campo biológico” Benasayag encuentra las condiciones propias de lo vivo y una serie de rasgos decisivos: la variabilidad y la diversidad permanentes de todo organismo y de toda especie, el carácter autopoiético de los organismos vivos, el carácter profundamente histórico de los seres vivos (tensión permanente entre sus tropismos), la necesaria emergencia del sentido en relación a una finalidad propia –es decir, los organismos no son útiles y la vida no sirve para nada más que el desarrollo de su propia potencia. La propuesta que Benasayag bautiza con el nombre de “Mamotreto” (nombre cómico para nosotros y enigmático para los absortos lectores franceses, sajones e italianos), relanza la noción de “organismo” en un sentido territorializado biológicamente y desterritorializado como composición entre lo biológico, lo cultural, lo técnico e incluso lo digital. Para ello necesita previamente diferenciar entre los procedimientos matemáticos de discretización y los procedimientos fenomenológicos de recorte:

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mientras los primeros redondean y separan de manera dislocada unidades de información, transforman todo lo que tocan en material de una modelización posible; los segundos presumen que un organismo, porque finito y limitado, “recorta en una auténtica co-construcción su ambiente”. Así, mientras la lengua y la escritura en tanto rupturas epocales suponen una interfaz conflictiva con el campo biológico (en términos de captura, de producción, de zonas de metaestabilidad), la digitalización (nanotecnologías, biotecnologías, informática, etc.) colonizan y dislocan el territorio, operando una desterritorialización completa. De modo que a nivel de la intervención tecnocientífica sobre lo vivo, de las nuevas tecnologías de captura de comportamientos y de la proliferación de un tipo de matriz sensible acorde (prácticas de cuidado de sí, publicidades, divulgación, productos, etc.) se cierne una estrategia sin estratega –no sin beneficiarios– de “desregulación y la dislocación de todas las formas de alteridad y de identidad singular…” En ese mundo posible, el animal humano, naturalmente artificial (Paolo Virno), no se aleja de una naturaleza pura y virginal que nada tiene que ver con su existencia, sino que pierde su carácter paradojal. El “Mamotreto” es un modelo de hibridación hegemonizado por el principio de funcionamiento orgánico. Es decir, la fragilidad como parte de la potencia, el límite inmanente como condición de infinitos intensivos, la composición y la interfaz con lo que excede como estructurantes de los modos de existencia. Si “lo vivo explora todos los posibles siguiendo un tropismo que lo pone a explorar su potencia, experimentando y modificando sus límites” (SV), el artefacto autonomizado, lo digital, sigue un principio exterior de eficiencia, no reconoce límites sino bordes a superar y no ve en la fragilidad sino el germen de lo deficitario. El “Mamotreto” asume productivamente la diferencia radical entre los tres modos de exis-

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tencia que plantea Benasayag: campo biológico, campo de los mixtos y campo digital. Al mismo tiempo, responde a una apuesta por la transducción como sistema de comunicación basado en la capacidad de afección de los existentes en juego, sin traducción ni codificación posible. No hay representación lineal ni reducción a unidad de información entre sistemas, sino un tipo de relación que conserva la singularidad y dinamiza principios de funcionamiento. El “Mamotreto” explica el pensamiento por la relación de transducción entre los distintos campos. Por eso se le escucha a Benasayag decir: “El cerebro no piensa, el cuerpo sí”. Porque máquina y cerebro no son sino elementos que constituyen el conjunto capturado por la combinatoria del pensamiento. Ni la máquina ni el cerebro piensan de manera autónoma. Hay cuerpo, hay ecosistema, hay paisaje, hay situación, hay historia. Por su parte, “la técnica co-evoluciona en una co-creación permanente hombre/medio/tecnología. Ante la técnica (como frente a todo mixto), los humanos ni se adaptan a ella ni la utilizan, porque no mantienen una relación de exterioridad respecto de ella. […] Lo que es producido, coproducido, es el conjunto de paisajes y de ecosistemas. En síntesis, ¡el mundo mismo!” De modo que el dispositivo propuesto por el autor permite pensar en términos de un conjunto dinámico co-dependiente que incorpora la técnica en su movimiento y alerta sobre el riesgo de reemplazo del modelo orgánico por parte del modelo digital, según el cual, las células, los genes, los comportamientos, los afectos, las unidades de información, las relaciones macroeconómicas, pueden ser pensados por separado, es decir, más allá de toda singularidad, según una lógica agregativa pasible de optimización permanente. El “Mamotreto” repone el problema del sentido según una idea de continuidad material sustancial y una diferencia de principios de funcionamiento, mientras que la lógica del artefacto autónomo supone discontinuidad material y continuidad de funcionamiento. Por ejemplo,


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el cerebro orgánico, en su relación material con el mundo sufre modificaciones permanentes asociadas a los recortes co-producidos con el medio; mientras que los artefactos, más allá de las interacciones, permanecen iguales a sí mismos. Por eso homologar el cerebro orgánico a la máquina no es más que un modo de aplastar la singularidad orgánica subordinándola a una determinada imagen de funcionamiento. El “Mamotreto” permitiría comprender lo irreductible en lo vivo y la cultura en relación a la digitalización. Es un modelo de conocimiento ético (donde conocimiento y ética forman parte del mismo movimiento) para el cual “Conocer es actuar”. Es decir, que en el mundo no totalizable de la co-creación no existen unidades cognoscibles que esperan ser descubiertas por aislamiento analítico o por unidad sintética a priori: “es la acción de recorte la que co-construye los organismos vivos y su medio ambiente. Todo ser, en su ‘esfuerzo por’ (el conatus de Spinoza) que caracteriza a lo vivo, prueba construir lo homogéneo (o sea, su sentido) a partir de lo heterogéneo dado” (SV). En este planteo no hay punto de vista privilegiado, sino, en todo caso, una “función sujeto” emergente y compuesta, punto de vista que incluye niveles de conflictividad, aspectos asemánticos1 y relaciones de transducción en su seno. Fundamentalmente, la apuesta de Miguel Benasayag se sostiene en la inversión de la captura para definir lo vivo, no en términos de esencia, sino de principio de funcionamiento: las singularidades dan cuenta de funcionamientos propios de lo vivo, es decir, intensidades, que capturan las partes extensivas. De modo que el funcionamiento orgánico es ya siempre complejo y sus partes y elementos se encuentran siempre capturadas en un determinado régimen de relación. No hay partes simples “agregadas” que organizarían la complejidad. Es en condiciones

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Según Clément Rosset lo real es asignificante (Rosset, Clément. Lo real. Tratado de la idiotez, Pre-Textos, Valencia, 2004).

de una “doble constricción” (una propia del organismo y otra proveniente del conjunto de lo vivo) que se desarrollan los fenómenos vivientes. El recorte propio del “Mamotreto” vuelve inteligible el pasaje de un “infinito complejo” a otro, mientras que el modelo epistemológico implícito de las tecnociencias contemporáneas toma las partes simples por separado y las reunifica de acuerdo a una programación que les resulta exterior. En el “Mamotreto” lo vivo es irreductible a la modelización, para las tecnociencias contemporáneas la lógica recombinante es el trofeo de su intervención. Así, lejos del modelo de continuidad por contigüidad, en el mundo de las singularidades hay “correlación crítica”, “estados de transición de fases”, metaestabilidades conflictivas, muerte necesaria y ciclos.

Funcionar o existir Mientras las rupturas o niveles de desterritorialización expresadas por la lengua y la escritura supusieron procesos milenarios de asimilación, co-ecvolución y co-creación con la especie humana y lo vivo en general, la digitalización altera las condiciones de lo vivo de manera desproporcionada por el grado de captura y propagación en comparación con su escaso tiempo de existencia. La velocidad y penetración de la digitalización es incomparable respecto de los procesos de desarrollo de la lengua y de alfabetización. Antecedido por El cerebro aumentado, el hombre disminuido (Paidós, 2016) y Elogio del conflicto (90 Intervenciones, 20182), La singularidad de lo vivo sostiene: “En nuestro tiempo, estructurado por las finanzas y el consumo teñido de actividades lúdicas capturan los segmentos dislocados de las personas, de las sociedades y de los ecosistemas para agenciarlos

2 En Red Editorial: www.rededitorial.com.ar

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a un sistema que se presenta como la única racionalidad posible: aquella de la aumentación y del rendimiento, creando así sucedáneos de ritos separados de todos los ritmos biológicos.”

Según Massimo De Carolis, las bases de la robotización y digitalización de la existencia provienen tanto de la intervención científica y los modelos sociales, como del propio deseo de los individuos, cada vez que fantasean con una suerte de libertad incondicionada, con la posibilidad de rediseñar el cuerpo y la vida misma. De modo que los llamados de alerta no deben considerarse exabruptos de una teoría alarmista, sino señalamientos sobre formas de concebir lo vivo y lo humano por parte de lo que Miguel llama “el proyecto transhumanista”, que, desplegándose en distintos territorios existenciales, permiten avizorar una nueva forma de gobierno y orientación de las conductas mediante la fragmentación del cuerpo, la separación de las relaciones sociales en unidades de medida modeladas por la racionalidad algorítmica de redes sociales y mecanismos macroeconómicos, la molecularización de la medicina y la reconstitución de la individualidad estallada bajo la forma de perfiles hechos de partes agregadas, microcomportamientos separados o deseos sin historia ni biografía.

sobre la vida que se inscriben en el “proyecto transhumanista” se corresponden con una imagen de funcionamiento cuya eficiencia está marcada por una pura positividad, una racionalidad progresiva, utilitaria y acumulativa correlativa del proceso neoliberal que nos interpela en términos de fragmentos de vida, paquete de prestaciones, zonas de rentabilidad. La exigencia de funcionar se inscribe en una perspectiva modular de lo vivo, lo humano y lo social que, un tipo de existencia que, a la luz de las “novedades” científicas, resultaría materialmente reversible y rediseñable, predictible y programable. De modo que la apuesta política de La singularidad de lo vivo, que va del laboratorio de un investigador en neurofisiología a un pensamiento situacional del acto, pasando por las memorias de un ex militante guevarista, nos provoca en los términos mismos de la época: “mejor no funcionar”. La hibridación organismo-artefacto es tan irreversible como pasible de una disputa por la incorporación del campo digital en los ritmos “inútiles” del campo biológico, del roce con la técnica en la constitución de modos de vida atentos a sus procesos orgánicos y a los modos de darse de los mixtos, reservorios de singularidades existentes y por venir.

Existir alberga la fragilidad, la muerte y la extinción como improntas asociadas a la potencia. Es decir, que la negatividad resulta inherente a la potencia de existir. Claro que lo vivo y, en particular, lo humano producen formas de funcionamiento, es decir, funcionan. Solo que la incompatibilidad entre seres, la inadecuación de cada quien consigo mismo, el roce y sus efectos inesperados, la comunicación no codificable, la angustia, la aleatoriedad de los encuentros y el permanente rodeo en torno a los puntos ciegos de modos de ser no totalizables hacen a la belleza y las miserias de la existencia. Funcionamiento estructuralmente fallado. Mientras que las técnicas de digitalización y de intervención

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Una pregunta visceral, en el camino hacia una reflexión transformadora Acerca de ¿Qué memoria y justicia? Teorización crítica e intervenciones reparadoras * Por Sabater, Natalia

L

El libro

a apuesta por un libro colectivo, coral, que reúna en su seno la voz de múltiples autorxs, resulta, desde el inicio, interesante. Implica una invitación a lo diverso, al encuentro de diferentes estilos y temáticas, a una reflexión transversal e interdisciplinar. Esta es justamente la propuesta de ¿Qué memoria y justicia?, un libro polifónico, potente. Y el desafío que encarna –dibujado ya desde sus primeras páginas– es el de constituirse en ejercicio crítico, pero sin pretenderse profético o revelador, sino presentándose desnudo, como intento genuino de pensar, y pensándose a la vez a sí mismo en tanto tal. ¿Es posible la teorización crítica en este mundo capitalista neoliberal globalizado? ¿Es viable, en esta contemporaneidad salvaje, una reflexión emancipadora? ¿Es posible interrogar el presente? Sin dudas, las amenazas a ese ejercicio son múltiples y profundas. Desde el Prólogo, una prosa filosa, poética y también filosófica, nos enfrenta con los mecanismos esclavizantes, arrasadores, que se edifican como límites de la

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Libro de Claudio Martyniuk y Oriana Seccia (comp.), Buenos Aires, La Cebra, 2019

crítica: “aquellos son imperios devastadores, son megamáquinas, complejos tecnológicos-financieros-militares, patriarcales-etnocéntricos, y se expanden, expolian, alienan” (p. 8). La fagocitación y el extravío en las lógicas del mercado, en las estadísticas, acecha también a cualquier intento de pensamiento disidente. E incluso en el marco de la academia, de las universidades, la crítica ha devenido mercancía. ¿Ello implica que debemos renunciar al intento de ejercer el pensar como actividad reparadora, no heterónoma, liberadora? De ningún modo. De hecho, los artículos que este libro reúne y acerca representan una puesta en acto de dicho ejercicio. “Ensayan, intervienen, accionan, reparan”, afirman lxs compiladorxs. Y en ese acto “conciben a la crítica en un tejido de pensamiento y práctica, experiencia e imaginación, epistemología y sensibilidad, derecho y justicia” (p. 9). Así, cada artículo se constituye a sí mismo como reflexión viviente, desnuda, que no es ajena a la pregunta por su propia actividad, que se interroga en la medida en que se ejerce. Esta intención general del libro como practica de teorización crítica se materializa, entonces, en los respectivos capítulos/artículos, que son presentados como escrituras desde fronteras disciplinarias y que destacan por su profundidad y problematicidad.

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una crítica a los límites fijados por las normas anti-discriminación y, en términos más amplios, como una crítica al modo de operar desde la lógica de la igualdad y la diferencia que tiene el sujeto jurídico” (p. 52). Las preguntas que se tejen en torno a dicho concepto problemático son múltiples, y entre ellas, brota con fuerza el interrogante respecto de quién es el sujeto del derecho. El capítulo analiza la posición que al respecto sostienen aquellas pensadoras en vistas de revelar el potencial de sus planteos como herramientas teóricas.

Sus capítulos El primer capítulo a cargo de Silvia Rivera aborda, a partir de la metodología propia del trabajo de epistemologías comparadas, la categoría de “formas de vida” acuñada por Ludwig Wittgenstein desde la perspectiva de la biopolítica. Dicha tarea de diálogo entre “el desarrollo de la biopolítica tal como se presenta a partir de la segunda mitad del siglo XX con los textos wittgensteinianos que datan de los años treinta” (p. 13) supone un trabajo de cotejo entre tradiciones de pensamiento heterogéneas que conduce a iluminar prejuicios de lectura, a potenciar el análisis crítico, en tanto se avistan problemas que permanecían invisibilizados y se habilitan nuevas preguntas. Así, este estudio permite superar un análisis lineal para enriquecer y resignificar el concepto de “formas de vida”, que ya no es pensado como “el correlato aséptico de juegos de lenguaje ahistorizados” sino entendido como “formas de vida complejas y aún contradictorias, que devienen tales en un proceso de producción política que desborda la lógica causal” (p. 24).

El capítulo a cargo de Lucía Fuster se titula “Entre la radicalidad, la crítica y el derecho a vivir una vida vivible. Algunas reflexiones en torno a la Ley de Identidad de Género argentina”. Se propone interrogar desde una perspectiva teórica pero también –como relata la misma autora– desde la militancia, aquella ley que “modifica los guiones regulativos del sexo y el género por parte del Estado nacional y afecta la vida de miles de personas” (p. 76). En función de ello, apunta a poner de manifiesto la construcción de un nuevo régimen de discurso respecto de la identidad de género, diferente de aquel que estipula la matriz heterosexista, que se vio cristalizada en dicha ley y representó una conquista en el reconocimiento de experiencias subjetivas que el mismo Estado criminalizaba y patologizaba.

En el capítulo siguiente, Iván Gabriel Dalmau se propone “poner en cuestión una serie de críticas a la problematización foucaulteana de la biopolítica formuladas en el seno de la filosofía política italiana contemporánea” (p. 29), especialmente aquellas dirigidas por Giorgio Agamben y Roberto Esposito. El planteo apunta a destacar que, sin olvidar la especificidad de las objeciones formuladas por dichos filósofos, estas críticas tienden a pasar por alto la centralidad que posee para Foucault la problematización del saber. Así, el análisis contribuye a una reflexión del abordaje foucaulteano de la biopolítica.

Por otra parte, Mauro Benente aborda en vinculación los conceptos de democracia y protesta social. Establece que pueden deslindarse dos perspectivas, dos planos de la democracia en función de los cuales es posible pensar las diferentes respuestas jurídicas que se articulan frente a la protesta social. Por un lado, se presenta una concepción de la democracia como régimen político, como dispositivo de gestión de la institucionalidad estatal. Y por otro, puede pensarse a la democracia como resistencia o como democratización, conceptualización que apunta a concebirla como un conjunto de prácticas, como una apuesta constante por democratizar las instituciones y reglas establecidas, por resistir

Por otro lado, la contribución de Cecilia Gebruers se dirige a pensar el concepto de interseccionalidad desde sus fundamentos ontológicos, poniendo en diálogo y en discusión las posturas de Judith Butler, Drucilla Cornell, Nancy Fraser y Wendy Brown. Esta categoría, explica la autora, “emerge dentro del campo legal como

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a las tendencias oligárquicas que puedan emerger. Esta última perspectiva será la que permita “proteger con mayor solvencia conceptual y densidad jurídica las protestas sociales” (p. 101).

que explican la ausencia de su cuerpo en función del concepto de “estado de excepción”, entendido como figura límite del derecho. El análisis se propone tomar “la ausencia de Weisz como punto de partida para reflexionar sobre la relación entre violencia y derecho, y lo que ella implica en la promesa de justicia que el derecho ofrece para las víctimas del terrorismo de estado” (p. 195). La pregunta que emerge, y que persiste, a partir de dichas consideraciones es la de cómo reaccionar frente a aquel estado de excepción propio de la dictadura cívico-militar argentina, sin normalizar el estado de excepción del capitalismo.

La contribución de Jimena Sierra-Camargo analiza el problema del desafío de la soberanía del Estado en relación a la dinámica actual de las actividades extractivas, que constituyen “formas (neo)coloniales de apropiación de recursos donde la soberanía estatal lejos de contraponerse al capital global está alineada con éste” (p. 133). Dicho abordaje evidencia que los imperios del capitalismo globalizado contemporáneo continúan apropiándose de los recursos de las antiguas colonias y los nuevos Estados del sur global, inhibiendo la capacidad regulatoria de estos Estados, sustrayendo sus decisiones del debate democrático y redefiniendo la idea de lo público en función de los intereses de actores privados transnacionales.

En “Crímenes contra lo común”, Claudio Martyniuk despliega una pluma poético-filosófica para conducirnos por un aciago derrotero de violencias, silenciamientos, opresiones, abusos, violaciones. Desde la aniquilación de diversas lenguas y dialectos en función de un lenguaje único, monolítico, colonizador, pasando por la explotación de la técnica y el sistema de sexo-género, se nos muestran esos crímenes olvidados, anónimos, invisibles. Y como corolario de dichas reflexiones sobreviene, nuevamente, la pregunta por la intervención crítica. “Cada tanto logra algún destello”, se afirma, “pero el lenguaje de la crítica –ella misma, crítica del lenguaje– ha corroído su mitología, ha disuelto el aura mitológica de la crítica, el aura con el cual pretendía orientar una transformación” (p. 242). La interrogación, por supuesto, permanece abierta.

Fabiana Rousseaux, en su capítulo titulado “El Estado como nodo de referencia teórica en las políticas públicas de memoria y asistencia a víctimas: la experiencia en Brasil”, detalla los resultados del Proyecto Piloto “Clínicas Del Testimonio” de la Comisión de Amnistía del Ministerio de Justicia de Brasil, en el que se desempeñó como articuladora nacional. La autora muestra que, en el marco de este proyecto, “el Estado por primera vez asume la responsabilidad directa de asistir a las víctimas que produjo el propio Estado durante la dictadura cívico-militar (64/85)” (p. 190). Esto habilita para las personas que nunca habían podido testimoniar lo que habían vivido, la posibilidad de la palabra. Y así, se abre una perspectiva reparadora a través de un dispositivo que enmarca el dolor en el contexto de la sanción social.

Leticia Barrera aborda el concepto de nostalgia desde una perspectiva antropológica en función de un estudio etnográfico sobre la Corte Suprema de Justicia de la Nación argentina. El análisis se enfoca en las narrativas nostálgicas propias de funcionarios de dicha institución, abriendo la pregunta acerca de ciertos aspectos socio-políticos del campo jurídico en Argentina. Además, “a partir de esta mirada sobre el campo jurídico local, se busca contribuir con el renovado interés de la antropología por los aspectos sociales, políticos, económicos y culturales de la nostalgia” (p. 246).

El capítulo a cargo de Hannah Franzki aborda el caso de la desaparición de Jorge Weisz – trabajador del ingenio Ledesma S.A.A.I y participante activo en la organización colectiva y en la lucha de los trabajadores de dicha empresa– ofreciendo una lectura de diferentes registros

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Por otro lado, el capítulo a cargo de José Bellido explora el vínculo entre cine y derecho a partir de un análisis de la perspectiva teórica singular desarrollada por el jurista y psicoanalista francés Pierre Legendre. Este estudio hace posible considerar la pantalla del cine como “lugar idóneo que refleja los artificios de la institución jurídica y su carácter constitutivo en la construcción de la subjetividad” (p. 268). Así, se establece una equivalencia entre la retórica del derecho y la del cine en tanto espacios en donde se fabrican imágenes, creencias y normas a las que los seres humanos se adhieren.

instrumento neutro de representación. Dicho análisis hace posible concebir, finalmente, que la literatura “produce sus verdades a partir de la creación de enunciados que apuntan a lo que habita espectralmente lo real, enunciados que hienden lo real sin creer que lo nítidamente presente es lo único que lo conforma” (p. 318). Y, en ese sentido, aquella fidelidad a lo virtual “amplía los límites de las demandas de justicia, heredando las promesas de la Ilustración” (ibídem). En el capítulo a cargo de Magalí Haber se nos invita a una inmersión en los trabajos de lxs artistas Tomas Saraceno y Louise Bourgeois, quienes compartieron un particular interés y una exploración respecto del universo de lo arácnido. Los significantes relativos a la “tela de araña”, a la red, a la conexión e interconexión entre los seres, conducen a profundos interrogantes: “¿Cómo se conjugan la búsqueda de armonía entre micro y macrocosmos; entre el mundo humano, imaginal, animal y celestial, cuando la técnica pareciese alcanzar dimensiones hasta hace poco impensables?” (p. 321). El derrotero del análisis que la autora despliega nos conduce a una consideración de elementos heterogéneos e inquietantes, desde un abordaje que se propone como “háptico, poshumano y feminista del arte y las ciencias de la vida”.

La contribución de Jimena Sáenz se propone trabajar sobre el concepto de empatía, sobre el ejercicio de una lectura empática, en el movimiento “derecho y literatura” nacido en la década de 1970 en la academia jurídica angloamericana, con el objeto de reflexionar sobre las relaciones entre ambas disciplinas. Específicamente, la intención es elaborar una reconsideración del argumento empático, haciendo foco en una dimensión muy discutida: “aquella que la vincula a la experiencia estética de lectura y que enfrenta las críticas de escasa sofisticación a la que le sigue el rótulo del ‘amateurismo’ o fracaso en el cruce de disciplinas dentro del movimiento, demasiada cercanía al mundo ordinario de lectura para adecuarse al paradigma crítico tradicional, o una política débil y dubitativa” (p. 294).

La contribución con la que el libro finaliza, a cargo de Esteban Dipaola, se dirige a reflexionar sobre la paradoja como modalidad de razonamiento, como expresión del pensamiento crítico y de la reflexión filosófica, que ha tenido incidencia en la historia de la filosofía Occidental, analizando específicamente su presencia en la obra de Theodor Adorno. Este pensador propone situar su reflexión filosófica desde la paradoja, “que para él significa especialmente rebatir la lógica de los fundamentos. La paradoja, entonces, es justamente el lugar donde la verdad habita como algo no dado” (p. 342). El análisis que nos conduce con esta brújula por la obra de Adorno acerca la pregunta por la posibilidad de la crítica, del pensamiento, de la filosofía, pero no ya

En “La verdad de la literatura”, Oriana Seccia se interroga por la categoría de verdad –herencia moderna e ilustrada cuyo anclaje predilecto fue la ciencia, pero, también, por ejemplo, el derecho y otras numerosas disciplinas que atraviesan la vida humana– en su vinculación con el concepto de justicia. Para comprender, vislumbrar, reflexionar sobre esta relación emerge la pregunta: ¿puede hablarse de una verdad en literatura? El abordaje de este interrogante se construye a partir de distintos “casos”, es decir, de diversos textos literarios en los que puede explorarse un acontecer de (una) verdad diferente de la dimensión designativa del lenguaje, de la idea de un

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bajo los parámetros de la tradición filosófica hegemónica sino, precisamente, desde una posición que se opone a ella para brindarnos nuevas posibilidades de concebir el ejercicio del pensar.

Una invitación Así, ¿Qué memoria y justicia? nos brinda un recorrido por diferentes debates y problemáticas vinculados con la filosofía, la antropología, la epistemología, la biopolítica, la teoría política; nos conduce a explorar discusiones propias del feminismo, de los estudios de género, de disciplinas artísticas como la literatura y el cine, las artes visuales… Nos acerca una bitácora para continuar la pesquisa del pensar(nos), del desarrollo de un análisis crítico respecto de nostrxs mismxs y de aquello que nos rodea. De este modo, en su heterogeneidad fecunda y en su transversalidad, nos invita a interrogar el presente, a ejercer la reflexión como actividad crítica y a la vez reparadora, transformadora.

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