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Ícaro y Dédalo Dédalo huía de Grecia con su hijo Ícaro, donde era buscado por matar a un escultor rival suyo. Se refugió en la isla de Creta cuyo rey, Minos, le acogió con hospitalidad. Pero Dédalo echaba de menos su país. Cuando le pidió al rey que le permitiera volver a Grecia, éste se negó: -¿Para qué quieres volver?. Allí te apresarán y matarán. Además, yo soy el rey de la isla y no quiero dejarte marchar.Dédalo pensó mil y una maneras de escapar, pero Minos mandó vigilar todos los puertos y costas para que no pudieran embarcar en una nave. Pero Dédalo construyó dos pares de alas hechas con cera. Se puso las más grandes y le puso a Ícaro otras más pequeñas. Antes de salir de Creta, Dédalo advirtió a su hijo: -Ten cuidado. No vueles muy bajo, porque podrías chocar con algún árbol, pero tampoco demasiado alto, porque el sol podría dañarte. Lo mejor es que me sigas.Juntos echaron a volar. Ícaro estaba encantado; casi no se lo creía: “¡estoy volando!” gritaba. Cuando se acostumbró a las alas, empezó a arriesgarse; volaba hacia atrás, caía en picado para remontar el vuelo justo cuando casi tocaba el suelo, o perseguía a las águilas. Dédalo estaba cada vez más preocupado por las “hazañas” de su hijo. ¿Es que se había vuelto loco?. ¡No sabía controlarse!. Ícaro empezó a volar hacia arriba. Quería estar cerca del sol. Incluso tocarle. Recordaba las advertencias de su padre, pero ¿qué importaba?. ¡Sólo eran preocupaciones de un viejo!. Así que Ícaro continuó su ascensión alejándose cada vez más de su padre. Dédalo, horrorizado, le gritó a su hijo: -¡Baja!. El sol estropeará tus alas.No sabemos si Ícaro le escuchó, pero desde luego no le hizo caso, porque continuó volando hacia arriba casi en vertical. El sol calentaba cada vez más, pero Ícaro no se daba cuenta. Sólo quería subir más y más alto. De repente las alas, hechas de cera, empezaron a derretirse. Gruesos goterones de cera líquida se desprendían de ellas cada vez más deprisa. Ícaro perdió el control de su vuelo, y en unos segundos las alas desaparecieron. Naturalmente, el cuerpo de Ícaro cayó y el joven murió. El sol miró con tristeza al pobre Ícaro. ¡Si hubiera hecho caso de los avisos de su padre...!. Así termina la historia de Ícaro, un joven que no supo contener sus impulsos arriesgando su vida en el empeño por alcanzar el sol. [Adaptación de la mitología griega]


TÍTULO: “Ícaro y Dédalo” VARIABLES QUE SE PUEDEN TRABAJAR: Autocontrol EDAD RECOMENDADA: De 8 a 10 años. SINOPSIS: Ícaro era un joven imprudente, que con unas alas hechas de cera quiso alcanzar el sol. A pesar de los avisos de su padre (Dédalo), la cera se acabó derritiendo y el joven cayó al suelo muriendo al instante. REFERENTE TEÓRICO: En estas edades, la contención de los propios impulsos es considerada como la capacidad precursora del autocontrol efectivo. El docente deberá orientar los diálogos que se establezcan a lo largo de la actividad, hacia la toma de conciencia de los riesgos del entorno y la importancia de contener los propios deseos e impulsos en este tipo de situaciones. Es importante que los niños entiendan que la necesidad de contenerse no obedece a un capricho de los adultos sino a su propia seguridad. RAZÓN DE SER: El relato propuesto puede ser utilizado por el educador para promover la reflexión de los alumnos sobre la necesidad de estar alerta ante los peligros y riesgos del entorno. Promoviendo un coloquio, se formularán preguntas que aborden la desobediencia a las normas que entrañen peligros para la salud, la responsabilidad individual ante las propias acciones y el cuidado y la vigilancia de las ocurrencias de niños de menor edad. DESARROLLO: •

¿Qué advertencia de peligro olvidó (o no quiso hacer caso) Ícaro?

¿Qué hubiera pasado si hubiese rectificado a tiempo, y descendiera cuando empezaron a desprenderse de las alas los primeros goterones de cera?

Las advertencias y prohibiciones de los adultos ¿son “porque sí” o para vuestra propia seguridad?. Poned un ejemplo.

Acabáis de comer y os apetece bañaros en el río, pero esperáis una hora pese al calor ¿por qué?

Os lanzáis cuesta abajo por la nieve de una montaña en un trineo. Cuando cogéis velocidad, frenáis; ¡y eso que era divertido ir deprisa!. ¿Por qué frenáis?

Si nadie os vigila ¿encenderíais una fogata en el monte para calentaros?; ¿por qué?

¿Probaríais un fruto de un arbusto sin preguntar a nadie? (al fin y al cabo ya sois mayores y responsables); ¿por qué?


Si vais con vuestro hermano pequeño de excursión y encontráis una poza ¿le dejarías tirarse de cabeza al agua sin más?; ¿por qué?. ¿Qué haríais si decidís no permitírselo?; ¿qué puede pasar si no os hace caso y se lanza de cabeza?


Ícaro y Dédalo