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al trabajo y al servicio público, auténtico defensor del interés general, el respeto y la admiración que su pueblo y su propia generación siempre le guardó le pudieron haber conseguido una reelección sine die. Pero, a pesar de su prestigio y popularidad, y a pesar de que todo el mundo le seguía pidiendo que fuera él, porque era él el único capaz, el que llevara el timón de un Estado demasiado joven para entenderse a sí mismo, Washington decidió retirarse de la vida pública... a su granja, como su querido Lucio Cincinato. La República se salvó gracias al único que podría haberse convertido en su primer Rey y que aprovechaba los intersticios de su frenético trabajo para medir y demarcar él mismo, caminando en la soledad de su bastón, los terrenos de lo que hoy conocemos como la Casa Blanca y el Capitolio. El viejo general, en el último momento antes de su retiro final, leyó su postrer discurso. El Farewell Address de Washington, escrito en parte por Hamilton, más ducho en el arte de la palabra, sigue constituyendo hoy día uno de los textos más bellos de la historia de la política y de las ideas, y refleja al mismo tiempo la intención sincera y loable del mayor estadista. Contra los intereses de las facciones que desmenuzan el bienestar general, contra las soberbias de quienes creen poseer la razón por sentarse en el sillón del Poder, contra las posibles derivas que pudieran afectar al joven país, Washington desplegó su prestigio en una despedida que, más de doscientos años después, debiera ser el mejor dintel para un poder, el estadounidense, del que siempre dudaremos que sea merecedor de sus Founding Brothers.

Heteronima n03  
Heteronima n03  

Revista de creación y crítica editada por la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres (España)

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