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sigilosamente de la agenda de los revolucionarios y hombres de Estado. La generación fénix odió la tosca materia que rodeaba tan espinoso asunto, y aun los abolicionistas de fe no osaron mentarla. Ellis describe el silencio que los mancha, el silencio que marchita las palabras de la Declaración de Independencia y las flores que guardan a Jefferson en su Memorial, con palabras contundentes de juicio y valor. Porque lo sabían. Una de las mejores generaciones que ha dado la Humanidad lo sabía y era consciente de que sus actos, por muy gloriosos que fueren y por muchas vanaglorias y banderas que luego enarbolaran, estarían siempre oscurecidos por la sombra de la esclavitud. Franklin lo denunciaría y llamaría hipócritas a sus compañeros, pero lo haría ya demasiado tarde, cuando su voz no era la batuta de la Revolución. Jefferson, el introspectivo arquitecto de Monticello, tendría siempre una relación ambivalente con “la cuestión”, como la que guardarían casi todos los virginianos, incluido, claro está, George Washington, pater patrum. Y Adams condenaría el pecado original de su país y de su misma obra, pero sólo en su fuero interno. El porqué de tales silencios: la unidad de la propia generación y, por ende, de la joven Nación. Si se quería que las colonias del Sur fueran parte de la Federación como Estados de pleno derecho, y que los Estados Unidos no se circunscribieran a unos meros apéndices al norte del Potomac, se necesitaba el concurso de los esclavistas cuya economía, y aun su sistema político, dependía de la mano de obra negra sometida por las leyes y amparada por las libertades…de la aristocracia terrateniente blanca. Décadas después, Calhoun defendería a los que luego serían los rebeldes confederados blandiendo sus derechos a tener esclavos como símbolo de la verdadera libertad americana y trasunto de la autonomía de los Estados frente a las oligarquías, hamiltonianas y europeizantes, de Nueva York o Boston. La cuestión, decimos, se dejó en silencio, y como todo silencio, se convirtió en una puerta abierta al estruendo. La Constitución no mentó el problema y el Congreso se negó, en reiteradas ocasiones, a debatirlo, pero el ruido de las armas entraría en su propio texto a través de la única guerra civil, más de medio siglo después, que ha tenido el país de Washington, Lincoln y Roosevelt. Y siempre, por encima de todas las tensiones y de todos los conflictos de intereses, al margen de las pretensiones partidistas de lo que entonces llamaban facciones y hoy denominamos partidos, se irguió durante todo el nacimiento y consolidación de los Estados Unidos su primer presidente, la dignidad y solemnidad de George Washington. El cariño que siente Ellis hacia esta figura casi sobrenatural, el verdadero mito en vida de la Revolución, la Guerra y la Independencia, se hace notar en pasajes de gran belleza donde el autor no escatima en una admiración que, sin lugar a dudas, es proporcional al objeto admirado. Cuando aún nadie sabía cómo podía ser la transmisión pacífica del poder, cuando todo lo que se sabía sobre un mandatario que no era Rey era precisamente eso, que no podía en teoría perdurar en el cargo, el contorno mayestático de Washington aparecía para brindar seguridad a sus conciudadanos. Humilde y adusto, entregado

Heteronima n03  

Revista de creación y crítica editada por la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres (España)