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frente a los intereses de las oligarquías financieras y mercantiles de las grandes ciudades del Norte. La ciudad y el campo, los liberales y los conservadores, la proto-clase financiera y la aristocracia de la tierra, Federalistas y Republicanos, Jefferson y Hamilton…la tensión inacabable de la historia de Estados Unidos que, llegando hasta nuestros días en renovadas formas de hipóstasis, se aplazó durante unos instantes en una amistosa cena… Ése es el gran logro de Ellis: mostrarnos las contradicciones de los procesos históricos, el juego constante de intereses y el choque de clases, en momentos estelares (¡ay, Sweig!) protagonizados por una generación, de Hermanos, única en la Historia. Los republicanos pronto se sintieron, de hecho, engañados y se dispusieron prestos, aunque ya demasiado tarde, a enmendar su concesión inicial. Mientras el poder central se engrandecía y consolidaba gracias a las mañas de Washington y Adams, los dos primeros presidentes, y a la propia lógica autorreproductora del Poder (tan bien analizada por De Jouvenel), los enfrentamientos personales se convertían en adversidades políticas. Jefferson, siendo Vicepresidente, comenzó a odiar a su propio Presidente, Adams, acusándolo con despiadada crueldad de probritánico y monárquico. Los otrora amigos se separaron durante años y el encono entre la frialdad protestante de Adams y la soberbia intelectual de Jefferson, se agrandaron. Ellis no es el primero en señalar al autor de la Declaración de Independencia como el principal responsable y culpable de la histórica enemistad, pero quizá sí sea el mejor que la ha descrito usando las propias palabras de sus actores. Y siempre, en el trasfondo, la figura de la Inteligencia encarnada, de esa mujer durante mucho tiempo olvidada por serlo…de Abigail Adams. Adversarios en la arena política, uno partidario de la democracia radical y el respeto de la autonomía de los Estados y el otro, Adams, fiel defensor de la moderación liberal, la división de poderes y el federalismo de 1787, su amistad se vio corrompida e interrumpida hasta que el de Monticello comenzó años después, desde la lejanía de un país ya levantado sobre su Independencia y la cercanía de la muerte, una de las más bellas correspondencias que ha dado el corazón humano. Durante sus últimos años de vida, las dos figuras descomunales y antagónicas de Adams y Jefferson, se escribieron y cartearon para olvidar su enemistad pasada y recobrar la cercanía de la amistad a través de la letra escrita. “My Dearest Friend”...hasta el último suspiro. El 4 de julio de 1826, el día en que se cumplían cincuenta años de la Declaración de Independencia que ellos mismos habían forjado con sus ideas y plumas, y mientras el país entero celebraba el aniversario, morían casi al mismo tiempo los que habían sido hermanos y enemigos y que ahora, desde los dos lechos de muerte, sonreían serenos a la amistad. Pero si la tensión entre republicanos y federales tuvo, en las primeras décadas de la génesis norteamericana, su correlación en los contrarios epistolares descritos, la verdadera cuestión por resolver se mantuvo, “siempre”, en silencio. La esclavitud, el tema tabú de entonces y que lo fue durante demasiado tiempo para los panegíricos de la historiografía norteamericana, se decidió apartar

Heteronima n03  

Revista de creación y crítica editada por la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres (España)