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madeja, en momentos concretos donde el devenir de los pueblos se forja en unos instantes de hercúlea gravedad, cuando una porción de hombres, a veces insignificante en número, se alza por encima de las soberbias Parcas. George Washington, Benjamin Franklin, John Adams, James Madison, Thomas Jefferson, Alexander Hamilton, Thomas Paine…reunidos en una misma sala, discutiendo sobre una misma resolución, viendo con la claridad que otorga el entendimiento el futuro que ellos, sí, ellos, están construyendo para las millones de personas que habitarían en siglos venideros un país con dimensiones continentales. Porque si algo quiere Ellis que nos llevemos de su obra es el mensaje, la afirmación rotunda, de que los protagonistas de la Revolución americana eran sabedores y conscientes, en todo momento, de que estaban haciendo y construyendo Historia. La cantidad inabarcable de correspondencia, de memorias y escritos que nos han legado, da buena cuenta de la exégesis introspectiva de sus autores, pues no sólo recogen meticulosamente los hechos que vivieron y las percepciones personales que desplegaron, sino que también, a cada paso, en cada reflexión, se miran a sí mismos ante “el justo respeto del juicio de la Humanidad”. Juicio que estuvo, en no pocas ocasiones, a punto de exhalar su último suspiro ante el riesgo, continuo y siempre amenazante en los primeros años, de ruptura y fracaso. Las tensiones que atravesaron el proyecto de los Estados Unidos como país federal que se olvidaba gracias a la Constitución de 1787 de otras formas ineficaces de organización del Poder, fueron un hierro candente que separaron las vidas y los intereses de sus fundadores. El Norte comerciante que daba sus primeros pasos en el mundo de las finanzas y el Sur agrícola y esclavista, siempre desdeñoso de los partidarios de un poder central fuerte, llegaban en momentos muy concretos a acuerdos y consensos que, bajo la tenue luz de las velas y el calor sofocante de las pelucas empolvadas, se celebraban en la clandestinidad propia de los grandes estadistas. El “Compromiso de 1790”, por el que el Sur republicano, representado por Jefferson y Madison, y el Norte federalista, encarnado en la figura siempre descomunal de Hamilton, se abrazaron y acordaron cesar las “hostilidades”, fue en verdad una cena cortés que se celebró una calurosa noche de verano en la casa de Jefferson. Un encuentro histórico, presidido por uno de los padres de la democracia radical y dos genios de la teoría del Estado, que atenuó las inquietudes de los republicanos hacia el poder cada vez más robusto de la Federación gracias a la concesión, por parte de Hamilton y los federalistas, de la mismísima capital del nuevo país. Washington D. C., no está situada en el Potomac tan cerca de Virginia por una casualidad geográfica… A cambio de su situación, en una época en la que todavía el Poder se hacía presente y corpóreo en un lugar concreto, los partidarios de una administración central fuerte ganaron la aprobación de la medida estrella de Hamilton: la sustitución de las deudas estatales por una deuda nacional federal que las asumiera. Con ello, la futura capital de los Estados Unidos ganaría un poder (económico, valga el pleonasmo), que pronto sería inasumible para los republicanos, defensores de la máxima autonomía de los Estados y sus derechos

Heteronima n03  

Revista de creación y crítica editada por la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres (España)